jueves, 26 de enero de 2023

Humano enigma

 

Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito
Cristina Piña – Patricia Venti
Lumen. Barcelona, 2022.

Toda vida, si se mira de cerca, es un enigma. Puede interesarnos más o menos la poesía de Alejandra Pizarnik, pero es imposible sustraerse a la fascinación del personaje. Cristina Peña, autora en 1991 de su primera biografía, señaló que indagar sobre ella, tratar de descubrir su verdad, fue como “profanar el tótem de una secta sagrada”.

            Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aire en 1936, hija de una familia de emigrantes judíos procedentes de Ucrania. El apellido se cambió al llegar a Argentina (los familiares que quedaron en Europa se siguieron llamando Pozarnik) y el nombre de la poeta, originariamente Flora, lo sustituyó por el más sonoro de Alejandra a la adolescencia.

            Para escribir esta nueva biografía, escrita en colaboración con Patricia Venti, Cristina Peña ha contado con abundante material que en 1991 era desconocido: nuevos y más abundantes testimonios orales, un epistolario muy enriquecido y, fundamentalmente, el diario de la poeta.

            Pero el enigma de su vida, como quizá el de cualquier vida, sigue siendo irresoluble. Abundan las contradicciones entre los datos externos y el diario íntimo. Desde muy pronto, Alejandra fue dada a la fabulación. Su padre era joyero, un joyero que vendía su mercancía de casa en casa y a plazos. Alejandra contaba que había sido “joyero del zar”.

            En la infancia de la poeta no parece haber habido nada de extraordinario, según el testimonio de su hermana y las amigas de entonces. Una infancia feliz en una familia de emigrantes que pronto consiguió un cierto acomodo económico y que se preocupaba, cosa no muy frecuente entonces, de la educación de las hijas. Ella, si embargo, la recordaría en su diario de otra manera: “Pero lo que te hicieron tus padres es inenarrable. Pensar en mi infancia es obligarme a odiarlos. ¿Cómo es posible que hayan carecido absolutamente de recursos mentales y afectivos para hacernos sufrir tanto a Myriam y a mí?”. De su madre dice que la castigaba “con látigos y palos”, que la pegaba incansable hasta dejarla abandonada en un rincón “con el cuerpecito dolorido”.

            A partir de esta contradicción, según las autoras de la biografía, no podemos decir nada con seguridad de los padres de la poeta: “buenos y generosos” para una de las hermanas; atormentadores, sobre todo la madre, para la otra. Y lo mismo ocurre con otros aspectos fundamentales de su biografía.

            Alejandra Pizarnik cambió de carácter al llegar a la adolescencia, y algo tuvo que ver con ello el consumo de anfetaminas —a las que se habituó desde muy pronto—, entonces legales y presentes en ciertos medicamentos contra la obesidad. Su adicción fue creciendo. Sus amigos llamaban la Farmacia a los apartamentos en que vivió “por el despliegue de psicofármacos, barbitúricos y anfetaminas que desbordaban de su botiquín”.

            El combate con sus demonios interiores —de los que dejó constancia en su diario— no le impidió ocuparse con la mayor lucidez posible de la realización de su obra poética y de la promoción de la misma. Cuidaba mucho las relaciones literarias y sociales. Durante su estancia en París —el gran  sueño de cualquier escritor latinoamericano— procuró acercarse a todos los nombres importantes: consiguió que Octavio Paz escribiera el prólogo de uno de sus libros, se hizo amiga de Cortázar; en Buenos Aires, se acercó al círculo de Oliverio Girondo, las Ocampo o Mujica Láinez. “Hay muchas personas —indican las biógrafas— que insisten en este aspecto, al que entienden como una búsqueda del poder, la fama y los contactos, una astuta manera de vincularse y cultivar las relaciones más prestigiosas y convenientes, haciéndose amiga de los miembros de los círculos más elevados —social y culturalmente— del campo intelectual”.

            Eso era verdad y también su creciente incapacidad para la vida práctica. Antes del último y definitivo, hubo dos intentos de suicidio, el internamiento en una clínica psiquiátrica, la formación de una pequeña corte que la jaleaba en su deslizamiento hacia el precipicio. Poesía y locura, a partir del romanticismo, han tendido a considerarse como hermanas gemelas. Para algunos fue la pasión absoluta por la poesía la que llevó a Alejandra Pizarnik a la destrucción.

            Pero ella quiso poner toda su lucidez en su obra, mantenerla al margen. Corregía al máximo sus poemas (y ejercía lo que podríamos llamar autocensura: alguna vez “ella” se convirtió en “él”: Alejandra era bisexual, pero sus parejas fueron siempre mujeres), traducía con rigor, escribió muy precisas reseñas (sobre todo en la revista Cuadernos para la cultura para la que trabajó un tiempo).

            En los últimos años, ese control se fue aflojando y todo lo que ocultaba —toda su confusión y sus fantasmas— se desbordaron tras la muerte con la sucesiva aparición de textos inéditos. Hoy quizá interesa tanto o más el personaje, o el símbolo en que se ha convertido el personaje, que su obra, aunque sus mejores poemas —de herencia surrealista, pero con la concisión de Emily Dickinson— no dejan de deslumbrarnos: “extraña que fui / cuando vecina de lejanas lunes / atesoraba palabras muy puras / para crear nuevos silencios. 

            Quería y no quería morir. Pidió ayuda tras sus dos primeros intentos de suicidio y esa ayuda llegó a tiempo. No ocurrió así con el tercero. De madrugada, telefoneó tres veces a un amigo. Estos son los mensajes que le dejó: “Antonio, me tomé una sobredosis de pastillas, ayúdame”: “Antonio, por favor, me siento muy mal; “Antonio, llámame”. El amigo, Antonio López Crespo, no los escuchó hasta el día siguiente, cuando ya era tarde.

            Esta indagación en la “biografía de un mito” interesa no solo a quienes tienen a Alejandra Pizarnik por una de las grandes poetas de nuestro tiempo (las páginas dedicadas a analizar su poesía son quizá las más prescindibles). Importa la reconstrucción de una época, con sus toques costumbristas, y, sobre todo, el humano enigma que la protagoniza.

 

 

 

 

jueves, 19 de enero de 2023

Canción herida

 

La hora del lobo
José Mateos
Pre-Textos. Valencia, 2022.

“La vida es dura / y no hay consuelo. / Saca el pañuelo, / literatura”, escribió Vicente Gaos. Pero la literatura como desahogo, como consuelo personal, suele ser mala literatura, “Cuando siento, no escribo” afirmó Bécquer, al que muchos tienen como paradigma del poeta romántico que muestra su corazón al desnudo. La poesía para el que la escribe no es una terapia ni un ejercicio de autoayuda. El poema que emociona al lector se escribe con la cabeza fría.

            Conviene desconfiar de los poemas que tienen su origen en una grave enfermedad, la muerte de un familiar cercano, un atentado terrorista o una catástrofe humanitaria. Lo que nos conmueve en esos casos no suele estar en el verso sino en la circunstancia de la que parte.

            Comenzamos a leer La hora del lobo, de José Mateos, versos de hospital, versos de enfermedad y convalecencia, con una cierta prevención. Desaparece pronto. En este puñado de poemas memorables, no hay melodramatismo ni apenas anécdota, tampoco reflexión más o menos trascendental. “Canción” se titula alguno y un aire de canción hay en todos, aunque la métrica no siempre sea cancioneril. Detrás está la poesía popular y está Bécquer y el Juan Ramón y el Machado que vienen de Bécquer, pero sin mimetismo ni ejercicio libresco. La poesía de José Mateos tiene una levedad y una hondura absolutamente suyas, inconfundibles. A ratos nos recuerda a otro poeta que llegó al límite del despojamiento y la transparencia, Eugénio de Andrade. Como ejemplo, copio el poema escrito “En una servilleta de hospital” (ese es su título): “No vengas esta noche, / no saltes la muralla. / Otoño trae el anuncio / de los cielos que arden, / y a la fuente han venido / algunos ruiseñores. / No los espantes”.

