sábado, 18 de agosto de 2018

El color y la gracia



La palabra secreta
(Antología 1958-2018)
Aquilino Duque
Edición de Juan Lamillar

Aquilino Duque es un poeta andaluz, más precisamente sevillano. Y este hecho constituye no solo un dato biográfico. Sirve para caracterizarle formalmente –barroquismo, brillantez y desparpajo, neopopularismo– y también, en buena parte, temáticamente. “Entre los naranjales ya no está Joselito, / ni por los olivares va Fernando de Herrera. / Vagan por la otra orilla, ¿no los ves?, a caballo. / Por ellos fue lejana y cruel Andalucía”, leemos en el primer poema seleccionado en esta selección.
            No se opone lo local a lo universal –y ahí está Lorca para demostrarlo–, pero lo cierto es que los poemas del primer libro de Aquilino Duque, y algunos posteriores, con sus vírgenes de las Angustias y sus toreros y sus epístolas a amigos poetas, han envejecido mal; parece que habría que ser sevillano, o por lo menos andaluz, para poder disfrutarlos.
            No tarda, sin embargo, en levantar el vuelo. Del mismo año, 1958, que La calle de la luna, su primer libro, es el segundo, El campo de la verdad, donde ya nos encontramos con el espléndido “Responso por Dylan Thomas, de pie en una tumba vacía”, que anticipa el nuevo tono que una década después traerían a la poesía española Pere Gimferrer o Antonio Colinas.
            “Tienen los andaluces por patria el Universo” afirma Aquilino Duque al comienzo de uno de sus poemas, y él muy pronto se convierte en un poeta errante que va dejando constancia en su poesía de “la gozosa variedad del mundo”, como afirmó Guillermo Díaz-Plaja, otro poeta viajero, con tiene mucho que ver. También se muestra cercano –en su gusto por el pausado alejandrino, el ancien régimen y cierta utillería modernista– a otro poeta dejado un poco al margen por la historia literaria, Agustín de Foxá: “Una berlina hace crujir la nieve, / se enciende toda un ala del palacio / y un órgano se pone a sonar solo”.
            Al margen ha quedado igualmente Aquilino Duque de las nóminas habituales de la generación del 50, a la que pertenece, y a ello han contribuido su manera de entender la literatura, que nunca condescendió con el realismo y el coloquialismo, y su deriva ideológica hacia una derecha sin complejos y sin pelos en la lengua (ahí están sus ensayos y artículos para demostrarlo) que le ha llevado a protagonizar más de un escándalo periodístico.
            Pero el ideólogo extremoso y el punzante polemista rara vez aparecen en sus versos, aptos para lectores de cualquier orientación ideológica. A quien no conozca la poesía de Aquilino Duque, pero tenga ciertos prejuicios contra el personaje, le aconsejaría yo que comenzara su lectura con “El espacio secreto”, un poema de que habla de esa “eternidad de instantes fugitivos” donde el amor que lanza “su rauda flecha inmóvil” por encima del tiempo y del espacio. O por “El río de las ruinas”, fugitivo y duradero, una inédita manera de tratar un tema de siempre.
            Pero son muchos los poemas que hacen imprescindible para el buen lector de poesía a Aquilino Duque. En la línea gnómica o sentenciosa, destaca “Plenitud” (“Hay que buscar con la esperanza / de no encontrarlo todo. / Hay siempre que pararse a dos jornadas / de la felicidad. / Hay que tender la infinito, / Estar a punto de llegar, / pero no llegar nunca. / Eso es la plenitud. Eso es la vida”) y, muy especialmente, “Renovación” (“Si dices la verdad, no la repitas. / Solo el que miente insiste”), con su memorable final: “En la rueda del año, para algunos monótona, / todo revive y se renueva; / el hijo, el libro, el árbol, / y esta bendita lluvia mientras arde / la leña en el hogar / y arma su gran guiñol la fantasía”.
            Memorables resultan igualmente los desengañados pareados de “Noluntad”: “Ya he escrito cuanto había de escribir / y vivido de sobra cuanto había de vivir. / Todo es ahora dádiva, todo es añadidura / y el alma solo anhela su larga noche oscura”.
            Pero no ese tono el más habitual en la poesía de Aquilino Duque, que gusta de los homenajes a los poetas que admira (Bécquer, Machado, Alberti, Miguel Hernández, Claudio Rodríguez) y de las estampas viajeras, especialmente notables las dedicadas a las ciudades de la vieja Europa: “Marco Aurelio en Viena”, “Café con espejos”, “Verano en la plaza de Pópulo”.
            No faltan los rasgos de humor: “Inteligencias hay tan secretas y herméticas /como la del borrico aquel que leía el periódico / con aparente aplicación, en efecto, / pero nunca en voz alta”. Ni las diatribas contra una deriva social que no es de su agrado, como en “El desencanto de Leopoldo Panero”, reacción contra un bien conocido ajuste de cuentas familiar que quiso ser también un ajuste de cuentas a la moral tradicional.
            Como él mismo ha declarado, su poesía es más “magia y revelación” que “sermón y testimonio”, pasión viajera que narcisismo andalucista. Esta antología, aunque en ella sobren algunos poemas, lo confirma plenamente.
           

martes, 14 de agosto de 2018

No es ciencia todo lo que reluce



Solo se puede tener fe en la duda
Jorge Wagensberg
Tusquets. Barcelona, 2018.

Jorge Wagensberg, fallecido recientemente, era doctor en física y profesor de “Teoría de los procesos irreversibles” (asusta un poco el nombre de la asignatura) en la Universidad de Barcelona, goza de bien ganada fama como divulgador cultural, director de museos dedicados a la ciencia y prolífico autor de aforismos.
            No seré yo quien ponga en cuestión todos esos méritos, pero su última entrega aforística, Solo se puede tener fe en la duda, suscita algunas perplejidades. Comienza con una “Brevísima teoría del aforismo” en la que afirma con rotundidad que “el aforismo es el género literario más científico”, ya que se ajusta como ningún otro a los tres principios que fundamentan el método científico: objetividad, inteligibilidad y dialéctica. Pero abrimos al azar su libro y nos encontramos con el siguiente ejemplo: “No conozco a ningún fascista que hable más de tres idiomas”. Pues muy bien, nunca le han presentado, por ejemplo, a ningún diplomático franquista. Claro que el lector adivina en seguida que lo que se quiere decir va más allá de un irrelevante dato biográfico, como confirman otros aforismos: “La escuela como fábrica de fanáticos: enseñar dogmas en un solo idioma equivale a inocular un virus de por vida; crear el hábito del espíritu crítico en tres idiomas equivale a una vacuna permanente”. ¿Y no se puede enseñar el espíritu crítico en un solo idioma o en dos? ¿Y no es posible enseñar dogmas en tres idiomas o en cuatro? Habría que recordarle aquella frase atribuida a Unamuno a propósito de Madariaga: “Es tonto en cuatro idiomas”.
            Otras afirmaciones de la introducción nos confirman que este divulgador científico no siempre practica el rigor de la ciencia. No sin asombro leemos la siguiente afirmación: “Una novela puede extenderse hasta mil páginas, quinientas o doscientas, pero atendiendo solo a su peso, diríamos que la más científica es la última”.
            Nos frotamos los ojos, volvemos a leer. No nos hemos equivocado: lo que menos pesa es lo más científico y como en general “un cuento pesa menos que una novela, un poema menos que un cuento y un aforismo menos que un poema” pues de ahí se deduce que el aforismo es el género más científico.
            Wagensberg, sin salir de la introducción “teórica”, nos deja otras estupendas afirmaciones sobre la literatura: “El humor se lleva francamente mal con la poesía y se dosifica con prudencia en los demás géneros literarios. Pero un aforismo, por serio que sea, necesita cierta dosis de humor para sobrevivir”.
            ¿Habrá oído hablar Wagensberg, no ya de Jon Juaristi o de Miguel d’Ors, sino ni siquiera del Lope de Vega de las Rimas de Tomé de Burguillos o de Campoamor? ¿Habrá oído hablar de Cervantes y de Chesterton, de Jardiel Poncela y de Ramón Gómez de la Serna?
            La afirmación de que, sin ciertas dosis de humor, no hay aforismos invalida la mayor parte de su libro. Baste un ejemplo: “Los números racionales (como el cociente de dos números enteros) resuelven la mayor carencia de los enteros, pero no siempre sirven como solución de una ecuación algebraica (como la raíz cuadrada de dos) o de una relación geométrica: sean, pues, los números reales”.
             Un aforismo, seguimos con la introducción, puede inspirarse en “palabras habladas o escritas” ajenas, pero, según Wagensberg, “nadie aceptaría tal cosa si se trata de un poema, de una novela o de un ensayo”. ¿Nadie aceptaría tal cosa? Pues se ha cargado de un plumazo la mayor parte de la poesía latina, renacentista, barroca, neoclásica, la novela picaresca, la novela detectivesca en la estela de Poe, toda la novela moderna de estirpe cervantina; se ha cargado, nada más y nada menos, que la tradición literaria.
            Pero dejemos la introducción teórica y vayamos a la práctica. El número 62 dice así: “Lo dulce es natural, lo amargo un contrapunto cultural”. ¿Solo hay sustancias de sabor dulce en la naturaleza? ¿No las hay de sabor amargo?  Pero Wagensberg no quiere decir lo que dice, como deducimos del aforismo siguiente, sino que “el gusto por lo dulce es natural mientras que el aprecio de lo amargo es cultural”.
            Hay más ejemplos de imprecisión, lo que refuerza la impresión de que este libros (como tantos otros que se publican ahora que el aforismo se ha puesto de moda) tiene mucho de acrítica acumulación de ocurrencias. El número 656 dice así: “Corrupciòn: amarás lo público casi como a ti mismo”. Pero ¿amar lo público es sinónimo de apoderarse del dinero público? No me lo parece.
            A Wagensberg, como a cualquier aficionado al aforismo, le gustan las afirmaciones rotundas, no importa si son fácilmente rebatibles. Un ejempl:. “No existen sustancias tóxicas, solo dosis tóxicas”. O sea que, en la dosis adecuada, beber lejía es tan saludable como beber agua.
            Que Wagensberg sabe poco de recursos literarios, lo demuestra publicando esta obviedad: “Dos palabras bastan para montar una contradicción, por ejemplo cazador deportivo”. O “fuego helado”, “nieve ardiente” o, en plan humorístico, “música militar!, “pensamiento navarro”, etc, etc. Es lo que se llama oxímoron.
            Hay claro está también muchos aforismos memorables perdidos en el conjunto. El que yo prefiero es el único ajeno que cita, uno del físico Steven Weinberg: “Con o sin religión, siempre habrá gente buena haciendo cosas buenas y gente mala haciendo cosas malas, pero para que la gente buena haga cosas malas hace falta la religión”.
            Con un doctorado en física o sin él, siempre habrá gente que confunda la ciencia con la divulgación de la ciencia y el pensamiento crítico con hablar tres idiomas.
           

