jueves, 29 de septiembre de 2011

José Ovejero Basado en hechos reales

José Ovejero
Escritores delincuentes
Alfaguara. Madrid, 2011


Hay dos libros en este libro de sugerente título, un ensayo sobre temas como la literatura y el mal o las relaciones entre la vida y la ficción, y una colección de breves semblanzas biográficas. El primero –desarrollado en los capítulos iniciales y finales—  resulta bastante menos interesante que el segundo.
            José Ovejero hace gala de una cierta ingenuidad: “Los escritores de hoy son, o aspiran a ser, habitantes de confortables apartamentos y hoteles con aire acondicionado y conexión a Internet, y muchos van a la oficina mientras llega el éxito que merecen. Pero al mismo tiempo no quieren renunciar al aura romántica del creador bohemio y original; al establecer una solidaridad con el criminal, el escritor se acerca a él, a su experiencia excepcional, y la hace propia; porque uno de los puntos débiles del escritor es que tiene a saber mucho sobre las representaciones de la realidad, pero tiene escasa experiencia de ella”.
¿Y los criminales de hoy –se le ocurre preguntar al lector— no aspiran a ser habitantes de confortables apartamentos y hoteles con aire acondicionado y conexión a Internet? ¿El “aura romántica del creador bohemio y original” pasa por asaltar gasolineras o cometer pequeñas o grandes estafas? Un tanto confusa resulta la manera de razonar de José Ovejero: “A cierto público le interesan más los mitos que la literatura y prefiere leer el libro mediocre de una prostituta de lujo o de un asesino a la obra maestra de un funcionario, como si un autor de vida extraordinaria pudiera transportarlos en su estela a un mundo menos monótono y previsible”. De una prostituta de lujo o de un asesino nos interesa su vida, no su literatura; de un funcionario solo nos interesa su vida si acierta a convertirla en literatura. Pero incluso en el primer caso nos aburre pronto si no está bien contada, y por eso generalmente la redacta otro, aunque la firme el protagonista.
            José Ovejero, pese a que titula su libro Escritores delincuentes, no acierta a distinguirlos muy bien de los delincuentes que escriben, que tratan de ganar algún dinero contando sus delitos o su experiencia carcelaria. Y son cosas muy distintas, aunque no siempre los límites resulten claros, y no falten ejemplos del paso de una categoría a otra: es el caso de Chester Himes, en el ámbito de la serie negra, y de Jean Genet, ladronzuelo de poca monta, aguafiestas profesional, y uno de los grandes nombres de la literatura francesa.
            El conocimiento que José Ovejero muestra de los escritores de los que se ocupa resulta algo desigual. Sorprende especialmente la superficialidad con que trata a los autores de lengua española. Las pocas líneas dedicadas, en las primeras páginas, a González-Ruano no animan a seguir leyendo. La segunda vez que lo menciona lo llama Gómez Ruano y aunque se trata solo de una errata no deja de suponer escasa familiaridad. César González-Ruano fue detenido por la Gestapo en París la tarde del 10 de junio de 1942. Es un episodio ciertamente novelesco, que ha tentado a más de un escritor (el más reciente José Carlos Llop), pero que aquí se despacha con incomprensible superficialidad. José Ovejero se basa en la novela Cherche-Midi, en la que González-Ruano recrea sus experiencias carcelarias. Ni siquiera se toma la molestia de leer las memorias del escritor, Mi medio siglo se confiesa a medias, donde dedica unas páginas a esa experiencia, tan interesantes por lo que cuenta –no oculta su simpatía por los alemanes ni su antisemitismo— como por lo que calla. “Todo hay que decirlo de lo que se puede decir”, escribe.
            José Ovejero prefiere contarnos la vida de personajes que poco tienen que ver con la literatura, como el político conservador sir Jeffrey Archer, autor de unas malas novelas policíacas, o los ex convictos Jimmy Boyle y Hugo Collins.
            Pero narra bien, y su libro se lee como un conjunto de sugerentes reportajes periodísticos. Por lo general, acierta cuando cuenta, tropieza cuando reflexiona. “Las novelas ‘basadas en hechos reales’ —escribe— han atraído de antiguo a cierto tipo de lectores que, algo incomprensible, leen ficción para conocer la realidad o que quisieran que la realidad tuviese la estructura de una novela”.
            ¿Incomprensible leer ficción para conocer la realidad? ¿Para qué se escribieron las grandes novelas del siglo XIX, realistas y naturalistas, sino para conocer mejor la realidad? ¿Para qué se documentaba Zola sobre la vida de los mineros cuando pretendía escribir una novela ambientada en una mina? El pretexto argumental podía ser inventado, pero hasta el más pequeño detalle debía ser exacto. Y no sabemos cuál es la estructura de la “realidad” –físicos y filósofos no se han puesto de acuerdo—, pero lo que sí sabemos es que los hechos reales, bien contados, tienen siempre la estructura de una novela. De una apasionante novela.
            A todos los lectores les gustan los libros que llevan más allá de los libros. De ahí el éxito de las biografías, de las memorias, de los grandes reportajes periodísticos, de las novelas que son algo más que novelas. Solo la gran literatura puede ser solo literatura. Y quizá tampoco… Leemos a Homero y no podemos dejar de pensar que en sus hexámetros, más que en los restos arqueológicos, está lo que nos queda de la Grecia arcaica.
            Escritores delincuentes, de José Ovejero, no es precisamente gran literatura, ni lo pretende (qué ingenuamente didáctico su “véase la figura 9, o 10” para aludir a cuadernillo central con los retratos de los escritores), y si nos interesa es por los “hechos reales” que nos cuenta, no por sus consideraciones sociológicas, por esos hechos reales, singulares y enigmáticos que, en más de un caso, nos animan a saber más, a seguir investigando por nuestra cuenta.

jueves, 22 de septiembre de 2011

José Ángel Valente: Liquidaciones y descubrimientos

José Ángel Valente
Diario anónimo (1959-2000)
Edición de Andrés Sánchez Robayna
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011


