jueves, 24 de agosto de 2023

La nostalgia es un horror

 

Nido de piratas
Jesús Fernández Úbeda
Debate. Barcelona, 2023.

Jesús Fernández Úbeda, colaborador de Libertad Digital y Zenda, la revista cultural fundada por Antonio Pérez-Reverte, ha escrito un libro sobre el diario Pueblo, sobre su “fascinante historia”, según nos indica en el subtítulo, que asombra en cada página. Pérez-Reverte, que inició su vida periodística en ese diario, no solo escribe el prólogo, sino que interviene casi, o sin casi, en cada capítulo. El volumen se basa en sus declaraciones  y en las de otros supervivientes de aquella aventura, que tuvo su máximo esplendor entre los años 1964 y 1975, cuando dirigía el periódico Emilio Romero, y que acabó en 1984, cuando el gobierno socialista decidió el cierre.

            “Ya no hay periódicos ni periodistas de verdad, murieron con Pueblo para siempre”, esa es la tesis del prologuista-protagonista y de su fiel escudero, el redactor del libro. ¿Y cómo eran los periodistas de verdad? A juicio de Pérez-Reverte, los subdirectores y redactores jefes “se ciscaban en lo políticamente correcto y eran interesantes cruces genéticos entre perro de presa, padre confesor, tahúr cínico y madame de burdel.”

            El libro está lleno de anécdotas o de leyendas urbanas que tratan de reflejar aquella edad de oro. Cuenta Irma Deglané: “Emilio Romero tenía de ordenanza en su planta a uno que había sido en la guerra civil de la CGT, no recuerdo su nombre. Un día lo cogieron entre Raúl del Pozo y Raúl Cancio, lo ataron a una silla, lo amordazaron, lo metieron en el paternóster (así llamaban a una especie de ascensor sin puertas). Nos quedamos todos muertos de la risa. Aquella redacción era genial”.

            El lector no acaba de verle la genialidad. A lo que más se parecía aquella redacción de Huertas, 73, si hemos de creer a estos eutrapélicos testimonios, es a la “13, rue del Percebe” de Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón. Allí se practicaba el contrabando “de los más modernos productos tecnológicos”. Allí había un trabajador, Francisco Galán, Paco el Pata por mal nombre, que si uno le decía “Oye, quiero un televisor” replicaba “Muy bien, ¿dónde lo has visto?”, “En el Ten21 de Argüelles”. Iba, hacía un butrón y lo traía al día siguiente. Luego intervino la policía, pero parece que antes –eso se insinúa— el rey Juan Carlos obtuvo un teleobjetivo obtenido por este sistema.

            El día que entro en Pueblo –afirma Pérez-Reverte-- entra Raúl Cancio y le dice a Manolo Marlasca: “Manolo, ¿ya has conocido a tu padre?”, y este le responde: “Sí, estaba en la cama con tu madre”. De este humor cuartelero-tabernario hay abundantes muestras en este libro sobre la edad de oro del periodismo. Hay incluso un irreproducible “episodio surrealista de bestialismo”. Quien tenga curiosidad puede encontrarlo en la página 232.

            Fernández Úbeda cuenta lo que le cuentan, rara vez chequea los datos y por eso podemos encontrarnos con la afirmación de que a Arias Navarro lo nombraron presidente en febrero de 1976 o que una periodista entrevistó a Salazar en 1969 (en 1968 tuvo el accidente que le imposibilitó para seguir dirigiendo el gobierno, aunque le hicieron creer que seguía al frente) o que el Café Gijón está situado en el Paseo del Prado.

            En las notas aclaratorias, Pérez-Reverte suele añadir alguna precisión. Veamos de qué tenor. A Rosa Villacastín, retenida en el Congreso durante el 23-F, se le acercó al parecer un guardia civil para decirle: “Tiene usted el culo más espectacular que he visto en mi vida”. Y lo corrobora, en nota, el escritor: “Es rigurosamente cierto que el culo de Rosa, en esa época, era bastante potable”.

            Más que humor, a menudo involuntario, hay mucha añeja comicidad en este libro. Y revelaciones sobre un modo de practicar el periodismo que no nos hacen añorar precisamente aquella época. Cuenta la “bastante potable” Rosa Villacastín del director, el mítico Emilio Romero, lo siguiente: “Se liaba con artistas: si tú querías triunfar en el teatro, te ibas una noche con él y tenías páginas y páginas en el periódico”. Y Luis Romasanta: “Tenía un correveidile que le buscaba las chicas por la noche. Muchas veces iba con mi carpeta a despachar con él los editoriales. De repente, aparecía un señor muy concreto, cuyo nombre no te diré, pero al que todos conocemos, y le decía: A la una de la madrugada tienes a la cantante Pepita Pérez esperándote”. Un día al propio Romasanta le llamaron a las dos de la madrugada para que fuera corriendo a hacer una entrevista a Fulana de Tal que había puesto esa condición para acostarse con don Emilio.

            ¿Rigor informativo? Fernández Úbeda nos habla de dos secciones, Cine y Toros, “que se regían exclusivamente por el dinero que apoquinaban o dejaban de apoquinar terceros”. A quien pagaba, se le ponía por las nubes; a quien no, se le crucificaba.

            Pueblo era un periódico oficial, dependía del Sindicato vertical, el dinero no era problema. Llegó a alcanzar gran difusión con un sistema infalible: amarillismo y sensacionalismo por un lado (el rigor de la noticia era lo de menos) y fichaje, al precio que fuera, de los periodistas más destacados de la competencia.  A Emilio Romero, con buenos contactos políticos (y parece que con capacidad para el chantaje: “sabía que los ministros de Franco le ponían los cuernos a sus mujeres, por eso le temían”), no había quien le moviera de su trono. Cuando dejó el periódico con una patada hacia arriba qu3 le endilgó Suárez, el sucesor se encontró con que perdía “tres mil millones de pesetas al año”, con once o doce subdirectores, los redactores sin contrato y toda la familia del director ocupando buenos puestos.

            Si la historia del diario Pueblo es fascinante, lo es por razones muy distintas de las que indica Fernández Úbeda. La historia del diario merecería una investigación rigurosa, que recabe y filtre los testimonios disponibles, que no se entretenga contándonos como funciona la Hemeroteca Municipal de Madrid: “El procedimiento para acceder al material es muy sencillo: al llegar, rellenas un papelito en la recepción en el que indicas el nombre de la publicación, la fecha, el municipio y la referencia, lo firmas y te vas a la sala de consulta”. Y sigue así este presunto investigador: “a los cinco o como máximo diez minutos, aparece un empleado con los volúmenes que has pedido”. Todo el volumen está lleno de perlas semejantes. De una de las informantes, se nos dice que ha publicado “una pila de poemarios” (en el lenguaje coloquial compite con Pérez-Reverte, quien afirma que en Pueblo “había mujeres a punta pala”); de otro colaborador de Pueblo, como no quiso hablar con él para su libro, dice que no nos da ningún dato de sus publicaciones porque no quiere hacerle publicidad.

            Muchas banalidades sobran y muchas cosas faltan. No se habla, por ejemplo, de las renovadoras entrevistas de Marino Gómez Santos, luego reunidas en libro (de él solo se dice que era “muy bueno” y “un poco gafe”), ni de la relación con los GAL, a los que la primera página del último número sirve de altavoz. “No dejaremos un etarra vivo” afirma el titular en grandes letras, y luego recogen las declaraciones de presuntos miembros de la organización: “Los vamos a acosar hasta dentro de sus propias casas, haciendo que, cuando menos se lo esperen, les explote la máquina de afeitar eléctrica, el teléfono al ir a marcar o la nevera cuando vayan a sacar una cerveza”.  Y continúa afirmando que están integrados “por cien personas especializadas en lucha guerrillera y que han participado en las guerras del Congo, Biafra, Argelia y Oriente Medio”.

