jueves, 5 de mayo de 2011

Antón García: Memoria de la lengua, lengua de la memoria

Antón García
La mirada aliella / La mirada atenta
Antología 1983-2006
Trea, Gijón, 2011
Introducción de Araceli Iravedra


En la historia de la literatura asturiana tiene un sitio cierto Antón García; fue el primero –o uno de los primeros— en limpiarla de folklorismo y servilismo regionalista, y es uno de sus mejores estudiosos. Ahora que nos presenta una amplia selección bilingüe de su poesía, en versión del castellana del propio autor, es el momento de comprobar hasta qué punto ese lugar en la crónica reciente del resurgimiento astur se corresponde con un real interés poético.
No me parece a mí que lo tenga del todo Estoiru (Estuche), su primer libro, un curioso ejercicio lingüístico a la manera de Eugénio de Andrade, pero sin que la sucesión de metáforas, a veces un tanto intercambiables, sobre palabras cotidianas –hoja, viento, luna, vidrio— se acerque a su música ni su magia. Nadie antes había escrito poesía en asturiano sin anécdota, sin costumbrismo y sin sentimentalismo. Gran mérito fue ese en su momento, pero no suficiente para atraer hoy la atención del borgiano lector hedónico.
Muy distinto es lo que ocurre con Los díes repetíos, que puede figurar sin desdoro entre las obras más significativas publicadas en cualquiera de las lenguas peninsulares en la década de los ochenta. Los maestros de Antón García en ese libro son los de los poetas jóvenes de entonces: Gabriel Ferrater, que le da título, Juan Luis Panero, Fernando Pessoa. Se trata de una obra muy generacional (“Generación” se titula precisamente uno de los poemas), pero en absoluto intercambiable. Antón García encuentra un tono propio de ensimismada melancolía. El escenario de muchos de estos poemas es un café provinciano desde el que ver pasar la vida o añorar un amor que sin duda sucede en el pasado, aunque sea un amor presente.
Tras ese libro ejemplar y excepcional entra Antón García en un largo período de silencio. Casi veinte años transcurren antes de que complete un nuevo libro, Tierra adientro, aunque parcialmente se anticipara antes. No es una obra unitaria; se nota que, tras el logro de Los díes repetíos, el autor ha tanteado diversos caminos sin acabar de decidirse por ninguno. En Tierra adientro hay espléndidos poemas –el dedicado al suicidio de Pavese, por ejemplo— que podían figurar en el libro anterior y también algún que otro ejercicio circunstancial o demasiado volcado hacia el sentimentalismo, como las dos canciones reunidas bajo el título de “Nadie lo sabe”.
Lo más característico de Tierra adientro es el componente reivindicativo y el autobiográfico. Se homenajea a Fernán-Coronas (el poeta en asturiano que marcó el camino a seguir) y a un “probe de pidir” que entre sus escasas posesiones guarda “unes cuantes palabres asturianes” que los demás han olvidado: “Los animales del monte son l’osu, / la fuina, l’esquil ya la muniella, / el xabaril, el faisán ya’l melandru, / el rizcayeiru, el llobu, la rapiega…”
Los versos que cierran el libro, y esta antología, no pueden resultar más significativos: “Asina ye la vida del mio pueblu, / la historia d’esta tierra, / esta llingua: / xunto a una casa derrotada / palabres como piedra, / montones de palabres / que son nada”. Pero la anécdota que sirve de pretexto para esa conclusión resulta inconsistente: un caminante pregunta por un dolmen a una mujer muy vieja que está a la puerta de su casa; ella le señala el camino, y luego añade que ni es un dolmen ni es nada, “namás piedras unas enriba d’outras”. No resulta verosímil que sepa lo que es un dolmen y luego diga que el que está cerca de donde ella vive “ni es dolmen ni es nada”.
Algunos de los más ambiciosos poemas de Antón García están en Tierra adientro, como el titulado “Casa”, demorada evocación de la casa de la infancia y de un mundo perdido para siempre, o “El último busgosu”, una incursión en el ámbito de la mitología asturiana.
Bien conocida ya entre quienes leen en asturiano, esta edición bilingüe de La mirada aliella, pretende difundir la poesía de Antón García entre los lectores de lengua española. Conviene, por ello, hacer alguna advertencia. Aunque la traducción es del propio autor, y no ha desdeñado buscar alguna ayuda que se indica en la nota final, resulta quizá discutible en ciertos puntos. Parece buscar menos la fidelidad que la corrección métrica. Algún cambio resulta especialmente llamativo. En el poema titulado “Del to llugar” leemos: “Florecen les vegues: prende la lluna / el candil de la escarcha y a esperar / qu’amanezca la xelada se tiende”. La versión castellana dice así: “Se iluminan las vegas; la luna abre / el cajón de la escarcha y el cristal / de la helada se acuesta, espera el alba”. ¿Abrir un cajón se dice en asturiano “prender el candil”? Primera noticia.
Podríamos seguir citando ejemplos: “Mañana, / si quier, que vuelva l’olvidu besame”, termina el poema “Café”. El autor, para mantener las dos sílabas y conservar el endecasílabo, traduce “si quier” por “tal vez” y, aparte de empeorar el verso, al mantener la forma verbal incurre en una inconsecuencia gramatical: “Mañana, / tal vez, que vuelva el olvido a besarme” (debería decir “mañana, tal vez, volverá el olvido a besarme”).
Una versión más literal a menudo mejora el poema. En “Cutariellu” leemos: “Xuntos sentiemos l’inquietu enredar / de los nenos, el ruxir de la yerba / onde una culuebra que s’esguilaba / texía ente nós l’amor d’estos versos”. El poeta traduce: “Juntos oíamos el jugar inquieto / de los niños, un rumor en la hierba / cuando una culebra que se arrastraba / iba tramando el amor de estos versos”. Una versión menos “peinada”, pero más ajustada al original diría así: “Juntos sentíamos el inquieto enredar / de los niños, el rumor de la hierba / donde una culebra que se deslizaba / tejía entre nosotros el amor de estos versos”.
Aunque sea obra del mismo autor y a menudo dé la impresión de pretender tener valor autónomo, resulta preferible considerar la versión castellana como una simple ayuda para acercarse al original, algo no demasiado difícil para cualquier lector de lengua española. Comprobará así que, al margen de su importancia en la historia de la literatura asturiana (hasta ahora el pariente pobre de las literaturas peninsulares), Antón García es un poeta verdadero que puede tener la certeza, como afirma en el poema “De parte tarde”, de que algunos de sus versos han de seguir resonando “mientras dalguién aliende / y hebia lluz nunos güeyos”. Y se le seguirá leyendo, aparte de en siempre imperfectas traducciones, “nesta llingua na que t’escribe y ama”. 

jueves, 28 de abril de 2011

Susan Sontag: Despeinada intimidad

Susan Sontag
Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964
Mondadori, Barcelona, 2011
Edición de David Rieff

Susan Sontag, toda voluntad e inteligencia, había vencido más de una vez una enfermedad considerada mortal, y estaba convencida de que iba a vencer también el que sería el último envite; por eso no se preocupó de dejar instrucciones sobre sus escritos inéditos, especialmente el diario que había llevado regularmente desde su adolescencia. Parece seguro que no le habría gustado ver publicadas esas páginas, en las que tanta importancia tienen las intimidades sexuales. Pero no las destruyó, sino que las vendió a la Universidad de California en Los Ángeles y en el contrato no había ninguna cláusula que prohibiera su consulta a estudiosos o simples curiosos. Por eso su hijo ha decidido publicarlas antes de que sirvan de base a biografías más o menos escandalosas.
La sexualidad –el descubrimiento y la aceptación de su homosexualidad, sobre todo— está muy presente en este primer tomo del diario, que abarca desde los dieciséis años hasta que, ya bien cumplidos los treinta, publica su primera novela, El benefactor, pero no es lo más importante, aunque sí lo que más molestaría a su autora, que nunca quiso referirse en público a su orientación sexual.
La primera anotación enumera las cosas en las que cree: “que no hay un dios personal o vida después de la muerte”, “que lo más deseable en el mundo es la libertad de ser uno mismo, es decir, la honradez”.
Susan Sontag siempre fue fiel a sí misma, jamás flaqueó en el empeño de ser quien creía que debía ser. Desde muy joven hizo suyas las palabras de Plotino en las Eneadas: “Adéntrate en ti mismo y mira. Y si todavía no te encuentras hermoso, actúa como el creador de una estatua que debe hacerse hermosa: corta aquí, cincela allá, suaviza en otro lado, hace esta línea más ligera y la otra más pura, hasta que nace un rostro hermoso de su obra. Haz tú lo mismo: corta todo lo que es excesivo, endereza todo lo que está torcido, ilumina todo lo que está encapotado, trabaja para que todo se convierta en brillo de hermosura y nunca dejes de cincelar tu estatua hasta que dentro de ti surja luminoso el esplendor de la virtud que es semejante a los dioses, hasta que veas la bondad perfecta en el templo, sin mácula”.
Hizo suya esas palabras, pero ella buscaba menos la bondad que la inteligencia. “Mejor ser resuelta, obstinada, que cortés, complaciente, deferente con las preferencias de otra persona”, escribió. Fue dura con los demás, pero nunca tanto como consigo misma. En el prólogo, David Rieff escribe: “En este diario el arte es visto como una cuestión de vida o muerte, donde se da por supuesto que la ironía es un vicio, no una virtud, y en el que la seriedad es un bien superior”. Quien nunca se permitió mostrar ninguna flaqueza en su obra publicada, exhibe ahora sus dudas y vacilaciones, el esfuerzo que le costó llegar a ser quien es. A veces sentimos ganas de mirar hacia otro lado, confusos y algo molestos por el exceso de despeinada intimidad.
No todos los libros son para todos los lectores. Nadie debe acercarse a estos diarios si no es ya un buen conocedor de Susan Sontag, si no la admira o la detesta. Renacida es un libro, pero no es una obra literaria, sino una serie de anotaciones que muy a menudo solo tienen, si lo tienen, valor documental. El 9 de enero de 1950 apunta por ejemplo lo que debe releer (el Doctor Faustus) y lo que debe leer, obras de Antonia White, Aldous Huxley, Herbert Read y Henry James. El día anterior a cumplir 24 años (el 15 de enero del 57) nos encontramos con una serie de “deberes”: tener mejor postura, escribir a su madre tres veces por semana, comer menos, escribir dos horas al día como mínimo, nunca quejarse en público, enseñar a su hijo David a leer.
No abundan en exceso los fragmentos con valor por sí mismos. Algunas anotaciones tienen carácter aforístico: “Comprender el mundo es verlo alejado de los propios sentimientos”, “El coste de la libertad es la infelicidad”, “La bondad no es una virtud, ser bondadoso es tratar a los demás como inferiores”. En otros casos nos encontramos con apuntes viajeros. El 15 de abril del 58 resume dos semanas de viaje por España en compañía de su amante: “La corrida de Sevilla, el modo en que se me revolvieron las tripas cuando el primer toro cayó en la arena. El martes en Madrid, el modo en que las pinturas de El Bosco y la música flamenca bulleron toda la noche en mi cabeza… Los cascos de estilo nazi de los soldados que marchaban en alguna de las procesiones sevillanas”. No llevó su diario durante el viaje “porque sabía que Harriet llevaría el suyo, y me pareció muy grotesca la imagen de las dos compartiendo alguna habitación de hotel mientras escribíamos la una frente a la otra, elaborando nuestras identidades privadas, pintando nuestros infiernos privados”. Meses después, en julio, viajan a Grecia, y en el diario queda esta enumeración caótica: “Las regordetas reinas estadounidenses de Atenas, las polvorientas calles llenas de obras en construcción, los conjuntos de buzuki en los jardines de las tabernas por la noche, comer platos de yogur espeso y rodajas de tomate y pequeños guisantes verdes y beber vino resinoso, los enormes taxis Cadillac, los hombres de mediana edad paseando o sentados en el parque repasando sus cuentas de ámbar, los vendedores de maíz sentados en las esquinas con sus braseros, los marineros griegos con sus ajustados pantalones blancos y anchas fajas negras, las puestas de sol color de fresa tras las colinas de Atenas vistas desde la Acrópolis, los ancianos en las calles sentados junto a sus básculas que ofrecen pesarte por un dracma”.
Hay diarios que son una obra literaria más, que podemos leer sin conocer nada de su autor; otros solo nos interesan si nos interesa quien los ha escrito. Es el caso de Renacida, que nos permite asomarnos a la intimidad de una mujer que no podemos dejar de admirar, pero con la que simpatizar no resulta demasiado fácil.

