viernes, 19 de octubre de 2018

Anatomía del Rastro



El Rastro. Historia, teoría y práctica
Andrés Trapiello
Destino. Barcelona, 2018.

El Rastro. Historia, teoría y práctica es una obra enciclopédica, donde se encuentra todo lo que a uno se le ocurriría preguntar sobre el famoso mercado de viejo madrileño –casi un género literario en sí mismo– y también mucha erudición que a algún apresurado visitante le puede parecer excesiva, como de aplicado cronista municipal.
            Un libro como este solo lo podría haber escrito Andrés Trapiello, y no porque lleve cuarenta años visitándolo fielmente todos los domingos a primera hora de la mañana, como hacen los profesionales (lo normal es que, tras esa frecuentación, cualquier lugar pierda toda su magia), sino por su incansable curiosidad hacia las cosas viejas y las gentes en las que nadie repara, pero que llevan una novela dentro.
            El volumen –que no es para leer de un tirón, sino para picotear y dejarse sorprender en muchos ratos perdidos– tiene un minucioso índice (salvo la última parte) y una estructura casi de manual. Afortunadamente, las apariencias engañan. Se trata más bien de un centón, revuelto bazar o almoneda, que de una rigurosa monografía, empeño quizá imposible.
            La primera parte está dedicada a la historia del Rastro y no cabe duda de que el autor se ha procurado toda la documentación accesible y que incluso aporta datos inéditos, pero lo que a nosotros nos interesa son los incisos, como “Historia de un niño”, una novela en síntesis, o la visita a torre de las galerías Piquer, desde donde, al alzarse la persiana en un piso deshabitado pudo contemplar –por una única vez– la mejor vista del Rastro: “Fue como alzar el telón de un teatro mostrando un escenario prodigioso”.
             A la teoría del Rastro se dedica la segunda parte, subtitulada “meditaciones y conjeturas”. No cabe duda de que Andrés Trapiello tiene una habilidad especial para la divagación y es capaz de hacer brillar su prosa con cualquier pretexto, pero el lector se cansa pronto de las vueltas y revueltas en torno a unas citas de Benjamin o de cualquier otro nombre más o menos prestigioso. Lo que este libro tiene de filosofía del Rastro es quizá lo que menos interesa. Andrés Trapiello –como Eugenio d’Ors– trata de convertir continuamente la anécdota en categoría, pero la categoría resulta a menudo nebulosa y discutible y la olvidamos pronto, mientras que las anécdotas –costumbristas, autobiográficas, ásperamente quevedescas las menos, piadosamente cervantinas las más–, como las líricas descripciones de tantos amaneceres, bastan para hacer memorable el volumen.
            Destacan muy especialmente las páginas que dedica al regateo. “Arte y maña del regateo” se titula uno de los subcapítulos, pero de él habla en muchos otros lugares y no nos queda la menor duda de que Andrés Trapiello es un maestro en esa especial técnica de determinar el precio y el valor de las cosas. Si alguna vez se diera un máster para profesionales del Rastro –cosas más raras se han visto–, sin duda deberían formar parte de la bibliografía fundamental, y –mutatis mutandis– no cabe duda de que también les sacarían buen partido en cualquier escuela de negocios y hasta en la escuela diplomática.
            Mucho hay que admirar en este libro, pero a veces nos quiere hacer comulgar con alguna rueda de molino. “La verdadera renovación del canon literario en los últimos años empezó en el Rastro”, escribe el autor. Y lo explica por que, cuando él comenzó a escribir –finales de los setenta, primeros ochenta–, “la inmensa mayoría de los autores que nos interesaban desaparecieron de las librerías de nuevo”. Y no solo los autores menores, sino los que “formaban parte del canon de la literatura, los grandes e inalcanzables escritores del nuevo siglo de oro (Unamuno, Azorín, Baroja o Juan Ramón, y en otro peldaño, los Pérez de Ayala, Ortega, Gómez de la Serna o Azaña)”. Solo unos pocos –Valle o Machado– “habían logrado sobrevivir a las purgas y menosprecios de los prescriptores, críticos y mandarines del momento”.
            Los escritores, incluso los grandes escritores, se ponen de moda y pasan de moda, sin necesidad de que en ello intervengan intereses inconfesables.  En el Rastro, como en las librerías de viejo, aparecen los grandes escritores junto a otros menores o sin interés, pero nunca, nunca se perdería a Unamuno, Baroja, Ortega o Juan Ramón quien no visitara el Rastro. Estuvieron siempre en las librerías de nuevo, entre otras cosas porque eran lecturas recomendadas en los planes de estudio, y sus obras estaban al alcance de todos en las bibliotecas públicas.
            Pero mejor mirar para otro lado cuando Trapiello habla del canon literario, de las universidades o de las librerías de nuevo, en las que, contra lo que él cree, no solo se encuentra lo escrito en los últimos años: también la mejor edición del Quijote, una nueva traducción de Montaigne o de Virgilio, innumerables maravillas que sorprenden incluso al frecuentador habitual, no solo el premio Planeta o el bestseller de turno (que, por cierto, no tardan en aparecer en el Rastro o en la cuesta de Moyano).
            Las dos últimas secciones del libro –el lector puede empezar por ellas– son las mejores y justifican por sí mismas el volumen, aunque eso no quiere decir que en las anteriores no haya pasajes trazados con mano maestra.
            Cuanto menos pretencioso teóricamente, más admirable se muestra Andrés Trapiello. Por eso en la sección “Objetos y cosas”, una de las mejores del volumen, nos interesa poco la distinción que, apoyándose en Remo Bodei, establece entre “cosas” y “objetos” y mucho la descripción, ilustrada, de un puñado de objetos o cosas encontrados en el Rastro y de su especial predilección: desde un tomo de los Episodios nacionales con la bandera republicana en la cubierta hasta una postal de san Isidoro de León que le lleva a rememorar su infancia con unamuniana emoción.
            El Rastro. Historia, teoría y práctica es un libro ilustrado en el que las ilustraciones rara vez son un prescindible complemento, especialmente las de la última parte, instantáneas fotográficas realizadas por el propio autor y muy adecuadamente glosadas. Gran parte del encanto del volumen proviene de esas imágenes, tan literarias, tan sugerentes.
            Las ilustraciones de la primera parte son de otro tipo y presentan menor interés, a pesar del preciso pie de foto del autor, debido al pequeño tamaño en que a menudo se reproducen. Un ejemplo, la que aparece en la página 210, cuyo pie de foto dice así: “Un clásico del Rastro: las figuras políticas de los regímenes pasados, en asociaciones bizarras. Un baratillo pedagógico. Lo mejor de esta son los ojos azules del zorro”. Pero como la ilustración es de un tamaño poco mayor que el de una uña ni siquiera con la mejor vista se pueden distinguir esos ojos azules.
            Reproduce Andrés Trapiello, en la sección final, muchos pasajes dedicados al Rastro en los diversos tomos de su diario. El lector lo agradece, tanto el que recordaba esas páginas como el que no las había leído o no las recordaba. Hay repeticiones, pero también puntos de vista nuevos. También se agradece que deje fuera las poco simpáticas líneas que solía dedicar al único escritor que le disputaba sus hallazgos bibliográficos, al que él llamaba “el poeta social”, Carlos Sahagún.
            En cuarenta años de asidua frecuentación, el Rastro ha cambiado mucho y sigue siendo el mismo. Como Andrés Trapiello, quien tras cuarenta años de frecuentación lectora, nos sigue causando el mismo asombro y la misma admiración que la primera vez e irritándonos en algún que otro momento –cuando se pone estupendo con sus descalificaciones de la izquierda, la universidad, las librerías de nuevo o el canon que imponen los mandarines– de la misma manera. Genio y figura.


viernes, 12 de octubre de 2018

Américo Castro y Jorge Guillén, erudición, novelería y disparate




Correspondencia (1924-1972)
Jorge Guillén-Américo Castro
Edición, introducción y notas de Manuel J. Villalba

