Miguel Pardeza
Los últimos días de Alejandro Reig
Renacimiento. Sevilla, 2026.
Miguel
Pardeza, antes que investigador literario y escritor, fue futbolista
profesional al que todavía recuerdan los buenos aficionados. Ahora es uno de
los máximos especialistas en la obra de César González-Ruano, destacado
ensayista que sabe aunar la erudición y el rigor estilístico, y autor de dos
modélicas narraciones autobiográficas, Torneo (2016) y Angelópolis (2020).
Tras tantear otros géneros, como el aforístico, tan devaluado hoy día al
convertirse en una moda, se enfrenta por primera vez a lo que para muchos,
entre los que no me cuento, es el género estrella de la literatura: la novela.
Resulta curioso lo que ha ocurrido,
en el último medio siglo, con la novela, que de ser un pasatiempo y poco más
que un subgénero literario, ha pasado a ser la representación máxima de la
creación literaria, lugar que en otro tiempo ocuparon el poema épico, ya mera
arqueología, y el teatro, que parece haber dejado de ser obra literaria para
convertirse en guion, a veces simple guía, del espectáculo escénico.
No deja de ser cierto que el
prestigio literario puede alcanzarse con la poesía o con el cuento, o incluso
con el ensayo (ahí está el caso de Fernando Savater), pero que la
profesionalización solo puede conseguirse publicando novelas. Una condición, en
todo caso, quizá necesaria, pero no suficiente.
Los últimos días de Alejandro
Reig, la primera incursión de Miguel Pardeza en el género, es una obra
metaliteraria. El narrador ha escrito su primera novela y, dudoso de su mérito,
les pide opinión a varios amigos y también a un escritor que admira y al que
considera su maestro, Alejandro Reig. El juego metaliterario no se lleva hasta un
sorprendente final: la novela que ha escrito el narrador y la que nosotros
leemos podrían acabar siendo la misma, los protagonistas de ambas se llaman de
igual modo, Samuel, y ambas tienen relación con la pasada pandemia.
Hay abundantes precedentes de un
relato basado en la relación entre un maestro y su discípulo. Henry James ha
escrito admirables relatos al respecto y una poco leída novela de Azorín, El
escritor, trata precisamente del velado enfrentamiento entre un autor
célebre que inicia su decadencia (trasunto del propio autor) y otro joven que
se inicia en la literatura lleno de brío (quizá de Dionisio Ridruejo, al que se
dedica la obra).
El problema de esta novela de
Pardeza es que no parece demostrar un gran conocimiento de la vida literaria.
El narrador es tan ingenuo que se ilusiona porque el padre de una amiga suya
conoce a un ejecutivo de Planeta y le va a pedir que publique su novela en
cualquiera de las editoriales del grupo. Y nada de lo que se nos dice de
Alejandro Reig nos permite suponer un especial talento, entrever la genialidad
que su discípulo le supone. Ha abandonado la escritura, y estas son las razones
que da para ello: “Qué importancia puede tener un trabajo que ocupa a unos
cuantos y disfrutan unos pocos?”, A eso añadía “su inflexible opinión de que
todos estaban abocados al olvido, incluso los que hasta el momento habían
sorteado la devastación de los siglos”. Esta opinión, que Borges expresó de
mejor manera (recordemos su “A un poeta menor”: “La meta es el olvido. / Yo he
llegado antes”) al joven protagonista “le sacaba de quicio”.
El narrador se esfuerza en
presentarnos a su maestro como un sabio desengañado de la literatura, pero
nosotros le vemos solo como un viejo y malhumorado borrachín. Lo peor de los
escritores –le repetía más de una vez-- no es su vanidad, sino el creer que se
dedican “al mejor de los oficios, el más noble, sin el cual el mundo ardería
como una tea o no sería capaz de avanzar en dirección correcta”. Y luego
denunciaba las corrupciones del mundo literario, al menos tal y como él las
había visto en su natal Zaragoza: “el caso abominable de ese escritorzuelo que
se había vendido para que le dieran un premio, o el de aquel que se rebajaba
por una columna de periódico, o el de aquel otro que se ensuciaba las manos
sobando celebridades”.
Si muchos reparos le pusieron sus
amigos a la primera novela del ficticio Samuel, no menos le podrían poner a
esta segunda, una minuciosa crónica del tiempo que pasó en Islantilla durante
el último mes de la vida de Alejandro Reig, que parece irse redactando en el
momento que ocurren los hechos, pero que al final nos enteramos de que está escrita
años después. El principal: que no cite ni una sola vez el diario y las notas
que Reig iba escribiendo durante el tiempo de su retiro, a pesar de que nos
informe de que pasaron a su poder, y que podrían darle algo más de complejidad
al personaje.
Si vale poco como novela de
escritores Los últimos días de Alejandro Reig, se salva en cambio como
novela psicológica: las relaciones entre el viejo maestro y sus dos últimos
amores, Tess y Frida, y de esta última con el narrador, están vistas con
inteligente sutileza. También resulta un acierto la descripción de Islantilla y
otros lugares de la costa onubenses fuera de la temporada turística, o el
personaje del pescador que se mueve en una ambigua zona gris en sus relaciones
con los narcotraficantes.
Destacado ensayista e investigador
literario, Miguel Pardeza tiene innegables habilidades de narrador. Pero si le
bastaron para escribir dos compactos y matizados relatos autobiográficos, no
resultan suficientes cuando se aventura en terrenos en los que parece no
demasiado ducho, como la industria editorial y los entresijos de la sociedad
literaria contemporánea. La superstición de la novela le ha jugado una mala
pasada.






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