Hay libros que interesan por sí mismos, al margen de quien sea un autor, y otros que interesan solo si nos interesa su autor. Este Diario anónimo –raramente diario y en absoluto anónimo— que acaba de ser rescatado de entre las "virutas de taller" (para decirlo con una expresión de Machado que le gusta utilizar a Miguel d'Ors) dejadas por José Ángel Valente constituye un buen ejemplo de lo segundo. No es una obra literaria concebida como tal que aparece tras su muerte, al modo de los Fragmentos para un libro futuro, sino una heterogénea serie de apuntes redactados a lo largo de cuarenta años. No quiere eso decir que carezca de valor. Para los admiradores de Valente   ningún placer mayor que acercarse a su mesa de trabajo, rebuscar entre sus papeles, escuchar algunas pungentes confidencias.
            No todos los textos incluidos son inéditos: abundan los fragmentos de Notas de un simulador y no escasean los poemas de Fragmentos para un libro futuro. Quizá hubiera sido mejor eliminarlos o, al menos, señalar en nota, su publicación anterior. El editor, Andrés Sánchez Robayna, ejemplar por lo demás, ha preferido reproducir íntegro el contenido azaroso de estos cuadernos, salvo “más de cincuenta páginas de referencias bibliográficas de todo tipo” y “cuatro anotaciones –unas veinte líneas en total, todas ellas relacionadas con el medio literario— que estamos seguros que el autor no hubiera deseado ver impresas”. No estoy yo tan seguro de que al autor le preocupara mucho la divulgación de sus opiniones sobre el medio literario; en sus últimas entrevistas arremetió con contundencia contra los escritores que detestaba, en especial José Hierro y los poetas del cincuenta, y Gabriel Celaya y señora no se libran de algún exabrupto en estos apuntes.
            ¿Qué encontramos en estos “cuadernos de trabajo”, mejor que diario? En los primeros años, muchas citas de textos en inglés y en francés, preparatorias unas de sus trabajos críticos de entonces (los reunidos en Las palabras de la tribu, por ejemplo) y muestras todas de una curiosidad intelectual y de una pluralidad de intereses poco común entre los escritores españoles de aquel tiempo. También las notas de un viaje a Cuba, a finales de 1967, que me parecen entre los núcleos de interés del volumen. Valente es uno de los jóvenes intelectuales agasajados por el régimen. Se aloja en el hotel Habana Libre, en “una espléndida habitación con vistas al mar, del lado del malecón”. Como regalo de bienvenida encuentra “ron, tabaco y una caja de bombones” (estos últimos “horrendos”, precisa). Le llevan y le traen, junto a los otros invitados. Le entregan “un sobre con dinero” (no nos dice si pago de su trabajo como jurado en el premio Casa de las Américas o por otros servicios). Conoce a Heberto Padilla. “Tiene un aire inteligente y mordaz, que me agrada” es su primera impresión; luego lo encuentra “inquieto, áspero, cargado de críticas”. Charla a menudo con Lezama Lima, una de sus grandes admiraciones desde entonces. Sobre el problema de los homosexuales (su represión por el régimen) opina que “es un mecanismo de descarga de la agresividad colectiva, montado sobre el sustrato del machismo cubano”. Encuentra admirable la postura de quienes, como Rodríguez Feo, resisten “contra viento y marea, teniendo todas las posibilidades de dejar Cuba”. Encuentra reconfortantes los criterios de Haydée Santamaría sobre la creación artística y le emociona la emoción con que habla “en el espíritu del Che”. Por dos veces charla con Castro en la recepción que se ofrece a los congresistas en el Palacio Presidencia.    El idilio de Valente con la revolución cubana termina, como el de tantos otros, con el caso Padilla. En un artículo publicado en la revista Triunfo en junio de 1971 escribe: “Cuantas más declaraciones hace Padilla, cuanto más asume el papel que le han impuesto, más denuncia la vulgaridad del modelo represivo por el que el gobierno cubano ha optado”.
            Acá y allá, algún apunte para la polémica literaria, en la que tan activo estuvo en los últimos años. Bien conocida es su fobia al “manido y fraudulento tema de las generaciones”, sobre el que, sin embargo, no podía dejar de volver una y otra vez: “Dice el bueno de Ángel González que conoció a Barral en 1955. Yo los había conocido a todos antes. En esas fechas, yo me fui a Inglaterra y ya no volví. De su encaje en la llamada generación del 50 escribe: ‘Podría decirse de nosotros que teníamos una forma parecida de vivir y de beber, cosas ambas que unen mucho’. Ni en el vivir ni en el beber tuve nunca nada en común con ese grupo”. Quizá no en el vivir ni en el beber, pero sí en su manera de concebir la literatura, al menos en los primeros años, cuando realizó la inicial antología del grupo y no tenían inconveniente en aceptar las invitaciones del régimen cubano.
            El intelectual y el polemista dejan paso, en los años finales, a las confidencias del hombre enamorado y del hombre herido por la trágica muerte –sobredosis— de su único hijo. Es otro Valente, un inesperado Valente, el que encontramos aquí, Tras un fin de semana en París con su gran amor de los últimos años escribe: “Su sonrisa, su cuerpo, la proximidad de su boca y de su hálito –de su espíritu, de la calida humedad de su espíritu—, disuelven todos los fantasmas. Coral, si alguna vez lees estas páginas, cuando yo ya no esté, sabe que te quiero”.
            No falta el recuento de enfermedades y cotidianidades (Rosa Navarro le invita a una lectura de poemas en Barcelona, Ángel Campos a otra en Badajoz), muy acordes con la más banal concepción del diario.
            El trasfondo de alguno de sus poemas lo leemos ahora sin literatura. Uno de los fragmentos de No amanece el cantor dice así: “Un hombre lleva las cenizas de un muerto en su pequeño atadijo bajo el brazo. Llueve. No hay nadie. Anda como si pudiera llevar su paquete a algún destino. Se ve andar. Se ve en una paramera sin fin. Al término, el ingreso devorador lo aguarda del ciego laberinto”. El 28 de febrero de 1990 escribe: “Hoy, hacia la una y media, recogí las cenizas de Antonio en Saint Georges. Caía una lluvia menuda y fría. Volví a sentir un intensísimo dolor. Hace ocho meses exactos de su muerte”. En estos casos, sobra cualquier literatura.
            Anticipando las críticas que se podrían hacer a la publicación de estos apuntes, Valente cita a Robert Musil: “Lo más frecuente es que las obras póstumas evoquen de forma sospechosa las liquidaciones y los saldos”.
            Algo de liquidación, saldos y rebajas hay en este Diario anónimo, pero eso no disminuye su interés –todo lo contrario— para quienes se interesan por el poeta esencial y hondo, por el inquieto pensador, por el exigente fustigador de inercias intelectuales que fue José Ángel Valente.  

jueves, 15 de septiembre de 2011

Iñaki Uriarte: Ejercicios de inteligencia

Iñaki Uriarte
Diarios
(Segundo volumen: 2004-2007)
Pepitas de calabaza. Logroño, 2011


Se ha dicho que el diario, un género tan de moda en los últimos años, es la huella dactilar del escritor. Por eso no hay dos diarios iguales. La huella que Iñaki Uriarte deja en el suyo es una de las más insólitas: la de un hombre feliz.
            La literatura no la han escrito los hombres felices. La felicidad no tiene historia. Quizá por eso, Iñaki Uriarte, bilbaino que nació en Nueva York el año 1946, no comenzó a escribir (si se exceptúan algunas esporádicas reseñas) hasta bien pasados los cincuenta y a publicar cuando ya era un sexagenario.
            A escribir lo mínimo: menos de cincuenta páginas al año, con lo que necesita cuatro o cinco para formar un volumen de pequeña extensión. Pero como es un hombre afortunado esas pocas páginas tardías, y aparecidas en una editorial de casi nula distribución, le han bastado para convertirse en un autor de culto.
            Presume Iñaki Uriarti de no haber trabajado en la vida. Ahora puede presumir también de haber conseguido la mayor atención posible con la menor cantidad de esfuerzo posible. Para una y otra cosa hace falta, además de alguna suerte, mucho talento. Y algo quizá más raro todavía: sentido común.
            A Iñaki Uriarte le basta con la atinada mezcla de unos pocos ingredientes para conseguir una obra que leemos de un tirón y no nos cansamos de releer.
            Descree de las abstracciones, de las generalidades: “Me he interesado más por los individuos que por las grandes construcciones y la Historia. Me ha resultado más atractivo y menos arduo. Sé mucho más de Montaigne que de Felipe II, estrictamente coetáneos”.
            Montaigne es una presencia constante en estas páginas, es el gran maestro, el iniciador de una literatura en la que el yo avanza hacia el centro del escenario. Junto a él, otros nombres menos conocidos, como Girolamo Cardano: “Compuso un libro muy íntimo, mucho más lleno de detalles particulares que de grandes pensamientos moralizantes y dejó una de las primeras imágenes en letra impresa de un individuo: el autorretrato emotivo y vivísimo de un tipo estrafalario, inteligente, difícil de tratar”.
            Nada difícil de tratar parece el personaje que se autorretrata en estas páginas. No condesciende nunca con la queja ni con la autocompasión. “Dos días de insomnio”, escribe. Y cuando esperamos las quejumbrosas lamentaciones habituales: “Ya pasará”. Y a continuación: “Schopenhauer decía que una muestra de que vivir no vale la pena es que solemos ir a dormir de buena gana y nos despertamos de mala gana. Eso a mí no me pasa. Desde hace años, yo me levanto muy a menudo de buena gana, o por lo menos de un modo neutral. Pero, claro, porque me levanto cuando quiero. Este es uno de los grandes privilegios de mi vida en el que debería pensar más. Qué cantidad de mal humor me he ahorrado a lo largo de los años”.
            En estos diarios, además de atinadas, contundentes y sorprendentes opiniones sobre esto y aquello, hay apuntes para una historia familiar y una crónica generacional. Todo en pequeñas dosis, sin una palabra de más. Iñaki Uriarte conoce bien el consejo de Voltaire: “El secreto de aburrir es contarlo todo”. Él solo cuenta lo mínimo necesario para sugerirlo todo.
            Su generación pasó, en buena parte, del marxismo y de coquetear con el activismo armado a la más furibunda extrema derecha. Iñaki Uriarte, a pesar de sus antecedentes familiares, nunca fue nacionalista y por eso tampoco es antinacionalista (para ser antinacionalista hace falta militar en algún nacionalismo).
            A veces, para descalificar a un personaje, le basta con citarlo. En un periódico asturiano (Iñaki Uriarte visita con frecuencia Asturias) lee unas palabras que podrían figurar en lugar destacado en cualquier antología de la barbarie universal. Las copia sin necesidad de añadir ningún comentario: “Una Constitución que ha abolido la pena de muerte y que no tiene posibilidad de fusilar a Ibarretxe es muy difícil que se mantenga. Lo de Ibarretxe es alta traición, lo de Maragall es alta traición; toda la Historia, desde Pericles, nos muestra que hubiera sido un juicio sumarísimo”. Esas palabras las pronunció un filósofo, Gustavo Bueno. Y, ciertamente, no hace falta añadir más.
            Y junto a Bueno, otro gran patriota, Jiménez Losantos. Mucha tinta movió un asunto que Uriarte reduce a dos líneas: “Se ha admitido a trámite en las Cortes un nuevo Estatuto para Cataluña, aprobado por el 85% del Parlamento catalán”. Y a continuación lo que escribe Jiménez Losantos: “Día de difuntos de 2005. España ha muerto. ¿Quiénes han sido los responsables? Zapatero y Polanco”.
            Esas mínimas pinceladas de energumenismo, esas selectas muestras de la barbarie nacional, acentúan la rareza de este continuo ejercicio de inteligencia y sentido común. No es necesario, sin embargo, estar de acuerdo con todas sus opiniones, para admirarlo y disfrutar con su lectura. Podemos no coincidir con lo que piensa de algún asunto concreto, pero nunca nos sentiremos agredidos.
            “¿Por qué la felicidad tiene tan mala prensa?”, se pregunta. Sus diarios son un inventario de pequeñas y grandes felicidades. La mayor, casi una experiencia mística, la encuentra en un lugar tan poco exótico como Benidorm: “Me levanto, entro en el agua, me zambullo, doy justo cincuenta brazadas y, a unos cien metros de la orilla, mirando hacia la isla y el horizonte, encuentro lo que algunos tal vez encuentran con las drogas, el yoga oriental o el canto gregoriano. El grado cero de la existencia. Nunca he conseguido nada semejante en otra playa ni en ninguna piscina. Se ve que hace falta practicar y repetir lo mismo a menudo y en el mismo sitio. Regreso a la orilla entontecido y avanzo con pasos torpes hacia mi sofá, como un astronauta en la luna”.
             El arte de saber vivir podían titularse estas páginas, en las que para mayor sensación de doméstica felicidad nos encontramos a cada paso con Borges, no con Jorge Luis Borges, que a veces también, sino con el gato del escritor. 

