jueves, 30 de abril de 2026

La superstición de la novela

 

Miguel Pardeza
Los últimos días de Alejandro Reig
Renacimiento. Sevilla, 2026.

Miguel Pardeza, antes que investigador literario y escritor, fue futbolista profesional al que todavía recuerdan los buenos aficionados. Ahora es uno de los máximos especialistas en la obra de César González-Ruano, destacado ensayista que sabe aunar la erudición y el rigor estilístico, y autor de dos modélicas narraciones autobiográficas, Torneo (2016) y Angelópolis (2020). Tras tantear otros géneros, como el aforístico, tan devaluado hoy día al convertirse en una moda, se enfrenta por primera vez a lo que para muchos, entre los que no me cuento, es el género estrella de la literatura: la novela.

            Resulta curioso lo que ha ocurrido, en el último medio siglo, con la novela, que de ser un pasatiempo y poco más que un subgénero literario, ha pasado a ser la representación máxima de la creación literaria, lugar que en otro tiempo ocuparon el poema épico, ya mera arqueología, y el teatro, que parece haber dejado de ser obra literaria para convertirse en guion, a veces simple guía, del espectáculo escénico.

            No deja de ser cierto que el prestigio literario puede alcanzarse con la poesía o con el cuento, o incluso con el ensayo (ahí está el caso de Fernando Savater), pero que la profesionalización solo puede conseguirse publicando novelas. Una condición, en todo caso, quizá necesaria, pero no suficiente.

            Los últimos días de Alejandro Reig, la primera incursión de Miguel Pardeza en el género, es una obra metaliteraria. El narrador ha escrito su primera novela y, dudoso de su mérito, les pide opinión a varios amigos y también a un escritor que admira y al que considera su maestro, Alejandro Reig. El juego metaliterario no se lleva hasta un sorprendente final: la novela que ha escrito el narrador y la que nosotros leemos podrían acabar siendo la misma, los protagonistas de ambas se llaman de igual modo, Samuel, y ambas tienen relación con la pasada pandemia.

            Hay abundantes precedentes de un relato basado en la relación entre un maestro y su discípulo. Henry James ha escrito admirables relatos al respecto y una poco leída novela de Azorín, El escritor, trata precisamente del velado enfrentamiento entre un autor célebre que inicia su decadencia (trasunto del propio autor) y otro joven que se inicia en la literatura lleno de brío (quizá de Dionisio Ridruejo, al que se dedica la obra).

            El problema de esta novela de Pardeza es que no parece demostrar un gran conocimiento de la vida literaria. El narrador es tan ingenuo que se ilusiona porque el padre de una amiga suya conoce a un ejecutivo de Planeta y le va a pedir que publique su novela en cualquiera de las editoriales del grupo. Y nada de lo que se nos dice de Alejandro Reig nos permite suponer un especial talento, entrever la genialidad que su discípulo le supone. Ha abandonado la escritura, y estas son las razones que da para ello:   “Qué importancia puede tener un trabajo que ocupa a unos cuantos y disfrutan unos pocos?”, A eso añadía “su inflexible opinión de que todos estaban abocados al olvido, incluso los que hasta el momento habían sorteado la devastación de los siglos”. Esta opinión, que Borges expresó de mejor manera (recordemos su “A un poeta menor”: “La meta es el olvido. / Yo he llegado antes”) al joven protagonista “le sacaba de quicio”.

            El narrador se esfuerza en presentarnos a su maestro como un sabio desengañado de la literatura, pero nosotros le vemos solo como un viejo y malhumorado borrachín. Lo peor de los escritores –le repetía más de una vez-- no es su vanidad, sino el creer que se dedican “al mejor de los oficios, el más noble, sin el cual el mundo ardería como una tea o no sería capaz de avanzar en dirección correcta”. Y luego denunciaba las corrupciones del mundo literario, al menos tal y como él las había visto en su natal Zaragoza: “el caso abominable de ese escritorzuelo que se había vendido para que le dieran un premio, o el de aquel que se rebajaba por una columna de periódico, o el de aquel otro que se ensuciaba las manos sobando celebridades”.

            Si muchos reparos le pusieron sus amigos a la primera novela del ficticio Samuel, no menos le podrían poner a esta segunda, una minuciosa crónica del tiempo que pasó en Islantilla durante el último mes de la vida de Alejandro Reig, que parece irse redactando en el momento que ocurren los hechos, pero que al final nos enteramos de que está escrita años después. El principal: que no cite ni una sola vez el diario y las notas que Reig iba escribiendo durante el tiempo de su retiro, a pesar de que nos informe de que pasaron a su poder, y que podrían darle algo más de complejidad al personaje.

            Si vale poco como novela de escritores Los últimos días de Alejandro Reig, se salva en cambio como novela psicológica: las relaciones entre el viejo maestro y sus dos últimos amores, Tess y Frida, y de esta última con el narrador, están vistas con inteligente sutileza. También resulta un acierto la descripción de Islantilla y otros lugares de la costa onubenses fuera de la temporada turística, o el personaje del pescador que se mueve en una ambigua zona gris en sus relaciones con los narcotraficantes.

            Destacado ensayista e investigador literario, Miguel Pardeza tiene innegables habilidades de narrador. Pero si le bastaron para escribir dos compactos y matizados relatos autobiográficos, no resultan suficientes cuando se aventura en terrenos en los que parece no demasiado ducho, como la industria editorial y los entresijos de la sociedad literaria contemporánea. La superstición de la novela le ha jugado una mala pasada.

martes, 21 de abril de 2026

La verdad sobre Chaves Nogales

Juan Carlos Mateos
Manuel Chaves Nogales, la construcción de un mito
Espuela de plata. Sevilla, 2026.

La recuperación de Manuel Chaves Nogales en los últimos años es un caso insólito en la literatura española, y quizá en cualquier literatura. Fue uno de los más conocidos periodistas antes de la guerra civil y el que con más acierto supo recoger en libros la labor dispersa, o más bien anticipada, en diarios y semanarios. A la crónica y a la biografía de personajes famosos, como el torero Juan Belmonte, le añadió los recursos de la ficción y consiguió así obras que todavía se siguen leyendo con el mismo interés que cuando fueron publicadas. Tras su temprana muerte, en 1944, pareció desaparecer por el escotillón del olvido, como le ocurre a la mayor parte de los periodistas un tiempo famosos. Contribuyó a ello el que los dos libros que publicó después de 1936 aparecieron en América y apenas tuvieron repercusión. Conviene señalar, sin embargo, que ese olvido nunca fue total: su Juan Belmonte, matador de toros se siguió reeditando en edición de bolsillo y nunca dejó de tener admiradores.

            A diferencia de otros casos, como el de Max Aub o Ramón J. Sender, el rescate de Chaves Nogales no fue una moda pasajera. Mientras que Aub, Sender o tantos exiliados son ya figuras de la historia literaria más que de la actualidad, Chaves Nogales sigue siendo un éxito seguro para cualquier editorial y quienes se dedican a investigar su vida y recuperar su obra dispersa protagonizan a menudo ásperas polémicas.

            El éxito actual de Chaves Nogales comenzó con el descubrimiento de un libro, A sangre y fuego, publicado en 1937, por parte del editor y librero de viejo, además de poeta, Abelardo Linares. Siguió con una errónea lectura del prólogo a ese libro, llevada a cabo, con el apasionamiento que le caracteriza, por Andrés Trapiello, que encontró en él los mejores argumentos para justificar su deriva revisionista sobre la república y la guerra civil. Los impactantes relatos de A sangre y fuego no eran crónicas periodísticas, sino ficción basada en hechos reales. De la misma manera, el prólogo tenía mucho de autoficción. Pero la errónea lectura que de él hizo Trapiello fue seguida prácticamente por todos los que desde entonces se ocuparon de Chaves Nogales, no solo por los intelectuales que como él renegaban del progresismo de su juventud (Azúa, Savater, Juaristi): También para destacadas figuras de la izquierda, Chaves Nogales quedó entronizado como el héroe y mártir de la tercera España, de la que en la guerra civil estuvo contra los dos bandos porque nunca quiso ser comunista ni fascista, porque no utilizaba la barbarie de los unos para justificar las de los otros.

