miércoles, 20 de mayo de 2026

EL CRÍTICO EN SU CASTILLO, por ABELARDO LINARES

 

A propósito de la reseña Castillo de naipes sostenido en la fe,
de José Luis García Martín, publicada en
El Diario Montañés, El Comercio, Hoy y El Norte de Castilla-

El aún más admirable que admirado José Luis Garcia Martín acaba de publicar una reseña, la primera aparecida en la prensa española, de Guerra total, unos relatos desconocidos de Manuel Chaves Nogales que pueden considerarse la continuación de A sangre y fuego

Nada casualmente la ha titulado -con intención y gracia- Castillo de naipes sostenido en la fe. Alude con ello a que mi “algo prolijo epílogo” a dicha obra, de la que he sido editor industrial y literario, no prueba en absoluto que el conjunto de relatos sea en verdad de la autoría de Chaves, “pese a todos mis esfuerzos”, y que mi trabajo es apenas un castillo de naipes que él hará caer de un soplo o de un soplido. 

Puesto que para el crítico asturiano los lectores reincidentes de Manuel Chaves Nogales o bien sufren una chavesmanía de complejo diagnóstico o son adeptos a una religión esotérica cuyo texto sagrado (o maldito, para según quién) es un famoso prólogo de 1937, cómo sorprenderse de que García Martín empiece hablándonos de “fe”, a cuenta del anunciado castillo de naipes, cuando terminará contándonos que el periodista sevillano está ya “beatificado” y “ha subido a los altares” gracias a la fe ciega de sus devotos. Devotos dispuestos a creer a pies juntillas que cualquier texto suyo no es sino una reliquia digna de veneración. “También ahora -doctoriza García Martín-, como en la Edad Media, pueden inventarse falsas reliquias. O tomarse por tales, con la mejor voluntad, las que no lo son”. 

Con ello queda claro que para el infatigable crítico (lleva ya casi medio siglo entregado a sus muy equitativas reseñas semanales) o bien los nuevos relatos son falsos y pretendo engañar a todo el mundo atribuyéndoselos a Chaves Nogales o bien el primer engañado soy yo y seré al final el único en creerlos suyos. Por todo lo dicho creo que con igual o mayor justicia podría -e incluso debiera- haber intitulado su reseña: “Ocho apócrifos milagros narrativos de San Manuel Chaves Nogales”.

Como puede verse, García Martín enseña rapidísimamente sus cartas; tanto, que comparecen ya en el título de su reseña, lo que al cabo no mostrará nunca es el anunciado castillo de naipes.

En estos mismos días se ha estado produciendo otra polémica literaria, en Granada y sobre unos versos atribuidos a García Lorca. Los versos, a mano, están en el reverso de una hoja de papel en la que aparece un manuscrito del poeta y la polémica estriba en decidir si esos pocos versos desconocidos y anónimos pueden considerarse o no de Lorca, habiendo como hay, al parecer, dudas grafológicas sobre si el trazo de las letras es o no es del propio del poeta. Lo curioso, siendo García Lorca un santo muy de mi devoción y de la devoción de millones de lectores, es que ningún García Martín se haya presentado allí a sacar en procesión el asunto de que Lorca está ya plenamente beatificado y entronizado en los altares de todas las iglesias estéticas, oscureciendo o ensordeciendo, un debate que merece ser literario y solo literario.  

Dentro de la humilde naturaleza del género reseñístico, la presente pieza de JLGM puede tenerse por una pequeña obra maestra llena de intención e ironía, gracias al sutil juego de contrapesos que va estableciendo a lo largo de todo el texto para que su reseña aparezca como una documentada y objetiva narración de las virtudes y defectos, los aciertos y las limitaciones tanto del propio Chaves como de este su humilde editor, aunque lo que se termine escenificando de modo contundente sea la descalificación literaria de ambos. También puede haber, claro está, algún ingenuo o algún malpensado al que le parezca que a lo mejor hay también un poquito de mala fe intelectual.

Así, comienza nuestro crítico su reseña remontándose a los años noventa del pasado siglo para atribuirme, un tanto exageradamente, que yo fui quien descubrió A sangre y fuego y continúa luego asegurando que he sido yo “el feliz descubridor de una nueva obra inédita de Chaves Nogales” y que tal suceso parece o le parece, ni más ni menos, que “un acto de justicia histórica” y que me toma por un sagaz investigador y que patatín y que patatán… 

Pero a la vez avanza deslizando, línea tras línea, que soy un “discutible historiador”, que mi atribución del conjunto de relatos al periodistas sevillano “carece de cualquier sostén documental”, que solo me baso “en mi olfato” y no en pruebas, que hago afirmaciones que “son mera retórica” y están “carentes del más mínimo rigor”, que mi investigación “no hubiera pasado una revisión inter pares en una edición académica”, que lo mío no es criterio literario sino “cabezonería” y que tengo una “poco ejemplar manera de razonar”. Todo eso y también que ni los relatos reunidos son de la mano de Chaves Nogales ni Cristo que lo fundó.

Sorprendentemente y con no pequeña contradicción y paradoja, el resumen final que de Guerra total hará el implacable Martín, nos asegurará que los “relatos son ciertamente excelentes (sobre todo, ¡sorpresa!, los no firmados por Chaves Nogales) y justifican el rescate”. Lo que casi es confesarnos que si él no cree que los relatos no firmados de Chaves sean realmente de Chaves en parte se deba a eso, a que los relatos no firmados le parecen mucho mejores que los que firma.

Un punto interesante en la reseña de JLGM es el párrafo final. En él se hace eco de que yo pretenda que quien quiera negar la autoría de Chaves aporte a su vez datos y argumentos concretos; y cree corregirme declarando que invierto la carga de la prueba y que es a mí y solo a mí a quien corresponde aportar demostraciones incontestables de la autoría de Chaves Nogales. Al parecer, el García Martín del final de la reseña ya no recuerda lo que él mismo decía al principio de la misma: “El minucioso epílogo y los apéndices que acompañan a la edición, casi tan extensos como el conjunto de relatos, nos ofrecen toda clase de pruebas para demostrar… (la autoría de Chaves Nogales), … incluso el recurso a la Inteligencia Artificial y a un experto en lingüística forense”.

En realidad, por tanto, no hay ninguna inversión en la carga de la prueba, sino una gran cantidad de pruebas documentales, circunstanciales y de mera lógica deductiva que nuestro crítico no está interesado en analizar, por más que presuntamente sean ellas las que forman ese castillo de naipes que él tendría que derribar de un soplo.

Los reparos de índole concreta que el crítico detalla son apenas cuatro y nos aplicaremos a tratar de desmontarlos o puntualizarlos a continuación, pero no sin antes declarar una muy obvia perplejidad: García Martín es un gran lector y un afamado crítico. García Martín ha leído A sangre y fuego y Guerra total. A García Martín le parecen algunos relatos de Guerra total no solo excelentes sino incluso mejores los que no firma Chaves Nogales que los que firma. ¿Por qué entonces no se ha formado García Martín su propio criterio acerca de Guerra total y su parecido o no parecido con A sangre y fuego? ¿Por qué se resigna, con tanta docilidad, a mostrarse como un lector sin criterio propio, que sitúa en mí y solo en mí la responsabilidad de convencerle de que los relatos de Guerra total son realmente de Manuel Chaves Nogales? ¿No debiera el exigente crítico García Martín hablar por sí mismo y no por boca de ganso, escudándose en terceras personas?

El primer reparo que el crítico ovetense hace a los relatos de Guerra total no tiene relación ninguna con dichos relatos, lo que no deja de ser desconcertante. En mi epílogo, le atribuyo a Chaves Nogales un texto menor aparecido en el semanario Madrid, en la sección “La sexta columna” y firmado como Zoilo, basándome en la similitud de estilo y en la utilización del adjetivo “fusilable” que muy probablemente nadie utilizó en 1937 y 1938 sino Chaves Nogales. Pero como a la vez digo, en otro momento, que apenas el 20% de la prensa periódica de la época está digitalizada, García Martín le comunica rotundamente a sus lectores: “nos vemos obligados a tomar esa afirmación como mera retórica carente del más mínimo rigor”. 

