miércoles, 15 de julio de 2026

Un verano con Colette

 

Antoine Compagnon
Colette
Traducción de Núria Petit
Acantilado. Barcelona, 2026.

Es posible que el medio no sea el mensaje, en contra de lo que dijo, con evidente exageración McLuhan, pero de lo que no hay duda es de que el medio condiciona el mensaje.

En ninguna parte de esta edición española de Un été avec Colette se nos indica que se trata de la versión en libro de un programa radiofónico emitido durante el verano de 2021 por France Inter. Forma parte de una serie en la que Antoine Compagnon, ilustre catedrático en la Sorbona y en Columbia University, ya había colaborado en otras ocasiones, lo que explica las palabras de la introducción: “Tras unos veranos con Montaigne, Baudelaire y Pascal, ¡qué placer pasar unos meses con Colette, con una mujer que adora las palabras y siente las cosas, palpa la materia y observa los cuerpos!”

            Ese origen radiofónico explica la brevedad y similar extensión de los capítulos, su carácter temático y autoconclusivo, su amenidad sin pedanterías. Haberlo indicado en la edición española no haría desmerecer el volumen, todo lo contrario, le añadiría un aliciente más, el de poder ir escuchando el original, en la voz del autor, a la vez que leemos la traducción, ya que el podcast de cada capítulo está colgado en la red.

            Alta divulgación para todos los públicos, este libro nos devuelve el encanto de una figura como Colette, muy leída en su tiempo, también en español (en los años sesenta se tradujo su obra completa en cuatro tomos, pero a la que tendemos a olvidar como a todo lo que damos por consabido.

            La hicieron famosa sus escándalos y sus novelas, pero si literariamente se mantiene viva es por sus colaboraciones periodísticas luego agrupadas en volúmenes a los que unifica menos el tema que el tono. “El formato preferido de Colette –nos dice Compagnon-- es corto: el artículo, el cuento, la crónica. La mayor parte de sus libros son recopilaciones, a menudo heterogéneas”.

            Entre los grandes nombres de la literatura francesa coetáneos suyos –Claudel, Gide, Proust, Valéry--, supone una excepción por su origen rural, por su autodidactismo (no era siquiera bachiller), por haber acompañado su trabajo de escritora con otros que no tenían que ver ni con la enseñanza ni con la diplomacia, como era habitual: fue artista de music-hall, actuó en el teatro, creó una marca de cosméticos, aceptó encargos publicitarios.

            Sus primeros libros, la serie de Claudine, los firmó con el pseudónimo de su primer marido, Willy, a quien se considera un explotador del talento literario de su joven mujer, pero que fue algo más.  “Se llamaba Henry Gauthier-Villars  --cuenta Compagnon-- y era todo un personaje. Hijo de un ingeniero propietario de la primera editorial científica francesa, hermano de un ingeniero que se hizo cargo de la empresa, pertenecía a la bohemia. Era un crítico musical entendido y uno de los hombres más célebres de París a finales del siglo XIX, además de un dandy reputado por su famoso sombreo de copa”. Se ganaba la vida con un taller de producción de novelas comerciales, firmadas todas, como una garantía de amenidad por Willy, pero escritas por diversos colaboradores a los que él dirigía y orientaba. No se trataba –al contrario que Eduardo Aunós, el famoso ministro de Primo de Rivera y de Franco que, si hubiera leído tantos libros como había publicado, según el malicioso dicho de Eugenio d’Ors, sería el hombre más culto del mundo—de un simple firmante de obras escitas por otros, sino el director y orientador de una empresa de productos literarios: “Willy pergeñaba las historias y las tramas, y luego subcontrataba el trabajo de redacción: a uno le encargaba las descripciones, a otro los diálogos. Después reescribía añadiendo juegos de palabras, retruécanos y alusiones salaces”. El mito romántico que todavía rodea a la literatura hace que esa forma de trabajar, habitual en los guionistas de cine y televisión, se considere un secreto inconfesable cuando se aplica en la industria editorial.

Para Colette fue “un maestro y un guía”, aunque ella le maltratara siempre en sus escritos y le llamara “ese cerdo de Willy”. Revisó los manuscritos de sus primeras novelas –la serie de Claudine-- y escribía en los márgenes algún elogio y abundantes observaciones críticas que la autora solía tener muy en cuenta.

Antoine Compagnon va dedicando cada uno de sus pequeños capítulos a aspectos de la vida y la obra de Colette: su bisexualidad, que comenzó siendo un tema literario en sugerido por Willy, y que nunca trató de ocultar; su relación con el hijo, todavía adolescente de su segundo marido; sus actuaciones, como mimo y danzarina, en espectáculos eróticos; su trabajo como empresaria de cosméticos que no dudaba en maquillar personalmente a sus clientas.

Buena parte de su obra es autobiográfica, o mejor, anticipa la llamada autoficción, por eso sus escritos autobiográficos deben tomarse con cierta cautela. Habla a menudo de su relación con los animales, siempre vivió acompañada de ellos, los perros y gatos protagonizan algunas de sus mejores páginas, pero no faltó quien notó que los amaba como los puede amar un domador.

Detestaba la literatura, en el sentido que le daba Verlaine a este término, y se vanagloriaba de no haber escrito en su vida un verso. Muchos de sus textos breves pueden ser considerados, sin embargo, como poemas en prosa. Son una celebración de los cinco sentidos, principalmente los menos valorados, el gusto y el olfato.

Al final de su vida, tras los años de la ocupación, en la que no se mostró especialmente beligerante con el gobierno de Vichy, se convirtió en una figura venerable, símbolo de la Francia eterna, defensora de la tradición, contraria a los avances del feminismo, pero lo más vivo de su obra la desmentía.

Tras la lectura de esta Colette de Antonine Compagnon, es difícil resistirse a la tentación de volver a ella y eso es lo mejor que puede decirse de un libro sobre un escritor.

                                                        

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