Se ha convertido en tópico, cuando se habla de un epistolario entre escritores, entonar una elegía a la desaparición de las cartas. Como tantas otras dedicadas a llorar los desastres del mundo contemporáneo, carece de fundamento: la correspondencia personal no ha desaparecido ni ha sido sustituida por la mensajería instantánea, del mismo modo que el correo postal –el que viaja primero a lomos de caballos, luego en tren, en barco, en avión– no fue sustituido por el telegrama ni por el teléfono, como temía Pedro Salinas que ocurriera según cuenta en uno de los ensayos de El defensor. En el correo electrónico, lo que cambia es el continente, no el contenido, y lo que escribimos queda archivado de manera más duradera que en papel, si no en nuestro ordenador, donde podemos borrarlo, en algún servidor externo a la espera del futuro investigador que lo convierta –si tiene interés para los lectores– en libro.
            Américo Castro y Jorge Guillén mantuvieron durante más de medio siglo una relación de amistad y admiración mutua que algo tuvo también de familiar (Stephen Gilman, el discípulo predilecto de Castro, casi un hijo, se casó con la hija de Guillén). Fueron dos de las principales figuras del exilio, aunque en el caso de ambos más laboral que estrictamente político: volvieron sin problemas, y con cierta frecuencia, a la España de Franco.
            La ponderación de Guillén contrasta con la vehemencia Castro en esta correspondencia que puede ser leída como una novela epistolar. Más que los elogios que se intercambian con motivo de la aparición de sus respectivas obras, nos interesa lo que tiene que ver con la historia y la intrahistoria de esos años, como los contrastes entre la vida española y la norteamericana o los detalles sobre la vida universitaria norteamericana y las intrigas para hacer su sitio en ella.
            Américo Castro revolucionó la historiografía española con su obra España en su historia. Cristianos, moros y judíos, en la que el filólogo se convierte en un filósofo de la historia. Algunas de sus ideas, como que la gran literatura española del Siglo de Oro, es en buena parte obra de conversos son ya un lugar común. Pero no se limitó Castro a las hipótesis razonables. De una laboriosidad y tenacidad poco comunes, en la última etapa de su larga vida se convirtió en una especie de Quijote que defendía las verdades  que él había descubierto  contra todo el mundo.
            El rigor científico se fue por el escotillón para ser sustituido por la vehemencia del predicador, un poco a la manera de los delirios místicos sobre la hispanidad de Juan Larrea, aunque con mejor fundamento erudito. Juan Goytisolo se convirtió en su principal seguidor. Sin las teorías de Castro no había sido posible sus novelas ni sus ensayos sobre la literatura clásica española.
            En una carta de 1956, habla Castro de su libro Dos ensayos en el cual dice poner en fila a todos sus detractores, comenzando por Menéndez Pidal, y hacerlos “cisco”, “pulpa”. Aunque u familia le aconseja no hacer caso de ciertas alusiones, “yo me debo –escribe– a quienes creen en mi obra, y no puedo dejar a unos insolentes asnos, con tonsura o sin ella, proseguir en su campaña de difamación”. El primero de esos “insolentes asnos” es nada menos que su maestro, Menéndez Pidal.
            Otras afirmaciones de Castro redondean al personaje. Sorprende su elitismo, común entre los intelectuales de la época, pero que pocos se atreverían a afirmar con tanta rotundidad: “La Humanidad estuvo durante millones de años sin la división entre unos que trabajaban y unos pocos que se dedicaban a la contemplación, y no pasó nada interesante en el mundo del espíritu. En cuanto se inició en Grecia lo de ‘los señores están servidos’, pues se produjeron las cosas de que aún vivimos”. A Américo Castro le indigna la escasez de servicio doméstico en Estados Unidos en contraste con el que disfrutaba en España, y eso en una época (la carta es del 16 de abril de 1944) en que el país estaba en guerra: “A mí me encocora esto de que solo se pueda uno abandonar a lo suyo en horas contadas, y aún así hay que abrir la puerta, e ir al teléfono, y comprar en la tienda, etc. Y el espectáculo de la familia femenina esclavizada como antes las negras”.
            Los pequeños detalles son lo más interesante de cualquier epistolario, la vida cotidiana y la mentalidad de una época reflejadas sin interferencias. ¿Qué es lo que tuvieron que aprender los intelectuales españoles exiliados en Estados Unidos? Pues “a fregar los platos y a llegar a las citas con puntualidad”. Por lo que no pasan, al menos por lo que no pasa Américo Castro, es “por quitarse la chaqueta en cuanto lleguemos a casa”. También nos deja constancia del arribo a Nueva York de un grupo de “musicantes y bailarines de Londres”, “seguidos por entusiastas aullidos de una horda de teenagers que la policía no podía contener”: alude a los Beatles y a su “música en que se desintegran el manicomio y el pandemonium”.
            Jorge Guillén, más ponderado, es menos personaje de novela. Una de las pocas veces que pierde los nervios es cuando alude a cierta polémica: “En cuanto al incidente con el Canallísimo –me refiero esta vez a Juan Ramón Jiménez–, ¿qué quiere usted que hiciera? Durante veinte años he sido ‘el que recibe las bofetadas’. Tenía algún día que pararle los pies, o mejor dicho, desenmascarar al Esteta. Me limité a exhumar unos documentos. Y se acabó”.
            Como el editor de este epistolario, Manuel J. Villalba, lo hace acompañar de abundantes notas (1189 para ser exactos), buscamos alguna aclaración de ese episodio. No lo encontramos. Manuel J. Villalba prefiere anotar términos como “Associate Profesor” (“ing. Profesor asociado”, indica) o “signora” (“it. Señora”). O dedicar unas líneas a explicarnos quién es Franco: “Francisco Franco Bahamonde (1892-1975), general español. Tras el intento fallido de golpe de Estado el 18 de julio de 1936 y la subsiguiente Guerra Civil, ocupó la jefatura del Estado hasta su muerte en 1975”.
            En la primera página, se habla de una colaboración de Guillén en la Revista de Occidente y Villalba anota: “Véase J. Guillén Aire-Aura”. Buscamos esa referencia en la bibliografía y encontramos: “Aire-Aura”, Revista de Occidente 4 (1923)”. ¿No podía decír eso en la nota y evitarnos perder tiempo con la búsqueda?
            Y ya que estamos con la bibliografía, sorprende que tras cada referencia aparezca unas veces la indicación de “impreso”, otras la de “Print.”, otras la de “Imprimé” o la de “Stampato”. Manuel J. Villalba se ha creído en la obligación de decirnos, tras cada libro o artículo citado, que es un “impreso”, pero lo dice en la lengua en que está escrito el volumen.
            Se equivoca, por otra parte, en las notas referidas a Jorge Guillén, que ya es equivocarse: habla de que Cántico tuvo cinco ediciones (fueron cuatro) y de que la tesis doctoral de Guillén continúa inédita (la publicó la Fundación Jorge Guillén, la misma en que aparece la muy mejorable edición de este epistolario).
            Pero no vamos a incurrir en el tópico de la decadencia de las humanidades debido a la proliferación de las nuevas tecnologías. Ya en 1942, escribía Américo Castro: “Los jóvenes universitarios, salvo rarísima excepción, no leen, lo que se llama leer, un libro; ni piensan en meditaciones lentas y proseguidas”.
           

viernes, 5 de octubre de 2018

Juan Bonilla, los libros y la vida



La novela del buscador de libros
Juan Bonilla
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2018.