Pero sucede, por una parte, que García Martín sabe y le consta que yo he pasado miles de horas en hemerotecas -“reales”, no virtuales- consultando prensa no digitalizada. Y por otra parte sucede también que, aunque, en general, quede aún muchísima prensa periódica por digitalizar, en especial revistas de todo tipo y diarios locales, en el caso particular de la prensa de la guerra civil se ha hecho un esfuerzo extraordinario y casi todos los periódicos de gran circulación están ya digitalizados; entre ellos: El Sol, La Voz, El Liberal, Ahora, Informaciones, El Heraldo de Madrid, La Vanguardia, etc. En total, supongo que hay bastante más de un millón de páginas de la prensa española 1936-1939 que están ya felizmente a disposición de cualquier lector curioso. En cualquier caso, si en algún momento descubriéramos que alguien, en alguna pequeña revista o diario, hubiera utilizado antes que Chaves el adjetivo “fusilable”, el hecho no tendría la menor representatividad o importancia. Lo relevante es que en el semanario Madrid, en el que a menudo firma Chaves con su nombre, aparezca asimismo un texto con seudónimo en el que comparezca la misma palabra, “fusilable”, que había aparecido en el prólogo de A sangre y fuego unos meses antes. Quizás el profesor García sea en exceso riguroso con el rigor… ajeno.

El segundo reparo, ¡vaya por Dios!, tampoco tiene absolutamente nada que ver con los relatos de Guerra total, sino con hechos sucedidos entre 1942 y 1944 relacionados con el uso de seudónimos por parte de Chaves Nogales. En esas fechas, nuestro autor publicó artículos y crónicas utilizando los nombres de tres personas realmente existentes: Frances L. Kaye, Eugenio de Larrabeiti y Rita E. Bois. El reseñista ovetense me conmina a que explique y dé detalles del uso de tales seudónimos porque, según él, “resulta imprescindible” tal cosa. Pero puesto que mi epílogo tiene ya casi noventa páginas me he limitado a aportar unos pocos datos objetivos y a regalar, en uno de los apéndices, un extraordinario reportaje novelado sobre la Home guard británica firmado por Larrabeiti, aunque escrito en realidad por Chaves. A veces una muestra concreta argumenta mejor que mil ensayos académicos que hayan pasado una revisión inter pares

El tercer reparo no es sino una desmayada variación del segundo. Ahora el seudónimo traído a cuenta o a cuento por JLGM es el de Eduardo Borrás-Enrique Albrit, quien firma tres de los más intensos relatos de Guerra total. Nuestro crítico, según nos dice, no comprende la razón por la que borro la autoría de Borrás y se la atribuyo a Chaves Nogales. 

La primera y principal razón es porque Borrás publica, además de los relatos, un artículo en el semanario Madrid de una excelsa, inabarcable torpeza literaria, que incluye la siguiente frase: “El fascismo se aglutina en la solidaridad inquebrantable del aluvión”. Nada más terminado de leer aquello llegué a la inmediata conclusión, por supuesto inquebrantable también, de que el autor de esa torpísima prosa no podía ser, a la vez, el autor de las tres augustas piezas firmadas por Borrás en Madrid. Se me impuso también la convicción, en ese mismo momento, que el autor de esos relatos debía ser en realidad Manuel Chaves Nogales y no -es solo un ejemplo- el guardagujas de la estación de tren de una pequeña ciudad cercana a Cincinati, muy aficionado a la escritura y con un primo carnal en un cuartel de Albacete ocupado por la brigada Lincoln.

El cuarto y último reparo (¡Mecachis! O si se prefiere: ¡también es mala suerte, joder!) no solo tampoco tiene nada que ver con los relatos incluidos en Guerra total sino que ni siquiera tiene nada que ver conmigo, su editor. Lo que ahora hace nuestro muy cuco y quizás algo faquín reseñista es apropiarse de una información proporcionada por Juan Carlos Mateos en el recién publicado: Manuel Chaves Nogales, la construcción de un mito.

Mateos cuenta allí que María Isabel Cintas, estudiosa y biógrafa oficial de Chaves Nogales atribuyó a Chaves, en su edición de la Obra periodística, unos cuantos artículos escritos sin embargo por un primo suyo, Manuel G. Nogales, asimismo periodista en el diario Ahora, del que Chaves era subdirector. 

José Luis García Martín aprovecha dicha información para, de manera un tanto subrepticia, recalcar su mensaje de que los relatos de Guerra total no son obra original de Chaves Nogales sino meras atribuciones y, como tales atribuciones, materia cuasi delictiva, por lo que el volumen recién puesto a la venta tendría un bastante o un mucho o un todo de estafa. De ahí que empiece su argumento escribiendo: “No es la primera vez que a Chaves Nogales se le atribuyen escritos que no son suyos.”

En eso de que no sea la primera vez que se le atribuyen a Chaves artículos que no son suyos, acierta en parte García Martín, pero de forma involuntaria, ya que fue la misma profesora María Isabel Cintas la que erró una segunda vez, justo en el primer tomo de su biografía: Manuel Chaves Nogales. Andar y contar

Allí dedica un capítulo entero a narrar su hallazgo de un artículo desconocido de Chaves Nogales en la prensa brasileña, concretamente en el periódico Folha da manhá de Sao Paulo, en 1933. Ciertamente en Folha se publicaron cuatro artículos de Chaves Nogales pertenecientes a la serie “Bajo el signo de la svástica”, aparecidos originariamente en el diario Ahora. Pero se publicaron con la implícita confesión de que no se habían contratado con el periodista sino que se publicaban “por su interés”, fórmula habitual en la prensa de todos los países para justificar ciertas leves piraterías o marrullerías periodísticas. 

El supuesto artículo encontrado por la profesora Cintas se titulaba “La mujer fascista”. Apareció dos meses después de los dedicados a la ascensión del fascismo y de forma anónima, a diferencia de los anteriores, que sí llevaban todos la indicación de estar escritos por el periodista español Manuel Chaves Nogales. 

María Isabel Cintas, a pesar del anonimato, reclamaba jubilosamente la autoría de Chaves asegurando que se trataba sin duda de uno de los artículos escritos por Chaves tras el viaje a Alemania, de paso por Italia. Artículos jamás publicados en la prensa madrileña por una supuesta censura del propietario de Ahora, don Luis Montiel, que era bastante más de derechas que Chaves Nogales.

La verdad de la verdad es que el artículo “La mujer fascista” era una alabanza incondicional de la mujer fascista, con mucha profusión de datos y estadísticas gloriosas y que el estilo en el que estaba escrito no tenía absolutamente nada que ver con Chaves Nogales ni con los durísimos artículos de “Bajo el signo de la svástica” que deberían ser su cercanísimo antecedente. 

García Martín incluso hace suya una final apostilla de Mateos, a la que califica de certera, endosándole a Chaves Nogales una culpa inexistente, que solo le corresponde a la estudiosa Cintas: “Lo que consiguen esos desmanes (de las falsas atribuciones) es hacernos dudar de la excepcionalidad de Chaves, cuando puede ser confundido con cualquier otro periodista que no ha sido elevado a los altares”. Una elucubración como esa, tan del gusto de García Martín, podría llevarnos a conclusiones demoledoras y un tanto deprimentes no solo en literatura sino también en música y pintura y en todas las demás artes. Bastaría con que un crítico más o menos anónimo se decidiera a atribuir un cierto cuadro no firmado a Velazquez o a Picasso para que nos sintiéramos obligados a dudar de la excepcionalidad de Picasso o de Velázquez antes que de la agudeza del crítico anónimo.

Con todo, reconozco que la frase tiene brillo aunque le falte peso. Sobra de brillo y falta de peso, por cierto y finalmente, es lo que caracteriza a muchas argumentaciones y frases “estupendas” del ameno escritor que es siempre García Martín. Fijémonos, por ejemplo, en la casi final frase de su reseña, flamantemente aforística, sobre los ciegos lectores devotos de Chaves Nogales dispuestos a tragarse toda suerte de ruedas de molino: “No resta peregrinos al camino (sic) de Santiago el saber a ciencia cierta que allí no está enterrado el apóstol”. 

