José Antonio Martín Otín
Diario secreto de José Antonio
(Un documento inédito que cambia la
historia)
Espasa. Barcelona, 2026.
De la
demonización de la Falange, antes, durante y después de la guerra civil,
siempre hubo quien salvara la figura de su fundador, José Antono Primo de
Rivera, el aprendiz de brujo que puso en marcha, sin pretenderlo, una imparable
máquina de represión.
En febrero de 1936, poco antes de
las elecciones, le entrevistó el periodista argentino Pablo Suero (la
entrevista se recoge en su libro España levanta el puño), y a pesar de
que se le acerca desde posiciones ideológicas contrarias, no puede dejar de
anotar: “Es un muchacho fornido, lampiño, de cara despejada y alegre. Es
enormemente simpático y sencillo. Ya me parece un viejo camarada”. Pero esa
simpatía no le impide referirse a “la violencia que emplean sus hombres por
imposición suya y gravitación de los métodos fascistas. Estando las derechas en
el poder, los camisas azules de Primo de Rivera han salido a la calle a imitar
los procedimientos nazis, revólver en mano”.
Para José Antonio Martín Otín,
coautor del libro Violencia roja antes de la Guerra Civil, esa violencia
fue tardía y siempre en defensa propia. Eso no le impide referirse a hechos que
refutan tales afirmaciones. Cuenta cómo José Antonio prepara la fuga de los
participantes en el atentado contra Jiménez de Asúa e indica que si falló –hubo
un muerto, pero no el catedrático-- la causa fue la improvisación e impericia
de los autores, ya que “disponía al lado de gente de confianza bregada en la
acción directa a la que encargar una vindicta tan compleja”. No parece que
fuera tan improvisada la venganza contra Manuel Pedregal, el juez que firmó la
sentencia del único participante detenido: unos falangistas “le disparan a
quemarropa, a las piernas, le parten el fémur y muere desangrado”.
La reiteración de las tesis revisionistas,
que chocan a menudo contra los hechos históricos, no le resta interés a este Diario
secreto de José Antonio, un libro de título un tanto hiperbólico: lo que se
reproduce es una pequeña agenda, desconocida hasta la fecha, en la que Primo de
Rivera anotó unos pocos días de marzo. En algún caso, solo citas previstas. En
la anotación del domingo, 1 de marzo, se lee escuetamente: “1 t. Ruiseñada. Bar
Club”. Pero cada una de ellas, aunque apenas conste de un nombre, le sirve a
Martín Otín para recrear una fascinante galería de tipos de la época, para
decirlo a la manera barojiana. Glosando la del 8 de marzo (“Despacho. Panizo”)
nos cuenta que Leopoldo Panizo Piquero, jefe de la falange asturiana, alquiló
para el partido un piso que era propiedad de la mujer de Franco y este, en
cuanto se enteró, preocupado por el perjuicio que la relación con esos
revoltosos podría proporcionarle a su carrera, pidió que lo desalojaran. En la
del 9 de marzo (“11 m. Despacho. Sra. Alonso Quedada”) refiere la exitosa intervención
de José Antonio en un pleito entonces muy sonado, el que enfrentó a los
agricultores de Malagón contra el duque de Medinaceli.
La primera vez que decide utilizar
la agenda como verdadero diario es el 13 de marzo. Cuando escribió la última
línea (“A la noche, con Julio y otros doy unas vueltas por la ciudad, ya
tranquila”), no se podía imaginar que esa noche sería la última que dormiría en
casa. Le detuvieron a la mañana siguiente.
Tuvo tiempo para hacer muchas cosas
esa jornada en que se despedía, sin saberlo, de la libertad: “Por la tarde,
logro eludir mi vigilancia y doy una vuelta en coche con I. Poco a poco se va
tendiendo un fluido y consiente por la boca y la acaricia. La última invitación
ha sido: ‘Lo mereces todo, aunque solo sea para divertirte’. Después de llegar
a casi todo, siento una infinita vergüenza. Ella, vertical, ¿qué pensará mañana
de mí? Le digo humildemente que nuestra amistad necesitaba esta prueba: la de
que ella me conozca en mi aspecto peor para que no sea un afecto nutrido de
fantasía”.
