jueves, 16 de noviembre de 2023

La historia por los aires


 

Manuel Cerdán
Carrero: 50 años de un magnicidio maldito
Plaza & Janés. Barcelona, 2023.

¿Queda algo por saber del atentado contra Carrero Blanco del que pronto se cumplirá medio siglo? Manuel Cerdán, periodista de investigación de larga trayectoria, opina que sí, pero las seiscientas páginas del segundo volumen que ha dedicado al tema, Carrero: 50 años de un magnicidio maldito, Parecen demostrar más bien lo contrario. En el prólogo, afirma que ningún periodista se ha alejado más que él de las teorías conspiratorias, pero alude repetidamente a un personaje conocido como la Sombra, que parece sacado de una novela de kiosco. ¿Quién es la Sombra? Pues nada menos que "el hombre invisible que reveló los movimientos de Carrero". Aunque algunos autores pongan en duda su existencia, según afirma Cerdán, él tiene constancia documental. Un miembro del comando que acabó con la vida de Argala, el etarra que activó el explosivo que hizo volar el coche de Carrero, le habló de ese personaje que, en una entrevista en el hotel Mindanao, puso en marcha toda la operación: "Sabemos que la Sombra era un política de la oposición liberal-conservadora que se movía con plena libertad dentro del régimen y en los círculos políticos de don Juan, entre Estoril y Madrid. Era amigo o conocido de Genoveva Forest y de un etarra que vivía en Madrid, conocido como Kaskazuri, un tipo relacionado con los servicios secretos del PNV". En otro momento se refieren a él como un "elegante hombre de traje gris". ¿Y qué fue lo que hizo ese personaje misterioso? Pues entregar un papel en el que se informaba de la costumbre de Luis Carrero Blanco de asistir a misa todas las mañanas, a la misma hora, en una determinada iglesia madrileña. Pero, si como se afirma en este mismo libro, los etarras descubrieron con sorpresa que la dirección particular del vicepresidente, y luego presidente, del gobierno figuraba en la Guía telefónica, ¿tan difícil les resultaba seguirle y averiguar su costumbres?

La confidencia de ese personaje misterioso, si existió, resulta poco significativa, y más que dudosa resulta la implicación de la CIA o de otros políticos del régimen opuestos a Carrero en la puesta en marcha del atentado. De la minuciosa investigación de Cerdán no se deduce nada de ello, aunque él se empeña, por dar interés a su libro, en dejar abiertas todas las pistas.

Cierto que hay muchas cosas sorprendentes: la libertad con que se movieron durante largos meses un grupo de etarras, ya fichados, por Madrid; la cercanía del lugar del atentado a la embajada de Estados Unidos; la coincidencia con la visita de Henry Kissinger; los desoídos avisos sobre las insuficientes medidas de seguridad en relación con Carrero (pero él mismo se negó reiteradamente a reforzarlas). La torpeza de los encargados de prevenir la actividad terrorista fue indudable, así como la buena suerte que acompañó al comando y a sus colaboradores. La principal fue Eva Forest, quien puso a disposición de los etarras una red de militantes de izquierda disconformes con la actitud pactista que había adoptado el PC. Un Eva Forest debió ETA su mayor éxito en la lucha contra el franquismo y su mayor fracaso, el atentado en la calle del Correo, ocurrido menos de un año después.

El primero tuvo mucho de traca final de la dictadura, aunque esta continuaría algún tiempo, y en cierta medida libró a los españoles del trauma de haber dejado morir a Franco en su cama. Se trató de una ejecución del dictador por persona interpuesta. Por eso fue recibido con más o menos disimulado alborozo por toda la oposición.

El segundo fue un mero acto de barbarie, parece que ideado no por ETA, que se dejó llevar por el entusiasmo derivado del éxito anterior, sino por Eva Forest, que ya se consideraba a sí misma a la altura de los más grandes revolucionarios.

¿Cambio la historia de España la muerte de Carrero, como se ha repetido hasta la saciedad? Manuel Cerdán afirma que sí y lo equipara al asesinato de Prim en diciembre de 1870. No sería el único parecido: también en el caso de Prim muy altas instancias impidieron llegar hasta los instigadores. La muerte de Prim impidió que se consolidara la dinastía de los Saboya, de la que era el principal apoyo. El que en lugar de Carrero, en el momento de la muerte de Franco, estuviera Arias al frente del gobierno no supuso mayor diferencia. El propio rey Juan Carlos lo vio así: "Pienso que Carrero –le dijo a José Luis de Vilallonga-- no hubiera estado en absoluto de acuerdo con lo que yo me proponía hacer. Pero no creo que se hubiera opuesto abiertamente a la voluntad del rey. Simplemente habría dimitido...", que fue exactamente lo que hizo Arias, o le hicieron hacer. Ni uno ni otro tenían "la visión necesaria a largo plazo para hacer frente a los cambios radicales que exigían los españoles". Carrero Blanco no garantizaba la continuidad del franquismo; sin Franco no era nada, ni siquiera contaba con la simpatía de buena parte de los políticos del Régimen.

El libro de Manuel Cerdán permite sacar conclusiones distintas a las del autor, y esa es buena señal. Habría ganado con una mayor concisión. Se repite demasiado la metáfora del árbol de Malato (el árbol simbólico que marcaba la frontera del señorío de Vizcaya), por ejemplo, y se incurre en algunos errores: ETA no colocó una bomba en la calle del Correo en noviembre de 1974, según se afirma en la página 73, sino en septiembre; Eva Forest no fue detenida ni en noviembre de 1974 (página 75) ni en septiembre de 1975 (página 313), sino en septiembre de 1974, poco después del atentado, y a partir de sus declaraciones fueron cayendo todos los colaboradores en él y en el anterior contra Carrero. Errata parece la confusión de Alfonso XIII con Alfonso XII al referirse al cuadro pintado por Sorolla que se encuentra en el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Paradójicamente, el almirante Carrero Blanco sale humanizado de este libro. No participó en negocios raros como tantos políticos de antes y de después (ya el príncipe de España comenzaba su lucrativa amistad con los países árabes) y cumplió con el que creía su deber hasta final. Murió pobre (había donado sus parcos ahorros poco antes) y el epitafio que recibió de Franco fue el famoso "no hay mal que por bien no venga". Conmueve leer la crónica de sus últimos días, que entremezcla actos oficiales con la rutina cotidiana y que nos deja un dato que parece inventado por un novelista, En uno de los cines de la Gran Vía, viendo la película Chacal, de Fred Zinnemann, pudo coincidir con los que poco después serían sus ejecutores. La película, como es bien sabido, cuenta la historia de un asesino que intenta asesinar al presidente de Francia por encargo de una organización terrorista.



3 comentarios:

  1. Es un invento de alguna izquierda rancia que el vil asesinato de Carrero ayudara a traer la democracia a España. Carrero hubiera hecho lo que el Rey le hubiera pedido.Era un almirante honrado de los pies a la cabeza. Y si no, habría dimitido, como Pita da Veiga. Desde luego, la amiguita de Alfonso Sastre se las trae.

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  2. Por otra parte, he leído que el único hombre que vio al del traje gris fue el etarra Argala. De todas formas, Carrero hacía lo mismo todos los días. No hacía falta tanto papel ni secretismo. El Régimen Franquista era muy confiado en algunos aspectos. Por lo demás Carrero no tenía simpatía por EEUU y quería la bomba atómica para España, algo que a Kissinger le fastidió en la entrevista.

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  3. Un episodio que conmocionó por ese coche elevado tantos metros.

    Seguro estará interesante. Un abrazo

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