martes, 30 de junio de 2026

Una historia coral

 

Fernando Hernández Sánchez
Pistolero, ministro, espía, hereje.
Las muchas vidas de Jesús Hernández (1907-1971)
Hoja de Lata. Gijón, 2026.
 

Tras la guerra civil, entre los comunistas españoles hubo muchos militantes heroicamente ejemplares, pero ningún dirigente que no resultara ser un fiel lacayo de Moscú, que era quien financiaba sus privilegios, dentro o fuera de la Unión Soviética.

Jesús Hernández, ministro de Instrucción Pública durante el gobierno de Largo Caballero, borrado luego de la memoria colectiva, no constituye una excepción. Fue uno de los encargados de organizar el exilio republicano a una Rusia que muchos fieles consideraban el paraíso de los trabajadores, pero que para la mayoría pronto se convirtió en todo lo contrario. Tras la muerte de José Díaz, aspiró a ocupar la jefatura del partido comunista. La jugada le salió mal, aunque no del todo, ya que fue enviado a México, supuestamente a arreglar los problemas de organización del partido en aquel país, pero en realidad para ayudar, como agente del NKVD, los servicios secretos soviéticos, a la liberación del asesino de Trosky, cuyo verdadero nombre, Ramón Mercader, todavía se mantenía en secreto.

            Los informes de Hernández a Moscú pusieron de relieve múltiples deficiencias en la delegación mexicana, dirigida por Antonio Mije y Vicente Uribe, especialmente las referidas a las cuestiones de seguridad. En uno de sus comunicaciones, informó de lo siguiente: “No es aventurado asegurar que la policía mexicana y norteamericana conocen todos los hilos de nuestro aparato ilegal. En los domicilios de Mije y Uribe se establecen todos los contactos. Diariamente despachan con ellos todos los enlaces del aparato ilegal. Muestra de la irresponsabilidad con que trabaja nuestro aparato la da el siguiente hecho: en la calle de Amsterdam, número 124, cuando se pregunta a la portera por el señor Ponce, la portera responde: El señor Ponce ha marchado esta semana para España enviado por el Partido Comunista en misión secreta”.

            Pero la jugada le salió mal y acabaría expulsado de la organización. Se le acusó “de organizar una plataforma fraccional cegado por la ambición, de dirigir una campaña de desprestigio contra Dolores Ibarruri y de atacar a la URSS por denunciar la supuesta situación de miseria de los refugiados españoles”. Tuvo que pasar por las acostumbradas sesiones de autocrítica y, como era habitual en los procesos inquisitoriales semejantes, acabó dando la razón a sus acusadores: reconoció las críticas como “totalmente justas” y movidas solo “por el decidido propósito de ayudarme a corregir mis graves errores, para que pueda, mediante el trabajo y corrección de mi conducta, situarme a la altura de un verdadero militante comunista”.

            De nada le valieron sus golpes de pecho: fue expulsado, aunque no ejecutado como podría haber ocurrido de seguir en la Unión Soviética. Siguió, sin embargo, siendo comunista, no se convirtió en feroz anticomunista de toda la vida como tantos comunistas de toda la vida cuando dejaron de serlo.

            Comunista primero sin partido que luego creó su propio partido y que acabó cobijado, como antes bajo el de Stalin, bajo el paraguas de Tito. Pero cometió el error de dejar que se confundiera su libro de denuncia de los crímenes comunistas, Yo fui ministro de Stalin, con los de Castro Delgado y Valentín González, tan jaleados por la CIA y la dictadura franquista.

            Jesús Hernández había nacido en Murcia en 1907. Sus padres emigraron a Bilbao cuando él tenía tres años. Comenzó a trabajar a los seis, solo fue a la escuela unos meses, militó en organizaciones obreras casi desde la infancia, su activismo político no rechazaba la violencia, la dictadura de Primo de Rivera le llevó a la cárcel, de la que salió a los veinte años, fue uno de los fundadores del partido comunista, muy minoritario antes de la guerra civil y que tras la sublevación militar se convirtió en el más firme sostén de la república.

Que un niño que no había podido ir a la escuela se convirtiera, a los treinta años, en ministro de Instrucción Pública, y no fuera un mal ministro, tiene tanto de paradoja como de un acto de justicia histórica. Luego él mismo contribuiría a devaluar su actuación al declarar, desde el mismo título de su libro de converso que no fue ministro de Largo Caballero, sino de Stalin, contribuyendo así a la propaganda antirrepublicana.

Fernando Hernández Sánchez comenzó a estudiar al personaje hace veinte años y parece saberlo todo sobre la historia del partido comunista español, pero no nos deja un perfil claro del “pistolero, ministro, espía, hereje”, un retrato moral. ¿Era un idealista, un creyente en la capacidad del marxismo para transformar la sociedad o solo un oportunista? A Antonio Mije le acusó de vivir espléndidamente “en un país como México, en el que la miseria atenaza a la masa general del pueblo, y en la que los emigrados españoles se ganan la vida en los trabajos más duros”, pero algo muy similar dijo de él Ignacio Gallego: “La casa de Jesús Hernández ha sido durante un largo período de tiempo un cafetín rico donde la gente encontraba de todo: café, coñac, cigarrillos ingleses, precisamente en una situación en una situación en la que toda la emigración y el pueblo soviético sufría las dificultades de la guerra”.

Más que las polémicas, presuntamente políticas, pero que a menudo dejan entrever otros intereses, interesan las mil y una anécdotas noveleras, la mayoría de ellas solo apuntadas por el autor, como esa incursión en territorio español de Valentín Gonzáles, el Campesino, para rodar un documental biográfico, incursión en la que, “al parecer, resultaron muertos dos guardias civiles” según indica Fernando Hernández Sánchez con una imprecisión que no parece propia de tan minucioso historiador.


 

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