Enrique Andrés Ruiz
Mister Ángel del Río
Periférica. Cáceres, 2026.
Enrique
Andrés Ruiz, poeta, ensayista y narrador con prosa de poeta, nos cuenta en Mister
Ángel del Río la historia de un profesor de la Universidad de Columbia,
figura central en el hispanismo norteamericano durante la primera mitad del
siglo XX, Ángel del Río, hoy un tanto olvidado. Paradójicamente a su mujer, la
portorriqueña Amelia Agostini, se la recuerda con más frecuencia. “A veces me
llaman con mucho interés por ella y sus libros –recuerda Carmen de Piniés--. A
su lado mi abuelo, el profesor ilustre, el gran estudioso, ¡se ha convertido en
nada!”
Para
sacarle de esa nada, escribe Andrés Ruiz, Pero a pesar de que en la cubierta
aparezca junto a Federico García Lorca –fue uno de sus anfitriones durante el
viaje a Nueva York--, no parece en principio que el personaje merezca demasiada
atención. El subtítulo, “Novela de los nombres”, nos indica que el autor no
pretende hacer un trabajo académico ni limitarse a novelar la vida de un aplicado
estudioso de la literatura española. La erudición y el trabajo académica
caducan antes, bastante antes, que la creación literaria.
Muchos otros nombres, unos todavía
famosos --incluso hace un cameo Marylin Moneow--, otros que lo fueron y han
dejado de serlo o que nunca lo han sido, acompañan al de Ángel del Río en este
libro fascinante, bien documentado y escrito con “calidad de página”, como se
decía en tiempos de Ortega.
Sorprende
que falte uno: el de Luis Cernuda. Coincidieron en Middlebury durante el verano
del 48, el único en que Cernuda fue invitado a esa prestigiosa escuela de
verano por la que pasó la plana mayor del exilio intelectual republicano a la
que Pedro Salinas comparó con la Universidad Internacional de Santander. Ese
mismo año, Ángel del Río publica una Historia de la literatura española que
llega hasta la generación del 27 y en la que dedica unas líneas a Cernuda que
avivaron la herida que al poeta le había causado la desatención hacia su primer
libro al insistir en su dependencia con Jorge Guillén (a Cernuda, por cierto,
le invitaron ese año porque Guillén no pudo asistir en el último momento). La
irritación le llevó a escribir “El crítico, el amigo y el poeta”, un “diálogo
ejemplar” –así lo denomina-- incluido en su libro Poesía y literatura. En
él cuenta la visita de “A. del Arroyo” a un amigo de Cernuda para pedirle
información sobre el primer libro del poeta. Después de las minuciosas
aclaraciones sobre por qué Perfil del aire no pudo estar influido por
Guillén, lo que A. del Río o del Arroyo escribe en su manual es que se traga de
“un cantor intelectual, grandemente influido por Guillén”, y la conclusión de
Cernuda: “no hay peor analfabeto que el analfabeto letrado”. Por esa resentida caricatura
se le recordará quizá más a Ángel del Rio que por sus muchos méritos
intelectuales.
Ángel del Río nació en Soria, en
1901, y con una evocación de la Soria de entonces, a la que en 1907 llegó
Antonio Machado, comienza este libro. Hay otras ciudades bellamente evocadas,
pero la que ocupa más páginas es Nueva York, una Nueva York en la que en los
años veinte lo español se puso de moda, gracias en buena parte a Federico de
Onís, el catedrático que abrió las puertas de la Universidad de Columbia a
Ángel del Río.
Que no fue, por cierto, un personaje
de una pieza. A partir de un artículo de la profesora Sandra Pujals, “El popucchik
español: un episodio secreto en la vida de Ángel del Río”, nos cuenta su
activismo juvenil revolucionario (fue uno de los fundadores del Partido
Comunista en Puerto Rico), del que luego supo borrar con habilidad cualquier
rastro. Al contrario que otros de sus amigos, como Gustavo Durán, ni siquiera
fue molestado por el Comité de Actividades Norteamericanas en los tiempos del
macartismo. Bien es cierto que para entonces era uno de los más activos
participantes en las actividades del Congreso para la Libertad de la Cultura,
financiado por la CIA.
Entre las muchas historias
memorables que se nos cuentan en este libro, la más novelera es quizá la del
pintor Luis Quintanilla y la más conmovedora la del poeta Bernabé Herrero. Pero
hay más, muchas más: se nos vuelven a contar, a ratos con desmitificadora
ironía, las andanzas de Lorca en Nueva York, y con emoción y verdad las de
Machado en Soria, en cuyo cementerio del Espino, donde está enterrada Leonor y
varios familiares de Ángel del Río e incluso del propio autor del libro,
también soriano, comienza este intento de hacer volver a la vida a quienes ya
solo son un nombre en una lápida o en una página.
En Mister Ángel de Río, no se
conforma su autor con convertir la historia y la intrahistoria de buena parte
del siglo XX en literatura, en excelente literatura, sino que quiere también
hacer metaliteratura. Por eso, además de los habituales capítulos en el género
o subgénero de la “quest”, en los que habla de sus encuentros con algún
informante, encontramos otros en los que dialoga con un amigo sobre el propio
texto que está escribiendo y sobre más o menos sibilinas cuestiones
metafísicas. Preferible el Enrique Andrés Ruiz que hace recuento de vidas o el
que, con unas pocas pinceladas impresionistas, recrea las tierras de Castilla,
las soledades de Nueva York, el bullicioso San Juan o el laberinto de callejas
de Dax, a orillas del Adour, que cruza la sombra doliente de un poeta
provinciano.

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