Parece que José Antonio, buen
católico, era de los que solo consideraban lícito el sexo dentro del
matrimonio. No volvería a tener ocasión de acercarse de esa manera a ninguna
mujer en los meses, pocos, que le quedaban de vida.
Martín Otín nos deja minuciosa
constancia de sus relaciones femeninas, quizá para desmentir el rumor de que
fuera homosexual. Interesa especialmente la qie tuvo con la fascinante
Elizabeth Bibesco, amiga de Proust y de Azaña, que en 1940 publicó una novela a
él dedicada. Pero es posible que todos esos amores tuvieran mucho de platónicos.
En ese aspecto, como en tantos otros, José Antonio no se parecía en nada a su
padre, no era de alternar con personajes como la Caoba, protagonista de uno de
los más sonados escándalos de la dictadura.
El 13 de marzo, último día de
libertad, hay tiempo para mucho más que el encuentro erótico que tanto le
avergüenza (del que sin duda daría cuenta a su confesor); entre ellas, una
reunión con estudiantes del SEU y estudiantes católicos para buscar una unión
sindical, y la propuesta a Portela Valladares, que ha dejado el poder tras el
triunfo del Frente Popular, de un golpe de Estado.
No es la única vez que habla de ello
en esta agenda. El 20 de marzo le anuncian que “para mañana es la cosa” y que “para mañana tienen que hacer algo”.
Responde con evasivas y anota: “Siguen pensando que esta es una tropa de
alquiler al servicio de la derecha y de los generales”. En la última anotación,
del 29 de marzo, vuelve a referirse a los golpes que se preparan, todos los
cuales “piensan contar con la Falange (siempre como fuerza de choque, los muy
cerdos)”.
Esa labor, como fuerza de choque o “fuerza
cipaya”, según escribe Martín Otín, es la que le sería reservada a la Falange
tras la muerte de su fundador, que tuvo tiempo de lamentarse de la barbarie
desencadenada tras el golpe de julio y que él, aprendiz de brujo que había
contribuido a desencadenarla, hizo todo lo posible, cuando ya no era posible,
por detener, algo que ennoblece sus días finales.
Sorprende comprobar la lenidad con
que el gobierno del Frente Popular trataba a quienes conspiraban para acabar
con la democracia. Esto escribe José Antonio el 17 de marzo sobre lo que era su
“régimen de cárcel”: “Gimnasia por la mañana, ducha fría con jabonadora
deliciosa. Además, me afeito por primera vez desde el jueves. Viene mucha gente
a vernos. Almorzamos muy bien. Hemos descubierto que hay una taberna de la que
pueden traernos una suculenta comida, y aun vinos. Nuestra galería va teniendo
comodidades: libros, ajedrez, una larga mesa donde comemos, leemos, jugamos y
trabajamos…”
Otros textos inéditos o poco
conocidos, además de las notas de la agenda, añaden interés a un libro que nos
ayuda a conocer mejor la intrahistoria de un tiempo sombrío (aunque no tanto
como el que vendría después). Conviene, sin embargo, tomas con cautela las
referencias del autor, no siempre rigurosas o suficientemente precisas: los
versos que se atribuyen a Antonio Machado al comienzo del capítulo “Juzgado de
guardia” no son de Antonio Machado; la cita que se reproduce en la página 239
no se encuentra en el artículo referenciado en nota; del poema aludido en la
página 139, cuyo autor es Alfonso López (no Pérez) Gradolí, se reproducen
algunos versos en la nota correspondiente, pero no se indica dónde está
publicado (lo fue en el raro libro Poemas falangistas, de 1985).














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