Juan Manuel Bonet
Luces lejos (Antología poética)
Selección y prólogo de Juan Marqués
Renacimiento. Sevilla, 2026.
“Nuestros
defectos son la otra cara de nuestras virtudes”, le escuché decir una vez a
Luis Rosales en un coloquio sobre poesía última, que en aquellos años era la de
los novísimos. En el prólogo a Luces lejos, la antología que le ha
dedicado, Juan Marqués elogia a Juan Manuel Bonet con las siguientes palabras:
“su cabeza es algo así como un antecedente de Google, no solo repleta de
nombres, de títulos y de datos, sino rapidísima e infalible a la hora de clasificarlos,
ordenarlos y valorarlos”.
Como
gestor cultural –ha sido director del Reina Sofía y del Instituto Cervantes--,
como comisario de exposiciones, como autor de catálogos, como feliz rastreador
de libros inencontrables e historiador de las vanguardias pictóricas y
poéticas, de la arquitectura de los años treinta y de tantas otras cosas, Juan
Manuel Bonet no tiene parangón. Pero todas esas cualidades lastran de algún
modo su obra creativa, que comenzó en la primera línea generacional, con los
poemas de La patria oscura y las notas de diario –prosa poética en la
mayoría de los casos-- de La ronda de los días y que luego se fue
difuminando en ediciones de bibliófilo, poemas en catálogos de pintores
admirados y promocionados, postales, pies de foto.
En el año 2015, reunió sus poemas en
el volumen Vía Laberinto, de sugerente cubierta inspirada en otra de
Ottone Rosai (no desdeña Bonet ninguno de los aspectos del libro y nunca olvida
referirse a la cubierta en sus fichas bibliográficas). Coleccionista exhaustivo
de su propia obra, procuró no dejar nada fuera, ni siquiera aquellos apuntes
más circunstanciales que no se sostienen al margen de la imagen a la que
acompañaban. Añadió al final una copiosa serie de notas donde se entremezclan
las que tienen interés (algunas son tan sugerentes como los poemas a los que se
refieren) con otras muchas que aportan datos sin interés ninguno, como el
nombre de la revista en que se publicó por primera vez el poema (aunque, por lo
general, no indica ni el número ni la fecha). Un ejemplo: “Pentagrama” lleva
una escueta nota que dice “En Boulevard Magenta”. Y a propósito de “Rue
Visconti” anota: “El lector brasileñista reconocerá el título del libro más
conocido de Gilberto Freyre”.
¿Y
qué pasa con los lectores no “brasileñistas”, que son la mayoría? Bonet podía
haber indicado ese título en la nota o prescindido de ella. A no ser que quiera
indicar que sus poemas, llenos de alusiones cómplices y de guiños para el
lector avisado, no son para todos, sino
solo, como indica Antonio Martínez Sarrión en el título de uno de sus libros,
“pautas para conjurados”.
Ningún poeta más necesitado de un
buen editor, en el sentido intelectual del término (en el aspecto gráfico y
tipográfico, todas sus publicaciones han tenido los mejores editores), que le
ayude a no perecer bajo el peso de su obsesiva minuciosidad, de su prodigiosa
memoria –es otro Funes, el memorioso, como el personaje de Borges-- que no
siempre acierta a establecer una jerarquía entre los infinitos detalles que
retiene.
Juan Marqués, poeta y crítico, está
lejos de cumplir esa labor de editor y antólogo. No es ya que su prólogo consista
en un acrítico ditirambo al que añade una segunda parte enumerando todo lo que
le debe a Bonet (algo de escaso interés para el común de los lectores), sino
que incurre en algún llamativo error. Señalo el más incomprensible. Juan Manuel
Bonet –escribe-- “en otra muestra de su
generosidad, ha llegado a atribuir los que tal vez sean sus mejores y más
irresistibles versos a un gris, pero refulgente, desdichado pero encendido,
ficticio pero eterno poeta checo”.
Y
ciertamente el libro Praga, de 1994, estaba firmado por un heterónimo,
Pavel Hrádok, y atribuidos a él aparecen esos poemas en Via Laberinto.