Armando Palacio Valdés tituló sus memorias de infancia y adolescencia La novela de un novelista, Rafael Cansinos Assens su diario de las primeras décadas del siglo XX La novela de un literato. Siguiendo su ejemplo, Juan Bonilla titula La novela del buscador de libros a su más reciente publicación, que tampoco es una novela. En los tres casos el término “novela” no se refiere a un género literario, sino que se utiliza en la acepción coloquial de peripecias autobiográficas más o menos fantaseadas, como en la expresión “mi vida es una novela”.
            La novela del buscador de libros es una miscelánea que no se presenta como tal. Buena parte de los capítulos que la integran ya habían sido publicados –en el volumen colectivo Los otros libros, en Biblioteca en llamas– o dados a conocer en conferencia o en el pregón de alguna feria del libro. Indicarlo en el volumen no habría sido una innecesaria precisión académica, como tampoco resulta una mera precisión erudita señalarlo ahora.
            Entre el volumen que llega a las librerías y el original del autor, está la labor de muchos profesionales. Uno de ellos es el editor, en el sentido inglés del término, habitual en las grandes editoriales del mundo, pero en las españolas casi reducido a los best seller. Juan Bonilla no es el mejor editor de sí mismo. La referencia del título a “la novela”, la falta de títulos en los capítulos (incluso en los que lo tenían en la primera publicación), la ausencia de índice dan a entender engañosamente al lector que nos encontramos ante un tratado sobre la bibliofilia o el coleccionismo de libros, ante una obra que debe leerse comenzando por el principio y que va avanzando hasta llegar al fin. Nadie –o casi nadie: yo lo he hecho– será capaz de una lectura así. Le desanimarán las continuas repeticiones, las retahílas de obras sin demasiado interés, pero que el autor daría al parecer cualquier cosa por tener en su biblioteca, ciertos errores que dan fe de que ni el mismo autor ha hecho esa lectura de conjunto de sus trabajos dispersos. Baste un ejemplo de sus descuidos: cuando enumera algunos de los tesoros de su biblioteca se refiere al Jardín de senderos que se bifurcan, de Jorge Luis Borges, y añade “que conserva su faja publicitaria, roja, ¡anunciándolo como una obra maestra del relato de terror!”.  Pero da la casualidad de que ese es uno de los libros cuya cubierta aparece en las ilustraciones y ahí podemos leer la faja publicitaria: “Una muerte simbólica, una biblioteca infinita, una lotería implacable, un libro que abolirá la realidad”. Más adelante, cuando se vuelva a aludir a la obra de Borges (todo se repite en este libro) ya se citará correctamente.
            Una lástima la pésima “edición” –no me refiero al aspecto material– de este libro porque contiene páginas espléndidas. Cito algunas dándoles el título que tuvieron en la primera edición e indicando entre paréntesis las páginas que ocupan en esta nueva: “Libros de viejo, Sevilla, principios de los noventa” (113-129), “La calle de los libros (buscando libros viejos por Latinoamérica)” (131-151), “Una librería en Bogotá” (160-168), “18 millas de libros” (169-178).  
            “Una librería en Bogotá” –otro título posible sería “Una librería en un burdel”–,podría formar parte de cualquier antología de relatos de Juan Bonilla, un maestro en el género de la autoficción o del ensayo-ficción, al que sin duda pertenecen algunos de los mejores pasajes de este volumen. Sospechoso resulta que hable largamente del “libro más bonito” que tiene en su biblioteca –un libro de cromos sin cromos encontrado en el mercado de San Carlos de Tegucigalpa– y no reproduzca ninguna de sus páginas en las ilustraciones.
            Lo que La novela del buscador de libros tiene de reflexivo, de ensayístico resulta de bastante menor interés que las páginas autobiográficas y viajeras. Una idea repetida –uno de los núcleos conceptuales del volumen– es que los libreros de viejo son los mejores, o los más temibles, críticos literarios. Y cita, como ejemplo, el catálogo número 100 de la librería Renacimiento que “puso en su sitio” a los poetas españoles de las últimas décadas, valorando en muy poco –es ejemplo que pone Bonilla– a las primeras ediciones de Ullán, entonces un poeta bastante apreciado por los suplementos culturales. Muy ingenuo hay que ser para pensar que el precio de un libro en una librería de viejo –o en una librería anticuaria, para decirlo más pretenciosamente– tiene que ver con la calidad literaria del mismo y no con la escasez de ejemplares en el mercado y la mucha o poca demanda.
            Arremete Bonilla contra la enseñanza universitaria, que impone un escalafón entre los autores, lo mismo que hacen premios oficiales como el Cervantes (que obtuvieron, por cierto, José García Nieto o Dulce María Loynaz, bien lejos de cualquier canon). Está en su derecho al preferir la poesía de Julio Mariscal Montes a la de José Ángel Valente, pero no al atribuir el mayor predicamento del segundo a una conspiración de los medios oficiales. El canon es producto del consenso entre muy diversas instancias –críticos, editores, lectores– y no se puede imponer artificialmente. Julio Mariscal Montes es un poeta apreciable –Juan Bonilla le dedica un capítulo y se refiere a él en multitud de ocasiones–. pero juega en otra categoría poética (y no digamos intelectual) que Valente, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez o incluso Caballero Bonald.
            “Empecé a buscar libros inencontrables en las cuevas de los libreros porque no había otro sitio donde buscarlos”, escribe Bonilla. Pero si uno lo que quiere es leer libros, hay otro sitio donde encontrarlos: las bibliotecas públicas. Sorprende que no se encuentre ni una sola mención a ellas en este obra que a ratos parece protagonizada más un obsesivo coleccionista de libros valiosos o no (a menudo son simplemente curiosos) que por un verdadero lector. O por un aspirante a librero de viejo, que es en lo que las circunstancias de la vida convirtieron a Juan Bonilla durante un tiempo.
            Juan Bonilla es un escritor ingenioso, pero el ingenio tiene sus limitaciones. El libro en papel, por citar un ejemplo, le parece “la evolución natural del libro electrónico, la versión mejorada por el ingenio de los artesanos y por las necesidades de los usuarios de un instrumento que había nacido felizmente pero que podía resultar más idóneo gracias a la extraordinaria ocurrencia de separar el texto en páginas distintas”. Y sigue con que si el texto en la pantalla es “líquido”, esto es, “se liquida” (sic) y con que sería mejor que cada texto dispusiera de su propio espacio (sí, se nos ocurre decir, mejor que una enciclopedia ocupe una pared entera a que quepa en un manejable portalibros, esto es, en el llamado libro electrónico).
            “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, afirmó Hölderlin. Juan Bonilla, uno de los grandes cuando se mueve entre el reportaje, la memoria personal y la ficción, se convierte en un periodista convencional cuando divaga sobre la enseñanza de la literatura, la investigación universitaria, la bibliofilia o el manido tópico –sin fundamento alguno– de que los poderes públicos que se esfuerzan por alejar de los libros a los ciudadanos porque así son más manejables.
            En La novela del buscador de libros está mucho del mejor Juan Bonilla. Y, entremezclado con ello, inanes y reiterativas divagaciones. Un rigurosa labor de edición –imprescindible cuando se trata de reunir ocasionales trabajos dispersos– habría evitado que lo segundo desluzca lo primero.



viernes, 28 de septiembre de 2018

Irene Sánchez Carrón, poesía y verdad



Micrografías
Irene Sánchez Carrón
Visor. Madrid, 2018.

Poeta de línea clara, como Luis Alberto de Cuenca y tantos de los nombres más leídos actualmente, Irene Sánchez Carrón demuestra en Micrografías que se pueden unir tendencias muy distintas –confidencia y denuncia, concisión lírica y narratividad, relectura de los clásicos y mundo cotidiano– en un tono por completo personal, inconfundible.
            Nos sorprende ya desde el primer poema, que nos lleva a una infancia rural que quizá no sea la de la autora y que tiene mucho de costumbrismo etnográfico y algo de pesadilla. Pero en seguida el libro comienza a andar por otros derroteros: “Desde la ventana de un café” inicia la dispersa serie –“Líneas de autobuses”, “Cercanías”– dedicada a los encuentros urbanos entre desconocidos, poemas con un punto de partida en Baudelaire y un toque de las soledades de Edward Hopper.
            La recreación de historias bíblicas, mitológicas o de los cuentos de hadas constituye otra de las líneas que se entrelazan en el libro. El punto de vista adoptado es feminista, como no podía ser de otra manera a estas alturas del siglo XXI, sin que eso suponga que la autora incurra en reivindicaciones bien intencionadas pero simplistas, sin la complejidad y la contradicción que suelen caracterizar al pensamiento poético.
            En “Confesiones de Adán” es Eva –en un gesto de rebeldía– quien muerde la manzana, sin ofrecérsela a Adán, y luego abandona por voluntad propia el paraíso. Algo semejante ocurre –como ya indica el título– en “Penélope se despide de Ítaca”, que comienza como un poema homérico (“Cantad, Musas”) para darle la vuelta al mito: “¿Quién puede resistir / caminar tras un héroe a todas horas, / devolviendo su sitio a los objetos / y borrando las marcas de sus dedos, / mientras te cuenta historias insensatas?”. Penélope se había acostumbrado a su soledad y cuando Ulises regresa a Ítaca es ella quien parte “para gozar sin limite” cada minuto suyo.
            Destaca en Irene Sánchez Carrón la capacidad de convertir en símbolo (Carlos Bousoño hablaría de símbolo disémico) una anécdota cotidiana. Los poemas “Parte por rotura de lunas”, “Pequeño imprevisto” –la agenda que cae al suelo– o “Cazando mariposas” pueden servir de ejemplo.
            “Cazando mariposas” es un poema de amor. Micrografías contiene –disperso entre los demás poemas– un plural cancionero amoroso. Es característico de la autora que no haya querido agrupar los poemas temáticamente y dividir el libro en partes; ha preferido dejar que el lector vaya identificando por su cuenta las distintas líneas temáticas y tonales que se entrecruzan.
            No hay monotonía ninguna en los poemas de amor. A veces busca la intensidad de los fragmentos de Safo o de los fulgurantes apuntes de Emily Dickinson: “Llegaste / con el agua en los labios / cuando ya me marchaba / muerta de sed”. Otras veces se recrea en la anécdota. Es el caso de “Yo fingía leer mientras tú te bañabas”, uno de los dos sonetos del libro: “Es invierno y recuerdo aquel verano / de lecturas voraces y de amores, / Garcilaso, Quevedo, Ana Ozores, / junto al río, debajo del manzano”.
            El tratamiento desenfadado de los clásicos catorce versos algo debe al ejemplo de Luis Alberto de Cuenca. Otro de los sonetos cita a Shakespeare y no cabe duda de que la autora ha querido, y a ratos conseguido, emularle: “Mi cuerpo es una página vacía / donde la luna escribe con tu mano / laboriosa y sutil caligrafía. / La luna dicta y tú eres escribano / que en medio de la noche funda el día / más luminoso y claro del verano”.
            Quizá el más original de estos poemas de amor sea “Lección de dialectología”, pero hay muchos igualmente memorables. No le teme Irene Sánchez Carrón ni al despojamiento ni a bordear el tópico: “Los dedos de la nieve / sostienen con ternura / el yerto corazón de esta ciudad. / Hace frío y quisiera / acariciar tus manos”.
            En alguna ocasión, como en “Apartamento con una habitación”, el poema se aproxima al relato. “Es una historia extraña, por eso te la cuento”, comienza. Y el resultado es una parábola que, al contrario que otras en el libro (“Una casa para los pájaros”, por ejemplo) carece de lección expresa, lo que acentúa su capacidad de sugerencia.
            Micrografías no es un libro perfecto, afortunadamente. Pero sus posibles caídas en el sentimentalismo resultan compensadas por una verdad y una intensidad, un sabio entrelazamiento de lo leído y lo vivido, que le permiten no incurrir nunca –o casi nunca– en el tedio de lo banalmente consabido o lo convencionalmente poético, tan habitual en los libros de versos correctos y prescindibles.


viernes, 21 de septiembre de 2018

¿Quién mató al comendador?



