viernes, 14 de febrero de 2020

Poesía y parapoesía o el caso de Jaime Siles



Arquitectura oblicua
Jaime Siles
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2019.

En algunas librerías, la sección de poesía se ha dividido en dos. En una está la poesía de siempre, la poesía seria, la que gana premios; en otra, la poesía que se vende, la que circula por Internet, la que llena los espacios –a menudo poco convencionales– en que se recita o canta. Algunos, desdeñosamente, han acuñado el término de “parapoesía” para referirse a este segundo tipo.
            Pero los juicios de valor no pueden hacerse en conjunto, sino obra a obra. El que una poesía sea minoritaria no garantiza su calidad; el que cuente con miles de lectores entusiastas, aunque se trate de adolescentes, no puede servir para minusvalorarla.
            Jaime Siles ejemplifica bien al poeta culto. La solapa de su último libro enumera todas las universidades de las que ha sido profesor y también todos los idiomas que domina y de los que traduce, nada menos que nueve: griego clásico, latín, griego moderno, francés, italiano, catalán, portugués, inglés y alemán. Los premios que ha obtenido –desde el inicial Ocnos para Canon hasta el reciente Jaime Gil de Biedma– son también numerosos. En los años setenta, era uno de los puntales de la novísima poesía española, junto a Gimferrer, Carnero o Colinas. Medio siglo después, cuesta encontrar un poema que se sostenga en pie en sus libros de poemas, aunque su prestigio –para los estudiosos de la poesía, que no para los lectores– continúe intacto.
            De dos tipos son los textos que se incluyen en Arquitectura oblicua. En un caso se trata de poemas rimados, por lo general de arte menor (romances y romancillos), con un acusado tono vintage: a veces nos recuerdan al garcilasismo de los años cuarenta e incluso a la poesía rococó de un Meléndez Valdés. Copio los primeros versos de “Bucólica”: “Estuve aquí cuando esto era un prado / y no crecía en él ninguna rosa. / Estuve aquí cuando iniciaba mayo / su más furtivo florecer de rosa. / Estuve aquí cuando no había prado / ni mayo erguía sus colores rosa. / Estuve aquí cuando en este prado / mayo pintaba su fulgor de rosa”. Y así sigue, con “el mismo prado y la misma rosa” (eso dice su último verso) durante todo el poema. Aunque para muestra basta un botón, añado algunos más: “Se cierra el clavel / y yo dentro de él”, comienza “Mise en mots”; en “Tres poemas sicilianos” nos encontramos con una palmera que anota algo “en su carnet de baile”; hay también un río de “breve voz / dulce y doliente” y una cancioncilla neopopular: “Olivares del Júcar: / rosada nieve. / Olivares del Júcar: / de blanco verde” y así continúa (“de cielo agreste”, “de tintes tenues”) hasta concluir con un caprichoso (la pregunta podría ser cualquier otra siempre que respetara la rima) “¿dónde mi muerte?”
            El gusto por la rima, una rima a menudo gratuita y ripiosa (“Para que me refleje / su cordillera andina / la memoria me teje / su sombra submarina”), quizá herencia postista (a Carlos Edmundo de Ory le dedica un homenaje), caracteriza a la mitad del libro, de la que apenas si se salvan un “Apunte sevillano”, evocación del poeta Fernando Ortiz que recuerda a los poemas de circunstancias de Manuel Machado, y algunos apuntes viajeros que no se pierden en la gratuita divagación (“Invierno en Clermont”. “Cabo de Gata”).
            Alternando con estos poemas de versificación tradicional y reiterado y algo caprichoso sonsonete, hay otros de tono ensayístico, de un versolibrismo cercano a la prosa, que parecen reflexionar sobre cuestiones metapoéticas y metafísicas. Extensos y algo descosidos, cuesta llegar hasta el final. Copio los primeros versos de los más de cien de “Espejo roto”: “Como columnas en la luz se alzan / las ruinas de lo que fuera un muro, / la solidez de un resistente arco / o las volutas de un pisoteado capitel / en los que la unidad de un todo destruido / permanece más bella aún que en su realidad / porque del ser existen solo los fragmentos / y la visión de lo disperso y roto multiplica / sentido y sensación / pues solo en la ruina de las cosas / la belleza se nos permite ver”.
            Parece que estamos leyendo algo muy profundo, pero la conclusión es cuando menos poco convincente. ¿Solo en la ruina de las cosas se nos permite ver la belleza? ¿No hay belleza en un bosque, en un cuerpo humano, en Las meninas, en una catedral que el tiempo ha respetado?
            Nada resiste a una lectura atenta en este poema que glosa cuestiones más o menos trascendentales: “Los dioses creían en sus dioses / solo porque tenían sus estatuas: / nosotros creíamos en el arte / porque nos daba la sensación de un yo / visible solo en los márgenes / de sus imágenes borrosas y en aquel flujo / de opacas percepciones de uno mismo / que parecía devolvernos / desde un fondo de vitrales rojos, / la misteriosa luz de un rosetón”.
            Relea el lector estos versos y verá que son tan absurdos como en una primera lectura parecen. El poema, tras una sucesión de afirmaciones semejantes, termina con este dístico: “Es en la terza rima donde naufraga el nombre / como en el ser siempre naufraga el yo”. Por supuesto, nunca se ha aludido antes a la “terza rima”.
            Hay poesía que se lee –la de Marwan, la de Elvira Sastre, la de Ajo, la de Karmelo C. Iribarren– y que suelen mirar ciertos críticos por encima del hombro; hay poesía que no se lee, aunque resulte muy premiada y prestigiada, y que quizá no merece ser leída.
           


jueves, 6 de febrero de 2020

Sobras completas



Instantáneas
Claudio Magris
Traducción de Pilar González Rodríguez
Anagrama. Barcelona, 2020.