Juan Marqués, en cambio, como enmendándole la plana al generoso Bonet, retira
ese nombre, no solo de la selección de poemas que incluye en la antología, sino
incluso de las referencias bibliográficas del final, lo que es como borrar el
nombre de Caeiro, Reis o Álvaro de Campos e incluir sus poemas entre los del
Pessoa ortónimo. Hrádock es un heterónimo, con biografía propia (podemos leerla
en la edición original de Praga y en una de las notas de Via
Laberinto), sus poemas se corresponden con las distintas etapas de esa
biografía (la vanguardista de los años veinte, la de la ocupación soviética), y
por eso llevan la fecha de la supuesta escritura. Eliminar el nombre de
Hrádock, que no es un pseudónimo, es mutilar el texto.
No es el único caso en que Juan
Marqués enmienda la plana a un poeta al que dice admirar tanto, pero al que
parece no haber entendido del todo. La sección de Via Laberinto titulada
“Cinco suites con pintores (1994-2009)” se transforma en la antología en “5
poemas dispersos” (el título es de Marqués, no de Bonet) e incluye tres de esas
suites (serie de poemas relacionados, no un único poema), “Luces lejos”, ”Plaza
del árbol”, “Dock Sud”), dos poemas de la cuarta, “5 poemas fifties”, y ninguno
de la quinta. Se prescinde también de las notas de Bonet que añaden algún dato
significativo a los poemas y que, en algún caso, como en “Noche de primavera en
Jaime Vera”, tienen más interés que el propio poema
Las reseñas de libros no suelen
referirse a estos detalles –suelen ser publicidad por otros medios, junto a
algún raro “ajuste de cuentas”--, por eso resulta doblemente necesario hablar
de lo que nadie habla, de ese trabajo invisible de puesta a punto del texto
literario, a veces de una torpeza incomprensible en quienes se dedican
profesionalmente al estudio de la literatura. Elogiar sin tasa al autor que se
edita (Marqués llega a decir que los poemas de Bonet “son adorables y
rotundamente bonitos”) es tarea fácil y siempre agradecida por el homenajeado,
pero le hace poco favor y no deja de constituir una estafa para los lectores.
Tras la recopilación de Via
Laberinto, Bonet ha publicado dos nuevas series de poemas, Valparaíso, acompañado
de fotografías de Françoise Núñez, y Sala de mapas, con ilustraciones de
Pablo Sycet. Las dos se incluyen en Luces lejos y representan bien los
aciertos y las limitaciones del autor: lo que le hace volar también le pone
plomo en las alas. Su técnica enumerativa, su acumulación de referencias y
alusiones culturalistas, que a menudo escapan al lector, su prosaísmo
(“Valparaíso, cuarenta / años casi han pasado / después de aquellos Naufragios”)
y de vez en cuando algún fulgor. Mayor interés presenta “Sala de mapas”, los
mapas siempre tan propicios a la ensoñación viajera (recordemos el poema ”Bajo la dulce lámpara”,
de Pablo García Baena), pero a menudo se queda en mero apunte que requeriría un
mayor desarrollo. Cito entero uno de los pasajes: “Esas colinas de Roma, / la
escalera que así sube / a nuestra Academia allá, / libros, Il Museo del
Louvre, / nuestras bodegas triestinas / y sus vinos transparentes”. .
Se
añaden cinco poemas inéditos de la serie “Postales”, que esta vez sí van
acompañados de la postal a la que se refieren.
Habría que distinguir, a la hora de
antologar a Juan Manuel Bonet (que es un poeta, no un excelente erudito que
escribe versos), los poemas que tienen valor independiente y aquellos otros que
difícilmente se sostienen sin la imagen que los acompañaba en la primera
edición. El autor no parece capaz de distinguirlos. Juan Marqués debería
haberle ayudado a prescindir de lo accesorio para quedarse con aquellos versos en
los que sabe evocar como nadie una atmósfera, un paisaje urbano, un matiz
sentimental, casi romanzas sin palabras, como los mejores poemas de Verlaine.

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