lunes, 16 de mayo de 2022

Genialidad y disparate

 

Escritores españoles en París
José Esteban
Reino de Cordelia. Madrid, 2022.

Hubo un tiempo en que París fue la capital de la literatura española. Ocurrió muy llamativamente en el llamado fin de siglo, en el paso del XIX al XX, pero no solo. En esos años viajar a Paris, empaparse de París, era la primera asignatura que tenía que cumplir quien quería seguir la carrera literaria. Y el introductor de embajadores era Enrique Gómez Carrillo, un joven guatemalteco que llegó a ser más parisino que los propios parisinos. En ese tiempo, las crónicas de París constituían una sección que no podía faltar en ningún periódico.

            Pero la fascinación por París comenzó mucho antes, en el afrancesado —nunca mejor dicho— siglo XVIII y duró hasta bien avanzado el siglo XX, no solo para los escritores españoles, también —y quizá con mayor intensidad— para los latinoamericanos. Sin París no se entiende Rubén Darío, pero tampoco Julio Cortázar.

            No es José Esteban el primero que se ocupa de esa relación, pero su libro Escritores españoles en París quiere ser el más abarcador. Comienza con Ignacio de Luzán, famoso por su poética neoclásica, y termina con el poco conocido Lorenzo Varela, uno de los exiliados de la guerra civil.

            José Esteban, que nació en 1935, que ha sido editor, que ha publicado cerca de cien títulos de la más variada temática (entre ellos un Breviario del cocido y un Refranero anticlerical), que conoce como nadie a las figuras mayores y, sobre todo, a las menores de la llamada Edad de Plata, es un erudito que no tiene nada de académico, ni en lo bueno ni en lo malo.

            Escritores españoles en París resulta así un libro un tanto descacharrado que repite párrafos, que equivoca fechas, que no sigue idéntico criterio para todos los autores: de unos nos ofrece una semblanza y de otros se limita a reproducir algún texto relacionado con París. Al principio, nos irrita un poco este desarreglo, pero no tardamos en perdonárselo. Ocurre con José Esteban lo que con el último Baroja, el de los tomos de memorias y los libros escritos precisamente en París, como Paseos de un solitario, en los que repetía anécdotas, se enredaba con la sintaxis y juntaba y rejuntaba viejos papeles. No tardábamos en perdonárselo porque nunca le faltaba esa cualidad que —lo decía Borges a propósito de Stevenson— hace prescindible todas las demás: el encanto. A José Esteban no le pedimos precisiones bibliográficas (fáciles de encontrar, por otra parte), sino que nos llame la atención sobre autores olvidados y artículos perdidos en la selva selvaggia —a pesar de la digitalización—  de las hemerotecas.

            Aunque el volumen incluye hermosas páginas dedicadas a la capital de Francia que fue, y sigue siendo, una de las capitales del mundo, no es el valor literario de los textos que antologa lo que más destaca, sino el sociológico. En un principio, lo que más llamaba la atención de los españoles en París, era algo tan trivial, desde nuestro punto de vista, como el que en las tiendas hubiera vendedoras. “Esta utilidad o llámese explotación del trabajo mujeril —escribe Mesonero Romanos—  es uno de los extremos en que las costumbres francesas se apartan notablemente de las nuestras. La galantería y la susceptibilidad española no suelen avenirse bien con la idea de hacer de la mujer un compañero en el trabajo, y menos aún la de servirse de su atractivo como un medio de especulación”.

            Mesonero Romanos escribía en 1840. Más de un siglo después, cuando Buñuel dicta Mi último suspiro no tiene inconveniente en contar como una hazaña de sus años en París el utilizar el clorhidrato de yohimbina, un afrodisíaco que añadían discretamente al champaña, para vencer las resistencia de las chicas que se resistían a sus encantos.

            Unamuno fue uno de los pocos escritores que supo resistirse a la fascinación de París. Primo de Rivera le desterró a Fuerteventura y un barco francés, financiado por el diario Le Quotidien que quería convertirlo en colaborar exclusivo, le llevó a París. Coincidió allí con Blasco Ibáñez, el otro gran opositor a la dictadura, y asistieron juntos a algunas tertulias, aunque eran caracteres incompatibles. Bien conocida es la anécdota en que, asomados los dos a un gran balcón sobre los Campos Elíseos, el autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis le dijo: “¿Qué puede echarse de menos en este lugar del mundo?”. “¡Gredos!”, respondió Unamuno, como podía haber dicho la carretera de Zamora, “soñadero feliz de mi costumbre”.

            Algunos de los textos que incluye José Esteban son bien conocidos, pero no nos importa volver a releerlos, como el magnífico retrato que Julio Camba hace de Alejandro Sawa, el Max Estrella valleinclanesco, la más clara víctima del hechizo de París, o sus precisiones gastronómicas: “Inglaterra es un pueblo que come lo que necesita. Francia es un pueblo que come lo que no necesita. España es un pueblo que no come lo que necesita. Inglaterra está ágil. Francia está gorda. España está en los huesos”.

            Era otra época. No se ha inventado máquina mejor de viajar en el tiempo que la literatura. Ni más amena novela, si se sabe contar, que la historia de la literatura y las vidas de los que la han hecho posible, tragicomedia donde toda genialidad y todo disparate tienen su asiento.

jueves, 12 de mayo de 2022

Una ciudad, mil historias

 

Memoria de Biarritz
Fernando Castillo
Confluencias Editorial. Almería, 2022.
 

La ciudades, como las personas, tienen su historia pública y su historia privada, su cara luminosa y sus puntos oscuros. De Biarritz, tan cercana a España física y emocionalmente, creemos saberlo todo, desde su origen como pueblo de pescadores hasta su conversión en selecto lugar de veraneo gracias al emperador Napoleón III y a su mujer, Eugenia de Montijo. Fernando Castillo nos muestra, con ágil prosa y precisa erudición, que hay algo más, mucho más. Su libro Memoria de Biarritz es también una memoria personal. Así comienza: “Desde que era pequeño, muchos años antes de que conociese la ciudad, no solo escuché con alguna frecuencia el nombre de Biarritz, sino que también supe cómo eran sus calles y pude imaginarme cómo era su mundo. En las conversaciones entre mi abuela y mis dos tías en la casa de la Plaza de Oriente, de vez en cuando surgía el nombre de la ciudad francesa, aunque tan relacionado con San Sebastián que se diría era un barrio más o una parte del extrarradio”.

            Fernando Castillo es un historiador que siente predilección por la historia cultural y también por los personajes oscuros, los intrigantes y los de dudosa moral. Le fascina el mundo de Patrick Modiano y ha dedicado varios libros al París de la ocupación. También se ha ocupado, con minucia e imparcialidad ejemplares, del Madrid de la guerra civil y ha inventariado a los héroes y a las bestias que pululaban entonces por sus calles. Ha biografiado a Hergé, el creador de las aventuras de uno de sus héroes, el incasable reportero Tintín, porque nada humano le es ajeno, y nos ha dejado memorables muestras de su amor a las ciudades. En la misma colección en que publicó Un cierto Tánger, nos ofrece ahora esta magistral semblanza de Biarritz, otra ciudad cosmopolita, de la que creíamos conocerlo todo y solo sabíamos la superficial información de las guías turísticas.

            Comenzando por el final, Fernando Castillo nos habla del “Biarritz del plomo”, de los años en que fue el escenario predilecto de grupos terroristas financiados por el Estado español. Antes se había referido a la alegría de la liberación que fue seguida por la depuración y sus brutalidades. Son hechos que tienen a olvidarse, como los primeros tiempos de la Francia ocupada, que en nada se parecen a los que vendría después. Josefina Carabias, en su poco conocido Los alemanes en Francia vistos por una española, ha dejado constancia de cómo muchos franceses “vieron en los alemanes unas fuerzas que llegaban a poner orden en una república que consideraban corrupta y caduca, y que en los primeros momentos quedaron deslumbrados por la actitud educada y correcta de los ocupantes. Era la época de los carteles que presentaban a un soldado alemán, sonriente y sin casco ni elementos militares, rodeado de niños también alegres”.

            Hay un Biarritz que no es el de la alta sociedad que toma el té en Miremont y organiza fiestas escandalosamente secretas en Villa Belza. Es el de los exiliados españoles, primero antirrepublicanos, que allí establecen su principal red de espionaje, luego republicanos. Fernando Castillo nos deja constancia de todo ese mundo y de los submundos que lo acompañan.

            Sabe hacer retratos al minuto de esos personajes ambiguos que tanto contribuyeron a la novela de Biarritz. Dedica un capítulo a Bolo Pachá, cuyo nombre verdadero era Paul Marie Bolo: “Se trataba de un golfo de buena familia marsellesa —un padre notario y un hermano obispo—, elegante y seductor, que había corrido lo suyo, sobre todo en América del Sur en negocios más oscuros que legales, incluido un matrimonio nunca anulado y un robo de joyas en Chile del que salió de mala manera”. No menos novelesca es la vida del financiero Alfred Loewenstein, desaparecido en extrañas circunstancias: “A última hora del 4 de julio de 1928, cuando en Biarritz ya había empezado la temporada alta y las playas —de Miramar a Marbella, pasando por la Grande Plage, la del Port Vieux, la de la Côte del Basques o la de Milady—  estaban repletas de bañistas y los salones de té repletos de ociosos, llegó la noticia. El millonario moderno que viajaba en su trimotor Fokker VII rodeado de secretarias, asesores y ayudantes, había desaparecido al atravesar el canal de la Mancha cuando viajaba de Londres a Bruselas”.

