Rosa Navarro Durán
El festín de la palabra
Ariel. Barcelona. 2026.
Los
escritores clásicos, si de verdad lo son, siguen siendo nuestros contemporáneos,
pero para leerlos se necesita alguien que aparte de ellos el polvo que ha ido
dejando el tiempo. A comienzos del siglo XX, fue Azorín quien rescató a los
clásicos españoles de las manos de los eruditos y se los devolvió a cualquier
lector con sensibilidad literaria. Actualmente, nadie realiza mejor ese papel
que Rosa Navarro Durán. A sus labores de investigación como catedrática
universitaria, ha unido una labor que casi la acerca a los juglares medievales:
no solo ha reescrito en lenguaje de hoy buena parte de los clásicos de siempre,
sino que ha ido contando y glosando sus gestas por los más diversos lugares, ganándose
lo mismo el asombro de los niños que la admiración de los adultos.
En El festín de la palabra quiere
remedar a las primeras recopilaciones de cuentos –el anónimo Calila e Dimna,
la Disciplina clericalis de Pedro Alfonso o El conde Lucanor de
don Juan Manuel-- y cada capítulo termina con una moraleja, con una lección
para la actualidad (“Lecciones de los clásicos españoles” se lee en el
subtítulo), convirtiendo así el volumen casi en una obra de autoayuda. Pero
esos finales de cada capítulo no siempre vienen muy a cuento y quien no guste
de moralejas explícitas puede prescindir perfectamente de ellos.
Lo que importa es el cuento, esto
es, la recreación de un pasaje, predecible o inesperado, de una veintena de
obras. En Al margen de los clásicos, hace suya Azorín la historia del
escudero, sin duda el pasaje más emocionante del Lazarillo de Tormes. Rosa
Navarro Durán lo recrea de muy distinta, pero no menos ejemplar manera.
Además de investigadora
universitaria al modo habitual, Rosa Navarro Durán ha querido ser una
investigadora a lo Sherlock Holmes y aclarar algunos misterios de la historia
de la literatura. A ella se debe el descubrimiento –todavía no generalmente
aceptado-- del autor del Lazarillo, que no sería otro que el erasmista
Alfonso de Valdés. Se basa para ello en múltiples concordancias textuales e
ideológicas y en razonamientos muy sutiles que escuchamos con tanto pasmo como
el doctor Watson los de Sherlock. Más sorprendente aún resulta su último
descubrimiento: María de Zayas, la única novelista del Siglo de Oro, no habría
existido nunca, sería un heterónimo de un escritor de la época, Alonso de
Castillo Solórzarno. En tiempos de rescate de escritoras olvidadas o
menospreciadas, no es de extrañar que no fuera bien recibida la revelación de
que detrás de una gran escritora había un escritor travestido.
Las referencias a estos polémicos
hallazgos añaden picante a un libro que juega desde el título con la metáfora
gastronómica: cada uno de los capítulos sería uno de los platos de un menú
degustación.
Entre los más atractivos, aparte del
capítulo dedicado al Lazarillo, se encuentra el que glosa el comienzo de
La vida es sueño, “Porque no sepas que sé que sabes flaquezas mías”. Un
caballero y su criado se pierden en un bosque frondoso y encuentran una torre
en la que oyen las quejas de un prisionero. Ese lamento es el más famoso
monólogo de la literatura dramática de lengua española: “¡Ay mísero de mí, ay
infelice! / Apurar cielos pretendo…”
El
caballero es una mujer, Rosaura, pero el prisionero no lo sabe y sin embargo
queda prendado de su hermosura: “Con cada vez que te veo, / nueva admiración me
das; / y cuando te miro más, / aún más mirarte deseo”. Aunque conozcamos la
historia, después de este comienzo tan espléndidamente glosado por Rosa Navarro
Durán, despejadas las sendas del lenguaje barroco lleno de oscuridades y fuegos
de artificio, es difícil reprimir el impulso de volver a leer la historia ejemplar
de Segismundo, el infortunado príncipe polaco.
De El conde Lucanor no podía
faltar el engaño al ambicioso deán de Santiago, y al lector, por parte de don
Illán, el nigromante de Toledo. Ese relato ya fue recreado magistralmente por Borges.
Resiste bien Rosa Navarro Durán la comparación con el insuperable escritor
argentino. Algo se enreda, sin embargo, con La verdad sospechosa de Juan
Ruiz de Alarcón, que no en vano se trata de una comedia de enredo, como El
perro del hortelano de Lope de Vega, cuya moraleja resulta bastante sutil:
“El gusto no está en grandezas, sino en ajustarse al alma aquello que se desea”.
De la novela picaresca, que no
empieza con El Lazarillo, contra lo que suele afirmarse, sino con el Guzmán
de Alfarache, pocas lecciones ejemplares puede extraerse. Pero el lema que
Rosa Navarro Durán extrae de la obra de Mateo Alemán sigue tan vigente ahora
como entonces: “Esta es la verdadera ciencia: hurtar sin peligrar y bien
medrar. El elaborado timo de Guzmán a un mercader podría ser el argumento de
una película. Y un pícaro de su estirpe es el protagonista de Marty Supreme,
el reciente estreno de Josh Safdie, aunque esté inspirado en una persona
real: la vida a veces imita al arte.
El festín de la palabra nos
despierta el apetito de obras que teníamos olvidadas o dábamos por consabidas y
lo hace con excelente literatura.