jueves, 21 de abril de 2011

Nuestros padres mintieron


Tengo una cita con la muerte
Selección, traducción y prólogo de Borja Aguiló y Ben Clark
Ediciones Linteo, Orense, 2011


Poco tiempo le duró a la Gran Guerra ser la más espantosa catástrofe que le había ocurrido en la humanidad. Veinte años después, Alemania invade Polonia, comienza la Segunda Guerra Mundial, y pierde su carácter excepcional para convertirse en la primera de una serie. Pero hubo algo que la distinguió de los anteriores conflictos bélicos, y la sigue distinguiendo de los siguientes: el entusiasmo con que fue acogida en todas partes. Stefan Zweig cuenta en sus memorias, El mundo de ayer, el ambiente de fiesta con que se encontró en Austria a su llegada de Bélgica, unos días después de iniciada la guerra: “Los trenes se llenaban de reclutas recién uniformados, ondeaban las banderas, retumbaba la música marcial, y en Viena hallé la ciudad entera sumergida en estado de embriaguez”. El miedo a un conflicto que nadie quería se había transformado en entusiasmo: “Se formaron manifestaciones en las calles; en todas partes flameaban banderas y se escuchaba música; los jóvenes reclutas marchaban en triunfo, con los rostros iluminados, porque se les saludaba jubilosamente, a ellos, los pequeños hombres del diario vivir, a quienes nadie antes había celebrado y en quienes nadie había fijado su atención”.
El entusiasmo no fue menor en Londres, aunque sí quizás menos espontáneo. En el prólogo a Tengo una cita con la muerte leemos: “Si Gran Bretaña debía ir a la guerra, sería necesario un ejército, y el gobierno sabía que los alemanes llevaban años de ventaja. Se inyectó espíritu patriótico a todos los actos públicos; los teatros ofrecía espectáculos en los que el soldado era retratado como un héroe, rodeado de hermosas bailarinas. Hubo grandes oradores, con Kipling a la cabeza, que supieron avivar cierta nostalgia imperialista y muy pronto las grandes colas frente a las oficinas de reclutamientos desbordaron las mismas”.
La guerra era vista como algo heroico y romántico; unos y otros preveían una gloriosa marcha triunfal: “Para Navidad estaremos en casa”, gritaban los reclutas a sus madres en Londres o en Berlín.
También los poetas, como no podía ser de otra manera, contribuyeron a ese fervor patriótico. El más famoso de todos fue Rupert Brooke, cuyo soneto “El soldado” incitó a muchos a alistarse: “Si he de morir, pensad esto de mí: / que hay un rincón de tierra extranjera / que es ya Inglaterra para siempre”. Rupert Brooke tuvo suerte: murió en 1915, enfermo de insolación tras una excursión por Egipto, antes de que la guerra desvelara su verdadero rostro; la guerra fue para él solo una ocasión de viril camaradería en el más hermoso escenario, el mar de Homero y de Byron. Poco después de su muerte, el barco en que viajaba, el Grantully Castle, puso rumbo hacia la península de Gallípoli y allí morirían todos sus compañeros de la más atroz y estúpida manera.
Y es que la Gran Guerra fue una fiesta patriótica –o así quisieron hacerla ver— hasta que se estancó en las trincheras y resultó imposible dejar de verla tal como era. Para Inglaterra el cambio tuvo que ver con la batalla del Somme, cuando ingleses y franceses quisieron romper las líneas alemanas: “Fue una masacre. El primer día, el 1 de julio de 1916, los británicos sufrieron 57.740 bajas, de las cuales 19.240 fueron mortales (con 2.152 desaparecidos). Especialmente dramático resultó para la moral de las tropas y para la sociedad británica la aniquilación casi total del Regimiento de Newfoundland, que atacó con 801 hombres, perdió más de 500 a causa de la metralletas alemanas y regresó con solo 68 soldados ilesos. Al final del día las líneas alemanas seguían prácticamente intactas”.
Los poetas que se antologan en Tengo una cita con la muerte reflejan el estado de ánimo que siguió a esa catástrofe, tan distinto al que había al iniciarse la guerra. Todas las mentiras patrióticas se habían venido abajo; nada de glorioso había en matar y morir porque así se había decidido en remotos despachos y por inconfesables razones.
Rupert Brooke murió creyendo en los versos clásicos que tantas matanzas han justificado: “Dulce et decorum est pro patria mori”. Wilfred Owen –uno de los más destacados poetas de la antología— le da la vuelta a esa patriótica patraña en un poema titulado precisamente “Dulce et decorum est”: “Doblados en dos, como viejos mendigos envueltos en sacos, / las rodillas rotas, tosiendo como brujas, maldecíamos en el lodo…”.
Borja Aguiló y Ben Clark seleccionan solo a los poetas de la Gran Guerra que murieron en ella. La mayoría tenían poco más de veinte años (Edward W. Tennant murió a los diecinueve, en la batalla del Somme, que comenzó el día de su cumpleaños como el más siniestro regalo). Aunque no todos son grandes poetas, como no podía ser de otra manera, raro es el que no nos ha dejado unos versos memorables.
Quedan fuera por esa razón de Tengo una cita con la muerte poetas que no pueden faltar en ninguna antología sobre la Gran Guerra, como Siegfried Sassoon o Rudyard Kipling. A Kipling, cuya retumbante retórica imperialista, había llevado a tantos jóvenes a alistarse, se le deben algunos de los más sobrios y emocionantes epitafios que se hayan escrito nunca. Entre ellos el dístico que Jon Juaristi parafrasea –sin citarlo— en uno de sus poemas más citados “Spoon River, Euskadi”: “¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo”. Los escuetos versos de Kipling, que podían inscribirse como epitafio único en esos cementerios con miles de tumbas iguales y anónimas, dicen así: “If any question why we died, / tell them, because our fathers lied”. Sabía de qué hablaba: uno de esos muertos ilusionados y engañados era su propio hijo, que acababa de cumplir dieciocho años.

jueves, 14 de abril de 2011

Alberto Manguel: Una vida, una biblioteca, un amor


Alberto Manguel / Claude Bouquet
Conversaciones con un amigo
Traducción de Pedro B. Rey
La Compañía / Páginas de Espuma, Madrid, 2011