            Varios poemas “En una piedra asiria”, “Oración fúnebre”, “Epitafio cristiano”— son variaciones sobre distintas maneras de acercarse al hecho más inconcebible, el de la propia muerte. Hay también unas “Cartas a Li Po” en la primera parte del libro, la titulada “Dentro”, la más sombría, la más propicia a la falacia patética. El título nos remite a José Corredor-Matheos, cuya Carta a Li Po inauguró una nueva manera de hacer en este poeta del cincuenta hasta entonces un tanto enredado con la retórica de la época. Son poemas que, como excepción, se aproximan al pastiche —“mi barca es de bambú y esparto”— y que no desdeñan el acierto imaginativo entre el haiku y la greguería: “Lanzo mi caña / sobre el agua pulida, / tersa como un espejo / y rompo en mil pedazos una estrella”. Pero no disuenan, como no disuenan las poco esperadas referencias a Cavafis (“Recuerda, cuerpo”) o a García Baena.

            Aunque no escasean los poemas antológicos en la primera parte —“Buenas noches” es otro que podríamos citar—, quizá abundan más en la segunda, “Fuera”, de lenta reconquista del mundo. José Mateos, además de poeta, narrador, ensayista, además de haber hecho alguna incursión en el teatro, es también pintor. Algunos poemas parecen hechos con rápidas pinceladas de acuarelista. “Mediodía en Zahara”, por ejemplo, con su luz que estalla en la arena, sus camisas blancas que danzan al viento, sus barcas dormidas, sus gaviotas que labran el azul del cielo, tópicos que en José Mateos dejan de serlo sin dejar de serlo. El estribillo del poema repite “no, no es eso”. Lo que seduce al poeta, lo que trata de llevar al poema, es algo que está detrás de lo que ve.

“Un bodegón” explicita desde el título el modelo pictórico: “El botijo de barro / donde el agua se siente / como en casa. / La mesa / de madera pulida / por manos que se hundieron / hace tiempo en la muerte. / Y unas verduras: nabos, / cebollas y tomates / con formas de planetas”. Apenas una enumeración de objetos cotidianos sobre una mesa. No serían nada sin la mirada que les otorga su plena significación: “El pincel que ha devuelto / la vibración primera / de esta vida en penumbra / lo dice claramente. / Dice: Benditos sean”. Como un bodegón puede considerarse también “Anacreonte en la Carrandana”, bodegón y acuarela: “Sobre la mesa, un cacho de pan blanco, / vasos de vino, un cuenco de aceitunas… / A lo lejos, el sol que cae a plomo / por cortijos de cal y viñas verdes. / Junio, qué bien se está a tu sombra / rodeado de amigos / cuando todo es presente / y hasta es posible que morir no importe”.

En “Retrato de Miguelito” se atreve a imaginar a Dios de la manera más contraria al ser todopoderoso de las diversas religiones. Choca en este poema una expresión antes habitual y hoy considerada, con razón, ofensiva. No disuena, en cambio, esa mosca que, en otro de los poemas, vuela en el silencio de la biblioteca.   

            Poeta realista José Mateos, poeta que escribe con las palabras de todos los días, pero al que lo que más importa es lo que está al otro lado de la realidad. Poeta religioso, pero no explícitamente confesional, al menos en este libro: “Es tan viejo y lejano / lo que narran los libros / —al tercer día el trueno / y un sepulcro vacío— / que apenas si nos sirve / de cuento para niños”. Sabe que Dios es el nombre que el ser humano da al misterio, que las grandes preguntas son preguntas sin respuesta: “¿No hay salvación entonces? / ¿Solo tienen sentido / la tumba y la carroña? / ¿Es tan solo un capricho / del mar este destello / en el mar infinito?”. La “Canción de Pascua”, de la que proceden estos versos, puede entenderse como una variación de la rima VIII: “En el mar de la duda en que bogo / ni aun sé lo que creo; / sin embargo estas ansias me dicen / que yo llevo algo / divino aquí dentro”. José Mateos se responde a las preguntas que copiábamos antes con versos que tiene un eco del “invisible anillo” que une a Bécquer con el Machado de Soledades: “Y, sin embargo, a veces / latiendo en lo más íntimo, / quién no sintió ese asombro / que es como un eco: un hilo / que nos vincula a un mundo / más allá de uno mismo”.


 

jueves, 12 de enero de 2023

En vivo y en directo

 

De guerra, revolución y otros artículos
Sofía Casanova
Edición de Amelia Serraller Calvo
La Umbría y la Solana / Los libros de frontera d. Madrid, 2022.

Entre los grandes periodistas de los años veinte, había una mujer que tuvo tanta fama en su tiempo como los Julio Camba o los Chaves Nogales, pero mucha menos reconocimiento posterior. Vivió casi cien años, estuvo en el centro de algunos de los acontecimientos más trascendentales del siglo XX y supo contar lo que vio con una verdad y una atención al detalle que todavía nos atrapa desde la primera línea.

            La vida de Sofía Casanova  (1861-1958) da, no para una, sino para varias novelas. Se inició en la vida literaria como precoz poeta, apadrinada por Campoamor, y leyó sus poemas ante Alfonso XII; escribió novelas de corte autobiográfico, no exentas de interés, pero lo más perdurable de su obra son las crónicas que, como corresponsal de guerra, envió para el diario ABC a partir de 1914. Comenzaron como una carta noticiosa a su familia, que llegó a manos del director del periódico; este decidió publicarla y firmarle un contrato de inmediato a la autora. Durante veinte años, hasta el comienzo de la guerra civil, su artículos alternaron con los de los más afamados escritores de entonces y fueron recogidos en libro: De la guerra (1916), De la revolución rusa (1917), La revolución bolchevista (1920).

            Sofía Casanova se casó con un profesor polaco y buena parte de su vida transcurrió en Polonia o en Rusia, acompañando a su marido en sus diversos destinos. Tuvo un conocimiento de la realidad europea poco frecuente en los españoles de su tiempo,

Si abundan las crónicas de la Gran Guerra, no son tan frecuentes las de la Revolución Rusa vista por ojos occidentales. De ahí el perenne atractivo de La revolución bolchevista, que ya contó con una reedición, en 1989, acompañade de un excelente estudio. Ahora esos artículos aparecen junto a otros que se quedaron en las páginas del periódico y que ayudan a contextualizarlos.

            Amelia Serraller Calvo ha reunido en De guerra, revolución y otros artículos una amplia muestra de la obra periodística de Sofía Casanova. Deja fuera “Polvo de escombros”, la crónica del primer año de la segunda guerra mundial en Polonia, quizá porque no apareció en el periódico, sino en un libro de 1945 La agonía de Polonia, junto a “Estampas polacas”, de Miguel Branicki. Está escrito a modo de diario o de larga carta a sus familiares en España (curiosamente como sus primeras crónicas): “En la opresión de estos días, ¿cómo seguir estas notas para vosotros, hermanos míos, que no puedo mandar, que quizá no terminaré?”

            Algo tuvo que ver en el olvido de Sofía Casanova, una celebridad en los años veinte, su decidido apoyo al franquismo, como señala Calvo Serraller en el prólogo: “Aunque en el transcurso de la guerra solo estuvo una vez en España, su visita fue magnificada por la propaganda del bando franquista, mancillando su imagen hasta hoy en día”.

No hubo tal magnificación, no era necesaria. Sofía Casanova, monárquica, antirrepublicana, contribuyó decisivamente en Polonia a crear redes de apoyo a los sublevados. Así se cuenta su visita a España el año 1938 en el prólogo a La agonía de Polonia: “Fue recibida muy amablemente por nuestro Caudillo en Burgos; después fue a Salamanca y más tarde a San Sebastián, liberado ya, retornando a La Coruña. En San Sebastián y en Bilbao dio conferencias para hablar, como siempre, del peligro bolchevique, y retornó a su patria de adopción, estallando a poco esta segunda guerra mundial que aún padecemos”.

            Pero la ideología de Sofía Casanova —ligada al nacionalismo español y polaco— no nubló su mirada de cronista. Abundan, por ejemplo, las muestras de su compasión por el pueblo judío, tan odiado entonces en Polonia como en Alemania, aunque no dejara de compartir ciertos estereotipos. Con el título de “La cuestión judía”, se reúnen algunos artículos escritos entre 1919 y 1934. En el último nos cuenta cómo una delegación de rabinos se presenta ante el cardenal de Varsovia para pedir amparo cuando el partido nacionalista polaco, a ejemplo de Hitler, se dedica a perseguirlos. El arzobispo lamenta esos ataques, pero también tiene algo que reprochar: “Aprovecho, señores rabinos, vuestra visita para comunicaros que llegan a mí muchísimas quejas de actos de provocación y de ultraje a los sentimientos cristiano-católicos cometidos por judíos”. Y a continuación habla de ataques de jóvenes judíos armados a católicos indefensos, de su insolencia desafiadora en público, de publicaciones que ofenden a la moral y difunden la más sucia literatura a cargo de editores judíos. Para Sofía Casanova se trata de una “raza sin patria que esconde sus milenarios rencores según las circunstancia con un oportunismo de adulación”.