Menos es más, según la manida frase de Mies Van der Rohe, pero no siempre. A veces es menos, mucho menos.
            Instantáneas, la más reciente obra de Claudio Magris, constituye un buen ejemplo de ello. Reúne artículos, escritos entre 1999 y 2016, que muy bien podían haberse quedado en las efímeras páginas en que aparecieron por primera vez.
            No todos son enteramente desdeñables, se salva alguna viñeta autobiográfica, algún apunte viajero, pero la mayoría o se ocupan de trivialidades, como la falta de urinarios públicos en Trieste y otras ciudades, o fracasan estrepitosamente cuando tratan de convertir la anécdota en categoría.
            “La escritura, prohibido el paso” nos refiere un encuentro del autor con los presos en una cárcel de Trieste. Uno de ellos, que cumple “grave pena por homicidio”, le dice que hay una diferencia fundamental entre los autores como él y los presos que escriben. Unos lo hacen para comunicar; los otros “para tener algo que sea nuestro, solo nuestro, fuera del control que obliga a someter cada trozo de nuestra vida y de nuestra realidad a los rayos X. Aquí no hay nada mío, solo mío; mi existencia está hecha para ser desnudada, cacheada, fichada. En cambio, lo que escribo es solo mío; no se lo enseño a nadie, jamás se lo daría a leer a nadie, es un mundo mío, donde los carceleros, la ley, los jueces, los otros prisioneros, todos los demás no pueden entrar. Y sobre el papel me siento libre, sin guardianes, sin nadie que me expropie de mí mismo”.
            ¿De verdad le dijo eso un preso? Resulta bastante dudoso, parece más bien un pretexto mal inventado para las banalidades que vienen a continuación sobre Facebook y la intimidad. ¿Dónde iba a guardar un preso lo que no quiere que lea nadie? ¿Qué rincón secreto hay en la celda al que no llegue la curiosidad de un compañero, que no sea revisado por los guardianes? ¿Qué preso puede pensar que, escribiéndola, guarda para sí mismo su intimidad? Solo quien no conozca el régimen carcelario puede inventar algo así.
            Quienes admiraron El Danubio, esa historia de un río que es en buena medida el alma de Europa, no deben leer este libro. La pobreza conceptual del autor queda patente en cuanto trata de levantar un poco el vuelo de aquello que cuenta, a veces con cierta gracia (como en la anécdota sobre la emperatriz Sissi y los poemas que supuestamente le dictaba Heine).
            En “Intraducible” nos refiere una anécdota que considera “genialidad inconsciente e intraducible”. Un niño de poco más de dos años, Isacco, está correteando con una niña algo menor, Vera: “Cuando el abuelo. mirando al cielo, que va clareando tras la lluvia recién acabada, se dice a sí mismo, a media voz inteligible para quien está cerca, ‘Llega primavera’, el niño, que estaba corriendo, se para, se vuelve y le dice dulce pero firme: No, primero Isacco”.
            La confusión tiene sentido en italiano: el abuelo dice “primavera”, el niño entiende “prima Vera” (primera Vera) y responde “no, primo Isacco” (primero Isacco). ¿Una genialidad inconsciente? Una gracia banal, simplemente.
            ¿Hacen falta más ejemplos? En “Selfi”, un vehículo bloquea la salida del garaje, un conductor impaciente toca el claxon, sale luego de su coche se acerca al otro y ve que en él “solo hay una niña de unos siete u ocho años. Está acurrucada detrás, con expresión inquieta, casi espantada; murmura que su mamá se ha ido un momento y volverá enseguida. El iracundo bloqueado se impacienta por momentos, pregunta a dónde ha ido la madre, a qué tienda; la niña no lo sabe, él toca el claxon del coche, a ella se le saltan las lágrimas, él toca y toca y dice que va a llamar a los guardias”.
            Cualquiera que le viera llamaría a la policía: abrió la puerta de un vehículo ajeno, asustó a una niña que había dentro y se puso a tocar furiosamente el claxon de ese coche. Continúa el relato: “Ella es una cervatilla atemorizada; él, inclinándose sobre el parabrisas, amenaza de nuevo con llamar a los guardias y ve su reflejo en la luna del coche”. Y entonces ocurre la sorpresa. Resulta que el psicópata que amenaza a la niña es el propio autor, que cambia de la tercera a la primera persona al contemplar: “Me doy cuenta de que nunca me he visto tan feo y desagradable y, mientras veo llegar apresurada y nerviosa a la conductora, también ella molesta por la situación, me alejo deprisa de su coche y para evitar el encuentro desaparezco unos segundos en la oscuridad del garaje”.
            Nos imaginamos –el autor no– que quien entonces llamaría a la policía sería la madre: ha visto cómo un desconocido abre la puerta de su coche, amenaza a su hija y luego escapa escondiéndose “en la oscuridad del garaje”.
            ¿Ha leído alguien críticamente este conjunto de olvidables naderías? No sabemos si el autor –aunque resulta dudoso–, pero desde luego ningún responsable en la editorial italiana ni en la española. ¿Claudio Magris es un autor de prestigio con un público asegurado? Pues se publica todo lo que envíe su agente, aunque sean “sobras completas” (el juego de palabras es de Savater, autor también de algún que otro producto editorial sin demasiada solvencia). Los suplementos culturales también lo elogiarán sin necesidad de leerlo. Conviene dejar constancia de que el rey, en este caso y en tantos otros (casi todo el último Umberto Eco), está desnudo.


sábado, 1 de febrero de 2020

Hotel Tánger


Un cierto Tánger
Fernando Castillo
Confluencias. Almería, 2019.

¿Solo es posible escribir de Tánger desde la nostalgia? Pocas ciudades con tanta literatura, pocas quizá también tan falseadas por la literatura. Los buenos días perdidos serían, en Tánger, los del colonialismo, camuflados con un estatuto de ciudad internacional.
            Durante largas décadas, Tánger fue un paraíso fiscal, un refugio para los heterodoxos sexuales, un hotel de lujo a precios económicos en el que solo el servicio era indígena.
            El pasado glorioso de Tánger es, en buena medida, un pasado de explotación y miseria, pero no por eso menos fascinante desde el punto de vista literario. El arte y la moralidad siempre han tenido unas relaciones peculiares. Admiramos al ciudadano ejemplar, pero no pagaríamos la entrada para ver una película inspirada en él ni compraríamos una novela en la que fuera protagonista.
            Fernando Castillo, como su admirado Patrick Modiano, siente fascinación por el París turbio de la ocupación, y ha dedicado a esos años un libro minuciosamente documentado, Noche y niebla en el París ocupado. Traficantes, espías y mercado negro. Nadie como él podía escribir un libro sobre Tánger que por una lado nos volviera a contar, a su manera, lo de siempre, pero que también muchas cosas más.
            Comienza hablándonos del primer visitante ilustre de Tánger, el rey don Sebastián, el iluminado que desapareció en Alcazarquivir para seguir viviendo en la inmortalidad del mito; dedica uno de sus últimos capítulos a la arquitectura del barrio de Bujachjach, también conocido como “barrio español”. Sus construcciones, que parecen rivalizar con la bauhasiana Tel-Aviv, “son un muestrario de rigurosas líneas racionalistas, de atrevimientos expresionistas, de formas art déco o de audacias arquitectónicas vanguardistas cercanas al futurismo”. El deterioro actual de muchos de esos edificios no hace sino añadirles encanto.
            “Refugiados y espías” es el título de otro de los capítulos. Casablanca, la película de Michael Curtiz, está inspirada en la realidad del Tánger de los años cuarenta, refugio temporal de los europeos que huían del nazismo y el mejor lugar para hacer inconfesables negocios.
            En “Fugitivos oscuros” nos encontramos con unas cuantas biografías entrevistas de personajes de novela negra, como Marga D’Andurain. “una de las femme fatale del París alemán”, o el belga Willy Verstrynge Tholoen. También se alude al paso por la ciudad de César González-Ruano, un escritor que resume todas las turbiedades de la época, quien finalmente prefirió no asentarse en ella.
            Los años de la posguerra fueron los de Paul Bowles y la generación beat. Muchos de los que posteriormente se sintieron atraídos por Tánger no buscaban la ciudad real, sino la que aparece en novelas como Déjala que caiga, donde se la define como un lugar en el que “se podía conseguir cualquier cosa siempre que se pudiera pagar. Y hacer también cualquier cosa: no había nada incorruptible. Era solo cuestión de dinero”.
            Ajenos al Tánger real esos visitantes ilustres que buscaban prostitución, alcohol y drogas a buen precio, contrastan con los que nos refleja Ángel Vázquez en su mítica novela, más elogiada que leída, La vida perra de Juanita Narboni, publicada en 1976, cuando ya el Tánger que retrata –con su convivencia de religiones y culturas– era historia, materia de dolor y de nostalgia.
            El crecimiento del nacionalismo y del anticolonialismo, como en Egipto, Argelia y el resto del mundo árabe, no es visto con la negatividad habitual. El ayer mitificado no le impide reconocer a Fernando Castillo el Tánger de hoy, “privilegiado escaparate de Marruecos ante la Europa de enfrente”; una ciudad en desarrollo, “la más snob y libre de Marruecos”; una ciudad cosmopolita que de alguna manera sigue conservando el espíritu del Tánger de siempre.
            Pero Fernando Castillo sigue prefiriendo el Tánger de los años veinte, treinta y los de la guerra europea, un Tánger modianesco, coloreado por la fantasía en el que malvivieron muchos y triunfaron los vividores de pocos escrúpulos. Ese es el Tánger que sigue atrayendo turistas a la ciudad, aunque no tanto como el un poco posterior, “una suerte de Berlín weimariano”, el Tánger del vive como quieras en un ambiente exótico siempre que puedas pagar la cuenta y dejar buenas propinas, el que permitía pasar un retiro dorado o unas vacaciones de lujo, para decirlo con un título de Julián Rodríguez, en la miseria de los demás.



sábado, 25 de enero de 2020

Por las nubes



Nuestro futuro está en el aire
Rafael Alarcón Sierra
Renacimiento. Sevilla, 2020.

