jueves, 2 de febrero de 2012

J. M. Caballero Bonald: Los eventos consuetudinarios

J. M. Caballero Bonald
Entreguerras
Seix-Barral. Barcelona, 2012.

Juan de Mairena, profesor de gimnasia que da clases de retórica, saca a un alumno a la pizarra y le dicta una frase: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. Luego le pide que la ponga en lenguaje poético. El alumno escribe: “Lo que pasa en la calle”. Y el profesor dice: “Muy bien”.
            Si Caballero Bonald asistiera a esa clase, habría expresado airadamente su desacuerdo. Para él la poesía habla de “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, no de “lo que pasa en la calle”: llamar a las cosas por su nombre, decir de la manera más sobria y precisa lo que se quiere decir podrá ser periodismo, pero no poesía. Más de acuerdo que con Antonio Machado estaría con Góngora. En un pasaje de la Soledad primera, se enumeran los regalos que los invitados llevan a una boda. Uno de esos regalos es una gallina. Pero Góngora prefiere evitar tan prosaico nombre y se refiere a ella como “una de esas aves / cuyo lascivo esposo vigilante / doméstico es del sol nuncio canoro / y de coral barbado, no de oro, /ciñe, sino de púrpura, turbante”.
            Con esa poética gongorina, aliñada con la escritura automática de los surrealistas, está escrito Entreguerras o De la naturaleza de las cosas, quizá el más extenso poema de la literatura española contemporánea, incluidos los de Agustín García Calvo.
            La fluencia verbal de Caballero Bonald resulta ciertamente admirable. Con ritmo de salmodia se suceden los sonoros versículos, reiterativos, obsesivos, casi hipnóticos. Nos invita a dejarnos llevar, a no detenernos a pensar. Si nos paramos un momento, todo aquel suntuoso andamiaje se nos viene abajo, el oro se convierte en oropel, la palabra que se quiere prístina y esencial en gastada, manida, resabida y resabiada palabrería.
            Habrá lectores que resistan cien, doscientos, trescientos versículos (son varios miles), pero bastan los iniciales para saber a qué atenernos: “el lugar de las revelaciones ¿era aquel donde un día / abrí las cajas primordiales rompí el invicto sello el embozo perpetuo / hendí la piedra y sus tentáculos me interné en la caverna estática del tiempo?”.
            La poesía que se entiende no es poesía es periodismo, afirmó alguna vez Caballero Bonald. En ciertos pasajes de Entreguerras parece acercarse al periodismo, tal como él lo entiende, y algunos versículos se limitan a desnudas enumeraciones de lugares visitados (Siria Japón Colombia Transilvania la Amazonia el Sahara Crimen / Cuba Egipto Polonia las Antillas Irak Irlanda las Galápagos), de poetas integrantes de un grupo generacional (Ángel y José Ángel y Carlos y José Agustín y Alfonso y Jaime / y Juan y otros dos Juanes y quien lo está contando”), de autores admirados (“Juan Ramón Gabriel Miró Darío Valle-Inclán / Lorca Espronceda Rosalía Byron Bécquer”). Contrastan esas escuetas referencias nominales con el alarde acumulativo de gallardas vaguedades que llena páginas y páginas.
            Eliot, bien aconsejado por Ezra Pound, cortó largos pasajes de La tierra baldía y gracias a eso lo convirtió en un poema que expresa como ningún otro la desolación y el sinsentido del mundo que dejaba tras de sí la Gran Guerra. Caballero Bonald no parece que tenga cerca ningún Pound ni, de tenerlo, aceptaría sus consejos. Es una lástima. Cortando sin piedad cien o ciento cincuenta páginas este nada desdeñable ejercicio retórico se convertiría, si no en un gran poema, sí en un buen poema sobre las trampas de la memoria.
            Tras las sonoras inconsistencias del prefacio, sorprende el capítulo primero, una evocación del Madrid de posguerra con bien conseguidos trazos expresionistas. Buena parte de los versículos que salvaríamos del libro están en este capítulo. “Complejas y mudadizas son las leyes del recuerdo”, comienza el capítulo siguiente, todo él una divagación sobre la necesidad de la ficción para reflejar más exactamente la realidad: “no sin ser deformada puede la realidad exhibir sus enigmas / dijiste alguna vez persuadido de la conformidad severa de ese aserto / y lo repites ahora con la misma efusión la misma convicción que entonces / no es posible entender la forja de una ficción capaz de ser fructuosa / sin anular primero las serviles explícitas copias de una experiencia / ya banalizada de antemano por su inválida literal versión de los hechos”. No es posible tampoco leer a Caballero Bonald sin tener la tentación de coger un lápiz e ir tachando palabras que sobran. Cita un verso suyo y no le basta añadir “dijiste alguna vez”, sino que ha de redondear el versículo con “persuadido de la conformidad severa del aserto”. Tachamos: si alguien dice algo, damos por supuesto que está convencido de ello. Y ahora lo repite, y no le basta repetirlo “con la misma convicción” que entonces, tiene además que hacerlo “con la misma efusión”. La estética de Caballero Bonald parece clara: reiterar, parafrasear, insistir, no decir en cincuenta palabras lo que podría decirse perfectamente en cuatro, sino esforzarse en llegar a las quinientas o, por lo menos, a las cien.
            Otros pasajes que el hipotético Pound salvaría de este libro estarían en el capítulo quinto, con su evocación de la estancia en Colombia (“aquel gran río de la Magdalena por donde navegamos / tres días con sus noches tres siglos con sus astros sus rigores sus vértigos”), o en el séptimo que habla de sus andanzas marinas, de Doñana y de algunos de los personajes que pueblan sus novelas. En general gana el poema cuando no se construye sobre una divagación en el vacío sino que reelabora un concreto material biográfico (aunque a veces no parezca alcanzar el desarrollo suficiente y haya de ser complementado con lo que cuenta en sus tomos de memorias).
            ¡Cómo disfrutaría Juan de Mairena dictando a sus alumnos alguno de los más rimbombantes versículos de Caballero Bonald y pidiéndoles que lo pusieran en lenguaje poético! 

jueves, 26 de enero de 2012

Donna Leon: Prodesse et delectare

Donna Leon
La palabra se hizo carne
Seix Barral. Barcelona, 2012

No todo ha de ser gran literatura. Siempre Shakespeare cansa. “Roger Sheringham bebió un sorbo del brandy añejo que tenía delante y se arrellanó en su asiento en la cabecera de la mesa”. Así comienza El caso de los bombones envenenados, de Anthony Berkeley, un novelista de la época de Agatha Christie, que ahora Lumen rescata del papel barato de las viejas novelas de quiosco y nos lo vuelve a ofrecer con el envoltorio de la literatura de verdad. Añoramos novelas así –un club inglés, un asesinato rebuscadamente artificioso, un grupo de detectives aficionados que van ofreciendo sucesivas soluciones a cual más sutil e ingeniosa—, pero pronto nos aburren como una adivinanza que dura demasiadas páginas.
            Donna Leon quiere hacer algo más que entretener con sus novelas protagonizadas por el comisario Brunetti. En cada una de ellas nos da una lección de su catecismo progresista. La palabra se hizo carne –poco afortunada traducción de Beastly Things— arremete contra el maltrato animal, especialmente contra el producido por nuestra condición carnívora, y contra el dudoso control sanitario de muchos alimentos. Tras leer el capítulo 19  –la visita a un matadero descrita casi como el recorrido por uno de los círculos del infierno— es difícil no sentir el deseo de volverse inmediatamente vegetariano.
            Pero el atractivo de las historias de Brunetti apenas tiene que ver con su bien intencionada denuncia de la sociedad contemporánea. Buena parte del éxito se debe al escenario en que transcurren: la ciudad de Venecia, quizá la más seductora de todas las ciudades.
Donna Leon nos invita a pasearnos por la otra Venecia, la ajena al turismo, la de los verdaderos venecianos, que es la que todos los turistas desean conocer.  Su visión es pesimista: “La ciudad se degradaba cada vez más, los hoteles proliferaban y los alquileres se incrementaban, cada pulgada disponible de acera se le arrendaba al que quería vender trastos inservibles en un puesto ambulante…”
Sin entrar en descripciones minuciosas, cuida el detalle exacto en los paseos de Brunetti: no deja de señalarnos que en tal lugar, junto a la entrada porticada de la plaza de San Marcos, estuvo la librería Mondadori, ya desaparecida como casi todas las de la ciudad; que la Dogana se encuentra recién rehabilitada (Brunetti se horroriza “por lo que se exponía en su interior”); que el alargado campo de S. Margherita, que de día sigue conservando sus puestos de pescado y de verdura, de noche se convierte en un bullicioso lugar de encuentro juvenil, lo que ha hecho que algunos de sus amigos hayan tenido que buscar alojamiento en otra parte.
            El comisario vive en Campo San Polo, en un apartamento con las mejores vistas sobre los tejados, los campanarios y las puestas de sol; su familia modélica es otra de las recurrencias de esta serie de novelas. La mujer, Paola, es profesora de literatura inglesa, lectora incansable de Henry James, feminista, excelente cocinera. Y junto a la familia, la otra familia, la de la comisaría, con sus personajes detestables, como el caricaturizado jefe Patta, los entrañables compañeros, y esa figura casi de cuento de hadas, que es la signorina Electra, a la que no hay secreto que se le resista si es accesible a través de Internet.
            La intriga policial no suele ser en Donna Leon lo más importante; casi siempre se trata de un mero pretexto, del que el lector muchas veces acaba desentendiéndose. Atrae más el escenario, la bonhomía del protagonista, la confortable sensación que nos transmite de que en un mundo corrupto, él –y nosotros con él— se mantiene íntegro, escéptico y aparte, encontrando a pesar de todo ocasión para gozar de los buenos momentos de la vida, muchos de ellos gastronómicos.
            Pero, tras de tantas novelas, la reiterada fórmula se va haciendo cada vez más evidente, e incluso el lector menos atento acaba viendo acá y allá los descosidos.  En el macello de Preganziol unos directivos avariciosos obligan al veterinario a certificar como aptos para el consumo animales que no lo son: “Un ganadero de Treviso traía unas vacas; ya no recuerdo cuántas, puede que seis. Dos de ellas estaban más muertas que vivas. Una parecía que se estaba muriendo de cáncer: tenía una llaga abierta en el lomo. Ni siquiera me molesté en realizarle una revisión médica; hasta un tonto podía darse cuenta de que estaba enferma, toda piel y huesos y con la saliva chorreándole por el morro. La otra tenía diarrea viral”. El lector sonríe: ¿quién va a comprar la carne de esas dos vacas, una de ellas “toda piel y huesos”, por mucho que, mediante chantaje, se obligue al veterinario a darlas de paso? Mal negocio hacían esos corruptos.
            La lección de ética que nos ofrece Paola –la pluscuamperfecto Paola— nos deja igualmente perplejos. Con su voto –y con el de otros dos compañeros— consigue evitar que se cometa un acto delictivo: renovarle el contrato a un profesor. No porque sea un mal profesor (uno de los que votan con ella, según ella, sí que lo es), sino porque se trata de un delincuente: “Aunque no ha delinquido en este país, que se sepa. Lo han sorprendido en Francia y Alemania robando libros, y mapas, de bibliotecas universitarias. Como tiene tan buenos contactos políticos, decidieron no presentar ningún cargo, pero su plaza de profesor en Berlín quedó cancelada”. Inmediatamente consigue otra en Italia y nada menos que de “Semiótica de la ética”.
No ha delinquido en este país, dice Paola, pero poco después afirma que continuó con sus robos y que ella le paró los pies. “¿Cómo?”, pregunta su marido. Pues no denunciándolo, como parecería lógico, sino obligando a la biblioteca “a cambiar su política”: “Para acceder a las estanterías, cualquiera que ocupe un cargo inferior al de profesor titular debe disponer de una tarjeta. Como su contrato no es fijo, ni tiene tarjeta ni se la expedirán. De modo que, si quiere consultar un libro, debe pedirlo en el mostrador principal, y después de realizada la consulta, los bibliotecarios lo retienen allí mientras comprueban el estado del libro”.
Parece que Donna Leon, que tan bien conoce las calles de Venecia, conoce un poco peor otros aspectos de la sociedad que tan encomiablemente intenta mejorar.
Mezclar lo útil con lo agradable, según la fórmula horaciana, parece ser la fórmula de la novela negra contemporánea: entretener no basta, hay además que indignarse y denunciar. Otra forma de entretener, en la mayoría de los casos. Y de confortar la buena conciencia de lectores no demasiado exigentes.

