sábado, 23 de noviembre de 2019

Inteligencia y emoción



Saltar la hoguera
Rodrigo Olay
Hiperión. Madrid, 2019.

La poesía de Rodrigo Olay suscita, desde sus comienzos, asombro y perplejidad. Asombro por la perfección formal y la insólita erudición (el autor parece conocer al dedillo a sus clásicos y a sus contemporáneos); perplejidad, por la cercanía a cierta tradición cercana, la poesía de los años ochenta, y por no infrecuentes incursiones en la falacia patética.
            ¿Un joven maestro o el mejor discípulo de poetas como Miguel d’Ors, Jon Juaristi o Luis Alberto de Cuenca? Tras leer Saltar la hoguera nos inclinamos por lo primero. Hay un puñado de espléndidos poemas –desde ya pueden formar parte de la mejor antología de la poesía española–, en los que se leen al trasluz otros nombres, pero que solo podía haber escrito Rodrigo Olay.
            La sabiduría de estos poemas deslumbra tanto como la del primer Gimferrer. “Me gusta la palabra bella y el viejo y querido utillaje retórico”, escribió el autor de Arde el mar en la poética de Nueve novísimos. Rodrigo Olay podría suscribir esas palabras. Su dominio de la métrica clásica le distancia de cualquier otro poeta joven y de la mayoría de los poetas contemporáneos. Recreándose en sus habilidades podría haberse convertido en un redicho y refitolero virtuoso, un poco a la manera de Antonio Carvajal. Algunas muestras hay en este libro, en el que sobran quizá poemas, como “La llegada del Dux”, que son poco más que virguería retórica.
            Pero Olay es también heredero de la tradición de la vanguardia: sabe jugar al agramaticalismo, desbaratar la sintaxis, entremezclar cultismo y habla coloquial. Ha aprendido muy bien, hasta hacerla suya, la lección de Miguel d’Ors, a su vez discípulo aplicado de César Vallejo: se puede escribir en los bordes, o al margen, de la corrección gramatical, pero para acentuar la expresividad, no para incurrir en el sinsentido.
            Los poemas que yo prefiero de Rodrigo Olay son los que hablan de amor y viajes, poemas que transcurren en Burdeos, en Belfast, en Ginebra, en Neuchâtel, en los lugares de la vieja Europa a los que le han llevado sus estancias de estudioso universitario. El mejor de todos ellos –o el más de mi gusto– es el titulado “Dimidium animae meae”, con su referencia a Horacio en el título y algo de la “Canción de aniversario” de Gil de Biedma en el inicio y del “Relato superviviente” de Francisco Brines en el desarrollo, pero que no desmerece junto a sus presuntos modelos.
            No menos admirable, pero más insólito por su temática, resulta “De vita philologica”: un canto a lo que de detectivesco y fascinante tiene la investigación literaria; también a la camaradería que se forja entre los “clerici vagantes” que recorren Europa “ligeros de equipaje. / vendimiando los campus, / limpios como soldados de alguna causa cierta / que partieran de casa susurrando / una oración de Horacio / y custodiasen / el silencio de un bosque tras los ojos”. Un poema sobre los que aprenden “a elegir la alegría de leer”, que debería ser lectura obligatoria en todas las Facultades de Filología.
            Junto al amor –nos hace sonreír el erotismo de “Whatsapp”– y la amistad (nadie tan dotado para la amistad y el cultivo de las relaciones útiles como Rodrigo Olay: apenas hay poema sin dedicatoria), el otro núcleo temático de Saltar la hoguera son los poemas familiares, en los que no siempre se acierta a eludir un incómodo sentimentalismo, como de anuncio de Navidad. Aunque sin duda sinceros, y aunque con buenos sentimientos también se puede hacer literatura, dijera lo que dijera Gide, resultan algo empalagosos.
            No faltará, sin embargo, quien prefiera la desnudez narrativa de “2º B” –que parece volver del revés poemas de José Luis Piquero– o el recuento de “Escribe lo que temas que suceda” a poemas llenos de referencias como “13 de marzo”, donde se comparecen Santillana, Berceo, Góngora, Trapiello, Sánchez Rosillo, Sergio Fernández Salvador y Antonio Cabrera para agradecer a un pájaro innominado el “sol melodioso” de su canto.
            Importa poco saber si Rodrigo Olay –a sus treinta años– es el más aplicado de los poetas jóvenes, el mejor discípulo, o el más joven de los maestros. En sus versos hay erudición y vida, inteligencia y emoción. Lo demás sobra.



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