La literatura cumple muchas funciones. Una de ellas, y no la menos importante, retener el tiempo, ser memoria de la humanidad.
            ¿Y no es esa la tarea de la historia?, replicarán algunos. Por supuesto, pero la historia sin literatura se queda muda, se reduce a la frialdad de los documentos, a la sequedad de los datos sin alma.
            Hace poco más de un siglo, volar era una aventura. Los aviadores eran los nuevos argonautas y quienes se atrevían a acompañarlos estaban obligados a contarlos, a dejar constancia de su aventura, aunque fuera tan nimia como ir de Madrid hasta Lisboa o incluso de Guadalajara hasta Madrid.
            Nuestro futuro está en el aire reúne, al cuidado de Rafael Alarcón Sierra, algunas de las más destacadas páginas que los escritores españoles dedicaron a la aviación. La primera novela en que los aviones –“velívolos” los llamaba el autor, Francisco Camba– tienen un lugar destacado fue publicada en 1911. Ver alzarse del suelo a un avión deja a los espectadores atónitos, “como si no pudieran creer en el milagro”: “Se hacía carne el ensueño siempre amado del hombre, y era poesía la realidad sin nada perder de su belleza, más grande acaso por comenzar a ser humana”. El traqueteante artilugio, que siempre parecía a punto de descacharrarse, que eran entonces los aeroplanos se metamorfosea: “Primero fue, casi al ras de las tribunas, con sus alas longas y su huso enorme, una gigantesca libélula que abandona un prado florido; luego, por su sola blancura y por su gallardía, fue una gaviota afrontando el viento del mar; ahora, tras las nieblas de la distancia, un poco oscuro sobre la turquesa del cielo, era un águila fuerte y magnífica, cerniéndose más allá de las cumbres: las ruedas inmóviles tenían, desde tan lejos, el contorno todo de unas garras. Después fue un canto de gloria corriendo en el azul infinito”.
            No tardaría aquel milagro en perder su magia, en hacerse costumbre. En 1928, César González-Ruano escribe: “Se me antoja un poco pueril contar, como si yo fuera el primer viajero aéreo las emociones del viaje”. Ya algunos años antes Julio Camba los había desmitificado con su humorismo conceptual, aunque todavía eran cosa de pocos y audaces aventureros: los viajeros acomodados y acostumbrados a la comodidad preferían la tranquilidad del zepelín, ese crucero de los aires.
            Una de las partes del libro se dedica a la época de la Gran Guerra, cuando el avión descubrió que servía para algo más que para llevar pasajeros de un lado a otro. Destacan en la selección las páginas de Valle-Inclán, no en vano tituladas “Visión estelar de un momento de guerra”. Desde los aires, el mundo se ve de otro modo y fueron muchos los escritores que trataron de reflejarlo.
            Algunos de los más apasionantes capítulos se dedican a los grandes reportajes viajeros publicados en los periódicos de la época: “Al Senegal en avión”, de Luis de Oteyza, o “La vuelta a Europa en avión”, del inevitable Manuel Chaves Nogales. El pionero es Corpus-Barga con su “París-Madrid. Un viaje en el año 19”, crónicas publicadas en el diario El Sol que tuvieron el honor de ser reunidas en un elegante volumen por Juan Ramón Jiménez.
            En la narrativa de vanguardia, como en la poesía ultraísta, la aviación ocupa un lugar destacado. El antólogo selecciona capítulos de Juan Chabás, Antonio Espina o Felipe Ximénez de Sandoval, junto a abundantes greguerías de Ramón Gómez de la Serna: “Por el orgullo con que bajan del avión, los viajeros que acaban de aterrizar parece que han hablado con Dios y que nos traen su mensaje”, “La luna sobre el mar es aviador y buzo”, “La hélice es el trébol de la velocidad”.
            Tan importante como la antología –un viaje en el tiempo, un recuento de sueños y fascinaciones olvidadas– es el estudio preliminar, de más de cien páginas. Comienza hablándonos de los vuelos imaginarios, sigue con los primeros vuelos aerostáticos, nos lleva luego del planeador a la edad de oro de la aviación. Una sintética enciclopedia que sabe no abrumarnos con la erudición.
            Las notas al texto ayudan a situarlo en su contexto y resultan ejemplares en su concisa precisión. Nuestro futuro está en el aire constituye así un volumen doblemente ejemplar: por las páginas que selecciona –muchas de ellas poco conocidas, aunque de autores bien conocidos– y por el tino y la inteligencia del editor, uno de los estudiosos de la literatura española contemporánea que continúa, prestigiándola, una tradición filológica que parecía perdida entre elucubraciones teóricas y erudiciones inanes.



sábado, 18 de enero de 2020

Vieja gloria



Las caídas de Alejandría
Luis Antonio de Villena
Pre-Textos. Valencia, 2019.

Aunque hable mucho de escritores, sobre todo de poetas, no haríamos demasiada justicia al último tomo de las memorias de Luis Antonio de Villena, Las caídas de Alejandría, si lo juzgamos como obra literaria. Escrito descuidadamente –más que escrito parece transcrito de una grabación–, necesitado de una revisión editorial que evite anacolutos, confusos hipérbatos y repeticiones, su interés mayor es el documental.
            Decía Somerset Maugham que es habitual que un caballero, después de los sesenta años, tenga vida sexual, pero que no resulta correcto que hable de ella. Luis Antonio de Villena no es de esa opinión y buena parte de este nutrido volumen memorialístico se dedica a referirnos, con pelos y señales, nunca mejor dicho, su vida sexual. No entraré yo en detalles. Simplemente diré que quienes combaten la prostitución por degradar a las mujeres, pueden constatar que también existe la prostitución masculina. El lugar de aprovisionamiento del autor fue primero un local madrileño, a cuya desaparición dedica un elegíaco capítulo, y luego las páginas de contacto de Internet. Jóvenes inmigrantes, a menudo sin papeles, primero marroquíes o de los antiguos países del Este, sudamericanos después, protagonizaron sus venales aventuras. El más extenso capítulo del libro, “El rumor y el calor de Colombia”, se dedica a contarnos con detalles que no serán del agrado de todos los lectores sus visitas como turista sexual a ese país.
            No menor interés documental tiene lo que nos revela sobre los entresijos de unaa vida literaria basada en el intercambio de favores. El autor no calla ninguno de los favores que concede (ni siquiera se olvida de que invitó muchas veces a cenar a Ana Rossetti cuando estaba necesitada de dinero) y se queja de la ingratitud de sus favorecidos. Especial importancia parece concederle a su influencia en el jurado del Loewe. Hizo que invitaran a Darío Jaramillo, por ejemplo, y luego cuando quiso ir a Colombia para encontrarse con alguien conocido por Internet le pidió que le buscara algunas conferencias para que el viaje le saliera gratis. Darío Jaramillo, que ocupaba un importante cargo institucional en aquel país, así lo hizo, pero antes de que se concretara esa invitación resulta que dejó de formar parte del jurado del Loewe (Villena afirma que no fue por culpa suya) y ahí se acabó todo. De esos ilustrativos “do ut des” está lleno un libro que confirma que la labor crítica del autor –antólogo y reseñista en diversos medios–  no siempre estaba basada en criterios estrictamente literarios.
            Para cierto público, no para el público en general, el capítulo que resultará más suculentamente morboso lleva el título de “Los amigos algo jóvenes o más jóvenes”. En él se ocupa de los poetas con los que tuvo relación en sus años de antólogo de la nueva poesía. Con encomiable sinceridad, nos da a entender que de esos poetas no solo le interesaban los versos. Tuvo relaciones eróticas con algunos, lo intentó con otros. De varios se siente resentido porque no mostraron la suficiente gratitud. Me imagino que todos los que aparecieron en sus antologías, desde Postnovísimos hasta La inteligencia y el hacha, hojearán con temor estas memorias para comprobar lo que dice de ellos. Porque el autor no solo habla sin pudor de su propia vida sexual, sino también de la de los demás, aunque lo que cuente sean solo rumores.
            En este libro lleno de nombres, tan propicio para el análisis sociológico (el autor representa un tipo de vida ya por fortuna desaparecido) y psiconoalítico (hace fotos a un joven amante engalanado con unas ricas telas que fueron de su madre), tan profuso en cotilleos, se practica la damnatio memoriae contra quienes el autor considera que “le fallaron vilmente, cuando no se fallaron a sí mismos, desde la más soez y plebeya ambición dañina”. Visto lo visto, esas personas nunca se lo agradeceremos bastante.
            Este tercer tomo de las memorias lleva el subtítulo de “Los bárbaros y yo”. El autor se considera casi como el último romano antes de la llegada de los bárbaros, porque según él vivimos en una etapa de decadencia donde la cultura está a punto de desaparecer. El capítulo final constituye una vehemente diatriba contra esa decadencia que al parecer comenzó (no podemos menos de sonreír) cuando llegó la crisis, los periódicos le pagaron menos y las instituciones oficiales –el instituto Cervantes en primer lugar– dejaron de invitarle a divertidas giras por esos mundos.
            Es difícil tomarse en serio las consideraciones políticas de Luis Antonio de Villena. Añora, frente al actual “reino de la gentuza”, los buenos tiempos de Felipe González y José María Aznar. Confunde su situación personal con la de la civilización contemporánea, pero ello no sorprende demasiado en quien nunca se caracterizó, como articulista y ensayista, por el rigor conceptual.
            Un editor avisado pondría al volumen una faja que dijera: “Si quiere usted saber quién se acuesta con quién en la poesía española, no deje de leer este libro”. Pero exageraría, sin duda. Donde no parece faltar ni uno es en el catálogo de compañeros sexuales del autor y de todos ellos y de sus encuentros con ellos nos hace saber detalles que quizá podría haberse ahorrado.
             

