Poesías completas 2019
Miguel d’Ors
Renacimiento.
Sevilla, 2019.
Es fácil discrepar de Miguel d’Ors, es imposible no
admirarle. En el prólogo a Poesías
completas 2019, se mete en mil y un jardines, tratando de justificar
ciertas obsesiones injustificables y desprenderse de la etiqueta de “poeta
autobiográfico”, como si eso fuera un baldón. Más atinadamente, en las palabras
previas a Sol de noviembre, tras
indicar que “el poeta se aproxima al pálido umbral de la vejez”, añade “digo
‘el poeta’ y no ‘el personaje poético’, como ahora parece obligado por la moda.
Ya se sabe: una ficción, una creación, una máscara… ¡Un cuerno! Como si esa
máscara, caso de que se la quisiera uno fabricar, no tuviera que ser inevitablemente
fabricada con pedazos arrancados del propio rostro. ¿Dónde, si no en la vida
vivida, podrían encontrarse los materiales para esa construcción? A fin de
cuentas, si ‘o poeta é um fingidor’, no es menos cierto que finge que es dolor…
el dolor que de veras siente”.
Un “poeta
autobiográfico” no refleja con fidelidad notarial los acontecimientos de su
vida; en el poema aparecerán, como suelen aparecérsenos en la memoria,
“seleccionados, modificados e incluso imaginados” con verosimilitud. Pero si en
un poema que se titula “Respuesta a mi hija Laura” encontramos una cita en la
que se lee: “¿Y por qué te hago falta? (Laura, 3 años)” no se nos ocurre pensar
que esa cita sea un invento del poeta, como tampoco el verso de Berceo que
encontramos al comienzo del poema siguiente: “Reina de los cielos, madre del
pan de trigo”. En uno y otro caso pueden ser falsas, pero esas falsedades no
están amparadas por el dictum pessoano
de “el poeta es un fingidor”: son textos que están fuera del poema –como las
dedicatorias-- y por tanto con presunción de verdad. Nos enteramos ahora, por
los preliminares a estas Poesías
completas, que tal pregunta de su hija fue una invención, una falsedad como
la nota biográfica que colocó al frente de un libro de edición restringida e
interminable título: Canciones,
oraciones, panfletos, impoemas, epigramas y ripios o Cajón de sastre donde
hallará todo cuanto deseare el lector amigo, y el no tanto sobradas razones
para seguir en sus trece: “Miguel d’Ors nació en Santiago de Compostela el
25 de diciembre de 1946. Licenciado en Filosofía y Letras (Sección de Filología
Románica) por la Universidad de Navarra, en 1969 se trasladó a Grenoble
(Francia), en cuya Universidad fue lector de español hasta 1971, año en que
pasó a Chamonix (Haute-Savoie) para, tras el examen obligatorio
correspondiente, profesionalizarse como guía de alta montaña en la ‘Compagnie
des Guides’. Posee la doble nacionalidad hispano-francesa. Su actividad
profesional le llevó a recorrer asiduamente los Alpes y los Pirineos, realizando
más de 100 ascensiones al Mont-Blanc, y a participar en diversas expediciones
extraeuropeas (Nanga Parbat, Dhaulagiri, Cho-Oyu, Annaparna, Mac Kinley,
Aconcagua, Fitz Roy, Carstensz, etc). Retirado del alpinismo a los 42 años, se
estableció con su mujer y sus siete hijos en la región del Alto Xirgú, en el
estado de Pará (Amazonía brasileña), donde colabora en una misión católica y
participa intensamente en los movimientos de defensa del ecosistema amazónico y
los valores positivos de las culturas indígenas”.
El que esos
datos (salvo los iniciales) sean falsos no hace que la nota en tercera persona
resulte menos autobiográfica, simplemente convierte al autor en un mentiroso,
en alguien poco fiable.
Insiste
mucho en los antipáticos y prescindibles “Preliminares” en que no ha
prescindido, al recopilar sus libros, de eliminar los primeros, que ahora le
disgustan, o se ha decidido a corregir algún poema manifiestamente mejorable,
porque sería inútil: más pronto o más tarde, alguien incorporaría esas supresiones
a una nueva edición de sus poesías completas.