            Juan Carlos Mateos, tras rescatar en el libro Junto al pueblo en armas, los editoriales de Chaves Nogales en el diario Ahora cuando estuvo bajo su dirección, nos ofrece en La construcción de un mito muy precisas evidencias documentales que pueden volver del revés la imagen hoy generalizada del escritor, aunque no parece que vayan a conseguirlo, tanto por insuficiencias metodológicas como porque los mitos, una vez asentados, son capaces de resistir cualquier argumentación racional que los ponga en duda.

            Los aportes documentales de Juan Carlos Mateos, fundamentalmente las actas del Consejo Obrero a cargo del periódico tras ser incautado a su propietario, Luis Montiel, van acompañados de continuas salidas de tono, más propias del panfleto, y de confusas o prescindibles minucias sobre el periodismo y los periodistas de la época que dificultan la lectura y distraen de lo esencial.

            El erudito que parece atragantarse con su mucha información (dedicó su tesis doctoral, de 1996, a la prensa diaria en Madrid durante la guerra en Madrid y ha seguido fatigando archivos), se deja llevar demasiado a menudo por los malos modos del peor periodismo. Andrés Trapiello, en una cita de la que por cierto no se indica la procedencia, “da rienda suelta a su acrisolada verborrea”. Claro que peor parada sale María Isabel Cintas Guillén, la primera editora y biógrafa de Chaves Nogales, sobre la que ironiza: “Comprendo que, para una catedrática de lengua y literatura, analizar morfológicamente una frase con sujeto, verbo y predicado, es una tarea irresoluble”.

            Sorprende, por otra parte, que un estudioso que hace gala de contraponer el dato preciso al bulo interesado no deje de hacerse eco de un supuesto documento en el que el espionaje republicano advertía en noviembre de 1937 al presidente del Consejo, Juan Negrín, de que tres individuos habían partido de Salamanca a París “con orden de asesinar a Chaves Nogales”. ¿Abandona el escritor la España republicana de no muy gallarda manera y los franquistas quieren premiar ese hecho con su asesinato? Y por si eso no fuera poco los espías republicanos avisan a Negrín, que por aquellas fechas debía estar muy preocupado por los riesgos que corría el periodista desertor.

            Algo de deserción tuvo el abandono del periódico del que era director en noviembre de 1936, cuando el gobierno republicano, ante la anunciada inminente caída de la capital, se trasladó a Valencia. Pero él no se quedó en esa ciudad a seguir defendiendo la República, sino que de inmediato se trasladó a un lugar más confortable para seguir desarrollando su exitosa labor periodística, París. Sus fuentes de información sobre la guerra civil, a partir de esa fecha, fueron de segunda mano. El famoso prólogo a los impactantes relatos de A sangre y fuego no es más que un intento de justificación, ante los demás y ante sí mismo, de un comportamiento, si no censurable, no precisamente heroico ni ejemplar. En un artículo de agosto de 1936 criticaba a “los espíritus más simplistas y elementales” que decían que la guerra en España era un enfrentamiento entre el comunismo y el fascismo. Él lo explicaba de otra manera. La lucha era entre una República democrática y unos militares sublevados, una republica “sostenida por el proletariado organizado que, naturalmente, seguirá luchando por sus ideales socialistas, pero dentro ya de una legalidad y un posibilismo que no serán perturbados más que por la utopía de los núcleos anarquista que hay que ir reduciendo, y por los residuos criminales que las revoluciones y las guerras civiles ponen a flote”.

            ¿Mentía en ese momento o cuando explicaba las razones de su marcha en el mitificado prólogo de A sangre y fuego? Más bien parece que en el segundo caso. Chaves Nogales era un notable periodista y un magnífico escritor, pero en cuanto a las exigencias de veracidad en lo que contaba se tomaba libertades más propias del novelista que del periodista. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, se puso al servicio del Ministerio de Exteriores francés para difundir en el extranjero la versión oficial del conflicto. Esas crónicas, que el autor sin duda preferiría olvidar, rescatadas recientemente por Yolanda Morató, fueron rebatidas punto por punto en La agonía de Francia, un libro publicado en 1941 cuando ya trabajaba, de manera oficiosa, para los servicios de prensa del gobierno inglés.

            ¿Un héroe Chaves Nogales? ¿Una figura ejemplar, un santo laico, un periodista independiente que solo buscaba la verdad y que por eso fue perseguido y marginado por los unos y los otros, los fascistas y los republicanos, esto es, “los comunistas”? Nadie que se acerque a él sin prejuicios puede estar de acuerdo con esa afirmación, Era únicamente un buen profesional que tomó, en cada momento, y nadie puede reprochárselo, las decisiones que creyó más convenientes para sí mismo y para su familia.


miércoles, 15 de abril de 2026

Pequeña y gran historia

 

 

Carlos Alberdi
Ortega y Gasset ante Lista
Abada Editores. Madrid, 2026.
 

Recorrer una calle de principio a fin es algo más que recorrer una calle. Si lo hacemos sin prisa, fijándonos en todo lo que nos llama la atención, y en buena compañía, es también un paseo por la historia y la sociología de un país.

Ningún acompañante mejor que Carlos Alberdi, siempre bien informado pero que habla lo justo, que se fija en lo grande y lo pequeño, y que en Ortega y Gasset antes Lista nos propone un paseo por una de las calles del barrio de Salamanca y por dos siglos de historia de Madrid, desde el reinado de Isabel II hasta el reino de taifas que ahora preside otra Isabel, la presidenta de la Comunidad.

            No se mete en política Carlos Alberdi, salvo en la defensa del liberalismo, esa palabra que él toma, no en el sentido actual, sino en el originario, el de las cortes de Cádiz. A fin de cuentas, dos ilustres liberales fueron los que dieron nombre a la calle: el filósofo Ortega y Gasset, desde 1955, y antes, desde 1871, Alberto Lista, al que hoy apenas si se recuerda porque fue el maestro de Espronceda y de la mejor juventud de su tiempo.

            Ortega trajo la República, pero pronto se arrepintió; anduvo brevemente por el exilio antes de volver cabizbajo a la España de Franco, que le perdonó a medias y que quiso honrarle dando su nombre a una de las calles principales de la capital. Se lo dio, pero no del todo: la parada del metro siguió llamándose Lista y ese nombre se mantuvo en parte del barrio. Alberto Lista había sido masón y afrancesado, como recordó poco antes una biografía escrita por un hispanista alemán, y fue en tiempos del rey Amadeo cuando se dio su nombre a una calle. Mejor apropiarse del filósofo ilustre que acababa de fallecer –pensaron las autoridades de entonces-- que seguir honrando a un afrancesado.

            Al comienzo de la calle, hay unos grandes almacenes que ocupan el lugar de un palacio: el palacio de Anglada. Como había sido construido en el siglo XIX, no hubo inconveniente, en la iconoclastia de los años sesenta, en dar permiso para echarlo abajo. A partir de los años ochenta, ya se actuaría de un modo más respetuoso, o más hipócrita, y unos edificios de pisos de alquiler, con la fachada principal hacia la Castellana, en los que vivieron Pedro de Répide o Zenobia Camprubí (“una de las mujeres más modernas del Madrid de los años veinte que se casó con el chico más brillante y difícil de la ciudad”, como nos informa el guía), fueron vaciados por entero para la instalación del Banco de Santander, pero conservaron la fachada.