            La nobleza rusa escogió muy pronto a Biarritz como lugar de veraneo, y la iglesia ortodoxa que alza sus cúpulas en la Avenida de la Emperatriz, deja constancia de ello. Del gran duque Alexis, hermano del zar Alejandro III, nos habla Gómez Carrillo en su libro de 1906, La Rusia actual: “Su palacio de Biarritz es un castillo encantado en el cual durante semanas enteras las luces no se apagan, las músicas no enmudecen y el champaña no deja de correr en ondas alucinadoras. Un día tempestuoso, Alexis vio que un perro se echaba al agua y que salvaba a cuatro marineros. En el acto lo compró y desde entonces no se separa de él”. A partir de 1917, Biarritz se convertiría para muchos rusos blancos en lugar de exilio. Por allí anduvo —antes y después— el equívoco Félix Yusúpov, que formó parte del círculo de Gregori Rasputín y que participó en su asesinato.

            De todos los innumerables Biarritz que hay en Biarritz nos habla Fernando Castillo con la pasión que da el conocimiento. También de su itinerario sentimental, que comienza en la Place Clemenceau y termina contemplando la villa y la larga costa desde la explanada del faro. El último capitulo no deja de incurrir en la falacia que suele provocar la nostalgia: “Me atrevería a decir que hoy día Biarritz ya no existe. Al menos el Biarritz que ha aparecido por este libro así, entrevisto”. Se equivocaría si dijera tal cosa. Sigue existiendo Biarritz con sus villas secretas, su majestuoso Hôtel du Palais y sus surfistas, y quienes hoy lo visitan, quienes hoy lo habitan, están protagonizando nuevos capítulos que añadir a la historia interminable y fascinante que Fernando Castillo acaba de contarnos.

             

jueves, 5 de mayo de 2022

Ciudadano González

  

Querido Antonio: aquí, como siempre
Ángel González
Edición de Marina Gasparini Lagrange
Papeles Mínimos. Madrid, 2022.

Para la mayoría de los lectores y estudiosos de Ángel González resultará una sorpresa la aparición de un nuevo libro suyo de sugerente título: Querido Antonio: aquí, como siempre. Contiene su correspondencia con Antonio Navas Jiménez, hijo de un represaliado del franquismo, emigrado a Venezuela en 1959.

            Antonio Navas Jiménez no era escritor, pero sí un gran lector que gustaba de mantener correspondencia con los autores que admiraba. Y ayudarles en lo que podía desde la entonces rica y libre Venezuela. No sabemos cómo entró en contacto con Ángel González. En la primera carta, de 1968, comienza el poeta agradeciéndole los libros que ha recibido y solicitándole dos “que aquí no han llegado y —por lo que parece— van a tardar en llegar”: La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar, y Cambio de piel, de Carlos Fuentes. Él a cambio le envía un libro de Goytisolo y otro de Valente. “Ya que pienso que la poesía le interesa”, escribe, lo que indica que entonces apenas se conocían.

            Durante los diez años siguientes, sigue el intercambio de libros, discos y revistas, a la vez que la correspondencia se va haciendo más personal. La carta del 22 de julio de 1969 comienza así: “¡Cuánto tiempo sin escribirte! Ahora, mi pereza habitual se vio complicada con la peor noticia que he recibido en mi vida: la muerte de mi madre, ocurrida el pasado día 12, de la que me enteré por teléfono, cuando menos lo esperaba. El corazón le falló de una manera imprevista y fulminante. Tú la conociste y puedes imaginarte lo que significaba para mí”.

            Pero no abundan los desahogos personales de carácter íntimo. En esa misma carta —tras agradecerle los discos de jazz que ha recibido y comunicarle el envío de un número de Cuadernos para el diálogo y otro de Ínsula— pasa a hablar de la situación política, que es el otro leit motiv de esta correspondencia: “Como ya sabrás, mañana ‘coronan’ a don Juanito. Todo sucede ante la indiferencia popular, cuya atención está más pendiente de la vuelta ciclista a Francia que de otra cosa. ¡Qué país!”. Ese don Juanito —al contrario de lo que se indica en el índice onomástico final— es Juan Carlos de Borbón, proclamado por esas fechas príncipe de España y sucesor del Generalísimo, no su padre.

            Comparte Ángel González con su corresponsal la exasperación ante la prolongación de una dictadura que parecía no iba a acabar nunca. Desde Albuquerque, Nuevo México, le escribe el 25 de octubre de 1974: “De España no sé nada. Ayer mandé una suscripción a Triunfo, porque no se puede vivir en tal indigencia de noticias de nuestro país. Cuando estuve allí, parecía que iba a presenciar el entierro del anciano general. Pero el hijo de puta se recuperó, según parece, y otra vez está al frente de los destinos patrios. ¡Increíble!”

            Esa exasperación explica ciertas bromas sobre ETA (p. 112) y el FRAP (p, 134) que hoy no se pueden repetir sin causar un farisaico escándalo y ocasionar algún denuesto a la figura del poeta. También muy de otro tiempo son los garabatos de mujeres desnudas, y los textos que los acompañan, que Ángel González envió a su amigo y que se incluyen en esta correspondencia. El gran poeta parece en ellos un españolito más de los que protagonizan las películas de Mariano Ozores o Alfredo Landa.

            Más que literario, el interés de esta correspondencia es sociológico y biográfico. Aporta muchos datos sobre la estancia del poeta en Estados Unidos, sobre sus dificultades para obtener un puesto permanente en una universidad americana y sobre sus trabajos de crítica literaria. También explicita que era lo que aspiraba a conseguir, y al fin consiguió. En diciembre de 1976, escribe: “Acaban de concederme el tenure (o permanencia) en la universidad: falta solo la decisión del presidente, pero no habrá problema. Con eso espero realizar mi sueño dorado: trabajar solo cuatro meses aquí y pasarme el resto entre Latinoamérica y España”.

            No se explaya demasiado Ángel González en los asuntos más personales. “Ya está conmigo Shirley”, le escribe en enero de 1973, y el primero de mayo siguiente: “Como sabrás por nuestros amigos comunes, ya me casé”. La correspondencia aporta nuevas pruebas para lo que ya sabíamos: que los primeros trabajos de Shirley Mangini —el excelente libro sobre Gil de Biedma publicado en 1980— son en buena parte obra de Ángel González: “Tenía que haber entregado la conferencia escrita hace más de quince días, pero no la terminé hasta ayer. Trabajé duro, sin levantar cabeza; porque, además, estoy metido también en la corrección de la tesis de mi mujer, que tiene que entregar dentro de un mes —y también es una tarea dura”. De hecho, cuando algún capítulo del Gil de Biedma se anticipó en la revista Prohemio aparecía firmado conjuntamente por Shirley Mangini y por Ángel González.

            Ayuda este epistolario (que contiene abundantes fotografías inéditas del poeta, además de los facsímiles de las cartas) a un mejor conocimiento del ciudadano Ángel González, a la vez que vierte luz sobre otro español ejemplar, Antonio Navas Jiménez, pero resulta prescindible para quienes solo se interesan por la poesía del autor de Palabra sobre palabra.

jueves, 28 de abril de 2022

El drama universal

  

El delito mayor
Francisco Alba
Trabe. Oviedo, 2022.

Hay libros que nos cortan el aliento. El delito mayor, de Francisco Alba, es uno de ellos. El título remite a Calderón: “porque el delito mayor / del hombre es haber nacido”. Pocas veces se ha expresado una visión tan desoladora de la existencia humana, aunque de Schopenhauer a Cioran haya tantos ejemplos anteriores. Y se hace, no de una manera abstracta, con grandes palabras, sino con elementos muy concretos y casi costumbristas, con mezcla constante de los varios registros del lenguaje, incurriendo a menudo en el humor negro y el sarcasmo.

            Apenas se deja un momento de respiro al lector. El libro ha de irse leyendo poco a poco, saliendo a respirar aire libre, o más placenteras lecturas, entre un poema y otro. Abundan las referencias culturales tanto como las experienciales, Hegel alterna con Josefa la vieyina, Trubia con Vladivostok. “Apocalipsis barato” se titula uno de los poemas y un ambiente apocalíptico, de fin del mundo, caracteriza a muchos de ellos. El texto inicial,  “Principios de economía política”, termina con estos versos definitorios: “De la civilización terrestre, ¿qué diremos? / Que dejará residuos nucleares y un vibrador de látex”.

             Frente al decir desparramado, hiriente, sorprendente, de la mayoría de los poemas sorprende la concisión de unos pocos, como “Mare serenitatis”, que reduce la historia de la Tierra a tres momentos: “Día primero: / la luz de la estrella / la playa desierta / solo agua y arena. // Día segundo: / tú que ahora mismo / estás leyendo esto / Complicación inútil. // Día tercero: / La luz de la estrella / Los mares desbocados / Ningún latido. Rocas”.

