Charles Cros
Cajita de sándalo. Antología
poética
Traducción, prólogo y notas de
Pedro José Vizoso
Grand Island, Nebraska, 2026.
Hay
escritores que son también personajes. Nos interesa su vida tanto como su obra.
Charles Cros, una figura tenida por menor en el ámbito de la poesía francesa
simbolista de la segunda mitad del siglo XIX francés, es uno de ellos. Además
de poeta, fue inventor. Una carta de su viuda enumera sus principales logros.
“Desde la muerte de mi pobre marido, no he dejado de buscar la oportunidad de
hacerle justicia y de probar al mundo, con documentos y fechas incontestables,
el caudal científico que dejó tras de sí”, comienza. Y luego habla de la fotografía en colores,
del fonógrafo y del fotófono. Pero no llegó a patentar ninguno de esos
hallazgos y el mérito y el rendimiento económico quedaron para otros.
Murió joven, en 1888, a los cuarenta
y cinco años. Era amigo de Verlaine y no solo le acompañó a recibir a un poeta
precozmente genial que respondía al nombre de Rimbaud, sino que alojó en su
casa al maleducado adolescente cuando el recién casado Verlaine no tuvo más
remedio que decirle que dejara la suya. No se portó allí mejor, Un día uso las
páginas de una de las revistas literarias que Cros coleccionaba porque
aparecían en ella sus poemas “para limpiarse el culo con ellas”. Así se refiere
a la anécdota, sin los eufemismos habituales, Pedro José Vizoso. Y continúa:
“El gesto es brutal no solo por su grosería, sino por su precisión simbólica:
es un desprecio dirigido al archivo íntimo de otro poeta, a sus pruebas de
existencia literaria, a aquello que Cros guardaba con una mezcla de orgullo y
pudor”.
Pedro José Vizoso, profesor de
español en el norteamericano Hastings College, dirige una colección
sugerentemente llamada “Biblioteca de sombras” y en ella ha traducido y editado
a poetas olvidados y a menudo tenidos, no siempre sin razón, como menores.
Tiene la virtud, gracias a las gracias de su prosa y a su bien asimilada
erudición, de rescatarlos de la sombra, de despertar nuestro interés por ellos.
Tras ocuparse de Maurice Rollinat,
músico y poeta, le llega ahora el turno a un inventor y poeta, Charles Cros,
que tuvo la mala suerte de enemistarse con Verlaine –se puso de parte de su
mujer en el conflicto matrimonial ocasionado por Rimbaud-- y por eso este no le incluyó en su obra Los
poetas malditos, que tanto contribuyó a la mitificación de determinados autores
(esa ausencia hizo que tampoco apareciera en Los raros, de Rubén Darío, y
que estuviera ausente de las influencias del modernismo español). Verlaine, sin
embargo, en 1888, a los pocos meses de su muerte, le dedicó una semblanza, que
se incluye en esta edición, en la que trata de hacerle justicia. Luego André Bretón,
en su Antología del humor negro, rescataría alguno de sus caprichos
verbales como “Arenque ahumado”. Charles Cros tuvo cierto éxito en su momento
como poeta cómico: se le considera inventor del “monólogo dramático”, el poema
puesto en boca de un personaje y dedicado a la recitación pública.
Las traducciones de Pedro José
Vizoso no tienen siempre muy en cuenta la literalidad, pretenden que el texto
resultante sea también un poema, que suene en español como tal. Y a menudo lo
consigue. Pero a veces sus opciones resultan caprichosas o poco afortunadas. La
cajita de sándalo, que es como él traduce el título del único libro que
Cros publicó en vida, Le coffret de santal, no suena mejor que El
cofre de sándalo o El cofrecillo de sándalo, que sería la traducción
literal. Y llamar Cajita de sándalo a su antología poética de Cros no
parece que sea un acierto. Inexplicable resulta que al libro póstumo Le
collier de griffes lo titule El collar de colmillos, cuando él mismo
aclara en nota que “griffes” significa “garras”, “uñas” o “zarpas”. Y continúa:
“Me parecían opciones muy forzosas para describir un collar. La imagen estaba
clara, sin embargo, un collar de uñas de tigre, de león o de oso. Pero me
resultaba algo anómala o, cuando menos, desusada en español”. No más que en
francés, por cierto.
Extraña,
por otra parte, que no se mencionen, al hablar de la escasa presencia de Cros
en español, las dos antologías que se le han dedicado: 40 poemas, en
traducción del poeta español Luis Martínez de Merlo, y La hora verde y otros
poemas, traducida por el poeta argentino Daniel Fara.
Un escritor es también una época. Y
Charles Cros está ligado a uno de los períodos más fascinantes de la historia
de París, que entonces era casi la capital del mundo, el del final del Segundo
Imperio y la Comuna. A partir de 1868, Cros asiste regularmente al salón de
Nina de Villard, que fue su amante (y antes o después, o la vez, de muchos
otros prometedores músicos y poetas) durante los años más productivos de su
obra literaria. Nina de Villard es todo un personaje que merece un libro
aparte. Pedro José Vizoso traza de ella esta estampa final: “Muere el 22 de
julio de 1884, muy envejecida con apenas cuarenta y un años, y loca, quizá a
causa de una sífilis contraída a lo largo de una vida sexual promiscua. Su
belleza juvenil ha desaparecido tras las capas de grasa, y la llama de su
brillante inteligencia chisporrotea como una vela que se consume, extraviada en
los vericuetos de los delirios neuróticos”.
Nabokov escribió una novela, Pálido
fuego, que consistía en un extenso poema anotado. La novela de verdad
estaba en los comentarios, más que en los versos. El prólogo y las notas de
Pedro José Vizoso pueden leerse independientemente de los poemas a los que
acompañan y algo tienen de novela fragmentaria y dispersa a la manera
barojiana. A Baroja se alude a propósito del reino de la Araucanía, una
mixtificación histórica semejante al reino de Redonda, del que fuera monarca
Javier Marías con el nombre de Xavier I. Un hermano de Charles Cros fue rey de la
Araucanía y en Las tragedias grotescas, una de las más de conocidas y
fascinantes novelas de Baroja, aparece un rey de la Araucanía y la Patagonia que
es todo un hombre de negocios: “Al que compra terreno por mil pesetas le doy la
cruz de la Corona de Acero, y al que compra por dos mil le concedo la Estrella
del Sur, que es la más alta recompensa de mi país”.
Muchos de los poemas de Charles Cros
son solo reliquias de la época, pero hay otros que conservan su frescor
poético. Varios están escritos en prosa, en la estela de Baudelaire y
anticipando quizá las Iluminaciones de Rimbaud. Entre ellos destaca “El
mueble”, inspirado en “un escritorio antiguo de madera de rosa y marquetería de
marfil” que Cros conoció en casa de Verlaine. Gaston Bachelard se refiere a él
en una de sus obras más sugerentes, La poética del espacio. Otros textos
memorables son los sonetos “Deterioro” donde el poema describe su alma “como un
piso vacío de sucios cielos rasos”, o “Porvenir” en el que se dirige a sus
“lectores de mañana” que han de reanimar sus “devastados huesos”. Los versos no
desmerecen la sugerida y sugerente novela, basada en hechos reales, que Pedro
José Vizoso teje en torno a ellos.








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