jueves, 8 de septiembre de 2011

José Carlos Llop: De la vida y la literatura



José Carlos Llop
Cuando acaba septiembre
Lumen. Barcelona, 2011


La poesía de José Carlos Llop –que es también novelista, diarista, ensayista, y siempre fiel a su mundo y a su estilo— no es de fácil acceso, ofrece cierta resistencia al lector apresurado. Y no por rebuscados gongorismos o irracionalismos expresivos, sino por una cierta frialdad y exceso de literaturización. Al culturalismo de los años setenta –publicó sus primeros versos en 1976, a los veinte años— se ha seguido manteniendo fiel, sin importarle que algunos críticos le tildaran de libresco y decorativo (“poesía de anticuario”, se llegó a decir).
            A quienes se acerquen con esos prejuicios a Cuando acaba septiembre les costará entrar en el libro. Comienza con un tono distanciadamente ensayístico (“Escribe Gibbon en Decadencia / y Caída del Imperio Romano…”) y ese tono continúa en “Cavafis”: “Leo en un libro sobre ciudades –de Trieste / a Buenos Aires— que la calle Lepsius, / donde vivía Constantino Cavafis, / se llama ahora Sharm El Sheik”. Un sueño que tiene algo de deliberada alegoría, una anécdota bien contada, algún intento de monólogo dramático (“Informe policial, San Diego, 1989”, “Jerusalem”), encontramos en los poemas siguientes.
            La impresión que sacamos de estos textos iniciales la de encontrarnos ante un buen escritor, pero no ante un buen poeta, quizá ni siquiera ante un poeta: parecen solo brillantes ejercicios de redacción, como un ejercicio enumerativo es el poema “Luna” y casi una tópica postal de París “Primavera, 2010”, escrito en catalán, al igual que “Formentera”.  
            Pero poco a poco nos va ganando la magia de los versos. ¿Cómo resistirse a la brillantez evocativa de “Beirut song”, a esa mirada que en lo que hay ve lo que hubo, a esa mirada para la que nada hay sin su resonancia culturalista y elaboradamente literaria? Así, “el mar en el viejo puerto de Beirut” es “la luz de una joya fenicia, / plata y aguamarina”; los minaretes, “con su caligrafía picuda”, sostienen el aire, “antiguo como la Biblia”; en el casco de los barcos se encuentra “la herrumbre de la Eneida”, y “el esplendor del siglo XX” en las villas coloniales y sus jardines polvorientos.
            A la primera parte de Cuando acaba septiembre, reflexiva y libresca, le sigue una segunda más personal, aunque no escaseen en ella las referencias culturalistas (sin el poso de la cultura, la vida parece no tener peso para José Carlos Llop). Baste un ejemplo que es casi una poética, el segundo poema de la serie “Breviario”, que dice así:  “Hoy he mirado un pulpo / con su yelmo de Patroclo / y los ojos de Otelo: la cultura / de Occidente –los motores / de su Historia— / en un cefalópodo”.
            El José Carlos Llop más memorable e imprescindible comienza con “El petirrojo”, sigue con “Mañana de sábado” (su escritura, tan recargada habitualmente, se acerca a la despojada sugerencia) o “Reencuentro”, que anticipa la tercera parte y elude, como ella, la falacia patética a la que tanto se prestaba el tema.
            A José Carlos Llop, después de poemas como los citados, o “El vestido de flores”, le perdonamos cualquier manierismo. Que ni siquiera cuando, mientras “arranca hierbas con la azada”, contempla a los hormigas se olvide de Homero: “Imagino esa ciudad suya de murallas pardas, / celdas doradas y túneles oscuros / como una Troya en paz, donde Aquiles y Héctor / llevan cascos rojo y armas negras, pero no pelean, / Príamo ha muerto y Helena es una reina sin amantes”. O que interrumpa ese mismo excelente poema, “Mediterránea”, para ofrecernos un aforismo (los clásicos “siempre son modernos y enseñan / lo que no sabes, hablándote de lo que sí”) o una rebuscada greguería: “los cargueros afeitan / el horizonte como emisarios de un barbero / con negocio en El Pireo, Chipre o Estambul”.  
            ¿Poesía con fórmula? A veces da esa impresión. Veamos el poema “Marina”. Dos versos que se limitan a un escueto y prosaico constatar: “Es septiembre y vuelan las libélulas. / Después del baño, fumo un cigarrillo”. Otros dos deudores de la parafernalia novísima, del Gimferrer de Arde el mar: “El ocaso se viste de noble veneciano. / El siroco toca el arpa salvaje del pinar”. Y un último verso que quiere dar transcendencia al apunte paisajístico: “La bondad es la mejor ofrenda de la vida”. Poesía con fórmula, sí, porque el estilo acaba a menudo solidificándose en una fórmula, en una receta. Pero lo que importa es que el poema, a pesar de eso, casi siempre funciona.
            La tercera parte consta solo de un extenso poema cuyo título es una fecha, la de una muerte que marca un antes y un después, y de la que ni siquiera el hombre más afortunado está a salvo. En ese poema, que habla “de la mañana más triste del mundo”, están también Emily Dickison y Turner, la nieve como “una celebración”, un petirrojo sobre un rosal de Amherst y las gaviotas que se posan en los tejados “como rentistas decimonónicos por los campos Elíseos”. Ni siquiera cuando habla de los últimos momentos de la vida de su madre puede José Carlos Llop dejar de hacer literatura. Y es que para él vida y literatura, si no son la misma cosa, son dos hermanos siameses que no pueden existir el uno sin el otro. Y tras las dudas iniciales, cerramos Cuando acaba septiembre, enriquecidos y reconfortados, dándole la razón.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Memoria de Elena Garro

Elena Garro
Memorias de España 1937
Salto de Página, Madrid, 2011
Prólogo de Patricia Rosas Lopátegui