jueves, 19 de enero de 2012

Un preciado regalo

Enrique Andrés Ruiz
Las dos hermanas.
Antología de la poesía española e hispanoamericana del siglo XX sobre pintura.
Fondo de Cultura Económica. Madrid-México, 2011.


Las antologías temáticas tienen un inconveniente y una ventaja. Inconveniente: el tema suele predominar sobre la calidad a la hora de la selección; ventaja: propician los descubrimientos.
            La relación entre poesía y pintura es antigua. Con erudición y agudeza se refiere a ella Enrique Andrés Ruiz. “Ut pictura poesis” afirma Horacio en un muy citado pasaje de la “Epístola a los Pisones”. Pero en un principio fue al revés: la pintura trató de ser como la poesía. Los pintores no pasaban de artesanos; para pintar un cuadro solo se necesitaba aplicar una serie de destrezas, como para levantar una pared o fabricar una silla. La categoría de artistas solo la obtuvieron cuando se acercaron a la poesía y comenzaron a pintar cuadros que reflejaban historias míticas y se podían leer como un poema.
            Las afirmaciones de Andrés Ruiz sobre las diversas artes y sobre el Arte con mayúscula que ha venido a sustituirlas (“una operación institucional, impensable sin inversiones públicas de propaganda y estructuras; una operación indudablemente política”) son siempre inteligentes y fértiles, aunque a menudo discutibles. Pero llega un momento en que cambia de registro y el intelectual riguroso deja paso a las complacencias del creyente. La Palabra se ha hecho Carne en el cristianismo –nos dice, como si siguiera hablando de lo que estaba hablando— y por eso, a partir de entonces, es posible pintar “simples naturalezas, escenas cotidianas, retratos” sin auxilio de ningún texto, de ninguna leyenda mítica. No le discutiremos esa tesis –Todorov ha afirmado exactamente todo lo contrario al referirse a la aparición de la pintura realista en los Países Bajos—, simplemente dejamos constancia de que ha dado un salto hacia otro ámbito que nada tiene que ver con el análisis científico y la racionalidad.
            Pero afortunadamente el integrismo religioso de Enrique Andrés Ruiz no influye para nada en la selección de poemas. Comienza con José Martí (“Sé de un pintor atrevido / que sale a pintar contento / sobre la tela del viento / y la espuma del olvido”) y termina con dos poetas nacidos en 1975: Martín López-Vega y Carlos Pardo. El primero glosa en “Habitación de hotel” el conocido cuadro de Edward Hopper, quizá el más literario de los pintores del siglo XX; el segundo juega al irracionalismo y alude a “los viejos pintores del Trecento”.
            No se seleccionan solo poemas que hablen sobre pintura o sobre pintores. Muchos de ellos describen un paisaje. Es el caso de tantos poemas modernistas aquí antologados (las “Cigüeñas blancas” de Guillermo Valencia, o el “Claroscuro”, de Julio Herrera y Reissig), o de los versos de Jorge Guillén: “¿Pureza, soledad? Allí. Son grises. / Grises intactos que ni el pie perdido / sorprendió, soberanamente leves. / Grises junto a la Nada melancólica, / bella, que el aire acoge como un alma, / visible de tan fiel a un fin: la espera”.
            Enriquece esta antología temática que el tema se haya entendido de tan amplia manera. Nada tan fatigoso como los convencionales poemas que suelen adornar catálogos de pintores. Enrique Andrés Ruiz llega a incluir incluso la conocida “Arte poética” de Vicente Huidobro: “Que el verso sea como una llave / que abra mil puertas. / Una hoja cae; algo pasa volando; / cuanto miren los ojos creado sea, / y el alma del oyente quede temblando”.
            Pero abunda, como no podía ser de otra manera, la ecfrasis, el equivalente en palabras de una pintura, que tiene en Manuel Machado uno de sus máximos representantes: “Nadie más cortesano ni pulido / que nuestro rey Felipe que Dios guarde, / siempre de negro hasta los pies vestido”.
            Generalmente se selecciona solo un poema de cada autor, pero en algunos casos –por su especial relación con la pintura— se hace excepción. Ocurre con Manuel Machado, con Juan Ramón Jiménez, y con poetas menos conocidos con Rafael Sánchez Mazas o Ramón Gaya, uno de esos pintores que son igualmente notables como escritores. También con Eugenio d’Ors, que como poeta no pasa de ingenioso y conceptuoso aficionado.
            Como no podía ser menos, a pesar de lo exhaustiva de la selección echamos en falta algún nombre. El más notable, el de Ángel González. Una antología como esta no puede prescindir de su soneto “El Cristo de Velásquez”: “Un piadoso pincel lavó con leves / algodones de luz tu carne herida, / y otra vez la apariencia de la vida / a florecer sobre tu piel se atreve”.
            Compensan ese olvido los muchos admirables poemas con que nos reencontramos (o encontramos por primera vez), desde el suntuoso “Bodegón del Renacimiento”, de Agustín de Foxá, hasta “Hilando”, de Claudio Rodríguez (“Tanta serenidad es ya dolor”), pasando por los sinestésicos minimalismos de Octavio Paz (“El pájaro es una astilla / que canta y se quema viva / en una nota amarilla”) o el “Esfumato”, de Amalia Bautista: “Tan áspero era el mundo, tan hiriente, / que él lo difuminó para mis ojos”.
Sí, la pintura, al igual que la poesía, puede ser a veces, como en el poema de Amalia Bautista, “un preciado regalo contra el mundo, / contra la realidad, contra la vida”. Pero también –como nos dice otro poeta, Juan Manuel Bonet— un lugar “donde se sueña más puro el ancho mundo”. 

jueves, 12 de enero de 2012

Jesús Aguado: Más es menos o el arte de editar

Jesús Aguado
El fugitivo. Poesía reunida (1985-2010)
Vaso Roto Ediciones. Madrid-México, 2011