Fuenteovejuna. Comedia en verso
Javier Almuzara
Espuela de Plata. Sevilla, 2018.

Siempre que oímos mencionar Fuenteojuna pensamos en Lope de Vega, y quizá no con entera razón. El caso ya era famoso antes de que él decidiera llevarlo a las tablas en torno a 1618 (su comedia se publicó en 1619) y había dado lugar a un refrán, “Fuenteovejuna lo hizo”, que glosa Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, publicado en 1611. Lo que todavía hoy se repite es un doble pareado )“¿Quién mató al comendador? / Fuenteovejuna, señor. / ¿Y quién es Fuenteovejuna? / Todos a una”), cuyos dos versos finales no aparecen en la obra de Lope.
            ¿El caso? Un motín popular contra un comendador impopular en el contexto de la guerra civil entre los partidarios de la legítima heredera al trono de Castilla (la princesa Juana, hija de Enrique IV) y su tía Isabel, luego conocida como Isabel la Católica. Un conflicto semejante, por cierto, al que siglos después daría origen a la primera guerra carlista, con la diferencia de que en este caso ganaron los carlistas.
            Lope de Vega tomó como punto de partida para su historia el relato que de esos sucesos hace Francisco de Rades en su Chrónica de 1572, y a veces sigue tan fielmente lo que allí se cuenta que se limita a versificar algunos de los párrafos.
            La Fuenteovejuna de Lope de Vega no fue tenida en su tiempo por una de sus obras principales. De hecho, no volvió a publicarse hasta bien avanzado el XIX. Ni siquiera parece que el dramaturgo barroco Cristóbal de Monroy, que escribió otra Fuenteovejuna, esta sí editada en el siglo XVIII, la tuviera en cuenta.
            Lo que importaba era el hecho histórico, convertido en proverbial, y que a partir del romanticismo ejemplificaba el derecho del pueblo a la rebelión contra un poder injusto. El autor de esta nueva versión lo ha visto bien al poner en boca de uno de sus personajes la inscripción del monumento malagueño a Torrijos: “Antes morir que consentir tiranos”.
            El poeta Javier Almuzara recibió el encargo de escribir una versión de la obra de Lope que sirviera como libreto para una ópera encargada a Jorge Muñiz. Pero hizo algo más, bastante más: una nueva versión de Fuenteovejuna que no desmerece junto a la obra de Lope.
            Tendemos a mitificar a los clásicos, a elogiarlos desmesuradamente para no tomarnos el trabajo de leerlos.  Fuenteovejuna no es una de las grandes obras de Lope: la mitad de su argumento –todo lo que tiene que ver con la toma de Ciudad Real y los Reyes Católicos– hoy nos sobra, y quizá también en su época. Y sobre muchos de sus versos el tiempo se ha mostrado inmisericorde: “Soy, aunque polla, muy dura” comienza uno de los largos parlamentos de la protagonista. Nos imaginamos las risas del auditorio.
            Javier Almuzara cumplió a la perfección el encargo de hacer un libreto que sirviera de base para la música de Jorge Muñiz. Pero no se limitó a eso. Trabajó codo con codo con el compositor y el resultado, como han tenido ocasión de comprobar los que asistieron a las representaciones en el ovetense teatro Campoamor, fue una obra a la vez clásica y contemporánea. Pocas veces música y palabra caminaron juntas en tan buena armonía, sin quitarse nunca la palabra la una a la otra
            No se puede decir lo mismo de la puesta en escena, a cargo de Miguel del Arco empeñado en hacerse notar desde el principio y en convertir texto y música en pretexto para sus pueriles ocurrencias.
            En el prólogo, ingeniosamente preciso, para esta edición independiente de su Fuenteovejuna, Javier Almuzara escribe: “Trasladar el tono y la acción de la obra a nuestra época traicionaba la verdad histórica sin, en mi opinión, fortalecer necesariamente la repercusión ética. Sería una ofensa al buen sentido del público pensar que ignora la persistencia de los abusos de la autoridad, ahorrándole además el placer de la analogía”.
            Miguel del Arco, el director de escena, lo primero que hace es ofender al buen sentido del público trasladando la obra al tiempo contemporáneo, sin importarle todas las incongruencias que eso supone, al chocar constantemente lo que vemos con lo que oímos. Y ni siquiera se priva de que un personaje haga fotos con el móvil, algo habitual ya en todas las óperas, pasen el siglo XVIII, en tiempos de Nerón o en el de los Faraones. Frente a la incomprensible tiranía de los directores de escena, músicos, cantantes, la propia empresa que los contrata –en buena parte con fondos públicos– parecen sentir el síndrome de Estocolmo. ¿La razón? Quizá el patológico temor de quienes se dedican a la ópera de que les acusen de decimonónicos y de rechazar la “modernidad”.
            Pero ahora se trata de subrayar algo insólito: que el texto de Javier Almuzara, tan potenciado por la música, tan concorde con ella, puede vivir exento. De ahí esta edición exenta en una colección dedicada al teatro. La obra tiene sentido por sí misma, no solo como recordatorio para los que escucharon sus sentenciosos versos o como aperitivo para los que esperan escucharlos en vivo o en una grabación.
            Javier Almuzara hace alarde de su buen conocimiento de la versificación tradicional y escribe en un español contemporáneo que no necesita recurrir a ningún arcaísmo ni afectado hipérbaton para resultar clásico. De vez en cuando, sin que desentone, deja caer alguna cita implícita que enriquece el texto para el lector resabiado, sin dificultar el disfrute para otros lectores. Por sus versos cruzan sombras tan dispares como San Juan de la Cruz, Gil de Biedma o Campoamor, e incluso se atreve a poner en boca del comendador moribundo la traducción de un epigrama de John Harington, contemporáneo de Shakespeare (y de Lope): “¿Sabéis, alcalde, por qué / nunca vence la traición? / Porque si logra vencer / nadie la llama traición”. (Y por eso –añado yo– Isabel la Católica tiene en la historia de España otra consideración que Carlos V, el hermano de Fernando VII).
            El derecho de un pueblo humillado a romper con la legalidad y tomarse la justicia por su mano es lo que representa Fuenteovejuna y por eso es tan actual hoy –no cito ejemplos que están en la mente de todos– como ayer, aunque ayer y hoy resulte un tanto utópico la moraleja de Lope: que una culpa colectiva no admite represalias individuales escogidas como escarmiento. Recordemos, por citar solo un caso, la semana trágica barcelonesa, de 1909, que terminó con el fusilamiento del pedagogo Francisco Ferrer i Guardia, que no había tomado parte en ella.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Carlos Edmundo de Ory, extravagante ciudadano



Prender con keroseno el pasado. Una biografía de Carlos Edmundo de Ory
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2018.

