jueves, 25 de noviembre de 2021

Retórico y poeta

 

Cantar del destierro
(Antología 1969-2019)
Jon Juaristi
Edición de Rodrigo Olay
Renacimiento. Sevilla, 2021.

Hay prólogos prescindibles; el de esta antología de Jon Juaristi, Cantar del destierro, no lo es. Escrito con garbo estilístico, con buen conocimiento del autor estudiado y de su entorno generacional, entremezclando sabiamente biografismo y formalismo,sin perderse en las habituales vaguedades teóricas, constituye un modelo de lo que deberían ser --y raramente son—los estudios académicos dedicados a la poesía contemporánea.

            Vayan por delante estos elogios porque también convendría hacer algunas precisiones. Rodrigo Olay, poeta y filólogo de excepción, se libra de muchas rutinas de los trabajos curriculares, por lo general tan horros de ideas como grávidos de citas, pero no de todas. Hablando, por ejemplo, de poetas que han influido en Jon Juaristi, cita a Campoamor y a Borges. “Nada añadiré de Campoamor” nos dice del primero y a continuación pone la referencia bibliográfica a un trabajo suyo sobre el tema. Lo que convendría hacer es resumir lo que en ese artículo ha dicho y remitir a él a quien quiera saber más. Otro error consiste en poner los textos rescatados ´--las aportaciones del editor-- al mismo nivel que el resto de la obra. Es lo que hace Olay con dos curiosidades, el primer poema que publicó Juaristi (fue en 1969 y en la revista Poesía española) y “Euskadi, 1989”, un poema que Juaristi publicó en una antología mexicana de 1991 y que con buen criterio no incluyó luego en ninguno de sus libros. Ambos textos deberían ir en un apéndice sin interrumpir, como ahora hacen, la lectura cronológica.

            Jon Juaristi ha escrito un puñado de poemas memorables que no deberían faltar en ninguna exigente selección de la poesía española contemporánea, pero no todo lo que ha escrito es igualmente memorable. Junto al poeta, hay en él un versolari, un virtuoso versificador, un erudito que juega a hacer versos, un ingenioso improvisador de sobremesa. Y ese Juaristi menor parece ser el que más admira a Rodrigo Olay, también él poeta, también él fascinado por los recursos retóricos y las minucias métricas de la “vieja escuela”, que así titula su último libro de poemas (Olay es poeta y filólogo a la manera de algunos grandes nombres de la filología española). Eso explica que considere el romance “Adiós, muchachos” –que tiene mucho de chiste alargado--  uno de los poemas “más creativos y brillantes” de Juaristi. O que se pregunte retóricamente cuántos poetas serían capaces de escribir un romance de cien versos con rima consonante “nada menos que en –ina”, como si eso fuera un mérito.

            Jon Juaristi comenzó a publicar en los años ochenta, tras un pasado de poeta en eusquera que quiso dejar oculto y del que ahora Rodrigo Olay nos informa. Parece que los poemas iniciales de Diario de un poeta recién cansado fueron escritos originalmente en esa lengua. Por cierto, el antólogo afirma que el título correcto es Diario del poeta recién cansado y así lo cita siempre, salvo curiosamente en la bibliografía del poeta. Contra lo que pudiera pensarse, el eusquera no fue nunca para Juaristi sino una segunda lengua esforzada y amorosamente aprendida y luego a menudo denigrada. Tuvo entonces un momento vanguardista (formó parte de la Pott Banda con, entre otros, Bernardo Atxaga y Joseba Sarrionandía), pero encontró su voz en la vuelta al realismo, a las tradiciones y al lenguaje de la calle que caracterizó a la generación de los ochenta –Luis García Montero Javier Egea, Vicente Gallego-- y al segundo momento de la generación anterior, representado por poemas como Luis Alberto de cuenca o Miguel d’Ors.

            La poesía de Juaristi, su gran poesía, la que no es afeada por los dudosos juegos de palabras (el título del primer libro da la pauta), tiene varios tonos. Uno de ellos recrea la lírica tradicional española sin que en ningún momento nos suene a pastiche: “Río del tiempo / que cruza el alma / fluyendo siempre / desde el mañana, / orillas mustias / por donde pasa / lánguida y lenta / su lengua el agua…”

            En otros poemas se atreve a llevar al verso ideas que suelen tener habitualmente cabida en la prosa. Ejemplar resulta, en este sentido, el poema “Comentario de texto”, que vale por un estudio sobre cómo debe enseñarse la literatura sin dejar por ellos de ser un comentario de texto a un poema de Guillén y una elíptica evocación de uno de sus más queridos maestros. También a un maestro, José-Carlos Mainer, se homenaje en “An Old Master” y lo que podría haberse quedado en un poema de circunstancia se convierte en una lúcida reflexión sobre la historicidad de la literatura.

            Los poemas familiares, a los hijos, a la abuela, al padre, a las viejas tías, tan ajenos al ternurismo fácil, son otro de los logros de Jon Juaristi, que unas veces, a la manera de Ángel González, utiliza el humor como una forma del pudor, y otras no tiene inconveniente en mostrarnos su corazón al desnudo (y no “de cintura para abajo”, que diría Gil de Biedma).

            Los autorretratos impiadosos son otra de las habilidades de Jon Juaristi. Pocos poetas han expresado con tanta intensidad y con tanta verdad el sentimiento de fracaso, de pérdida, de inutilidad que va unido a cualquier vida.

            Nada más contrario a la poesía pura que la poesía de Jon Juaristi. Sus versos están llenos de nombres propios, de referencias históricas y literarias, de anécdotas, de erudición, de pasión política.

            Esta última, que tiene que ver con su relación de amor-odio con Euskadi, y en la que hay algo de la furia del converso, es la que más nos disuena, la que más hace envejecer los versos, la que más discutible nos resulta. Como documentos para entender al complejo personaje que es Jon Juaristi pueden resultar muy útiles poemas como “Entre canes entrecanos” o  ese virulento desahogo que es “A degüello”, pero no parece que tengan lugar en una antología de su obra, aunque se titule Cantar del destierro (un destierro, por cierto, pródigo en cargos oficiales, que nada tuvo que ver con el de Ovidio).

            Retórico y poeta –y otras cosas—es Jon Juaristi. El retórico, amigo de los retruécanos astracanescos (a veces parece heredero del Muñoz Seca de La venganza de don Mendo), a menudo resulta un peso muerto en el poeta, pero cuando lo deja volar libre le permite llegar más alto y más hondo que nadie.



           

jueves, 18 de noviembre de 2021

La vida literaria

 

 

La feria de los libros
Juan González Olmedilla
Edición de José María Barrera
Renacimiento. Sevilla, 2021.

La vida literaria está muy desprestigiada. “La vida o es vida o es literaria”, acostumbra a repetir Andrés Trapiello. Pero no hay literatura sin un entramado de relaciones personales y de intereses que van más allá del texto literario. La literatura no nace y crece en el vacío ni es solo una sucesión de grandes nombres.

¿Qué puede encontrar el lector contemporáneo en las reseñas literarias que un olvidado Juan González Olmedilla publicó entre 1924 y 1927 en el Heraldo de Madrid? Comenzamos a leer con escepticismo (no hay género más perecedero que el de los comentario periodísticos a la actualidad literaria), pero en seguida nos encontramos con que estas páginas guardan mucho de la vida palpitante de aquel tiempo antes de que sea simplificada por los manuales.

            Juan González Olmedilla, sevillano de 1893, es uno de los personajes que pululan por La novela de un literato, esa fascinante comedia humana del primer tercio del siglo XX por la que hoy seguimos leyendo a Cansinos Assens. Muy joven se trasladó a Madrid y publicó sus primeros libros de corte modernista, uno de ellos prologado por un poema de Manuel Machado, que le hizo famoso en aquel bohemio mundillo: “Canta tú las fatalidades / que son las únicas realidades: / Amor y Muerte. / Sigue cantando / coplas, que hombres muy hombres / oyen llorando”. Cansinos nos ofrece, según es habitual en él, una visión caricaturesca del personaje: “Porque eso de la bondad de Olmedilla…Villacián, que le conoce a fondo, lo califica de tópico literario. Olmedilla es simplemente un oficioso, un chisgarabís, un hombre que va de tertulia en tertulia trayendo chismes y que, con pretexto de reconciliar a los enemigos, lo que hace es enemistarlos más. Olmedilla es un pequeño sátiro que se gasta su sueldo en pequeñas aventuras con señoritas del conjunto”.

            Olmedilla murió en México el año 1972, pero su vida literaria acabó mucho antes, en 1937, cuando abandonó España, republicano como era y siguió siendo, desengañado de los suyos, al igual que Chaves Nogales. Modernista epigonal, coqueteó luego con el ultraísmo y cultivó la novela corta, tan de moda en su tiempo, con narraciones eróticas. Su obra principal, sin embargo, está en el periodismo, sobre todo en las colaboraciones del Heraldo de Madrid como crítico literario y teatral y como cronista político.