viernes, 3 de agosto de 2018

Autorretrato con gatos




Los días, los dones (Poesía, 1978-2018)
Emilio Barón
Eda Libros. Málaga, 2018.

Hay poetas que hacen todo lo posible por estar siempre en el centro del escenario y otros que por el contrario procuran pasar inadvertidos: no concurren a premios, no entran en polémicas, no aparecen en las antologías más llamativas.
            Es el caso del almeriense Emilio Barón, quien tras destacar fugazmente en los años ochenta, pareció quedar al margen en publicaciones provinciales y ahora reaparece con unas poesías completas escritas a lo largo de cuatro décadas, un volumen tan breve (cinco o seis poemas por año) como lúcidamente desolador.
            La primera de las cualidades que destacan en Emilio Barón es su insólita fidelidad a un maestro, Fernando Ortiz, y a una manera de entender la poesía.
            Del sevillano Fernando Ortiz (1947-2008) aprendió Emilio Barón el rigor métrico, el respeto a la tradición, el desapego de la sociedad literaria, el gusto por un cierto virtuosismo formal. Uno y otro desdeñaron la originalidad de las vanguardias para buscar otra más verdadera que no temía que se transparentaran los modelos ni incurrir en el deliberado pastiche. A Fernando Ortiz se le dedican numerosos homenajes a lo largo de estas poesías completas, una insólita muestra de generosidad.
            En contraste con esos poemas –alguno tal vez en exceso circunstancial–, están los que se dedican a los gatos. Sin olvidar la Gatomaquia de Lope de Vega, quizá ningún otro poeta español ha cantado con tanta constancia, gracia y devoción a quienes poco a poco, según aumentaba la misantropía del autor, fueron convirtiéndose en sus principales amores. El más extenso de estos poemas, “Tres”,  es también acaso el más significativo. Se subtitula “El autor, en cuatro cantos, habla de su vida a solas” y comienza refutando el subtítulo: “A solas no, que vivo con mis gatos / Luis y Possum, dos tigres muy domésticos. / Los tres en la terraza luminosa / y amplia dejamos transcurrir el tiempo”,
            Los días, los dones que es el título que Emilio Barón ha querido dar a su poesía completa constituye, antes que nada, un retrato moral del autor, al que vemos envejecer de un libro a otro. Ayuda a ello su gusto por dejar constancia de los principales hitos cronológicos en el camino de la vida. “A modo de balance” glosa, en versos de arte menor, su llegada a los treinta y cinco años; “Aniversario” se escribe una década después: “La mujer con quien vivo. Dos gatos. / Los restos de un naufragio que mueve la marea / y punzan la memoria como espinas. / Un trabajo aceptable y razonable- /mente incómodo. / La luz de cada día. / Este mes cumpliré 45 años. / La vida me retiene todavía”.
            La llegada al medio siglo le sirve para homenajear –una vez más– al amigo y maestro. El soneto titulado “A Fernando Ortiz” comienza con estos versos: “A los cincuenta años de mi vida / pienso ahora que toda una mitad, / mi buen Fernando, transcurrió asistida / por tu constante ejemplo y tu amistad”. Otro soneto se titula “Al cumplir los sesenta”.
            ¿Poesía menor, poesía circunstancial? Eso podrán pensar algunos apresurados lectores –hojeadores, más bien– de este volumen que corre el riesgo de volverse invisible –algo que quizá no desagradaría al autor– en la mesa de novedades.
            Hay en él sextinas –esos rebuscados artificios métricos que, tras el ejemplo de Gil de Biedma, volvieron a ponerse de moda en los años ochenta–, sonetillos manuelmachadianos (“Gastada / la rima / y ajada / la estima”) y sonetos, abundantes sonetos, bien con el esquema de rimas habitual o al modo inglés que popularizó Borges.  Emilio Barón se nos descubre así como uno de los maestros en esta estrofa, casi la única de las clásicas que ha seguido viva durante el siglo XX y que conserva toda su vitalidad en el XXI. Los sonetos de Emilio Barón son de muy variados tonos. A veces nos recuerdan al más grácil Lope: “A mi gato le gusta el desayuno / con Mozart que preparo en la mañana. / Se instala muy galán en la otomana / y atusa sus bigotes uno a uno”. En otras ocasiones adopta el empaque de la desengañada poesía barroca.
            Comienza esta esencializada autobiografía en verso en Canadá, donde el autor realizó sus estudios e inició su trabajo como profesor universitario, termina retirado en un rincón junto al mar de su natal Almería, cada vez más desengañado del trato con sus semejantes. Incluso el amor, o mejor los amores (más que el amor constante más allá de la muerte, Emilio Barón ha cantado los amores de una noche), van desapareciendo de unos versos de acentuada misantropía: “La familia, el Estado y el trabajo / son del hombre enemigos naturales. / No hay que jugar con esos animales. / Mejor mandarlos todos al carajo”.
            Como la Epístola moral a Fabio, uno de los referentes de Emilio Barón, Los días, los dones nos ofrece una lección de sabiduría vital, “en un estilo común y moderado / que no lo note nadie que lo vea”. No salimos indemnes de este volumen paradójico, que sabe aunar virtuosismo estilístico y corazón al desnudo.

Historias con jardín



Jardines en tiempos de guerra
Teodor Ceric
Traducción de Ignacio Vidal-Folch
Elba. Barcelona, 2018.