            La nostalgia, afirma un título famoso, es un error; este libro nos demuestra que también puede ser un horror. Quizá Pueblo fuera una escuela de periodistas, la mejor escuela, pero tenemos que creerlo como artículo de fe. Ninguna razón de ello se nos da. “Cuando el periodismo aún se parecía al Periodismo”, leemos en el prólogo, había dos personajes que inspiraban un respeto especial: el corrector de estilo y el redactor veterano. De uno de ellos, aprendió Pérez-Reverte un truco para no equivocarse nunca al manejar “debe” y “debe de”: “Cuando es obligación, me dijo, pon siempre debe. Cuando es suposición, debe de”. Lo mismo que explica cualquier profesor de Lengua a sus alumnos de la ESO (aclarando que cada vez resulta más frecuente el uso de “debe” sin preposición en ambos casos).

            En fin, que este elogio del viejo periodismo, o del Periodismo con mayúscula, nos cura de cualquier nostalgia por las redacciones llenas de humo, con las botellas de whisky en el cajón de la mesa y la banda sonora del tableteo de las máquinas de escribir.

           

 

martes, 15 de agosto de 2023

Más que cine

 

 

En familia. Casi un dietario sobre cine español
José Manuel Benítez Ariza
Ilustraciones de Manuel Martín Morgado
Prokomun Libros. Madrid, 2023,

José Manuel Benítez Ariza, poeta que cultiva todos los géneros literarios, incluida la traducción, ha publicado un libro sobre cine español que se lee como quien asiste a una conversación de cine club, pero sin pedantería cinéfila, en tono menor, llena de detalles curiosos y observaciones inteligentes.

            El cine español del que se ocupan estas páginas no es el más reconocido, aunque figure Buñuel y algún otro nombre canónico. Benítez Ariza se interesa sobre todo por directores olvidados, por rarezas poco frecuentadas, incluso por obras comerciales que desdeña la crítica. Y sabe aportar un punto de vista personal que hace que le escuchemos, que le leamos, siempre con atención.

            La película Cerca de las estrellas, de César Ardavín, un cuadro de costumbres sobre cómo transcurre el domingo de una familia en la Barcelona de 1962, la relaciona con las fotos en las que ve a sus padres “endomingados, como corresponde a las ocasiones de posar para las fotos”, ese mismo año. Y continúa: “Uno vendría al mundo unos meses después, y pasaría parte de su infancia en unas habitaciones de azotea como las que sirven de escenario a esta película”.

            En otra ocasión, tras referirse a Zorrita Martínez, de Vicente Escrivá, trata de justificar su interés por el cine del destape protagonizado por actrices como Nadiuska, o Bárbara Rey: “Yo podría alegar, por ejemplo, que ando escribiendo una novela sobre esos años y que estas películas suelen ser eficacísimos estimulantes de la memoria. Basta observar lo que aparece en segundo plano: los coches, la ropa, las paredes empapeladas, los posters que adornan a veces las paredes, el fondo musical, la decoración de las cafeterías”.

            Autobiografía y sociología hay en estas anotaciones motivadas a menudo por el festival cinematográfico Alcances, que dirigía en Cádiz el poeta Fernando Quiñones y con el que Benítez Ariza colaboró un tiempo, o por los programas de televisión española dedicados al cine español. También encontramos inéditas sorpresas, como la participación de José Hierro en Gringo, un western hispano-italiano dirigido por Ricardo Blasco. La letra del bolero que canta la protagonista, la cantante Mikaela, está escrita por el autor de Cuanto sé de mí: “El alma escucha la música negra / de su soledad”.

            Pero no todo son alrededores y microbiografías de personajes curiosos relacionados con el mundo cinematográfico, como Inés Palou, “carne apaleada”, o la actriz Miroslava, fetiche de Buñuel y quizá compañera de viaje del partido comunista. Hay también atinadas reivindicaciones de géneros o subgéneros que han pasado de moda, como la llamada “tercera vía” de Roberto Bodegas o la edad dorada del cine policíaco español, que tuvo su centro en Barcelona, ejemplificada por Distrito Quinto, de Julio Coll (que Benítez Ariza relaciona con la muy posterior Reservoir Dogs de Tarantino), o El cerco, de Miguel Iglesias. Especial interés ofrece el capítulo dedicado a El ojo de cristal, basada en un relato de William Irish como algunos títulos clásicos de Hitchcock (La ventana indiscreta) o de Truffaut (La novia vestía de negro, La sirena del Mississippi). “El resultado –escribe-- fue una de las películas españolas más fascinantes de su tiempo y una especie de vuelta de tuerca a los desolados argumentos del cine policíaco barcelonés”.

            La mayor parte del libro se ocupa del cine rodado durante el franquismo, que no es lo mismo que el cine franquista, y los primeros años de la transición, pero también se hace un poco de historia: reflexiones sobre la relación entre la generación del 27 y apuntes sobre el cine rodado en la zona republicana durante la guerra civil (“Nuestro Hollywood anarquista”).

            Incursiona, aunque fugazmente, Benítez Ariza en un tópico muy repetido y que convendría repensar. A propósito de Bilbao, la película de Bigas Luna estrenada en 1978, afirma que entonces existía “una firme voluntad, por parte de los creadores, de no ceder ni un milímetro del terreno que, paso a paso, habían ido ganando en cuanto a la posibilidad  de abordar temas comprometidos o vencer viejos tabúes”. La situación actual sería, a su entender, la contraria: “se da por sentado que existe plena libertad de expresión, pero es la propia sociedad la que se muestra pronta a denunciar cualquier manifestación artística que conculque la corrección política imperante u ofenda las susceptibilidades de tal o cual grupo”. Pero la sociedad es plural y ninguna está enteramente a favor de lo que suele llamarse “corrección política”, que no es más que un avance en el respeto de todos, incluidos quienes hasta hace bien poco eran objeto eran objeto de befa o admitido maltrato. La libertad de expresión limita con la libertad de ofender –salvo a los políticos, parece-- y con otros límites, no por difíciles de delimitar, menos reales.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Auge y caída

 

Hasta aquí hemos llegado
Rodrigo de Rato
Con la colaboración de Alicia González Vicente
Península. Barcelona, 2023.

Hacer leña del árbol caído es uno de los deportes favoritos, no ya de los españoles, sino como el fútbol, de la entera humanidad. Rodrigo de Rato –conocido, más eufónicamente, como Rodrigo Rato-- constituye un buen ejemplo de ello. Empresario de éxito, economista brillante, vicepresidente del gobierno de España, en el 2010 llega a la cumbre de toda su fortuna: tras enconados enfrentamientos políticos entre dos sectores del Partido Popular, es nombrado Presidente de Caja Madrid, la principal de las Cajas de Ahorro españolas  Luego, como en una tragedia griega, los dioses se pondrían en un contra y sería arrojado al abismo: un largo calvario judicial, un ajusticiamiento mediático, y finalmente la entrada en la cárcel. Allí coincide con los políticos catalanes, que a pesar de ser “políticos presos” y no “presos políticos –según machaconamente se nos repite-- gozaban de ciertos privilegios, algunos de los cuales se trasladaron al resto de los detenidos, como tener las puertas de las celdas abiertas, y otras no, como disponer de ordenares personales. A Rodrigo Rato y a otros interesados, Oriol Junqueras les dio clases de física cuántica; a otros presos, de matemáticas; también escribía relatos para sus hijos: así pasaba el tiempo aquel peligroso enemigo del Estado.

            Hasta aquí hemos llegado es un libro escrito en defensa propia, sus argumentos tenemos por lo tanto que tomarlos con cautela. Y algunos son ciertamente enrevesados. ¿Hubo delito o no hubo delito en la salida a bolsa de Bankia? La sentencia final decidió que no. Lo que sí hubo en la gestión de la crisis bancaria y en la fusión de las cajas fueron múltiples torpezas y abundantes indicios de delito, no todos, ni mucho menos, responsabilidad de Rato. “Las cajas de ahorros eran un mosaico maquiavélico de todos los enfrentamientos posibles, regionales y nacionales”, escribe. Los políticos de los diversos partidos –y no solo: en Caja Madrid, Comisiones Obreras--hacían buen uso de las mismas para sus intereses públicos y privados. A él le tocó estar al frente de la una de ellas en el peor momento: cuando la crisis económica les iba a permitir a sus competidores darles la puntilla con el aplauso general.