Pocas infancias tan inverosímiles como la de Alberto Manguel. Nació en Buenos Aires, en 1948. Un capricho de Perón convirtió a su padre, que nada tenía que ver con la diplomacia, en el primer embajador en el recién creado Estado de Israel. Allí pasó sus siete primeros años. Aprendió a hablar en alemán y en inglés, las lenguas de su niñera, Ellin Slonitz, judía alemana. Lo curioso es que sus padres solo hablaban español y algo de francés. Las únicas palabras que el niño Manguel podía intercambiar con sus padres, a los que veía muy de cuando en cuando, aunque vivían en la misma casa eran: “Buenos días, señor. Buenos días, señora”. A los tres o cuatro años comenzó a formar su biblioteca: “Cuando yo quería, Ellin me llevaba a la librería y yo podía comprar los libros que eligiera. Nunca me dijo: Ese libro es para adultos”. Con Ellin viajó a Venecia, a París, a Jordania, a Alemania. No iba a la escuela. Ellin era su tutora y casi la única persona con la que trataba.
Con el título poco significativo de Conversaciones con un amigo, Alberto Manguel le cuenta su novelera vida al editor Claude Bouquet y divaga sobre esto y aquello, sobre el compromiso político, el nacionalismo, la decadencia de las librerías. Nos interesan sus opiniones, atinadas unas veces y desatinadas otras, como las de todo el mundo, pero lo que nos apasiona es el recuento de una trayectoria errabunda que comienza en Buenos Aires, sigue por Israel, pasa por París y por Londres, por Tahití y Canadá, y acaba asentándose en una biblioteca construida en lo que fue casa de un cura en la Francia profunda.
A los siete años, tras la caída de Perón, la familia de Manguel regresa a Argentina. Allí, tras pasar por diversos centros, tuvo la suerte de ingresar en el Colegio Nacional de Buenos Aires, el más prestigioso del país. Si uno es de donde ha estudiado el bachillerato, no cabe duda de que Manguel –que vive en Francia y tiene pasaporte canadiense— es argentino. “Si tuviera que escoger un momento determinante en mi vida, sería ese periodo de seis años en la escuela secundaria”. El Colegio Nacional de Buenos Aires está en la Manzana de la Luces, a dos pasos de la Casa Rosada, en el centro mismo del poder político, donde todos los acontecimientos importantes tenían lugar. Aquel colegio tenía un régimen especial: “Era una enseñanza dada por profesores universitarios, cada uno con sus caprichos, sus mañas, sus manías… Por ejemplo: debíamos estudiar la historia universal desde Mesopotamia hasta el Renacimiento. Ahora bien, solo se estudiaba Grecia y, de Grecia, Atenas, porque era lo que le interesaba al profesor. Lo mismo pasaba en literatura”. De los profesores de literatura recuerda especialmente a uno, Isaias Lerner, que luego sería profesor –todavía lo es— en la Universidad de la Ciudad de Nueva York.
El azar hizo que la formación de Manguel –que no necesitó de estudios universitarios para ser el erudito excepcional que es y que quizá no hubiera sido capaz de ser con ellos— se completara con otro sorprendente maestro, Jorge Luis Borges. Estudiante todavía de bachillerato, a los quince o dieciséis años, necesitaba dinero para comprar libros, así que llamó a las tres o cuatro librerías inglesas y alemanas de Buenos Aires en busca de trabajo. Le aceptaron en la librería Pigmalión. A ella iban a comprar libros ingleses y alemanes todos los grandes escritores argentinos, entre ellos Borges, que ya estaba ciego y que le sugirió que le visitara de vez en cuando para leerle algunas páginas. Borges siempre contó con agradecidos y entusiastas secretarios gratuitos. Era la época en que había vuelto a escribir cuentos (los de El informe de Brodie). Leyeron a Kipling, Henry James, Stevenson. “Interrumpía mis sesiones de lectura para hablarme de las primeras lecturas que había hecho de esos autores, para contarme anécdotas, historias literaria… A veces quería que buscara una palabra en una de esas enciclopedias que a él le gustaban tanto. No creía en un conocimiento profundo, académico, derivado de estudios minuciosos. No creía en un conocimiento por mera acumulación de información. Lo que le interesaba era, a partir de ciertos hechos, reconstruir él mismo las cosas. A partir de una pequeña información, desarrollaba toda una teoría del mundo y de la literatura”.
Luego vino una vida errante, trabajos de traductor y de editor, colaboraciones en periódicos y revistas literarias, hasta el primer éxito editorial, la Guía de lugares imaginarios, un libro que solo se le podía haber ocurrido a un lector de Borges: un minucioso recuento, con planos, mapas y todos los detalles exactos posibles, de lugares que solo existen en la literatura. Tras ella llegó Una historia de la lectura, el libro para el que Manguel se había estado preparando, sin saberlo, durante toda su vida. Y La biblioteca de noche, que antes de ser libro, fue una biblioteca real, la biblioteca que Manguel había ido formando desde que compró su primer libro, a los tres años, en la Landsberger’s Bookshop de Tel Aviv, y que por fin pudo reunir en lo que había sido el granero de un antiguo presbiterio en Mondion, cerca de Poitiers. Una biblioteca que antes había soñado muchas veces y que recrea la del Colegio Nacional de Buenos Aires. “La noche que terminé de ordenar los libros –le cuenta a su amigo Bouquet—, dormí en la biblioteca, en el suelo. Sentí que era necesario apropiarme del lugar”.
Pero no solo se habla de libros en este libro que no quiere ser un libro sino una serie de libres y amicales conversaciones, aunque de ciertas cosas, como de la sexualidad, solo se habla “sin entrar en detalles”: “Me guardé para mí todo lo que pensaba y muy pronto mi conducta sexual se volvió secreta y al final peligrosa porque estaba demasiado escondida y todo lo que está escondido corre el riesgo de volver en contra de uno mismo”. Tras un matrimonio, que acabó pronto, el encuentro más decisivo de su vida se narra de esta aséptica manera: “A comienzos de los años noventa, conocí a Craig Stephenson. Él era profesor en un liceo y había preparado una antología de literatura internacional para las escuelas. Quería que yo le escribiera el prefacio. Así nos conocimos. Poco después, Craig quiso seguir estudios de psicoanálisis en Zurich. Decidimos entonces instalarnos en Europa durante el tiempo que le demandaran sus estudios”. Esta historia de amor a los libros esconde, como en filigrana, otra historia de amor: “Construir la biblioteca llevó casi un año. Craig se fue diez días y yo me quedé con las últimas cajas de libros. No podía desembalar cada caja e ir pasando los libros a los estantes porque no estaban en orden. Hubo que desembalar entonces todas las cajas, treinta mil libros, al mismo tiempo que se establecía una clasificación. Terminé apilando columnas de libros como esas columnas que se ven en el desierto. No me iba a acostar, me quedaba hasta las dos de la mañana, me levantaba a las seis, me olvidaba de comer; aquí estuve, durante tres meses, en un mundo aparte. Terminé de ordenar la biblioteca el día en que volvió Craig. Iba a poner música y estaba a punto de escuchar a Wagner. Preparé la primera parte de Tannhäuser y puse en marcha la música en el momento en que entraba Graig. Quedó deslumbrado. Ver la biblioteca ya causaba una impresión fuerte, pero verla con todos los libros en su lugar y con una música fastuosa era absolutamente maravilloso”.

jueves, 7 de abril de 2011

Jacinto Octavio Picón: Revocar el fallo de la posteridad


Jacinto Octavio Picón
Después de la batalla y otros cuentos
Edición de Esteban Gutiérrez Díaz-Bernardo
Madrid, Cátedra, 2011



“Revocar el fallo de la posteridad no es tarea fácil”, comienza Esteban Gutiérrez el documentado y reivindicativo prólogo que coloca al frente de Después de la batalla y otros cuentos, selección de relatos de Jacinto Octavio Picón, un narrador que en su tiempo se mantuvo en la primera línea de la literatura española y hoy es apenas una nota a pie de página.
Nacido en Madrid el año 1852 –ese mismo año nació Clarín, un año antes Emilia Pardo Bazán, un año después Armando Palacio Valdés—, sus novelas y sus cuentos gozaron desde el comienzo del favor del público y del apreció de la crítica. Él también fue un crítico ponderado y estimable, especialmente en lo que al arte y al teatro se refiere. Lo fundamental de su obra apareció en las últimas décadas del siglo XIX. Luego se fue borrando poco a poco hasta desaparecer en 1923. Era entonces bibliotecario de la Real Academia y en su necrológica escribió Antonio Maura: “¡Hasta en el trance de morir no parece sino que se ausentó caminando de puntillas, para librarnos del amargor de la despedida!”. Su corrección, su discreción, su lejanía de cualquier escándalo, ayudó a que se le olvidara con mayor rapidez.
¿Vale la pena leer hoy a Jacinto Octavio Picón? Esteban Gutiérrez cree que sí, que es algo más que una figura de época con interés solo para los historiadores de la literatura. Escuchamos su afirmación con cierto escepticismo. La erudición académica suele estar ayuna de sentido crítico. Al estudioso le importan los datos que acumula; le preocupa menos el interés de su objeto de estudio para el lector actual; en sus manos la obra literaria suele convertirse en documento al margen de jerarquías y juicios de valor.
“Después de la batalla”, el primero de los relatos, se sitúa en la época de la guerra franco-prusiana de 1870. Comienza bien (con su minuciosa y sugerente descripción de “una soberbia quinta” perdida en uno de los departamentos del este de Francia), termina de una manera un tanto moralizante que no acaba de convencer. Algo similar ocurre con “Boda deshecha”, de impecable técnica, en el que la anécdota se reduce al mínimo y todo ocurre sin que los protagonistas intercambien una sola palabra: una mirada le basta al hombre “que está perdidamente enamorado de la Marquesa, con la cual va a casarse dentro de quince días” para desilusionarse de ella.
Pero el tercer relato, “Virtudes premiadas”, aparecido inicialmente en 1892, es una conmovedora obra maestra, digna de figurar en la mejor antología del cuento español. Comienza en primera persona, algo poco frecuente en el distanciamiento objetivista característico de Jacinto Octavio Picón: “Le conocí hace algunos años en aquel café de Bayona donde, desde hace medio siglo, entre conspiraciones e indultos, refrescan y se aburren los emigrados españoles. ¡Cuántas sonrisas de alegría e incredulidad han reflejado aquellos espejos! ¡Cuántos suspiros de desaliento se han estrellado en los bordes de las tazas! ¡Qué de hombres se han despedido ante aquellas mesas soñando despiertos con la esperanza para verla luego destruida y frustrada más acá de los Pirineos!”. Se nos cuenta luego la historia de León María de Regio, militar y carlista, a la vez que se realiza una crítica indirecta y feroz, que nada tiene que envidiar a Galdós, de la España de la restauración. La ideología del autor es opuesta a la de su personaje, lo que no dificulta la empatía con que lo trata. Jacinto Octavio Picón es un moralista, pero no un propagandista. Escribe siempre con una intención, busca algo más que entretener. Y tras la envejecida retórica de su tiempo muestra, en los mejores casos, una sutileza rara en los escritores de su tiempo y de cualquier tiempo.
En “La amenaza” el mundo burgués en que tan a sus anchas se mueve Picón se cambia en un ambiente proletario. Nos cuenta un accidente en una fábrica, el injusto trato que dan los propietarios al obrero accidentado y la venganza de este. Es el cuento más conocido de su autor, el único reeditado en nuestros días. No es el mejor de los suyos, ni el más característico.
Excelente resulta “El agua turbia”, con su triunfo del amoralismo, con su minucioso reflejo de las costumbres de una época. Jacinto Octavio Picón es un narrador lleno de buenas intenciones, pero sus mejores relatos trascienden esas intenciones, las dejan al margen, como un mero pretexto para una historia que, cuando se logra, va más allá y más hondo de lo que pretendía el autor.
“Desencanto”, el último relato seleccionado, inició en 1907 la revista El Cuento Semanal, una brillante iniciativa de Eduardo Zamacois que pronto tuvo abundantes continuaciones y que daría origen a la época de oro de la novela corta española. Nos habla de antiguos prejuicios y de mujeres fuertes que se atreven a enfrentarse a ellos (algo tan antiguo como moderno).
¿Tendrá éxito Esteban Gutiérrez en su empeño de sacar a Jacinto Octavio Picón del olvido y colocarlo en el lugar de honor de los narradores de su tiempo? Difícil lo tiene. Las inercias de la historia de la literatura son casi imposibles de modificar. Pero vale la pena volver sobre este escritor, releer sus cuentos –más de un centenar— y también sus novelas, casi siempre con protagonista femenina. Descubriremos que no es el inagotable Galdós, ni el punzante y compasivo Clarín, ni Emilia Pardo Bazán (mucho más incorrecta estilísticamente, lo que no siempre es un defecto), pero que, tras ellos, no cede el sitio a ningún otro nombre de la gran época de la narrativa española.

