jueves, 4 de marzo de 2021

El ruido y las nueces

 

Independencia. Terra Alta II
Tusquets. Barcelona, 2021.
 

Independencia, la nueva novela de Javier Cercas, lleva el subtítulo de Terra Alta, II, y puede considerarse como la segunda entrega de una serie protagonizada por “el héroe de Cambrils” o como las dos partes de una única novela, a la manera del Quijote, obra a la que se homenajea con las reiteradas referencias a la primera parte, ya publicada y conocida por los personajes, en la segunda.

            El que el protagonista sea “el héroe de Cambrils”, el mosso d’esquadra que abatió a cuatro de los terroristas del atentado de las Ramblas, plantea un problema extraliterario. ¿Es lícito tomar un personaje real del que poco se sabe (se ocultó su identidad para evitar represalias, está de baja por depresión y en lugar desconocido) y atribuirle una rocambolesca biografía de malhechor reconvertido y un uso de la violencia para imponer la ley al margen de la ley? ¿Se imagina alguien que el protagonista fuera el mayor Trapero o que a quien se convirtiera en un Rambo con vocación de bibliotecario, hijo de una prostituta asesinada, fuera al líder de Ciudadanos? Jugar con la verdad y la mentira, con la mezcla de realidad y ficción, tiene sus límites legales, al margen de su mayor o menor eficacia como recurso literario.

            También hay límites de otro orden. Los personajes de Independencia –parece que todos menos el protagonista-- han leído Terra Alta y aluden a ella, y a su autor, dudando de si lo que cuenta es verdad o mentira. “Menudo elemento, el tal Cercas, qué manera de embaucar a la gente…”, dice uno de los personajes. Pero resulta que Terra Alta se publicó en 2019 y los hechos que narra ocurrieron en 2021. ¿A nadie, en un relato que se quiere realista, le extrañó que fuera profética? Resulta además que en la realidad de la ficción “ni Blai ni nadie en la comisaría de la Terra Alta tuvo el menor interés en desmontar la versión oficial del caso, según la cual había sido él y no Melchor quien lo había resuelto”. Una novela debe atenerse a su propia coherencia interna y Cercas se la salta por su afán de homenajear a Cervantes sin darse cuenta de que su caso es como si Cervantes hiciera aparecer la primera parte del Quijote, publicada en 1605, en una segunda parte que transcurriera durante la juventud del protagonista, muchos años antes.

            Independencia pretende ser varias cosas: una narración policíaca a la manera de las que pronto se convierten en series de televisión (curiosos resultan sus puntos de coincidencia con un reciente éxito de Netflix, Lupin), una novela de tesis que trata de desmontar las falsas razones del independentismo catalán y, en menor medida, un ejercicio de metaficción que se hace evidente en el discurso final del protagonista: “Lo que he aprendido es que las novelas no sirven para nada. Ni siquiera cuentan las cosas como son, sino como hubieran podido ser, o como nos gustaría que fueran. Por eso,nos salvan la vida. Bueno, eso es todo lo que os quería decir: que las novelas no sirven para nada, excepto para salvar vidas”.

            Como narración policíaca, la novela pierde todo interés a partir de la página 94. Cercas sabe contar, y la estructura de su novela --con esa larga conversación final, que todo lo aclara, y que se va sabiamente dosificando desde los primeros capítulos-- resulta la más adecuada para mantener el suspense, pero no acierta a inventar una trama medianamente verosímil. La alcaldesa de Barcelona –estamos en 2024 o 2025, no pensemos, o solo un poco, en Ada Colau-- es chantajeada. La amenazan con hacer público un vídeo de carácter sexual si no ingresa trescientos mil euros en moneros en una determinada cuenta. Le advierten que no hable con la policía si quiere que todo salga bien. Y ella cita a los policías en el Ayuntamiento, les alarga el sobre que contiene la amenaza y luego un maletín de cuero negro. “Ahí tiene el dinero. Pague a esa gente y que me dejen en paz”, le dice al inspector. ¿Nos frotamos los ojos? ¿Le piden que no avise a la policía y ella les avisa, no para que eviten el chantaje o detengan a los chantajistas, sino para que simplemente ingresen la cantidad que le exigen en una cuenta? ¿Tan torpe es que no se las sabe arreglar ella misma con la banca digital ni tiene a nadie que le explique el procedimiento?

            Por si no dejamos de tomarnos en serio el relato policial en ese momento, Cerca nos ofrece casi una ocasión en cada página. Los policías descubren que no es el primer intento de chantaje, que ya hubo otro anterior. ¿Y cómo fue ese anterior? Pues como sacado de una aventura de Mortadelo y Filemón. Los extorsionistas pidieron a la alcaldesa “que les pagase trescientos mil euros por no divulgar la grabación”, debía pagarlos en billetes de cincuenta euros. Ella personalmente debía depositarlos “un día concreto, al atardecer, en un punto concreto de la playa de Gavà, muy cerca de la orilla, donde encontraría una fiambrera en la cual lo extorsionadores dejarían, a cambio del dinero, la grabación”. ¿Se imagina alguien a la alcaldesa de Barcelona yendo al banco a pedir trescientos mil euros en billetes de cincuenta (unos seis mil, si no me engaño), yendo con ellos a una playa,  buscar una fiambrera y luego irlos embutiendo allí. Menuda sorpresa se llevarían los que la vieran. ¿Y después dónde esperaba a que llegaran los extorsionadores para que sacaran de la fiambrera los billetes y colocaran en ella la cinta del vídeo? ¿Sentada en un chiringuito?¿Y cómo podía estar ella segura de que no había copias? Lea el curioso lector como acabó esta aventura en la intervienen unos detectives, un submarinista y una cuerda, al parecer invisible, atada a la fiambrera. No pretende ser un episodio humorístico, aunque dé un poco de risa.

            El caso es que el extorsionador de la fiambrera la segunda vez recurre a los moneros, una criptomoneda creada en 2014 para ocultar mejor “la identidad de emisores y receptores y las cantidades de las transacciones”, según leemos en la Wikipedia. Han dado un gran salto cualitativo, pero les sirve de poco: en seguida los policías descubren que el número de la cuenta en que quieren que la alcaldesa ingrese el dinero “está adscrito a una tarjeta SIM” a nombre de Farooq Hoque y que el teléfono fue comprado en el MediaMark de Diagonal. No podemos evitar frotarnos los ojos. ¿Esto lo escribe un novelista serio? Cercas abandona la fiambrera y el submarinista, pero sigue en el mundo de Mortadelo. ¿Una cuenta en moneros adscrita a una tarjeta SIM? ¿Pero qué cuenta bancaria, aunque se en convencionales euros, está adscrita a un teléfono?

            Sospechamos que Cercas utiliza la trama policial como un Macguffin que le permite hablar de otras cosas que le interesan más y que confía en que el gran público al que se dirige –Terra Alta fue premio Planeta-- no resulte demasiado exigente. Pero quizá le hubiera convenido no menospreciar tanto la inteligencia de los lectores. El vídeo con el que amenazan a la alcaldesa –quien tuvo una juventud bastante abierta en materia sexual y no se avergüenza de ello-- nos la muestra teniendo relación con tres hombres que pretendían abusar de ella. No lo consiguen: es ella la que logra controlar la situación.

            En fin, no vamos a destripar la novela en la que Cercas demuestra cumplidamente su habilidad en el manejo de las técnicas narrativas, pero es imposible dejar de subrayar que hay que tener muy amplias tragaderas para encontrar un  átomo de verosimilitud en esos violadores en serie que cometen un asesinato y que, no solo se olvidan ello, y de las grabaciones de sus actos, sino que además pretender chantajear a una de las mujeres de las que intentaron abusar. Claro que la actuación, como “deus ex machina” de ese diputado socialista implicado en las “tarjetas black” (que Cercas llama tarjetas fantasma) llevando un cadáver a un descampado y haciendo desaparecer cualquier rastro del crimen también es de antología. De antología del disparate, claro.

            Insistir en más detalles sería un poco ensañamiento, pero no me resisto a señalar que los chantajistas, no contentos con el dinero, al final le ponen como condición a la alcaldesa que dimita si no quiere que se difunda un vídeo… que la obligaría a dimitir. O sea que ella debería pagar trescientos mil euros y dimitir para no ser obligada precisamente a dimitir.

            Trata de compensar Cercas lo inverosímil de la trama con la abundancia de “pequeños detalles exactos”, según la lección de Stendhal. Pero se toma demasiado al pie de la letra el consejo y, si el protagonista en un supermercado, mientras efectúa un seguimiento añade al azar productos a su cesta, Cercas no se priva de enumerarlos: “una bolsa de pan de molde, unas lonchas de queso envasadas, unas tortitas de arroz con chocolate, una lata de atún”. Y estamos de suerte si no nos indica la marca de la lata de atún. A otros detalles, en cambio, parece estar menos atento: en la página 106 un policía interroga a la alcaldesa sobre sus dos hijas; en la 196, la alcaldesa dice que tiene una hija.

            Pero la historia del chantaje, y del descubrimiento de un crimen de hace años, no es lo que más le importa a Cercas. Su novela se atiene al “prodesse et delectare” horaciano, quiere enseñar deleitando y la lección que quiere transmitirnos es que el famoso Procés fue artificialmente montado por la clase dirigente catalana para chantajear a Madrid. Así se lo hace decir a uno de sus personajes: “En 2012 vivíamos sumidos en una crisis tremenda, la más fuerte en un siglo, y lo estábamos pasando muy mal.  ¿Qué hicimos? Lo que debíamos hacer: sacar a la gente a la calle, con nuestros medios y con la ayuda inestimable de nuestro gobierno, para meter toda la presión posible al gobierno de Madrid, ponerlo entre la espada y la pared y obligarnos a resolvernos el problema”. La clase dirigente catalana no es independentista, afirma el personaje en sus declaraciones (dejemos a un lado, una vez más, la verosimilitud) a un periodista británico, pero ellos no crearon el independentismo: “Lo que montamos nosotros fue el Procés, es decir, transformamos una reivindicación de una minoría en una reivindicación de casi la mitad del país”. La pregunta del periodista es obvia: ¿Y cómo consiguieron ustedes solos sacar a la calle a un millón de personas cada año durante una década? “Ni que fueran idiotas”, precisa. Y esta es la respuesta del prohombre catalán en versión de Cercas: “Es que lo son”. Sutileza argumental se llama esa figura.