            ¿Hubo delito o no hubo delito en la utilización de las famosas tarjetas black? En este caso, el tribunal decidió que sí, pero con argumentos tan discutibles como en el otro caso en que se decidió que no. Distinto es el juicio ético que nos merezca la retribución de los directivos de la banca en crisis o en quiebra, no solo española, por supuesto. Como director del Fondo Monetario Internacional –lo fue entre 2004 y 2007--, Rodrigo Rato recibía, según nos indica, “un sueldo casi diez veces el de vicepresidente español, ya que estaba libre de impuestos”. Sería legal, pero resulta inexplicable.

            La realidad económica y política es más compleja de lo que piensa el ciudadano común. Hacienda no es el Robin Hood que persigue a los ricos defraudadores para repartir su dinero entre los pobres. Hay una zona gris que permite perseguir a unos y salvar a otros según los intereses del momento. Las historias que cuenta Rato sobre Luis de Guindos –primero su subordinado en el Ministerio de Hacienda y luego su principal Iscariote-- resultan muy ilustrativas al respecto, aunque algunas poco novedosas: todos fuimos testigos de cómo utilizaba los datos fiscales –que deberían ser secretos-- para amenazar a sus enemigos políticos en el Congreso.

            Viñetas ilustrativas de la situación de la justicia española, de la zona gris en que se mueve, hay muchas en este libro. Me limitaré a referir una. Mónica Balibrea –no figura en el índice onomástico-- es abogada experta en derecho penal y penitenciario. Rodrigo Rato, ya a punto de entrar en prisión, la visita tres veces. “En la última de esas entrevistas me llevó a visitar a José Luis de Castro, magistrado del Juzgado de Menores y de Vigilancia Penitenciaria, con quien presumía de tener buenas relaciones y de quien iba a depender mi cambio de situación penitenciaria”, escribe. Pero al final no la contrataría porque no puede abonarle los sesenta mil euros que le pedía por anticipado y al contado. El juez José Luis de Castro, aunque Rato cumplía todos los requisitos y el resto de los condenados en la misma causa ya lo había obtenido, retrasaría casi un año concederle el Tercer Grado. ¿Tuvo eso algo que ver con la no contratación de la abogada de los sesenta mil euros? Que cada uno piense lo que quiera.

            No sale muy bien parado el Partido Popular, que era su partido, en este Hasta aquí hemos llegado: “Al fin y al cabo, Aznar me había colocado en el punto de mira al afirmar en su libro que había elegido a Rajoy como su sucesor porque yo no había aceptado sus condiciones para ser designado candidato. Lo que no debió sentar muy bien a un personaje tan sinuoso como resultó ser Rajoy. A eso se unían los tejemanejes de las conocidas entre los miembros del partido como las ‘niñas asesinas’ para intentar hacer ver que la parte buena de la historia del PP empezaba con ellas, que dejaban así atrás la etapa corrupta e inaceptable de José María Aznar”.

            Sorprenden algunos inexplicables errores de fecha al repasar los hechos históricos de su época de juventud: “En 1973 se produjo la Revolución de los Claveles en Portugal y la caída de Allende en Chile y ni una ni otra tuvieron consecuencias para nuestra nación”. La revolución portuguesa tuvo lugar en 1974 y puso muy nervioso al franquismo epigonal. Poco después escribe: “Yo volví a España a finales de 1974, justo cuando ETA asesinó al presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco” (lo había asesinado un año antes).

            Algunos secretos siguen siendo secretos, como la razón del imprevisto abandono, “para sorpresa e incomprensión de todos”, incluida parte de su familia, de la dirección del Fondo Monetario Internacional. “La primera de al menos tres decisiones que muchos consideraron caprichosas entre 2007 y 2012 y que acabaron con una carrera profesional que aparentemente iba muy bien”. ¿Solo aparentemente?

            A la práctica de la meditación y a la relación con el budismo se alude repetidas veces y se le dedica el epílogo. El libro, lleno de claroscuros, muy ilustrativo de la historia reciente de España, termina así con una moraleja y una obviedad sapiencial: “Cada instante de hoy es el mejor sitio donde puedes estar en ese momento. La vida es un misterio y nunca sabes lo que de deparará”.

           

jueves, 3 de agosto de 2023

Paradojas y contradicciones

 

Francisco Alía Miranda
La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930)
Catarata. Madrid, 2023.

Francisco Alía Miranda, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Castilla-La Mancha, en poco más de doscientas páginas, pretende ofrecernos una síntesis de la primera de las dos dictaduras del siglo XX, caracterizada por sus paradojas y contradicciones. Lo consigue a medias. Su conocimiento del período presenta algunas lagunas, al menos en uno de los aspectos más significativos: la relación de los intelectuales con el nuevo régimen. El golpe de Estado del 13 de septiembre de 1923, bien acogido por el rey (al tanto de sus preparativos), no fue rechazado expresamente por ningún sector de la sociedad española y fue recibido con entusiasmo por buena parte de ella. A Primo de Rivera se le veía como el “cirujano de hierro” propugnado por Joaquín Costa que venía acabar con el caciquismo y la corrupción en que había degenerado el sistema político instaurado por Cánovas. Parecía encarnar el regeneracionismo de la generación del 98. Poco después del golpe, Azorín publica El chirrión de los políticos, una feroz sátira del régimen anterior. Las discrepancias, como las expresadas por un poco conocido Manuel Azaña, apenas se hacen notar. Incluso la prensa liberal –hoy diríamos de izquierdas--, cuyo más calificado representante es El Sol, inspirado por Ortega, se muestra benevolente.

            La excepción la constituyó Miguel de Unamuno, que fue el primero –y no Blasco Ibáñez, como indica Alía Miranda-- en alzar su voz contra la dictadura. Una carta privada, publicada sin su permiso en la revista Nosotros, de Buenos Aires, sirvió de pretexto al dictador para privarle de la cátedra y desterrarle a Fuerteventura. Blasco Ibáñez –al contrario de lo que se indica-- no se autoexilió con motivo de la dictadura. Cuando esta comenzó, era un autor de renombre internacional que estaba dando la vuelta al mundo y tenía su residencia en Francia. La dictadura le haría volver a su activismo republicano. Pronto se reuniría con Unamuno en París y se convertiría en el principal financiador de las actividades antidictatoriales, como la revista España con honra. A su costa publicó tres resonantes folletos contra la dictadura, de más de un millón de ejemplares y editados en varias lenguas, que se trataron de introducir clandestinamente en España. Pero se desengañó pronto y cuando murió, en 1928, ya estaba al margen de la actividad política, al contrario que Unamuno, el banderín de enganche de la oposición al dictador.

            De Valle-Inclán se nos dice que fue “detenido por su empeño en una lucha personal contra los Borbones, que no exoneraba a quienes fueron sus servidores, como Primo de Rivera”. Pero fue detenido por negarse a pagar una multa tras armar un escándalo en un lugar público. Ni se menciona su esperpento La hija del Capitán, publicado en 1927 y retirado de inmediato por la Dirección General de Seguridad, la más feroz crítica a la dictadura.

            De Ortega y Antonio Machado se afirma que “fueron protagonistas comprometidos en las sublevaciones contra la dictadura de 1926 y 1929”, lo que no resulta cierto. Los artículos con los que Ortega se opone a la dictadura comenzarían a publicarse tardíamente y Antonio Machado no tuvo inconveniente en fotografiarse con el dictador y su hijo José Antonio en el homenaje que se le tributó, junto a sub hermano Manuel, el año 1929 con motivo del éxito de La Lola se va a los puertos.

