Juan Vicente Piqueras
Cuestión de fe
Editorial Milenio. Lleida, 2026.
Si las
buenas intenciones no garantizan el acierto literario, tampoco las no tan
buenas están siempre abocadas al fracaso. La nota de contraportada, firmada por
Carlos Marzal, advierte al lector de las intenciones de Juan Vicente Piqueras
en Cuestión de fe: contar la historia de un fracaso matrimonial. Y eso
es algo que no anima demasiado a la lectura.
Pero no hay desnuda confesión ni sentimentalismo
primario en el libro. Juan Vicente Piqueras no convierte al poema en paño de
lágrimas ni al lector en gratuito terapeuta. Le salvan el humor, el ingenio y
algo que podría parecer negativo, pero que en su caso no lo es: un poco
frecuente dominio retórico.
“Esto no es un poema, es un desahogo
de mi corazón”, escribió Espronceda al frente de su “Canto a Teresa”. Lo era y
no lo era. O lo era porque no lo era, podríamos decir paradójicamente. La
verdad del arte, que no es la directa enunciación de las verdades de la vida,
acaba convirtiéndose en la única verdad de la vida.
La mayoría de los poemas de Cuestión
de fe eluden la anécdota: son poemas que hablan de amor y del fracaso del
amor sin marcas de la anécdota concreta que les sirve de punto de partida.
Bordean el tópico, pero escapan de él con un tratamiento del lenguaje que
procede de la vanguardia, aunque el resultado se aleje siempre del hermetismo y
del irracionalismo.
Hay,
sin embargo, dos poemas que se aproximan peligrosamente a la desnudez
confesional. Los dos primeros versos de “Un problema” exponen de la más escueta
manera un conflicto bastante común: “Él bebe. / Ella no quiere que él beba”. Es
posible que el autor dudara antes de incluir este poema en el libro. El lector,
al principio, también duda de si debería haberlo o no incluido. Al final le
parece, en su escueta, heridora enunciación, un acierto.
El
otro poema, “La voz de la azafata”, es el único en prosa que se incluye en Cuestión
de fe. En un libro de cuentos podría funcionar como un excelente relato
breve. El marco humorístico actúa como una forma de pudor, de distanciamiento.
Nunca
olvida Juan Vicente Piqueras que no está en una sesión de terapia, sino
haciendo literatura y, aunque a veces pudiera parecer lo contrario, no le resta
emoción a sus versos el que a veces se asemejan a ejercicios de taller. En el
poema “Del amor ido”, ñor ejemplo, glosa a Cernuda (“No es el amor quien muere,
/ somos nosotros mismos”) incurriendo en un llamativo calambur: “Pero, al igual
que un ángel o un agente secreto, / se va cuando ha cumplido su misión. /
Sumisión es la nuestra a sus dictados”.
En
el poema “Día del padre”, concisamente enumerativo, utiliza el procedimiento de
la “superposición temporal”, estudiado por Bousoño, en unos versos que tienen
relación con otros de “Cristo adolescente”, del propio Bousoño. En ese poema,
leemos: “Pasabas por los bosques como un claror liviano. / Por los bosques
oscuros donde tu Cruz crecía”. Y en el de Piqueras, San José “en su carpintería
/ mira a su hijo haciendo una cruz de madera / pequeñita”. En ambos casos, el
tiempo futuro –conocido por el lector-- se superpone al tiempo presente y le
añade intensidad emocional.
“Decálogo
de la felicidad” desentona por parecer más propio de libro de autoayuda.
Resulta un tanto simplista, al prescindir de la ironía o del frecuente ludismo
lingüístico e incurrir en alguna ingenuidad: “Leer a los buenos poetas”, dice
el punto nueve.
“Ella
y yo” contrapone con humor a los dos protagonistas de la historia que se nos cuenta
en Cuestión de fe: “Ella es presente de indicativo. / Yo, condicional en
mis mejores días / y en los peores pretérito / pluscuamperfecto de subjuntivo”.
“Jornada laboral completa el retrato de ella;
“Mi cada día”, el de él. En el primero todo son verbos de acción (“Entra, sale,
camina, limpia, ordena”); en el segundo, se glosa la expresión “andar por las
nubes”: “Cada mañana apenas levantado / levanto las manos al cielo. / cojo tres
o cuatro nubes, / las pongo a mis pies, las piso, / hago zumo de lluvia…”.
El
versolibrismo de la mayoría de los poemas resulta interrumpido por una serie de
sonetos de neobarroca factura, en los que a veces parece resonar la voz de
Quevedo o de Miguel Hernández. El último de ellos incluye un oxímoron en cada
verso: “Ahora toca admitir lo inadmisible, / aprender a olvidar lo inolvidable,
/ tener que soportar lo insoportable, / intentar comprender lo incomprensible”.
Técnica y llanto tituló Carlos Edmundo de Ory uno de sus libros;
técnica y llanto hay en Cuestión de fe, un libro escrito con sabiduría y
verdad, en el que cada poema vale por sí mismo y todos juntos nos cuentan una
historia a la vez única y común.
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