           

viernes, 10 de enero de 2020

Las novelas de una vida



Pedro Salinas, una vida de novela
Monserrat Escartín Gual
Cátedra. Madrid, 2019.

Pedro Salinas, una vida de novela está dedicado al doctor Cabrera, “psicólogo clínico”, y termina mostrando agradecimiento a María Luisa Casals, “médico psiquiatra, por sus observaciones profesionales”, lo que ya nos pone en la pista de que no pretende ser una biografía convencional, sino un análisis casi freudiano del poeta.
            Es también otra cosa, quizá de mayor interés: un pormenorizado estudio de su obra plural, de la que Monserrat Escartín es una de la principales especialistas (a ella se debe la reconstrucción del libro Largo lamento y la publicación de casi un centenar y medio de poemas inéditos).
            El psicologismo de la autora resulta quizá algo simplista: “Es bien sabido que la familia conforma nuestra personalidad y la imagen que tenemos de nosotros: si el padre orienta, da reconocimiento o protección física e intelectual; la madre, seguridad emocional y afectos. Salinas no tuvo ninguno de los dos por su condición de huérfano y ‘el control materno siempre severo’. Si la educación recibida marcó su conducta de adulto, fue determinante el exceso de cuidados de doña Soledad, nacido de sus miedos, que se tradujo en sobreprotección. De ahí el perfil tímido e inseguro que caracterizó a nuestro personaje junto al temor a no ser querido, a la enfermedad o a la muerte y el consecuente sentimiento de culpa con el que se castigó, derivado de un concepto negativo de su persona”.
            Pero no parece que tuviera excesivo sentimiento de culpa, ni siquiera tras el intento de suicidio de su mujer al enterarse de las relaciones con Katherine Whitmore, la inspiradora de La voz a ti debida. Y el temor a no ser querido, a la enfermedad y a la muerte resulta connatural al ser humano, no necesita se explicado por traumas de infancia.
            “Don Pedro tuvo vocación de ser persona”, comienza una de los capítulos. Curiosa vocación, por cierto. Su inseguridad, añade la biógrafa, hizo que “dudara tanto de sí mismo como de su profesión, fluctuando entre sentirse poeta, crítico, ensayista, profesor, conferenciante, novelista o dramaturgo”. ¿Pero cómo se puede dudar entre ser profesionalmente profesor o conferenciante, crítico o ensayista?
            Pedro Salinas fue un gestor cultural durante los años de la República (a él se debe la creación de la Universidad Internacional de Santander), un admirado profesor y destacado estudioso de la literatura española, antes y después del exilio. Tuvo además una vocación creadora, que antes de la guerra se centró principalmente en la poesía y después se extendió por los más diversos géneros literarios, en una peculiar grafomanía que compensaba su alejamiento de la realidad española. Convirtió además un genero menor –la correspondencia epistolar– en un género mayor: sus colecciones de cartas se encuentran entre lo más atractivo de su obra.
            La correspondencia con Katherine Reding, luego Whitmore, no es un mero complemento de los poemas de La voz a ti debida, sino una auténtica obra literaria de no menor complejidad e interés.
            Monserrat Escartín cita ampliamente cartas del poeta y de las personas más cercanas a él (su amigo Jorge Guillén, su hijo Jaime Salinas), publicadas o inéditas, para trazar su perfil psicológico. A veces da demasiado valor a lo que son simples desahogos o ironías, como cuando Salinas se refiere a la posibilidad de los echen a Katherine y a él “por malos profesores”. Ingenuamente, Escartín indica que si a Salinas, “pese a su percepción de cómo se sentía en el aula”, se le considera un gran profesor es, “en buena medida, gracias al panegírico de sus alumnos”. ¿Y qué mejor modo de valorar a un profesor?
            Al gran profesor que fue Salinas lo seguimos encontrando en sus escritos sobre literatura, que nunca se limitan a acumular información erudita, que no han perdido su capacidad de seducción.
            Como poeta, nunca llegó a superar La voz a ti debida, ese libro de amor dedicado a una amada que era a la vez real e imaginaria. “Todo amor es fantasía” escribió Antonio Machado y Katherine Whitmore lo confirma al no reconocerse en los versos que ella había inspirado.
            No importa que no estemos de acuerdo con la interpretación psicológica que la autora hace de la obra del poeta (algo gratuita resulta la equiparación, página 422, de la vida de Salinas con títulos de novelas de Julio Verne). El libro está lleno de datos y textos inéditos –incluido un poema, quizá el último que escribió– y de observaciones felices. Toda una enciclopedia saliniana que no deben perderse sus admiradores.


           

jueves, 9 de enero de 2020

Teoría y práctica del jardín



Jardín Gulbenkian
J. A. González Iglesias.
Visor. Madrid, 2019.