En 1987 se celebra en York una Semana de Poesía dedicada a autores españoles. A ella están invitados Ángel González, Carlos Edmundo de Ory y dos poetas más jóvenes, Ana Rossetti y José Ramón Ripol. Inaugura las jornadas, Ory muy en su estilo, bufonesco y circense de gran gurú de las vanguardias; las cierra Ángel González. Uno de los asistentes, Luis Javier Moreno, ha dejado constancia en su diario del comportamiento del primero: “Yo le tenía detrás, oyendo los comentarios y el runruneo que se traía. Al cuarto o quinto poema comentó en voz alta: ‘Esto ni es poesía ni cosa parecida, poemas de oficinista’. Y se marchó, tras haberse ostentosamente levantado”.
            Las razones no se debían solo a que su divismo no le permitiera tener cerca de otro poeta que pudiera hacerle sombra. Ángel González había reiteradamente puesto sus reparos a la reescritura de la historia literaria que se había comenzado a hacer tras la irrupción de los novísimos. En sus “Notas parciales sobre poesía española de posguerra”, de 1971, Pere Gimferrer había declarado que los tres poetas más destacados de sus respectivas generaciones eran Juan Larrea, Carlos Edmundo de Ory y Leopoldo María Panero, tres heterodoxos enfrentados al conformismo de su tiempo.
            A Ángel González, que sabía por experiencia de lo que hablaba, le costaba admitir ciertas simplificaciones: “Ese experimentalismo de Ory, esa vanguardia tardía que representó el postismo, estaban muy fomentados desde la Dirección General de Prensa y Propaganda. Juan Aparicio les dio una gran cobertura y difusión, porque su poesía, aunque ellos la consideraran muy subversiva, no lo era en absoluto, al menos en el sentido en que la subversión pudiera entonces ser peligrosa en España”. Tampoco estéticamente le parecían muy revolucionarios: lo que ellos hacían “ya lo había hecho incluso Gerardo Diego”.
            La minuciosa biografía que José Manuel García Gil dedica a Carlos Edmundo de Ory (1923-2010) le da la razón a Ángel González, aunque quizá no del todo. Ory fue un escritor de su tiempo, jaleado y apoyado, como José García Nieto o Camilo José Cela, por los servicios de propaganda del franquismo. Aparte del apoyo de Juan Aparicio, contó con el mecenazgo de Eduardo Aunós, ministro con Primo de Rivera y con Franco, al que el gobierno del Brasil, cuando fue nombrado embajador en ese país, no le concedió el placet por sus vinculaciones con el nazismo. Pero también tuvo abundantes problemas –aunque no de orden político– con la pacata sociedad de su tiempo. En el franquismo, había también una censura religiosa que vigilaba el respeto a las buenas costumbres. Y en ese aspecto, Carlos Edmundo de Ory fue siempre un rebelde.
            Como en tantos otros casos –Valle-Inclán es el ejemplo más emblemático–, el mito que Ory se esforzó toda su vida por crear solo parcialmente reflejaba a la persona que estaba detrás.  José Manuel García Gil pone ahora los puntos biográficos sobre las íes fantasiosas en un libro que se lee entre la fascinación y el tedio, la admiración y el rechazo.
            Ory siempre creyó en su genialidad (“A veces escribo algo tan hermoso que me horrorizo de saberme desconocido”, afirma en uno de sus aforismos). Por eso guardó cuidadosamente todos sus papeles, incluida su abundante correspondencia, escrita siempre con un ojo en el destinatario y otro en los lectores del futuro. No destruyó nada, ni siquiera lo que más podía perjudicarle; de ahí que García Gil haya podido contarnos su vida con todos los claroscuros.
            Sentimos un poco de incomodidad al enterarnos con tanto detalle de los entresijos de su vida sentimental, desde el noviazgo con Emilia Palomo, luego casada con José Ángel Valente, hasta la estabilidad final con Laura Lachéroy, mucho más joven que él, y conforme con añadir a su papel de musa el de secretaria, enfermera y chica para todo, que era el ideal de mujer para los grandes (y no tan grandes) poetas (y no poetas) de entonces.
            Bastante mayor es el interés del libro cuando deja de lado los enfrentamientos familiares y conyugales y se centra en asuntos de la vida literaria. Su relación con Eduardo Chicharro, otro de los fundadores del postismo, da para una novela a lo Henry James. La correspondencia entre ambos que aquí se publica deja constancia de una más que peculiar relación maestro-discípulo; los reproches y las disputas parecen más propios de amantes.
            A Carlos Edmundo de Ory, que nunca dudó de su superioridad, las apasionadas relaciones con los amigos le duraban hasta que dejaban de serle útiles. No soportaba a quien pudiera hacerle sombra, tenía que ser la estrella en cualquier función, solo apoyaba a los poetas jóvenes, tuvieran o no talento, que le admiraran incondicionalmente.
            Siempre vivió quejándose de la conspiración del silencio que, en su opinión, Vicente Aleixandre y José Luis Cano habían creado en torno suyo, alardeando de independencia y rebeldía mientras intrigaba para conseguir premios, ayudas oficiales, conferencia bien pagadas. Consiguió, a partir de los años setenta, y en buena medida gracias a los oficios de Félix Grande, convertirse en un mito. Y ahí sigue, representando al poeta para quienes identifican genio y locura, subversión y amaestrada (y subvencionada) rebeldía.
            José Manuel García Gil ha escrito una biografía atenta a los datos, generosamente admirativa, pero sin ocultar las caudalosas sombras del personaje. Si algún reparo podría ponérsele es que alguna vez, como cuando habla de Garcilaso y el grupo de la Juventud Creadora, se deja llevar demasiado por tópicos de manual. Otras veces fundamenta su juicio en autoridades poco fiables. De la revista Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela, nos dice que “es una edición para bibliófilos que no interesa a nadie, más que al inventor y a quienes ven su nombre impreso. No acerca para nada la cultura del exilio a la de la España del interior, ni está en sus medios, ni tiene condiciones para ello”. Tales disparates –Papeles de Son Armadans es una de las revistas literarias más importantes de su tiempo– los toma, sin cuestionarlos, del libelo de Gregorio Morán El cura y los mandarines.
            En el caso de Carlos Edmundo de Ory el poeta vale más que la persona que estaba detrás, aunque no tanto como él mismo pensaba ni como piensan sus acríticos admiradores. Hay en sus mejores poemas –los que de verdad cuentan– desgarro existencial y sorprendentes hallazgos metafóricos, técnica y llanto, como dijo en el título de uno de sus mejores libros.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Lorenzo Oliván, poesía y pensamiento



Para una teoría de las distancias
Lorenzo Oliván
Tusquets. Barcelona, 2018.

