jueves, 10 de septiembre de 2020

Cara y cruz de González-Ruano



César González-Ruano en blanco y negro
Marino Gómez-Santos
Renacimiento. Sevilla, 2020.
  
De César González-Ruano, quizá el más conocido de los escritores de su tiempo, nos interesa menos su literatura, con ser esta nada desdeñable, que el personaje. A la manera de sus émulos Camilo José Cela y Francisco Umbral –y en la estela del gran maestro, Salvador Dalí-- cultivaba el escándalo como la más rentable forma de autopropaganda en la hipócrita sociedad franquista. Ningún escrúpulo moral le detenía ante la posibilidad de hacer caja, aunque luego despilfarrara –hablo de González-Ruano, no de los otros-- en un día lo que había conseguido el día anterior.
            En las distancias cortas del periodismo, González-Ruano, que no acababa de dar la talla en la novela o en la poesía, carecía de rival. También en los escritos autobiográficos o en los retratos al minuto de los escritores con los que había convivido o simplemente conocido de refilón. Era maestro en el arte, inventado por Juan Ramón, de la caricatura lírica y feroz.
            Marino Gómez-Santos, otro escritor que es también un personaje, nada más llegar a Madrid dispuesto a abrirse camino en el mundo literario –su primera parada fue, como no podía ser de otra manera, el café Gijón--, se convirtió en el discípulo predilecto de César González-Ruano. La amistad terminó, por esos malentendidos y rivalidades propios entre escritores, a finales de los cincuenta. Ahora, cumplidos o a punto de cumplir sus noventa años, Gómez-Santos le rinde un homenaje que algo tiene de ajuste de cuentas.
            El libro se basa en varias fuentes: las muchas páginas que anteriormente le dedicó, como no podía ser de otra manera (en especial la entrevista, de 1957, recopilada en Españoles en órbita: la versión rosa de lo que ahora nos cuenta en blanco y negro); los recuerdos de la mujer del escritor, Esperanza Ruiz-Crespo, y de su primera hija, con las que Gómez-Santos tuvo trato; diversos epistolarios, hasta ahora inéditos, el más importante de los cuáles es el intercambiado con Gregorio Marañón.
            Deja fuera Gómez-Santos lo que más nos interesa hoy de la vida de González-Ruano, el agujero negro de su biografía: “No trataré de investigar su vida en París, por falta de pruebas y para no incurrir en los despropósitos de aquellos que lo han intentado sin lograr más que vanas divagaciones”.
En el París ocupado, González-Ruano traficó en el mercado negro (llegaría a ser detenido por la Gestapo),  se aprovechó de la situación vulnerable de los judíos y hasta es posible que se dedicara a denunciar a los que antes había saqueado. Un libro de Rosa Sala Rose y Placid García-Planas, El marqués y la esvástica, se ocupa de estas cuestiones que a Gómez-Santos no parecen preocuparle demasiado. También se alude de pasada a ciertos negocios del escritor en la España franquista, como los permisos que se le concedían para la importación de coches extranjeros, que luego de inmediato revendía, y que le sirvieron para mantener el palacio que le regalaron en Cuenca para que promocionara la ciudad.
            Marino Gómez-Santos prefiere centrarse en otras cuestiones, como las referidas a la vida sexual del personaje (insinúa que era menos don Juan que voyerista Onán, al menos en sus últimos años), o a sus trapacerías de escritor.
            Aunque algo descacharrado y necesitado de una revisión (en la página 147 confunde el serio y aburrido semanario El Español con la divertida y llena de colorines La Estafeta Literaria), el libro de Gómez-Santos se lee con el mismo gusto y provecho que una buena novela picaresca. Cierto que algunas de las anécdotas de la vida bohemia que nos cuenta son un poco de aluvión y circulan por ahí atribuidas a diversos personajes. La que se cuenta en las páginas 38-40, por ejemplo, atribuida a Manuel Bueno en otros lugares aparece protagonizada por Gómez-Carrillo, otro periodista brillante y sin escrúpulos.
            En varios capítulos se refiere Gómez-Santos a las entrevistas de González-Ruano, que fueron el modelo de las que a él pronto le harían famoso. Reunió las primeras en Caras, caretas y carotas, un libro de 1930, y las últimas en Las palabras quedan, de 1957. Gómez-Santos parece haber olvidado la existencia de este último volumen, ya que no lo menciona ni una sola vez y en cambio escribe: “No alcanzó a pensar entonces, aunque tenía muy desarrollado el instinto para obtener el mayor fruto posible de cuando escribía, la posibilidad de publicar una antología de los retratos literarios, extraídos de sus ‘Conversaciones’ de Arriba, todos muy afortunados”.
            A algunas de esas entrevistas, realizadas entre 1952 y 1955, le acompañó Gómez-Santos como escudero o aprendiz y ahora, tantos años después, aprovecha para desvelarnos algunos secretos de taller: la entrevista con Gregory Peck, a quien apenas pudieron saludar en el hotel Fénix, es totalmente inventada (y no por eso deja de ser una excelente entrevista).
            El libro termina con la paradoja de que fuera un antiguo futbolista, Miguel Pardeza, quien le rescatara del olvida y recopilara en monumentales volúmenes, gracias a la fundación Mapfre, todos los artículos dispersos del escritor. El último capítulo de esa historia póstuma, la damnatio memoriae, el borrado de su nombre de una fundación, un premio y una calle no parece haber llegado al conocimiento de Gómez-Santos.
            Se ha borrado de muchos lugares el nombre de González-Ruano, pero no se le puede borrar de la historia de la literatura, en la que ocupa un sitio cierto y mayor, aunque sea en un género tradicionalmente considerado menor.
            Ajuste de cuentas con quien fue su maestro, y a quien pronto creyó superar (y quizá superó en el arte de la entrevista extensa y bien argumentada y documentada, un arte en el que Gómez-Santos carece de rival), este libro tiene también mucho de autorretrato. La imagen final que nos deja de González-Ruano se resume en un verso de Antonio Machado: “tal un imán que al atraer repele”. Y viceversa.