            Franquista, compasivamente antisemita, eso era Sofía Casanova, pero también una mujer excepcional, a la que las circunstancias situaron en el centro de la tormenta Europea y que supo como nadie contar lo que veía o aquello de lo que tenía información de primera mano, con precisos detalles que luego borraría el torbellino de la historia, como esta estampa del destierro de la familia imperial en agosto de 1917: “Subieron al tren los viajeros; cerrárronse las portezuelas y el zar, en la de su coche, miró a Kerenski, plantado frente a él en el andén. Solo los ojos hablaron en el encuentro de la mirada, y no se despidieron para siempre. Esos dos hombres han de volverse a encontrar, y acaso las veleidades del Destino proporcionen la ocasión al desterrado monarca —o a los suyos— de devolver a Kerenski bien por bien, pues si sanos y salvos han salido del volcán revolucionario los sin corona, saben a quien se lo deben”. En agosto de 1917, la historia no estaba escrita, la revolución de octubre no parecía inevitable.

            Lección de historia, viaje en el tiempo, lección de vida esta recopilación de crónicas periodísticas. Lo fugitivo permanece y dura.



jueves, 5 de enero de 2023

Autor y personaje

 

Donde viven las almas
Andanzas de la memoria
Ana María Martínez Sagi
Edición y prólogo de Juan Manuel de Prada
Fundación Banco de Santander. Madrid, 2022.

Pocos casos hay en la historia de la literatura de una obsesión semejante a la que Juan Manuel de Prada sintió, y siente, por Ana María Martínez Sagi. La descubrió en una época, en que, tras la estela de Las máscaras del héroe, estaba interesado en los escritores menores, raros y olvidados, “desgarrados y excéntricos”, como él los llamó en el título del volumen que recogía sus semblanzas. Por algunos de ellos, como Armando Buscarini, el interés duró un tiempo y le llevó a rescatar y publicar parte de su obra, pero no tanto como por Ana María Martínez Sagi, a quien llegó a conocer poco antes de su fallecimiento, en 2000.

            Nacida en 1907, Martínez Sagi fue una de las poetas que alcanzaron cierto renombre antes de la guerra civil, aunque en su caso debido a razones extraliterarias: fue una exitosa deportista, algo entonces bastante inusual. Juan Manuel de Prada se enteró de su existencia en una vieja entrevista de César González-Ruano, recogida en el libro Caras, caretas y carotas. Parecía que la dedicación de Prada a Martínez Sagi iba a concluir con su ciclópea tesis doctoral, publicada recientemente en dos nutridos volúmenes. Pero no. Unos meses después Prada da a conocer dos obras inéditas de la escritora, Donde viven las almas y Andanzas de la memoria.

            Media vida ha dedicado Juan Manuel de Prada a rescatar la memoria de Martínez Sagi. ¿Valía la pena esa dedicación? No todos los escritores olvidados están injustamente olvidados, tampoco las escritoras. Martínez Sagi, de apasionante peripecia vital, es una escritora menor. Menor, pero no enteramente desdeñable.

            Donde viven las almas entremezcla el verso con la prosa poética. Escrito en los años treinta, podría ponerse en relación con Los placeres prohibidos de Cernuda. Ambos cantan amores que hasta entonces no se atrevían a decir su nombre. Pero Cernuda se apropia de las nuevas audacias surrealistas, mientras que Sagi muestra su apego a las delicuescencias modernistas.

            Juan Manuel de Prada ha decidido no publicar este libro en su integridad, sin indicar las razones. El original se lo entregó la autora con el ruego de que no lo diera a al imprenta hasta veinte años después de su muerte. Para otra ocasión deja, según nos indica en nota, “el estudio crítico que este texto demanda”. Pero lo primero que demanda un texto inédito de un autor que valoramos es su publicación íntegra. Juan Manuel de Prada, como editor literario, tiene ideas un tanto peculiares. Cree que una edición crítica es aquella donde se comparan, “a través de un estudio filológico riguroso”, la redacción original de la obra y las correcciones que el autor introdujo posteriormente, correcciones, en el caso de Martínez Sagi “no exclusivamente estilísticas”. También parece pensar que una edición es tanto más científica y rigurosa cuanto más notas tenga. Y así él salpica la suya de aclaraciones que, en la mayor parte de los casos, están al alcance de cualquiera en la Wikipedia. Una fuente de información, por cierto, que el propio Prada no desdeña usar y parafrasear. A propósito de la muerte del marqués de Monaldeschi, escribe: “Tal ejecución fue muy criticada por toda la nobleza europea, pues Cristina, desde su abdicación, ya no tenia autoridad para ordenar la muerte de sus vasallos”. En la enciclopedia en línea, leemos: “La ejecución fue muy criticada por la nobleza europea en general, argumentado que Cristina, desde su abdicación, ya no tenía autoridad para ordenar ejecuciones.”

            Salvo que se trate de una edición escolar, las notas informativas de lo que antes se llamaba cultura general sobran, como la aclaración de palabras que el autor puede encontrar en el diccionario. Prada cree necesario indicarnos que el hotel George V es un “lujoso hotel, próximo a los Campos Elíseos” o que “el río Moldava, el más largo de la República Checa, que nace en la selva de Bohemia, pasa por Praga y se une con el Elba en Melnik”. Toda nota que no sea imprescindible distrae y estorba, es como una aclaración no pedida que interrumpe la lectura de la obra literaria. Y la función de un editor no es la de coleccionar y comparar variantes —eso queda para el estudioso—, sino la de ofrecer un texto lo más cercano posible a la intención última del autor. Solo si ese original se ha perdido, como en tantas obras medievales, tiene sentido comparar las diversas copias conservadas para tratar de reconstruirlo. No es el caso de los textos inéditos que Martínez Sagi le entregó a Prada.

            Andanzas de la memoria es de escritura posterior y es de muy diversa intención y estilo. En este caso, sorprende la petición de editarla veinte años después de su muerte, puesto que ya la autora intentó editarla en vida. Juan Manuel de Prada reproduce el informe de lectura de una editorial, dirigida por Josep María Castellet, bastante atinado al señalar aciertos y errores. Los primeros capítulos, dedicados a evocar episodios de infancia y de primera juventud, escritos con sentido del humor, se leen con gusto; los siguientes —viajes por Europa, recuerdos de su etapa de profesora en Suecia y Estados Unidos— son más convencionales y en algún caso bastante prescindibles.

            Juan Manuel de Prada está muy atento a subrayar los errores de Martínez Sagi —llama “cochinilla” a la “mariquita”, por ejemplo— y sus intencionados olvidos. Pero aunque se titule Andanzas de la memoria no se trata de unas memorias propiamente dichas, sino recreación o invención del algunos episodios ambientados en distintas etapas de su vida. Pedirles rigor documental a estos ejercicios de autoficción no parece muy adecuado.

            Prada ve en Donde viven las almas el reflejo de la relación de Martínez Sagi primero con Elisabeth Mulder y luego con Elsy Longoni. Se deja llevar por la falacia biográfica. Donde viven las almas es una obra literaria, un libro de amor, no la historia de ninguna relación concreta. Si de la “amistad amorosa” entre Elisabeth Mulder y Ana María Martínez Sagi “apenas sabemos nada”, lo mejor es no fantasear y comentar los poemas en verso y prosa del libro como lo que son, poemas, mejores o peores, y no como confidencias que nos permiten asomarnos un tanto morbosamente a la intimidad de la autora.

            Todo se lo debe Ana María Martínez Sagi a Juan Manuel de Prada. Sin su obsesión por ella, ni siquiera sería un nombre en un índice. Él la ha convertido en personaje, pero los intentos de rescatar su obra no confirman que esa obra merezca demasiada atención por sí misma.



           

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Hierro resistente

 

Vida. Biografía y antología de José Hierro
Jesús Marchamalo / Lorenzo Oliván
Nórdica Libros. Madrid, 2022.

Las palabras vivas
Lorenzo Oliván
Pre-Textos. Valencia, 2022.