Jesús Aguado es uno de los poetas de obra más valiosa, pero a la vez más profusa y contradictoria, surgidos en las últimas décadas. Por primera vez reúne su poesía en un volumen. Una buena ocasión para poner orden, señalar las líneas esenciales, orientar al lector.
            Una ocasión desaprovechada, a mi entender. Ni el prólogo de un crítico, Vicente Luis Mora, más dado a las generalizaciones que al análisis de la obra concreta, ni la nota final del autor, ayudan demasiado. “Recomiendo al lector –escribe el prologuista— que compare los poemas aquí aparecidos de El fugitivo con los que en su momento recogía la versión de Pre-Textos de 1998. Son dos libros distintos, pero es que Aguado es también ahora una persona distinta”.
¿Son dos libros distintos? Veamos las diferencias: en la primera edición el fragmento “caemos como plomada en manos de un albañil” se disponía en forma vertical, mientras que “y de repente somos una casa” dibujaba vagamente la silueta de una casa; con buen criterio se prescinde de esos ingenuos caligramas. Hay otros cambios, igualmente mínimos: se tachan algunos versos repetitivos, y el fragmento “una mano y un hilo / cada vez más pequeños / borrando el universo según vamos por él” se parte en dos, de modo que “según vamos por él” pase a la página siguiente, como un fragmento distinto. Unos cuantos retoques, bastante caprichosos por lo general, ¿lo convierten en un libro distinto de una persona distinta? No me lo parece.
            Hay otros cambios en esta recopilación, que el prologuista no señala, y que me parecen más significativos. Cuando El náufrago rescatado se publicó por primera vez en el 2001 el subtítulo indicaba que se trataba de “un manifiesto”. Ahora desaparece esa indicación, la nota inicial que explicaba el título (el artista es un náufrago que ha sido rescatado a su pesar) y el inicio del manifiesto, “hay que hacer un arte a la contra”, que daba sentido a cada párrafo: “contra la simplificación, contra la desmemoria (y a favor del olvido), contra el estrechamiento, contra la pertenencia, / contra la crítica utilizada como un cuerpo especial de desactivación de explosivos al servicio (consciente o inconscientemente) de los poderes, / contra la propiedad colectiva lograda a costa de la miseria individual”, etc. Pero por eliminar esos elementos explicativos lo que no era un poema –sino una acumulación de vagas buenas intenciones— no se convierte en un poema, sino en un cuerpo extraño más que dificulta la lectura de este confuso volumen.
            En Los poemas de Vikram Babu, publicado inicialmente por Hiperión, Jesús Aguado, buen conocedor y traductor de la poesía hindú, se inventa un heterónimo, Vikran Babu, que vivió en el siglo XVII, escribía en hindi y nunca salió de un pequeño pueblo a orillas del Ganges, cerca de Benarés, según nos informa en el breve prólogo. Dada su fama de sabio, le hacían numerosas consultas a las que respondía con “pequeñas composiciones poéticas que, en lugar de soluciones, ponían a cada cual en disposición de responderse a sí mismo”. El resultado es un conjunto de atractivos pastiches que a veces parecen parodiar la literatura de autoayuda. Pero en esta recopilación se prescinde de la ficción heteronímica y desaparece la figura del presunto autor, lo que no contribuye precisamente a clarificar el conjunto.
            En la nota final –que demuestra alguna confusión sobre lo que debe entenderse por “poesía reunida” o “poesía completa”— explica Jesús Aguado la división de su obra en dos partes: a partir de un determinado momento, la poesía deja de ser para él un juego, “por muy esencial que se quiera”, para convertirse “en un método para evitar que jueguen con uno, que el mundo le juegue una mala pasada a uno”. Y añade, provocando la perplejidad de cualquier lector con algún sentido crítico, que esa es la razón “por la que ya no pienso tanto en poemas sueltos, como en bloques unitarios”. ¿Los bloques unitarios se prestan menos al juego, evitan que “el mundo nos juegue una mala pasada” mejor que los poemas sueltos? Convendría que el autor se tomara la molestia de explicarnos cómo.
            “Una de las pocas cosas claras que sigo teniendo es que uno tiene que huir de sus libros antes de que estos le alcancen”, escribe más adelante. Y el prologuista subraya “la diversidad de su obra, enemiga de seguir dos veces la misma estrategia estética”. Ambas afirmaciones se pueden contradecir fácilmente. Uno de los libros más conseguidos de la que Jesús Aguado denomina su primera etapa se titula Los amores imposibles (son poemas narrativos y bienhumoradamente imaginativos); más adelante insistirá en la misma fórmula con Nuevos amores imposibles. También habrá unos Nuevos poemas de Vikram Babu. Jesús Aguado es un poeta que gusta tanto de ensayar nuevos caminos –aunque a veces no lleven a ninguna parte— como de insistir en las recetas en las que se encuentra más cómodo.
            El poeta no siempre es el mejor crítico ni el mejor editor de su propia obra. Reunir los poemas y los libros dispersos debe contribuir a darles un nuevo y mejor sentido, o al menos, a aclarar su sentido, no a volverlo más confuso. En una buena edición, el conjunto vale más que las piezas por separado. No ocurre así con esta poesía reunida de Jesús Aguado, un autor que no siempre acierta a distinguir poemas de ejercicios poéticos, lo fundamental de lo circunstancial.
            En poesía, como en tantas otras cosas, más es menos, todo lo que no es imprescindible sobra. A Jesús Aguado 537 páginas no le parecen suficientes para contener sus poesías completas (se refiere una y otra vez a lo que ha dejado fuera); yo creo más bien que sus poesías completas, verdaderamente completas, caben en la mitad de esas páginas. Lo mismo que en un haiku (y él los ha escrito espléndidos) puede haber más poesía que en un poema de quinientos versos.
Editar tiene mucho de arte invisible. El buen editor –de obra propia o ajena— es el que se nota lo menos posible. 

jueves, 5 de enero de 2012

Ramón del Valle-Inclán: Un divorcio y otras historias


Jesús Rubio Jiménez y Antonio Deaño Gamallo
Ramón del Valle-Inclán y Josefina Blanco: el pedestal de los sueños.
Prensas Universitarias de Zaragoza, 2011

Ramón del Valle-Inclán, en vida, hizo de su vida una obra de ficción; tras su muerte, la realidad biográfica ha tardado en abrirse camino entre la anécdota apócrifa y el mito, y todavía no lo ha conseguido del todo. Un paso importante fue la publicación, en el 2008, del epistolario contenido en Valle-Inclán inédito, con un inteligente prólogo de Manuel Alberca. En las tertulias de café, en las abundantes entrevistas para revistas y diarios, el escritor se sentía en el escenario, era un personaje; solo en sus cartas privadas se quitaba la máscara, no hacía literatura, aunque seguía siendo muy celoso de su intimidad.
            La historia que se cuenta en Ramón del Valle-Inclán y Josefina Blanco: el pedestal de los sueños es una triste historia, aunque no inhabitual: la de un divorcio conflictivo y un amor que se convierte en odio. Jesús Rubio Jiménez, con la colaboración de Antonio Deaño González, cuenta muy bien esa chirriante peripecia, dejando que hablen los documentos inéditos, pero no ofreciéndolos aislados y fuera de su contexto. Su edición de las 35 cartas que guardaba en su archivo Dionisio Gamallo Fierros, y que constituyen la base del libro, resulta ejemplar. Lo que podía haberse quedado en un trabajo erudito de escaso interés se convierte en un apasionante relato protagonizado por una mujer vengativa y despechada, de la que hasta ahora sabíamos muy poco, Josefina Blanco, y en el que juega un importante papel Luis Ruiz Contreras, escritor resentido e intrigante, testigo principal de unos años cruciales de la literatura española. No novelizan ni fantasean los autores –que nos acaban de ofrecer otra muestra de su buen hacer en El camino de las letras, que recoge el epistolario inédito de Rafael Altamira y José Martínez Ruiz con Clarín—, no lo necesitan para conseguir, a base de pequeños detalles exactos, que leamos esta rigurosa investigación como la más apasionante de las novelas.
            Josefina Blanco presumía de que a ella debía Valle-Inclán todo lo que había llegado a ser; sin su ayuda no habría pasado de un pintoresco figurón de escasa obra, como el Alejandro Sawa de la realidad o el Max Estrella de la ficción. Por él abandonó su exitosa carrera teatral (aunque nunca llegó a convertirse en una primera figura) para convertirse, no solo en la madre de su abundante prole, sino también en secretaria, amanuense, correctora, administradora. Las estrecheces económicas, y unos patológicos celos, parece que acabaron con su equilibrio mental. No dudaba en escribir a todo el mundo lanzando diatribas contra el “tenorio averiado” de su marido ni tampoco en utilizar a sus hijos como arma arrojadiza contra él. Cada vez más acentuada enemiga de la república, temiendo ser asesinada por los Albertis (así los denomina) en el Madrid de 1936, acepta sin embargo una pensión anual de doce mil pesetas concedida por el gobierno de la zona republicana.
J. Raimundo Bartrés en La ‘nodriza’ de la generación del 98 (Editorial Linosa, Barcelona, 1972) cuenta su relación, hasta el enfado final, con Ruiz Contreras. En la página 68 se encuentra el pasaje que Rubio Jiménez y Deaño González citan de segunda mano, ignorando su procedencia: “Acompáñeme hasta el Majestic. A diario visito a la mujer de Valle-Inclán, Josefina Blanco… La pobre está más loca que una cabra. Se figuraba millonaria porque el gobierno rojo le pasaba una pensión, y la Editorial Sopena le había prometido grandes negocios con las obras de su marido, y todo se ha convertido en agua de borrajas, hasta los billetes ful que cobró”.
            Acabada la guerra, Josefina Blanco olvidó todo el odio que había sentido contra su marido y se convirtió en viuda ejemplar y en lo que siempre había querido ser, en la dueña y señora de su obra, de la que procuró sacar todo el rendimiento económico posible. La antigua actriz ahora odiaba el teatro y por eso hizo cuando pudo, hasta inventarse una carta con las últimas voluntades de Valle-Inclán, para que sus obras no se representaran; decía que habían sido escritas solo para ser leídas.
            Un Valle-Inclán muy distinto del que quiere el mito sale de estas páginas. No era un bohemio ni un idealista, sino un buen comerciante que trataba de obtener el mayor provecho económico posible –estaba en su derecho— de su trabajo intelectual; para ello, muy a menudo, fue su propio editor. Ningún inconveniente tenía en aceptar favores políticos, ya fueran un pequeño sueldo de funcionario (sin necesidad de acudir al puesto de trabajo), una plaza de catedrático (creada expresamente para él durante la monarquía), el cargo de Conservador del Patrimonio inventado para él por Azaña y Fernando de los Ríos, la dirección de la Academia de España en Roma… Cierto que en todos esos puestos acabó mal, y dejó en muy mal lugar a sus favorecedores; siempre quería imponer su voluntad al margen de las normas establecidas. 
            Pero el mito continúa. Rubio Jiménez y Deaño González terminan su libro con unas divagaciones sobre el arte y la burguesía que contradicen todo lo que se deduce de su investigación. Resulta que los bandazos de Valle-Inclán y el fracaso final de su matrimonio se deberían solo a “la miserable condición del artista en aquellas décadas”: “El burgués no admira el arte o al artista, sino lo que vale, lo que cuesta. Según sea el precio, así debe ser la mercancía. Ve el producto, pero sobre todo mira la etiqueta. La emoción del burgués reside en la cartera que lleva junto a su corazón”. Tópica palabrería que disuena en una investigación tan rigurosa. 

jueves, 29 de diciembre de 2011

José Díaz Fernández: Elogio de las hemerotecas

José Díaz Fernández
El cine y otras prosas de juventud
Edición y prólogo de Alfonso López Alfonso
Ateneo Obrero de Gijón, 2011

