jueves, 8 de abril de 2021

El cofre del tesoro

 

Versos de guerra, mar y hampa
José del Río Sainz
Edición de Juan Antonio González Fuentes
Sevilla. Renacimiento, 2021.

Versos del mar y de los viajes titula José del Río Sainz su primer libro, aparecido en 1912, y ese título podría servir también para lo mejor de su obra. José del Río Sainz, nacido en Santander en 1884, fue marino y periodista, alternando durante un tiempo ambas profesiones. Murió en 1964, pero para finales de los años veinte ya había escrito lo fundamental de su obra, aunque luego de vez en cuando siguiera escribiendo lo que él denominaba “versos de circunstancias”. Gerardo Diego, su paisano, su mejor crítico, lo incluyó en la segunda edición aumentada, la de 1934, de su mítica antología, sin que por ello perdiera su condición de poeta ensombrecido por los grandes nombres de la época destinado a la condición de apreciada gloria local.

            Pero José del Río Sainz, que sabía contar, cantar y emocionar, está lejos de ser una curiosidad literaria. Cierto que muchos de sus poemas –y algunos de ellos están en esta antología-- han envejecido irremediablemente en el soniquete de sus rimas y en su sentimentalismo, pero hay otros que siguen llenos de magia y que nos muestran perspectivas inéditas en la poesía española.

            El encanto inmarchitable de los versos marinos de José del Río Sainz es el mismo que encontramos en  Las inquietudes de Shanti Andía o La estrella del capitán Chimista y otras novelas de Baroja. Sus poemas, que nos hablan de la primera noche de guardia, de tormentas y naufragios, de los compañeros de la tripulación, de los barcos que se cruzan en alta mar, de la llegada a tierra, de los cafetines del puerto, saben trascender la anécdota y convertir exotismo y pintoresquismo en lirismo.

            José del Río Sainz es uno de los grandes sonetistas de la lengua española y le viene bien la concesión de los catorce versos para no dejarse llevar por su facilidad versificadora y evitar perderse en pormenores lacrimógenos y en el tantarantán de las fanfarrias modernistas (incluso intenta los dáctilos de “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, pero añadiéndoles su inevitable rima consonante).

            Dos de los poemas seleccionados, según nos indica en el prólogo Juan Antonio González Fuentes, se los recomendó al antólogo el poeta Abelardo Linares: “1808” (“poema que hubiera firmado Kavafis”) y “Kitchener de Kharthoum” (“versos en los que tal vez llegó a pensar el mismísimo Borges”). Este último poema, que canta a uno de los héroes del Imperio Británico, más que a Borges nos recuerda a Kipling, a quien José del Rio Sainz cita al comienzo del soneto “Los antros lóbregos” y que no está ausente de muchos de los poemas de La belleza y el dolor de la guerra, un libro de 1922, y especialmente de la balada “Soldados de Inglaterra”. El otro poema que destaca Abelardo Linares, “1808”,  no habrían desdeñado firmarlo ni Kavafis ni Manuel Machado; utiliza magistralmente la técnica de “engaño-desengaño”, tan bien estudiada por Carlos Bousoño.

            La sonoridad y el gusto por la anécdota impactante llevó a José del Río Sainz al repertorio de los recitadores, que tanto hicieron por difundir la poesía en la primera mitad del siglo XX por teatros y casinos. A ellos se debe la fama del soneto “Las tres hijas del capitán”, que Luis Alberto de Cuenca considera “a un paso de lo kitsch” y al que el autor aludiría en otro poema “La ría de Bilbao” y prolongaría, dando ya ese paso que le faltaba para lo kitsch en “Epílogo a un poema”, incluido en su libro Hampa.

            Hampa, de 1923, es un libro que José del Río Sainz no quiso reeditar, arrepentido de la crudeza de sus versos. Nos habla de la vida prostibularia sin fantasiosas idealizaciones. Recuerda, en su hiriente trazo expresionista, a la pintura de Gutiérrez Solana y a los esperpentos de Valle-Inclán. Comienza con una cita de Oscar Wilde: “Los libros que el mundo considera inmorales son los que reflejan sus vergüenzas”. No han perdido estos versos, que no incurren en tópicas idealizaciones sobre el amor en cada puerto de los marineros, su capacidad de denuncia.

            José del Río Sanz es, sin duda, un poeta menor, pero también un lujo de la literatura española que no dejará indiferente a nadie. Unas veces nos cuenta una historia tremebunda, como en “Los piratas del muelle”, que tiene el sabor de los viejos folletines y las lecturas de la adolescencia; otras, como en “Niños en la Alameda”, pone palabras nuevas a un temor y un temblor común. No importa que en ocasiones nos haga sonreír con un sonsonete y una gastada utillería que ya sonaban anticuados en su tiempo, que era el de las vanguardias y la poesía pura; nunca pierde el encanto, nunca dejamos de leerle con gusto, aunque a veces respondamos con una sonrisa cuando se le va la mano en los efectos patéticos.

jueves, 1 de abril de 2021

La ley del silencio

La armadura del rey
Ana Pardo de Vera, Albert Calatrava y Eider Hurtado
Roca Editorial. Barcelona, 2021.
 

Desde hace unos años, desde 2012 para ser más exactos, y aceleradamente desde 2014, los españoles asistimos atónitos al derrumbe de un mito. El rey que trajo la democracia, el rey campechano que se hacía querer por todos, el mejor embajador de España en el extranjero, el del famoso “¿Por qué no te callas?” dirigido a Chávez, no solo era un ídolo con pies de barro, sino que todo él era de barro y de barro no de la mejor calidad. Cuesta aceptar los hechos, pero las evidencias se amontonan: durante cuarenta años, España tuvo como jefe del Estado a un corrupto a cuyo lado, no ya Iñaki Urdangarin, sino el rocambolesco director de la guardia civil, Luis Roldán o el Bárcenas que sigue llenando páginas en los periódicos, se quedan en simples aprendices. ¿Cómo fue posible eso? ¿Cómo pudo engañar a tantos durante tanto tiempo? Los periodistas Ana Pardo de Vera, Albert Calatrava y Eider Hurtado en La armadura del rey tratan de dar respuesta a esa pregunta. Para ello –nos dicen en el prólogo-- han hablado con cargos institucionales –de ministros y exministros hasta parlamentarios y alcaldes-- y también con policías, periodistas, empresarios. Pero muchos de esos informantes han pedido el anonimato y por eso sus testimonios carecen de valor probatorio. Aunque prescindamos de ellos, el simple recuento de las noticias que han ido dando cuenta de las andanzas del rey, que primero no acabábamos de creer y que acabaron teniendo la firmeza que les da la investigación judicial (extranjera, por supuesto), añadido al testimonio de quienes se atreven a hablar con nombre y apellidos, basta para humillarnos y llenarnos de asombro. ¿Cómo fue posible?, nos repetimos una y otra vez. ¿Cómo pudimos estar tan ciego? A fin de cuentas, esto ocurrió en el reino de España, no en el teocrático Marruecos; en una democracia avanzada, no en la Rusia de Putin o en Corea del Norte.

            Había, ciertamente, una protección jurídica de la Corona. Con sorpresa, descubrimos el caso del periodista Xabier Sánchez Eruskin, quien en 1981 publicó en el semanario Punto y hora un artículo titulado “Paseíllo y espantá” en el que hablaba de la visita del rey Juan Carlos a Gernika y de la ausencia del presidente Suárez con metáforas taurinas: el uno dio un “paseíllo” el otro una “espantá”. Le costó pasar un año en la cárcel.

            Pero la represión no fue lo más importante. Para tapar las vergüenzas del rey, que él no se preocupaba de ocultar, más que los tribunales resultó decisiva la acción del gobierno y de los medios de comunicación: a los periodistas críticos se les silenciaba de inmediato. Cuenta Pilar Urbano que, en uno de sus libros, le fueron vetadas las páginas que recogían conversaciones del CESID sobre los GAL. “En esas conversaciones –son palabras textuales suyas--, que pude confirmar con fuentes suficientemente acreditadas como para publicar algo tan importante, quedaba clara la acción de Felipe González, Narcís Serra y Alonso Manglano sobre los GAL, pero también que el rey da el impulso. El impulso fue soberano, y como se implicaba al rey, esos once folios fueron censurados por la editorial”.

            El barro del que estaban hechos los pies del ídolo caído (y todo lo demás), no solo era el barro de la corrupción económica –recibió generosas donaciones e intervino en negocios raros desde el mismo momento de su coronación--, sino también de otro tipo, que antes se tenía como picarescas anécdotas referidas a su vida privada y que, hoy, en los tiempos del “Me Too” vemos con muy distintos ojos. Por lo que vamos sabiendo, su comportamiento pudo parecerse más al de un Harvey Weistein, que al de un Plácido Domingo, también puesto en la picota, pero que a su lado era todo un caballero.

            El excelente e impactante trabajo de recopilación y de investigación que se resume en La armadura del rey tiene un significativo lunar. Dejan en su sitio, como un artículo de fe, el principal sofisma utilizado antes –y utilizado ahora-- para proteger al rey: su inviolabilidad. Sanz Roldán, que estuvo al frente de los servicios de inteligencia y se entrevistó en Londres con Corinna Larsen, afirma que “si Juan Carlos I delinquió –en términos ‘teóricos’, ya que mientras fue jefe del Estado era inviolable--, debe ser castigado de alguna forma ejemplarizante”.

            Afirman los autores del libro que “el principal blindaje que ha resguardado a Juan Carlos I durante todo su reinado procede de la Constitución”. Y citan el famoso artículo 56.3 que todavía se sigue utilizando para impedir que la justicia investigue actuaciones presuntamente delictivas anteriores a la abdicación. Pero incurren en el error de citar ese artículo mutilado, como suele ser habitual. El artículo 56.3 no dice, o no dice solo, eso que se nos ha repetido una y otra vez para justificar la inactividad de los fiscales ante indicios racionales de culpabilidad. Tras afirmar que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”, continúa: “Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65.2” (el artículo 65.2 indica que “el Rey nombra y releva libremente a los miembros civiles y militares de su Casa). Lo que nos dice el artículo 64 en su primer punto es lo siguiente: “Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes. La propuesta y el nombramiento del Presidente del Gobierno, y la disolución prevista en el artículo 99, serán refrendados por el Presidente del Congreso” . Y en su segundo punto afirma taxativamente: “De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden”.

