miércoles, 22 de mayo de 2024

La vida literaria

 

Miguel Munárriz
Empeñados en ser felices
Aguilar. Barcelona, 2024.

Hay una idea romántica de la literatura en la que los únicos personajes que importan son el autor que escribe en soledad y los lectores “que escuchan con sus ojos”, como en el soneto de Quevedo, a los vivos y a los muertos. Pero la literatura tiene muchos más imprescindibles protagonistas: los críticos, los editores, los libreros, los distribuidores, los gestores culturales. Es un arte, pero también una industria que emplea a miles de trabajadores.

            Miguel Munárriz comenzó como poeta y librero en Langreo, en la cuenca minera asturiana, allá por los años setenta. Integraba un grupo juvenil del que formaban parte, entre otros, los poetas Alberto Vega y Ricardo Labra y el artista gráfico Helios Pandiella, editores todos ellos de la revista Luna de abajo.

Miguel Munárriz no tuvo éxito con su librería y tuvo la inteligencia de abandonar pronto el verso (aunque solo como autor, como lector seguiría siendo una de sus pasiones). Su verdadero camino lo encontró de la mano de Ángel González, a quien Luna de abajo dedicó un espléndido homenaje que se ha convertido en objeto de coleccionista. La preparación de ese número monográfico le puso en contacto con los amigos de Ángel González, que eran en buena medida lo mejor de la literatura de su tiempo. El siguiente paso, fue la organización de unos encuentros literarios sobre la generación del 50 patrocinados por el Ayuntamiento de Oviedo. Vinieron luego otros encuentros sobre narradores, literatura hispanoamericana, literatura y cine. Entre 1987 y 2000 –escribe con razón Miguel Munárriz-- Oviedo se convirtió en una de las capitales literarias de España. Y en buena medida, fue obra suya. Gracias a esos encuentros se reveló como el más eficaz gestor y promotor cultural. Pronto daría el salto a Madrid, aunque sin abandonar nunca la relación con Asturias, alternando el sector público con el privado: dirigió el suplemento cultural de El Mundo, fue delegado del Principado de Asturias en Madrid y director de comunicación del grupo editorial Santillana, fundó –junto con Palmira Márquez, colaboradora imprescindible-- la agencia literaria Dos Passos, que todavía dirige (también un restaurante, la Vinografía) y siempre trató de ser el amigo de todos, ajeno a las rencillas y a los cainitas enfrentamientos propios del mundillo literario.

            De esa larga trayectoria quiere dejar constancia en el libro, lleno de nombres y de anécdotas, Empeñados en ser felices (el título ya es una declaración de intenciones). “Os quiero a todos” podía ser otro de los títulos. Claro que hubo quienes no se dejaron querer, pero Miguel Munárriz procura pasar sobre ciertos asuntos polémicos de la manera más diplomática posible. Un buen ejemplo lo encontramos en el capítulo dedicado a la frustrada Fundación Ángel González, de la que él era uno de los patronos por designación del Principado. Tiene claro quién se comportó de manera errática e incomprensible, incluso en contra de sus propios intereses, Susana Rivera, la presidenta de la Fundación, pero solo se lamenta de que el proyecto no se llevara a cabo, sin acusar a nadie. También de elegante manera alude a los rechazos de Gamoneda o de Valente a formar parte de nada que tuviera que ver con la llamada generación del cincuenta.

            Miguel Munárriz parece haber conocido y admirado a todo el que ha sido alguien en la literatura de las últimas décadas, pero no todas las anécdotas que cuenta resultan del mismo interés. Algunas incluso dan la impresión de haberle llegado de segunda mano. Es el caso, por citar un ejemplo, de la amenaza del Camilo José Cela al militante comunista y directivo de la asociación Tribuna Ciudadana (de la que Munárriz también llegó a ser directivo), José María Laso, que luego se quejaba en la prensa: “Hacerme esto a mí, que como todo el mundo dice soy un santo. Laico, pero santo”.

            Recupera Munárriz para el libro parte de su archivo: correspondencia, artículos, entrevistas, y no escatima los elogios que se le han dedicado. Cuando le llaman para dirigir La esfera, el suplemento cultural de El Mundo, Umbral quiere de inmediato conocerle y en su diario dominical, “Autorretrato con guantes”, escribe: “Munárriz me parece un chico alto y enterado, todavía con un cierto relente provinciano e ingenuo (quizá bien administrado por él), con ideas claras”. Eran tiempos en que aparecer en las negritas de Umbral suponía la consagración, estar en “el meollo del bollo”. Y también en los que el alcoholismo no parecía considerarse una adición, sino uno de los principales requisitos de la profesión literaria. “El grado de alcoholismo de los siete –nos dice a propósito de una cena del grupo de Luna de abajo con Ángel González y Susana Rivera--, en caso de tener que soplar ante la Guardia Civil, nos hubiera acarreado una pena de prisión importante”. Al riesgo que para la propia vida y la de los demás suponía conducir en esas condiciones ni se alude. Tampoco a que no todo fueron “carcajadas de admiración y delirio” cuando Bryce Echenique se subió al escenario del Campoamor, en plena ebriedad, y casi no dejó hablar a nadie más; algunos, dentro y fuera del escenario, sintieron vergüenza ajena. Recuerdo bien –fui uno de los asistentes-- la cara de espanto de Francisco Brines cuando estuvo a punto de contar un encuentro nocturno del poeta como los que luego contaría, con pelos y señales, un compañero de aquellas correrías.

Hubo también algún sonado enfrentamiento etílico entre el autor de El don de la ebriedad y José Agustín Goytisolo y yo mismo fui testigo de la avidez con que un demacrado Carlos Barral, al final de una de las comidas, y cuando su mujer le dejó solo un momento, se bebía con avidez los restos de vino que habían quedado en la copa de los comensales. En aquellos días de vino y rosas, no todos fueron rosas.

            Empeñados en ser felices retrata, con generosa e inagotable cordialidad, a una casi infinita nómina, a nombres muy conocidos y a otros menos, pero que merecían serlo, como el poeta Alberto Vega, pero es sobre todo un autorretrato de su autor, que aquí está entero y verdadero con todas sus cualidades, que son muchas, y también con las inevitables limitaciones.

             

 

jueves, 16 de mayo de 2024

El arte de leer

 

José Cereijo
Lecturas de riesgo
Polibea. Madrid, 2024.

¿Tiene sentido recopilar en un volumen las reseñas de novedades bibliográficas publicadas a lo largo de los años? Aunque no falten ejemplos de ello, en principio parece que no, que poco interés pueden despertar en el lector. Las reseñas que suelen aparecer en los suplementos literarios acostumbran a ser parte de la promoción del producto, publicidad encubierta. No es casual que los principales suplementos acostumbren a coincidir en el lanzamiento de la semana. Y cuando no forman parte del engranaje de la industria editorial suelen obedecer a la amistad o al intercambio de favores, el “do ut des” del que hablaban los clásicos o la sociedad de bombos mutuos del tiempo de Clarín. Es lo más frecuente en el caso de la poesía, un género que solo muy tangencialmente entra a formar parte del mercado.

            Lecturas de riesgo, de José Cereijo, se incluye entre las pocas recopilaciones de ese género desdeñado y menor que pueden leerse con provecho. El autor es un poeta, uno de los más notables de su generación, pero además, y antes que nada, un buen lector que gusta de reflexionar sobre sus lecturas y sobre el arte literario en general. Los libros de los que habla no le han sido impuestos --o imperiosamente sugeridos, según suele ser costumbre-- por el coordinador del suplemento en que aparecieron, sino seleccionados entre aquellos de los que tenía algo que decir.

            Comienza hablando de un volumen recopilatorio emparentado con el suyo, Lecturas ejemplares, en el que una serie de escritores seleccionan reseñan que ellos consideran “ejemplares”. No lo son muchas de ellas, señala atinadamente Cereijo, aunque puedan considerarse, sin embargo, textos literarios notables. Una reseña, en su recto sentido, debería ser “una lectura que pretenda, en primer lugar, entender lo que el texto dice y cómo lo dice, dejando en último plano  --como inevitable, no como deliberadamente buscado-- lo que esa lectura inevitablemente tiene de subjetivo”. El texto no debe servir de pretexto para el lucimiento del comentarista ni ser sometido al lecho de Procusto de sus prejuicios.