En la poesía de Juan Antonio González Iglesias, desde su primer libro importante, Esto es mi cuerpo, se entremezclan referencias al mundo clásico y al mundo contemporáneo, estoicismo y edonismo, reflexión y cántico.
            Jardín Gulbenkian tiene como núcleo central el jardín de la fundación Calouste Gulbenkian, en Lisboa, un jardín que el mecenas armenio imaginó ya en su correspondencia con el poeta Saint-John Perse, de la que se citan algunos pasajes.
            El comienzo del libro es sentencioso, de lenguaje casi ensayístico: “Hay una relación fuerte entre el jardín y la liturgia. / Es una forma estructurada de la esperanza. / Presupone la idea de la divinidad, la teoría de juegos y la sintaxis”.
            No acaban de encajar las piezas en este primer poema, los elementos conceptuales, a menudo un tanto gratuitos (“Cumple los ideales de igualdad sin violencia”), con la descripción de un paseo por el jardín en el que “un joven semibárbaro con el torso desnudo / practica malabares entre sus camaradas”.
            El libro, en lo que interesa al lector de poesía, no empieza hasta el poema siguiente. “Primera noche de verano”, en el que todo encaja, en el que nada falta ni sobra: un vaso de agua le basta para sintetizar teología y clasicismo, simplicidad y misterio.
            Hay otros poemas espléndidos. Cito algunos: “Bosque de pinos en Atenas castellana”, sobre un pequeño parque salmantino, “Academia”, que nos cuenta la visita de Horacio al bosque de Academo, donde Platón dialogaba con sus discípulos, o la tan personal utilización de la écfrasis que supone “Frick Colecction. Retrato de Tomás Moro”, donde el autor de Utopía –y también muchas otras cosas, como el poema se ocupa de subrayar– se convierte en un modelo de vida.
            Gana la poesía de González Iglesias cuando tiene un referente, culturalista o vital; se queda con frecuencia en nada cuando se limita a ser un mero apunte, una vaga reflexión (“He aquí el movimiento”, “He oído”). El poeta llega más lejos que el moralista o el pensador.
            Las referencias al mundo contemporáneo son marca de su estilo. Un poema se titula “Un podcast sobre Dante a medianoche”, en otro alude a una aplicación –Google Lens– y a una entrada de la Wikipedia que podrían explicar una línea de Pessoa.
            Tampoco podría faltar el mundo de los gimnasios, la exaltación de la belleza masculina. El homoerotismo de González Iglesias aparece exento de sexualidad, como una especia de idealizada camaradería viril.  “Nos pesamos desnudos en la báscula” es un poema de estética publicitaria, como un anuncio de Dolce & Gabbana o de Jean Paul Gaultier para una nueva fragancia masculina: “Nos pesamos desnudos en la báscula / del vestuario. Anda cada uno / a su aire después del ejercicio. / Cada uno en su edad. Cuerpos morenos / y blanco curvo mármol duplicado. / Una veintena de desconocidos, / unos locuaces, otros silenciosos / en la rutina. Jóvenes altivos, / y maduros serenos, y admirables / ancianos, compartiendo casi nada. / Adánicos, estáticas las líneas / que hacen que estemos bien constituidos”.
            En otro poema un grupo de jóvenes “corren sobre la arena y sobre el mes de marzo”. En los versos finales, cuando van a las duchas, “su sobriedad atlética / nos devuelve a la copas de cerámica ática”.
            El libro lleva un prólogo con aclaraciones y agradecimientos. Jardín y poema tienen mucho en común: “El jardín recorta sobre la superficie un fragmento de mundo bien hecho, que acaba equivaliendo al mundo. Es exactamente lo mismo que el poema hace en el lenguaje”.
            La poética clásica –la poética a la que aspira– “está llamada a decir lo esencial, aunque casi sin decirlo”.
            No siempre se atiene González Iglesias a ese ideal. En Jardin Gulbenkian sobran buena parte de las vueltas y revueltas sobre ese jardín. Mejor que lo que el libro tiene de deliberada teoría, lo que tiene de sabia práctica de una manera de entender la poesía en la que los ideales clásicos se vuelven contemporáneos y la música rigurosa del endecasílabo sustituye al divagador verso libre.



sábado, 28 de diciembre de 2019

Claridad y verdad




Y de pronto Rimbaud
Jesús Munárriz
Renacimiento. Sevilla, 2019.

“La claridad es la cortesía del filósofo”, decía Ortega en frase muy citada y que no suelen tener demasiado en cuenta los filósofos, temerosos de ser confundidos con periodistas. ¿Se puede aplicar también a los poetas? Sí, pero ser cortés tiene igualmente sus riesgos: no se pueden ocultar obviedades, banalidades, la simple enumeración de buenos sentimientos.
            Jesús Munárriz es un poeta claro, siempre lo ha sido. Y de pronto Rimbaud se lee con la misma directa emoción con que escuchábamos a los cantautores de los años sesenta y setenta. Muchos poemas protestan contra los de arriba, contra los de siempre. Se trata de poemas que no desdeñan la demagogia y de los que es difícil disentir, pero a los que en algún caso resulta difícil asentir como poemas.
            Pero el libro –amplio, seis partes de once poemas cada una– posee otros muchos tonos. Abundan las referencias a poetas y a las historia de la literatura. “Fait-divers” es un espléndido homenaje a Paul Celan; “Aquellos claros días” nos habla de Miguel Hernández; “Gotán” de un poeta herido por la historia, Juan Gelman.
            No es poesía pura, a la manera juanramoniana, la de Jesús Munárriz: está llena de anécdotas, de referencias concretas, de lecturas, viajes y personajes. Por eso destaca un poema minimalista como “Cera ardiente”, la luz de una vela iluminando “el alma secreta de las cosas”.
            Hay muchos poemas memorablemente emocionantes en este libro que no pretende ser sublime sin interrupción, que a veces se lee como se escucha a un agradable conversador. Cito algunos: “Mais oui”, evocación de lo que Francia supuso para los españoles de la dictadura; “Silbando”, una antigua canción que alguien silba en la calle le devuelve a cuando silbar era un desahogo “en tiempos de silencio y monaguillos”; “Instantáneas”, colección de imágenes cotidianas o insólitas que se han quedado en el álbum de la memoria; “Trotaba”, dedicado al “dos caballos azul-gris” que le llevaba hasta el aire libre, más allá de los Pirineos.
            No es poeta Jesús Munárriz que guste de ocultar referencias, sus poemas están llenos de nombres propios. En “Uno de aquellos” se calla, sin embargo, el nombre del poeta y cantante Leonard Cohen. El poema glosa un pasaje de su discurso en los premios Princesa de Asturias: “Poco sabemos de él, ni siquiera su nombre. / Solo que era español, / que perdió aquella guerra, como tantos, / que dejó su país / y que tocaba la guitarra. / También que le enseñó sus primeros acordes / a un joven canadiense / que quería cantar. / Sesenta años más tarde, / este lo recordaba agradecido. / En todas sus canciones suena un eco lejano / de aquel españolito desterrado”.
            Varios de los poemas –“Vendimia”, “Lo de en medio”, “Viviendo”– glosan el “carpe diem” y Munárriz sabe hacerlo dándole un toque nuevo al viejo tópico. Abundan también los epitafios, las necrológicas a gente cercana, y Munárriz logra salir con bien del tema más difícil, del que más se presta a la falacia patética: la muerte de la madre.  
            Es posible que los más exquisitos frunzan el ceño ante la falta de tensión de algunos de estos poemas. Por ejemplo, “Sería bueno”, que empieza así: “Sería bueno, pienso yo, que el rey, / que es un profesional / muy encomiable, / el mejor preparado del país / para el puesto que ocupa, / buscase la ocasión y la manera / de preguntar al pueblo / si lo quiere / al frente del tinglado, / no sé si como rey / o como presidente”. Pero hay otros, los suficientes, que nos ponen una sonrisa en los labios o nos oprimen el corazón o nos ayudan a entender la historia del mundo.
            Poesía para todos, según los conocidos versos de Celaya, necesaria “como el pan de cada día, / como el aire que exigimos trece veces por minuto”.



sábado, 21 de diciembre de 2019

Una grata conversación



Una leve exageración
Adam Zagajewski
Traducción de Anna Rubió y Jerzy Slawomirski
Acantilado. Barcelona, 2019.

