miércoles, 12 de diciembre de 2018

Cómo leer a Dante



Comedia
Dante Alighieri
Prólogo, comentarios y traducción de José María Micó
Acantilado, Barcelona, 2018.

Una obra clásica es aquella de la que podemos hablar sin necesidad de haberla leído. Con los grandes clásicos no es posible hacer spoiler, sabemos lo fundamental, cómo empiezan y cómo acaban, sin necesidad de abrir ninguna de sus páginas.
            La divina comedia no es una excepción. Pocos de los que se refieran a ella, pocos de los que citan alguno de sus versos se han tomado la molestia de leer –en el original o en traducción– sus más de catorce mil endecasílabos.
            ¿Vale la pena, si uno no es estudioso de la literatura italiana, realizar esa hazaña? Vale y no vale la pena. La trilogía de Dante –Infierno, Comedia, Paraíso– alterna los pasajes espléndidos, los versos memorables, con otros pedregosos, llenos de nombres que no nos dicen nada (aunque se anoten minuciosamente), de explicaciones teológicas que hace siglos que se han convertido en letra muerta.
            Pocas traducciones facilitan tanto la lectura hedónica, aunque a ratos fatigosa, de La divina comedia como la  realizada por José María Micó, poeta, estudioso de la literatura clásica (sus trabajos sobre Góngora solo admiten comparación con los de Dámaso Alonso),  capaz de llevar a buen fin la titánica tarea de poner en claro español el Orlando furioso de Ariosto (un poema casi tres veces más extenso que La divina comedia) y a la vez formar parte de un dúo, Marta y Micó, que interpreta canciones muchas veces compuestas por él mismo.
            José María Micó ha traducido en verso La divina comedia, pero ha tenido el buen acierto de prescindir de la rima consonante, de esas rimas que hacen tan ripiosamente arcaizante otra versión muy aplaudida, la de Ángel Crespo.
            Al Dante de José María Micó lo leemos como si hubiera escrito directamente en español, con su mezcla de cultismos y vulgarismos, con sus juegos de palabras –que no siempre se corresponden con los del original–, con su ambición de no dejar nada fuera del poema.
            ¿Del poema? ¿Es un poema La divina comedia o es una trilogía formada por tres poemas relacionados entre sí? El dilema carece de importancia, como decidir cuál es el título verdadero del conjunto. La divina comedia no se llamó así hasta bastante tiempo después de la muerte de Dante, tras añadir Bocaccio el adjetivo de “divina”, a la vez descriptivo y encomiástico, al calificativo de “comedia” con que alguna vez califica el autor a su obra (otras veces alude a ella como “poema sacro”). Pero “comedia” no es un título, sino una clasificación genérica (empieza mal y acaba bien, como las comedias). Infierno, Purgatorio y Paraíso forman una trilogía que solo se publicó en su integridad póstumamente y a la que su autor no dio título. El tradicional de La divina comedia resulta más expresivo que el neutro Comedia. No vale la pena cambiarlo.
            La primera parte de la trilogía se publicó en vida del autor y de inmediato lo hizo popular, aunque no del todo por razones literarias. Dante superaba a Marco Polo y a cualquier explorador famoso: no había estado en la China legendaria, sino en el mismísimo infierno y había vuelto para contarlo. Y es que La divina comedia, como apunta Micó en el prólogo, pertenece a un género que la literatura contemporánea pretende haber inventado, pero al que solo ha dado el nombre: la autoficción, la autobiografía fantaseada, la literatura que habla de personas reales a las que el autor –que lleva el mismo nombre que el protagonista– adula o maltrata según sus conveniencias. El Infierno, junto a su saber enciclopédico, también tenía algo de chismoso quién es quién, lo que siempre ayuda al éxito.
            Los poemas épicos nos contaban la historia de un héroe, histórico o legendario (Alejandro Magno, Eneas, Orlando, el Cid). En La divina comedia el propio autor es el protagonista y más de una vez se dirige directamente al lector e insiste en la verdad de lo que cuenta.