            Se ocupe de clásicos o de contemporáneos, lo primero que hace José Cereijo es tratar de entender y de situar en su contexto –no tomarlo como pretexto-- aquello que lee. Aunque trata principalmente de poesía, no deja de prestar atención a otros géneros (excluye la novela, el preferido por la industria editorial).

A propósito de la correspondencia entre Henry James y Robert Louis Stevenson escribe: “La edición de cartas privadas –aparte del dilema moral que tan a menudo plantea, o tal vez solo debería plantear--  tiene el riesgo de recoger cosas que, no pensadas acaso para su difusión pública, tal vez no tengan tampoco un público interés”. Eso último es lo que tan a menudo ocurre con los epistolarios de escritores, donde el editor no sabe distinguir entre las cartas con valor documental o literario y las que solo contienen corteses banalidades.

            Refiriéndose al diario de los Goncourt, subraya que “lo que lo hace hoy mismo una lectura fascinante es el don de los autores para el rasgo vivo, para evocar en pocas palabras a una persona o a un hecho y traerlos enteros ante nosotros”. De Gide nos dice que el protagonista de su Diario –también, de algún modo, un personaje de ficción—empequeñece a los de sus novelas, “todos, a estas alturas, un poco pálidos, un poco demasiado escritos”.

            La honestidad del autor le lleva a veces a discrepar en nota de sus propias afirmaciones. A propósito de unos versos de José Luis Parra (“Si el amor más sublime y acendrado / se va desdibujando con el tiempo / en el desván de la memoria, / ninguna eternidad nos merecemos”), se preguntaba si era realmente imprescindible el verso del “desván”, y ahora añade en nota que esa observación “da cuenta de un yo que encuentro hoy menos flexible y más inmaduro”, calificando de “superficial e impaciente” su mirada de entonces.

            Más discutible resulta otra nota en la que defiende su uso del término “poema dramático” en lugar del habitual “monólogo dramático”. Pero un monólogo dramático es un poema puesto en boca de un personaje –real o imaginario-- que habla en una situación concreta. En un poema dramático, los que hablan son varios personajes (a menudo, con el nombre de cada uno encabezando su parte del diálogo, como en una obra de teatro), mientras que en el “poema histórico”, como en tantos de Cavafis, se narran hechos de otro tiempo en tercera persona.

            Muy atinadas, en cambio, resultan sus observaciones sobre la autenticidad artística a propósito del libro Joana, de Joan Margarit. ¿Tienen valor esos poemas con independencia de la conmovedora anécdota biográfica que les ha dado origen?, se pregunta. “¿Soportan que olvidemos lo que tienen de transcripción de unos datos veraces –pero en un ámbito ajeno al del propio poema--, para centrarnos solamente en su autenticidad artística?”. Esa sería la pregunta esencial cuando nos acercamos a una obra de arte “basada en hechos reales”.

            A la interrogación de si estas reseñas, escritas a lo largo de dos décadas para diversas publicaciones, merece la pena que sean rescatadas, responderíamos que sí, aunque alguna de las obras que se comentan (el Diarios de Gide, por ejemplo) cuente con mejores ediciones y aunque no deje de rendirse, a la hora de hablar de poetas, cierto tributo a la amistad. Constituyen una excelente muestra de un arte no menos difícil que el de escribir, el de leer, y al que no suele prestársele demasiada atención.

           

miércoles, 1 de mayo de 2024

Doble enigma

 

Gregorio Martínez Sierra
Canción de cuna
Edición de Juan Aguilera e Isabel Lizarraga
Sevilla. Renacimiento, 2024.

Gregorio Martínez Sierra fue una de las figuras literarias más destacadas del primer tercio del siglo XX. Se inició con el modernismo y su nombre alternaba entonces con los de Juan Ramón Jiménez o los hermanos Machado. Fundó revistas y editoriales, cultivó todos los géneros literarios, aunque destacó especialmente en el teatro. Pronto se le consideró como el más notable discípulo de Benavente. A su talento como autor, añadió el de director, no solo teatral, también cinematográfico.

            Desde muy pronto, sin embargo, comenzaron a circular rumores de que esa prolífica obra literaria no era enteramente suya, o no era en absoluto suya, sino de su mujer: María Lejárraga.

Gregorio Martínez Sierra murió en 1947; la “escritora fantasma” que estaba tras él, en 1974, a punto de cumplir cien años. Vivía de la literatura, tuvo que seguir escribiendo, pero ya no podía esconderse tras el nombre del escritor fallecido y firmó sus obras como María Martínez Sierra. En una de ellas, la autobiográfica Gregorio y yo, de 1953, confesó por fin que todas sus obras, salvo el libro de poemas La casa de la primavera, dedicado a ella, estaban escritas en colaboración. Hoy sabemos que, en la mayor parte de los casos, hubo algo más que colaboración, autoría absoluta.

Actualmente se considera como un ejemplo más de la secular opresión femenina el que una mujer se ocultara tras el nombre de su marido. Pero no hubo opresión ninguna en el caso de María Martínez Sierra, una de las fundadoras del Lyceum Club Femenino, y diputada socialista en los años republicanos. Podemos pensar que su decisión fue un acto de amor, y sin duda en el principio lo fue, pero el matrimonio acabó cuando Gregorio se enamoró de una joven actriz, Catalina Bárcena, y la secreta colaboración sin embargo continuó. Incluso cuando se tratada de una activa campaña periodística en defensa de la mujer –recogida luego en libros como Cartas a mujeres de España, Feminismo, feminidad, españolismo  y La mujer moderna-- los artículos, escritos por María, los firmaba Gregorio Martínez Sierra.

Esa anomalía sigue sin tener explicación, pero es la que despierta hoy interés hacia una obra literaria demasiado ligada a su tiempo y que no parece haber sobrevivido a ese tiempo.

Una posible excepción supone Canción de cuna, estrenada en 1910 y pronto representada con éxito en los más diversos países. Entre 1933 y 1993 tuvo cinco versiones cinematográficas y fue adaptada para la televisión en Italia y Estados Unidos.

La nueva edición de esa obra, a cargo de Juan Aguilera e Isabel Lizarraga, aparece firmada por María de la O Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra, contraviniendo la voluntad de su principal autora. Pero es ella la que interesa hoy: esa “mujer en la sombra”, como se le llamó en el título de una biografía suya, ha acabado dejando en la sombra a su marido, quizá injustamente, porque fue el primer director teatral de su tiempo, al tanto de todos los avances de la dramaturgia europea.

El éxito de Canción de cuna sorprendió a todo el mundo. La obra transcurre en un convento de monjas de clausura y apenas hay acción en ella: en el primer acto una manos anónimas dejan en el torno del convento a una recién nacida; en el segundo, esa niña que se ha criado con las monjas y ya ha cumplido dieciocho años, deja el convento para casarse. Y nada más, y todo ocurre sin ahorrarnos sentimentalismo y sin ningún asomo de puesta en cuestión de la vida religiosa.

Comenzamos a leer con todas las precauciones, y sin embargo, contra todo pronóstico, el primer acto consigue emocionarnos. Por supuesto, puede interpretarse la obra en clave feminista, como hace Alda Blanco en un artículo citado en el prólogo, y ello resulta muy evidente en algunos pasajes: “Usted, cuando era chica –le dice Teresa, a punto de dejar el convento, a una de las monjas--, ¿no ha tenido nunca pena por no ser hombre? Yo sí, porque pensaba que quisiera ser esto y lo otro y lo de más allá. ¡Qué sé yo! ¡Capitán, general, arzobispo, hasta Papa! ¡Y me daba rabia, solo por ser mujer, no servir siquiera para monaguillo!”. Esa rebeldía termina con el enamoramiento: “Pero ahora, desde… bueno, desde que quiero a Antonio y él me quiere a mí, no me importa, porque si yo soy una pobre ignorante, él es un sabio, y si yo valgo poco, él vale mucho, y si yo tengo que estarme en mi rincón, él puede llegar donde llegue el más alto, y en vez de darme envidia, me da gusto…”

No, no es una obra reivindicativa Canción de cuna, como no fue una mujer oprimida María de la O Lejárraga. Fue un enigma que aún no acertamos a resolver, como tampoco dónde radica el encanto antiguo –pero aún no desvanecido-- de Canción de cuna, una obra que ahora reaparece en edición ejemplar, con los dibujos de Fontanals, las orlas y el emocionante colofón de la edición en la Biblioteca Estrella: “Este libro se acabó de imprimir el 11 de noviembre de 1918, día en que se firmó el armisticio de la Gran Guerra, que todos los corazones bien nacidos esperamos haya sido la última del mundo”.