            Setenta y cinco de esas colaboraciones, correspondientes a la sección “La feria de los libros”, las reúne ahora José María Barrera en un volumen que lleva ese mismo título y al que prologa con unas minuciosas páginas que ejemplifican bien una manera un tanto periclitada de erudición acumulativa.

Comenzamos a leer estos amarillentos recortes periodísticos con cierto escepticismo, como ya dije, pero en seguida nos despiertan el interés. La reseña de Hombres de España, el libro de entrevistas de Alfonso Camín, la utiliza casi entera para defenderse de una acusación de Vargas Vila, quien había afirmado que Darío no dejó ninguna composición inédita y que las aparecidas como tales serían “combinaciones editoriales de la Paca, Juanito González Olmedilla y otros despojadores de Rubén para explotar a los editores en nombre del poeta muerto”.

A Cansinos, el mentor literario de aquella corte bohemia que fascinó al primer Juan Manuel de Prada, se le dedican varias reseñas. En una de ellas se le califica de “judío español” y el autor de El candelabro de los siete brazos replica con una extensa carta en la que, según se afirma en la entradilla con que fue publicada en el periódico, “destruye el mito de su judaísmo, que él mismo fomentara”.

Aprovecha Olmedilla una reseña de un olvidade Juan Guixé para recordarnos algunos lapsus de Pérez de Ayala: “No recuerdo si en Luna de miel, luna de hiel o en la segunda parte, Los trabajos de Urbano y Simona, el delicioso personaje don Cástulo empieza de pronto a llamarse con otro nombre; y hay un pasaje en que charlan dos tipejos mal fachados y peor faciados, los cuales, inopinadamente y sin duda por distracción de su creador, cambian las características de sus respectivo rostros sin cambiar de psicología ni aún de sobrenombre o remoquete”.

Tanto como de crítica literaria hay de evocación y de crónica, e incluso de maledicencia en estas páginas, que se leen como quien asiste a una entretenida tertulia literaria. Iba el autor a reseñar la novela Doña Inés, de Azorín, cuando un anónimo le avisa de que la compare con Beatriz Pacheco, una historia de amor, de Adolfo de Sandoval, aparecida unos meses antes: Lo hace y descubre coincidencias que no parecen deberse solo a la casualidad; es posible que Azorín utilizara la novela de Sandoval como bastidor para crear la suya, a la manera como Tomás Rueda utiliza El Licenciado Vidriera.

La reseña de las Sátiras y diatribas de Mariano Benlliure y Tuero le sirve para entresacar hirientes diatribas: “Gómez de la Serna es un escritor que ha llegado a irritarnos como una mosca pegajosa y pertinaz. Es inútil que los propietarios y directores de periódicos traten de espantarlo  no publicándole sus artículos y haciéndole feos y desaires, y que el público lo rechace indignado, y que todos digan que es insoportable; él vuelve, insiste y no ceja, y a la fuerza hay que oírle o matarlo; es como esos mendigos que van cantando por las terrazas de los cafés y que concluye uno por darles una perra gorda para que se vayan; y sí que se van, pero vuelven al rato”.

Pero también hay crítica, lúcida crítica literaria en este libro de crónicas ocasionales. Muy ilustrativa resulta su comparación entre Visperas del gozo, de Pedro Salinas, y El profesor inútil,  de Benjamín Jarnés, que a juicio del crítico representan dos contrapuestas tendencias de la nueva narrativa. Pero en este sentido la pieza más destacada del volumen es la dedicada a El obispo leproso, de Gabriel Miró, en la que replica a Ortega y que todavía hoy puede ayudarnos a entender mejor la obra del novelista levantino.

 

 

jueves, 11 de noviembre de 2021

El caso Álvarez

 

Tigres en el crepúsculo
José María Álvarez
Edición de Alfredo Rodríguez
Ediciones Universidad de Valladolid, 2021.

Las opiniones sobre José María Álvarez están divididas, Unos pocos, pero muy fervorosos fieles, piensan que es un destacado poeta, uno de los más notables de su generación; el resto, que tiene tanto de escritor como de mistificador, de provocativo personaje cada vez más exasperado y marginal.

            Nació en Cartagena en 1942, pero él afirma en la antología que lo dio a conocer, Nueve novísimos, que nació en Casablanca. Antes de participar en esa antología fue un activo poeta social, cercano a los presupuestos del partido comunista, autor del Libro de las nuevas herramientas, del que pronto renegaría. Reticente en un principio a los presupuestos de la antología de Castellet, a partir del inesperado éxito académico de ese libro –que acabó dando nombre a un capítulo de la poesía española--, se convirtió en el “novísimo” por excelencia, el más fiel a los presupuestos iniciales de culturalismo exacerbado y provocación.

            Los años dorados de José María Álvarez fueron los años ochenta, los de los primeros gobiernos socialistas y las incipientes autonomías. Él cumplió el entonces agradecido papel de disidente oficial. En 1983, en una entrevista que publicó la revista Interview, declaraba: “A mí todo esto del sufragio universal y los partidos y las autonomías y demás zarandajas me parece una ineficacia muy cara y muy peligrosa”. Pero luego no tuvo inconveniente en organizar, con dinero público, un sonado homenaje a Ezra Pound en Venecia y numerosos congresos poéticos en Cartagena y en diversos países. “A casi todos los viajes voy invitado”, dirá en otra entrevista. Invitado por el Instituto Cervantes o por otras institución oficial, en la mayor parte de los casos.

            En Tigres en el crepúsculo, el poeta Alfredo Rodríguez ha reunido toda la prosa dispersa de José María Álvarez que ha logrado encontrar, incluyendo transcripciones de conferencias y entrevistas televisivas. Para él, devoto entre los devotos, cuanto sale de la boca o de la pluma de José María Álvarez es sagrado. No le hace con ello demasiado favor. Muchas de las declaraciones del poeta son algo más que “políticamente incorrectas”, son directamente ofensivas para media humanidad. En 1981, en un artículo de Diario 16, anticipa los desastres que se avecinan para Francia con el triunfo de Mitterrand: “¡Adiós, calles y plazas de París, adiós a vuestro encanto! Se avecina una Francia más sucia y más triste. ¡Adiós, oh excelsas cocinas! ¡Adiós, oh eminentes vinos! ¡Adiós, oh putas! Que por si faltara un empujón, alguien –de los que nunca han frecuentado vuestros paraísos-- os reclamará para más infamantes obligaciones en cualquier fábrica o despacho”.

            ¿Habremos entendido bien? Si, para el Álvarez de 1981, y no parece haber cambiado de opinión, la prostitución era una ocupación más digna de la mujer que trabajar en una fábrica o despacho. Por el feminismo –lo dijo en una entrevista con Sánchez Dragó de 2003-- siente una “repugnancia intelectual” que suele ir acompañada “de repugnancia física, porque la mayoría de las veces que he tenido una discusión o que me he encontrado con alguna feminista, no solo me repugnaba lo que estaba diciendo, sino ella personalmente, o sea físicamente”.

            No le ha hecho mucho favor Alfredo Rodríguez a su venerado maestro rescatando estas y otras declaraciones. Las que se refieren a la esclavitud, por ejemplo. José María Álvarez siempre ha lamentado la derrota de los confederados en la guerra de secesión americana. Fue para él la derrota de la civilización. El problema de los esclavos no era sino un problemilla “exacerbado por un panfleto aberrante titulado La cabaña del tío Tom”. Hay que tener en cuenta -añade-- “que la situación de los esclavos era infinitamente más confortable que la de los obreros en las fábricas del Norte y que además era una cuestión en vías de extinción, ya que quedaban pocos esclavos en el Sur y contadísimos propietarios (el 4 %). Lincoln dictó unas normas que en realidad preveían un ritmo de liberación más lento que el que ya se estaba produciendo naturalmente en las comunidades sureñas”.   

            En los desquiciados ochenta podían hacer gracia ciertas ocurrencias. Hace tiempo que han dejado de hacerla. Y ciertos alardes libertinos, como evocar a Casanova en un salón “privé” del Florian desnudando a dos princesas y a un obispo, para luego hacerse servir por este “mientras las dos princesas ronronean a sus pies como gatos persas”, solo sirven para demuestran que la erudición de Álvarez a menudo es más fantasiosa que precisa.

            Estas prosas, en el caso de ser rescatadas del misericordioso olvido, necesitarían un editor menos deslumbrado por el maestro. ¿Alguien puede creerse que el temario que se reproduce en “Audacias e insolencias de la juventud”, un temario que comienza hablando de “la escritura Brahmí” y que termina con un tema titulado “El dios abandona a Konstantino Cavafis” sirviera para las clases de Gramática y de Geografía Económica que Álvarez dio en la Escuela de Maestría Industrial de Cartagena durante el cuso 1967-68? “Fue muy interesante la reacción de los alumnos. Vi brillar ojos que estaban apagados”, declara Álvarez. Y el ingenuo Rodríguez se lo cree.