Cuaderno de notas, diario sin fechas, memoria familiar, eso es el nuevo libro del poeta polaco Adam Zagajeswski, publicado originalmente en 2015, cuando el autor cumplía setenta años.
            “No lo voy a contar todo” advierte en la primera línea. El lector lo agradece y recuerda a Voltaire: “El secreto de aburrir es contarlo todo”.
            A veces, sin embargo, da la impresión de que cuenta demasiado, como cuando se refiere a las invitaciones a lecturas o festivales de poesía, a las estancias en residencias para escritores. La vida de un poeta de cierta fama internacional (Zagajewski dejó la Polonía comunista en 1982, luego se instaló en París y más tarde en Estados Unidos, antes de volver a su país en 2002) se parece mucho a la del errante Rilke de castillo en castillo, aunque los mecenas ahora sean institucionales y no caprichosas princesas.
            El libro tarda un poco en arrancar, si el lector tiene la costumbre, que en este tipo de obras no es una buena costumbre, de empezar por la primera página. Adam Zagajewski no es un prosista que busque se memorable sin interrupción y algunas de sus anotaciones resultan prescindibles. Mejor hojear y pasar de largo las anotaciones de menor interés, como por qué no escribe novelas o a la descalificación de las lecturas del metro.
            Interesan más las referencias a Lvov, su ciudad natal, que fue Polaca, que formó parte del Imperio Austro-Húngaro, que ahora pertenece a Ucrania. Y destaca el retrato que hace de su padre, que tuvo que abandonarla en 1945 para no volver más.
            Cuando el libro comienza, el progenitor ha perdido la memoria; su muerte se nos refiere en una de las últimas anotaciones. El intento de rescatar lo que fue su vida está en el origen de Una leve exageración. El título, por cierto, procede de la frase que dijo el padre, dedicado a las ciencias, al conocer uno de los poemas del hijo: “Es una leve exageración”. Zagajewski encuentra esas palabras “una buena definición de la poesía”.
            A la poesía y a los poetas se dedican abundantes páginas de este heteróclito cuaderno. Se copian en su integridad incluso algunos poemas –“La linda pelirroja” de Apollinaire, “El rey de Ásine” de Seferis– y se comentan brevemente. A la relación entre Seferis y Kavafis se dedican algunas páginas y están llenas de lucidez las observaciones sobre la poesía de este último.
            La música es otro de los protagonistas de Una leve exageración. Abundan las referencias a conciertos y a sus compositores favoritos. En una de las anotaciones se escucha, mientras conversa en una cafetería de París con Tzvetan Todorov, la voz “desenfadada, amigable y triste” de Billie Holiday.
            Las ciudades están muy presentes en el libro y entre ellas destaca París, ese París que no se acaba nunca, en palabras de Vila-Matas, y al que el autor llegó un poco a la aventura tras dejar atrás la Polonia comunista, menos como muestra de oposición al régimen que por unos motivos sentimentales que apenas si se insinúan.
            No fue fácil la instalación en el nuevo medio literario. Por dos veces nos cuenta el rechazo que sufrieron sus poemas porque estaban “contaminados de historia”. Para los poetas franceses del momento, un poema comprensible que hablara de un determinado tema “es simple periodismo poético”.
            Frente a París palidecen las otras ciudades evocadas, incluso Venecia, que aparece ampliamente en una conferencia que le solicitaron sobre la región del Veneto y que se incluye íntegra.
            No deslumbra Adam Zagajewski, rara vez alza la voz. Mejor que sus fragmentos de prosa poética –que los tiene–, aquellos otros en los que se aproxima a la narración y nos cuenta la historia de algún personaje de su familia o del noble polaco que inspiró la figura de Tadzio, el adolescente de Muerte en Venecia, o de su traductora italiana, Paola Malavasi, pronto desaparecida.
            Abundan las citas –Cioran, Julien Green, diaristas y poetas polacos no demasiado conocidos entre nosotros– y los comentarios de textos ajenos. Una leve exageración se lee como se escucha una educada, inteligente, a ratos algo borrosa, conversación.



sábado, 14 de diciembre de 2019

Cómo no hablar de poesía


Hablar de poesía
Juan Carlos Abril, Luis García Montero (eds)
Centro Cultural Generación del 27. Málaga, 2019.

Pocos lo dicen, pero son muchos lo piensan: la mayor parte de los libros de poesía carecen del menor interés, salvo los que los lectores “serios” desprecian y califican de parapoesía, esos que recopilan textos de éxito probado en las redes sociales.
            Si en las antologías de poesía joven apenas hay un joven poeta que no resulte prescindible, ¿qué decir de sus “poéticas”, de las reflexiones que se les solicitan habitualmente en congresos, cursos de verano, lecturas varias?
            Hablar de poesía, subtitulado “reflexiones para el siglo XXI”, reúne las ponencias de dos cursos de verano en la Universidad de Baeza: “Poesía española contemporánea, un diálogo de generaciones” y “¿Cómo se hace un poema?”
            De las veinte intervenciones, apenas si se salvan cinco, o quizá cuatro. Luis Bagué Quílez deslumbra en una primera lectura con su mezcla de erudición académica, audaz imaginería y referencias multiculturales, pero pronto nos damos cuenta de que no es oro todo lo que reluce, ni mucho menos. Deducir de un haiku de Tomas Trantrömer (“Ya el sol parte. / Mira el remolcador, / cara de buldog”) que “el poeta sueco nos invita a un viaje infinito alrededor de la órbita ocular” parece excesivo, y no es la única afirmación estupenda que nos regala.
            Lorenzo Oliván y Carlos Marzal son poetas que tienen ideas sobre la literatura y aciertan a exponerlas con brillantez. El primero nos habla de la modernidad de Juan Ramón Jiménez y lo defiende de la marginación a la que se le intentó condenar en los años cincuenta; el segundo se ocupa de un maestro cercano, Francisco Brines. Al lector común, puede sorprenderle que se subraye que un poeta sabe además escribir en prosa y no carece de ideas solventes sobre la tradición literaria; eso solo demuestra que la leído poco las declaraciones de los poetas, o de los autores de libros de versos (un género, por cierto, para el que no parece necesaria ninguna cualificación especial).
            Luis García Montero, uno de los editores del volumen, nos ofrece un decálogo sobre poesía, diez aforismos que glosa con inteligencia, buen conocimiento de la tradición poética y a ratos quizá un exceso de buenas intenciones.
            Juan Malpartida, que nos presenta un esbozo de autobiografía intelectual, escrito con un rigor y una lucidez desacostumbrados y cercanos a los de sus maestros, entre los que destaca Octavio Paz.
            ¿Lo demás? Álvaro Salvador habla de las lecturas que le hicieron escritor, Rubén Darío, Ángel González, Antonio Machado, y nos ofrece algunos recuerdos de infancia. Juan José Téllez evoca el Cádiz de Fernando Quiñones. En algún caso, como en el de Rafael Espejo, las divagaciones se salvan por los poemas ajenos que incluyen.
            El mejor ejemplo de ese submundo poético –creado por premios, antólogos y festivales– que nada tiene que ver con la poesía lo constituye la colaboración de Carlos Pardo. Se considera el portavoz de una generación, a la que le tocó sacrificar “la poesía española en el altar de la poesía latinoamericana, que es más grande, y a esta en el altar de la universal, que aún es mayor”, una generación que al parecer no se encontraba a gusto en ninguna de las dos posibilidades que se le ofrecían en sus comienzos: o poesía de la experiencia o poesía del silencio (sin explicar, claro, que significan esas etiquetas).
            ¿Es posible responder con algún rigor a la pregunta de cómo se escribe un poema? Juan Carlos Abril nos dice que él escribe en los vuelos trasatlánticos, una respuesta más propia de una entrevista periodística que de una comunicación académica.
            Se puede responder de dos maneras: analizando la génesis de un poema que forma ya parte de la historia literaria y del que conservamos versiones previas, o refiriéndose –si el autor tiene ya algún nombre– a un poema propio, a la manera de Poe, pero evitando el anecdotario privado.
            Saber leer es también saber qué no leer. La mayor parte de las divagaciones sobre poesía actual, por ejemplo. Preferibles los poemas de autor conocido o desconocido que circulan por Internet.


           

            

lunes, 9 de diciembre de 2019

La levedad y la gracia



Mal que bien
Enrique García-Máiquez
Ediciones Rialp. Madrid, 2019.