Nobleza obliga

 

Enrique García-Máiquez
Ejecutoria, una hidalguía del espíritu
CEU ediciones. Madrid, 2024.

“Nobleza”, “caballerosidad”, “hidalguía” son palabras –y conceptos-- en desuso que el poeta Enrique García-Máiquez, uno de los más destacados de las últimas generaciones, quiere rescatar y poner de nuevo en circulación. El empeño es loable y para conseguirlo no duda en recurrir a una amplia erudición que no desdeña la cultura popular: san Bernardo de Claraval alterna así con la serie Juego de tronos, don Quijote con Corto Maltés, Dante con Mafalda.

            Desde el primer capítulo, el libro está trufado de citas que en ocasiones lo asemejan a un centón. El autor es consciente de ello y se defiende: “La inmemorial costumbre de citar a otros autores no es un alarde pedantesco ni una falta de confianza en la propia opinión, sino el modo natural de conversar con vivos y muertos, dándoles la palabra”. Pero ese método tiene sus riesgos como apoyo en la argumentación. No hay disparate que no pueda ser avalado por una cita, sobre todo si está al margen del contexto y no se tiene en cuenta el tiempo en que fue escrita.

            García-Máiquez reacciona contra el plebeyismo y el igualitarismo contemporáneos y quiere iniciar una nueva cruzada en favor del elitismo y los ideales aristocráticos, abandonados no queda claro desde cuando. ¿Desde la llegada de la democracia a España? ¿En los años veinte, los de la rebelión de las masas de que hablaba Ortega? Una cita de Edmund Burke señala que la decadencia habría comenzado mucho antes. Al enterarse del asesinato de la reina María Antonieta, escribió: “La edad de la caballería ha acabado. La de los sofistas, la de los economistas y contables ha llegado; y la gloria de Europa yace extinta para siempre”.

            Lo que más parece gustarle a García-Máiquez de los antiguos hidalgos es que estaban libres de pagar impuestos: eso quedaba para la clase baja, para los “pecheros”. Sorprende la abundancia de referencias a los impuestos en un libro dedicado a propugnar una “hidalguía espiritual”. Ya en el capitulo inicial leemos: “Hoy se podría afirmar sin exagerar demasiado que el único deber ciudadano es pagar impuestos”, lo que explicaría “el creciente rechazo a pagarlos”, del que parece querer convertirse en adalid.

A la “rapacidad impositiva” del gobierno se debe que ya no haya “proyectos comunitarios, como cuando las ciudades levantaban sus catedrales, sus hospitales, sus escuelas y sus asilos gracias a las donaciones de los vecinos”. Frente a esos felices tiempos medievales, la situación contemporánea es descrita atinadamente --a juicio de García-Máiquez-- por el pensador brasileño Olavo de Carvalho: el ciudadano moderno no quiere proteger su casa, sino que la proteja la policía; no quiere formar a sus hijos, sino entregarlos a los pedagogos que los transformarán en robots políticamente correctos; no quiere decidir qué come, qué bebe o qué fuma, quiere que la burocracia sanitaria le imponga un régimen, y el Estado sabe que “cuantos más derechos concede a ese cretino, más impuestos hay que cobrar y menor es el margen de libertad de millones de idiotas cargaditos de derechos”. No sorprende que este “pensador” brasileño sea uno de los ideólogos de Jair Bolsonaro, pero sí que García-Máiquez se alinee con él a la hora de propugnar que mejor que cada uno defienda su casa con una pistola que contar con la policía y de llamar “cretino” e “idiota” al ciudadano que piensa lo contrario.

            Hay dos libros en este libro, como parece haber dos almas en su autor. Por un lado, es una defensa de la espiritualidad y de la cultura, del mejoramiento interior, de la defensa de un ideal de superación válido para todos: “Uno a uno somos nuestro término de comparación. Ser distinguido no es distinguirse de los demás, sino del peor yo de cada uno y, en un segundo estadio, del yo mediocre”.

Por otra parte, constituye una defensa de los privilegios heredados, de la nobleza “de sangre”, del no pagar impuestos, del burlar la ley, o al menos ciertas leyes: su padre le permitía conducir cuando no tenía edad para hacerlo y él con sus hijos pequeños se permitió otras libertades semejantes. “No pondré ejemplos, porque no han prescrito”, afirma este contrarrevolucionario con ramalazos ácratas.

            Incluso llegó a fantasear con la creación de un grupo terrorista, “aristoterrorista” lo llama él, dedicado a hacer volar por los aires edificios y museos espantosos (suponemos que avisaría con tiempo para poder desalojarlos antes de que estallara la bomba). Al final, afortunadamente, se conformó con escribir un relato con algo de manifiesto: “A estas alturas tal vez la única manera de lograr una sociedad más hermosa sea un golpe sobre la mesa. El momento exige que los hombres de bien tengan la audacia de los canallas”.

            García-Máiquez no tiene esa audacia, pero sí la de equiparar un aforismo de Ramón Eder (“Escribir un libro excelente también es luchar contra lo que está mal en el mundo”) con un “pensamiento” de “San Josemaría Escrivá de Balaguer, fugaz marqués de Peralta” (así lo llama) en el que pide libros “que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios” y ¡se lleva cada chasco! En otro lugar equipara al fundador del Opus Dei con Fernando de los Ríos y al de la Asociación Católica de Propagandistas, el jesuita Ángel Ayala, autor de Formación de selectos, con la generación de 14: Ortega, d’Ors, Juan Ramón Jiménez.

            En Ejecutoria hay hermosos capítulos, como la mayoría de los que componen la sección “Árbol bibliogenealógico”, dedicada a algunos de los libros que más admira, pero hay también un sectario predicador disfrazado de pensador y de analista del mundo contemporáneo. “Al desaparecer del ámbito público la aristocracia –escribe--, desaparece su competencia específica, que es velar por la verdad”. ¿Desde cuándo? ¿Los duques de esto o los marqueses de aquello han velado más por la verdad que cualquier otro ciudadano? Enrique García-Máiquez, en su defensa de lo indefendible, no tiene inconveniente en comulgar con ruedas de molino. Pero nunca pierde el buen humor ni el buen estilo, y eso hay que agradecérselo en estos tiempos de broncos enfrentamientos ideológicos.

lunes, 22 de abril de 2024

Menor y mayor

 

Gaziel
Pláticas literarias
Edición e introducción de Francisco Fuster
Fundación Banco Santander. Madrid, 2024.

A Agustí Calvet (1887-1964), que se preparaba sin ganas para profesor de filosofía, el fracaso en unas oposiciones y un afortunado encuentro con Miquel del Sants Oliver, director de La Vanguardia, le convierte en periodista. En los años veinte y primeros treinta, con el pseudónimo de Gaziel, es uno de los grandes de su tiempo. La guerra civil le deja al margen de los dos bandos, pero a su largo exilio interior se deben algunas de sus obras fundamentales, como los tres libros dedicados a la península ibérica o sus lúcidas y doloridas Meditaciones en el desierto, aparecidas ya póstumamente.

            En la “autobiografía de un pseudónimo”, escrita en 1927 a petición de La Gaceta Literaria, podemos leer: “De mi padre, un tal Agustín Calvet, a quien si no fuese por mí nadie conocería, debo decir, francamente, que me parece un pobre hombre. Es catalán y del Ampurdán; esto es, de lo más catalán que pueda darse en el mundo. Pero, a pesar de su profunda catalanidad, de la que está muy satisfecho, siempre ha tenido la manía de rebasar sus límites originarios. España le interesa más que Cataluña, la Península Ibérica más que España, Europa más que la Península Ibérica, y por encima de todo, lo humano de Terencio, la Humanidad”.

            La reedición de los libros de Gaziel, aunque constante en los últimos tiempos, no ha tenido la suerte de los de Chaves Nogales, con quien tanto tiene en común. Chaves Nogales se ha convertido en un clásico y en uno de los mayores representantes de esa España liberal que se niega al enfrentamiento cainita; Gaziel sigue siendo un raro, no demasiado catalanista para unos, demasiado catalán para otros.