            Carlos Alberdi nos informa de la novelería, como de novela decimonónica que acompaña al Corte Inglés, con ese hijo que se casa a escondidas de su autoritaria madre y adopta en secreto a las hijas de su mujer, o de cómo la familia fundadora del Santander, los Botín, aunque siga al frente, es solo propietaria de poco más del uno por ciento de las acciones.

            El tramo de la calle Ortega y Gasset entre Serrano y Claudio Coello, está ocupado por tiendas de lujo, comenzando por la neoyorquina y peliculera Tiffany. El autor aprovecha para recordarnos la teoría del economista Thorstein Veblem sobre el gasto ostentoso, que habla de que “buena parte de las decisiones económicas se toman para demostrar poder o por otras equivocadas razones”.

No están muy claras las razones por las que el reloj de pulsera masculino, el reloj tradicional, no el que nos cuenta los pasos o nos mide las pulsaciones, se ha convertido en uno de los objetos de lujo más deseados. Quizá porque, como afirma cierta publicidad, “el reloj sea la única joya que puede lucir sin desdoro un caballero”.

            La arquitectura del siglo XX dejó muestras destacadas en esta calle y Carlos Alberdi nos las va señalando y explicando sus pormenores una a una, también va contando los árboles que hay en una y otra acera. En total, son setecientos cincuenta, lo que no es poco.

            La calle va perdiendo su glamour según avanza y se hace más menestral, aunque nunca demasiado, y más tradicionalmente madrileña. En ella queda el recuerdo de los edificios que se convirtieron en cárceles durante los años de la guerra civil y de la posguerra. Por una de ellas, la de Torrijos, pasó Miguel Hernández.

            Un empresario no menos exitoso ni más escrupuloso que el marqués de Salamanca, fundador del barrio, Juan March, tuvo su residencia, desde los años veinte, en un palacete parte de cuyo jardín da a esta calle. Hoy es sede de la Fundación March, meritoria institución que ha cumplido con creces su papel de santificar una fortuna de origen más bien dudoso.

            La larga calle, que fue creciendo a lo largo de los años, termina en un parque dedicado a Eva Perón, recuerdo agradecido a aquella singular mujer que trajo un poco de alegría a la famélica España de los años cuarenta.

            La historia y la unamuniana intrahistoria se entrecruzan en estas páginas que se leen relajadamente y sin fatiga, como quien da un agradable paseo.

No hay calle –en la gran ciudad o en el más apartado rincón-- que no sea, además de un escenario de la vida actual, un yacimiento arqueológico, un testimonio del tiempo que pasa y que parece esforzarse en ir borrando rápidamente sus huellas, aunque quizás nunca lo consiga del todo.

 

 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

El misterio de la calavera

 

Miguel Barrero
La cabeza de Goya
Xordica. Zaragoza, 2026.

Cuando se exhumaron los restos de Goya, en el cementerio bordelés de La Charteuse, allá por 1888, se descubrió que a su esqueleto le faltaba el cráneo. Tantos años después sigue sin saberse quién lo hizo desaparecer y dónde se conserva, si es que se conserva.

            Con esa historia que podía dar lugar a una narración efectista y truculenta, a la manera de las que escribió Pedro Antonio de Alarcón y que, con el añadido de zombis y vampiros, tanto tirón popular siguen teniendo hoy, Miguel Barrero, que no olvida sus orígenes periodísticos, ha escrito un bien informado reportaje que se lee como una novela de misterio.

            El prólogo, una variante del recurso al manuscrito encontrado (en este caso, un manuscrito olvidado), podía hacernos pensar que Miguel Barrero va a incurrir en el género de la autoficción, popularizado por Javier Cercas y tan mal entendido por Almodóvar en su Amarga navidad, pero el autor tiene la delicadeza de ocupar pocas veces el primer plano. El libro, según nos cuenta, surgió tras una estancia en Burdeos acompañado de Sofía, pero nada más sabemos de esa estancia ni de quién es Sofía. Y cuando nos narra su visita al lugar en que nació y vivió Montaigne lo hace en una discreta tercera persona. aludiéndose a sí mismo como “el viajero”.

            La referencia a Montaigne no solo tiene que ver con el asunto de la calavera, también es una manera de indicarnos el género al que se adscribe el texto, el libérrimo ensayo, que no excluye la erudición, sino a menudo todo lo contrario (pensemos en las citas en latín del propio Montaigne), pero que la pone al servicio de otra cosa muy distinta.

            En La cabeza de Goya, la desaparecida calavera del pintor da a veces la impresión de funcionar como un McGuffin, un poco a la manera del halcón maltés en la novela de Dashiell Hammett y en la película de John Huston. Es solo un pretexto para hablarnos de otros asuntos y de otras vidas que no son la de Goya.

            Pero a Goya se le retrata de minuciosa manera en sus años de exiliado voluntario en Burdeos, acompañado de otros españoles que, o bien habían servido al rey José o estaban relacionados con el trienio liberal. Entre ellos, Moratín, cuya correspondencia con Juan Antonio Melón nos ofrece precisos apuntes de cómo transcurrían los días, no demasiado tranquilos, del anciano Goya en la ciudad francesa.

            Pero hay otras muchas otras vidas que se van entrecruzando, de manera real o figurada, con la del protagonista. La primera es la de Joaquín Pereyra, el cónsul español en Burdeos, que, paseando por La Charteuse, descubrió casualmente el olvidado lugar en que estaba enterrado el pintor. Aparece en el capítulo inicial del libro, el de más empaque literario.

            También aparece en estas páginas un pintor, Dionisio Fierros, nacido en Ballota, muy cerca de Cudillero, en 1827. Miguel Barrero considera que su arte, muy apreciado en su tiempo, carece hoy de interés, pero varios de sus cuadros, como “Un palco en el Teatro de la Ópera”, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Asturias, conservan intacta su capacidad de fascinación. Otra obra de Dionisio Fierros le lleva a formar parte de esa historia. Fue descubierta en 1928 y en su parte posterior aparece la inscripción “Cráneo de Goya pintado por Fierros”.

            Un nieto del pintor, Dionisio Gamallo Fierros, que fue quien rescató buena parte de las páginas olvidadas de Bécquer y sacó a la luz muchos de sus secretos biográficos, publicó en El Español, el semanario fundado por Juan Aparicio, un artículo titulado “¿Robó mi abuelo la calavera de Goya?”. Nos quedamos con ganas de saber más de Gamallo Fierros, a quien Dámaso Alonso, retrató en el prólogo a uno de sus libros: “Valiente Dionisio, con tu carterón tan preñado, que pesa tanto que se te va quedando rezagado siempre, como un niño gordo que llevaras de la mano y se te cansara de andar, dejándote atrás, casi perdido”.

            Otro capítulo, que nos sabe a poco, se dedica a la frenología y a Mariano Cubí y Soler, su máximo divulgador en España. La desaparición del cráneo de Goya quizá tuvo que ver con esos estudios que pretendían descubrir los rasgos del genio y de la locura en la forma de la cabeza.

            El que el segundo cuadro que Fierros dedicó a una calavera –esta vez vista por atrás-- se encuentre depositado en el museo de la Casa Natal de Jovellanos le sirve a Barrero para hablarnos de este ilustrado y de los dos retratos suyos firmados por Goya, cada uno representativo de un momento de su trayectoria vital. A Jovellanos, “según una tradición nunca confirmada”, se le atribuye, en su lecho de muerte, la frase con la que Miguel Barrero quiere trascender la historia de la calavera perdida: “¡Nación sin cabeza!”