            Desnudo lirismo hay en “Fugaz estela”, que habla de un amor que existió desde el principio del mundo: “Te conocí mucho antes de nacer / no dejamos ni huella en el sendero / —no había soledad, no había sendero— / No había ni extensión ni temporalidad”. Y la poesía de la aventura, la nostalgia de los grandes viajes del tiempo de los exploradores, asoma en “Barco ruso en el puerto de Avilés”: “Ese buque en el muelle / es tan hermoso / como el signo duro / de la lengua rusa. / En la amura está escrito  / su nombre en ruso: Tierra del Norte. / Tiene (lo estoy viendo todavía) esa quietud tan rusa / de las cosas que mueren / lentamente / que regresan despacio / disgregándose / al mar de lo indistinto, al más profundo / seno de la materia”.

            Gusta Francisco Alba de entremezclar en sus versos algún conocido verso ajeno. “Canción prenatal” comienza remitiendo a César Vallejo (uno de sus maestros) y entremezclando la desolación existencial con la crítica de la sociedad contemporánea: “Considerando en frío imparcialmente / a la mujer encinta / ¿Veis a ese cuerpo en posición fetal? / ¡Hola, criatura, cómo estás! / Dime en qué barrio vive tu mamá / y yo te contaré tu porvenir”. Los versos finales juegan, como todo el libro, con el dictum de Sófocles (“No haber nacido es lo mejor que le puede ocurrir al hombre”): “El precipicio es el nacimiento. / En este mundo de francotiradores / a punto estás de hacer una locura / Asomar la cabeza”.

            En el poema siguiente, las “corrientes aguas, puras, cristalinas” de Garcilaso se utilizan “para refrigerar el núcleo del reactor”. Pero las referencias culturales de Francisco Alba van más allá de las habituales lecturas poéticas: las alusiones a la ciencia y a la filosofía, a menudo sarcásticas, son constantes. “Only gentuza” descalifica ya desde el título a los científicos del siglo XX: “Fueron cayendo uno a uno / en ciudades ardiendo o al otro lado del océano / los alucinantes sabios de Brecht / Demócrito y Arquímedes les miran / con asombro desde la nada trágica / La materia se ahoga en el mar de Dirac”.

            Un libro de tonos muy diversos y lleno de sorpresas expresivas El delito mayor, en el que la caótica puntuación, que no dificulta la inteligibilidad, acentúa la sensación de desorden que el autor quiere transmitir.

            Uno de los más extensos poemas del libro, “Pravda querida”, describe, con muchos nombres propios, con precisión extrema, un mundo rural ya desaparecido y que no se parecía en nada al idílico que la nostalgia nos quiere mostrar. “Ancha es Manchuria” —otro juego de palabras— se aproxima a la prosa y al collage periodístico para dar su versión propia de un viejo tópico: la amenaza China.

            En el centro del volumen, dos poemas, “Carmen” y “Unfallstelle” (podría traducirse como “el lugar del crimen”), aluden a un acontecimiento trágico en la vida del autor que ejemplifica como ningún otro lo que de absurdo hay en la existencia humana: “A pocos metros de donde tú caíste / hay un tumulto de terrazas donde el vulgo habla de la peste / y carteles que invitan a tomarse / el primer café del día con una sonrisa / Los vecinos de este edificio decoran en Navidad sus ventanas / Que sepan que viven dentro de un patíbulo”.

            Sorprende siempre Francisco Alba, desasosiega, inquieta, nos hace sonreír a veces para helarnos enseguida la sonrisa en los labios. Con hojas dispersas de la enciclopedia, con materiales de desecho, con basura sideral construye un monumento a “la desnudez total de nuestra nada”, como un Leopardi que hubiera leído a Eliot y conociera los programas basura de la televisión, telediarios incluidos.

           

miércoles, 20 de abril de 2022

Cómo no leer a Galdós

 

La mirada quieta (de Pérez Galdós)
Mario Vargas Llosa
Alfaguara. Madrid, 2022.

Sorprende que un libro dedicado a Benito Pérez Galdós comience con esta rotunda afirmación. “Tengo a Javier Cercas por uno de los mayores escritores de nuestra lengua”. Al protagonista del libro, en cambio, se le regatean todos los méritos: escribe mal con bastante frecuencia, le sobran páginas, apenas corrige lo que escribe, publica la primera versión de sus novelas cuando debía haber publicado la cuarta o la quinta, no aprendió la lección de Flaubert sobre el narrador omnisciente e invisible y por eso fue, ya en su tiempo, un novelista anticuado.

            A Vargas Llosa no le gusta Galdós, aunque haya dedicado largos meses a leer su obra por entero. Tampoco le gusta Proust y, sin complejo alguno, así lo declara en la misma página en que confiesa su fervor por Cercas: “Confieso que lo he leído a remolones; me costó trabajo terminar En busca del tiempo perdido, obra interminable, y lo hice a duras penas, disgustado por sus larguísimas frases, la frivolidad de su autor, su mundo pequeñito y egoísta, y, sobre todo, sus paredes de corcho, construidas para no distraerse oyendo los ruidos del mundo, que a mí me gustan tanto”.

            Para gustos se hicieron autores y no vamos a discutir los de Vargas Llosa. Lo malo es cuando intenta razonarlos y hacer crítica literaria. Subraya, como mérito mayor de Cercas, que es un valiente: “Quiere su tierra catalana, vive en ella y, cuando escribe artículos políticos criticando la demagogia independentista, es convincente e inobjetable”.

            A Galdós, en cambio, desde ese punto de vista se le pueden hacer múltiples objeciones: no comparte las ideas de Vargas Llosas sobre el liberalismo económico, la belleza y el arte de las corridas de toros, la utilidad de los usureros (un oficio que Vargas Llosa considera “condenado por la Biblia”). Incluso llega a escribir que el rechazo de los prestamistas es “una aberración histórica que, sin embargo, llegó a estar bien asentada en España, principalmente por culpa de las enseñanzas de la Iglesia. Ella impidió a este país desarrollar su economía, como hacían otras naciones europeas, menos prejuiciosas respecto al comercio y a la modernidad, más abiertas al progreso que el pueblo español”.

            El panfleto político se entremezcla en La mirada quieta con la crítica valorativa.. Abundan los juicios despectivos sobre las obras de Galdós: las novelas sobre Torquemada “están escritas apresuradamente y no valen gran cosa”; Gloria “cuenta una historia sin pies ni cabeza”; Miau “destaca más por sus defectos que por sus aciertos”. A pesar de todo, termina concediéndole que fue “un gran escritor”, sobre todo si se le compara con los escritores de su tiempo, un tiempo —el siglo XIX, el comienzo del siglo XX— en el que no hay en España grandes escritores, “con excepción de un Valle-Inclán o de un Azorín”.

            Para escribir su libro sobre Galdós, Vargas Llosa, que lo desconocía casi por entero (afirma solo haber leído Fortunata y Jacinta en su juventud), decidió leer pacientemente toda su obra completa, desde la primera página hasta la última, exceptuando solo los artículos periodísticos. Ese atracón explica en buena parte el rechazo. La literatura no se lee así: cada obra literaria requiere su momento y, a un autor de otro tiempo y de obra abundante, no resulta adecuado leerle completo y de un tirón. ¿Quién no acabaría odiando a Lope de Vega si leyera todas sus piezas teatrales una tras otra?

No distingue Vargas Llosa, al estudiar a Galdós, entre las obras de aprendizaje —La sombra, El audaz—, las novelas de la primera época —sus polémicas novelas de tesis— y las novelas contemporáneas, que son las que le ponen a la cabeza de los narradores de su tiempo. Tampoco diferencia entre las dos primeras series de los Episodios Nacionales —que pueden considerarse como una obra unitaria y así las consideró el autor— y las series posteriores, de muy distinta intención y estética. Unamuno señaló que la tercera serie, iniciada en 1898, estaba influida por su novela Paz en la guerra y su concepción de la intrahistoria (y por eso los grandes sucesos históricos ocupan a menudo un lugar secundario).

La misma aplicación que a las novelas dedica a las obras de teatro, que descalifica en su mayoría, pero no sin antes contarnos minuciosa y tediosamente su argumento.

            Los razonamientos literarios de Vargas Llosa son, cuando menos, peregrinos: “los guiones teatrales no sirven de gran cosa, salvo que tengan gran calidad literaria, como los de Shakespeare y Molière, y, entre los más modernos, los de Bertolt Brecht o Samuel Beckett, por citar a dos autores contradictorios, porque en ese estado se hallan inconclusos; su vocación natural es convertirse en espectáculos”. Por eso solo se ocupa “de las obras teatrales representadas de Benito Pérez Galdós y no de los guiones que nunca subieron a las tablas”. Aunque las obras teatrales de Galdós hace tiempo que no se representan, Vargas Llosa sorprendentemente habla de ellas como si estuvieran en cartelera: “Voluntad se deja ver, entretiene y hace pasar un buen rato a quienes se llegan a verla”.

            Vargas Llosa da con frecuencia la impresión de que no entiende lo que lee. La de Bringas, nos dice, “comienza con la bella descripción de un mausoleo que ha fabricado don Francisco Bringas”, quien se dedicaría a “fabricar cenotafios, a los que añade una buena ración de pelos como contribución personal”. No, lo que hace es representar con pelo de familiares difuntos, como estaba de moda entonces, una estampa sepulcral para regalar a una persona de su consideración.