            Alía Miranda habla, poco y con errores (sitúa a Baroja entre los contertulios de Unamuno en París, por citar otro ejemplo), de los intelectuales que se opusieron a Primo de Rivera y de quienes se mantuvieron al margen, los poetas de la luego llamada generación del 27, pero ni siquiera menciona a los colaboradores y simpatizantes de la dictadura, como el ya citado Azorín (que estuvo a punto de dirigir La Nación, el diario gubernamental), Ramiro de Maeztu, el teórico de la hispanidad, nombrado embajador en Buenos Aires, o Eugenio d’Ors. De Benavente, uno de los partidarios, se nos dice que en 1924 se le prohibió una conferencia en el Ateneo de Ciudad Real (al que se le da una importancia solo explicable por la procedencia del autor), pero no alude al escándalo que supuso, en 1928, que se prohibiera el estreno de Para el cielo y los altares.

            Habría sido deseable que Alía Miranda, antes de escribir el capítulo correspondiente, hubiera tenido en cuenta Los intelectuales y la dictadura de Primo de Rivera, de Genoveva García Queipo de Llano, que ni cita en su bibliografía. No habría olvidado entonces, tras hablar del apoliticismo de la nueva literatura, seguidora del Juan Ramón Jiménez de la poesía pura y del Ortega de la deshumanización del arte, referirse a la novela social –Díaz Fernández, Arderíus, Sender—que también aparece por esas fechas. Diversos detalles dan a entender que el conocimiento de la historia literaria de Alía Miranda no es muy preciso: en 1928 –nos dice-- se publica Cántico, de Jorge Guillén, “y asimismo hizo su debut poético un poeta ya maduro: Vicente Aleixandre”. Pero Aleixandre, “ya maduro”, era más joven que Guillén. Inexacto resulta indicar que Alberti adopta “unas posiciones cada vez más anarquistas”.

            Otros despistes acentúan la desconfianza que nos produce el autor, incluso cuando habla de materias en las que demuestra un mayor conocimiento, como la economía o los conflictos militares. Reproduce un soneto de Unamuno escrito en 1926 “cuando Primo de Rivera fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca”: “No me mueve, Miguel, para admirarte, / la forma que el poder has conseguido…” (se trata de una paráfrasis burlesca del famoso “No me mueve, mi Dios, para quererte”). Pero ese soneto ni está en las obras de Unamuno ni presenta ninguno de los rasgos propios de su estilo. ¿De dónde lo toma Alía Miranda? Una nota nos indica que del artículo de Roig Rosich “L’humor politic durant la dictadura de Primo de Rivera”. Pero si tenemos la curiosidad de buscarlo no encontramos en él la atribución a Unamuno. Simplemente se dice que, tras el nombramiento de Primo como doctor honoris causa de la Universidad de Salamanca, de la que Unamuno había sido rector, comenzó a circular ese soneto, uno más de los textos anónimos que se difundieron entonces.

            Lo que provocó la dimisión de Primo de Rivera, en opinión de Alía Miranda, fue una carta que envió “a los diez capitanes generales, al jefe superior de la fuerzas de Marruecos, a tres capitanes generales de departamentos marítimos y a los directores de la Guardia Civil, Carabineros e Inválidos”, en las que les solicitaba su respaldo. Pero no hubo tal carta, sino una de sus notas oficiosas de inserción obligatoria en todos los diarios. Públicamente preguntaba a los jefes militares si seguía contando con su confianza, lo que suponía puentear expresamente al rey, que era el encargado de nombrar y cesar a los ministros. Fue un suicidio político, que atribuyó en la nota de despedida a su estado de salud: “La madrugada del sábado, en que dando suelta al lápiz, escribí a toda prisa  las cuartillas de la nota oficiosa publicada el domingo, y sin consultarlas con nadie, ni siquiera conmigo mismo, sin releerlas, listo el ciclista que había de llevarlas a la Oficina de Información de Prensa para no perder minuto, como si de publicarlas enseguida dependiera la salvación del país, sufrí un pequeño mareo que me ha alarmado y me obliga a hacer todo lo posible para prevenir la repetición de caso parecido, sometiéndome a un tratamiento y plan que fortalezca mis nervios y dé a mí naturaleza dominio absoluto sobre ellos”.

            No da importancia Alía Miranda a esas notas oficiosas, prefiere referirse a las intervenciones en la radio, que comienza entonces y que no alcanzaría importancia como medio de propaganda política hasta la década siguiente, cuando son esas notas –que se pretendían vínculo directo del dictador con el pueblo, a la manera del uso de las redes sociales que hacen políticos posteriores, como Trump o Bukele--, una de las características más singulares de su manera de gobernar.

            Lo que vino después –república de izquierdas y de derechas, guerra civil, franquismo-- colocó los años de Primo de Rivera, que llegó entre aplausos y se fue entre burlas, en un extraño limbo. Vale la pena volver sobre ellos. Pero teniendo en cuenta que estudios sobre aspectos parciales de la época (Alía Miranda se ha ocupado del enfrentamiento del general Aguilera con el dictador), no bastan para ofrecer una precisa síntesis que aclare sus paradojas y contradicciones, que ponga de relieve sus luces –que las tuvo-- y sus sombras.



jueves, 27 de julio de 2023

Un nuevo paganismo

 

Aurora Luque
Las sirenas de abajo. Poesía reunida (1982-2022)
Edición de Josefa Álvarez
Acantilado. Barcelona, 2023.

La reunión en un volumen de la poesía completa de Aurora Luque puede considerarse un acontecimiento. Desde 1990, en que publicó su primer libro, Problemas de doblaje –el anterior, Hiperiónida, es solo una curiosidad--, su poesía ha ido creciendo, metamorfoseándose, enriqueciéndose, pero sin abandonar nunca su núcleo inicial: el gusto por los clásicos griegos y latinos y la inagotable curiosidad por el mundo contemporáneo; el entremezclar culturalismo y hedonismo, erudición y errabundia. En ese libro está el poema “Carpe noctem”, su personal variación del “carpe diem” horaciano, al que volvería una y otra vez y que le serviría para titular una de sus obras más significativas, en la que se incluye el poema “Gel”, que termina con estos versos: “Dependo de por vida / de una droga. De Grecia”.

            La poesía de Aurora Luque ha ido creciendo en espiral, abriendo su temática, pero sin abandonar nunca un paladeo de las palabras, una sorpresa expresiva, un brillo verbal, que la hace inconfundible. En los últimos libros, la reivindicación feminista ha ido ganando en intensidad. Abundan en la poesía de Aurora Luque los retratos de mujeres olvidadas y ejemplares, y una y otra vez vuelve sobre las que considera sus maestras, de Safo a Marguerite Yourcenar. “Arenga/mitin” subtitula uno de sus poemas, pero ella busca esquivar el lenguaje fosilizado y la simple enunciación de buenas intenciones; casi siempre lo consigue.

            No desdeña Aurora Luque el poema circunstancial, el encargo, y sus poemas no tratan de ocultar para darle presuntamente trascendencia, la anécdota de la que parten: “Al asomarse por primera vez al Keats de Oliván” se titula uno de ellos, y a Sofía Castañón, poeta y diputada, le dedica una espléndida “Epístola política”.

            Y está la música, resonando continuamente en estos versos, se hable de ella o no, y los licores compartidos (“Cócteles”, “Negroni”) y las estampas viajeras (“Siempre me consoló viajar a cualquier parte / con un vago pretexto literario”, leemos en uno de los poemas), nunca meras anotaciones turísticas, que culminan en el “Cuaderno Vieja América”, de Personal & Político, que dialoga con Lorca y con el Juan Ramón de Diario de un poeta recién casado. Aurora Luque –tan cosmopolita, tan alejandrina-- a veces vuelve la mirada hacia el mundo provinciano de su infancia y nos ofrece poemas tan memorables como “Alsinas”, una personalísima recreación del cavafiano “Ítaca”. Sorprende la prosa autobiográfica de “Que huela a árbol”, casi una anotación diarística. Y admira cómo se acierta a evitar la falacia patética en “Santa Teresa y la Tarara cantan por una escotilla de la cabeza de mi madre”.