            Hay algún lapsus disculpable y fácilmente subsanable en tantos detalles precisos: el Gran Teatro de Burdeos, que tanto le gustaba frecuentar a Moratín, no pudo inaugurarse en 1890 (fue en 1780), y a los exiliados españoles no los vigilaba la policía francesa por antimonárquicos (pronto defenderían a la reina regente y a su hija, la futura Isabel II), sino por liberales, por partidarios de una monarquía constitucional.

            Pero se trata de reparos menores, muy menores, a un libro que podría ser una novela, pero que, afortunadamente, no es una novela, ese género cuya importancia comercial, como parte de la industria del entretenimiento, suele confundirse con su importancia cultural.


jueves, 2 de abril de 2026

No hay creación sin crítica

 

Javier Salvago
La vejez del poeta
Renacimiento. Sevilla, 2026.

Un libro puede ser ilustrativo tanto por sus errores como por sus aciertos. Javier Salvago destacó entre los poetas de los ochenta por su recuperación de la métrica clásica unida a un tono conversacional en el que no faltaba el recurso al humor (La destrucción o el humor se tituló precisamente la obra que le dio a conocer) junto a los homenajes a otros autores.

En La vejez del poeta predominan las estrofas clásicas, especialmente las de arte menor, y ocupan un lugar muy destacado, como en sus primeras obras y en otros poetas de los ochenta (pensemos en Carlos Marzal), las referencias a Manuel Machado.

“Variaciones sobre un poema de Manuel Machado” se titulaba un poema incluido en su libro En la perfecta edad, de 1982. Escrito en los característicos pareados alejandrinos de los autorretratos de Machado comenzaba citando uno de ellos, “Prólogo. Epílogo” de El mal poema: “El médico me manda no escribir más. Renuncio, / pues, a ser un Verlaine, un Musset, un D’Annunzio”.

            “Cuarenta años más tarde” reescribe el poema propio que ya reescribía un poema ajeno: “El médico me manda –de nuevo, como antaño-- / no escribir más. O, al menos, que entierre el desengaño”.

            Otro poema lleva un título de Gil de Biedma, “Canción para ese día”, y un subtítulo explicativo: “Variaciones sobre unos hai-kais de Manuel Machado”. También se parafrasea a Bécquer y se cita, sin citarlo, a Francisco Brines: “a debida distancia/ cualquier vida / es de pena”. Pero todo da la impresión de hacerse mecánicamente, gratuitamente, sin aparente necesidad.

            La Inteligencia Artificial, a la hora de redactar poemas, no parece alejarse mucho de la Inteligencia Natural de ciertos poetas: encadena y entremezcla referencias de textos anteriores, se deja llevar por la rima. Comete errores (los versos no suelen llevar los acentos en el lugar adecuado), pero no ciertos errores, como los que encontramos en “Consejos para ti mismo”. Se trata de un romance en versos heptasílabos al que de pronto le falla una de las rimas: “Que no sea un adorno / vano la poesía, / sino respiración, / naturaleza viva. / Escucharte a ti mismo / mucho más que a las musas. / Conversar con el hombre / que dentro de ti habita”. La Inteligencia Artificial no escribiría “musas”, sino acaso “misas” y entonces el usuario corregiría por “prisas” y así quizá mejoraría el poema: “Escucharte a ti mismo, / mucho más que a las prisas”.

            El consejo más importante que se da a sí mismo Javier Salvago en ese poema es “no escribir tonterías”. Yo lo completaría: y, si se escriben, al menos no publicarlas o hacerlo solo en alguna red social sin recopilarlas en libro.

            La vejez del poeta echa la vista atrás “desde la última vuelta del camino”, para decirlo con el título que Baroja dio a sus memorias. La décima inicial comienza: “No digo yo que esté mal hecho / el mundo ni que la vida / no merezca ser vivida”, pero conduce “a la muerte, / a la nada y al olvido”. Esa visión negativa de la muerte se contradice en otros textos: “¿Vivir eternamente? / La vida se soporta / porque existe la muerte”.

            Uno de los pocos poemas que justifican el libro es el soneto “Al final del túnel”, que utiliza la técnica del engaño-desengaño formulada por Bousoño, y que acaba identificando “La luz. La trascendencia. La belleza” con “la nada”. Con un tono muy distinto, otro de los poemas que se salvan es “Zombi, mi gato negro”, en el que parece haber seguido el consejo que le da “el médico” (el psicólogo, más bien) en “Cuarenta años más tarde”: “Que haga como hacen tantos admirables colegas / que hasta lo más humilde y simple lo celebran”.

            En el poema que da título al conjunto, se lamenta de “acabar viejo y cansado” tras dejar “una obra / gratis, a costa de tu tiempo, / de tu dinero y tu energía”. El lector sonríe ante tanta ingenuidad: si la poesía no produce, por lo general, dinero no es porque los poetas generosamente la regalen, sino porque sus libros se venden poco y nadie paga por acudir a sus recitales.

            Un libro de poemas es algo más que una recopilación de poemas mejor o peor redactados, de ejercicios más o menos ingeniosos. El ingenio no lo ha perdido del todo Salvago ni la habilidad retórica, como demuestran sus sonetillos trisílabos, “La poesía” y “La vida” (tan manuelmachadianos, una vez más). Pero qué sentido tiene, salvo para practicar ortografía, un poemita como el titulado (con eco de Aleixandre) “Sombras del paraíso”: “Cuánto / dolor / hay / ahí. / Ay, / infancia”. Y tantos otros, meros desahogos o compendio de obviedades , como el “Rap de la guerra”.

            Escribir versos dejándose llevar por el metro, apuntar ocurrencias, aprovechar (sin pagar derechos, como se reprocha a la Inteligencia Artificial) textos ajenos es solo la fase previa, muy previa, de un libro de poemas. El trabajo, el verdadero trabajo literario, empieza después.

Un desganado Javier Salvago parece haber renunciado a hacer ese trabajo. Y no ha habido ningún editor (en el sentido inglés del término) que le haya ayudado en esa imprescindible labor que, cuando el poeta es joven, suele cumplir un amigo, poeta o no, pero excelente y atento lector (en su caso, fue Fernando Ortiz). Sin crítica y autocrítica no hay creación, salvo “por casualidad”, como en la fabulilla de Iriarte.




           

miércoles, 25 de marzo de 2026

Azar y destino

 

Francisco Fuster
Insobornable. Vida de Gaziel
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026.

Dos de los más destacados periodistas de las décadas anteriores a la guerra civil, Chaves Nogales y Gaziel, pseudónimo de Agustí Calvet, tuvieron un destino semejante. Un olvido durante largos años y una tardía recuperación. Pero la recuperación del primero ha resultado más duradera y exitosa que la del segundo. De Chaves Nogales se reeditan todas sus obras y hasta se rescatan las mínimas colaboraciones periodísticas; a Gaziel se le elogia, pero se le lee bastante menos y todavía queda buena parte de su obra periodística, escrita mayoritariamente en castellano, sin recoger en libro.

            El ostracismo político que sufrió Chaves Nogales por estar, como Unamuno, contra la barbarie de los “hunos” y los otros, se ha vuelto finalmente a su favor, al considerársele representante máximo –el apasionamiento de Andrés Trapiello ha tenido mucho que ver con ello-- de una mitificada “tercera España”; el de Gaziel por querer hacer de puente entre Cataluña y el resto de España sigue colocándole en una tierra de nadie: demasiado catalán para los españolistas, demasiado español para los catalanistas.