            Francisco Fuster reúne ahora un puñado de artículos de crítica literaria y artística publicados en El Sol y La Vanguardia en los años veinte y primeros treinta. Pudieran parecer obra menor, mera curiosidad. El índice, como de manual, ayuda poco a despertar el interés. “Literatura universal” se titula la primera parte y los capítulos: “William Shakespeare”, “Goethe”, “Stendhal”. ¿A qué leer hoy lo que se dijera de la vida y obra de tales autores en un articulo periodístico de hace un siglo?

            Pero esos títulos y esa clasificación no son del autor, sino del editor, que se ha permitido prescindir de los títulos originales, mucho más sugestivos y que no hacen pensar en las entradas de un diccionario enciclopédico. ¿Se ha tomado otras libertades? No lo sabemos, pero nos resulta extraño que Gaziel, en un artículo de 1925, hable de la Primera Guerra Mundial, como si ya supiera entonces que iba a haber una segunda.

            Estas Pláticas literarias –el título del libro sí es el que Gaziel dio al conjunto de sus colaboraciones-- tienen poco que ver con la divulgación cultural o la perecedera reseña de la actualidad bibliográfica. Abundan las notas costumbristas (el primer capítulo habla más de Barcelona que de Shakespeare), las anécdotas autobiográficas, las observaciones poco convencionales sobre los escritores que ha conocido, las ideas brillantes que a veces se condensan en un aforismo.

 A propósito de Joseph de Maistre escribe: “Hay dos clases de polemistas: la vulgar, la de aquellos que, apenas abren la boca, os obligan a volverles la espalda, abrumados de hastío; y la otra, rarísima, de los que os agarran bruscamente a la inteligencia y al corazón, como una fiera enemiga, y os obligan, quieras o no quieras, a luchar con ellos”.

            Gaziel es un polemista de la segunda clase, pero no nos obliga a luchar con él, sino a pensar con él, nos ayuda a ver más claro, a caer en la cuenta de obviedades en las que no habíamos reparado. No importa que no estemos de acuerdo con sus afirmaciones y que sigamos no estándolo después de haberle escuchado. Tampoco lo fallido de alguna de sus profecías. En 1924, duda de cuál será el futuro de las obras de Loti, Barres o Proust. De Anatole France, que acababa de fallecer, no tiene ninguna duda: “es de los rarísimos privilegiados que no solo se libran del infierno, sino que además se zafan del infierno y alcanzan directamente la gloria del paraíso. Su muerte no es una incógnita: es una ascensión”. ¿Y dónde queda hoy esa gloria frente a la de Proust? Ya en 1924, France era un escritor de otro tiempo.

            Sus observaciones sobre Murillo resultan, por lo general, muy atinadas: “Lo que me desazona ante ese célebre pintor no es una falta pictórica. Es una falta de carácter”. Pero de pronto nos sorprende con una salida de pata de banco que muestra a las claras como de ciertos prejuicios, que han durado hasta casi ayer mismo, no se libraban ni las mentes más lúcidas: “Da verdadera rabia imaginar lo que ese afeminado habría sido capaz de pintar de haberse hecho más hombre”.

Aunque desbarre alguna vez, son más las ideas felices: léase lo que dice sobre el teatro de los hermanos Quintero, donde distingue entre la pintura a la acuarela y la pintura al óleo; o sobre la poesía de Josep Carner, que explica por qué ciertos poetas, tenidos por grandes en su país, carecen de interés fuera de él. Los tres artículos reunidos bajo el epígrafe de “Lev Tolstoi”, que no hablan propiamente del escritor, constituyen un espléndido relato ambientado en la Rusia revolucionaria, casi un cruel cuento de hadas.

            Lo que afirma Gaziel de Eduardo Gómez de Baquero podría aplicársele a sí mismo: “Para juzgar de las cosas, las ideas y los hombres, no usaba medidas patentadas. Era ante todo un espíritu libre y su instrumento de juicio no fue un metro convencional; era una luz eterna: la razón humana. Por esto amaba sobre todo el aire indispensable para que esa perenne estrella respire y palpite, que es el aire de la libertad. Se comprende que el liberalismo fuese su única intransigencia, porque para él era tanto como el derecho a la vida y el consiguiente instinto de propia defensa”.

            Pláticas literarias es una obra aparentemente menor de un escritor que no tiene obras menores.

           

jueves, 18 de abril de 2024

Siempre Machado

  

Antonio Machado
Poesías completas
Edición de José Luis García Martín  / José María Sánchez y Torreño
Ediciones Ulises. Sevilla, 2024.
422 páginas. 34 euros.

Si tuviéramos que mencionar solo media docena de poetas de lengua española, uno de ellos sería Antonio Machado. Hermano de otro poeta excepcional, Manuel Machado, coetáneo de Unamuno y de la afamada generación del 27, ocupa sin embargo un lugar aparte.

            Su obra no fue extensa, apenas tres libros de poesía y uno de prosa, aparte de publicaciones menores, como sus obras de teatro escritas en colaboración, y su vida la de un profesor de francés en institutos provincianos que solo alcanzó cierto relieve cuando la guerra civil le colocó al frente de los intelectuales que apoyaban la causa republicana. Ese hecho –y su muerte en el exilio-- le convirtió en símbolo y en algo fatigoso estandarte de la oposición al franquismo. Pero nunca fue solo eso, una especie de santo laico.

También se le quiso arrumbar, contraponiéndole a Juan Ramón Jiménez, como un poeta de lenguaje decimonónico frente a las innovaciones de la vanguardia. Antonio Machado salió siempre indemne de cualquier intento de hacerle a un lado.  Incluso del más peligroso de todos, el de la banalización de su poesía en boca de cantantes y políticos. Algunos de sus versos se han convertido en proverbios que circulan al margen del autor (“se hace camino al andar”, “hoy es siempre todavía”), pero la magia y el secreto de su poesía continúan intactos.

            De su poesía y de su prosa mejor, la del Juan de Mairena, esa colección de “sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo” que puede abrirse por cualquier página sin que, en ninguna, falte una iluminadora reflexión.

            Pocos poetas tan aparentemente monótonos, tan incansables andarines de su propia órbita, como Antonio Machado; pocos también tan diversos, no con la versatilidad del juglar, sino con la verdad del poeta reflexivo con los ojos abiertos al tiempo que le ha tocado vivir.

            Comenzó en la atmósfera decadente de aquel fin de siglo, el del XIX, que fue el fin de siglo por excelencia, pero supo pronto apartarse de toda la aparatosa parafernalia de los discípulos de Rubén Darío –a quien siempre admiró--, para adentrarse en las secretas galerías del alma y convertir en símbolo de la finitud humana el último sol de la tarde en las solitarias plazoletas de las ciudades viejas. Es el ciclo de Soledades, que tuvo una primera entrega en 1903 y que culminaría en 1907, cuando su vida inicia una nueva etapa (siempre en Machado, como en todo poeta que lo sea de verdad, y no solo un literato, caminaron a la par vida y obra).

            Esa nueva etapa es la de Campos de Castilla, la del abandono de la bohemia, el descubrimiento del amor y de las tierras de Soria, que fueron coincidentes. Es la parte de su poesía más difundida y también, para algunos, aquella en que más se nota la pátina del tiempo, sobre todo en los poemas de tono regeneracionista o costumbrista. La primera edición del libro, y la única exenta, es de 1912, pero continúan añadiéndosele poemas hasta 1917. Se comienza a escribir en Soria, se concluye en Baeza, a donde se traslada tras la muerte de su mujer, Leonor, y es esa ausencia la que da un temblor especial a los poemas de la segunda parte del libro.

            Nuevas canciones, de 1924, es el último volumen exento de Antonio Machado. No faltaron quienes vieron en él una muestra de cierta decadencia y epigonismo, una incursión en la moda neopopularista del momento, que para Machado no era ninguna moda, como no lo era para su hermano Manuel, ya que ambos habían aprendido del padre, Antonio Machado y Álvarez, el gran folclorista, el valor de la poesía popular.

            Pero lo cierto es que a Machado cada vez le interesaba más la reflexión filosófica y el desdoblamiento en lo que él llamó “los complementarios” y que pueden ponerse en relación con los heterónimos pessoanos. Él mismo ironizó sobre esta transformación suya: “Poeta ayer, hoy triste y pobre / filósofo trasnochado, / tengo en monedas de cobre / el oro de ayer cambiado”.