            Inviolabilidad no es impunidad. De los delitos que el rey cometa amparado por la inviolabilidad siempre hay un responsable: quien refrenda sus actos. Por lo tanto, ante cualquier sospecha se deben investigar. Si la constitución señala responsables, no puede prohibir su investigación, como se ha repetido insistente e interesadamente. Es Francisco Marhuenda, uno de los pocos defensores que le quedan al anterior jefe del Estado, quien sin saberlo subraya el aspecto más sensible –y potencialmente explosivo-- de la cuestión: “Pensar que todos los presidentes le han permitido todo sería pensar que han sido cómplices”. Y cada vez hay menos dudas de que le han permitido saltarse la ley a la torera cuando le convenía. Con la constitución en la mano, a los sucesivos gobiernos de la democracia --salvo al actual--, se les pueden y deben exigir responsabilidades políticas y, en su caso, penales.

           

jueves, 25 de marzo de 2021

Materia bruta

 

 

Notas para unas memorias que nunca escribiré
Juan Marsé
Edición de Ignacio Echevarría
Barcelona. Lumen, 2021.

¿Todo lo que un escritor escribe puede incluirse en su obra literaria? La respuesta negativa parece obvia, pero en la práctica cuando un escritor se convierte en una marca prestigiosa, en un nombre que vende, siempre habrá editores capaces de reunir en volumen desde sus borradores desechados hasta la lista de la compra. Por lo general, se trata de publicaciones póstumas con las que editores y herederos pretenden agotar el rentable filón hasta sus últimas escurridoras. Pero a veces ese bajar el listón de la exigencia ocurre en vida del escritor.

            Es el caso de estas Notas para unas memorias que nunca escribiré, que aparecen pocos meses después de la muerte de su autor, pero que cuya publicación este autorizó y a las que revisó y corrigió minuciosamente.

            Integran el volumen el diario de un año, 2004, escrito sin mucho entusiasmo y como un deber autoimpuesto, y tres libretas que contienen apuntes de muy diverso alcance y tono. Libro de acarreo, preparado por razones económicas en un momento en que se había agotado la obra creativa de Marsé, defrauda y divierte a partes iguales. Lo hojeamos al azar y no tardamos en encontrarnos con una de esas opiniones contundentes que los escritores acostumbran a formular en la charla ocasional, más o menos etílica, pero que no suelen poner por escrito: “Ana María Matute en la Biblioteca El Carmel-Juan Marsé. La encantadora anciana empieza seduciendo al auditorio y acaba durmiendo a las ovejas. Todo lo que dice sobre el oficio de escribir, sobre ella misma, es puro camelo”, “¿Quién es el mejor palanganero de los escritores betselleros? Sergio Vila-San Juan”, “Dice el repipi de Luis María Anson que Antagonía, la tridimensional obra de Luis Goytisolo, dentro de tres siglos se leerá con el mismo interés que ahora. (O sea, ninguno. Totalmente de acuerdo.)”

            Podríamos seguir y seguir copiando. Ya conocíamos la obsesión de Marsé con Baltasar Porcel, con Umbral, el de la prosa sonajero, o con Cela, el de la prosa campanuda; se le añade ahora Juan Manuel de Prada, que compite con los políticos del independentismo catalán en ser la diana preferida para unos denuestos, a menudo más viscerales que ingeniosos.

            Pero no son esas descalificaciones, junto a malhumorados desahogos contra esto y aquello (la televisión, los periódicos, los obispos) lo que hay en el libro. Hay también evocaciones autobiográficas, reflexiones literarias, pinceladas para un autorretrato en el que el autor no sale demasiado favorecido.

            Decía Marcel Proust que el verdadero yo de un escritor estaba en su obra, no en las anécdotas biográficas. A los admiradores del autor de Últimas tardes con Teresa o de Teniente Bravo, les desilusionará profundamente este libro. El vanidoso cascarrabias que aparece en sus páginas, el que condesciende con la queja o el insulto, el que nos muestra su descontento por cómo lleva su mujer la casa (a otro familiar, al parecer, lo trataba peor, pero los editores, no él, tuvieron el buen cuidado de eliminar esas referencias), no es la persona que sus lectores se imaginaban.

            Leyendo a este Marsé último, que no sorprende demasiado a quien recuerda sus entrevistas y declaraciones, nos ha venido a la cabeza el caso de Pío Baroja. En los últimos quince años de su vida, tras volver de París, donde había pasado la guerra, Baroja publicó más que nunca, a veces varios títulos al año. Esas obras, hechas de recortes antiguos y de apuntes nuevos juntados de cualquier manera, llenas de anacolutos y de incongruencias, literariamente valen poco, pero están llenas de encanto, sobre todo los tomos de sus memorias. Incluso las Canciones del suburbio, ese libro de poemas que tanto irritó en su momento, lo leemos hoy con más gusto –a pesar de sus rechinantes ripios-- que los repeinados sonetos garcilasistas de la época. El último Baroja era, sobre todo, un personaje. Y lo sigue siendo, casi tanto como sus mejores novelas (que no van más allá, con alguna excepción, de los años veinte y que rara vez incluyen los tomos dedicados a Aviraneta) nos interesan los libros que cuentas su vida, a favor en contra, desde la inicial Pío Baroja en su rincón, de Miguel Pérez Ferrero, hasta la diatribas furibundas de Eduardo Gil Bera o las más matizadas de Miguel Sánchez-Ostiz, tan barojiano, de quien Renacimiento acaba de reeditar su Pio Baroja, a escena.

            Para la sociología de la literatura, para entender el entramado de lo que supone la industria literaria, resultan de gran interés estas páginas. Lo que nos dice del premio Planeta confirma con creces lo que todos los que intervienen en el tinglado –periodistas y políticos que ayudan al tinglado publicitario-- saben y callan. Las novelas finalistas que les presentaron al jurado eran cinco, aunque oficialmente se indica que son diez; a todos les parecen de muy poca calidad, pero el premio no puede quedar desierto ni ellos pueden votar en blanco. El portavoz del jurado es Carlos Pujol, “empleado de la editorial”, como se cuida de indicar Marsé, quien “anuncia a los periodistas que el nivel de calidad literaria es altísimo”. Nada que no supiéramos, pero divierte verlo confirmado por quien, cuando le convenía, no dudó en participar de todos los tejemanejes de la sociedad literaria y, como señala en una de estas notas, rechazó muchos premios y honores, pero nunca si iban acompañados de una cantidad en metálico, “porque eso sería de imbéciles”.

            Un libro irritante y divertido, que apenas puede considerarse literatura, un juntapapeles para ganar algún dinero, que sin embargo envejecerá mejor que mucha literatura. Cuando nadie lea las novelas --¿las lee alguien ya?—que Marsé pergeñaba laboriosamente en los últimos tiempos (Canciones de amor en el Lolita’s Club se escribió a la vez que el diario de 2004), se seguirán leyendo con curiosidad estás páginas que, como las instantáneas fotográficas hechas sin voluntad artística, van ganando en interés a medida que pasan los años. Son las paradojas de la literatura, que contra lo que suele pensarse –y salvo que sea gran literatura--, envejece antes que la prosa periodística y testimonial.                                                                   

           

viernes, 19 de marzo de 2021

Entre dos épocas

 

 

Peregrinaciones
Carmen de Burgos
Epílogo de Ramón Gómez de la Serna
Edición de Concepción Núñez Rey
Renacimiento. Sevilla, 2021.

Carmen de Burgos, que hizo famoso el pseudónimo de Colombine, es una de las figuras más atractivas del primer tercio del siglo XX. Fue una mujer que se atrevió a romper con todas las estrictas normas que aprisionaban a las mujeres: se separó de un marido maltratador, brilló en papeles antes reservados a los hombres, tuvo amantes sin ocultarlos demasiado, trabajó activamente por la causa republicana.

            El novelero y valiente personaje, tras décadas de olvido, cada día suscita más atención, pero no parece que hayan tenido el mismo éxito los intentos de rescatar su obra literaria.

            Carmen de Burgos fue narradora, y su nombre está presente en todas las colección de novelas cortas tan de moda en su tiempo, biógrafa de figuras como Larra o Leopardi, autora de libros de viajes y de incontables títulos sobre los temas que entonces se consideraban “femeninos”, desde la cocina hasta la moda pasando por las buenas maneras sociales. Una obra quizá en exceso prolífica y que da la impresión de que ha resistido menos el tiempo que la figura de la autora.

            Carmen de Burgos viajó por el mundo como pocas mujeres lo hacían entonces: a menudo sin más compañía que la de su hija, prescindiendo de la figura protectora del varón, considerada imprescindible. Peregrinaciones, de 1916 (reeditado al año siguiente en dos tomos y con el título de Mis viajes por Europa), deja constancia de sus andanzas por media docena de países europeos en la fecha crucial de 1914. Cuando inicia el viaje, a comienzos del verano, el mundo es uno; cuando regresa a España, pocos meses después, ha cambiado por completo.

            A la confortable primera parte –Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega--, le sigue lo que tiene mucho de novela de aventuras: su regreso a través de una Alemania que parece haber enloquecido tras el comienzo de la guerra y donde están a punto de lincharlas al tomarlas por espías rusas.