            Ingenuo y también algo interesado. Incluye en la primera parte del volumen los prologuillos de circunstancia que Álvarez le escribió para sus libros de versos, uno de ellos inédito y todos bastante prescindibles.

            José María Álvarez no es solo un personaje que jugó a la carta del decadentismo y de “épater le bourgeois”, muy a la decimonónica manera de un Villiers de L’Isle-Adam o de un Huysmans, y que acabó abrasado por el personaje; es también un notable escritor en prosa y verso que necesitaría un editor y antólogo que le ayudara a suplir su no excesiva capacidad autocrítica.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Ovnis en Ribadesella

  

Los extraños
Jon Bilbao
Impedimenta. Madrid, 2021.

Juega Jon Bilbao a la autoficción en esta novela corta que algo nos hace pensar en Henry James, aunque su estilo preciso, y a ratos casi telegráfico, sea tan distinto al del autor de Otra vuelta de tuerca, y en Patricia Highsmith, especialista en terrores cotidianos.

            Juega a la autoficción: el protagonista se llama como el autor, nació como él en Ribadesella y como él abandonó muy pronto el lugar, es ingeniero de minas, realiza trabajos de encargo –redacta entradas para una enciclopedia-- mientras trata de abrirse camino como escritor. Pero la historia no se cuenta en primera persona, según esperaríamos en un relato de apariencia autobiográfica, sino que adopta la técnica del punto de vista: una tercera persona que primero se pone en el lugar de un personaje, Katharina, la pareja de Jon, y luego en el del propio Jon. Lo que el narrador ve, lo que el narrador sabe, es lo que ellos ven y saben.

            El escenario, una Ribadesella fuera de temporada, está descrito con minucia. Podemos localizar en un plano do de residen  los personajes, muy cerca de las cuevas de Tito Bustillo, frente al prado de San Juan, y seguir sus paseos hasta la playa o hasta la ermita de la Virgen de Guía. La acción transcurre en una de las casonas que la burguesía enriquecida levantó a principios del siglo XX en la villa asturiana. Su estructura laberíntica, tan propia para una historia de fantasmas, queda ya patente en las primeras líneas: “Katherina lo oye teclear en el salón. Ella está en la habitación que comparten, la más espaciosa de la casa, donde él dormía cuando era niño. Si quisiera decirle algo cara a cara, tendría que cruzar el amplio cuarto, recorrer ocho metros de pasillo, bajar quince escalones, girar a la izquierda en el recibidor de la planta baja y llamar a la puerta con cristales emplomados del salón”. Hay sótanos, varias terrazas, una cueva en el jardín, una empleada de toda la vida, Lorena, que se concediera guardiana y casi dueña del lugar.

            Jon Bilbao sabe contar, ir poco a poco creando una atmósfera inquietante. Nos presenta a una pareja encerrada en casa por el mal tiempo –casi siempre llueve--, dedicada a trabajos aburridos (traducción al alemán de un manual de odontología, redactar textos por encargo), que cada vez hacen menos cosas juntos, que incluso van perdiendo el interés sexual. Y entonces una noche aparecen sobre el cielo misteriosas luces: “No parpadean, como las luces de posición de los aviones. Corresponden a tres objetos; definen el contorno de cada uno: triangular, ahusado y circular. Rojas, azules y verdes, respectivamente”.

A la mañana siguiente, tras los objetos volantes no identificados, llegan los extraños –Markel y Virginia--que dan título a la novela. Una pareja atractiva: “Están muy bronceados. Él viste una cazadora de aviador y pantalones chinos. La brisa del nordeste le revuelve el abundante pelo rubio; algunos mechones son tan claros que parecen blancos, reflejan los tímidos rayos de sol. Basta verlo para saber que dedica mucho tiempo a peinarse, y luego a despeinarse en la medida justa. Tiene una sonrisa amplia que sostiene sin esfuerzo. Recuerda a un Robert Redford con nariz de vasco”.

A más de un lector le recordará a Tom Ripley, el atractivo y amoral protagonista de varias novelas de Patricia Highsmith (en el cine lo interpretó Alain Delon). Quizá también se lo recuerde al autor, que amaga y no da, que nos inquieta con esa extraña pareja que poco a poco va apoderándose de la casa y de los pusilánimes propietarios y que de pronto desaparece tan imprevistamente como había venido, de manera que se quiere misteriosa, pero que solo resulta un tanto absurda. Coincide su desaparición con la vuelta de los ovnis, que esta vez se detienen largamente sobre el pueblo, hacen sus evoluciones y luego uno de ellos aterriza tras la casa de los protagonistas, cerca de la aldea de Ardines, provocando una revolución en el mundo animal: “Jilgueros, gorriones, tordos, zarzales, cornejas, becadas, una pareja de águilas ratoneras, lechuzas, cárabos, vuelan enloquecidos entre las ramas… A ellos se suman los murciélagos, por docenas, por cientos”. Y no menor es el ajetreo en el suelo del bosquecillo: “Erizos, zorros, hurones, comadrejas, jabalíes, ardillas, topillos, ratones de campo… colisionan entre ellos, se revuelcan, siguen huyendo sin objetivo”.

            Las historias de fantasmas de Henry James, las mejores historias de fantasmas juegan con la ambigüedad, pero estos ovnis de Jon Bilbao no tienen ninguna ambigüedad: son reales –en la ficción-- y sin embargo no cumplen ningún papel en la trama, no pasan de un pegote que quizá se quiera simbólico.

            Prometen y no cumplen esos ovnis que aparecen en las primeras páginas y que llenan de ufólogos, a ratos amenazantes, el prado de San Juan; promete, y no cumple, esa extraña pareja, que es y no es una pareja, y que de pronto se larga cada uno por su lado; promete, y no cumple, ese intento de introducir en la peripecia un enredo detectivesco con el soborno al dueño del hotel y el registro de la habitación de un pobre hombre –al parecer padre de la enigmática Virginia--, que no se sabe muy bien qué pinta allí.

            Lo más difícil del arte de narrar es el arte de terminar la narración, que el lector no se sienta defraudado al doblar la última página, que no se pregunte: “ ¿Y todo esto para qué?”

 Que es, me temo, lo que terminarán preguntándose la mayoría de los lectores al terminar de leer Los extraños, esta historia de una pareja que se va distanciando en la monotonía de una Ribadesella fuera de temporada, escrita con una reconfortante sobriedad estilística. .

jueves, 28 de octubre de 2021

Interior con figuras

 

 

Diarios. A ratos perdidos 1 y 2
Rafael Chirbes
Prólogos de Marta Sanz y Fernando Valls
Anagrama. Barcelona, 2021.

Cuando de un escritor conocido se publican póstumamente sus diarios, siempre se suelen esperar revelaciones más o menos impúdicas sobre su propia intimidad, cotilleos sobre figuras famosas, juicios contundentes sobre colegas, del tipo de los que abundan en la conversación privada.

            No defraudan, en ese sentido (salvo en lo que se refiere a los cotilleos) estas dos primeras entregas en un solo volumen de los diarios de Rafael Chirbes, que él quiso titular A ratos perdidos, como quitándoles valor, como indicando que estaban escritos en los momentos que no dedicaba a su verdadera obra, el ciclo galdosiano de novelas sociales que le dio renombre y que culminó en la televisiva Crematorio.

            La publicación de un diario suele requerir un segundo trabajo autorial, que cuando se trata de diarios póstumos suele estar a cargo de una segunda persona. Esa labor, en este caso, la ha hecho el propio Chirbes, que dejó los textos listos para la publicación y que en ellos alude repetidas veces a su reescritura. “Mientras paso esto a limpio por enésima vez, 2014…”, leemos en una anotación del 31 de mayo de 1985.

            El trabajo de reelaboración parece especialmente intenso en la primera de las entregas en las que él quiso dividir su diario. No en vano es la única que lleva título, Una habitación en París, y habría ganado con una edición exenta. Es una lástima que conveniencias editoriales –se supone que un volumen de cerca de quinientas páginas funciona mejor que otro de doscientas--  impidieran respetar en este punto la voluntad del autor.

            Una habitación en París abarca de 1984 a 1988, los años en que el periodista gastronómico Rafael Chirbes se convierte en novelista, aunque un epílogo la lleve hasta 1992, cuando recibe la noticia de la muerte del coprotagonista de la historia de amor que vertebra estas páginas.

“En un viaje imprevisto a París, al que me convoca mi jefe, me presentan a François. Pasamos juntos las dos noches que pasamos en la ciudad. Una gran hoguera. En Nochebuena, viajo a Denia para celebrar las Navidades con la familia, pero, a los dos días, me pregunto qué hago yo allí mientras François permanece en Francia (me ha llamado dos o tres veces en esos días), así que, sin pensármelo, me compro en la agencia un billete de autobús y me encuentro una hora más tarde en viaje de vuelta a París, sin un céntimo, y sin saber si voy a encontrármelo, porque, después de tomar la decisión, no he vuelto a hablar con él”, así comienza esta historia de loco amor que nada tiene de convencional y que no tarda en convertirse en una pesadilla. Chirbes no nos ahorra detalles eróticos de cierta sordidez. Algunos lectores le agradecerían que se los hubiera ahorrado, otros aplaudirán su valentía.