De los nuevos poetas que se dieron a conocer tras la guerra civil, José Hierro fue uno de los primeros en alcanzar un reconocimiento generalizado. Venía del lado de los vencidos, había pasado cuatro años en la cárcel, pero desde muy pronto comenzó a dejarse querer por los vencedores. Tras trabajos varios de supervivencia, encontró acomodo en diversos organismos culturales, entonces todos ellos controlados por el régimen: Editora Nacional, Ateneo, Radio Nacional de España, Universidad Menéndez Pelayo. No fueron cargos directivos, no se trató de prebendas, sino de encargos que estaba preparado para hacer y que hizo bien. Pero no se unió —escarmentado, padre de familia, consciente de su precariedad laboral— a ninguno de los movimientos de resistencia antifranquista y eso le valió algún ataque como el de José Ángel Valente, menos literario que personal: “Hablaba como queriendo borrar su vida ante un testigo incómodo. / Compraba así el silencio a duro precio, / la posición estable a duro precio, / el derecho a la vida a duro precio, / a duro precio el pan. / Metal noble que tal vez el martillo batiera / para causa más pura. / Poeta en tiempo de miseria, en tiempo de mentira / y de infelicidad”. Solo alguna rara vez, como en el poema “Réquiem”, se dejó contagiar por la retórica de la época: “Cuando caía un español,” —se supone que en los tiempos de los Tercios de Flandes o la conquista de América—e “se mutilaba el universo”.

            Como poeta, sus orígenes están en el modernismo, Juan Ramón Jiménez y ciertos nombres del 27 (más Gerardo Diego que Cernuda), pero supo adecuarse —en un puñado de espléndidos poemas testimoniales— a los nuevos usos del realismo, a una poesía que se acercaba al lenguaje coloquial, “sin vuelo en el verso”. Más tarde, con el Libro de las alucinaciones, volvió a una poesía imaginativa, con toques de culturalismo e irracionalismo que anunciaba la revolución novísima.

            Tras ese título, de 1964, José Hierro entró en una prolongada etapa de silencio (solo rota por poemas dispersos, a menudo de circunstancias, reunidos en Agenda) que pareció hacer de él un poeta de otra época, más homenajeado que leído. Pero en 1998 se produjo su vuelta triunfal con Cuaderno de Nueva York, de inmediato —y un poco inexplicablemente— convertido en best seller. Durante los últimos años de su vida, José Hierro fue el poema más popular. Contribuyó a ello, tanto como su poesía, el personaje, cordial y entrañable, ajeno a vanidades literarias, hombre de la calle que escribía en bares, que leía admirablemente sus versos y que era capaz de pasarse horas dedicando sus libros con un dibujo original en cada uno.

            De los muchas publicaciones dedicadas a conmemorar el centenario de José Hierro, dos destacan especialmente. Una es Vida, biografía y antología, la primera a cargo de Jesús Marchamalo y la segunda de Lorenzo Oliván; otra, Las palabras vivas. La poesía y la poética de José Hierro, cuyo autor es también Lorenzo Oliván.

Vida es un volumen hermosamente editado, con abundantes ilustraciones de gran valor documental. Consta de una parte biográfica, una sucesión de emotivas o divertidas estampas, en la que no se indican los apoyos documentales, pero no son necesarios, se trata de un texto literario, válido por sí mismo. Y la antología está hecha por buen lector de la poesía de Hierro, que acierta a mostrarnos todas sus facetas, aunque deje fuera —como no podía ser de otro modo— algún poema que esté en la memoria del lector.

            El otro libro, Las palabras vivas, tiene un carácter más académico: en su origen se encuentra la tesis doctoral sobre el ritmo en la poesía de Hierro, dirigida por José Carlos Mainer, que Oliván no llegó a concluir. Pero con ser muy valiosos los capítulos que de ella proceden —dedicados al estudio del eneasílabo, la métrica acentual o los encabalgamientos en la poesía de Hierro—, resultan más interesantes los que tienen un carácter autobiográfico y ensayístico. Las consideraciones de Lorenzo Oliván, uno de los más destacados poetas de su generación, sobre el ritmo en la poesía —en la propia y en la ajena— son de gran valor.

            Lorenzo Oliván dedica el capítulo inicial de su libro a la biografía de Hierro. Sintetiza bien lo sabido y añade algún matiz inédito, con la apoyatura documental que falta en Marchamalo. Uno y otro eluden, sin duda por consideraciones familiares, una cuestión sin la cual no se entiende el último libro de Hierro. Su Cuaderno de Nueva York es algo más que el homenaje a una ciudad que tanto ha tentado a los poetas españoles (no solo a Juan Ramón y Lorca, como Julio Neira documentó en una profusa antología), es un libro de amor “que no puede decir su nombre”, aunque no por las razones de los lorquianos Sonetos del amor oscuro, sino por las de Salinas y La voz a ti debida. Solo cuando sabemos eso, se entiende la emoción del penúltimo poema del libro (el último en realidad, el aclamado soneto final no tiene mucho que ver con el conjunto), en el que el poeta se despide, no de una ciudad, sino de una persona que, sin ser nombrada, da sentido al conjunto: “No te importuno más (ni siquiera sé si me escuchas). / Bebo el último whisky en el Kiss Bar, / la última margarita en Santa Fe, / rodeo luego la ciudad y su muralla de agua / en la que ya no queda nada que fue mío / Desisto de adentrarme en su recinto, / no tengo fuerzas para celebrar / la melancólica liturgia de la separación. / Solo deseo ya dormir, dormir, / tal vez soñar…”

            La poesía de Hierro, a pesar de una cierta banalización de su figura, del manoseo de los homenajes, resiste bien el paso del tiempo en un puñado de poemas esenciales en los que realidad y misterio, técnica y llanto, se funden inextricablemente.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Vida y delirio

 

 

En tierra de nadie
Gabriel Albiac
La Esfera de los Libros. Madrid, 2022.

Ningún hombre es de una pieza, como es bien sabido, y menos que ninguno Gabriel Albiac, catedrático de filosofía, estudioso de Spinoza, activo periodista, contundente panfletista. En tierra de nadie ha titulado su autobiografía, escrita con brillantez y brío literario, pero él no parece que estuviera mucho tiempo en tierra de nadie, siempre supo de qué lado ponerse y a quién defender con todas sus fuerzas.

            En 2003, según nos cuenta, decidió abandonar el diario El Mundo, que había contribuido a fundar y en el que había llevado a cabo una eficaz campaña para desenmascarar a los GAL, porque le censuraron uno de sus artículos. En ese artículo —que reproduce— afirmaba cosas muy sensatas: “Nunca dejes que la realidad te arruine un buen titular. Todo estudiante aprende en la facultad que ese es el pilar del periodismo que vende. Nunca dejes que unas declaraciones aburridas te arruinen un titular en letras gordas”. Eso fue lo que al parecer le ocurrió con unas declaraciones sobre la guerra de Irak, manipuladas en el diario. Tras un titular que las presenta como “argumentos a favor de la guerra”, se reproducen sus palabras que “dicen exactamente lo contrario de lo que el titular dice que dicen”. Y añade: “A mí me pagan por razonar. No por dar doctrina”.

            Veamos cómo razona Gabriel Albiac: “Mi habitación en la Maison de Cuba parecía un horno: bendita calefacción francesa: son las ventajas de no haber fulminado las centrales nucleares por la pura cobardía de Felipe González tras el asesinato por ETA del ingeniero jefe Ryan en Lemóniz”; Fidel Castro fue un “subnormal barbudo”; comparado con el islamismo “Adolf Hitler sería un avanzado de las libertades públicas”.

            Pero En tierra de nadie es algo más, bastante más, que un vehemente panfleto, que una crónica de la lucha entre la bestia —el islam— y el ángel, el estado de Israel, “la sola Europa que nos queda”, el único territorio no invadido por la barbarie.

