jueves, 12 de febrero de 2026

Biblioteca de sombras


Maurice Rollinat
Neurosis. Antología poética
Versión y prólogo de Pedro José Vizoso
Arkadia. Grand Island, Nebraska, 2025.

La historia de la literatura, como la historia en general, está llena de nombres que tuvieron un momento de gloria y luego se apagaron; en buena parte de los casos, aún en vida. Al poeta francés Maurice Rollinat (1846-1903), la fama se le acercó dos veces: la primera en 1883 cuando publicó Neurosis, una síntesis de Poe y Baudelaire, un compendio de tremendismo y decadentismo. Al éxito contribuyó que el autor era todo un personaje en el aquel París finisecular: no solo frecuentaba los cenáculos bohemios, también se hizo pronto un habitual en los salones de la buena sociedad. Era poeta y además un virtuoso del piano que había puesto música a sus versos y a los de Baudelaire y los cantaba con una hermosa voz varonil. Lo sorprendente es que necesitaba de otros para llevar sus creaciones al pentagrama: nunca había estudiado música. El éxito de 1883 llegó de inmediato a España y aquí se publicaron ese mismo año las primeras, y casi únicas, traducciones de sus poemas.

Su siguiente momento, ya más de fama que de gloria, tuvo lugar en 1903, el año de su muerte. Estaba internado en un psiquiátrico, como parecían profetizar los poemas de Neurosis. Rubén Darío dedicó un artículo, “Las tinieblas enemigas”, a contarnos “la pesadilla de su vida y el espanto de su fin”.

            No hubo muchas referencias después en el ámbito de la lengua española. Ahora Pedro José Vizoso, profesor en el Hasting College, allá en Nebraska, estudioso del modernismo y de los trampantojos de la bohemia, lo rescata en una sorprendente antología que se titula como su libro más conocido, Neurosis. La selección contiene un puñado de poemas que siguen conservando su emocionante verdad, y que nos demuestran que Rollinat era algo más que un “Baudelaire empobrecido”, según le calificó Mario Praz. Era más bien “un Zola enriquecido, dedicado a los temas rurales y contaminado de simbolismo”, en palabras de Pedro José Vizoso.

            En 1883, el mismo año de su éxito, Maurice Rollinat abandonó París y en compañía de su nueva pareja (antes había contraído un matrimonio burgués y de conveniencia) se fue a vivir al campo, a un caserón que frecuentaban los amigos y en el que transcurrieron, “con esa velocidad supersónica que adquiere el tiempo cuando la felicidad se vuelve cotidiana y rutinaria, veinte años”. Y luego, como colofón, unos meses de infierno que redondearon el mito: en agosto de 1903, un perro muerde a su compañera, Cécile, que contrae la rabia y muere poco después; siguen la depresión, un cáncer, un intento de suicidio y el ingreso en un manicomio, según se decía entonces, donde muere, desatendido de todos, en octubre de 1903, como si fuera un castigo por los pecaminosos excesos que había cantado en Neurosis.

Pedro José Vizoso sintetiza con buen estilo literario y algún exceso retórico, la vida del poeta, en la que “lo único demencial y fúnebre” fue su madre, “esa avara arpía que va a sobrevivir a su hijo con esa salud de hierro con que Dios adorna y favorece a la gente más mala de este mundo”. También ilumina su obrade una manera que poco tiene que ver con la luz negra que vertieron sobre él Rubén Darío y los críticos de su época. No duda en calificarlo, a pesar de que el término resulte anacrónico, como un poeta ecologista. Y no solo en los libros que escribió durante sus veinte años de retiro rural, alguno de título tan explícito como La Naturaleza, sino también en Neurosis, donde no todo eran escenas de cabaret, lupanar y morgue, aunque no se supiera ver entonces. En ese libro se incluyen poemas como “Caballos viejos”, un lamento por las bestias de carga que “arrastran su cuerpo lastimado y decrépito, / la collera en el pecho y en las patas mil llagas”. En la misma línea, pueden incluirse “Caballo tísico” o “La yegua ciega”. No solo protesta este supuesto poeta maldito por el maltrato animal, también centra su atención en el mundo de los insectos, pero, aunque dedica “El entierro de una hormiga” a La Fontaine, nada tiene que ver con el moralismo de las fábulas.

            Entre los poemas sobre animales, destaca “El mirlo viejo”, con mucho de autorretrato de sus años finales: “consume en largas siestas la vida que le queda. / La experiencia, lo mismo que la edad, lo libera / del amor, que antes era la mayor de sus cuitas”.

Rollinat, que amaba “la profunda belleza de lo triste”, no puede faltar en una antología de poesía simbolista. “El silencio es el alma de las cosas / que guardar quieren su secreto” nos dice en un poema. Y él sabe darle voz a ese silencio con palabras que, como las de Verlaine, a veces no parecen pesar sobre la página.

            En “Ropa blanca”, otro de los sorprendentes poemas del libro, acierta a objetivar su contrapuesta visión de la realidad: las sábanas, al sol, “se ven puras y ardientes, y muy frescas, alegres, / a lo lejos: flotante, primaveral recuerdo; azules, rosadas, llenas de sol y cielo, / tal fiesta del paisaje que deslumbra la vista”. De noche, en cambio, parecen “una larga turba de zombis”, según leemos en la traducción. Pero el original habla de “morts”,  de muertos.

            A comentar las traducciones históricas y su propia teoría de la traducción, dedica Pedro José Vizozo algunas páginas. Estamos de acuerdo con lo que dice, pero no siempre con lo que hace. El verso final de “Noche mística”, en su versión dice así: “la luna oronda y blanca con su azul aureola”, pero en el original ese “oronda” no aparece por ninguna parte: “la lune blanche avec son auréole bleue”. Algo similar ocurre en “El crepúsculo”: “flotter l’âme de la rivière” se convierte en “cómo el alma del río, suave, flota”. Añadir adjetivos por razones métricas no parece la mejor opción de un traductor. La denostada traducción literal resulta a veces más eficaz que cualquier esforzada versión poética.

            Pero lo importante no son estos reparos, sino el rescate de un poeta olvidado y no bien leído en su tiempo. Bienvenido sea Maurice Rollinat a la biblioteca de los buenos lectores de poesía.

           

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