jueves, 31 de marzo de 2011

Felipe Benítez Reyes: Cuatro blogs y un elogio


Felipe Benítez Reyes
Las respuestas retóricas
La isla de Siltolá, Sevilla, 2011


No hay que confundir el continente con el contenido. Internet ha cambiado el modo de difundir la literatura. ¿Ha cambiado la literatura? Un editor sevillano, Javier Sánchez Menéndez, tuvo la feliz idea de reunir en volumen una selección de los blogs literarios más significativos. El resultado por lo general no se diferencia demasiado de las recopilaciones de artículos o de los diarios personales.
En algunos casos, como el de Enrique García-Máiquez con De ida y vuelta no se diferencia nada, ya que lo que recopila son los artículos a los que remitían las entradas de su blog. La mayoría de los admiradores de Enrique García-Máiquez, un poeta a la vez ingenioso y hondo, un prosista tocado por el dedo de la gracia, no conocían esos artículos, publicados en revistas de combativo conservadurismo religioso. Y no creo que mejoren mucho su opinión al conocerlos. García-Máiquez se muestra en ellos como un brillante sofista que defiende sus creencias con desprecio de la verdad. “Los indígenas americanos hicieron un negocio redondo con el descubrimiento y la colonización”, afirma. Y continúa: “Cambiar sus religiones, a menudo sangrientas, por la católica fue un chollo” (inquisición y autos de fe son sin duda inventos de la leyenda negra). Para colmo, la oferta “incluía un dos por uno, y los indígenas se llevaron de regalo el idioma español”. Tampoco “cambiando pepitas de oro por espejitos hicieron el indio”, porque –se pregunta poéticamente— “¿qué es el amarillo brillo del oro sino un sonoro ripio comparado con los infinitos colores que caben en el cristal limpio de un espejo?”. La poesía puesta al servicio de la sinrazón. ¡Tantas tiendas que compran el oro a buen precio y aún no se han enterado que podrían cambiarlo por espejitos! Como aplicado discípulo de Juan Manuel de Prada, aunque él cree serlo de Chesterton, García-Máiquez se inventa un “progre” de caricatura para poder refutarle y burlarse a gusto. No, amigo García-Máiquez, un “progre” no se entristece en una boda y se alegra en un divorcio: se alegra de que, cuando un matrimonio no funciona, exista la posibilidad de divorciarse.
José Manuel Benítez Ariza subtitula Pintura rápida, la selección de su blog, “Diario de un otoño”, y efectivamente se trata de breves apuntes que hablan de cotidianidad y lecturas, de sus clases, de sus intervenciones en algún concurso literario, de su gata, de algún viaje, del tiempo que hace. Benítez Ariza, un escritor “muy apegado a la autobiografía”, antes de abrir su blog nunca había llevado un diario. En el prólogo explica las razones: “Mantener un diario al uso me ha parecido siempre, literariamente hablando, una tarea fútil, porque, o bien este era verdaderamente íntimo, y por tanto quedaba excluida toda posibilidad de que el autor se beneficiara del diálogo implícito que a través de sus obras establece con el público, o bien, si su publicación estaba programada como una obra más, eso parecía ir en detrimento –y reconozco que mi actitud al respecto es algo ingenua— de la autenticidad del propio diario, de su carácter confidencial, de su verdad”. No sé si esta actitud es ingenua, sé que es muy simplista. Un diario, incluso concebido para no publicarse en vida, puede establecer un “diálogo implícito” con sus futuros lectores póstumos; y un diario publicado por su autor no tiene forzosamente que haberse programado, mientras se escribía, como una obra más: puede tratarse de un viejo diario de juventud, perdido y reencontrado. ¿Y por qué ha de ser menos auténtico, menos confidencial, menos verdadero un diario que luego se publica? La mayor parte de los libros, y especialmente los literarios al margen de las grandes editoriales, tienen un publico tan reducido que admiten mejor las confidencias que las grandes proclamas destinadas a cambiar el mundo.
Fernando Valls es profesor, especializado en narrativa contemporánea, especialmente en el microrrelato. Justifica su blog, antologado en Verde veronés, “por la carencia de espacios para la reflexión en libertad, y por la casi decepción que produce la mayoría de los hasta ahora existentes, sobre todo los más visibles, los suplementos culturales de los periódicos y las revistas literarias”. No estoy yo muy seguro de que la “reflexión en libertad” de Fernando Valls –sus elogios de Eduardo Mendoza o de Almudena Grandes, por ejemplo— encontrara muchas dificultades en los suplementos y revistas que encuentra “casi decepcionantes”. Su tono es siempre profesoral, algo convencional y sin demasiado sentido del humor; solo alguna vez se permite perder los papeles y dar rienda suelta a su mal humor, como cuando arremete contra Carlos Ruiz Zafón, reducido a sus iniciales.
Las respuestas retóricas, de Felipe Benítez Reyes, comienza con un ditirámbico prólogo de su buen amigo Carlos Marzal. Lo leemos con el escepticismo habitual en estos casos, pero bastan unas pocas páginas para que nos demos cuenta de que no hay en esas páginas ninguna exageración. Benítez Reyes convierte en mayor cualquier género menor. Su blog reúne artículos, escritos circunstanciales, alguna traducción que se quedó traspapelada. Un cajón de sastre, ciertamente. Pero sus artículos no están escritos a vuela pluma, no se limitan a dar una opinión sobre cualquier asunto de actualidad (¿quién no tiene una opinión sobre la crisis, el terrorismo, las autonomías?, ¿y a quién le importan esas opiniones, por lo general tan poco informadas como mal razonadas?); son piezas literarias escritas con la precisión de un poema. Un ejemplo, al azar, “Mercados”, enumeración de mercados cercanos y lejanos, descritos todos ellos con sorprendente e imaginativa precisión: “El mercado de Cádiz es algo así como la despensa del dios Neptuno; los pescaderos espolvorean continuamente con hielo picado su mercaduría, y los peces parecen amortajados en montones de diamantes, y sus ojos de pánico se deforman con los prismas del hielo picado, y todo parece una visión calidoscópica de ojos muertos: mires a donde mires, ves ojos muertos que te miran”.
Al publicarse en libro, los blogs de escritores pierden lo único que les caracterizaba: el comentario de los lectores, la posibilidad de aclarar y puntualizar de inmediato aquello que se ha escrito. Se convierten en libros misceláneos, en libros como los demás. Algo irritantes cuando tratan de hacernos tragar amargas pócimas sectarias con el azúcar del ingenio, como hace García-Máiquez; una caja deslumbrante de sorpresas, un continuo ejercicio de poesía y verdad, en el caso de Benítez Reyes, el escritor con más talento de su generación, según afirma Carlos Marzal en el prólogo. Uno de los escritores con más talento de cualquier generación, como afirmo yo, que le leo con nunca defraudado asombro desde que, allá por 1979, publicó su primer cuaderno de versos, Estancia en la heredad.

jueves, 24 de marzo de 2011

Eloy Sánchez Rosillo: El milagro de cada día


Eloy Sánchez Rosillo
Sueño del origen
Tusquets, Barcelona, 2011



Hay una engañosa naturalidad en la poesía de Eloy Sánchez Rosillo, un poeta que, tras ciertos retoricismos y culturalismo iniciales, parece hablar solo de pequeñas anécdotas cotidianas en el lenguaje de todos los días.
Unas golondrinas vuelan en el aire de septiembre, un paseo por la playa le trae el recuerdo de otros paseos infantiles, la luna se alza en el cielo nocturno, llueve sobre los naranjos de las huertas cercanas al río… No necesita más para escribir algunos de los mejores poemas del libro.
Pero junto a esa poesía casi zen, que parece hecha de nada, se encuentran otros textos más retoricistas con algo del voluntarioso optimismo de los libros de autoayuda. Es el caso de “Un pacto con la vida”: “El bien que está en tu mano, / que está en la mía y en la de cualquiera / y que tan solo necesita y busca / que haya en el corazón consentimiento / para llegar hasta la luz del día, / sabe cerrar heridas, cura daños / no ya a quien con asombro lo recibe, / sino a la propia carne lacerada / y al retraído espíritu / (que ahora por fin se expande) / del que con decisión quiere que sea”.
El poema “Luz entrevista” nos remite a una inefable experiencia mística. Tras referirse a su “servidumbre al tiempo fragmentado”, al tiempo indetenible que se precipita “en la fatalidad de la mar última”, escribe: “Pero ocurrió una vez que, de repente, / sin preguntarme, supe por amor, / y todo desde entonces me acompaña / y es simultáneo todo. / No hay transcurso”.
Hay transcurso, sin embargo y afortunadamente, en los poemas de este libro, que hablan del sucederse de las estaciones, de la añoranza de marzo en los días de invierno, de la llegada a los umbrales de la vejez. Eloy Sánchez Rosillo acierta cuando mira, siente, sueña; no cuando reflexiona, moraliza o nos refiere con minucia inefables experiencias más o menos exotéricas. Nos admira el poeta, nos deja indiferentes la prosaica exposición de su sabiduría vital.
El poema “En silencio” ejemplifica muy claramente una de las caídas del libro. “Los hechos más terribles y el mayor desamparo / ocurren en silencio”, afirma al comienzo. Enumera luego alguno de esos “hechos más terribles” y termina: “En estos y otros casos puede haber / gritos desgarradores que nieguen el silencio / en aquellos que sufren”. O sea, que no siempre ocurren en silencio. Pero añade: “mas son gritos inútiles que al silencio equivalen, / porque nadie los oye”. Nadie los oye, salvo que alguien los oiga, añado yo. Con lo cual todo queda en nada: los hechos más terribles y el mayor desamparo ocurren en silencio unas veces y otras no. El poema se queda así en nada, en un vacuo ejercicio retórico. Es lo que ocurre con la mayoría de los poemas sobre el propio hecho de escribir un poema (“Haciendo el equipaje”, por ejemplo), a los que tan aficionado resulta desde sus primeros libros.
Hay bastante ganga en los nutridos títulos últimos de Eloy Sánchez Rosillo, como la hay en toda su poesía, pero a algunos lectores no nos importa demasiado: ese cansino, prosaico, razonador decir parece la condición necesaria para el salto, el trampolín que le permite elevarse a un lugar a donde solo él llega.
Ya he aludido al primer poema del libro, “Golondrinas en septiembre”, que viene tras dos esforzados tanteos iniciales, que no acabamos de creernos (¿Qué es eso de que, si la dejas “crecer, hacerse adulta”, la mañana vendrá más tarde para hacer “que respires sosegado, / limpio ya de tus propias asechanzas, / ajeno a todo mal”). En “Golondrinas en septiembre” no encontramos filosofías, sino “una mañana de oro limpio y bien pulido, / de oro fresco que cae / incesante del cielo”, una mañana llena de golondrinas que “en el jardín da vueltas y más vueltas / y hacen de su trabajo una alegría / que me gana los ojos / y me ata a la vida”.
En “Sucede que allí” los pequeños detalles exactos hace que la visión, el salto atrás en el tiempo, nos parezca más real que el paseo actual que la enmarca. La primera parte del poema cuenta o resume lo que se hará verdad para el lector unos versos después. Ejemplifica bien este poema cómo, lo que consideramos, cansinos prosaísmos de la poesía de Sánchez Rosillo no son sino el punto de apoyo necesario para que su poesía, tan nítidamente suya, tan inimitable como abundantemente imitada, haga su aparición.
“Nocturno con luna” se titula uno de los poemas del libro y podría titularse una antología de la poesía de Rosillo. Un tema que parecía ya solo propio de trasnochados neorromanticismos o de artificiosas chinerías alcanza en él una verdad y una intensidad que solo encuentra par en Leopardi.
No me resisto a la tentación de copiar entero “Huertos junto al río”. Apenas una acuarela, el contraste del gris de la mañana con el oro de los naranjos, pero también algo más, mucho más, tal el machadiano “Las ascuas de un crepúsculo morado”, sin necesidad de hacer explícita ninguna reflexión sobre la madurez y la muerte que asoma en el horizonte como cumplimiento, no como amenaza: “Qué bendición, la lluvia en los naranjos, / a mitad de diciembre. / Dentro de algunos días recogerán los frutos, / ya en sazón bien cumplida. Pero ahora / brillan todos intensos, encendidos, unánimes / en la mañana gris, mientras se escucha / este apenas ruido, / este rumor tan delicado y manso / de la lluvia cayendo sobre las hojas verdes”.
Un poema, cuando lo es de verdad, es algo más que un poema: es una experiencia que nos cambia la vida, que nos hace mirar el mundo de otra manera. Raro será el lector que no encuentre en Sueño del origen alguno de esos poemas, que no son los mismos para todos: cada uno debe encontrar los suyos.

