A propósito de la reseña
Castillo de naipes sostenido en la fe,de José Luis García Martín, publicada enEl Diario Montañés, El Comercio, Hoy y El Norte de Castilla-
El aún más admirable que admirado José Luis Garcia Martín
acaba de publicar una reseña, la primera aparecida en la prensa española, de Guerra
total, unos relatos desconocidos de Manuel Chaves Nogales que pueden
considerarse la continuación de A sangre
y fuego.
Nada casualmente la ha titulado -con intención y gracia- Castillo
de naipes sostenido en la fe. Alude con ello a que mi “algo prolijo
epílogo” a dicha obra, de la que he sido editor industrial y literario, no
prueba en absoluto que el conjunto de relatos sea en verdad de la autoría de
Chaves, “pese a todos mis esfuerzos”, y que mi trabajo es apenas un castillo de
naipes que él hará caer de un soplo o de un soplido.
Puesto que para el crítico asturiano los lectores
reincidentes de Manuel Chaves Nogales o bien sufren una chavesmanía de complejo diagnóstico o son adeptos a una religión
esotérica cuyo texto sagrado (o maldito, para según quién) es un famoso prólogo
de 1937, cómo sorprenderse de que García Martín empiece hablándonos de “fe”, a
cuenta del anunciado castillo de naipes, cuando terminará contándonos que el
periodista sevillano está ya “beatificado” y “ha subido a los altares” gracias
a la fe ciega de sus devotos. Devotos dispuestos a creer a pies juntillas que
cualquier texto suyo no es sino una reliquia digna de veneración. “También
ahora -doctoriza García Martín-, como en la Edad Media, pueden inventarse
falsas reliquias. O tomarse por tales, con la mejor voluntad, las que no lo
son”.
Con ello queda claro que para el infatigable crítico (lleva
ya casi medio siglo entregado a sus muy equitativas reseñas semanales) o bien
los nuevos relatos son falsos y pretendo engañar a todo el mundo
atribuyéndoselos a Chaves Nogales o bien el primer engañado soy yo y seré al
final el único en creerlos suyos. Por todo lo dicho creo que con igual o mayor
justicia podría -e incluso debiera- haber intitulado su reseña: “Ocho apócrifos
milagros narrativos de San Manuel Chaves Nogales”.
Como puede verse, García Martín enseña rapidísimamente sus
cartas; tanto, que comparecen ya en el título de su reseña, lo que al cabo no
mostrará nunca es el anunciado castillo de naipes.
En estos mismos días se ha estado produciendo otra polémica
literaria, en Granada y sobre unos versos atribuidos a García Lorca. Los
versos, a mano, están en el reverso de una hoja de papel en la que aparece un
manuscrito del poeta y la polémica estriba en decidir si esos pocos versos
desconocidos y anónimos pueden considerarse o no de Lorca, habiendo como hay,
al parecer, dudas grafológicas sobre si el trazo de las letras es o no es del
propio del poeta. Lo curioso, siendo García Lorca un santo muy de mi devoción y
de la devoción de millones de lectores, es que ningún García Martín se haya
presentado allí a sacar en procesión el asunto de que Lorca está ya plenamente
beatificado y entronizado en los altares de todas las iglesias estéticas,
oscureciendo o ensordeciendo, un debate que merece ser literario y solo
literario.
Dentro de la humilde naturaleza del género reseñístico, la
presente pieza de JLGM puede tenerse por una pequeña obra maestra llena de
intención e ironía, gracias al sutil juego de contrapesos que va estableciendo
a lo largo de todo el texto para que su reseña aparezca como una documentada y
objetiva narración de las virtudes y defectos, los aciertos y las limitaciones
tanto del propio Chaves como de este su humilde editor, aunque lo que se
termine escenificando de modo contundente sea la descalificación literaria de
ambos. También puede haber, claro está, algún ingenuo o algún malpensado al que
le parezca que a lo mejor hay también un poquito de mala fe intelectual.