En poesía, el ingenio no tiene buena prensa, aunque siempre resulta preferible a la impostada solemnidad. Enrique García-Máiquez, aparte de muchas otras cosas, es un poeta ingenioso y bienhumorado. Gusta de aparecer como personaje en sus poemas, pero siempre burlándose un poco de sí mismo. Y hace aparecer con la misma frecuencia a su entorno familiar: mujer, hijos, padre anciano, el recuerdo permanente de la madre.
            Elegía y carpe diem, nada nuevo, hay en Mal que bien, pero todo dicho de una manera distinta, con una versificación tradicional que no suena a consabida gracias a los quiebros de su coloquialismo. El artificio retórico –que denota una gran sabiduría técnica– juega a hacerse invisible.
            Sonrisas y lágrimas también. No es García-Máiquez poeta que necesite de complicadas exégesis. Basta una primera lectura para que nos ponga una sonrisa en los labios o nos apriete el corazón y nos lo llene de una congoja que tarda en disiparse.
            “Hasta pronto” titula la sección –el libro consta de siete, de siete poemas cada una: gusto por la simetría– que dedica a los epitafios. “Epitafio a una joven madre” es el más conmovedor, no desmerecería en la Antología palatina.
            Enrique García-Máiquez escribe desde una concepción religiosa del mundo, pero para todos los lectores, no solo para los que comparte sus creencias. Hay una excepción: la parte titulada “Su rostro en mi espalda”. Lo mismo que la poesía social puede convertirse en panfletaria, pasar de defender la lucha contra la injusticia a elogiar a Stalin, por citar un nerudiano ejemplo, la poesía religiosa puede pasar de los grandes enigmas de la condición humana –el sentido de la vida y de la muerte, del amor y del dolor– a centrarse en los peculiares dogmas y ritos de una determinada confesión.. El primer poema de “Su rostro en mi espalda” puede servir de ejemplo. Se titula “Almendros” y consta de dos partes. Los almendros de la finca de los abuelos descritos en la primera –con sus ramas “retorcidas y negras y resecas”, con sus frutos “duros, pobres”, con sus maravillosas flores blancas que aparecían de pronto y los redimían de todo– se convierten en imagen del poeta: “También sobre mi vida –ásperas ramas retorcidas, / negras, secas y casi estériles– se posan / –milagrosas y humildes– / cientos de flores blancas”. Hasta aquí todo perfecto, pero el poema termina aclarando que esas flores son “las delicadas formas de cada eucaristía” y el poema se viene abajo para la mayoría de los lectores. ¿Y qué pasaría si ese verso final fuera: “las sonrisas felices de mis hijos”? Pues que entonces podría ser asumido por todo tipo de lectores, tuvieran hijos o no.
            Enrique García-Máiquez es un poeta cordial que gusta de homenajear a los poetas que admira y por eso en sus versos aparecen explícitamente Miguel d’Ors y Eloy Sánchez Rosillo e implícitamente –reescribe su poema “Los pies”– Amalia Bautista, pero el poeta al que resulta más cercano es otro, el brasileño Mario Quintana, al que ha traducido –y recreado– en una espléndida antología. La manera de hacer de ambos, que no parecen desdeñar siquiera el sentimentalismo primario, la poesía de tono y temática infantil, es el mismo. También el inolvidable encanto de los mejores momentos.
            Alguien dirá que se trata de poesía menor. El propio García-Máiquez ironiza sobre ello en “Free rider”: “Esos poemas superprofundísimos / que nunca tengo ganas de escribir / ni muy posiblemente fuerzas, / los han escrito, los escribirán / o quizá ahora mismo los estén escribiendo / poetas admirables. / Yo / no puedo más que dar las gracias, prometer / que los leeré despacio y bendecir / la suerte de que la poesía sea / un trabajo en equipo”.
            Sentimental e irónico, Enrique García-Máiquez es uno de esos poetas que, una vez leídos, nos acompañan para siempre, aunque tropiece de vez en cuando y nosotros no tengamos ningún interés en acompañarle en sus particulares devociones tridentinas.


             

sábado, 30 de noviembre de 2019

Siete kilómetros y medio



La historia escondida
Xuan Bello
Xordica. Zaragoza, 2019.

Contra lo que suele creerse, los escritores no escriben libros, sino obras literarias que se dan a conocer en la prensa periódica –diarios o revistas–, en volúmenes exentos o primero en un medio y luego en otro.
            La mayoría de los textos literarios –cuentos, poemas, crónicas, notas de viaje, diario– necesitan un trabajo de edición para ser reunidos en volumen. Esa labor puede hacerla el propio autor –pero hay muchos que son descuidados editores de sí mismos– o un profesional independiente.
            Toda la obra en prosa de Xuan Bello –escrita primero en asturiano y desde hace años en castellano– se ha publicado inicialmente en la prensa, generalmente formando series que luego pasaban al libro, aunque en bastantes casos las piezas que lo integraban fueran intercambiables entre un volumen y otro.
            La historia escondida traduce tres de las seis partes que integran La hestoria tapecida, publicada en 2007. La más extensa y novedosa se titula “Siete kilómetros y medio” y habría merecido una publicación independiente, Se complementa con “La cueva del olvido”, que desarrolla una de las muchas historias que en ella se van entretejiendo, y “Veintitrés golpes de hacha”, prescindible conjunto de veintitrés anotaciones de muy desigual interés.
            “Siete kilómetros y medio” es el relato de un viaje corto en el espacio –la distancia que indica el título–, pero largo en el tiempo. El autor, que aparece como personaje (toda su obra narrativa contiene elementos de autoficción), y un primo suyo residente en Argentina, recorren a pie los rincones del occidente asturiano de los que son oriundos.
            El viaje es un pretexto para hablarnos de la emigración, del mundo rural, para entretejer docenas de pequeñas historias (inventadas unas, tradicionales otras) y mil y una divagaciones.
            Xuan Bello es un maestro en el arte de la fantasiosa erudición, de la autobiografía imaginaria, que nunca lo son del todo. Consciente o inconscientemente juega siempre con el lector. Ha leído o vivido lo que parece estar inventando, ha soñado o imaginado lo que afirma haber leído o vivido. ¿Es cierto que un tío suyo, Vitorio Fernández Valiela coincidió con Luis Cernuda en el Emmanuel College de Cambridge?
¿Es cierto que se carteó con el poeta y que trato de ayudarle para publicar una de sus obras en Argentina? Es cierto, aunque no es cierto –como da a entender Xuan– que se tratara de Ocnos ni que esa obra acabara publicándose finalmente en México. La correspondencia de Cernuda con Ricardo Molinari aclara el asunto: “He recibido carta de Losada acerca de las Tres narraciones. Supongo que ya estará usted enterado de que deciden no publicarlas. Como Fernández Valiela me escribió hace algún tiempo que Losada había aceptado el libro e iba a publicarlo dentro de este año, he sentido tal cambio de opinión”.
            Como Álvaro Cunqueiro, uno de sus maestros, como el antecesor de ambos, fray Antonio de Guevara, que fue obispo de Mondoñedo, Xuan Bello juega con la erudición para hacer literatura. Y hay que aceptar ese juego para poder entrar en su obra literaria.
            Con La hestoria tapecida –el volumen de 2007– quiso completar la trilogía iniciada en 2002 con la exitosa Historia universal de Paniceiros y continuada al año siguiente con Los cuarteles de la memoria (ambos se reunirían en un volumen titulado escuetamente Paniceiros). La historia escondida que pretendía contar era la de la emigración y la de las mujeres.
            Afortunadamente para nosotros los lectores, Xuan Bello por mucho que lo pretenda es incapaz de escribir una novela como el mercado manda. Lo suyo es irse por las ramas, olvidarse pronto del camino principal para perderse por mil y un atajos. Su arte es el arte de la genial improvisación,  el tocar de oído y el no volver nunca sobre lo ya hecho, aunque vuelva una y otra vez sobre los mismos temas.
            Nadie se toma más libertades que él con la verdad histórica o biográfica, pero no se aparte un milímetro de la verdad de la literatura, la única que importa.  
             


sábado, 23 de noviembre de 2019

Inteligencia y emoción



Saltar la hoguera
Rodrigo Olay
Hiperión. Madrid, 2019.