jueves, 17 de marzo de 2011

La Legión de Cristo: Una historia singular


Jesús Rodríguez
La confesión. Las extrañas andanzas de Marcial Maciel
y otros misterios de la Legión de Cristo
Debate, Barcelona, 2001



No tengo ninguna duda de que Dios, si existe, es un gran humorista. Con un sentido del humor muy negro y muy peculiar y particularmente justiciero. Solo a él se le puede ocurrir una historia tan disparatada y esperpéntica, capaz de poner en solfa a papas y cardenales, como la que cuenta Jesús Rodríguez en La confesión.
Los Legionarios de Cristo fueron fundados en los años cuarenta del pasado siglo por un joven sacerdote mexicano, Marcial Maciel Degollado, que se había formado en el duro ambiente de la guerra de los cristeros, la particular guerra carlista que vivió aquel país tras el triunfo de la revolución y el laicismo anticlerical de los gobiernos subsiguientes. El catolicismo volvió entonces casi a las catacumbas y muchos creyentes, sobre todo en las zonas rurales, decidieron tomar las armas para defender su fe.
En 1946, Marcial Maciel llegó a España en compañía de un puñado de niños y adolescentes que le habían confiado sus padres para que los convirtiera en sacerdotes. En la España de Franco, con su espíritu de cruzada, encontró el ambiente adecuado para desarrollar su organización. Pronto tuvo muy claro que para poder influir en la sociedad había que apuntar a lo más alto, seducir a los líderes. Y él comenzó seduciendo a señoras beatas de la alta sociedad. Era alto, rubio, guapo, tenía ideas muy claras sobre cómo conseguir la salvación. Primero seducía (espiritualmente hablando) a las madres, luego a los hijos: su propósito era conseguir dinero, cuanto más mejor, y vocaciones, también cuantas más mejor. Su mayor éxito en España lo constituyó la familia Oriol, una de las más destacadas en la oligarquía franquista: cinco hijos de Íñigo Oriol y Urquijo (hermano del ministro de Franco que sería secuestrado por los GRAPO cuando era presidente del Consejo de Estado) se hicieron legionarios. Y los donativos de la familia –en fincas y en metálico— se cuentan por millones de euros.
La llegada de Juan Pablo II al Vaticano supuso la época de oro de los Legionarios de Cristo. Desde el primer momento, el nuevo papa vio en Marcial Maciel un alma gemela: como él no era un teólogo ni un intelectual (aunque la formación de Carol Woytila resultaba infinitamente superior a la de Maciel), sino un hombre de acción. Ambos venían de países con un catolicismo a la defensiva: el México postrevolucionario, la Polonia comunista. Se entendieron a la perfección desde el encuentro inicial, que tuvo lugar en 1979, cuando Maciel se encargó de organizar el primer viaje triunfal del papa al extranjero, con destino precisamente a México. Ambos habían nacido en 1920 y se querían y se entendían como hermanos. El dinero que había que inyectarle a Solidaridad para se mantuviera firme en su lucha contra el gobierno comunista vino de muy diversas procedencias, pero una de las principales eran las arcas de los Legionarios, que Maciel manejaba a su antojo, sin tener que dar cuentas ni al fisco ni a nadie.
Los Legionarios de Cristo representaban a la verdadera iglesia, a la que no se había dejado contaminar por las ideas del concilio. Al contrario que los jesuitas y otras órdenes tradicionales no habían querido ponerse al día ni demagógicamente al lado de los pobres. Sus curas seguían vistiendo sotana, pero de la más elegante manera, como si estuviera diseñada por Armani, y se distinguían por ser bien parecidos, deportistas, exigentes consigo mismos y con los demás. Eran castos y puros, rechazaban la homosexualidad como el peor de los pecados, hacían voto de pobreza. Representaban la pureza del dogma en una época que se hundía en el lodazal del marxismo y el relativismo.
Los seminarios tradicionales se vaciaban, pero sus centros de formación estaban llenos de aspirantes al sacerdocio. Cuando había que recibir al papa, allí estaban los legionarios, más entusiastas que nadie, dispuestos a llenar inmensas plazas de entusiastas seguidores. Marcial Maciel ya tenía preparado en Roma un suntuoso sepulcro (costó un millón de euros) donde se venerarían sus restos cuando él fuera (como lo fue su gran rival en estos menesteres, Josemaría Escrivá de Balaguer) santo.
Y en esto ocurrido lo inesperado, ese golpe de guión que solo se le podía ocurrir a un gran humorista despreocupado de la verosimilitud. Resulta que son cada vez más las personas que han visto al fundador vestido de paisano y en compañía femenina asistiendo a la ópera en París, subiendo al Concorde con destino a Nueva York o saliendo del madrileño hotel Ritz. De vez en cuando se encuentra con algún legionario, pero no se inmuta: sonriente se limita a decir que hay que ser amable con las ricas patrocinadoras.
En los años cincuenta, ya se le había investigado por acusaciones de pederastia. Se las arregló para salir absuelto. Ahora arrecian las denuncias –está de moda el tema— de antiguos legionarios. Se despachan como calumnias de los eternos enemigos.
Las evidencias se van acumulando. Pero nadie se inquieta en la Legión: todo está bajo control. Los legionarios no leen más prensa que la que sus superiores les permiten, no pueden conectarse a Internet, tener teléfono móvil, enviar ni recibir cartas que no sean censuradas. Y en el vaticano, del Papa abajo ninguno con algún poder está libre de haber recibido sustanciosas sumas de dinero –en sobres cerrados— “para obras de caridad” (y ya se sabe que la caridad bien entendida empieza consigo mismo).
Pero llega al papado Joseph Ratzinger, un intelectual astuto, que no quiere que toda esa suciedad le estalle en la cara y que con habilidad infinita logra poner a la Legión de Cristo contra las cuerdas.
Marcial Maciel, además de abusar sexualmente de niños y adolescentes durante décadas (y luego, a los más escrupulosos, él mismo les confesaba para perdonarles el pecado que con él había cometido), era drogadicto (en más de una ocasión mandó a sus seminaristas a buscarle la droga), tenía diversas identidades (con sus correspondientes pasaportes: agente petrolero, ex agente de la CIA), manejaba cantidades fabulosas de dinero en efectivo. Y no se casó una vez, sino varias, y alguno de sus hijos le acusó de abuso sexual…
“No sabíamos nada, nos engañó a todos”, dicen los que compartieron con él durante décadas las riendas de la Legión. Y luego añaden: “Puede que él fuera un pecador, pero su obra es santa, es la obra de Dios, Marcial Maciel solo fue un instrumento de Dios”.
Esta historia increíble la cuenta Jesús Rodríguez de la más ponderada manera, sin incurrir en el libelo. Entrevista a unos y otros, a amigos y enemigos, consulta documentos, permite a todos, partidarios y detractores, dar su opinión.
Y aunque es verdad todo lo que se nos cuenta no acabamos de creérnoslo. Porque la secta que fundó Marcial Maciel –y que encandiló, y encandila, a banqueros, ministros, rectores, buena parte de la más rutilante derecha española— da más miedo que la propia historia de su fundador. Si Marcial no hubiera delirado en los últimos años (y se hubiera limitado a los pecados que él mismo absolvía en el confesionario), hoy sería un santo más y Ratzinger no habría tenido ocasión de entrar en esa Santa Mafia para tratar de poner un poco de orden y salvar, al menos, las apariencias.

jueves, 10 de marzo de 2011

Luis García Montero: Enseñanzas de la edad


Luis García Montero
Un invierno propio
Visor, Madrid, 2011



Un lugar propio tiene Luis García Montero, desde hace años, en la poesía española. Se dan en él cualidades que rara vez van juntas. El creador camina de la mano del teórico y el teórico sabe descender de las ideas generales para intervenir muy activamente en el polémico día a día de la actividad literaria. A ello se une la explícita militancia política en una izquierda vagamente utópica, que ha contribuido no poco a convertirlo en algo más que en un poeta, en un personaje público. Tampoco conviene olvidar –a otro nivel— una notable capacidad para entender los mecanismos promocionales –premios, homenajes a los maestros, colecciones, revistas subvencionadas— y para utilizarlos con una cierta vocación amical y clientelar.
Los poemas de Un invierno propio vuelven a tratar los temas que le han preocupado siempre –el amor, la amistad, el compromiso—, pero desde una perspectiva distinta marcada por la sensación de que el invierno de la vejez está cada vez más próximo.
Como han subrayado, y caricaturizado hasta la saciedad, sus detractores, García Montero gusta del lenguaje de la conversación y de los escenarios urbanos. Estos poemas nos hablan del paso por el control de seguridad en un aeropuerto (“En la bandeja pongo / el reloj, la cartera, el teléfono móvil / y el cinturón”), de noches y de alcohol (“Y recuerdo también la hospitalaria / sonrisa de los bares, / después de que las luces de sus puertas / no hayan defraudado”), de los mensajes telefónicos que nos llegan una noche de fin de año (“Que se acabe la crisis, / república, salud y el amor de los tuyos, / mañana no será lo que Dios quiera, / este año es el nuestro y es valiente, / atreverse a nacer con la que está cayendo, / hoy me acuerdo de ti”), de viajes en metro (“Educada la mira, se aparta y le murmura / siéntese usted, señora, / yo me bajo en la próxima estación”).
Pero la poesía de García Montero no se reduce, ni de lejos, a costumbrismo contemporáneo y bien intencionado sermón. Desde el primer poema juega con el lenguaje, nos enseña sus cartas. Los versos iniciales parodian las frases simples de quien comienza a aprender un idioma: “Mi nombre es Luis, / soy español, / vivo en Madrid, / en el número uno, calle Larra, / me dice usted la hora por favor, / ¿dónde ha nacido usted / y cuántos años tiene?, / buenos días, amigo, / buenos días, mi amor, te quiero mucho”. En la segunda parte del poema, como en el teatro del absurdo, esas frases se entremezclan y se convierten en otra cosa. Aparecen entonces “los predicados de altas temperaturas”, “los verbos de nieve”, “los sujetos derretidos”. García Montero parte del lenguaje de todos los días, pero gusta de subvertirlo, de llenarlo de niebla, de magia y de sorpresas.
El poema final nos habla de los inevitables cambios de chaqueta, de las etapas de la vida que vamos dejando atrás, de la madurez que no se consigue sin pisotear algunas ilusiones juveniles. Y lo hace, menos con consideraciones generales que con ejemplos muy concretos: abandonamos una casa, una discusión, una fiesta y nos acompañan las dudas y los remordimientos (“Cuando cierro la puerta de mi casa / suelen los escalones llenárseme de dudas”, “Es como cuando salgo de alguna discusión / y el ascensor se cubre de verdades no dichas”, “Es como cuando salgo de una fiesta / y me asalta el temor / de que alguien se haya molestado”). El final, variante de la moraleja dieciochesca, le sirve luego de título: “Tal vez nos vamos de nosotros mismos. / Pero queda una luz, un grifo abierto, / la sombra de una puerta mal cerrada”.
El gusto por los largos títulos aforísticos hace que el índice de Un invierno propio admita una lectura independiente: “La poesía solo existe como una forma de orgullo”, “La verdad no es un punto de partida”, “El porvenir es una negociación con el pasado”, “El dogmatismo es la prisa de las ideas”.
Disuena del conjunto algún poema, como el titulado “El amor es un ejercicio literario (que le da sentido a la vida y a la literatura)”, homenaje a Bécquer no menos banalmente trascendente que la segunda parte de su título. “La tristeza del mar cabe en un vaso de agua”, otro ejercicio que no desdeña los tópicos de ciertos cantautores más o menos latinoamericanos, se salva en cambio por el acierto con que convierte la enumeración descriptiva de “los hombres tristes” en un sorpresivo autorretrato. Otra enumeración muy distinta, pero otro acierto, encontramos en “Dar vueltas en la cama es perderse en el mundo”, un viaje alrededor de la memoria mientras llega el sueño: “Ese primer paseo en alguna ciudad / que tiembla todavía en manos del viajero. / La luz del aire limpio después de haber querido / un pacto sin demonios / con la serenidad de los recuerdos”. Siguen puestas de sol, desnudos, conversaciones y “aquel rincón sin prisas en el río Genil / con un atardecer a precios populares / que llenó mi reloj de otoños y alamedas. / El agua lujuriosa de la ropa empapada…” (notemos, es frecuente en el libro, el tino sorpresivo de la adjetivación).
Luis García Montero sabe darle la vuelta al habla de todos los días, convertir la prosa de la cotidianidad en otra cosa. (Cierto que a veces se pierde en vaguedades, en poéticos sinsentidos, en algún blando ternurismo. Pero toda manera de entender la poesía tiene sus riesgos.) Nunca ha renunciado a denunciar lúcidamente las inclemencias del mundo contemporáneo, pero eso no le ha impedido reconocer que puede haber un momentáneo paraíso a la vuelta de cualquier esquina: “Esta luna pacífica, / este rumor discreto de ciudades nocturnas, / una mesa sin horas / y unos cuantos amigos verdaderos”.

