viernes, 11 de enero de 2019

De la vida que pasa



Transparencias. Antología poética
Circe Maia
Edición de Diego Techeira
Visor. Madrid, 2018.

Qué sorpresa, para la mayoría de los lectores españoles, encontrarse de pronto con Trasparencias, la antología poética de Circe Maia. Nacida el año 1932, en Montevideo, no es precisamente una desconocida: en su país, goza de todos los reconocimientos y ha sido traducida a numerosas lenguas. Es también traductora de diversas lenguas, especialmente del griego y del inglés, y uno de sus libros, La casa de polvo sumeria, entremezcla, de manera ejemplar, versiones de diversos autores y reflexiones sobre la tradición poética.
            Podríamos lamentarnos de la falta de comunicación entre la literatura que se escribe en español a uno y otro lado del Atlántico (cosa cierta), pero mejor quizá ver las cosas de otra manera: es tanta la riqueza de la poesía en español durante las últimas décadas que incluso el lector habitual del género puede encontrarse de pronto con un poeta peruano o mexicano o boliviano del que no tenía noticia y que de pronto se le vuelve imprescindible.
            Circe Maia –es su auténtico nombre: Circe Maia Rodríguez, no un pseudónimo– comienza su primer libro, En el tiempo (1958), con unos versos de Antonio Machado, de los que toma el título, y glosa en el prólogo sus ideas sobre la poesía; en el más reciente, Dualidades (2014), vuelve a citarle, al inicio (“Da doble luz a tu verso, / para leído de frente / y al sesgo”) y en el interior de uno de los poemas: “Tú no verás caer la última gota / que en la clepsidra tiembla”.
            Esta fidelidad machadiana no convierte a Circe Maia en un epígono del poeta de Campos de Castilla, como tantos que proliferaron en la poesía española de posguerra. Ha seguido su ejemplo, su mejor ejemplo, el de Soledades, el de los poemas menos anecdóticos, pero lo ha llevado a un grado mayor de invisibilidad retórica.
            No es Circe Maia de esos poetas que gustan de levantar la voz, de ponerse solemnes; no hay en ninguno de sus libros los “trozos de bravura” que tanto detestaba Cernuda y que tantos aplausos despiertan entre ciertos lectores y estudiosos.
            Su lenguaje es el de la conversación; sus temas, los de la cotidianidad. En los poemas de Circe Maia parece no pasar nada, salvo el tiempo, para decirlo con palabras de Ángel González.
            Pasa el tiempo, y eso no es pasar poco, y se escuchan cada vez más insistentes los pasos de la muerte. No estuvo exenta de tragedia la vida de Circe Maia ni vivió ajena a las turbulencias de su país: durante la dictadura militar se llevaron preso a su marido y a ella, a la que también buscaban, la dejaron libre porque tenía una hija de solo cuatro días. Expulsada de su trabajo como profesora de filosofía, se ganó la vida durante años dando clases particulares. Pero todo queda serenado, trascendido, en unos poemas que parecen hechos de nada y que de pronto nos cortan el aliento.
            Su poesía nos invita a participar en el misterio de una vida, que es solo la suya, y que a la vez es la de todos. “Invitación” se titula precisamente el poema en que se dirige a cada uno de nosotros, sus lectores: “Me gustaría / que me oyeras la voz y yo pudiera / oír la tuya. / Sí, sí. Hablo contigo, / mirada silenciosa / que recorre estas líneas. / Y repruebas tal vez este imposible / deseo de salirse del papel y la tinta. / ¿Qué nos diríamos? / No sé, pero siempre mejor / que el conversar a solas / dando vuelta a las frases, a sonidos / (el poner y el sacar paréntesis y al rato / colocarlos de nuevo). / Si tu voz irrumpiera / y quebrara esta misma / línea… ¡Adelante! / Ya te esperaba. Pasa. / Vamos al fondo. Hay algunos frutales. / Ya verás. Entra”.
            Y entramos pronto en esta poesía de engañosa facilidad, que gusta de encubrir el andamiaje intelectual –las bien asimiladas lecturas– desde las que está escrita. Hay poemas que glosan a pintores –Vermeer, Klee, Van Gogh–, a escritores –Kafka omnipresente, Kavafis en el poema “Prisionero”– o a filósofos, como el Berkeley que negaba la realidad de la realidad, pero en ninguno de ellos asoma la pedantería o el culturalismo que necesita la aclaración del estudioso. Están escritos con el mismo tono de voz con que otros que hablan de “los quehaceres cotidianos”, de un niño que juega a las adivinanzas, de las hierbas que crecen entre las ranuras y que es preciso arrancar.
            Palabra en el tiempo la de Circe Maia que acierta a dar –como quería Machado– doble luz a su verso, para que lo leamos de frente –la anécdota, la casi siempre mínima anécdota– y al sesgo, con el temblor emocional de quien entreve la luz y la sombra de la que estamos hechos.
           

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