Leila Guerriero
Frutos extraños
Alfaguara. Madrid, 2026.
Conviene
comenzar con una obviedad que no siempre se suele tener en cuenta: en las
publicaciones periódicas –diarios, revistas semanales o mensuales-- no solo se
publican textos periodísticos ni en libro se publica solo literatura. El
formato tiene que ver con la extensión más que con el género literario. La
brevedad –sean poemas, ensayos, cuentos-- lleva al periódico o a la revista; la
extensión, aunque se trate de un tema de actualidad, como el seguimiento
minucioso de una campaña electoral o de un juicio resonante, al libro.
El periodismo es información, y como
tal ligado la cambiante actualidad, y es también algo más: investigación,
reflexión, creación, análisis de la condición humana. Hay un periodismo –hablo
del periodismo impreso-- con limitaciones de tiempo y espacio (es necesario dar
la noticia antes de que se anticipe la competencia y solo tenemos para ello un
cuarto de página) y hay otro que tiene todo el tiempo del mundo y todo el
espacio que necesite, al igual que lo tiene la obra literaria.
¿La obra literaria? La expresión es
imprecisa porque el periodismo, cierto periodismo, es también un género
literario. Y en ese género el primero que brilló en lengua española fue Larra y
hoy en día una de las figuras más personales y admiradas es Leila Guerriero.
En 2009 reunió por primera vez sus
crónicas con el título de Frutos extraños. Fueron aumentando en
sucesivas ediciones hasta esta última que lleva el subtítulo de “edición
definitiva”. Pero las “Crónicas y perfiles” –así se titula una de las
secciones— no ocupan todo el algo elefantiásico volumen: hay también una parte
titulada “Discusiones” y otra “Sobre el periodismo”, que añaden páginas y
páginas, pero que distraen de lo esencial.
Porque lo esencial son los perfiles.
Leila Guerriero es maestra de un género que cuenta con excelentes cultivadores
en Latinoamérica (y también en España, aunque menos), pero que tiene como
modelo de referencia a los colaboradores de The New Yorker (y del
periodismo anglosajón ha tomado el nombre).
¿Y
qué es un perfil en la jerga periodística? Leila Guerriero nos ofrece varios
intentos de definición: “Un retrato escrito, un perfil, no es una entrada de
Wikipedia o un currículum extendido. Un perfil no es la mirada de la mamá, el
hermano, la novia o el novio del entrevistado. Un perfil no es lo que el
entrevistado escribiría sobre sí porque ese género ya existe y se llama
autobiografía. Un perfil es, por definición, la mirada de otro. Y esa mirada es
siempre subjetiva”. Y luego continúa con uno de esos ejercicios de estilo (tan
ajenos al periodismo convencional) que la caracterizan: “Donde subjetiva no
quiere decir artera, donde subjetiva no quiere decir vil, donde subjetiva no
quiere decir miserable. Donde subjetiva quiere decir la mirada de una persona
que cuenta lo que ve o lo que, honestamente, cree ver”.
Pero un perfil no tiene por qué ser
el retrato de un personaje, en el sentido convencional del término, de alguien
famoso por una u otra razón, aunque lo sea a menudo. Una de las piezas maestras
de esta recopilación está dedicada al actor Ricardo Darín, otra a la enigmática
y controvertida María Kodama, pero no leemos con menos interés las dedicadas a
personajes anónimos como el dueño del comercio chino en que la autora suele
hacer su compra diaria o un trabajador del teatro Colón.
Como
la novela del realismo y naturalismo, como la gran novela de Balzac o de
Galdós, las crónicas y perfiles de Leila Guerriero son un retrato de la
sociedad, de la sociedad argentina en su caso, pero en lo que tiene no de más
pintoresco sino de más universal. “Detrás de todo perfil –escribe—hay un tema
que excede la vida de quien se narra, y ese tema es tan universal como
reductible a pocas palabras: la historia de una huida, la historia de un afán,
la historia de un rencor”.
Por
eso nos resulta tan apasionante “El rey de la carne”, aunque nunca hubiéramos
oído hablar de su protagonista, el empresario José Alberto Samid, ni nos
resulta especialmente atractivo el comercio de la carne de vacuno en Argentina.
Sin aparentemente pretenderlo, esas páginas explican más sobre el peronismo y
el populismo que muchos cursos de política y de sociología.
Las
conferencias e intervenciones en talleres literarios agrupados en la sección
“Sobre el periodismo”, en la que podría incluirse el texto inicial, interesan
menos. Abundan en datos autobiográficos, en citas repetidas, en manías
personales a la hora de escribir y en afirmaciones un tanto peculiares: “Creo
que hay un síntoma claro del momento en que un escritor está acercándose a lo
más puro de su potencial, y es cuando empieza a preocuparse por las
preposiciones: cuando se convierte en alguien capaz de pasarse las horas
modificando lo que ha escrito para no repetir las palabras con, desde, en,
entre, diez veces en un solo párrafo. Cuando uno empieza a perder el tiempo con
esas cosas, que son las que hacen que la voz tenga música propia, suene de
forma muy específica y no sea intercambiable con la de ningún otro autor, es
cuando las cosas empiezan a pasar”.
Estas
afirmaciones se hacen en una clase y siempre habrá un alumno que levante el
brazo: “Y si esas preposiciones se repiten en un párrafo anafórico como los que
vos tanto empleás, ¿también debemos evitarlas?”
Como
se habla, o se hablaba, de “jueces estrella”, también podemos hablar de
“periodistas estrella”. Leila Guerriero es uno de ellos, pero cuando actúa como
tal y ocupa el primer plano del escenario resulta bastante menos interesante
que cuando se limita a hacer bien ese trabajo que hace quizá mejor que nadie:
mirar, escuchar, esperar pacientemente a que un personaje se le revele y luego
contarlo con las artes de la literatura procurando que no se note su presencia.
La
otra sección que completa este volumen, o que le añade grasa, pero no músculo,
es “Discusiones”, ejemplo, a mi entender, del peor periodismo: ingenio,
hipérbole y nadería conceptual. Critica la obsesión por la salud con estas
palabras: “Los no fumadores hacen fiestas sin ceniceros y nadie, ni los
fumadores apiñados en un balcón despuntando el vicio, ven en eso una señal de
prepotencia sino un gesto de alta civilidad”. Que en una fiesta que no sea al
aire libre no se permita fumar, ¿le parece a Leila Guerriero una señal de
prepotencia? Y aún añade esta ingeniosidad: “¿Cuánto tardarán los diarios en
titular: Robó un kiosco bajo los efectos del cigarrillo?”
Menos
es más también en el periodismo premium, el que no tiene limitaciones de
tiempo ni de espacio, y en el mundo editorial. Esta “edición definitiva”
ganaría si no lo fuera y, en una próxima edición, se limitara a incluir las
“Crónicas y perfiles” que convierten a Leila Guerriero en uno de los nombres
fundamentales del actual periodismo de lengua española. Y de la literatura.







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