Ángel Katarain / Unai Lobo
Los sonidos de mi vida
Desacorde Ediciones. Madrid, 2026.
“Cada
hombre lleva consigo su novela” podríamos decir parafraseando la cita de Fortunata
y Jacinta que Andrés Trapiello suele colocar al frente de sus diarios. Ángel
Katarain, técnico musical que ha acompañado en giras y grabaciones “a un buen
número de grupos y artistas del panorama musical vasco” le cuenta esa novela
personal a Unai Lobo, trompetista de Betagarri, en Los sonidos de mi vida.
¿Tiene
algún interés un libro así para el lector común, para quien no se interesa
especialmente por los entresijos de la música popular contemporánea y por las
técnicas de grabación?
Lo
tiene, y grande. Por un lado, ayuda a entender una parte principal de la
historia de España, unos hechos violentos que aún no han cicatrizado del todo,
y por otro nos presenta a quien le tocó ser testigo y víctima cercana a los
verdugos y que se vio a sí mismo como “un ser humano dentro de una escafandra
de astronauta, recién aterrizado y mirando al mundo sin entender nada”.
Nacido
en 1961, sus hermanos mayores militaban o eran simpatizantes de ETA y desde muy
niño recuerda las visitas de la guardia civil a su casa, las palizas, las
detenciones. A él lo detuvieron por primera vez en vísperas de Navidad el año
1982. Estuvo una semana incomunicado y el libro recoge el testimonio pormenorizado
del trato recibido
Pero no es este un libro que, para
condenar las violencias de unos, defienda la violencia de otros. “ETA no supo
adaptarse a los tiempos y pasó de ser el sueño de un pueblo y una esperanza de
libertad, a una burda pesadilla; una manzana podrida que se devoraba a sí
misma”, escribe.
Y él lo sabe bien porque es hermano
de Yoyes, la militante etarra que abandonó la organización y la militancia
política y al volver a España de su exilio mexicano fue asesinada por sus
propios compañeros.
La historia del país vasco, que es
historia de España, no se escribe en blanco y negro ni en la época de las
guerras carlistas ni en época más reciente. Este libro, tan destartalado como
una novela barojiana, e igualmente fascinante, ayuda a entender mejor un tiempo
sombrío y tendenciosamente contado por unos y por otros: “La primera víctima de
una guerra es la verdad, la segunda es la cordura, en Euskadi se perdieron las
dos cosas quedando una marca imborrable de muertes que seremos incapaces de
explicar a nuestros hijos”.
Como en La comedia humana de
Balzac, también en la novela de la vida de Ángel Katarain hay un Vautrin, un
mentor en la sombra que guía al protagonista. Se trata de Joseba Sarrionandia,
el gran mito de la literatura vasca, al que ayudó a escapar de la cárcel de
Martutene en 1985 (él fue quien preparó los bafles en los que se escondieron
los dos presos fugados), pero al que no conoció hasta 2006, cuando el escritor vivía
en Cuba con el nombre de Martín. Katarain fue a pasar allí un mes, por razones
de trabajo y turismo, y el amigo que le había invitado le dijo: “Oye, que aquí
anda un paisano nuestro, que salió en un altavoz y no sé qué…”
De aquel encuentro, en que uno y
otro conocieron por primera vez todos los pormenores de la rocambolesca fuga (y
nosotros conocemos ahora), surgió la idea de rodar los documentales “Siete
calles de La Habana”, que cuentan, con guion de Sarrionandia, la historia de
personajes vascos que tuvieron un papel fundamental en la historia de Cuba: la
del obispo Espada, un inquisidor ilustrado que llegó a La Habana con el encargo
de poner orden en la isla, y que acabó acusado de liberal, hereje, masón y
murió en el barco que lo traía a España; o la de Julián de Zulueta, nacido en
Álava en 1814 y que se enriqueció con el comercio de esclavos. Los
descendientes españoles de Zulueta quisieron conocer a los descendientes de
aquellos esclavos, que también llevaban el apellido de Zulueta y todo ello se
cuenta en el documental, que está muy lejos de ser la esperada caricatura de un
negrero.
Quizá
el más impactante de los documentales de Katarain –todos están disponibles en
su página web-- es A medianoche. Momentos con Javier Arzuaga, también
idea, guion y dirección en la sombra de Martín, esto es, de Sarrionandia. Un
día, se le acercó con un montón de folios fotocopiados y le dijo: “Oye, ¿tú
podrías buscar al que ha escrito esto? Es el texto de un libro publicado en
Miami, es el testimonio de un fraile de Oñate que fue capellán de La Cabaña
cuando el Che Guevara era comandante y asistió a los fusilamientos de los
primeros días de la Revolución”. Encontró al exfranciscano y, cuando fue a entrevistarle,
este se extrañó de que un técnico de sonido le hiciera unas preguntas tan
precisas. Tuvo que confesarle que había alguien más, pero que “el que está
detrás nos ha pedido que no le mencionemos”.
Sarrionandia, que se había
convertido en el ausente más presente de la literatura vasca, solo quiso
aparecer con el nombre de Arlo Will. Habrá quien sonría con cierta suficiencia
al leer lo que cuenta Katarain sobre la procedencia del pseudónimo: “Martín lo
había sacado de un libro muy curioso, Antología de Spoon River, un libro
pequeñito que trata sobre conversaciones entre muertos en un cementerio. Uno de
esos muertos es Arlo Will y habla con los demás en formato poesía. Es muy
bonito, porque se habla diferente cuando estás muerto. El libro me hizo mucha
gracia”.
No es un intelectual Katarain,
evidentemente (“Martín, a mí no me regales libros, que yo no leo, soy carne de
cables y pantallas”), pero eso no impide que Los sonidos de mi vida rebose
de esa sabiduría que no se aprende en los libros. A menudo recuerda las frases
que le escuchaba repetir al aittona, a su abuelo materno. Una de ellas
decía así: “Niños, cuando abrís los ojos, estáis viendo la mitad del mundo; la
otra mitad la vais a ver cuando los cerráis”.
Con desarmante verdad, Ángel
Katarain nos cuenta lo que vio y lo que vivió. No guarda rencor ninguno. Un
ejemplo: el coronel Galindo –el de Lasa y Zabala e Intxaurrondo-- denunció un
disco en el que él participaba como técnico de grabación porque una de las
canciones, “Ustelkeria”, aludía a una información periodística en que se
hablaba de su posible implicación en el narcotráfico. Ocho años estuvieron
procesados por ello. Y esto es lo que dice del acusador: “Al final, el que
terminó empapelado acusado de cosas horribles, fue el coronel”. Acusado y
condenado.










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