jueves, 3 de marzo de 2011

Pietro Citati: Momentos estelares

Pietro Citati
La luz de la noche
Los grandes mitos en la historia del mundo
Acantilado, Barcelona, 2011



A propósito de Chuang-tzu, quizá la obra más sugestiva de la literatura taoísta, escribe Pietro Citati: “Un libro único y maravilloso; libro para leer y releer, hojear y volver a hojear; libro para tener junto a la cama o en la mesa de trabajo durante meses enteros; nos bastará una imagen para inventar mundos, una sentencia o un cuentecillo para reflexionar durante años, una página para cambiar completamente nuestra vida…”
No resultaría excesivamente exagerado aplicar esas mismas palabras a La luz de la noche, un fascinante compendio de mitos, evocaciones, reflexiones, un lúcido paseo por la historia del mundo vista con una luz distinta.
Algo nos recuerda Piedro Citati (Florencia, 1930) a Stefan Zweig. Como él, es autor de grandes biografías –Goethe, Leopardi, Tolstói, Kafka—; como él, escribe con calidad de página, con vocación de estilo: cuida el dato, no fantasea, no noveliza, pero no se olvida nunca de que está haciendo literatura.
La luz de la noche vendría a ser así el equivalente de uno de las obras más famosas de Zweig, sus Momentos estelares en la historia de la humanidad. Pero Citati atiende menos a los hechos históricos, que a los mitos que están detrás de ellos.
Comienza el libro aludiendo a los túmulos que los viajeros del siglo XVIII se encontraban con cierta frecuencia junto al camino en la estepa ucraniana: “Hacían entonces un alto de unos minutos o de unas horas. Alrededor se extendía una alfombra de flores: tulipanes silvestres, lirios amarillos y violetas, amapolas, ranúnculos, jacintos púrpura, sumergidos en una hierba blanca como de plumón, un mar de plata; al fondo, en el aire transparente y azul, pasaban, veloces, recortados contra el cielo, los ciervos, los lobos grises y azules, las águilas y las avutardas. Los viajeros no sabían que en aquellos túmulos yacían los cuerpos de los príncipes escitas, cuyas costumbres y empresas habían leído apasionadamente en Heródoto”.
Con la enigmática historia de los escitas comienza el viaje que este libro propone; al final, como no podía ser de otra manera, nos encontramos con “El fin del mundo”, con el mito del Apocalipsis visto desde una mente esquizofrénica. En medio hay lugar para muchas estancias luminosas. Las páginas dedicadas a Las mil y una noches, por ejemplo, o a El cuento de los cuentos, del napolitano Giambattista Basile, “una gran máquina para vencer a la Melancolía y borrarla de la faz de la tierra”. No menos memorables resultan los capítulos que se ocupan de las hadas: “Mientras caminamos por las colinas, nos paramos junto a una fuente, miramos las luces y las sombras del crepúsculo, nos balanceamos al borde del sueño, basta con fijar la mirada para que el tabique de aire y de gasa se disuelva y entremos en ese mundo que está al lado del nuestro, o para que la innumerables criaturas invisibles desciendan entre nosotros a revelarnos misterios, anunciarnos el futuro, contarnos historias, descubrirnos tesoros escondidos”.
Lleno de tesoros escondidos está este libro inagotable, que en su primera parte nos habla de Apolo y de Ulises, de Sócrates y Nerón, de Plutarco y del Apuleyo que en sus Metamorfosis o El asno de oro nos contó como nadie la historia de Amor y Psique, una de esas historias donde mejor resplandece la “luz de la noche” que da título al volumen.
De San Pablo a Dante nos lleva la segunda parte, que se ocupa de los ritos y los mitos cristianos. Junto a las páginas dedicadas al Dios carnal de San Agustín, destacan las que se ocupan de El canto de la perla, compuesto en el siglo I o en el siglo II después de Cristo, de autor desconocido, en el que se encuentran paralelismos “con los Apocalipsis judíos tardíos, los Evangelios y las Epístolas de San Pablo, con la tradición judeocristiana y la de la iglesia de Siria, con la gnosis pagana y cristiana, con la cultura zoroástrica, mandea y maniquea e incluso con las antiguas novelas griegas, inspiradas en el culto al sol”. Pietro Citati comienza a hablar de esa obra enigmática como quien nos cuenta un cuento: “Un príncipe muy joven vivía en un remoto reino de Oriente”.
A China se dedica la tercera parte, al mundo islámico la cuarta. En esta última –aparte de las páginas sobre Las mil y una noches, ya mencionadas-- destacan las dedicadas a literatura persa, más allá del admirado y adulterado Omar Jayyam; como él indica, una vez conocidas “las albas y las noches” de Nezami o “el espejo de los colores y los perfumes” de Rumi no dejarán ya de acompañarnos para siempre como las aguas claras de Petrarca, los albatros, faros e incensarios de Baudelaire, la nave naufragada y los pájaros de Hopkins”.
La quinta y última parte, “La muerte de los dioses”, comienza con el encuentro entre Moctezuma y Cortés y termina con Leopardi y su poema “El infinito”. Unas historias son bien conocidas del lector español –la conquista de México, la destrucción del imperio inca—, mientras que otras resultarán tan novedosas como la de Sabbatai Zevi, al que los judíos del siglo XVII consideraron el Mesías y que acabó convertido al Islam, pero todas ellas se leen con el mismo interés.
Pietro Citati sabe contar, seducir con la música de las palabra, y por eso nadie tan capaz como él para dejar constancia de las aventuras de la inteligencia y para dejarnos entrever esa otra luz que está más allá, y no más acá, de la luz de la razón.

jueves, 24 de febrero de 2011

La costumbre de no leer o Juan Ramón y sus editores


Juan Ramón Jiménez
Alerta
Visor, Madrid, 2010
Texto preparado por Javier Blasco
Prólogo de Armando Romero


Eduardo Aunós, un conocido político de la época de Primo de Rivera y del primer franquismo, fue famoso por su erudita grafomanía. En la colección Austral puede encontrar el curioso algunas de sus obras. Eugenio d’Ors, que tuvo que elogiarlo muchas veces en público, decía de él en privado que “si hubiera leído tantos libros como ha escrito, sería sin duda el hombre más culto del mundo”. En su monumental Biografía de Venecia (1948), dedicada precisamente a d’Ors (“que a ejemplo de los Dux venecianos se desposa con la sabiduría a la que ofrenda cotidianamente el anillo nupcial de sus glosas”), el anónimo colaborador le gastó la broma de confundir el puente de Rialto con el de los Suspiros: ni el autor ni ninguno de sus entusiastas comentaristas en la prensa de entonces se percató de ello.
Y es que hay libros que no se leen, no ya por el público al que parecen destinados, sino ni siquiera por sus autores, editores, prologuistas. Algún ejemplo de ello he señalado ya en la elegante edición que con motivo del trienio Zenobia-Juan Ramón Jiménez (2006-2008) publica Visor en colaboración con la Diputación de Huelva (y algunas otras instituciones públicas). Frente a la anterior edición en tomos sueltos de lo fundamental de la obra del poeta, aparecida en 1981 con motivo del centenario, esta ofrece la peculiaridad de dedicar un amplio espacio –siete tomos— a la prosa crítica, en buena parte desconocida y llena de sorpresas para la mayor parte de los lectores del poeta.
La última entrega aparecida se titula Alerta y está, según nos dice el prologuista, Armando Romero, basada “en sus proyectadas charlas radiofónicas a principio de la década del 40 en Washington”. No hay ninguna otra indicación sobre la procedencia de los textos. Una peculiaridad de la serie es carecer de notas a la edición: sus prólogos no tienen una intención erudita, están encargados por lo general a prestigiosos escritores que tratan de ofrecer (y a menudo lo consiguen) una lectura atractiva y actual de la poesía de Juan Ramón Jiménez. Pero cuando se trata de obras que el poeta dejó a medio hacer (más de la mitad de las suyas) esas anotaciones no son capricho académico, sino necesidad: el editor se ve forzado a intervenir, a ser de algún modo coautor, y debe dejar constancia de esa intervención.
Armando Romero, prologuista de Alerta, no ha leído, o no ha leído con la suficiente atención, el libro que prologa. En caso contrario, se habría dado cuenta de que los textos reunidos proceden no solo de intervenciones radiofónicas, sino también de sus clases. En uno de los capítulos dedicados a Miguel de Unamuno escribe: “La primera parte de la conversación es una lectura. Observo que ustedes toman más notas cuando leo que cuando hablo. Y la síntesis de Unamuno se limita mejor con la escritura que con la palabra. Lo que más me importa en estas clases es ser claro y conciso. Suplico al Dr. R. O. que me dé la hora”.
No ha leído el libro el prologuista, no lo ha leído tampoco quien figura en la portada como encargado de la preparación del texto, Javier Blasco, catedrático de Literatura y uno de los mayores expertos en la poesía de Juan Ramón y en el modernismo. El caso de Javier Blasco, que dirige la colección junto a Francisco Silvera, es aún más incomprensible. Los criterios generales de la edición (ya sabemos que los particulares de cada tomo no figuran en ninguna parte) han decidido publicarlos, no al comienzo, como sería lo lógico, sino en el último tomo de índices, un tomo que, cinco años después de comenzada la publicación, todavía no ha aparecido, ni se sabe cuándo aparecerá. Pero el lector curioso puede encontrarlos anticipadamente en el número monográfico que la revista Cuadernos Hispanoamericanos (julio-agosto 2007) dedicó al poeta con el título de “El hilo del laberinto: escritura y conciencia en inacabable metamorfosis”. Entre otras muy inteligentes reflexiones sobre los problemas editoriales que plantea la obra de Juan Ramón Jiménez, siempre en constante revisión, se nos dice que los fragmentos, los borradores de un texto, deben incluirse en apéndice y no en el cuerpo del libro que el moderno editor se ocupa de organizar.
Si Javier Blasco hubiera leído el libro cuyo texto teóricamente ha preparado habría colocado en apéndice, y no tras el primer prólogo, un segundo prólogo que no es más que una incompleta versión inicial (casi todos sus párrafos terminan de la misma manera: con un “etc.”).Y no es el único caso.
Aparte de estas desidias –debidas seguramente a que quienes aceptaron este encargo por parte de las instituciones públicas correspondientes delegaron en exceso en colaboradores desatentos—, Alerta es un libro espléndido, una buena muestra del Juan Ramón Jiménez que menos ha envejecido. Hay un largo capítulo, “El modernismo poético en España y en Hispanoamérica”, en el que autobiografía y crítica se mezclan de ejemplar manera. Las páginas que se dedican a Unamuno, un escritor que pudiera parecer en las antípodas suyas, siguen siendo inteligente y amorosamente iluminadoras, a pesar de tanto como se ha escrito sobre el rector salmantino.
Junto a la crítica hay también autocrítica. De su libro Arias tristes (que acaba de aparecer en esta misma colección excelentemente prologado por Aurora Luque) nos dice “que influyó, por desgracia, en América y en España, con su lamentable pesimismo necio”. Y al Diario de un poeta recién casado lo considera “la jactancia impertinente de un joven sorprendido que no quiere asustarse y sí asustar”.
Las páginas dedicadas a la poesía norteamericana quizá ayuden más a entender la poesía del propio Juan Ramón, un crítico que se esfuerza siempre por estar bien informado, pero que rehúye deliberadamente la aséptica imparcialidad. El radical rechazo de Eliot se refuerza con la caricatura, a medio camino entre el surrealismo y los dibujos animados, de su apariencia física: “Yo me represento a T. S. Eliot (por su obra y por las fotografías de su persona) como un ente monstruoso humano (esas orejas de elefante, esos ojos de óptica, ese mentón de cartón piedra), que tiene una y sola mano, grande como un anuncio de guante de mano, en vez de cabeza, y dos cabezas inadvertidas en vez de manos”.
Si a partir de los años veinte, cuando aumentó su capacidad creativa a la vez que su obsesión autocrítica, Juan Ramón Jiménez fue incapaz de ordenar adecuadamente su obra, quizá no debemos ser demasiado exigentes con los editores que, a su muerte, han intentado poner orden en el caos, farragoso a ratos y a menudo deslumbrante, de sus inéditos. Pero no estaría mal que algunos editores se exigieran un poco más a sí mismo o controlaran un poco mejor la utilización de su nombre.