            La admirable libertad con la que Aurora Luque se enfrenta a la escritura ha sido explicitada por ella misma: “Los poemas son juguetes de las Musas, instrumentos de una orquesta infinita: a veces desearemos las construcciones minimalistas que juegan con el silencio y la palabra depurada, otras desearemos los guiños lúdicos de la ironía, o bien la narración imaginal o las potencias del ensueño fluyendo en poderosos torrentes de palabras. No concibo las predilecciones únicas y exclusivistas. ¿Por qué elegir entre la flauta y el órgano?”

            Pero hay poemas prescindibles, al margen de los gustos de cada lector, encargos que debería haber dejado fuera o confinarlos en un lúdico apéndice. A ese apéndice podrían ir  “De Tebas a Soweto”, “La Musa Instrumentos” o “Pasatiempo español”.

            Mención aparte merece el poema que cierra el volumen, “Variación sobre el poema pacifista más antiguo de la historia”, que responde al encargo de escribir un poema contra la guerra. Aurora Luque opta por reescribir un poema de Safo. “Dicen unos que una tropa de jinetes, otros la infantería / y otros que una escuadra de navíos, sobre la tierra / oscura, es lo más bello; mas yo digo / que es lo que una ama”. En la “Variación”, leemos: “Dicen –unos-- que una danza de misiles, / otros, los tanques rusos, / y otros que los drones de Turquía, / junto a la Negra Mar / es lo más deseable.  / Mas yo digo / que es la vida que cada cual adora / y quisiera salvar entre sus brazos”. ¿Pero hay alguien que considere que “lo más deseable” es una danza de misiles o los drones de Turquía? Son los riesgos de confundir poesía y buenas intenciones.

            La edición de esta poesía reunida está a cargo de la profesora Josefa Álvarez, quien toma dos decisiones arriesgadas sin darnos la necesaria explicación. La primera es el poco afortunado título, Las sirenas de abajo. Procede de los versos finales --“Las sirenas de arriba, / las sirenas de abajo”-- del poema inicial, “Obra viva, obra muerta”. En la terminología náutica, la obra viva o carena es la parte sumergida del barco, mientras que la obra muerta es la que emerge del agua. “Las sirenas del fondo, sin pulpa de sonidos, / pero deseo aullando” se contraponen así a “las sirenas del puerto, / sus imperiosas voces de contralto”. Pero no parece que la poesía de Aurora Luque se caracterice por un ensimismamiento que la haga atender más a las sirenas de abajo, a las del subconsciente, que a las que la llaman, y la enamoran, desde todos los puntos de la rosa de los vientos.

            Más discutible aún es disponer los libros en orden inverso al cronológico, comenzando por Un número finito de veranos y terminando con una selección de Hiperiónida y unos pocos poemas no recogidos en libro. Las notas –agrupadas al final y sin indicación de las páginas a las que corresponden-- nos confirman lo absurdo de esta disposición: a menudo se refieren a que tal tema ya apareció en un poema anterior y por ello se explica después. Leemos “Maillardiana 2” antes que “Maillardiana” y el poema “La soledad de mi madre” después de “Santa Teresa y la Tarara…”, ya citado. Y las notas –en las que no faltan las informaciones de interés-- no dejan de ser caprichosas. Se nos explica el término náutico “Turafallas”, pero no el que da título al poema anterior “Orinque”; se nos indica quiénes fueron Safo y Catulo, pero no que la Louise Gosselet, autora del poema “Le port de Mytilène”, es un heterónimo de Aurora Luque.

            Pero estas minucias eruditas, tan entretenidas para el crítico, no deben hacernos olvidar lo esencial. “Exegi monumentum aere perennius” afirmó orgulloso Horacio. También Aurora Luque ha levantado un monumento más duradero que el bronce. Émula de los clásicos, ella misma se ha convertido en un clásico. Nada broncíneo ni marmóreo, por cierto. Taller de sedería, palpitante inteligencia, lúcido corazón.

             

             

jueves, 20 de julio de 2023

Obsolescencia no programada

 

Gabriel Zaid
Los demasiados libros 1972-2022
Debate. Barcelona, ​​2023.

Gabriel Zaid publicó en 1972 un libro sobre el libro que se hizo inmediatamente famoso: Los demasiados libros. Múltiples veces reeditado, convertido a muchas lenguas, medio siglo aparece después en edición conmemorativa. ¿Sigue conservando interés o se ha convertido, a pesar de sus continuas revisiones, en mera arqueología?

            Gabriel Zaid, nacido en 1934, no ha estudiado humanidades, sino ingeniería y administración de empresas. Al hablar de los libros, tenía un enfoque distinto del habitual, aparentemente más científico, con muchos números y tantos por ciento, y a eso se debe en parte su éxito. Veamos como ejemplo una de sus llamativas paradojas: “Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4000 libros publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4000 veces más que su cultura”. Pero ¿desde cuándo tiene que ver la cultura con el número de libros leídos, sean estos del tipo que sean, novelas de espías, poesías, manuales o devocionarios?

            De un capitulo a otro, insiste Zaid en esas falaces estadísticas: “Si en el momento de sentarse a leer, se suspendiera la publicación de libros, necesitaríamos 300.000 años para leer los ya publicados. Si nos limitáramos a leer la lista de libros y autores, se necesitaría casi veinte años. Cuando pensamos que los libros deberían ser leídos por todos, no pensamos. La simple capacidad física de lectura hace imposible esto para más del 99'99 % de los libros que se escriben”.

            Gabriel Zaid pierde el tiempo rebatiendo con buenos argumentos matemáticos, un disparate que a nadie se le ha ocurrido jamás: que el ideal sería que todos los lectores leyeran todos los libros publicados.

            Para contradecir a los profetas que hablan de la desaparición del libro, nos ofrece peregrinos argumentos. Así, los libros podrían ser “hojeados”, pero no el cine ni la televisión: “En una pantalla de cine o televisión no es posible ver lo que sigue, o volver atrás para comprender mejor, o parar un momento para reflexionar. Algo de esto es posible en un devedé, pero no 'hojear' la película”.

            Dejando aparte que ya es posible parar una película o cualquier programa televisivo para reflexionar o ir al baño, y avanzar rápidamente para descubrir quién es el asesino en un filme policíaco demasiado largo, ¿qué sentido tiene comparar los libros con el cine o la televisión? ¿Y por qué no con los conciertos o el boxeo? Son cosas distintas, aunque pueden a veces servir para lo mismo: informar, entretener.

            Incluso encuentra ventajas Zaid en las tradicionales enciclopedias impresas frente a las virtuales: “En la práctica, para una consulta rápida, tomar el disco, llevarlo a la máquina (si está desocupada), encenderla o cambiar de un programa a otro, puede ser más trabajoso que tomar el volumen impreso y consultarlo directamente. Además, en una biblioteca, dos o más personas pueden usar la misma enciclopedia (en tomos diferentes) al mismo tiempo, cosa imposible con el disco”.

            Qué rápido se han convertido en arqueología todas esas modernidades frente a las cuales defiende Zaid la superioridad del libro. Son anteriores a la aparición de los ordenadores portátiles y de los teléfonos inteligentes que permiten la consulta al instante y desde cualquier lugar.

            Resulta un poco cruel seguir enumerando antiguallas en un volumen presuntamente puesto al día. “Los libros no requieren cita”, escribe Zaid. En cambio, “para ver un programa de televisión, hay que estar disponible a cierta hora o dejar disponible la videograbadora. En cambio, el libro se somete a la agenda del lector: puede estar disponible donde quiera y cuando quiera”. Exactamente igual que la televisión bajo demanda en las diversas plataformas.