Parafraseando un conocido eslogan publicitario, quizá convendría crear un nuevo género literario, el de los “pequeños libros con encanto”. Uno de sus mejores ejemplos sería Jardines en tiempos de guerra, de Teodor Ceric, convertido desde su aparición, sin necesidad de ninguna campaña especial, gracias solo al boca a boca (o, como racionalizan los redichos, al  “boca a oreja”), en obra de culto.
            ¿Cuáles son los ingredientes que debe reunir un libro para formar parte de ese particular género o subgénero? Aparte de la brevedad, señalada en el nombre (los gruesos bestseller para ir rumiando las largas tardes de verano o antes de conciliar el sueño quedan excluidos), el tono autobiográfico, la variedad en la unidad –capítulos que pueden leerse independientemente– y un tema –naturaleza, perros, gatos– con el que le resulte fácil identificarse a una parte de la población.
            Teodor Ceric tenía veinte años cuando comenzó la guerra de Bosnia. No quiso participar en ella y pasó los años del conflicto vagando por Europa, malviviendo con trabajos ocasionales. Regresó a su ciudad natal, Sarajevo, cuando su país era ya independiente. Tras alcanzar cierto renombre en la crítica literaria y en la poesía, se dedicó, como el Candide de Voltaire, a cultivar su jardín.
            Jardines en tiempos de guerra –el título resulta a la vez preciso y engañoso– reúne las colaboraciones que a instancia de Marco Martella, su director, fue escribiendo para la revista Jardins. Ese es otro de los rasgos de los “pequeños libros con encanto”, que casi nunca fueron concebidos como tales, que su unidad editorial le vino dada a posteriori.
            Los jardines por los que pasea o en los que trabaja Teodor Ciric no son los bombardeados de Serbia o Bosnia-Herzegobina; la guerra del título es aquella de la que él ha desertado, o quizá otra guerra simbólica, la que libran el tiempo y la eternidad.
            Hay jardines famosos, de los que están en todas las guías –como el de Painshill, en Surrey, o el parisino de las Tullerías–, y también jardines privados, que nos resultaría más difícil visitar, que quizá no han existido nunca. Pero de la mayoría podemos encontrar imágenes en Internet, y eso es otro de los encantos de este libro, que no necesita las algo anodinas ilustraciones que lleva, que cada lector puede ilustrar a su gusto y fantasear entre capítulo y capítulo con un paseo solitario por los penumbrosos lugares en que transcurren sus páginas.
            El apunte autobiográfico, la anotación lírica, se inclina hacia el relato y la verosímil en algún caso, el más significativos de los cuales es el que encontramos en “Un ermitaño en su jardín”, donde el romanticismo dieciochesco del honorable Charles Hamilton, creador de Painshill, llega al extremo de contratar a un falso ermitaño para que ocupe uno de los rincones de un dilatado y artificioso jardín que finge ser naturaleza libre.
            Teodor Ceric sugiere más que cuenta cuando habla de su vida. Se refiere a sus trabajos ocasionales –estibador, camarero, jardinero–, pero calla pudorosamente otros aspectos.
            En la inmensa Roma, su lugar favorito es un descuidado jardín, Monte Caprino, a espaldas del Capitolio, que no visitan los turistas y que de noche se llena de furtivas sombras: “Parecía que llevase tiempo abandonado. Bajo los árboles, acantos de presencia clásica, crecían a la buena de Dios, formando una masa oscura y reluciente, mientras que la hierba amarillenta crecía libremente por todas partes. Seguí los senderos que serpenteaban por las laderas de la colina. Iluminados por escasas farolas, se bifurcaban y luego volvían a reunirse tras la espesura de los arbustos. Un laberinto. Y poco a poco me di cuenta de que el jardín había empezado a cubrirse de sombras. Eran hombres, jóvenes y viejos, silenciosos o absortos en conversaciones inaudibles, sentados en las balaustradas de madera que bordeaban los senderos. No tardé en comprender. Monte Caprino era un lugar de citas”.
            Al lector le resulta extraño que Ceric escogiera precisamente ese lugar tradicional del cruising romano –mencionado en todas las guías gays– como su rincón favorito de Roma y que pasara en él las noches, absorto en sus melancolías, contemplando las estrellas, ajeno al sigiloso ajetreo habitual. Monte Caprino sería cerrado por las autoridades, con el pretexto de unas obras de reforma. De día, cuando el autor se asoma entre los barrotes, tiene otro aspecto: “montones de basura y bolsas de plástico (entre los que seguían creciendo, indiferentes, las malas hierbas y los acantos), un colchón destrozado al pie de un roble (probablemente el lecho de un vagabundo), botellas rotas”. Infierno y paraíso aquel jardín, como quizá cualquier jardín.
            El que aparece al comienzo del libro, Prospect Cottage, lo dedica su creador, el cineasta Derek Jarman, a sus amigos muertos, como le ocurriría a él, a consecuencias del Sida.
            A su propio jardín, al que ha creado tras los vagabundeos de que da cuenta esta libro, Teodor Ceric le dedica pocas líneas. Uno de los escasos visitantes que ha tenido acceso a él lo describe como “una especie de pequeña jungla, perdida en medio de los campos de trigo de la región, en la que se penetra a través de una espesa maraña de árboles cargados de frutos de aspecto exótico, helechos y lianas”. Un lugar para el ensueño y la nostalgia, pare evocar el paraíso y para recuperar la infancia.
            El primer jardín de Ceric fue el huerto de su padre, “a la sombra de un inmueble comunista de veinte pisos, en los arrabales de Sarajevo”. Allí aprendió a sembrar, a podar, a observar cómo las plantas crecen hacia el cielo, y también la lección a la que ha querido ser fiel toda su vida: “Si disponemos de poco tiempo, si alrededor de nosotros el mundo vacila y la muerte, en todas sus formas, avanza, lo único que podemos hacer es transformar una parcela de tierra, no importa cuál, en un lugar acogedor, un lugar que acoja más vida”. En un jardín, o en un libro como este, un jardín de jardines.
           
           

martes, 24 de julio de 2018

Académica palanca



Las mañanas triunfantes. Asedios a la poesía de Luis Alberto de Cuenca
Adrián J. Sáez (ed.)
Renacimiento. Sevilla, 2018.