            Publicadas por primera vez en la Revista de Occidente en 1926, las reflexiones de Abel Martín sobre metafísica y poética serían incorporadas a la edición de sus poesías completas aparecida en 1936, la última que publicó en vida. Podía haber entresacado los poemas que figuran en ellas –y que están entre sus mejores poemas--, pero prefirió dejarlos entreverados en la prosa y atribuidos a otros.  A finales de los años veinte, volvió la vena lírica con la aparición de un nuevo amor, el de Guiomar, que algunos tomaron como una ficción literaria, confusión a la que contribuyó deliberadamente el propio poeta: “Todo amor es fantasía; / él inventa el año, el día, / la hora y su melodía; / inventa el amante y, más, / la amada. No prueba nada, / contra el amor, que la amada / no haya existido jamás”. Solo a partir de 1950, con la publicación del libro de Concha Espina De Antonio Machado a su grande y secreto amor, comenzamos a saber la verdadera historia que había detrás de los versos, su relación con la poeta Pilar de Valderrama.

            Luego llegó la guerra, y el poeta ayudó a la causa en la que creía, con sus versos y su prosa. Es ya el epílogo, pero acá y allá, entre tantos textos circunstanciales, sigue iluminándonos el poeta excepcional que no dejó nunca de ser Antonio Machado.

            ¿Qué aporta esta nueva edición de sus Poesías completas a las ya numerosas publicadas hasta la fecha? Trata de ser lo más fiel posible a la voluntad del poeta. La última edición que publicó en vida, del año 1936, se reproduce con escrupulosa fidelidad, respetando incluso la disposición tipográfica de los poemas, que no suele tenerse en cuenta, pero enmendando alguna errata que acostumbra a perpetuarse. Siguen los poemas escritos durante la guerra, aunque quizá el autor hubiera dejado fuera alguno de ellos al preparar una nueva edición de sus Poesías completas. La tercera parte –que puede considerarse como un apéndice-- incluye los textos que se publicaron en revistas antes de 1936, y que no se incluyeron en libro, y los que aparecieron en libro, pero luego quedaron fuera de la edición conjunta. El lector debe tener en cuenta este hecho y no olvidar que el poeta no les dio su aprobación final.

            Sin variantes que perturben la lectura, sin enfadosas erudiciones, las Poesías completas publicadas por Ediciones Ulises pretenden acercarse lo más posible a la edición que habría hecho hoy el propio Antonio Machado.



 

miércoles, 10 de abril de 2024

Claroscuro veneciano


Ángel Crespo
Diario veneciano 1980-1983
Edición de Ignacio García Crespo y Jordi Doce
Fórcola. Madrid, 2024.

Cuarenta años después, se publican las páginas venecianas del diario de Ángel Crespo, un diario que quedó inédito a su muerte y del que, en 1999, apareció la primera parte, correspondiente a los años 1971-1979. Las que ahora se dan a conocer se escribieron entre 1980 y 1983, aunque la mayoría son de 1982.

La edición, a cargo de Ignacio García Crespo y Jordi Doce, es ejemplar, con todos los complementos necesarios, incluida la traducción de las citas, y sin ninguna erudición superflua. En la cubierta, aparece una fotografía del autor, ante el café Florian, acompañado de Pilar Gómez Bedate, autora también del epílogo y de la idea de publicar este volumen exento.

            Pilar Gómez Bedate fue algo más que la compañera del poeta durante la mayor parte de su vida. Intelectualmente no valía menos que él, pero quiso ponerse a su sombra en vida de Ángel Crespo y tras su muerte, organizando homenajes, jornadas de estudio y dando a conocer los abundantes inéditos. En este diario veneciano, es presencia casi constante. Cuando se ausenta unos pocos días, encontramos esta anotación: “No solo me aburro sin Pilar, sino que, a ratos, me siento inseguro sin ella, expuesto a no sé qué peligros, mientras que estando con ella me siento seguro porque estoy protegiéndola”.

            Ángel Crespo tenía una vida hecha en España cuando, en 1967, decidió dejarlo todo y marcharse a Puerto Rico. Era un poeta conocido, que había participado muy activamente en todas las aventuras literarias de entonces, del postismo a la poesía social. Casado y con un hijo, compatibilizaba su dedicación a la literatura y a la crítica de arte con el trabajo como abogado y en una compañía de seguros.

            Su reconversión en profesor universitario no habría sido posible sin Pilar. Era ella quien tenía la titulación correspondiente para ser profesora universitaria. Él se gradúa en Arte en 1970 y se doctora en 1973. El autoexilio americano siempre se ha presentado como una huida del asfixiante clima del franquismo. Pero fue eso y algo más: en España no existía el divorcio y la convivencia a plena luz con su nueva pareja –que era también la más eficaz colaboradora intelectual-- resultaba imposible.

            Ángel Crespo no se encontraba a gusto en Puerto Rico y aprovechó todas las invitaciones que se le presentaron para viajar a Europa como profesor visitante o a algún congreso. A Venecia, una de sus ciudades favoritas, viajó muchas veces y durante un curso fue profesor en su universidad, Ca’Foscari. Aspiró a quedarse como profesor permanente de acuerdo con una nueva ley que permitía nombrar catedráticos “per chiara fama”, al margen de los procedimientos habituales. Contó para ello con importantes apoyos, pero también con detractores que finalmente se salieron con la suya. De esas intrigas académicas se nos habla abundantemente en unas páginas que algo tienen de esbozada novela de campus. Otra novela familiar queda solo insinuada: se alude a la “absurda madre de mi hijo”, coprotagonista de una escena “digna de un esperpento sobre las hembras conservadoras de la Celtiberia”; le cuentan que su hijo “se ha ido a vivir a Madrid y que no trata a nadie de mi familia desde la salvajada que cometió en la Cuesta del Jaral”; nos indica que su “vieja y reaccionaria familia se va disolviendo lentamente”.

            No se olvida Crespo de anotar todos los elogios que recibe y sus éxitos en las clases y en las lecturas públicas, y no escatima los juicios desfavorables sobre sus coetáneos. Macrì le comenta “que Eugenio de Nora es un mal poeta”, algo con que está de acuerdo; “que el lenguaje de Valente es plano, sin emoción” (no como el del propio Crespo, añade, “en el que vibran a la par el presente y la mejor tradición occidental”); “que el principal responsable del estancamiento de la poesía de posguerra ha sido Vicente Aleixandre”, junto a “la ambigüedad de Gerardo Diego y la cobardía de Dámaso Alonso”. José Hierro resulta particularmente maltratado: su éxito se debería a que proyecta “la imagen tópica del poeta: vago, ignorante, dicharachero, etc.”, a que “sus versos se entienden muy bien y casi todos riman como es debido”. Lo considera un “desastre nacional” y se pregunta: “¿Cuántos años tendrán que pasar –o no pasarán—para que este y otros pequeños mitos caigan en el olvido?”

            Si no se le dan facilidades para incorporarse a la universidad española –lo conseguiría al final de la década de los ochenta--, es debido “a la escasa seriedad de nuestra crítica literaria, la inconsistencia del prestigio de muchos poetas y la relativa falta de preparación de escritores y profesores universitarios”. En el miedo a competir con gente como él se encontraría la causa de esa situación “tan fatal para la cultura española”.

            Subrayo algunos aspectos que Jordi Doce pasa por alto en su, por lo demás, atinado prólogo. Hay otros, que ponen algunas sombras en la figura de Ángel Crespo, polímata y polígrafo, que lo mismo se interesaba por los grandes nombres de la cultura occidental, como Dante, Petrarca o Pessoa, que por los casi invisibles que escribían en lenguas tan minoritarias como el aragonés o el friulano.

            Humano, demasiado humano, se nos muestra Ángel Crespo en estas páginas confidenciales, para bien unas veces, como cuando nos refiere sus descubrimientos gastronómicos, su gusto por la vida. En otras, no sale tan bien parado: considera “abyectos” a quienes siguen, sin entenderla del todo (la mayor parte del planeta), la civilización europea; muestra demasiado a las claras su vanidad herida o los tejemanejes en favor de la propia gloria.

            Pero aparte de estas sombras, que no añaden ni quitan nada a la valía del autor, queda, para goce y disfrute, lo que el diario tiene de libro de viajes, por Venecia principalmente, pero también por otras ciudades de Italia. Y el apéndice, “Plata en la laguna”, que reúne todos sus poemas venecianos: “La ciudad ya no es / sino acuarela de sí misma, / y vamos / como dos pinceladas / que no encontrasen sitio entre la niebla”.



