sábado, 14 de octubre de 2017

Octubre rojo. Tres periodistas en la revolución de Asturias



Tres periodistas en la revolución de Asturias
Manuel Chaves Nogales, José Díaz Fernández, Josep Pla
Prólogo de Jordi Amat
Libros del Asteroide. Barcelona, 2017.

Con un título engañoso, Tres periodistas en la revolución de Asturias, se reedita una obra de José Díaz Fernández, Octubre rojo en Asturias, complementada con las crónicas que Josep Pla y Manuel Chaves Nogales escribieron sobre la revolución del 34.
            Octubre rojo en Asturias no es una recopilación de artículos periodísticos, sino una recreación y una interpretación, a la manera de la que hizo con El blocao de la guerra de Marruecos. Nigel Dennis, en el prólogo a Prosas, una antología de la obra de Díaz Fernández, califica de “novela” ese libro, “curiosa mezcla de reportaje, reflexión crítica y recreación imaginativa”. Lo esencial es verdad, pero las anécdotas concretas no tienen por qué serlo, al modo de los Episodios nacionales galdosianos.
            El error en la edición –mezclar textos de intención muy distinta– se corresponde con los errores conceptuales que Jordi Amat manifiesta en el prólogo. No parece tener muy clara la diferencia entre periodismo y ficción basada en hechos reales; no ha reparado en algo tan evidente como que no todo lo que se publica en las publicaciones periódicas es periodismo: buena parte de la literatura ha encontrado su sitio antes en los periódicos o revistas que en los libros (y las investigaciones periodísticas extensas tienen su lugar de publicación adecuado en el volumen exento).
            La serie que poco antes de la revolución de octubre publicaba Chaves Nogales en el diario Ahora, que dirigía, no eran, al contrario de lo que indica Jordi Amat, artículos sobre un bailarín flamenco, sino los capítulos de una novela, El maestro Juan Martínez que estaba allí, una de sus obras mayores.
            El protagonista es real, y estaba en Rusia en el momento de la revolución, pero basta leer cualquiera de los capítulos para darnos cuenta de que no estamos ante un reportaje, sino ante una novela disfrazada de reportaje biográfico para atraer mejor la atención de los lectores (los autores de novela realista insisten siempre en “la verdad” de lo que cuentan, en que no han inventado nada).
            La distinción entre un artículo periodístico y el capítulo de una novela publicada por entregas queda muy clara cuando leemos “Los flamencos de París”, un reportaje publicado por Chaves Nogales en Estampa (18 marzo 1930). Trata de Juan Martínez, que dirige una academia de flamenco en Montmartre, y de Vicente Escudero. El prurito periodístico le lleva a puntualizar que las declaraciones del bailarín están recreadas: “Claro es que el maestro Juan Martínez no dice estas mismas palabras. Él habla a su modo, con sus imágenes castizas plagadas de galicismos; pero a lo largo de su charla internacional, que pondría los nervios de punta a un académico, yo sé que quiere decir eso, y lo traduzco así”.
            No acierta a distinguir Jordi Amat entre periodismo y literatura (dos géneros que juegan a confundir sus fronteras) ni tiene ideas muy claras sobre “el canon”, esa término, más que concepto, tan de moda. Para él, Chaves Nogales no gozaba de prestigio en su tiempo porque “el canon intelectual de la Edad de Plata” no tenía en cuenta “los géneros con los que él brillaba”. Pero desde Larra el articulismo gozaba de toda consideración y si él formaba parte de la historia de la literatura no era precisamente por su novela ni por sus obras de teatro; y buena parte de los libros a los que Azorín debía su prestigio –Los pueblos, Castilla, Al margen de los clásicos– estaban formados por colaboraciones periodísticas. Tampoco es cierto que el redescubrimiento de la obra de Chaves se deba a la reciente ampliación del canon “y a la pintoresca historia de ese Juan Martínez”. El rescate de Chaves Nogales obedeció, en un principio al menos, a razones políticas, al considerársele como un representante de la tercera España, marginado por las otras dos (Andrés Trapiello tuvo mucho que ver con ello).
            La impactante Otoño rojo en Asturias, que Díaz Fernández firmó con el pseudónimo de José Canel (un supuesto revolucionario que habría sido testigo de lo que cuenta), pero que pronto reconoció como suya ante los ataques del alcalde de Oviedo, quien –como Jordi Amat– no supo leerla como literatura y negó la verdad de ciertos detalles, merecía una reedición exenta (ya tuvo una en 1984, con prólogo de López de Abiada).
            Los artículos de Josep Pla y Chaves Nogales son otra cosa. Los del primero ilustran cómo el gobierno de Lerroux trató de aprovecharse de los acontecimientos para culpar a Azaña y echar por tierra toda la política progresista del bienio anterior. El conservador Pla, que representa al sector del catalanismo que pronto se pasaría con armas y bagajes al franquismo, aunque sabe muy bien la misión propagandista que le ha llevado a Asturias, no olvida su talante de periodista y procura dejar constancia de lo que ve, sin importarle que desmienta sus apriorismos ideológicos. “Se produjeron algunas acciones violentas contra sacerdotes”, nos dice. “Pero yo no he visto en ninguna parte el cúmulo de enormidades totalmente inventadas por los diarios de Madrid, como no he visto en la zona minera las escenas que ven ahora los corresponsales sensacionalistas –que son casi todos– y que han llegado a aquellos valles días después de haber salido los primeros periodistas que estuvimos en ellos”.
            De la revolución de Asturias, durante los primeros días, durante los primeros meses, se contó lo que el gobierno quiso que se contara. Tardó en saberse la verdad de la represión.
            Los periodistas desplazados a Asturias sabían de sobra lo que el gobierno que los autorizaba y el público que los leía esperaba de ellos (demonizar a los revolucionario, justificar detenciones, torturas, fusilamientos), pero eran periodistas y no podían convertirse en meros propagandistas. “Las cosas en su punto”, comienza un artículo Chaves Nogales: “No es verdad que en Sama los revolucionarios se comieran a un cura guisado con fabes; no es verdad que en Ciaño despanzurraran a la mujer de un guardia civil y le hundieran un tricornio en las entrañas; no es verdad que el cadáver de un guardia civil fuese expuesto en el escaparate de una carnicería con el letrero de Se vende carne de cerdo…”. Esas cosas se decían entonces, esas cosas creía mucha buena gente (y todavía hay en Oviedo quien las sigue creyendo).
            El periodista cuenta lo que ve o lo que le cuentan las fuentes contrastadas; si añade elementos de ficción ya no hace periodismo, aunque siga publicando en los periódicos, sino literatura. Pero la verdad que inventa la literatura puede resultar más verdadera que la anotación notarial del periodista.

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