Eduardo Jordá
Número cero
Bob Dylan: retrato de un hombre
invisible
Libros del Asteroide. Sevilla,
2026.
Una
buena idea de la editorial Libros del Asteroide el encargo a escritores de
prestigio un libro sobre figuras muy conocidas de la cultura popular. El
primero estuvo dedicado a Julio Iglesias y fue un acierto solicitárselo a
Ignacio Peyró, el mejor representante de un conservadurismo elegante, irónico y
tolerante cada vez menos presente en la vida española. Julio Iglesias le sirvió
como pretexto para retratar, con humor inteligente, una época y una clase
social, la de la guapa gente de derechas. Una adecuada campaña de promoción
ayudó a que el libro tuviera un éxito creciente, cortado de pronto por ciertas feas
denuncias contra el personaje, denuncias que no extrañaron a nadie y que no
llegaron a mayores gracias a un eficaz equipo de abogados y a su autoexilio en
la República Dominicana.
La indagación biográfica y
sociológica de Peyró sobre Julio Iglesias interesa incluso a quienes no tienen
ningún interés por el melódico cantante; el libro de Eduardo Jordá sobre Bob
Dylan, sorprendentemente titulado Número cero, limita su atractivo a los
muy cafeteros, a los que veneran todo lo que tenga que ver son su ídolo.
Al contrario de lo que ocurre en el
caso de Julio Iglesias, la vida de Bob Dylan –o lo que nos cuenta de su vida
Eduardo Jordá-- no resulta demasiado novelera. Es la de una esfinge sin
secreto, un hombre sin misterio, o sin más misterio que su talento para
componer sus canciones e interpretarlas sin aparente fatiga, primero por los
escenarios de su país y luego por los del resto del mundo, durante más de medio
siglo.
Al
éxito inicial, le sucedió un cierto hastío en los años ochenta, un paso por el
purgatorio del que salió para convertirse en alguien por encima del bien y del
mal, un fetiche al que se venera y no solo un cantante de proteico e inagotable
repertorio.
Eduardo
Jordá le aplica las consideraciones, tan poco románticas, que el romántico John
Keats dedicó a la figura del poeta: “El poeta no es nada en sí mismo: no tiene
yo, es el todo y la nada, no tiene carácter, goza de la luz y la oscuridad”.
Formula luego una paradoja que todavía sigue sorprendiendo al lector común: “El
poeta es la más antipoética de todas las criaturas”.
Una variante de esa teoría se la
aplica Jordá a Dylan ya en el primer capítulo, a propósito de unas palabras que
le dijo a Leonard Cohen: “Por lo que a mí respecta, tú eres el número uno. Yo
soy el número cero”. Pero Jordá no resulta tan convincente como Keats cuando
nos explica ese aparente ejercicio de modestia. Bob Dylan sería “alguien que
estaba fuera de toda comparación, como el número cero, el número más enigmático
de todos porque sirve para designar la nada y el infinito, el vacío y el
universo entero, lo que no existe y lo que siempre existirá. El número cero
–Dylan lo sabía muy bien-- es el comienzo de todo y también el final de todo.
Es el Génesis y al Apocalipsis”. Una peculiar interpretación de la teoría del
Big Bang y de la Biblia la que hace Eduardo Jordá. ¿El cero designa al
infinito? No es una afirmación que resulte evidente.
“El hombre es un Dios cuando sueña y
un mendigo cuando reflexiona”, afirmaba Hölderlin. Y Jordá resulta mejor cuando
cuenta que cuando especula. Y cuenta poco en este libro, desafortunadamente, y
en alguno de los mejores casos –como en el capítulo final dedicado a los amish--
incluso lo que cuenta no parece venir muy a cuento.
Tampoco entendemos muy bien la razón
de ciertos pasajes, pero no importa (son los que recordamos al cerrar el libro),
como cuando habla de una interpretación de la Octava Sinfonía de Bruckner
dirigida por Sergiu Celibidache (y disponible en YouTube, según nos indica):
“Es como si consiguiera levantar sobre sus hombros una montaña de sonido --ingrávida como una nube, pesada como una
cordillera-- y, a través de su batuta de mago, la fuera sosteniendo en el aire,
cada vez más alta, cada vez más arriba, hasta que toda aquella montaña –una
montaña tan grande como el mundo--, se iba deshaciendo en volutas y acababa
convirtiéndose en pura luz y puro silencio”.
Poner en palabras las impresiones
que proporciona la música es un empeño condenado al fracaso, igual que el de
los místicos cuando intentan hacernos comprender sus experiencias inefables.
Pero Dylan no es solo intérprete y compositor, es también autor de las letras
que canta, que para algunos le sitúan entre los principales poetas de lengua
inglesa y que le han llevado a obtener el más prestigioso de los galardones
literarios, el premio Nobel. Para el lector de este libro, esa es una cuestión
de fe: ninguno de los fragmentos que se citan justifican los elogios y las
rebuscadas exégesis que les dedica Jordá. Bobby Zimmerman (su verdadero nombre)
“ya era Bob Dylan cuando acababa de cumplir diez años”, afirma Jordá y lo hace
basándose en el poema que escribe con motivo del Día del Padre. “Este regalo es
solo para mi padre”, comienza, y termina, cuatro versos después, con este otro:
“Sé que mi padre es el mejor del mundo”. Si ese final caracteriza a un genio,
como afirma Jordá, hay pocos niños que no lo sean.
“¿Qué diablos quiere decir esto?”, se
pregunta Jordá tras citar unos versos de la canción “I and I” (“Yo y yo./ Uno
le dice al otro: ningún hombre puede sobrevivir si contempla mi rostro”), y
luego trata de explicárnoslo, advirtiéndonos antes que “Dylan siempre complica
las cosas en lugar de simplificarlas”, relacionándola con un pasaje del Éxodo y
señalando que el cantante se atribuye el papel de Jehová y el de Moisés, “e
incluso el de la columna de fuego que anuncia la presencia de Dios: esa columna
serían sus canciones”.
No
sale muy bien parado Jordá de estas rebuscadas exégesis, Acierta más cuando
comenta Wigwam, “una de las canciones más hermosas y más felices –la felicidad
es belleza, la belleza felicidad-- que Dylan ha compuesto jamás a lo largo de
su vida”. En ella, Dylan “ se limita a tararear un estribillo, feliz como un
niño que se deja arrastrar por la corriente en un arroyo helado de montaña”. La
letra de esa canción, la única que Jordá cita completa, dice así:
“Da-da-da-da-da-da / La-da-da-di / Ta-da-da-da-da.”
“No hay nada más. Eso es todo”,
concluye Jordá. Y si hubiéramos de juzgar solo por las muestras que de las
letras de Dylan nos ofrece, deberíamos darle la razón.


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