Es un tópico afirmar que la mejor literatura se escribe en los periódicos. Un tópico que, como todos, tiene algo de verdad y bastante de exageración. Más exacto resultaría decir que buena parte de la mejor y de la peor literatura de los dos últimos siglos, antes de aparecer en forma de libro, ha pasado por las frágiles, fugaces y volanderas páginas de diarios y revistas.
            Ha pasado y, en muchos casos, se ha quedado allí para siempre. Las hemerotecas son verdaderas grutas del tesoro para el investigador y para el simple lector curioso. José Ramón González rescató hace unos años las Crónicas de la guerra de Marruecos del escritor asturiano (aunque nacido en una aldea salmantina) José Díaz Fernández. En esas crónicas incisivas y amargas se encuentra la urdimbre de su obra mayor, El blocao, pero no son un simple borrador, valen por sí mismas.
Alfonso López Alfonso rescata ahora, también en una de las tan meritorias como inencontrables ediciones del Ateneo Obrero de Gijón (Díaz Fernández fue secretario del centro y uno de sus más activos colaboradores), sus primeros trabajos periodísticos, escritos a partir de los diecinueve años. Aparecieron en Asturias, una de las muchas revistas dirigidas a los emigrantes asturianos, que comenzó a publicarse en Cuba el año 1913. Junto a la minuciosa información de todos los concejos (a los emigrantes les gustaba estar al tanto de cuanto pasaba en su tierra) incluía un suplemento de artes y letras con las mejores firmas vinculadas a la región: poetas como el desaforado modernista Alfonso Camín o el bablista Teodoro Cuesta, estudiosos como Adolfo Posada o Leopoldo Alas Argüelles (el hijo de Clarín asesinado al comienzo de la guerra civil), entre otros como Juan Antonio Cabezas, Constantino Cabal o José Francés, el más afamado crítico de arte del momento. No comenzaba su tarea periodística José Díaz Fernández en mala compañía.
¿Tarea periodística? Díaz Fernández, desde el principio, no quiere limitarse a contar lo que pasa en el occidente asturiano a sus paisanos de la emigración. Quiere hacer literatura. Eso ya es evidente desde la primera crónica seleccionada, “Castropolenses”, dedicada a describir una romería. El empaque ingenuamente valleinclanesco del estilo muestra su afán de trascender el mero apunte costumbrista.
Varias de estas colaboraciones son relatos (la narrativa dispersa de Díaz Fernández, recopilada también por Alfonso López Alfonso, aparecerá pronto en la editorial Renacimiento) y entre ellos destacan “Almas laberínticas”, “La tragedia de Juan Pérez”, que recuerda los “cuentos tristes” que Fernández Flórez reúne en Tragedias de la vida vulgar, y sobre todo “El lobo”, al que no quitan fuerza sus concomitancias con el mundo de Valle-Inclán.
            El costumbrismo es el punto de partida de estas páginas, que quieren alimentar la nostalgia de los que se encuentran lejos. Pero los tópicos de la literatura costumbrista se ven de otra manera. Del chigre, por ejemplo, se nos dice que nada tiene que ver con la taberna de Castilla o de Galicia: “El chigre tiene una psicología distinta, acaso más delicada y más profunda, dentro de lo que cabe en las psicologías de estos lugares en donde se bebe”. Frente a “la moza pringosa de caderas equinas” que sirve en otros lugares “aquí hay un sidrero recio y sabio, que a lo mejor os sorprende haciendo la apología de Marx, o citando a Juan Jaurés, el apostol, y os habla de una humanidad mejor mientras extrae de la colmada estantería la botella que contrae el dorado zumo de las pomaradas”.
            ¿Gran literatura? No, desde luego. Primeros pasos de un escritor, de un periodista excepcional, que descubre su mundo, que tantea su estilo, que se atreve a hablar en primera persona: “Se me ha acusado muchas veces de escribir en estilo demasiado íntimo. Si esto es un pecado, para él no pido absolución. Soy tan hondamente individualista que, cuando cumplo mi oficio, pienso solo en mí; me esfuerzo en olvidarme de otras ideas que no sean las mías porque hasta tengo el orgullo de mis errores”.
            Una muestra de ese estilo íntimo lo encontramos en “Semblanza romántica”, retrato de una mujer “moderna, audaz, cosmopolita”, María Esperanza Cerdán, uno de sus primeros amores, una de sus perdurables admiraciones. De esa mujer, sin duda excepcional, nos quedamos con ganas de saber más: fue maestra en Miranda de Avilés, donde sustituyó a la madre de Casona, según nos cuenta José Manuel Feito; en 1936 era maestra en un pueblo cercano a Madrid; en 1941, cuando se encontraba en paradero desconocido, fue expulsada del magisterio… Un personaje en busca de su autor.
            El prólogo de Alfonso López Alfonso, preciso y noticioso, sin farragosa erudición, está escrito con la emoción justa, solo en alguna rara ocasión se le va la mano en la retórica. Tras contarnos que los amigos tuvieron que hacer una colecta para su entierro y que su mujer se pasó la noche cosiendo la cinta de colores republicanos colocada encima del ataúd, escribe: “Triste final, muy del pueblo, para quien había puesto toda su energía y su inteligencia en intentar servir de antorcha que iluminara al pueblo”.
            Literatura menor, ciertamente, pero llena de encanto la de estas páginas iniciales de una de las figuras más significativas de la literatura de los años treinta, cuya carrera fue tronchada primero por las turbulencias de la guerra civil y luego, definitivamente, por la temprana muerte en el exilio (en 1941, a los cuarenta y dos años).
            Otro regalo de las hemerotecas estas prosas de juventud. Gracias a investigadores como José Ramón González, Alfonso López Alfonso, José Bolado o Antonio Fernández Insuela podemos estar seguros de que no será el último.

jueves, 22 de diciembre de 2011

La verdad sobre Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales
La defensa de Madrid
Edición de María Isabel Cintas
Espuela de Plata (Renacimiento). Sevilla, 2011.


Curioso destino el de Manuel Chaves Nogales. De ser uno de los periodistas más conocidos de su tiempo –los años veinte, los años republicanos en que dirigió el diario Ahora— quedó reducido a autor de la biografía Juan Belmonte, matador de toros, para posteriormente resucitar como el más lúcido analista de la guerra civil, como un intelectual insobornable y ejemplar, como uno de los grandes autores de la literatura española.
            En la mitificación de la figura de Chaves Nogales tuvo buena parte, diríamos que la principal, Andrés Trapiello, que sabe defender como nadie aquello en lo que cree, sin preocuparse demasiado de los datos que puedan desmentir sus siempre brillantes intuiciones. En su reciente libro Los vagamundos reúne, junto con muchos otros sobre sus apasionadas admiraciones de siempre, varios artículos sobre Chaves Nogales y en ellos se muestra justificadamente orgulloso del hecho de haber sido el primero en llamar la atención sobre A sangre y fuego, un libro de relatos publicado en 1937 y en cuyo prólogo se contendrían “las páginas más sagaces sobre la guerra civil”.
            A desmentir la elucubraciones de Andrés Trapiello sobre el periodista sevillano vienen sus Crónicas de la guerra civil (Renacimiento), muchas de ellas inéditas en libro, editadas por María Isabel Cintas, la gran estudiosa del autor.
            Los análisis de Chaves Nogales sobre la guerra civil dibujan una “línea quebrada”, como afirma Santos Juliá en el prólogo, resultan cambiantes y contradictorios y además, con cierta frecuencia, nos lo muestran no demasiado bien informado en su exilio parisino. Cito algunos ejemplo: en julio de 1938 el poder real de la España nacionalista estaba “en manos de Mussolini”; un mes después señala que “podemos considerar ya a España como una colonia alemana” y que son los agentes de la Gestapo quienes controlan a la policía española; en diciembre de ese año considera que el general Franco ha perdido “toda esperanza de triunfar mediante la guerra”, solo podría conseguir la victoria si los países de Europa le permiten “instaurar el bloqueo de las costas españolas”. Dice cosas aún más curiosas, como que en la zona republicana hay tres o cuatro millones de refugiados que han huido de la zona nacional “sencillamente porque el régimen que Franco pretende imponer en España es tan monstruoso que la gente prefiere morir de hambre a soportarlo”.
            Mayor interés que Las crónicas de la guerra civil, que no son crónicas sino comentarios de un periodista que parece haber perdido el contacto con la realidad española, tiene La defensa de Madrid, un espléndido reportaje novelado sobre aquellos pocos días de noviembre de 1936 en que Madrid estuvo a punto de caer en manos de los sublevados y se salvó heroica y casi milagrosamente. Quien habla en estas páginas –desconocidas y recuperadas por María Isabel Cintas tras una detectivesca peripecia—  ya no es el periodista, sino el escritor, el autor de esa espléndida novela de no ficción sobre la revolución rusa y la guerra civil subsiguiente titulada El maestro Juan Martínez que estaba allí.
            En su entusiasta prólogo –“este es un libro que quema entre las manos”—, Antonio Muñoz Molina parece creer que se trata de un reportaje, de un directo testimonio periodístico. “Chaves Nogales está en todo, lo ve todo”, nos dice. Pero no, según afirmación propia, el 6 de noviembre de 1936 Chaves Nogales deja Madrid, como señala en el prólogo de A sangre y fuego, “cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia”. “Ni una hora antes ni una después”, precisa.
            Muñoz Molina y María Isabel Cintas, como cualquier lector ingenuo, se dejan seducir por el espléndido estilo narrativo de Chaves Nogales y piensan que, contra toda evidencia documental, están ante la narración de un testigo directo. Pero bastan pocas páginas para darnos cuenta de que se trata de una recreación novelesca. Dialogan a solas el jefe del gobierno y el general Miaja en el despacho de este último: “En el rostro de Largo Caballero y sobre todo en sus ojos atónicos se refleja exactamente la angustia del momento”. Tal afirmación es propia del narrador omnisciente de la novela, no de un periodista.
            La defensa de Madrid puede ponerse a la par de los Episodios nacionales galdosianos; es el conmovedor relato de un doble heroísmo, el del general Miaja y el del pueblo madrileño, que se contrapone a la cobardía de los políticos que escapan a Valencia. Pero no es un documento histórico, ni mucho menos.
            Bastarían las páginas de este libro, publicado por entregas, en 1938, en las páginas de una revista mexicana para convertir a Chaves Nogales en uno de los grandes escritores de la literatura española. Habría que exceptuar el último capítulo, escrito en otro tono,  y que nos muestra a un Chaves Nogales que es casi una caricatura del lúcido analista de la guerra civil que nos quieren presentar Andrés Trapiello y Muñoz Molina. Afirma en él que, a comienzos de 1937, el ejército republicano está dotado ya “de una organización comparable a la de cualquier ejército regular” y que cuenta con “material de guerra abundante y modernísimo”. Y concluye: “El origen de la guerra no es español, no puede ser imputable a los españoles. No hay más culpa española que la de los dirigentes infames que brindaron la tierra de España a la barbarie y abrieron las puertas de su país a la doble y antagónica invasión extranjera”.
            Chaves Nogales, en París, desbordado por los acontecimientos, no entendía lo que estaba pasando. Pero nos dejó el mejor testimonio de lo que fueron en Madrid los primeros meses de la guerra civil, cuando el poder quedó en la calle y lo recogieron las organizaciones obreras, en A sangre y fuego. Y a ese libro espléndido le añadió otro, desconocido hasta ahora, La defensa de Madrid, con el que termina su contribución a la literatura española. El resto es ideologizada opinión, salvo quizá –solo quizá— su testimonio de la derrota de Francia. 

jueves, 15 de diciembre de 2011

Hilario Barrero, Poesía en inglés: Mínimas maravillas

Hilario Barrero
Lengua de madera
(Antología de poesía breve en inglés)
La isla de Siltolá. Sevilla, 2011.