Peregrinos, no; admirado José Luis: lo que no faltan son turistas, si quieres ser preciso. Y por favor, precisa también un poco más cuando escribas sobre Chaves Nogales.

 

martes, 19 de mayo de 2026

Poética y confidencias

 Luis Alberto de Cuenca
En las canciones es verano siempre
(Arte poética 1971-2005)
Edición de Pablo Núñez Díaz y Rodrigo Olay Valdés
Reino de Cordelia. Madrid, 2026.

En una reciente entrevista, Constantico Bértolo ha afirmado algo que sorprenderá a muchos: “los escritores no escriben libros, sino textos; son los editores los que hacen los libros”. No se refiere, por supuesto, al editor como empresario que comercializa y financia el producto, sino a quien “limpia, fija y da esplendor” a los originales para que lleguen de la mejor manera a los lectores.

            Esta afirmación, también verdad cuando se trata de obras unitarias de escritores actuales, como novelas o libros de poemas, pero menos evidente, resulta incuestionable en el caso de los clásicos o de las antologías y misceláneas.

            Los editores de En las canciones es verano siempre, recopilación de escritos, de muy variada índole, en los que Luis Alberto de Cuenca habla de poesía y de su relación con los libros, Pablo Núñez Díaz y Rodrigo Olay Valdés, han realizado un trabajo modélico, como expertos investigadores que tienen además sensibilidad literaria, algo menos frecuente de lo que cabría esperar en quienes se ocupan de literatura en los departamentos universitarios.

            El de editor, como el de corrector, es un trabajo que tiende a ser invisible, tanto mejor cuanto menos se nota. Pablo Núñez y Rodrigo Olay quitan los andamios una vez terminada la obra: renuncian a darnos cuenta de los posibles cambios en el texto antes de la versión final (eso que algunos llaman “edición crítica” y consideran la cima del trabajo filológico) y llevan todas las precisas informaciones bibliográficas al epílogo. Los versos y las prosas de Luis Alberto de Cuenca quedan así limpios en la página, sin prescindibles pegotes eruditos. Al prólogo, también ejemplar en su brevedad y precisión, solo habría que ponerle mínimos reparos.

 Aunque se distingue entre las dos etapas de la obra poética de Luis Alberto de Cuenca, la farragosamente erudita de los comienzos y la “línea clara” iniciada en los ochenta, se señala que “hace tiempo que la crítica insiste en la unidad de fondo de ambos momentos”. No se nos aclara qué crítica es esa, puesto que no hay tal unidad, aparte de tratarse del mismo autor, sino nítido contraste: los primeros poemas, y las primeras poéticas, son solo una curiosidad de época (también “De y por Manuel Machado”, que se incluye y comenta en este volumen); es la segunda etapa la que convierte a Luis Alberto de Cuenca en uno de los poetas más influyentes de la poesía española contemporánea.

            El otro reparo tiene que ver con el final del prólogo: “Una lección se desprende, como colofón, del pensamiento poético de Luis Alberto de Cuenca, su personal y, sin embargo, muy transferible De consolatione Philosophiae (léase el poema así titulado incluido en Ala de cisne): “En las canciones es verano siempre”. Pero el verso que se cita, y que da título al libro, no pertenece a ese poema, como parece darse a entender sino a otro titulado “Verano eterno”: “Mientras el cuerpo aguante, / cantaremos canciones para olvidar el frío. / En las canciones es verano siempre”.

            Luis Alberto de Cuenca es el poeta editado, reeditado, antologado, comentado con más profusión. Juan José Lanz y Adrián J. Sáez encabezan la legión de jóvenes y veteranos investigadores que se ocupan de su obra, asediada y escudriñada desde todos los ángulos, e incluso cuenta con una editorial, Reino de Cordelia, especializada en publicarle todo de todas las maneras. Se corre el riesgo de la saturación. Si menos es más, más es menos, podría decirse completando el conocido dictum de Van der Rohe.

A pesar de ello, no todo es consabido en este volumen para el lector habitual de su obra. Sorprende, acá y allá, alguna confidencia autobiográfica. Si tardó en acercarse a Borges –afirma--, se debe a que entonces era “progre” y seleccionaba sus lecturas “entre los autores engagés, que es como decía Jean-Paul Sartre que tenían que ser los escritores, y yo a Sartre le hacía caso en todo, lo que acabó por convertir mi primera juventud en un infierno de abyecciones totalitarias”. Su pensamiento de esos años parece caricaturizarlo en el periodista “progre y propenso a la verborrea” que aparece en “Carta de un amigo de Sevilla”.

Luis Alberto de Cuenca no es un teórico de la literatura, sino un filólogo a la antigua usanza, que se dedica sobre todo a la fijación de los textos. Tampoco su crítica va más allá del fervoroso encomio. Uno de los capítulos más interesantes del libro es el titulado “La forja de un lector”, donde da cuenta de sus primeros entusiasmos, que ya alternaban los tebeos --a los que ha seguido siendo fiel-- con las obras completas de Shakespeare en la edición de Aguilar, que fue en sus comienzos su editorial preferida. También desde el principio la pasión por la literatura se acompañó del amor al libro como objeto: “Nunca he sentido cariño, sino repulsión, hacia un libro zarandeado por usuarios negligentes, aunque estos tengan nombres ilustres y salgan reseñados en las enciclopedias”. Afortunadamente su afán coleccionista y conservacionista, no le lleva al extremo de ciertos bibliófilos que no leen sus libros por no estropearlos.

Alude Luis Alberto de Cuenca a un “manual de buenas maneras” que estudió en ingreso de bachillerato y que se titulaba El muchacho bien educado. Mucho de “muchacho bien educado” ha conservado Luis Alberto de Cuenca en su prosa y en su comportamiento personal. También en sus versos, pero menos. Por eso puede terminar un poema de amor en el que revolotea el cuervo de Poe con este verso: “Sé mi zorra, que yo seré tu cuervo”. Frase que, en el comentario, le parece “desafortunada por todos los conceptos”. El tono “chulesco e irrespetuoso” que reprocha al cuervo de “El pájaro negro” también asoma alguna vez en sus versos, tan formales con frecuencia, y eso los salva, junto a la proclividad a freudianas pesadillas y fantasías fetichistas, del academicismo y de la línea en ocasiones demasiado clara.  

           

martes, 12 de mayo de 2026

Castillo de naipes

 

Manuel Chaves Nogales
Guerra total. Episodios de la guerra civil española
Prólogo de Ignacio Martínez de Pisón
Edición de Abelardo Linares
Sevilla. Renacimiento, 2026.

Fue el editor y poeta Abelardo Linares quien descubrió, en los años noventa del pasado siglo, un libro de Manuel Chaves Nogales del que no se tenía noticia, A sangre y fuego, impactantes relatos de los primeros meses de la guerra civil, en la zona de los sublevados y en el caótico Madrid en el que había triunfado la revolución y el poder estaba en manos de las distintas organizaciones políticas que se habían opuesto al golpe militar. A ese libro se debe en buena parte, o más bien a su prólogo, glosado con poco matizada vehemencia por Andrés Trapiello, la ola de chavesmanía, llamémosla así, que tras varias décadas no lleva trazas de amenguar.

            Parece un acto de justicia histórica que sea Abelardo Linares, avezado y obsesivo investigador de la prensa histórica, el feliz descubridor de una nueva obra inédita de Chaves Nogales, nada menos que la continuación de A sangre y fuego. No resulta por ello extraño que Guerra total haya sido celebrado por las páginas culturales de los periódicos como un acontecimiento incluso antes siquiera de que llegue a las librerías.

            ¿Pero es Guerra total una obra de Chaves Nogales? El minucioso epilogo y los apéndices que acompañan a la edición, casi tan extensos como el conjunto de relatos, nos ofrecen toda clase de pruebas para demostrarlo, incluso el recurso a la Inteligencia Artificial y a un experto en lingüística forense.