            Gabriel Albiac, con un estilo sincopado y una alternancia de tiempos muy cinematográfica, comienza hablándonos de su ingreso en la universidad, el año 1967, y en la militancia política. Cuenta con eficacia las ilusiones del 68, su descubrimiento de la filosofía y de París, su admiración por Althusser, al que seguiría fiel hasta el final. Y se refiere, con emotiva sobriedad, a sus orígenes familiares: el padre fue uno de los sublevados en Jaca, represaliado del franquismo. Hay mucho de novela en la vida de Albiac. Su primera pareja era hija de Julián Grimau, fue testigo de algunos acontecimientos cruciales del siglo XX, como la caída del muro de Berlín o el hundimiento del régimen de Ceaucescu, pasó un temporada de vagabundeo solitario en Grecia, se dedicó a callejear por París durante un año sabático. Vivió intensamente los años ochenta y nos deja precisos testimonios de algunos de los conciertos a los que asistió entonces, inolvidables hitos generacionales, y de otras heridoras anécdotas como aquella vez que le visitó Eduardo Haro de madrugada acompañado de una oronda mujer que acentúa su escualidez: “Perdona que te dé el coñazo a estas horas, Gabriel. Ando fatal. ¿Podrías prestarme unas pelas para el caballo…?”. Eduardo Haro había escrito “algunos de los más lúcidos alegatos contra el imperio letal de la heroína en el Madrid de los ochenta”, pero él mismo no podría contra ella.

            La autobiografía de Albiac es también un retrato generacional. Y muchos se reconocerán, nos reconoceremos en ella, hasta en mínimos detalles, como aquella sorpresa al enterarse por la mañana de los últimos fusilamientos del franquismo, en septiembre de 1975, tras la información del día anterior sobre el Consejo de Ministros, que daba a entender que se habían concedido los indultos.

            Pasamos de la admiración a la indignación varias veces a lo largo de estas páginas. También hay lugar para cierta burlesca incredulidad. Al ingresar en el partido comunista, en 1971, “tras una larga deriva por partidos maoístas”, quiso dejar claro ante los responsables sus ideas al respecto; reproduce “los términos literales” de sus palabras: “Pido la entrada por riguroso pragmatismo. La línea del Partido me parece errónea de arriba abajo: todo acabará mal si no se modifica esencialmente”. La respuesta que le dan es todavía más inverosímil: “No es problema. Muchos en la organización piensan lo mismo”. ¡Y ese era el partido férreamente estalinista que no dejaba margen para la discrepancia! Y por si fuera poco, añade el que aspira a ser nuevo militante: “Santiago Carrillo me parece un personaje siniestro. Vendería a su madre —y, por supuesto, al Partido— por una pizca de poder. Y los vendería a quien fuese. Siempre que pagara al contado, claro”.

            Con lo que gana Albiac como catedrático de universidad no tiene, nos dice, ni para pagar el carísimo colegio privado de sus hijas. No puede por eso abandonar el periodismo. Tras pasar por La Razón, acaba recalando en el ABC. Cuando recibe el premio Mariano de Cavia, que para él es como ingresar en el Olimpo, dedica una enfervorizada crónica a describir el acto de entrega y parece poner los ojos en blanco al ingresar en una nómina en la que están Pérez de Ayala, Chaves Nogales, Julio Camba y todos los grandes del periodismo español. Olvida que entre los galardonados se encuentran también José Cuartero, José Andrés Vázquez, Horacio Sáez Guerrero y otra porción de ilustres desconocidos o de conocidos no demasiado prestigiosos, como Ricardo de la Cierva.

            El fervor comunista que un tiempo tuvo Albiac se ha convertido, como el de tantos, en visceral anticomunismo. Pero el anticomunismo ya es casi tan reliquia, como el comunismo. El odio de Albiac se ha trasladado a la izquierda española —primero a los gobiernos de González y Zapatero, luego al actual “contubernio bolivariano”— y sobre todo al islam, en guerra desde 2001 contra el mundo civilizado. La irracional islamofobia de Albiac no parece tener límites: el Islam es “mil veces más exterminador que el nazismo”. Algunas muestras de su paranoia nos harían sonreír si no sirvieran para justificar el terrorismo de Estado de ciertos países. Él y su pareja pasan unos días felices en un rincón paradisíaco de las Islas Mauricio, con playas “salvajemente inaccesibles “para los que no han pagado las cuotas, para los de aquí impensables, que pagamos los europeos”, y deciden visitar el cercano puerto indígena. De pronto, alzan los ojos y ven “un batallón de hombres solos, con túnica, chilaba y atavío capilar inequívocamente musulmanes” que los contemplan “con un odio frío”. Y escapan a su refugio: habían olvidado que Mauricio es tierra islámica. Todavía no había ocurrido el atentado de las Torres Gemelas, pero el perspicaz turista de lujo —unas vacaciones en la miseria de los demás, diría Julián Rodríguez—  ya lo vio en los ojos de aquellos hombres “inequívocamente musulmanes”, esto es, malvados.

            Frente a la figura diabólica de los musulmanes, Albiac ha creado un identidad angélica: Israel. La menor insinuación —y hay más que insinuaciones en Naciones Unidas— de que pueda estar cometiendo crímenes de guerra contra los palestinos es una muestra de antisemitismo. Gabriel Albiac, que afirmaba que le pagaban por pensar, no por impartir doctrina, ha abdicado de pensar. No sabemos la razón. Podemos quizá suponerla recordando que, como catedrático de universidad, apenas si ganaba para pagar el carísimo colegio privado de sus hijas; el periodismo —cierto periodismo— parece estar mejor remunerado.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Al itálico modo

 

Sonetos
Feng Zhi
Edición de Javier Martín Ríos
Hiperión. Madrid, 2022.

Fascinado por los sonetos de Rilke, el poeta Feng Zhi quiso trasladar a la literatura china, como Garcilaso a la nuestra siglos antes, esa composición estrófica y en 1942, cuando la guerra chino-japonesa, publicó un libro de sonetos que ahora se traduce por primera vez al castellano. No sabemos cómo sonarán estos sonetos en chino, sabemos que en la versión de Javier Martín Ríos solo conservan del soneto el estar formado por catorce versos, si podemos llamarlos así, de desigual extensión y ninguna sujeción métrica. Y sin embargo, entre esas aproximaciones, algo nos llega de la emoción poética que del original.

            La vida de Feng Zhi —coetáneo de los poemas españoles de la generación del 27— cubre casi todo el siglo XX y está sometida a las turbulencias de unas décadas cruciales en la historia de China. Profesor universitario especializado en literatura alemana, residió en Berlín entre 1930 y 1935, por lo que pudo ser testigo presencial de la toma del poder de los nazis. Tradujo a los más importantes autores alemanes y también era un buen conocedor de la tradición clásica china. Tuvo problemas de censura y autocensura tras la victoria de Mao en 1949, cuando la occidentalización y el experimentalismo pasaron a simbolizar la decadencia burguesa, y sería luego uno de los damnificados por la Revolución Cultural, ese movimiento político que tanto tuvo de histeria colectiva y que, de algún modo, hoy entendemos mejor tras acontecimientos recientes que afectaron a la salud mental del mundo en su conjunto y especialmente de China,

            En los sonetos de Feng Zhi aparecen temas occidentales —Venecia, Goethe, Van Gogh—, pero en su mayor parte enlazan con la tradición de la poesía china. Leídos en traducción, ya sin su armadura formal, a ratos no podrían distinguirse de los poemas de la dinastía Tang. Baste un ejemplo: “Nos detenemos en la cima de la alta montaña / y nos convertimos en un paisaje lejano e infinito, / diluyéndonos en la basta llanura que hay frente a nosotros / y en los senderos entrecruzados sobre ella”. Son poemas que hablan de encuentros y despedidas, de caminos que se pierden en la lejanía, de noches solitarias en la montaña, de unos cachorros de perro recién nacidos. Están escritos cuando el autor ha de abandonar su puesto en la universidad de Shanghai tras el comienzo de la invasión del Japón en 1937, e instalarse en Kunming, con otros muchos refugiados. Pero los desastres de la guerra no asoman a sus versos. O lo hacen de manera indirecta, como en el poema dedicado a Du Fu, que es, como el más conocido Li Bai, uno de los grandes clásicos de la dinastía Tang: “En la aldea desierta sobrellevas el hambre, / a menudo piensas en la muerte que invade los barrancos, / pero, sin embargo, no dejas de entonar cantos fúnebres / por el gran hundimiento del mundo”.

            La Venecia de Feng Zhi tiene que ver poco con la Venecia de tantos otros poetas. Las islas que la componen pasan a ser un símbolo del mundo donde cada soledad es una isla: “Cuando me tomas de la mano / es como un puente sobre el agua. / Cuando me sonríes, / es como si en la isla de enfrente / se hubiera abierto, de pronto, una ventana”.