Cuando se habla de Elena Garro, escritora mexicana de origen asturiano, tanto como su obra, que siempre se despacha con vagos elogios, importa su biografía, o su leyenda, tan propicia para reivindicaciones feministas. Elena Garro estuvo casada con Octavio Paz y su sombra inmensa la habría mantenido oculta durante su vida y la seguiría manteniendo semioculta después de su muerte.  Sería así un símbolo de la marginación de las mujeres en una sociedad patriarcal.
            No parece que esa leyenda tenga demasiado de verdad. Octavio Paz, tras la separación en 1959, trató de seguir su camino al margen de Elena Garro. Ella no se lo permitió. Ni un instante, durante los cuarenta años siguientes, se olvidó de lo mucho que le odiaba. Ya anciana, declaró: “Yo vivo contra él, estudié contra él, hablé contra él, tuve amantes contra él y defendí a los indios contra él. Escribí de política contra él, en fin, todo, todo lo que soy es contra él”. Murieron el mismo año, 1998, pero ella unos meses después para poder permitirse la última venganza: mientras se celebraban los funerales de Estado por el hombre ilustre, con asistencia del presidente de la república, la retransmisión televisiva fue interrumpida para conectar con un apartamento en el que una anciana, con apariencia de mendiga, rodeaba de basura y de gatos, despotricaba una vez más contra quien había sido su marido, su verdugo, el causante de todas sus desdichas.
            Para el lector español, quizá la obra más atractiva de Elena Garro son estas Memorias de España 1937, editadas por primera vez en 1992, aunque comenzadas a escribir a finales de los años setenta y anticipadas parcialmente en revistas de entonces (Nueva Estafeta, Cuadernos Hispanoamericanos).  Prologa esta nueva edición Patricia Rosas Lopátegui, que ha dedicado tres valiosos y discutibles volúmenes a la biografía (a la hagiografía, mejor) de Elena Garro y a la recopilación de sus textos inéditos.
            En 1937, Elena Garro (que tiene veintiún años y no diecisiete, como se suele decir) se casa con Octavio Paz y lo acompaña al Congreso Internacional para la Defensa de la Cultura que los escritores antifascistas celebran en Valencia. El texto, aunque redactado tiempo después, conserva la frescura del momento, sin duda porque se basa en las notas de un diario. El punto de vista es el de una adolescente apolítica que solo toma partido contra la crueldad, y que parece no entender muy bien lo que está pasando, pero que lo entiende mejor que todos los serios escritores que la acompañan.
            No se ha documentado Elena Garro para escribir estos recuerdos, y por eso resulta fácil detectar errores. De Luis Cernuda –a quien se nos presenta siempre solitario y tomando el sol en la playa— se nos dice: “Don Álvaro de Albornoz le nombró canciller en la embajada de Polonia, para sacarlo de España, y en la estación perdió el portafolio con las claves”.  Pero a quien nombraron secretario de embajada fue a su amiga Concha de Albornoz (y no en Polonia, sino en Grecia); rodeada de los amigos que había ido a despedirla, dejó un momento el maletín en el suelo para pesarse en una báscula y al instante el maletín desapareció, con las claves y con sus credenciales. A Luis Cernuda, como a los otros amigos que acompañaban a Concha de Albornoz (hija de un ministro, y por eso salvó la vida), le interrogó la policía política a propósito de aquella desaparición.
            Unas páginas más adelante leemos: “Supe que había enojo con Ortega y que Bergamín le escribió una carta terrible a Victoria Ocampo, en cuya casa de Buenos Aires se alojaba el filósofo español. Ortega se había marchado de España y, hablando de la guerra civil, había dicho: No es eso, no es eso… Esperaba una guerra diferente”. La frase de Ortega, como resulta bien sabido, se refería a la república, que esperaba distinta; la guerra civil no la esperaba de ninguna manera.
            También contiene inexactitudes menores uno de los pasajes más emotivos del libro. Leía Octavio Paz su “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” y, de pronto, al alzar la vista del papel, se encuentra con que allí, en primera fila, mirándole fijamente, estaba José Bosch, el compañero al que él creía muerto en combate y al que había dedicado el poema. Elena Garro le llama Juan Bosch y titula el poema “No pasarán”.
            A pesar de todas esas inexactitudes, debidas a la excesiva confianza en la traicionera memoria, cuánta verdad hay en estas páginas. Pocas veces el ambiente de la España republicana, su mezcla de heroísmo y delación, de miseria y grandeza, habrá sido descrito con tanta exactitud. Y Octavio Paz está lejos de ser el monstruo que aparece en otros escritos (“Octavio es un perro rabioso”, afirmará, que incluso se dedica a “patear” a la hija de ambos). En estas páginas solo es un joven y ambicioso escritor, al que hacen sufrir las continuas salidas de tono de una adolescente tan inteligente como atolondrada. Elena Garro incluso se permite la ironía: “Los mexicanos siempre compadecieron a Paz por haberse casado conmigo. ¡Su elección fue fatídica! Me consuela saber que está vivo y goza de buena salud, reputación y gloria merecida, a pesar de su grave error de juventud”.
            En Elena Garro, el personaje, seductor y atrabiliario, genial y paranoico, estuvo a punto de borrar al escritor, intuitivo y descuidado. No lo consiguió. O no lo consiguió del todo. Estas fascinantes Memorias de España lo confirman.

jueves, 25 de agosto de 2011

Poesía y demás: Un cuestionario de “Marinero”



¿Hasta qué punto un poeta se encuentra capacitado para ser crítico de poesía? ¿No será siempre un crítico poco objetivo que se dedica solo a defender su propia concepción de la poesía?

Lo único que incapacita para ser crítico de poesía es no ser un buen lector de poesía. Y un buen lector, si es poeta, aprecia muchas más diversas maneras de la poesía que la que él es capaz de escribir.

¿A qué se debe su empeño en atacar a grandes poetas como Ganomeda y en defender a otros muy menores como Fernando Ortiz?

Procuro no hablar de la poesía de Gamoneda, un poeta más o menos grande que me interesa más bien poco, pero no puedo resistirme a glosar sus opiniones sobre literatura. Carece de sentido del humor y no parece muy dotado para el pensamiento abstracto, o mejor, para el pensamiento a secas. Resulta involuntariamente cómico escucharle afirmar por enésima vez, el mismo día en que recibe no sé cuántos premios oficiales, y junto al presidente del Gobierno y rodeado de ministros, abominar del realismo porque el “realismo es el lenguaje del poder”. A mí me hace más gracia él que su poesía. De Fernando Ortiz hace tiempo que no hablo. Y no pienso hablar ahora. He leído, sí, su más reciente libro, Miradas al último espejo, pero no pienso escribir sobre él, aunque humanamente tiene toda mi simpatía.

¿Cree verdaderamente que “el haiku es el soneto de los haraganes”, como ha declarado varias veces? ¿Cree que escriben haikus los que no son capaces de escribir otra cosa?

Pues sí, creo que escribir haikus está al alcance de cualquiera, por eso no hay mal poeta que no los perpetre a centenares. Malos haikus, quiero decir. Los buenos son un milagro que ocurre muy de tarde en tarde. El soneto requiere un aprendizaje y mayor esfuerzo, pero no por eso el resultado poético está garantizado. Yo aconsejaría a los jóvenes poetas que aprendan a escribir sonetos y que, en cuanto sepan, dejen de escribirlos. Y, por supuesto, rompan todos los que les sirvieron como aprendizaje.

“El realismo es el lenguaje del poder” afirma con frecuencia Antonio Gamoneda. Usted defiende la poesía realista, ¿quiere eso decir que está de lado de los poderosos?

Creo que sobre ese asunto ya he dicho algo en una respuesta anterior. No sé si los poderosos gustan del realismo; los bancos, por ejemplo, prefieren la pintura abstracta.

¿Ganaría la poesía española sin los manejos de Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes y Benjamín Prado?

Sin sus manejos no sé si ganaría o perdería; sin sus poemas, seguro que perdería.

¿Hay premios literarios honestos?

Los hay. Todos los premios que ganan los poetastros que abominan de los premios son, si hemos de hacer caso a sus declaraciones posteriores, honestos, los únicos honestos.

Usted ha escrito muchas veces en contra de los premios literarios. ¿No considera una contradicción formar parte del jurado de muchos de ellos?

De muchos de ellos, no. De tres o cuatro. Y no lo considero una contradicción. Yo me considero un profesional, como un fontanero al que si le llaman para arreglar un grifo no pregunta si está en un convento o en una casa de lenocinio. Él hace su trabajo de la mejor manera posible, cobra sus honorarios y asunto concluido. Otra cosa es lo que pueda pensar sobre el exceso de conventos  o de clubs de alterne. Yo creo que hay demasiados premios literarios y que estorban más que ayudan.

Para muchos, entre los que me cuento, Borges es un poeta sobrevalorado, poco más que un ramplón versificador. ¿Está de acuerdo con esa afirmación?

No.

¿Tiene sentido hoy escribir con rima? ¿No es un artificio más propio de tiempos decimonónicos?

Sí. No.

¿Por qué se lee cada vez menos poesía? ¿No será porque  los poetas han dejado de hablar de lo que interesa a todos y se dedican a mirarse su propio ombligo?

Siempre ha habido más poetas que poesía. La poesía sigue interesando, y mucho. Lo que no interesan, y no seré yo quien lo lamente, son la mayoría de los poetas.