jueves, 17 de febrero de 2011

Alain de Botton: Un himno a la inteligencia


Alain de Botton
Miserias y esplendores del trabajo
Traducción de Alfonso Barguñó Viana
Lumen, Barcelona, 2011



Con una cita del “Canto a los oficios”, de Walt Witman, comienza Alain de Botton un fascinante ensayo que tiene tanto de novedosa indagación sociológica como de poema épico. Podía haber comenzado igualmente con los versos de la “Oda marítima”, de Fernando Pessoa: “A solas conmigo, en el muelle desierto, esta mañana de verano, / miro hacia la barra, miro hacia lo Indefinido, / miro y me alegra ver, / pequeño, negro y claro, un trasatlántico que entra”.
Un buque, “The Goddess of the Sea”, entra en el puerto de Londres. Como Fernando Pessoa, Alain de Botton nos hace conscientes de toda la magia y el misterio que hay en ese hecho aparentemente trivial: “Solo el recorrido del buque ya es impresionante. Hace tres semanas que partió de Yokohama y, desde entonces, ha hecho escala en Yokkaichi, Censen, Bombay, Estambul, Casablanca y Rotterdam. Hace apenas unos días, mientras la lluvia caía sobre las naves industriales de Tilbury, el buque comenzó su ascenso en el mar Rojo bajo el sol implacable mientras una familia de cigüeñas de Yibuti lo sobrevolaba en círculo. Las grúas de acero que ahora se mueven sobre el casco se deshacen de un cargamento heterogéneo de hornos de convección, zapatillas deportivas, calculadoras, fluorescentes, anacardos y animales de juguetes de vivos colores. Las cajas de limones de Marruecos acabarán en las estanterías de las tiendas del centro de Londres al caer la tarde. Al amanecer habrá en York televisores nuevos”.
El más trivial de los objetos cotidianos lleva tras sí una historia que nos asombraría escuchar. Cualquier supermercado resulta, para el que sabe mirar y ver más allá de lo que aparece a primera vista, una edición ilustrada de las mil y una noches. Tras un “Made in Pakistan”, Miguel d’Ors –en un poema memorable-- trató de imaginarse las manos que lo habían hecho posible: “¿A quién pertenecíais, manos menesterosas?, / ¿qué vida estaba tras vosotras, qué / ilusiones, qué rostros, / qué penas y qué nombres?, ¿qué puñado / de monedas ilusas / contasteis un minuto después de haber cerrado / este envoltorio?”. Una camisa “comprada en las rebajas” le sirve para descubrir que “todas las vidas son una misma Vida”.
Alain de Botton habla de lo mismo, pero con una perspectiva distinta. Lo que a él le interesa subrayar es lo que hay de creatividad, belleza e inteligencia (no de explotación de trabajadores cercanos o remotos) en todo aquello que solemos aceptar como un mal necesario: los grises almacenes de las afueras de las ciudades, las torres del tendido eléctrico, los lugares donde se almacenan los desechos industriales.
En contra del tópico habitual, se atreve a hablarnos de la “abrumadora belleza, sin alma e impecable, que caracteriza a muchos de los centros de trabajo del mundo moderno”. Por ejemplo, los veinticinco inmensos almacenes, que situado junto a tres autopistas principales, “están a cuatro horas por carretera del ochenta por ciento del Reino Unido, y todas las semanas, principalmente por la noche, distribuyen una parte muy considerable de los materiales de construcción, artículos de papelería, alimentos, muebles y ordenadores suministrados en el país”. En lo alto, con vista a seis carriles de autopista, hay un local al que acuden los camioneros que acaban de descargar o están esperando para recoger la mercancía: “Quien sienta desagrado por la vida doméstica encontrará consuelo en esta cafetería embaldosada y brillantemente iluminada, que huele a patatas fritas y gasolina, ya que da la reconfortante sensación de ser un lugar en el que todo el mundo está de paso y, por lo tanto, no existe el ambiente de unión o convivencia que pondría en evidencia de forma humillante la propia alienación”. Los lugares de paso –un sociólogo habló de “no lugares” y ese impropio término sigue en uso— no son un mal menor, una de las nefastas consecuencias del mundo moderno, sino un logro de la inteligencia.
Hasta las Maldivas viaja Alain de Botton, acompañado de un fotógrafo, para seguir hacia atrás el viaje de unos filetes de atún fresco que encuentra amontonados en una estantería. Al leer esa crónica ilustrada, recordamos las novelas de aventuras del siglo XIX, como cuando nos habla de los barcos que entran y salen en el puerto. Pero para resultar apasionante no necesita ir muy lejos ni alentar el ensueño de aventura que hay en todos los sedentarios. Uno de los capítulos nos lleva a las oficinas centrales en Europa de una de las más importantes empresas de auditoría del mundo, situadas en un transparente bloque de oficinas cerca de la Torre de Londres, al otro lado del Támesis. Pocos oficios más prosaicos, pocas páginas más iluminadoras y apasionantes.
En el gran poema de la vida moderna que es Miserias y esplendores del trabajo hay lugar para el costumbrismo y el humor, como en “Emprendedores”, visita a una convención donde los que tienen ideas para nuevos negocios acuden en busca de financiación. También acierta a darles una sorprendente vuelta de tuerca a los tópicos clásicos, como el de las ruinas. Un error al tomar la salida de una autopista le conduce, no a su residencia en Los Ángeles, sino en dirección sudeste, hacia el desierto de Mojave. Extraviado, ha de pasar la noche en un motel. Cuando va a dar una vuelta por la ciudad cercana, se encuentra con un aeropuerto en el que aparece que acaba de aterrizar una gran flota internacional. Al acercarse, ve que a unos les falta el morro, a otros el fuselaje posterior. Aquellos aviones que se estaban desintegrando le parecen el equivalente moderno de lo que “el Coliseo de Roma debió de ser para el joven Edward Gibbon”.
Miserias y esplendores del trabajo –las fotografías de Richard Baker no constituyen un mero adorno— nos enseña a ver el mundo de otra manera. No solo las catedrales y los objetos que guardan los museos son dignos de admiración: “Los pasillos de un supermercado medio contienen veinte mil productos, de los cuales cuatro mil son refrigerados y deben reemplazarse cada tres días; los restantes dieciséis mil hay que reponerlos cada dos semanas”. Cuánta inteligencia, cuánto esfuerzo, qué prodigiosa organización es necesaria simplemente para que, sin darle importancia, carguemos el carro de la compra con esta fruta que se nos apetece, aquel queso parmesano, esos filetes de atún fresco “pescado con sedal en las Maldivas”.

jueves, 10 de febrero de 2011

El enigma Laforet

Anna Caballé, Israel Rolón
Carmen Laforet. Una mujer en fuga
RBA / Círculo de Lectores, Barcelona, 2010