            Traducir poesía no es un imposible, pero a veces parece estar muy cerca de serlo. Lo que dice el poema es más de lo que dice y por eso una traducción meramente informativa no deja de ser una pseudo traducción. Las mejores traducciones poéticas son obra de dos: alguien que conoce bien la lengua de partida y alguien que conoce muy bien la lengua de llegada. A menudo el traductor se limita a dejarnos entrever el original como a través de un cristal borroso. Los sonetos de Feng Zhi, en la versión de Javier Martín Ríos, no son sonetos y, a menudo, tampoco poemas, pero sí el punto de partida para un poema. El titulado “Eucalipto” comienza así: “Tú, desolado árbol de jade en medio del viento del otoño… / eres una pieza musical que al lado de mis oídos / edifica un solemne templo, / ¡déjame entrar con sumo cuidado!”

            Las traducciones de Martín Ríos son una constante invitación a la reescritura. Yo me he atrevido a intentarla en algunos casos. Copio la de este último poema: “Árbol de jade en medio del otoño, / templo de aroma y música en la brisa, /déjame refugiarme entre tus brazos, / que en torno sopla el vendaval del tiempo. / Firme pagoda bajo el limpio azul, / como un sabio maestro frente a mí / del estruendo del mundo me proteges / y de las turbulencias de mis sueños. / Mientras que tú resistas, yo resisto; / mientras tenga tu mano, no me pierdo, / guía inmortal al centro de mí mismo, / eje en torno al que gira el universo. / Eterno tú y eterno yo contigo / si tus raíces guardan mis cenizas” .

            Hay libros que son solo un punto de partida, una invitación a un viaje que tenemos que hacer por nosotros mismos.

 

 

           

domingo, 4 de diciembre de 2022

Veneración y crítica

 

 

Por una ciega ley del corazón
Antología poética
Francisco Brines
Selección y prólogo Vicente Gallego
Institució Alfons el Magnànim. Valencia, 2022.

El poeta Vicente Gallego, junto con Carlos Marzal uno de más devotos amigos de Francisco Brines durante las últimas décadas, ha preparado una antología del poeta que, aparte de su valor, indudable, se presta a algunas consideraciones. Se centra en la parte de la obra de Brines en la que “mejor queda reflejado su amor por la naturaleza”. Incluye todos los poemas que tienen por escenario la casa de Elca, en la que pasó su infancia luego todos los veranos y al final los largos años de vejez, que “se encuentra situada en un entorno privilegiado, frente al mar azulísimo de Oliva, con el Montgó por horizonte y los valles ardiendo de naranjos entre medias”. Las fotografías de Sara Esteban que ilustran el volumen nos muestran una casa que tópicamente calificaríamos de “viscontiana”. Vicente Gallego nos la describe: “Elca es un caserón del siglo XIX que su padre compró a principios del siglo XX, una construcción sobria, de líneas clásicas, con altos muros de cal e interiores amplios, muy bien contrastados entre luces y sombras. El edificio cuenta además con el generoso patio trasero —del que Paco hizo un espléndido jardín— y con un gran desván donde fue alojando su tremenda biblioteca, que después requirió parte del sótano para encontrar acomodo. Tiene adosada una vivienda para los caseros, disfruta además de una alberca que se utilizaba para el riego de los campos de naranjos colindantes, y en la que el poeta se bañaba de niño en los veranos”.

            El poeta Francisco Brines, a las pocas líneas de comenzar el prólogo, se convierte en Paco, el admirado amigo Paco, con lo que desaparece cualquier distancia crítica a la hora de analizar su poesía. Y no es ello malo en sí mismo. Podía haber aprovechado Vicente Gallego estas páginas prologales para ofrecernos un semblanza del poeta. Lo hace, pero entremezclada con análisis y encomios literarios de dudosa validez, como si la fuerza de la amistad le hiciera perder cualquier sentido crítico. La antología —que contiene algunas de las cimas de la poesía de Brines y de la poesía contemporánea— termina con el poema que cierra su último libro, Donde muere la muerte, que el poeta no pudo terminar de revisar y en el que reúne poemas dispersos escritos a lo largo de un cuarto de siglo, cuando tenia la impresión de que con La última costa ya había dicho todo lo que tenía que decir. El poema se titula “El vaso quebrado”, se dedica a Carlos (Marzal) y Vicente (Gallego), y dice así: “Hay veces en que el alma / se quiebra como un vaso, / y antes de que se rompa / y muera (porque las cosas mueren / también), llénalo de agua / y bebe, / quiero decir que dejes / las palabras gastadas, bien lavadas / en el fondo quebrado / de tu alma, / y que, si pueden, cante”.

Para Vicente Gallego este poema es uno de los mejores de su autor, “un prodigio de síntesis y de precisión, tan pleno de significado y a la vez tan desnudo de palabras, tan vibrante en su recogimiento. En él quedan puestas de relieve, tanto su concepción mistérica de la poesía como el grado último de despojamiento expresivo al que le condujo su poesía”. Y refiere luego la anécdota que está en el origen del poema: “Contaba Paco que un día se le cayó al suelo, rajándose, un vaso que nunca antes había utilizado, así que —con ese talante amoroso que lo caracterizaba— pensó llenarlo de agua y beberla, aunque fuese la primera y última vez que lo haría, de modo que aquel vaso pudiera cumplir con la función para la que había sido concebido”. Una anécdota que puede reflejar las manías de una persona, que parece que si tiene una docena de vasos en casa procura beber cada día en uno para que ninguno se sienta “frustrado”, pero que no sirve para elevar a categoría ni simbolizar ningún “talante amoroso”. Vicente Gallego continúa su ponderación: “Solamente un maestro sería capaz de emplear con tal delicadeza el simbolismo en que respira este poema, evitando que el procedimiento se convierta en camisa de fuerza y ahogue la espontaneidad de la palabra. Todo está vivo y dicho aquí sin recurrir al subrayado, en la pureza del sentir y compartir. El vaso quebrado es el alma que aspira al más alto don, el canto, ya que el alma es el recipiente en que bebemos las aguas frescas de la poesía”. Y no se vayan porque aún hay más: “Llegar a respetar un vaso de tal manera es patrimonio de espíritus cristalinos, los grandes gozadores de este mundo”. ¿Un espíritu cristalino es el que bebe en un vaso rajado, con riesgo de cortarse, antes de tirarlo? ¿Los grandes gozadores de este mundo hacen eso?

Parece que en la poesía, en lo que algunos llaman poesía, y en la crítica de poesía, en lo que algunos llaman crítica de poesía, cualquier vaguedad y cualquier pretenciosa hipérbole tienen su asiento. Vicente Gallego ni siquiera se ha dado cuenta de que en ese poema, que no haría de Brines el gran poeta que es si no hubiera escrito otras cosas, hay un error de construcción, fácilmente subsanable por otra parte: el sujeto de “se rompa y muera” nos es “vaso” —como pide el sentido—, sino “alma”. Por descuido, el poeta no ha dicho en los primeros versos lo que quería decir y por veneración nadie en la editorial se ha atrevido a corregirlo.

            Hay más casos en que el amigo del poeta y el estudioso de su poesía se entremezclan de mala manera. Cuando habla de las admiraciones literarias de Brines, no distingue entre las que se manifiestan en sus versos y en su obra crítica de lo que quizá le oyó en alguna conversación. ¿De verdad reconocía Brines “estatura de gigante” a Neruda en los sonetos’? ¿De verdad consideraba a Ángel González un poeta “de segundo plano” entre los de su generación, “un poeta más superficial, menos de segunda lectura”? ¿De verdad era lector asiduo de Gonzalo Rojas, Fina García Marruz y Blanca Varela? Habla el amigo de Paco, no el estudioso de su poesía o de su ensayos, donde no parece quedar ningún eco de esas preferencias.

            La veneración acrítica no es la mejor manera de acercar un autor, que se va alejando en el tiempo, a los lectores contemporáneos.

jueves, 1 de diciembre de 2022

El editor artista o el enfado de Sciascia

 

La felicidad de hacer libros
Leonardo Sciascia
Edición de Salvatore Silvano Nigro
Libros del Kultrum. Barcelona, 2022.