Tampoco escatima detalles cuando nos habla de sus enfermedades: “El doctor D., aspecto de play boy y de consumidor habitual de Whisky en club de putas, un gallego frío (y, según descubro, cruel), me efectúa unas infiltraciones que son –dicho llanamente-- unas tremendas inyecciones aplicadas en el ano, que, como es lógico, a mí me duelen espantosamente y a él, en cambio, parecen divertirle, como si, en vez de tratar una dolencia, castigase un vicio que desprecia”.

            La historia con François –aparece ficcionalizada en la novela póstuma París-Austerlitz--, una historia de amor en los tiempos del sida,  se entremezcla con escenas de promiscuidad sexual y excesos etílicos o de otro tipo. Todo ello entremezclado con abundantes notas de lectura y con reconfortantes paseos por París.

            Más dispersa resulta la entrega segunda del diario. Hay en ella igualmente una historia de amor, aunque al referirse a ella no se mencione nunca la palabra sexo.. Se cuenta de manera muy elíptica y eso la hace más intrigante. Paco, aparentemente, es solo la persona encargada de cuidar la casa de campo en la que vive Chirbes, una especie de criado para todo. Al final  de esta segunda entrega del diario, tiene problemas judiciales –no se nos dice de qué tipo-- y está a punto de entrar en la cárcel. “Me asusta por él, pero también por mí. Imagino esta casa sin él, el huerto, el perro Manolo, los animales, la cocina, el viaje diario al pueblo para hacer la compra y recoger el correo. Las largas temporadas que paso fuera ¿quién se ocupará de esto? Elegí esta casa porque él decidió venirse a donde yo fuera, y por eso busqué un sitio que tuviera terreno alrededor. Para mí solo no hubiera elegido venirme al campo”. Una extraña pareja.

            Tan impúdico Chirbes en la historia con François y en sus encuentros callejeros, tan púdico cuando se refiere a la persona por la que elige irse a vivir al campo, aunque no parece que esa relación tuviera nada que ver con la que nos muestra El sirviente, de Joseph Losey.

            Pero esta historia secreta, al contrario de lo que ocurría con la de François, apenas ocupa espacio en el diario. Sus páginas están llenas de citas (muchas de Balzac, a quien se relee con frecuencia y a quien se toma como modelo de su ciclo novelesco), y de referencias a lecturas, algunas muy punzantes sobre autores contemporáneos (Roger Wolfe, Belén Gopegui). De los comentarios de libros, el más extenso y demoledor es el que dedica a Cabo Trafalgar, de Pérez-Reverte: “el mejor antecedente literario suyo son los discursos patrióticos de Primo de Rivera padre, o los de Queipo de Llano en Sevilla con su perfume a coñac de garrafa”.

            Los títulos de las diversas secciones aluden a los cuadernos en que fueron escritas por primera vez estas anotaciones. El “Cuaderno Rivadavia” nos cuenta un viaje promocional a Alemania en septiembre de 2004. La precisa y sugerente descripción de ciudades (Chirbes en un maestro en el género como demuestra su libro El viajero sedentario) alterna con notas de humor costumbrista sobre sus anfitriones, un poco en la línea de lo que estamos acostumbrado a leer en los diarios de Andrés Trapiello.

            Una reunión de antiguos alumnos del colegio de huérfanos de ferroviarios donde se educó Chirbes (a su origen social alude repetidas veces y lo considera fundamental en su visión del mundo) da motivo a algunas de las páginas más memorables –una novela en síntesis-- de este heterogéneo volumen, en el que se entremezclan los apuntes de trabajo de un escritor, las prescindibles confidencias sobre intimidades eróticas y espléndidas páginas de la mejor literatura. Todo revuelto, como en la vida misma.



martes, 19 de octubre de 2021

Fotos que dan pie

 

 

Carrete de 36
Fernando Castillo
Renacimiento. Sevilla, 2021.

Fernando Castillo es un historiador que sabe escoger, entre los temas de su especialidad, los de mayor atractivo literario y novelesco. Se ha ocupado del mundo de Tintín y del de Patrick Modiano; del París de la ocupación y del Madrid heroico y miserable de la guerra civil; también de los traficantes y espías que pululaban por Lisboa y Tánger en los años cuarenta. Sus intereses se encuentran muy próximo a los del poeta, bibliófilo y crítico de arte Juan Manuel Bonet, quien no en vano firma la precisa contraportada—algo recargada en nombres, quizá-- de Carrete de 36.

            El punto de partida de este libro no puede ser más sugerente: el autor selecciona 36 fotografías  –que eran las que tenían los carretes de las cámaras analógicas-  de fotógrafos conocidos o anónimos y, a partir de ellas, habla del autor, la época, los personajes, las ciudades y los temas de su predilección.

            La fotografía es técnica, documento y arte, pero como arte tiene unas peculiaridades que la diferencian de cualquier otro. Abunda en obras maestras de autor desconocido. Juan Bonilla afirmó alguna vez que se puede hacer una exposición de fotógrafos aficionados que, si ha sido bien comisariada y seleccionada, no se distinga de otra de fotógrafos profesionales, o que incluso tenga mayor interés. Con la pintura o la poesía no se puede hacer lo mismo. La fotografía es la única modalidad artística en la que el tiempo juega a su favor.

            Con los nuevos avances técnicos, en la fotografía interviene cada vez menos la técnica y más la mirada y el azar.

            No todas las fotografías que Fernando Castillo selecciona en este libro presentan igual interés. Entre las fotos anónimas –encontradas en sus paseos por rastros y rastrillos-- hay alguna excepcional, como “Retrato de novia”, que le da pie a uno de los mejores capítulos del libro, pero otras son bastante inanes, como la que él titula “Homenaje a Germaine Krull”, que solo parece un pretexto para hablar de esa fotógrafa. Escaso interés presenta igualmente la que firma un apócrifo Félix Candel, en realidad el propio Castillo, aunque no así el texto para el que sirve de pretexto, evocación de una de esas ciudades –como casi todas de las que se habla en este libro-- que son en sí mismas un género literario.

            No siempre los elogios que Fernando Castillo a las fotografías seleccionadas –anónimas o de nombres prestigiosos-- resultan fácilmente compartidos por el lector. Caprichosos parecen los que dedica a “Ruta 66”, de Dorothea Lange, o a “Tanque nº 1”, de Tina Modotti. Pero quizá la discrepancia sería menor si pudiéramos contemplar la fotografía en su formato y en su calidad originales, no en una reproducción. Cuando miramos la fotografía de un cuadro, somos conscientes de que no estamos contemplando el original, pero no siempre tenemos eso en cuenta cuando contemplamos la reproducción de una fotografía.

            Carrete del 36 nos cuenta las vidas, muchas de ellas enigmáticas y noveleras, de un puñado de fotógrafos; nos lleva a ciudades –París, Berlín, Nueva York-- y a épocas turbias de la historia contemporánea, que nunca dejarán de fascinarnos; nos ilustra sobre la Nueva Objetividad y otros capítulos esenciales de la historia de la fotografía.

            Selecciono algunos capítulos en que imagen y texto se corresponden de la mejor manera: “New York City”, de Garry Winogrand, con esa joven sonriente que representa el rostro más amable de la Nueva York de los años sesenta; “La Kurfürstendamm después de un bombardeo”, de Wolf  Strache, que tiene la atmósfera de una pesadilla; “Trabajadores”, de un fotógrafo anónimo, veintiséis obreros que parecen representar a toda la clase obrera de entreguerras; “Brasserie Lipp”, de Cartier-Bresson, dos mujeres, dos mundos, la Francia tradicional y la de mayo del 68; “Uno de los de Grammont”, de Izis Bidermanas, el rostro sonriente, enmarcado por la ametralladora, de un anónimo miembro de la Resistencia; “Retrato de locutora”, de August Sander, uno de esos retratos en los que el gran fotógrafo de la Nueva Objetividad supo dejar constancia del verdadero rostro de Alemania en los años de Weimar y del incipiente nazismo.

            “Una imagen vale más que mil palabras”, dice el tópico. Pero lo cierto es que una imagen sin palabras es una imagen, no solo muda, sino incompleta. Necesitamos quien nos ayude a ver lo que hay en una fotografía y quien nos cuente las historias que sugiere. Fernando Castillo hace lo primero y lo segundo, pero no siempre acierta en este atractivo libro –o eso me parece a mí-- a seleccionar las mejores imágenes de fotógrafos famosos o desconocidos.

             

           

viernes, 15 de octubre de 2021

Rescoldos de aquel fuego

 

Donde muere la muerte
Francisco Brines
Tusquets. Barcelona, 2021.
 

