jueves, 24 de septiembre de 2020

Música vista

 


Escrito en el aire. Aforismos, 1975-1995 
Ángel Crespo 
Edición y prólogo de Manuel Neila 
Apeadero de Aforistas / Thémata, Sevilla, 2020. 

No cabe duda de que Ángel Crespo fue un escritor excesivo. Sus publicaciones darían para nutrir la bibliografía de media docena de autores. Comenzó a divulgar la obra de Fernando Pessoa ya en los años cincuenta, antes que nadie, pero no se limito a ser un traductor del creador de los heterónimos, sino que le dedicó estudios fundamentales y con su edición y organización contribuyó al éxito de El libro del desasosiego. También Eugénio de Andrade, tan influyente en la poesía española, tuvo en Ángel Crespo su primer embajador. Y junto a la poesía de lengua portuguesa, otras muchas, entre las que destaca la poesía italiana, con la traducción de La divina comedia como más laureada labor.

            Traductor infatigable, estudioso ejemplar, Ángel Crespo era ante todo poeta, con una primera etapa en la que dio un toque personal a la poesía realista y comprometida de los años cincuenta. Se inició en el postismo y nunca olvidó las enseñanzas de la vanguardia. Como tantos otros poetas de su generación, a mediados de los años sesenta entró en un período de silencio, Fue una crisis estética acompañada de un cambio vital. La asfixia del franquismo le llevó al exilio. En Puerto Rico se convirtió en profesor universitario de literatura (en España habría sido imposible: era licenciado en Derecho). Cuando volvió, ya con la democracia, el clima estético y vital era otro. Su poesía, mágica y mítica, en constante metamorfosis, enlazaba con la revolución novísima, aunque sin caer nunca en pedantescos excesos culturalistas ni cultivar la gratuita “destrucción” del lenguaje.

            La muerte de Ángel Crespo en 1995, no interrumpió su presencia ni sus publicaciones. Pilar Gómez Bedate, constante colaboradora, fue dando a luz una importante obra inédita. Ahora Manuel Neila, cultivador y estudioso del género, recopila por primera vez en un volumen los aforismos completos de Ángel Crespo. En vida publicó dos breves volúmenes, Con el tiempo, contra el tiempo (1978) y La invisible luz (1981), ambos aparecidos en El toro de barro, la colección de poesía que dirigía en un pueblo de Cuenca, Carboneras de Guadazaón, uno de sus compañeros de la aventura postista, el poeta Carlos de la Rica, una especie de Jean Cocteau manchego. A esas dos colecciones, les añadió otra al reproducirlas en El ave en su aire, recopilación de la poesía escrita entre 1975 y 1984. Pilar Gómez Bedate publicó en 1998 los inéditos de La puerta entornada.

            Los aforismos, convertidos en moda, son rechazados hoy por bastantes lectores. Raro es el poeta que no publica –hay varias colecciones dedicadas exclusivamente a ellos-- su colección de peregrinas ocurrencias, a menudo meras banalidades, y más raro todavía el que no insiste con volúmenes igualmente intercambiables. Ángel Crespo representa otra manera de entender el género. Escrito en el aire, que es el título que quiso dar a sus aforismos completos al incluirlos en una recopilación de su poesía, sorprenderán a la mayoría de los lectores. Agrupados en breves series, con título propio (a menudo reiterado), oscilan entre el género reflexivo y el poema en prosa que insiste en la sinestesia y en las sorprendentes comparaciones. Copio el comienzo de “Música vista”: “Beethoven: púrpura, añil y oro; Schubert: azul y granate; Schumann; violeta y negro brillante”. Todas las series dedicadas a la música se alejan de lo convencional: “Frescobaldi escribía desde lo alto del retablo del altar mayor; Correa de Arauxo, del lado de la epístola; Vitoria, en el confesionario; Perosi… entre concilio y concilio vaticano”.  No menos imaginativas y brillantes resultan las series de aforismos dedicadas a los escritores. La titulada “Medios de locomoción” dice así: “El duque de Rivas escribía en calesa. Espronceda, a caballo. Bécquer, en la barca de Lohengrin, pero con otra música. Zorrilla, en una tartana, pero tirada por un pura sangre. Núñez de Arce, en un tren de cercanías”.

            Hay otros aforismos de formato más habitual (generalmente con el título de “Para un arte poética” o “Decires”), pero nunca se incurre en lo obvio ni en la fácil moraleja. Ángel Crespo gusta de darle la vuelta al sentido común, de mostrarnos el revés de la realidad. Como estudioso y como creador, con los años fue acrecentando su interés por el ocultismo y los márgenes de la realidad. Su continuo afán de metamorfosis, lo explica en alguna anotación: “Estuve a punto de romper el poema recién hecho cuando me di cuenta de que se parecía demasiado a la poesía de alguien. Cuando comprendí que era a la mía, lo rompí”. Y su incansable dedicación a la crítica y a la traducción en otra: “Ser generoso: dedicar un día a nuestra obra y una semana a la de los demás, que no es obra ajena”.

            A Manuel Neila hay que agradecer que haya puesto en circulación la un tanto olvidada labor aforística de Ángel Crespo. Si algún reparo se le podría poner como estudioso y editor es que gusta más de las discutibles afirmaciones generales (habla de la “máxima neoclásica” a propósito de La Rochefoucauld) que del cuidado del detalle: los aforismos de Con el tiempo, contra el tiempo, publicado en 1978, no se escribieron entre 1975 y 1984, como reiteradamente señala, y entre las “ediciones de poesía”  no pueden incluirse ni las Cartas a Eugénio de Andrade ni Guerra en España, aunque el error no sea exclusivamente suyo: lo copia de la bibliografía incluida en El ave en su aire. Pero estos reparos menores no disminuyen el interés del volumen ni el mérito del benemérito estudioso del aforismo.

           

jueves, 17 de septiembre de 2020

Descenso y gloria

 


La hora del jardín
José Luis Parra
Selección y prólogo de Susana Benet
Renacimiento. Sevilla, 2020. 

Un libro póstumo de un poeta que en vida publicó ampliamente, como es el caso de José Luis Parra (1944-2012), suele tener un interés menor, no pasar de simple curiosidad para los lectores más fieles. Y si los papeles inéditos caen en manos de lo que se ha dado en llamar “un académico”, esto es, un profesor universitario, el resultado puede constituir un ilegible y filológico desastre: los borradores no se distinguirán de los poemas acabados, en nota se nos indicarán las palabras tachadas y entre corchetes la coma o tilde que el editor ha creído conveniente añadir.

             Afortunadamente, no es el caso de La hora del jardín, que ha contado con la colaboración de una poeta, Susana Benet, muy cercana vital y literariamente a José Luis Parra. Ella guardaba los inéditos, ella los organizó, ella puso título –tomado de uno de los poemas-- al conjunto. Parra era muy consciente de que un libro de poemas es algo más que una reunión de poemas, aunque estos puedan y deban funcionar autónomamente. En el prólogo, cita Susana Benet una conferencia de Parra en la que este comparaba la organización de un libro al montaje cinematográfico: a veces hay que sacrificar poemas que chirrían en el conjunto final y, según los organicemos, el libro tendrá uno u otro sentido.

            Los poemas de La hora del jardín se escribieron entre 1997 y 2012, durante los últimos quince años de la vida del poeta. Hay algún texto menor, como el muy explícitamente titulado “Divertimento”, pero el conjunto está lleno de piezas memorables.

            José Luis Parra dedicó su vida, aparentemente, a la autodestrucción, como los bohemios finiseculares, pero en realidad a la amistad, al amor, a la poesía y a la indagación sobre el sentido de la existencia. En uno de los poemas se considera “De la estirpe de Pessoa”, según indica el título: “Soy uno y soy multitud. / Quiero vivir, quiero morir. / No: no quiero vivir, ni tampoco morir. / No puedo renunciar ni al Todo ni a la Nada. / Ser y no ser al mismo tiempo. / He aquí el auténtico problema”.

            Su pesimismo, presente en tantos poemas (baste el memorable ejemplo de “Nochebuena 2009”), trasciende la anécdota biográfica (“Has dedicado / tu vida a destrozarla”, comienza uno de los textos), es el pesimismo del ser humano concebido como “ser para la muerte”. Pocos poetas han sabido expresar ese hecho con tanta verdad y tanta desolación. E incluso con humor, como en “Buen provecho”: “Dejemos que la vida nos cocine / a fuego lento / y no nos queme. / Si somos un menú para la muerte / que encuentre nuestra mesa dispuesta y ordenada, / servidos y en su punto / el orgullo, la entereza, / y venga cuando quiera la bulímica insaciable / y nos engulla y se enriquezca”.