            Independencia es una novela con pretensiones de análisis social y de denuncia (y que cita a Montaigne y a Borges –“mientras dura el remordimiento dura la culpa”-- y no escasea en reflexiones atinadas), disfrazada de entretenido y poco exigente telefilme de sobremesa. O quizá lo contrario.

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jueves, 25 de febrero de 2021

Historia de una ambición

 

El joven Porcel
Sergio Vila-San Juan
Destino. Barcelona, 2021.
 

A Baltasar Porcel le gustaba apostar por los caballos ganadores: en 1973 dedicó un libro a loar la exitosa revolución cultural china; en 1977 conoció al rey Juan Carlos y acabó convirtiéndose en su asesor para asuntos relacionados con Cataluña; apostó desde el principio por Jordi Pujol y en la Cataluña pujolista fue un consejero de cultura oficioso, obtuvo todos los premios oficiales y dirigió instituciones creadas especialmente para él. Murió en 2009, sin tiempo para ver la defenestración de aquellos a cuya sombra había medrado, pero con tiempo para darse cuenta que en los medios culturales su figura –tan prestigiosa a finales de los sesenta y primeros setenta-- hacía tiempo que había dejado de contar. “A pesar de que había triunfado en todos los planos –cuenta Sergio Vila-San Juan--, se quejaba. no sé si con razón o sin ella, de una cierta falta de reconocimiento al máximo nivel que le interesaba, que era el de la cultura”. En aquella Cataluña, le bastaba quejarse para obtener lo que quería: “Animé a algunos amigos comunes y pusimos en marcha un encuentro de dos días en La Pedrera sobre su obra, que propició el entonces director del centro Alex Susanna y que obtuvo una gran repercusión. Sé que este encuentro le ilusionó, y tuvo la virtud de anticiparse a varios importantes reconocimientos que siguieron después y contribuyeron a alegrar la última etapa de su vida”.

            Pero Sergio Vila-San Juan tiene el buen criterio de desentenderse de los oropeles de esa última etapa y centrarse en la “década prodigiosa”, en los diez años que van desde 1960, en que un ambicioso veinteañero llega a Barcelona dispuesto a comerse el mundo, hasta 1970, cuando es temido, respetado y admirado tanto en Barcelona como en Madrid.

            El joven Porcel constituye una investigación periodística que se lee como una novela sin ficción y que interesa no solo a los que se interesan por Baltasar Porcel, si es que alguien –fuera de su natal Mallorca-- se interesa todavía por ese figura de otro tiempo que corre el riesgo de quedar sepultada por los cascotes de los próceres a los que apoyó.

            El joven Porcel era ambicioso, pero tenía casi tanto talento como ambición y un prodigioso olfato para acercarse a quien le podía ayudar. A los dieciocho años conoció a Llorenç Villalonga, cuarenta años mayor que él, una figura importante en la sociedad de Palma. El epistolario entre ambos, Les passions ocultes, es una apasionante novela epistolar que no desmerece –y puede que gane-- unto a las otras obras de cualquiera de ellos. En Villalonga tuvo Porcel a su primer, y quizá a su mejor, maestro. Le puso en camino de ser un triunfador, le enseñó a moverse sin demasiados escrúpulos por el mundillo literario, por el mundo en general. Y en Mallorca conoció al modelo de escritor que él quería ser, Camilo José Cela, un triunfador literaria y socialmente. En la redacción de Papeles de Son Armadan,s trabajó de “chico para todo” durante dos años.

            Más tarde le dedicaría uno de sus “encuentros” –las entrevistas literarias que le hicieron famoso-- y al infautado autor de La Colmena no le gustó nada lo que dijo de él: “El centro del universo es para Camilo José Cela su persona y su obra. No de otra forma se comprendería, al margen ahora de su carrera literaria, la industrial, rentable y lujosa organización en la que se ha envuelto”. Cela responde tratando de enemistar a Porcel con el editor de Destino. “Vergés me ha enseñado tu lamentable carta, tan digna de ti”, le escribe Porcel. “En cuando a la ‘vileza’ que he escrito, debo decirte que cuantos te conocen, me aseguran que es un artículo hecho con gracia y benevolencia”. Le recuerda luego sus actividades con la censura y se defiende de que le llame “peón de brega de Lara”: “Yo he trabajado con Lara y he cobrado mi mensualidad hasta que me ha convenido. Si ello es un peonaje, aplícatelo a ti y a cuantas veces has trabajado para una empresa, desde la cadena de prensa del Movimiento hasta los intentos de que el mismo Lara te publicara dos libros, que te rechazó por considerarlos carentes de interés, y que anunciara en tu revista, a lo que se negó porque apenas si se lee”.

            A Baltasar Porcel, que ya había conseguido algún premio más o menos amañado por Villalonga, pronto Palma se le queda pequeña. A su marcha a Barcelona ayuda su relación amorosa con la mujer del subdirector del diario en que colaboraba, la escritora Concha Alós. Su historia, personal y literaria, es la más triste de las varias que se entrecruzan en este libro.

            A Pujol lo conoció Porcel en su momento más heroico, durante el consejo de guerra de junio de 1960 por propaganda ilegal (había sido uno de los promotores de la campaña contra Galinsoga, el director de La Vanguardia impuesto por Franco, y de la interpretación por parte del público del prohibido “Cant de la Senyera” en el Palau de la Música). A Pujol le sugieren que pida perdón y entonces la sentencia será de dos años y no tendrá que cumplir condena. Se niega –tras escuchar el consejo de su mujer, la luego tan denostada Marta Ferrusola-- y la condena es a siete años de cárcel “por rebelión militar”. Porcel siempre recordará ese gallardo momento cuando tiempos después le reprochaban ser un “vendido al pujolismo”.

            La relación del joven Porcel con las figuras importantes de su tiempo no fue nunca de mero parasitismo, sino de aprovechamiento mutuo. Era la estrella del momento y a Villalonga o a Pla les vino bien para que los medios catalanistas olvidaran su pasado de colaboración con el franquismo. Durante sus mejores años, Porcel jugó a ser el enfant terrible –sus artículos solían ir acompañados de resonantes polémicas-- de la literatura catalana y a hacer de puente entre Barcelona y Madrid. Coqueteó con el anarquismo y el maoísmo y eso hacía más atractiva su figura para la gente de orden.

            Sergio Vila-San Juan ha tenido a su disposición el archivo de Porcel y ha entrevistado a quienes tuvieron más trato con él, a lo que se añade su buen conocimiento personal de la época. El resultado es un libro con excelente información que no incurre en la hagiografía, pero que tampoco subraya los aspectos oscuros de un personaje que podía haber sido protagonista de una novela de Balzac o de Marsé.

             

viernes, 19 de febrero de 2021

Burlas y veras

 

Filosofía de la cuchara
Miguel Martínez
Cálamo. Palencia, 2020.

Comenzamos a leer los versos de Miguel Martínez (Madrid, 1982) con una sonrisa. El primer poema nos parece el guion para un corto de dibujos animados: “Venga Iván siéntate bien / y come como Dios manda. / Pero Iván ha decidido / que esta noche hay un concurso / y ahora las cucharas de la mesa / son las narices de toda la familia / a los dos segundos son micrófonos / y luego sirven para jugar al tenis”.

            El segundo poema, “El no misterioso de las cosas”, ya nos pone sobre aviso de que en la poesía de Miguel Martínez hay algo más que ludismo y refrescante disparate. “Las cosas son las cosas y no hay mucho más misterio”, comienza. Imposible no pensar en Alberto Caeiro, el pessoano poeta de la naturaleza que parecía poner en verso las intuiciones de la filosofía de Hussler, su fenomenología.

            Miguel Martínez recurre una y otra vez a la personificación: “la mesa cada mañana se pone su disfraz de mesa / y sigue el guion a rajatabla, no improvisa / pero es imposible hacer tan bien la mesa como lo hace ella”. Su imaginería huye de lo convencionalmente poético: “El corazón es famoso / acapara todas las portadas / lleva gafas de sol y una nube de paparazis. / El corazón se lo tiene muy subidito / pero el corazón es una estafa. / El corazón no es el corazón / no hay corazón que valga / es un mito, son los padres”.

            Coloquialismo, ingenio, paradoja y parodia, antipoesía a la manera de Nicanor Parra… Vamos leyendo con una sonrisa hasta que se nos hiela la sonrisa, como al final de “Mi expedición imposible”, o en “Las pirámides de Egipto” con “esa pequeña familia averiada  / que cojeaba de una madre”.

            Hay parodias de la poesía religiosa. “El diazepam es mi pastor, nada me falta” repite el estribillo de “Salmo 23”, con su final anticlimático: “Bienaventurados los pobres / porque ellos verán a Dios. / Felices los infelices / porque el reino de los cielos / pesa 150 miligramos / y cuesta 2 euros con 75”. Otro de los poemas se titula “Oración para una lavadora” y le da la vuelta a un conocido texto litúrgico (“cordero de Dios”): “Lavadora de Dios / que quitas los pecados del mundo / y en tu infinita sabiduría / bajaste un día a rescatarnos / de la mancha del mono primitivo / de la mancha de Adán / y de la mancha de tomate”.

            Parece que Miguel Martínez nada se toma en serio y que el título del libro, Filosofía de la cuchara, es una broma más. No hay tal cosa. Sus poemas tienen detrás una metafísica, una desolada meditación existencial.

