viernes, 14 de febrero de 2020

Poesía y parapoesía o el caso de Jaime Siles



Arquitectura oblicua
Jaime Siles
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2019.

En algunas librerías, la sección de poesía se ha dividido en dos. En una está la poesía de siempre, la poesía seria, la que gana premios; en otra, la poesía que se vende, la que circula por Internet, la que llena los espacios –a menudo poco convencionales– en que se recita o canta. Algunos, desdeñosamente, han acuñado el término de “parapoesía” para referirse a este segundo tipo.
            Pero los juicios de valor no pueden hacerse en conjunto, sino obra a obra. El que una poesía sea minoritaria no garantiza su calidad; el que cuente con miles de lectores entusiastas, aunque se trate de adolescentes, no puede servir para minusvalorarla.
            Jaime Siles ejemplifica bien al poeta culto. La solapa de su último libro enumera todas las universidades de las que ha sido profesor y también todos los idiomas que domina y de los que traduce, nada menos que nueve: griego clásico, latín, griego moderno, francés, italiano, catalán, portugués, inglés y alemán. Los premios que ha obtenido –desde el inicial Ocnos para Canon hasta el reciente Jaime Gil de Biedma– son también numerosos. En los años setenta, era uno de los puntales de la novísima poesía española, junto a Gimferrer, Carnero o Colinas. Medio siglo después, cuesta encontrar un poema que se sostenga en pie en sus libros de poemas, aunque su prestigio –para los estudiosos de la poesía, que no para los lectores– continúe intacto.
            De dos tipos son los textos que se incluyen en Arquitectura oblicua. En un caso se trata de poemas rimados, por lo general de arte menor (romances y romancillos), con un acusado tono vintage: a veces nos recuerdan al garcilasismo de los años cuarenta e incluso a la poesía rococó de un Meléndez Valdés. Copio los primeros versos de “Bucólica”: “Estuve aquí cuando esto era un prado / y no crecía en él ninguna rosa. / Estuve aquí cuando iniciaba mayo / su más furtivo florecer de rosa. / Estuve aquí cuando no había prado / ni mayo erguía sus colores rosa. / Estuve aquí cuando en este prado / mayo pintaba su fulgor de rosa”. Y así sigue, con “el mismo prado y la misma rosa” (eso dice su último verso) durante todo el poema. Aunque para muestra basta un botón, añado algunos más: “Se cierra el clavel / y yo dentro de él”, comienza “Mise en mots”; en “Tres poemas sicilianos” nos encontramos con una palmera que anota algo “en su carnet de baile”; hay también un río de “breve voz / dulce y doliente” y una cancioncilla neopopular: “Olivares del Júcar: / rosada nieve. / Olivares del Júcar: / de blanco verde” y así continúa (“de cielo agreste”, “de tintes tenues”) hasta concluir con un caprichoso (la pregunta podría ser cualquier otra siempre que respetara la rima) “¿dónde mi muerte?”
            El gusto por la rima, una rima a menudo gratuita y ripiosa (“Para que me refleje / su cordillera andina / la memoria me teje / su sombra submarina”), quizá herencia postista (a Carlos Edmundo de Ory le dedica un homenaje), caracteriza a la mitad del libro, de la que apenas si se salvan un “Apunte sevillano”, evocación del poeta Fernando Ortiz que recuerda a los poemas de circunstancias de Manuel Machado, y algunos apuntes viajeros que no se pierden en la gratuita divagación (“Invierno en Clermont”. “Cabo de Gata”).
            Alternando con estos poemas de versificación tradicional y reiterado y algo caprichoso sonsonete, hay otros de tono ensayístico, de un versolibrismo cercano a la prosa, que parecen reflexionar sobre cuestiones metapoéticas y metafísicas. Extensos y algo descosidos, cuesta llegar hasta el final. Copio los primeros versos de los más de cien de “Espejo roto”: “Como columnas en la luz se alzan / las ruinas de lo que fuera un muro, / la solidez de un resistente arco / o las volutas de un pisoteado capitel / en los que la unidad de un todo destruido / permanece más bella aún que en su realidad / porque del ser existen solo los fragmentos / y la visión de lo disperso y roto multiplica / sentido y sensación / pues solo en la ruina de las cosas / la belleza se nos permite ver”.
            Parece que estamos leyendo algo muy profundo, pero la conclusión es cuando menos poco convincente. ¿Solo en la ruina de las cosas se nos permite ver la belleza? ¿No hay belleza en un bosque, en un cuerpo humano, en Las meninas, en una catedral que el tiempo ha respetado?
            Nada resiste a una lectura atenta en este poema que glosa cuestiones más o menos trascendentales: “Los dioses creían en sus dioses / solo porque tenían sus estatuas: / nosotros creíamos en el arte / porque nos daba la sensación de un yo / visible solo en los márgenes / de sus imágenes borrosas y en aquel flujo / de opacas percepciones de uno mismo / que parecía devolvernos / desde un fondo de vitrales rojos, / la misteriosa luz de un rosetón”.
            Relea el lector estos versos y verá que son tan absurdos como en una primera lectura parecen. El poema, tras una sucesión de afirmaciones semejantes, termina con este dístico: “Es en la terza rima donde naufraga el nombre / como en el ser siempre naufraga el yo”. Por supuesto, nunca se ha aludido antes a la “terza rima”.
            Hay poesía que se lee –la de Marwan, la de Elvira Sastre, la de Ajo, la de Karmelo C. Iribarren– y que suelen mirar ciertos críticos por encima del hombro; hay poesía que no se lee, aunque resulte muy premiada y prestigiada, y que quizá no merece ser leída.
           