            No se entera de que El doctor Centeno no es una novela “bastante descoyuntada”, sino episódica porque su protagonista, como el Lazarillo, es mozo de muchos amos. Se le escapa la referencia al Buscón en la primera parte y la relación de la segunda con La educación sentimental, de su admirado Flaubert. También el homenaje al Licenciado Vidriera, el uso del estilo indirecto libre (ya empleado en La desheredada) y que se anticipa a Henry James en narrar en tercera persona, pero con el punto de vista de un personaje (véase como se nos cuenta la seducción de Amparo, luego protagonista de Tormento, por Pedro Polo).

            Insiste mucho Vargas Llosa, desde el título del libro, en la “mirada quieta” de Galdós que inmoviliza la acción en una especie de sucesivas fotografías. Él mismo lo desmiente al referirse al recorrido que, en La fontana de oro, “hace Clara, de noche, por un Madrid proceloso y exaltado, lleno de pícaros y mendigos, donde nadie quiere darle la dirección que busca, y en la que incluso un curita fornicario trata de abusar de ella”. Jesús Munárriz titula —bien significativamente—“Traveling de la calle de Toledo” uno de los fragmentos seleccionados en Páginas magistrales, su selección de fragmentos que acreditan a Galdós, contra lo que quiere el tópico, como un maestro del estilo.

            Sería interminable una enumeración de los disparates de Vargas Llosa, sale a casi uno por página: a Emilia Pardo Bazán la llama “diablillo lujurioso”, a propósito de la utilización por Galdós del diálogo teatral en algún capítulo de sus novelas dice que “ya se utiliza en el Ulises”; insiste en que Galdós no es un renovador teatral, pero sí Jardiel Poncela (y dedica un párrafo a reivindicarlo); le reprocha el uso de los pronombres átonos pospuestos en lugar de antepuestos al verbo (“díjome” en lugar de “me dijo”), sin darse cuenta de que es un uso habitual en la época; le acusa de burlarse de los personajes por hacerles hablar en “jerga”, esto es, por tratar de reproducir su forma incorrecta de expresarse, algo propio de toda la narrativa naturalista y uno de los mayores logros de Galdós. Otros errores: incluye La razón de la sinrazón, que es la última novela de Galdós, entre sus obras teatrales, y se olvida de La loca de la casa. ¿Para qué seguir? Sería el cuento de nunca acabar. Más le habría valido a Vargas Llosa entretener sus ocios con la lectura completa y el estudio libro a libro de su admirado Javier Cercas. Y confiemos en que en un próximo ensayo no se dedique a ajustar cuentas con el “frívolo” Proust.

martes, 12 de abril de 2022

MIL Y UNA HISTORIAS

 

Ricardo Álamo
Plagiarios & Cía
Prólogo de Andrés Trapiello
Renacimiento. Sevilla, 2022.
 

Ricardo Álamo ha escrito un minucioso centón sobre el plagio y otras tradicionales fechorías literarias que, aunque redactado en forma de diccionario, no es propiamente un libro de consulta; puede leerse seguido o comenzar a leerse por cualquier página. Las mil y una anécdotas que en él se recopilan nos harán sonreír más de una vez y no nos aburrirán nunca.

            Se trata de una obra recopilatoria, de buhonero de las letras. Ricardo Álamo incorpora todo lo que tiene que ver con su tema —el subtítulo precisa: “Plagiarios, escritores fantasma, apócrifos, impostores, falsarios”—  sin el menor atisbo de espíritu crítico, sin apenas investigación por cuenta propia. Y en algunas ocasiones llega a extremos bastante sorprendentes. Un ejemplo: “Otro caso de incursión en la construcción de entrevistas que nunca se realizaron es el que apunta Juan Bonilla en las notas con que cierra su edición del Diario de mi sentimiento de Alberto Hidalgo, donde, a propósito de Gog (1931), la obra maestra de Giovanni Papini, afirma que el autor italiano se inventó una serie de entrevistas con grandes personajes de la talla de Henry Ford, Sigmund Freud, Gandhi o Lenin, entre otros”. ¿Necesitaba Antonio Álamo recurrir a la “autoridad” de Juan Bonilla para afirmar que Gog (como El libro negro) es una obra de ficción en la que un millonario entrevista a personajes famosos para criticar los desvaríos de la época? ¿Y qué tiene eso que ver con la falsificación de entrevistas? Una ficción no es una mentira.

            El término “plagio” se usa de diversas maneras: puede referirse a un delito determinado como tal jurídicamente, puede ser un insulto habitual entre escritores de las más diversas época o simplemente aludir a un rechazo de la adánica originalidad que buscaban las vanguardias. Cuando Víctor Botas termina el poema “Asuntos bizantinos” con el verso “cometo un plagio más / y tan a gusto”, es obvio que no está cometiendo ningún plagio, aunque incorpore un fragmento de Safo. De Ricardo Álamo esperaríamos una utilización del término plagio más precisa de la que se hace en el ámbito periodístico. Pero no hay tal: él llega a hablar de “autoplagio” cuando un autor titula un libro como tituló antes un folleto (caso de Marginados de Luis Antonio de Villena) o se refiere a Fray Luis de León como plagiario de Horacio.

            La misma imprecisión encontramos cuando se refiere a los autores fantasma o colaboradores, en diversos grados, de quien firma el texto. No es lo mismo cuando se trata de las memorias de un personaje famoso que de una novela o un libro de poemas. Hay una colaboración legítima que se indica a veces en la portada (en letra pequeña) y con frecuencia en los agradecimientos, y otra ilegítima, que es la que Ricardo Álamo debería limitarse a desvelar (a ser posible, basándose en algo más que en rumores como los que circularon a propósito de La gloria de don Ramiro de Enrique Larreta). Un libro como el suyo habría ganado mucho si se hubiera escrito en colaboración, con un director que tuviera claro los conceptos de los que trata y unos colaboradores dispuestos a investigar seriamente las supercherías literarias.

            Nada tienen que ver, por otra parte, quienes falsifican documentos para obtener un beneficio (la famosa “donación constantiniana”) con quienes juegan a escribir un poema “a la manera de”. Y no es un plagio incluir en un libro propio, indicando el autor, la versión de un poema ajeno que se siente especialmente afín, como hacen Miguel d’Ors y tantos otros poetas.

            Tampoco es un plagio, salvo en sentido metafórico, la imitación, el epigonismo: no plagian a Cernuda los poetas cernudianos ni a Lorca los poetas lorquianos. Otra cosa es el interés literario que puedan tener, mayor por lo general los primeros que los segundos (Lorca, salvo el Lorca quizá de Poeta en Nueva York) dejó pocos discípulos que merecieran la pena.

            Utilizando material ajeno en mayor o menor medida puede hacerse obra propia. Incluso utilizando solo material ajeno: es el caso del “Centón nupcial” de Ausonio que con versos de Virgilio construye una obra propia que nada tiene de virgiliana. Pero ese material ajeno, si no es de dominio público, debe utilizarse con permiso del propietario de los derechos y haciéndole partícipe, en la proporción correspondiente, de los beneficios. Para publicar una continuación del Quijote, como hizo Andrés Trapiello, no hace falta pedir permiso a nadie, pero sí para una nueva aventura de James Bond. Y en ninguno de los dos casos puede hablarse de plagio. Como no lo hay cuando un poeta cita el comienzo de La divina comedia o cuando Eliot llama a Pound, en la dedicatoria de La tierra baldía (no en la de un ejemplar que le regaló, como afirma Álamo) “il miglior fabbro.”

            Las citas, los homenajes, los versos ajenos incorporados a los propios no son plagio. Lo que importa, desde el punto de vista estético, es que el resultado sea una obra distinta y que tenga valor por sí misma.

            Ricardo Álamo copia las afirmaciones ajenas sobre plagios y cuestiones afines sin ponerlas en cuestión. Lo hace con las afirmaciones de Umbral a propósito de Las máscaras del héroe, novela de Juan  Manuel de Prada que repite episodios conocidos —como toda novela histórica—, pero con deslumbrante originalidad, o con las de Jaume Riera y Sans cuando, a propósito de Erasmo, afirma que quienes falsifican una obra de otra época padecen “alguna clase de tara mental”. Y en una fuente tan pintoresca como “librosparaentenderelmundo” (debe ser una página Web) apoya la siguiente afirmación: “Borges tiene un cuento espléndido titulado ‘Pierre Menard, autor del Quijote’ en el que plantea que es el plagiario el que hace consciente al autor del libro de la genialidad de su obra”. Basta leer el relato para darse cuenta —sin necesidad de apoyarse en fuente alguna— que lo que Borges plantea es que un mismo texto, según esté escrito en su siglo o en otro, dice cosas distintas porque las palabras han cambiado de significados o han añadido nuevos matices al significado de entonces.

            Se vanagloria el autor del prólogo, Andrés Trapiello, de que su nombre no figura entre los innumerables “plagiarios” que se enumera en este diccionario con propina (se añaden aforismos sobre el plagio y resúmenes de relatos que lo tienen como tema), pero eso es solo por olvido del recopilador: también, como Shelley, Carlyle, Valery y Borges, él ha afirmado que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir son fragmentos de un poema infinito y por eso tituló El mismo libro uno de sus libros.

            El plagio existe —habría que decirle a Ricardo Álamo—, pero no es plagio todo lo que reluce.

jueves, 7 de abril de 2022

La lección de Maquiavelo

 

El poder
Pedro Baños
Rosamerón. Barcelona, 2022.