            El éxito de La divina comedia se debió a su primera parte (de ella procede el adjetivo “dantesco” que pronto se convirtió en popular), que sigue conservando su atractivo para el lector actual. Es difícil leer sin emocionarse sus episodios más famosos (el beso de Paolo y Francesca, la desgarradora historia de Ugolino) y no han perdido nada de su interés los pasajes más gore ni su cohorte de demonios, que en la traducción de Micó recuperan la expresividad de sus nombres.
            También en las otras partes hay fragmentos que destacan, pero las historias de santos tienen menos atractivos que las de los grandes pecadores, y el poeta se ve a menudo trabado en su libre discurrir por el teólogo. El Infierno sigue mereciendo hoy una lectura completa. Para las otras partes, bastaría con un resumen que enmarque los pasajes más sobresalientes.
            La edición –modélica– de José María Micó incluye sintéticamente en su prólogo, en la nota a la edición, en la cronología, en el índice onomástico toda la erudición sobre la obra de Dante que pudiéramos necesitar. Añade al comienzo de cada canto un resumen que aclara muchos de sus puntos oscuros. Conviene dejar esa lectura para el final y adentrarse directamente en la traducción, que se lee sin enojosos tropiezos, como un texto literario pensado hace siete siglos y escrito hoy mismo. Solo después, y para aclarar algunos puntos, podemos volver sobre los comentarios iniciales.
            A pie de página, y en letra más pequeña, viene el texto original. Recomendaríamos obviarlo, al menos en una primera lectura. Es costumbre publicar poesía en edición bilingüe, pero esa, contra lo que suele pensarse, no es siempre una buena costumbre. La edición bilingüe vale cuando la traducción resulta solo una ayuda para enfrentarse con el original, no cuando la traducción quiere ser su equivalente en otra lengua.
            Distrae consultar, tras leer un pasaje de la traducción, lo que ha dicho Dante, porque a menudo al lector se le ocurre otra versión, que le parece más fiel, de esos versos y se interrumpe así la continuidad de la lectura, la atención que se le debe poner a esta Divina comedia en castellano, que merece ser leída como la gran obra que también es. A mí me ha sorprendido, por ejemplo, que al traducir los versos del Paraíso (XI, 43-46) que aluden a Porta Sole, una de las puertas etruscas de Perugia (y que allí figuran en una lápida) prescinda de ese nombre (que también falta en el índice onomástico): “Entre el Topino y el caudal que baña / el cerro que escogió el beato Ubaldo, / de un monte pende una ladera fértil / que el frío y el calor manda a Perusa”.
            Son reparos menores, muy menores. Como con Orlando furioso, Micó ha realizado con La divina comedia una labor prodigiosa que solo un poeta que fuera a la vez un extraordinario erudito podía haber realizado.
            Las personas cultas, y las no tan cultas, para hablar de La divina comedia, e incluso para escribir sobre ella, no necesitan haberla leído, pero a partir de ahora tendrán menos excusa en su desidia. Conviene leerla, sin embargo (en esta traducción o en el original), a varias velocidades: demoradamente en ciertos pasajes, sobre todo del Infierno y a mayor velocidad en otros. Y en algunos casos, cuando el autor se enreda en retahílas de nombres que no nos dicen nada o en disquisiciones teológicas, incluso a toda velocidad. El buen lector sabe que la lectura puede ser un trabajo, pero siempre ha de ser un trabajo gustoso, nunca una obligación.

4 comentarios:

  1. Me hubiera gustado que comentaras tambien algo sobre las otras traducciones de la obra. Por lo menos de las más recientes.

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  2. Se ha de leer, no cabe duda. Si no, es hacer trampas al solitario :-)

    Un abrazo

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  3. A DANTE, DE SU TRADUCTOR

    Con un carbón de los infiernos
    y una rosa
    violeta y olorosa
    del purgatorio —y con la luz o sombra
    de esa otra rosa cándida
    del Paraíso,
    purifícame.

    Quema, perfuma, sana
    mis labios y mi lengua,
    y que mi mano
    trasporte, a tu dictado, en mis palabras
    lo que las tuyas de su nada hicieron.
    A. C.

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  4. Divina por ser comedia, comedia por ser humana. Y entre medias, el prodigio: palabras sobre palabras.

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