            Pero hay también en el libro espléndidos poemas de amor. El más original de ellos –aunque la originalidad no siempre pueda considerarse una virtud-- es el titulado “Transfundido”: el autoerotismo como la culminación del amor compartido. Y una vocación de felicidad a pesar de todo, un “carpe diem” que se atiene a los pequeños detalles cotidianos.

Memorable es el poema “El vaso de agua”, un tema que ha tentado a tantos poetas –hay incluso una antología sobre él--, y al que Parra sabe darle su toque habitual de cotidianidad y magia: “El vaso de agua fresca, / bebido con fervor poco antes de acostarme, / guarda la luna inocente de una terraza, / los grillos del verano, / un rocío pequeño, una acendrada luz… / Que en los turbios descensos de la noche, / en su opaca corriente, / esta sábana leve de manantial murmullo / preserve mi equipaje / de claridad, / mi sed de transparencia”.           

            Otro poema, “Plenitud otoñal”, contrapone la “amarga decadencia” de la que dan fe tantos textos, a la “corriente viva”, a la “enigmática claridad” de la que es símbolo el rumor del agua “entre el verdor enmarañado, umbrío / de unas peñas”.

            Poeta de la desolación José Luis Parra, pero también de la salvación por el amor y la belleza del mundo, a la que basta para mostrarse “un buen día de sol / en pleno invierno” o la “brisa de primavera / y sol sobre las mesas / anaranjadas, / vacías, / en la terraza acogedora / de un bar”.

            La hora del jardín es un libro de José Luis Parra, uno de los más secretos y vivos poetas de su generación (una generación bifronte: es la de Pere Gimferrer y la de Eloy Sánchez Rosillo), al que, sin necesidad de añadirle una línea, le ha dado el último toque Susana Benet, uno de los nombres esenciales de la poesía de hoy y también, por la muestra, editora ejemplar.

           

jueves, 10 de septiembre de 2020

Cara y cruz de González-Ruano



César González-Ruano en blanco y negro
Marino Gómez-Santos
Renacimiento. Sevilla, 2020.
  
De César González-Ruano, quizá el más conocido de los escritores de su tiempo, nos interesa menos su literatura, con ser esta nada desdeñable, que el personaje. A la manera de sus émulos Camilo José Cela y Francisco Umbral –y en la estela del gran maestro, Salvador Dalí-- cultivaba el escándalo como la más rentable forma de autopropaganda en la hipócrita sociedad franquista. Ningún escrúpulo moral le detenía ante la posibilidad de hacer caja, aunque luego despilfarrara –hablo de González-Ruano, no de los otros-- en un día lo que había conseguido el día anterior.
            En las distancias cortas del periodismo, González-Ruano, que no acababa de dar la talla en la novela o en la poesía, carecía de rival. También en los escritos autobiográficos o en los retratos al minuto de los escritores con los que había convivido o simplemente conocido de refilón. Era maestro en el arte, inventado por Juan Ramón, de la caricatura lírica y feroz.
            Marino Gómez-Santos, otro escritor que es también un personaje, nada más llegar a Madrid dispuesto a abrirse camino en el mundo literario –su primera parada fue, como no podía ser de otra manera, el café Gijón--, se convirtió en el discípulo predilecto de César González-Ruano. La amistad terminó, por esos malentendidos y rivalidades propios entre escritores, a finales de los cincuenta. Ahora, cumplidos o a punto de cumplir sus noventa años, Gómez-Santos le rinde un homenaje que algo tiene de ajuste de cuentas.
            El libro se basa en varias fuentes: las muchas páginas que anteriormente le dedicó, como no podía ser de otra manera (en especial la entrevista, de 1957, recopilada en Españoles en órbita: la versión rosa de lo que ahora nos cuenta en blanco y negro); los recuerdos de la mujer del escritor, Esperanza Ruiz-Crespo, y de su primera hija, con las que Gómez-Santos tuvo trato; diversos epistolarios, hasta ahora inéditos, el más importante de los cuáles es el intercambiado con Gregorio Marañón.
            Deja fuera Gómez-Santos lo que más nos interesa hoy de la vida de González-Ruano, el agujero negro de su biografía: “No trataré de investigar su vida en París, por falta de pruebas y para no incurrir en los despropósitos de aquellos que lo han intentado sin lograr más que vanas divagaciones”.
En el París ocupado, González-Ruano traficó en el mercado negro (llegaría a ser detenido por la Gestapo),  se aprovechó de la situación vulnerable de los judíos y hasta es posible que se dedicara a denunciar a los que antes había saqueado. Un libro de Rosa Sala Rose y Placid García-Planas, El marqués y la esvástica, se ocupa de estas cuestiones que a Gómez-Santos no parecen preocuparle demasiado. También se alude de pasada a ciertos negocios del escritor en la España franquista, como los permisos que se le concedían para la importación de coches extranjeros, que luego de inmediato revendía, y que le sirvieron para mantener el palacio que le regalaron en Cuenca para que promocionara la ciudad.
            Marino Gómez-Santos prefiere centrarse en otras cuestiones, como las referidas a la vida sexual del personaje (insinúa que era menos don Juan que voyerista Onán, al menos en sus últimos años), o a sus trapacerías de escritor.
            Aunque algo descacharrado y necesitado de una revisión (en la página 147 confunde el serio y aburrido semanario El Español con la divertida y llena de colorines La Estafeta Literaria), el libro de Gómez-Santos se lee con el mismo gusto y provecho que una buena novela picaresca. Cierto que algunas de las anécdotas de la vida bohemia que nos cuenta son un poco de aluvión y circulan por ahí atribuidas a diversos personajes. La que se cuenta en las páginas 38-40, por ejemplo, atribuida a Manuel Bueno en otros lugares aparece protagonizada por Gómez-Carrillo, otro periodista brillante y sin escrúpulos.
            En varios capítulos se refiere Gómez-Santos a las entrevistas de González-Ruano, que fueron el modelo de las que a él pronto le harían famoso. Reunió las primeras en Caras, caretas y carotas, un libro de 1930, y las últimas en Las palabras quedan, de 1957. Gómez-Santos parece haber olvidado la existencia de este último volumen, ya que no lo menciona ni una sola vez y en cambio escribe: “No alcanzó a pensar entonces, aunque tenía muy desarrollado el instinto para obtener el mayor fruto posible de cuando escribía, la posibilidad de publicar una antología de los retratos literarios, extraídos de sus ‘Conversaciones’ de Arriba, todos muy afortunados”.
            A algunas de esas entrevistas, realizadas entre 1952 y 1955, le acompañó Gómez-Santos como escudero o aprendiz y ahora, tantos años después, aprovecha para desvelarnos algunos secretos de taller: la entrevista con Gregory Peck, a quien apenas pudieron saludar en el hotel Fénix, es totalmente inventada (y no por eso deja de ser una excelente entrevista).
            El libro termina con la paradoja de que fuera un antiguo futbolista, Miguel Pardeza, quien le rescatara del olvida y recopilara en monumentales volúmenes, gracias a la fundación Mapfre, todos los artículos dispersos del escritor. El último capítulo de esa historia póstuma, la damnatio memoriae, el borrado de su nombre de una fundación, un premio y una calle no parece haber llegado al conocimiento de Gómez-Santos.
            Se ha borrado de muchos lugares el nombre de González-Ruano, pero no se le puede borrar de la historia de la literatura, en la que ocupa un sitio cierto y mayor, aunque sea en un género tradicionalmente considerado menor.
            Ajuste de cuentas con quien fue su maestro, y a quien pronto creyó superar (y quizá superó en el arte de la entrevista extensa y bien argumentada y documentada, un arte en el que Gómez-Santos carece de rival), este libro tiene también mucho de autorretrato. La imagen final que nos deja de González-Ruano se resume en un verso de Antonio Machado: “tal un imán que al atraer repele”. Y viceversa.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Pessoa cazafantasmas