La poesía de Rodrigo Olay suscita, desde sus comienzos, asombro y perplejidad. Asombro por la perfección formal y la insólita erudición (el autor parece conocer al dedillo a sus clásicos y a sus contemporáneos); perplejidad, por la cercanía a cierta tradición cercana, la poesía de los años ochenta, y por no infrecuentes incursiones en la falacia patética.
            ¿Un joven maestro o el mejor discípulo de poetas como Miguel d’Ors, Jon Juaristi o Luis Alberto de Cuenca? Tras leer Saltar la hoguera nos inclinamos por lo primero. Hay un puñado de espléndidos poemas –desde ya pueden formar parte de la mejor antología de la poesía española–, en los que se leen al trasluz otros nombres, pero que solo podía haber escrito Rodrigo Olay.
            La sabiduría de estos poemas deslumbra tanto como la del primer Gimferrer. “Me gusta la palabra bella y el viejo y querido utillaje retórico”, escribió el autor de Arde el mar en la poética de Nueve novísimos. Rodrigo Olay podría suscribir esas palabras. Su dominio de la métrica clásica le distancia de cualquier otro poeta joven y de la mayoría de los poetas contemporáneos. Recreándose en sus habilidades podría haberse convertido en un redicho y refitolero virtuoso, un poco a la manera de Antonio Carvajal. Algunas muestras hay en este libro, en el que sobran quizá poemas, como “La llegada del Dux”, que son poco más que virguería retórica.
            Pero Olay es también heredero de la tradición de la vanguardia: sabe jugar al agramaticalismo, desbaratar la sintaxis, entremezclar cultismo y habla coloquial. Ha aprendido muy bien, hasta hacerla suya, la lección de Miguel d’Ors, a su vez discípulo aplicado de César Vallejo: se puede escribir en los bordes, o al margen, de la corrección gramatical, pero para acentuar la expresividad, no para incurrir en el sinsentido.
            Los poemas que yo prefiero de Rodrigo Olay son los que hablan de amor y viajes, poemas que transcurren en Burdeos, en Belfast, en Ginebra, en Neuchâtel, en los lugares de la vieja Europa a los que le han llevado sus estancias de estudioso universitario. El mejor de todos ellos –o el más de mi gusto– es el titulado “Dimidium animae meae”, con su referencia a Horacio en el título y algo de la “Canción de aniversario” de Gil de Biedma en el inicio y del “Relato superviviente” de Francisco Brines en el desarrollo, pero que no desmerece junto a sus presuntos modelos.
            No menos admirable, pero más insólito por su temática, resulta “De vita philologica”: un canto a lo que de detectivesco y fascinante tiene la investigación literaria; también a la camaradería que se forja entre los “clerici vagantes” que recorren Europa “ligeros de equipaje. / vendimiando los campus, / limpios como soldados de alguna causa cierta / que partieran de casa susurrando / una oración de Horacio / y custodiasen / el silencio de un bosque tras los ojos”. Un poema sobre los que aprenden “a elegir la alegría de leer”, que debería ser lectura obligatoria en todas las Facultades de Filología.
            Junto al amor –nos hace sonreír el erotismo de “Whatsapp”– y la amistad (nadie tan dotado para la amistad y el cultivo de las relaciones útiles como Rodrigo Olay: apenas hay poema sin dedicatoria), el otro núcleo temático de Saltar la hoguera son los poemas familiares, en los que no siempre se acierta a eludir un incómodo sentimentalismo, como de anuncio de Navidad. Aunque sin duda sinceros, y aunque con buenos sentimientos también se puede hacer literatura, dijera lo que dijera Gide, resultan algo empalagosos.
            No faltará, sin embargo, quien prefiera la desnudez narrativa de “2º B” –que parece volver del revés poemas de José Luis Piquero– o el recuento de “Escribe lo que temas que suceda” a poemas llenos de referencias como “13 de marzo”, donde se comparecen Santillana, Berceo, Góngora, Trapiello, Sánchez Rosillo, Sergio Fernández Salvador y Antonio Cabrera para agradecer a un pájaro innominado el “sol melodioso” de su canto.
            Importa poco saber si Rodrigo Olay –a sus treinta años– es el más aplicado de los poetas jóvenes, el mejor discípulo, o el más joven de los maestros. En sus versos hay erudición y vida, inteligencia y emoción. Lo demás sobra.



sábado, 16 de noviembre de 2019

Cataluña, 2021



Terra Alta
Javier Cercas.
Planeta. Barcelona, 2019.

Como saben bien los autores de novelas policíacas o de misterio, despertar el interés del lector resulta relativamente fácil –solo hace falta un poco de oficio–, mantenerlo resulta más difícil y no defraudar al final con la resolución, casi imposible.
            Javier Cercas comienza Terra Alta con la eficacia de un buen guionista televisivo: no solo nos imaginamos la adaptación, sino que nos parece que ya la hemos visto en algún episodio de la franquicia CSI (Crime Scene Investigation).
            Pero ahora la acción no trascurre en Nueva York ni en Las Vegas o Los Angeles, sino en una comarca del sur de Cataluña –Terra Alta–, fronteriza con Aragón, conocida porque fue el escenario de uno de los hechos más destacados de la guerra civil, la batalla del Ebro.
            Estamos en la Cataluña de 2021. Los acontecimientos del uno de octubre de 2017, la celebración del referéndum ilegal y la frustrada proclamación de la república, no alteran la convivencia, apenas si se mencionan en la trama. El protagonista de la novela es el llamado “héroe de Cambrils” –el mosso d’escuadra que mató a cuatro terroristas adolescentes–, anónimo en la realidad, al que Cercas le inventa una truculenta biografía. Sus superiores, para evitar venganzas de los islamistas, le han enviado a una remota comisaría.
            La novela se divide en dos partes, cada una con cinco capítulos. En los impares se nos cuenta la investigación policial; en los pares, la vida del protagonista, muy a grandes trazos o deteniéndose pormenorizadamente en ciertos episodios.
            Durante la primera parte el autor consigue mantener nuestro interés; en la segunda, naufraga por completo. Aceptamos las inverosimilitudes, como de folletín decimonónico, en la vida del protagonista. Se nos atragantan las que tienen que ver con la investigación del crimen: sibilinos correos electrónicos, huellas mal reproducidas y demás.
            Para no destripar el argumento, limitaré la ejemplificación. Un día, al regresar del trabajo, a punto de entrar en casa, el protagonista “nota un rápido movimiento a su espalda, y antes de poder revolverse y echar mano a su arma, siente al mismo tiempo un golpe seco en la cabeza y un pinchazo en el cuello”. Todo lo que sigue lo hemos leído en mil y una novelas o visto en películas de la serie B: “Recobra el conocimiento media hora después, sentado en el asiendo de un coche provisto de vidrios polarizados que circula a velocidad de crucero por una autopista”, Le llevan a Barcelona, le meten a punta de pistola en un lujoso hotel y le dejan en la suite de un anciano millonario, recién llegado de México, y que está deseando contarle una historia que explica toda la intrigante trama en que se ha visto involucrado  “el héroe de Cambrils”. Cuando este insinúa que quizá lo haga porque no piensa dejarle marchar, el mexicano responde: “Usted no está aquí obligado, Melchor, ya le dije que no encontré otra forma de que hablásemos, y que me disculpaba por las molestias”.
            ¿No encontró otra forma? ¿Y qué tal un correo electrónico –ya le había escrito varios desde México– o una llamada telefónica?
            Al final no nos creemos nada de lo que se nos narra, que es lo peor que le puede ocurrir en una novela realista.
            A pesar de ello, no tenemos la sensación de haber perdido del todo el tiempo con Terra Alta, inverosímil némesis y sigilosa utopia. Nos quedamos con el escenario, una comarca catalana evocada en precisos trazos y que nada tiene que ver con la imagen que nos hacemos de Cataluña; con el funcionamiento de la comisaría de Mossos d’Esquadra, con el elogio a su profesionalidad. Quienes conocen la campaña periodística de Javier Cercas contra el procés, se sorprenderán sin duda de la imparcialidad de la que trata de hacer gala en todo momento. También de su no excesiva capacidad profética: su novela se escribió antes de que se conociera la sentencia y por eso la Cataluña actual no tiene cabida en la novela. No sabemos cómo será en 2021, sí sabemos que no parece que vaya a ser como se la imagina un Cercas que –al contrario que ocurrió con Soldados de Salamina– pretende escribir deliberadamente un best seller.