            De la primera parte, nos interesan los pasajes poéticos, como las líneas finales que dedica a Ginebra, el elogio de las campanas o la enumeración de las distintas plazas. También ese encuentro con la ciudad del futuro en las ciudades nórdicas: “Una nota típica de Copenhague son las bicicletas. Les tengo más miedo que a los automóviles y a los tranvías. Apenas se ven transeúntes a pie; hombres, mujeres, niños, todo el mundo va en bicicleta, lo mismo la criada que sale a la compra que la señora que va de visita, o el hombre que acude a su negocio, al teatro o al café”. Carmen de Burgos viaja, entre otras cosas, para encontrarse con el futuro que sueña: “La mujer tiene ancho campo –nos dice de Dinamarca--, abierto en todos los empleos y carreras, es electora y elegible y goza de un gran respeto y una gran libertad”.

            Muy distinta era, casi hasta ayer mismo, la situación en España, según nos refiere Ramón Gómez de la Serna, en el extenso y magistral epílogo: “La mujer española solo se salva en el extranjero de la persecución que sufre, de esa persecución innoble que la muerde en los tobillos, de esa noche de la ciudad imposible a las mujeres, pues por todos lados parece que las gritan, las befan, que las arrastran, y también se salva en el extranjero de ese vestido de una crudeza insoportable con que las visten las miradas mientras las tuercen y las hacen insoportable el sombrero, de esa picazón, de ese escozor que debe hacerlas sufrir la luz de la ineducada calle española”.

            Interesan especialmente de estas páginas viajeras los pequeños detalles que nos permiten viajar en el tiempo, esos detalles de la vida cotidiana que suelen escapar a la mirada del sesudo historiador.

            “Un viaje es como una gran biblioteca puesta en fila, con los libros abiertos en lo más interesante, que vamos leyendo al pasar”, escribe Carmen de Burgos. Pero lo que más ha envejecido de su obra es lo que tiene de divulgación cultural: las páginas sobre escritores, músicos, pintores o escultores nórdicos. Lo que nos puede decir sobre Kierkegaard, Ibsen o Grieg interesa bastante menos que su sorpresa de que no sea costumbre dejar a los niños en casa: “Hasta los más pequeños van por la calle en una silla con ruedas y toldo, a guisa de coche, que empujan hombre y mujeres”. Deducimos que, en 1914, los bebés españoles solo se sacaban a la calle en brazos.

            Cuando escribe Peregrinaciones, Carmen de Burgos tiene por compañero al joven Ramón Gómez de la Serna, representante de otra generación, y su influencia se nota en algunos de los pasajes del libro más acordes con la estética vanguardista, como el dedicado a los zapatos que se dejan –se dejaban—a las puertas de los cuartos de hotel o el fragmentarismo, tan ramoniano, de alguno de los capítulos dedicados a Londres.

            La parte final del libro, “Portugal”, ya nada tiene que ver con aquel viaje de 1914 que comenzó idílicamente y acabó atravesando la Europa en guerra con riesgo de la vida. A Portugal viajaría al año siguiente y de inmediato se convierte en una de sus patrias. La república portuguesa, de la que desde el comienzo es firme defensora, se convierte en modelo de lo que quiere para España. En el amor a Portugal, y a Italia, coincide con Gómez de la Serna y ambos, en la etapa más feliz de su relación, tuvieron casa en Estoril y en Nápoles.

            A Peregrinaciones, como a cualquier viaje demasiado largo, no le faltan momentos de tedio, pero los compensan los continuos hallazgos de la mirada curiosa de la autora y desaparecen por completo cuando el libro se convierte en una autobiográfica novela de aventuras..

jueves, 11 de marzo de 2021

Plural y memorable

 

Todos los versos son de despedida
Javier Almuzara
Renacimiento. Sevilla, 2021.

“La poesía es música que piensa” ha repetido más de una vez Javier Almuzara, cuya vida transcurre entre la pasión poética y la pasión musical. Pero la pasión, la emoción extremada, y el contagioso entusiasmo no nublan su lucidez. Pocos escritores a la vez tan inspirados, tan conscientes de que en la obra de arte debe haber siempre “un no sé qué” indefinible, y tan dueños de su oficio.

            “Línea de canto”, la serie de aforismos sobre poesía que cierran Todos los besos son de despedida, explicita –con excelente literatura, por cierto-- los fundamentos teóricos de su poesía. Uno de los fragmentos, escrito a la manera de una oración laica, define su manera de entender la poesía contraponiéndola a otras concepciones que algunos consideran más “modernas”. Lo copio íntegro, es una pieza de antología y de orfebrería verbal: “Danos, Poesía, ligereza sin frivolidad y gracia sin vulgaridad, ambigüedad sin confusión y hondura sin hermetismo, inteligencia sin aridez y emoción sin patetismo, biografía sin banalidad y trascendencia sin afectación. Dánosle hoy un discurso ordenado y lúcido, preciso y bello, claro y sugerente, no balbuceos chamánicos, ni circunloquios etílicos, ni absortos egotismos, ni puzles semánticos. Poesía, líbrame de la incompetencia lingüística disfrazada de experimento gramatical y aparta de mí el cáliz de la pereza mental servida como hallazgo surrealista”.

            Dicho y hecho. Pocas veces lo que el poeta pretende que sea su poesía se adecúa tanto a lo que de verdad es como en Javier Almuzara. Todos los besos son de despedida, un libro extenso, variado, no pretende ser sublime sin interrupción, incluso incurre en algún raro descuido rítmico (quizá no sea descuido, sino deliberado homenaje a Unamuno, el áspero endecasílabo “con quien el tiempo iba a mentir tu ser”, del primer soneto, “Paternidad responsable”, por lo demás espléndido con su unamuniana paradoja), pero contiene un puñado de poemas que pueden pasar, que pasarán, no a cualquier antología generacional, sino de la poesía española. Enumero algunos de ellos: “Resplandeciente oscuridad”, que no habrían desdeñado firmar los místicos del Siglo de Oro, aunque no tenga nada de pastiche; “Oh, suene de contino”, que pone letra a la música improvisada de la naturaleza (el título homenajea a la oda a Salinas y a la música de las esferas de Fray Luis); “Signo de admiración”, un soneto, abundan los sonetos en el libro, que consigue en prodigio de tratar el tema más tópico y volverlo deslumbrantemente verdadero; los “Dos dúos”, con su gracia entre Lope y Metastasio; un poema de amor, “Doble o nada”; el unamuniano --la lección de Unamuno (“piensa el sentimiento, siente el pensamiento”) está muy presente--“Para quien sangra angustia”; la impactante elegía –una de las grandes elegías de la lengua española-- que lleva por título “Ángel (1891-1937)”.

            “En poesía, casi todo lo que no es tradición es contagio” parafrasea Javier Almuzara a Eugenio d’Ors en uno de los aforismos finales, y él gusta de seguir la tradición y de dejarse contagiar por los poetas que admira. Un guiño al Carlos Marzal de El último de la fiesta hay en “Señas de identidad”: “Prefiero la alusión al testimonio. / el íntimo dolor al escenario. / Y, aunque mi estilo finja lo contrario, / gustándome Manuel, yo soy de Antonio”.

            Los pareados del irónico autorretrato “Qué pasa conmigo” homenajean a Manuel Machado. Tiene algo de “tour de forcé” conseguir que el poema, el más extenso del libro, no se venga abajo en ningún momento. Hay tácitas alusiones o apropiaciones –Jorge Guillén, Gil de Biedma—y muy explícitas referencias. “Ascendientes” dice así: “Moriré como hubieron de morir / las rosas, Aristóteles y Borges, / pero aspiro al aroma que dejaron”. Uno de los apócrifos poemas de El hacedor termina con estos versos: “¿Es posible que yo, súbdito de Yaqub Almansur, / muera como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles?”

            Javier Almuzara es un maestro en el arte de recrear la poesía ajena. Las versiones de Omar Jayyam reunidas en Caravana y desierto son poemas propios sin que deje de resonar en ellos lo esencial del poeta persa. “Bajo otra luz” es a la vez un poema suyo y la mejor traducción de uno los grandes sonetos de la lengua inglesa, escrito curiosamente por un español, “Night and Death”, de Blanco White; algo semejante podría decirse de los “Epitafios de la guerra”, de Rudyard Kipling.

            Hay en Todos los besos son de despedida poemas que nos cortan el aliento y otros que se limitan a hacernos sonreír. Arte mayor y atinadas recreaciones de la poesía popular, que también puede ser arte mayor, aunque se escriba en versos de arte menor: “Al fin y al cabo, morirse / no debe ser tan sencillo, / que hay quien se muere de pena / y no deja de estar vivo”.

            Como en Blas de Otero, otro referente (aunque no el poetas más explícitamente social), hay juegos de ingenio, continuas sorpresas expresivas: ante el misterio, o ante el silencio de Dios, es necesario “hablar a ritos”; “La poesía es mortal” afirma el último verso de un sonetillo (abundan los juegos con la estructura del soneto), pero lo que dice es exactamente lo contrario: “Mi ser definitivo, / lejos del cuerpo inerte / que ahora no concibo, / revivirá verbal, / porque para la muerte / la poesía es mortal”.

            Hay un poema de un solo verso, “Pompeya”; hay un epigrama que no habrían desdeñado firmar Catulo o Marcial, “La tapadera”; hay nanas, memoria familiar y ternura. Gracias al gimnasio de los clásicos, como afirma él mismo en uno de sus aforismos, Javier Almuzara ha conseguido no ser “un poeta formal, sino en buena forma”. En la mejor forma se muestra en este libro plural y memorable.

           

jueves, 4 de marzo de 2021

El ruido y las nueces

 

Independencia. Terra Alta II
Tusquets. Barcelona, 2021.
 

Independencia, la nueva novela de Javier Cercas, lleva el subtítulo de Terra Alta, II, y puede considerarse como la segunda entrega de una serie protagonizada por “el héroe de Cambrils” o como las dos partes de una única novela, a la manera del Quijote, obra a la que se homenajea con las reiteradas referencias a la primera parte, ya publicada y conocida por los personajes, en la segunda.