Lorenzo Oliván no tiene vocación de poeta menor. Muy dotado para la imagen brillante y la ocurrencia ingeniosa, también para el virtuosismo métrico y la expresión emocional, ha querido, como Juan Ramón Jiménez, dejar de lado su poesía primera para ir decididamente adentrándose por caminos más desnudos y conceptuales, próximos a lo que suele llamarse –con cierta imprecisión– “poesía metafísica”.
            El título de su nuevo libro, Para una teoría de las distancias, resulta bien representativo de una manera de entender la poesía que no le teme a la teoría ni a marcar distancias con la directa efusión sentimental que algunos confunden con la expresión poética.
            “Teoría”, como “especulación”, etimológicamente tienen relación con “ver”, “mirar”,  y de los ojos, la mirada y la luz ha hecho Lorenzo Oliván el núcleo generador de su poesía.
            El primer poema, “La ventana”, reescribe –reinterpreta más bien– la orteguiana “Meditación del marco”, incluida en uno de los tomos de El espectador. No es el único caso. “Lo irrepetible” vuelve sobre un tema que obsesionó a Borges –le dedicó dos poemas, ambos con el título de “Límites”, el primero en El hacedor y el segundo en El otro, el mismo– y el resultado resulta muy representativo de la manera de hacer de Lorenzo Oliván.
            Borges, tanto en el poema menos extenso como en el más dilatado, no desdeña las referencias concretas. “Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido, / ¿quién nos dirá de quién en esta casa / sin saberlo nos hemos despedido?”, leemos en uno de los más memorables serventesios del poema de El otro, el mismo; el de El hacedor es una enumeración: hay unos versos que no volveremos a recordar, una calle que no volveremos a pisar, un espejo en el que nos hemos mirado por última vez, un puerta que no volveremos a abrir.
            Lorenzo Olivan prefiere la escueta enunciación: “Siempre hay algo en tu vida que es lo último, / pero que se da en ti sin anunciar / que no volverá nunca”. Las realidades cotidianas de Borges, que se cargan de emoción al darse por última vez, se resumen en Lorenzo Oliván en un “Adiós, belleza. Adiós” y, peor aún, en un “intenso haces lo intenso” (el sentido poético pediría más bien algo así como “intenso haces lo trivial”) que le quita fuerza al poema.
            El afán por adelgazar la anécdota, o hacerla desaparecer, junto a una a veces forzada interpretación trascendental, es uno de los rasgos más característicos de Lorenzo Oliván. A él le debe sus más personales textos y también algunas de sus limitaciones.
            “Silencio, creación y pensamiento” son palabras que repite en el poema “El mundo empieza” aplicándoselas a la luz (“cuando miro la luz / intuyo en ella una actitud pensante / que, recogida en su silencio, / crea”) y que de alguna manera podrían definir su intención poética.
            Pero si no nos limitamos a la lectura distraída y parafraseadora que los reseñistas suelen dedicar a los libros de poesía, no tardamos en descubrir que Lorenzo Oliván está más dotado para la intuición poética que para el razonamiento abstracto al que le lleva su manera de entender el poema.
            No es raro encontrarse con algún descosido conceptual. En el poema en prosa “Caminar en la noche” nos cuenta cómo oye en la noche los pasos de unos pies descalzos: “Alguien, al parecer, perseguía un destino, y ese destino concluía en ti. Con el oído atento como nunca, esperaste temblando, cercado por el miedo. Por fortuna los pasos avanzaban sin desplazarse en una línea recta, sino en una obsesiva, delirante espiral”. Pero una espiral tiene un centro, esos pasos le alcanzarían al fin, aunque tardarán más que si avanzaran en línea recta. Al final del poema nos dice que los pasos avanzaban “describiendo círculos”. ¿En qué quedamos?”. Al describir un círculo, sí se está siempre a la misma distancia del centro, pero no al trazar –de fuera hacia dentro– una espiral.
            Otro ejemplo: “Una rueda no rueda sin su eje”, leemos en el primer verso de un poema y de él deduce afirmaciones más menos peregrinas: “Así que la pasión de lo perfecto / que en el fondo no existe / pues tiende al infinito / apunta a un centro en el que está su origen”. Pero ¿es cierto que una rueda no rueda sin su eje? ¿Dónde está el eje del aro con el que juega el niño? ¿Necesita un eje la rueda que echamos a rodar por una ladera?
            No nos creemos muchas de las afirmaciones categóricas que inician o concluyen  los poemas: en “Albada” se afirma que la luz del día llega “sin hacerse notar” (llegará sin hacer ruido, pero la claridad se hace notar bastante); en “El extraño de la casa”, que “no hay nada más ajeno / que el dolor” (también podría decir que no hay nada más propio que el dolor); en “El tiempo de la noche y el día”, que la noche “es un recuerdo vivo / de las noches que fueron”, mientras que la luz del día “está plena de presente” (ambas afirmaciones valen igualmente para ciertas noches y para ciertos días).
            Paradójicamente, no impiden estos desconchados, que saltan a la vista de cualquier lector atento (no abundan entre los lectores de poesía actual), considerar a Lorenzo Oliván –quizá a pesar de sí mismo– como uno de los más notables poetas contemporáneos. Hay poemas espléndidos en este su último libro, como en los anteriores. Suelen ser aquellos que no se pierden en abstracciones ni desdeñan la anécdota, poemas que incluso podríamos denominar circunstanciales, como los dedicados a Leonard Cohen, a una peonza o la hopperiana figura de una mujer que viaja sola en un tren.
            Hay también admirables poemas eróticos –un poco en la línea de Carlos Marzal– y otros, como “Despiece”, que aciertan a expresar de original manera un tema tópico, “el ultraje de los años”.
            Memorable resulta igualmente la enumeración de “El primer hombre” (“El primer hombre que escuchó el silencio. / El primer hombre que se asomó al mar. / El primer hombre que quedó perplejo / mirando el flujo de su propia sangre / manar en una herida”), aunque quizá fracasa en el cierre, con su referencia a las varias identidades del autor en el poema. Mejor y más verdadero hubiera sido algo así como “ese hombre soy yo, eres tú, somos todos, / es cualquier niño que descubre el mundo”.
            A ratos da la impresión –puede ser una falsa impresión– de que Lorenzo Oliván es un poeta contra sí mismo, que sus textos más esforzadamente singulares, más rebuscadamente conceptuales, son los que menos aciertan.
            Pero a quien ha escrito poemas como “Origen” o “Tanta realidad” –ambos incluidos en este libro– se le pueden perdonar ciertas programáticas obcecaciones.

viernes, 31 de agosto de 2018

El café que odiaba Goebbels



El café sobre el volcán
Una crónica del Berlín de entreguerras (1922-1933)
Francisco Uzcanga Meinecke
Libros del K. O. Madrid, 2018.

Mucho se ha escrito sobre el periodo de la república de Weimar, sobre esos años caóticos en que Berlín era el centro de todas las libertades y todas las audacias estéticas mientras se incubaba el huevo del nazismo. Francisco Uzcanga Meinecke ha sabido contarnos esos años cruciales desde un punto de vista de distinto en una crónica ejemplar por su agilidad periodística y por su rigurosa información, que abarca aspectos inéditos o poco conocidos.
            El café sobre el volcán del título es el Romanisches Café, un local berlinés que ya no existe, pero que pervive en infinidad de memorias de la época, novelas, obras de teatro e incluso en alguna película. Estaba situado en el barrio de Charlottenburg, ocupaba el bajo y el primer piso de “una pomposa mole de piedra”, un edificio de finales del XIX construido en estilo neorrománico, “un estilo impulsado por el emperador Guillermo II con objeto de celebrar la unión indisoluble del trono y del altar”.
            Lo que llegó a significar ese café fue algo muy distinto. Joseph Goebbels se refirió a él en los siguientes términos: “Los judíos bolcheviques están sentados en el Romanisches Café y urden ahí sus siniestros planes revolucionarios; y por la noche invaden los locales de esparcimiento de la Kurfürstedamm, se dejan incitar al baila por orquestas de negros y se ríen de las miserias de la época”.
            Todo el mundo que era alguien, o que quería ser alguien, en el mundo cultural de la época paraba en aquel el café: Joseph Roth, Bertolt Brecht, Otto Dix, el director de cine Billy Wilder. Incluso los españoles Josep Pla o Manuel Chaves Nogales dejaron constancia de su paso por aquel humoso, ruidoso, efervescente ambiente.
            Comienza la crónica en 1922 con el asesinato de Walther Rathenau, ministro de Exteriores de la reciente República. No fue difícil encontrar a los culpables. Pocos días antes del atentado, los ultranacionalistas de la Organización Cónsul –todavía Hítler era solo un chillón mequetrefe– habían desfilado por las calles de Berlín al grito de “Pegadle un tiro a Rathenau, el maldito cerdo judío”.
            A cada año se le dedica un capítulo. 1923 está protagonizado por la gran inflación. De día a día se añadían ceros al precio de las cosas. Se llegaron a imprimir billetes de cien billones de marcos. Un infierno para unos, los más, un paraíso para otros. Ernest Hemingway, que por entonces malvivía en París, hizo una excursión a Berlín y “con solo noventa centavos de dólar pasó un día entero de compras con su mujer y al final le sobraron ciento veinte marcos”.
            El mundo del periodismo protagoniza buena parte de estas páginas. Francisco Uzcanga Meinecke es autor de La eternidad en un día, una selección del periodismo clásico alemán, y de Nada es más asombroso que la verdad, antología de artículos y reportajes de Egon Erwin Kisch, uno de los protagonistas de estas crónicas. El capítulo de 1932, titulado “El cuaderno rojo”, se dedica a glosar Die Weltbühne, la revista más leída y comentada en el Romanisches Café, que funcionaba también como una gran sala de redacción paralela. Antimilitarista, de izquierdas, no extraña que el semanario estuviera desde el comienzo en el punto de mira de los grupos ultraconservadores que acabaron fundiéndose en el nazismo. La prensa, que alentó la carnicería de la Gran Guerra, fue uno de objetivo frecuente de sus criticas: “¿Existe hoy en día algún periódico capaz de admitir: Nos hemos equivocado, nos hemos dejado engañar? Sería lo mínimo. ¿Hay ni tan siquiera uno que se haya atrevido a aleccionar machaconamente a sus lectores sobre la verdadera faz de la guerra, del mismo modo que antes los martilleaba en sus páginas, año tras año, con ese repugnante entusiasmo por el crimen?”
            En otro artículo, de 1931, leemos expresiones que pocos se atreverían a escribir incluso hoy en día: “Durante cuatro años había enormes extensiones en las que el asesinato era obligatorio, mientras que a media hora de allí estaba terminantemente prohibido. ¿He dicho asesinato? Por supuesto. Los soldados son asesinos”. Al autor, Kurt Tucholsky, le costarían un proceso esas afirmaciones. Contra lo que pudiera esperarse, salió absuelto. Vendrían luego otros, con peor fortuna. La revista –“una soberbia enciclopedia del periodismo”, “una de las cumbres de la literatura alemana del siglo XX”– dejó de publicarse en 1933, como no podía ser de otra manera.
            El autor de esta ágil crónica, de familia alemana y española, es un profesor universitario, autor de numerosas publicaciones académicas, que se declara “cansado de las notas a pie de página”. Por eso prescinde de ellas en este libro, que cuenta sin embargo con una bibliografía final, a la que convendría hacer algunas precisiones. Tal como está, parece más un prescindible pegote que una herramienta útil. Casi todas sus entradas están en alemán, algo comprensible si se tiene en cuenta que buena parte de la bibliografía utilizada no ha sido traducida al español. Pero ¿qué sentido tiene no referirse a las ediciones en español de autores como Elías Canetti, Joseph Roth o Stefan Zweig? Por otra parte, basta una hojeada para darse cuenta de que el rigor no es excesivo. Continuamente se cita, como no podía ser de otra manera, el diario de Joseph Goebbels, pero la única entrada suya que aparece en la bibliografía está fechada en 1934 (el diario apareció póstumamente). Hay más descuidos. En la página 200, se nos indica que Manuel Chaves Nogales, en un artículo de Ahora titulado “La fauna berlinesa” dio cuenta de su visita al Romanisches Café, pero no se indica la fecha de ese artículo ni el nombre de Chaves Nogales aparece en la bibliografía. Y conviene manejar con cautela un libro que firma Fernando Savater, Las ciudades y los escritores, pero que, como otros suyos,  no es más que la transcripción de los guiones de un programa televisivo, en su mayor parte no escritos por él ni parece que revisados por nadie.
            El rigor en el uso de las citas y la referencia a las fuentes no es solo propio de las publicaciones académicas, sino característica del buen periodismo. El café sobre el volcán, a pesar de estos reparos, lo es: buen periodismo y excelente literatura.
             