Entre los muchos y desmesurados elogios que Carmen Laforet recibió tras la publicación de Nada, el de Azorín resultó involuntariamente profético. “Réspice a Carmen” se titula el curioso artículo, aparecido en Destino el 21 de julio de 1945. Adopta la forma de una irónica reprimenda (o “réspice” en el rebuscamiento léxico del autor): “Tiene usted veinticuatro años. ¿Y usted cree que a esa edad se puede hacer lo que usted ha hecho? ¿Qué es eso de publicar una bellísima novela a una edad en que se suelen publicar tanteos, probaturas, ensayos”.
Poco más de una década después, cuando lo reproduce en 1956 el volumen Escritores, las palabras finales estaban a punto de ser una definitiva verdad: “¡Ah, Carmen, Carmen Laforet! ¡Qué cosas hacen los jóvenes que no saben lo que hacen! Por lo menos, júrenos usted que no lo hará más; necesitamos esa declaración para nuestra tranquilidad. Y si acaso toma usted la pluma, lo que Dios no quiera, para escribir otra novela, que no sea como Nada, es decir, una novela nueva, sino una novela vulgar, pesada, prolija, sin observación minuciosa y fiel, sin entresijos psicológicos que nos hagan pensar y sentir. Solo de este modo atenuará usted su primera funesta falta”.
Haciendo caso a la reprimenda de Azorín, siete años tardó Carmen Laforet en publicar otra novela, y esa novela, La isla y los demonios, estaba muy cerca de ser “una novela vulgar”. En el mismo año de 1952 reunió, con el título de La muerta, los cuentos que había ido escribiendo hasta entonces. “No es novelista de un solo libro, como algunos temieron a raíz del silencio que siguió a Nada”, se nos dice en la solapa. Y unas líneas más arriba se elogia el “vigor y el interés novelesco” de esa novela con una curiosa y descalificatoria manera: “no se localizan en el estilo, desmañado y fácil; ni en el argumento, que parece confesión; ni en la técnica, inadvertida por poco pretenciosa”.
La única novela de Carmen Laforet que puede suscitar hoy un interés semejante al de Nada en el famélico blanco y negro de los años cuarenta es una novela en la que ella es también protagonista, pero no autora. Se titula Carmen Laforet. Una mujer en fuga y la han escrito Anna Caballé, la máxima especialista en los estudios biográficos, e Israel Rolón, que hace algunos años editó la correspondencia entre la escritora y Ramón J. Sender, quien se enamoró de ella con un amor nunca correspondido (los grandes afectos de Carmen Laforet fueron siempre mujeres). Es un libro minuciosamente desolado, que nos lleva, sin un respiro, de la cima que le cayó encima como una inesperada lotería a la sima por la que fue deslizándose durante toda su vida sin parecer que llegaba nunca al fondo.
A Carmen Laforet –una joven inquieta, sensible, sin demasiadas preocupaciones intelectuales— el azar le jugó una mala pasada, pareciendo todo lo contrario. Conoció en Madrid, a donde se había trasladado para estudiar Derecho, a un joven editor, Manuel Cerezales, y decidió llevarle el manuscrito de una novela en la que relataba, de manera muy transparente, su reciente experiencia barcelonesa como estudiante de Filosofía y Letras. El editor, que pronto se convertiría en su novio y luego en su marido, se dio en seguida cuenta de la espontaneidad y la fuerza de aquellas páginas, que disonaban de la retórica del momento, y sugirió retoques, quizá reescribió algunos pasajes, eliminó capítulos, mecanografió luego el texto y aconsejó a la autora que lo enviara a un premio recién creado, el Nadal. Lo ganó, derrotando a un autor famoso, César González Ruano (que se llevó muy a mal el fracaso: “Pero ¿cuándo se ha visto en un premio literario que se prefiera un desconocido a un escritor amigo de renombre?”) y el resto de la historia es desde hace tiempo historia de la literatura.
Carmen Laforet no tardó en odiar aquella novela que le había dado la fama, y que siendo la más suya, no era enteramente suya. También pronto se distanciaría de Manuel Cerezales, del que acabó separándose en 1970, que intelectualmente valía más que ella y que nunca se había fiado enteramente de ella. Quería seguir siendo su mentor, controlar sus escritos y sus apariciones públicas, evitar que las experiencias matrimoniales se convirtieran en materia literaria. Cuando Carmen Laforet consiguió librarse de su marido ya era tarde: lo llevaba dentro. Ella misma fue su más riguroso crítico: acabó rompiendo todo lo que escribía, y finalmente siendo incapaz de escribir una línea.
Seiscientas páginas dedican Anna Caballé e Israel Rolón a resolver el enigma de Carmen Laforet, esa mujer siempre en fuga de sí misma. Desdeñaba todo lo que tenía que ver con la literatura, no quería ser escritora y sin embargo vivió siempre de lo derechos de autor –era una exigente negociadora al respecto— y de los anticipos sobre libros que no escribiría nunca.
Proponen los biógrafos varias hipótesis para solucionar ese enigma. Ninguna acaba de convencernos del todo, salvo la más sencilla: que el inesperado éxito de una novela juvenil —que apareció en el momento justo y expresó, sin pretenderlo, el desánimo de toda una generación de españoles— colocó en la primera línea literaria a una escritora menor, de escaso aliento. Al principio, su marido la ayudó a no hacer demasiado el ridículo en entrevistas y artículos. Cuando quiso volar sola, no fue capaz. Se esforzaba por no ser autobiográfica, por no exhibir demasiado su intimidad, en la que no faltaron las pasiones inconfesables, y eso era lo único que sabía hacer. Sus artículos valían poco, sus conferencias defraudaban siempre. Y sin embargo, convertida en mito, recibía continúas invitaciones, mientras que de su marido –y de tantos otros que valían más que ella— nadie se acordaba. Fue muy sensible al desprecio que hacia ella sintieron Cela (que al principio temió que su éxito le hiciera sombra), Barral y tantos otros escritores. Y había algo más: una enfermedad mental que se fue acentuando con los años.
Quizá el misterio de Carmen Laforet –como el misterio de la realidad, según Alberto Caeiro— sea “no tener misterio ninguno”.

jueves, 3 de febrero de 2011

Frederic Eden: Un jardín y silencio

Frederic Eden
Un jardín en Venecia
Gallo Nero, 2010



De los muchos rincones secretos de Venecia, acaso el más secreto hoy en día, es un jardín que se esconde detrás de una prisión. En un tiempo fue famoso, “El jardín del Edén”, pero hace años que nadie se pasea por él, salvo el viento y los fantasmas. Está en la alargada isla de la Giudecca, no lejos de una iglesia que suelen frecuentar los turistas, la del Redentore, pero pocos se acercan hasta su herrumbrosa verja de entrada. Prefieren pasear por la fundamenta, contemplando el hermoso panorama de la ciudad al otro lado del canal, llegarse hasta la otra iglesia de Zitelle, tomar allí el vaporetto.
El jardín del Edén es, en realidad, el jardín de Eden, de Frederic Eden, que adquirió el huerto que luego convertiría en jardín el año 1884. Frederic Eden era uno de tantos aristócratas ingleses como en el siglo XIX escogieron Venecia para vivir; dificultades articulatorias le habían convertido casi en un inválido: “Llegué flotando en una góndola sin la molestia o incordio que me producen la silla de ruedas o el carruaje. Ni ruido, ni moscas, ni polvo. Un aire tan suave que apenas podría llamársele brisa; un sol que calienta y en raras ocasiones quema; una luz suave y de una blancura velada, que te permite leer sin que el resplandor te fatigue; un clima que no exige nada a nadie…”
El jardín fue creciendo poco a poco, ampliándose, tropezando con las mil y una dificultades que ofrece el suelo de Venecia (fango y escombros, continuas infiltraciones de agua salada) para la vida vegetal: la ciudad fue un tiempo conocida como la tomba dei fiori, la tumba de las flores, salvo que crecieran en macetas, en patios y terrazas.
En 1903, en Country Life, una de esas minuciosas y fascinantes revistas inglesas dedicadas a la aristocrática vida en el campo, contó Eden la historia de su jardín. Ha pasado más de un siglo y esas páginas conservan intacta, como la ciudad de Venecia, toda su capacidad de seducción.
En Venecia no hay lugar para la monotonía: “De todos los lugares de la tierra es el más variable en cuanto a sus estados de ánimo. Los cambios en sus colores son tan drásticos de un día para otro, y en ocasiones de una hora a la siguiente, como los cambios de un mes para otro, o incluso de estación en estación, en climas más nórdicos. Esta variabilidad, que desespera a su aplicado estudioso, es la alegría de su ocioso amante”.
Para crear su jardín veneciano, en aquel lugar que había sido huerta de un convento, y que ahora se volvía de espaldas a Venecia y abría los ojos al azul y a las islas de la laguna, Frederic Eden tuvo en cuenta dos contrapuestos modelos: un jardín escocés, los jardines de la Alhambra. El jardín de Ross-shire, con la vieja pared del castillo al norte, descendía hasta el sur y estaba protegido de los vientos fríos por setos altos; terminaba en un prado y en un arroyo con truchas. En nada se parece el clima de Escocia al de Venecia, pero la disposición de los dos jardines era la misma, solo que ahora el castillo era una prisión y “como silencioso sustituto del arroyo de truchas teníamos la laguna”. A Frederic Eden no pareció molestarle el poco amigable vecino que le había tocado en suerte. Todo lo contrario: la prisión le resultaba tan útil como lo era para la sociedad, “pues, aunque es triste para los que se ven encerrados en su silencio, el resguardo del viento norte y del ruido es una bendición muy apreciada por el jardín y por nosotros”.
En Granada, “unos arroyuelos de agua brillante, traída por conductos generalmente invisibles, dan bebida y vida a unos jardines maravillosos”. Del Generalife (para él, las dos maravillas de España eran el paisaje de la Vega, visto desde la Alhambra, y los cuadros del Museo del Prado) tomó Eden el uso de albercas y las sutiles maneras de utilizar el agua, no solo para el riego, sino como un elemento más de la magia del jardín.
Cuando murió Frederic, en 1916, ya su jardín había sido escenario de numerosas historias. No hubo personaje importante del fin de siglo que no paseara por sus senderos. Cocteau le dedicó un poema en el que lo llama “jardín exquisitamente fatal, / sepulcro enmarañado de rosas”: una discusión en aquel lugar idílico llevó a un joven amigo a tomar la decisión de suicidarse; lo hizo, muy teatralmente, disparándose un tiro en los escalones de Santa María de la Salute.
Posteriormente, el jardín sería propiedad de la princesa Aspasia de Grecia, cuya hija Alejandra se casaría con el destronado rey Pedro de Yugoslavia. Uno de los invitados habituales era el novelista inglés Cecil Roberts, muy leído en su día, quien en Un año de mi vida, su diario de 1950, habla de aquel jardín, ya para entonces poblado de espectros: “Un sol completamente rojo cubre la laguna en los atardeceres, y tiñe de escarlata el bajo muro de ladrillo que rodea el espacio donde los cipreses se elevan oscuros, destacando contra el cielo cuajado de estrellas, y donde en los últimos días de otoño las uvas cuelgan en gruesos racimos a lo largo de los emparrados. Más allá del alto muro, se divisa una espléndida vista de la cúpula y las torres de la iglesia del Redentor”.
Un jardín en Venecia es la historia de un jardín y es algo más. Las comparaciones de Frederic Eden a veces nos hacen sonreír. Elegir una pérgola es tan delicado, afirma, como elegir esposa; lo primero que hay que hacer es decidir para qué se quiere: “Algunos hombres buscan una esposa que sea como una amiga, constante u ocasional; otros, como una compañera, una dulce compañera día y noche; otros, que sea una administradora que lo gestione todo, y que a menudo se convierte en tirana; algunos quieres sirvientas, y de ellas pueden llegar a hacer esclavas”. Algo semejante pasaría con las pérgolas: las que son buenas para las parras no sirven para las rosas.
El último propietario conocido fue un austríaco que murió en el año 2000 y que, en sus últimos tiempos, dejó el jardín a su suerte, abandonado, colonizado por las plantas silvestres. Así sigue, así pueden verle los pocos curiosos que rodean los muros de la prisión y se acercan a su puerta. Pero el breve libro de Frederic Eden –también él una secreta maravilla— nos permite abrir esa puerta, retroceder en el tiempo, escuchar el murmullo moro de las aguas, admirar la cúpula del Redentores sobre las vides y las rosa.