            Francisco Fuster, que ha escrito sintéticas biografías de Julio Camba y de Azorín, publica ahora una “Vida de Gaziel” con el título de Insobornable. ¿Fue “insobornable” –una cualidad moral-- el periodista Gaziel, el ciudadano Agustí Calvet? En una nota de su dietario Meditaciones en el desierto, que abarca de 1946 a 1953 y fue publicado póstumamente, censura ásperamente “el mutismo miedoso y absoluto de la intelectualidad española que vive dentro de España”. Francisco Fuster, con razón, apostilla que se olvida decir que su mutismo de entonces no fue menos miedoso ni menos absoluto. Y además, como Pérez de Ayala, como tantos otros intelectuales que al principio simpatizaron con la República, intentó aproximarse al franquismo y, si no logró ser parte del nuevo régimen, fue porque Franco, como Roma, “no pagaba traidores” y despreciaba a los liberales, por conservadores que fueran, o se hubieran vuelto, tanto como odiaba a masones y comunistas.

            Gaziel marchó de Barcelona, donde era director del periódico más importante, La Vanguardia, muy poco después de iniciarse la sublevación militar y comenzar, en la zona republicana, otra sublevación contra las autoridades “burguesas”. Durante la guerra, en el exilio francés, firmó un manifiesto de apoyo a Franco y colaboró en las actividades de espionaje a favor de los sublevados que organizaba y financiaba Francesc Cambó. En Bruselas, trabajó varios meses como agregado de prensa y cultura en la Casa de España, “un nido de falangistas”, según comenta por carta a su hijo, y cuyo director era Eduardo Aunós, que había sido ministro con Primo de Rivera y lo volvería a ser posteriormente con Franco.

Eduardo Aunós, aparte de destacado jurista, presumía de ser un intelectual y publicó abundantes libros sobre los más variados temas –incluso compuso una ópera Don Juan en Venecia, que llegó a estrenarse--, pero siempre contó para ello con manos ajenas (Eugenio d’Ors decía que, si hubiese leído todo lo que había publicado, sería el hombre más culto del mundo). Gaziel fue uno de los “escritores fantasma”, para decirlo a la manera inglesa, de su Itinerario histórico de la España contemporánea, aparecido en 1940.

            De poco le valieron a Gaziel estos intentos de congraciarse con el nuevo régimen. A poco de volver a España, se le abre un proceso “por responsabilidades políticas”, esto es, por su labor al frente de La Vanguardia, por entonces expropiada y convertida en La Vanguardia Española. La denuncia procedía, curiosamente, del propietario del periódico, Carlos Godó, y acabaría volviéndose contra él: el contrato de Gaziel como director especificaba que la orientación del mismo debería contar siempre con la aprobación de la empresa.

            Agustí Calvet, nacido en 1887, iba para profesor universitario cuando una guerra le convirtió en periodista. Su padre, con quien siempre tuvo una relación conflictiva, quería que estudiara Derecho y opositara a notarías; a él le interesaba más la literatura. En el verano de 1914, se encontraba en París haciendo vida de estudiante. Ya colaboraba por entonces en La Veu de Catalunya y era una de las jóvenes promesas del resurgir catalanista que encabezaba Prat de la Riba. Pero las notas que había escrito en París al comienzo de la guerra fueron a parar a manos de Miquel del Sants Oliver, codirector de La Vanguardia, y este le convenció para que las reelaborara como artículos y las publicara en su diario, que se publicaba en castellano, pero pagaba mejor que los escritos en lengua catalana. Tuvieron un éxito inmediato y Gaziel se convirtió en uno de los más leídos y aplaudidos cronistas de la Gran Guerra. La promesa del catalanismo se convirtió así en un renegado de la lengua catalana, como poco después haría Eugenio d’Ors, algo que en ciertos medios nunca se les perdonaría del todo.

            En la última década de su vida, el gran periodista en lengua española, el que alternaba en El Sol o en Ahora con Ortega, Baroja y los más destacados nombres de la Edad de Plata, vuelve a ser el escritor catalán que había sido en sus comienzos. Publica entonces varios libros memorables, entre ellos su autobiografía y una trilogía viajera sobre la que el considera una península inacabada, la que forman España y Portugal. En “Entendimiento de la Península Ibérica”, prólogo a la versión española del primer título de esa trilogía, Castilla adentro, condensa su personal visión de la historia de España.

            Como analista político (a sus colaboraciones durante los años de la República les dedica Fuster un minucioso capítulo), no parece que Gaziel resista bien el paso del tiempo. Hoy nos interesan más sus Pláticas literarias, rescatadas recientemente por el propio Fuster, sus crónicas de la Primera Guerra Mundial, sus notas viajeras y sus proustianas evocaciones del mundo de ayer.



miércoles, 18 de marzo de 2026

Las cosas como fueron

 

Margarita Nelken
La vida y las mujeres
Fundación Banco Santander. Madrid, 2025.

No sin razón, los editores suelen rechazar las recopilaciones de artículos, a no ser que su autor sea un periodista estrella y solo mientras dura la moda. Y sin embargo, cuando pasa el tiempo, el periodismo, tan ligado a la efímera actualidad, suele ser más legible, al contrario de lo que decía Oscar Wilde, que la pretenciosa literatura.

            La vida y las mujeres incluye, fundamentalmente, los artículos que Margarita Nelken publicó en El Día en los años finales de la Gran Guerra, luego denominada Primera Guerra Mundial. Las reflexiones sobre el feminismo pueden haber amarilleado con el tiempo, pero no así el retablo de mujeres –no solo españolas-- que aparecen en las dos secciones iniciales, “Semblanzas” y “Conversaciones”. Para el lector curioso, no hay novela histórica que las supere en amenidad y verdad.

            Margarita Nelken, que entonces tenía poco más de veinte años, es todo un personaje, una de las figuras centrales de la cultura española de la primera mitad del siglo XX. La madre era francesa, el padre español, pero de origen alemán, su educación tuvo poco que ver con la de las españolas de su tiempo. La actividad política --fue diputada durante las tres legislaturas republicanas-- perjudicó su consideración en otros campos, como el de la crítica de arte. Militante primero del partido socialista, en el ala más radical, la de Largo Caballero, pasó luego al comunista y se la relaciona con algunos de los crímenes más deplorables ocurridos en la zona republicana tras la sublevación militar del 36. 

            Pero cuando escribe los artículos de La vida y las mujeres la guerra civil, con su mezcla de heroísmo y barbarie, todavía no asoma en el horizonte. Otra guerra es aquella que entabla entonces Margarita Nelken: la que busca rescatar a las mujeres de su servidumbre inmemorial.

            También ha marcado negativamente a Margarita Nelken su negativa a otorgar el voto a las mujeres en 1931. Se opuso, lo mismo que Victoria Kent, la primera mujer española que había ocupado uno de esos cargos públicos para los que se creía que las mujeres no estaban capacitadas, frente a la opinión contraria de la tercera diputada republicana, Clara Campoamor. Esa oposición venía de lejos y son varios los pasajes de este libro en que se refiere a ella. “¿Las mujeres deberían votar hoy en España? –escribe en un artículo de 1918--. Desgraciadamente, creemos que no; pues, dada su escasa cultura y la facilidad que por eso mismo ofrecen a toda clase de influencias, el voto actual de la mayoría de las mujeres españolas significaría para España un terrible retroceso”.

