sábado, 21 de octubre de 2017

Revoltijo de maravillas


Cómo enseñar a leer en clase
Miguel Díez R.
Reino de Cordelia. Madrid, 2017.

Ni el título ni el subtítulo le hacen justicia a este nutrido volumen a la vez descacharrado y fascinante. Cómo enseñar a leer en clase parece anunciar un libro de texto, un manual didáctico. “La memorias de un viejo profesor”, tal es el subtítulo, ocupan apenas las primeras páginas y casi se limitan a las jeremiadas habituales sobre el desastre de la educación actual en contraste con los buenos viejos tiempos. Los culpables ya los sabemos: por una lado, las nuevas tecnologías; por otro, los “pseudopedagogos de laboratorio y los expertos teóricos de turno del ministerio correspondiente”.
            Nada nuevo por ese lado: los prescindibles y habituales desahogos. Pero la mayor parte del volumen –más de quinientas páginas– va por otro lado: es una espléndida, heterogénea, inagotable antología de la literatura universal.
            Al tratarse de un libro de apariencia didáctica, y de textos breves, el autor no parece haber tenido que pasar por el enojoso trámite de pedir derechos y ello le permite ofrecernos juntos a docenas y docenas de autores que nunca habíamos visto reunidos.
            Las letras de Luis Eduardo Aute y de Joaquín Sabina, de Bod Dylan o de Joan Báez, alternan con la lírica tradicional española, con Ángela Figuera, Emily Dickinson o con los romances populares; los poetas bien conocidos con otros poco frecuentados. Y como propina muy a menudo van acompañados de breves comentarios de Paz Díez Taboada, colaboradora habitual de Miguel Díez. Se trata de lúcidas anotaciones más dirigidas al borgiano lector hedónico que al estudiante.
            La narrativa constituye el otro núcleo de este peculiar vademécum. Como en el caso de la poesía, los relatos bien conocidos alternan con otros que más de uno leerá por primera vez y que no olvidará nunca. El orden nada tiene que ver con los habituales capítulos de la historia literaria: en pocas ocasiones podemos pasar de Ray Bradbury a Juan Rulfo, de Juan José Millás a Stephen King, de Max Aub a Frederic Brown.
            Decía que este volumen resultaba descacharrado y fascinante. El segundo calificativo está claro: abierto al azar resulta difícil que no nos encontremos con una pequeña obra maestra. Más que las memorias de un quejumbroso profesor, Cómo enseñar a leer en clase son las memorias de un minucioso lector que rara vez se equivoca a la hora de seleccionar el texto más adecuado para sorprendernos y emocionarnos.
            Vayamos ahora al primero de esos adjetivos. Lo descacharrado del volumen tiene mucho que ver con su origen: un blog en el que los materiales se van amontonando sin una estructura de conjunto. Al pasar al libro impreso, ni el autor ni el editor, desbordados por la riqueza del material, han sabido darle la estructura adecuada.
            El índice no puede ser más incompleto. Podríamos decir que carece de índice porque lo que recibe ese nombre no es más que un desganado sumario (“Letras de canciones y otros textos”, “Poesía lírica”, “Narrativa”), sin indicarse en ninguna parte el nombre de los autores –más de un centenar– antologados. Dar con ellos es obra del azar; volver a encontrar un texto que nos sorprendió, si no tuvimos la precaución de apuntar la página, casi un milagro. Incluso a veces da la impresión de ser un libro mágico con poemas o cuentos que aparecen o desaparecen en cada nueva lectura.
            Los poemas y relatos escritos en otras lenguas aparecen siempre en español sin indicación del traductor, salvo en algunos pocos casos. Luis Alberto de Cuenca traduce “Esperando a los bárbaros”, pero no sabemos quién traduce los otros poemas de Cavafis incluidos. Paz Díez Taboada nos ofrece una espléndida versión de la “Oda a Leucónoe”, de Horacio (la del “carpe diem”), ¿pero de quién son las otras versiones de Horacio?
            Podría pensarse que, si no se indica otra cosa, el traductor es el propio autor del libro. Más que dudoso resulta, sin embargo, que conozca la decena de lenguas de las que proceden los textos.
            Hay además algún lapsus poco disculpable en un viejo profesor: llama soneto a un poema de Gerardo Diego, que ya a primera vista se ve que no lo es (doce versos de distinta medida con solo alguna rima irregular); la lista final de “novelas clásicas en un sentido amplio y muchas buenas novelas juveniles” está encabezada por Flor de leyendas, de Alejandro Casona, que poco tiene de novela, ni clásica ni juvenil.
            Lo imperfecto también tiene su encanto. Y a Miguel Díez R. le perdonamos todo. Incluso que de pronto le dedique un capítulo entero a la poesía de Paz Diez Taboada, su mujer y habitual colaboradora; son poemas difíciles de encontrar y que nos agrada conocer.
            Un libro para tener siempre al lado, para abrir por cualquier página; un libro en el que resulta difícil encontrar lo que buscamos, pero muy fácil dar con maravillas que no buscábamos y que ni siquiera sabíamos que existían.

            

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