¿Qué opina del movimiento del 15-M? ¿No cree que además de una regeneración política pueden traernos también una nueva poesía que por fin interese a todos porque hable en el lenguaje de todos?

Prefiero no opinar nada. Yo respeto todas las ingenuidades, siempre me ha enternecido la bondadosa bobería.

Hace 75 años que asesinaron a Federico García Lorca. ¿No cree que su obra literaria lleva casi tantos años muerta a pesar de que se siga hablando de ella por motivos extraliterarios?

Pues no, no lo creo. Y es la primera vez que escucho semejante peregrina afirmación. ¡Y cuidado que he escuchado tonterías en mi vida!

¿Qué opina de la poesía de Miguel d’Ors? ¿Y de la de Enrique García-Máiquez? ¿No cree que se encuentran marginados por sus creencias religiosas?

Son dos espléndidos poetas llenos de verdad y gracia. Cuando hablan de la Verdad con mayúsculas es cuando me interesan menos. Se encuentran tan marginados como el jefe de la organización religiosa a la que pertenecen, capaz de llenar Madrid, o cualquier otra ciudad, con millones de seguidores. Ya quisiera yo estar tan marginado como ellos.

¿Siguen existiendo las generaciones literarias? ¿Cómo se llama la última?

Siguen existiendo. Pero yo ya no trabajo en ese negociado. Mejor preguntar a Luis Antonio de Villena, que ahí sigue con sus vetustos adolescentes órficos y lógicos, inasequible al desaliento.

¿Qué ha sido de la poesía no clónica y de poetas como Antonio Rodríguez Jiménez, Fernando de Villena, Pedro J. de la Peña y otros grandes marginados por el poder literario?

Eso quisiera yo saber, qué ha sido de ellos. Sin sus declaraciones y sus ferocidades el mundo es un poco más aburrido. También echo de menos a Isla Correyero y a un suplemento de Málaga que se llamaba “Papel literario”. Los jóvenes, que no han tenido ocasión de conocerlos, no saben lo que se pierden.

Y por último: ¿cree que Internet ha cambiado nuestra manera de entender la literatura? ¿Desaparecerán las bibliotecas y las librerías con la generalización del ebooks? ¿No cree que los libros tradicionales pronto serán una antigualla como los papiros egipcios?

Internet no ha cambiado nuestra manera de entender la literatura, ha cambiado la manera de difundirla. Y para mejor. Y en cuanto a la desaparición de las bibliotecas y de los libros de papel, no diré yo que no pueda ocurrir. Incluso algún día desaparecerá el hombre y el planeta Tierra y el entero sistema solar. Pero no parece que vaya a ser mañana. Tampoco nosotros ni nuestros nietos ni los nietos de nuestros nietos veremos la desaparición de los libros y las bibliotecas. Más allá de tres o cuatro siglos no me atrevo a profetizar. ¡Las cosas cambian tan deprisa!

jueves, 18 de agosto de 2011

Pere Gimferrer, Juan Marsé: Cansinas caligrafías

Dijo una vez un político que no hay que confundir la opinión pública con la opinión publicada. Nada más cierto si se trata de literatura. Cada vez resulta más frecuente el aplauso unánime de la crítica literaria (o de los reseñistas de los principales suplementos, que viene a ser lo mismo, aunque no sea lo mismo) y el casi unánime desdén de los lectores, incluidos bastantes de quienes públicamente han mostrado su entusiasmo.
            Dos ejemplos recientes: Rapsodia, de Pere Gimferrer, y Caligrafía de los sueños, de Juan Marsé. “Escrito en seis días” se anuncia uno, con circense fanfarria; “La primera novela escrita después del Cervantes”, el otro.
Tras dar en los últimos años ripiosos tumbos entre el modernismo y el postismo (Amor en vilo, Tornado), vuelve Gimferrer a reescribir sus libros de hace cuarenta años: lo que entonces deslumbraba, por contraste con la grisura realista y comprometida, ahora suena a envejecida quincallería, aunque acá y allá no deje de sorprendernos alguna imagen fulgurante, que pronto se borra en el automatismo del conjunto: “Campanadas al sol, la luz de Arezzo / se ha fundido en el bronce de la lluvia”.
Caligrafía de los sueños suena tan a Marsé que ni siquiera necesitaría haberla escrito Marsé. “Apaches galopando en las playas de Arizona” se titula un capítulo: interminables páginas de fatigosos aventis, como ejercicios de estilo en un taller literario después de haber leído Si te dicen que caí.
Se equivocaría quien pensara que Rapsodia o Caligrafía de los sueños son malos libros. Son algo quizá peor: son prescindibles, cansinas vueltas de tuerca, tan consabidos que quien conoce la obra anterior de ambos autores podría, no ya reseñarlos sin haberlos leído, sino incluso dar conferencias sobre ellos.
El poema “más que a significar aspira a ser” nos dice Gimferrer, repitiendo lo que otros muchos poetas han dicho y glosado docenas de teóricos de la literatura. No nos dice, sin embargo, que nada resulta más fácil que encontrar un poema que “es” y “nada significa”, al menos para un lector concreto: cualquiera escrito en una lengua que ignoramos. Deleitarse con la musicalidad de sus significantes debería ser, para los que así piensan, la culminación del placer estético.
En la Barcelona de los años cuarenta, un hombre saluda a un orondo y desconocido sacerdote con las siguientes palabras: “La verdad es que no sé si soy un buen cristiano. Lo que no soy, puede usted darlo por seguro, es siervo de una Iglesia que pasea al centinela de Occidente bajo palio”. Si fuera una serie de televisión ambientada en la posguerra, cambiaríamos de canal. Es una novela de Marsé, y continuamos la lectura, pero con la sensación, idéntica a la que nos producen los últimos poemas de Gimferrer, de que probablemente hay formas más agradables de perder el tiempo. 

jueves, 11 de agosto de 2011

José Antonio Moreno Jurado: El libro de la miseria del hombre



José Antonio Moreno Jurado
Aracne
Paréntesis Editorial. Sevilla, 2011. 