            Pero toda manera de hacer poesía tiene sus riesgos y los de Miguel Martínez resultan evidentes. Una vez encontrada una fórmula puede repetirse hasta la saciedad, con el consiguiente cansancio del lector. Cierto que la capacidad imaginativa del autor –que nada tiene que envidiar a la de Gómez de la Serna-- parece inagotable y que a la enumeración abierta de la mayoría de los poemas se le trata de añadir un cierre donde se busca ese algo más que dota de trascendencia al texto. Se consigue por lo general, aunque no en el poema último.

En unos pocos casos da la impresión de que el autor toma como punto de partida un texto ajeno. Es lo que ocurre con “Principio de sí contradicción”, escrito con el hiperbólico desparpajo de ciertos poemas de Luis Alberto de Cuenca, o con “El país de Justoantes”, variaciones sobre el tópico que Pedro Salinas enunció en un título: Vísperas del gozo.

            Uno de los más representativos poemas del libro, “La memoria S. A.” lleva como lema una cita de Alicia en el país de las maravillas y ciertamente Lewis Carroll, que supo como nadie contar un cuento para niños y a la vez exponer algunas de las paradojas del conocimiento, puede considerarse como el maestro de Miguel Martínez.

            La memoria se equipara en ese poema con una empresa de mudanzas o con los operarios de un teatro. Una vez que abandonamos nuestro domicilio en el presente comienzan las reformas, el cambio de decorado. “¿Qué ocurrirá cuando acabe esta noche? / Me preguntas”, comienza el poema. Y en las siguientes estrofas asistimos al proceso de demolición del recuerdo: “Diligentes e implacables / los operarios de la Memoria S. A.  / verterán libros de aguarrás y de pintura blanca / un día desmantelarán por completo el restaurante / y borrarán incluso el nombre de la calle. / Nosotros andaremos en otra cosa mientras ellos / desclavan la enorme losa de este cielo sin estrellas / y ya no recordaremos si hoy llovió / o hizo una noche despejada”.

            Miguel Martínez le quita los humos a la poesía, la hace bajar de su nube, juega con ella y parece que se ríe de ella, pero solo se ríe con ella y con nosotros para disimular que está hablando de algo muy serio: las máscaras de la muerte, el sinsentido de vivir.

           

jueves, 11 de febrero de 2021

Mejorable, insuperable

 

 

Horizonte de sucesos
Juan Bonilla
Renacimiento. Sevilla, 2021.

“Horizonte de sucesos”, según podemos leer en la Wikipedia y en el prólogo al más reciente libro de poemas de Juan Bonilla, es “la superficie imaginaria de forma esférica que rodea a un agujero negro”. Se llama así porque de nada de lo que ocurre más allá podemos tener información.

            A las líneas prologales,  prescindibles (la cita de un divulgador científico confunde más que aclara), le sucede un extenso texto en prosa, titulado “Aquí”, que ocupa la primera parte del libro. Parte de una ocurrencia ingeniosa: buscar en Google Maps “todas las casas en las que he vivido y hacer un mapa a ver qué sale”. La enumeración de esas casas le sirve al autor para trazar una impactante autobiografía fragmentaria. Cuando se olvida de ese propósito inicial, pasa a enumerar lugares que tuvieron algún especial significado en su vida, unos más triviales (la cafetería donde esperaba a su novia, el Café Gijón donde firmó el contrato para su primera novela ) y otros de tácito dramatismo: “Aquí, en el parque de Santa Ana de Jerez, juego al fútbol con un niño pequeño, luego volveremos juntos de la mano hacia una casa en la que pronto no me dejarán entrar y en la que todavía lo veo encerrado, a pesar de que los años lo habrán convertido en un muchacho que quizá no se acuerda nunca de sus chuts en el parque de Santa Ana”. Todos esos “aquí”, algunos ya desarrollados en otros textos del autor, y otros que se les irían añadiendo, podrían acabar conformando un libro por el estilo del  Yo me acuerdo de George Perec.

            El libro de poemas propiamente dicho comienza en la segunda parte. Sorprende el uso reiterado de la rima consonante, algo no demasiado habitual en la poesía contemporánea. Juan Bonilla es un poeta ingenioso que suele partir de una ocurrencia para desarrollar luego con aplicada artesanía el poema: en “Adolescencia”, los ensueños y las ambiciones de la adolescencia se asocian a los días de la semana y a las diversas asignaturas del programa académico: “Lunes, Carlos Martel en Poitiers, / fractales y cervezas, / ganas de huir a cualquier parte, / perderse con quien sea. / Martes, dibujo técnico / y El árbol de la ciencia, / La guerra de la Galias, / pero adónde y cuánto cuesta, / dormir en estaciones, / viajar a pie por las cunetas”.

Costumbrismo, costumbrismo andaluz como en tantos de estos poemas,  hay en “Música Ítaca”, donde una música banal permite un emocionado viaje en el tiempo. “Vencejos” aprovecha las lecciones que Bonilla aprendió en la poesía ultraísta –y que tanto deben a la greguería-- para ofrecernos una sucesión de ingeniosas comparaciones: la tarde cae “a cámara lenta / de un golpe seco en la mandíbula”, el sol del crepúsculo está “noqueado” como un boxeador, los vencejos al posarse alineados “parecen jugadores / de una selección nacional / cuando suenan los himnos”. Otro poema, “Identidad”, recrea un tema que viene de Borges (“No sé de quién recuerdo mi pasado”) y, sobre todo, de Pessoa: “estoy lleno de gente / soy tantos que no sé quién ya soy”.

            La parte tercera reúne un puñado de espléndidos poemas eróticos (“Música”, “Paradise”, “Quedarse con las ganas”), junto con alguna retorcida ocurrencia (“Filosofía”) o prescindible vulgaridad (“Caerse p’arriba” con su “bajo ti”).

            La sección titulada “Punta Umbría” recrea un día de verano, con indicación de la hora, desde el amanecer hasta el momento en que el sueño inducido –“Química” se titula el poema-- va “expandiendo su milagrosa calma”. Una imaginería de raíz vanguardista (“Por la arena mojada / dejas tus huellas solas / que el mar devorará / pues son el desayuno de su olas”), alterna con discutibles juegos de palabras (“Yo ya no fumo / ni resto” o el calambur fónico, pronunciado a la andaluza, de “Cero o no ser, / como dijo el poeta”). El poema “Periódico” utiliza muy eficazmente la técnica contrapuntística. Algo de juanramoniano hay en “Pinar” y de guilleniano en “Ría”: “Tan sólida, tan pura, / la luz del mediodía / hace del mundo partitura, / y es esa melodía / que en tus adentros suena / --andante, adagio, calma--, / la que te llena / el alma”.

            Los poemas de “Letras”, según indica el autor, están escritos sobre cierta falsilla musical.. Las líneas iniciales de “Aquí”, la prosa que inicia el libro (“Estoy bastante muerto últimamente. Ha crecido en mi corazón un pájaro. Un pájaro que come corazones”) se repiten con ligeras variantes en “Soleá”: “Estoy bastante muerto últimamente: / un pájaro crece en mi corazón: / el pájaro que come corazones”. En “El Si y el No”, subtitulado “Reguetón de Residente”, se imagina lo que habría sido su vida si en lugar de decir “no” hubiera dicho “sí” en determinadas ocasiones. Algunos de esos rechazos resultan poco verosímiles, como el que da a la editora “que me ofrece un gran premio si me animo / a terminar en dos semanas la novela / que ni estoy escribiendo ni jamás he escrito, / una gran primavera / para mis flacos bolsillos / y aun mejor que el premio, el galardón / de abandonar el ciego periodismo”. No parece que el escritor profesional que es el poeta rechazara muchas ofertas de ese tipo. Recordemos lo que afirma en la prosa inicial: “Aquí, en el Café Gijón de Madrid, una editora pone ante mí un contrato por una novela que ni siquiera pensaba escribir, pero gracias al cual se acabó vivir de prestado”.

            Continúan alternando los eficaces poemas (“El pasado”, “Alegría de la tarde”) con los habilidosos ejercicios de taller (“Respuesta del humano al replicante”, “Los poemas malditos”) en la parte última, en la que tampoco falta la falacia patética, el abusivo uso de la crónica de sucesos (“Callar a gritos”).

            Termina el libro con un irónico “Epitafio” que más bien debería haberse titulado “Evaluación final”. De la nota aclaratoria que cierra el libro sorprende –o no: confirma que Juan Bonilla no es un perfeccionista-- que nos hable de un poema, “Himno al Aire”, que no figura en el libro, o no figura al menos con ese título (probablemente se trata de “Vencejos”).

            Sobran chistes, o pretendidos chistes, sobran golpes bajos emocionales en la poesía de Juan Bonilla; falta un cierta conciencia autocrítica que evite, en los poemas con métrica tradicional, ripios y fallos rítmicos (dudosos endecasílabos como “esa cerca de cristales en picos”). O quizá no sobran: más pulido y repeinado, más respetuoso con lo que tradicionalmente se entiende por poesía, Juan Bonilla no sería Juan Bonilla y Horizonte de sucesos resultaría un libro tan aburrido y prescindible como tantos premiados libros de poemas. Tal como está resulta sin duda mejorable, pero con un puñado de poemas memorables e insuperables.



sábado, 6 de febrero de 2021

A propósito de "Leer la vida"

 

 UNA CONVERSACIÓN JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
A PROPÓSITO DE LEER LA VIDA
EL LIBRO COLECTIVO SOBRE SUS DIARIOS
 

¿Es posible escribir, cuando se lleva una vida nada aventurera como la suya,  más de veinte tomos de diario sin incluir elementos de ficción? Carezco de imaginación. “Yo escribo y la realidad me dicta”, como a don Ramón de la Cruz, el sainetero dieciochesco. Las mejores historias las escribe la vida. Pero ocurre que la vida no sabe escribir y a veces hay que ayudarla un poco.