Hay en Donde muere la muerte, el esperado último libro de Francisco Brines, un puñado de poemas memorables, pero quizá no hay un libro. Su obra poética podríamos considerarla cerrada en 1995 con La última costa, pero el cuarto de siglo transcurrido desde entonces le añade un epílogo, emocionante desde el punto de vista humano y no enteramente prescindible desde el literario. Comienza el breve volumen –veinticuatro poemas-- con un ejercicio retórico que no anima demasiado a seguir leyendo. Se trata de una serie de hipérboles sobre el tópico de la brevedad de la vida: “Un suspiro que alienta y se acongoja. Se oscurece el relámpago, sin apenas lucir. Viento presto engolfado en la calma, sin tiempo a respirar; blanco interpuesto de inmediato a la flecha: violenta violencia”. ¿Violenta violencia? El segundo párrafo de este breve texto --¿poema en prosa?--, resulta aún más prescindible: la vida es “modestia casta” y el hombre “solo se cumple en el amor que acompaña al trabajo”.

            El poema “Luzbel, el ángel” nos remite a uno de sus libros capitales, Insistencias en Luzbel, de 1977. El hermoso ángel rebelde es símbolo de un erotismo que, en otro tiempo (y Brines sigue siendo fiel a ese tiempo), “no se atrevía a decir su nombre” (hoy quizá lo dice en exceso): “Es la noche la música / de las alturas. / El firmamento tiembla / y en él nos penetramos. / Mi cuerpo, ya vencido / por la edad importuna, / se hace prado en el río, / atardecer suavísimo. Y él pace. / Y yo, como un torrente blanco, / entro en su juventud / eterna, / me hago bello e impuro / como Él”.

            Francisco Brines es maestro en el arte de la alusión intensificadora, sus poemas eróticos no entran nunca en demasiados detalles. Tampoco suelen ser poemas de amor: apenas se individualiza al otro, solo es un cambiante cuerpo joven que se entrega.

            Ahora esas noches de placer clandestino son “La noches ya extinguidas” evocadas en el poema de ese título: “¿Desde dónde recobro las noches de los huertos / alumbrados de azahar, / el coche detenido en el sendero, / lejano el resplandor de la ciudad, / tu asiento ya abatido, luego el mío, / tú aún más joven que yo, y la brisa más niña?”. En la segunda parte del poema volvemos a encontrar ese desdoblamiento en el tiempo –el anciano que contempla al joven que fue con melancolía y casi con deseo--  tan característico de Brines.

            En “Creados a su semejanza” vuelve el poeta “al único verano de su vida”, ese verano mediterráneo y feliz del que nos habló en Palabras a la oscuridad, de 1966. En Poemas a D. K. reunió los textos que aluden a esa historia de amor. “Creados a su semejanza” podría servir de epílogo a ese libro: “Al besarte, está naciendo el mundo / por primera vez. Resbala de la noche / la luz lunar que ha mojado las aguas. / Es la sábana blanca que en la arena se tiende / para que nuestros cuerpos en ella testimonien / el gozo de vivir, y amemos siempre el mundo / porque una vez fue digno de este sueño”.

            El mundo recobrado de la infancia en la casa de Elca –tan familiar a los lectores de Brines--  protagoniza otros poemas. “Reencuentro” puede servir de ejemplo: “He bajado del coche / y el olor de azahar, que tenía olvidado, / me invade suave, denso. / He regresado a Elca / y corro, / no sé en qué año estoy / y han salido mis padres de la casa / con los brazos abiertos, / me besan, / les sonrío, / me miran / --y están muertos--, / y de nuevo les beso”.

            Ensayo de una despedida tituló Brines, ya en 1974, sus poesías completas. Los ensayos finales de esa despedida están en Donde muere la muerte. A la despedida de la existencia, que vuelve una y otra vez sobre los mismos tópicos, preferimos la intensa --y nada tópica--  elegía a la madre del poema que da título al conjunto.

            A ratos el poeta parece volver sobre su obra anterior, tratar de reescribirla. “La última costa” era el poema final del libro del mismo título; ahora en el nuevo libro nos encontramos con “El último viaje”, otra versión del mito de Caronte. El poema previo termina de la más precisa manera: “Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco, / en el viaje aquel de todos a la niebla”. En el nuevo poema, sobra quizá más de la  mitad del poema (desde el verso 20 hasta el 41), tan innecesariamente explícita: “Me iba para siempre / de la vida que amé, / como el don de un dios bueno, / muy bueno e inexistente”.

            En este libro tan de Brines, aunque sea un Brines menor, sorprende un tanto  el poema “Trastorno en la mañana”, que nos recuerda la poesía ingenuamente celebrativa de Eloy Sánchez Rosillo: “He leído el poema de un amigo / y se han puesto a cantar todos los pájaros”.

            A partir de cierto nivel de reconocimiento (el siglo XXI fue para Brines el de los grandes premios institucionales), los juicios de valor parecen estar de más, los poemas del autor consagrado dejan de ser leídos como tales y se convierten en reliquias. Ya igual da, para lectores y estudiosos, el inane borrador que el hondo poema verdadero. Pero del poeta esencial y luminoso que fue Francisco Brines aún quedan rescoldos en estas brasas últimas. No los confundamos con las cenizas.

jueves, 7 de octubre de 2021

Realidad y símbolo

  

Mi lado izquierdo
(Antología poética 1989-2019)
Rafael Fombellida
Edición de Xelo Candel Vila
Renacimiento. Sevilla, 2021,
 

En las sociedades contemporáneas, todo el mundo sabe leer, pero pocos saben leer. No se lee de la misma manera un artículo de opinión, una página publicitaria, una noticia que un poema o una novela, Habrá quien piense que lo primero es más fácil que lo segundo, Un error, un extendido error cuyas consecuencias son quizás bastante más nocivas que las de no saber leer un poema, algo que muchas personas cultas no dudan en reconocer.

Tampoco se lee de igual modo a todos los poetas. Como ocurre en la música, habría una poesía popular –que hoy en día se difunde fundamentalmente en las redes sociales-- y otra culta, que busca un público de iniciados. Algunos poetas contemporáneos –Manuel Machado a comienzos del pasado siglo, Luis Alberto de Cuenca en la actualidad-- cultivan ambas.

Rafael Fombellida (Torrelavega, 1959) solo se dedica a la segunda de ellas, sin condescendencia alguna Tras reunir su poesía completa en 2015 con el título de Domimio, ahora nos ofrece en Mi lado izquierdo una selección de su obra con el añadido de unos pocos inéditos recientes.

En esos necesarios talleres sobre el arte de leer, y en concreto sobre el arte de leer poesía, la lección inicial debería enseñarnos que, al contrario que la novela --que ha de comenzarse por el primer capítulo y seguir en orden hasta el último--, un libro de poesía puede comenzarse por cualquier parte . Y unas poesías completas, de un autor que desconocemos, nunca deben empezarse por los primeros poemas, salvo que se trate de un poeta como Claudio Rodríguez, que en su primer libro ya encontró un tono propio y deslumbrante.

No es el caso de Rafael Fombellida. “Disparos en la nieve”, el poema que inicia Mi lado izquierdo, no anima demasiado a seguir leyendo. Hay un exceso de literatura, en el mal sentido de la palabra, se acumula la tópica adjetivación: “celada inmóvil”, “quietud profunda”, “siniestros giros”, “denso ramaje”. En otros poemas –“La vergüenza”, “Único blanco”-- parece tratar de enmascararse la trivialidad de la anécdota con el rebuscado empaque estilístico.         

La etapa de tanteo dura , aunque hay algún logro anterior, hasta Canción oscura, de 2007. Un poema como “Remontando el río” nos muestra muy a las claras uno de los modos de hacer de Fombellida, aludir y eludir el nombre de las cosas, a la manera gongorina. Su poesía rehúye el lenguaje coloquial, pero no la anécdota cotidiana, a la que busca darle trascendencia.

Los poemas van luego ampliando su temática, llenándose de inquietudes culturales y de preocupaciones metafísicas, como en “El hombre paralelo”, “Noche del oceanógrafo” o “Explicación de la esfera”.

Y van haciéndose más ásperos, alucinatorios, desasosegantes, a pesar de que Fombellida no abandona nunca el cuidado rítmico. Sus versículos son una suma de metros tradicionales o vuelven al hexámetro clásico (el de ritmo dactílico que resucitó Rubén Darío –“ínclitas razas ubérrimas”-- y que a veces utilizó José Hierro: “Otoño de manos de oro. / Ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino”), como en “El obediente”: “No ha cesado un instante de dar con sus ojos en ti, con sus ojos seguros”. Hay también una “Berceuse”, una canción de cuna nada convencional, que juega, a la manera romántica (recordemos el “leve, / breve / son” de Espronceda), con la polimetría.

Rafael Fombellida es un poeta que va creciendo en cada libro, prescindiendo de retoricismos y manierismos sin abandonar del todo sus peculiaridades estilísticas. “Odiseo en el Báltico” o “San Silvestre en el Prater” son poemas que podían haberse quedado en la convencional postal viajera, pero que alcanzan a convertirse en parábolas del destino humano. Lo mismo podría decirse de “Un soldado de la Gran Guerra” o de “Dem deutschen volke”, estampas históricas que van más allá de la precisa recreación de trágicos episodios de la historia reciente. Otro poema excepcional es “Nadadores”. El tema, la relación del padre con el hijo,  no puede ser más tópico –ninguno de los grandes temas de la poesía deja de serlo--, pero el tratamiento resulta tan novedoso como verdadero.