Lo invisible
Rui Lage
Traducción de Juan Ramón Santos
Posfacio de Pedro Serra

¿Es realmente Fernando Pessoa el protagonista de Lo invisible, la primera novela del poeta, crítico y traductor Rui Lage? Aparentemente sí: ese es el nombre del protagonista, que tiene su despacho en la Rua dos Doradores, que ha pasado su infancia en Sudáfrica, que es el creador de los heterónimos (incluso uno de ellos, Alexander Search, tiene un cierto papel en la trama), que está enamorado de Ofélia…
Pero pronto nos damos cuenta de que poco o nada tiene que ver con el personaje real, que el autor se ha despreocupado de cualquier rasgo de verosimilitud. Baste un ejemplo. El protagonista de la novela mantiene una relación con la joven Hanni Jaeger, después de que esta abandonara al mago Aleister Crowley, protagonista de un falso suicidio, que causó cierto escándalo en su momento y con el que el verdadero Pessoa y el periodista Augusto Ferreira Gomes tuvieron algo que ver. La Hanni Jaeger de la novela trabaja en un cabaret lisboeta y el protagonista mantiene una relación con ella: “En un arrebato, Pessoa la agarró por la cintura y la hizo ponerse de pie. En lo que Hanni se desabrochaba los botones de la blusa, él ya se había soltado el pantalón y dejado caer los pantalones. Le clavó los dedos en las nalgas agarrando hacia sí los firmes muslos, la levantó con una fuerza insospechada, la llevó de espaldas hasta apoyarse en una columna y la penetró debajo de las hojas de acanto policromadas y los viñedos de cantería posdiluvianos mientras le metía la lengua en la boca”.
Si se nos contara como una fantasía erótica del personaje –al estilo de las que aparecen en alguno de los poemas ingleses de Pessoa--, tendría alguna justificación, pero tal como se nos cuenta rompe cualquier semejanza.
            Claro que la verosimilitud que se debe pedir a un relato fantástico no es la misma que se exige a un relato realista. Quizá mejor que de verosimilitud habría que hablar de coherencia interna. Lo invisible carece de ella. Por un lado es una novela con ambición literaria, escrita en un lenguaje que no desdeña la frase brillante ni la calidad de página; por otra parte, parece un guion para una de esas películas de fantasía y terror para adolescentes que nos hacen reír cuando pretenden dar más miedo. Baste un ejemplo. Para acabar con los malignos hechizos que están en el centro de la trama, Pessoa penetra en una cueva custodiada por un dolmen. Tras lo que parece un viaje iniciático por el subsuelo, escucha una voz tenebrosa que lo deja paralizado. “¿Quién se presenta en mis dominios? ¿Quién me demanda?”, escucha. Y cuando esperamos encontrarnos a una criatura demoníaca, o al mismo señor de los infiernos, lo que vemos es un jabalí sentado en un trono: “Remataba su cabeza un yelmo de bronce formidable: tenía encima un gran cuervo de metal con las alas abiertas. El pelo cerdoso, que había sido de color ceniza oscuro, se veía descolorido, cubierto de manchas blanquecinas en el pecho, allí donde no estaba cubierto por la cota de malla. Atado al cuello tenía un collar con media docena de manos humanas reducidas a huesos. Por las piernas le trepaba un ejército de hongos, de setas y de moho. Un enjambre de insectos rondaba su enorme cabeza y, al posarse, chupaban del hocico húmedo, sobre el que se emparejaban dos ojillos enterrados de color rojo sangre, uno de ellos opaco, sin duda ciego. Echada sobre su hombro tenía una larga lanza con punta de bronce y, apoyado en la rodilla, un escudo de madera estallada, con correas de cuero, donde aún se distinguía la forma de una luna creciente en medio de un sol. Por debajo del vientre, el pene era una larga babosa que colgaba flácida”.
Pessoa le entrega al “terrorífico” monstruo, para congraciarse con él, “una ristra de talismanes y artefactos” y “”un saco de bellotas de roble que saca de su mochila” (¡Pues menuda mochila sería esa!, pensamos). Pero el monstruo quiere algo más: “¡Quiero tu mano derecha!¡Córtatela y dámela para que me la coma antes de que te devore entero, insecto!”
            No se trata de una parodia ni de un texto que pretenda ser humorístico. Rui Lage escribe su novela muy en serio, aunque el lector pronto deje de tomársela en serio. En el último capítulo –“lo invisible luchaba por hacerse visible”-- asistimos a una aparición: “Delante de él, flotando sobre el suelo, tomaba forma un cuerpo de mujer. Un cuerpo traslúcido a través del cual se vislumbraba, como a través de una gasa, lo que estaba detrás. De estatura baja, pero bien torneado, surgía envuelto en un halo de mármol. Tenía las manos cruzadas sobre el bajo vientre y la cabeza inclinada hacia las tablas del suelo. En vez de acatar la ley de la gravedad, los mechones de pelo flotaban como algas negras animadas por corrientes marinas. Era Ofélia Queirós. Su fantasma”.
            Ofélia ha sido convertida en fantasma por la intervención de Alexander Search cuando protagonizaba con Pessoa una sesión espiritista. No importa que la verdadera Ofélia muriera en 1991. Bueno, no le importa al autor porque los lectores no entendemos qué pinta, allá por 1931, en el trasmundo ni en ese último capítulo.
            Sin las referencias a Pessoa, Rui Lage podría haber escrito una novela de género con cierto interés en la evocación del mundo indígena sudafricano de finales del diecinueve y en el contraste entre la sociedad lisboeta de los años treinta y una aldea apartada de Tras-os-Montes. Pero incluso en una novela de las que antes se llamaban de kiosco o en el guion para una película de la serie B, debería haber cuidado más lo detalles. El investigador privado de fenómenos paranormales acepta desplazarse a un remoto y rústico lugar  porque el cura que le hace el encargo dice ser “el heredero único y amado de un tío establecido en Bahía, donde había hecho fortuna azucarando paladares europeos”. Al final no le paga, al no declararse insolvente. El protagonista debería haberlo sospechado: dijo que era heredero, no que hubiera heredado.
            En el último capítulo hace su aparición, como ya hemos señalado, el fantasma de Ofélia, aunque el gran amor de Pessoa parece ser Hanni Jaeger. En el penúltimo, se nos dice, de críptica manera, que el sacerdote que encargó resolver el caso de las terroríficas apariciones en la aldea acabó suicidándose, sin que se nos informe de por qué: “Un año después, en un aliso vetusto cuyas raíces cubrían la base del puente en busca de la corriente, Amadeu sería encontrado con los pies balanceándose en el arpa del viento. El cuello inclinado sobre el pecho, amarrado a la punta de una cuerda. Y hormiga, muchas hormigas”.
            El epílogo, “Psicopompografías”, de Pedro Serra, parece tomarse en serio este pretencioso disparate y trata de razonar sus ocurrencias, demostrando al hacerlo un buen conocimiento de la obra de Pessoa.
Pero a esta novela, aunque curiosa y con páginas no desdeñables, en conjunto es difícil salvarla. Quien la leyó, movido por la pasión pessoana, lo sabe.
           

jueves, 27 de agosto de 2020

El bosque y yo



Los árboles te enseñarán a ver el bosque
Joaquín Araújo
Prólogo de Manuel Rivas
Crítica. Barcelona, 2020.