            Al margen de ese hecho –Margarita Nelken creía que la igualdad educativa y laboral debería venir antes que el voto y así lo razona repetidamente--, pocas voces tan vigorosas como la suya se alzaron entonces para defender a la mujer y derrumbar los tópicos del antifeminismo. “A propósito de una frase” rebate una afirmación de los hermanos Quintero, quienes no consideraban más progresivo “ese encerrar a las mujeres como tristes esclavas en oficinas antipáticas y odiosas, en las cuales se ajan, se marchitan y son miserablemente explotadas” que el trabajo habitual de las mujeres en talleres de costura, con su “atmósfera de cordialidad”. Margarita Nelken describe la situación real de los talleres de costura, que nada tiene que ver con el bonito cuadro de una muchacha cosiendo “entre un tiesto de claveles y la jaula dorada del canario”.  

            Otro de los artículos se titula “A propósito de un anuncio”. El anuncio, aparecido en uno de los principales diarios franceses dice así: “Se desea: una mecanógrafa, persona muy formal, teniendo nociones científicas para ensayos técnicos”. Margarita Nelken lo considera “un hecho trascendental y, más aún, inaudito”. Y continúa: “¿A qué ingeniero, ni a qué director de fábrica, ni, más sencillamente, a qué comerciante se le hubiera ocurrido hace unos años buscar, para ayudarle en sus ensayos técnicos, a una mujer?”. Estamos en 1917. Hoy lo que nos sorprende de ese anuncio es que ni siquiera se piense que la mecanografía pueda ser cosa de hombres.

            Algunas de las mujeres de las que se habla en este libro, siguen siendo conocidas hoy –Margarita Xirgu, Zenobia Camprubí, Madame Curie--, pero otras requieren una búsqueda en Internet para saber quiénes fueron y qué ha sido de ellas. Podía haber realizado esa labor Alejandra Rodríguez Parragués, encargada de la edición, pero ha preferido limitarse a actualizar la ortografía y añadir entre corchetes el nombre propio de los personajes mencionados solo por el apellido. Un apéndice con las biografías sintéticas de los personajes que pueblan esta galería habría resultado de gran utilidad e interés. Como en una obra de vanguardia, el lector se convierte en coautor y ha de realizar ese trabajo por su cuenta.

            Entre tantas muestras de heroísmo y ejemplaridad femenina, sorprende la entrevista con María de los Ángeles Mancisidor, protagonista de uno de los más famosos sucesos de la crónica negra de la época. Su segundo marido, con el que llevaba dos años casada, la acusó de haber envenenado al primero. La manera con que la mujer defiende su inocencia, en la entrevista con Margarita Nelken, la primera que concede a la prensa tras su detención, es cuando menos curiosa: “Yo tengo un carácter muy violento; si en un arranque de genio yo hubiera pensado en matar a alguien, lo hubiera hecho de frente y no de esa manera tan baja y tan cochina. Y matar, ¿para qué? ¿Qué necesidad tenía yo de ello?”. Su primer marido era un “desgraciado”, que estaba además muy enfermo, y no estorbaba la relación con el amante, que luego sería su segundo marido. Toda una novela negra esta retorcida historia, cuyo desenlace no dejará de sorprendernos y que podemos reconstruir fácilmente con la ayuda de varias páginas de Internet.

            La historia, como la memoria individual, tiende a simplificar el pasado y a acomodarlo a los intereses del presente. Este libro nos presenta las cosas como fueron, como eran en su momento, sin la consciente o inconsciente manipulación a que se someten cuando se evocan desde el futuro.

                                               

martes, 10 de marzo de 2026

El regador regado

 

Andrés Amorós
Los 50 mejores poemas españoles, comentados
Del Arcipreste de Hita a Antonio Carvajal
Fórcola. Madrid, 2026.

“El medio es el mensaje” afirmaba McLuhan en una época en que la televisión parecía que iba a modificar para siempre nuestra manera de ver el mundo. Puede discutirse esa repetida frase, pero no que el medio condiciona el mensaje. Andrés Amorós, bien conocido estudioso de la literatura y de la cultura popular, con espléndidas dotes de divulgador, durante el año 2025 publicó en el diario digital El Debate, unas amenas “Lecciones de poesía” que abarcaban desde la literatura medieval hasta los autores que comenzaron a publicar en los años sesenta del pasado siglo. Eran lecciones con moraleja: hablara de lo que hablara, de Gutiérrez de Cetina o de Zorrilla, siempre encontraba un motivo para arremeter contra el gobierno, culpable de “la terrible caída que ha sufrido la educación humanística en los últimos tiempos”.

            A los lectores de El Debate no resultaba necesario justificarles tal afirmación, ya que coincide con sus prejuicios. Por eso también aceptarían sin rechistar que la causa radica en que ahora en las escuelas, en lugar de leer una versión abreviada del Quijote y aprender poemas de memoria, como en los felices tiempos en que Andrés Amorós era niño, se insiste “en lo lúdico, lo ecológico, el multiculturalismo, lo feminista, lo inclusivo, la descolonización, lo digital, lo igualitario, lo medioambiental, lo resiliente, lo woke lo progresista, lo moderno”.

            Pero esas “Lecciones de poesía” que antes se impartieron para un público convencido de antemano, como los discursos de un mitin, ahora se reúnen en un volumen para todos los públicos. Y ahí empiezan los problemas.

Con el sugerente y machadiano título de Se canta lo que se pierde ya no se nos ofrecen unas “lecciones de poesía”, sino, como leemos en el subtítulo, “los 50 mejores poemas españoles, comentados”. Un subtítulo aclaratorio es un contrato que firman autor y editor. Ese contrato, en este caso, se incumple en casi todos sus términos: cincuenta son los capítulos (más un epílogo), pero varios comentan más de un poema; no son los “mejores” ni siquiera en la subjetiva consideración del autor, sino aquellos que le permiten hablar de asuntos que le interesan, como el fútbol en el caso de ”Oda a Platko” de Alberti; no todos son poemas (el fragmento de La venganza de Don Mendo, por ejemplo) y no todos son españoles, aunque todos estén escritos en español.

Se canta lo que se pierde no es propiamente una antología en la línea de Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana de Menéndez Pelayo, o de otras mencionadas en el prólogo. Explica ello que algunos, de los en verdad mejores poemas, las “Coplas a la muerte de su padre”, de Manrique, o la “Letanía de nuestro señor don Quijote”, de Darío, ni siquiera se incluyan íntegros. Y no se puede justificar ello por su extensión ya que el volumen tiene 565 páginas y además tampoco se incluye íntegro “El viaje definitivo”, de Juan Ramón Jiménez, de solo quince versos.

            No es una antología, por lo tanto, sino un conjunto de lecciones sobre literatura, siempre amenas (Andrés Amorós es nuestro primer charlista), pero no siempre fiables. Hay lapsus quizá disculpables en la oralidad o en el apresurado periodismo digital, pero que deben ser revisados cuidadosamente en la versión impresa destinada a permanecer en las bibliotecas.

            Abundan las anécdotas, de primera o de segunda mano, sin demasiado interés o directamente falsas: Gerardo Diego no acudió a saludar a Jorge Luis Borges “en la terraza de un hotel sevillano, frente a la catedral” (fue Torrente Ballester); Muñoz Seca no fue condenado a muerte por un tribunal militar ni firmaba la orden Serrano Poncela (lo que firmó fue su traslado de la cárcel, aunque el resultado fuera el mismo); Miguel Hernández no fue vuelto a detener después de indultado por Franco. De Unamuno se afirma: “En la primera elección, fue uno de los más votados para ocupar la presidencia de la República”. Pero esa elección se realizó en el parlamento y Alcalá Zamora era candidato único.

Escribe Andrés Amorós que “Urtasun, el actual ministro de Cultura, demostró su incultura afirmando que a Miguel Hernández lo asesinaron los franquistas”. No sabemos ni cuándo ni dónde afirmó eso el ministro, sí sabemos que él sostiene imprecisiones semejantes y no por eso se nos ocurre acusarle de incultura, aunque sí de incomprensible descuido.