            El que el protagonista sea “el héroe de Cambrils”, el mosso d’esquadra que abatió a cuatro de los terroristas del atentado de las Ramblas, plantea un problema extraliterario. ¿Es lícito tomar un personaje real del que poco se sabe (se ocultó su identidad para evitar represalias, está de baja por depresión y en lugar desconocido) y atribuirle una rocambolesca biografía de malhechor reconvertido y un uso de la violencia para imponer la ley al margen de la ley? ¿Se imagina alguien que el protagonista fuera el mayor Trapero o que a quien se convirtiera en un Rambo con vocación de bibliotecario, hijo de una prostituta asesinada, fuera al líder de Ciudadanos? Jugar con la verdad y la mentira, con la mezcla de realidad y ficción, tiene sus límites legales, al margen de su mayor o menor eficacia como recurso literario.

            También hay límites de otro orden. Los personajes de Independencia –parece que todos menos el protagonista-- han leído Terra Alta y aluden a ella, y a su autor, dudando de si lo que cuenta es verdad o mentira. “Menudo elemento, el tal Cercas, qué manera de embaucar a la gente…”, dice uno de los personajes. Pero resulta que Terra Alta se publicó en 2019 y los hechos que narra ocurrieron en 2021. ¿A nadie, en un relato que se quiere realista, le extrañó que fuera profética? Resulta además que en la realidad de la ficción “ni Blai ni nadie en la comisaría de la Terra Alta tuvo el menor interés en desmontar la versión oficial del caso, según la cual había sido él y no Melchor quien lo había resuelto”. Una novela debe atenerse a su propia coherencia interna y Cercas se la salta por su afán de homenajear a Cervantes sin darse cuenta de que su caso es como si Cervantes hiciera aparecer la primera parte del Quijote, publicada en 1605, en una segunda parte que transcurriera durante la juventud del protagonista, muchos años antes.

            Independencia pretende ser varias cosas: una narración policíaca a la manera de las que pronto se convierten en series de televisión (curiosos resultan sus puntos de coincidencia con un reciente éxito de Netflix, Lupin), una novela de tesis que trata de desmontar las falsas razones del independentismo catalán y, en menor medida, un ejercicio de metaficción que se hace evidente en el discurso final del protagonista: “Lo que he aprendido es que las novelas no sirven para nada. Ni siquiera cuentan las cosas como son, sino como hubieran podido ser, o como nos gustaría que fueran. Por eso,nos salvan la vida. Bueno, eso es todo lo que os quería decir: que las novelas no sirven para nada, excepto para salvar vidas”.

            Como narración policíaca, la novela pierde todo interés a partir de la página 94. Cercas sabe contar, y la estructura de su novela --con esa larga conversación final, que todo lo aclara, y que se va sabiamente dosificando desde los primeros capítulos-- resulta la más adecuada para mantener el suspense, pero no acierta a inventar una trama medianamente verosímil. La alcaldesa de Barcelona –estamos en 2024 o 2025, no pensemos, o solo un poco, en Ada Colau-- es chantajeada. La amenazan con hacer público un vídeo de carácter sexual si no ingresa trescientos mil euros en moneros en una determinada cuenta. Le advierten que no hable con la policía si quiere que todo salga bien. Y ella cita a los policías en el Ayuntamiento, les alarga el sobre que contiene la amenaza y luego un maletín de cuero negro. “Ahí tiene el dinero. Pague a esa gente y que me dejen en paz”, le dice al inspector. ¿Nos frotamos los ojos? ¿Le piden que no avise a la policía y ella les avisa, no para que eviten el chantaje o detengan a los chantajistas, sino para que simplemente ingresen la cantidad que le exigen en una cuenta? ¿Tan torpe es que no se las sabe arreglar ella misma con la banca digital ni tiene a nadie que le explique el procedimiento?

            Por si no dejamos de tomarnos en serio el relato policial en ese momento, Cerca nos ofrece casi una ocasión en cada página. Los policías descubren que no es el primer intento de chantaje, que ya hubo otro anterior. ¿Y cómo fue ese anterior? Pues como sacado de una aventura de Mortadelo y Filemón. Los extorsionistas pidieron a la alcaldesa “que les pagase trescientos mil euros por no divulgar la grabación”, debía pagarlos en billetes de cincuenta euros. Ella personalmente debía depositarlos “un día concreto, al atardecer, en un punto concreto de la playa de Gavà, muy cerca de la orilla, donde encontraría una fiambrera en la cual lo extorsionadores dejarían, a cambio del dinero, la grabación”. ¿Se imagina alguien a la alcaldesa de Barcelona yendo al banco a pedir trescientos mil euros en billetes de cincuenta (unos seis mil, si no me engaño), yendo con ellos a una playa,  buscar una fiambrera y luego irlos embutiendo allí. Menuda sorpresa se llevarían los que la vieran. ¿Y después dónde esperaba a que llegaran los extorsionadores para que sacaran de la fiambrera los billetes y colocaran en ella la cinta del vídeo? ¿Sentada en un chiringuito?¿Y cómo podía estar ella segura de que no había copias? Lea el curioso lector como acabó esta aventura en la intervienen unos detectives, un submarinista y una cuerda, al parecer invisible, atada a la fiambrera. No pretende ser un episodio humorístico, aunque dé un poco de risa.

            El caso es que el extorsionador de la fiambrera la segunda vez recurre a los moneros, una criptomoneda creada en 2014 para ocultar mejor “la identidad de emisores y receptores y las cantidades de las transacciones”, según leemos en la Wikipedia. Han dado un gran salto cualitativo, pero les sirve de poco: en seguida los policías descubren que el número de la cuenta en que quieren que la alcaldesa ingrese el dinero “está adscrito a una tarjeta SIM” a nombre de Farooq Hoque y que el teléfono fue comprado en el MediaMark de Diagonal. No podemos evitar frotarnos los ojos. ¿Esto lo escribe un novelista serio? Cercas abandona la fiambrera y el submarinista, pero sigue en el mundo de Mortadelo. ¿Una cuenta en moneros adscrita a una tarjeta SIM? ¿Pero qué cuenta bancaria, aunque se en convencionales euros, está adscrita a un teléfono?

            Sospechamos que Cercas utiliza la trama policial como un Macguffin que le permite hablar de otras cosas que le interesan más y que confía en que el gran público al que se dirige –Terra Alta fue premio Planeta-- no resulte demasiado exigente. Pero quizá le hubiera convenido no menospreciar tanto la inteligencia de los lectores. El vídeo con el que amenazan a la alcaldesa –quien tuvo una juventud bastante abierta en materia sexual y no se avergüenza de ello-- nos la muestra teniendo relación con tres hombres que pretendían abusar de ella. No lo consiguen: es ella la que logra controlar la situación.

            En fin, no vamos a destripar la novela en la que Cercas demuestra cumplidamente su habilidad en el manejo de las técnicas narrativas, pero es imposible dejar de subrayar que hay que tener muy amplias tragaderas para encontrar un  átomo de verosimilitud en esos violadores en serie que cometen un asesinato y que, no solo se olvidan ello, y de las grabaciones de sus actos, sino que además pretender chantajear a una de las mujeres de las que intentaron abusar. Claro que la actuación, como “deus ex machina” de ese diputado socialista implicado en las “tarjetas black” (que Cercas llama tarjetas fantasma) llevando un cadáver a un descampado y haciendo desaparecer cualquier rastro del crimen también es de antología. De antología del disparate, claro.

            Insistir en más detalles sería un poco ensañamiento, pero no me resisto a señalar que los chantajistas, no contentos con el dinero, al final le ponen como condición a la alcaldesa que dimita si no quiere que se difunda un vídeo… que la obligaría a dimitir. O sea que ella debería pagar trescientos mil euros y dimitir para no ser obligada precisamente a dimitir.

            Trata de compensar Cercas lo inverosímil de la trama con la abundancia de “pequeños detalles exactos”, según la lección de Stendhal. Pero se toma demasiado al pie de la letra el consejo y, si el protagonista en un supermercado, mientras efectúa un seguimiento añade al azar productos a su cesta, Cercas no se priva de enumerarlos: “una bolsa de pan de molde, unas lonchas de queso envasadas, unas tortitas de arroz con chocolate, una lata de atún”. Y estamos de suerte si no nos indica la marca de la lata de atún. A otros detalles, en cambio, parece estar menos atento: en la página 106 un policía interroga a la alcaldesa sobre sus dos hijas; en la 196, la alcaldesa dice que tiene una hija.

            Pero la historia del chantaje, y del descubrimiento de un crimen de hace años, no es lo que más le importa a Cercas. Su novela se atiene al “prodesse et delectare” horaciano, quiere enseñar deleitando y la lección que quiere transmitirnos es que el famoso Procés fue artificialmente montado por la clase dirigente catalana para chantajear a Madrid. Así se lo hace decir a uno de sus personajes: “En 2012 vivíamos sumidos en una crisis tremenda, la más fuerte en un siglo, y lo estábamos pasando muy mal.  ¿Qué hicimos? Lo que debíamos hacer: sacar a la gente a la calle, con nuestros medios y con la ayuda inestimable de nuestro gobierno, para meter toda la presión posible al gobierno de Madrid, ponerlo entre la espada y la pared y obligarnos a resolvernos el problema”. La clase dirigente catalana no es independentista, afirma el personaje en sus declaraciones (dejemos a un lado, una vez más, la verosimilitud) a un periodista británico, pero ellos no crearon el independentismo: “Lo que montamos nosotros fue el Procés, es decir, transformamos una reivindicación de una minoría en una reivindicación de casi la mitad del país”. La pregunta del periodista es obvia: ¿Y cómo consiguieron ustedes solos sacar a la calle a un millón de personas cada año durante una década? “Ni que fueran idiotas”, precisa. Y esta es la respuesta del prohombre catalán en versión de Cercas: “Es que lo son”. Sutileza argumental se llama esa figura.

            Independencia es una novela con pretensiones de análisis social y de denuncia (y que cita a Montaigne y a Borges –“mientras dura el remordimiento dura la culpa”-- y no escasea en reflexiones atinadas), disfrazada de entretenido y poco exigente telefilme de sobremesa. O quizá lo contrario.