             

martes, 2 de abril de 2024

La verdad y otras dudas

 

Pedro Corral
¡Detengan Paracuellos!
Héroes humanitarios en el Madrid de 1936
La Esfera de los Libros. Madrid, 2024.

¿Cuántos años tienen que pasar –pronto hará un siglo-- para que la barbarie de la guerra civil se nos cuente sin sesgos partidistas? La represión fue feroz en ambos bandos, pero según quien la cuente siempre será menos disculpable la infamia de unos que la de otros.

Pedro Corral vuelve a los primeros meses de la guerra en Madrid, los más caóticos, cuando a la sublevación militar se unió una revolución proletaria, con documentación inédita o poco tenida en cuenta. Se centra principalmente en la intervención de la Cruz Roja Internacional para atenuar los daños del conflicto. Toma como protagonista a un olvidado, el doctor Georges Henny, un joven suizo que solo estuvo tres meses en España, pero que participó muy activamente en hechos como la devolución a sus familias de los niños de vacaciones en colonias escolares que quedaron en la otra zona, en el intercambio de rehenes o en la protección de los presos. Georges Henny fue uno de los primeros en enterarse de las matanzas de Paracuellos e hizo todo lo posible por detenerlas. Junto a Henny, Pedro Corral nos habla de otros “héroes humanitarios” –así los denomina en el subtítulo del libro-- que tuvieron un importante papel en el heroico y sanguinario Madrid de entonces, unos bien conocidos, como el anarquista Melchor Rodríguez, el llamado “ángel rojo”, y otros poco tenidos en cuenta, como el abogado ovetense Luis Zubillaga, discípulo del rector Leopoldo Alas, obsesionado –como tantos otros republicanos-- por detener los traslados de presos que acababan en ejecución clandestina.

            En ¡Detengan Paracuellos! hay mucha información novedosa, muchos pequeños detalles exactos y escalofriantes sobre esa barbarie, pero el autor no resulta demasiado convincente en su intento hacer responsable de ella al gobierno republicano y muy especialmente a Largo Caballero, entonces jefe del Gobierno. En el epílogo, contrapone su figura a la del delegado de la Cruz Roja Internacional: “Nadie reconoció nunca al doctor Henny su decisión de vivir peligrosamente en España en el otoño de 1936 para intentar salvar las vidas de indefensas personas desconocidas y atenuar su sufrimiento en el peor de los conflictos bélicos como es una guerra civil. Por el contrario, Francisco Largo Caballero disfruta del homenaje público en forma de gran escultura situada en una avenida principal de la capital española, a pesar de que desoyó en noviembre de 1936, tres días antes de que comenzaran las matanzas el llamamiento de Cruz Roja Internacional para proteger la vida de los prisioneros bajo su responsabilidad como jefe del Gobierno republicano”.

            Sin embargo, el propio Pedro Corral recoge testimonios que van en contra de esa tesis, como un informe del embajador de Chile en el que se lee: “El gobierno no tiene autoridad alguna sobre las masas armadas y, lo que es igualmente anárquico, cada partido entre los ultrarrevolucionarios opera por su cuenta sin hacer el menor caso de las órdenes del Gobierno”. Son numerosas las referencias al respecto: “A mediados de octubre, el Gobierno aprueba nuevas medidas para intentar controlar la violencia desatada contra los considerados desafectos, sobre todo en las horas nocturnas”.

            Una de las justificaciones de la matanza de presos fue la necesidad de acabar con la “quinta columna”. Pedro Corral duda de que Mola le diera nombre –piensa que fue un invento de la Pasionaria-- y niega que existiera antes de los primeros meses de 1937, como si solo entonces los partidarios de los golpistas descubrieron que podían ayudarlos desde dentro. Pero hubo quinta columna, y muy activa, y sus integrantes así lo proclamaron al terminar la guerra para conseguir los honores correspondientes. Participaron en ella también algunos de los diplomáticos que ofrecieron asilo a miles de contrarios al gobierno republicano: “A la labor humanitaria del representante noruego se le suele contraponer, para desacreditarla, sus vinculaciones con la ‘quinta columna’, que él mismo reconoció, al admitir que llegó a advertir a los franquistas de un ataque por las fuerzas gubernamentales al Cerro Garabitas en abril de 1937 a través de una radio clandestina de Falange”.

            Insiste Pedro Corral en culpabilizar a Largo Caballero --más que a Manuel Muñoz Martínez, responsable de la Dirección General de Seguridad, a Santiago Carrillo, delegado de Orden Público en la Junta de Defensa, o a Serrano Poncela, que firmó la mayor parte de las falsas órdenes de traslado o libertad, de los asesinatos de Paracuellos, considerándolo el principal responsable, pero él mismo se desmiente al afirmar que Melchor Rodríguez pone en marcha, “bajo el amparo del Gobierno de Largo Caballero, las medidas a favor de los presos”. Y entre esas medidas, según señala el responsable de la cárcel de Ventas y cita Pedro Corral, estaba el nombramiento de jefes políticos “que eran por su significación sindical y de partido quienes podían oponerse a los desmanes que la chusma intentase realizar en las Prisiones, quedando los directores funcionarios en calidad de técnicos administrativos”.

            No puede evitar Pedro Corral la tentación revisionista de utilizar la represión republicana para atenuar la del otro bando. Se basa para ello en un estudio de Miguel Platón que reduce “a menos de quince mil personas” el número de ejecutados durante la posguerra, con lo que resulta que “las víctimas de la represión en el Madrid republicano en apenas cuatro meses representaron el 76 por ciento de las víctimas de la represión de los vencedores en toda España durante seis años de posguerra”. No vamos a entrar en la fiabilidad de las cifras, pero sí subrayar lo inadecuado de la comparación. ¿Cuántas ejecuciones con o sin formación de causa hubo en la zona en que triunfó la sublevación durante los primeros meses de la guerra civil? ¿Fue mayor o menor el tanto por ciento de asesinados en Granada, donde no había ninguna embajada en que refugiarse, que en Madrid? Esas son las comparaciones que podrían ser de alguna utilidad si se quiere hacer comparaciones sin hacer trampa.

            Afortunadamente, Pedro Corral no insiste demasiado en el sesgo ideológico y nos ofrece, por lo general, un relato bastante fiel de aquel tiempo sombrío y una memorable colección de vidas. En cuanto a la documentación, resulta incomprensible que ignore una de las obras fundamentales para entender ese periodo. Se trata del segundo tomo del diario de Carlos Morla Lynch, España sufre, donde incluso se alude al polémico incidente con el avión en que regresaba a Ginebra el delegado de la Cruz Roja, minuciosamente analizado por Pedro Corral en los últimos capítulos de su libro: “Los periódicos publican que el avión de Air France que volvía a Francia con la valija diplomática de ese país –que, por cierto, llevaba un sobre con cartas mías-- ha sido atacado por los facciosos y se ha venido al suelo. Pero dicen que no hay muertos y eso me parece imposible. Después, en la Embajada, parece cierto que el avión ha sido derribado por los de aquí, en vista de que iba en él el Dr. Henny –jefe de la Cruz Roja Internacional-- que llevaba consigo los detalles y pormenores de los fusilamientos ocurridos en Alcalá de Henares”.



jueves, 28 de marzo de 2024

La educación sentimental

 

Ángeles Mora
Quién anda aquí
(Poesía reunida 1982-2024)
Tusquets. Barcelona, 2024.

El tiempo juega unas veces a favor de las obras literarias y otras en contra. En el caso de Ángeles Mora, ha jugado a favor. Sus primeros libros, publicados en los años ochenta, apenas si fueron tenidos en cuenta en la algarada polémica que causó el grupo granadino de “la otra sentimentalidad”, capitaneado en un principio por Álvaro Salvador y muy pronto por Luis García Montero, que fue quien se alzó con el santo y la limosna de las revueltas poéticas de entonces. El mentor intelectual del grupo era Juan Carlos Rodríguez, catedrático y teórico marxista de literatura que hizo hincapié en la historicidad, no solo de la poesía, sino muy especialmente de los sentimientos, considerados eternos, que suelen expresarse en ella.