Así, comienza nuestro crítico su reseña remontándose a los
años noventa del pasado siglo para atribuirme, un tanto exageradamente, que yo
fui quien descubrió A sangre y fuego
y continúa luego asegurando que he sido yo “el feliz descubridor de una nueva
obra inédita de Chaves Nogales” y que tal suceso parece o le parece, ni más ni
menos, que “un acto de justicia histórica” y que me toma por un sagaz
investigador y que patatín y que patatán…
Pero a la vez avanza deslizando, línea tras línea, que soy
un “discutible historiador”, que mi atribución del conjunto de relatos al
periodistas sevillano “carece de cualquier sostén documental”, que solo me baso
“en mi olfato” y no en pruebas, que hago afirmaciones que “son mera retórica” y
están “carentes del más mínimo rigor”, que mi investigación “no hubiera pasado
una revisión inter pares en una edición académica”, que lo mío no es
criterio literario sino “cabezonería” y que tengo una “poco ejemplar manera de
razonar”. Todo eso y también que ni los relatos reunidos son de la mano de
Chaves Nogales ni Cristo que lo fundó.
Sorprendentemente y con no pequeña contradicción y
paradoja, el resumen final que de Guerra total hará el implacable
Martín, nos asegurará que los “relatos son ciertamente excelentes (sobre todo,
¡sorpresa!, los no firmados por Chaves Nogales) y justifican el rescate”. Lo
que casi es confesarnos que si él no cree que los relatos no firmados de Chaves
sean realmente de Chaves en parte se deba a eso, a que los relatos no firmados
le parecen mucho mejores que los que firma.
Un punto interesante en la reseña de JLGM es el párrafo
final. En él se hace eco de que yo pretenda que quien quiera negar la autoría
de Chaves aporte a su vez datos y argumentos concretos; y cree corregirme
declarando que invierto la carga de la prueba y que es a mí y solo a mí a quien
corresponde aportar demostraciones incontestables de la autoría de Chaves
Nogales. Al parecer, el García Martín del final de la reseña ya no recuerda lo
que él mismo decía al principio de la misma: “El minucioso epílogo y los
apéndices que acompañan a la edición, casi tan extensos como el conjunto de
relatos, nos ofrecen toda clase de pruebas para demostrar… (la autoría de
Chaves Nogales), … incluso el recurso a la Inteligencia Artificial y a un
experto en lingüística forense”.
En realidad, por tanto, no hay ninguna inversión en la
carga de la prueba, sino una gran cantidad de pruebas documentales,
circunstanciales y de mera lógica deductiva que nuestro crítico no está
interesado en analizar, por más que presuntamente sean ellas las que forman ese
castillo de naipes que él tendría que derribar de un soplo.
Los reparos de índole concreta que el crítico detalla son apenas
cuatro y nos aplicaremos a tratar de desmontarlos o puntualizarlos a
continuación, pero no sin antes declarar una muy obvia perplejidad: García
Martín es un gran lector y un afamado crítico. García Martín ha leído A sangre y fuego y Guerra total. A García Martín le parecen algunos relatos de Guerra total no solo excelentes sino
incluso mejores los que no firma Chaves Nogales que los que firma. ¿Por qué
entonces no se ha formado García Martín su propio criterio acerca de Guerra total y su parecido o no parecido
con A sangre y fuego? ¿Por qué se
resigna, con tanta docilidad, a mostrarse como un lector sin criterio propio,
que sitúa en mí y solo en mí la responsabilidad de convencerle de que los
relatos de Guerra total son realmente
de Manuel Chaves Nogales? ¿No debiera el exigente crítico García Martín hablar
por sí mismo y no por boca de ganso, escudándose en terceras personas?
El primer reparo que el crítico ovetense hace a los relatos
de Guerra total no tiene relación ninguna con dichos relatos, lo que no deja de
ser desconcertante. En mi epílogo, le atribuyo a Chaves Nogales un texto menor
aparecido en el semanario Madrid, en
la sección “La sexta columna” y firmado como Zoilo, basándome en la
similitud de estilo y en la utilización del adjetivo “fusilable” que muy
probablemente nadie utilizó en 1937 y 1938 sino Chaves Nogales. Pero como a la
vez digo, en otro momento, que apenas el 20% de la prensa periódica de la época
está digitalizada, García Martín le comunica rotundamente a sus lectores: “nos
vemos obligados a tomar esa afirmación como mera retórica carente del más
mínimo rigor”.