A veces este poeta de la realidad trascendida, gusta de aproximarse a la imaginaría del cuento gótico –“Ronda de lobos”-- o del realismo sucio: “¿A dónde ir? Muy poco decoroso / es el hotel que nos asila- / Bajo su rótulo / un chorro deshelado / ha formado un cerquillo en la nieve disuelta. / Hay modelos antiguos de grandes automóviles, / bajo un vidrio sin lustre se encorva una mujer”. Pero le traiciona su gusto por el ritmo tradicional, que es ya en sí misma una visión del mundo.

No es Rafael Fombellida un poeta fácil ni complaciente, jamás condesciende con la frivolidad o la ironía. Tampoco uno de esos pocos privilegiados que desde el principio supieron aunar dicción personal e inédita visión del mundo. Ha tardado en conseguirlo, como el lector tarda en entrar en su obra, pero todo lo que vale la pena requiere un cierto esfuerzo. Lo que él nos dice en un puñado de espléndidos poemas nadie lo había sabido decir de la misma lúcida e impactante manera.

 

jueves, 30 de septiembre de 2021

Se ha escrito un crimen

 

La valija del suicida
Eduardo Jorge Bosco en situación
Jesús Rubio Jiménez
Éditions Orbis Tertius. Binges, 2021.

El 30 de diciembre de 1943 se suicidó el poeta argentino Eduardo Jorge Bosco. Tenía treinta años, apenas había publicado, pero ya era considerado un maestro por los poetas jóvenes de su generación. En 1952, se publicaron sus obras en dos tomos y desde entonces es tenido por una de las figuras más destacadas de su generación, la del cuarenta, a la que pertenecen figuras como Olga Orozco.

            ¿Se suicidó? Investigando en el archivo de Daniel Devoto, amigo y editor del poeta, Jesús Rubio Jiménez ha encontrado documentación inédita que aparece apuntar a la tesis del asesinato, un asesinato en el que estarían involucradas figuras notables de la literatura argentina, muy especialmente Oliverio Girondo.

            El resultado de sus investigaciones los ha reunido Rubio Jiménez, junto con una antología de Eduardo Jorge Bosco, en el volumen La valija del suicida, que se lee como una novela policíaca sin ficción, pero también sin las certezas –quién, cómo y por qué—que suele aportar la clásica ficción policial a la que tan aficionado era Jorge Luis Borges, otro de los personajes de esta historia.

            La familia del presunto suicida quiso cerrar pronto el caso y no que no se investigara a fondo. “Se va a arrepentir. Déjenos proceder”, le dijo el comisario Armani al cuñado del poeta. “El resultado de la autopsia ha sido claro: muerte por ahogamiento”, dijo este. “No importa, hay métodos para arreglar esas cosas. Si inmediatamente después del deceso, se sumerge el cadáver en una bañadera con agua, el aspecto total es el de muerte por asfixia. No se olvide que esa gente lee y escribe muchas novelas policiales”, le respondió el comisario, que parece un personaje de Ricardo Piglia.

            Los documentos que rescata Jesús Rubio Jiménez son una larga carta de Josefa Emilia Sabor, que fue novia del poeta entre 1939 y 1942, y varios fragmentos inéditos del diario de Daniel Devoto, profesor, investigador literario y músico., que se casó con una hija de Valle-Inclán (la subasta de su prodigiosa biblioteca, no hace muchos años, supuso todo un acontecimiento).

            En torno a 1948, coincidiendo con la visita de Juan Ramón Jiménez a Argentina, Daniel Devoto quiso aclarar los puntos oscuros de la personalidad y del fallecimiento de Eduardo Jorge Bosco. Luego pareció desistir de su intento o darlo por imposible y ahora esos papeles –tan oportunamente rescatados-- son como una novela en busca de autor.

            El 30 de diciembre de 1943, a las seis de la tarde, Josefina Sabor, que había seguido siendo amiga del poeta después de romper el noviazgo, le llamó por teléfono. “Si llamas cinco minutos después, no me encuentras. Tengo que hacer y me voy apresurado”, le respondió. Quedaron en que volverían a hablar el domingo.

A las once y media de esa noche, Oliverio Girondo, convaleciente de una operación, llamaba al padre del poeta para decirle que este acababa de suicidarse tirándose al río desde el puente hidráulico de la calle Cangallo. ¿Cómo lo sabía? El propio poeta se lo habría anunciado, media hora antes, en una llamada telefónica. Los hechos no cuadraban desde el principio: alguien llama para indicar que se va a suicidar y, en lugar de tratar de impedírselo, el que recibe la llamada espera a que tenga tiempo de hacerlo y luego, sin comprobar el hecho, avisa a sus familiares.

            Eduardo Jorge Bosque, tras romper con Josefina Sabor, inicia una nueva relación con Haydée Lange, hermana de la mujer de Girondo, Norah Lange. Ambas hermanas forman parte de la larga serie de amores imposibles de Jorge Luis Borges. Haydée era bastantes años mayor que Eduardo Jorge Bosco y tenía cierta fama de mujer fatal (dos de sus anteriores amantes se habían suicidado). El 30 de diciembre, Bosco le pidió a su padre treinta mil pesos para casarse con Haydée. Este se los negó y el poeta abandonó  el hogar familiar con una pequeña maleta. Llegó a la casa de su novia y allí, de mal humor sin duda por el fracaso de la gestión con el padre, le hizo “una escandalosa escena de celos a Haydée, cosa habitual en él, pues, según palabras de Norah, vivía obsesionado por el pasado de aquella”. Y en este momento entra en escena el autor Los conjurados y del poema “Haydée Lange” (“Las naves de alto bordo, las azules / espadas que partieron de Noruega, / de tu Noruega y depredaron mares / y dejaron al tiempo y a sus días / los epitafios de las piedras rúnicas…). Sigamos leyendo la carta de Josefina Sabor: “El motivo de sus celos era, en los últimos tiempos, Borges, cosa que por sí sola hablaba a las claras de la falta de sentido de tales acusaciones- Últimamente había llegado a permanecer escondido, después que se retiraba de la casa de Haydée, en la plaza Lavalle, y desde allí vigilaba hasta altas horas y como una noche la había visto salir con Borges después de que había transcurrido un rato, al día siguiente había dado una de sus habituales escenas”.

            La escena de celos del día 30 de diciembre fue especialmente violenta. Hubo importantes destrozos en la casa de Haydée y ella misma resultó herida. A las nueve abandonó la casa, a las once llamó a Girondo para anunciar su suicidio, a las once y media llamó este al padre para indicarle que el suicidio se había consumado.

El cuerpo se encontró varios días después.  La maleta –la valija del suicida—tardó más en aparecer. La madre del poeta insistió a Girondo y a Haydée en que se la devolvieran, pero estos dijeron que el poeta se la había llevado. Por fin, reconocieron que no la tenían, pero sabían dónde estaba.

            Alguien intervino para que aquel suicidio que tenía todas las apariencia de encubrir burdamente un crimen, quizá un homicidio involuntario, se aceptara como tal sin mayores averiguaciones. A fin de cuentas, Eduardo Jorge Bosco era un personaje autodestructivo (Daniel Devoto tenía con él una relación de amor-odio a la que vuelve una y otra vez en los escritos ahora rescatados) que todos sabían que iba a acabar mal. Mejor que acabara mal él solo y no arrastrando con él a una poderosa familia de la oligarquía argentina.

            ¿Y cómo son los versos de ese desdichado poeta? ¿Han resistido el paso del tiempo? La breve antología que acompaña a este enigma nos permite intuir que era un poeta verdadero, culto y popular (estaba fascinado con la figura de Ascasubi y la poesía gauchesca), pero que su prematura muerte le impidió alcanzar el lugar cimero al que parecía estar destinado.



jueves, 23 de septiembre de 2021

Humor y corazón

 

Resumiendo (Antología 2000-2020)
Jesús Beades
Númenor. Sevilla, 2021.

Siempre ha habido dos tipos de poesía, aparte de la buena y la mala: la poesía que, se entienda o no, seduce de inmediato como una canción y la que nos deja indiferentes o nos plantea un enigma a resolver. La primera no necesita intermediarios; la segunda, no es nada sin ellos. Verlaine y Mallarme o Aurora Luque y Olvido García-Valdés, para ceñirnos a la poesía española actual, pueden servir de ejemplo de cada una de esas direcciones básicas. Y no importa que tanto en Verlaine como en Aurora Luque haya abundantes referencias culturales: no son barrera, sino puente para acercar la emoción del poeta al lector.