Frente a la crítica urgente de los suplementos culturales, tan a menudo denostada, la crítica académica goza de un prestigio no siempre justificado, muy especialmente cuando se ocupa de literatura contemporánea. Una de las razones de ese desprestigio estaría en su carácter endogámico, de negocio entre colegas que se citan y se evalúan mutuamente para conseguir ayudas institucionales y méritos acreditados que permiten ir ascendiendo en el escalafón.
            Los profesores universitarios, y quienes aspiran a serlo, han de publicar sus investigaciones, pero no en cualquier sitio, sino en determinadas revistas y editoriales que cuentan con un “comité científico” que garantizaría el rigor y la originalidad del trabajo. Los evaluadores oficiales –la ANECA, los tribunales de oposiciones– se evitan así tener que leerlos, limitándose a aplicarles un baremo establecido: artículos, medio punto; libros, un punto. No sé en otras disciplinas, pero en los estudios literarios ese sistema propicia abundante “basura curricular”.
            No es enteramente el caso de Las mañanas triunfantes. Asedios a la poesía de Luis Alberto de Cuenca, que inicia una colección dedicada en exclusiva al poeta. La financia la universidad suiza de Neuchâtel y cuenta con un nutrido “comité científico” (varios de sus integrantes colaboran en el volumen), pero existen serias dudas de que ese comité haya leído el volumen. Ni siquiera parece haberlo hecho el director de la colección y editor del volumen, Adrián J. Sáez, un brillante y activísimo investigador joven que hasta ahora se había ocupado de la literatura del siglo de Oro. Solo así se explica que, al comentar las dos versiones del poema “El caballero, la muerte y el diablo” (pp. 288-290), indique que la primera aparece en el libro Scholia (se publicó en Elsinore) y reproduzca además la versión de 2014 y no la original de 1972. La lectura del artículo de Luis Miguel Suárez Martínez, que aparece unas páginas después, le habría evitado esos errores.
            Una revisión medianamente atenta también habría evitado la referencia (p. 154) a “ciertos fragmentos del pagano Horacio” que “predecían el advenimiento de Cristo” (se alude, en realidad, a la égloga IV de Virgilio). O que se cite un chiste erudito, “escritura palimpsestuosa”, atribuyéndoselo una vez a “Lanz, 2009, echando mano de Genette” (p. 129) y otra a Darío Villanueva (p. 128). También atribuirle un artículo titulado nada menos que “El sentido moral en la poesía española” a Leopoldo María Panero (p. 357).
            Pero esos lapsus y otros, fácilmente evitables, no constituyen el mayor reparo que se le podría hacer a este volumen, en el que se reúnen estudiosos destacados de la poesía española contemporáneo (Juan J. Lanz, Ángel L. Prieto de Paula), junto a neófitos en el tema. El principal consiste en la ausencia de cualquier perspectiva crítica. “Poesía familia: Luis Alberto de Cuenca y Lope de Vega” termina, muy en la línea del autor estudiado, con una especie de brindis por “el adalid de la línea clara, el gran Luis Alberto de Cuenca”.
            Solo Prieto de Paula se permite alguna objetividad. Lo esencial de la trayectoria de Luis Alberto de Cuenca, lo que le ha permito ocupar un lugar cierto en la historia de la literatura española, concluye con Por fuertes y fronteras (1996), afimar. Después ha publicado “una amplísima relación de títulos, pero los ingredientes de su escritura estaban ya establecidos”. Claro que eso no implica –añade cauteloso– “que desde entonces se haya limitado a dar vueltas a un manubrio”. No se ha limitado a eso –encontramos poemas espléndido incluso en su último libro Bloc de otoño–, pero con cierta frecuencia ha bajado el listón y ha reiterado fórmulas hasta la saciedad, quizá consciente de que sus fieles seguidores –como ejemplifica esta acrítico volumen colectivo– le aplaudirían igual.
            A la “línea clara”, como caracterización de la poesía de Luis Alberto de Cuenca, se alude una y otra vez en más de uno de los trabajos, pero ninguno de los estudiosos se refiere a la reseña de El hacha y la rosa, publicada en 1994, que aplica por primera vez ese membrete, tomado del mundo del cómic, a la poesía de Luis Alberto de Cuenca (el propio poeta ha declarado que lo tomó de ella para referirse a su propia poesía). Citar se cita mucho, aunque no venga a cuento o se trate de obviedades, pero siempre a autores del clan académico que nos citarán a su vez a nosotros (las veces que un artículo es citado cuenta para el currículum).
            La mayor de los artículos de este libro son glosas temáticas, algo a lo que se presta mucho una poesía como la de Luis Alberto de Cuenca, llena de explícitas referencias a la llamada alta cultura y a ciertas formas de la cultura popular. Luis Bagué Quílez se ocupa de los poemas dedicados al cine, Isabel Logroño de las referencias a Safo, Xaime Martínez de los poemas dedicados a personajes de ciencia ficción (aunque su artículo tenga otra ambición), Pablo Núñez a las referencias bíblicas, Antonio Sánchez Jiménez a los elogios a Lope de Vega, casi todos tomados de su obra divulgativa en prosa. Los poemas relacionados con la pintura y otras artes son comentados por Adrián J. Sáez, al que la facilidad verbal parece que le lleva a descubrir un género nuevo, “el poema xilográfico” (p. 288).
            Especial mención merece el más ambicioso, desde el punto de vista de la ambición teórica, de estos trabajos: “Traducción y variación: estrategias de intertextualidad en Luis Alberto de Cuenca”, de Juan José Lanz. Sus primeras páginas, que hablan de la “posmodernidad” en general y del “yo textual” en particular,  constituyen el mejor ejemplo del galimatías en que algunos convierten la teoría de la literatura. Las afirmaciones de Lanz, basadas en imprecisas generalizaciones sobre el arte contemporáneo de este filósofo o de aquel otro, una veces carecen de sentido (de la “posmodernidad”, que no se sabe cuándo empieza ni cuándo acaba, puede afirmarse cualquier cosa y la contraria) y otras no son verdad. “La parodia se disuelve en nuestros días en el pastiche”, afirma basándose en la autoridad de Fredric Jameson. Pero diga lo que diga Jameson hoy en día, como en tiempos de Proust, como en tiempos de Mesonero Romanos, son tan posibles las parodias como los pastiches. ¡Y cuánta palabrería después cuando debería limitarse a hacer, como han hechos los eruditos de todos los tiempos, a comparar las traducciones y las variaciones de textos ajenos con los originales! Compara también un poema muy menor de Luis Alberto de Cuenca con el artículo periodístico en que el autor aprovecha la misma anécdota (no es el único caso de reciclaje ni de hacer pasar por poema lo que no pasa de simple apunte) y aclara las alusiones que en él se hacen a un texto de Bioy Casares. El lector agradece tales minucias, pero rechaza la gratuita farragosidad teóríca con que vienen envueltas.
            En resumen: que el actual sistema de promoción entre los profesores universitarios no favorece el desarrollo de la crítica literaria. Pero eso es algo que al lector común no le importa demasiado. A veces tengo la impresión de que soy yo el único que tiene la mala costumbre de leer este tipo de estudios.
           

viernes, 13 de julio de 2018

Cantar de cantares de Salomón o La erudición engaña



Cantar de cantares de Salomón
Traducción literal y Exposición
Fray Luis de León
Edición de Víctor García de la Concha.
Vaso Roto Ediciones. Madrid, 2018.

Si Fray Luis de León cantó la “descansada vida / del que huye del mundanal ruido” en la más horaciana de sus odas, no fue precisamente porque él viviera descansado ni alejado de las querellas de los hombres.
            Cuatro largos años estuvo en las cárceles de la inquisición y quienes le denunciaron y más se obsesionaron en que fuera condenado (no lo conseguirían), eran precisamente algunos de sus colegas en la Universidad de Salamanca, frailes como él, aunque profesaran en órdenes distintas. Entonces la ambición y la envidia se disfrazaban de discrepancias teológicas.
            Uno de los motivos que motivaron los problemas de fray Luis con el temido y todopoderoso tribunal eclesiástico, fue su traducción de El cantar de los cantares, el impactante epitalamio bíblico atribuido a Salomón.
            Se cuenta –él mismo hizo correr esa historia, pero no es más que un artificio literario– que lo tradujo a petición de una prima suya, monja que no sabía latín. En realidad, lo tradujo y lo comentó movido por su deseo de que pudiera ser leído y entendido por todos los creyentes, aunque solo conocieran la lengua materna.
            Esa intención le aproximaba peligrosamente a la Reforma. Sus contrincantes en las cátedras universitarias no desaprovecharon la ocasión de arremeter contra él. Poe si fuera poco, en más de un punto fray Luis se permitía, con muy buenas razones, discrepar de la Vulgata, la versión de San Jerónimo, que el Concilio de Trento había consagrado como la versión canónica de la Biblia.
            Contra lo que pudiera pensarse hoy, lo escandaloso de la traducción literal (que no negaba las interpretaciones alegóricas, pero tampoco era borrada por ellas) no constituyó el principal motivo de los problemas de fray Luis.
            Incluso en la actualidad, es posible que alguno de los superiores del fraile le pidiera que atenuara ciertos comentarios. Baste un ejemplo. “Tus dos tetas, como dos cabritos mellizos entre las azucenas”, se lee en el Cantar. Y fray Luis glosa: “No se puede decir cosa más bella ni más al propósito que comparar las tetas de la Esposa a dos cabritos mellizos, los cuales, demás de la ternura que tienen por ser cabritos, y de la igualdad por ser mellizos, y demás de ser cosa tan apacible llena de regocijo y alegría, tienen consigo un no sé qué de travesura y buen donaire con que llevan tras sí y roban los ojos de los que los miran, poniéndoles afición de llegarse a ellos, y de tratarlos entre las manos. Que todas son cosas muy convenientes, y que se hallan así en los pechos hermosos a quien se comparan. Dice que pacen entre las azucenas porque, con ser ellos de sí lindos, así lo parecen más; y queda así más encarecida y más loada la belleza de la Esposa en esta parte”.
            Atrás quedan las pudibundeces y el odio al cuerpo de la Edad Media. Fray Luis es un hombre del Renacimiento, además de un consumado teólogo, y no ve nada sucio ni nefando en el amor carnal, ya que de otra manera no podría haber sido escogido por Dios como símbolo del amor que siente por la Iglesia.
            La traducción literal, y casi palabra por palabra, del Cantar sonaba áspera a los oídos de entonces y por eso pronto se hizo una versión en octavas reales y otra en liras, atribuidas ambas, con poco fundamento, a fray Luis. Hoy nos resulta más moderna que cualquier versión rimada (sin que eso suponga desdeñar el “Cántico espiritual”, de san Juan, que es otra cosa).
            Bienvenida, pues, esta nueva edición de una de las obras maestras del Renacimiento español firmada por Víctor García de la Concha y cuidada, o descuidada, por el filólogo Carlos Domínguez Cintas, según se indica en los agradecimientos preliminares.
            El prólogo, que se pierde en minucias eruditas, no se corresponde con lo que parece pedir una edición no dedicada a los estudiantes o a los estudiosos (como la publicada en Cátedra), sino a los borgianos y hedónicos lectores.
            Pero es que además “la erudición engaña”, como diría Góngora. Todo da a entender que se han juntado, sin reelaboración, fragmentos de diversos trabajos anteriores: falta la habitual bibliografía; no han sido unificadas las distintas maneras de citar (en ocasiones, páginas 40-41, no se sabe de qué libro se cita); hay errores de bulto (José Manuel Blecua no examina, en su edición crítica, ocho manuscritos, sino cinco); se indica algo confusa e imprecisamente la procedencia del texto.
            “Esta edición quiere rendir homenaje a la benemérita salmantina de 1798”, escribe el prologuista; y luego añade: “en algunos lugares recurro también a la benemérita del P. Merino”. Pero ni una ni otra ponen en verso la traducción en prosa que hace fray Luis. ¿De dónde toma esa disposición Víctor García de la Concha? No se preocupa de indicárnoslo. Tampoco nos dice por qué prefiere, en el capítulo II, 9, “mostrándose por las ventanas / descubriéndose por las celosías” en lugar de la versión que figura en los manuscritos.
            Resume mal –páginas 44-45– el comentario que Luis Alonso Sckökel hace en La traducción bíblica. Lingüística y estilística de la versión de fray Luis. No alaba Sckökel “la fineza del ritmo” en los versos “Béseme de besos de su boca, / porque buenos [son] tus amores más que el vino” (10-12 sílabas, o mejor, 10-13), se limita a señalar que no se ajusta al original: 10-9 sílabas.
            Parece una broma que no se nos indiquen los criterios con que se moderniza la ortografía, sino que, para quien tenga curiosidad por conocerlos, se le remita a los que Francisco Rico “adoptó y razonó” en una determinada edición de la primera parte del Quijote que a Víctor García de la Concha le “correspondió el honor de promover, coordinar y presentar”.
            Eduardo Aunós, un político franquista que publicó más de cien libros sobre las más variadas materias (incluso compuso una ópera), contó para ello con ayudantes a los que pagaba tarde y mal. Uno de ellos se vengó haciéndole decir en su erudita Biografía de Venecia (1948) que del puente de Rialto  “se han apoderado la leyenda y la poesía por enlazar el Palacio con la Cárcel”.
            No sabemos si esa es la razón del disparate con que Víctor García de la Concha concluye esta edición, excelente en lo material pero muy mejorable en lo intelectual. Si hacemos caso al índice, incluye –sin necesidad alguna, me parecer– una “edición facsimilar de la Paraphrasis Caldayca en los Cantares de Selomoh”. En realidad, reproduce solo dos páginas de esa edición publicada en Ámsterdam en 1712. Se nos dice que el título indica que es una paráfrasis “en arameo” y luego que, “como podemos ver en la doble página aquí reproducida”, al texto hebreo sigue su traducción al ladino o judeo-español “y a ellos se añade una paráfrasis en arameo”. ¿En arameo? Así suena el arameo para el exdirector del Cervantes y de la Real Academia, según leemos en la reproducción facsímil: “cuánto hermosa tú, mi querida, hermosa casa del santuario que fraguaste para mí, como el santuario primero que fraguó para mí Selomó el Rey en Ierusalaim”.  Si esto es arameo, que venga Dios –o Yavé– y lo vea.