Pero sucede, por una parte, que García Martín sabe y le
consta que yo he pasado miles de horas en hemerotecas -“reales”, no virtuales-
consultando prensa no digitalizada. Y por otra parte sucede también que,
aunque, en general, quede aún muchísima prensa periódica por digitalizar, en
especial revistas de todo tipo y diarios locales, en el caso particular de la
prensa de la guerra civil se ha hecho un esfuerzo extraordinario y casi todos
los periódicos de gran circulación están ya digitalizados; entre ellos: El
Sol, La Voz, El Liberal, Ahora, Informaciones, El Heraldo de Madrid, La
Vanguardia, etc. En total, supongo que hay bastante más de un millón de
páginas de la prensa española 1936-1939 que están ya felizmente a disposición
de cualquier lector curioso. En cualquier caso, si en algún momento
descubriéramos que alguien, en alguna pequeña revista o diario, hubiera
utilizado antes que Chaves el adjetivo “fusilable”, el hecho no tendría la
menor representatividad o importancia. Lo relevante es que en el semanario Madrid,
en el que a menudo firma Chaves con su nombre, aparezca asimismo un texto con
seudónimo en el que comparezca la misma palabra, “fusilable”, que había
aparecido en el prólogo de A sangre y fuego unos meses antes. Quizás el
profesor García sea en exceso riguroso con el rigor… ajeno.
El segundo reparo, ¡vaya por Dios!, tampoco tiene
absolutamente nada que ver con los relatos de Guerra total, sino con hechos sucedidos entre 1942 y 1944
relacionados con el uso de seudónimos por parte de Chaves Nogales. En esas
fechas, nuestro autor publicó artículos y crónicas utilizando los nombres de
tres personas realmente existentes: Frances L. Kaye, Eugenio de Larrabeiti y
Rita E. Bois. El reseñista ovetense me conmina a que explique y dé detalles del
uso de tales seudónimos porque, según él, “resulta imprescindible” tal cosa.
Pero puesto que mi epílogo tiene ya casi noventa páginas me he limitado a
aportar unos pocos datos objetivos y a regalar, en uno de los apéndices, un
extraordinario reportaje novelado sobre la Home guard británica firmado
por Larrabeiti, aunque escrito en realidad por Chaves. A veces una muestra
concreta argumenta mejor que mil ensayos académicos que hayan pasado una
revisión inter pares.
El tercer reparo no es sino una desmayada variación del
segundo. Ahora el seudónimo traído a cuenta o a cuento por JLGM es el de
Eduardo Borrás-Enrique Albrit, quien firma tres de los más intensos relatos de Guerra total. Nuestro crítico, según nos
dice, no comprende la razón por la que borro la autoría de Borrás y se la
atribuyo a Chaves Nogales.
La primera y principal razón es porque Borrás publica,
además de los relatos, un artículo en el semanario Madrid de una excelsa, inabarcable torpeza literaria, que incluye
la siguiente frase: “El fascismo se aglutina en la solidaridad inquebrantable
del aluvión”. Nada más terminado de leer aquello llegué a la inmediata
conclusión, por supuesto inquebrantable también, de que el autor de esa
torpísima prosa no podía ser, a la vez, el autor de las tres augustas piezas
firmadas por Borrás en Madrid. Se me
impuso también la convicción, en ese mismo momento, que el autor de esos
relatos debía ser en realidad Manuel Chaves Nogales y no -es solo un ejemplo-
el guardagujas de la estación de tren de una pequeña ciudad cercana a
Cincinati, muy aficionado a la escritura y con un primo carnal en un cuartel de
Albacete ocupado por la brigada Lincoln.
El cuarto y último reparo (¡Mecachis! O si se prefiere:
¡también es mala suerte, joder!) no solo tampoco tiene nada que ver con los
relatos incluidos en Guerra total sino que ni siquiera tiene nada que
ver conmigo, su editor. Lo que ahora hace nuestro muy cuco y quizás algo faquín
reseñista es apropiarse de una información proporcionada por Juan Carlos Mateos
en el recién publicado: Manuel Chaves Nogales, la construcción de un mito.
Mateos cuenta allí que María Isabel Cintas, estudiosa y
biógrafa oficial de Chaves Nogales atribuyó a Chaves, en su edición de la Obra
periodística, unos cuantos artículos escritos sin embargo por un primo
suyo, Manuel G. Nogales, asimismo periodista en el diario Ahora, del que Chaves era subdirector.