7 comentarios:

  1. Vanessa R. Linares14 de febrero de 2020, 8:01

    Qué maldad nombrar a Karmelo Iribarren junto a Marwan y Elvira Sastre.

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  2. Vanessa Ruiz Linares14 de febrero de 2020, 9:16

    ¿Para qué entrar en argumentaciones? Si no lo ha entendido ya, es que no va a entenderlo nunca.
    Pero no es nada raro. Nadie tiene su razón libre de filias y fobias.

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  3. Me parece muy bien y muy necesario que alguien diga las verdades del barquero. Un escritor, un poeta consagrado pueden escribir un libro mediocre y sin apenas valor. Y es imprescindible que alguien lo diga al público, a los potenciales lectores. Así que muchas gracias por cumplir con su obligación como crítico.

    Los Culturales y Babelias escribirán grandes vítores (ya estamos tristemente acostumbrados), pero por suerte tenemos a García Martín para decir -alto y claro- que el rey está desnudo.

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  4. Olé "Marimar", eso mismo pensamos muchos que desde hace ya muchos años estamos agradecidos a este maestro.
    Jaime

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  5. Yo también estoy totalmente de acuerdo con Marimar.

    Hace unos meses JLGM habló ya en "Café Arcadia" de la poesía mediocre de Siles, citando su libro "Semáforos, semáforos" (Premio Fundación Loewe, 1989) al que pertenecen estos "versos":

    "Con lo ojos llenos de gasolina
    he leído el espacio : una Menina
    de Velázquez. Y el Tiempo - coronel
    de la muerte - me dio, como propina,
    el gimnosperma poema de tu piel."

    Visiblemente, a Siles la poesía se le ha subido a la cabeza. Y no sólo la poesía, sino el poliglotismo, o más bien la traducción literaria en 8 idiomas, cosa totalmente imposible de hacer bien (a no ser que sólo se traduzcan textos modernos, fáciles y anodinos).

    Su antología "Cenotafio (1996-2009)" (Cátedra, 2011) está llena de antipoesía, a veces sorprendentemente mala. Un ejemplo entre docenas, el "poema" titulado IPSA, SED ALTERA; ALTERA, SED IPSA (que se encuentra también en su "Antología (1969-2014)" publicada por Entorno Gráfico Ediciones):

    "Todo discurso es circunferencia
    del discurso, que siempre es referencia
    a la lengua que ese discurso es.

    De manera que toda referencia
    al discurso será circunferencia
    del discurso en que esa lengua es."

    O dicho de otra manea: si se hiciera leer a lectores de poesía esta frase escrita así: "Todo discurso es circunferencia del discurso, que siempre es referencia a la lengua que ese discurso es. De manera que toda referencia al discurso será circunferencia del discurso en que esa lengua es" ¿cuántos dirían que es un poema? La respuesta es clara: ninguno. Y, evidentemente, tendrían razón, puesto que no lo es.

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  6. Decía Unamuno que uno puede ser tonto en ocho idiomas. Cosa cierta. Siles dejó de ser poeta, si lo fue. No sé si lo sabe. No sí lo saben otros. Los fragmentos son demoledores. Hay otros.

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