            Otra ventaja de los libros es que son baratos: “Millones de lectores pueden comprar una colección de libros clásicos, pero no una colección de cuadros equivalentes”. Desde luego, comprar una colección de cuadros de Velázquez, Rubens o Tiziano no está al alcance de cualquiera. Salvo que se trate de reproducciones, claro. Pero Zaid no entra en esos detalles.

            De los libros electrónicos habla poco, parece que el invento le llegó demasiado tarde. Y son ellos el rival del libro en papel, no el cine o la televisión, tan rivales como el fútbol o las excursiones al campo o el trabajo. Una cosa es que el tiempo que podemos dedicar a leer lo dediquemos a otra cosa que nos apetece más (o que nos resulta obligatoria) y otra que aquellos contenidos que encontramos en el libro impreso (que solo es un contenedor de obras literarias, filosóficas o de otro tipo) se nos ofrezcan por otros medios. Zaid –cosas de la edad, supongo-- encuentra una gran ventaja en los libros digitales: “el tamaño de la letra en la pantalla puede aumentar si el lector lo necesita”.

            Pero no todo es obsolescencia no programada, y algo maquillada, en este libro que nos sorprendió en 1972 y que hoy tiene un encanto “vintage”. También abundan las buenas ideas sobre la edición, sobre la complementariedad entre las grandes y las pequeñas tiradas. No todos los libros tienen que llegar a miles o millones de lectores. Algunos cumplen su función con llegar a unos pocos cientos. Si se ajustan la oferta y la demanda, lo minoritario puede ser rentable, además de imprescindible.

            Para Zaid la cultura es conversación, “una conversación que nace, como debe ser, de la tertulia local; pero que se abre, como debe ser, a todos los lugares y a todos los tiempos”. Publicar –dice el mejor Zaid, el que no se entretiene en paradojas numéricas-- es poner un libro en medio de una conversación y organizar una editorial, una librería, una biblioteca “es organizar una conversación”.

            No conviene, sin embargo, confundir el continente, el libro en papel, con el contenido, sea la Iliada, la Odisea o un manual de agricultura. Importa lo segundo; lo primero solo en tanto que es útil y cómodo. Si algún día desaparece el libro en papel, como desaparecieron las tablillas sumerias y el fax, será solo porque se encontró un medio mejor de difundir los textos y de facilitar su lectura.

           

jueves, 13 de julio de 2023

Mil y un jardines

 

 

Aquilino Duque
Jardines y paisajes
Renacimiento. Sevilla, 2023.

El azar ha querido que la plural y polémica obra literaria de Aquilino Duque, iniciada en los años cincuenta, concluya, ya bien avanzado el siglo XXI, como cronista de la Asociación Sevillana de Amigos de los Jardines y del Paisaje en sus visitas a los más hermosos jardines de Europa.

                Aquilino Duque comenzó como un poeta de su tiempo, de la generación del medio siglo, culto y popular, muy fiel a la tradición de la poesía andaluza y muy abierto a las corrientes del mundo. Cantó, como tantos en aquellos años, a Miguel Hernández y a Antonio Machado, e incluso recibió con alborozo la Revolución cubana en su “Canción de rueda”: “Con las barbas de Fidel / tienes que hacer una escoba / para barrer a los yanquis / de la América española”.                 Pronto cambiaría de rumbo y sería una voz cada vez más discordante en el consenso progresista que caracterizó a la cultura española durante el final del franquismo y las primeras décadas del posfranquismo. “Hay quien proclama paz, perdón, olvido, / únicamente cuando cae debajo, / pero --¡vae victis!—como caiga encima… / Que Dios coja al vencido confesado”.

                En poesía, Aquilino Duque raras veces condesciende con el sermón tradicionalista y la sátira del mundo contemporáneo. Prefiere la gracia de los ritmos populares –en los que es un maestro--, el empaque retórico del modernismo –un poco en la línea de Agustín de Foxá-- y un emocionado temblor ante el misterio que viene de Bécquer. “Yo soy el invisible / anillo que sujeta / el mundo de la forma / al mundo de la idea”, escribió el autor de las Rimas, y El invisible anillo –como explícito homenaje—tituló Aquilino Duque uno de sus mejores libros.

                Jardines y paisajes no es un libro mayor en su obra y Aquilino Duque no tiene inconveniente en de vez en cuando dejar su pluma a otros. Sally Crane, presidenta de la Asociación, escribe la crónica de la visita a varios pazos gallegos y en el epílogo se incluye una charla, impartida por supuesto en un jardín, de Víctor Carrasco, profesor de proyectos arquitectónicos en San Francisco. No es un libro mayor, ya digo, pero está lleno de encanto, a pesar de ciertos prescindibles añadidos, encanto acrecentado por las acuarelas del poeta José Manuel Benítez Ariza.

                Aquilino Duque sabe entremezclar con agilidad y gracia las precisas descripciones botánicas con la historia de los lugares y la filosofía que inspira los distintos jardines, hijos siempre de su tiempo, arte y naturaleza, esfuerzo y magia. “Si quieres que tu jardín sea un vergel, no pongas en él las plantas que a ti te gustan, pon las plantas a las que les gusta tu jardín”, escribió un jardinero persa.

                El lector agradece que, enamorado de tan hermosos lugares, Aquilino Duque se olvide casi por completo de su cruzada antiprogresista y contra lo políticamente correcto. Casi, no por completo. Hablando del lisboeta palacio de Paillhavan, sede de la embajada de España, alude a que en 1975 “la Revolución de los Claveles hizo la heroicidad de allanarlo destruyéndolo todo, entre otras cosas, los cuadros en depósito del Museo del Prado”.  No fue exactamente la Revolución de los Claveles, sino consecuencia de las violentas protestas contra los últimos fusilamientos del franquismo que, ciertamente, el gobierno de entonces en Portugal no fue capaz de contener.  No es la única referencia, poco favorable, a la “dichosa Revolución de los Claveles”, que expropiaría a una familia de banqueros la Quinta del General para devolvérsela al “pueblo soberano”, que la dejó “hecha un erial”. ¿Para no convertirse en un erial necesitan los parques y jardines ser de propiedad privada?

                No todos los jardines que visita Aquilino Duque con la asociación sevillana son de acceso público. En bastantes casos se trata de residencias particulares a las que solo se accede por invitación. Abundan los títulos nobiliarios entre los socios –casi todos socias, como se cuida de subrayar el escritor—de la asociación sevillana. Una vez organizan un intercambio de especies o de plantones en Viñamarina, la residencia de Aquilino Duque y Sally Crane, y esta afirmó luego: “He tenido a todas las marquesas de Sevilla haciendo hoyos en el jardín de mi casa”.

                “Viaje a los jardines de Normandía” y “Jardines ingleses” son quizá los más hermosos capítulos del libro. ¡Cuántos lugares fascinantes –públicos o privados—que nos gustaría visitar! De las páginas italianas, destacan las dedicadas al Orto Botánico de Nápoles, feliz creación de José Bonaparte, quien, como Carlos III, antes de ser rey de España lo fue de Nápoles.

                Aquilino Duque tiene palabras de elogio para todos los jardines, incluso para el jardín surrealista de Eduardo Mencos “en un selvático monte de encinas de la Alcarria”, pero no soporta la Quinta da Regaleira o el Castelo da Pena, en Cintra, donde “unas mentes inflamadas por escenografías de ópera no perdieron la ocasión de aprovechar unos fantásticos escenarios naturales para edificar sus châteaux en Espagne”,  inspirados en “la masonería, el esoterismo, los cuentos góticos, los símbolos cabalísticos y el mal gusto”.

                El libro comienza con un poema de Benítez Ariza dedicado a una flor silvestre y podía terminar con otro de Aquilino Duque: “La luz de la mañana llega con vuelo leve, / con ella la oropéndola. Se mueve / con la brisa en la rama cada hoja / del fresno enorme, y la pechuga roja / del ave se hincha al sol. De la cañada / donde abrevan los ciervos, / por la zarza tupida y la enramada / sube un abeto colosal y oscuro. / Alondras, mirlos, rabilargos, cuervos…”

               

jueves, 6 de julio de 2023

Dos años de mi vida

 

Manuel Moyano
Polvo en los zapatos
Menoscuarto. Palencia, 2023.