¿Cuándo comenzó a escribir diarios? De manera regular, aunque una regularidad a mi manera, en 1989,. Desde entonces me he dedicado a poner en prosa mi vida (y la de algunos otros), a dejar constancia del tiempo que pasa. Lo he hecho sin pretensiones de exhaustividad: dejando siempre períodos en blanco, contando solo lo que quería contar, dividiendo el flujo informe de los días en etapas con su principio y su final, que nunca coincidieron con la mecánica división en años. A mí me gusta empezar en cualquier momento, nunca el primero de enero (qué vulgaridad) y terminar también al margen de cualquier fecha señalada. En una vida tan monótona como la mía, un fragmento, un fragmento cualquiera bastaba para representar la totalidad, como en la estructura fractal.

¿Desde el principio los publicó en la prensa antes de reunirlos en libro? No, eso no ocurrió hasta 2005. Ese año, el director de un periódico en el que colaboraba semanalmente, para evitar que me fuera al periódico rival, me ofreció ir anticipando semana a semana mi diario en sus páginas dominicales. No dudé ni un momento en aceptar la oferta. Yo no concebía mi diario como una obra unitaria, de miles de páginas, de publicación tardía o póstuma. Días de 1989 se publicó en 1989 y muy poco después de su escritura se fueron publicando los otros tomos. ¿Eso hacía que los diarios íntimos fueran menos íntimos? No lo creo, o al menos no serían más íntimos si estuvieran destinados a una publicación póstuma. Yo no soy Jaime Gil de Biedma: lo que de mí no quiero que ahora se sepa, no me gustaría nada que se supiera después de mi muerte. Y si se sabe, que no sea por mí.

¿Cuántas entregas de su diario ha publicado?  He publicado veintitrés entregas y está en marcha la siguiente, pero nunca quise que formaran una unidad, algo así como el Diario con mayúscula de José Luis García Martín. Siempre he pensado que la última entrega que publicaba era de verdad la última, y así desde el comienzo, apenas un experimento que duró unos pocos meses. Fueron instancias ajenas las que me decidieron a seguir en la tarea. Siempre he escrito para los lectores, pocos o muchos, nunca para mí. A mí mismo me tengo demasiado visto y, si quiero contarme algo, lo hago sin necesidad de tinta y de papel o de encender el ordenador. Y solo publico porque un editor, intermediario de los lectores, me lo solicita. En un cierto sentido, soy un escritor profesional: escribo únicamente por encargo; en otro, soy el escritor menos profesional del mundo: prefiero un encargo de mi gusto sin remuneración ninguna a otro muy bien pagado que me agrade poco. A partir de 2005, quien me encargaba los diarios era el director de un diario asturiano, La Nueva España. Los encargos fueron siempre por tiempo limitado: comenzar en septiembre, terminar en junio cuando el periódico se rediseñaba para el verano. Al año siguiente, ya se vería. Nunca estaba garantizada la continuación. Pero sigue hasta hoy, aunque en un momento dado, cuando comencé a notar que en el periódico habitual no era tan querido como al principio, me cambié a otro, en el que ya escribía a mi aire, verso o prosa, todos los veranos desde hacía años.

¿Y por qué ese poco tiempo, antes escasos meses, ahora unos días, entre la escritura y la publicación de las notas del diario? Pues para evitar la tentación de manipular. Si los tomos que he publicado hubieran permanecido inéditos y solo ahora se me ofreciera la posibilidad de editarlos, ¿habrían aparecido tal y como fueron escritos? De ninguna manera. No creo que hubiera podido resistir la tentación de borrar algunas cosas, de cambiar tal o cual pasaje, de no parecer tan ingenuo, de aparentar ser más inteligente de lo que soy. Habría hecho trampas, de eso estoy seguro, aunque lo negaría rotundamente y rompería los originales para que nadie pudiera demostrarlo.

¿No está de acuerdo entonces con los diarios publicados? Desde el momento de la corrección de pruebas, no he vuelto a releer ninguno de ellos (ni pienso hacerlo), pero de vez en cuando alguien cita algún fragmento, que yo por lo general ni siquiera recuerdo, o una opinión contundente que mejor me hubiera callado.

¿Son diarios en los que lo cuenta todo? No, por supuesto. Callar, siempre callé alguna que otra cosa. Bastantes cosas, en realidad. Nunca tuve intención notarial, nunca pretendí el imposible de contarlo todo. Me basta y me sobra con aquello que pudiera tener interés para los demás. Pero me temo, que sin pretenderlo, uno siempre cuenta demasiado. Lo que no decimos dice tanto de nosotros como lo que decimos.   

¿Y hasta cuándo piensa seguir escribiendo diarios? ¿No le parece que ya son demasiadas páginas? ¿No teme fatigar a los lectores? Cada uno de los tomos de diario que he publicado vale por sí mismo, no es parte de un todo, tiene un principio y un final, no precisa de antecedentes ni de consecuentes. Y de esa forma deben ser leídas las diferentes entregas, sin orden ni concierto, cada una como si no existieran las otras y prometiendo no reincidir sino al cabo de mucho tiempo.

Es raro el caso de un escritor que pide a sus lectores que no le lean demasiado.  Así me siento más seguro: si alguien leyera todas las entregas, de la primera a la última, sabría de mí incluso más de lo que yo sé. Me aterra esa perspectiva: sería como mostrarme en público sin la armadura que me protege. Confío en que eso no ocurra nunca. La mejor manera de evitarlo es seguir publicando y publicando de modo que nadie pueda abarcarnos por entero.

¿Cómo surgió la idea de publicar un libro, Leer la vida, sobre sus diarios? Se le ocurrió a Hilario Barrero, cónsul de la poesía española en Nueva York. Y a su tenacidad se debe el haber conseguido el milagro de haber reunido una treintena de colaboraciones.

¿La leyó antes de publicarse? ¿Ejerció algún tipo de sugerencia o censura? Por supuesto que no, aunque ganas no me faltaron. Nada mas conocer la lista de los participantes comencé a imaginarme lo que escribiría cada uno de ellos. Habrá quien haga un resumen escolar del tomo que le ha tocado en suerte, quien rebuscará las citas que me pueden enemistar con algún amigo, quien aproveche para rebatir mis opiniones políticas (si se trata de las que tienen que ver con Cataluña, Eduardo Jordá o José Luis Piquero, seguro) o para contarnos su vida con el pretexto de la mía (será la colaboración que más me divierta). También habrá alguna que otra lectura hiperbólicamente generosa (fácil me resulta adivinar quién me va a comparar con Chesterton), pero ya se sabe que en este tipo de volúmenes que algo tienen de homenaje, los elogios debe dividirse por dos y los reproches multiplicarse por cuatro.

Usted ha reseñado libros de alguno de los colaboradores y no siempre ha sido amable. ¿No teme que aprovechen la ocasión para vengarse? A todos les agradezco el esfuerzo que se han tomado y si alguno aprovecha la ocasión para vengar alguna antigua herida, pues se lo agradezco especialmente. Y me alegra comprobar que, entre los colaboradores, está la persona sin las cuales la mitad de mis diarios o no se habrían escrito o se habrían escrito de otro modo: Íñigo Noriega, director hoy de El Diario Montañés, que cuando era director de El Comercio me invitó a colaborar todos los veranos en su periódico con total libertad (y algún verano colaboré diariamente con traducciones poéticas) y, gracias a eso, para evitar que me pasara a la competencia, el entonces director de La Nueva España me ofreció anticipar mi diario los domingos.

¿Y no le preocupa que los lectores se echen atrás ante la monotonía del tema? Yo soy el primero que jamás leería un libro de casi trescientas páginas dedicado a José Luis García Martín, un hombre como tantos, en cuya vida –ya no demasiado breve-- apenas hay acontecimientos dignos de reseñar. Pero sospecho que en esas páginas yo será solo el pretexto: cada tesela de mi retrato colectivo tendrá mucho de autorretrato. Cuando parecemos hablar de otros, todos, queriendo o sin querer, hablamos de nosotros mismos. Y al revés. En estos treinta años de diarios, en estos miles de páginas, también yo he hablado de un tema bastante más interesante que mi rutinaria vida, que era de lo que parecía hablar. Un libro, cualquier libro que merezca la pena, no es nunca un retrato del autor, sino un espejo en el que se refleja cada lector.                                       

jueves, 4 de febrero de 2021

Una editorial, un mundo, una época

 

 

La tribu Einaudi. Retrato de grupo
Ernesto Ferrero
Prólogo de Manuel Rodríguez Rivero
Trama Editorial. Madrid, 2020.

Pocas palabras tan imprecisas como la palabra “novela”, que ciertos periodistas y editores suelen aplicar a cualquier obra literaria en prosa de cierta extensión. Por una vez, me gustaría incurrir en ese uso abusivo y calificar al libro de Ernesto Ferrero que en español lleva el título de La tribu Einaudi (el título original es más impreciso, pero también más adecuado: I migliori anni dalla nostra vita, Los mejores años de nuestra vida) como novela. Novela de no ficción, o sin más ficción que la que involuntariamente se añade a cualquier recreación memorialística de la realidad.

            Ernesto Ferrero evoca sus años de colaboración, con diversos grados de responsabilidad, en la editorial Einaudi, una de las más importantes en la Europa de los años sesenta y setenta, el modelo de lo que en España quisieron ser la Seix Barral de Carlos Barral o la Alfaguara de Jaime Salinas, pero lo hace de manera que interesa a cualquier lector, no solo a los estudiosos de la industria cultural, al contrario de los que ocurre con el prólogo de Rodríguez Rivero, ejemplo de escritura ensayística, pero no creativa.