Otra opinión:


[El mismo día en que aparece mi reseña comenta Luis María Anson la edición de Víctor de la Concha en su primera página de El Cultural  Para el ilustre académico se trata de "una edición definitiva", "un trabajo de primer orden", etc, etc.  Me cuesta contener la risa, pero no le voy a contradecir: que el lector que tenga la paciencia de leer el libro saque sus propias conclusiones. Reconozco que a mí estas cosas --ser el ingenuo que apunta con el dedo y grita que el rey está desnudo-- me divierten bastante.]

domingo, 1 de julio de 2018

Elisabeth Mulder, Juan Manuel de Prada y la teoría de la conspiración



Juan Manuel de Prada tiene experiencia en rescatar autores olvidados. Con su primera novela, Las máscaras del héroe, puso de moda, no solo a Pedro Luis de Gálvez, hasta entonces solo el protagonista de un puñado de anécdotas truculentas, sino también a toda la zarrapastrosa bohemia de las primeras décadas del siglo XX.
            Lo intenta ahora con Elisabeth Mulder, una sutil narradora, poeta, ensayista y esforzada traductora, que tuvo su momento en los años cuarenta y cincuenta y luego se fue progresivamente apagando hasta morir (“bella como una estatua que desdeña la lepra del tiempo”, escribe el prologuista), completamente olvidada, en 1987, tras varias décadas de alejamiento de la escritura,
            Juan Manuel de Prada, muy en su estilo desaforado, trata de explicar por qué en ese momento sus colegas escritores no le dedicaron ni siquiera los habituales elogios de despedida: “Tal vez el recuerdo de Elisabeth Mulder los señalase y abochornase; tal vez, al evocarla, tuvieran que enfrentarse a su propio pasado con su repertorio de cambios de chaqueta y servilismos abyectos, que los empujó a ser abnegadamente franquistas con Franco y arrebatadamente demócratas con la democracia, españolistas y catalanistas, castizos o cosmopolitas según dijeran las modas y las subvenciones. Y aquella Elisabeth Mulder, siempre en su sitio, delataba sus traiciones y componendas”.
            Pero esa diatriba no es más que literatura, en el mal sentido de la palabra, la habitual teoría conspiratoria. Que un escritor, que tuvo cierto nombre en su tiempo, resulte olvidado a su muerte o cuando deja de publicar, no es la excepción, sino la regla. Sin promoción, no hay renombre y esa promoción no depende solo de editores y agentes, también –y en primer lugar cuando se trata de poetas– de los propios autores. Lo que abandonas, te abandona.
            Elisabeth Mulder –nacida en Barcelona en 1904, dentro de la alta burguesía, cosmopolita, con una cultura excepcional en la España de su tiempo y casi de cualquier tiempo– comenzó publicando poesía, una poesía posmodernista y menor, que no podía destacar entre la de sus coetáneos, los poetas del 27; siguió con relatos del género rosa en una revista, Lecturas, de público mayoritariamente femenino. Se convirtió en escritora a tener en cuenta con la novela corta La historia de Java (1935), novela lírica muy en la línea de las que por entonces escribían, bajo el magisterio de Ortega, autores como Jarnés, Ayala o Máx Aub, aunque sin su chisporroteo ingenioso y gregueristico.
            Sinfonía en rojo, la selección de su obra que ahora publica Juan Manuel de Prada, incluye ese título primero y otro epigonal, El vendedor de vidas, una novela realista y barojiana que disuena del ambiente de gran mundo y las morosas sutilezas psicológicas del resto de su narrativa. Se le añaden cinco cuentos, una quizá no demasiado exigente selección poética y otra de sus colaboraciones en la prensa (artículos de tema literario, por lo general sin demasiado interés, salvo sus colaboraciones en la revista Ínsula sobre temas ingleses).
            El interés de Juan Manuel de Prada por Elisabeth Mulder es ya antiguo. De hecho, el prólogo a esta selección reproduce en buena medida las páginas que le dedica en Las esquinas del aire, una quest, para decirlo a la manera anglosajona, una búsqueda de otra escritora olvidada, Ana María Martínez Sagi. Las esquinas del aire –aclara el autor en el prólogo– “no es una novela, sino que participa de la biografía, el ensayo literario, el reportaje y el libro de memorias, y todo ese mogollón de adscripciones está servido de manera novelesca”.
            Novelesca es la conversión de la relación de amistad entre las dos escritoras en una relación lésbica, novelesca la interpretación más o menos rebuscadamente psicoanalítica de los poemas de Elisabeth Mulder (considera “El pulpo”, que narra un pesadilla, como la manifestación de “una repulsa mórbida” hacia el hombre).
            La mezcla de investigación y ficción, si adecuada para obras como Las esquinas del aire o las exitosas falsas novelas de Javier Cercas, disuena en un prólogo ensayístico y le hace perder buena parte de su credibilidad. No cabe duda de que Juan Manuel de Prada conoce bien la obra de Elisabeth Mulder y lo que se ha escrito sobre ella (echamos en falta, sin embargo, la acostumbrada, y tan útil, bibliografía final), pero se permite la licencia de citar, y muy ampliamente, unas “memorias inéditas” de Ana María Martínez Sagi, que ni son inéditas ni son de Ana María Martínez Sagi.
            No son inéditas porque proceden del capítulo “Almas gemelas”, de Las esquinas del aire, y no son de Ana María Martínez Sagi, aunque estén puestas en su boca, sino una recreación más o menos fantasiosa de la vida de la escritora en el estilo inconfundible de Juan Manuel de Prada.
            Conviene manejar con cuidado realidad y ficción. En la novela cabe todo, también los documentos históricos, pero en una investigación que se pretende rigurosa un toque de novelería  le quita validez al conjunto.
            Los reparos al prólogo –tan lleno de buena información y de buenas intenciones, por otra parte– no le restan interés a esta obra selecta de una autora que dio un toque distinto, entre Somerset Maugham y Katherine Mansfield, a la literatura de su tiempo.
           