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jueves, 25 de febrero de 2021

Historia de una ambición

 

El joven Porcel
Sergio Vila-San Juan
Destino. Barcelona, 2021.
 

A Baltasar Porcel le gustaba apostar por los caballos ganadores: en 1973 dedicó un libro a loar la exitosa revolución cultural china; en 1977 conoció al rey Juan Carlos y acabó convirtiéndose en su asesor para asuntos relacionados con Cataluña; apostó desde el principio por Jordi Pujol y en la Cataluña pujolista fue un consejero de cultura oficioso, obtuvo todos los premios oficiales y dirigió instituciones creadas especialmente para él. Murió en 2009, sin tiempo para ver la defenestración de aquellos a cuya sombra había medrado, pero con tiempo para darse cuenta que en los medios culturales su figura –tan prestigiosa a finales de los sesenta y primeros setenta-- hacía tiempo que había dejado de contar. “A pesar de que había triunfado en todos los planos –cuenta Sergio Vila-San Juan--, se quejaba. no sé si con razón o sin ella, de una cierta falta de reconocimiento al máximo nivel que le interesaba, que era el de la cultura”. En aquella Cataluña, le bastaba quejarse para obtener lo que quería: “Animé a algunos amigos comunes y pusimos en marcha un encuentro de dos días en La Pedrera sobre su obra, que propició el entonces director del centro Alex Susanna y que obtuvo una gran repercusión. Sé que este encuentro le ilusionó, y tuvo la virtud de anticiparse a varios importantes reconocimientos que siguieron después y contribuyeron a alegrar la última etapa de su vida”.

            Pero Sergio Vila-San Juan tiene el buen criterio de desentenderse de los oropeles de esa última etapa y centrarse en la “década prodigiosa”, en los diez años que van desde 1960, en que un ambicioso veinteañero llega a Barcelona dispuesto a comerse el mundo, hasta 1970, cuando es temido, respetado y admirado tanto en Barcelona como en Madrid.

            El joven Porcel constituye una investigación periodística que se lee como una novela sin ficción y que interesa no solo a los que se interesan por Baltasar Porcel, si es que alguien –fuera de su natal Mallorca-- se interesa todavía por ese figura de otro tiempo que corre el riesgo de quedar sepultada por los cascotes de los próceres a los que apoyó.

            El joven Porcel era ambicioso, pero tenía casi tanto talento como ambición y un prodigioso olfato para acercarse a quien le podía ayudar. A los dieciocho años conoció a Llorenç Villalonga, cuarenta años mayor que él, una figura importante en la sociedad de Palma. El epistolario entre ambos, Les passions ocultes, es una apasionante novela epistolar que no desmerece –y puede que gane-- unto a las otras obras de cualquiera de ellos. En Villalonga tuvo Porcel a su primer, y quizá a su mejor, maestro. Le puso en camino de ser un triunfador, le enseñó a moverse sin demasiados escrúpulos por el mundillo literario, por el mundo en general. Y en Mallorca conoció al modelo de escritor que él quería ser, Camilo José Cela, un triunfador literaria y socialmente. En la redacción de Papeles de Son Armadan,s trabajó de “chico para todo” durante dos años.

            Más tarde le dedicaría uno de sus “encuentros” –las entrevistas literarias que le hicieron famoso-- y al infautado autor de La Colmena no le gustó nada lo que dijo de él: “El centro del universo es para Camilo José Cela su persona y su obra. No de otra forma se comprendería, al margen ahora de su carrera literaria, la industrial, rentable y lujosa organización en la que se ha envuelto”. Cela responde tratando de enemistar a Porcel con el editor de Destino. “Vergés me ha enseñado tu lamentable carta, tan digna de ti”, le escribe Porcel. “En cuando a la ‘vileza’ que he escrito, debo decirte que cuantos te conocen, me aseguran que es un artículo hecho con gracia y benevolencia”. Le recuerda luego sus actividades con la censura y se defiende de que le llame “peón de brega de Lara”: “Yo he trabajado con Lara y he cobrado mi mensualidad hasta que me ha convenido. Si ello es un peonaje, aplícatelo a ti y a cuantas veces has trabajado para una empresa, desde la cadena de prensa del Movimiento hasta los intentos de que el mismo Lara te publicara dos libros, que te rechazó por considerarlos carentes de interés, y que anunciara en tu revista, a lo que se negó porque apenas si se lee”.

            A Baltasar Porcel, que ya había conseguido algún premio más o menos amañado por Villalonga, pronto Palma se le queda pequeña. A su marcha a Barcelona ayuda su relación amorosa con la mujer del subdirector del diario en que colaboraba, la escritora Concha Alós. Su historia, personal y literaria, es la más triste de las varias que se entrecruzan en este libro.

            A Pujol lo conoció Porcel en su momento más heroico, durante el consejo de guerra de junio de 1960 por propaganda ilegal (había sido uno de los promotores de la campaña contra Galinsoga, el director de La Vanguardia impuesto por Franco, y de la interpretación por parte del público del prohibido “Cant de la Senyera” en el Palau de la Música). A Pujol le sugieren que pida perdón y entonces la sentencia será de dos años y no tendrá que cumplir condena. Se niega –tras escuchar el consejo de su mujer, la luego tan denostada Marta Ferrusola-- y la condena es a siete años de cárcel “por rebelión militar”. Porcel siempre recordará ese gallardo momento cuando tiempos después le reprochaban ser un “vendido al pujolismo”.

            La relación del joven Porcel con las figuras importantes de su tiempo no fue nunca de mero parasitismo, sino de aprovechamiento mutuo. Era la estrella del momento y a Villalonga o a Pla les vino bien para que los medios catalanistas olvidaran su pasado de colaboración con el franquismo. Durante sus mejores años, Porcel jugó a ser el enfant terrible –sus artículos solían ir acompañados de resonantes polémicas-- de la literatura catalana y a hacer de puente entre Barcelona y Madrid. Coqueteó con el anarquismo y el maoísmo y eso hacía más atractiva su figura para la gente de orden.

            Sergio Vila-San Juan ha tenido a su disposición el archivo de Porcel y ha entrevistado a quienes tuvieron más trato con él, a lo que se añade su buen conocimiento personal de la época. El resultado es un libro con excelente información que no incurre en la hagiografía, pero que tampoco subraya los aspectos oscuros de un personaje que podía haber sido protagonista de una novela de Balzac o de Marsé.

             

viernes, 19 de febrero de 2021

Burlas y veras

 

Filosofía de la cuchara
Miguel Martínez
Cálamo. Palencia, 2020.

Comenzamos a leer los versos de Miguel Martínez (Madrid, 1982) con una sonrisa. El primer poema nos parece el guion para un corto de dibujos animados: “Venga Iván siéntate bien / y come como Dios manda. / Pero Iván ha decidido / que esta noche hay un concurso / y ahora las cucharas de la mesa / son las narices de toda la familia / a los dos segundos son micrófonos / y luego sirven para jugar al tenis”.

            El segundo poema, “El no misterioso de las cosas”, ya nos pone sobre aviso de que en la poesía de Miguel Martínez hay algo más que ludismo y refrescante disparate. “Las cosas son las cosas y no hay mucho más misterio”, comienza. Imposible no pensar en Alberto Caeiro, el pessoano poeta de la naturaleza que parecía poner en verso las intuiciones de la filosofía de Hussler, su fenomenología.

            Miguel Martínez recurre una y otra vez a la personificación: “la mesa cada mañana se pone su disfraz de mesa / y sigue el guion a rajatabla, no improvisa / pero es imposible hacer tan bien la mesa como lo hace ella”. Su imaginería huye de lo convencionalmente poético: “El corazón es famoso / acapara todas las portadas / lleva gafas de sol y una nube de paparazis. / El corazón se lo tiene muy subidito / pero el corazón es una estafa. / El corazón no es el corazón / no hay corazón que valga / es un mito, son los padres”.

            Coloquialismo, ingenio, paradoja y parodia, antipoesía a la manera de Nicanor Parra… Vamos leyendo con una sonrisa hasta que se nos hiela la sonrisa, como al final de “Mi expedición imposible”, o en “Las pirámides de Egipto” con “esa pequeña familia averiada  / que cojeaba de una madre”.

            Hay parodias de la poesía religiosa. “El diazepam es mi pastor, nada me falta” repite el estribillo de “Salmo 23”, con su final anticlimático: “Bienaventurados los pobres / porque ellos verán a Dios. / Felices los infelices / porque el reino de los cielos / pesa 150 miligramos / y cuesta 2 euros con 75”. Otro de los poemas se titula “Oración para una lavadora” y le da la vuelta a un conocido texto litúrgico (“cordero de Dios”): “Lavadora de Dios / que quitas los pecados del mundo / y en tu infinita sabiduría / bajaste un día a rescatarnos / de la mancha del mono primitivo / de la mancha de Adán / y de la mancha de tomate”.

            Parece que Miguel Martínez nada se toma en serio y que el título del libro, Filosofía de la cuchara, es una broma más. No hay tal cosa. Sus poemas tienen detrás una metafísica, una desolada meditación existencial.

            Pero toda manera de hacer poesía tiene sus riesgos y los de Miguel Martínez resultan evidentes. Una vez encontrada una fórmula puede repetirse hasta la saciedad, con el consiguiente cansancio del lector. Cierto que la capacidad imaginativa del autor –que nada tiene que envidiar a la de Gómez de la Serna-- parece inagotable y que a la enumeración abierta de la mayoría de los poemas se le trata de añadir un cierre donde se busca ese algo más que dota de trascendencia al texto. Se consigue por lo general, aunque no en el poema último.

En unos pocos casos da la impresión de que el autor toma como punto de partida un texto ajeno. Es lo que ocurre con “Principio de sí contradicción”, escrito con el hiperbólico desparpajo de ciertos poemas de Luis Alberto de Cuenca, o con “El país de Justoantes”, variaciones sobre el tópico que Pedro Salinas enunció en un título: Vísperas del gozo.