Deja un sabor amargo este recuento de una vida al que José Antonio Moreno Jurado, quizá nuestro mejor conocedor de la literatura neohelénica, ha querido poner bajo la advocación de Aracne, uno de los personajes de las Metamorfosis ovidianas.
La primera parte, la más lírica, se publicó en 1989, y evoca, en breves capítulos que a ratos quieren acercarse al poema en prosa, una infancia andaluza. Recuerdan, inevitablemente, al Platero juanramoniano y al Ocnos cernudiano, aunque no haya ningún fácil mimetismo. El tono cambia en el resto del libro, escrito veinte años después. En 1989, Moreno Jurado era, si no un triunfador, un hombre que, con su esfuerzo personal y su talento, había llegado, o estaba a punto de llegar a donde quería, tanto en el plano personal como en el literario. Tras obtener el premio Adonais en 1973, su poesía tenía una resonancia cada vez mayor; el Nobel concedido a Odysseas Elytis, un autor al que él y pocos más conocían en España, contribuyó a darle cierta popularidad. Y después de duros años en la enseñanza privada, ya catedrático en la enseñanza secundaria, llegaba como profesor asociado a la Universidad.
            Lirismo y narratividad, reflexión y sátira alternan en las páginas escritas cumplidos los sesenta años, cuando se vislumbra el manriqueño “arrabal de senectud”. El lirismo aparece, sobre todo, en los capitulillos que se refieren al Amor (Moreno Jurado lo menciona siempre así, con mayúscula), que insinúan unas relaciones poco convencionales (e incluso escandalosas para la época) que el autor no se decide a desvelar de todo. El día en que conoció a uno de sus amantes, al que llama Bertolamo  (“Me llevaba exactamente diecisiete años y yo contaba entonces treinta y seis”), terminaron “en un garito cuyo nombre recordaré cuando me atreva a contar por escrito la otra cara de esta Sevilla hipócrita y bullanguera, más entregada a los santos y santas que a la verdad y al conocimiento”.
            La sátira se refiere, fundamentalmente, al mundillo literario. Pero es una sátira casi infantil, que refleja un muy escaso conocimiento de ese ambiente. Cuenta la anécdota que le ayuda a entender el éxito de unos poetas y el fracaso de otros, como él mismo. Tras terminar un libro de poemas, del que está particularmente satisfecho, va a Madrid, invita a comer a Jesús Munárriz y a su mujer y “a la primera oportunidad –son sus palabras—, les hablé durante la comida, con más o menos ardor o vehemencia, de las bondades de mi nuevo libro”. Para su sorpresa, el editor de Hiperión no mostró ningún entusiasmo; peor aún, sin siquiera ningún interés en su lectura, dijo no estar dispuesto a publicarlo, ya que los anteriores libros de Moreno Jurado se habían vendido poco. Lo que ocurrió seguidamente le serviría de lección: “A los pocos minutos apareció por allí García Montero que venía de Granada. Jesús le saludó afectuosamente, alzando los brazos y levantando la voz. El granadino le compró en aquel momento doscientos libros suyos para no sé dónde, pueblos, universidades, centros educativos, en verdad no me acuerdo, y yo, enmudecido, comprendiendo cuanto se podía comprender, me despedí lo más amablemente que pude, y, con la lección de los dineros bien aprendida, me volví a Atocha a pie y pensativo”. O sea que, si García Montero vende mucho, y se lo disputan sus editores, es porque se compra sus propios libros. Qué cosas…
            Pero no es el único caso en que Moreno Jurado deja claro tanto su resentimiento como su no excesiva inteligencia emocional. Durante un tiempo dedicó sus tardes a los poetas que empezaban: “El primero de ellos fue Juan Lamillar, a quien corregí, leí, expliqué cuanto pude, durante días y meses, pues había sido alumno mío en la Universidad Laboral y, al menos, teníamos entre nosotros ese mínimo vínculo común. Aunque Manolo Jurado solía llamarlo Mamillar, a mí no me hacía gracia. Sucedió, entonces, que en el proyecto de su primer libro me había dedicado un poema. Algo después, cuando hojeé uno de los primeros ejemplares de la obra, publicada en Renacimiento, la dedicatoria había desaparecido. ¿Fue imposición del editor, Abelardo Linares, que me aseguró, años después, que aquel chico había sido su gran descubrimiento? ¿O algún temor oculto de los que no pueden salir a la luz? Por otra parte, Abelardo Linares había proporcionado a Lamillar un puesto de trabajo en su librería. Sea como fuese, todo acabó en ese preciso momento porque me pareció, sencillamente, un acto de cobardía. Y ¿por qué no? de traición”.
            Otro poeta que presuntamente le traicionó, y se traicionó, fue Javier Salvago. Tras un primer libro prometedor, y que el propio Moreno Jurado presentó, “abandonó inmediatamente su primer comportamiento poético y se pasó por orden de Fernando Ortiz, aunque fuera una orden estética, desde aquella poesía de futuro prometedor a otro tipo de poesía de fácil contenido irónico, sin fuerza, de rima envejecida, anclada en Manuel Machado y otros poetas menores que nada aportaron con sus poemas a la aventura humana del pensamiento y la razón”. Antes, para congraciarse con el maestro, le habría contado todas las confidencias de Moreno Jurado: “No había pasado ni veinticuatro horas y toda mi vida se la había ofrecido Salvago en bandeja a Fernando Ortiz”.
            Con Fernando Ortiz, con otros poetas sevillanos, está obviamente obsesionado el autor de Aracne. A ellos les atribuye la conjura que llevó a su marginación literaria. No deja ni anotar ni una sola de las afrentas que le hicieron sufrir. Por ejemplo: “En un congreso de poesía en Córdoba, lo recuerdo bien, Fernando Ortiz y Aquilino Duque, que había estado muy atentos a los poemas de quien me precedía en la lectura, se levantaron de pronto, empujados por un extraño resorte interior, en el preciso instante en que el presidente de la mesa me daba entrada para mi intervención. Si dijera que nada sentí ante ese desplante, engañaría con toda seguridad”.
            La puerilidad adolescente, el provincianismo de estos recuentos de la vida literaria nos hace a veces sonreír. Lo mismo que ciertos apuntes de sociología erótica. La mayor parte de los homosexuales están casados (cuando eso suponía estarlo con una mujer), son buenos padres y buenos maridos: “El noventa por ciento. No es exageración. Y, curiosamente, todos ellos prefieren ser penetrados. Los célibes, rara vez”.
            ¿Vale la pena, ante tanta puerilidad, leer estas páginas escritas “para vengarse y reírse mil veces de la miseria del tiempo”? Sí, porque en ellas hay dolor y verdad. Y el desolado final vale para todos, para los que han aprendido las reglas del juego literario o académico, para los que se han estrellado contra esas normas no escritas o para los que, encogiéndose de hombros, se han dado la vuelta y han seguido otro camino: “Como hombre entre cuatro paredes, sin experiencia viva, solitario y aburrido, aprendí de los libros cuanto había de aprender. Pero no sé absolutamente nada. Ni siquiera el hombre que sabe, sabe para siempre. Un simple Alzheimer, una demencia senil, un fuerte golpe en la cabeza o en el corazón te abandonan al no conocimiento. Da igual si leías o no leías. El hombre termina en las manos aburridas del tiempo. El tiempo se aburre de nosotros”. 

jueves, 4 de agosto de 2011

Evgueny Evtushenko: El poeta y el histrión

¿Qué fue de Evgueny Evtushenko? Con el título de Manzanas robadas (Visor) se publica una antología suya, en traducción indirecta de Javier Campos, que entremezcla los poemas sin atender a la cronología. Evtushenko le dio voz y rostro juvenil a una nueva Rusia, a un comunismo de rostro humano, el que surgía trabajosamente de los desmanes del estalinismo. En 1963 publicó en París su Autobiografía precoz, que ese mismo año apareció en español. “La autobiografía de un poeta son sus poemas. El resto es solo comentario”, comienza. Y a continuación: “Las ideas nuevas, los sentimientos nuevos que se encuentran en mis poemas existían en la sociedad soviética mucho antes de que comenzara yo a escribir. Cierto, no habían recibido aún forma poética. Pero si no hubiera sido yo, otros los habrían expresado”.
            Algo más y algo menos que un poeta es Evgueny Evtusenko, quien en 1963 –a los treinta años, tan famoso ya en occidente como en su país— señalaba “el destino monótono” a que parecía condenado: “los críticos me cubrían de lodo, el público me aplaudía fervorosamente”. Los poemas se daban a conocer en recitales multitudinarios; solo después, si resultaban eficaces, se publicaban. Poemas valientes, muchos de ellos. Por ejemplo “Babi Yar”, cuyo título alude a un barranco de Kiev donde fueron asesinados millares de judíos. Evtushenko no se limita a condenar la barbarie nazi: “Cuántos antisemitas se nombraron / Unión del Pueblo Ruso. Qué vileza”.
            En los primeros sesenta muchos, dentro y fuera de Rusia, creyeron en la posibilidad de un comunismo no dogmático y democrático. Evtushenko encarnó esas ilusiones. Pronto fue un juguete roto, aunque siguiera con sus recitales multitudinarios, convertido ya más en un personaje de la farándula –sus mayores éxitos los tuvo junto a Vittorio Gassman— que en un verdadero poeta. Lo era, sin embargo. Y algo puede entreverse en esta antología, cuyos textos son como letras de hermosas canciones de las que desconocemos la música: “Te amo más que a la naturaleza, / porque tú eres la naturaleza misma. / Te amo más que a la libertad, / porque sin ti la libertad es una cárcel”.

miércoles, 27 de julio de 2011

Rafael Barrett : Un contemporáneo

No era un desconocido el escritor al que Gregorio Morán dedicó en el 2007 Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, pero apenas era conocido por algunos eruditos y en círculos anarquistas. La polémica que acompañó a su algo estridente investigación –marca de la casa— sirvió para que bastantes lectores oyeran por primera vez un nombre que debería serles tan familiar como el de Larra.
            Rafael Barrett, nacido en 1876, vivió la bohemia finisecular, compartió tertulia con Valle-Inclán, fue amigo de Manuel Bueno y Ramiro de Maeztu. Una serie de absurdos incidentes –iniciados con una acusación de homosexualidad— le llevaron a la cárcel y luego al exilio. En el Paraguay se convirtió en maestro del periodismo revolucionario.
            Murió muy joven, pocas semanas después de Tolstoi, a quien tuvo tiempo de dedicar una necrológica. Murió en Francia, donde trataba de curar su tuberculosis. Antes había saboreado fugazmente la gloria. En Uruguay apareció su primer libro, Moralidades actuales, y el éxito fue inesperadamente clamoroso.
            Ese libro, que solo se había vuelto a publicar en 1919, lo reedita ahora una editorial de pintoresco nombre, Pepitas de Calabaza. No hay mejor homenaje para el centenario: los años que han pasado sobre sus páginas no les han añadido ni una arruga. Lo leemos ahora con el mismo asombro con que se leyó en el Montevideo abierto al mundo, nada provinciano, de comienzos del siglo veinte.
            La primera edición llevaba un subtítulo, “Tomo I”, que desapareció en las siguientes. Barrett pensaba seguir reuniendo sus artículos esparcidos por la prensa radical. Pero Moralidades actuales no es una mera recopilación de colaboraciones dispersas, según se entendió en las ediciones de obras completas, donde se añadieron y eliminaron caprichosamente artículos. Tiene una arquitectura propia, como muy bien subraya Morán en el preciso prólogo.
            Lírico, costumbrista, aforístico, memorable siempre, Barrett está más vivo que la mayoría de sus coetáneos. Es un contemporáneo más. No ha perdido nada de su capacidad revulsiva. Todavía hace sangre su punzante e insólita inteligencia: “La verdad no se demuestra. Se sueña. Solo se demuestra la mentira”. 

