Maurice Rollinat
Neurosis. Antología poética
Versión y prólogo de Pedro José
Vizoso
Arkadia. Grand Island, Nebraska,
2025.
La
historia de la literatura, como la historia en general, está llena de nombres
que tuvieron un momento de gloria y luego se apagaron; en buena parte de los
casos, aún en vida. Al poeta francés Maurice Rollinat (1846-1903), la fama se
le acercó dos veces: la primera en 1883 cuando publicó Neurosis, una
síntesis de Poe y Baudelaire, un compendio de tremendismo y decadentismo. Al
éxito contribuyó que el autor era todo un personaje en el aquel París
finisecular: no solo frecuentaba los cenáculos bohemios, también se hizo pronto
un habitual en los salones de la buena sociedad. Era poeta y además un virtuoso
del piano que había puesto música a sus versos y a los de Baudelaire y los cantaba
con una hermosa voz varonil. Lo sorprendente es que necesitaba de otros para
llevar sus creaciones al pentagrama: nunca había estudiado música. El éxito de
1883 llegó de inmediato a España y aquí se publicaron ese mismo año las
primeras, y casi únicas, traducciones de sus poemas.
Su
siguiente momento, ya más de fama que de gloria, tuvo lugar en 1903, el año de
su muerte. Estaba internado en un psiquiátrico, como parecían profetizar los
poemas de Neurosis. Rubén Darío dedicó un artículo, “Las tinieblas
enemigas”, a contarnos “la pesadilla de su vida y el espanto de su fin”.
No hubo muchas referencias después
en el ámbito de la lengua española. Ahora Pedro José Vizoso, profesor en el
Hasting College, allá en Nebraska, estudioso del modernismo y de los
trampantojos de la bohemia, lo rescata en una sorprendente antología que se
titula como su libro más conocido, Neurosis. La selección contiene un
puñado de poemas que siguen conservando su emocionante verdad, y que nos
demuestran que Rollinat era algo más que un “Baudelaire empobrecido”, según le
calificó Mario Praz. Era más bien “un Zola enriquecido, dedicado a los temas
rurales y contaminado de simbolismo”, en palabras de Pedro José Vizoso.
En 1883, el mismo año de su éxito,
Maurice Rollinat abandonó París y en compañía de su nueva pareja (antes había
contraído un matrimonio burgués y de conveniencia) se fue a vivir al campo, a
un caserón que frecuentaban los amigos y en el que transcurrieron, “con esa
velocidad supersónica que adquiere el tiempo cuando la felicidad se vuelve
cotidiana y rutinaria, veinte años”. Y luego, como colofón, unos meses de
infierno que redondearon el mito: en agosto de 1903, un perro muerde a su
compañera, Cécile, que contrae la rabia y muere poco después; siguen la
depresión, un cáncer, un intento de suicidio y el ingreso en un manicomio, según
se decía entonces, donde muere, desatendido de todos, en octubre de 1903, como
si fuera un castigo por los pecaminosos excesos que había cantado en Neurosis.
Pedro
José Vizoso sintetiza con buen estilo literario y algún exceso retórico, la
vida del poeta, en la que “lo único demencial y fúnebre” fue su madre, “esa
avara arpía que va a sobrevivir a su hijo con esa salud de hierro con que Dios
adorna y favorece a la gente más mala de este mundo”. También ilumina su obrade
una manera que poco tiene que ver con la luz negra que vertieron sobre él Rubén
Darío y los críticos de su época. No duda en calificarlo, a pesar de que el
término resulte anacrónico, como un poeta ecologista. Y no solo en los libros
que escribió durante sus veinte años de retiro rural, alguno de título tan
explícito como La Naturaleza, sino también en Neurosis, donde no
todo eran escenas de cabaret, lupanar y morgue, aunque no se supiera ver
entonces. En ese libro se incluyen poemas como “Caballos viejos”, un lamento
por las bestias de carga que “arrastran su cuerpo lastimado y decrépito, / la
collera en el pecho y en las patas mil llagas”. En la misma línea, pueden
incluirse “Caballo tísico” o “La yegua ciega”. No solo protesta este supuesto
poeta maldito por el maltrato animal, también centra su atención en el mundo de
los insectos, pero, aunque dedica “El entierro de una hormiga” a La Fontaine,
nada tiene que ver con el moralismo de las fábulas.
Entre los poemas sobre animales,
destaca “El mirlo viejo”, con mucho de autorretrato de sus años finales:
“consume en largas siestas la vida que le queda. / La experiencia, lo mismo que
la edad, lo libera / del amor, que antes era la mayor de sus cuitas”.
Rollinat,
que amaba “la profunda belleza de lo triste”, no puede faltar en una antología
de poesía simbolista. “El silencio es el alma de las cosas / que guardar
quieren su secreto” nos dice en un poema. Y él sabe darle voz a ese silencio
con palabras que, como las de Verlaine, a veces no parecen pesar sobre la
página.
En “Ropa blanca”, otro de los
sorprendentes poemas del libro, acierta a objetivar su contrapuesta visión de
la realidad: las sábanas, al sol, “se ven puras y ardientes, y muy frescas,
alegres, / a lo lejos: flotante, primaveral recuerdo; azules, rosadas, llenas
de sol y cielo, / tal fiesta del paisaje que deslumbra la vista”. De noche, en
cambio, parecen “una larga turba de zombis”, según leemos en la traducción.
Pero el original habla de “morts”, de muertos.
A comentar las traducciones
históricas y su propia teoría de la traducción, dedica Pedro José Vizozo
algunas páginas. Estamos de acuerdo con lo que dice, pero no siempre con lo que
hace. El verso final de “Noche mística”, en su versión dice así: “la luna
oronda y blanca con su azul aureola”, pero en el original ese “oronda” no
aparece por ninguna parte: “la lune blanche avec son auréole bleue”. Algo
similar ocurre en “El crepúsculo”: “flotter l’âme de la rivière” se convierte
en “cómo el alma del río, suave, flota”. Añadir adjetivos por razones métricas
no parece la mejor opción de un traductor. La denostada traducción literal
resulta a veces más eficaz que cualquier esforzada versión poética.
Pero lo importante no son estos
reparos, sino el rescate de un poeta olvidado y no bien leído en su tiempo.
Bienvenido sea Maurice Rollinat a la biblioteca de los buenos lectores de
poesía.

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