martes, 26 de mayo de 2026

Poeta y familia

  

“No te olvides de escribir”
La familia García Lorca en sus cartas
Edición de Víctor Fernández
Ediciones Akal. Madrid, 2026.

Noventa años después del asesinato de Federico García Lorca, no se acaba la fascinación por su vida y su obra. Creemos saberlo todo sobre él, pero aún nos quedan ángulos inéditos, misterios sin resolver.

No te olvides de escribir”. La familia García Lorca en sus cartas, al reunir por primera vez toda su correspondencia familiar en un volumen exento, nos permite asistir al desarrollo de una vida contada en primera persona.

Hasta bien cumplidos los treinta, el mecenas de Federico García Lorca fue su familia y el tema del dinero, de la necesidad de que se lo envíen con urgencia, de la justificación de sus gastos, aparece en casi todas las cartas. También madre y hermano actuaron como eficaces secretarios: ellos guardaban sus papeles, copiaban originales, se los enviaban cuando los pedía. Y después de muerto, fueron fundamentales en la reunión y conservación de su obra dispersa y en buena parte inédita. Queda constancia de ello en el espléndido catalogo de la exposición Lorca y el archivo, celebrada primero en la sede granadina de la Fundación García Lorca y actualmente en la Residencia de Estudiantes.

Tuvo esa familia ejemplar, sin embargo, mala prensa entre ciertos estudiosos: se la acusó de ocultar ciertos textos, en especial aquellos que reflejaban demasiado a las claras la homosexualidad del poeta, y de poner trabas a la difusión de otros. El principal difusor de esa leyenda fue Rafael Martínez Nadal, gran amigo de Lorca y gran mixtificador. En Conversaciones con Buñuel, le cuenta a Max Aub que Francisco, el hermano del poeta, no quiere que publique el original de El público, que Lorca le entregó en julio del 36, a la espera de encontrar una versión más acabada, pero él duda de que sea esa la razón, cree que no quiere publicarlo porque en ninguna de sus obras trató tan claramente el tema del homosexualismo. Pero lo que afirmó Martínez Nadal sobre cómo llegó a sus manos ese manuscrito, que siempre se negó a entregar, o ni siquiera enseñar, a la familia y del que sacó buen rendimiento económico (acabó vendiéndolo a la Biblioteca Nacional por 29 millones), es pura ficción: ni acompañó al poeta durante el último día que pasó en Madrid, ni le escuchó decir proféticas palabras sobre los campos que se iban a llenar de muertes, ni este le entregó un paquete que tenía al parecer ya preparado con distintos originales suyos “para que se lo devolviera a la vuelta o lo destruyera si le pasaba algo”. La realidad es más prosaica: Martínez Nadal, vecino de la casa de los Lorca en Madrid y bien conocido del portero, entró en ella después de la muerte del poeta y se llevó un buen puñado de manuscritos, que acabarían valiendo más que las joyas que otro amigo de la familia, este sí con autorización, guardaría pocos días después en una caja del Banco de España. Isabel García Lorca ya expresó en sus memorias dudas sobre el comportamiento de Martínez Nadal, pero aún se sigue repitiendo la conmovedora historia que camufla una apropiación indebida.

            No todas las cartas de este epistolario tienen el mismo interés. Junto a las del poeta, destacan las de su madre, Vicenta Lorca, la primera admiradora de su talento. Frente al empeño del padre, que era quien costeaba su estancia madrileña, en que terminara sus estudios y comenzara a trabajar, ella le escribe: “Me parece muy bien que no hayas tomado más que dos asignaturas para que seriamente cumplas con ellas y no descuides tu Literatura, que para mí tiene más importancia que todas las carreras o, mejor dicho, esa es la carrera por excelencia para ti y para mí”.

            No solo la madre era consciente de su genialidad, desde muy pronto Lorca supo rodearse de una corte de admiradores. Cuando su padre, al ver que descuida sus estudios, quiere que deje la Residencia de Estudiantes y vuelva a Granada, trata de hacerle cambiar de opinión con un curioso argumento: “Aquí cuesta entrar muchísimo trabajo y si yo por mis méritos y simpatías personales y por mis amistades pude entrar sin solicitud y sin engorro haciendo el director chanchullos y quitando a otros ¡10! que tenían hecha solicitud para ponerme a mí que llegué con las manos lavadas, es una incorrección a esta casa decirles de pronto que me voy”.

            Las cartas enviadas durante el viaje a Nueva York, que daría origen a uno de los libros fundamentales de la poesía española, destacan en esta correspondencia. La oscuridad y el desasosiego de los poemas contrastan con el cronista amable y bien humorado que encontramos en las cartas, llenas de pequeños detalles exactos sobre lo que era el Nueva York de entonces y también de ciertas sorprendentes observaciones, que nos muestran a un Lorca de infantil religiosidad (“No me cabe en la cabeza (en mi cabeza latina) cómo hay gentes que puedan ser protestantes. Es lo más ridículo y lo más odioso del mundo”) y de ideas próximas al tradicionalismo español: “Ahora comprendo también, aquí frente a las iglesias protestantes, el porqué racial de la gran lucha de España contra el protestantismo y de la españolísima actitud del gran rey injustamente tratado en la historia, Felipe II”.

            No era de una pieza García Lorca, podría haber repetido los versos del poeta romántico alemán citados por Ortega: “No soy un libro hecho con reflexión, / soy un hombre con su contradicción”.

            Todas sus contradicciones, y lo mucho que tuvo siempre de niño grande, están en este libro. Su madre llega a reprocharle la poca atención que presta a su obra, su despreocupación a la hora de revisarla y editarla: “Federico –le escribe en 1931--, que sea verdad todo lo que me dices y que no pierdas el tiempo tontamente, pues ahora estás en la mejor época de tu vida para dar el máximum de rendimiento en tu trabajo, y desde Mariana y la Zapatera han pasado seis años y no has hecho otra cosa: tus planes son siempre muy buenos, pero tardas mucho en ponerlos por obra o se quedan en el tintero, y eso es una lástima”. El triunfo, el verdadero triunfo, el prestigio convertido en abundante fuente de ingresos, no llegará hasta 1933 y son conmovedoras las cartas escritas desde Buenos Aires en las que no se cansa de ponderar su fama entre toda clase de gentes y sus éxitos fuera de lo común.

            “Los dioses venden cuanto dan. / Se compra la gloria con desgracia”, escribió Pessoa. En agosto del 36, esos dioses que le habían colmado de regalos, le volvieron a Lorca la espalda de la manera más cruel. Pero esa muerte, al convertirle en símbolo de la lucha contra el fascismo, acentuó su proyección universal, lo mismo que lo que algunos consideraban “su defecto” (así alude a la homosexualidad del poeta en sus memorias Moreno Villa) ha contribuido a prolongar su vigencia, convirtiéndolo en referente gay (y ahí está la reciente película La bola negra, premiada en Cannes, y las declaraciones de sus directores, para confirmarlo).

           

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