            Uno de los más representativos poemas del libro, “La memoria S. A.” lleva como lema una cita de Alicia en el país de las maravillas y ciertamente Lewis Carroll, que supo como nadie contar un cuento para niños y a la vez exponer algunas de las paradojas del conocimiento, puede considerarse como el maestro de Miguel Martínez.

            La memoria se equipara en ese poema con una empresa de mudanzas o con los operarios de un teatro. Una vez que abandonamos nuestro domicilio en el presente comienzan las reformas, el cambio de decorado. “¿Qué ocurrirá cuando acabe esta noche? / Me preguntas”, comienza el poema. Y en las siguientes estrofas asistimos al proceso de demolición del recuerdo: “Diligentes e implacables / los operarios de la Memoria S. A.  / verterán libros de aguarrás y de pintura blanca / un día desmantelarán por completo el restaurante / y borrarán incluso el nombre de la calle. / Nosotros andaremos en otra cosa mientras ellos / desclavan la enorme losa de este cielo sin estrellas / y ya no recordaremos si hoy llovió / o hizo una noche despejada”.

            Miguel Martínez le quita los humos a la poesía, la hace bajar de su nube, juega con ella y parece que se ríe de ella, pero solo se ríe con ella y con nosotros para disimular que está hablando de algo muy serio: las máscaras de la muerte, el sinsentido de vivir.

           

jueves, 11 de febrero de 2021

Mejorable, insuperable

 

 

Horizonte de sucesos
Juan Bonilla
Renacimiento. Sevilla, 2021.

“Horizonte de sucesos”, según podemos leer en la Wikipedia y en el prólogo al más reciente libro de poemas de Juan Bonilla, es “la superficie imaginaria de forma esférica que rodea a un agujero negro”. Se llama así porque de nada de lo que ocurre más allá podemos tener información.

            A las líneas prologales,  prescindibles (la cita de un divulgador científico confunde más que aclara), le sucede un extenso texto en prosa, titulado “Aquí”, que ocupa la primera parte del libro. Parte de una ocurrencia ingeniosa: buscar en Google Maps “todas las casas en las que he vivido y hacer un mapa a ver qué sale”. La enumeración de esas casas le sirve al autor para trazar una impactante autobiografía fragmentaria. Cuando se olvida de ese propósito inicial, pasa a enumerar lugares que tuvieron algún especial significado en su vida, unos más triviales (la cafetería donde esperaba a su novia, el Café Gijón donde firmó el contrato para su primera novela ) y otros de tácito dramatismo: “Aquí, en el parque de Santa Ana de Jerez, juego al fútbol con un niño pequeño, luego volveremos juntos de la mano hacia una casa en la que pronto no me dejarán entrar y en la que todavía lo veo encerrado, a pesar de que los años lo habrán convertido en un muchacho que quizá no se acuerda nunca de sus chuts en el parque de Santa Ana”. Todos esos “aquí”, algunos ya desarrollados en otros textos del autor, y otros que se les irían añadiendo, podrían acabar conformando un libro por el estilo del  Yo me acuerdo de George Perec.

            El libro de poemas propiamente dicho comienza en la segunda parte. Sorprende el uso reiterado de la rima consonante, algo no demasiado habitual en la poesía contemporánea. Juan Bonilla es un poeta ingenioso que suele partir de una ocurrencia para desarrollar luego con aplicada artesanía el poema: en “Adolescencia”, los ensueños y las ambiciones de la adolescencia se asocian a los días de la semana y a las diversas asignaturas del programa académico: “Lunes, Carlos Martel en Poitiers, / fractales y cervezas, / ganas de huir a cualquier parte, / perderse con quien sea. / Martes, dibujo técnico / y El árbol de la ciencia, / La guerra de la Galias, / pero adónde y cuánto cuesta, / dormir en estaciones, / viajar a pie por las cunetas”.

Costumbrismo, costumbrismo andaluz como en tantos de estos poemas,  hay en “Música Ítaca”, donde una música banal permite un emocionado viaje en el tiempo. “Vencejos” aprovecha las lecciones que Bonilla aprendió en la poesía ultraísta –y que tanto deben a la greguería-- para ofrecernos una sucesión de ingeniosas comparaciones: la tarde cae “a cámara lenta / de un golpe seco en la mandíbula”, el sol del crepúsculo está “noqueado” como un boxeador, los vencejos al posarse alineados “parecen jugadores / de una selección nacional / cuando suenan los himnos”. Otro poema, “Identidad”, recrea un tema que viene de Borges (“No sé de quién recuerdo mi pasado”) y, sobre todo, de Pessoa: “estoy lleno de gente / soy tantos que no sé quién ya soy”.

            La parte tercera reúne un puñado de espléndidos poemas eróticos (“Música”, “Paradise”, “Quedarse con las ganas”), junto con alguna retorcida ocurrencia (“Filosofía”) o prescindible vulgaridad (“Caerse p’arriba” con su “bajo ti”).

            La sección titulada “Punta Umbría” recrea un día de verano, con indicación de la hora, desde el amanecer hasta el momento en que el sueño inducido –“Química” se titula el poema-- va “expandiendo su milagrosa calma”. Una imaginería de raíz vanguardista (“Por la arena mojada / dejas tus huellas solas / que el mar devorará / pues son el desayuno de su olas”), alterna con discutibles juegos de palabras (“Yo ya no fumo / ni resto” o el calambur fónico, pronunciado a la andaluza, de “Cero o no ser, / como dijo el poeta”). El poema “Periódico” utiliza muy eficazmente la técnica contrapuntística. Algo de juanramoniano hay en “Pinar” y de guilleniano en “Ría”: “Tan sólida, tan pura, / la luz del mediodía / hace del mundo partitura, / y es esa melodía / que en tus adentros suena / --andante, adagio, calma--, / la que te llena / el alma”.

            Los poemas de “Letras”, según indica el autor, están escritos sobre cierta falsilla musical.. Las líneas iniciales de “Aquí”, la prosa que inicia el libro (“Estoy bastante muerto últimamente. Ha crecido en mi corazón un pájaro. Un pájaro que come corazones”) se repiten con ligeras variantes en “Soleá”: “Estoy bastante muerto últimamente: / un pájaro crece en mi corazón: / el pájaro que come corazones”. En “El Si y el No”, subtitulado “Reguetón de Residente”, se imagina lo que habría sido su vida si en lugar de decir “no” hubiera dicho “sí” en determinadas ocasiones. Algunos de esos rechazos resultan poco verosímiles, como el que da a la editora “que me ofrece un gran premio si me animo / a terminar en dos semanas la novela / que ni estoy escribiendo ni jamás he escrito, / una gran primavera / para mis flacos bolsillos / y aun mejor que el premio, el galardón / de abandonar el ciego periodismo”. No parece que el escritor profesional que es el poeta rechazara muchas ofertas de ese tipo. Recordemos lo que afirma en la prosa inicial: “Aquí, en el Café Gijón de Madrid, una editora pone ante mí un contrato por una novela que ni siquiera pensaba escribir, pero gracias al cual se acabó vivir de prestado”.

            Continúan alternando los eficaces poemas (“El pasado”, “Alegría de la tarde”) con los habilidosos ejercicios de taller (“Respuesta del humano al replicante”, “Los poemas malditos”) en la parte última, en la que tampoco falta la falacia patética, el abusivo uso de la crónica de sucesos (“Callar a gritos”).

            Termina el libro con un irónico “Epitafio” que más bien debería haberse titulado “Evaluación final”. De la nota aclaratoria que cierra el libro sorprende –o no: confirma que Juan Bonilla no es un perfeccionista-- que nos hable de un poema, “Himno al Aire”, que no figura en el libro, o no figura al menos con ese título (probablemente se trata de “Vencejos”).

            Sobran chistes, o pretendidos chistes, sobran golpes bajos emocionales en la poesía de Juan Bonilla; falta un cierta conciencia autocrítica que evite, en los poemas con métrica tradicional, ripios y fallos rítmicos (dudosos endecasílabos como “esa cerca de cristales en picos”). O quizá no sobran: más pulido y repeinado, más respetuoso con lo que tradicionalmente se entiende por poesía, Juan Bonilla no sería Juan Bonilla y Horizonte de sucesos resultaría un libro tan aburrido y prescindible como tantos premiados libros de poemas. Tal como está resulta sin duda mejorable, pero con un puñado de poemas memorables e insuperables.



sábado, 6 de febrero de 2021

A propósito de "Leer la vida"

 

 UNA CONVERSACIÓN JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
A PROPÓSITO DE LEER LA VIDA
EL LIBRO COLECTIVO SOBRE SUS DIARIOS
 

¿Es posible escribir, cuando se lleva una vida nada aventurera como la suya,  más de veinte tomos de diario sin incluir elementos de ficción? Carezco de imaginación. “Yo escribo y la realidad me dicta”, como a don Ramón de la Cruz, el sainetero dieciochesco. Las mejores historias las escribe la vida. Pero ocurre que la vida no sabe escribir y a veces hay que ayudarla un poco.

¿Cuándo comenzó a escribir diarios? De manera regular, aunque una regularidad a mi manera, en 1989,. Desde entonces me he dedicado a poner en prosa mi vida (y la de algunos otros), a dejar constancia del tiempo que pasa. Lo he hecho sin pretensiones de exhaustividad: dejando siempre períodos en blanco, contando solo lo que quería contar, dividiendo el flujo informe de los días en etapas con su principio y su final, que nunca coincidieron con la mecánica división en años. A mí me gusta empezar en cualquier momento, nunca el primero de enero (qué vulgaridad) y terminar también al margen de cualquier fecha señalada. En una vida tan monótona como la mía, un fragmento, un fragmento cualquiera bastaba para representar la totalidad, como en la estructura fractal.