José Luis García Martín aprovecha dicha información para,
de manera un tanto subrepticia, recalcar su mensaje de que los relatos de Guerra total no son obra original de
Chaves Nogales sino meras atribuciones y, como tales atribuciones, materia
cuasi delictiva, por lo que el volumen recién puesto a la venta tendría un
bastante o un mucho o un todo de estafa. De ahí que empiece su argumento
escribiendo: “No es la primera vez que a Chaves Nogales se le atribuyen
escritos que no son suyos.”
En eso de que no sea la primera vez que se le atribuyen a
Chaves artículos que no son suyos, acierta en parte García Martín, pero de
forma involuntaria, ya que fue la misma profesora María Isabel Cintas la que
erró una segunda vez, justo en el primer tomo de su biografía: Manuel Chaves
Nogales. Andar y contar.
Allí dedica un capítulo entero a narrar su hallazgo de un
artículo desconocido de Chaves Nogales en la prensa brasileña, concretamente en
el periódico Folha da manhá de Sao Paulo, en 1933. Ciertamente en Folha
se publicaron cuatro artículos de Chaves Nogales pertenecientes a la serie “Bajo
el signo de la svástica”, aparecidos originariamente en el diario Ahora.
Pero se publicaron con la implícita confesión de que no se habían contratado
con el periodista sino que se publicaban “por su interés”, fórmula habitual en
la prensa de todos los países para justificar ciertas leves piraterías o
marrullerías periodísticas.
El supuesto artículo encontrado por la profesora Cintas se
titulaba “La mujer fascista”. Apareció dos meses después de los dedicados a la
ascensión del fascismo y de forma anónima, a diferencia de los anteriores, que
sí llevaban todos la indicación de estar escritos por el periodista español
Manuel Chaves Nogales.
María Isabel Cintas, a pesar del anonimato, reclamaba
jubilosamente la autoría de Chaves asegurando que se trataba sin duda de uno de
los artículos escritos por Chaves tras el viaje a Alemania, de paso por Italia.
Artículos jamás publicados en la prensa madrileña por una supuesta censura del
propietario de Ahora, don Luis
Montiel, que era bastante más de derechas que Chaves Nogales.
La verdad de la verdad es que el artículo “La mujer
fascista” era una alabanza incondicional de la mujer fascista, con mucha
profusión de datos y estadísticas gloriosas y que el estilo en el que estaba
escrito no tenía absolutamente nada que ver con Chaves Nogales ni con los
durísimos artículos de “Bajo el signo de la svástica” que deberían ser su
cercanísimo antecedente.
García Martín incluso hace suya una final apostilla de
Mateos, a la que califica de certera, endosándole a Chaves Nogales una culpa
inexistente, que solo le corresponde a la estudiosa Cintas: “Lo que consiguen
esos desmanes (de las falsas atribuciones) es hacernos dudar de la
excepcionalidad de Chaves, cuando puede ser confundido con cualquier otro
periodista que no ha sido elevado a los altares”. Una elucubración como esa,
tan del gusto de García Martín, podría llevarnos a conclusiones demoledoras y
un tanto deprimentes no solo en literatura sino también en música y pintura y en
todas las demás artes. Bastaría con que un crítico más o menos anónimo se
decidiera a atribuir un cierto cuadro no firmado a Velazquez o a Picasso para
que nos sintiéramos obligados a dudar de la excepcionalidad de Picasso o de
Velázquez antes que de la agudeza del crítico anónimo.
Con todo, reconozco que la frase tiene brillo aunque le
falte peso. Sobra de brillo y falta de peso, por cierto y finalmente, es lo que
caracteriza a muchas argumentaciones y frases “estupendas” del ameno escritor
que es siempre García Martín. Fijémonos, por ejemplo, en la casi final frase de
su reseña, flamantemente aforística, sobre los ciegos lectores devotos de
Chaves Nogales dispuestos a tragarse toda suerte de ruedas de molino: “No resta
peregrinos al camino (sic) de Santiago el saber a ciencia cierta que allí no
está enterrado el apóstol”.
Peregrinos, no; admirado José Luis: lo que no faltan son
turistas, si quieres ser preciso. Y por favor, precisa también un poco más
cuando escribas sobre Chaves Nogales.
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