Joaquín Araújo, conocido divulgador de la flora y la fauna española, heredero de Félix Rodríguez de la Fuente, ha escrito un libro que es a la vez manifiesto en defensa de la naturaleza (que él llama Natura), autobiografía autopromocional y antología poética.
            Aunque el libro incluye abundantes versos de cosecha propia, en algún caso reiterados, destacan sobre todo las citas y los poemas de otros autores, una verdadera antología universal sobre el árbol y los bosques. Cuando mejor funcionan estos poemas o fragmentos de poemas ajenos es cuando se integran en la prosa. El autor cura a un corzo herido por su mastín y luego procede a liberarlo: “De nuevo en brazos lo acerqué al borde del bosque y lo dejé en el suelo. Se levantó, dio tres o cuatro pasos y se paró para mirarme. Estoy seguro de no haber recibido un agradecimiento más hermoso en mi vida. El tímido, bello, poético corzo con ojos de rara caoba me regaló en el lenguaje universal sin palabras que son las miradas una gratitud que sigue dando sentido a mi vida”. Como colofón, se recuerdan unos versos de Emily Dickinson: “Si ayudo a un desmayado petirrojo / y lo llevo de nuevo hasta su nido, / no habré vivido en vano”.
            Además de poemas, Los árboles te enseñarán a ver el bosque incluye –ya desde el título-- abundantes aforismos, entremezclados con el texto o recopilados aparte. Joaquín Araújo los denomina, con uno de esos neologismos que gusta de utilizar, “naturismos”. Quizá pecan en exceso de didactismo y buenas intenciones: “No olvidemos que nuestro primer hogar, el bosque, podría ser también el último si lo destruimos. Y llevan muy adelantada la torpeza”. También gusta de jugar con las palabras: “Los bosques solo excluyen el excluir”, “En el bosque acontece que todo es acontecimiento”.
            Los pasajes autobiográficos –cómo, por ejemplo, en 1972, gracias a un compañero del servicio militar, descubrió Las Villuercas, donde reside desde hace cuatro décadas-- se entremezclan con otros de autopromoción: de vez en cuando nos recuerda los muchos documentales que ha dirigido, las conferencias impartidas, los premios recibidos, los libros escritos, la constante labor de asesoramiento a las autoridades políticas. Baste un ejemplo de este continuo traer a cuento, venga o no a cuento, la propia labor: “Se ha escrito, filmado y fotografiado hasta el infinito a las dehesas. Y tanto a sus usos, como a los inquilinos, salvajes y domesticados, que alberga. Para quien esto escribe también ha sido un objetivo prioritario de mi quehacer de escritor y cineasta. De hecho uno de los mejores reconocimientos que este emboscado ha recibido en su vida es el premio al mejor guion del festival de cine científico de Madrid, por un trabajo sobre nuestro árbol tótem. Traer a colación este premio en un capítulo dedicado a la encina tiene dos justificaciones. Por un lado, porque los documentales premiados fueron dos. En concreto se llaman El Encinar y La Dehesa, es decir lo mismo que estamos tratando en este apartado. Pero no menos porque las dehesas que paso a describir son las que filmé hace años para esos documentales de la serie El Arca de Noé de Televisión Española”.
            Los árboles te enseñarán a ver el bosque, aunque se presenta como un libro unitario, es en realidad una recopilación de diversos trabajos, de ahí las repeticiones y los cambios de tono: hay el guion de alguna de su clases, impartida en la propia finca, y de alguna conferencia; una colaboración en la revista Adioses, que se distribuye en los tanatorios; textos escritos para distintos catálogos; un manifiesto que forma parte de las campañas de la WWF: “Exigimos que las administraciones dediquen suficientes esfuerzos económicos y pedagógicos destinados a la recuperación de las dehesas, que debe ir de la mano del plan nacional de estímulo a la ganadería extensible, la más compatible con los medios naturales”.
            Hemos ido, en buena parte, subrayando la ganga del libro, pero abundan los pasajes que contagian amor por la naturaleza, cercanos en más de un caso a la poesía en prosa. Si tuviera que quedarme con un capítulo, sería el titulado “Algunas inolvidables emboscadas”, en el que se describen diez mágicos lugares: los cerezos del valle del Jerte; la laurisilva de Garajonay, en La Gomera; Muniellos, “el bosque más bosque”; los hayedos de Irati, al norte de Navarra; la dehesa de sabinas de Calatañazor; los sotos del Ebro en Cantalobos; los pinos naranja de Valsaín, en el Guadarrama; la cacereña lorera de La Trucha (“Solo un círculo / de eternidades, / mide el tiempo / de estos árboles / escondidos en / las gargantas / de la sierra); los alcornocales de la Almoraima, al sur de la provincia de Cádiz; los olivares de Jaén, que cantó Miguel Hernández, y las dehesas de Cabañas del Castillo, en Las Villuercas.
            Y no menos sugerente resulta otro capítulo, “El año del bosque”, sobre el sucederse de las estaciones y los cambiantes colores de la vegetación: “Marzo es malva por los billones de flores del brezo rubio.  Abril chisporrotea en amarillos por las flores de retamas negras, encinas, alcornoques y melojos. Mayo resulta blanco por las jaras”.
            Los árboles te enseñarán a ver el bosque enseña a mirar, a escuchar, a oler, a admirar, contagia amor por la naturaleza, algo que lleva haciendo Joaquín Araújo – y por todos los medios a su alcance-- desde hace más de cuarenta años.  
             

jueves, 20 de agosto de 2020

Versión femenina



Antes que sea tarde
Carmen Parga
Renacimiento. Sevilla, 2020.

Pocas veces la ironía histórica se ha mostrado más claramente que en el exilio a la Unión Soviética de los comunistas españoles tras la derrota en la guerra civil. Creían llegar casi al paraíso en la tierra y se encontraron con una aproximación congelada al infierno. Muchos han contado ese desengaño, que solía ir seguido de la conversión al más fanático anticomunismo. La España de Franco acogía con entusiasmo a los conversos.
            Cuando Carmen Parga escribe sus recuerdos, en los años noventa, ya la democracia, o algo parecido, ha vuelto a España y se ha derrumbado la Unión Soviética. No corre ningún riesgo por desvelar las miserias del comunismo real, un tópico reiterado hasta la saciedad en las democracias capitalistas, las únicas que parecen posibles.
Carmen Parga se había casado con uno de los personajes más destacados de la España republicana, Manuel Tagüeña, estratega de la batalla del Ebro. Físico de formación, estudió medicina en el exilio y era una de las cabezas mejor formadas de su tiempo. Tagüeña, muerto en 1971, quiso que sus memorias, Testimonio de dos guerras, quedaran inéditas hasta que pudieran ser publicadas sin servir de arma propagandística al franquismo. Carmen Parga escribe las suyas tiempo después y comienza contrastándolas con las de su marido. Frente a unas memorias escritas “en la plenitud de los cincuenta y ocho años, de un hombre con una memoria increíble”, memorias que constituyen “un verdadero tesoro de datos y narraciones de un indudable valor histórico”, las suyas –escritas a los ochenta años, “antes que sea tarde”-- constituirían solo “una versión femenina de un episodio de la gran aventura vivida por los españoles que perdimos la guerra y fuimos lanzados al exilio”.
            Pero Carmen Parga nunca se limitó a ser –según era la norma entonces y hasta casi ayer mismo-- la compañera del gran hombre. Tenía personalidad propia. Nacida en La Coruña en 1914, deportista, activa militante política, representaba a la nueva mujer de los años republicanos, la que no se conformaba con el papel tradicional y quería compartir protagonismo, de igual a igual, con el varón. Aunque en lo fundamental estuviera de acuerdo, ya nos afirma en el prólogo que puede haber alguna discrepancia entre su testimonio y el de su marido, que no ha querido releer, porque la visión de ambos no siempre fue enteramente coincidente.
            Carmen Parga centra sus recuerdos en los años que pasó en los países comunistas, tras el final de la guerra civil y antes de lograr viajar a México, donde reharía su vida y la de su familia. Fueron diecisiete años en los que vivió otra guerra, aún más cruel que la primera.
            ¿Y cómo es la “versión femenina” de esos años terribles? ¿Una versión doméstica, al margen de las grandes decisiones históricas? Hoy no hablaríamos de versión femenina, sino de una versión de la historia –de la intrahistoria-- que no deja de lado la cotidianidad, los problemas domésticos del día a día.
            Carmen Parga sabe contar y lo hace con brevedad y verdad, sin levantar la voz, sin peroratas ideológicas y con toques de humor, a pesar de tantos episodios trágicos.
Se han publicado docenas y docenas de testimonios sobre la guerra civil y el exilio, parece que estamos cansados del tema, y sin embargo estas páginas –que no cargan las tintas, aunque podrían-- nos seducen desde las primeras líneas.
            Aparte de la Unión Soviética, Carmen Parga y su marido conocieron la Yugoslavia de Tito y, años después, Checoslovaquia. De primera mano, nos cuenta el cerco que Stalin  a Tito, quizá el único dirigente comunista que no era un títere suyo, y luego las purgas en Checoslovaquia, a la manera de las que habían tenido lugar en Rusia.
            Todavía sigue asombrándonos –enigmas de la condición humana-- que Stalin considerara como principales enemigos del comunismo a los más fieles seguidores del comunismo y que estos –o buena parte de ellos-- bajaran la cabeza, pidieran perdón por culpas inexistentes y fueran al patíbulo sin un gesto de protesta.
            Carmen Parga muestra su extrañeza ante ese hecho incomprensible, que intenta explicar refiriéndose al “síndrome de Estocolmo”. También trata de explicar por qué, durante tantos años, los comunistas españoles que conocían de cerca la vida en Rusia siguieron cantando sus maravillas. ¿Temor, miedo a perder determinados privilegios? En buena parte, se debía a la capacidad del ser humano para engañarse a sí mismo y a la dificultad de reconocer que nuestros sacrificios fueron inútiles, que se ha seguido un camino equivocado.
            Pero lo que importa de Antes que sea tarde no son las reflexiones ideológicas, ni las denuncias de un mundo que hace tiempo que conocemos en su desnuda verdad,  sino las pequeñas anécdotas, el talante de la autora, su ir conociendo y aceptando muy diversas tradiciones culturales, el encuentro con la buena gente, con la que sufre y padece la historia que otros maquinan en sus despachos de ventanas clausuradas por la ideología.
           
           


jueves, 13 de agosto de 2020

Un cuento de terror



Este virus que nos vuelve locos
Bernard-Henry Lévy
Traducción de Núria Molines Galarza
La Esfera de los Libros. Madrid, 2020.