“El medio es el mensaje” afirmaba McLuhan. Más acertado sería decir que el medio condiciona el mensaje. Muy diferente resulta un diario íntimo no destinado a la publicación inmediata a otro que aparece semanalmente en un periódico. El primero tiene, o puede tener, mucho de desahogo: el diarista deja constancia de lo que en su vida pública, o privada, debe callar; el segundo es consciente de que lo que dice puede ser replicado de inmediato. Si Carlos Morla Lynch, de quien acaba de aparecer su fascinante Diario de Berlín, que nos lleva a los prolegómenos y a los días iniciales de la Segunda Guerra Mundial, ejemplifica el caso del diarista póstumo (aunque en vida publicara una selección: En España con Federico García Lorca), Manuel Moyano, con Polvo en los zapatos, representa muy bien al diarista no vocacional, al que lo cultiva un tiempo por encargo como un género literario más. El modelo en la literatura española lo representa Miguel Delibes, quien, a petición de la revista Destino, fue publicando semana tras semana las anotaciones –nada confesionales-- que luego reunió en Un año de mi vida (1972). Manuel Moyano, a propuesta del director de La Opinión de Murcia, hizo lo mismo entre enero de 2018 y enero de 2020. Aceptó el encargo como un desafío: “solo la obligación, el compromiso harán que me siente a una mesa a encadenar palabras; de otro modo, tal vez no volvería a escribir nada”.

            No todo lo que se publica en un periódico puede considerarse periodismo, esto es, material perecedero, información de actualidad. El periódico resulta a veces una antesala del libro, anticipa por entregas lo que se concibió como una unidad: tanta narrativa decimonónica, las obras ensayísticas de Ortega y Gasset, las de Azorín.

            Muy consciente de la diferencia entre literatura y periodismo, Manuel Moyano –según nos indica en la notal final— ha descartado una quinta parte de lo publicado en La Opinión por no tener más que un valor circunstancial y local. Llega incluso a disculparse de que así desaparece el nombre de algunas de las personas mencionadas en el periódico, con lo que nos indica lo que de crónica social –un poco a la manera de las negritas de Umbral-- tenía esa primera publicación. También afirma que no ha tratado de determinados temas –la actualidad política, por ejemplo—porque otras secciones se ocupaban de ello.

            ¿Dé que se nos habla este diario? De viajes, a veces de convencionales viajes en grupo sin demasiado interés, como el inicial a Marruecos, y de otros más personales. Los que yo prefiero no son los que le llevan a lugares exóticos (tienen algo de guía turística), sino los que hace a pie o en bicicleta por las tierras cercanas. Además de cultivar la narrativa, con varias incursiones en el género fantástico, Manuel Moyano es autor de excelentes libros de viajes a la manera noventayochista: Cuadernos de tierra, La frontera interior.

            De la vida literaria también se ocupa con insistencia. Presentaciones de libros, talleres, asistencias a congresos, lecturas en centros escolares. Tienen estas páginas un cierto interés sociológico. Ya no está tan clara, como en otros tiempos, la diferencia entre los escritores que marchan a la capital y triunfan y aquellos otros que se quedan en la provincia. Manuel Moyano entremezcla los nombres de los que podemos denominar jugadores de primera división –Luis Landero, Manuel Vicent, Luis Alberto de Cuenca—con abundantes jugadores locales que antes no habíamos oído nombrar.

            De vez en cuando, se permite hacer un deliberado ejercicio literario: tomar el primer autobús para Murcia –él vive en Molina de Segura--, sentarse en una cafetería de la plaza de Santo Domingo y describir cuanto observe a su alrededor, a la manera de George Perec. Abandona a las dos horas y media y, aunque el resultado no es desdeñable, el lector se lo agradece.

            Comprador y lector compulsivo, abundan las referencias a libros viejos, las citas de escritores, incluso nos deja constancia de una fuente del relato de Borges “Funes el memorioso” que los especialistas han pasado de largo: un pasaje de El extranjero de Albert Camus.

            Menos afortunado resulta cuando reflexiona sobre la decadencia del mundo contemporáneo, el abandono del campo. Si ya la matanza del cerdo no se hace en la calle (él ayudó en varias ocasiones a sujetar un cerdo mientras le hundían “el cuchillo en el corazón y brotaba una fastuosa cascada de sangre”), no es solo, ni principalmente, porque ahora se tienda a esconder la muerte “relegándola a lugares asépticos e impersonales”. Arremete, por supuesto, contra los “no-lugares” –según el manido término de Marc Augé--, que no son tales, sino lugares de paso (aeropuertos, estaciones, gasolineras) o espacios donde se reúne comercio y ocio, como en los centros comerciales, versión moderna de ágoras, foros y zocos. ¿Que se parecen en los distintos países? No más que los pisos donde vive la gente. Él, afirma orgulloso, prefiere para comer los mesones y no las franquicias; no se ha dado cuenta de que los locales típicos suelen estar llenos de turistas, mientras que los vecinos a menudo prefieren las franquicias y los centros comerciales.

            Mayor interés tienen las anotaciones familiares, la vuelta a la Barcelona de su juventud, los desgarros íntimos –como la muerte del padre-- en los que recurre, como manera de distanciamiento, a la escritura en segunda persona.

            Hay libros para leer de la primera a la última página, este no es uno de ellos. Publicado en un periódico, se lee como leemos el periódico: deteniéndonos en algún artículo y pasando por alto otros o leyendo en diagonal.

            Agilidad y variedad caracterizan la escritura de Manuel Moyano, que gusta a veces de añorar excesos etílicos, comidas sustanciosas como las de antes y de estar en contra del puritanismo contemporáneo y del pensamiento único.

 

jueves, 29 de junio de 2023

Precisa claridad

 

Jesús Munárriz
Haciendo tiempo
Huerga & Fierro. Madrid, 2023.

Hay algo en la poesía de Jesús Munárriz, sobre todo en su poesía última, que la hace inconfundible. Muy atento a la métrica tradicional  —“solo lo bien medido y calibrado” puede transmitir la belleza, nos dice en el poema inicial—, sus versos escapan al borroso sonsonete habitual, a lo convencionalmente poético, están llenos de anécdotas, de palabras precisas, del lenguaje de todos los días. Viene de la canción protesta y de la poesía social —no en vano cumplió veinte años en 1960— y algo le ha quedado de la actitud contestataria de entonces. Ya no hay Franco contra el que arremeter, pero quedan otros espantajos como el neoliberalismo (poema “Astutos”) o los que impiden que “se pueda dar tierra con dignidad”) a los desaparecidos de la guerra civil (“Hermanas”). Esos textos —por más que compartamos sus buenas intenciones— son los más prescindibles del volumen.

            Mejor aquellos otros en que el humor, el buen humor, es protagonista y entre los que destaca la serie de pareados sobre las erratas. O el sorprendente poema “Polonia Palace” —solo Jesús Munárriz sería capaz de escribir un poema así— con su casi inagotable enumeración de las delikatessen de un desayuno de hotel.

            Las enumeraciones, nada caóticas, son otro de los rasgos del poeta. Véase, por ejemplo, el comienzo del poema “Al fondo”: “Botones peines / alpargatas mecheros bolsos gafas / monedas mediasuelas dentaduras hebillas / relojes lapiceros horquillas crucifijos” y continúa así durante varios versos más hasta concluir: “y huesos muchos huesos / en las fosas / en que echaron los buenos a los malos / después de fusilarlos / hace ya ochenta años”. Disuena un poco esa retórica de buenos y de malos que acá y allá asoma. Mejor el poeta que gusta de describir con precisión que de la serie “Materiales”. Ejemplar en este sentido resulta el poema “Pozo”, que recuerda en su distanciamiento una página objetivista del “nouveau roman” que estuvo tan de moda un tiempo.

