martes, 9 de junio de 2026

Una vida llena de vidas


Benjamín Prado
Qué estoy haciendo aquí
Alfaguara. Barcelona, 2026.

No basta con haber tenido una vida profesionalmente exitosa, que nos ha puesto en continuo contacto con infinidad de nombres famosos, para que una autobiografía resulte interesante. Puede quedarse en un cansino reportaje promocional. Hace falta además saber contarla, y ese es un arte que Benjamín Prado domina como nadie. Domina como nadie el arte de captar el interés de los lectores, o el de los oyentes, incluso es posible que el narrador oral supere al de escritor.

            Qué estoy haciendo aquí comienza “in media re”, como una buena película, con el escritor haciendo de actor en una serie televisiva; en el capítulo final, aparte de otras muchas cosas, se nos cuenta su participación, como guionista y como protagonista, en varios anuncios televisivos de una marca de cerveza, cuyo lema, “para una inmensa minoría”, coincide con el de Juan Ramón Jiménez.

            La estructura del libro, que avanza en círculos, en estudiado desorden cronológico, es el primer acierto del autor. El índice –si los editores hubieran condescendido a incluirlo-- ayudaría a visualizarla (el índice, lo primero que lee el lector experto, es el mapa del territorio), pero han considerado que bastaría con el índice onomástico, como si lo importante fuera solo lo que se dice sobre este o aquel famoso o famosillo, desdeñosos de la sutileza compositiva fractal y en espiral o ciegos a ella.

            No se sentirá defraudado con este volumen quien busque chismes o anécdotas sabrosas, de las que se quedan en la memoria y luego se repiten en las tertulias. Benjamín Prado parece haber conocido a todo el que fue alguien en el mundo de la literatura o de la música en los últimos cuarenta años.

            Son anécdotas bienhumoradas, escritas con bienhumorada cordialidad, salvo algunas excepciones. Aparte de las viudas habituales (la de Alberti y la de Ángel González), sobre las que se pasa sin recargar demasiado las tintas, solo algún jefecillo periodístico de su primera época o Antonio Gamoneda están tratados con cierta malevolencia.

            Las anécdotas, de las que en muchos casos fue protagonista, gozan de presunción de veracidad, aunque sin duda estén mejoradas por los inevitables retoques de la memoria. Algún lapsus, sin embargo, nos pone en guardia. Es Sabina –el segundo ángel guardián del autor, el primero fue Alberti-- quien le recordó “la anécdota de cuando Verlaine y Rimbaud, que se habían querido y odiado, agredido, puesto denuncias y hasta tiroteado en plena calle y el primero le confesó al segundo que se había casado y era feliz, a lo que el autor de Una temporada en el infierno replicó: ¡Cómo has podido caer tan bajo!”. Pero resulta que cuando Verlaine conoció a Rimbaud y le alojó en su casa, ya estaba casado con Mathilde Mauté y los tormentosos amores tuvieron lugar tras el abandono de la mujer y del hijo recién nacido.

            Con encomiable elegancia, no entra Benjamín Prado en excesivos detalles sobre su vida sentimental o la de sus famosos amigos. No puede evitar, sin embargo, contarnos cómo se inició una de las historias de amor más publicitadas y aireadas de la literatura española contemporánea: la de Almudena Grandes y García Montero. Su primera noche juntos habría tenido lugar durante un encuentro literario en Sitges y en 1994 (él fue testigo porque le dieron con la puerta del ascensor en las narices cuando pretendía seguir la charla con ellos en la habitación); pero otros testimonios sitúan ese trascendental acontecimiento en los encuentros de Verines. A estos extremos llega la historia de la literatura cuando se confunde con la prensa del corazón.

            Benjamín Prado, si hemos de hacer caso a sus palabras, siempre acertó a estar en el lugar adecuado y en el momento justo. Fue, desde el primer momento, un hombre con suerte. Supo escoger a sus maestros y amigos, supo siempre promocionarse de la mejor manera. Algunos maliciosos le aplicarían los versos de José Emilio Pacheco: “El poeta dejó de ser la voz de la tribu, / aquel que habla por quienes no hablan. / Se ha vuelto nada más otro entertainer. / Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica, / sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo, / tienen asegurado el amplio público / a quien ya no hace falta leer poemas”.

            Admira la laboriosidad de Benjamín Padro, su capacidad para aceptar todo tipo de encargos y salir bien librado ellos, la multiplicidad de sus talentos y su resistencia a las fatigas de los continuos viajes y festejos promocionales. Pero, como para calmar a los envidiosos, en el catálogo de éxitos que es Qué hago yo aquí van de vez en cuando sonando sonidos negros que se explicitan en el capítulo último y que parecen ejemplificar el dictum de Pessoa: “Los dioses venden cuanto dan, / se compra la gloria con desgracia”.

            Una vida llena de vidas la de Benjamín Prado, un hombre orquesta en el mundo de la literatura y alrededores, acostumbrado a caer siempre de pie. También un hombre de otro tiempo, el remoto siglo XX, al que todavía le hacen gracias las anécdotas etílicas cómo aquella disputa entre Gil de Biedma y Barral sobre quién tenía mayor resistencia al alcohol, en la que ganaría el autor de Poemas póstumos. “el primero resistió la ingesta de güiski y tabaco, apuntalado muy recto contra la pared a su espalda; el segundo acabó dormido de brazos cruzados sobre la mesa”. Quizá le convendría leer lo que Yvonne Hortet, la viuda de Brral, le cuenta en La mujer en la sombra a Begoña Aranguren: el paraíso de las infinitas copas con amigos –tan glosado por los poetas del cincuenta y sus palmeros-- escondía un infierno doméstico y personal. Él mismo nos habla del triste final de Bryce Echenique, pero prefiere atribuir el calvario de los últimos años al “injusto” trato que le dio el mundo literario. Más atinado resultó Antoni Muñoz Molina en su certera necrológica.

            Pero Benjamín Prado no es un moralista, por mucho que a veces parezca ir de ello, ni tampoco siempre un perspicaz crítico literario (atribuye a Elvira Sastre y Loreto Sesma el que la poesía se haya puesto de moda y “llene salsas y grandes teatros”, al contrario que ocurría en tiempos de José Hierro), aunque tampoco sea solo un encantador de serpientes, un entertainer, un artista de variedades.

            Quizá le interese más la vida de los escritores que su obra, pero sabe hacer con la peripecia biográfica de los escritores y escritoras que admira –y son legión-- excelente literatura, como ha sabido hacerlo con su propia vida.

           

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