Luis Sagasti
La realidad absoluta
Eterna Cadencia. Buenos
Aires-Madrid, 2026.
Contamos
historias para ordenar el caos. Las historias tradicionales tienen un principio
y un final, las que nos cuenta Luis Sagasti (Bahía Blanca, Argentina, 1963) funcionan
de otra manera: son un puzzle, un mosaico, o mejor un pachwork: un conjunto de
piezas que se pueden combinar de distintas maneras.
Teoría
y práctica de su manera de entender la narrativa se entremezcla en La
realidad absoluta, ficciones que parten del ensayo y se aproximan a trechos
al poema. La más representativa, y quizá la más conseguida, es la que inicia el
libro, “La timidez de los árboles”. Comienza hablando de música: “Debería haber
algún nombre para aquellas melodías que se reconocen de inmediato cuando
alguien lleva su ritmo golpeando los dedos sobre una mesa”. Y continúa con una
sorprendente hipótesis sobre los nombres con que los antiguos griegos ordenaron
la confusión del cielo nocturno: “es razonable suponer que algunas de las
historias de la mitología griega hayan sido compuestas con el objeto de
recordar la serie de constelaciones que habrían de guiar a los navegantes durante
la noche. Una suerte de regla mnemotécnica escrita con tinta de estrellas. No
deja de ser sugestivo que historias crueles, y muy a menudo monstruosas, no
hayan tenido otro fin que el de reconocer la ruta que conducía a la calidez del
hogar”. Sigue una anécdota de infancia (una mañana de verano su abuelo le
enseñó a distinguir “los ríos que corren por el cielo” en un claro entre
árboles), continúa con la aventura amazónica de Fitzcarrald que Werner Herzog
llevó al cine y con la nave sin nombre del capitán Willard que remonta la selva
en busca del capitán Kurtz, “el coronel que, aún no se entienden muy bien las
razones, se volvió loco y fundó un reino en plena jungla, muy lejos en el
espacio, muy atrás en el tiempo”.
Del
Congo de Conrad y del Vietnam de Apocalipsis Now, pasamos al bombardeo
de la Plaza de Mayo en 1955. De un horror a otro horror. Y hay también lugar
para la pasmosa quietud que se esparce en el agua cuando el Titanic desaparece
de la superficie: “El mar siempre se mantuvo calmo durante la tragedia, un
mantel recién tendido para festín de diose perturbados”. Y para una instalación
de Pierre Huyghe en la Documenta 13 de Kassell en 2012 y para el comportamiento
de las abejas. Un hipnótico ir y venir que nos ayuda a entender mejor lo que
Luis Sagasti llama “la realidad absoluta” y que quizá deberíamos denominar
simplemente la realidad.
Hay otras piezas a la misma altura. Una
de ellas, “Serpientes”, puede parecernos que está hablando de un personaje de
ficción, un historiador del arte internado por intentar asesinar a su esposa y
a sus hijos y que “en la clínica traba amistad con las polillas y las mariposas
que entran en su habitación; puede hablar con ellas durante horas; luego
transcribe esos diálogos para su mujer en larguísimas en las que probablemente
le oculte la certeza de que los repollos que come son parte del cerebro de su
hermano, las papas las cabezas de sus hijos –uno de ellos se ha convertido en
el pescado de su plato-- y que en cada garbanzo y en cada arveja servidos en la
cena se encuentra alojada el alma de una persona”. Pero ese pintoresco
personaje es Aby Warburg, historiador del arte alemán, cuya obra principal, el Atlas
Mnemosyne, parece estar en la base de la poética narrativa de Luis Sagasti:
“Cientos de dibujos y pinturas organizadas temáticamente sobre móviles paneles
negros a fin de organizar las conexiones simbólicas entre las diferentes
culturas y distinguir así los patrones que sobreviven”. El autor de La
realidad absoluta entremezcla anécdotas personales con referencias
culturales y hechos históricos de la más diversa índole para entrever los
patrones secretos que ordenan y sostienen la realidad.
A destacar otro de los capítulos,
“La isla de los caníbales”, un antológico relato de terror y quizá también
“Cuadros de una exposición”, que yuxtapone el análisis de los patrones
geométricos presentes en muy diferentes obras de arte con el secuestro de una
estudiante “en la ciudad de La Plata en 1976, días antes de la primavera por
encabezar las protestas para conseguir un boleto estudiantil”
Pero
en el resto del libro el mecanismo narrativo, ya simple fórmula, no acaba de
funcionar. Las anécdotas que se quieren convertir en categoría al comienzo de
“El hombre del sándwich” son demasiado triviales para justificar la
preocupación de los personajes o el interés del lector. Y sorprende que el relato
más acorde con la tradición narrativa, “Mundo boreal”, con su principio, nudo y
desenlace, se nos vuelva a contar en “El escritor fantasma”, en un ejercicio de
metaficción que suena en exceso artificioso.
A
la ficción no se le deben exigir las mismas normas de verosimilitud que a la
realidad. Nadie pondría en duda que el personaje de Kafka se despertó
convertido en insecto ni reprocharía al autor que no le explicara por qué. Las
andanzas de un “viejo profesor de filosofía” que
cree haber encontrado “los restos del Ser” heideggeriano en un granero –es el
argumento de “Manta boreal”-- no es que nos resulten inverosímiles, sino
gratuitas e indiferentes, como los sutiles problemas planteados en “El escritor
fantasma”.
Luis
Sagasti ha encontrado un nuevo arte de narrar que algo tiene de rompecabezas
intelectual, de acertijo metafísico, que parece funcionarle mejor cuando
utiliza referencias culturales, autobiográficas y de la historia reciente de su
país que cuando se dedica a la pura especulación fabulación con moraleja filosófica.

No hay comentarios:
Publicar un comentario