Sin prólogo, sin aparato erudito, dejando que los poemas se defiendan solos limpiamente impresos en lo alto de la página, Hilario Barrero nos ofrece una de las más fascinantes antologías poéticas que se hayan publicado nunca.
            La selección comienza con un poeta del siglo XVII, Richard Harris, pero se centra fundamentalmente en la poesía inglesa y norteamericana de los siglos XIX y XX. Lo único que tienen en común los textos seleccionados es la brevedad; en lo demás hay una inagotable variedad que abarca desde el chispazo ingenioso hasta la conmovedora intensidad de ciertos epitafios, pasando por la pincelada colorista y la protesta social. El gusto del antólogo –además de poeta, buen lector de poesía, cosas que no siempre van juntas— ha sido el principal guía.
            Algunos de los poetas antologados son bien conocidos y han sido muy traducidos al español. Es el caso de Emiliy Dickinson, Yeats o Pound. La lectura de sus textos nos permite darnos cuenta de la manera de traducir de Hilario Barrero: no se permite recreaciones personales, busca ante todo la fidelidad. El título del libro –que procede de un los poemas de Stephen Crane— sintetiza su teoría de la traducción: frente al poeta, el traductor parece hablar en una torpe “lengua de madera”. Pero esa lengua, en el caso de Hilario Barrero, es capaz de producir sonidos armoniosos, no solo de conservar el sentido original. Por eso son posibles dos lecturas de esta antología: una como antología de lengua inglesa, con las versiones sirviéndonos de ayuda, y otra que se centre solo en los textos en español, válidos por sí mismos.
            Si yo tuviera que hacer una antología de esta antología –cada lector hará la suya— comenzaría con un poema de Siegfried Sassoon, “Ellos”, una de las más eficaces diatribas contra la guerra que se hayan escrito nunca, y no dejaría de incluir los irónicos epitafios de Dorothy Parker, toda una sorpresa para quienes solo sabían de ella por sus precisos y desolados relatos.
            Pero casi en cada página hay una maravilla. El poema que da título al libro dice así: “Había una vez un hombre con la lengua de madera / que intentó cantar / y en verdad daba pena. / Pero había alguien que escuchó / el clip-clap de su lengua de madera / y supo lo que el hombre / deseaba cantar, / y con esto el cantante quedó satisfecho”.
            De Robert Frost, el poeta rural norteamericano que tanto tiene en común con nuestro Antonio Machado, se traducen varios poemas excelentes; el que quizá resulte más memorable tiene solo dos versos: “Perdóname, oh Señor, mis pequeñas bromas a tu costa / y yo te perdonaré la tuya inmensa a costa mía”.
            Langston Hughes, afroamericano, resulta curiosamente el poeta más ampliamente representado. Aunque su poesía, sencilla y eficaz, sigue conservando su fuerza, esta es una de las decisiones del antólogo que resulta más discutible. No le reprochamos, en cambio, que deje un amplio lugar para Charles Simic, con poemas muy diversos, sin desdeñar el ingenio ramoniano de “Sandías”: “Budas verdes / en el puesto del mercado. / Nos comemos la sonrisa / y escupimos los dientes”.
            No hay mejor recomendación para esta Lengua de madera que citar completas algunas de las mínimas maravillas que encierra. Un epitafio de Allen Ginsberg, por ejemplo, que es a la vez un nada sentimental poema de amor. Se titula “A las cenizas de Neal” y dice así: “Ojos delicados que descubrían montañas azules / al parpadear, todo ceniza, / pezones, costillas que toqué con el pulgar, ceniza son, / boca que mi lengua tocó una o dos veces, todo ceniza, / mejillas huesudas, suaves al contacto con mi vientre, son ceniza, ceniza, / lóbulos y párpados, juvenil bálano, rizado pubis, / cálido pecho, palma de hombre, muslo de colegial, / bíceps de jugador de béisbol, culo templado con piel de seda todo cenizas, todo cenizas de nuevo”.
            Hilario Barrero, que reside en Nueva York desde hace varias décadas, es uno de los mejores conocedores de la poesía norteamericana actual. Traductor de poetas como Jane Kenyon y Ted Kooser, en Lengua de madera nos ofrece, junto a los nombres que ya forman parte de la historia de la literatura, una muestra de numerosos autores contemporáneos de los que apenas tenía noticia, o no tenía ninguna, el lector español. Su libro sirve así además como excelente guía de lectura.
            La variedad de esta antología hace que pueda leerse como cualquier otro libro, de la primera a la última página, pero gana si la leemos abriéndola al azar por cualquier página: no hay ninguna que no nos sorprenda, nos emocione, o simplemente nos divierta. Es de esos libros que no necesitan leerse de principio a fin porque no tienen principio ni fin y por eso resultan inagotables.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Pedro Sainz Rodríguez: La historia entre bambalinas

Julio Escribano
Historia viva en las cartas de Pedro Sainz Rodríguez 1897-1986
La esfera de los libros. Madrid, 2011.


Recorrer el epistolario de Pedro Sainz Rodríguez, ordenado, prologado y anotado por Julio Escribano, es asomarse al siglo XX desde una perspectiva a menudo inédita o no demasiado bien conocida. Las cartas abarcan desde 1916, cuando el autor tenía diecinueve años, hasta casi la misma fecha de su muerte. Sainz Rodríguez fue, en primer lugar, un gran estudioso de la literatura española, catedrático de la universidad de Oviedo con poco más de veinte años, pero sus intereses políticos no resultaron menores y predominan en esta selección de cartas. Dos grandes núcleos encontramos en ella. El primero, más breve, lo ocupa su paso por el ministerio de Educación Nacional entre 1938 y 1939; el segundo abarca casi cuarenta años y refleja su etapa de exiliado en Lisboa y de conspirador monárquico al servicio de don Juan de Borbón.
            La correspondencia como ministro muestra su constante intervención en asuntos menores, a favor de unas personas, “de clara significación derechista”, y procurando la rápida depuración de otras. “Me parece vergonzoso –nos dice en una carta de 1937, cuando aún no era ministro— que a ese señor se le conceda la más mínima beligerancia y creo que debería ser objeto de sanción y depuración. No sé los trámites que son precisos para esto, pero yo estoy dispuesto a hacer lo que fuera menester para que no prevalezcan estos personajes turbios y arribistas”. Ya ministro, no se muestra muy propicio a flexibilizar la rigidez de las sanciones. A una joven que le ruega desde Cádiz se suspenda la separación de su padre del cargo de maestro nacional, le responde: “Siento manifestarle que no es posible acceder a su petición, dados los informes que obran en la Comisión Depuradora y a la propia confesión de usted en su carta de referencia, al decir que su padre se había apuntado en la Masonería un mes antes del Movimiento”.
La indefensión de los profesores, incluso de los partidarios, queda clara en la información que le da, “confidencialmente”, a Queipo de Llano por si “cree conveniente intervenir”: “Recibo de Sevilla una carta del catedrático del Instituto don Enrique Báncora Sánchez en la que me comunica que, por haberse negado a rectificar una nota, el teniente coronel de Estado Mayor Sr. González Pons, vestido de uniforme, le apaleó y abofeteó a la salida del Instituto. No entro en el fondo de la cuestión ni tampoco en el fundamento que tendría este teniente coronel para proceder así, pero como sé que usted es hombre que sabe imponer su autoridad a todos le comunico el caso para que se informe de lo ocurrido y vea si la conducta de ese señor teniente coronel puede tener justificación. Desde luego, y visto el caso desde fuera y sin antecedentes suficientes me parece un abuso de poder el proceder así yendo vestido de uniforme, por cuyas circunstancias el apaleado no podría repeler la agresión sin incurrir en gravísimas responsabilidades de índole delicadísima”.
            Sorprende el empeño de Adolfo Alas, uno de los hijos de Clarín, en lograr por mediación de Sainz Rodríguez una buena colocación a Asturias, pocos meses después de que su hermano, rector de la Universidad, hubiera sido ejecutado. En carta al marqués de Vega de Anzo leemos: “Me escribe don Adolfo Alas Argüelles, diciéndome que hay dos cargos vacantes en Asturias muy apropiados para él y para cuya designación sería muy conveniente la atención por parte de usted. Uno de estos cargos es el de Inspector de los servicios de venta y depósito de explosivos y superfosfatos de las provincias de Asturias y León; el otro, el de director de la Compañía de Gas y Electricidad de Gijón”.
            Solicitar y conceder favores fue, a juzgar por estas cartas, la actividad principal de Sainz Rodríguez como ministro. Poco antes de su cese, contento porque le han informado de que irá de embajador a Buenos Aires, escribe al marqués de la Eliseda: “Si tienes algo que pedir a este ministerio, hazlo pronto y serás complacido, pero a mi vez quiero pedirte una cosa, que es el único remordimiento que me queda de mi paso por el Poder: que coloques a Emilio López Bisbal”. Obviamente, el tráfico de influencias no estaba ni penalizado ni mal visto en aquellas fechas.
            Pero a Sainz Rodríguez no le nombran embajador en Buenos Aires ni le dan ningún otro cargo. Desengañado, marcha a Lisboa y las largas cartas que escribe desde allí, muchas de ellas con nombres en clave, están destinadas a coordinar una oposición monárquica capaz de desalojar a Franco del poder. En el exilio ha descubierto, como escribe a Pemán (cuyo nombre clave es “Q”) que “la fuerza de Franco no dimana de ninguna habilidad política, sino del hecho de poseer un ejército y una numerosa policía en los que se gasta el 60 por ciento del Presupuesto nacional. La fórmula mágica de Franco es la violencia policial”. Por una carta de 1976 sabemos que sus desencuentros con el dictador vienen de muy atrás: “Efectivamente, estábamos juntos cuando nos dieron la noticia de que había sido elegido Franco, y yo me puse furioso porque tenía la seguridad de que ‘ni con agua caliente’ (así lo dije casi a voces) soltaría el puesto, ni daría el puesto mientras viviera a la Monarquía”. Pero esa seguridad no le impidió aceptar, poco después, el nombramiento de ministro.  
            Para el interesado en la historia reciente de España esté libro ofrece pequeños detalles exactos que ayudan a entender los acontecimientos al margen de prejuicios ideológicos. Los de Julio Escribano están muy claros y asoman acá y allá de la más pintoresca manera. En la entrada de uno de los capítulos (las cartas se agrupan siguiendo, aproximadamente, las distintas etapas históricas) escribe: “Al ascenso de El País durante el primer año de publicación ha seguido un descenso, presentando con frecuencia un periódico superficial, agrio y mal informado. Se observa pérdida de crédito ante los lectores y menos ejemplares vendidos”.
            También el curioso de vidas y hombres puede encontrar en este nutrido volumen materia inagotable, como en unos nuevos episodios nacionales. Luis María Anson –muy elogiado en diversos pasajes y quizá su inspirador— lo prologa con sus mejores modos retóricos.
Ya sabíamos que no todo fue blanco y negro durante el régimen de Franco. Algunos de los más cualificados franquistas, como José María Pemán, parece que no lo fueron tanto, aunque a pesar de ello lo fueran demasiado.
Intrigante, vividor y sabio, Pedro Sainz Rodríguez resulta todo un personaje. Este epistolario –que no oculta sus sombras— lo confirma.  

