jueves, 30 de julio de 2026

La verdad de las mentiras

 

Georges Minois
Historia del infierno
Traducción de Susana Prieto Mori
Siruela. Madrid, 2026.

¿Puede ser ameno e instructivo un paseo por el infierno? Si quien nos lleva de la mano es un erudito como Georges Minois, seguro que sí. Su Historia del infierno se publicó por primera vez a finales del siglo pasado, pero no ha perdido actualidad. Poco hay que añadir a lo que dijo entonces: los infiernos reales se han seguido metamorfoseando y los religiosos continúan pasados de moda, convertidos en un tema incómodo que solo sectas minoritarias y apocalípticas sacan a relucir.

            El infierno, tal como hoy lo entendemos, tal como ha pasado a la cultura popular, es un invento del medievo. Cierto que está presente en todas las religiones, pero en la mayoría de ellas tiene un carácter muy distinto. Es el reino de los muertos al que desciende Orfeo para rescatar a Eurídice o Eneas para visitar a su padre Anquises, como contó Virgilio en la Eneida. En el reino de los muertos, infierno y paraíso andan entremezclados.

            El infierno, como tema pictórico y literario, siempre dio mucho más juego que el paraíso. Las delicias de los bienaventurados o son demasiado sosas –el eterno disfrute de la presencia de Dios-- o rozan lo pecaminoso, como ocurre con las huríes del profeta. Las pinturas y los bajorrelieves de las catedrales medievales, los sermones que narran las penas de los condenados –todo un género literario-- pueden considerarse como un antecedente del cine gore. Para San Vicente de Paúl, el infierno, en el centro de la tierra, es una “cloaca de azufre y alquitrán donde se sitúan todas las inmundicias del globo”. Allí, “ruedas, cuchillas, ganchos, parrillas, braseros calderas hirvientes, calderas hirvientes”; allí, “las bestias más groseras se arrojan sobre vosotros con imprecaciones y lúgubres chillidos”; allí, “se comen sapos y serpientes carne podrida”.

Pero, por mucha imaginación que pongan los predicadores, las penas del infierno acaban pareciéndose demasiado a las penas de este mundo, incluidas las torturas de la inquisición. Había que reforzarlas y esa fue la función de la eternidad. Los sufrimientos de esta vida pueden ser infernales, pero acaban, por terribles que sean, con la muerte. Los castigos del infierno, por el contrario, son infinitos. “Allí transcurren decenas, veintenas, centenas, millares, millones, centenas de millones, millardos de millardos de años, y luego vuelta a empezar”, afirma el jesuita Pierre Coton. Resulta curioso asistir a los sutiles razonamientos de los teólogos para hacer compatible la eternidad de la pena con la misericordia de Dios. La racionalidad de la escolástica se pone al servicio de la barbarie, como Heidegger al del nazismo.

            Las religiones hablan de otro mundo, pero el mundo que les interesa es este. El miedo al infierno ayudaba al control social. Mucho más útil, sin embargo, para los intereses eclesiásticos resultó el invento, por decirlo así, del purgatorio, una región intermedia de la que se habla poco o nada en el Antiguo o en el Nuevo Testamento. El purgatorio trajo tanta, o más, riquezas a la iglesia como el descubrimiento de América a Castilla y Portugal. Si los difuntos están en el infierno, nada se puede hacer por ellos; pero si están en el purgatorio, podemos ayudar a que salgan de allí con nuestros rezos y limosnas. Cuando no existían las inversiones en bolsa ni los bonos basura, la venta de indulgencias financió la vida suntuaria de los príncipes de la iglesia y la construcción del Vaticano. Luego llegó Lutero y mandó parar. Pero esa es otra historia.

Raoul Ardent, en el siglo XII, explicó el procedimiento: “Quienes están totalmente condenados no merecen disfrutar de tales beneficios. Pero nosotros, hermano, que ignoramos quién lo necesita y quién no, a quién puede aprovechar y a quién no, para todos, incluso para aquellos sobre quiénes no tenemos la certeza, debemos ofrecer oraciones, limosnas, misas”. Sean o no provechosas para aquellos a los que van destinadas, en todo caso son “una especie de consuelo para los vivos”. Y concluye: “Quien reza para los demás trabaja para sí mismo”. Las religiones solo pueden ser un negocio para unos pocos cuando resultan útiles a muchos, aunque su beneficio tenga que ver con el efecto placebo.

            Lo que nos enseña esta Historia del infierno es que hay otros mundos, pero están en este. Las dificultades para distinguir la verdad de la mentira no son ninguna novedad. Siempre han sido borrosos sus límites. Aquello que creemos verdad puede no serlo, pero actúa como tal mientras lo creemos así. Basta con que un grupo crea que algo es real para se imponga con la misma fuerza de la realidad. Las verdades de la fe, que no pueden ser desmentidas por ninguna evidencia, son por definición siempre verdaderas para los que creen en ellas. Por eso todas las religiones son falsas y todas son. para sus fieles, la religión verdadera.

            La fake news del infierno siempre tuvo ilustres contradictories. Las dudas sobre la otra vida ya están en el Eclesiastés: “Un perro vivo vale más que un león muerto. / Pues los vivos saben que han de morir, / pero los muertos no saben nada; / para ellos no hay retribución, / puesto que su recuerdo se ha olvidado. / Sus amores, sus odios, sus celos ya han perecido;/ nunca volverán a tomar parte / en lo que sucede bajo el sol”.

            También entre las clases populares, a la que se pretendía aterrar, hubo escépticos. Blas de Otero lo ejemplifica en uno de los poemas de Que trata de España: “Recuerdo que una tarde, / en la estación de Almadén, una anciana / sentenció, despacio: ‘Sí, sí; pero el cielo y el infierno / está aquí’. Y lo clavó / con esa ene que faltaba”

           

1 comentario:

  1. También el apacible budismo cayó en este deplorable vicio de los infiernos, que una vez asimilados ves en todas partes: «La gran oruga… / fue a caer al infierno / de las hormigas.» 大毛虫 蟻の地獄に おちにけり o «En este mundo / sobre el infierno... / viendo las flores.» 世の中は地獄の上の花見哉 (Issa) Yo tuve la fortuna de ser de una de las primeras generaciones a las que no se le describió nunca... y para mí el infierno es el de Homero y mi adolescencia... Por cierto, hoy en ochoislas.tumblr.com un capítulo de las memorables memorias del 'enfant terrible' François Augiéras, cuyo proyecto de publicación varios editores han ignorado (¿ignorado...?, quizá en no largo plazo aparezcan encomendadas a algún incapaz de su corrillo, es procedimiento habitual: en el fementido campo de Agramante de nuestras letras ya no va a haber que registrar sólo los textos, sino también los proyectos, las propuestas y hasta las menciones de pasada, porque de todo cogen cabo y no paran de tirar los chalanes de lo cultureta. Otro infierno.)

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