            Y sin embargo… Pero no adelantemos acontecimientos. A Abelardo Linares, tan sagaz investigador como discutible historiador, se debe el hallazgo del semanario Madrid, publicado en París entre 1937 y 1938, del que no se tenía noticia, y en cada uno de cuyos once números se publica un relato. Tres son de la autoría de Chaves Nogales, uno de los cuales firma con su propio nombre y los otros dos con el pseudónimo de Juan Martín. Ninguno de esos relatos es inédito: dos habían aparecido en A sangre y fuego y el tercero en la revista Bohemia. Los otros ocho relatos están firmados por diversos autores, con su propio nombre o con pseudónimo. Todos –salvo, curiosamente, el que firma Chaves Nogales-- llevan como subtítulo la frase “episodios de la guerra civil española”, o una variante de la misma. El antetítulo “Guerra total”, que Linares aplica al conjunto, no figura en ninguno de ellos, salvo en el de Chaves Nogales.

            La atribución del conjunto al periodista sevillano carece de cualquier sostén documental, se basan únicamente en el olfato del descubridor, capaz –si hemos de creer lo que afirma reiteradamente-- de detectar el estilo de Chaves Nogales en el más breve suelto periodístico, en un anuncio publicitario o incluso en un texto firmado por otro autor.

            Veamos cómo funciona la intuición del editor. En Madrid se publica una sección, “La sexta columna”, dedicada a combatir oportunistas disfrazados de republicanos. Uno de sus artículos, firmado por Zoilo, ataca a Baroja por haber decidido volver a la zona nacional. Abelardo Linares lo atribuye a Chaves Nogales porque utiliza la palabra “fusilable”, que “nadie sino él utilizó en toda la Guerra Civil para referirse a alguien fácilmente susceptible de ser fusilado”. Como en otras partes del epílogo afirma que la mayor parte de la prensa de la época no está digitalizada y queda mucho por descubrir, nos vemos obligados a tomar esa afirmación como mera retórica carente del más mínimo rigor.

            Aunque haya buscado autorizado apoyo en firmas como la del prologuista, Ignacio Martínez de Pisón, o en la veintena larga de nombres que cita en la nota previa, no parece probable que Guerra total hubiera pasado una revisión inter pares en una edición académica. Todo lo que en principio se plantea como una hipótesis, más o menos plausible, unas líneas más adelante ya se trata como una incuestionable certeza.

            No son los colaboradores de Madrid los únicos cuyos nombres reales utilizaría Chaves Nogales para firmar sus escritos. También utilizó, entre otros, el de su secretaría, Frances L. Kaye, y Abelardo Linares lo sabe “por razones que ahora sería en extremo prolijo detallar”. Será prolijo detallar las razones que llevan a cambiar la autoría de un texto, pero resulta imprescindible.

            Guerra total es el título dado por el editor a la totalidad de los relatos publicados en la revista Madrid, con la exclusión de dos de Chaves Nogales, que ya habían aparecido en A sangre y fuego, y el añadido de uno, “Hospital de sangre”, publicado en otra revista, Bohemia, poco antes. Los restantes relatos son de cinco autores, que a veces firman con pseudónimo: Eduardo Borrás, Fernando de la Milla, Ruiz Vilaplana, Rafael Delgado y Rafael D. Almagro.

            Para quitarles su autoría hace falta algo más que la interesada cabezonería del editor. Un párrafo ejemplifica su poco ejemplar manera de razonar. Tras afirmar que Eduardo Borrás publica en Madrid tres relatos que “nunca pudo haber escrito” continúa: “Y si nos atrevemos a preguntarnos ¿por qué?, nos encontraremos en la tesitura de tener que contestarnos: porque, con toda seguridad, los escribió el propio Chaves Nogales, porque tuvo que ser él, necesariamente, quien los escribiera”.

            Pero, los escribiera quien los escribiera, ¿son obras maestras los diez relatos reunidos en Guerra total? Curiosamente, lo que más han envejecido son los de Chaves Nogales, el melodramático “El refugio” (la emoción está en el tema, más que en cómo se nos cuenta) y el efectista (todo lo fía a la sorpresa final) “Hospital de sangre”. El último, “Lo de Badajoz”, en un algo panfletario reportaje por el estilo de los que, en uno y otro lado, se escribieron contando las barbaridades del contrario. Varios de los relatos son ciertamente excelentes y justifican el rescate.

            No es la primera vez que a Chaves Nogales se le atribuyen escritos que no son suyos. En algunas ediciones de su Obra periodística figuran las crónicas a la sublevación de Sanjurjo en 1932 debidas a su pariente Manuel G. Nogales. También se dijo entonces que, dada su maestría, solo podía haberlas escrito Chaves Nogales. Muy certeramente apunta Juan Carlos Mateos: “Lo que consiguen esos desmanes es hacernos dudar de la excepcionalidad de Chaves, cuando puede ser confundido con cualquier otro periodista que no ha sido elevado a los altares”.

            No resta peregrinos al camino de Santiago el saber a ciencia cierta que allí no está enterrado el apóstol. También la literatura puede ser cuestión de fe. Y la fe es ciega, Beatificado Chaves Nogales, cualquier reliquia suya es digna de veneración. Y como en la Edad Media pueden inventarse falsas reliquias. O tomarse por tales, con la mejor voluntad, las que no lo son.

            “Quien quiera negar que Chaves Nogales es el autor de estos relatos deberá aportar datos concretos y argumentos”, afirma Abelardo Linares en su entretenido y algo prolijo epílogo, invirtiendo la carga de la prueba. Es a él a quien le corresponde aportar datos concretos de que Chaves Nogales es autor de más de dos cuentos de esta Guerra total. Pone todo su esfuerzo en ello, pero no lo consigue.



martes, 5 de mayo de 2026

En estado de gracia

  

Vicente Gallego
Canción del agua a solas (Poesía reunida)
Visor. Madrid, 2026.

Juan Ramón Jiménez fantaseó con reescribir toda su obra al final de su vida; Vicente Gallego quiere excluir de ella, “definitivamente”, su primera etapa, reunida y revisada en el volumen El sueño verdadero (Poesía 1988-2002).

Pero un libro publicado, leído y comentado ya no es solo del autor, sino de todos aquellos que lo han hecho suyo. Vicente Gallego está considerado, y no sin razón, como uno de los más significativos poetas españoles del final del siglo XX, y lo seguirá siendo, aunque no se identifique ya con quien era entonces.

Entre una y otra etapa ha habido algo más que una evolución estética: una conversión religiosa, una caída del caballo como la de San Pablo camino de Tarsos. En tres libros en prosa nos ha dejado minuciosa constancia de su nueva fe: Contra toda creencia (2012), Vivir el cuerpo de la realidad (Diálogos en torno a la palabra de Nisargadatta Maharaj) (2014) y Vivir el cuerpo de la realidad (Sabiduría perenne) (2015).

Su nueva poesía, sin embargo, necesita tan poco de esos apoyos como la de San Juan de la Cruz de sus no menos tediosos tratados de teología. Una nueva poesía, la escrita a partir de Cantar de ciegos, la reunida en Canción del agua a solas, que convierte a un poeta notable en un poeta excepcional.

            Vista “desde esta ladera”, como Dámaso Alonso analizó la poesía de San Juan de la Cruz, la obra del hombre nuevo en que se ha convertido Vicente Gallego viene de la poesía de Claudio Rodríguez, del cancionero tradicional castellano, del Neruda de las Odas elementales y de la prosa de Santa Teresa y las liras de San Juan. Viene de ahí, o se alimenta de esos antecedentes, pero no es consecuencia de ellos, tiene algo de inexplicable milagro, como toda la gran poesía.

            Canción del agua a solas pretende ser, en palabras prologales del autor, algo distinto de lo que es: una recopilación de los varios títulos de poesía que el autor ha ido publicando al azar de los premios con posterioridad a su conversión. Pretende ser su poesía completa, borrando de un plumazo todo lo demás.

            Se equivoca en eso tanto como acierta en prescindir de fechas y notas sobre los cambios entre las primeras ediciones y esta que tenemos entre manos, que elimina poemas y añade más de un centenar y medio de otros nuevos, y no al final, como es costumbre, sino añadidos a los diversos libros. Canción del agua a solas debe ser leída por eso como una obra enteramente nueva. Se acerca así al sueño de Juan Ramón de reescribir todos sus versos a la luz de su sabiduría última.

            Menos acertado ha estado Vicente Gallego al no prescindir de las innumerables dedicatorias, varias de ellas repetidas, marca de la casa, que emborronan la mayor parte de las páginas. Salvo una pocas que tienen que ver con el poema, la mayoría no pasan de un gesto privado que entorpece la lectura.