¿Puede sernos útil en el complejo mundo de hoy un libro escrito a comienzos del siglo XVI ? ¿Nos enseñarán algo las alianzas y los conflictos entre aquellos pequeños estados de la Italia del renacimiento y los reinos de Francia y España? ¿Qué podemos aprender de la trágica peripecia de César Borgia o de aquel Oliverotto da Fermo que inspiró un memorable poema a Manuel Machado? Cuando Maquiavelo escribió El príncipe, se encontraba desterrado en San Casciano, tras el retorno al poder de los Medici. Se lo dedicó a Lorenzo II de Medici, a quien insta en el epílogo a convertirse en el unificador y liberador de Italia: “La ocasión que se presenta es demasiado excelente para dejarla escapar y ya ha llegado el momento de que Italia vea rotas sus cadenas. ¿Con qué muestras de alegría y admiración no recibirán a su libertador estas desgraciadas provincias que gimen desde hace tanto tiempo bajo el yugo de una dominación odiosa?”

            Aunque no se imprimió hasta 1532, ya muerto su autor, comenzó a divulgarse a poco de su escritura, en 1513, y de inmediato fue motivo de escándalo. La intención de Maquiavelo era hablar “de cómo las cosas son en realidad y no como el vulgo se las imagina”. Su nombre ha dado lugar a un adjetivo peyorativo, maquiavélico, y sus lúcidas reflexiones se han simplificado en “el fin justifica los medios”. Maquiavelo, por primera vez, nos habla de cómo conseguir el poder político, y cómo mantenerse en él, sin las veladuras éticas y cosméticas habituales. Trata de contar las cosas como son, no como las presenta la propaganda de cada una de las partes.

            Pedro Baños, militar en la reserva, discutido analista político, ha leído atentamente a Maquiavelo y nos ofrece el resultado de sus reflexiones en El poder.  Las acompaña de una reedición de El príncipe en traducción de Daniel Tubau. Una traducción, por cierto, en la que encontramos algunos errores de bulto. El capítulo XXI está dedicado a Fernando el Católico y comienza así en esta versión: “A Fernando VI, que hoy es rey de España, se le puede considerar como un nuevo príncipe, porque de simple rey de un Estado pequeño se ha convertido en el primer rey de la cristiandad”. Podemos pensar que lo de Fernando VI en lugar de Fernando V de Castilla (Fernando fue rey de Aragón y de Castilla, pero Isabel, en contra de lo que se cree, lo fue solo de Castilla) es una errata, pero en realidad se trata de un desafortunado arreglo. El capítulo comienza de la siguiente manera: “Ninguna cosa hace estimar tanto a un príncipe como las grandes empresas y el dar ejemplos fuera de lo común. Nosotros tenemos en nuestro tiempo a Fernando, rey de Aragón, actual rey de España. Se le puede considerar un príncipe nuevo porque de ser un rey débil ha llegado a ser por fama y por gloria el primer rey de la cristiandad”. Más adelante leemos en la versión de Tubau que “de una manera bárbara y cruel expulsó a los moros de sus Estados”. Pero Maquiavelo no habla de los moros, que serían expulsados por Felipe III, sino de los “Marrani”, que es el nombre que él da a los judíos. Ya la dedicatoria “al magnífico Lorenzo de Medicis” incluye una errata que lleva a confusión al lector, al hacerle pensar —como probablemente pensó el traductor— que va dirigida a Lorenzo el Magnífico, que había muerto en 1492 y al que por ello difícilmente se le podía animar a la unificación de Italia. El original está dedicado “al magnifico Lorenzo di Piero de’Medici”, esto es, a Lorenzo II.

            El descuido de esta nueva edición de El príncipe hace que leamos al mediático Pedro Baños —hoy en el ostracismo por haberse atrevido a matizar la versión oficial del conflicto entre Rusia y la OTAN— con ciertas prevenciones. Pero su resumen de las ideas de Maquiavelo resulta sensato, didáctico y muy ajustado a nuestro tiempo y a cualquier tiempo, aunque en ocasiones suene quizá a libro de autoayuda. “Saber qué se debe hacer no implica saber cómo hacerlo”, “Que la suerte te encuentre trabajando”, “Los privilegios deben corresponderse a los méritos”, “Las prisas son malas consejeras” titula alguna de las subdivisiones de los capítulos. Echamos en falta esos ejemplos concretos tan abundantes en Maquiavelo. Ejemplos de cómo tanto ayer como hoy mismo idénticos hechos son considerados disculpables “daños colaterales” si los comenten los de un bando (el nuestro) e imperdonables “crímenes de guerra” si son atribuidos al otro bando. Fácil resulta imaginar muy recientes casos de líderes que podrían ejemplificar el capitulillo “Nunca desperdicies una crisis grave”, en el que se glosa una oportuna cita de Maquiavelo: “A un príncipe le conviene buscar enemigos que le obliguen a salir de una peligrosa inercia y le den ocasiones para ser admirado y querido por sus súbditos, tanto los leales como los rebeldes”.

            Al final de cada capítulo, suele dedicar Pedro Baños unas líneas al “mundo virtual”, a los efectos de Internet en las relaciones políticas, y ahí suele dar muestras de una cierta ingenuidad: “Hoy no solo los vencedores escriben la historia. Una imagen de métodos atroces puede servir para desacreditar a los vencedores y perder el apoyo de la opinión pública. Por eso debemos luchar para conseguir una geopolítica humana, para que la opinión pública sea precisamente eso: más pública que nunca”.

            Hace falta algo más que una imagen para perder el apoyo de la opinión pública, hace falta que los medios de comunicación reiteren esa imagen en las portadas y la reproduzcan una y otra vez los noticiarios televisivos. Y nunca lo hacen con las imágenes que dañan a quienes los controlan en cada momento.  Siempre, en cualquier conflicto, la razón está de nuestra parte, y pobre del que se atreva a poner algún reparo y concederle, aunque solo sea parcialmente, alguna razón al “enemigo”. Pedro Baños sabe de ello, como lo sabe cualquiera que se atreva a llevar la contraria a la verdad oficial. Maquiavelo lo vio claro y por eso sigue tan vigente hoy como ayer.

jueves, 31 de marzo de 2022

La invención del amor

 

 

Los poemas de amor más antiguos del mundo
Eduardo Gris Romero
Pre-Textos. Valencia, 2022.

Al contrario que el sexo, que obedece a un impulso biológico, el amor es una construcción cultural. Pero si esto es así, sus comienzos no están ni en el amor cortés de los trovadores ni en el amor romántico, sino muchos siglos atrás, casi en el origen de la civilización, y no tuvo un origen, sino varios. Eduardo Gris Romero ha publicado una antología sorprendente, Los poemas de amor más antiguos del mundo, en la que reúne casi un centenar de poemas escritos entre el tercer milenio antes de Cristo y el siglo VI y que puede leerse como un libro unitario. Ayuda a ello el que la mayor parte de los textos sean anónimos y que incluso los que no lo son, los poemas y fragmentos de la lírica arcaica griega, aparezcan como tales, identificándose solo el autor en las notas. Pudiera pensarse que se trata, no propiamente de traducciones, sino de versiones personales, en ocasiones demasiado personales, pero no es así. El volumen tiene su origen en una tesis doctoral, el prólogo nos refiere de los pasos de la investigación, lleva la adecuada bibliografía y una “tabla de correspondencias” que nos remite a los originales en ediciones autorizadas. Obviamente, Eduardo Gris Romero no conoce todas las lengua en las que se escribieron unos poemas que proceden de Mesopotamia, Egipto, China, Grecia, Israel e India, pero ha tenido en cuenta las investigaciones de los especialistas y sus traducciones a otras lenguas, al inglés y al alemán principalmente.

En la poesía griega, no ofrece mucha diferencia con las versiones que conocemos. Rodríguez Adrados traduce en prosa los tres versos de un fragmento de Arquíloco: “Tal deseo de amor, envolviéndome el corazón, extendió sobre mis ojos una densa niebla, robándome del pecho mis tiernas entrañas”. Gris Romero lo hace en verso: “Tal ansia de amor me revolvió el corazón / y derramó sobre mis ojos sombra espesa, / arrancándome del pecho mis tiernas entrañas”. Su intervención es mayor en otros casos, como en la poesía china. La primera estrofa del poema 3 del Shin Ching Carmelo Elorduy la traduce así: “Recogiendo voy el cerastio. / Aún no he llenado la mitad inferior de mi cestita. / ¡Ah! Pienso siempre en mi hombre. / Voy a dejar mi cestita en la carretera de Chou”. Gris Romero simplifica: “Voy recolectando plantas, / pero no llenan mi cesta. / Suspiro por el amado / y la dejo en el camino”.

            Pero si los poemas se leen con agrado y en más de un caso nos emocionan como si hubieran sido escritos ahora mismo, las notas suscitan en más de un caso cierta perplejidad. El amante llama a la puerta de la amada en “El cantar de los cantares”: “Ábreme, mi amada, mi amiga, / paloma mía, preciosa, / pues mi cabeza está empapada de rocío, / mis cabellos del sereno de la noche”. Gris Romero escribe en su comentario: “Parece que en la poesía mesopotámica la cabeza es metáfora del pene, y esta imagen pudo pasar al mundo hebreo. La cabeza empapada de rocío aludiría a la excitación sexual del muchacho. La cuestión ya no sería entonces la llovizna nocturna, sino la necesidad de satisfacer su deseo”. Más adelante se lee que el amante introduce la mano por la abertura de la puerta y entonces se nos indica que “la mano es metáfora del pene en otros lugares de la Biblia”.