           

lunes, 25 de junio de 2018

Una antología de poesía no hispánica



Subir al origen
Antología comentada de poesía occidental no hispánica (1800-1941)
José María Castrillón
Trea. Gijón, 2018.

José María Castrillón, poeta y profesor, ha querido ofrecernos en un libro abierto –el epílogo vale como anuncio de una continuación– varios libros. El título procede de Jovellanos, un poeta que podía haber sido nuestro Wordsworth si no le hubieran distraído otras muchas beneméritas dedicaciones:”Conócete a ti mismo, y de otros entes / sube al origen”.
            Al origen de la modernidad poética ha querido subir José María Castrillón con esta antología que es algo más que una antología. Es, en primer lugar, una didáctica reflexión sobre la tradición plural que está en la base de la mejor poesía contemporánea. Tiene el acierto de dirigirse a toda clase de lectores, no solo a los especialistas. Es el libro de un profesor de literatura que fuera además un gran lector de literatura, y no solo de la que entra en el programa que debe explicar, algo no demasiado frecuente.
            Los poetas antologados son de lengua inglesa (Wordsworth, Keats, Whitman, Dickinson, Yeats, Eliot, Stevens), alemana (Novalis, Rilke, Benn), francesa (Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, Apollinaire, Saint-John Perse, Éluard), italiana (Leopardi, Montale), griega (Cavafis), portuguesa (Pessoa) y rusa (Anna Ajmátova). Solo la enumeración de esta veintena larga de nombres bastaría para recomendar el volumen. Habría que añadir que bastantes de las traducciones que se nos ofrecen son inéditas y por lo general a cargo de traductores que también son poetas, como Jordi Doce o Tomás Sánchez Santiago.
            Las presentaciones de los poetas constituyen algo más que la habitual síntesis biobibliográfica. José María Castrillón nos ofrece una creativa estampa que podría leerse con independencia de los poemas que prologa. Constituyen el germen de otro libro.
            Como una novela romántica comienza la primera de las viñetas: “El joven viajero se ha bajado de la diligencia mientras esta asciende penosamente uno de los empinados tramos característicos de Cumberland, la región de los lagos, al noroeste de Inglaterra”. Para presentar a Keats se reproducen fragmentos de sus cartas, como si de una novela epistolar se tratara, y se copia su epitafio. La vida de Verlaine se condensa en dos imágenes: una fotografía que lo presenta envejecido y beodo en la mesa de un café; el cuadro de Fantin-Latour en el que aparece, cuando aún no ha cumplido los treinta años, sentado en el rincón de una mesa junto al adolescente Rimbaud. La semblanza de Yeats nos lleva a octubre del 36  y al poeta en un automóvil que se dirige a los estudios radiofónicos de la BBC. Apollinaire se nos presenta con una carta de amor ficticia, pero rigurosamente verdadera. “¿Dónde está Paul? –leemos al comienzo de otra entradilla– En los círculos artísticos de París se pregunta por Éluard. Su esposa Gala desconoce el paradero. En meses, ni una noticia”.
            Tras la presentación creativa, los poemas seleccionados de cada autor acompañados de un breve comentario. Alterna Castrillón los poemas bien conocidos –“Tabacaría” o “El poeta es un fingidor”, de Fernando Pessoa, por ejemplo– con otras selecciones más novedosas e incluso arriesgadas.
            Al final de cada selección, como propina, nos ofrece un “Homenaje en la poesía hispánica”. Se trata de la parte menos desarrollada del volumen y la más discutible. Los poemas que reproduce son de muy desigual calidad, desentonan muchos de ellos en el conjunto. ¿A qué viene poner un poema de Viktor Gómez junto a los versos de Ana Ajmátova? Lo copio entero dada su brevedad: “vagones grises / lentos se van oscuros / mugre el índice / numerados patanes / del cero al olvido”. ¿No podría haber encontrado algo mejor en Benjamín Prado, por citar solo un ejemplo?
            El epílogo se titula “Otra antología” y en él se comentan brevemente veintidós poetas, de Hölderlin a Marina Svietáieva, que podrían haber sido incluidos en la antología. Y que sin duda lo serán en un nuevo tomo, tan valioso como este, o más, si el autor trabaja un poco más la parte dedicada a seguir la huella de esos poetas en la literatura de lengua española, y el editor corrige algunos descuidos, como el desganado índice (había que indicar los títulos de los poemas seleccionados), la imprecisa manera de señalar el autor de los poemas de “homenaje” (aparece escondido en el comentario) o el poco relieve que se da al nombre de los traductores.
            Una idea feliz la de esta “antología comentada de poesía occidental no hispánica”, mejorable sin duda (son los riesgos de un empeño tan ambicioso), pero no por eso menos imprescindible para el buen lector de poesía.
           

sábado, 23 de junio de 2018

El universo en un grano de arena



Y
Andrés Trapiello
Pre-Textos. Valencia, 2018.

De un autor que comenzó a escribir hace más de cuarenta años, y que ha cultivado con profusión y regularidad los más diversos géneros literarios, no esperamos muchas sorpresas. Casi nos confirmaríamos con que no hubiera un exceso de reiteración y con que las nuevas versiones de los viejos temas no desmerecieran demasiado junto a las anteriores.
            Comenzamos por eso a leer el nuevo libro de poemas de Andrés Trapiello (sorprende su escueto título, Y, bien explicado en la nota inicial) con cierto escepticismo. Desaparece de inmediato. Qué importa que los temas sean los de siempre, qué importa que homenajee a Unamuno y al primer Juan Ramón, que abunden los buenos sentimientos (esos con los que, según Gide, no se hace literatura). Pronto nos ganan la emoción y el asombro, el mismo asombro y la misma emoción que al contemplar, una noche de verano, el cielo estrellado o al escuchar el canto del ruiseñor.
            Al ruiseñor, por cierto, le dedica varios poemas Andrés Trapiello en este libro, y un poema se titula “Amapola” y otro “Claro de luna”. ¿Qué poeta de hoy se atrevería a algo así? Solo él, o su admirado Eloy Sánchez Rosillo, que tampoco teme a la insistencia y que también ha ido progresivamente sustituyendo el tono elegíaco por la celebración del misterio de la existencia y de sus inmensas o minúsculas maravillas.
            “Pájaros, versos” se titula uno de los poemas y sus nombres, sus trinos y su variado plumaje llenan el libro: “El gran abejaruco y la oropéndola, / jilgueros, chichipanes y rabúos, / por no citar a los de toga negra, / a mirlos, golondrinas y vencejos”. También abundan los insectos, contemplados menos con la mirada del naturalista que con el asombro del niño: “Una pequeña araña que tranquila / se mueve entre los dientes trepidantes / del ciego cortasetos. Una hormiga / caminando paciente / y algo desorientada sobre un leño / que lleva ardiendo un rato, ajena a todo”.
            Mucho de fábula y de cuento oriental tienen también estos poemas, que hablan de una cotidianidad rural en la que todo se convierte en canto y en cuento, lo mismo la contemplación del vuelo de la libélula que revisar “las quintas pruebas” de uno de los tomos de sus diarios: “¿Quién no ha sentido / que con solo una vida no se alcanza / a realizar los sueños? / Se nos va la primera en galeradas / con erratas y a medio conseguir”.
            Hay poemas que tienen algo de scherzo, de jugueteo o de ejercicio de virtuosismo. El que yo prefiero se titula “La vida de un escritor”, descripción de una ciudad cuyo nombre se nos descubre en el último verso. A ejercicio suena también el romance “Un día completo”, tan juanramoniano –pero del Juan Ramón de Arias tristes, no del de Dios deseado y deseante–, con su silencio que vuelve una y otra vez como estribillo. Muy distinto, –dría haber sido una “dolora” de Campoamor– “Esta misma mañana”, donde se escucha un tañido de aldea en medio del bullicio del centro de Madrid, aunque luego resulte ser muy distinto de lo que parecía.
            También sorprende, aunque de otra manera, el final de “Ciruelo en flor”: “Me puse nerviosísimo creyendo / que apenas duraría aquel prodigio, / tan prosaico es el viento, y sin pensarlo / corrió mi corazón hasta el sepulcro / donde a Dios le pusimos. / Levántate, le dije, resucita: / el ciruelo está en flor / y no hay por aquí cerca ningún otro / de igual rango que tú / a quien darle las gracias”.
               No podían faltar los poemas familiares, como saben muy bien los lectores de Andrés Trapiello. Un poema antológico es “Mont Saint-Michel”, que parte de una anécdota trivial, el encuentro de un viejo vídeo doméstico. Igualmente merece destacarse ese canto a la amistad y a la música titulado “Schubertiada”.
            El tono más grave del libro, el más emocionante, se encuentra en los dos poemas dedicados al padre. “Una certeza”, se titula el primero, con su comienzo en esos becquerianos espacios “que separan la vigilia del sueño”, o el fantasmal “Claro de luna”, con su superposición de tiempos y de presencias y ausencia.
            Apenas hay página de este libro que no encierre una maravilla. Pocas veces se ha cantado con tanta verdad y con tanta austera belleza, sin levantar la voz, el sucederse de las estaciones, el temblor del cielo estrellado, el escondido canto del ruiseñor o ver amanecer desde la ventanilla de un tren.
            Poesía de madurez esta, poesía de la intrahistoria que no teme la anécdota, poesía de quien sabe ver el universo en un grano de arena, la eternidad en un instante. Y poesía que ama los pequeños detalles exactos, que sabe dar nombre a cada cosa, que no se pierde en vaguedades más o menos metafísicas. Lo mejor de la poesía de siempre en la voz de un poeta de hoy.




