Carlos Alberdi
Ortega y Gasset ante Lista
Abada Editores. Madrid, 2026.
Recorrer
una calle de principio a fin es algo más que recorrer una calle. Si lo hacemos
sin prisa, fijándonos en todo lo que nos llama la atención, y en buena
compañía, es también un paseo por la historia y la sociología de un país.
Ningún
acompañante mejor que Carlos Alberdi, siempre bien informado pero que habla lo
justo, que se fija en lo grande y lo pequeño, y que en Ortega y Gasset antes
Lista nos propone un paseo por una de las calles del barrio de Salamanca y
por dos siglos de historia de Madrid, desde el reinado de Isabel II hasta el
reino de taifas que ahora preside otra Isabel, la presidenta de la Comunidad.
No se mete en política Carlos
Alberdi, salvo en la defensa del liberalismo, esa palabra que él toma, no en el
sentido actual, sino en el originario, el de las cortes de Cádiz. A fin de
cuentas, dos ilustres liberales fueron los que dieron nombre a la calle: el
filósofo Ortega y Gasset, desde 1955, y antes, desde 1871, Alberto Lista, al
que hoy apenas si se recuerda porque fue el maestro de Espronceda y de la mejor
juventud de su tiempo.
Ortega trajo la República, pero
pronto se arrepintió; anduvo brevemente por el exilio antes de volver cabizbajo
a la España de Franco, que le perdonó a medias y que quiso honrarle dando su
nombre a una de las calles principales de la capital. Se lo dio, pero no del
todo: la parada del metro siguió llamándose Lista y ese nombre se mantuvo en
parte del barrio. Alberto Lista había sido masón y afrancesado, como recordó
poco antes una biografía escrita por un hispanista alemán, y fue en tiempos del
rey Amadeo cuando se dio su nombre a una calle. Mejor apropiarse del filósofo
ilustre que acababa de fallecer –pensaron las autoridades de entonces-- que
seguir honrando a un afrancesado.
Al comienzo de la calle, hay unos
grandes almacenes que ocupan el lugar de un palacio: el palacio de Anglada.
Como había sido construido en el siglo XIX, no hubo inconveniente, en la
iconoclastia de los años sesenta, en dar permiso para echarlo abajo. A partir
de los años ochenta, ya se actuaría de un modo más respetuoso, o más hipócrita,
y unos edificios de pisos de alquiler, con la fachada principal hacia la
Castellana, en los que vivieron Pedro de Répide o Zenobia Camprubí (“una de las
mujeres más modernas del Madrid de los años veinte que se casó con el chico más
brillante y difícil de la ciudad”, como nos informa el guía), fueron vaciados
por entero para la instalación del Banco de Santander, pero conservaron la
fachada.
Carlos Alberdi nos informa de la
novelería, como de novela decimonónica que acompaña al Corte Inglés, con ese
hijo que se casa a escondidas de su autoritaria madre y adopta en secreto a las
hijas de su mujer, o de cómo la familia fundadora del Santander, los Botín,
aunque siga al frente, es solo propietaria de poco más del uno por ciento de
las acciones.
El tramo de la calle Ortega y Gasset
entre Serrano y Claudio Coello, está ocupado por tiendas de lujo, comenzando
por la neoyorquina y peliculera Tiffany. El autor aprovecha para recordarnos la
teoría del economista Thorstein Veblem sobre el gasto ostentoso, que habla de
que “buena parte de las decisiones económicas se toman para demostrar poder o
por otras equivocadas razones”.
No
están muy claras las razones por las que el reloj de pulsera masculino, el
reloj tradicional, no el que nos cuenta los pasos o nos mide las pulsaciones,
se ha convertido en uno de los objetos de lujo más deseados. Quizá porque, como
afirma cierta publicidad, “el reloj sea la única joya que puede lucir sin
desdoro un caballero”.
La arquitectura del siglo XX dejó
muestras destacadas en esta calle y Carlos Alberdi nos las va señalando y
explicando sus pormenores una a una, también va contando los árboles que hay en
una y otra acera. En total, son setecientos cincuenta, lo que no es poco.
La calle va perdiendo su glamour
según avanza y se hace más menestral, aunque nunca demasiado, y más
tradicionalmente madrileña. En ella queda el recuerdo de los edificios que se
convirtieron en cárceles durante los años de la guerra civil y de la posguerra.
Por una de ellas, la de Torrijos, pasó Miguel Hernández.
Un empresario no menos exitoso ni
más escrupuloso que el marqués de Salamanca, fundador del barrio, Juan March,
tuvo su residencia, desde los años veinte, en un palacete parte de cuyo jardín
da a esta calle. Hoy es sede de la Fundación March, meritoria institución que
ha cumplido con creces su papel de santificar una fortuna de origen más bien
dudoso.
La larga calle, que fue creciendo a
lo largo de los años, termina en un parque dedicado a Eva Perón, recuerdo
agradecido a aquella singular mujer que trajo un poco de alegría a la famélica
España de los años cuarenta.
La historia y la unamuniana
intrahistoria se entrecruzan en estas páginas que se leen relajadamente y sin
fatiga, como quien da un agradable paseo.
No
hay calle –en la gran ciudad o en el más apartado rincón-- que no sea, además
de un escenario de la vida actual, un yacimiento arqueológico, un testimonio
del tiempo que pasa y que parece esforzarse en ir borrando rápidamente sus
huellas, aunque quizás nunca lo consiga del todo.

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