miércoles, 19 de agosto de 2026

Literatura Pachwork

 

Luis Sagasti
La realidad absoluta
Eterna Cadencia. Buenos Aires-Madrid, 2026.

Contamos historias para ordenar el caos. Las historias tradicionales tienen un principio y un final, las que nos cuenta Luis Sagasti (Bahía Blanca, Argentina, 1963) funcionan de otra manera: son un puzzle, un mosaico, o mejor un pachwork: un conjunto de piezas que se pueden combinar de distintas maneras.

Teoría y práctica de su manera de entender la narrativa se entremezcla en La realidad absoluta, ficciones que parten del ensayo y se aproximan a trechos al poema. La más representativa, y quizá la más conseguida, es la que inicia el libro, “La timidez de los árboles”. Comienza hablando de música: “Debería haber algún nombre para aquellas melodías que se reconocen de inmediato cuando alguien lleva su ritmo golpeando los dedos sobre una mesa”. Y continúa con una sorprendente hipótesis sobre los nombres con que los antiguos griegos ordenaron la confusión del cielo nocturno: “es razonable suponer que algunas de las historias de la mitología griega hayan sido compuestas con el objeto de recordar la serie de constelaciones que habrían de guiar a los navegantes durante la noche. Una suerte de regla mnemotécnica escrita con tinta de estrellas. No deja de ser sugestivo que historias crueles, y muy a menudo monstruosas, no hayan tenido otro fin que el de reconocer la ruta que conducía a la calidez del hogar”. Sigue una anécdota de infancia (una mañana de verano su abuelo le enseñó a distinguir “los ríos que corren por el cielo” en un claro entre árboles), continúa con la aventura amazónica de Fitzcarrald que Werner Herzog llevó al cine y con la nave sin nombre del capitán Willard que remonta la selva en busca del capitán Kurtz, “el coronel que, aún no se entienden muy bien las razones, se volvió loco y fundó un reino en plena jungla, muy lejos en el espacio, muy atrás en el tiempo”.

Del Congo de Conrad y del Vietnam de Apocalipsis Now, pasamos al bombardeo de la Plaza de Mayo en 1955. De un horror a otro horror. Y hay también lugar para la pasmosa quietud que se esparce en el agua cuando el Titanic desaparece de la superficie: “El mar siempre se mantuvo calmo durante la tragedia, un mantel recién tendido para festín de diose perturbados”. Y para una instalación de Pierre Huyghe en la Documenta 13 de Kassell en 2012 y para el comportamiento de las abejas. Un hipnótico ir y venir que nos ayuda a entender mejor lo que Luis Sagasti llama “la realidad absoluta” y que quizá deberíamos denominar simplemente la realidad.

            Hay otras piezas a la misma altura. Una de ellas, “Serpientes”, puede parecernos que está hablando de un personaje de ficción, un historiador del arte internado por intentar asesinar a su esposa y a sus hijos y que “en la clínica traba amistad con las polillas y las mariposas que entran en su habitación; puede hablar con ellas durante horas; luego transcribe esos diálogos para su mujer en larguísimas en las que probablemente le oculte la certeza de que los repollos que come son parte del cerebro de su hermano, las papas las cabezas de sus hijos –uno de ellos se ha convertido en el pescado de su plato-- y que en cada garbanzo y en cada arveja servidos en la cena se encuentra alojada el alma de una persona”. Pero ese pintoresco personaje es Aby Warburg, historiador del arte alemán, cuya obra principal, el Atlas Mnemosyne, parece estar en la base de la poética narrativa de Luis Sagasti: “Cientos de dibujos y pinturas organizadas temáticamente sobre móviles paneles negros a fin de organizar las conexiones simbólicas entre las diferentes culturas y distinguir así los patrones que sobreviven”. El autor de La realidad absoluta entremezcla anécdotas personales con referencias culturales y hechos históricos de la más diversa índole para entrever los patrones secretos que ordenan y sostienen la realidad.

            A destacar otro de los capítulos, “La isla de los caníbales”, un antológico relato de terror y quizá también “Cuadros de una exposición”, que yuxtapone el análisis de los patrones geométricos presentes en muy diferentes obras de arte con el secuestro de una estudiante “en la ciudad de La Plata en 1976, días antes de la primavera por encabezar las protestas para conseguir un boleto estudiantil”

Pero en el resto del libro el mecanismo narrativo, ya simple fórmula, no acaba de funcionar. Las anécdotas que se quieren convertir en categoría al comienzo de “El hombre del sándwich” son demasiado triviales para justificar la preocupación de los personajes o el interés del lector. Y sorprende que el relato más acorde con la tradición narrativa, “Mundo boreal”, con su principio, nudo y desenlace, se nos vuelva a contar en “El escritor fantasma”, en un ejercicio de metaficción que suena en exceso artificioso.

A la ficción no se le deben exigir las mismas normas de verosimilitud que a la realidad. Nadie pondría en duda que el personaje de Kafka se despertó convertido en insecto ni reprocharía al autor que no le explicara por qué. Las andanzas de un “viejo profesor de filosofía”           que cree haber encontrado “los restos del Ser” heideggeriano en un granero –es el argumento de “Manta boreal”-- no es que nos resulten inverosímiles, sino gratuitas e indiferentes, como los sutiles problemas planteados en “El escritor fantasma”.

Luis Sagasti ha encontrado un nuevo arte de narrar que algo tiene de rompecabezas intelectual, de acertijo metafísico, que parece funcionarle mejor cuando utiliza referencias culturales, autobiográficas y de la historia reciente de su país que cuando se dedica a la pura especulación fabulación con moraleja filosófica.

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