José Luis Trullo
Un monstruo incomprensible
Retablo de moralistas franceses
(1600-1850)
Renacimiento. Sevilla, 2025.
Los
llamados “moralistas franceses”, un conjunto heterogéneo de escritores, muy
ligados a ese gran invento de la época de Luis XIV que fueron los salones
literarios, constituyen una cantera inagotable. El nombre resulta engañoso. No
son propiamente moralistas, sino autores de textos breves –entre el aforismo y
la frase ingeniosa, el retrato de tipos característicos y la anécdota
significativa-- que analizan críticamente la sociedad de su tiempo y también el
alma humana; tienen que ver por ello tanto con la literatura como con la
psicología y la sociología.
José Luis Trullo, quizá el más
significativo responsable, para bien y para mal, del actual auge del aforismo
en España, ha optado en El monstruo incomprensible –el título está
tomado de una cita de Pascal-- por aquellos textos “que transmiten de una
manera bella y memorable una lección de filosofía perenne”, dejando de lado
“los que mejor definen la personalidad de su autor”. Parece seguir el consejo
de uno los moralistas seleccionados, Vauvenargues: “El mejor libro, el más
original, es el que induce a estimar como se merecen las verdades de siempre”.
Pero una cosa son las intenciones y
otra los resultados. Comenzamos a leer a La Rochefoucauld –que fue quien
popularizó el género-- y tropezamos ya con el primer aforismo : “Aquello que
consideramos habitualmente como virtudes no son más que un conjunto de actos e
intereses diversos que aciertan a ordenar nuestra industria o nuestra fortuna”.
Pero más sorprendente resulta el que le sigue: “En consecuencia, no siempre son
el valor y la castidad lo que hace valientes a los hombres ni castas a las
mujeres”.
Un
aforismo que comienza con una expresión, “en consecuencia”, que presupone un
texto anterior, es lo más contrario a un aforismo (como “texto sin contexto” ha
sido definido alguna vez).
Buscamos
otra edición de las Máximas, como la de José Antonio Millán Alba, y leemos
lo siguiente: “Lo que tomamos por virtudes no es con frecuencia sino un
conjunto de actos distintos e intereses diversos que la fortuna o nuestra
industria saben ajustar, y no siempre por valor y castidad los hombres son
valientes y las mujeres castas”.
Aparte
de que dividir en dos un dos un único aforismo sea tal vez una errata y no una
decisión del compilador, o de que la traducción empeore versiones previas, la
selección de esta máxima parece contraria los principios del antólogo, a no ser
que considere “una lección de filosofía perenne” que los hombres han de ser
valientes y las mujeres castas.
No es el único caso en que José Luis
Trullo incurre en el error de considerar como verdades eternas los prejuicios
tradicionales. Uno de los aforismos incluidos de La Bruyère dice así: “Las
mujeres son seres extremos: o mejores o peores que los hombres”.
Cuando seleccionamos textos de otras
épocas (incluso de autores mucho más recientes, como Ortega y Gasset), lo
primero que tenemos que dejar de lado, porque hoy resulta ofensivo o risible,
son sus afirmaciones sobre la mujer.
Discutible también, pero menos
censurable, resulta la inclusión entre los moralistas franceses de un autor
como Chateaubriand, quien, aunque conoció en su primera juventud el ancien
régime, fue incuestionablemente romántico. Para darse cuenta de la
diferencia, basta con observar la portada del libro en la que aparece la efigie
de los diez autores seleccionados: todos llevan peluca, menos Chateaubriand, despeinado
por las turbulencias de su tiempo, que nada tuvo que ver con el apacible siglo
XVIII. Pero se agradece esta inclusión: “Los placeres de nuestra juventud,
reproducidos por la memoria, parecen ruinas a la luz de las antorchas”.
Acierto, sin embargo, es empezar con
Madeleine de Souvré, poco conocida, pero que puede considerarse la maestra de
La Rochefoucauld; a su vez, siguió el ejemplo de Gracián, cuyo Oráculo manual y arte de prudencia dejaría
huella en la mayor parte de estos autores. Otro acierto es la amplia
representación que se concede a Joseph Joubert, que pasó oculto en su tiempo,
pero que hoy nos parece el más cercano a nuestra sensibilidad contemporánea. De
él escribió Cristóbal Serra: “En Joubert se advierte una continua vocación
poética que, si no cuaja en poema, es por una suerte de íntimo pudor que la
contiene”. Los otros moralistas carecerían de ese fulgor poético que los acerca
a nuestra sensibilidad: “A su lado La Rochefoucauld se nos antoja relamido,
Chamfort avinagrado y Vauvenargues tenue y empañado”.
Pascal, a quien se deben algunas de
los más célebres aforismos (“El hombre es una caña que piensa”), fue un autor
de textos breves y fragmentarios a su pesar. Su intención era escribir un
tratado apologético a la manera tradicional, pero como no llegó a concluirlo se
publicaron sus borradores. Eso son sus célebres Pensamientos, apuntes
incompletos y sin sentido en muchos casos, pero con intuiciones que todavía nos
deslumbran. El fragmento del que procede el título de esta selección dice así:
“Si se ensalza, yo le humillo. Si se humilla, yo le ensalzo. Y le contradigo
siempre. Hasta que comprenda que es un monstruo incomprensible”. Un monstruo
incomprensible es una buena definición del ser humano.
A comprenderlo nos ayudan todavía
los moralistas franceses, que vivieron en una sociedad muy distinta de la
nuestra, y por eso parte de su obra tiene solo valor como documento de época,
pero que supieron ver lo inmutable del corazón humano y formular esa “filosofía
perenne”, las verdades de siempre, que José Luis Trullo ha tratado de recoger
en este libro.

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