viernes, 19 de marzo de 2021

Entre dos épocas

 

 

Peregrinaciones
Carmen de Burgos
Epílogo de Ramón Gómez de la Serna
Edición de Concepción Núñez Rey
Renacimiento. Sevilla, 2021.

Carmen de Burgos, que hizo famoso el pseudónimo de Colombine, es una de las figuras más atractivas del primer tercio del siglo XX. Fue una mujer que se atrevió a romper con todas las estrictas normas que aprisionaban a las mujeres: se separó de un marido maltratador, brilló en papeles antes reservados a los hombres, tuvo amantes sin ocultarlos demasiado, trabajó activamente por la causa republicana.

            El novelero y valiente personaje, tras décadas de olvido, cada día suscita más atención, pero no parece que hayan tenido el mismo éxito los intentos de rescatar su obra literaria.

            Carmen de Burgos fue narradora, y su nombre está presente en todas las colección de novelas cortas tan de moda en su tiempo, biógrafa de figuras como Larra o Leopardi, autora de libros de viajes y de incontables títulos sobre los temas que entonces se consideraban “femeninos”, desde la cocina hasta la moda pasando por las buenas maneras sociales. Una obra quizá en exceso prolífica y que da la impresión de que ha resistido menos el tiempo que la figura de la autora.

            Carmen de Burgos viajó por el mundo como pocas mujeres lo hacían entonces: a menudo sin más compañía que la de su hija, prescindiendo de la figura protectora del varón, considerada imprescindible. Peregrinaciones, de 1916 (reeditado al año siguiente en dos tomos y con el título de Mis viajes por Europa), deja constancia de sus andanzas por media docena de países europeos en la fecha crucial de 1914. Cuando inicia el viaje, a comienzos del verano, el mundo es uno; cuando regresa a España, pocos meses después, ha cambiado por completo.

            A la confortable primera parte –Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega--, le sigue lo que tiene mucho de novela de aventuras: su regreso a través de una Alemania que parece haber enloquecido tras el comienzo de la guerra y donde están a punto de lincharlas al tomarlas por espías rusas.

            De la primera parte, nos interesan los pasajes poéticos, como las líneas finales que dedica a Ginebra, el elogio de las campanas o la enumeración de las distintas plazas. También ese encuentro con la ciudad del futuro en las ciudades nórdicas: “Una nota típica de Copenhague son las bicicletas. Les tengo más miedo que a los automóviles y a los tranvías. Apenas se ven transeúntes a pie; hombres, mujeres, niños, todo el mundo va en bicicleta, lo mismo la criada que sale a la compra que la señora que va de visita, o el hombre que acude a su negocio, al teatro o al café”. Carmen de Burgos viaja, entre otras cosas, para encontrarse con el futuro que sueña: “La mujer tiene ancho campo –nos dice de Dinamarca--, abierto en todos los empleos y carreras, es electora y elegible y goza de un gran respeto y una gran libertad”.

            Muy distinta era, casi hasta ayer mismo, la situación en España, según nos refiere Ramón Gómez de la Serna, en el extenso y magistral epílogo: “La mujer española solo se salva en el extranjero de la persecución que sufre, de esa persecución innoble que la muerde en los tobillos, de esa noche de la ciudad imposible a las mujeres, pues por todos lados parece que las gritan, las befan, que las arrastran, y también se salva en el extranjero de ese vestido de una crudeza insoportable con que las visten las miradas mientras las tuercen y las hacen insoportable el sombrero, de esa picazón, de ese escozor que debe hacerlas sufrir la luz de la ineducada calle española”.

            Interesan especialmente de estas páginas viajeras los pequeños detalles que nos permiten viajar en el tiempo, esos detalles de la vida cotidiana que suelen escapar a la mirada del sesudo historiador.

            “Un viaje es como una gran biblioteca puesta en fila, con los libros abiertos en lo más interesante, que vamos leyendo al pasar”, escribe Carmen de Burgos. Pero lo que más ha envejecido de su obra es lo que tiene de divulgación cultural: las páginas sobre escritores, músicos, pintores o escultores nórdicos. Lo que nos puede decir sobre Kierkegaard, Ibsen o Grieg interesa bastante menos que su sorpresa de que no sea costumbre dejar a los niños en casa: “Hasta los más pequeños van por la calle en una silla con ruedas y toldo, a guisa de coche, que empujan hombre y mujeres”. Deducimos que, en 1914, los bebés españoles solo se sacaban a la calle en brazos.

            Cuando escribe Peregrinaciones, Carmen de Burgos tiene por compañero al joven Ramón Gómez de la Serna, representante de otra generación, y su influencia se nota en algunos de los pasajes del libro más acordes con la estética vanguardista, como el dedicado a los zapatos que se dejan –se dejaban—a las puertas de los cuartos de hotel o el fragmentarismo, tan ramoniano, de alguno de los capítulos dedicados a Londres.

            La parte final del libro, “Portugal”, ya nada tiene que ver con aquel viaje de 1914 que comenzó idílicamente y acabó atravesando la Europa en guerra con riesgo de la vida. A Portugal viajaría al año siguiente y de inmediato se convierte en una de sus patrias. La república portuguesa, de la que desde el comienzo es firme defensora, se convierte en modelo de lo que quiere para España. En el amor a Portugal, y a Italia, coincide con Gómez de la Serna y ambos, en la etapa más feliz de su relación, tuvieron casa en Estoril y en Nápoles.

            A Peregrinaciones, como a cualquier viaje demasiado largo, no le faltan momentos de tedio, pero los compensan los continuos hallazgos de la mirada curiosa de la autora y desaparecen por completo cuando el libro se convierte en una autobiográfica novela de aventuras..

1 comentario:

  1. Curioso: al releer hace poco las "Cartas finlandesas" de Ganivet, muchas de sus experiencias nórdicas también me parecieron muestras de literatura futurista.

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