            Jesús Beades pertenece, muy claramente al primer grupo. Es también cantante –como Sabina o Marwán, aunque de muy otro estilo--, pero sus poemas no están hechos para ser puestos en música, ya llevan su música incorporada.

            Nacido en Sevilla en 1978, publicó su primer libro, Tierra firme, en 2000. Ahora, veinte años y varios títulos después, antologa su obra con el preciso título de Resumiendo. Inicia la antología una “Nota del autor” que no es tal, sino un poema en los pareados alejandrinos que hizo famosos Manuel Machado con sus autorretratos: “He llegado a la edad de ser antologado, / pues ya tengo canas, hijos y estoy hipotecado…”. Con humor, buen humor, lucidez y algún ripio, resume el poeta su trayectoria vital.

            El humor se acentúa en los poemas inéditos finales, como “Desamor en los tiempos del Facebook” o “Selfie”, donde parafrasea, parodia y homenajea –no es el primero en hacerlo--  el famoso “Retrato” machadiano: “Mi infancia son recuerdos de un sándwich de Nocilla / y un álbum de los Gremlins en una tarde eterna…”

            Todos los poetas tienen sus maestros, más patentes en los primeros versos, pero unos poetas cuando publican tratan de ocultarlos, sobre todo si son maestros cercanos (es el caso de Cernuda con Guillén), mientras que otros, como Jesús Beades, los proclaman con orgullosa devoción. En la “Nota del autor”, leemos: “fue mi sueño / escribir como cierto cascarrabias gallego / del que dicen que soy un acólito”.

            Ese “cascarrabias gallego” es Miguel d’Ors, maestro no solo de Beades, sino del grupo de poetas –excelentes poetas la mayoría-- agrupados en torno a la revista Númenor y caracterizados por un confesionalismo católico no demasiado frecuente en la poesía española actual.

La huella de Miguel d’Ors resulta muy explícita en uno de los poemas que se seleccionan del primer libro, “Mi tiempo”, un aplicado ejercicio de enumeración y contraste que resulta quizá prescindible, y en el “Poema sin título para un atardecer”, donde se menciona a otro de los maestros, Eloy Sánchez Rosillo. El trío queda completo con Julio Martínez Mesanza, otro poeta de ideología militantemente conservadora, al que se dedica  “Si supiera”.

            Pero la poesía de Jesús Beades tiene una vitalidad, un desparpajo y una gracia que lo diferencia de inmediato de esos maestros. Hábil versificador, maestro de la emoción contagiosa, de la imagen precisa (“Tu adiós sonó como un disparo / que dispersa palomas por un cielo sin nadie”), a Beades no le importa bordear el tópico ni recurrir a una imaginería y a unos procedimientos –“Maneras de amanecer en Lisboa”, por ejemplo--  ya muy frecuentados por los poetas de los ochenta.

            Su segundo libro, Centinelas (2002), continúa los aciertos –y quizá los desaciertos-- del primero. La ciudad dormida (2005) intenta un tipo de poesía menos anecdótico, con mayor ambición conceptual. Viene luego un largo período de silencio. Parecía que Beades iba a ser uno de esos efímeros cometas juveniles que solo brillan un momento. Regresa más de una década después con Tibidabo 10, que aborda un tema en  resulta fácil, casi inevitable, incurrir en la falacia patética: la muerte del padre. Manrique puso el listón muy alto. Abundan los poetas a los que acompañamos en el sentimiento, pero que no han conseguido convertir su dolor privado —con el que resulta fácil identificarse-- en poesía. A Jesús Beades, los ojos empañados de lágrimas no hacen que le tiemble el pulso a la hora de poner en verso claro una emoción que, sin dejar de ser solo suya (ayuda a ello la abundancia de referencias realistas, casi costumbristas), se hace universal.

            En los poemas inéditos que completan el volumen hay un poema particularmente memorable, “Ángel y Heráclito”, donde el heraclitano río del tiempo –nadie se baña dos veces en el mismo río-- se ejemplifica de una manera en la que todos los que han acompañado a un niño en su crecimiento se reconocen, nos reconocemos,  pero que nadie ha sabido expresar con tanta emoción y verdad.

            Hay dos clases de poetas, decía al principio. Hay otra más: la del poeta cordial, la del poeta que parece abrazar en cada verso y buscar en la poesía “hogar, coraza y nido”. Jesús Beades pertenece a ella. Es difícil leerle y no sentir que hemos encontrado un amigo para los momentos buenos y para los momentos malos.



lunes, 13 de septiembre de 2021

Burlas y veras

 

Un viaje de invierno
Miguel d’Ors
Renacimiento. Sevilla, 2021.

Tres citas, muy bien seleccionadas, compendian la poética del nuevo libro de Miguel d’Ors. La primera, de Lope de Vega, la ha utilizado más de una vez: “oscuro el borrador y el verso claro”. Como Ortega, que consideraba que la claridad es la cortesía del filósofo, Miguel d’Ors considera que lo es del poeta y que cualquier esfuerzo es poco para conseguirla, aunque ese esfuerzo no debe notarse en el resultado final. La segunda cita, de Izet Sarajlic, afirma que el mayor efecto de la poesía se consigue cuando sorprende al lector con algo que cree conocer bien. La tercera, de Alfonso Reyes, nos dice que el verso no está hecho solo para las cosas sublimes, que “quien solo canta en do de pecho no sabe cantar”.

            Explica esta última cita la abundancia de divertimentos y notas de humor en Viaje de invierno, un libro escrito en unos años –el invierno del que se habla es el de la vejez-- tan propicios al patetismo. Se parafrasean dos rimas de Bécquer, se juega con la estructura del soneto, se junta a Rodríguez Zapatero, y no para bien, con “La encajera” de Vermeer y la luna, “límpida y alta”, en Salta o en Santiago del Estero. Hay ejercicios de taller –un poema se ofrece en dos versiones, “Los limones” de Montale se traduce y se acorta y se explica, en verso, por qué--  y humor, mucho humor, en este Viaje de invierno. Quizá no se ha subrayado lo suficiente que Miguel d’Ors es uno de los poetas contemporáneos que más nos hacen, no solo sonreír, también reír. Baste como ejemplo la comicidad costumbrista de “Recordando viejos tiempos”.  También, es cierto, nos irrita con frecuencia, porque en su concepción de la poesía nada puede quedar fuera, tampoco sus ideas conservadoras, aunque escandalicen a “la chusma biempensante” y “algún o alguna imbécil [lo] acuse de machismo”.

            Pocos poetas tan dueños de su oficio como Miguel d’Ors. Con el mismo virtuosismo con que domina la rima y la métrica clásicas, hace lo que quiera con el verso libre. Unas veces parodia una solicitud burocrática (con espacios en blanco para rellenar con el nombre y la dirección del solicitante), como en “Plantilla de oración para padres novatos”, y otras utiliza letras y paréntesis para distinguir las partes de una enumeración: “Pero, que tú me entiendas o que no, / quiero decirte a) que tu presencia / en mi vivir diario / le quita algunos grados / de soledad al panorama; b) / que en ti al fin encontré / un buen destinatario / para ciertos afectos naturales…”

            El último poema citado se titula “Vuelve a hablar a su perra”. A esa perra, Ory, ya la conocíamos del libro anterior y aparece, si no como protagonista como figurante, en varios poemas. Miguel d’Ors gusta de llevar al verso las minucias de su vida cotidiana, las anécdotas de su biografía, a las que –en bastantes casos-- vuelve una y otra vez, sin por ello incurrir en ese “sentimentalismo primario” del que Guillermo Carnero acusaba a los poetas de posguerra y a los llamados “poetas de la experiencia”.

            Miguel d’Ors no ignora que la naturalidad en poesía se consigue a base de artificio, que el poema tiene –o puede tener-- mucho de trampantojo. En el soneto “Prado de Serandín” los cuartetos nos describen una escena erótica, con muy precisos detalles (“Podría hablar de la guerra que su falda / me dio, por culpa de la cremallera”), que luego se desmiente en los tercetos: “Todo lo hace verdad el Arte, días / de amor incandescente que ahora estoy / inventándome, prado que no existe / más que en las solitarias fantasías / que tramo en tardes como la de hoy / para engañar algún recuerdo triste”.

            De ahí que abunden en Miguel d’Ors –uno de los poetas que más han reflexionado sobre su oficio y quizá el que mejor lo conoce-- los textos metapoéticos. La poesía –incluso una poética tan expresamente confesional como parece la suya-- no es nunca un mero desahogo del corazón: el poeta “recuerda y va esbozando, tachando, corrigiendo, / mintiendo un poco a veces / para que cada verso suyo diga / algo más verdadero que la simple verdad”.