            Canción del agua a solas, como todo libro de poesía, y en eso se diferencia de la novela y otros géneros literarios, no necesita comenzar a leerse por el principio. Puede abrirse por cualquier página, pero yo aconsejaría empezar por el título más reciente, A pájaros y migas, donde lleva al extremo ese “cantar con casi nada” que es su máxima aspiración.

            Si Dios andaba también entre los pucheros para Teresa de Jesús, muchos de los poemas de Vicente Gallego tienen sorprendente que ver con la cocina. Bastantes de ellos pueden aproximarse al género pictórico del bodegón: limones sobre una mesa, “el sol de los veranos, / y en el blanco mantel la luz rezuma”. A veces nos recuerdan a Ramón Gaya (homenajeado en algún poema): “Sobre el mantel de encaje / --el que fue de la abuela--, / la porcelana fina, / un búcaro, una rosa”. No le teme Vicente Gallego a lo convencionalmente poético ni a los sentimientos comunes. No necesita buscar temas originales, aunque abunden en su poesía, para ser original.

Uno de los poemas se titula  “Profesando en la cocina”: “Ligan aceite y ajo en un mortero, / emulsionan las salsas / y gira la muñeca que las bate / entrando en armonía con el giro / de todos los planetas, / cómo no sospechar a qué se debe / el círculo perfecto que ahora trazo”.

En otro poema, “con romero, con brezo, con tomillo” prepara una infusión. En “Biografía (Báscula del vertedero La Matrona)”, leemos: “La cena que recrea me procuro, / en enjuagar tomates soy perito. / me pelo unas patatas y las pongo / en trato de favor / con el aceite hirviendo y unos ajos”.

            Vicente Gallego en todo encuentra asombro y maravilla. No solo en el amanecer y en el ocaso, en la fuente que brota en medio del bosque o en el río “con sus mil cañas finas de luz rota”, como reflejan tantos poemas de El junco y la libélula, escritos cuando trabajaba en plena naturaleza.  “Domingo” es capaz de ver la belleza de un desierto polígono industrial: “Un templo se alza aquí, / donde se han congregado / los áridos, las sacas / de yeso y de cemento, / donde oficia / misa mayor la mantis / entre las malas hierbas”. En la misma línea se encuentran poemas como  “Extrarradio” o “Intemperie”. Para él son igualmente criaturas sagradas el alacrán y el gorrión, la golondrina y el saltamontes, la basura y el polvo de estrellas, la rosa y las malas hierbas, a las que llama “hermosísimas mías”.

            Maestro también Vicente Gallego en el difícil arte, tan propicio a la falacia patética, de despedir a los seres queridos: la abuela en “La bona mort”, el padre en “Elegía”, una sobrina en “Ojos de Aroa”, el poeta César Simón en “En Villar del Arzobispo”: “Aquí tu mecedora sigue en vilo, / y se ponen las cumbres de puntillas / para escuchar tu canto, el de tus últimas / endechas a la noche, qué delgada / tu voz y cómo tiembla / la vela que encendiste entre luceros”.

            Con una luz que derrama amor sobre todas las cosas, ve el mundo Vicente Gallego en esta segunda y principal etapa de su vida y de su obra. Y ha encontrado la palabra precisa para expresar lo que podía haberse quedado en un catálogo de buenas intenciones o en palabrero misticismo, su franciscano canto de amor a todas las criaturas.

  

jueves, 30 de abril de 2026

La superstición de la novela

 

Miguel Pardeza
Los últimos días de Alejandro Reig
Renacimiento. Sevilla, 2026.

Miguel Pardeza, antes que investigador literario y escritor, fue futbolista profesional al que todavía recuerdan los buenos aficionados. Ahora es uno de los máximos especialistas en la obra de César González-Ruano, destacado ensayista que sabe aunar la erudición y el rigor estilístico, y autor de dos modélicas narraciones autobiográficas, Torneo (2016) y Angelópolis (2020). Tras tantear otros géneros, como el aforístico, tan devaluado hoy día al convertirse en una moda, se enfrenta por primera vez a lo que para muchos, entre los que no me cuento, es el género estrella de la literatura: la novela.

            Resulta curioso lo que ha ocurrido, en el último medio siglo, con la novela, que de ser un pasatiempo y poco más que un subgénero literario, ha pasado a ser la representación máxima de la creación literaria, lugar que en otro tiempo ocuparon el poema épico, ya mera arqueología, y el teatro, que parece haber dejado de ser obra literaria para convertirse en guion, a veces simple guía, del espectáculo escénico.

            No deja de ser cierto que el prestigio literario puede alcanzarse con la poesía o con el cuento, o incluso con el ensayo (ahí está el caso de Fernando Savater), pero que la profesionalización solo puede conseguirse publicando novelas. Una condición, en todo caso, quizá necesaria, pero no suficiente.

            Los últimos días de Alejandro Reig, la primera incursión de Miguel Pardeza en el género, es una obra metaliteraria. El narrador ha escrito su primera novela y, dudoso de su mérito, les pide opinión a varios amigos y también a un escritor que admira y al que considera su maestro, Alejandro Reig. El juego metaliterario no se lleva hasta un sorprendente final: la novela que ha escrito el narrador y la que nosotros leemos podrían acabar siendo la misma, los protagonistas de ambas se llaman de igual modo, Samuel, y ambas tienen relación con la pasada pandemia.

            Hay abundantes precedentes de un relato basado en la relación entre un maestro y su discípulo. Henry James ha escrito admirables relatos al respecto y una poco leída novela de Azorín, El escritor, trata precisamente del velado enfrentamiento entre un autor célebre que inicia su decadencia (trasunto del propio autor) y otro joven que se inicia en la literatura lleno de brío (quizá de Dionisio Ridruejo, al que se dedica la obra).

            El problema de esta novela de Pardeza es que no parece demostrar un gran conocimiento de la vida literaria. El narrador es tan ingenuo que se ilusiona porque el padre de una amiga suya conoce a un ejecutivo de Planeta y le va a pedir que publique su novela en cualquiera de las editoriales del grupo. Y nada de lo que se nos dice de Alejandro Reig nos permite suponer un especial talento, entrever la genialidad que su discípulo le supone. Ha abandonado la escritura, y estas son las razones que da para ello:   “Qué importancia puede tener un trabajo que ocupa a unos cuantos y disfrutan unos pocos?”, A eso añadía “su inflexible opinión de que todos estaban abocados al olvido, incluso los que hasta el momento habían sorteado la devastación de los siglos”. Esta opinión, que Borges expresó de mejor manera (recordemos su “A un poeta menor”: “La meta es el olvido. / Yo he llegado antes”) al joven protagonista “le sacaba de quicio”.

            El narrador se esfuerza en presentarnos a su maestro como un sabio desengañado de la literatura, pero nosotros le vemos solo como un viejo y malhumorado borrachín. Lo peor de los escritores –le repetía más de una vez-- no es su vanidad, sino el creer que se dedican “al mejor de los oficios, el más noble, sin el cual el mundo ardería como una tea o no sería capaz de avanzar en dirección correcta”. Y luego denunciaba las corrupciones del mundo literario, al menos tal y como él las había visto en su natal Zaragoza: “el caso abominable de ese escritorzuelo que se había vendido para que le dieran un premio, o el de aquel que se rebajaba por una columna de periódico, o el de aquel otro que se ensuciaba las manos sobando celebridades”.

            Si muchos reparos le pusieron sus amigos a la primera novela del ficticio Samuel, no menos le podrían poner a esta segunda, una minuciosa crónica del tiempo que pasó en Islantilla durante el último mes de la vida de Alejandro Reig, que parece irse redactando en el momento que ocurren los hechos, pero que al final nos enteramos de que está escrita años después. El principal: que no cite ni una sola vez el diario y las notas que Reig iba escribiendo durante el tiempo de su retiro, a pesar de que nos informe de que pasaron a su poder, y que podrían darle algo más de complejidad al personaje.