sábado, 25 de agosto de 2018

Editar sin editar



La vida constante (Conversaciones en el tránsito del milenio)
Miguel Ángel Muñoz
Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2018.

Hay libros que engañan. La vida constante, del poeta, historiador y crítico de arte mexicano Miguel Ángel Muñoz, es uno de ellos. Promete lo que no da.
            Reúne entrevistas con algunos de los más destacados escritores españoles de las últimas décadas realizadas a lo largo de más de veinte años. Por sus páginas pasan novelistas –Juan Goytisolo, Ana María Matute, Antonio Muñoz Molina–, poetas –Francisco Brines, José Ángel Valente, Ángel González–, además de algunos hispanistas, como Hugh Thomas o Raymond Carr. El lector se las promete muy felices ante estas “Conversaciones en el tránsito del milenio”, como se subtitula el volumen.
            La entrevista literaria en lengua española alcanzó su mayoría de edad con las que José María Carretero, que firmaba El Caballero Audaz, comenzó a publicar en la revista La Esfera allá por 1914. El título general era “Nuestras visitas” y todas se realizaban en el domicilio del entrevistado, que servía para caracterizarlo. Las preguntas no eran las convencionales. Con los escritores, siempre se interesaba por lo que la literatura tenía de oficio sin desatender los rendimientos económicos de la actividad. Pronto comenzó a reunir esas entrevistas en libro, con el título general de Lo que sé por mí (se publicó más de una decena de volúmenes) y el subtítulo de “Confesiones del siglo”. Se reeditaron múltiples veces y todavía se leen con gusto.
            No es el caso de las que reúne Miguel Ángel Muñoz. Ocasionales trabajos periodísticos la mayoría de ellas, se agrupan en libro sin contextualizar y sin tener en cuenta si siguen o no manteniendo su interés. La entradilla que precede a cada entrevista con frecuencia se limita a una enumeración de títulos y de premios, a poco más –o quizá menos– de lo que aportan las entradas de la Wikipedia.
            Sorprende la entradilla dedicada a Ángel González. La entrevista parece realizada con motivo de la publicación de su libro Otoños y otras luces, pero en ella se habla de poemas (“Triste gracia”, “Campo de concentración”, “Gajes del oficio”) que no están en ese libro ni recogidos en ninguna edición de Palabra sobre palabra.
            No tardamos en dar con la solución del enigma. Miguel Ángel Muñoz debió realizar su entrevista con motivo de la publicación de 101 + 19 = 120 poemas, una antología de 2001 en la que Ángel González anticipaba poemas inéditos destinados a un nuevo libro que aparecería al año siguiente. Parece que Miguel Ángel Muñoz trató de actualizar la entrevista –gajes del periodismo–, pero se olvidó de eliminar las referencias a poemas que no están en Otoños y otras luces, sino en otra publicación anterior que se cuida mucho de mencionar.
            Y entre las preguntas a Ángel González hay alguna que demuestra una cierta confusión entre anecdotario y verdad poética: “En estas elegías recogidas en su libro reciente no hay referencias a las noches del Paraguas, el mítico bar ovetense. ¿Es consciente de formar parte de una leyenda cotidiana?”
            No quiere ello decir que no haya entrevistas excelentes en La vida constante. Destacan las de los autores con los que Miguel Ángel Muñoz tuvo una cierta relación amical, como Juan Goytisolo o José Ángel Valente, o la de Francisco Brines, un poeta que tiene la buena costumbre de responder por escrito y revisar minuciosamente todas sus entrevistas.
            No lo ha hecho, evidentemente, Ignacio Martínez de Pisón y es muy dudoso que sus declaraciones orales se recogieran con exactitud. ¿De verdad dijo que la realidad le parece aburrida el más realista y galdosiano de los narradores actuales? ¿De verdad dijo que “la distancia entre la tragedia y la fantasía es bastante escasa, apenas dentro de mi propia vida existe”? Tampoco se entiende muy bien su diferencia entre “la biblioteca y el cuarto de cachivaches” de su casa y mucho menos cuando indica que “los Episodios nacionales de Galdós estaban en la biblioteca, cuando muy bien podían haber estado en aquel cuartito”.
            La entrevista al científico y humanista Santiago Genovés es otro ejemplo de oralidad que no acierta a ser transcrita adecuadamente, aparte de referirse a hechos muy concretos de la actualidad mexicana que requerirían una anotación. Pero quizá hubiera sido mejor dejar esa entrevista –como tantas otras– en las efímeras páginas periodísticas en que se publicaron por primera vez.
            El periodismo es también literatura, y algunos de los mejores libros de la literatura contemporánea (casi todo Azorín, todo Julio Camba, buena parte de Unamuno y de Ortega) han sido publicados primero en los periódicos.
            Pero no todo lo que se publica en la prensa merece ser recogido en libro. Hace falta una selección, una reestructuración, una labor de edición, que es lo que Miguel Ángel Muñoz no ha hecho, o ha hecho malamente. Parece haberse limitado a reunir todas sus ocasionales entrevistas, sin revisarlas, sin comprobar si seguían teniendo o no interés. Algunas lo tienen, pero parece un abuso de confianza pedirle al paciente lector que realice un trabajo que debería haber hecho el autor o, en su defecto, la editorial, pública y no privada, en que aparece el volumen.


           