El pensamiento avanza, si es que avanza, a trompicones, como todo en esta vida. Los dogmas tradicionales de la izquierda fueron puestos en solfa en mayo del 68, pero esa corriente liberadora y antisistema no tardaría en convertirse en un nuevo dogma. Los llamados “nuevos filósofos” reaccionaron subrayando las grietas de la nueva construcción ideológica.
            Uno de esos filósofos, Bernard-Henri Lévy, publica ahora un vibrante panfleto contra lo que parece haberse convertido en la nueva verdad revelada para los políticos de izquierda o de derecha: “La vida está antes de la economía”, o dicho con otras palabras: “Hay que combatir la actual pandemia aunque el remedio cause más daño que la enfermedad”.
            No en todos los países, por supuesto, se ha actuado igual. Pero el caso de Nigeria que cita Lévy, tan evidentemente monstruoso, solo lleva al extremo la doctrina que parece haberse universalizado: “Nigeria, sobre la que unas semanas antes publiqué un artículo dedicado a las masacres de los pueblos cristianos a manos de yihadistas fulanis, contabilizaba, a mediados de abril de 2020, según la agencia de noticias francesas AFP, doce muertos por el virus y dieciocho personas asesinadas por las fuerzas de seguridad por no respetar el confinamiento”.
            Lo que le aterra a Lévy, lo que nos aterra a todos los que no hemos perdido la capacidad de razonar, no es lo que ha ocurrido en los países dictatoriales o inmersos en conflictos internos, sino en la democrática y civilizada Europa; la facilidad con que la izquierda y la derecha han aceptado, para presuntamente preservar la salud, el recorte o la directa eliminación de derechos fundamentales y, en más de un caso, no de manera provisional (“hasta que haya una vacuna”, como se acostumbra a repetir), sino de manera definitiva, como la “nueva normalidad”.
            A Bernard-Henry Lévy le preocupa, por supuesto, una pandemia, aunque no es la primera (después de la “gripe española” de hace un siglo –con sus cincuenta millones de muertos--, hubo otras: la gripe asiática con diez millones de muertos, la gripe de Hong-Kong, con un millón, todas más dañinas que la actual) ni será la última; no critica las imprescindibles medidas de confinamiento que se tomaron para contenerla.
            Critica solo las que, además de exageradas y absurdas, resultan evidentemente dañinas. Critica el que las autoridades sanitarias se hayan puesto al servicio de los intereses políticos y consideren más grave que muera un único anciano con Covid a que lo hagan cien o doscientos en sus casas o en  residencias por cualquier otra enfermedad o por falta de atención. Un solo muerto de Covid ocupa las portadas de los periódicos y abre los telediarios; cien muertos por otras enfermedades, aunque hayan sido desatendidos y no fueran muertes inevitables, ocupan únicamente, cuando lo ocupan, un rincón perdido en cualquier página.
            La epidemia de la Covid ha venido acompañada de otra que no daña los cuerpos, sino las mentes. En distinto grado, más en unos países que en otros, la humanidad parece haber renunciado a pensar.
            Las autoridades políticas se escudan en las autoridades sanitarias para blindar de cualquier crítica sus decisiones. Si habla la ciencia, los demás no tenemos más que bajar la cabeza y obedecer. Pero “la ciencia” ni antes ni ahora ha hablado con una sola voz: avanza contradiciéndose, discutiendo, formulando hipótesis que a menudo acaban refutándose.
            A la hora de realizar una operación, los médicos informan al paciente (o a sus familiares) de los riesgos y este debe dar su conformidad. En el caso de las medidas públicas para contener una enfermedad, la autoridad política, que representa a los ciudadanos, debe sopesar los riesgos, los efectos secundarios, antes de promulgarlas.
            Las medidas preventivas deben tener en cuenta aquello en lo que coincide la comunidad científica, no todo lo que ha afirmado algún presunto “científico” y que circula por la red: que quien hace deporte en solitario, por citar un ejemplo, va dejando una estela con su agitada respiración que puede infectar a personas a muchos metros o quilómetros de distancia y por eso debe llevar mascarilla aunque corra en medio de un apartado bosque.
            Las mascarillas, las famosas mascarillas, han pasado en menos de dos meses, de no ser recomendables para la población en general a convertirse en la panacea, en un talismán de efectos mágicos, que no te protege a ti –y aquí está lo más peligroso--, sino que protege a las demás. En los telediarios, a continuación de la información de una nuevo brote en algún lugar de Castilla y León se muestran imágenes de una discoteca de Barcelona en que los jóvenes bailan sin mascarilla y se hace pensar a los espectadores que alguien puede contagiarse en su pueblo porque un irresponsable no se pone la mascarilla mientras practica el montañismo a mil quilómetros de distancia.
            Bernard-Henri Lévy cita a Foucault, el autor de libros como Vigilar y castigar, cita a Platón, cita la Torá, compara los elogios actuales al París sin contaminación del confinamiento con los que los colaboracionistas hacían del Paris de la ocupación, pero no hace falta muchos argumentos para criticar la deriva del mundo: basta con conservar el sentido común, basta con no haber sido infectado por el virus mental que ha acompañado al corona virus.
            Se compara el uso actual de las mascarillas con el del preservativo para prevenir el Sida. “Póntelo, pónselo” era el eslogan de entonces y el que se quiere aplicar ahora en países como España.
Pero el Sida, que aterró al mundo, no le volvió loco y la gente entendía que el preservativo debía colocarse en el momento de las relaciones sexuales, no salir de casa con él ya puesto, por si acaso aparecía una ocasión de ligar. Ahora las mascarillas, al contrario que el preservativo, se pretende que se usen cuando son necesarias y cuando no lo son, “por si acaso”. Y se incita a la población a vigilar, denunciar, y quizá se llegue un día a linchar, a quien no la lleva, aunque no la lleve por razones sanitarias (problemas respiratorios) y por innecesarias, ya que mantiene en todo momento la distancia de seguridad.
            Bernard-Henry Lévy no es el único que se atreve a advertirnos del abismo al que nos dejamos precipitar (la dictadura sanitaria en que se están convirtiendo las democracias, al contrario que las dictaduras tradicionales como la china, permiten la discrepancia, aunque no cerca del altavoz), pero no parece esas advertencias vayan a tener mucho efecto. Al pensamiento libre se prefiere mayoritariamente la sumisión voluntaria. Para evitar riesgos, dicen. El miedo impide ver que los riesgos de ese sometimiento con los ojos cerrados, un sometimiento que se quiere sin fecha de caducidad, resultan infinitamente mayores que los de la actual pandemia.

jueves, 6 de agosto de 2020

sábado, 1 de agosto de 2020

Poesía de hoy, palabra de ayer



Hijos de la bonanza
Rocío Acebal Doval
Madrid. Hiperión, 2020.

Hay una cierta discrepancia entre el mundo y el lenguaje de Rocío Acebal, entre lo que dice y el modo en que lo dice. Los primeros de Hijos de la bonanza versos remiten al poema más conocido de Antonio Machado: “Mi infancia son recuerdos de un patio en las afueras / y un huerto descuidado en la ventana; / mi juventud, veinte años de cuadernos de inglés”. En otro poema, “Lo que no pudo ser”, menciona y parafrasea a Jaime Gil de Biedma, y no falta –en la poesía satírica y en ciertos giros prosaicos-- el eco de Ángel González.
            Por su manera de decir, por su búsqueda de la claridad, por su rechazo del experimentalismo, Rocío Acebal no desentonaría en ninguna antología de poetas de los años ochenta. Pero su mundo es otro, el del siglo XXI ya bien avanzado, con la mujer, hasta casi ahora mismo con un papel de reparto en el mundo de la cultura, exigiendo protagonismo.
            En la primera parte del libro, predomina el tono reivindicativo y a menudo costumbrista. Muchos de estos poemas tienen un valor quizá más sociológico que estrictamente literario. La autora aspira a ser portavoz generacional, o más bien de un grupo generacional, el de los hijos e hijas de la bonanza a los que alude el titulo: “Somos lo que la prensa llamaría / ‘mujer de nuestro tiempo’: / sabemos tres idiomas, hemos hecho / un Erasmus en Francia y unas prácticas / de verano en Finlandia, / hablamos de la clase en nuestras clases / de Historia o de Derecho, / vamos de cuando en cuando a alguna mani / y arreglamos el mundo / cargando con botellas de cristal”. En algunos poemas, como “Raíces”, el que el tono se hace más personal, se dejan de lado generalizaciones, y el interés aumenta.
            La sección segunda, la más breve, puede considerarse como un divertido intermedio. La poeta satiriza el mundo literario y lo hace con gracia y buen conocimiento del medio. El poema final, “Arte poética”, intenta levantar el vuelo de la dicción, pero resulta conceptualmente algo impreciso. Parece indicar que, a la belleza externa del poema (“el cerezo / cubierto por la flor de primavera”), prefiere “la paciencia tejida en sus raíces, / el tronco poderoso frente al viento, / las ramas cobijando sus nidos en la lluvia”, esto es, resistencia y hondura. Los endecasílabos finales suenan bien, pero solo eso; remiten a un tipo de dicción garcilasista a la que Rocío Acebal se muestra por lo general ajena: “Observa ahora el manto del aroma, / cadáver a los pies de esa entereza, / y dime de qué sirve su artificio”. ¿Un artificio la belleza del cerezo “cubierto por la flor de primavera”? De ahí que hablemos de imprecisión conceptual.
            En la tercera parte, siguen los poemas satíricos, pero ahora no se caricaturiza el mundo literario, sino las relaciones de pareja. En “Noche de ronda” se le da la vuelta a un poema de Luis Alberto de Cuenca, un poeta a la vez admirado y detestado, admirado por su alacridad formal y detestado por su sofisticado machismo. Hay algún epigrama que cumple con todas las condiciones del género, como “A un poeta de bar”, y un prescindible haiku, esa nadería más o menos japonesa tan de moda (“Borro el mensaje. / Es extraño pensar / lo que te digo”), pero también algunos espléndidos poemas de amor que vuelven memorable el volumen más allá de sus gracias ocasionales y de su valor como síntoma del cambio social.
            Una nueva generación toma la palabra en Hijos de la bonanza. Rocío Acebal, nacida en 1997, habla desde su condición de mujer (“Borracha y despeinada, con el sujetador / al aire y el labial corrido, escupí en el lavabo / la saliva del beso que nunca debí darte”), no imposta la voz, como tantas durante tanto tiempo, para escribir una poesía universal, al margen de la adscripción genérica. El hombre, un singular que antes valía por la humanidad entera, ha dejado de representar al ser humano en general; ahora puede representársela también hablando en femenino.
            Hijos de la bonanza es un libro de poesía joven que no se limita a ser joven, sino que con frecuencia es también poesía, aunque de estética no demasiado joven.