jueves, 21 de julio de 2011

Justicieros



¿Quién no ha soñado alguna vez con llevar una anodina vida diaria, pero por la noche ponerse una máscara y lanzarse al mundo a enfrentarse a los poderosos, deshacer entuertos, reparar injusticias? Internet, donde toda fantasía (y toda tontería) adolescente tiene su asiento, está llena de justicieros así.
El Colectivo Addison de Witt, formado por cinco anónimos poetas o críticos, se dedica a analizar “los premios de poesía y sus jurados para valorar su objetividad”. El resultado lo expresan con precisión matemática: el Premio Internacional Ciudad de las Palmas, por ejemplo, es ecuánime en un 75 por ciento, mientras que el Manuel Alcántara lo es en un 1, el Emilio Alarcos en un 10 y el Hermanos Argensola en un 80, según leemos en reciente entrega de su página web, “la que mayor número de visitas tiene, con más de veinticinco mil usuarios mensuales”.
            Para llegar a esa conclusión analizan las relaciones entre el jurado y los ganadores: haber publicado en la misma editorial, colaborado juntos en alguna revista, tener idéntica profesión. No importa que en el jurado esté compuesto por cinco, seis o más miembros. Si uno de ellos es profesor y el poeta ganador también lo es, la objetividad queda fuertemente mermada. Y desaparece por completo si se puede establecer algún vínculo con Luis García Montero o la editorial Visor. Es lo que ocurre con el premio Manuel Alcántara, a cuyo jurado no le ven relaciones con el ganador, Juan Carlos Abril, pero resulta que este “se doctoró con una tesis dirigida por Luis García Montero” y, por si fuera poco, el poeta que da nombre al premio “ha publicado algo en Visor”. Esas son las razones para que la credibilidad del premio se reduzca al uno por ciento.
            Lo que escriben del premio de poesía Emilio Alarcos me hace sonreír especialmente, puesto que yo soy uno de los “corruptos” denunciados. Copio el párrafo pertinente: “El escritor mallorquín Eduardo Jordá obtuvo el premio Emilio Alarcos de poesía en su décima edición con el poemario titulado Tulipanes rojos. Jordá colabora como columnista en Diario de Mallorca, del grupo editorial Prensa Ibérica, señor sí señor, y en el Abc Cultural. El jurado que le otorgó el premio estuvo presidido por Luis García Montero, y actuaron como vocales Josefina Martínez, José Luis García Martín, Aurora Luque, Chus Visor y Carlos Marzal. Desde 1989 Jordá reside en Sevilla. Es importante recordarle lo importante que es hidratarse en esta época del año si vive en la capital andaluza. Un clásico de los premios es premiar a un crítico. Un clásico mayor es que un crítico premie a otro crítico, incluso que vaya anticipándolo: http//www. Escultural.es/version_papel/LETRAS/Mono_aullador. Sin mencionar su paso por Clarín, tan García Martín. Tampoco es un desconocido para Aurora Luque. Ni siquiera para alguien de la inocencia de García Montero. Valoración subjetiva de la ecuanimidad del premio entendida como la posibilidad de que gane un desconocido: 10/100”.
            Cuesta encontrar lo que hay de presunta denuncia en esas líneas. ¿Es sospechoso que el premiado escriba en Diario de Mallorca, del grupo editorial Prensa Ibérica? ¿Que resida en Sevilla? ¿Que haya ejercido la crítica como algún miembro del jurado? ¿Que yo haya reseñado antes algún libro suyo, como he hecho con varios centenares de poetas en casi treinta años de publicar reseñas semanales?
            En el premio Emilio Alarcos, como en la mayoría,  los libros se presentan bajo plica. El jurado no supo que había premiado a Eduardo Jordá hasta que ya había concedido el premio. Yo, en cambio, lo sabía desde mucho antes: en seguida reconocí su estilo. No solo el tuyo: también el de Antonio Praena y el de otros poetas cuyos nombres no mencionaré por si quieren conservar el anonimato. Son los inconvenientes de llevar muchos años leyendo poesía contemporánea. También Aurora Luque reconoció, según dijo luego, a algún libro que se había encontrado en otro premio. Nadie reconoció, sin embargo, al finalista que empató con Jordá: cada uno de ellos tuvo tres de los seis votos del jurado. Y no lo reconocimos porque era el primer libro de un poeta nuevo que no había publicado ni siquiera en revistas (la única manera de no estar “contaminado”). ¿Pero reconocer a un poeta implica que tiene más posibilidades de ser votado que si no lo reconocemos? ¿Haber publicado en la misma editorial condiciona el voto de algún jurado? ¡Qué cosas! O sea que yo, que publiqué a algún libro en DVD, si me encuentro como concursante a Eduardo Moga, que también publica en esa editorial, me veo obligado a votarle. Qué cosas.
            Pero no se trata de defender la “ecuanimidad” del premio Emilio Alarcos ni de ningún otro premio concreto, que no puede ser cuestionado por quien lo ignora todo sobre su desarrollo, sino de poner en cuestión la credibilidad de quienes van de anónimos justicieros por la vida y denuncian, no ya sin pruebas, sino con caprichosos argumentos.
           Que hay premios amañados, de acuerdo. Que conviene denunciarlos, por supuesto. Pero para eso hace falta algo más que desinformadas buenas intenciones (damos, por supuesto, que al menos las intenciones son buenas). Hace falta –además de algún indicio, aunque sea mínimo— cierto conocimiento del medio literario y, sobre todo, alguna inteligencia.


jueves, 14 de julio de 2011

Montserrat Bordes Solanas: Falacias lógicas

Pocas veces un manual de filosofía resulta tan apasionante y necesario como Las trampas de Circe: falacias lógicas y argumentación informal (Cátedra). No teníamos noticia de la autora, Montserrat Bordes Solanas; no hay solapa ni contraportada informativas. El prólogo de Zamir Bechara nos aclara que se trata de una obra póstuma: “Como compañero suyo he asistido en primera fila a las dificultades que conlleva escribir un libro de esta envergadura y he sido conocedor de primerísimo mano del esfuerzo titánico que le supuso a su autora, aquejada de cáncer terminal, concluir su labor”.
            Pero el infierno cotidiano, el inútil combate con la enfermedad, quedan fuera de unas páginas que asombran por su claridad y rigor. La autora va desenmascarando una tras otra las principales falacias que llenan el lenguaje político y periodístico –ad hominen, ad populum, petitio principii, plurium interrogationum—, y termina con un “Código de buenas prácticas argumentativas” que debería ser de obligado cumplimiento en cualquier debate público. Esas buenas prácticas tienen que ver tanto con la lógica como con la ética, promueven a la vez el debate racional y el juego limpio. El código está formado por principios y máximas. El principio “de caridad interpretativa” dice así: “El argumento del oponente debe ser reconstruido en su versión más sólida y rigurosa, siempre que sea consistente con la intención original del mismo”. O sea, que no debemos aprovechar los lapsus de nuestro interlocutor; antes de intentar refutarlo, debemos ayudarle a formular su argumento de la manera más adecuada posible. Porque, como escribió Samuel Johnson “una opinión es como una flecha lanzada desde un arco: su fuerza depende de la mano que la sujeta, pero un argumento es como una flecha lanzada desde una ballesta: tiene la misma fuerza aunque la lance un niño”. Antonio Machado lo afirmó de otra manera: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o la diga su porquero.
No deja de resultar utópico este código de buenas prácticas. Dos no juegan limpio si uno no quiere. Siempre habrá tahúres que pretenden hacer trampa, como suele ocurrir entre los políticos, o que las hacen sin siquiera ser conscientes de ello, como tantas veces ocurre entre honestos e ineptos profesionales de la indignación y la crítica e incluso entre la buena gente de la calle. Las trampas de Circe ayuda a desenmascarar a unos y otros.

jueves, 7 de julio de 2011

Alrededores de la poesía: Una conversación con Ignacio Peiró


Al contrario que en otras artes, España sí parece haber mantenido una continuidad sin apenas interrupciones en lo referente a la poesía. Y, al menos hasta ahora, ciertos hitos de nuestra tradición lírica –algunos versos de Lope o de San Juan, de Quevedo o Garcilaso, del romancero- parecían ser una especie de “palabras patrimoniales” que se leían en el bachillerato y quedaban en la memoria de gentes por lo demás no especialmente cultivadas. ¿No cree usted que este mínimo contacto con la poesía se ha perdido en buena parte, quizá a causa de los planes educativos? ¿No era algo clave en la educación sentimental de las personas?