            El comentario que al final de cada poema, parafrasea el texto, añade generalmente un contenido sexual donde no aparece explícito, a menudo un tanto arbitrariamente, y observaciones personales no siempre muy pertinentes. “La imagen me parece de una comicidad irresistible” dice a propósito de uno de los ejemplos del Sattrasai: “Que la aldea haya ardido sin remedio, / a pesar de haber muchachos disponibles, / es culpa de tus pechos / agitándose en la confusión”. La presunta comicidad no es precisamente irresistible.

Por lo general estos poemas no necesitan ninguna aclaración, aunque hayan sido escritos hace siglos. De muchos nos han llegado solo fragmentos; de otros se nos ofrecen solo fragmentos, no sabemos bien por qué.

            Quien habla en la mayoría de ellos, como en las jarchas mozárabes, es una mujer. Puede sorprender este hecho, ya que hasta donde sabemos —Safo es la excepción—  durante siglos la creación poética parece reservada a los hombres. Pero cuando Pessoa escribió que “el poeta es un fingidor” no estaba inventando nada, sino expresando una verdad que, negada durante la época romántica —cuando el poema se consideraba un desahogo del corazón—, ya estaba presente en los primeros poetas cuyos versos han llegado hasta nosotros.

            Traducidos por Eduardo Gris Romero, entre los poemas que vienen de la India (“Todos dicen que mi amado, / corazón duro, se irá con el alba. / ¡Alárgate, señora Noche, / para que nunca llegue la mañana!”), de Grecia (“ Se ocultan la luna y las Pléyades,  / media la noche, / pasa el momento / y yo duermo sola”) o de la China anterior a la famosa dinastía Tang (“Está recogiendo lino. / Un día sin verle / es como tres meses. / Está recogiendo artemisa. / Un día sin verle / es como tres otoños. / Está recogiendo ajenjo. / Un día sin verle / es como tres años”). No muy distintos estos poemas de la poesía tradicional española:  “Si la noche se hace oscura / y tan corto es el camino, / ¿cómo no venís, amigo?”, una de cuyas variantes se canta en La Celestina.

            Por encima de las diferencia epocales y culturales, parece que hay unos “universales del sentimiento”, que diría Machado. Este libro, que es sobre todo una excelente antología poética, trata de determinarlos.

 

miércoles, 23 de marzo de 2022

Personal y político

 

 

Panfleto de Kronborg
Jesús del Campo
Acantilado. Barcelona, 2022.

La palabra “panfleto”, el adjetivo “panfletario” suelen utilizarse hoy en un sentido negativo, pero tienen una ilustre progenie; en su origen eran textos breves, hojas volanderas o folletos, que zaherían al poderoso, que decían lo que la información oficial callaba. A Voltaire se deben algunos de los más eficaces. En la Rusia soviética, en la España de Franco y en la Cuba de Castro tuvieron su sentido y los autores arriesgaban su libertad, o en algún caso su vida, por escribirlos.

            Este Panfleto de Kronborg de Jesús del Campo es y no es un panfleto. Jesús del Campo, nacido en Gijón en 1956, de formación anglosajona, comenzó publicando poesía en inglés, pero se dio a conocer con una novela, Los diarios clandestinos de Blancanieves, que le mostraba como un escritor culto, personal, capaz de darle la vuelta a lo consabido. En su obra de ficción ha gustado de recrear o continuar textos bien conocidos. Así Las últimas voluntades del caballero Hawkins es una peculiar segunda parte de La isla del tesoro. También ha escrito libros de viajes que se distinguen por entremezclar anecdotario personal e histórico, referencias de la alta cultura y de la cultura popular, Shakespeare con los Rolling Stone.

            Mucho de caleidoscopio, de atrevido mosaico, tiene Panfleto de Kronborg, que comienza ante el castillo de Hamlet y en muchas de sus páginas glosa el diario que Montaigne escribió durante su viaje a Italia. Jesús del Campo salta con agilidad de un tema a otro, de un personaje a otro, de Isabel Tudor a Felipe II y siempre nos sorprende, nunca nos aburre, a ratos nos admira y a menudo nos irrita. Su libro no es mera brillante errabundia por la geografía y la historia, pretende ser una obra de tesis. A su entender, la contemporaneidad se caracteriza por un enfrentamiento entre la estupidez y el talento, en el que el talento lleva cada vez más todas las de perder. Y la causa de esa derrota para él está muy clara: el triunfo del populismo.

            Gusta Jesús del Campo de afirmaciones rotundas que llaman de inmediato la atención. Un ejemplo: “El norte y el sur hablan de dinero sin ponerse de acuerdo porque un papa charló con sus cardenales en la misa de Navidad”.  Esperamos una aclaración, pero en el siguiente párrafo se pasa a otra cosa. Antes nos ha contado que, cuando Montaigne estuvo en Roma, le llamó la atención que, durante la misa de Navidad, el papa y los cardenales pasaron la mayor parte del tiempo leyendo y charlando. El salto conceptual de la observación de Montaigne a la afirmación del Jesús del Campo parece demasiado grande.

            Cuando en este libro se habla de “populismo”, ese término denigratorio de moda, no se habla de populismo en general, sino más en concreto del populismo de Podemos, aunque tal término nunca se mencione. Sí se afirma que lo alumbró el socialismo: “No se concibe el auge del populismo español sin la desidia del partido socialista que lo vio crecer y que, en vez de reprocharle su zafiedad amenazante, agachó la cabeza y lo tuvo por novedad saludable y quizá ejemplar”.

            Panfleto de Kronborg, como panfleto, resulta más simplista que eficaz. Insiste el autor una y otra vez en que buena parte de la incapacidad de España para estar a la altura de Francia, Inglaterra o su admirado Estados Unidos se debe a no haber tenido una revolución: “Así como los norteamericanos derrotaron a los ingleses en su revolución, y los franceses al Antiguo Régimen en la suya, los españoles echan de menos tener un derrotado a mano y convierten la guerra civil en algo parecido a un mito fundacional”. Se olvida Jesús del Campo que después de la victoria de los colonos norteamericanos sobre los ingleses y después de la Revolución Francesa, los españoles tuvieron un “derrotado a mano”, y no uno cualquiera, sino nada menos que Napoleón. La llamada Guerra de la Independencia —antes guerra y revolución de España— supuso el nacimiento de la nación española tal como la conocemos.

            Más afirmaciones rebatibles, esté uno o no de acuerdo con las ideas políticas de Jesús del Campo: “Los europeos occidentales no aprendieron que las guerras las puede ganar el malo, siguen pensando que el lado de la bondad se acaba imponiendo por su propio peso en la tierra de los elegidos. La condescendencia francesa hacia España está relacionada con esa creencia tan absurda. A España le pueden pasar cosas malas, a Francia no”. Eso lo podrá pensar Jesús del Campo, que tiene ideas algo peregrinas sobre el asunto, pero no los franceses: a la guerra civil española le siguió la humillante derrota francesa de 1940 y luego, tras la “liberación” y las depuraciones consiguientes, llegó la guerra de Argelia. A Francia también “le pueden pasar cosas malas”.

            No faltan la habituales diatribas contra las redes sociales o los selfies, en las que no se distingue el uso del abuso. Sorprende su elogio de la publicidad, aunque las razones que da resultan difícilmente compartibles: “La publicidad tiene, frente a las lentitudes de la literatura, el mérito de decir mucho en poco. Eso la enemista con la explicitud que azota el siglo y que, cuanto más creciente, más aborrega a quien la sufre. Y eso hace también que la publicidad, a diferencia de la literatura, sea un arte interesante”. Rebatir estas afirmaciones está al alcance de cualquiera: “las lentitudes de la literatura” podrán referirse a las novelas de muchos cientos de páginas, pero no al cuento ni a la poesía, y mucho menos en sus variantes, tan difundidas hoy, del microrrelato o el haiku. ¿La publicidad no es explícita? Puede no serlo, pero no es lo habitual. Recomendamos a Jesús del Campo que no se levante durante los intermedios publicitarios de cualquier programa de la televisión generalista y comprobará si lo es o no.

            La viñeta que nos da de los institutos de secundaria, y que pone en boca de una amiga, sí puede considerarse panfletaria y sin matices: “Directores y jefes de estudio que se emborrachan de su poder ridículo, padres que hablan como en Telecinco y linchan profesores. Alumnos indiferentes. Es como si hiciera falta que alguien viniera a decirnos que todo es una farsa, una gran mentira que se sostiene sobre el miedo”.

            Enemigo del populismo de izquierdas y de los independentismos, admirador de la Europa nórdica, no son las ideas políticas de Jesús del Campo las que nos disuenan en este libro, sino su modo de defenderlas, su manera de elevar anécdotas a contundentes categorías: “Un día de confinamientos, un hombre que caminaba frente a mí tiró al asfalto su cigarrillo antes de cruzar la calle. Lo hizo con el descuido de quien hace eso mismo muchas veces. Fue una forma de declarar su relación con los otros que empeora una comunidad. Ese cigarrillo lo barrería otra gente, ese desdén nos perjudicó. El presidente del Gobierno de España tuvo que pedirle dinero al primer ministro de los Países Bajos por eso, porque un hombre tiró su cigarrillo al suelo”.