jueves, 23 de julio de 2020

Arte mayor



Fuera, en la oscuridad
Eduardo Jordá
Newcastle Ediciones. Murcia, 2020.

“El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, escribió Hölderlin. Eduardo Jordá es un maestro cuando narra, pero no cuando opina sobre cuestiones de actualidad.
            Fuera, en la oscuridad reúne medio centenar de piezas breves aparecidas en la prensa. En el prólogo, el autor se siente obligado, según el tópico de la ‘captatio benevoletiae’ a justificar el libro: “¿A quién le pueden interesar estos artículos que hablan de un café de Coímbra o de un poeta inglés muy poco conocido que murió durante la Gran Guerra? ¿A quién le importa que una mujer llamada Natasha Sthempel le llevara naranjas al poeta Mandelstam en su exilio de Voroneth? ¿Quién puede perder el tiempo leyendo la historia de los dos meses que el pintor Sargent pasó en caserón de Valldemossa, en mallorca, acompañado de dos solteronas? ¿Y a quién le importa un poema sobre unos bueyes que se publicó en The Times el día de Nochebuena de 1915?”
            Preguntas retóricas que tienen que ver con que estas espléndidas prosas se publicaron previamente en distintos periódicos. A nadie se le ocurriría preguntar a quién pueden interesar las desventuras matrimoniales de una señora casada con un tal Charles Bobary o las peripecias de un loco al que le dio por creerse caballero andante o lo que sintió Pedro Salinas cuando se enamoró de una joven norteamericana que asistía a un curso suyo sobre la generación del 98.
            Hay muchos prejuicios sobre la prensa diaria y el carácter perecedero de lo que en ella aparece. Pero los periódicos, desde que se inventaron, han publicado tanto lo que se entiende por periodismo, esto es, noticias de actualidad y comentarios sobre esas noticias, como literatura. Buena parte de la mejor literatura, antes de llegar al libro, se anticipa, más que en las revistas literarias, que también, en la prensa diaria, y no solo libros de carácter ensayístico (casi todo Clarín, Ortega, Azorín, Unamuno), también narrativo (los libros de cuentos de Emilia Pardo Bazán, novelas de Baroja o Galdós) o poético (las rimas de Bécquer), por citar solo ejemplos de la literatura española.
            Los periódicos han publicado siempre literatura, y hoy más que nunca necesitan recurrir a ella: las meras noticias se difunden más rápidamente por medios distintos que el papel impreso.
            Pero no hay que confundir literatura con ficción. Memorialismo y ensayismo también forman o pueden formar parte de la literatura, y de la gran literatura, que no se mide al peso: una breve leyenda de Bécquer puede derrotar a un poema épico.
            El periódico es, en muchos casos, la antesala del libro y el paso de lo que se anticipa en uno a la recopilación final en el otro es un tránsito necesario que no necesita justificación.
            Pero no todo puede dar ese salto, por supuesto, aunque también haya libros de actualidad tan perecederos como la prensa del día.
            Los artículos de Fuera, en la oscuridad se escribieron entre 2004 y 2019, pero con muy buen criterio Eduardo Jordá no los dispone en orden cronológico, sino que les da una ordenación nueva. La mayor parte de ellos son intemporales, pero algunos de ellos están ligados a la actualidad del momento: aluden a la crisis económica o al nacionalismo. Las opiniones de Eduardo Jordá sobre este último son muy claras: lo considera poco menos que un invento del demonio. No solo el nacionalismo catalán, que es a su juicio el peor de todos, sino también el escocés (manifiesta su alegría por el triunfo del “no” en el referéndum independentista). Del nacionalismo irlandés, en cambio, no nos dice nada, aunque a Irlanda dedica algunas de sus más hermosas páginas.
            Creo que fue Marx quien afirmó que el reaccionario Balzac no lo era en absoluto en sus novelas. Borges tuvo buen cuidado de que sus perecederas opiniones políticas no contaminaran su obra literaria. Quizá Eduardo Jordá, a la hora de recopilar estos artículos, debería haber tenido el mismo cuidado y haber dejado fuera los más ligados a la cambiante actualidad: sobran, por citar solo un ejemplo, las andanadas contra Podemos o el independentismo catalán de “Arbitristas”, y no sobran porque nuestras opiniones al respecto puedan ser distintas, sino por su pobreza argumental: “El sueño independentista de Cataluña no es más que el proyecto colectivo de un arbitrista que está convencido de que unas esponjas gigantescas podrán secar toda el agua ‘española y caduca y corrupta’ que hay en Cataluña., de modo que de la noche a la mañana, sin nada más que un simple cambio de estatus administrativo, el nuevo país se convertirá en un país incorrupto y bien gestionado y rico y justo. Y a partir de aquel día no habrá más fábricas cerradas ni despidos ni desahucios, ni habrá tampoco fracaso escolar ni parados de larga duración, porque las esponjas gigantescas de la independencia lo absorberán todo y de la noche a la mañana el país será un país habitable y decente y maravilloso”. Será difícil de encontrar, entre los millones de independentistas, uno solo que piense semejante tontería.
            Parece claro que Eduardo Jordá que sabe contar como nadie una anécdota personal o de la historia de la literatura, que encuentra siempre la cita adecuada o el poema que glosar con inteligencia y emoción, no está especialmente dotado para el análisis político. Ni falta que le hace, añadiríamos.
            Fuera, en la oscuridad abunda en emocionantes páginas maestras, a la vez poema y relato. Sus ocasionales caídas nos ilustran sobre lo que el escritor de periódicos debe dejar en el periódico y no llevar al libro: sus opiniones, a menudo prejuiciosas, sobre este o aquel asunto de actualidad.


miércoles, 15 de julio de 2020

Toda la cerveza del mundo



La cerveza, los bares, la poesía
Jesús García Sánchez
Visor. Madrid, 2020.