            Cierto que por el libro cruzan unos cuantos nombres fundamentales de la literatura del siglo XX –Cesare Pavese, Natalia Ginzburg, Italo Calvino, Primo Levi--, pero entremezclados con otros personajes de los que no habíamos oído hablar y cuya peripecia no nos interesa menos. Y no es necesario para ello que sean como Malcolm Sky que se hallaba siempre donde no tenía que estar, al que le apasionaban las historias de fantasmas, que tenía contacto con los servicios de inteligencia y que un día apareció asesinado en una plaza de Turín. Cualquier oscuro profesor, cualquier sufrido corrector de pruebas, cobra vida, se vuelve memorable en estas páginas.

            El protagonista –amado y odiado-- es Giulio Einaudi, que dirigió su editorial como si fuera una corte del Renacimiento. Carlos Barral quiso tomarle como modelo, pero no llegó ni de lejos a igualarle. Opuesto a él –que nunca olvida su papel de rey Sol, en torno al cual giraba el mundo--, Italo Calvino es el laborioso trabajador –como sus antepasados campesinos-- que disimula todo lo que puede su talento. Ferrero cuenta una anécdota significativa: “En la primavera de 1984, Calvino está en Sevilla con su mujer, Chiquita, argentina de nacimiento. Jorge Luis Borges, ciego desde hace tiempo, se halla reunido en un hotel de la ciudad con unos amigos. Los Calvino se acercan a ellos. Mientras Chiquita conversa amablemente con su compatriota, el escritor, como siempre, se mantiene apartado. Tanto es así que ella considera oportuno avisar: Borges, también está Italo… Apoyado en el bastón, Borges levanta la barbilla y dice sin inmutarse: Lo he reconocido por el silencio”. Pero en ocasiones el silencio Italo no puede por menos de estallar, como cuando afirma en una de esas reuniones de los miércoles que Ferrero recrea tan admirablemente: “Este Camilo José Cela quiere que lo traten como a un Dios Todopoderoso. Es una de las personas más vacías e insoportables de la literatura internacional”.

            “El hermano infeliz” titula el capítulo dedicado a Cesare Pavese. Ferrero considera menos significativos el desengaño amoroso que el enfrentamiento con el editor –que él escribe siempre con mayúscula-- entre los motivos de su suicidio: “Hasta el último momento debió de pensar que el Editor acabaría acudiendo a la pequeña habitación del Hotel Roma, que se inclinaría sobre la cama, le daría un leve beso en la frente y lo despertaría. O a lo mejor sabía que el Editor, amando tanto la vida y odiando tanto la muerte, jamás habría tenido aquel gesto salvador para nadie”. Es probable que esa no sea la explicación más adecuada, pero Giulio Einaudi siempre pensó que el suicidio de Pavese había sido un acto en contra suya: “Por eso nunca llegó a perdonar a Pavese, por eso pasados tantos años el suicidio de Pavese seguía siendo un asunto de familia: algo que nos afectaba tanto que ni siquiera podíamos mencionarlo”.

            Ferrero no tuvo relación con Pavese –llegó a la editorial en 1963--, pero sí mucha con otro suicida, Primo Levi. Se ha hablado mucho de las razones que llevaron a Primo Levi a tomar esa determinación, incluso hay quien lo ha considerado una última consecuencia de su internamiento en el campo de concentración. Ferrero alude a otras causas, la principal de ellas “la partida que jugaba con la madre paralizada, a la que cuidaba día y noche como un enfermero”. Aunque sabía que era una partida mortal que solo admitía un único superviviente, se negaba a ingresarla en una clínica; no aceptaba salvarse a costa de ella. “Pasaba horas delante del ordenador, sin escribir, o con la madre, que lo llamaba y lo quería permanentemente a su lado”. Muchos le oyeron el más cruel de los desahogos: “Es peor que Auschwitz”.

            Algo de suicidio tuvo también el final de Pasolini. Ferrero lo vio por última vez, quince días antes de que lo mataran, en el feria de Frankfurt. No quiso alojarse en el hotel que le había reservado el editor y buscó otro “cerca de la estación, hacia el río, en pleno barrio turco, donde el comercio sexual adquiría las tonalidades de un matadero de cerdos, de una oscuridad sin posibilidad de rescate”. Aquellas arriesgadas aventuras lo ponían de buen humor: “Por la mañana, alegre y algo parlanchín, salió a hacer una compras largo tiempo deseadas. El verdadero tesoro de Frankfurt era una tienda Adidas, el paraíso de los equipos de fútbol, donde se vendían unos artículos futuristas que todavía no habían llegado a Italia”. Pasolini era patrono, entrenador y delantero de un equipo de fútbol, los Stukas, en el que ponía tanta pasión como en la literatura o en el cine. “Se fue de Frankfurt como un bandido feliz de su botín --concluye Ferrero el capítulo--. No sé si tuvo tiempo de sorprender a su equipo con las camisetas de Adidas. Sin duda, con su cuerpo en el descampado de Ostia, termina una época en la que un mundo ya perdido y degradado aún seguía arrojando destellos de una posible regeneración”.

            Aunque no novela, sí literatura de creación –gran literatura-- esta fascinante recreación de una época, casi tan remota ya para nosotros “como el paso de Aníbal por los Alpes”, y de sus personajes, protagonistas o parte del coro, olvidados o siempre recordados.

 

viernes, 29 de enero de 2021

Erudición y reivindicación

 

Grecorromanas
Lírica superviviente de la Antigüedad clásica
Edición de Aurora Luque
Editorial Planeta. Barcelona, 2020.
 

Erudición y reivindicación hay en Grecorromanas, el volumen que Aurora Luque ha dedicado a rescatar a las poetas de la antigüedad clásica. También poesía, pero entremezclada con fragmentos de mero interés documental y editada como apéndice a la prosa.

            Editar poesía es un arte que muchos de los estudiosos de la poesía no dominan. Hay que cuidar los márgenes de la página, los espacios en blanco, reducir las anotaciones al mínimo imprescindible. Y saber distinguir lo que sigue siendo poesía, aunque se haya escrito hace mil años, de lo que solo conserva un interés filológico. Aurora Luque –excelente traductora y lectora de poesía, una de las poetas que mejor ha incorporado a su obra la tradición clásica, revitalizándola-- sin duda no ignora cómo debe editarse la poesía, pero en este volumen parece haberlo olvidado.

            En el prólogo, nos indica que este libro “es el fruto ya maduro” de una investigación que inició con su memoria de licenciatura, “Poesía compuesta por mujeres en la Antigua Grecia. Épocas clásica y helenística”, que fue defendida en 1987. Lo que el volumen tiene de memoria de licenciatura ampliada, o de tesis doctoral, interesará sin duda a los estudiantes de filología clásica, pero aburre soberanamente a los lectores de poesía y no les permitirá disfrutar de las maravillas que encierra.

            Aurora Luque nos da noticia, todo lo minuciosa que permiten los documentos conservados, a menudo escasos, de cuantas mujeres sabemos o intuimos que escribieron poesía durante los once siglos que van desde el VII hasta el IV de la era cristiana. No son muchas, unas cuarenta. Pero todavía son menos las que tienen interés para la historia literaria: no llegan a media docena.

            La primera es Safo, admirada desde la antigüedad y que no ha perdido nada de su frescura ni de su brillo. Cuenta con abundantes ediciones independientes, alguna de ellas debida a la propia Aurora Luque, por lo que no ofrece demasiadas sorpresas en esta edición. Sí serán una sorpresa para muchos lectores los epigramas de Érina conservados en la Antología Palatina. Sus epitafios a un saltamontes, a una cigarra, a un gallo o a un caballo, los versos que dedica a unos niños que juegan con un carnero, le dan un tono nuevo al ya entonces acartonado género epigramático, la acercan a la sensibilidad de nuestro tiempo. Añade, sin embargo confusión al volumen que en el índice de poetas y poemas --“índice jerárquico” se le llama-- sus textos se atribuyen a otra poeta, Hédile.

            Admirable también resulta Nosis, que sigue a Safo –como tantas de estas poetas-- y desafía a Píndaro: “Nada es más dulce que el amor; las demás alegrías / son secundarias: hasta la miel rechazo de mi boca”.

            Pero la gran sorpresa para muchos lectores será la poeta latina Sulpicia, llamada la elegíaca para distinguirla de otra Sulpicia de la que se conservan algunos versos satíricos. Leídos en la traducción de Aurora Luque los pocos poemas que de ella conservamos no han perdido nada de su pasión ni de su desenfado: “Si he cometido faltas de jovencita lerda, / una de la que yo –confieso--  me arrepiento de veras / fue la de abandonarte, solo, esta noche pasada, / disimular queriendo el ardor de mi fiebre”.

Destaca también su epitafio a Pétale, esclava y lectora: “Contempló las bondades / de la naturaleza, fue capaz en su arte, / resplandeció en belleza, / maduró en su intelecto. / La Fortuna envidiosa no quiso que gastara / mucho tiempo en vivir. / No le ayudó la rueca de los Hados”.

            Pero el epitafio más hermoso de todos es el que cierra el libro. Habla en el Fabia Aconia Paulina, “la última pagana” la denomina Aurora Luque. Se lo dedica a su esposo, Vetio Agorio Pretextato y se conserva grabado en el pedestal de una estatua a este prócer de finales del imperio. Es ella quien habla, aunque no es seguro que lo escribiera ella, quizá fue encargado a un poeta profesional, como era habitual con las inscripciones y los discursos. El poema es una elegía al marido que la acompañó durante cuarenta años, pero hoy lo leemos sobre todo como una despedida de un mundo que pronto sería borrado del todo por el cristianismo.