¿Está
seguro de ello? Dámaso Alonso nos explicó en un conocido ensayo las supresiones
y adiciones de Antonio Machado a su primer libro y, sin embargo, sus poesías
completas siguen editándose como él quiso que se editaran. Y lo mismo ocurre
con La realidad y el deseo de Luis
Cernuda que incluye un primer libro bastante corregido y hasta cambiado de
título. Miguel d’Ors confunde el interés de los eruditos, que pueden tener en
cuenta borradores y arrepentimientos, con el del lector de poesía, al que esas
laboriosas tareas académicas no le importan nada. Y por eso sobra la fecha
precisa en que se escribió cada poema obsesivamente impresa en cada edición, imprescindible
al parecer, según explica el autor, para que pueda “documentarse la aparición y
desaparición de temas, de tonos, de motivos, de recursos de estilo, de
influencias…” Algo que quizá entretenga a algún doctorando, pero de nulo
interés para los muchos admiradores de su poesía.
Demasiado
fácil, ya digo, discrepar de Miguel d’Ors. Por eso no voy a insistir en la
parte de su obra en que asoma, no el gran poeta religioso que es, sino el
doctrinario de unas particulares creencias. Un gran poeta puede ser comunista y
cantar los ideales del comunismo, pero resulta difícil que escriba un buen
poema encomiando los logros de Stalin. Un gran poeta, un poeta verdadero, puede
ser católico o mormón, pero resulta difícil que escriba un buen poema cantando
al ángel Moroni y las planchas de oro que vio Josep Smith o las excelencias del
celibato. Tampoco voy a detenerme en ciertas expresiones chirriantes que quizá podrían
haber sido corregidas o eliminadas si la sensibilidad de Miguel d’Ors hubiera
sido capaz de evolucionar: “Y Rock Hudson (…) / mariquita perdido, que quién lo
hubiera dicho, / más de un metro noventa de marica”.
Todas estas
prescindibles minucias son verdad, pero no menos verdad es que Miguel d’Ors es
uno de los grandes poetas de este tiempo. En su generación, el único que ha ido
creciendo libro a libro. El más reciente, Manzanas
robadas, publicado en 2017,
a los setenta años, contiene poemas que están a la
altura de los mejores suyos.
A nadie
como a Miguel d’Ors se le puede aplicar aquella expresión, tan citada, que
Eliot tomó de Dante para elogiar a Pound: “il miglior fabbro”. Miguel d’Ors es
el mejor artesano de la poesía española contemporánea, el que mejor conoce el
oficio. Sus poemas podrían, deberían utilizarse en los talleres literarios para
enseñar los secretos de una tarea que requiere precisión de cirujano a la hora
de utilizar el lenguaje. Y a la artesanía se le añade en los mejores momentos,
que son los más, ese “no sé qué” de que hablaba Feijoo.
En “La
mujer 10”
nos dice cómo debería ser para él un buen poema: “inteligente, tierno y divertido”.
Divertidos
son muchos de sus poemas (Miguel d’Ors puede irritarnos, pero nunca aburrirnos,
al menos cuando escribe en verso), y no solo aquellos en los que toma a sí
mismo como objeto de burla, sino también esos otros, entre Catulo y Marcial, en
que pone en solfa el mundo contemporáneo. Algunos de ellos se refieren a la
sociedad literaria; en los que alude a las guerras poéticas de los años
ochenta, levanta un poco menos el vuelo, quizá sean los que más han envejecido.
Miguel
d’Ors escribe con la inteligencia, no solo con el corazón. El poema responde a
una estrategia, es un artefacto perfectamente construido para lograr su efecto,
nunca un mero desahogo sentimental. Pocos placeres intelectuales mayores que
escucharle explicar el “making of” de un poema suyo, el cómo se hizo.