            La importancia de Juan Carlos Rodríguez en Ángeles Mora fue algo más que intelectual. A él se le dedica “Un largo adiós”, la sección final de Soñar con bicicletas, su último libro, y es el protagonista, explícito o implícito, de buena parte de su poesía, fundamentalmente amorosa.

            En los ochenta, Ángeles Mora parecía una poeta menor, con las características atribuidas tradicionalmente a la poesía femenina: sentimentalismo, delicadeza, arte menor. “Fue entonces / cuando te posaste llorando / en la mejilla-rosa del parque”, leemos en los versos finales de su primer libro, Pensando que el camino iba derecho. Pero ya desde sus comienzos, lo que parecía convencional confesionalismo, iba acompañado de un rasgo culturalista –la abundancia de citas explícitas e implícitas-- que la emparentaba con la renovación novísima. Esas referencias procedían tanto de la llamada alta cultura como de la cultura popular. Si el libro inicial tomaba su título de un verso de Garcilaso, el segundo lo hacía de una zarzuela: La canción del olvido. Y a las referencias literarias y musicales se añaden las cinematográficas, que le ayudan –según ha declarado en reciente entrevista-- “a decir más con menos y a crear un clima emocional, una complicidad con el lector”.

En el poema “Casa de citas” se ha referido Ángeles Mora a esa costumbre suya de apoyarse en textos previos: “Durante algunos años / padecí ‘mal de citas’. / Mis poemas / iban acompañados de ilustres firmas (casi siempre varones: / ellos son más famosos / y saben fatigar las librerías)”. Poco a poco fueron apareciendo también escritoras (Emily Dickinson es una presencia constante) y desaparecieron las dudas sobre si esos apoyos obedecían a “complejos de mujer”. Eran solo un intento “de no borrar las huellas”.

            El tiempo ha jugado a favor de Ángeles Mora y ya no tiene que pedir disculpas, como parecía antes, por escribir como mujer. Todo lo contrario, ese es hoy uno de sus principales atractivos. Consciente de ello, acentúa el carácter reivindicativo de sus versos. Lo hace a veces con sutileza, como en “Vivir en tercera persona”, y otras con mayor explicitud, como en “La soledad del ama de casa” o en los versos de “Noche y día”: “Nunca quise hacer ganchillo, / prefería leer el periódico / o escribir garabatos a la luz de la lámpara. / Los hombres no barrían la casa, / mis hermanos entraban poco en la cocina”. Resulta preferible la primera opción.

            Ángeles Mora es poeta del amor y de la memoria más que de la reivindicación feminista o política. Para ella “el poema no es un juego, / no es un jeroglífico”, pero tampoco un directo desahogo del corazón: “hay que darle la vuelta / a las palabras, saber / que viven entrelíneas, / que se muerden la lengua”. Por eso titula “Ficciones para una autobiografía” su libro más memorialístico. La verdad notarial no es siempre, en literatura casi nunca, la verdad más verdadera.

            Quien anda aquí reúne más de cuarenta años de dedicación poética. A pesar de un progresivo enriquecimiento formal y temático, sorprende la coherencia: el volumen se puede abrir por cualquier página y muy pronto nos seduce su música, su dolorido sentir, la sabiduría con que va entrelazando con los propios versos ajenos o tomándolos como punto de partida, sea en la cita preliminar o en el título: “Todo más claro”, “Sombra del paraíso”, “Huésped eterno del abril florido”, “El tercer hombre”.

            Hay en sus versos música de tango (“Un tango arrastra / mi corazón / amor / sin mirar si hace daño”) o de bolero: “Comentaste / (no es reproche, es elogio, / me advertías) / que aquellos versos míos / arrastraban un aire de bolero”.

            También hay onirismo, compromiso (“Imágenes para una exposición”), atmósferas cinematográficas (“El tren de la noche o El desino se divierte”), estampas de posguerra y una invitación a vivir con plenitud el instante que pasa y que no vuelve. Entre tantos adioses y lúcidas melancolías, destaca un poema como “El rincón del gourmet”, tan próximo a las odas elementales nerudianas: “Una pizca de sal. / un poco de vinagre / balsámico, / un toque alegre / de pimienta. / El tacto / cuenta y el color / anima. / Basta un guiño / agridulce, / una roja / granada / desgranándose / sobre el verde / lecho de la vida. / No olvides / el dorado aceite / que todo lo liga y despierta / las buenas sensaciones, / oscuras, / luminosas. / Apaga la ventana, / amor, / cierra la luz, / abre la boca”.



             

martes, 19 de marzo de 2024

Baile y revolución

 

Janet Riesenfeld
Bailarina en Madrid
Edición de Amparo Martínez Herranz
Traducción de Aurora Rice.
Espuela de Plata / Prensas de la Universidad de Zaragoza. Sevilla, 2024.

Con un “Prólogo de obligada lectura” –así se titula-- comienza Janet Riesenfeld su libro Bailarina en Madrid, publicado en 1938 y ahora por primera vez reeditado y traducido al español. Preceden a ese prólogo tres ensayos de Julián Casanova, Agustín Sánchez Vidal y Amparo Martínez Herranz que a pesar de su interés constituyen, como las palabras preliminares de la autora, otros tantos escollos antes de adentrarnos en una historia verdadera que no ha perdido nada de la gracia ni de la frescura con que fue escrita. Conviene empezar a leer por la página 77, con el relato de cómo pierde, por pocos minutos, el último tren de París para Madrid. Es la mañana del 19 de julio de 1936. Comienza así su odisea para llegar a la capital de España, donde está contratada por una compañía de baile flamenco y la espera su prometido.

            Janet Riesenfeld tenía veintidós años cuando empieza su aventura española. Nacida en Nueva York, hija de una ilustre familia de músicos, a esa edad ya había tenido tiempo de viajar por Europa, aprender cuatro idiomas, ejercitarse en el baile, enamorarse apasionadamente de un joven español que había ido a Hollywood a probar fortuna en el cine, de olvidarse de él, de casarse con otro, de reencontrarlo en México y volverse a enamorar, de iniciar los trámites de divorcio. La razón de su viaje a España en ese año que pronto pasaría a la historia es doble: por un lado, ha sido contratada por Miguel Albaicín para bailar en su compañía; por otro, pretende casarse con su primer amor, Jaime Castanys, que ahora, abandonadas las ambiciones como actor, se ha convertido en empresario.

            El tren la deja en Hendaya y allí fallan todos sus intentos de cruzar la frontera, aunque en uno de ellos logra pisar tierra española en Vera del Bidasoa: “Para llegar había que subir una montaña, en cuya cima se encontraba el primer puesto fronterizo de la zona. Aquí, en la mismísima cumbre, había una taberna con un balcón desde donde se contemplaba la belleza sombría y primitiva de los valles vascos”. Los aburridos guardias, que estaban allí como olvidados del mundo, los permitieron pasar, pero en Vera la recepción fue muy distinta: “Dos guardias jugueteando con sus pistolas nos dejaron bien clarito que teníamos que marcharnos y deprisa”. Al volver a la taberna fronteriza, comprueban que no son los únicos que abandonan España: “Mientras bebíamos sidra helada, nos sorprendió el sonido de un coche que subía la cuesta a toda velocidad. Debía de ser conocido o esperado, porque en seguida salieron todos a ponerse junto a la carretera, puño en alto, gritando emocionados”. Se trataba de Pío Baroja, a quien la autora define como “el gran autor radical español”.

            Bailarina en Madrid pretende ser un alegato en favor de la República, que todavía no había sido derrotada cuando el libro se publica, pero eso es lo que menos importa al lector actual. Resulta fácil encontrar algunas ingenuidades en la descripción de la situación política de entonces. Al llegar a Barcelona, le pregunta a uno de los jóvenes que la han traído desde Portbou si no querría quedarse unos días para conocer la ciudad. Dijo que no, que llevaba dos meses casado y quería regresar pronto. “¿Su mujer es española?”, “Oh, no, señorita. Prefiero casarme con una de cualquier nacionalidad antes que española”, “¿Pues qué nacionalidad tiene?”, “Es catalana”. Pero la guerra, según la joven bailarina, había acabado con esas diferencias y todos los pueblos de España habían olvidado sus diferencias para luchar contra el fascismo, del mismo modo que todos los partidos demócratas –de la FAI al Partido Socialista-- “unieron sus manos en un objetivo común y un frente único”. 