Raro oficio el de editor porque no es un oficio, sino varios, al frente de los cuales están un empresario y un artista. Una editorial, pequeña o grande, es como cualquier otra empresa: fabrica, en sentido amplio, unos productos que ha de colocar en el mercado y cuyos ingresos han de ser superiores a los costes, dar beneficios. ¿Se requiere ser experto en lavadoras para ser dueño de una empresa de lavadoras? No necesariamente; basta con poner al frente a la persona adecuada. ¿Tiene que ser un gran lector un editor o el dueño de una librería, o de una cadena de librerías, por citar otra actividad relacionada con el libro y, por ello, un tanto mitificada? Puede serlo, como Janés, o no serlo, como parece que no lo era José Manuel Lara.

            En 1969, Enzo y Elvira Sellerio crearon en Palermo la editorial a la que dieron su apellido. De dirigirla se ocupó desde el principio el escritor Leonardo Sciascia, gran amigo de ambos, aunque nunca figuró formalmente como tal ni cobró por ello. Sciascia creó colecciones, seleccionó los títulos a publicar, revisó traducciones y escribió los paratextos, no solo las solapas —hoy contraportadas— de los libros, sino también textos para marca páginas, para los comerciales, incluso se ocupó de la relación con los autores. Sellerio fue así tan obra propia como cualquiera de sus libros. Editaba obras breves, semejantes a las que escribía, muchas veces centradas en Sicilia (una isla que es un género literario en sí misma), rarezas a las que había llegado por su pasión de bibliófilo, obras colectivas dirigidas y prologadas por él. Suyos eran los títulos de las colecciones y a él se debía el rescate de trabajos perdidos en revistas eruditas.

            En 2003 se reunieron por primera vez los textos anónimos que Sciascia había publicado en Sellerio; se reeditaron, aumentados, en 2019. Ahora se traducen al español con el añadido de un prólogo de Giovanna Giordano, que es una espléndida pieza literaria en sí mismo.

            En uno de los capítulos de su libro La marca del editor, Roberto Calasso escribió: “La solapa es una forma literaria humilde y difícil, que espera todavía quien escriba su teoría y su historia. Para el editor suele ser la única ocasión de señalar explícitamente los motivos que le han impulsado a escoger un libro determinado. Para el lector es un texto que se lee con sospecha, temiendo ser víctima de una seducción fraudulente”.

            Las solapas de Leonardo Sciascia tienen a menudo un valor independiente, se leen como los apuntes de uno de sus libros de apuntes, Negro sobre negro, por ejemplo. Pero otras veces entran en precisiones que parecen más propias de una nota a pie de página, carecen de ese valor promocional —la solapa forma parte de la publicidad editorial— que parece intrínseco al género.

            La solapa es un arte, y si no está —no puede estar— siempre redactada por el editor, en el segundo de los sentidos del término, el de director literario, ha de estar siempre revisada por este, especialmente si, como ocurre a menudo, quien redacta el primer borrador es el propio autor. Roberto Calasso, un editor artista que ha reunido en volumen las solapas que escribió para su editorial Adelphi, las definió como “una estrecha jaula retórica, menos esplendente pero no menos severa que la que puede ofrecer un soneto”, que debe constar de una pocas palabras eficaces “como cuando se presenta un amigo a un amigo”.

            No solo aparecen solapas en La felicidad de hacer libros —hermoso título—, sino también “Fichas de presentación de las colecciones”, “Textos del editor” o los prologuillos a los trabajos seleccionados en dos libros colectivos, uno sobre los escritores y el fascismo y otro, en varios volúmenes, sobre Sicilia.

            No todas estas prosas rescatadas tienen, ni mucho menos, el mismo interés y es seguro que Sciascia no habría dado el visto bueno a un volumen semejante. O no lo habría dado sin una adecuada selección. A veces, lo que más nos interesa es cierto material un poco caprichosamente añadido. Los dos artículos sobre la estancia en Nápoles de Oscar Wilde, poco conocidos por su biógrafos, por ejemplo. Uno de ellos es una diatriba moralizante, pero el otro, aparecido también en 1897, ofrece un curioso retrato del escritor: “Lo extraño de aquel hombre se percibe cuando dirige la palabra: uno de los dientes incisivos superiores, más exactamente el incisivo medio de la izquierda, es una única pieza de oro afianzada a la encía, el oro también cubre algún otro diente picado; cuando el esteta abre la boca, el metal destella extrañamente”. Y la extensa nota dedicada a presentar a Pietro Pisani, en el volumen Delle cose di Sicilia puede incluirse entre los más sugerentes ensayos de Sciascia.

            La idílica relación de Sciascia con los Sellerio –“iba a la editorial y se quedaba horas y horas reflexionando sobre papeles antiguos, buscando conexiones entre esos legajos y los tiempos modernos”— se quebró al final, nadie sabe por qué —“en Sicilia se dice y no se dice, casi nada es explícito”—, pero Giovanna Giordano aventura una explicación. Había un pacto tácito entre el escritor y la editorial: no era un colaborador que cobrara por su trabajo, pero era él quien elegía los libros o daba el visto bueno. Un día Sciascia tiene que hacer un viaje y a su regreso se encuentra con unos títulos publicados sin su imprimátur, “y se enfada, se entristece y se va”. Y Sellerio deja de ser Sellerio, aunque siga llamándose de la misma manera.



jueves, 24 de noviembre de 2022

Un personaje en busca de autor

 

 

Dos años entre los bolcheviques y otros textos sobre la URSS
Helios Gómez
Edición de Esther Lázaro Sanz
Renacimiento. Sevilla, 2022.

Quien comience a leer este libro por el primer capítulo, como suelen hacer la mayoría de los lectores, es difícil que se anime a seguir leyendo. Se trata de una larga entrevista al autor publicada en junio de 1934, tras pasar dos años en la URSS. Todo en ella es edulcorada propaganda. Los gulags se presentan casi como colonias vacacionales: “Los que sabotean el régimen son objeto de ‘deportación administrativa’. Son llevados a las colonias previamente fijadas y allí son puestos en libertad absoluta. Pero si no quieren morirse de hambre, si quieren vivir, tienen que trabajar, simplemente. Los campos de concentración están generalmente establecidos cerca de los sitios donde se construyen carreteras, canales, o se crean industrias. A los deportados se les dice: ‘Aquí abajo está el trabajo, la vida. Si no queréis morir de hambre, coged el pico y la pala’. Los que son llevados allí son gente que ha cometido robos, traficantes, etc. Muchos de ellos, una vez extinguida la condena, familiarizados con el trabajo, prefieren quedarse allí que no volver a la ciudad. Ya tienen asegurada su manera de vivir”.

            El autor, Helios Gómez, antiguo militante anarquista, sabía de qué hablaba, pero no tenía inconveniente en mentir a sabiendas. Era uno de los más destacados representantes del expresionismo proletario —impactantes estampas en blando y negro— y un hombre de tanto encanto personal como pocos escrúpulos. En La novela de un literato, el fascinante friso que Cansinos Assens dedicó al primer tercio del siglo XX, aparece entre sablista y provocador: “Aquí no hay más solución que matar a don Alfonso… Yo he venido a matar a don Alfonso, pero no tengo dinero para comprar una pistola… Si me lo dais ustedes, lo quito de en medio”. Ya proclamada la República, sigue siendo igual de expeditivo. En una conferencia en el Ateneo de abril del 32 —lo refiere Luis de Sirval , expone sus teorías “artístico-proletarias” y la solución que encuentra para que el arte español adquiera un sentido social es “fusilar a José Ortega y Gasset”.

            Helios Gómez había nacido en Sevilla, en 1905. Trabajó primero como ceramista, participó casi desde adolescente en las revueltas sociales, conoció muy pronto la cárcel. Con la dictadura de Primo de Rivera se exilió por primera vez. En París alcanzó cierta pintoresca notoriedad porque vendía sus dibujos vestido de torero. Presumía de su gitanismo, aunque no es seguro que lo fuera. Siempre tuvo mucho de pícaro con gracia. “Como no conocía ni una palabra de francés —cuenta el escritor belga Max Deauville, uno de sus primeros protectores—, para pedir lo que quería en los restaurantes, dibujaba en las cartas tortillas, tomates, patatas fritas y bistecs. Su primera exposición en París fue organizaba por un camarero que colgó en las paredes de su establecimiento estos dibujos.

            Visitó por primera vez la URSS en 1928 y le comentó en carta a Max Deauville sus impresiones, poco favorables. Este no tuvo inconveniente en publicarlas en 1930, el mismo año de la “conversión” fervorosa del autor al comunismo. Ramon J. Sender le conoció en Moscú y quedó tan fascinado con su personalidad que lo evocó en varias obras y acabó convirtiéndolo en protagonista de uno de sus relatos, “Germinal”, incluido en el libro de 1970 Relatos fronterizos. Nos lo presenta como un hombre “gallardo, atlético, muy calé en el estilo clásico, con un gracejo de pillo callejero”. Parece que se ocupaba de censurar los textos escritos en español.