jueves, 14 de junio de 2018

José-Carlos Mainer, literatura y más



Periferias de la literatura. De Julio Verne a Luis Buñuel
José-Carlos Mainer
Fórcola. Madrid, 2018.

Conviene decirlo en voz baja, para que no se enfaden mis colegas, pero la mayoría de los trabajos universitarios dedicados a la literatura española contemporánea son de muy escaso interés para el público en general y casi me atrevería a afirmar que para cualquier público. Se trata de escritos de consumo interno que sirven solo para la promoción funcionarial de sus autores. Suelen oscilar entre la erudición menor y las vaguedades teóricas que lo mismo valen para un roto que para un descosido (“posmodernidad”, “pensamiento débil”, “modernidad líquida” y otros conceptos igualmente gaseosos).
            Pero hay excepciones, afortunadamente, y una de las más notables es la de José-Carlos Mainer. En 1974 publicó La Edad de Plata (1902-1936), Ensayo de interpretación de un proceso cultural y toda su obra posterior puede considerarse como un desarrolla de ese título pionero y fascinante. Por primera vez se nos contaban tres décadas de la historia de España, no como un conjunto de acontecimientos aislados, una sucesión de generaciones caricaturizadas en los manuales, sino como un proceso cultural en el que literatura y arquitectura, filosofía y música, pintura y política estaban relacionadas.
            El núcleo central de Periferias de la literatura añade nuevos capítulos a ese inagotable estudio de una de las épocas más fecundas de la historia de España, la llamada Edad de Plata (por contraposición a los siglos de Oro), un membrete que Mainer no inventó, pero que hizo popular.
            Los trabajos que se reúnen en Periferias de la literatura tienen un origen académico y se publicaron primeramente en actas de congresos y en misceláneas de homenaje a algún catedrático. Afortunadamente no se han quedado ahí y el interés de la mayoría de ellos hace que le disculpemos al autor que no haya sido más decidido a la hora de eliminar cierto enojoso andamiaje propio de su destino original (tampoco el prólogo ayuda a ganar nuevos lectores).
            El núcleo del libro lo constituyen la media docena de artículos dedicados a glosar temas y figuras de la Edad de Plata, como ya dije. “De la España negra. Apuntes literarios de una obsesión” busca antecedentes en el reformismo dieciochesco y llega hasta los apuntes carpetovetónicos de Camilo José Cela. “Apuntes para un marco” toma como pretexto al caricaturista Luis Bagaría para hablarnos de la bohemia, de la hermandad de las artes y de muchas cosas más. “La hermandad de las artes” se titula precisamente el capítulo que lleva como subtítulo “Literatura y pintura en el tiempo de Miguel Viladrich”. Al pintor simbolista Miguel Viladrich comienza presentándonoslo en el salón de Carmen de Burgos, Colombine, donde se derraolla una desopilante escena de la que dejó constancia Cansinos Assens en sus memorias.
            De “Nacionalismo y modernidad” se ocupa el capitulo “Alrededor de 1915”. Ahora que tanto se habla –por lo general, para denostarlo– de nacionalismo conviene leer las páginas que Mainer dedica a la nueva formulación del nacionalismo español –convertido en nacionalismo estético– por parte de Asorín.
            A la arquitectura de los años treinta se dedica “Geometría lírica”. Mainer nos descubre sus afinidades con la poesía pura juanramoniana y con el regreso al orden –cita como abanderado a Jean Cocteau– tras los lúdicos disparates de la vanguardia.
            El capítulo inicial, “Para los lectores de Julio Verne”, nos muestra a un Mainer con perfiles inéditos, menos reticente que otras veces a las confidencias autobiográficas. Nos habla aquí de sus primeras lecturas, de su deslumbramiento con Dos años de vacaciones, la primera obra de Verne que leyó. Estas pocas páginas nos permiten imaginar lo interesante que serían, dejadas ya de lado sus servidumbres académicas sus servidumbres académicas, unas memorias intelectuales de José-Carlos Mainer, un investigador cuyo talento estilístico está a la par de los más notables escritores de la genración del 68, que es la suya.
            Menos interés tienen otros trabajos que reúne en este libro, como los dedicados a a la poesía (que nunca ha sido el punto fuerte de Mainer) o el que se dedica a glosar los artículos que se publicaron con motivo de la muerte de Max Aub, una ocupación de principiante, no de un maestro.
            Termino como empecé. Los estudios universitarios de literatura contemporánea por lo general tienen más que ver con pseudociencias como la homeopatía o la astrología que con la ciencia (¡tantas supuestas ediciones críticas llenas de notas que copian definiciones del diccionario de la RAE o de datos accesibles a todos en la Wikipedia!). Hay excepciones, claro está, y Mainer es una de las más notables. Pero cuando reúne sus trabajos –como en esta ocasión– para el público en general, debería ser más audaz a la hora de sacudirse de inanes y tediosas convenciones gremiales.

viernes, 8 de junio de 2018

Berta PIñán, trazos de una vida



Trozos / Cachos
Berta Piñán
Prólogo de Noni Benegas
Saltadera. Oviedo, 2018.

La poesía, si lo es de verdad, se escribe en una lengua, pero puede traducirse a cualquier lengua. En contra del tópico, lo que el poema pierde al traducirse suele ser lo menos importante: los juegos de palabras, el sonsonete de la rima, las alusiones en exceso localistas. Claro que traducir poesía, traducirla de verdad, no hacer un traslado más o menos literal, es tan difícil como escribirla.
            Cuando es el propio poeta el que se traduce –el caso del catalán Joan Margarit, el caso de la asturiana Berta Piñán–, las dificultades son menores y casi podemos hablar de una doble versión original.
            Trozos puede leerse como un libro nuevo, a pesar de que selecciona poemas publicados a lo largo de los últimos treinta años, a los que añade un puñado de impactantes inéditos. El volumen se dirige tanto a los que ya conocen su poesía, como a los que se adentran en ella por primera vez.
            Como todo poeta verdadero, Berta Piñán va creciendo en espiral a partir de unas pocas intuiciones básicas. Su poesía tiene un pie en la vida, en su vida privada y en las calamidades del mundo contemporáneo, y otro en la literatura.
            Uno de sus poemas se titula “A la manera de Szymborska” y otro “Variaciones sobre un poema de Eugénio de Andrade”, pero son más mucho más los homenajes y las variaciones: “Ofrenda” recrea el “Pequeño testamento”, de Miguel d’Ors; “La impostora (Variaciones sobre un mismo tema)”, uno de los más conocidos poemas de Xuan Bello, “Variaciones del mio nome”; “Papel en blanco” parafrasea a Ángel González (“¿Sabes que un papel puede cortar como una navaja? / Simple papel en blanco / una carta no escrita / me hace hoy sangrar”); Víctor Botas y Miguel d’Ors están detrás de “Lectura en la playa o mares de tinta” (la literatura que nos permite ver de otra manera la realidad o que nos la oculta). Y termino este recorrido, que daría mucho juego en un taller de escritura, con el poema “Los límites de un corazón”, que tras una minuciosa enumeración borgiana (“He recorrido los caminos del agua, / de Estambul a Venecia, / la nieve en St. Michel…”) concluye con unos versos de Ana de Noailles: “pero ni un solo paso he dado / fuera de los angostos límites / de tu corazón”.
            Berta Piñán conocer bien la poesía contemporánea, no oculta a sus maestros, como tampoco los ocultaban Garcilaso o Virgilio, pero eso no le resta personalidad, aunque esta se manifieste más claramente en las otras líneas que caracterizan a su poesía.
            Hay por un lado, una línea costumbrista y de recuerdos de infancia que nos remite al mundo rural de su infancia, ya desaparecido para siempre. Poemas como “Eros y Thánatos”, “Herencia”, “Sidra” o “Mitos de familia”. Algunos de estos poemas, como el espléndido “Naranjas”, entremezclan los propios recuerdos con las historias familiares de la guerra o de la emigración. Cuando se escriben en prosa, están, como en Carver, a medio camino entre el relato y el poema.
            Espléndidos resultan los poemas de amor y dolor, los que hablan de presencias y ausencias, que van progresivamente eliminando la anécdota hasta quedarse solo en inteligencia y emoción. Bien conocido resulta el titulado “La casa” (lo citó en uno de sus discursos, cuando era príncipe, el hoy rey de España), pero hay muchos otros igualmente memorables.
            La poesía de Berta Piñán canta y cuenta, celebra y denuncia. Especialmente sensible a los problemas de la inmigración, en el poema “Playa de Tarifa, Cádiz” todo el drama de las pateras es evocado por uns simples zapatos encontrados en la playa. Con no menor emoción leemos “Senegalesa”, “Lección de gramática” o “Un reloj”.
            Poeta de línea clara, experiencial, no rehúye Berta Piñán la anécdota ni los homenajes a otros escritores ni cierto ternurismo, pero con los años parecer ir haciéndose más desnuda, más esencial, más heridora. Un buen ejemplo de ello puede ser “El hueso”, uno de los poemas inéditos.
            Berta Piñán –local y universal, intimista y comprometida, culturalista y cotidiana– escribe en asturiano, una lengua minoritaria, pero su poesía, como toda verdadera poesía, no se dirige solo a los lectores de asturiano, sino a todos los lectores de poesía. Para muchos de ellos, esta antología constituirá una memorable sorpresa.