            Muchos de los poemas, como no podía ser de otra manera, tratan de las intermitencias de la memoria y de la cercanía de la muerte. Algo de becqueriano hay en “Visitas” o en “Nocturno”: “Las bodegas de la memoria / se desperezan en los sueños. / Inesperados visitantes / recobran vida en el cerebro, / rostros añejos entrevistos / en los jardines del recuerdo / recuperando su identidad / en ese mundo paralelo / y nos extrañan y sorprenden / sus sonrisas y su silencio. / La oscuridad los difumina / sin despojarlos del misterio; / la luz del día los ahuyenta / y los devuelve a su secreto. / ¡Salud, amigos! ¡Seguid bien! / Me ha encantado volver a veros!”

            Abundan los innominados epitafios  —“Chequeo”, “Dos encuentros”, “Sí, lo era”— que, como todos los epitafios, resumen en pocos versos una vida. También se recrea la tradición clásica en los epigramas, como en “A una poeta semijoven” o en “A los crédulos”: “Ni por creer en Dios vais a ser inmortales / ni réprobos nosotros por negar su existencia. / Terminaremos todos como todo termina: / sin más, aniquilados. / Y más vale, más vale, porque la sola idea / de la inmortalidad resulta insoportable. / Y más en compañía. El infierno tal vez,. / pero el cielo, entre santos como ese de Barbastro, / ¡quita, quita!”

            “Solo el humor nos salva” afirmó Javier Salvago. El humor y el rigor formal, aunque pudiera parecer lo contrario (solo comete un lapsus: rimar “simpática” con “cosmética” en el soneto alejandrino “Pelajes”), impiden que la poesía de Jesús Munárriz incurra en la banalidad, en el panfleto o en los patetismos propios de una edad en que los coetáneos nos van dejando solos: “Cada día su afán, / sus defunciones” termina el poema “Muertes de gala”.    

            No se puede ser sublime sin interrupción, como es bien sabido, y Munárriz acierta a dosificar el tono grave y la ocurrencia de andar por casa (alguna quizá prescindible, como la de Juan Ramón y las jotas) de manera ejemplar.

            Leemos Haciendo tiempo y no tenemos la impresión de que estamos perdiendo el tiempo, como ocurre con tantos pretenciosamente ambiciosos y rupturistas libros de poesía, sino de aprender jugando como hacen los niños y los sabios de cualquier edad..

jueves, 22 de junio de 2023

Invierno y mar

 

Louis Brauquier
Tierra adentro
Edición y traducción de Marie-Christine del Castill
o

La Veleta. Granada, 2023.

Qué pobre sería una literatura si solo estuviera formada por grandes nombres o por las figuras de actualidad, esos escritores que ocupan cada semana las primeras páginas de los suplementos culturales. Andrés Trapiello, al margen de otros más llamativos menesteres, quiso poner al servicio de una literatura olvidada, marginada o incipiente, la colección La Veleta, artesanalmente cuidada por él mismo, que ya se acerca a su número cien. Su catálogo está lleno de secretas maravillas. La más reciente entrega corresponde a un poeta francés, Louis Brauquier, nacido en 1900, que supo mantenerse al margen de los escándalos y las algaradas vanguardistas del siglo XX y ello le supuso un cierto marginamiento en los manuales. Ya se sabe —lo afirmó reiteradamente Borges— que para pasar a la historia de la literatura es mejor firmar manifiestos y formar parte de un grupo rupturista —ahí están los ultraístas o los novísimos— que escribir buenos poemas en una tradición ya consolidada.

            Louis Brauquier nació en Marsella, cerca del puerto, fue capitán de la marina mercante, y el mar y la navegación constituyen el tema central de sus primeros libros, publicados en los años veinte. Son poemas llenos de nombres exóticos y de encanto, que alguien ha comparado con las novelas de Josep Conrad y que la traductora, Marie-Christine del Castillo, pone en relación con los versos marinos de José del Río Sanz, herederos del modernismo y ajenos a fuegos de artificio experimentales. Alguna vez nos recuerdan también al Álvaro de Campos de la “Ora marítima” o al Paul Morand enamorado de todos los exotismos.

            Pero hay otro Louis Brauquier además del que añora Marsella desde los más lejanos puertos o nos habla de sus compañeros o de las peripecias de la navegación y adorna sus versos con nombres impronunciables: “El práctico está a bordo, ya se bajó el agente, / unos remolcadores ayudan a virar, / y la noche de Australia, llena de estrellas duras, / envuelve los oscuros muelles de Wooloomooloo”. Ese otro Louis Brauquier es el de tierra adentro (la traductora lo prefiere y de ahí el título de la antología), el que tras la jubilación se retira a una granja en la Provenza y en ella practica, junto a la luisiana vida retirada, sus dos grandes pasiones, la fotografía y la pintura, además de la poesía.

            Los poemas últimos de Louis Brauquier son con frecuencia descriptivos —“Pinturas” se titula una de las secciones de su último libro publicado en vida, Fuegos de pecios (1970)— y están llenos de días de invierno y viejos caserones. “El paisaje es un estado del alma”, nos repetimos con Amiel al leer estos poemas que hablan de ocasos y vejez, pero que no han envejecido nada. Cito, como ejemplo, “La casa retirada”: “Fuera, el viento de invierno castiga los cipreses. / Los faroles castigan la penumbra / de la sala en que un tronco de almendro se consume. / Y la música sacra se exalta con la noche; / unas balsas perdidas nos llevan mar adentro / donde sin cesar llaman las sirenas de Dios. / La brasa al estallar dora una espalda rubia. / Si este sueño es la vida, que nadie me despierte”.

            No ayuda, sin embargo, a apreciar estos poemas la traducción. Conviene utilizarla solo como una apoyatura para acercarse al original. Marie-Christine del Castillo es francesa y española, perfectamente bilingüe, ha editado —en Renacimiento— a algunos de los mejores poetas españoles contemporáneos, pero tiene una concepción sumamente extraña de lo que es la traducción poética. Sin necesidad ninguna, junta y divide versos, añade donde le parece insólitos encabalgamientos o cambia el orden de las palabras. Veamos algunos ejemplos. “Le jour, la pluie tombait sur la mer volcanique / et les cocoteraies”, escribe Brauquier, y la traducción dice: “Cada día llovía sobre los cocoteros / y sobre el mar volcánico”. Tres versos (“Il aime mieux se souvenir; / Trois doights levés sur l’Océan / Dans un archipel invisible”) pueden convertirse en dos, con la desaparición de algún adjetivo: “Prefiere recordar; tres dedos levantados / por encima del mar en algún archipiélago”. Pero lo que más incomoda son los encabalgamientos caprichosos que hacen terminar el verso en una palabra átona, como esa “Tendresse en veilleuse au fond du silence, / Vol d’oiseaux migrateurs dan le ciel étranger”  que se convierte en “ternura en vela al fondo del / silencio. Vuelo de aves migratorias / en el cielo extranjero”.

            No estaría mal, junto al sintético y bien informado prólogo, una nota sobre los criterios de traducción, que a mi parecer estropean —y no, naturalmente, por desconocimiento del idioma— tantos poemas. Cuando Marie-Christine del Castillo se limita a traducir verso a verso (sin cortarlos caprichosamente) y casi palabra por palabra es cuando más acierta, como en “Rivalidad de las islas”.

            Hay muchos poemas conmovedoramente memorables en Louis Brauquier. Cito algunos: “Nieve sobre el río de Shangai” (en China estuvo el poeta entre 1940 y 1947), “El armenio”, toda la serie de “El invierno” o “Pintura”. A Marie-Christine del Castillo —que ha dedicado más de una década a esta traducción— y a la siempre sugerente y casi clandestina colección que dirige el mediático Andrés Trapiello debemos agradecerles el descubrimiento de un poeta que quizá no cambió la historia de la literatura, pero que enriquece para siempre esa antología personal que va formando cada lector al margen de las modas y la erudición académica.