Varios Autores
Mi muy querido amigo Azaña
Prólogo de Luis García Montero
Nota al margen, Madrid, 2026.
Una
docena escasa de cartas a Manuel Azaña, escritas entre 1918, cuando solo era
conocido como activo ateneísta, y 1939, cuando ya se había convertido en un
exiliado mal visto por unos y por otros después de haberlo sido todo en la
política española, pueden servirnos, adecuadamente comentadas, para ofrecernos
una sintética semblanza del personaje y de un puñado de nombres conocidos que
se relacionaron con él.
Adecuadamente comentadas, digo, como
están la mayoría de las reunidas en este colectivo homenaje, pero no todas. Disuena
especialmente el primer capítulo. No lo escribe un historiador, sino un
ensayista y diplomático, José María Ridao, que, aunque se ha ocupado
anteriormente de Azaña, no parece estar muy al tanto de lo que habla. Comenta
una carta de Unamuno, fechada en diciembre de 1918, que empieza hablando de
cuestiones sin demasiado interés –la fecha en que ha de dar una conferencia-- y
luego, muy en su estilo, disparata sobre cuestiones políticas: “En tiempos de
Felipe IV se perdió Portugal conservando Cataluña, en tiempo de nuestro
Habsburgo de hoy, Alfonso XIII, siendo su canciller Canalejas, se pensó en
conquistar Portugal y del triunfo, descontado en el Palacio de Oriente, de
Alemania se esperaba la anexión de Portugal y la formación del Imperio Ibérico,
bulgarizándose España; justo es, pues, que al ser esta derrotada con
Alemania –la neutralidad neutral que dijo Romanones (el político que ve más
claro y obra más turbio) era una alianza clandestina con aquel al que se creía
vencedor futuro--, justo es, que España pierda ahora Cataluña. Y la perderá, no
me cabe duda que la perderá”.
Contagiado Ridao por este estilo de
razonar, no le va a la zaga. “La reciente edición en Buenos Aires de un volumen
en el que se recoge una amplia selección de artículos de Unamuno no compilados
con anterioridad permite intuir, mejor que los textos acabados, las razones por
las que fue un personaje incómodo, por imprevisible, para sus contemporáneos”,
escribe. Pero ¿hacía alguna falta la edición de artículos desconocidos de
Unamuno para saber por qué fue “un personaje incómodo”?
Le
haría falta a Ridao, pero no a los estudiosos o simples lectores de Unamuno. De
ese libro revelador, por cierto, se le olvida indicarnos el título (su
colaboración, al contrario que otras, no lleva notas). Generaliza luego un
tanto abusivamente: desde finales del XIX, “la relevancia pública de los
hombres de letras” dependería más “de esta actividad marginal [la colaboración
periodística] que de sus trabajos de mayor envergadura, desarrollados a lo
largo de meses y años”. Habría, sin embargo, alguna excepción: “En ocasiones,
un talento excepcional como el de Benito Pérez Galdós consiguió acoplar dentro
del folletín periodístico una obra maestra, como Fortunata y Jacinta”.
La
obra maestra de Galdós, como es bien sabido, se publicó en cuatro tomos en 1887
y no tuvo ningún anticipo en la prensa. A ese error, le sigue una sorprendente
afirmación: la proyección social que daban los periódicos “sirvió para que un
autor se labrara una imagen de gran pensador, como en el caso de Ortega y
Gasset”. Y apoyándose en “uno de los más lúcidos observadores de España y su
literatura”, Gerald Brenan, llega a afirmar que Ortega no es en realidad un
filósofo, sino un periodista que trata de ideas y las divulga. Unamuno,
en cambio, sí sería un verdadero filósofo, aunque esa labor resultara oscurecida
por lo que publica en la prensa “para ganar el sustento de una familia
numerosa, según confiesa en uno de los artículos recogidos en el volumen
reeditado en Buenos Aires” (no se nos dice el título de ese artículo y sigue
sin mencionarse el del libro en que aparece). Y por eso, porque escribe para
ganar el sustento, “su técnica consiste, siempre según sus palabras, en empezar
a escribir sin saber qué va a decir”. Por eso, a Ridao le cuesta creer que
Azaña “tuviera algún aprecio por ese ponerse a escribir a lo que salga, practicado
por Unamuno”. El artículo termina afirmando que Millán Astray era “hijo
intelectual” suyo.
La frivolidad de las observaciones
histórico-políticas de Unamuno y las no menos frívolas de Ridao en su
comentario, contrastan con la carta de Indalecio Prieto –quizá la de mayor
interés del volumen—y con la glosa que le dedica Bruno Vargas. No se ha
valorado adecuadamente la figura de Indalecio Prieto como intelectual y como
escritor (los “socialistas de cátedra”, y el resto de los políticos de la época
le miraba un poco por encima del hombro dada su falta de formación académica).
Sus escritos memorialisticos no desmerecen frente a los de los grandes nombres
de su generación y la lucidez de sus reflexiones políticas no es menor que la
de Azaña. La carta que se comenta está escrita en abril de 1935 cuando se está
fraguando la unidad de la izquierda que llevará al triunfo en las elecciones a
comienzos del año siguiente. Frente a las reticencias de algunos, y su poca
simpatía por los comunistas, explica las razones para contar con ellos: “en
materia electoral los grupos políticos tienen dos medidas, la del apoyo y la
del estorbo, y frecuentemente esta última es mucho más extensa que la primera”,
y cuando se trata de agrupaciones próximas, la resta es siempre mucho mayor que
la suma “porque al dividirse, y siendo siempre grande el encono entre los
afines, se estorban encarnizadamente”.
Excelentes son los trabajos de
Alfonso Alegre Heitzmann (sobre Juan Ramón Jiménez) o de Amelia de Paz (sobre
Juan José Domenchina), por citar solo dos ejemplos que añaden datos de interés,
no solo sobre Azaña, también sobre ambos escritores. Destaca igualmente el de
Manuela Aroca Mohedano sobre el general Saravia, compañero fiel hasta el último
momento. Disuena, en cambio, por el enfoque dado, el capítulo final de José
Luis Gallero. Convierte su comentario a una carta de Casares Quiroga en una
carta a Casares Quiroga, en el “Cementerio de Montparnasse, París”, en la que
le cuenta cosas que el político sabe de sobra y otras que preferiría no saber
como que Ángel Ossorio le consideraba “un inepto”. Sobra ese artificio
literario, semejante al que Luis García Montero emplea en el prólogo.











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