viernes, 1 de junio de 2018

Historia de un converso



Un vocal español en la Komintern
Óscar Pérez Solís
Edición de Steven Forti
Renacimiento. Sevilla, 2018.

Todo en la vida del asturiano Óscar Pérez Solís (1882-1951) resulta novelesco. Militar de carrera, un recluta le contagia sus simpatías por el anarquismo. Ese recluta tenía un nombre muy literario, Juan Salvador, que es el pseudónimo que, tras la muerte del amigo, utilizará Óscar Pérez en sus primeros escritos políticos.
            Pronto se desengañará del anarquismo y comenzará a ser un activo militante socialista. Ocupa cargos importantes en las agrupaciones de Valladolid y Bilbao; es detenido, mal herido por la policía en el asalto a una Casa del Pueblo; contribuye decisivamente a la escisión que dará origen al Partido Comunista Español. En 1924, asiste en Moscú a una reunión de la Komintern, esto es, de la Internacional Comunista; en 1936 está en Oviedo, donde es detenido por conspirar contra el Frente Popular; liberado poco después, se convierte en uno de los más eficaces colaboradores de Aranda en la ciudad sublevada.
            La estancia en Moscú la contó Óscar Pérez Solís en varias ocasiones. La última, una serie de artículos publicados en El Español, el semanario que dirigía Juan Aparicio, entre noviembre de 1942 y marzo de 1943, cuando las tropas alemanas estaban en Rusia, ayudadas por la División Azul. Esos artículos son los que ahora se reúnen por primera vez en un libro que comenzamos a leer con cierta prevención. Tememos encontrarnos con la encendida soflama antisoviética propia de la época y de quien fue cocinero antes que fraile, comunista antes que fascista.
            Pero de inmediato nos sorprende su moderación. La visión que se ofrece del Moscú de 1924 está muy lejos de las caricaturas de la propaganda, sin que se oculten los aspectos negativos –como no podía ser de otra manera– de la realidad de entonces.
            El editor de estos artículos, Steven Forti, ha tenido la feliz idea de publicar junto a ellos, los escritos durante la visita y aparecidos poco después en La Antorcha, el periódico oficial del comunismo español. El memorialista de 1942, atento matiz y al detalle preciso, es en 1924 un mero propagandista que se entusiasma ante los innumerables logros de la Revolución. Llega incluso a elogiar el régimen de las prisiones rusas: “¡Cómo lo envidiarías, presos españoles, si lo conociérais!” (él conocía las prisiones españolas, pero de las rusas solo sabía lo que le habían contado). Las elogia, pero amenaza con ellas: el puño de hierro del Estado soviético “dispone de unas magníficas cárceles y de una Siberia excelente para los burgueses olvidados de que ‘esto’, lo de ahora, ha matado a ‘aquello’, lo de entonces”.
            En 1924, Pérez Solís se entrevista con todos los que representaban algo en la Rusia del momento. Le acompañaba como intérprete Andrés Nin, trágica y rocambolescamente hecho desaparecer por los rusos durante la guerra civil española.
            De los líderes soviéticos, Bujarin era el de mayor formación intelectual. Mostraba una gran curiosidad por las cosas de España. “¿Qué españoles cultivan la filosofía”, preguntó. Pérez Solís menciona, en primer lugar, a Ortega y Gasset. Pero Bujarin no le tenía por filósofo, sino “por un excelente escritor que conoce y traduce muy bien la filosofía alemana”. Tampoco valoraba mucho al decadente Unamuno, cuyo pensamiento correspondería a la decrepitud de una burguesía “envejecida antes de llegar a su madurez social”.
            La figura más admirada es la de Leon Troski, “al que dudo que haya igualado nadie en el campo bolchevique”. Si no hubiera abandonado el comunismo en 1928, Pérez Solís habría corrido muy probablemente la misma suerte que su amigo Andrés Nin. De hecho, él mismo cuenta que en Bilbao llegó a conocérsele como “el Troski de las Siete Calles”, que era donde él tenía un cuarto en el que consolaba sus horas de hambre “con los delirios comunistas”.
            Peor parado, como no podía ser de otra manera, sale Stalin, quien le recibió afablemente en su gabinete de trabajo, nada ostentoso, pero que enseguida perdió su amabilidad.  A Pérez Solís le acompañaba su intérprete habitual, a quien achaca el repentino cambio de humor del dirigente: “La culpa era de Nin, que hacía con mis preguntas en castellano, al traducirlas al ruso, lo que le daba la gana. Menos mal que la iracunda mirada de Stalin, después de rebotar en los lentes de Nin, vino hacia mí con cierta suavidad, en las que sospeché que no faltaba su poquito de lástima, como si Stalin comprendiera que no era del todo mía la culpa de haberme metido en aquellos berenjenales”. Quizá el odio de Stalin hacia Nin, que culminaría en su asesinato, comenzó entonces.
            Encarcelado en Monjuic tras su regreso a España, Perez Solís recibe la reiterada visita del padre Gafo, también asturiano, una de las principales figuras del sindicalismo católico. Cansado de la mala vida que había llevado por sus actividades políticas, recuperó la fe católica, renunció públicamente a sus ideas comunistas y aceptó un puesto bien remunerado en la Compañía Arrendataria del Monopolio del Petroleo (la CAMPSA), recién creada por Primo de Rivera. Su deriva fascista se iría acentuando progresivamente: intervino en la fundación de Falange, fue a Oviedo a preparar al sublevación militar, ocupó diversos cargos durante el franquismo. Pero no se convirtió nunca, como tantos, en un feroz perseguidor de los que habían sido sus compañeros. Todo lo contrario, los ayudó en lo que pudo y, en 1942, fue capaz de darnos una impresión de la Rusia que había visto en 1924, muy alejada de la siniestra imagen que esperarían sus lectores. No duda en subrayar la honestidad de la mayoría de los líderes comunistas y la modestia con que vivían.
            En 1931, contó su vida en Memorias de mi amigo Óscar Perea, un libro que, como la mayor parte de las autobiografías, vale tanto por lo que cuenta como por lo que calla, y que merecía una reedición. Óscar Pérez Solís no fue nunca un comunista ni un anticomunista de manual.  Hubo en su vida dos encuentros providenciales, el del recluta Juan Salvador, que le hizo rebelarse contra las injusticias del mundo, y el de José Gafo –asesinado en 1936, beatificado por Benedicto XVI–, que le devolvíó el consuelo del otro mundo. Un hombre que siempre quiso ser fiel a sí mismo y que estaba, como su época, como quizá todos los hombres y todas las épocas, lleno de claroscuros.