jueves, 1 de diciembre de 2011

Víctor Márquez Pailos, Jesús Fonseca Escarpín: Lo humano y lo divino

Víctor Márquez Pailos, 
Jesús Fonseca Escarpín
Conversaciones en Silos
Kailas Editorial. Madrid, 2011.


Víctor Márquez Pailos, gijonés de 1968, prior de Silos, no es un monje convencional, y por eso sus conversaciones con el periodista y poeta Jesús Fonseca no resultan en absoluto convencionales. Tampoco el monasterio de Silos es un monasterio convencional: su prodigioso claustro románico, la fama de su canto gregoriano, el ciprés más famoso de la historia de la literatura y el que se encuentre en el origen de la lengua española lo han convertido en uno de los principales centros de atracción turística, en el lugar menos adecuado para una persona que quiera vivir su religión lejos de la sociedad. No es el caso de Víctor Márquez, para quien no hay frontera “entre el adentro y el afuera, entre el claustro y el mundo, porque el claustro es una gran ventana que se me ha abierto, no ya a la contemplación distante y cómoda del mundo, sino a la participación real a la vida de la gente”.
            Benedictino de Silos era el fraile más famoso del franquismo, uno de los sostenes ideológicos del régimen, Fray Justo Pérez de Úrbel, que fue procurador en Cortes y primer Abad de la basílica del Valle de los Caídos. Víctor Márquez no aspira a seguir su camino, pero sí quizá a ser como él una figura mediática; de ahí que en la cubierta del libro aparezca una fotografía suya y cada capítulo se inicie con otra en la que aparece sentado en su celda, paseando por el claustro, reflejado en un espejo… Todo un ejercicio de narcisismo que no sabemos si habría aprobado San Benito, aunque sus normas monacales están llenas de sentido común y comprensión hacia las flaquezas humanas; por eso prescribe para cada monje un vaso de vino al día, salvo que “las circunstancia del lugar, el trabajo o el calor del verano exijan algo más”.
            Víctor Márquez y Jesús Fonseca son buenos lectores de poesía. En estas conversaciones nos entramos a menudo, no solo con referencias a San Juan de la Cruz, según sería de esperar, sino también con citas de Rimbaud y de Valente, de Omar Jayyam y de Antonio Colinas. Un poema de Miguel Hernández resume los grandes núcleos que vertebran el libro: “Con tres heridas yo: / la de la vida, / la de la muerte, / la del amor”. A veces una cita aparece alterada, como en el caso de los conocidos versos de Cernuda “libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”, pero eso, que sería un demérito en una obra erudita, aquí solo indica que se cita de memoria, como hacen siempre los buenos lectores de poesía.
            “Un monje y un periodista hablan del amor y de la vida”, leemos en el subtítulo del libro. Y no lo hacen únicamente desde el punto de vista que esperaríamos, atenido a la convencional ortodoxia católica. Jesús Fonseca se atreve con preguntas personales y Víctor Márquez no teme adentrarse en terrenos delicados y en opiniones arriesgadas. “Víctor, te van a echar”, le dice al comienzo de uno de los capítulos. Y continúa: “¿Cómo se te ocurre decir que la Iglesia católica debe tener el valor de exponerse a la crítica y al juicio ajeno y malévolo porque también de él podemos aprender?”
            Víctor Márquez, que además de teología, ha estudiado filología clásica y filosofía, muestra una gran admiración por María Zambrano (una foto suya preside su celda). La cita a cada paso y su magisterio resulta notorio, no siempre para bien. La nebulosidad de ciertas reflexiones de ella procede. Las que se refieren al amor erótico, por ejemplo. El entrevistador le hace una pregunta de esas que, en cualquier programa de cotilleo televisivo, han de ser pactadas previamente: “¿Cómo es la sexualidad de un monje?”. Y la respuesta no puede ser más directa: “Como cualquier otra”. A continuación nos explica una teoría sobre el amor –un juego entre caballeros, aunque los partícipes sean de distinto sexo—, que no aclara demasiado y que podría entenderse de no adecuada manera. Y más si leemos frase como que “el sexo ha sido siempre, y no solo ahora –baste recordar las mancebías de nuestro siglo de oro español—, una estupenda fuente de aventuras”. ¿También para los monjes? Muchas veces, también: “Si te fijas en el claustro de Silos y observas el artesonado mudéjar que cubre el claustro, podrás ver escenas de amor mundano y de la vida cotidiana en las que los monjes aparecen de una manera no precisamente edificante, enredados en mil picardías”.
            No se le puede negar valentía a este prior de Silos capaz de colocar a la caricia en el lugar central de su reflexión filosófica y teológica y de afirmar que “las personas que comparten vivencias homosexuales con otras –en la forma de una relación corporal—  se enriquecen como personas y no como homosexuales”.
            La mezcla de audacia y candor que caracteriza a Víctor Márquez le hace luego afirmar que está en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo porque “habría convenido más a la naturaleza del fenómeno que se trata de reconocer” el presentarlo como un “pacto de amistad” y no como un “matrimonio”. Curiosa idea de la amistad la que tiene este buen fraile (o a saber lo que entiende por “relaciones corporales”).
            Pero no daríamos una imagen adecuada de tan sugerente y fértil libro si nos centráramos demasiado en uno de los capítulos, “El amor erótico”, que divertirá a unos y escandalizará –aunque todo es reflexión teórica— a otros.
Hay en estas Conversaciones en Silos muchas inteligentes observaciones sobre los enigmas del hombre y del mundo, más preguntas (y no me refiero a las del periodista) quizá que respuestas, abundantes materias sobre las que reflexionar y hay, sobre todo, el autorretrato de un curioso y fascinante personaje que, sin duda, dará mucho que hablar, aunque esperemos que no sea en determinados programas televisivos.
“¿Qué le pedirías a la vida?”, le pregunta el periodista. Y la respuesta es: “Más vida”. La vida conventual, a menudo tan castradora, puede ser una de las formas de la plenitud humana.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los cuadernos de campo de Jorge Riechmann


Jorge Riechmann
El común de los mortales
Tusquets. Barcelona, 2011.


Si los libros de poesía que publica Jorge Riechmann fueran libros de poesía resultaría, sin duda alguna, el poeta más prolífico de la historia. Tras los recientes Conversaciones entre alquimistas (2007), Rengo Wrongo (2008) y Pablo Neruda y una familia de lobos (2010), además de su poesía reunida hasta el 2000, Futuralgia (2011), que incluye numerosos inéditos, publica ahora un tomo nuevo de 260 páginas, más o menos la extensión de la poesía completa de Antonio Machado. Pero, en realidad, no se trata de libros de poemas (aunque se disfracen de tales con ayuda de la generosa tipografía), sino de acríticas misceláneas, de cuadernos de notas en los que cabe todo; también, por supuesto, algún excelente poema.
            Jorge Riechmann es un agudo observador de la sociedad contemporánea; en sus apuntes se dedica a poner de relieve las contradicciones del “capitalismo tardío”. Los títulos de sus poemas (él los llama así) no dejan lugar a dudas: “La lógica cultural del capitalismo tardío” se titula precisamente una serie de ellos, y otra, que se distribuye a lo largo del libro, “La condición humana”; además nos encontramos con “Contra la indiferencia”, “Catastrofismo”, “Sostenibilidad”, “Acerca de la idea del progreso”, “Introducción a la investigación social”.
            Por supuesto, nada le es ajeno a la poesía. Los poemas de Riechmann que no son poemas no lo son porque traten de temas sociológicos, ecológicos; la poesía no está en el tema –el amor y la muerte, la rosa y el crepúsculo—, sino en la manera de tratarlo. Y Jorge Riechmann, muy a menudo, da la impresión de enfrentarse a la sociedad contemporánea de la manera más simplista posible, aplicando un catecismo en el que están muy claritos los dogmas de su fe. Vamos a ver un ejemplo de ello. Una de sus notas o aforismos o poemas (si él lo prefiere) se titula “Dos cosas incompatibles con la civilización” y dice así: “El daño al débil / y la banca privada”. Las afirmaciones poéticas no son nunca discutibles (el poema, si lo es de veras, crea sus propias condiciones de verdad), pero no creo que esa enumeración pueda acogerse a tal privilegio. ¿Es incompatible con la civilización el daño al débil? Debería serlo, pero todavía no se ha alcanzado ningún grado de civilización en que no se produzca por mucho que se trate de impedir. Pero esta primera parte enuncia un loable y benemérito deseo. La segunda, en cambio, entra en otro terreno más discutible. ¿Es incompatible la civilización con la banca privada? ¿Era civilizada la Florencia de los Médicis? ¿Lo es Suiza, Francia, Noruega? ¿Son más civilizadas Cuba o Corea del Norte que Holanda o Finlandia? Es posible que el doctrinarismo de Riechmann le lleve a decir que sí (“el capital financiero / domina el mundo y lo destruye” afirma en otro “poema”), pero esa es una de las razones de que resulte tan endeble buena parte de su crítica a la sociedad contemporánea: si lo que hay es malo, lo que su simplismo propone no siempre parece mejor. No solo endeble conceptualmente, también con frecuencia de una candorosa ingenuidad. Copio –y prometo no seguir con esta clase de ejemplos— la segunda parte de “Sostenibilidad”, que ofrece una serie de recetas para cambiar el mundo cambiando primero la propia vida: “Bicicleta / en lugar de automóvil / guisantes / en lugar de filete / y en vez de televisión / (no te ruborices) amor”. ¡Qué fatiga tener que ponerse a hacer el amor cada vez que uno llega a casa cansado del trabajo y enciende el televisor para distraerse un rato! En el más banal libro de autoayuda, no ya en un libro de poemas, desentonarían por simplistas estos consejos. Que inciden (vamos a dejar de lado los guisantes y la bicicleta) en la tópica y simplista descalificación de la televisión (que suele ir acompañada de la sacralización del libro, aunque lo firmen Dan Brown, Adolf Hitler o Corin Tellado).
            Pero Jorge Reichmann, además de un bien intencionado propagandista carente de cualquier capacidad autocrítica, es un poeta, un verdadero poeta. El escueto “Amantes” –solo las palabras esenciales— constituye un inolvidable ejemplo. Pero hay muchos más. “Lo incuestionable”, que habla de cerezos en flor y de una amiga embarazada, podía incurrir en el tópico y en el ternurismo, pero no lo hace.
            El mejor Riechmann: el que nos habla del hecho de estar vivos, “algo que nos sucede / entre la costumbre y el milagro”; el que dialoga con su perro (“Admiro a mi perro”); el que sabe que “venimos a este mundo para aprender dos cosas”: amar y morir; el que se encuentra con un lobo marino, un puerco espín (sobra la anécdota del saludo al rey), cientos de pájaros que, en la confusión urbana de Ciudad de México, saludan al día “levantando el templo aterido / de su canto”.
            El mejor Riechmann escribe para todos nosotros; el otro, el simplificador propagandista, para los militantes de Izquierda Unida (sector ecologista) o, peor aún, para el ilusionismo antisistema del 15-M, la “spanish revolution” que no ha conseguido revolucionar nada (más bien todo lo contrario), pero sí hacerse famosa en el mundo entero.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Elvira Lindo: Lugares para compartir