El bachillerato que idealizadamente se añora, el de hace cincuenta años por ejemplo, era estudiado por muy contado número de españoles. No creo yo que el tanto por ciento de quienes podían citar de memoria a Lope o a San Juan, a Quevedo o Garcilaso, fuera mayor entonces que ahora. El imperfecto presente siempre pierde cuando se le compara con un pasado que solo existe en nuestra imaginación. Desde que tengo memoria, cualquier nuevo plan de estudios es, en opinión de la mayoría (sobre todo de la mayoría de cierta edad), peor que el anterior. Si eso fuera cierto, deberíamos ser ya todos analfabetos. Afortunadamente no es así.

 En nuestro país, parece que, comparativamente, el papel de la crítica de poesía es más relevante, dentro de su ámbito, que el papel de la crítica de novela o de ensayo. ¿Está usted de acuerdo con esta afirmación? ¿Considera real el papel de la crítica a la hora de establecer cánones? ¿Es positivo o sólo inevitable ese protagonismo?

Sospecho que el papel de la crítica de poesía es relevante en un mundo muy limitado: el de los propios poetas. A los que creo que les afecta más que a los novelistas o ensayistas, porque estos pueden compensar malas críticas con buenas ventas. En poesía las críticas pueden ser buenas o malas, pero las ventas siempre son malas. Por otra parte, la importancia de la crítica en poesía depende menos del talento del crítico que de la difusión del medio en que se publica.

 ¿Ha habido en los últimos decenios una hipertrofia de antologías? El sistema de hacer antologías, ¿no alimenta el peligro de excluir a nombres competentes que, quizá por edad, no entran en grupos?

No me parece que haya hipertrofia de antologías. Cualquier visitante de librerías inglesas o norteamericanas, puede comprobar que se publican bastante más que en lengua española. Claro que no siempre se trata de antologías de nuevos nombres, que son las que aquí despiertan polémica. Una antología es válida porque incluye a poetas valiosos, y no al revés. Estar o no estar en una concreta antología no tiene demasiada importancia (ya nos incluirán o excluirán en otra, no hay poeta tan malo que no haya sido antologado). Lo significativo es que antólogos con criterios distintos coincidan en unos determinados nombres. Así se escribe la historia de la literatura, que está hecha de recuerdos y olvidos. La mayoría de los poetas de los que nadie hace caso no merecen que se les haga ningún caso (tampoco algunos a los que se hace mucho caso, pero esa es otra historia).

En otras épocas, la poesía, si no popularidad, al menos sí tuvo un cierto arraigo, quizá un prestigio que tal vez se haya perdido. ¿Dónde busca la gente la poesía ahora? ¿En la música ligera, en las canciones pop? ¿Hay ahí una cierta devaluación no ya de la palabra poética sino, por así decirlo, de la sentimentalidad?

La poesía siempre se ha buscado en muchos sitios, salvo quizá en los libros de poesía. Ni Garcilaso, ni Góngora ni Fray Luis publicaron en vida ningún libro de poesía. Hoy la poesía (aparte de estar en las canciones, en el cine, en la novela, en muchos otros lugares), la poesía en sentido estricto, se difunde sobre todo en Internet (como en el siglo de Oro se difundía manuscrita). Yo creo que nunca se han leído tantos poemas, aunque se compren tan pocos libros de poesía. Los poemas –buenos y malos, para todos los gustos-- vuelan en la red, encuentran siempre un lector atento.

De la poesía italiana a la francesa, la inglesa o, actualmente, la del Este de Europa, ¿mantienen los poetas españoles ese papel pionero a la hora de incorporar otras tradiciones?

Como siempre, hay poetas más atentos y otros menos. No conviene generalizar. Pero se puede ser un gran poeta (ahí está el caso de Lorca) sin estar al tanto de la poesía que se escribe en todas las otras lenguas.

Buena parte de la historia de nuestra poesía se ha leído según el sistema de generaciones. ¿No es ese un gran reduccionismo, que excluye a unos y agrupa, quizá injustamente, a otros? ¿Está en decadencia ese paradigma?

El sistema de generaciones es una manera de poner un poco de orden en un panorama (el de la poesía actual) que siempre resultará confuso (es el tiempo el que simplifica y pone las cosas en su sitio). Hay que tener cuidado de no confundir una clasificación meramente orientativa con la realidad. Es lo que les ocurre a muchos. Conozco hispanistas (y no hispanistas) que hablan de grupos, tendencias, generaciones en la poesía actual sin haber leído la obra de ninguno de los autores a los que se refieren; les basta con los estudios generales, los prólogos a las antologías, incluso los meros reportajes periodísticos.

En España hemos tenido revistas literarias de gran incidencia. ¿Ha menguado su papel?

Ha menguado el papel del papel. Ahora las revistas literarias más ágiles se difunden por otros medios. Ha menguado, pero no ha desaparecido. Como sigue siendo importante la edición en papel de los periódicos, a pesar de la facilidad y la gratuidad de Internet.

En la falta de apego popular a la poesía, ¿ha influido cierta voluntad de “torre de marfil” por parte de los poetas, como una vocación de exquisitez que necesita de iniciación para que un lector cualquiera pueda orientarse? Al igual que en artes plásticas, ¿no han contribuido a esta situación algunos excesos cometidos en nombre de la vanguardia?

Eso vale para unos poetas, no para otros. Hoy como ayer hay poetas que llegan a todo tipo de lectores. Yo creo que son necesarias ambas clases de poetas: los que inmediatamente tocan el corazón del lector, como José Hierro o Ángel González, y aquellos otros que apelan a la inteligencia y requieren una mayor mediación cultural. Góngora nunca desbancará a Garcilaso, ni al revés.

¿Cómo juzga usted la proyección internacional de nuestra poesía, tanto de nuestros grandes nombres del pasado como de nuestros poetas contemporáneos?

No me considero muy preparado para juzgar eso, creo que les corresponde más a quienes se ocupan de la política cultural. Lo que sí sé es que los otros países que conozco, sea Portugal o Bulgaria, siempre me he encontrado con un grupo de entusiastas lectores y buenos conocedores de nuestra poesía. ¿Pocos? Suficientes para sentir algo de vergüenza al comprobar que nosotros conocemos menos su poesía.

El nivel medio de las traducciones, ¿es bueno o mejorable?

Por bueno que sea (y yo creo que lo es), siempre resultará mejorable.

 ¿No hay pocos lectores de poesía en España? ¿Cómo cumplen su papel (además de con esfuerzo e ilusión) los editores? ¿Podrían sobrevivir sin el apoyo de la Administración?

Sin el apoyo de la Administración, parece que nada puede subsistir en este país, empezando por los partidos políticos. La poesía sí puede. Aunque desaparecieran todos los premios de poesía y todos los editores, seguiría escribiéndose poesía y seguiría encontrando la manera de llegar a los lectores.

¿Son precisamente los editores de poesía quienes mejor han perpetuado la belleza gráfica de la edición?

No conviene generalizar. Hay maravillosas ediciones de poesía, pero también otras que son un verdadero espanto (casi todas editadas por una Diputación, un Ayuntamiento o cualquier otro organismo público). Dejémoslo en que hay buenos y malos editores en cualquier género literario.

 ¿Hasta qué punto son reales las facciones, por así decirlo, en nuestra poesía actual (experiencia, silencio, etc.)? ¿Hay alguna posibilidad de entendimiento?

La vanidad de los poetas y la lucha por el escaso botín no permitirá que desaparezcan nunca los enfrentamientos entre poetas, más o menos disfrazados de rivalidades estéticas. No seré yo quien lo lamente. Es espectáculo que me divierte. Bastante más que la obra de buena parte de esos poetas que se pelean tan fieramente por un premio más o menos o por ocupar un lugar en una antología. Si los enfrentamientos entre poetas no existieran, habría que inventarlos. La poesía, ya se sabe, es otra cosa. Pero no se puede ser sublime a todas horas.