            No se rebaja Jesús del Campo a explicarnos la relación entre un hecho y otro. Le preferimos cuando abandona el arbitrario púlpito, las generalidades sobre el carácter de las naciones, y nos habla de Walter Raleigh o de su admirado Bob Dylan.

 

jueves, 17 de marzo de 2022

Viví, gocé y amé

  

Obra poética (1964-1967)
Edgar Neville
Edición de Rafael Inglada
Centro Cultural Generación del 27. Málaga, 2021.

Hombre de múltiples talentos, a Edgar Neville aristócrata, diplomático, republicano que se pasó al bando sublevado, en el que nunca encajó del todo— se le recuerda hoy sobre todo como cineasta. En los años veinte, se fue a Hollywood y allí se hizo amigo de Chaplin. Fue a iniciativa suya que otros jóvenes de su generación —Jardiel Poncela, López Rubio— se trasladaran a Estados Unidos para trabajar en la versión española —no se había aún inventado el doblaje— de las películas americanas. Sus grandes éxitos, en los años cincuenta, fueron como dramaturgo: la comedia El baile —con la genial Conchita Montes, su pareja de siempre tras un corto matrimonio frustrado, de protagonista— está entre las más representadas del teatro español. Comenzó como humorista en la línea del absurdo que inauguró Ramón Gómez de la Serna. Su primer libro Eva y Adán, es de relatos y se publicó en 1926 en la imprenta Sur, como la más emblemática revista de su generación, que es la del 27, aunque no formara parte del grupo promocionado por la antología de Gerardo Diego, entre otras cosas porque entonces no escribía versos.

            La dedicación casi exclusiva a la poesía de Neville ocupó sus últimos años, aunque toda su obra esté permeada de poesía. Hasta 1964 (había nacido en 1899), no publicó sus primeras entregas poéticas: tres en ese mismo año. Los editaba Ángel Caffarena en la mítica imprenta Sur de sus inicios y eran cuadernos no venales de tirada reducida. Seguiría publicando versos hasta su muerte, ocurrida en 1967, y aunque los reunió en dos volúmenes más convencionales, Amor huido (1965) y Poemas (1967), nunca se le llegó a tomar demasiado en serio como poeta.

            Ahora Rafael Inglada reúne en Obra poética todos sus poemas tal como fueron apareciendo en las primeras ediciones. Comenzamos a leer con un cierto escepticismo. Pasados los sesenta años, Edgar Neville se enamoró perdidamente de una mujer más joven que no le hizo demasiado caso (la situación la había prefigurado en su comedia Prohibido en otoño) y sus poemas podrían tomarse como un simple desahogo. Y mucho de eso tiene, y un cierto desarreglo formal (no le importa no rimar los cuartetos de un soneto y sí los tercetos), pero enseguida nos dejamos ganar por su encanto, una cualidad que Neville —como Stevenson, según Borges— nunca pierde. La gran poesía, o la que pretende pasar por tal, la poesía con coturnos, parece envejecer más rápidamente que la poesía menor. No pueden competir estos poemas de amor, no lo pretenden, con los de Vicente Aleixandre, pero su humor y su verdad hace que se lean con más gusto. A ratos, los sonetos de Neville anticipan el desenfado de los que Luis Alberto de Cuenca escribiría en los ochenta: “Conmigo no gastaste muchas balas, / que yo caí desde el primer disparo / y resistir hubiera sido en vano. / Me pusiste los hierros del cautivo / y sentí no apretases más los goznes / para sentir el roce de tus manos”.

            Uno de los poemas de esta trilogía inicial —formada por La borrasca, Mar de fondo, El naufragio—, “Llamada a los poetas”, anticipa otra de la líneas poéticas de Edgar Neville, la memorialística, memoria literaria en este caso (escribirá también homenajes a Gómez de la Serna, a Villalón, a Ortega), mientras que en otros poemas evoca el Madrid perdido de su infancia y adolescencia.

            En 1966 vuelve Neville a la poesía con varias entregas. La primera, Su último paisaje, comienza con un poema de ese título dedicado a Federico García Lorca. La tirada era de solo 200 ejemplares, en papel de hilo y numerados, y quizá por eso no tuvo problemas con la censura. Comienza citando los versos que le dedicó Antonio Machado, que todavía no se habían incluido en sus poesías completas: “Se le vio caminar entre fusiles / por una calle larga. / Salir al campo frío, / aún con estrellas de la madrugada…”. Edgar Neville quiere seguir ese camino hasta encontrar la tumba de Lorca. Indaga y solo se encuentra con “silencios cobardes campesinos, / de esos testigos que no saben nada”. Como tantos biógrafos posteriores quiere saber “dónde fue, dónde está” y se topa con el silencio: “Nos responden miradas angustiadas, / sin arrogancia ibérica, / de sujetos que fueron los vecinos / del crimen más injusto de mi patria”.

            El poema, tan valiente en su momento, sigue conservando la emoción de quien evoca a quien no solo fue un poeta admirado sino también a su “compañero de aulas / y Derecho Romano… / Compañero en el cante por soleares / y los cantos de fragua. /Amigo en los estrenos y tertulias”.

            Poesía impura la de Edgar Neville, poesía un tanto despeinada, que no excluye la anécdota ni la directa efusión sentimental, que a veces cae en expresiones banales (como llamar “finos poemas” a las greguerías en el comienzo del poema “Ramón”), pero todo se lo perdonamos a este autor que no quiere ser “sublime sin interrupción”. Y que se despide, sin patetismo alguno, en el poema “He tenido mucho gusto en conocerlos”, del que cito unos versos que podrían servirle de epitafio: “Viví, gocé y amé. / No hubo calvario. / Trabajé solo en lo que me gustaba / y jamás hice esfuerzo extraordinario”.

            Los versos de Edgar Neville, poeta tardío, nunca merecieron demasiada atención crítica, pero se leen con el mismo agrado que cuando fueron escritos. Aunque tuvo que hacer frente a la amargura, como todos, supo despedirse del mundo con una sonrisa: “No me veo en el papel de ‘noble anciano’. / De ‘Patriarca’ no tengo ni el pelo. / Ni ser ‘ese señor tan viejecito’ / que arrastra sus zapatos por el suelo. / Mi corazón me salvará del lance, / cuando vea colmada la medida, / con su exceso de amor sabrá pararse, / interrumpiendo esta agradable vida”.

jueves, 10 de marzo de 2022

Viajar para contarlo

 

La frontera interior
Viaje por Sierra Morena
Manuel Moyano
Prólogo de Sergio del Molino
RBA. Barcelona, 2022.
 

En varios pasajes de su sugerente La frontera interior, cuando tiene algún problema para acceder a un determinado lugar, indica Manuel Moyano a sus interlocutores que está “escribiendo un libro”, que no viaja por viajar, sino para dejar constancia de lo que ve. El viaje está en el origen de la literatura, pero no de esta manera: no se viajaba para escribir, sino que se escribía porque se había viajado y se habían visto cosas insólitas.

            Los diarios de viaje en un principio se escribían para recordar, no para publicar, aunque muchos acabaran publicados, por el propio autor o póstumamente. Con la aparición del periodismo, el viaje comenzó a hacerse y escribirse a la vista de los lectores, en crónicas semanales o diarias: si Azorín —todavía José Martínez Ruiz— sigue la ruta de don Quijote es para irla contando, día tras día, a los lectores de El Imparcial.

            Manuel Moyano, buen discípulo en esto de los hombres del 98, elige para su ruta la España interior, no destinos exóticos. “Viaje por Sierra Morena” se subtitula su libro. Tiene Sierra Morena una larga leyenda de bandoleros y está muy presente en la literatura española. “¡Qué bien los nombres ponía / quien le puso Sierra Morena / a esta sierra mía!”, escribió Antonio Machado. Pero Manuel Moyano concibe la feliz idea, no de atravesarla por alguno de los pasos que unen la Meseta con Andalucía (el de Despeñaperros es el más famoso), sino de recorrerla desde el Este hasta el Oeste, desde la provincia de Jaén hasta tierras portuguesas. Eso le obliga a viajes en zigzag y a pisar lugares casi fantasmales.

            Manuel Moyano es autor de novelas y relatos (algunos de sus microrrelatos figuran en las mejores antologías del género) de corte fantástico o próximo a la ciencia ficción. Se considera heredero de Poe, más que de Chejov. Uno de los escritores que viven en la zona, y con el que previamente ha contactado, el poeta Alejandro López Andrada, le refiere su encuentro con un fantasma, que también ha contado en un conocido programa de televisión, la del Enlutado, una especie de monje con capucha que se aparece de vez en cuando en carreteras apartadas.

            El viaje comienza en Aldeaquemada y entre sus primeras etapas se encuentra La Carolina, lo que le sirve al autor de pretexto para narrarnos la historia de la colonización de aquellas tierras en tiempos de Carlos III; termina en Rosal de la Frontera y en Vila Verde de Ficalho, que son los lugares que vieron los últimos días de libertad de Miguel Hernández. Fue una cuestión de mala suerte lo que llevó a la detención del poeta cuando quiso pasar a Portugal: intentó vender el reloj de oro que le había regalado Vicente Aleixandre con motivo de su boda y creyeron que lo había robado y lo devolvieron a España: “Pero cuando el comandante del puesto iba a soltarlo porque no tenían nada contra él, apareció en Rosal un guardia civil de Callosa de Segura, pueblo vecino a Orihuela, que lo identificó al instante. Se llamaba Salinas. Al verlo, Miguel se levantó hacia él con los brazos abiertos, pensando que ya estaba salvado. ‘¿Tú lo conoces?’, le pregunta el comandante del puesto. Y el guardia va y le contesta: Este es el rojo más hijo de puta de toda España. Este ha matado más gente con su pluma que otros con sus fusiles”.

