sábado, 22 de julio de 2017

Luis Bello, una vida española


Luis Bello, cronista de la Edad de Plata
José Miguel González Soriano
Universidad de Salamanca, 2017.

Deja un poso de tristeza la lectura de la vida de Luis Bello (1872-1935), minuciosa y ejemplarmente reconstruida por José Miguel González Soriano. Coetáneo de Azorín y de Baroja, participante en todas las empresas periodísticas y regeneracionista de Ortega, fue un hombre casi siempre desventurado y en segundo plano.
            La efímera fama le llegó cuando comenzó a publicar en El Sol una serie de artículos dedicados a contar sus visitas a las escuelas españolas. Esos artículos, pronto reunidos en libro, siguen sustentando su reconocimiento póstuma. Varias veces reeditados, se inspiran en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza: la revolución debe empezar desde abajo con la mejora de la educación.
            Los cuatro tomos de Viaje por las escuelas de España se publicaron entre 1926 y 1929, en los últimos años de la dictadura y supusieron un decisivo apoyo al estado de ánimo que pronto traería la república, en la que Luis Bello participaría activamente.
            Había nacido en Alba de Tormes, donde su padre desempeñaba funciones judiciales. Pronto sería trasladado a Cangas de Narcea (entonces Cangas de Tineo) y luego a Luarca, localidad en que el niño asistiría a su primera escuela. Seguirían los traslados paternos, pero Luis Bello se trasladó a vivir a Madrid con unos parientes, y madrileño se consideraría.
            Su iniciación política y periodística tienen lugar de la mano de Canalejas. En 1898, es redactor de El Heraldo de Madrid y encargado de la información parlamentaria; asiste así desde dentro a la gestión de la humillante derrota. Desde entonces la historia de su vida se entrelaza con la historia de España, testigo en primera línea de todos los ilusionados empeños de las primeras décadas del siglo XX y de los sucesivos fracasos.
            El libro de González Soriano (con abundante documentación inédita y solo un ligero lapsus: en la página 150 confunde la primera y la segunda edición de La Regenta) supone así un recorrido por la historia y la intrahistoria de España. Nos muestra todas las martingalas del sistema electoral de la Restauración, reconstruye acontecimientos que no han pasado a la gran historia, pero que definen la fisonomía de un tiempo. Los disturbios de Salamanca en 1903, por ejemplo, anticipo de tantos otros posteriores. Años después, en un capítulo de Viaje por las escuelas de España, recordará Luis Bello su primera visita a Salamanca: “Habían matado miserablemente a dos alumnos dentro de la Universidad, y llegue, como periodista, a tiempo de ver sus cadáveres atravesados a balazos”. En la protesta por esas muertes, los estudiantes se reunieron y fueron a apedrear el edificio del gobierno civil; el rector, Miguel de Unamuno, para evitar más muertes, se subió a las gradas para calmarles, sin miedo a las piedras (alguna le rozó). Uno de los estudiantes muertos a balazos por la guardia civil se llamaba premonitoriamente Federico García y se había asomado a una ventana del aula para ver lo que pasaba.
            Testigo fue también Luis Bello del rescate de los prisioneros que habían quedado en manos de Abd-el-Krim tras el desastre de Annual. Acompañó al empresario vasco Echevarrieta hasta la playa de Axdir para informar del acontecimiento. Enterado de lo que se había tenido que pagar a cambio de aquellos maltratados y humillados soldados españoles, cuentan que Alfonso XIII (accionista de sustanciosas empresas en el Protectorado) exclamó: “¡Qué cara está la carne de gallina!”
            Esta vida de Luis Bello puede considerarse como una sintética enciclopedia de la vida española durante el primer tercio del siglo XX, a la vez tan lejana y tan cercana a nosotros.
            A Luis Bello, en agradecimiento a su Viaje por las escuelas de España, a su elogio del magisterio y a su empeño por mejorar la educación de los pueblos más remotos, se le regalaría una casa por suscripción popular. Tenía siete hijos, vivía precariamente, aunque era uno de los primeros periodistas de España. Cuando murió, muy pocos años después, esa casa ya no era suya: había tenido que venderla para pagar los gastos de una campaña electoral, con el partido de Azaña, en la que no había sido elegido. Lo sería poco después, al quedar una vacante en Madrid, y como diputado por Madrid presidió la comisión del Estatuto de Cataluña. Su actuación le valió toda clase de insultos por parte de la derecha. Las discusiones de entonces todavía resultan ilustrativas hoy.
            La aprobación de ese Estatuto fue el mayor momento de gloria para Luis Bello, que acompañó a Manuel Azaña en el recibimiento apoteósico que tendría lugar en Barcelona. Muy poco después, tras los acontecimientos del 34, ambos serían encarcelados.
            No tuvo tiempo de ver la catástrofe del 36. Murió, esperanzado, pocos días después de asistir al mitin de octubre de 1935 en el campo de Comillas, donde Azaña logró reunir a cientos de miles de personas. El triunfo estaba cerca, pero él no lo vería. Ni, afortunadamente, lo que vendría después.
            Pero aunque participó en política, Luis Bello fue sobre todo periodista: colaboró en toda la prensa importante de su tiempo, de El Imparcial a El Sol, dirigió durante dos años El Liberal, de Bilbao (donde coincidió con Indalecio Prieto), fue uno de los principales redactores de La Esfera, fundó la Revista de Libros, Europa, Política y otras publicaciones de gran ambición intelectual pero de muy corta vida por motivos económicos.
            El fracaso de Luis Bello –un hombre de quijotesca apariencia que no duró en arremeter contra todos los gigantes o molinos de viento que se le aparecían en el camino– fue el fracaso de una generación y de la manera más noble de ejercer política y periodismo.   

3 comentarios:

  1. Me parece un libro interesantísimo para conocer de primera mano la sensibilidad de una época. Creo que va a ser el próximo que me lea. Si JLGM me lo permite, comparto este otro poema con sabor a época.

    BURDA BURLA

    Don Evax, fina y segura,
    así te llamaban con guasa
    las señoritas tan santas.

    Evaristo era tu nombre,
    buen padrecito de almas,
    destinado a un gallinero
    que solo a Astarté idolatra.

    Buey y mula del pesebre,
    adorados entre pajas,
    ¡qué bien os pintó Picasso
    al servicio de las llamas!

    Don Evax, fina y segura,
    así te llamaban con guasa
    las señoritas tan santas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Nunca tal odio hacia mí sentí
      (merecido, pensaréis aquí),
      como el de aquel poeto extraño,
      cuando quería gentil,
      cuando quería estropajo.
      Fiel cancerbero del temple,
      gustaba de corderillos,
      como el cíclope asarlos,
      y en su cueva repetir
      sus vanos palabros galanos.
      Y todo porque sus conjuros
      le salían con el...

      Eliminar
  2. Mendigando siempre amor, así soy yo.
    Contra estatuas chocando,
    clamando, suplicando.
    ¿Hay alguien al otro lado?
    No.

    ResponderEliminar