Fernando Hernández Sánchez
Pistolero, ministro, espía, hereje.
Las muchas vidas de Jesús Hernández
(1907-1971)
Hoja de Lata. Gijón, 2026.
Tras la
guerra civil, entre los comunistas españoles hubo muchos militantes
heroicamente ejemplares, pero ningún dirigente que no resultara ser un fiel
lacayo de Moscú, que era quien financiaba sus privilegios, dentro o fuera de la
Unión Soviética.
Jesús
Hernández, ministro de Instrucción Pública durante el gobierno de Largo
Caballero, borrado luego de la memoria colectiva, no constituye una excepción. Fue
uno de los encargados de organizar el exilio republicano a una Rusia que muchos
fieles consideraban el paraíso de los trabajadores, pero que para la mayoría
pronto se convirtió en todo lo contrario. Tras la muerte de José Díaz, aspiró a
ocupar la jefatura del partido comunista. La jugada le salió mal, aunque no del
todo, ya que fue enviado a México, supuestamente a arreglar los problemas de
organización del partido en aquel país, pero en realidad para ayudar, como
agente del NKVD, los servicios secretos
soviéticos, a la liberación del asesino de Trosky, cuyo verdadero nombre, Ramón
Mercader, todavía se mantenía en secreto.
Los informes de Hernández a Moscú
pusieron de relieve múltiples deficiencias en la delegación mexicana, dirigida
por Antonio Mije y Vicente Uribe, especialmente las referidas a las cuestiones
de seguridad. En uno de sus comunicaciones, informó de lo siguiente: “No es
aventurado asegurar que la policía mexicana y norteamericana conocen todos los
hilos de nuestro aparato ilegal. En los domicilios de Mije y Uribe se
establecen todos los contactos. Diariamente despachan con ellos todos los
enlaces del aparato ilegal. Muestra de la irresponsabilidad con que trabaja
nuestro aparato la da el siguiente hecho: en la calle de Amsterdam, número 124,
cuando se pregunta a la portera por el señor Ponce, la portera responde: El
señor Ponce ha marchado esta semana para España enviado por el Partido
Comunista en misión secreta”.
Pero la jugada le salió mal y
acabaría expulsado de la organización. Se le acusó “de organizar una plataforma
fraccional cegado por la ambición, de dirigir una campaña de desprestigio
contra Dolores Ibarruri y de atacar a la URSS por denunciar la supuesta
situación de miseria de los refugiados españoles”. Tuvo que pasar por las
acostumbradas sesiones de autocrítica y, como era habitual en los procesos
inquisitoriales semejantes, acabó dando la razón a sus acusadores: reconoció
las críticas como “totalmente justas” y movidas solo “por el decidido propósito
de ayudarme a corregir mis graves errores, para que pueda, mediante el trabajo
y corrección de mi conducta, situarme a la altura de un verdadero militante
comunista”.
De nada le valieron sus golpes de
pecho: fue expulsado, aunque no ejecutado como podría haber ocurrido de seguir
en la Unión Soviética. Siguió, sin embargo, siendo comunista, no se convirtió
en feroz anticomunista de toda la vida como tantos comunistas de toda la vida
cuando dejaron de serlo.
Comunista primero sin partido que
luego creó su propio partido y que acabó cobijado, como antes bajo el de
Stalin, bajo el paraguas de Tito. Pero cometió el error de dejar que se
confundiera su libro de denuncia de los crímenes comunistas, Yo fui ministro
de Stalin, con los de Castro Delgado y Valentín González, tan jaleados por
la CIA y la dictadura franquista.
Jesús Hernández había nacido en
Murcia en 1907. Sus padres emigraron a Bilbao cuando él tenía tres años.
Comenzó a trabajar a los seis, solo fue a la escuela unos meses, militó en organizaciones
obreras casi desde la infancia, su activismo político no rechazaba la
violencia, la dictadura de Primo de Rivera le llevó a la cárcel, de la que
salió a los veinte años, fue uno de los fundadores del partido comunista, muy
minoritario antes de la guerra civil y que tras la sublevación militar se
convirtió en el más firme sostén de la república.
Que
un niño que no había podido ir a la escuela se convirtiera, a los treinta años,
en ministro de Instrucción Pública, y no fuera un mal ministro, tiene tanto de
paradoja como de un acto de justicia histórica. Luego él mismo contribuiría a
devaluar su actuación al declarar, desde el mismo título de su libro de
converso que no fue ministro de Largo Caballero, sino de Stalin, contribuyendo
así a la propaganda antirrepublicana.
Fernando
Hernández Sánchez comenzó a estudiar al personaje hace veinte años y parece saberlo
todo sobre la historia del partido comunista español, pero no nos deja un perfil
claro del “pistolero, ministro, espía, hereje”, un retrato moral. ¿Era un
idealista, un creyente en la capacidad del marxismo para transformar la
sociedad o solo un oportunista? A Antonio Mije le acusó de vivir espléndidamente
“en un país como México, en el que la miseria atenaza a la masa general del
pueblo, y en la que los emigrados españoles se ganan la vida en los trabajos
más duros”, pero algo muy similar dijo de él Ignacio Gallego: “La casa de Jesús
Hernández ha sido durante un largo período de tiempo un cafetín rico donde la
gente encontraba de todo: café, coñac, cigarrillos ingleses, precisamente en
una situación en una situación en la que toda la emigración y el pueblo
soviético sufría las dificultades de la guerra”.
Más
que las polémicas, presuntamente políticas, pero que a menudo dejan entrever
otros intereses, interesan las mil y una anécdotas noveleras, la mayoría de
ellas solo apuntadas por el autor, como esa incursión en territorio español de Valentín
Gonzáles, el Campesino, para rodar un documental biográfico, incursión en la
que, “al parecer, resultaron muertos dos guardias civiles” según indica
Fernando Hernández Sánchez con una imprecisión que no parece propia de tan minucioso
historiador.

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