A Miguel
d’Ors le gusta reescribir poemas ajenos, darle nueva vida a un tópico clásico
y, como en los poetas del Siglo de Oro, conocer la fuente no hace desmerecer el
resultado, sino que acrecienta nuestra admiración. Baste un ejemplo. El poema
“Aunque no lo parezca” reescribe “Preguntas de un obrero ante un libro”, uno de
los más conocidos textos de Bertolt Brecht: “César venció a los galos. / ¿No
llevaba consigo siquiera un cocinero? / Felipe II lloró al hundirse / su flota.
¿No lloró nadie más?”. Miguel d’Ors, tras las semblanzas de Mommsen y de Rilke,
continúa: “Y ahora que ya los hemos admirado, / pregunto: ¿quién compraba las
patatas / que sostenían el saber de Mommsen?, / ¿quién se las cocinaba, y le
ponía / mantel, platos, cubiertos, copas y servilletas, / sin olvidar el pan en
su cestita?, / ¿quién le hacía la cama a Rilke, quién / planchaba sus camisas?,
/ ¿quién, cuando él ya llevaba media tarde, / ganando un poco más de admiración
futura, / aún seguía fregando los cacharros?”
Un buen
poema debería ser “tierno” afirma. Yo preferiría decir “emocionante”. ¡Y
cuántos poemas emocionantes –de los que nos ponen lágrimas en los ojos, sin
incurrir jamás en la sensiblería– hay en Miguel d’Ors!
Entre las
ocurrencias aparentemente caprichosas de Miguel d’Ors a la hora de editar estas
poesías completas (colocar la fecha de edición en el título, disponer los
libros en orden cronológico inverso), está una que finalmente resulta un
acierto: incluir, además de un índice de títulos y primeros versos, otro de
nombres propios y referencias. Blas de Otero tituló una antología de su obra Poesía con nombres y ese título podía
servir perfectamente para titular toda la poesía de Miguel d’Ors: sus poemas
están llenos de nombres de familiares y amigos, de referencias a lugares
geográficos conocidos o soñados, a personajes literarios. Y esos nombres se
repiten en una recurrencia significativa, son un leitmotiv. Este índice –frecuente en los libros de ensayo, inédito
en los de poesía– resulta muy útil no solo para los estudiosos, sino para el
común de los lectores, que puede así preparar sus propias selecciones del
poeta.
Cuántas
antologías temáticas se podrían hacer con la poesía de Miguel d’Ors, que tanto
gusta de las referencias concretas: nadie cómo él ha evocado la emoción de la
escalada, la Galicia rural, la intrahistoria de su familia (qué espléndida
galería de retratos hay en sus versos), el amor de todos los días, el misterio
y el asombro de vivir… Incluso es autor de poemas, como “Made in Pakistán”, que
podrían entrar en la mejor antología de poesía social.
Más cerca
del plural Quevedo que del esteticista Góngora, del impuro Neruda que del
depurado Juan Ramón, pocos poetas ha habido con tanta “variedad temática, tonal
y estilística”, pocos tan polifacéticos, como él mismo indica en el prólogo.
Miguel
d’Ors sabe que no es posible ser sublime sin interrupción y por eso gusta de
los poemas deliberadamente menores, de los poemas de circunstancias, de los que
parecen meros juegos de ingenio (pocos autores tan ingeniosos y tan
inteligentes como este poeta que conoce tan bien las limitaciones del ingenio y
de la inteligencia). Muchos de esos poemas menores y de métrica tradicional se
nos quedan para siempre en la memoria, mientras olvidamos las borrosas audacias
experimentales de buena parte de la poesía contemporánea.
El poema “Avecedario”,
puede servir de ejemplo: “La golondrina, aguzada / como un flechazo de Amor; /
el mirlo madrugador, / gayarre de la enramada; / la tórtola que, enlutada, / borbota
su desconsuelo / en Fontefrida; el mochuelo / dando ejemplo de atención. / Y
los gorriones, que son / la calderilla del cielo”.
Miguel
d’Ors, uno de los grandes. No de su generación, de la historia de la poesía
española. Y este volumen –que tantas maravillas encierra, inagotable fuente de
felicidad– da cumplida cuenta de ello.











