jueves, 4 de agosto de 2022

Vida y literatura

 

Diario de K
Karmelo C. Iribarren
Papeles Mínimos. Madrid, 2022.
 

Karmelo C. Iribarren, un poeta que ha hecho de la marginalidad y el victimismo uno de los factores de su carrera literaria, publica una edición muy aumentada de Diario de K, que no es propiamente un diario (aunque hay tantas formas de entender el género como diaristas), sino un cuaderno de apuntes, aforismos y reflexiones varias escritas a lo largo de más de una década. Se lee con gusto, abriéndolo por cualquier parte, picoteando acá y allá, a veces con una sonrisa y otras con un poco de vergüenza ajena.

            El autor, autodidacta, tiene una cierta inquina contra el mundo académico, la crítica y el mundillo literario que, en su opinión, tiende a ignorarle. Algunos ejemplos: “Este tipo nos deja sin trabajo, pensó el crítico tras hojear durante unos minutos uno de mis libros”, “En cuanto se le presenta la ocasión, no te cita”, “Esos que me leen a escondidas, sin que se enteren sus colegas de cátedra, por aquello de la reputación, deberían seguir el ejemplo de sus hijas y evitarse tanto sufrimiento”. La razón de ese desdén parece estar en su éxito como poeta: “Tengo lectores de todo tipo y condición, desde catedráticas de literatura a panaderos, pasando por algún conserje. Y, aunque carezca de importancia, creo que me leen más las mujeres. Todo esto a algunos les hace sospechar. Y ahí siguen, veinte años después, sospechando”.

            Contrastan esas quejas con la minuciosidad con que deja constancia de sus éxitos: Luis García Montero, Pablo Macías y José Luis Morante han estudiado su poesía “con seriedad”; el presidente del gobierno incluye un poema suyo en un discurso ante la tumba de Machado; Benjamín Prado habla en la radio de uno de sus libros: “Me gustó lo que dijo sobre mi poesía, me pareció que entiende y valora mi propuesta”. Incluso se defienden en la universidad trabajos de investigación sobre sus versos.

            Ese victimismo, esas continuas muestras de vanidad herida, forman parte de la personalidad de Karmelo C. Iribarren y pueden suscitar algún desdén. Pero nos equivocaríamos si lo redujéramos a la caricatura que él, quizá involuntariamente, traza de sí mismo. Hay en este Cuaderno de K ingeniosas greguerías y no escasos aforismos que hablan de la condición humana con conocimiento de causa. Y también lo que a mí me parece más destacable, anotaciones que parecen intrascendentes y acaban convirtiéndose en pequeños poemas en prosa: “Entro en la habitación, dejo la maleta en un lugar que no moleste y me siento en el borde de la cama. Alguien acaba de cerrar una puerta, sus pasos se acercan por el pasillo, se alejan. Me levanto, descorro las cortinas: un mar de tejados irregulares, bajo un cielo de un azul que envejece. En la fachada de enfrente, dos pisos más abajo, hay un tipo fumando en el balcón. Pienso en William Carlos Williams, el poeta que deja caer los poemas sobre la página como gotas de vida, el que atrapa los instantes y a ellos, los instantes, parece gustarles, o eso transmiten. Miro otra vez los tejados hacia la lejanía: caras y calles que no conozco, bares, librerías, puentes… Todo ahí, esperándome. Otra ciudad, otra vida”.

            Mucho de Baroja, del Baroja de los Paseos de un solitario o de las Bagatelas de otoño, hay en este personaje que camina a menudo bajo la lluvia, que pasa las mañanas o las tardes en el café de un hotel con un libro en las manos o mirando a la gente sin pensar en nada (salvo que se trate de mujeres, claro, pero en ese tema mejor no entrar). También está presente Pla, al que se alude reiteradas veces, y Carver, por supuesto, de quien tanto ha aprendido y al que dedica unas emocionadas líneas.

            Karmelo C. Iribarren, autodidacta que todo lo ha aprendido en la vida, que ha sido camarero antes que poeta (y no deja de recordárnoslo), tiene mucho que contar y mucho que enseñarnos. Pero de vez en cuando se sube al púlpito y se convierte en eso que tanto detesta, crítico. A propósito del poema “De vida beata”, de Gil de Biedma, afirma que él añadiría a las influencias encontradas por los estudiosos la del soneto “La felicidad de este mundo”, de Christophe Plantin. Ocurre que esa influencia ya ha sido reiteradamente señalada, entre otros por el catedrático Gabriel Laguna (y en Internet resultan fácilmente accesibles sus trabajos). Y hablando de los setenta, “una década que aquí, en lo literario, se pretendió muy vanguardista”, indica que “eran muy habituales los libros de poemas cuyos versos empezaban con mayúscula, sin que hubiese un punto previo”, costumbre habitual en la poesía de otras épocas. Pero Iribarren no parece haber hojeado libros publicados, no ya en el siglo de Oro, sino a principios del XX. En otro caso, no se le ocurriría la bromita a propósito de “solo” y “sólo”: “Ahora, de un tiempo a esta parte, a los señores académicos les ha entrado la pataleta contra las tildes, y ahí andan, reuniéndose los jueves para tomar café y decidir a qué palabra le quitan la balita de encima, como si así le salvasen la vida”. Qué sorpresa la de Iribarren cuando averigüe que hubo un tiempo, no tan lejano, en que “fe” llevaba tilde y también la preposición “a”. Alguien debería explicarle para qué se utiliza la tilde en la ortografía española.

            Pero mejor no explicarle nada, empaparse de melancolía con sus estampas de la ciudad bajo la lluvia, admirar sus iluminadores chispazos, su precisa semblanza de algún poeta (Jon Juaristi, por ejemplo), asentir a sus reflexiones sobre los claroscuros del vivir, y pasar por alto cuando enumera éxitos, critica lo que no entiende o se pierde en minucias de la vida literaria, como lo bien que lo trataron en este o aquel congreso literario y lo mal que lo trató este o aquel reseñista.  

5 comentarios:

  1. Por lo menos veo que sigues leyendo a Karmelo. En esta crítica lo valoras más que en aquella que hiciste porque yo te lo pedí (un honor). Temo que el único crítico que no hablaba de él y que él considera valioso eres tú. Y temo también que entre la poesía de Karmelo y parte de la tuya hay rasgos importantes que las unen, pero esto es otro cantar.

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  2. "Te veía
    llegar,
    cruzar la puerta,
    darme un besazo en el morro..."

    O:

    "Hace tiempo que decidí quedarme al margen
    de un tráfago de gentes y de ideas
    que no me dicen nada,
    en las que no me reconozco.

    Con esa compañía, mejor solo."

    O este "poema" entero:

    "Llegar al fin
    hasta la puerta
    de tu casa,
    entrar,
    echar todas las cerraduras,
    y, como quien saborea
    el sabor de la venganza,
    decirlo:
    «ahí
    os quedáis,
    hijosdeputa»."

    Quien es capaz de publicar "versos" como éstos sabe muy bien que está muy lejos de ser un veradero poeta. De ahí que mendigue tanto los elogios...

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  3. Una reseña que produce interés por la obra y el autor.

    Gracias por compartir

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  4. Karmelo ganó el premio Melilla (18.000, visor). Al año siguiente de Loreto Sesma. Ahí lo dejo. Por si alguno se atreve a discutir.

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