            Al simplismo del análisis político, se contrapone la fidelidad con que nos refleja el ambiente de los primeros meses de la guerra, primero en Barcelona, luego en Madrid, que por un tiempo sigue siendo “la ciudad alegre y confiada”, para decirlo con el título de Benavente. Son los días en que la revolución, con su caótica mezcla de heroísmo y barbarie, se adueña de las calles, cuando incluso los republicanos moderados sienten que sus vidas están en peligro y abandonan el país. Janet, que para entrar en España ha tenido que hacerse pasar por corresponsal de guerra, tarda en percatarse del riesgo. Sus amigos son destacados militantes republicanos mientras que su novio, aunque ella tarda en enterarse, es un activo integrante de la quinta columna. Y la familia de Miguel Albaicín, cuya madre es famosa por haber sido modelo de Zuloaga y aparecer en los billetes, la adopta como una más. Su fascinación por el mundo gitano es semejante a la de los viajeros románticos.

            Terminado el relato, es el momento de completar la lectura con los ensayos preliminares. “Madrid 1936”, de Julián Casanova, sintetiza muy bien como fueron los primeros meses de la guerra en la capital de España, cuando las distintas milicias camparon sin control, los meses de los paseos y de los asesinatos de Paracuellos, pero también los de los bombardeos indiscriminados y el heroísmo revolucionario, que impidió a los sublevados tomar la ciudad a pesar de que contaban, dentro de ella, con buen número de simpatizantes, la llamada quinta columna. Agustín Sánchez Vidal, en “Locuras españolas”, nos habla de la fascinación por lo hispano que caracteriza a los Estados Unidos de principios de siglo XX y que explica tanto la fundación de la Hispanic Society como el que una adolescente neoyorquina se convirtiera en una bailarina flamenca. Amparo Martínez Herranz nos cuenta la continuación de la fascinante novela que fue la vida de Janet en los muchos años que le quedaban por vivir (nacida en 1914, no moriría hasta 1998). Trabajó en México como actriz y bailarina, pero su verdadero camino lo encontró como guionista de cine. Se casó con Luis Alcoriza, actor, guionista, director, y colaboró con Buñuel y García Márquez. Ella se dedicó a los trabajos más alimenticios mientras permitía brillar a su marido en producciones cinematográficas más arriesgadas. Lo común en las mujeres de su tiempo.

            Este libro la rescata como una figura excepcional, tan seductora para los lectores de hoy como lo fue en el Madrid todavía esperanzado de los primeros meses de la guerra civil.

jueves, 14 de marzo de 2024

La escritura del tiempo

 

Ana María Moix
Conversaciones en el tiempo
Amarillo Editora. Madrid, 2024.

El tiempo, gran escultor titula Marguerite Yourcenar uno de sus libros. También podríamos decir “gran escritor”, un escritor que nunca se cansa de dar nuevos retoques a las obras literarias. Por eso, muy acertadamente, se ha titulado Conversaciones en el tiempo la recopilación –aumentada-- de Veinticuatro por veinticuatro, la recopilación de entrevistas que Ana María Moix publicó en 1973. Entonces constituían el mejor reflejo de aquella Barcelona del final del franquismo que se había convertido en capital modernidad. Eran los años del boom, de la irrupción novísima, del combate contra el acartonado realismo de posguerra o la literatura de “la berza” (ese calificativo despectivo se emplea varias veces, en especial contra Alfonso Grosso).

            Parafraseando a Stefan Zweig (y a Fernando Vela), estas entrevistas llevaban el título de “Un día en la vida de…” y pretendían seguir a un personaje conocido durante veinticuatro horas. No solo figuran escritores, pero los escritores son mayoría. Hay un maestro, Josep María Castellet (inicia el libro una humorística crónica social cuando se le concede un lucrativo premio de ensayo), y un empresario, Oriol Regàs (creador de Bocaccio, el lugar de encuentro de la que se llamó la gauche divine), que fue algo más que un empresario, el ideólogo de una nueva manera de entender el ocio y la cultura.

            Pero el tiempo --ha pasado más de medio siglo desde que fueron escritas-- le ha dado un nuevo sentido a estas crónicas que no desdeñan el humor naíf ni cierta frivolidad. En una de ellas, acompaña la autora a José Donoso, a su mujer y a su hija hasta la casa que se está construyendo en Calaceite. A medio camino, la niña “coge el volante con sus pequeñitas manos y casi termina ahí este reportaje. Frenazos. Insultos del conductor que venía de frente y que por lo visto es de la opinión de que los niños de tres años no deben conducir por la carretera”. Más adelante, otra anécdota sorprendente: “La niña, que se quedó jugando en el pueblo, ha desaparecido. Los Donoso no se inquietan. Ya la traerán”. Esa niña, a la que permiten cualquier peligroso capricho y que no les inquieta se pierde, es Pilar Donoso, que se suicidó a los cuarenta y cuatro años después de publicar un único libro, Correr el tupido velo, donde desvelaba toda la turbiedad de una vida familiar que desde fuera parecía idílica.

            Ana María Matute, en 1971, nos habla largamente de un libro que está a punto de terminar y que considera su obra maestra, Olvidado rey Gudú. Ni ella ni los lectores de entonces podían suponer que no aparecería hasta 1996 porque antes tendría ella que atravesar un largo tiempo fuera del tiempo.

            Jaime Gil de Biedma y Ángel González son los únicos autores que se salvan de la crítica feroz a la poesía social por parte de los nuevos poetas, según Ana María Moix. Gil de Biedma no parece tener, en cambio, muy buena opinión de los novísimos, a pesar de que la entrevistadora fuera uno de ellos: “La antología está presentada como un intento de renovación, y la verdad, es una continuación lamentable. No rompe con nada anterior, la poesía de los novísimos sigue siendo tan provinciana como antes”. Cuenta “con humor y teatralidad” divertidas anécdotas de su vida en Filipinas. Hoy, después de leer el diario póstumo, esas anécdotas no nos parece que fueran tan divertidas.

            De la entrevista con Ángel González, nos sorprende su repetida alusión “al cura que lleva dentro”, a su mala conciencia tras una noche de juerga. No falta algún dato autobiográfico al que luego evitaría referirse, En Barcelona, “vivía de mala manera, pero muy feliz, hasta que me enamoré de una chica que vivía en Madrid y la seguí y allí me quedé hasta que me marché a América”.

            La bulimia era una enfermedad que aún no se había inventado y Monserrat Caballé no tiene inconveniente en declarar que, tras los ensayos, siente “un apetito atroz”: “Como y revivo. ¿Cómo voy a privarme de una buena comida?”

            A veces la editora, Ester Vallejo, se siente obligada a hacer algunas aclaraciones en nota. “Cuando a una familia pobre le salía un hijo subnormal, lo ponía a vender cupones en una esquina”, afirma el pintor Joan Ponç, y Ester Vallejo trata de justificar tales palabras indicando que “ese término que hoy nos resulta tan fuera de lugar es el que se empleaba de forma habitual en los años setenta”. No anota, en cambio, la curiosa observación de que Rosa Chacel “habla en perfecto castellano, a pesar de haber vivido tantos años en Sudamérica”. Parece que todavía en 1970, como en tiempos de Clarín, se pensaba que los españoles eran los dueños de un idioma que en América se habría corrompido.

            A Max Aub le entrevista el 1 de julio de 1972. Su obra es extensísima, nos dice, y “si continúa con la vitalidad que demuestra tener hoy, a los setenta años, será interminable”. Antes de acabar ese mes, moría el escritor. Con melancolía y una sonrisa leemos las que quizá fueran sus últimas palabras: “Hoy a la gente le gusta demasiado el fútbol, la televisión, ya no hay tertulias, no se toma café. Sí, sí, tomar café, hacer tertulia, hablar. Hoy solo hay diversión, drugstores. ¿Quién lee hoy los poemas de los demás? Hoy la gente baila, bebe, mira la televisión: no hay tiempo para escribir. Cuesta menos esfuerzo vivir, todo es más fácil, muchas distracciones. Con tantas cosas, ¡quién se sienta a trabajar durante horas y horas, meses y meses, en un libro? Pocos, muy pocos. Con tanta televisión y tanto fútbol, bailes, etc., ¿quién se sienta luego a leerlos?, menos, todavía menos”. O sea, les diríamos a los agoreros de hoy, que no hacía falta que se inventaran las redes sociales para la “decadencia” de la cultura.