sábado, 18 de agosto de 2018

El color y la gracia



La palabra secreta
(Antología 1958-2018)
Aquilino Duque
Edición de Juan Lamillar

Aquilino Duque es un poeta andaluz, más precisamente sevillano. Y este hecho constituye no solo un dato biográfico. Sirve para caracterizarle formalmente –barroquismo, brillantez y desparpajo, neopopularismo– y también, en buena parte, temáticamente. “Entre los naranjales ya no está Joselito, / ni por los olivares va Fernando de Herrera. / Vagan por la otra orilla, ¿no los ves?, a caballo. / Por ellos fue lejana y cruel Andalucía”, leemos en el primer poema seleccionado en esta selección.
            No se opone lo local a lo universal –y ahí está Lorca para demostrarlo–, pero lo cierto es que los poemas del primer libro de Aquilino Duque, y algunos posteriores, con sus vírgenes de las Angustias y sus toreros y sus epístolas a amigos poetas, han envejecido mal; parece que habría que ser sevillano, o por lo menos andaluz, para poder disfrutarlos.
            No tarda, sin embargo, en levantar el vuelo. Del mismo año, 1958, que La calle de la luna, su primer libro, es el segundo, El campo de la verdad, donde ya nos encontramos con el espléndido “Responso por Dylan Thomas, de pie en una tumba vacía”, que anticipa el nuevo tono que una década después traerían a la poesía española Pere Gimferrer o Antonio Colinas.
            “Tienen los andaluces por patria el Universo” afirma Aquilino Duque al comienzo de uno de sus poemas, y él muy pronto se convierte en un poeta errante que va dejando constancia en su poesía de “la gozosa variedad del mundo”, como afirmó Guillermo Díaz-Plaja, otro poeta viajero, con tiene mucho que ver. También se muestra cercano –en su gusto por el pausado alejandrino, el ancien régimen y cierta utillería modernista– a otro poeta dejado un poco al margen por la historia literaria, Agustín de Foxá: “Una berlina hace crujir la nieve, / se enciende toda un ala del palacio / y un órgano se pone a sonar solo”.
            Al margen ha quedado igualmente Aquilino Duque de las nóminas habituales de la generación del 50, a la que pertenece, y a ello han contribuido su manera de entender la literatura, que nunca condescendió con el realismo y el coloquialismo, y su deriva ideológica hacia una derecha sin complejos y sin pelos en la lengua (ahí están sus ensayos y artículos para demostrarlo) que le ha llevado a protagonizar más de un escándalo periodístico.
            Pero el ideólogo extremoso y el punzante polemista rara vez aparecen en sus versos, aptos para lectores de cualquier orientación ideológica. A quien no conozca la poesía de Aquilino Duque, pero tenga ciertos prejuicios contra el personaje, le aconsejaría yo que comenzara su lectura con “El espacio secreto”, un poema de que habla de esa “eternidad de instantes fugitivos” donde el amor que lanza “su rauda flecha inmóvil” por encima del tiempo y del espacio. O por “El río de las ruinas”, fugitivo y duradero, una inédita manera de tratar un tema de siempre.
            Pero son muchos los poemas que hacen imprescindible para el buen lector de poesía a Aquilino Duque. En la línea gnómica o sentenciosa, destaca “Plenitud” (“Hay que buscar con la esperanza / de no encontrarlo todo. / Hay siempre que pararse a dos jornadas / de la felicidad. / Hay que tender la infinito, / Estar a punto de llegar, / pero no llegar nunca. / Eso es la plenitud. Eso es la vida”) y, muy especialmente, “Renovación” (“Si dices la verdad, no la repitas. / Solo el que miente insiste”), con su memorable final: “En la rueda del año, para algunos monótona, / todo revive y se renueva; / el hijo, el libro, el árbol, / y esta bendita lluvia mientras arde / la leña en el hogar / y arma su gran guiñol la fantasía”.
            Memorables resultan igualmente los desengañados pareados de “Noluntad”: “Ya he escrito cuanto había de escribir / y vivido de sobra cuanto había de vivir. / Todo es ahora dádiva, todo es añadidura / y el alma solo anhela su larga noche oscura”.
            Pero no ese tono el más habitual en la poesía de Aquilino Duque, que gusta de los homenajes a los poetas que admira (Bécquer, Machado, Alberti, Miguel Hernández, Claudio Rodríguez) y de las estampas viajeras, especialmente notables las dedicadas a las ciudades de la vieja Europa: “Marco Aurelio en Viena”, “Café con espejos”, “Verano en la plaza de Pópulo”.
            No faltan los rasgos de humor: “Inteligencias hay tan secretas y herméticas /como la del borrico aquel que leía el periódico / con aparente aplicación, en efecto, / pero nunca en voz alta”. Ni las diatribas contra una deriva social que no es de su agrado, como en “El desencanto de Leopoldo Panero”, reacción contra un bien conocido ajuste de cuentas familiar que quiso ser también un ajuste de cuentas a la moral tradicional.
            Como él mismo ha declarado, su poesía es más “magia y revelación” que “sermón y testimonio”, pasión viajera que narcisismo andalucista. Esta antología, aunque en ella sobren algunos poemas, lo confirma plenamente.
           

martes, 14 de agosto de 2018

No es ciencia todo lo que reluce



Solo se puede tener fe en la duda
Jorge Wagensberg
Tusquets. Barcelona, 2018.

Jorge Wagensberg, fallecido recientemente, era doctor en física y profesor de “Teoría de los procesos irreversibles” (asusta un poco el nombre de la asignatura) en la Universidad de Barcelona, goza de bien ganada fama como divulgador cultural, director de museos dedicados a la ciencia y prolífico autor de aforismos.
            No seré yo quien ponga en cuestión todos esos méritos, pero su última entrega aforística, Solo se puede tener fe en la duda, suscita algunas perplejidades. Comienza con una “Brevísima teoría del aforismo” en la que afirma con rotundidad que “el aforismo es el género literario más científico”, ya que se ajusta como ningún otro a los tres principios que fundamentan el método científico: objetividad, inteligibilidad y dialéctica. Pero abrimos al azar su libro y nos encontramos con el siguiente ejemplo: “No conozco a ningún fascista que hable más de tres idiomas”. Pues muy bien, nunca le han presentado, por ejemplo, a ningún diplomático franquista. Claro que el lector adivina en seguida que lo que se quiere decir va más allá de un irrelevante dato biográfico, como confirman otros aforismos: “La escuela como fábrica de fanáticos: enseñar dogmas en un solo idioma equivale a inocular un virus de por vida; crear el hábito del espíritu crítico en tres idiomas equivale a una vacuna permanente”. ¿Y no se puede enseñar el espíritu crítico en un solo idioma o en dos? ¿Y no es posible enseñar dogmas en tres idiomas o en cuatro? Habría que recordarle aquella frase atribuida a Unamuno a propósito de Madariaga: “Es tonto en cuatro idiomas”.
            Otras afirmaciones de la introducción nos confirman que este divulgador científico no siempre practica el rigor de la ciencia. No sin asombro leemos la siguiente afirmación: “Una novela puede extenderse hasta mil páginas, quinientas o doscientas, pero atendiendo solo a su peso, diríamos que la más científica es la última”.
            Nos frotamos los ojos, volvemos a leer. No nos hemos equivocado: lo que menos pesa es lo más científico y como en general “un cuento pesa menos que una novela, un poema menos que un cuento y un aforismo menos que un poema” pues de ahí se deduce que el aforismo es el género más científico.
            Wagensberg, sin salir de la introducción “teórica”, nos deja otras estupendas afirmaciones sobre la literatura: “El humor se lleva francamente mal con la poesía y se dosifica con prudencia en los demás géneros literarios. Pero un aforismo, por serio que sea, necesita cierta dosis de humor para sobrevivir”.
            ¿Habrá oído hablar Wagensberg, no ya de Jon Juaristi o de Miguel d’Ors, sino ni siquiera del Lope de Vega de las Rimas de Tomé de Burguillos o de Campoamor? ¿Habrá oído hablar de Cervantes y de Chesterton, de Jardiel Poncela y de Ramón Gómez de la Serna?
            La afirmación de que, sin ciertas dosis de humor, no hay aforismos invalida la mayor parte de su libro. Baste un ejemplo: “Los números racionales (como el cociente de dos números enteros) resuelven la mayor carencia de los enteros, pero no siempre sirven como solución de una ecuación algebraica (como la raíz cuadrada de dos) o de una relación geométrica: sean, pues, los números reales”.
             Un aforismo, seguimos con la introducción, puede inspirarse en “palabras habladas o escritas” ajenas, pero, según Wagensberg, “nadie aceptaría tal cosa si se trata de un poema, de una novela o de un ensayo”. ¿Nadie aceptaría tal cosa? Pues se ha cargado de un plumazo la mayor parte de la poesía latina, renacentista, barroca, neoclásica, la novela picaresca, la novela detectivesca en la estela de Poe, toda la novela moderna de estirpe cervantina; se ha cargado, nada más y nada menos, que la tradición literaria.
            Pero dejemos la introducción teórica y vayamos a la práctica. El número 62 dice así: “Lo dulce es natural, lo amargo un contrapunto cultural”. ¿Solo hay sustancias de sabor dulce en la naturaleza? ¿No las hay de sabor amargo?  Pero Wagensberg no quiere decir lo que dice, como deducimos del aforismo siguiente, sino que “el gusto por lo dulce es natural mientras que el aprecio de lo amargo es cultural”.
            Hay más ejemplos de imprecisión, lo que refuerza la impresión de que este libros (como tantos otros que se publican ahora que el aforismo se ha puesto de moda) tiene mucho de acrítica acumulación de ocurrencias. El número 656 dice así: “Corrupciòn: amarás lo público casi como a ti mismo”. Pero ¿amar lo público es sinónimo de apoderarse del dinero público? No me lo parece.
            A Wagensberg, como a cualquier aficionado al aforismo, le gustan las afirmaciones rotundas, no importa si son fácilmente rebatibles. Un ejempl:. “No existen sustancias tóxicas, solo dosis tóxicas”. O sea que, en la dosis adecuada, beber lejía es tan saludable como beber agua.
            Que Wagensberg sabe poco de recursos literarios, lo demuestra publicando esta obviedad: “Dos palabras bastan para montar una contradicción, por ejemplo cazador deportivo”. O “fuego helado”, “nieve ardiente” o, en plan humorístico, “música militar!, “pensamiento navarro”, etc, etc. Es lo que se llama oxímoron.
            Hay claro está también muchos aforismos memorables perdidos en el conjunto. El que yo prefiero es el único ajeno que cita, uno del físico Steven Weinberg: “Con o sin religión, siempre habrá gente buena haciendo cosas buenas y gente mala haciendo cosas malas, pero para que la gente buena haga cosas malas hace falta la religión”.
            Con un doctorado en física o sin él, siempre habrá gente que confunda la ciencia con la divulgación de la ciencia y el pensamiento crítico con hablar tres idiomas.