Elvira Lindo
Lugares que no quiero compartir con nadie
Seix Barral. Barcelona, 2011.

De pocas ciudades se ha escrito tanto como de Nueva York; quizá solo Venecia, tan distinta y tan semejante, puede compartir con ella. Pero por mucho que se hable de ambas ninguna de esas dos ciudades parece perder su capacidad de fascinación.
            Elvira Lindo tenía especialmente difícil escribir sobre Nueva York. Sabía que un libro suyo se iba a comparar, no ya con lo mucho que se había escrito antes, sino con un título en particular: Ventanas de Manhattan, de Antonio Muñoz Molina. Ambos escritores han compartido la experiencia de la ciudad –en la que residen habitualmente durante buena parte del año—, pero cada uno la ha vivido de acuerdo con su temperamento y se enfrentan a ella de manera muy diferente.
            El carácter minuciosamente didáctico de Antonio Muñoz Molina le lleva a convertir su libro en un vademécum enciclopédico donde nada queda por anotar y explicar. Muñoz Molina parece saberlo todo de Nueva York, admirarlo todo y querer compartirlo todo con el lector, que le sigue fascinado y a punto de perder el resuello en más de una página. Por eso sonríe cuando en Lugares que no quiero compartir con nadie (título que pretende ser paradójico y quizá solo es inexacto), el libro escrito por su mujer, nos lo encontramos mostrando a sus hijos –en un día y sin perdonar sala-- los principales museos de la ciudad, el Whitney, el Moma, el Metropolitan: “Los estoy viendo en ese momento, a punto de llorar Arturo, cansado Miguel, serio Antonio hijo, los tres muertos de hambre y de saturación cultural”. De manera semejante, en Ventanas de Manhattan, cuando habla del Metropolitan, Muñoz Molina comienza una enumeración –“las tallas egipcias de madera policromada, las cabezas de basalto de los dioses y los faraones, los gatos momificados, las estelas funerarias griegas…”— que dura páginas y paginas sin el descanso de un punto hasta casi agotar el infinito catálogo del museo. Se escribe como se es.
            Elvira Lindo tiene otra vivacidad y otra gracia. Su actividad cultural favorita es observar “con interés de entomóloga las costumbres y las rarezas humanas de mis semejantes”, y la segunda –añade— “frecuentar restaurantes”.
            De restaurantes, de locales donde tomar una copa, no de museos, se habla con frecuencia en su peculiar paseo neoyorquino, y también de la gente y los barrios de la ciudad, pero de lo que más se habla es de la propia autora, convertida en personaje, que no duda en exagerar sus debilidades y sus manías, en caricaturizarse un poco. También el resto de su familia –Miguel, el hijo, cuyos dibujos ilustran el volumen, y sobre todo el marido, Antonio, al que está dedicado— aparecen en unas páginas que nada tienen de guía convencional y sí mucho de narración autobiográfica.
            Por eso, aunque se habla de todos los barrios de Nueva York, al que se dedican más páginas, y el que resulta más inolvidable, es el Upper West Side, la zona cercana a la Universidad de Columbia, donde la autora reside y que fue también donde vivió la familia de Lorca cuando tuvo que exiliarse de España tras el asesinato del escritor. Otros lugares, aunque su actividad favorita sea deambular incansablemente de un sitio a otro, parece conocerlos menos. Tras un acto literario especialmente fatigoso y aburrido, busca el habitual consuelo de un restaurante: “Keen’s se llama el refugio salvador. Está en una de las zonas más feas de Nueva York, en la calle 36 con la Quinta, escondido bajo un andamio que se debieron de dejar olvidado los obreros tras una remodelación porque lleva aquí, o a mí me lo parece, un número insensato de años. No es una zona turística, tampoco tiene carácter, pero posee cierto atractivo o yo se lo quiero ver”. ¿No es una zona turística? Si llegamos hasta la Quinta y torcemos a la derecha nos encontramos con el Empire; si a la izquierda, unas pocas calles más allá, está la majestuosa Biblioteca Pública. Y a dos pasos, en dirección contraria, la animada y acogedora plaza que forma la Sexta al cruzarse con Broadway (Herald Square) y en ella Macy’s, el más inmenso de los grandes almacenes. Los turistas pueden no subir hasta el Upper West, pero ninguno de ellos dejará de pasar por las cercanías de Keen’s, ese restaurante del siglo XIX que antes fue un club masculino y en cuyos salones parece que todavía nos podemos encontrar a Henry James. (Por cierto, el andamio oculta la fachada del edificio de al lado.)
            No hay solo frivolidad, comicidad y exótico costumbrismo en este libro del que pueden disfrutar incluso quienes no tienen especial interés por uno de los más habituales destinos turísticos. Hay también sentido común e inteligencia, y bien asimiladas lecturas y unas referencias culturales que no buscan apabullar al lector, sino todo lo contrario. Hay literatura, excelente literatura, a pesar de su deliberada falta de solemnidad, y un arte de vida. Hay una invitación a disfrutar de cada momento a pesar, o por eso mismo, de los frágiles cimientos sobre los que se construye cualquier vida, tan frágiles, tan dependientes del azar, como los que sostienen el cotidiano milagro de Nueva York, una ciudad para los que pasan por ella y otra muy distinta para los que viven en ella, pero ambas hechas de la misma materia de los sueños.            

jueves, 10 de noviembre de 2011

Juan Malpartida: Un libro en el que cabe todo

Juan Malpartida
Al vuelo de la página. 
Diario 1990-2000
Fórcola Ediciones. Madrid, 2011.