            Si vale poco como novela de escritores Los últimos días de Alejandro Reig, se salva en cambio como novela psicológica: las relaciones entre el viejo maestro y sus dos últimos amores, Tess y Frida, y de esta última con el narrador, están vistas con inteligente sutileza. También resulta un acierto la descripción de Islantilla y otros lugares de la costa onubenses fuera de la temporada turística, o el personaje del pescador que se mueve en una ambigua zona gris en sus relaciones con los narcotraficantes.

            Destacado ensayista e investigador literario, Miguel Pardeza tiene innegables habilidades de narrador. Pero si le bastaron para escribir dos compactos y matizados relatos autobiográficos, no resultan suficientes cuando se aventura en terrenos en los que parece no demasiado ducho, como la industria editorial y los entresijos de la sociedad literaria contemporánea. La superstición de la novela le ha jugado una mala pasada.




martes, 21 de abril de 2026

La verdad sobre Chaves Nogales

Juan Carlos Mateos
Manuel Chaves Nogales, la construcción de un mito
Espuela de plata. Sevilla, 2026.

La recuperación de Manuel Chaves Nogales en los últimos años es un caso insólito en la literatura española, y quizá en cualquier literatura. Fue uno de los más conocidos periodistas antes de la guerra civil y el que con más acierto supo recoger en libros la labor dispersa, o más bien anticipada, en diarios y semanarios. A la crónica y a la biografía de personajes famosos, como el torero Juan Belmonte, le añadió los recursos de la ficción y consiguió así obras que todavía se siguen leyendo con el mismo interés que cuando fueron publicadas. Tras su temprana muerte, en 1944, pareció desaparecer por el escotillón del olvido, como le ocurre a la mayor parte de los periodistas un tiempo famosos. Contribuyó a ello el que los dos libros que publicó después de 1936 aparecieron en América y apenas tuvieron repercusión. Conviene señalar, sin embargo, que ese olvido nunca fue total: su Juan Belmonte, matador de toros se siguió reeditando en edición de bolsillo y nunca dejó de tener admiradores.

            A diferencia de otros casos, como el de Max Aub o Ramón J. Sender, el rescate de Chaves Nogales no fue una moda pasajera. Mientras que Aub, Sender o tantos exiliados son ya figuras de la historia literaria más que de la actualidad, Chaves Nogales sigue siendo un éxito seguro para cualquier editorial y quienes se dedican a investigar su vida y recuperar su obra dispersa protagonizan a menudo ásperas polémicas.

            El éxito actual de Chaves Nogales comenzó con el descubrimiento de un libro, A sangre y fuego, publicado en 1937, por parte del editor y librero de viejo, además de poeta, Abelardo Linares. Siguió con una errónea lectura del prólogo a ese libro, llevada a cabo, con el apasionamiento que le caracteriza, por Andrés Trapiello, que encontró en él los mejores argumentos para justificar su deriva revisionista sobre la república y la guerra civil. Los impactantes relatos de A sangre y fuego no eran crónicas periodísticas, sino ficción basada en hechos reales. De la misma manera, el prólogo tenía mucho de autoficción. Pero la errónea lectura que de él hizo Trapiello fue seguida prácticamente por todos los que desde entonces se ocuparon de Chaves Nogales, no solo por los intelectuales que como él renegaban del progresismo de su juventud (Azúa, Savater, Juaristi): También para destacadas figuras de la izquierda, Chaves Nogales quedó entronizado como el héroe y mártir de la tercera España, de la que en la guerra civil estuvo contra los dos bandos porque nunca quiso ser comunista ni fascista, porque no utilizaba la barbarie de los unos para justificar las de los otros.

            Juan Carlos Mateos, tras rescatar en el libro Junto al pueblo en armas, los editoriales de Chaves Nogales en el diario Ahora cuando estuvo bajo su dirección, nos ofrece en La construcción de un mito muy precisas evidencias documentales que pueden volver del revés la imagen hoy generalizada del escritor, aunque no parece que vayan a conseguirlo, tanto por insuficiencias metodológicas como porque los mitos, una vez asentados, son capaces de resistir cualquier argumentación racional que los ponga en duda.

            Los aportes documentales de Juan Carlos Mateos, fundamentalmente las actas del Consejo Obrero a cargo del periódico tras ser incautado a su propietario, Luis Montiel, van acompañados de continuas salidas de tono, más propias del panfleto, y de confusas o prescindibles minucias sobre el periodismo y los periodistas de la época que dificultan la lectura y distraen de lo esencial.

            El erudito que parece atragantarse con su mucha información (dedicó su tesis doctoral, de 1996, a la prensa diaria en Madrid durante la guerra en Madrid y ha seguido fatigando archivos), se deja llevar demasiado a menudo por los malos modos del peor periodismo. Andrés Trapiello, en una cita de la que por cierto no se indica la procedencia, “da rienda suelta a su acrisolada verborrea”. Claro que peor parada sale María Isabel Cintas Guillén, la primera editora y biógrafa de Chaves Nogales, sobre la que ironiza: “Comprendo que, para una catedrática de lengua y literatura, analizar morfológicamente una frase con sujeto, verbo y predicado, es una tarea irresoluble”.

            Sorprende, por otra parte, que un estudioso que hace gala de contraponer el dato preciso al bulo interesado no deje de hacerse eco de un supuesto documento en el que el espionaje republicano advertía en noviembre de 1937 al presidente del Consejo, Juan Negrín, de que tres individuos habían partido de Salamanca a París “con orden de asesinar a Chaves Nogales”. ¿Abandona el escritor la España republicana de no muy gallarda manera y los franquistas quieren premiar ese hecho con su asesinato? Y por si eso no fuera poco los espías republicanos avisan a Negrín, que por aquellas fechas debía estar muy preocupado por los riesgos que corría el periodista desertor.

            Algo de deserción tuvo el abandono del periódico del que era director en noviembre de 1936, cuando el gobierno republicano, ante la anunciada inminente caída de la capital, se trasladó a Valencia. Pero él no se quedó en esa ciudad a seguir defendiendo la República, sino que de inmediato se trasladó a un lugar más confortable para seguir desarrollando su exitosa labor periodística, París. Sus fuentes de información sobre la guerra civil, a partir de esa fecha, fueron de segunda mano. El famoso prólogo a los impactantes relatos de A sangre y fuego no es más que un intento de justificación, ante los demás y ante sí mismo, de un comportamiento, si no censurable, no precisamente heroico ni ejemplar. En un artículo de agosto de 1936 criticaba a “los espíritus más simplistas y elementales” que decían que la guerra en España era un enfrentamiento entre el comunismo y el fascismo. Él lo explicaba de otra manera. La lucha era entre una República democrática y unos militares sublevados, una republica “sostenida por el proletariado organizado que, naturalmente, seguirá luchando por sus ideales socialistas, pero dentro ya de una legalidad y un posibilismo que no serán perturbados más que por la utopía de los núcleos anarquista que hay que ir reduciendo, y por los residuos criminales que las revoluciones y las guerras civiles ponen a flote”.

            ¿Mentía en ese momento o cuando explicaba las razones de su marcha en el mitificado prólogo de A sangre y fuego? Más bien parece que en el segundo caso. Chaves Nogales era un notable periodista y un magnífico escritor, pero en cuanto a las exigencias de veracidad en lo que contaba se tomaba libertades más propias del novelista que del periodista. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, se puso al servicio del Ministerio de Exteriores francés para difundir en el extranjero la versión oficial del conflicto. Esas crónicas, que el autor sin duda preferiría olvidar, rescatadas recientemente por Yolanda Morató, fueron rebatidas punto por punto en La agonía de Francia, un libro publicado en 1941 cuando ya trabajaba, de manera oficiosa, para los servicios de prensa del gobierno inglés.

            ¿Un héroe Chaves Nogales? ¿Una figura ejemplar, un santo laico, un periodista independiente que solo buscaba la verdad y que por eso fue perseguido y marginado por los unos y los otros, los fascistas y los republicanos, esto es, “los comunistas”? Nadie que se acerque a él sin prejuicios puede estar de acuerdo con esa afirmación, Era únicamente un buen profesional que tomó, en cada momento, y nadie puede reprochárselo, las decisiones que creyó más convenientes para sí mismo y para su familia.


miércoles, 15 de abril de 2026

Pequeña y gran historia

 

 

Carlos Alberdi
Ortega y Gasset ante Lista
Abada Editores. Madrid, 2026.
 