            De vez en cuando, dado el carácter reivindicativo del volumen, señala Aurora Luque la desatención que se ha tenido hacia las mujeres escritoras. Ánite, por ejemplo, es confundida con un hombre cuando se la menciona en la traducción española del libro de Gilbert Highet La tradición clásica. Pero esa desatención no debe hacernos olvidar que las poetas, de cierta presencia entre los griegos, fueron sorprendentemente escasas en el mundo romano, a pesar de la mayor libertad de la  mujer. Y que la mejor manera de reivindicarlas no es amontonar noticias e hipótesis sobre autoras de las que solo se conserva el nombre o editar insignificantes frases junto a verdaderos poemas o fragmentos, ocurre con bastantes de Safo, que valen por un poema completo.

            Grecorromanas necesita una nueva edición en la que abandone lo que tiene de “memoria de licenciatura”, o de Trabajo Fin de Máster, que diríamos hoy, y sea solo la edición de unas pocas espléndidas poetas, casi enteramente desconocidas (salvo Safo), por el lector de poesía. Una breve introducción general y unas líneas sobre cada una de ellas subrayando lo que las liga a su tiempo y lo que las mantiene vivas en el nuestro, bastaría. El modelo, puede ser La Couronne et la Lyre, de Marguerite Yourcenar, que rescató la poesía griega del cautiverio de los especialistas, y que Aurora Luque conoce bien y cita más de una vez.

                         

 

jueves, 21 de enero de 2021

Los nuevos poetas

 

Los últimos del XX. Antología de poesía (1980-1997)
Edición de Miguel Munárriz
Luna de Abajo. Oviedo, 2020.
 

Dos errores y un acierto presenta, ya en la portada, la antología de la joven poesía a cargo de Miguel Munárriz. El título y las fechas que lo acompañan constituyen los errores; el que el subtítulo sea “Antología de poesía” y no “de poesía asturiana”, a pesar de que todos los seleccionados sean asturianos, el acierto.

            Miguel Munárriz, destacado gestor cultural, parece ignorar que, en la historia de la literatura, los escritores no pertenecen al siglo en que nacen, sino a aquel en que publican lo principal de su obra. Los poetas que Munárriz reúne nacieron entre 1980 y 1997. Cien años antes, en ese mismo intervalo de fechas, nacieron Manuel Azaña, Ramón Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, escritores a los que nadie se atrevería a denominar como “los últimos del XIX”. Esos nombres representan a las dos primeras generaciones del veinte: la novecentista –que toma su nombre del siglo-- y la de las vanguardias o del 27.

            Y si seguimos con los paralelismos, podemos comprobar que, a la altura de 1920 o 1921, ya estaba formado el canon novecentista –citemos también a Ortega y a Gabriel Miró--, pero todavía no el de la generación siguiente.

            Algo similar ocurre en la antología de Miguel Munárriz. Entre los poetas nacidos en los ochenta, ya hay algunos de los nombres que no podrán faltar en ninguna selección rigurosa de la poesía española de su generación. Me limitaré a citar a tres: Sergio C. Fanjul, Pablo Núñez y Rodrigo Olay. El primero quiere ser deliberadamente moderno, como los ultraístas de hace un siglo, y juega a ser el costumbrista de la modernidad, una mezcla de Francisco Umbral y Juan Cueto, y lo hace, si no siempre con rigor, con ingenio y un desopilante desparpajo. Rodrigo Olay, por el contrario, se apega a la tradición. Más que poeta-profesor es poeta-investigador literario. Corría el riesgo de convertirse en un virtuoso de la métrica, a medio camino entre García Nieto y Carvajal, pero sus poemas son cada vez menos acartonados y más llenos de emoción vivida: “técnica y llanto”, según el título de Carlos Edmundo de Ory que cita en su algo pedantesca poética. Pablo Núñez es menos brillante, lo suyo es hablar en voz baja, pero poco a poco ha ido consiguiendo un tono propio sin renunciar a la herencia de evidentes maestros. Fruela Fernández destaca en la traducción y el ensayismo, pero como poeta, tras el silencio que siguió a su prometedor primer libro, Círculos, parece haber entrado en una vía muerta. Lo que dice de sus versos resulta, al menos para mí, bastante más interesante que sus versos.

            Su caso ofrece semejanza con el de Xaime Martínez en la generación siguiente: tras Fuego cruzado, de 2014, se ha dispersado en nuevos caminos sin asentar el pie en ninguno de ellos, aunque su libro Cuerpos perdidos en las morgues, un ambicioso disparate, fue Premio Nacional de Poesía Joven, lo que no sé yo si es una recomendación o todo lo contrario (ese galardón no destaca por sus aciertos). Y sin embargo, Xaime Martinez, también músico y estudioso de ciencia ficción y de Feijoo, es, como Fruela Fernández, uno de los nombres más valioso del volumen.

            A medio hacer, como no podía ser de otra manera, los poetas que todavía no han cumplido treinta año. Ya se perfilan, sin embargo, algunos nombres: Mario Vega, que va dejando atrás excesivos mimetismos y que aspira a convertirse –ambición le sobra-- en uno de los aglutinadores de la nueva poesía; Miguel Floriano, entre hímnico y reflexivo, que sorprende con los poemas inéditos, especialmente con “His last bow”, y Lorenzo Roal, que ha ido incorporando a sus versos, de personalísima manera, la lección de Emily Dickinson.

            Sorprende que Miguel Munárriz haya dejado fuera de su selección a tres de las poetas asturianas más destacadas de las últimas décadas: Sofía Castañón, Laura Casielles y Alba González Sanz, pero las poetas están bien representadas con nombres como Sara A. Palicio, Candela de las Heras, Dalia Alonso o Rocío Acebal, la más promocionada de todas, que aúna reivindicación, autobiografía generacional y sátira del mundillo literario.

            Las llamadas “poéticas”, las divagaciones sobre su concepción de la poesía que suelen colocar los antologados al comienzo de los versos, carecen por lo general de interés. No es este el caso. En Los últimos del XIX –“los primeros del XXI” en realidad, como ya dije y se titula el prólogo--, los poetas se han esforzado por responder al cuestionario del antólogo y nos ofrecen información de gran interés sobre su iniciación literaria y sus lecturas. Son autores en su mayoría muy atenidos a la tradición, con maestros a veces sorprendentemente cercanos (Carlos Iglesias, otro poeta notable, quizá en exceso emotivo, cita a Fernando Beltrán como su mayor admiración), pero que no dejan de sentir el aire de su tiempo. Lorenzo Roal anota que, “como miembro de la comunidad LGBT, me interesa traer a la tradición poética heredada de la poesía de la experiencia la perspectiva queer”. Candela de las Heras, por su parte, se siente “más cercana a las poéticas de sus compañeras que de sus compañeros” y considera que se debe reflexionar “acerca de la relación entre género y obra”. Ruth Llana disuena del conjunto: entre sus referencias cita a directores de cine, artistas visuales, pensadores, pero a ningún poeta. La bulimia lectora de Óscar Díaz –que parece querer citar a toda la historia de la literatura universal, comenzando por el Poema de Gilgamesh—aún no parece que haya comenzado a dar sus frutos, aunque, poeta precoz (nació en 1997), haya publicado ya varios libros.

            No es esta –como ya apuntaba al comienzo-- una antología de poesía local o regional, a pesar de que todos los autores hayan nacido en Asturias, sino una antología –parcial por el ámbito de la selección-- de la nueva poesía española, de interés para todos los lectores, aunque haya en ella nombres todavía incipientes, como no podía ser de otra manera.



viernes, 15 de enero de 2021

Instantes de una vida

 

Diarios (1931-1940)
Stefan Zweig
Edición de Jesús Blázquez
Ediciones 98. Madrid, 2021

No todos los diaristas son del mismo tipo. Unos lo escriben a lo largo de su vida, o de la mayor parte de su vida, como Amiel, Gide o los hermanos Goncourt; otros, solo en determinadas etapas, como Azaña, Pla o González-Ruano. Stefan Zweig pertenece al segundo grupo. Dejó constancia de sus impresiones de juventud y durante la Gran Guerra, y luego, en diversos momentos a partir de 1931, cuando cumple cincuenta años y es una de los escritores de mayor proyección mundial, pero comienza a entrever el trágico destino de Europa y de su propia obra.

            Podríamos hacer también otra clasificación: cuando el diario forma parte de la obra mayor del escritor o incluso es casi su única obra memorable (el caso de Amiel) y cuando constituye un complemento. Estos Diarios (1931-1940) son, ciertamente, textos menores, dirigidos a quienes ya conocen y admiran la obra de Zweig: sus biografías mayores, sus momentos estelares de la historia de la humanidad, las prodigiosas novelas cortas y, quizá en primer lugar, esa pieza maestra de la literatura autobiográfica que es El mundo de ayer.

            Ese “mundo de ayer”, el que se derrumbó con la primera guerra mundial y desapareció para siempre con la segunda, pareció al principio llevarse consigo la figura de Stefan Zweig, un escritor al que durante años solo se le podía encontrar en las librerías de viejo. Ha vuelto con fuerza, convertido en uno de los grandes clásicos de la literatura europea, y añadida a su obra una obra más: su propia peripecia biográfica que ha acabado fascinándonos tanto como la más fascinante de sus narraciones.

            En 1931, la vida del escritor todavía transcurre entre Salzburgo y Viena, pero intuye que los buenos días están a punto de terminar: “Súbitamente, he decidido volver a escribir un diario tras haberlo interrumpido hace años. La razón para hacerlo es la premonición de que nos encaminamos hacia unos tiempos críticos, de cariz bélico, que convienen registrarse al igual que hice, en su momento, con respecto a mis grandes viajes y la época de la Gran Guerra”. La música resulta protagonista en esta primera etapa del diario, escrita a veces a manera de sumaria agenda, y en la que destaca un espléndido retrato de Richard Strauss.

            La segunda parte nos lleva al Nueva York de 1935, cuando es la capital del mundo, la ciudad del futuro, y Stefan Zweig quiere dejar constancia de su deslumbramiento. Ya el avance del nazismo le ha hecho abandonar su casa en Salzburgo, pero todavía es un escritor cosmopolita y no es del todo consciente de que su mundo esté llamado a desaparecer.