No voy a entrar en la selección de autores (Pemán sí, Dámaso Alonso no; Oliverio Girondo sí, César Vallejo no) ni en que solo haya una poeta, Rosalía de Castro, pero no puedo dejar de notar los sospechosos errores al copiar ciertos poemas. Uno muy citado de Alberti dice así: “Si Garcilaso volviera, / yo sería su escudero, / que buen caballero era”. Pero Amorós lo reproduce con una variación que circula por Internet: “Si Garcilaso volviera, / yo sería su escudero: / ¡qué buen caballero era!”. Si no tiene a mano una buena edición de Alberti, le bastaría haber consultado, a él o a sus colaboradores, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Hay bastantes más errores (“humor”, por ejemplo, no significa, en ninguna de sus acepciones, “el sabor de la saliva”), pero yo me limitaré a señalar uno ciertamente inexplicable: se citan como de Jorge Guillén (página 207) unos versos que no son de Guillén, pero que le fueron atribuidos en una entrada de Facebook y luego publicados en libro con el nombre correcto del autor. ¿Es Facebook una acreditada fuente de información para un filólogo a la antigua usanza como Amorós? Ese desliz nos hace sospechar que quizá confió demasiado en algún poco fiable colaborador (como ciertos notables historiadores en un libro reciente: Vidas españolas).

Pero la interpretación errónea del “Poema de los dones”, de Borges, solo puede atribuírsele a él. “Nadie rebaje a lágrima o reproche”, leemos en la primera estrofa, su constatación de “la maestría de Dios”, que “con magnifica ironía” hizo que coincidiera su ceguera con el nombramiento de director de la Biblioteca Nacional. Amorós rebaja el poema precisamente “a lágrima o reproche”, resumiendo así el contenido: “¿Quién no se preguntará por qué otro hombre es más atractivo, más sano, más rico, más inteligente o más feliz que yo? ¿Qué ha hecho esa otra persona para merecerlo?”

Trata de combatir Andrés Amorós “la España de Pedro Sánchez y de la pedagogía que desprecia la memoria” con sus comentarios sobre poesía española y su casi antología. No lo hace con las mejores armas. El fácil aplauso de los suyos parece haberle convertido en uno de esos “eruditos a la violeta” de los que hablaba Cadalso.



 

 

 

jueves, 5 de marzo de 2026

Memorias de un fontanero

 

Jorge Verstrynge
Memorias de un transeúnte
Prólogo de Miguel Riera
El Viejo Topo. Barcelona, 2025.

No escasean los casos de intelectuales o de políticos que comenzaron su actividad en la izquierda, o incluso en la extrema izquierda, y que la acabaron en la extrema derecha (ahí están, entre muchos otros, los nombres de Fernando Savater, Jon Juaristi o Félix de Azúa), pero abundan menos los que transitaron en sentido contrario. El caso más notorio es el de Jorge Verstrynge, simpatizante o militante de movimientos fascistas en la primera juventud y luego en la madurez próximo a Podemos, tras recalar antes en Alianza Popular, el partido socialista y el partido comunista.

            Memorias de un transeúnte se ocupa, sobre todo, de su paso por Alianza Popular, donde llegó a ser, o a menos a ser tenido como tal, el segundo de a bordo, tras el gran patrón de la derecha española, Manuel Fraga. Cuenta que cuando abandonó o fue expulsado de ese partido, en 1986, Alfonso Guerra le dijo: “¡Ay! Jorgito… ¿qué has hecho? ¡Tú controlando la derecha, que la tenías ya casi, y yo controlando la izquierda! ¿Quién hubiera podido mover ficha sin nosotros en este país?”

            Esa frase, como tantas otras (Fraga partidario de aplicar el "Nachtund Nebel" de los nazis y la dictadura argentina para acabar con ETA), puede ser puesta en duda, pero no lo que cuenta –con orgullo-- de su actividad en el partido. Fraga le encarga la convocatoria de la Junta Directiva Nacional y él consigue que, “discretamente se desbloqueara una partida de dinero para asegurarles los gastos de viaje y de estancia” a los representantes territoriales favorables a sus tesis; en cuanto a los no favorables, “pues que corrieran con sus propios gastos o que se los pidieran a Fernández de la Mora” (entonces su oponente en el partido). También se vanagloria de sus habilidades para  “centrar”  Alianza Popular. Los secretarios técnicos y gerentes provinciales le remitían listas de afiliados “de la extrema derecha y de franquistas notorios y recalcitrantes”. Lo que pasaba luego, en sus propias palabras, era lo siguiente: “Una vez contrastada la información, yo bajaba a ver a las benévolas y encantadoras señoras que se encargaban de los ficheros y me llevaba las fichas de afiliación de los interfectos. Fraga nunca lo supo, pero muchas noches, cuando ya solo quedábamos en la sede mis escoltas y yo, hacía con ellas una buena hoguera en el correspondiente sanitario, con un enérgico tirón final de la cadena del desagüe”. Lo que no nos cuenta es cómo consiguió que esos expulsados tan drásticamente del partido no protestaran ante su peculiar procedimiento de limpieza ideológica.

            Aprendemos mucho del funcionamiento interno de un determinado partido (los demás no serían muy distintos) con estas memorias de un desprejuiciado “fontanero”, de un experto en inventar encuestas y en triquiñuelas electorales. Cómo se lograba, por ejemplo, no tener que devolver el dinero de los bancos. Para conseguir cuarenta millones de pesetas extra, tuvo que recurrir a veinte aliancistas que “aceptasen suscribir cada uno un crédito personal por importe de dos millones de pesetas, pero con la condición de ser insolventes para que dichos créditos, a su vencimiento, pudieran ser declarados fallidos”. El problema es que no encontró ni un solo insolvente en Alianza Popular y por ello tuvo que recurrir “a los chicos y chicas dieciochoañeros contratados por el Departamento de Envíos Postales y Distribución”. La triquiñuela funcionó y no hubo que devolver al Banco de Santander ni un duro.

            Las muestras de su eficacia en la trastienda o en la cocina del partido de Manuel Fraga no siempre dejan a Jorge Verstrynge en buen lugar, sin que a él parezca importarle demasiado.

Pero en estas memorias el cambiante Verstrynge no solo se nos presenta como un político maniobrero, sino también como un pensador, un estudioso, profesor durante muchos años en la Facultad de Ciencias Políticas y autor de números libros y artículos. Al no haber leído ninguna de esas publicaciones, no estoy en condiciones de juzgar su valía, pero sí puedo afirmar que de ella, si la hubiere, y no tengo por qué negarlo, da pocas muestras en estas Memorias de un transeúnte, escritas –o dictadas-- en un tono mitinero y publicadas sin la necesaria revisión editorial.

Baste un ejemplo. Tras referirse, muy sucintamente, a su relación con Podemos y a las razones del descarrilamiento de esa opción política, concluye: “Todos los idearios, ciertamente, degeneran con el tiempo. El judaísmo pronto fue sustituido por el cristianismo, luego por el Islam, luego por el protestantismo, etc.…”

Difícil resulta compendiar más disparates en menos palabras: el judaísmo no fue sustituido por el cristianismo (ahí sigue vivito y golpeando) ni menos por el islam. ¿Y qué es eso de considerar al protestantismo distinto del cristianismo? ¿O lo de que “pronto” el judaísmo fue sustituido por el cristianismo? ¿Cuántos siglos hacía que existían los judíos cuando apareció el cristianismo?