Recorrer una calle de principio a fin es algo más que recorrer una calle. Si lo hacemos sin prisa, fijándonos en todo lo que nos llama la atención, y en buena compañía, es también un paseo por la historia y la sociología de un país.

Ningún acompañante mejor que Carlos Alberdi, siempre bien informado pero que habla lo justo, que se fija en lo grande y lo pequeño, y que en Ortega y Gasset antes Lista nos propone un paseo por una de las calles del barrio de Salamanca y por dos siglos de historia de Madrid, desde el reinado de Isabel II hasta el reino de taifas que ahora preside otra Isabel, la presidenta de la Comunidad.

            No se mete en política Carlos Alberdi, salvo en la defensa del liberalismo, esa palabra que él toma, no en el sentido actual, sino en el originario, el de las cortes de Cádiz. A fin de cuentas, dos ilustres liberales fueron los que dieron nombre a la calle: el filósofo Ortega y Gasset, desde 1955, y antes, desde 1871, Alberto Lista, al que hoy apenas si se recuerda porque fue el maestro de Espronceda y de la mejor juventud de su tiempo.

            Ortega trajo la República, pero pronto se arrepintió; anduvo brevemente por el exilio antes de volver cabizbajo a la España de Franco, que le perdonó a medias y que quiso honrarle dando su nombre a una de las calles principales de la capital. Se lo dio, pero no del todo: la parada del metro siguió llamándose Lista y ese nombre se mantuvo en parte del barrio. Alberto Lista había sido masón y afrancesado, como recordó poco antes una biografía escrita por un hispanista alemán, y fue en tiempos del rey Amadeo cuando se dio su nombre a una calle. Mejor apropiarse del filósofo ilustre que acababa de fallecer –pensaron las autoridades de entonces-- que seguir honrando a un afrancesado.

            Al comienzo de la calle, hay unos grandes almacenes que ocupan el lugar de un palacio: el palacio de Anglada. Como había sido construido en el siglo XIX, no hubo inconveniente, en la iconoclastia de los años sesenta, en dar permiso para echarlo abajo. A partir de los años ochenta, ya se actuaría de un modo más respetuoso, o más hipócrita, y unos edificios de pisos de alquiler, con la fachada principal hacia la Castellana, en los que vivieron Pedro de Répide o Zenobia Camprubí (“una de las mujeres más modernas del Madrid de los años veinte que se casó con el chico más brillante y difícil de la ciudad”, como nos informa el guía), fueron vaciados por entero para la instalación del Banco de Santander, pero conservaron la fachada.

            Carlos Alberdi nos informa de la novelería, como de novela decimonónica que acompaña al Corte Inglés, con ese hijo que se casa a escondidas de su autoritaria madre y adopta en secreto a las hijas de su mujer, o de cómo la familia fundadora del Santander, los Botín, aunque siga al frente, es solo propietaria de poco más del uno por ciento de las acciones.

            El tramo de la calle Ortega y Gasset entre Serrano y Claudio Coello, está ocupado por tiendas de lujo, comenzando por la neoyorquina y peliculera Tiffany. El autor aprovecha para recordarnos la teoría del economista Thorstein Veblem sobre el gasto ostentoso, que habla de que “buena parte de las decisiones económicas se toman para demostrar poder o por otras equivocadas razones”.

No están muy claras las razones por las que el reloj de pulsera masculino, el reloj tradicional, no el que nos cuenta los pasos o nos mide las pulsaciones, se ha convertido en uno de los objetos de lujo más deseados. Quizá porque, como afirma cierta publicidad, “el reloj sea la única joya que puede lucir sin desdoro un caballero”.

            La arquitectura del siglo XX dejó muestras destacadas en esta calle y Carlos Alberdi nos las va señalando y explicando sus pormenores una a una, también va contando los árboles que hay en una y otra acera. En total, son setecientos cincuenta, lo que no es poco.

            La calle va perdiendo su glamour según avanza y se hace más menestral, aunque nunca demasiado, y más tradicionalmente madrileña. En ella queda el recuerdo de los edificios que se convirtieron en cárceles durante los años de la guerra civil y de la posguerra. Por una de ellas, la de Torrijos, pasó Miguel Hernández.

            Un empresario no menos exitoso ni más escrupuloso que el marqués de Salamanca, fundador del barrio, Juan March, tuvo su residencia, desde los años veinte, en un palacete parte de cuyo jardín da a esta calle. Hoy es sede de la Fundación March, meritoria institución que ha cumplido con creces su papel de santificar una fortuna de origen más bien dudoso.

            La larga calle, que fue creciendo a lo largo de los años, termina en un parque dedicado a Eva Perón, recuerdo agradecido a aquella singular mujer que trajo un poco de alegría a la famélica España de los años cuarenta.

            La historia y la unamuniana intrahistoria se entrecruzan en estas páginas que se leen relajadamente y sin fatiga, como quien da un agradable paseo.

No hay calle –en la gran ciudad o en el más apartado rincón-- que no sea, además de un escenario de la vida actual, un yacimiento arqueológico, un testimonio del tiempo que pasa y que parece esforzarse en ir borrando rápidamente sus huellas, aunque quizás nunca lo consiga del todo.

 

 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

El misterio de la calavera

 

Miguel Barrero
La cabeza de Goya
Xordica. Zaragoza, 2026.

Cuando se exhumaron los restos de Goya, en el cementerio bordelés de La Charteuse, allá por 1888, se descubrió que a su esqueleto le faltaba el cráneo. Tantos años después sigue sin saberse quién lo hizo desaparecer y dónde se conserva, si es que se conserva.

            Con esa historia que podía dar lugar a una narración efectista y truculenta, a la manera de las que escribió Pedro Antonio de Alarcón y que, con el añadido de zombis y vampiros, tanto tirón popular siguen teniendo hoy, Miguel Barrero, que no olvida sus orígenes periodísticos, ha escrito un bien informado reportaje que se lee como una novela de misterio.

            El prólogo, una variante del recurso al manuscrito encontrado (en este caso, un manuscrito olvidado), podía hacernos pensar que Miguel Barrero va a incurrir en el género de la autoficción, popularizado por Javier Cercas y tan mal entendido por Almodóvar en su Amarga navidad, pero el autor tiene la delicadeza de ocupar pocas veces el primer plano. El libro, según nos cuenta, surgió tras una estancia en Burdeos acompañado de Sofía, pero nada más sabemos de esa estancia ni de quién es Sofía. Y cuando nos narra su visita al lugar en que nació y vivió Montaigne lo hace en una discreta tercera persona. aludiéndose a sí mismo como “el viajero”.

            La referencia a Montaigne no solo tiene que ver con el asunto de la calavera, también es una manera de indicarnos el género al que se adscribe el texto, el libérrimo ensayo, que no excluye la erudición, sino a menudo todo lo contrario (pensemos en las citas en latín del propio Montaigne), pero que la pone al servicio de otra cosa muy distinta.

            En La cabeza de Goya, la desaparecida calavera del pintor da a veces la impresión de funcionar como un McGuffin, un poco a la manera del halcón maltés en la novela de Dashiell Hammett y en la película de John Huston. Es solo un pretexto para hablarnos de otros asuntos y de otras vidas que no son la de Goya.

            Pero a Goya se le retrata de minuciosa manera en sus años de exiliado voluntario en Burdeos, acompañado de otros españoles que, o bien habían servido al rey José o estaban relacionados con el trienio liberal. Entre ellos, Moratín, cuya correspondencia con Juan Antonio Melón nos ofrece precisos apuntes de cómo transcurrían los días, no demasiado tranquilos, del anciano Goya en la ciudad francesa.

            Pero hay otras muchas otras vidas que se van entrecruzando, de manera real o figurada, con la del protagonista. La primera es la de Joaquín Pereyra, el cónsul español en Burdeos, que, paseando por La Charteuse, descubrió casualmente el olvidado lugar en que estaba enterrado el pintor. Aparece en el capítulo inicial del libro, el de más empaque literario.

