Benjamín Prado
Qué estoy haciendo aquí
Alfaguara. Barcelona, 2026.
No
basta con haber tenido una vida profesionalmente exitosa, que nos ha puesto en
continuo contacto con infinidad de nombres famosos, para que una autobiografía
resulte interesante. Puede quedarse en un cansino reportaje promocional. Hace
falta además saber contarla, y ese es un arte que Benjamín Prado domina como
nadie. Domina como nadie el arte de captar el interés de los lectores, o el de
los oyentes, incluso es posible que el narrador oral supere al de escritor.
Qué estoy haciendo aquí comienza
“in media re”, como una buena película, con el escritor haciendo de actor en
una serie televisiva; en el capítulo final, aparte de otras muchas cosas, se
nos cuenta su participación, como guionista y como protagonista, en varios
anuncios televisivos de una marca de cerveza, cuyo lema, “para una inmensa
minoría”, coincide con el de Juan Ramón Jiménez.
La estructura del libro, que avanza
en círculos, en estudiado desorden cronológico, es el primer acierto del autor.
El índice –si los editores hubieran condescendido a incluirlo-- ayudaría a
visualizarla (el índice, lo primero que lee el lector experto, es el mapa del
territorio), pero han considerado que bastaría con el índice onomástico, como
si lo importante fuera solo lo que se dice sobre este o aquel famoso o
famosillo, desdeñosos de la sutileza compositiva fractal y en espiral o ciegos
a ella.
No se sentirá defraudado con este
volumen quien busque chismes o anécdotas sabrosas, de las que se quedan en la
memoria y luego se repiten en las tertulias. Benjamín Prado parece haber
conocido a todo el que fue alguien en el mundo de la literatura o de la música
en los últimos cuarenta años.
Son anécdotas bienhumoradas,
escritas con bienhumorada cordialidad, salvo algunas excepciones. Aparte de las
viudas habituales (la de Alberti y la de Ángel González), sobre las que se pasa
sin recargar demasiado las tintas, solo algún jefecillo periodístico de su
primera época o Antonio Gamoneda están tratados con cierta malevolencia.
Las anécdotas, de las que en muchos
casos fue protagonista, gozan de presunción de veracidad, aunque sin duda estén
mejoradas por los inevitables retoques de la memoria. Algún lapsus, sin
embargo, nos pone en guardia. Es Sabina –el segundo ángel guardián del autor,
el primero fue Alberti-- quien le recordó “la anécdota de cuando Verlaine y
Rimbaud, que se habían querido y odiado, agredido, puesto denuncias y hasta
tiroteado en plena calle y el primero le confesó al segundo que se había casado
y era feliz, a lo que el autor de Una temporada en el infierno replicó:
¡Cómo has podido caer tan bajo!”. Pero resulta que cuando Verlaine conoció a
Rimbaud y le alojó en su casa, ya estaba casado con Mathilde Mauté y los
tormentosos amores tuvieron lugar tras el abandono de la mujer y del hijo
recién nacido.
Con encomiable elegancia, no entra
Benjamín Prado en excesivos detalles sobre su vida sentimental o la de sus
famosos amigos. No puede evitar, sin embargo, contarnos cómo se inició una de
las historias de amor más publicitadas y aireadas de la literatura española
contemporánea: la de Almudena Grandes y García Montero. Su primera noche juntos
habría tenido lugar durante un encuentro literario en Sitges y en 1994 (él fue
testigo porque le dieron con la puerta del ascensor en las narices cuando
pretendía seguir la charla con ellos en la habitación); pero otros testimonios
sitúan ese trascendental acontecimiento en los encuentros de Verines. A estos
extremos llega la historia de la literatura cuando se confunde con la prensa
del corazón.
Benjamín Prado, si hemos de hacer
caso a sus palabras, siempre acertó a estar en el lugar adecuado y en el
momento justo. Fue, desde el primer momento, un hombre con suerte. Supo escoger
a sus maestros y amigos, supo siempre promocionarse de la mejor manera. Algunos
maliciosos le aplicarían los versos de José Emilio Pacheco: “El poeta dejó de
ser la voz de la tribu, / aquel que habla por quienes no hablan. / Se ha vuelto
nada más otro entertainer. / Sus borracheras, sus fornicaciones, su
historia clínica, / sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo, /
tienen asegurado el amplio público / a quien ya no hace falta leer poemas”.
Admira la laboriosidad de Benjamín
Padro, su capacidad para aceptar todo tipo de encargos y salir bien librado
ellos, la multiplicidad de sus talentos y su resistencia a las fatigas de los
continuos viajes y festejos promocionales. Pero, como para calmar a los
envidiosos, en el catálogo de éxitos que es Qué hago yo aquí van de vez
en cuando sonando sonidos negros que se explicitan en el capítulo último y que
parecen ejemplificar el dictum de Pessoa: “Los dioses venden cuanto dan,
/ se compra la gloria con desgracia”.
Una vida llena de vidas la de
Benjamín Prado, un hombre orquesta en el mundo de la literatura y alrededores,
acostumbrado a caer siempre de pie. También un hombre de otro tiempo, el remoto
siglo XX, al que todavía le hacen gracias las anécdotas etílicas cómo aquella
disputa entre Gil de Biedma y Barral sobre quién tenía mayor resistencia al
alcohol, en la que ganaría el autor de Poemas póstumos. “el primero
resistió la ingesta de güiski y tabaco, apuntalado muy recto contra la pared a
su espalda; el segundo acabó dormido de brazos cruzados sobre la mesa”. Quizá
le convendría leer lo que Yvonne Hortet, la viuda de Brral, le cuenta en La
mujer en la sombra a Begoña Aranguren: el paraíso de las infinitas copas
con amigos –tan glosado por los poetas del cincuenta y sus palmeros-- escondía
un infierno doméstico y personal. Él mismo nos habla del triste final de Bryce
Echenique, pero prefiere atribuir el calvario de los últimos años al “injusto” trato
que le dio el mundo literario. Más atinado resultó Antoni Muñoz Molina en su
certera necrológica.
Pero Benjamín Prado no es un
moralista, por mucho que a veces parezca ir de ello, ni tampoco siempre un
perspicaz crítico literario (atribuye a Elvira Sastre y Loreto Sesma el que la
poesía se haya puesto de moda y “llene salsas y grandes teatros”, al contrario
que ocurría en tiempos de José Hierro), aunque tampoco sea solo un encantador
de serpientes, un entertainer, un artista de variedades.
Quizá le interese más la vida de los
escritores que su obra, pero sabe hacer con la peripecia biográfica de los
escritores y escritoras que admira –y son legión-- excelente literatura, como
ha sabido hacerlo con su propia vida.

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