Peor nos lo pone cuando afirma que el comunismo, “con todos los fallos que se le achacaron y que provocaron su desnaturalización, sigue siendo, hoy por hoy, la idea más bella y generosa que ha producido la mente humana”. O cuando se pone a loar las bondades de su ideología política actual: "Solo mandando el Pueblo se podría evitar que se le expolie… ¡Populismo puro y duro!”.

¿Y qué es el Pueblo y dónde se encuentra?, le podríamos preguntar remedando a Larra. ¿Retiraríamos el voto a quien no sea un asalariado que cobra poco más que el salario mínimo? ¿A los que viven de la política, a los tertulianos televisivos?

Jorge Verstrynge afirma que él hizo todo lo posible para que “la derecha de este país fuera de una puñetera vez democrática”. Remedando su desenfadado estilo, podríamos concluir que estas memorias, interesantes en su anecdotario, en lo ideológico muestran una considerable empanada mental.

jueves, 26 de febrero de 2026

Cara y cruz de Leila Guerriero

 

Leila Guerriero
Frutos extraños
Alfaguara. Madrid, 2026.       

Conviene comenzar con una obviedad que no siempre se suele tener en cuenta: en las publicaciones periódicas –diarios, revistas semanales o mensuales-- no solo se publican textos periodísticos ni en libro se publica solo literatura. El formato tiene que ver con la extensión más que con el género literario. La brevedad –sean poemas, ensayos, cuentos-- lleva al periódico o a la revista; la extensión, aunque se trate de un tema de actualidad, como el seguimiento minucioso de una campaña electoral o de un juicio resonante, al libro.

            El periodismo es información, y como tal ligado la cambiante actualidad, y es también algo más: investigación, reflexión, creación, análisis de la condición humana. Hay un periodismo –hablo del periodismo impreso-- con limitaciones de tiempo y espacio (es necesario dar la noticia antes de que se anticipe la competencia y solo tenemos para ello un cuarto de página) y hay otro que tiene todo el tiempo del mundo y todo el espacio que necesite, al igual que lo tiene la obra literaria.

            ¿La obra literaria? La expresión es imprecisa porque el periodismo, cierto periodismo, es también un género literario. Y en ese género el primero que brilló en lengua española fue Larra y hoy en día una de las figuras más personales y admiradas es Leila Guerriero.

            En 2009 reunió por primera vez sus crónicas con el título de Frutos extraños. Fueron aumentando en sucesivas ediciones hasta esta última que lleva el subtítulo de “edición definitiva”. Pero las “Crónicas y perfiles” –así se titula una de las secciones—  no ocupan todo el algo elefantiásico volumen: hay también una parte titulada “Discusiones” y otra “Sobre el periodismo”, que añaden páginas y páginas, pero que distraen de lo esencial.

            Porque lo esencial son los perfiles. Leila Guerriero es maestra de un género que cuenta con excelentes cultivadores en Latinoamérica (y también en España, aunque menos), pero que tiene como modelo de referencia a los colaboradores de The New Yorker (y del periodismo anglosajón ha tomado el nombre).

¿Y qué es un perfil en la jerga periodística? Leila Guerriero nos ofrece varios intentos de definición: “Un retrato escrito, un perfil, no es una entrada de Wikipedia o un currículum extendido. Un perfil no es la mirada de la mamá, el hermano, la novia o el novio del entrevistado. Un perfil no es lo que el entrevistado escribiría sobre sí porque ese género ya existe y se llama autobiografía. Un perfil es, por definición, la mirada de otro. Y esa mirada es siempre subjetiva”. Y luego continúa con uno de esos ejercicios de estilo (tan ajenos al periodismo convencional) que la caracterizan: “Donde subjetiva no quiere decir artera, donde subjetiva no quiere decir vil, donde subjetiva no quiere decir miserable. Donde subjetiva quiere decir la mirada de una persona que cuenta lo que ve o lo que, honestamente, cree ver”.

            Pero un perfil no tiene por qué ser el retrato de un personaje, en el sentido convencional del término, de alguien famoso por una u otra razón, aunque lo sea a menudo. Una de las piezas maestras de esta recopilación está dedicada al actor Ricardo Darín, otra a la enigmática y controvertida María Kodama, pero no leemos con menos interés las dedicadas a personajes anónimos como el dueño del comercio chino en que la autora suele hacer su compra diaria o un trabajador del teatro Colón.

Como la novela del realismo y naturalismo, como la gran novela de Balzac o de Galdós, las crónicas y perfiles de Leila Guerriero son un retrato de la sociedad, de la sociedad argentina en su caso, pero en lo que tiene no de más pintoresco sino de más universal. “Detrás de todo perfil –escribe—hay un tema que excede la vida de quien se narra, y ese tema es tan universal como reductible a pocas palabras: la historia de una huida, la historia de un afán, la historia de un rencor”.

Por eso nos resulta tan apasionante “El rey de la carne”, aunque nunca hubiéramos oído hablar de su protagonista, el empresario José Alberto Samid, ni nos resulta especialmente atractivo el comercio de la carne de vacuno en Argentina. Sin aparentemente pretenderlo, esas páginas explican más sobre el peronismo y el populismo que muchos cursos de política y de sociología.

Las conferencias e intervenciones en talleres literarios agrupados en la sección “Sobre el periodismo”, en la que podría incluirse el texto inicial, interesan menos. Abundan en datos autobiográficos, en citas repetidas, en manías personales a la hora de escribir y en afirmaciones un tanto peculiares: “Creo que hay un síntoma claro del momento en que un escritor está acercándose a lo más puro de su potencial, y es cuando empieza a preocuparse por las preposiciones: cuando se convierte en alguien capaz de pasarse las horas modificando lo que ha escrito para no repetir las palabras con, desde, en, entre, diez veces en un solo párrafo. Cuando uno empieza a perder el tiempo con esas cosas, que son las que hacen que la voz tenga música propia, suene de forma muy específica y no sea intercambiable con la de ningún otro autor, es cuando las cosas empiezan a pasar”.

Estas afirmaciones se hacen en una clase y siempre habrá un alumno que levante el brazo: “Y si esas preposiciones se repiten en un párrafo anafórico como los que vos tanto empleás, ¿también debemos evitarlas?”

Como se habla, o se hablaba, de “jueces estrella”, también podemos hablar de “periodistas estrella”. Leila Guerriero es uno de ellos, pero cuando actúa como tal y ocupa el primer plano del escenario resulta bastante menos interesante que cuando se limita a hacer bien ese trabajo que hace quizá mejor que nadie: mirar, escuchar, esperar pacientemente a que un personaje se le revele y luego contarlo con las artes de la literatura procurando que no se note su presencia.

La otra sección que completa este volumen, o que le añade grasa, pero no músculo, es “Discusiones”, ejemplo, a mi entender, del peor periodismo: ingenio, hipérbole y nadería conceptual. Critica la obsesión por la salud con estas palabras: “Los no fumadores hacen fiestas sin ceniceros y nadie, ni los fumadores apiñados en un balcón despuntando el vicio, ven en eso una señal de prepotencia sino un gesto de alta civilidad”. Que en una fiesta que no sea al aire libre no se permita fumar, ¿le parece a Leila Guerriero una señal de prepotencia? Y aún añade esta ingeniosidad: “¿Cuánto tardarán los diarios en titular: Robó un kiosco bajo los efectos del cigarrillo?”

Menos es más también en el periodismo premium, el que no tiene limitaciones de tiempo ni de espacio, y en el mundo editorial. Esta “edición definitiva” ganaría si no lo fuera y, en una próxima edición, se limitara a incluir las “Crónicas y perfiles” que convierten a Leila Guerriero en uno de los nombres fundamentales del actual periodismo de lengua española. Y de la literatura.