Que una colección de poesía llegue al centenar de números, ya es una hazaña; alcanzar mil más, ya no es una hazaña, sino un milagro. Según costumbre, la colección Visor conmemora ese número redondo –el 1100-- con una antología muy especial dedicada a los bares y a la cerveza. El antólogo es el propio editor, quien también firma uno de las textos más extensas.
            Como no podía ser de otra manera, y no vamos a sorprendernos por ello a estas alturas, la edición –no la impresión-- es un tanto descuidada, pero eso acaba formando parte del encanto de esta veterana colección –medio siglo largo--  que forma ya parte del paisaje de las librerías y de las bibliotecas particulares de todos los lectores de poesía.
            La cerveza, aunque menos prestigiada que el vino, es parte de nuestra cultura desde los mismos orígenes. Los primeros versos seleccionados son del Poema de Gilgamesh: “Él, Endiku, no sabía / comer el par; / a beber cerveza / nadie le había enseñado”,
            Desde el siglo X antes de Cristo hasta autores nacidos en los años ochenta, la selección recorre treinta siglos e infinidad de países. Pero, al contrario de lo que indican el título (La cerveza, los bares, la poesía) y la portadilla que precede a los textos (“Poemas”) no se trata solo de una selección poética: hay también fragmentos de novela, artículos, cartas, textos de muy variada índole. Elogiosos de bares y cerveza, naturalmente, aunque con una excepción: el capítulo de la autobiografía de Franklin, que cuenta cómo consiguió que sus compañeros de la imprenta abandonaran “el nefasto desayuno a base de cerveza, pan y queso”.
            Una de las sorpresas del volumen es un poema de Marlyn Monroe, “Canción triste”, que no aparece en Fragmentos, el volumen preparado por Stanley Buchthal y Bernard Comment, con prólogo de Antonio Tabucci, que recopila todos los textos conocidos de la actriz. El traductor, Jesús Aguado, que quizá hizo algo más que traducir, debería indicarnos dónde ha encontrado el original.
            Como en toda selección temática, abundan las meras curiosidades y los textos muy menores, pero también las gratas sorpresas. Una selección dentro de la selección la constituyen los poemas dedicados a los cafés --más numerosos que los que se dedican a los bares--, la mayor parte de ellos escritos durante el modernismo y el auge de la literatura bohemia. El primer poeta de lengua española que aparece es Luis G. Urbina (1864-1934) y su cantarina musicalidad contrasta con la grisura general de las traducciones. El poema que se reproduce de Rubén Darío, “Nocturno”, no habla de cervezas ni de cafés (aunque sí “del falso azul nocturno de inquerida bohemia”), pero se agradece que el recopilador no haya sigo demasiado riguroso a la hora de cumplir las exigencias temáticas: “Quiero expresar mi angustia en versos que abolida / dirán mi juventud de rosas y de ensueños, / y la desfloración amarga de mi vida / por un vasto dolor y cuidados pequeños”.
            No podían faltar clásicos menores, como “En el café” de Evaristo Carriego, con su sentimentalismo tan de época, o “El café” de Fernando Fortún, ni divertidos clásicos del tema. como “Tertulia” de Francisco Vighi.
            Se agradecen, ya digo, los intermedios no estrictamente poéticos: una carta de Antonio Machado a Juan Ramón Jiménez, escrita “en el bar Gambrinus después de apurar muchos bocks de cerveza”; un artículo de Julio Camba que demuestra que sigue siendo el mejor en las distancias cortas, o la evocación de la Kon Tiki, la cafetería situada junto al piso de Ángel González en Madrid y que este consideraba como su segunda casa.
            No podían faltar textos que se leen con la música incorporada, como el evocador “Tatuaje”, de Rafael de León (“Él vino en un barco / de nombre extranjero, / lo encontré en un puerto / un anochecer, / cuando el blanco faro  / sobre los veleros / su beso de plata / dejaba caer”) o los “19 días y 500 noches” de Joaquín Sabina: “De pronto me vi, / como un perro de nadie, / ladrando a las puertas del cielo. / Me dejó un neceser con agravios, / la miel en los labios / y escarcha en el pelo”.
            Un volumen algo destartalado, marca de la colección, este La cerveza, los bares, la poesía, pero con un prólogo que abunda en noticias curiosas y con rescates desconocidos, o conocidos y olvidados; una miscelánea grata para cualquier lector, incluso para el que no le gusta la cerveza, pero sí la plural literatura.


martes, 7 de julio de 2020

Ejemplar e insuficiente



Poesía
Benito Jerónimo Feijoo
Estudio crítico, estudio y notas de
Rodrigo Olay Valdés
Instituto Feijoo de Estudios del siglo XVIII, Oviedo, 2020.

Editar es ciencia y arte, cuestión de inteligencia y, sobre todo, de paciencia. Rodrigo Olay –también poeta, uno de los más destacados de la nueva generación—ha preparado una primera edición de la poesía completa de Feijoo que puede considerarse como ejemplar, como el más acabado fruto de una larga tradición filológica.
            Se trata de una edición crítica y de una edición anotada, que no es lo mismo, aunque suelan confundirse. La primera trata de reconstruir los textos, deformados por la transmisión manuscrita o impresa, hasta aproximarse lo más posible al original salido del autor; la segunda, aclara aquellos puntos que resultan confusos para el lector actual.
            Las notas que aparecen en una edición crítica (el “aparato crítico”), dejan constancia de los diversos testimonios que permiten trazar el estema del texto, su “árbol genealógico”, y no se dirigen al lector común; ni siquiera necesitarían ser impresas, bastaría con que pudieran ser consultadas por el especialista. En la edición anotada, las notas deben ser solo las imprescindibles, no se debe anotar nada que resulte fácilmente accesible al lector, como el significado de una palabra que se encuentra en los diccionarios usuales o información enciclopédica al alcance de cualquiera en la Wikipedia.
            Rodrigo Olay –al contrario que tantos editores, incluso en prestigiosas colecciones de clásicos-- sabe muy bien lo que hace y lo hace minuciosamente bien. Su labor ha tenido mucho de detectivesca. Aunque Feijoo es un autor editado y reeditado, los poemas son la cenicienta de su obra- Bastantes de ellos han sido rescatados por Rodrigo Olay de manuscritos desconocidos hasta la fecha.
Los estudiosos no se han ocupado excesivamente del Feijoo poeta, y quizá más vale así: quienes lo han hecho no le han dedicado excesivos elogios y algunos ni siquiera le consideran poeta, sino solo un versificador ocasional. Rodrigo Olay trata de revertir esa situación. ¿Lo consigue? Solo en parte.
            Demuestra muy cumplidamente que Feijoo no fue un poeta ocasional o un poeta de juventud, como tantos; escribió poesía a lo largo de toda su vida. Es cierto que apenas se imprimieron en vida tres –aunque uno de ellos el más extenso, un poema-libro, repetidas veces--  de los 131 poemas que ha logrado reunir (incluyendo atribuidos y traducciones), pero eso no quiere decir que la poesía fuera para él una especie de divertimento privado.
Se tiende a confundir imprimir con publicar. Antes de la imprenta, los textos literarios también se publicaban --esto es, se hacían públicos--, como es bien sabido, pero se tiende a olvidar que la imprenta no acabó con esa forma de difusión: la poesía del siglo de oro se difundió manuscrita antes que impresa, por eso Góngora revolucionó el panorama literario antes de que apareciera ningún libro suyo.
            De Feijoo no se ha conservado ningún poema autógrafo; los manuscritos que se conservan no eran textos guardados en un cajón, como la famosa arca de los inéditos pessoana, que posteriormente rescata un editor: eran letras para cantar en ocasión solemne, versos satíricos que circulaban con regocijo, ejercicios de didactismo o virtuosismo; casi siempre poesía de circunstancia, que cumplió más que decorosamente el fin para el que fue creada.
            ¿Es hoy otra cosa que una curiosidad erudita? Esa es la pregunta que Rodrigo Olay no acaba de resolver; necesitaría para ello preparar otra edición dirigida al común de los lectores.
De toda la tradición literaria española, la poesía del siglo XVIII resulta quizá la que más alejada se encuentra del gusto del lector contemporáneo, tanto el epigonal barroco de la primera mitad como el neoclasicismo de la segunda.
            Pocas huellas ha dejado Feijoo en la poesía posterior. Rodrigo Olay, buen conocedor de la poesía contemporánea, solo ha encontrado una resonancia. Se trata de un poema de Guillermo Díaz-Plaja, cuyos dos versos iniciales (“Rueda dentada del tiempo, / ¡como muerdes mi silencio!”) remiten a uno de los pocos poemas de Feijoo publicados en vida, “Décimas a la conciencia en metáfora de reloj”. Como curiosidad señala que un estudioso, Álvaro Ruiz de la Peña, ve en ciertos versos suyos un “eco” de la poesía de Pedro Salinas y que, como Borges, le dedica su soneto, de empaque quevediano, a Carlos XII, rey de Suecia.
            ¿Qué se salva de la denostada poesía de Feijoo? ¿Qué se puede rescatar de este grueso tomo, preparado con paciencia benedictina, ejemplo y lección para los editores de clásicos?
            Señalo algún ejemplo de cada una las cinco secciones temáticas en que el editor (al no poder disponerlos cronológicamente, ya que la mayoría carecen de fecha) ha distribuido los textos. En la poesía religiosa, algún villancico de corte tradicional que no habrían desdeñado firmar Góngora o Alberti: “Avecilla que vuelas / y al cielo te vas, / vuela, vuela, / que el cielo se alegra / de verte volar”.
En la poesía fúnebre, destaca el epitafio al astrólogo Andrés Argolio: “De tu patria ingrata y necia, / cuando arrojado te viste, / a Venecia ennobleciste / y te ennobleció Venecia”.
De la poesía encomiástica, seleccionaríamos el ya citado soneto “A Carlos XII, rey de Suecia, retirado en Bender”; de la amorosa –que no es propiamente tal--, un romance, “Explicación rigurosamente filosófica de lo que es el ‘no sé qué’ de la hermosura”, que nos remite a uno de los más conocidos ensayos de Feijoo, y también el elogio de la música que encontramos en otro romance, el que comienza “Mándasme, divina Anarda”, que nada tiene que envidiar a la “Oda a Salinas” de Fray Luis.
Quizá donde más implicación haya del autor sea en la poesía satírico-burlesca, que nos muestra a un Feijoo que no llevaba precisamente con impasibilidad los ataques que recibía; algunos de estos poemas tienen una ferocidad quevedesca que los aleja del mero ejercicio retórico al que tan propenso parece.
Esta edición crítica, con su aparatoso complemento erudito, aunque puede servir de ejemplo de lo que deben ser los estudios universitarios, tan proclives en el campo de la literatura, y quizá también en otros campos “humanísticos”, a la vacua palabrería, es solo la primera parte de una verdadera edición que ponga al alcance de los lectores actuales los pocos poemas de Feijoo que han resistido el paso del tiempo, que siguen siendo poemas y no mera materia de erudición.

