Jorge Verstrynge
Memorias de un transeúnte
Prólogo de Miguel Riera
El Viejo Topo. Barcelona, 2025.
No
escasean los casos de intelectuales o de políticos que comenzaron su actividad
en la izquierda, o incluso en la extrema izquierda, y que la acabaron en la
extrema derecha (ahí están, entre muchos otros, los nombres de Fernando
Savater, Jon Juaristi o Félix de Azúa), pero abundan menos los que transitaron
en sentido contrario. El caso más notorio es el de Jorge Verstrynge,
simpatizante o militante de movimientos fascistas en la primera juventud y
luego en la madurez próximo a Podemos, tras recalar antes en Alianza Popular,
el partido socialista y el partido comunista.
Memorias de un transeúnte se
ocupa, sobre todo, de su paso por Alianza Popular, donde llegó a ser, o a menos
a ser tenido como tal, el segundo de a bordo, tras el gran patrón de la derecha
española, Manuel Fraga. Cuenta que cuando abandonó o fue expulsado de ese
partido, en 1986, Alfonso Guerra le dijo: “¡Ay! Jorgito… ¿qué has hecho? ¡Tú
controlando la derecha, que la tenías ya casi, y yo controlando la izquierda!
¿Quién hubiera podido mover ficha sin nosotros en este país?”
Esa frase, como tantas otras (Fraga
partidario de aplicar el “Nacht und Nebel” de los nazis y la dictadura
argentina para acabar con ETA),
puede ser puesta en duda, pero no lo que cuenta –con orgullo-- de su actividad
en el partido. Fraga le encarga la convocatoria de la Junta Directiva Nacional
y él consigue que, “discretamente se desbloqueara una partida de dinero para
asegurarles los gastos de viaje y de estancia” a los representantes
territoriales favorables a sus tesis; en cuanto a los no favorables, “pues que
corrieran con sus propios gastos o que se los pidieran a Fernández de la Mora”
(entonces su oponente en el partido). También se vanagloria de sus habilidades para “centrar” Alianza Popular. Los secretarios técnicos y
gerentes provinciales le remitían listas de afiliados “de la extrema derecha y
de franquistas notorios y recalcitrantes”. Lo que pasaba luego, en sus propias
palabras, era lo siguiente: “Una vez contrastada la información, yo bajaba a
ver a las benévolas y encantadoras señoras que se encargaban de los ficheros y
me llevaba las fichas de afiliación de los interfectos. Fraga nunca lo supo,
pero muchas noches, cuando ya solo quedábamos en la sede mis escoltas y yo, hacía
con ellas una buena hoguera en el correspondiente sanitario, con un enérgico
tirón final de la cadena del desagüe”. Lo que no nos cuenta es cómo consiguió
que esos expulsados tan drásticamente del partido no protestaran ante su
peculiar procedimiento de limpieza ideológica.
Aprendemos mucho del funcionamiento
interno de un determinado partido (los demás no serían muy distintos) con estas
memorias de un desprejuiciado “fontanero”, de un experto en inventar encuestas
y en triquiñuelas electorales. Como se lograba, por ejemplo, no tener que
devolver el dinero de los bancos. Para conseguir cuarenta millones de pesetas
extra, tuvo que recurrir a veinte aliancistas que “aceptasen suscribir cada uno
un crédito personal por importe de dos millones de pesetas, pero con la
condición de ser insolventes para que dichos créditos, a su vencimiento,
pudieran ser declarados fallidos”. El problema es que no encontró ni un solo
insolvente en Alianza Popular y por ello tuvo que recurrir “a los chicos y
chicas dieciochoañeros contratados por el Departamento de Envíos Postales y
Distribución”. La triquiñuela funcionó y no hubo que devolver al Banco de
Santander ni un duro.
Las muestras de su eficacia en la
trastienda o en la cocina del partido de Manuel Fraga no siempre dejan a Jorge
Verstrynge en buen lugar, sin que a él parezca importarle demasiado.
Pero
en estas memorias el cambiante Verstrynge no solo se nos presenta como un
político maniobrero, sino también como un pensador, un estudioso, profesor
durante muchos años en la Facultad de Ciencias Políticas y autor de números
libros y artículos. Al no haber leído ninguna de esas publicaciones, no estoy
en condiciones de juzgar su valía, pero sí puedo afirmar que de ella, si la
hubiere, y no tengo por qué negarlo, da pocas muestras en estas Memorias de
un transeúnte, escritas –o dictadas-- en un tono mitinero y publicadas sin
la necesaria revisión editorial.
Baste
un ejemplo. Tras referirse, muy sucintamente, a su relación con Podemos y a las
razones del descarrilamiento de esa opción política, concluye: “Todos los
idearios, ciertamente, degeneran con el tiempo. El judaísmo pronto fue
sustituido por el cristianismo, luego por el Islam, luego por el
protestantismo, etc.…”
Difícil
resulta compendiar más disparates en menos palabras: el judaísmo no fue
sustituido por el cristianismo (ahí sigue vivito y golpeando) ni menos por el islam.
¿Y qué es eso de considerar al protestantismo distinto del cristianismo? ¿O lo
de que “pronto” el judaísmo fue sustituido por el cristianismo? ¿Cuántos siglos
hacía que existían los judíos cuando apareció el cristianismo?
Peor
nos lo pone cuando afirma que el comunismo, “con todos los fallos que se le
achacaron y que provocaron su desnaturalización, sigue siendo, hoy por hoy, la
idea más bella y generosa que ha producido la mente humana”. O cuando se pone a
loar las bondades de su ideología política actual: ”Solo mandando el Pueblo se
podría evitar que se le expolie… ¡Populismo puro y duro!”.
¿Y
qué es el Pueblo y dónde se encuentra?, le podríamos preguntar remedando a
Larra. ¿Retiraríamos el voto a quien no sea un asalariado que cobra poco más
que el salario mínimo? ¿A los que viven de la política, a los tertulianos
televisivos?
Jorge
Verstrynge afirma que él hizo todo lo posible para que “la derecha de este país
fuera de una puñetera vez democrática”. Remedando su desenfadado estilo,
podríamos concluir que estas memorias, interesantes en su anecdotario, en lo
ideológico muestran una considerable empanada mental.