            De la belleza física de Helios Gómez, de su encanto personal, hay abundantes testimonios. Teresa Rebull, cuya familia lo tuvo alojado en casa en tiempos de persecución política, lo recuerda “guapísimo y muy joven”, con algo de bailarín de flamenco. En los comienzos de la guerra civil, tuvo una actuación destacada (aparece fotografiado por Agustí Centelles en una de las barricadas barcelonesas). Henriette Nizan lo recuerda así: “Nosotros llegamos al fin al hotel Colón. Ante del hotel, barricadas hechas de pilas de sillas metálicas. Detrás de las pilas, milicianos armados. Pero, delante, vimos a un hombre soberbio vestido con un mono blanco de aviador, la cintura prieta en un gran cinturón de muaré rojo adornado con flecos de oro, evidentemente robado de una iglesia. El bello aviador era Helios Gómez, un amigo pintor que conocimos en la URSS”. El comienzo de la guerra fue un momento glorioso para muchos, que creyeron que había llegado el momento de hacer realidad la utopía revolucionaria. Helios Gómez actuó como comisario político y el 22 de diciembre de 1936, cuando la consigna era resistir a cualquier precio en una determinada posición, se enfrenta a un capitán de ametralladoras, José Arjona Sánchez, que manifiesta alguna discrepancia, y tras desarmarle “le mata de un tiro”, según leemos en el prólogo de este caótico y fascinante volumen.

            Todo un personaje Helios Gómez, que merecía protagonizar algo más que el relato de amor, celos y rebuscada venganza que le dedica Sender, una crónica como la que Chaves Nogales dedicó al maestro Juan Martínez o una novela barojiana.

            Como escritor vale menos que como personaje, aunque no resulta enteramente desdeñable. De su extenso reportaje “Dos años entre los bolcheviques”, publicado por primera vez en una revista barcelonesa —Helios Gómez tuvo mucha relación con el nacionalismo catalán—, se salvan los pasajes en que el autor se olvida de hacer propaganda y nos muestra cómo era entonces la vida en Rusia, Inolvidable resulta la “estampa goyesca” que descubre en el interior de una gigantesca estatua de Lenin, donde vagabundos de todas las edades y de todo tipo, cubiertos con estrafalarios harapos, ayudaban a descuartizar dos perros en trozos pequeños que después de pesar en una improvisada balanza envolvían en trozos de periódicos.

De notable interés es también el sorprendente poema “Erika”, lírico y narrativo, que cuenta una historia de amor —con mucho de autobiográfico— entre dos revolucionarios en la Europa de los años treinta, una historia que comienza en Odesa y termina en el Berlín nazi, pasando por Moscú, Londres y otras ciudades como Rotterdam o Amberes.

            Tras la guerra civil, Helios Gómez marchó al exilio, para regresaren 1942  a España, donde entró y salió de la cárcel y parece que actuó como confidente de la policía hasta su muerte en 1956. Era un personaje en busca de autor y este libro preparado por Esther Lázaro Sanz, con sus minuciosos apéndices, puede leerse como el borrador de una fascinante novela de no ficción aún por escribir.



jueves, 17 de noviembre de 2022

Las cuentas claras

 

Un hogar en el libro
Antonio Rivero Taravillo
Newcastle Ediciones. Murcia, 2022.

Las librerías, como todas las especies en peligro de extinción, gozan de muy buena prensa. Abundan las novelas, las películas, que tienen por protagonista a un heroico librero o librera, alma de su barrio, consejero espiritual de sus clientes más que clientes amigos, que lucha contra feroces dragones: las inmobiliarias, las cadenas de estandarizadas librerías o de comida rápida.

            La realidad se parece poco a esa idealización romántica, que encandila sobre todo a quienes hace tiempo que han perdido la costumbre de frecuentar librerías.

            Antonio Rivero Taravillo, en Un hogar en el libro, deja constancia de su paso por una librería que, aunque formaba parte de un gran grupo, tenía un carácter singular: la Casa del Libro, de Sevilla, inaugurada con él al frente en 2001 y de la que fue despedido, con quizá no muy buenos modos, cinco años después. No ha pasado mucho tiempo, ni siquiera dos décadas, y ya el mundo es otro, ya no sería posible una experiencia semejante.

            Un hogar en el libro tiene algo de novela de no ficción con un toque de relato costumbrista que a veces se aproxima al género negro. No escasean los ajustes de cuentas, a los que tan propicia resulta esta clase de obras, pero sin exceso de nostalgia: aquel abrupto final supuso un principio. A partir de entonces. Antonio Rivero Taravillo se convirtió en un escritor profesional, cultivador de los más diversos géneros, de la poesía al relato de viajes y a la novela; también biógrafo (a él se deben las precisas biografía de Cernuda y Cirlot) e incansable traductor.

            La Casa del Libro original, fundada en los años veinte, fue la primera gran librería española y está ligada a la historia de nuestra cultura. Baste decir que en el edificio de la Gran Vía madrileña, que se construyó exprofeso para albergarla, estaba la redacción de Revista de Occidente y tenía su despacho Ortega. Cuando la compró el grupo Planeta, decidió convertirla en el centro de una cadena de librerías.

            Antonio Rivero Taravillo no solo nos cuenta los avatares de la inaugurada en Sevilla, en el mejor lugar, con una gran inversión que desde el principio comenzó a ser rentable, también ofrece capítulos de su autobiografía, centrándose especialmente en su iniciación lectora.

            Aunque experto en literatura de lengua inglesa (especialmente irlandesa), aunque reconocido traductor, aunque dirigió durante una década una librería inglesa de Sevilla, nos sorprende indicándonos que no terminó sus estudios universitarios. No es el único caso —ahí está, por ejemplo, Juan Manuel Bonet— de quien sin llegar a licenciarse ocupa los más destacados puestos de su especialidad. Algún día habrá que indagar en la relación entre el desarrollo de ciertos plurales talentos y la falta de ciertos requisitos administrativos que les evita presentarse a oposiciones muy a menudo castradoras.

            El negocio del libro puede no ser un negocio como los demás, pero es también un negocio que, como cualquier otro, necesita ser rentable para poder subsistir. El éxito de la Casa del Libro sevillana, en la etapa en la que la dirigió Rivero Taravillo, se debió a que no solo tenía los libros que se encuentran en cualquier otra librería, los libros de gran venta, sino también muchos que solo se encontraban en ella —ediciones minoritarias, incluso de autor, rarezas varias—, y a ello se añadía una buena selección de revistas literarias, que dejan poco margen de ganancia, pero que fidelizan a algunos de los mejores lectores. Además quiso convertirla en un centro cultural, donde no solo hubiera las habituales presentaciones, sino también talleres literarios y otras actividades.

            Pero no solo habla de la librería a la que logró impregnar de su personalidad Rivero Taravillo. También se ocupa de la competencia, especialmente de la cadena sevillana Beta, que descalifica con trazos gruesos, y de las nuevas editoriales que se fueron creando por entonces, Lo hace sin obviar pequeños detalles que otros habrían tenido el cuidado de evitar. De la editorial Periférica dice “que se benefició en su difusión, al menos en el suplemento Babelia, de que el recientemente fallecido Julián Rodríguez fuera hermano del redactor Javier Rodríguez Marcos”.

            Hay elementos de novela negra. Comenzaron a llegar correos falsos en los que supuestamente Rivero Taravillo denigraba a escritores y colegas, anónimos a su pareja denunciando líos de faldas, acusaciones de acoso sexual. Cuando lo denunció a la policía, el agente que le atendió le dijo: “En estos casos, el culpable suele ser quien la víctima cree que es”. Y el autor deja pistas para que sepamos quién fue. Como en cualquier historia, no faltan las amistades traicionadas: “No descubro nada si agrego que hay personas que llevan muy mal saber que deben algo a alguien”.

            La experiencia concluye con un giro de guion, “tan trágico como el nudo argumental de una tragedia de Shakespeare”. Pero finalmente todo fue para bien, según ya hemos indicado, y si el negocio editorial perdió a quien podía haber sido un importante ejecutivo, la literatura ganó a un autor estajanovista y polifacético.