jueves, 2 de julio de 2020

Un personaje, una época



Cuando editar era una fiesta. Correspondencia privada
Jaime Salinas
Edición de Enric Bou
Tusquets. Barcelona, 2020

Se habla mucho últimamente de “gobierno Frankenstein”. Eliminada la intención peyorativa, podríamos decir que Cuando editar era una fiesta es un “libro Frankenstein”, una obra elaborada con textos de diversa autoría y de muy distinta intención y extensión. Jaime Salinas es menos el autor del volumen que el protagonista, aunque a él se deban la mayor parte de los textos que se incluyen. El autor, o al menos el coautor principales Enric Bou, que ha llevado a cabo una labor tan admirable como discutible.
            El subtítulo, “correspondencia privada”, llama a engaño. No se trata de la edición de un epistolario, sino, como se indica en el prólogo, “de un trabajo de patchwork, de construcción y ordenación” de los recuerdos de Jaime Salinas “a partir de las cartas que durante más de cuarenta años escribió a Bergsson, el compañero de una vida”, a las que se añaden “noticias de prensa, fragmentos de entrevistas, informaciones provenientes de ensayos, libros de memorias, tesis doctorales, catálogos editoriales, etc”.
            Jaime Salinas, hijo de Pedro Salinas (y el dato no es meramente anecdótico), participó en las principales actividades editoriales de su tiempo y casi siempre en cargos directivos. Sin él, ni Seix Barral, ni Alianza Editorial, ni Alfaguara, ni la nueva Aguilar habrían sido lo que fueron. Sobre esas actividades ofrece una muy completa información este libro de Enric Bou, así como del paso de la Salinas por la Dirección General del Libro y Bibliotecas durante el primer gobierno de Felipe González.
            Pero Jaime Salinas, que siempre tuvo una relación de amor-odio con la literatura (la misma que mantuvo con su padre), ocupa también un lugar destacado en el campo de la autobiografía, aunque solo publicada un libro, Travesías, en el que da cuenta de sus primeros treinta años. La continuación a ese volumen no es, aunque pretenda serlo, Cuando editar era una fiesta, el patchwork tan minuciosamente elaborado por Enric Bou, sino su correspondencia con el escritor islandés Gudbergur Bergsson, que fue su amante intermitente y siempre su confidente y paño de lágrimas.
            Esas cartas –escritas semanalmente a lo largo de años-- constituyen una especie de diario en el que Salinas fue dejando constancia de su vida personal y profesional, libre de las ataduras a las que le sometía el medio en que se movía –los años finales de la dictadura, los de la ilusionada e incipiente democracia-- y también su tradicional buena educación.
            Cierto que lo más interesante de Cuando editar era una fiesta está en la correspondencia con Bergsson, pero Enric Bou la ha cortado, barajado cronológicamente (en la sección segunda, correspondiente a los años 1965-1976. Incluye por ejemplo cartas de 1980 y 1981), entremezclado con textos ajenos, o entrevistas del propio Salinas, de muy diversa intención.
            “No he censurado nada –dice--, sino que me he limitado a mantener el foco en el aspecto público sin suprimir la atención a lo privado, íntimo, aunque este segundo aspecto está mucho menos presente”.
            Está menos presente, pero es lo que añade morbo a este “libro Frankenstein”. Ciertas inclusiones resultan inexplicables, como las dos cartas, de 1974,  que se incluyen del destinatario de la correspondencia: “Una vez te pedí aliviar mi dolor, la última vez en Madrid, pero, en absoluta coherencia con un ser como tú, te negaste a hacerlo: te sentías el más fuerte y contento. A continuación de eso me echaste del país. Me llevaste a la oficina de Iberia y arreglaste, de acuerdo conmigo, los billetes de salida. Ya sabía que todo entre nosotros había terminado para siempre y tú lo sabías, tal vez momentáneamente, también”.
            Nada tienen que ver esas cartas, ni tantas otras, con la actividad editorial de Salinas, supuesto objeto del volumen.
            La correspondencia con Bergsson, que pronto parece ser solo un pretexto para que Salinas hable consigo mismo, constituye la segunda aportación de Jaime Salinas a la literatura española. Deberían editarse independientemente, sin intrusismos ni tropezones, como se editaron las de Pedro Salinas con tantos interlocutores (en algún caso, recordemos la correspondencia con Guillén están entre lo más perdurable de su obra en prosa).
            “¡Ese hombre conseguirá joderme hasta desde su tumba!”, llegará a escribir Jaime Salinas, a propósito de su padre, en 1964. Siempre se sintió un hijo malquerido, postergado ante Juan Marichal, su cuñado y el hijo que el poeta habría querido tener.
            Un personaje complejo Jaime Salinas, del que esta amañada autobiografía no nos ahorra exabruptos. Hablando de su esfuerzos para modernizar las bibliotecas españolas y de las resistencias que encuentra, escribe: “Lo de las bibliotecas es un hueso duro; las arpías de las bibliotecarias son las primeras en poner obstáculos ya que temen perder su parcela de poder. No me va a tocar más remedio que enfrentarme con ellas, y como todas son unas solteronas amargadas, con los coños entaponados con cemento, lesbianas frustradas, marimandonas y atravesadas, versiones de la Mona, pero sin su inteligencia, son capaces de quemarle a uno en la hoguera. Pero, en fin, habrá que arriesgarse. No me importaría pasar a la historia descuartizado por esas brujas”.
            En algún caso, Bou le permite al aludido defenderse. Es lo que hace con Luis Suñén, calificado de vago y de traidor a la amistad, que, a petición del editor, nos da su versión de la historia.
            El entrecruzamiento entre lo público y lo privado muestra también otros aspectos. En 1981 se presenta en Oviedo, y por todo lo alto, una nueva colección de Alfaguara: llegan a la ciudad los autores y una cohorte de periodistas, con todos los gastos pagados (alcohol sin limites incluidos), pero no por la editorial. “¡La Caja de Ahorros de Asturias lo paga todo!”, exclama Salinas en una de las cartas a Bergsson. Más adelante añadirá que lo consiguió sin ninguna dificultad gracias a Juan Cueto, “el Castellet asturiano”.
            Hay frases, no sabemos hasta que punto en broma, especialmente chocantes. En 1991, tiene que entrevistarse con “una tal Silka Bergman” que está escribiendo una tesis sobre Günter Grass en España. “No sé si contarle –le dice a Bergsson-- que violó a casi todo el personal femenino de Alfaguara”. Esas cosas entonces hacían gracia.
            De vez en cuando, sorprende algún chisme ajeno –los problemas matrimoniales entre Benet y Andreu a propósito de Calasso--, que quizá Bou podría habernos evitado, aunque pocos lamenten que no lo haya hecho.
            Atendo observador, las cartas de Jaime Salinas están llenas de curiosos detalles de buen observador. Comentando una exposición sobre Borges en la Biblioteca Nacional, escribe: “Estaba la viuda, la viudísima María Kodama, totalmente transformada. Esa mujer, que yo había conocido como una silenciosa sombra de Borges, vestida con abstinencia monjil, se ha convertido en una elegante dama, sutilmente coqueta”.
            La “correspondencia privada” de Jaime Salinas, sus cartas a Gudbergur Bergsson, merecen una edición exenta, constituyen la segunda aportación de Jaime Salinas a la literatura autobiográfica y no parece que su interés vaya a ser menor que el de la magistral Travesías.