Manuel Alberca
Los diarios íntimos de la gente
corriente
Una escritura invisible
Consejo Superior de Investigaciones
Científicas. Madrid, 2026.
Manuel
Alberca, catedrático de literatura que ha dedicado la mayor parte de sus
investigaciones a la literatura autobiográfica y autor de una magistral
biografía de Valle-Inclán, publica ahora una “investigación científica” (la
avala el Consejo Superior de Investigaciones Científicas) con el título de Los
diarios íntimos de la gente corriente y un subtítulo que aclara que se
trata de “una escritura invisible”. Pero si su libro tiene algún interés –que
lo tiene, y mucho-- no es por su presunta ciencia, por la investigación
sociológica –en la estela del estudioso francés Philippe Lejeune, su maestro-- sobre
los diarios que escribe la gente común no destinados a la publicación. Para
ello haría falta algo más que “llamamiento lanzado a través de dos revistas
literarias: Lateral y Qué leer” durante 1998. El carácter
representativo de la muestra queda invalidado porque se seleccionan solo
diaristas con inquietudes literarias (los que leen esas revistas) y por el
tiempo que ha pasado desde que se realizó la encuesta, un tiempo en que se
generalizaron fenómenos que tanto han afectado a la divulgación de la intimidad
de la gente, corriente y no corriente, como las redes sociales. Lo mismo podría
decirse de otra encuesta, esta más rigurosa, pero no menos limitada, sobre “la
práctica del diario en el ámbito escolar”, realizada en 1995. Esas encuestas,
si se consideran de interés, deberían repetirse hoy, sobre un ámbito mayor, no
solo sobre estudiantes malagueños, y realizadas por sociólogos y especialistas
en sondeos, no por un profesor de literatura, que es como se nos presenta
Manuel Alberca.
En Los diarios íntimos de la
gente corriente interesa más todo lo que no se refiere a los diarios
íntimos de “la gente corriente” (una expresión que debería ser matizada), sino
a la historia del diario íntimo como género literario, historia que Manuel
Alberca conoce muy bien y resume a la perfección. Analiza además, con buen
tino, algunos diarios concretos, como el de Laura Freixas.
En tanto que teórico, sin embargo,
incurre en algunas contradicciones y como crítico literario de diaristas
actuales en juicios de valor un tanto extemporáneos. “El diarista literario,
por lo general, elige su perfil más favorable y evita o disimula los rasgos negativos”,
afirma. Eso caracteriza al ser humano y ocurre en cualquier diarista, literario
o no (aunque no falten los que gustan de flagelarse), pero lo curioso es la
manera que tiene de ejemplificarlo con, entre otros, el caso de Andrés
Trapiello, quien –según Alberca—“se presenta en sus diarios intrigante y
zorruno, taimado y avieso”. Pues si ese es su lado positivo, cómo será el
negativo.
Los diarios tienen un doble valor:
documental y literario. Para el primero importa mucho que se mantengan las
fechas de cada anotación, los nombres propios y que no se introduzcan elementos
de ficción; para el segundo, todo eso importa bastante menos. Muy significativo
resulta que el más conocido de los diarios españoles contemporáneos, el Salón
de los pasos perdidos, de Andrés Trapiello, se subtitule “una novela en
marcha”, y eso es: una serie novelesca –una especie de episodios personales y
nacionales, a la manera galdosiana-- basada en hechos reales anotados día a día
por el escritor y algunos años después reelaborados. El que Alberca prefiera
otro tipo de diarios no le debe enturbiar su valoración.
Muchas de sus afirmaciones resultan,
cuando menos, discutibles: “El diario constituye las manifestación más
personal, espontánea, accesible, numerosa y democrática del genero
autobiográfico: solo se necesita un bolígrafo y un cuaderno o un ordenador
personal, y ganas de escribir sobre sí mismo”. ¿Y qué se necesita para contar
la propia vida, para escribir un relato autobiográfico? Otra cosa es que ese
diario o esos recuerdos del tiempo ido interesen a alguien más que al que los
cuenta.
A veces se confunde el diario con
las anotaciones en una agenda: dejar constancia de las reuniones, de las
lecturas, de los hechos de cada día no es exactamente llevar un diario, sino un
“ayuda memoria” por si algún día queremos escribir una obra memorialística.
Solo en casos excepcionales esos apuntes para unas futuras memorias tienen
valor en si mismos, como ocurre con las prodigiosas Memorias políticas y de
guerra de Manuel Azaña. Llevar un diario de verdad –que es algo más que
anotar fecha y hora de nuestras actividades cotidianas-- requiere seleccionar
entre los acontecimientos del día los más significativos, convertirlos en
palabra, reflexionar sobre ellos. No es mas espontáneo ni está más al alcance
de cualquiera que escribir, por ejemplo, un poema. También podría realizarse
una investigación sobre “los poemas de la gente corriente”, esa otra “escritura
invisible”, en buena parte de los casos muy a pesar de sus autores.
Manuel Alberca, que se interesa
sobre todo por el valor documental del diario, considera que lo que en él se
escribe en un determinado momento “no debe ser modificado nunca”. Olvida la
labor de edición que cualquier texto necesita para convertirse en libro. En el
caso del diario esa labor puede realizarla el propio autor o una persona
distinta. El autor que decide publicar un diario no destinado en principio a la
publicación debe decidir qué anotaciones publica y cuáles deja fuera por
intranscendentes, qué frases debe corregir para ser más precisas (lo que era
claro para él puede no serlo para el lector), qué nombres debe mantener y
cuáles sustituir por una inicial para evitar daños colaterales, etc. Cuando se
trata de un diario póstumo, esa labor resulta igualmente imprescindible, pero
en ese caso debe dejarse constancia de cada intervención.
Curiosa resulta también su
distinción entre “diarios masculinos” y “diarios femeninos”. Al parecer, el
diarista masculino “no se adentra en la interpelación de la mismidad”, sea eso
lo que sea, “ cubre con un velo sus sentimientos personales” (algo desmentido
por la mayoría de los diarios, comenzando por el más famoso, el de Amiel).
Conviene no tomar la palabra ciencia
en vano. Los estudios literarios necesitan conocimiento y rigor y no incurrir
en generalizaciones o teorizaciones abusivas. También sentido común y evitar,
en lo posible, los gustos y opiniones personales.