13 comentarios:

  1. Interesante de veras; gracias. Un par de detalles mínimos. 1) "detenido CON la Gestapo" será, supongo, "detenido POR la Gestapo". 2) "Mafre" es Mapfre.

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  2. Nunca he visto en un artículo más apellidos con guión:

    César González-Ruano
    Marino Gómez-Santos
    Camilo José-Cela (en este caso mal puesto)
    Esperanza Ruiz-Crespo
    Placid García-Planas
    Gómez-Carrillo

    "Ahora, cumplidos sus noventa años, Gómez-Santos". Eso no es cierto, puesto que los cumplirá el 28 de octubre.

    Errata: rescatara del olvida

    Repeticiones:
    que nos cuenta... La que se cuenta
    el borrado [la supresión, eliminación] de su nombre... Se ha borrado de muchos lugares el nombre

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    1. Qué atento buscador de erratas, qué aplicado corrector de estilo. Muchas gracias.

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    2. Permítame un detalle, don Baltasar: si eliminamos la tilde del sustantivo 'guion' (palabra hoy considerada como monosílaba; antaño, bisílaba), mucho mejor. Gracias.

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  3. "Marino Gómez-Santos prefiere centrarse en otras cuestiones, como las referidas a la vida sexual del personaje (insinúa que era menos don Juan que voyerista Onán, al menos en sus últimos años)..."

    Cuando se leen con atención sus Memorias y sobre todo su Diario (que por cierto se puede comprar, nuevo, por 10 € en Amazon, a pesar de ser un tocho de más de 1100 páginas), es bastante claro (para quien sabe leer entre líneas) que González-Ruano era sexualmente lo que antes se llamaba "un perverso". De lo que cuenta se puede deducir que era masoquista y que practicó el SM (sobre todo en los años 30). Y más tarde, con su mujer (que era muy especial también) organizaba trios, en los que mientras un joven hacía el amor con su mujer él practicaba "el pecado de Onán" y al final el simple "voyeurismo", porque acabó impotente (fumaba y bebía demasiado).

    Lo sorprendente en su caso es que todo eso lo da a entender bastante claramente en dos libros que se publicaron en la España franquista de 1951 (Diario íntimo) y de 1953 (Mi medio siglo se confiesa a medias), imagino que porque la censura feroz de la época en su caso ni siquiera leyó los libros, siendo los de un amigo (Ruano conocía a todo el mundo en el Madrid político y literario de entonces, incluidos a los censores).

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    1. Leer entre líneas no es un arte que esté al alcance de cualquiera.

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    2. Pues sí parece seguidor de Dalí.

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  4. Para los lectores de JLGM:

    Enrique García-Máiquez

    Pobres placeres repetidos

    Hay muchos José Luis García Martín, que él, para más inri, juega a multiplicar en el caleidoscopio de las traducciones de ida y vuelta y en sus citas con fantasmas...

    http://egmaiquez.blogspot.com/2020/09/pobres-placeres-repetidos.html

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  5. No he leído a este autor, pero gracias a esta cara y cruz empiezo a hacerlo. Por poemas que hay en Youtube. Lo primero que sospecho es que más que un imán que repele es como un rayo que "en su seno allega niebla y veneno pero que depura la atmósfera". Me refiero a lo que se dice aquí de que era depravado sexual y demás (niebla y veneno) y cómo
    escribía.

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    1. Es más interesante su prosa que su poesía, Jesús. Y lo de depravado sexual es una tontería (entre adultos, y con consentimiento, cada uno vive su sexualidad a su manera). Lo que le hace deleznable son sus trapicheos en el París nazi y en el franquismos, en el primero sus negocios a costa de los judíos.

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