¿Desde el principio los publicó en la prensa antes de reunirlos en libro? No, eso no ocurrió hasta 2005. Ese año, el director de un periódico en el que colaboraba semanalmente, para evitar que me fuera al periódico rival, me ofreció ir anticipando semana a semana mi diario en sus páginas dominicales. No dudé ni un momento en aceptar la oferta. Yo no concebía mi diario como una obra unitaria, de miles de páginas, de publicación tardía o póstuma. Días de 1989 se publicó en 1989 y muy poco después de su escritura se fueron publicando los otros tomos. ¿Eso hacía que los diarios íntimos fueran menos íntimos? No lo creo, o al menos no serían más íntimos si estuvieran destinados a una publicación póstuma. Yo no soy Jaime Gil de Biedma: lo que de mí no quiero que ahora se sepa, no me gustaría nada que se supiera después de mi muerte. Y si se sabe, que no sea por mí.

¿Cuántas entregas de su diario ha publicado?  He publicado veintitrés entregas y está en marcha la siguiente, pero nunca quise que formaran una unidad, algo así como el Diario con mayúscula de José Luis García Martín. Siempre he pensado que la última entrega que publicaba era de verdad la última, y así desde el comienzo, apenas un experimento que duró unos pocos meses. Fueron instancias ajenas las que me decidieron a seguir en la tarea. Siempre he escrito para los lectores, pocos o muchos, nunca para mí. A mí mismo me tengo demasiado visto y, si quiero contarme algo, lo hago sin necesidad de tinta y de papel o de encender el ordenador. Y solo publico porque un editor, intermediario de los lectores, me lo solicita. En un cierto sentido, soy un escritor profesional: escribo únicamente por encargo; en otro, soy el escritor menos profesional del mundo: prefiero un encargo de mi gusto sin remuneración ninguna a otro muy bien pagado que me agrade poco. A partir de 2005, quien me encargaba los diarios era el director de un diario asturiano, La Nueva España. Los encargos fueron siempre por tiempo limitado: comenzar en septiembre, terminar en junio cuando el periódico se rediseñaba para el verano. Al año siguiente, ya se vería. Nunca estaba garantizada la continuación. Pero sigue hasta hoy, aunque en un momento dado, cuando comencé a notar que en el periódico habitual no era tan querido como al principio, me cambié a otro, en el que ya escribía a mi aire, verso o prosa, todos los veranos desde hacía años.

¿Y por qué ese poco tiempo, antes escasos meses, ahora unos días, entre la escritura y la publicación de las notas del diario? Pues para evitar la tentación de manipular. Si los tomos que he publicado hubieran permanecido inéditos y solo ahora se me ofreciera la posibilidad de editarlos, ¿habrían aparecido tal y como fueron escritos? De ninguna manera. No creo que hubiera podido resistir la tentación de borrar algunas cosas, de cambiar tal o cual pasaje, de no parecer tan ingenuo, de aparentar ser más inteligente de lo que soy. Habría hecho trampas, de eso estoy seguro, aunque lo negaría rotundamente y rompería los originales para que nadie pudiera demostrarlo.

¿No está de acuerdo entonces con los diarios publicados? Desde el momento de la corrección de pruebas, no he vuelto a releer ninguno de ellos (ni pienso hacerlo), pero de vez en cuando alguien cita algún fragmento, que yo por lo general ni siquiera recuerdo, o una opinión contundente que mejor me hubiera callado.

¿Son diarios en los que lo cuenta todo? No, por supuesto. Callar, siempre callé alguna que otra cosa. Bastantes cosas, en realidad. Nunca tuve intención notarial, nunca pretendí el imposible de contarlo todo. Me basta y me sobra con aquello que pudiera tener interés para los demás. Pero me temo, que sin pretenderlo, uno siempre cuenta demasiado. Lo que no decimos dice tanto de nosotros como lo que decimos.   

¿Y hasta cuándo piensa seguir escribiendo diarios? ¿No le parece que ya son demasiadas páginas? ¿No teme fatigar a los lectores? Cada uno de los tomos de diario que he publicado vale por sí mismo, no es parte de un todo, tiene un principio y un final, no precisa de antecedentes ni de consecuentes. Y de esa forma deben ser leídas las diferentes entregas, sin orden ni concierto, cada una como si no existieran las otras y prometiendo no reincidir sino al cabo de mucho tiempo.

Es raro el caso de un escritor que pide a sus lectores que no le lean demasiado.  Así me siento más seguro: si alguien leyera todas las entregas, de la primera a la última, sabría de mí incluso más de lo que yo sé. Me aterra esa perspectiva: sería como mostrarme en público sin la armadura que me protege. Confío en que eso no ocurra nunca. La mejor manera de evitarlo es seguir publicando y publicando de modo que nadie pueda abarcarnos por entero.

¿Cómo surgió la idea de publicar un libro, Leer la vida, sobre sus diarios? Se le ocurrió a Hilario Barrero, cónsul de la poesía española en Nueva York. Y a su tenacidad se debe el haber conseguido el milagro de haber reunido una treintena de colaboraciones.

¿La leyó antes de publicarse? ¿Ejerció algún tipo de sugerencia o censura? Por supuesto que no, aunque ganas no me faltaron. Nada mas conocer la lista de los participantes comencé a imaginarme lo que escribiría cada uno de ellos. Habrá quien haga un resumen escolar del tomo que le ha tocado en suerte, quien rebuscará las citas que me pueden enemistar con algún amigo, quien aproveche para rebatir mis opiniones políticas (si se trata de las que tienen que ver con Cataluña, Eduardo Jordá o José Luis Piquero, seguro) o para contarnos su vida con el pretexto de la mía (será la colaboración que más me divierta). También habrá alguna que otra lectura hiperbólicamente generosa (fácil me resulta adivinar quién me va a comparar con Chesterton), pero ya se sabe que en este tipo de volúmenes que algo tienen de homenaje, los elogios debe dividirse por dos y los reproches multiplicarse por cuatro.

Usted ha reseñado libros de alguno de los colaboradores y no siempre ha sido amable. ¿No teme que aprovechen la ocasión para vengarse? A todos les agradezco el esfuerzo que se han tomado y si alguno aprovecha la ocasión para vengar alguna antigua herida, pues se lo agradezco especialmente. Y me alegra comprobar que, entre los colaboradores, está la persona sin las cuales la mitad de mis diarios o no se habrían escrito o se habrían escrito de otro modo: Íñigo Noriega, director hoy de El Diario Montañés, que cuando era director de El Comercio me invitó a colaborar todos los veranos en su periódico con total libertad (y algún verano colaboré diariamente con traducciones poéticas) y, gracias a eso, para evitar que me pasara a la competencia, el entonces director de La Nueva España me ofreció anticipar mi diario los domingos.

¿Y no le preocupa que los lectores se echen atrás ante la monotonía del tema? Yo soy el primero que jamás leería un libro de casi trescientas páginas dedicado a José Luis García Martín, un hombre como tantos, en cuya vida –ya no demasiado breve-- apenas hay acontecimientos dignos de reseñar. Pero sospecho que en esas páginas yo será solo el pretexto: cada tesela de mi retrato colectivo tendrá mucho de autorretrato. Cuando parecemos hablar de otros, todos, queriendo o sin querer, hablamos de nosotros mismos. Y al revés. En estos treinta años de diarios, en estos miles de páginas, también yo he hablado de un tema bastante más interesante que mi rutinaria vida, que era de lo que parecía hablar. Un libro, cualquier libro que merezca la pena, no es nunca un retrato del autor, sino un espejo en el que se refleja cada lector.                                       

jueves, 4 de febrero de 2021

Una editorial, un mundo, una época

 

 

La tribu Einaudi. Retrato de grupo
Ernesto Ferrero
Prólogo de Manuel Rodríguez Rivero
Trama Editorial. Madrid, 2020.

Pocas palabras tan imprecisas como la palabra “novela”, que ciertos periodistas y editores suelen aplicar a cualquier obra literaria en prosa de cierta extensión. Por una vez, me gustaría incurrir en ese uso abusivo y calificar al libro de Ernesto Ferrero que en español lleva el título de La tribu Einaudi (el título original es más impreciso, pero también más adecuado: I migliori anni dalla nostra vita, Los mejores años de nuestra vida) como novela. Novela de no ficción, o sin más ficción que la que involuntariamente se añade a cualquier recreación memorialística de la realidad.

            Ernesto Ferrero evoca sus años de colaboración, con diversos grados de responsabilidad, en la editorial Einaudi, una de las más importantes en la Europa de los años sesenta y setenta, el modelo de lo que en España quisieron ser la Seix Barral de Carlos Barral o la Alfaguara de Jaime Salinas, pero lo hace de manera que interesa a cualquier lector, no solo a los estudiosos de la industria cultural, al contrario de los que ocurre con el prólogo de Rodríguez Rivero, ejemplo de escritura ensayística, pero no creativa.

            Cierto que por el libro cruzan unos cuantos nombres fundamentales de la literatura del siglo XX –Cesare Pavese, Natalia Ginzburg, Italo Calvino, Primo Levi--, pero entremezclados con otros personajes de los que no habíamos oído hablar y cuya peripecia no nos interesa menos. Y no es necesario para ello que sean como Malcolm Sky que se hallaba siempre donde no tenía que estar, al que le apasionaban las historias de fantasmas, que tenía contacto con los servicios de inteligencia y que un día apareció asesinado en una plaza de Turín. Cualquier oscuro profesor, cualquier sufrido corrector de pruebas, cobra vida, se vuelve memorable en estas páginas.