Comenzamos a leer el nutrido tomo en que Juan Malpartida ha reunido sus anotaciones de una década con un cierto escepticismo. Nos tememos un conjunto de pequeños ensayos más o menos pretenciosos, de convencionales lecturas, y algunas olvidadas escaramuzas de la guerra de guerrillas que enfrentó a los poetas españoles en lo últimos años del siglo XX. Y algo de eso hay, por cierto. A poco de empezar nos encontramos con la historia del premio Loewe de 1993, en el que el autor ha sido seleccionado como finalista: “Naturalmente, al enterarme de quienes son los otros, amago una sonrisa al tiempo que me otorgo el listón más alto: mi libro es, si mucho no me equivoco, el mejor”. Pero esa superior calidad que se otorga a sí mismo, sin conocer los otros libros, no le asegura el galardón: “Desde antes de que se reuniera el jurado, he oído y leído que se lo van a dar a García Montero, aunque algunos del jurado aseguran que aún no habían leído a los seleccionados. Sospecho que a pesar de esa ignorancia se lo darán a Luis: él representa un tendencia, mejor o peor, y yo no soy más que mi libro”.
El premio lo obtiene finalmente García Montero con Habitaciones separadas, en dura competencia con Malpartida: “El presidente del jurado, Octavio Paz, lo defendió hasta el final; Bousoño escribió incluso un pequeño texto para defenderlo, dos más lo votaron, pero finalmente uno de ellos (por teléfono, puesto que estaba en Barcelona esperando la llegada de la noche cerca de su casa: una doble reivindicación de Drácula y de Proust) cambió el voto, creo que un poco confusamente. Paz me dice que le sorprendió gratamente la pasión que puso Bousoño en la defensa de mi libro, y le sorprendió que Brines también me votara, aunque su defensa no fue tan exaltada como la del académico, que llegó a decir que era un libro perfecto. Paz cree que ha sido una pequeña maniobra, tendenciosa, para ir en contra de la tradición que él representa. Estaba un poco molesto”. El lector sonríe ante estas indiscreciones del presidente del jurado y deduce que si García Montero representaba una tendencia, “mejor o peor”, el libro de Malpartida representaba otra, encabezada y defendida a capa y espada nada menos que por el presidente del jurado. El traidor que cambió el voto a última hora fue Gimferrer, gran amigo de Paz, pero que al final se unió a la oposición, representada por Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena y Felipe Benítez Reyes.
            Estas escaramuzas, divertidas solo para unos pocos, no le quitan valor al volumen: le añaden las pequeñas miserias de la vanidad.
Al asunto del cese de Félix Grande en el cargo de director de Cuadernos Hispanoamericanos nada más llegar al poder el Partido Popular se le dedican bastantes páginas. Malpartida, que entró a trabajar en esa revista por recomendación precisamente de Grande, insiste mucho en que fue un mero asunto laboral, sin ninguna connotación política, aunque el poeta lo vendiera de otra manera e incluso apareciera un manifiesto en su favor firmado, entre otros, por Rafael Alberti y Felipe González, Julio Anguita y Ernesto Sábato. Aprovecha el asunto para vengarse de quien no le votó en el Loewe: “Algunos de los firmantes también han felicitado en persona o por escrito al nuevo director. Así es. Por un lado afirman –lo dice el manifiesto— que es el comienzo de las dos Españas o un grave error político, por el otro, para estar bien con Dios y con el demonio, saludan con afecto al nuevo director de la revista de la que ha sido ‘depurado’ FG. Pondré solo un caso, pero tengo más cartitas archivadas: Antonio Colinas, que envió una carta en este sentido y, por otro lado, firma el manifiesto. Y no fue el único”. No queda en muy buen lugar Juan Malpartida fotocopiando y guardando cartas que no están a él dirigidas para hacer buen uso de ellas cuando lo crea conveniente. Tiempo después, a propósito de las memorias de Rafael Conte (a las que da un buen repaso) vuelve sobre el asunto de la “defenestración” del poeta y entonces nos enteramos de por qué le preocupa tanto el asunto, de la razón de su mala conciencia: “Ciertamente, no me sentí obligado a dejar mi puesto cuando cesaron a Félix (nadie lo hizo en la revista, y tampoco su hermano, que trabaja en la casa, dejó su trabajo)”.
            Afortunadamente la mayor parte de las páginas de este libro inagotable son ajenas a la vanidad literaria del autor, que suele nublar la inteligencia. No lo hace la pasión política, y aunque no siempre compartamos sus ideas (en lo que se refiere a su caricatura del nacionalismo vasco, por ejemplo), resulta siempre admirable su pasión por razonar y defender sus posiciones.
            Insiste varias veces  Malpartida en que el suyo no quiere ser un diario íntimo, pero la intimidad va adquiriendo cada vez mayor importancia en estas páginas. A veces juega a escribir a la manera de Thomas Mann y nos cuenta pormenorizadamente un día de su vida. Otras veces el presente del diario es sustituido por la evocación autobiográfica. Ejemplar resulta la entrada dedicada a sus padres, escrita con dolorosa, desapasionada verdad.
            Uno de los protagonistas de este diario es Octavio Paz, el gran maestro y la gran admiración del autor (se reproduce incluso una larga entrevista con él). Aparece retratado en toda su prodigiosa inteligencia, pero tampoco se ocultan sus limitaciones, que lo hacen más humano.
            Con fervor generoso se traza la semblanza de otros muchos escritores –Juan Gil-Albert, Enrique Molina, Andrés Sánchez-Robayna—, con el mismo fervor con que minuciosamente se destroza a otros muy afamados como Ernesto Sábato. La honestidad de Malpartida se manifiesta en que no tiene inconveniente en ponerle reparos a escritores que, en principio, podría considerársele afines, como José Ángel Valente (de quien subraya su resentimiento final) o Lezama Lima, en su opinión un pésimo prosista. Muy malparado sale Vicente Aleixandre, y no solo en lo literario: “Era un hombre chismoso y de una curiosidad típica del mirón”.
            Un diario es un libro en el que cabe todo. No tiene por qué limitarse a contar el día a día de su autor. Juan Malpartida comienza dándonos cuenta de sus lecturas y sus reflexiones (es un buen lector de ensayos y memorias y muestra cierta inquietud filosófica), pero poco a poco va cogiendo confianza con el género y atreviéndose a más. El lector agradece que nos haga sonreír ante algunos pequeños apuntes costumbristas de la vida literaria, que no se esfuerce por disimular las heridas de la vanidad y que, sobre todo, se atreva a decir lo que piensa y a dejar pudorosa constancia de lo que ha sido su vida. Como los ensayos de su admirado Montaigne, este libro, tras la apariencia de una irregular miscelánea, es el autorretrato de un hombre como todos y, por eso mismo, distinto a todos. 

jueves, 3 de noviembre de 2011

Antonio Martínez Sarrión: Gran poeta, malhumorado cascarrabias

Antonio Martínez Sarrión
Farol de Saturno
Tusquets. Barcelona, 2011.


La poesía, como cualquier otra realidad, se puede clasificar de muchas maneras. Una de ellas distingue entre los poemas en los que es posible decir tonterías y los que no. Los poemas de Antonio Martínez Sarrión pertenecen al primer grupo, el que yo prefiero; los de, por citar un ejemplo reciente, La falta de lectura, de José Ramón Otero Roko, al segundo. En el epílogo (hay también un prólogo de Virgilio Tortosa y aparece en una colección codirigida por Eduardo Moga), Constantino Bértolo afirma que “su actitud compositiva explora con perseverancia y sentido tanto la dislocación, la destrucción, la disociación y la discordancia como sus contrarios y no para construirse como cómodo espacio de contradicción sino para segarle la hierba semántica a esa contradicción en la que el humanismo estético tan cómodamente se refugia”. Los poemas que a mí me interesan son aquellos en los que no todo vale, en los que cabe la posibilidad de equivocarse, sin la cual no es posible acertar.
            No es necesario, sin embargo, que el autor aproveche tan rotundamente esa posibilidad como lo hace Martínez Sarrión, admirable poeta por otra parte, y suficientes ejemplos da de ello Farol de Saturno. Pero antes de subrayar las muestras de su buen hacer, voy a permitirme poner un ejemplo de lo contrario, de cómo al gran poeta que es le sustituye a veces el malhumorado cascarrabias que también es.
            En dos partes se divide su último libro. La precisa nota de la solapa –que parece redactada por el propio autor— distingue entre “un conjunto de preceptos búdicos, tal vez apócrifos, para manejarse en este mundo y en este tiempo”, y una serie de concretos y humildes “motivos para la contemplación”. En la primera parte predomina el tono satírico; en la segunda, el lírico. En ambas el lenguaje busca una cierta aspereza, una algo bronca precisión, que resulta muy reconfortante por contraste con los más habituales, algodonosos y melifluos modos líricos.
            “Hábitos de los discípulos de Buda” se titula la primera parte, y los títulos van enumerando esos hábitos. “Se sienten deprimidos por el chismorreo, la algazara y los de su edad”, por ejemplo. Esa depresión –así continúa el poema— amenaza con convertirse en psicosis cuando “desordenes tales” circulan “por esa vía letal / y nauseabunda, / por ese miserable Gran Hermano, / que es la televisión, omnipresente y borde”. Pero peores son los sicarios “de tamaño menor e idéntica maldad” que la escoltan: “el PC fijo o portátil, más perverso y bodoque / que el antiguo PC, que ya es decir”, y otro que es “el colmo y la cifra de lo espantoso y feo, / de lo inútil y tonto”. ¿Adivina el lector que espantosa criatura es esa? Pues “el teléfono móvil de los huevos, / que hoy se utiliza tanto para un roto: / intercambiar cuatro sandeces”, como para un descosido, “navegar por la red o dedicarse al zapping”. En cualquier caso, el resultado sería el mismo: “quedarse sin neuronas”. Si fuera así, mucho habría tenido que utilizar el móvil el autor de tan furibundo desahogo.
            Quizá la cortesía obligaría a mirar hacia otro lado cuando el poeta de cierta edad, metido a moralista, versifica un desahogo que desentonaría incluso, por ayuno de rigor intelectual, entre las cartas al director de cualquier periódico o en la más depauperada tertulia televisiva. Pero a veces conviene repetir obviedades, para evitar que prolifere la siempre contagiosa tontería: la televisión no es omnipresente, amigo Sarrión, hay que comprar un aparato para tenerla en casa y apretar un botoncito para ponerla en marcha (y por otra parte, por un módico precio, puedes escoger entre cientos de canales); de esa maravilla que es el PC “fijo o portátil” no diré nada, y para intercambiar cuatro sandeces por supuesto que no es necesario el teléfono móvil (puede hacerse de viva voz o incluso en verso).
            Si uno tiene la mala suerte de abrir Farol de Saturno por el poema que acabo de comentar, no es probable que se anime a seguir leyendo. Se perdería así un puñado de estampas memorables, como la ejemplar glosa de un haiku de Basho titulada “Carretera que serpentea sobre la colina”, o la “Pequeña alquería”, levitante, incorpórea, que remite a un cuadro de Joan Miró, o el “Cementerio muy pobre”, “atrio perfecto del Olvido”.
            De la infancia remota vienen muchos de los objetos humildes que dan título a varios de los poemas: “Regadera”, “Rastrillo abandonado en el campo”. También la crueldad de “Inválido” –que parece uno de los “apuntes carpetovetónicos” de Cela—  remite a la áspera España de posguerra.
            Huye Martínez Sarrión de lo convencionalmente poético, y por ello antes que al ruiseñor o a la rosa, prefiere cantar a la rata o al escarabajo, sin desaprovechar por eso cualquier ocasión de dejarnos ver sus opiniones sobre el mundo contemporáneo, a veces muy eficazmente expresadas: “En manchegos tablares de hortalizas, / como hoy a palestinos los sionistas, / y con la misma, miserable saña, / uno tiene matados / muchos de estos benditos coleópteros”.
            En este decir áspero, a ratos incluso pedregoso, destacan más los momentos de lirismo: el emocionado homenaje (sin nombrarlo) a Claudio Rodríguez (“con tasadas lecturas y un exceso de copas, / en dos traspiés risibles, como el ‘tonto’ del circo, / era uno con la gracia, la invención y el frescor”); la concisión epigramática de “Piedra cubierta de musgo”, con su final anticlimático, o de los versos finales del epitafio a unos vencidos: “Murieron los valientes peleando / y sus monturas, extraviadas, piafan / entre el humo y el hedor de las hogueras, / en tanto, indiferente y soberana, / va cayendo la noche”.
            Para acertar, para ser “uno con la gracia, la invención y el frescor” quizá resulte inevitable algún “traspiés risible”, algún risible desahogo, pero si uno se decide a publicarlo lo más higiénico, aunque parezca descortés, es recibirlo con el abucheo correspondiente.