            A los días de enero pasados en Nueva York, le añade en el mismo 1935 otra entrada más, fechada el 27 de septiembre, que nos cuenta un viaje de París a Londres. Se inicia con una reflexión sobre la errabundia que ha acabado por caracterizar su vida: “¿Nos hemos acostumbrado a ir y venir sin pausa porque tiemblan los cimientos del mundo? ¿Deseamos respirar a bocanadas el aire del mundo atisbando que podrían reproducirse los bloqueos entre países? Sea como fuere, en mi caso viajar ya no resulta algo ajeno, sino un estado casi natural. Uno se ha desvinculado cada vez más de ataduras y hábitos; la casa y las propiedades se han tornado cuestionables y apenas las extraño”.

            Ese estado de ánimo continúa en 1936, cuando viaja a Brasil y Argentina disfrutando de una popularidad que alcanza a todas las clases sociales, desde el presidente de la República hasta el dependiente de cualquier tienda. No parece lamentar demasiado haber tenido que abandonar su casa en Austria: “Dos maletas: en una el guardarropa, la necesidad terrenal; en la otra los manuscritos, la disposición intelectual. De esta manera tiene uno su hogar en cualquier sitio. El sentido de una vida radica en descubrir, una y otra vez, la propia libertad temporal e intelectual. Quizá lo mejor sería vivir con la menor carga posible: el arte de dejar atrás el pasado sin sentimentalismo”.

            De ese viaje de 1936, lo más destacado quizá, o al menos lo que más curiosidad despierta en el lector español, es la breve estancia en Vigo, a menos de un mes de comenzada la guerra civil. Su mirada es la del turista que, a pesar de las circunstancias, todavía tiene tiempo de admirarse de “un pueblo encantadoramente bello y al mismo tiempo pintoresco”.

            Los negros nubarrones que se cernían sobre Europa desde comienzos de los años treinta, estallan en 1939. El primero de septiembre, tras la invasión de Polonia, comienza de nuevo Zweig a redactar su diario. Al comienzo, como todos, cree en la posibilidad de un arreglo. Nunca se imaginó, nadie se lo imaginaba entonces, que el conflicto pudiera alcanzar las dimensiones que alcanzó y durar cinco años. De pronto, el feliz apátrida, que tiene por hogar el ancho mundo, se ha convertido en un enemigo, en un alemán, aunque sea austriaco. Las crecientes limitaciones de movimiento, la opresora burocracia del tiempo de guerra, le dan un aire kafkiano a estas páginas.

            En mayo de 1940, vuelve al diario para dejar constancia de la humillante derrota francesa. La caída de París supone el golpe final. Para Zweig, todo está perdido. El 19 de junio deja de escribir en el diario. Todavía viviría año y medio más, pero ya es un superviviente. Abundan las referencia al suicidio en estas anotaciones finales: “El crimen más horrendo de Hitler será haber elevado la mentira y la estafa a una posición respetable mientras se denomina arte de gobernar y vivir a lo que se consideraba criminal desde hace milenios. Estamos perdidos quienes vivimos conforme a las antiguas tradiciones. Ya he preparado cierta ‘botellita’ previendo que pudiera suceder cualquier cosa”.

            Para los admiradores de Stefan Zweig, que son legión, y para quienes se interesan por la historia de unos años cruciales, estos diarios, inéditos hasta 1984 y que ahora se traducen al español por primera vez, supondrán todo un descubrimiento.

           

miércoles, 6 de enero de 2021

La vida de los otros

 

Maestras de vida. Biografías y bioficciones
Manuel Alberca
Pálido Fuego. Málaga, 2020.
 

Manuel Alberca, que ya ha dedicado fundamentales estudios a los diarios y a las autobiografías, se ocupa ahora en un nutrido volumen de un género a medio camino entre la historia, la literatura y el periodismo: las biografías. El título, Maestras de vida, no parece que resulte muy afortunado. Procede de una frase de Cicerón: “La historia es maestra de la vida”. Pero las biografías hace tiempo que han dejado de ocuparse de los santos y los héroes, ya no son hagiografía ni “vidas ejemplares” (las vidas no ejemplares suelen ser las que más interesan).

            La intención del autor ha sido escribir un libro “útil para estudiantes e investigadores”, a medias entre el ensayo y el manual. No lo ha conseguido del todo, afortunadamente. Ha mezclado tres obras que no acaban de encajar. En primer lugar, una reflexión académica (esto es, apoyada en continuas citas, aunque lo que se afirme sea de sentido común) sobre la biografía; en segundo lugar, un disperso manual sobre cómo escribir biografías, que llega a la precisión escolar de enumerar los documentos que el biógrafo debe buscar (actas de nacimiento y defunción, libro de familia, contratos de trabajo, etc.), y en tercero, el que más nos interesa, un análisis de biografías recientes de escritores y las reflexiones suscitadas por su propio trabajo como biógrafo. Manuel Alberca es autor de una magistral biografía de Valle-Inclán, La espada y la palabra, y a ella vuelve una y otra vez para aclarar algunos de los problemas que plantea la escritura de biografías.

            ¿Son o no las biografías un género literario? ¿Por qué han sido tan desatendidas por los estudiosos? Manuel Alberca se propone insistentemente estas preguntas y trata de responderlas en su libro. Para el lector común –quizá no para el teórico de la literatura-- la respuesta parece fácil: pueden ser periodismo (tantas biografías de personajes populares); constituir ejemplos modélicos de investigación histórica (Negrín de Enrique Moradiellos, por ejemplo) o ser ante todo literatura, sin que eso implique necesariamente falta de rigor, como las de Stefan Sweig o Benjamín Jarnés. Y pueden entremezclarse los distintos aspectos, predominando uno u otro. Una biografía fruto de una investigación periodística debe incluir material nuevo y a ser posible escandaloso, y se ocupa de personajes que están de actualidad (Juan Carlos I, pero no Fernando VII); los otros tipos de biografías no tienen esos condicionamientos.

            Manuel Alberca trata fundamentalmente de las biografías de escritores, sobre todo españoles y contemporáneos. Sus análisis suelen ser muy sugerentes y no exentos de ideas propias (algo no demasiado frecuente en los estudiosos de la literatura contemporánea). A propósito de El contorno del abismo, la biografía que José Benito Fernández dedicó al poeta Leopoldo María Panero, señala que “se encuentra entre las mejores biografías de escritor, y esto es tanto, creo, más relevante en la medida en que está dedicada a un escritor de segunda fila, pero al que su carácter controvertido y su constante presencia en los medios le darían una notoriedad muy por encima de sus méritos literarios”.

            Las biografías suelen escribirse a favor o en contra del personaje, aunque para ser creíbles deben aparentar imparcialidad. Algunas parecen un acto de venganza, como la que Manuel Vicent dedicó a quien fuera su amigo, Jesús Aguirre (Alberca comete el lapsus de hacerle ministro de Cultura con Felipe González), y que solo se salva si la consideramos como obra de ficción (como una “bioficción”, según el neologismo utilizado en el libro). Habría sido interesante que la comparara con El cura y los mandarines, de Gregorio Morán, pero solo se ocupa de otra biografía “a la contra” firmada por este último, la dedicada a Ortega. En El cura y los mandarines, Jesús Aguirre es solo el pretexto alrededor del cual se trata de llevar a cabo una enmienda a la totalidad de la cultura española de la oposición al franquismo y de la transición, pero Gregorio Morán están siempre más cerca de la inescrupulosidad en el manejo de los datos propia del libelista que del rigor del historiador.

            ¿Hasta qué punto es correcta la intromisión en la vida privada de un personaje público? Al biógrafo solo deberían interesarle aquellos datos de la vida privada que explican la actuación pública del personaje o, caso de ser un escritor, su obra literaria. Biografías como la que Miguel Dalmau dedicó a Jaime Gil de Biedma, donde cualquier chisme escandaloso tiene su asiento, parecen un ejemplo a evitar. ¿Y qué ocurre cuando lo que un escritor nos cuenta de su vida está en contradicción con la información que nos proporcionan los documentos? Anna Caballé desmontó las mentiras de Umbral sobre sí mismo y el propio Manuel Alberca las de Valle-Inclán, pero la primera lo hizo con el autor todavía vivo y el segundo cuando ya hacía tiempo que formaba parte de la historia.

            Los documentos oficiales pueden ser declarados secretos durante un cierto número de años; quizá debería ocurrir lo mismo con los documentos privados. A poco de morir Vicente Aleixandre, José Luis Cano publicó las cartas que le había dirigido. En una de ellas hablaba de un amigo común, un conocido poeta entonces profesor en Estados Unidos, y le contaba que al parecer tenía una relación sentimental con una de sus estudiantes. “Y no me extraña, con lo insoportable que es su mujer”, añadía. El poeta aludido ya había muerto cuando esas cartas se publicaron, pero no su viuda y por ellas se enteró de que su marido la había engañado y de que los amigos del marido la consideraban insoportable.

            Un escritor tiene derecho a defenderse de la intromisión no autorizada en su vida, derecho que pasa a los herederos. Y el biógrafo tiene la obligación de ser discreto además de veraz, de no regodearse en morbosas nimiedades que no afectan a la actuación pública del personaje o a su obra literaria.

            De estas y de otras cuestiones controvertidas trata Manuel Alberca en Maestras de vida, un libro que habría ganado con una cura de adelgazamiento que dejara fuera todo lo que tiene de manual y de tedioso trabajo académico.

viernes, 25 de diciembre de 2020

Refranes de autor

 

El vaso medio lleno
Enrique García-Máiquez
Ediciones More. Madrid, 2020.
 

