martes, 10 de noviembre de 2020

Hebras de luz

 


La rama verde
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets. Barcelona, 2020.

 

En uno de los primeros poemas de La rama verde, se refiere Eloy Sánchez Rosillo a otro publicado hace muchos años: “Cuánto tiempo ha pasado ya, hijo mío, / desde aquella mañana que dije en un poema / en el que se nos ve a ti y a mí en la playa, bañándonos alegres, entre risas, / en un mar tibio y quieto, bajo un sol estruendoso / y un cielo azul sin mácula”. El poema al que se refiere se titula “La playa” y está incluido en Autorretratos, de 1989. El futuro que allí de pronto se hacía presente (“Siento en mi sangre el vértigo espantoso / de mi edad: en un instante, transcurren muchos años”), ahora ya es pasado y no ha ocurrido como se temía. El final de ambos poetas nos ilustra sobre las dos etapas de la poesía de Sánchez Rosillo, un poeta que no ha cambiado en sus recursos expresivos, pero sí en su concepción de la realidad: primero fue un poeta elegíaco, ahora es un poeta hímnico, celebratorio. En “La playa” el presente feliz está condenado a desvanecerse para siempre, como un sueño que no ha existido nunca: “Eres un hombre ahora, y tú también comprendes / que no existió, ni existe, ni existirá este día, / la venturosa fábula de mis ojos mirándote, / la leyenda imposible de mi infancia”. Por el contrario, el otro poema, “En la mañana inmensa”, abole el tiempo: “El amor no transcurre: / ocurre. / Su obstinado latir insiste oculto, / a salvo para siempre en nuestro pecho”. Al final de “La playa”, tan rotundo, con ecos de Píndaro y Góngora (“Somos sombras de un sueño, niebla, palabras, nada”) se contrapone el del nuevo poema: “Y ahí estamos tú y yo desde el principio, / en el mar del verano, bajo el sol, / dentro de este diamante que fulgura, / de esta mañana inmensa que es la vida”.

            La mayoría de los poemas de la segunda etapa de Sánchez Rosillo, iniciada con La certeza (2005), responden a un mismo esquema: una parte inicial, que suele ocupar la mayor parte de los versos, en la que se describen, a veces con cierta minuciosidad, circunstancias y objetos cotidianos (la tapia que va iluminándose al sol de la mañana, una hilera de hormigas, un paseo mañanero), y una conclusión reflexiva que busca darle un giro transcendente. Un ejemplo: “Café Iruña”, uno de los poemas más anecdóticos del libro, casi prosa de diario: “Llegué a Pamplona anoche. / Estuve esta mañana paseando unas horas / por la ciudad. Y acabo de sentarme / en la terraza del Café Iruña, / Ante una oportunísima cerveza. / Es abril –24—mediodía”. Se nos refiere después la larga caminata y cómo confortan cuerpo y alma el sol y la cerveza “por más que alguna vértebra rebelde / está empeñada en recordarme ahora / su exacta posición con arteros envites”. Y luego –“no podrá amilanarme”, escribe el poeta-- la conclusión sentenciosa de los dos últimos versos: “Lo importante es vivir, aunque el vivir nos duela, / estar vivos del todo mientras dure la vida”.

            Gana Sánchez Rosillo en los poemas más breves, menos anecdóticos y discursivos. Aunque siempre se le lee con gusto, impacienta un poco la minucia de “Hotel” o “Hablo aquí del comienzo”, que habrían ganado como anotaciones autobiográficas en prosa (la prosa se lee de otra manera, se le exige menos esencialidad que al verso). Y resulta más emocionante cuando se olvida de su nueva concepción de la existencia (no existe el tiempo, hay un presente eterno que es la vida) y nos la refleja en toda su precaria verdad. Es difícil leer “Date prisa” sin sentir una emoción que no sabemos si se debe al poema o al universal sentimiento de orfandad que refleja. Destaca en ese poema la confusión entre vida y poesía, como si el poema y la vida reflejada en él fueran la misma cosa. “Te miro ir y venir por estos versos”, comienza. El poema nos describe, en presente, un recuerdo infantil: la madre que despierta al niño y lo arregla para ir a la escuela. Los versos finales distinguen –Sánchez Rosillo juega habitualmente a no hacerlo-- entre el presente eterno de la infancia y el tiempo verdadero que ni vuelve ni tropieza: “El niño confiado / que aparece contigo en estas líneas / te mira en el espejo para siempre / y no sabe que un día morirás. / Pero el que escribe ahora sí lo sabe. / Y conoció ese día”.

            Las referencias metapoéticas, las alusiones al propio poema que se está escribiendo, han abundado desde el principio en la poesía de Sánchez Rosillo. Una variación sobre el cernudiano “A un poeta futuro” encontramos en “Dejo la puerta abierta”, aunque en su caso se dirija a cualquier lector futuro, sea o no poeta: “Para vosotros, que vendréis al mundo / cuando yo me haya ido, / escribo este poema” (un poema, por cierto, que se limita a describir el cuarto y el lugar en el que escribe el poema, algo muy característicamente suyo).

            “Cartas de ultramar” es el único poema del conjunto no autobiográfico, aunque también de algún modo lo sea, al menos en el pretexto que le da pie. Tras referirse a quienes “pasaron a las Indias / en los primeros tiempos coloniales / y en su gran mayoría no regresaron nunca”, añade: “Leo esta tarde un libro que recoge las cartas / de algunos de estos hombres a los seres queridos / que habían dejado atrás”. El poema habría necesitado una nota que aclarara de qué libro se trata: Cartas privadas de emigrantes a indias, 1540-1616, de Enrique Otte, publicado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en 1988 (ha sido reeditado posteriormente por el Fondo de Cultura Económica). Copio los últimos versos: “Hay un tal Antón Sánchez, / natural de Sevilla y asentado en El Cuzco, / que le escribe a la esposa –1590-- / y así empieza su carta: ‘Mujer mía / de mi vida…’. / El ser entero pone / en lo que va escribiendo. / Todo el idioma tiembla en sus palabras”. Una referencia al libro nos habría permitido leer esa carta y comprobarlo: “Mujer mía de mi vida: Vuestra carta recibí, y con ella mucho contento en ver carta vuestra, porque había tantos días que no sabía de vos si érades muerta o viva, y así me he holgado tanto de saber de vos que por cierto no tengo lengua con que poder encarecerlo”,

            Los mejores poemas de La rama verde son quizá los más breves, los menos discursivos y razonadores. “Cosa de nada” se titula uno de ellos y eso pueden parecer para el lector apresurado los pocos versos de “Sol de marzo en la hierba”, “Verdecillo”, “El hueco del instante” o “Entre dos luces”, que copio íntegro: “Caminar muy temprano, / entre dos luces aún, en la mañana / revuelta de febrero, / por esta carretera ahora sin nadie. / A mano izquierda, el mar, / que es todavía parte de la noche, / y que apenas se ve, / confuso y encubierto por la bruma, / pero del que se oyen / el bronco respirar y los estruendos / de sus arduos quehaceres invernales. / Y a la derecha, al margen de mis pasos, / en su milagro intimo, / el verde juvenil y tembloroso / del trébol con rocío”.

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