            Miguel d’Ors es un poeta de ideas, como lo fue Campoamor, y todo su virtuosismo técnico lo utiliza para darles encarnación lingüística sin incurrir en un desarrollo meramente conceptual. A veces, una misma idea poética da lugar a diferentes poemas. “De consolatione Litteraturae” contrapone el saber preciso de la gente común (lo ejemplifica con personas concretas –un taxista de París, el vecino del 2º D, la cantante Mari Trini-- que le otorgan un especial efecto de realidad) con el evanescente e impreciso del poeta. Termina con unos versos entre paréntesis: “Y, encima, esto mismo, lo escribiste hace siglos / y quizá hasta mejor / en el poema Cuervos por Rebordelo”. No lo escribió mejor, sino distinto, en ese poema, todavía algo encorsetadamente borgiano, incluido en Es cielo y es azul (1984): “El hombre que descuartiza terneras en el alba ensangrentada, / el hombre que se acerca a Benavente con su camión cargado de arena, / el que se lava las manos después de hacer una cesárea […] / y yo que combino palabras en mi noche mezquina”.

            No siempre acierta, y ello resulta inevitable, pero los sonoros fracasos (“Tiene misterio”, donde contrapone el ser considerado por los críticos “un poeta claro” cuando él es un personaje “al que no lo entendía / --y hablo literalmente-- / ni su padre” y aprovecha para informarnos de las muchas lenguas a las que ha sido traducido), no son demasiados y no nos cuesta disculparlos ante la sucesión de maravillas que no buscan la novedad,  pero que la consiguen de la más inesperada manera, con materiales a priori muy poco novedosos. Y eso después de medio siglo –su primer libro se publicó en 1972-- de continua dedicación a la escritura poética.

            Enumero algunos textos particularmente memorables: “Guijarro de la Playa de los Muertos”, “El milagro fugaz del liquidámbar”, “Eucalipto de A Portela”.  “Novedades”, “Un inmenso acorde mágico”. Mención aparte merecen los tres poemas dedicados al “periodo especial” que hemos tenido que padecer, del que todavía no acabamos de librarnos. La pandemia ha suscitado, y seguirá suscitando, mucha literatura, por lo general mala literatura. Los tres poemas que le dedica Miguel d’Ors estarán entre lo poco que se salve de esa quejicosa y acrítica hojarasca: “La pandemia persiste”, con su tan preciso y coloquial verso último; “En la pandemia del coronavirus” –de ella se dicen muchas cosas “y muchas más han de decirse cuando / políticos y medios / de comunicación cedan el paso / a la verdad”--, con su final anticlimático, y “Mi paseo solitario en la segunda ola”, que cuenta con los ilustres antecedentes de Cienfuegos y Gil de Biedma.

            Qué sorpresa, qué grata sorpresa, para los muchos lectores de Miguel d’Ors, comprobar que su nuevo libro no es un mero apéndice a una de las obras más notables de la poesía española contemporánea, sino que el poeta –que va cumpliendo años en distintos poema: 73. 74-- sigue creciendo, que aún no se ha limitado, como tantos, a engordar palabreramente su bibliografía.



jueves, 9 de septiembre de 2021

Sí, pero no

 

Conversaciones
Benito Pérez Galdós
Edición de Adolfo Sotelo Vázquez
Sevilla. Ediciones Ulises, 2021.

Rescatar textos que duermen en el olvido de las bibliotecas y las hemerotecas es, o debería ser, una de las labores del editor. No todos se aplican a ella; la suelen dejar a editoras institucionales, universitarias o parauniversitarias, que se despreocupan de los lectores y sirven solo para la promoción académica.

            En 1910, en dos números de la revista Por esos mundos, se publicó un extenso reportaje sobre Galdós (incluye una entrevista, pero es algo más que una entrevista) que puede considerarse como una obra maestra del periodismo contemporáneo. Bien conocido, y aprovechado, por los biógrafos de Galdós, merece estar al alcance de todos los lectores. Por primera vez se reedita en el volumen Conversaciones junto con otras entrevistas desconocidas, o poco conocidas, al autor de los Episodios nacionales. La edición a estado al cuidado –es un decir--  de Adolfo Sotelo Vázquez.

            “La erudición engaña” afirma un verso famoso de Góngora. No siempre, pero sí muy a menudo funciona como un camuflaje de la escasez de ideas y de gusto literario. Sotelo Vázquez acumula datos poco pertinentes en el prólogo y ni siquiera parece estar al tanto de los textos que edita. Ignora uno de ellos –“Las migajas de una suscripción. Galdós acusa”, de El Caballero Audaz-- y tras afirmar en el prólogo que el artículo de Azorín no fue incluido en su libro Un veraneo sentimental, de 1944 (sin que se ocupe de indicarnos por qué debería haberlo sido), señala luego, al reproducir ese artículo y en el índice, que se incluye en él.

            Pero no son lo más llamativos esos errores factuales –una reciente y aclamada biografía, que sale casi a error por página, nos ha curado de espantos--, sino las imprecisiones y sinsentidos de la redacción. Nos dice, por ejemplo, que la entrevista con Galdós que inicia Galería, de El Caballero Audaz –y que él reproduce--, es en realidad la suma de tres textos: “el primero, al deseo de resucitar una entrevista, cuyo primer asentamiento desconocemos”.

La nota a la edición comienza de la siguiente impactante manera: “Editar textos que proceden de la prensa y una distancia temporal de más de un siglo es tarea compleja. Cabe la posibilidad de usar una biblia sin final alrededor de dichos textos, lógicamente anclados en un momento determinado, cuando los medios tecnológicos ofrecen al curioso lector varios caminos para dilucidar sus dudas que, en ocasiones son también las del editor”. Y a continuación aclara: “He desechado la posibilidad de la biblia”. Surrealismo puro el de este catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona. “He corregido solo algunas erratas evidentes”, aclara. Cierto, solo ha corregido algunas, parece que pocas: don Benito se convierte alguna vez (p. 56) en “D. Bonito”.

            Pero dejemos el prólogo que el lector común suele, con buen criterio, saltarse. No le defraudará el extenso texto, más de cien páginas, de Enrique González Fiol, que firmaba con el pseudónimo de El Bachiller Corchuelo. Escrito con falsilla cervantina, como muchos fabulaciones del propio Galdós, está lleno de humor y de pequeños detalles exactos. En 1910, Galdós era algo más que el más famoso escritor español, era una figura política, encabezaba la izquierda antidinástica, lo que le ocasionó algunos sinsabores: “Le advierto a usted que en las estaciones del ferrocarril está prohibida la venta de mis obras y de las de Blasco Ibáñez y otros escritores. En cambio, permiten la venta de libros feos y de libros pornográficos”.

            El reportaje de Enrique González Fiol, ejemplo de nuevo periodismo, de crónica sin ficción pero con todos los elementos de la ficción, merecería una edición exenta, con las ilustraciones originales (a las que a menudo se alude) y sin ninguna exclusión, aunque sea anecdótica: “Una noche, en la redacción de El Liberal, me encontré con una carta suya, que me permito reproducir por lo graciosa que es, y en la que me amenazaba con hacer que Victoriano no me dejase pisar el territorio español”. Esa carta no se reproduce ni siquiera en nota.

            Las entrevistas que se añaden resultan de muy desigual interés. Sorprende la que firma Azorín, que él no quiso reproducir en ninguna de las recopilaciones que publicó en vida, sin duda por lo que tenía de desmitificadora de la figura del venerado novelista. Azorín, como González Fiol, buscaba un periodismo no convencional. Reciente estaba el escándalo de su entrevista al político Romero Robledo, “Romero en el romeral”, en la que se desentiende de las declaraciones grandilocuentes para fijarse en el entorno y en los pequeños gestos. Tras describir minuciosamente el despacho de Galdós, no deja de fijarse en “un pliego de papel recubierto de una pasta melosa llena de moscas muertas. Algunos de estos familiares insectos se acercan por las orillas y durante un segundo quedan cogidos por una pata; mas luego dan una segunda sacudida y tornan a volar”. Sobre las moscas dialogará el “pequeño filósofo” con el novelista, a quien luego presenta obsesionado con sus animales de corral. Termina justificando la novedad de su artículo: “Y este es el relato de una tarde pasada con el insigne novelista: relato tosco, sencillo, escueto, sin las brillanteces, requilorios, arrequives y pompas vanas con que nosotros, los periodistas, solemos quitar a nuestra prosa el encanto del desaliño, de la vaguedad y de la incongruencia”.

            La lectura de este artículo de Azorín nos permite comprobar una vez más lo poco fiable que resulta el Galdós de Yolanda Arencibia, que obtuvo el premio Comillas de biografías. Afirma que en su visita Azorín coincidió con Rafael González “Machaquito” y con otras personas, entre ellas el sobrino del escritor, del que al parecer dijo “que posee ingenio satírico y mordiente”. Fantasías de la biógrafa. Lo que se afirma en el artículo es otra cosa: “La otra tarde –dice el maestro-- estuvo aquí con Pepe, mi sobrino, y se pasaron la tarde echando globos”.

            Galdós, un hombre aparentemente sin secretos, estaba lleno de ellos. Algunos se insinúan en estas páginas, que contienen algo más que “una serie de documentos” poco conocidos, según se indica en la nota de la contraportada. Son, sobre todo, y salvo alguna excepción, literatura, fascinante literatura.