El aforismo, como el haiku, se ha convertido en una moda. Apenas hay poeta joven, o no tan joven, que no haya publicado al menos un libro de aforismos y otro de haikus. Pero la aparente facilidad de ambos géneros resulta engañosa, Ni siquiera los más destacados cultivadores consiguen evitar siempre la mera ocurrencia, la nadería ingeniosa, la sentenciosa obviedad. El vaso medio lleno, de Enrique García-Máiquez, no escapa del todo a ninguno de esos riesgos, pero lo compensa con buen humor y sabiduría. Apenas hay página que no encierre alguna maravilla.

“Si el aforismo lo pudo escribir otro, abstente”, leemos en la primera sección, que actúa como prólogo. Pero él no duda en reescribir ocurrencias ajenas. Unos versos de Gerardo Diego –que suelen citarse como ejemplo de la influencia de la greguería en la poesía de los años veinte-- le sirven de falsilla para uno de sus aforismos: “El túnel es un pozo con luz en vez de agua” (Gerardo Diego había escrito que “la guitarra es un pozo con viento en vez de agua”). En este caso, no cabe duda de que la variación supera al original (un acierto esa “ú” de “túnel” que se convierte en la “u” de “luz”). Otras veces añade poco o emborrona una ocurrencia --“quien nos compre por lo que valemos y nos venda por lo que creemos valer haría un buen negocio”-- que hemos oído repetida hasta la saciedad: “El mejor negocio del mundo es comprar a un hombre por lo que dicen de él a sus espaldas y venderlo por lo que le dicen a la cara”.

            Pero son excepciones que carecen de importancia en un libro tan lleno de aciertos. Otro reparo, este de mayor calado, cabría ponérsele. El autor no parece distinguir entre cuando se dirige a todos los lectores y cuando habla solo para sus correligionarios. Dos ejemplos: “Intelectual es quien los políticos de izquierda a los que apoya ese intelectual dicen que es intelectual”, “El buenismo es a la bondad lo que el feminismo a la feminidad”. Y abundan los que tienen que ver con su condición de católico tradicional: “Cada mañana, nada más levantarme, aún medio dormido, me pongo las gafas, y entro en el espacio; me pongo el reloj, y entro en el tiempo; y me pongo la cadena con la cruz y el escapulario, y entro en la eternidad”. El lector común se encoge de hombros y exclama “pues qué bien” o, si es un poco chistoso, “¡que te crees tú eso!”.

            Para Enrique García-Máiquez las evidencias de su fe religiosa son tan evidentes como cualesquiera otras y los prejuicios de su ideología son verdades de fe. No es el único caso, aunque a cada lector solo sea capaz de ver los prejuicios y acríticos dogmatismos que no coindicen con los suyos.

            Pero El vaso medio lleno está casi lleno de aciertos para todos los públicos que nos ponen una sonrisa en los labios y nos hacen ver la realidad como nunca la habíamos visto. “El aforismo aspira a ser una obviedad sorprendente”, escribe. En eso coincide con la mejor poesía, con el gran arte, que nos muestran lo que estaba ahí y no éramos capaces de ver. No es el único caso de coincidencia: un verdadero aforismo es aquel que no puede decirse mejor ni con más o menos palabras; exactamente igual que ocurre con el poema.

            En la contraportada del libro –sin firma, pero claramente escrita por el propio autor-- se indican sus maestros en el arte del aforismo: Jules Renard, Stalisnaw Jerzy Lec, Mario Quintana y Logan Pearsall Smith, además de los moralistas franceses, citados así en conjunto. Falta un nombre inevitable en quien escriba en español, Ramón Gómez de la Serna: “Los fantasmas se aprovechan de que no existen para asustarnos más”, “El cargado de razón es cargante, y encima quiere echarte todo su peso encima”, “La Y es el embudo de la sintaxis. Coge dos y hasta tres frases y las mete en una oración”, “El optimista ve la noche de azul marino”, “De noche llueve tinta china”.

            Una de las partes del libro se dedica, aproximándose al haiku tradicional, a las cuatro estaciones y entonces, junto al humor habitual, hace su aparición la poesía: “En las noches más tibias del verano, se nota que también el sol ha bajado, con gafas de sol, moreno y repeinado, a refrescarse a la terraza”, “El solo de viola del viento entre los árboles”, “La sombra se ríe del sol, qué fresca, a sus espaldas”.

            El moralismo y el confesionalismo son el peso muerto –pero un peso muy ligero, que nadie se asuste-- de un libro que gana cuando el autor no se toma demasiado en serio a sí mismo, algo que ocurre a menudo y que es el rasgo más reconocible de la inteligencia.

             

viernes, 18 de diciembre de 2020

Judíos y conversos

 

 

Si te olvidara, Serfarad
Esther Bendahan Cohen
La Huerta Grande. Madrid, 2020.
 

Los judíos fueron expulsados de España en 1492 y no comenzaron a regresar, muy minoritariamente y con escasa presencia pública --al contrario de lo que ocurría en otras naciones europeas--, hasta siglo después. Su ausencia, sin embargo, marcó más decisivamente la cultura española de los siglos de Oro que cualquier presencia. Para evitar la expulsión, o sinceramente, muchos judíos se convirtieron, pero ni esos conversos ni sus descendientes fueron nunca como los demás. Se les negaba el acceso a determinados cargos, según los estatutos de limpieza de sangre, y eran continuamente vigilados por la Inquisición, sospechosos siempre de judaizar.

            Los cristianos, los cristianos viejos, odiaban la lectura, que llevaba a la herejía, y despreciaban determinados trabajos; los cristianos nuevos eran, en su mayor parte, sinceros cristianos, pero conservaban ciertas costumbres de su tradición milemaria –no heredadas por la sangre, sino aprendidas en casa: Santa Teresa se aficionó a la lectura porque veía a su madre leer-- y por eso eran diferentes, se les consideraba peligrosos competidores.

            Los judíos que se convirtieron y se quedaron sirvieron de fermento a buena parte de la mejor cultura española; los que se marcharon llevaron la lengua y las tradiciones españolas por el mundo. En Sefarad, en la península ibérica, la Hispania romana, encontraron los judíos un lugar de acogida y convivencia, una nueva Jerusalén, que añorarían para siempre.

            De aquellos judíos expulsados, desciende Esther Bendahan Cohen, nacida en Tetuán, trasladada con su familia a España tras el fin del protectorado español en Marruecos. Esther Bendahan ha publicado varias novelas, pero destaca sobre todo como una de las más activa difusora de la cultura sefardí. Si te olvidara, Sefarad es un conjunto de apuntes autobiográficos y sobre el mundo judío. Sorprende, en un principio, el estilo aparentemente descuidado y con ciertos toques de agramaticalismo (ya desde el principio: “agradezco a…”, se lee en la dedicatoria, pero no se indica qué agradece). La propia autora es consciente de que el español, tal como se habla y se escribe en España o en cualquier otro país de lengua española, no le resulta del todo natural: “Mi español, como he escrito en otra ocasión, eran muchos. Había una sombra, o mejor decir, otras huellas, que eran las de la jaquetía, la lengua de los judíos de Marruecos, entre el español del siglo XV, el hebreo y el árabe. Aunque ya no lo hablaban entonces, solo algunas palabras, una influencia que provoca algunas distorsiones con los pronombres y con la construcción de la frase de influencia francesa. Así que para mí escribir era y es una batalla entre niveles de tiempo; en la lengua por un lado y otras lenguas por el otro”.

            Tardamos un poco en acostumbrarnos a esta manera de escribir, algo alejada del español normativo, pero enseguida deja de importarnos, seducidos por lo que se nos cuenta de un mundo tan cercano como desconocido. Esther Bendahan sabe del antisemitismo en primera persona: “Como tantos otros, como les sucedió de niños a Finkielkraut o a Alber Cohen, la herida se produjo en el patio de escuela. Judía como insulto. En mi caso una niña, Josefina, me persigue y me llama judía, dice que los judíos huelen mal y me va salpicando con un botecito de perfume. En otro momento, no sé si antes o después, fue ese profesor de religión, ese amable sacerdote, con su ‘Pobrecita, tú no tienes la culpa’. Lo recuerdo una y otra vez de nuevo. Levanto el rostro y le veo condescendiente, es muy alto y viste de negro, le pregunto ahora ¿la culpa de qué?, ¿de qué soy culpable?”

            El antisemitismo tradicional español, de carácter religioso, se ha transformado ahora en antisionismo, en crítica al gobierno de Israel, que con frecuencia se desliza hacia un cuestionamiento del derecho mismo de Israel a existir como Estado, o así lo siente Esther Bnedahan, Pero junto al viejo antijudaísmo (que todavía persiste y ella lo encuentra en un poema de Caballero Bonald) y el nuevo, hay también en España una fascinación por el mundo judío, especialmente por los sefardíes, como si se tratara de reparar un error antiguo. Las huellas judías se han convertido en una atracción turística: pensemos en la española Hervás, en la portuguesa Belmonte (a la que se dedica un capítulo), donde tras la expulsión se mantuvo una comunicad de criptojudíos que solo salió a la luz a comienzos del siglo XX.

            El libro de Esther Bendahan, algo deslavazado, y eso es parte de su encanto, nos cuenta anécodotas de su familia, resume la historia de los judíos, nos habla de su viajes con motivo de congresos sobre la cultura sefardí, nos explica las diferencias entre sefardí y asquenazí y los casi infinitos matices de un mundo, el del judaísmo, que desde fuera se ve como una unidad.

            En España –la añorada Sefarad--, la cultura judía nunca ha sido del todo ajena, aunque a veces quedara reducida a una referencia, no del todo consciente, a la que había que oponerse, acentuando lo distintivo. Pero en buena medida cuando los judíos se fueron (y no por propia voluntad), se quedó aquí de la mano de los llamados cristianos nuevos, entre los que se encontraban –según supimos gracias a la labor pionera de Américo Castro—nada menos que Fernando de Rojas o San Juan de la Cruz, Fray Luis de León o Miguel de Cervantes.