            También aparece en estas páginas un pintor, Dionisio Fierros, nacido en Ballota, muy cerca de Cudillero, en 1827. Miguel Barrero considera que su arte, muy apreciado en su tiempo, carece hoy de interés, pero varios de sus cuadros, como “Un palco en el Teatro de la Ópera”, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Asturias, conservan intacta su capacidad de fascinación. Otra obra de Dionisio Fierros le lleva a formar parte de esa historia. Fue descubierta en 1928 y en su parte posterior aparece la inscripción “Cráneo de Goya pintado por Fierros”.

            Un nieto del pintor, Dionisio Gamallo Fierros, que fue quien rescató buena parte de las páginas olvidadas de Bécquer y sacó a la luz muchos de sus secretos biográficos, publicó en El Español, el semanario fundado por Juan Aparicio, un artículo titulado “¿Robó mi abuelo la calavera de Goya?”. Nos quedamos con ganas de saber más de Gamallo Fierros, a quien Dámaso Alonso, retrató en el prólogo a uno de sus libros: “Valiente Dionisio, con tu carterón tan preñado, que pesa tanto que se te va quedando rezagado siempre, como un niño gordo que llevaras de la mano y se te cansara de andar, dejándote atrás, casi perdido”.

            Otro capítulo, que nos sabe a poco, se dedica a la frenología y a Mariano Cubí y Soler, su máximo divulgador en España. La desaparición del cráneo de Goya quizá tuvo que ver con esos estudios que pretendían descubrir los rasgos del genio y de la locura en la forma de la cabeza.

            El que el segundo cuadro que Fierros dedicó a una calavera –esta vez vista por atrás-- se encuentre depositado en el museo de la Casa Natal de Jovellanos le sirve a Barrero para hablarnos de este ilustrado y de los dos retratos suyos firmados por Goya, cada uno representativo de un momento de su trayectoria vital. A Jovellanos, “según una tradición nunca confirmada”, se le atribuye, en su lecho de muerte, la frase con la que Miguel Barrero quiere trascender la historia de la calavera perdida: “¡Nación sin cabeza!”

            Hay algún lapsus disculpable y fácilmente subsanable en tantos detalles precisos: el Gran Teatro de Burdeos, que tanto le gustaba frecuentar a Moratín, no pudo inaugurarse en 1890 (fue en 1780), y a los exiliados españoles no los vigilaba la policía francesa por antimonárquicos (pronto defenderían a la reina regente y a su hija, la futura Isabel II), sino por liberales, por partidarios de una monarquía constitucional.

            Pero se trata de reparos menores, muy menores, a un libro que podría ser una novela, pero que, afortunadamente, no es una novela, ese género cuya importancia comercial, como parte de la industria del entretenimiento, suele confundirse con su importancia cultural.


jueves, 2 de abril de 2026

No hay creación sin crítica

 

Javier Salvago
La vejez del poeta
Renacimiento. Sevilla, 2026.

Un libro puede ser ilustrativo tanto por sus errores como por sus aciertos. Javier Salvago destacó entre los poetas de los ochenta por su recuperación de la métrica clásica unida a un tono conversacional en el que no faltaba el recurso al humor (La destrucción o el humor se tituló precisamente la obra que le dio a conocer) junto a los homenajes a otros autores.

En La vejez del poeta predominan las estrofas clásicas, especialmente las de arte menor, y ocupan un lugar muy destacado, como en sus primeras obras y en otros poetas de los ochenta (pensemos en Carlos Marzal), las referencias a Manuel Machado.

“Variaciones sobre un poema de Manuel Machado” se titulaba un poema incluido en su libro En la perfecta edad, de 1982. Escrito en los característicos pareados alejandrinos de los autorretratos de Machado comenzaba citando uno de ellos, “Prólogo. Epílogo” de El mal poema: “El médico me manda no escribir más. Renuncio, / pues, a ser un Verlaine, un Musset, un D’Annunzio”.

            “Cuarenta años más tarde” reescribe el poema propio que ya reescribía un poema ajeno: “El médico me manda –de nuevo, como antaño-- / no escribir más. O, al menos, que entierre el desengaño”.

            Otro poema lleva un título de Gil de Biedma, “Canción para ese día”, y un subtítulo explicativo: “Variaciones sobre unos hai-kais de Manuel Machado”. También se parafrasea a Bécquer y se cita, sin citarlo, a Francisco Brines: “a debida distancia/ cualquier vida / es de pena”. Pero todo da la impresión de hacerse mecánicamente, gratuitamente, sin aparente necesidad.

            La Inteligencia Artificial, a la hora de redactar poemas, no parece alejarse mucho de la Inteligencia Natural de ciertos poetas: encadena y entremezcla referencias de textos anteriores, se deja llevar por la rima. Comete errores (los versos no suelen llevar los acentos en el lugar adecuado), pero no ciertos errores, como los que encontramos en “Consejos para ti mismo”. Se trata de un romance en versos heptasílabos al que de pronto le falla una de las rimas: “Que no sea un adorno / vano la poesía, / sino respiración, / naturaleza viva. / Escucharte a ti mismo / mucho más que a las musas. / Conversar con el hombre / que dentro de ti habita”. La Inteligencia Artificial no escribiría “musas”, sino acaso “misas” y entonces el usuario corregiría por “prisas” y así quizá mejoraría el poema: “Escucharte a ti mismo, / mucho más que a las prisas”.

            El consejo más importante que se da a sí mismo Javier Salvago en ese poema es “no escribir tonterías”. Yo lo completaría: y, si se escriben, al menos no publicarlas o hacerlo solo en alguna red social sin recopilarlas en libro.

            La vejez del poeta echa la vista atrás “desde la última vuelta del camino”, para decirlo con el título que Baroja dio a sus memorias. La décima inicial comienza: “No digo yo que esté mal hecho / el mundo ni que la vida / no merezca ser vivida”, pero conduce “a la muerte, / a la nada y al olvido”. Esa visión negativa de la muerte se contradice en otros textos: “¿Vivir eternamente? / La vida se soporta / porque existe la muerte”.

            Uno de los pocos poemas que justifican el libro es el soneto “Al final del túnel”, que utiliza la técnica del engaño-desengaño formulada por Bousoño, y que acaba identificando “La luz. La trascendencia. La belleza” con “la nada”. Con un tono muy distinto, otro de los poemas que se salvan es “Zombi, mi gato negro”, en el que parece haber seguido el consejo que le da “el médico” (el psicólogo, más bien) en “Cuarenta años más tarde”: “Que haga como hacen tantos admirables colegas / que hasta lo más humilde y simple lo celebran”.

            En el poema que da título al conjunto, se lamenta de “acabar viejo y cansado” tras dejar “una obra / gratis, a costa de tu tiempo, / de tu dinero y tu energía”. El lector sonríe ante tanta ingenuidad: si la poesía no produce, por lo general, dinero no es porque los poetas generosamente la regalen, sino porque sus libros se venden poco y nadie paga por acudir a sus recitales.

            Un libro de poemas es algo más que una recopilación de poemas mejor o peor redactados, de ejercicios más o menos ingeniosos. El ingenio no lo ha perdido del todo Salvago ni la habilidad retórica, como demuestran sus sonetillos trisílabos, “La poesía” y “La vida” (tan manuelmachadianos, una vez más). Pero qué sentido tiene, salvo para practicar ortografía, un poemita como el titulado (con eco de Aleixandre) “Sombras del paraíso”: “Cuánto / dolor / hay / ahí. / Ay, / infancia”. Y tantos otros, meros desahogos o compendio de obviedades , como el “Rap de la guerra”.

            Escribir versos dejándose llevar por el metro, apuntar ocurrencias, aprovechar (sin pagar derechos, como se reprocha a la Inteligencia Artificial) textos ajenos es solo la fase previa, muy previa, de un libro de poemas. El trabajo, el verdadero trabajo literario, empieza después.

Un desganado Javier Salvago parece haber renunciado a hacer ese trabajo. Y no ha habido ningún editor (en el sentido inglés del término) que le haya ayudado en esa imprescindible labor que, cuando el poeta es joven, suele cumplir un amigo, poeta o no, pero excelente y atento lector (en su caso, fue Fernando Ortiz). Sin crítica y autocrítica no hay creación, salvo “por casualidad”, como en la fabulilla de Iriarte.