            También Cervantes, como no podía ser de otra manera, tiene su lugar en estas páginas. La Venta de la Inés, escondida en el antiguo Camino Real entre Córdoba y Toledo, mencionada en Rinconete y Cortadillo, parece guardar todavía el eco de las pisadas del autor del Quijote.

            Pero el escritor más presente en estas páginas es un poeta de Fuenteheridos, pueblo de Huelva, traductor de Pessoa, creador como él de heterónimos, como Violeta G. Rangel, ganadora de un importante premio con un libro de versos en que contaba sus experiencias como prostituta en las Ramblas de Barcelona, y todo un personaje, Manuel Moya, al que solo conocía por fotografías: “La profusa barba blanca y una larga melena gris, el continente corpulento y un nulo atildamiento en el vestir hacían de él, cuanto menos, un personaje singular, una mezcla entre Falstaff y Carl Marx”.

            A Manuel Moyano le gusta referirse pormenorizadamente a lo que come y lo que bebe, y por eso deja constancia de que en casa de su casi homónimo Manuel Moya le ofrecen un “banquete pantagruélico”.

            El lector se siente a gusto acompañando a este viajero que no se refiere a sí en tercera persona (siguiendo el manido ejemplo de Cela y su Viaje a la Alcarria) y escribe sin amaneramientos estilísticos, al que le gusta hablar con la gente (no solo con los cronistas de los pueblos y los poetas de la zona) y de vez en cuando nos deja precisas estampas impresionistas de lugares recónditos.

            Cerramos La frontera interior y nos quedamos con ganas de buscar unos días libres, coger el coche y hacer un paréntesis en la vida cotidiana y acercarnos hacia unos lugares que han dejado su huella en la historia —por aquí tuvo lugar la batalla de las Navas de Tolosa— o que parecen estar al margen del mapa y del calendario, lo que quizá sea el mejor efecto que puede hacer en nosotros un libro de viajes.

lunes, 28 de febrero de 2022

Primero la revolución

 

 

Hoy las barricadas
Crónicas de la revolución española, 1933-1937
Anita Brenner
Traducción, introducción y edición crítica de Eduardo San José

Poco dirá al lector español el nombre de Anita Brenner. Hija de inmigrantes judíos letones, nació en México, y siempre se consideró mexicana, aunque la mayor parte de su vida transcurrió en Estados Unidos y toda su obra de antropóloga, periodista y activista cultural la escribió en inglés.

            En 1933, cuando aún no había cumplido treinta años, vino a España y trató de explicar a los lectores de The New York Times o The Nación, publicaciones de las que era corresponsal, lo que suponía la República española en aquel tiempo de crisis de las democracias y de ascenso de Hitler al poder. Volvería luego, ya comenzada la guerra civil, y siguió publicando crónicas hasta 1937, cuando la rebelión y el aplastamiento del POUM, pero parece que la mayor parte de ellas no eran fruto de la observación directa, sino de los informes que le enviaban sus amigos españoles, ligados a la izquierda anticomunista.

            Anita Brenner (se llamaba Hana, pero siempre firmó con el diminutivo familiar) pensó preparar un libro con sus artículos y escribir una novela sobre su experiencia española. No hizo ni una cosa ni otra, pero lo primero —con las crónicas publicadas e inéditas, que ella conservó cuidadosamente en su archivo— lo hace ahora, con minuciosidad ejemplar, Eduardo San José, que da en esta recopilación una buena muestra de lo que puede y debe ser el trabajo universitario. Un apéndice, “Personas del drama”, nos ofrece las biografías sintéticas de los personajes mencionados por Brenner, todos ellos relevantes en su momento, pero la mayoría hoy olvidados.

            Hoy las barricadas —el título procede de la autora, pero quizá no resulta del todo afortunado— nos ilustra sobre lo que “permanece y dura” del periodismo y lo que en él resulta perecedero. Anita Brenner no quiere ser una cronista al uso. En el espléndido prólogo autobiográfico que pensaba poner a sus escritos españoles, y que aquí se reproduce, se presenta como “miembro de la llamada Generación Perdida” que se ahoga “sentada en el fondo de un pozo en Nueva York”. Habla luego en plural: “Nosotros no somos la gente que perdió sus propiedades en 1929. Somos los que se criaron planeando cómodas vidas de éxito, sin tener idea de que los cimientos económicos de esas existencias había colapsado bajo nuestros pies”. Y continúa: “Equipados con el bagaje de los libros, tenemos que encontrar ahora la forma de vivir en el mundo de los hechos”.

            Las crónicas de Anita Brenner sobre la revolución española, sobre la frustrada (en su opinión, casi desde el principio) República, no quieren ser simples reportajes, sino reflexiones ensayísticas sobre la estructura económica de España y su peculiar historia, pero hoy lo que salva al libro es lo que tiene precisamente de crónica de unos años que el paso del tiempo y la confrontación ideológica irían emborronando.

            No podemos tomar demasiado en serio afirmaciones como que “Isabel II fue una reina alegre y escandalosamente democrática, pero reinó en medio de dificultades. Su revolución desde arriba zigzagueó entre revueltas desde abajo, estallidos carlistas y golpes de Estado en el seno de las rivalidades entre liberales”. Su reinado no terminó “en el levantamiento republicano de 1868”, porque la Gloriosa no fue un movimiento republicano.

            Más interesante que las divagaciones de la autora sobre la historia de España son sus referencias a Unamuno, a quien presenta siempre como un heraldo del fascismo. Tras hablarnos de las simpatías de Unamuno por Gil Robles, afirma que le aseguró que “el fascismo es la única solución”. En otro capítulo escribe: “Unamuno truena: ¡El fascismo es la única respuesta!”. Y más adelante llegará a poner en su boca que “el fascismo es su única esperanza”. El lector echa de menos esa entrevista con Unamuno, que no sabemos si se publicó, aunque Eduardo San José menciona en el prólogo una semblanza inédita del rector salmantino, “Spain’s Honest Man”, sin explicarnos por qué no la incluye en el volumen.

            Otro de los protagonistas de estas crónica es Gil Robles: “Era el presidente de la organización juvenil jesuita los Hijos de San Luis. Es un hombre rollizo, cetrino y sonriente, con ojos de botón, nariz corta, labios carnosos y un hoyuelo en la mejilla. Asistió al congreso nazi de Núremberg y regresó con muchas ideas, pero cuando ensaya el saludo fascista se convierte en un gesto de invocación sacerdotal. Los obreros le llaman el Sacristán”. Anita Brenner reproduce más de una vez una frase que le oyó decir a Gil Robles: “A Hitler le llevó catorce años alcanzar el poder; nosotros estaremos en él en la mitad de tiempo”.

            Las mejores crónicas, o las que hoy nos interesan más, son las que nos hablan de hechos concretos, como la situación de los judíos: “Las calles de Barcelona están llenas de judíos que temen decir que son judíos. Los españoles sonríen. Tres de ellos se burlan en la mesa de un café de un muchacho sefardí que intenta venderles una corbata de poco valor. Los hombros caídos, el sombrero hasta las orejas, los rasgos inequívocos. Insiste en que es griego. ‘Bien, pero —dicen los españoles—  cómo es que hablas español entonces’. El muchacho responde que muchos griegos lo hablan. ‘Sí, los griegos judíos’, dicen los españoles. El joven confiesa que en Grecia vivió en un barrio judío y que aprendió español de ellos. No hay forma de engañarlo, persuadirlo o forzarlo a decir que es judío”. Esta anécdota refleja mejor el antisemitismo presente en España que todas las reflexiones en loor de los sefardíes.

            De los más interesantes del volumen, resulta el capítulo en que nos habla de cómo ha cambiado la situación de la mujer en los dos años de República con motivo de la primera vez en que puede votar. Y espléndida la crónica titulada “Cuestión de honor”, donde se nos cuenta la sesión de las Cortes celebrada el 20 de diciembre de 1933 y en la que se debate la cuestión de confianza al gobierno de Lerroux. Es un ejemplo del mejor periodismo, del que nos permite recuperar un momento de la historia con las menores interferencias ideológicas posibles.

            Abundan esas interferencias en los últimos capítulos, en los que Anita Brenner, cercana a los postulados anarquistas y trotskistas, se convierte en portavoz de la propaganda anticomunista. En muchas de esas críticas tiene razón, por supuesto, pero estaba equivocada al creer que la revolución española se convirtió, durante la guerra civil, en contrarrevolución al defender el gobierno de Negrín eslóganes como “Venced a Franco; la revolución, después”. No sabemos si después habría sido posible; lo que sí sabemos —Anita Brenner parece que no—  es que no era posible antes. Un capítulo final, ya de 1941, hasta ahora inédito, crítica la actuación de las organizaciones del exilio lideradas por Negrín y Prieto, pero lo hace con un tono directamente panfletario.

            Un libro insólito y apasionante que ayuda a completar el mosaico —que nunca se completará del todo— de lo que fue la guerra y la revolución en España.