            El protagonista –amado y odiado-- es Giulio Einaudi, que dirigió su editorial como si fuera una corte del Renacimiento. Carlos Barral quiso tomarle como modelo, pero no llegó ni de lejos a igualarle. Opuesto a él –que nunca olvida su papel de rey Sol, en torno al cual giraba el mundo--, Italo Calvino es el laborioso trabajador –como sus antepasados campesinos-- que disimula todo lo que puede su talento. Ferrero cuenta una anécdota significativa: “En la primavera de 1984, Calvino está en Sevilla con su mujer, Chiquita, argentina de nacimiento. Jorge Luis Borges, ciego desde hace tiempo, se halla reunido en un hotel de la ciudad con unos amigos. Los Calvino se acercan a ellos. Mientras Chiquita conversa amablemente con su compatriota, el escritor, como siempre, se mantiene apartado. Tanto es así que ella considera oportuno avisar: Borges, también está Italo… Apoyado en el bastón, Borges levanta la barbilla y dice sin inmutarse: Lo he reconocido por el silencio”. Pero en ocasiones el silencio Italo no puede por menos de estallar, como cuando afirma en una de esas reuniones de los miércoles que Ferrero recrea tan admirablemente: “Este Camilo José Cela quiere que lo traten como a un Dios Todopoderoso. Es una de las personas más vacías e insoportables de la literatura internacional”.

            “El hermano infeliz” titula el capítulo dedicado a Cesare Pavese. Ferrero considera menos significativos el desengaño amoroso que el enfrentamiento con el editor –que él escribe siempre con mayúscula-- entre los motivos de su suicidio: “Hasta el último momento debió de pensar que el Editor acabaría acudiendo a la pequeña habitación del Hotel Roma, que se inclinaría sobre la cama, le daría un leve beso en la frente y lo despertaría. O a lo mejor sabía que el Editor, amando tanto la vida y odiando tanto la muerte, jamás habría tenido aquel gesto salvador para nadie”. Es probable que esa no sea la explicación más adecuada, pero Giulio Einaudi siempre pensó que el suicidio de Pavese había sido un acto en contra suya: “Por eso nunca llegó a perdonar a Pavese, por eso pasados tantos años el suicidio de Pavese seguía siendo un asunto de familia: algo que nos afectaba tanto que ni siquiera podíamos mencionarlo”.

            Ferrero no tuvo relación con Pavese –llegó a la editorial en 1963--, pero sí mucha con otro suicida, Primo Levi. Se ha hablado mucho de las razones que llevaron a Primo Levi a tomar esa determinación, incluso hay quien lo ha considerado una última consecuencia de su internamiento en el campo de concentración. Ferrero alude a otras causas, la principal de ellas “la partida que jugaba con la madre paralizada, a la que cuidaba día y noche como un enfermero”. Aunque sabía que era una partida mortal que solo admitía un único superviviente, se negaba a ingresarla en una clínica; no aceptaba salvarse a costa de ella. “Pasaba horas delante del ordenador, sin escribir, o con la madre, que lo llamaba y lo quería permanentemente a su lado”. Muchos le oyeron el más cruel de los desahogos: “Es peor que Auschwitz”.

            Algo de suicidio tuvo también el final de Pasolini. Ferrero lo vio por última vez, quince días antes de que lo mataran, en el feria de Frankfurt. No quiso alojarse en el hotel que le había reservado el editor y buscó otro “cerca de la estación, hacia el río, en pleno barrio turco, donde el comercio sexual adquiría las tonalidades de un matadero de cerdos, de una oscuridad sin posibilidad de rescate”. Aquellas arriesgadas aventuras lo ponían de buen humor: “Por la mañana, alegre y algo parlanchín, salió a hacer una compras largo tiempo deseadas. El verdadero tesoro de Frankfurt era una tienda Adidas, el paraíso de los equipos de fútbol, donde se vendían unos artículos futuristas que todavía no habían llegado a Italia”. Pasolini era patrono, entrenador y delantero de un equipo de fútbol, los Stukas, en el que ponía tanta pasión como en la literatura o en el cine. “Se fue de Frankfurt como un bandido feliz de su botín --concluye Ferrero el capítulo--. No sé si tuvo tiempo de sorprender a su equipo con las camisetas de Adidas. Sin duda, con su cuerpo en el descampado de Ostia, termina una época en la que un mundo ya perdido y degradado aún seguía arrojando destellos de una posible regeneración”.

            Aunque no novela, sí literatura de creación –gran literatura-- esta fascinante recreación de una época, casi tan remota ya para nosotros “como el paso de Aníbal por los Alpes”, y de sus personajes, protagonistas o parte del coro, olvidados o siempre recordados.

 

viernes, 29 de enero de 2021

Erudición y reivindicación

 

Grecorromanas
Lírica superviviente de la Antigüedad clásica
Edición de Aurora Luque
Editorial Planeta. Barcelona, 2020.
 

Erudición y reivindicación hay en Grecorromanas, el volumen que Aurora Luque ha dedicado a rescatar a las poetas de la antigüedad clásica. También poesía, pero entremezclada con fragmentos de mero interés documental y editada como apéndice a la prosa.

            Editar poesía es un arte que muchos de los estudiosos de la poesía no dominan. Hay que cuidar los márgenes de la página, los espacios en blanco, reducir las anotaciones al mínimo imprescindible. Y saber distinguir lo que sigue siendo poesía, aunque se haya escrito hace mil años, de lo que solo conserva un interés filológico. Aurora Luque –excelente traductora y lectora de poesía, una de las poetas que mejor ha incorporado a su obra la tradición clásica, revitalizándola-- sin duda no ignora cómo debe editarse la poesía, pero en este volumen parece haberlo olvidado.

            En el prólogo, nos indica que este libro “es el fruto ya maduro” de una investigación que inició con su memoria de licenciatura, “Poesía compuesta por mujeres en la Antigua Grecia. Épocas clásica y helenística”, que fue defendida en 1987. Lo que el volumen tiene de memoria de licenciatura ampliada, o de tesis doctoral, interesará sin duda a los estudiantes de filología clásica, pero aburre soberanamente a los lectores de poesía y no les permitirá disfrutar de las maravillas que encierra.

            Aurora Luque nos da noticia, todo lo minuciosa que permiten los documentos conservados, a menudo escasos, de cuantas mujeres sabemos o intuimos que escribieron poesía durante los once siglos que van desde el VII hasta el IV de la era cristiana. No son muchas, unas cuarenta. Pero todavía son menos las que tienen interés para la historia literaria: no llegan a media docena.

            La primera es Safo, admirada desde la antigüedad y que no ha perdido nada de su frescura ni de su brillo. Cuenta con abundantes ediciones independientes, alguna de ellas debida a la propia Aurora Luque, por lo que no ofrece demasiadas sorpresas en esta edición. Sí serán una sorpresa para muchos lectores los epigramas de Érina conservados en la Antología Palatina. Sus epitafios a un saltamontes, a una cigarra, a un gallo o a un caballo, los versos que dedica a unos niños que juegan con un carnero, le dan un tono nuevo al ya entonces acartonado género epigramático, la acercan a la sensibilidad de nuestro tiempo. Añade, sin embargo confusión al volumen que en el índice de poetas y poemas --“índice jerárquico” se le llama-- sus textos se atribuyen a otra poeta, Hédile.

            Admirable también resulta Nosis, que sigue a Safo –como tantas de estas poetas-- y desafía a Píndaro: “Nada es más dulce que el amor; las demás alegrías / son secundarias: hasta la miel rechazo de mi boca”.

            Pero la gran sorpresa para muchos lectores será la poeta latina Sulpicia, llamada la elegíaca para distinguirla de otra Sulpicia de la que se conservan algunos versos satíricos. Leídos en la traducción de Aurora Luque los pocos poemas que de ella conservamos no han perdido nada de su pasión ni de su desenfado: “Si he cometido faltas de jovencita lerda, / una de la que yo –confieso--  me arrepiento de veras / fue la de abandonarte, solo, esta noche pasada, / disimular queriendo el ardor de mi fiebre”.

Destaca también su epitafio a Pétale, esclava y lectora: “Contempló las bondades / de la naturaleza, fue capaz en su arte, / resplandeció en belleza, / maduró en su intelecto. / La Fortuna envidiosa no quiso que gastara / mucho tiempo en vivir. / No le ayudó la rueca de los Hados”.

            Pero el epitafio más hermoso de todos es el que cierra el libro. Habla en el Fabia Aconia Paulina, “la última pagana” la denomina Aurora Luque. Se lo dedica a su esposo, Vetio Agorio Pretextato y se conserva grabado en el pedestal de una estatua a este prócer de finales del imperio. Es ella quien habla, aunque no es seguro que lo escribiera ella, quizá fue encargado a un poeta profesional, como era habitual con las inscripciones y los discursos. El poema es una elegía al marido que la acompañó durante cuarenta años, pero hoy lo leemos sobre todo como una despedida de un mundo que pronto sería borrado del todo por el cristianismo.

            De vez en cuando, dado el carácter reivindicativo del volumen, señala Aurora Luque la desatención que se ha tenido hacia las mujeres escritoras. Ánite, por ejemplo, es confundida con un hombre cuando se la menciona en la traducción española del libro de Gilbert Highet La tradición clásica. Pero esa desatención no debe hacernos olvidar que las poetas, de cierta presencia entre los griegos, fueron sorprendentemente escasas en el mundo romano, a pesar de la mayor libertad de la  mujer. Y que la mejor manera de reivindicarlas no es amontonar noticias e hipótesis sobre autoras de las que solo se conserva el nombre o editar insignificantes frases junto a verdaderos poemas o fragmentos, ocurre con bastantes de Safo, que valen por un poema completo.

            Grecorromanas necesita una nueva edición en la que abandone lo que tiene de “memoria de licenciatura”, o de Trabajo Fin de Máster, que diríamos hoy, y sea solo la edición de unas pocas espléndidas poetas, casi enteramente desconocidas (salvo Safo), por el lector de poesía. Una breve introducción general y unas líneas sobre cada una de ellas subrayando lo que las liga a su tiempo y lo que las mantiene vivas en el nuestro, bastaría. El modelo, puede ser La Couronne et la Lyre, de Marguerite Yourcenar, que rescató la poesía griega del cautiverio de los especialistas, y que Aurora Luque conoce bien y cita más de una vez.