jueves, 29 de enero de 2026

Las verdades de siempre

 

José Luis Trullo
Un monstruo incomprensible
Retablo de moralistas franceses (1600-1850)
                                       Renacimiento. Sevilla, 2025.                                   

Los llamados “moralistas franceses”, un conjunto heterogéneo de escritores, muy ligados a ese gran invento de la época de Luis XIV que fueron los salones literarios, constituyen una cantera inagotable. El nombre resulta engañoso. No son propiamente moralistas, sino autores de textos breves –entre el aforismo y la frase ingeniosa, el retrato de tipos característicos y la anécdota significativa-- que analizan críticamente la sociedad de su tiempo y también el alma humana; tienen que ver por ello tanto con la literatura como con la psicología y la sociología.

            José Luis Trullo, quizá el más significativo responsable, para bien y para mal, del actual auge del aforismo en España, ha optado en El monstruo incomprensible –el título está tomado de una cita de Pascal-- por aquellos textos “que transmiten de una manera bella y memorable una lección de filosofía perenne”, dejando de lado “los que mejor definen la personalidad de su autor”. Parece seguir el consejo de uno los moralistas seleccionados, Vauvenargues: “El mejor libro, el más original, es el que induce a estimar como se merecen las verdades de siempre”.

            Pero una cosa son las intenciones y otra los resultados. Comenzamos a leer a La Rochefoucauld –que fue quien popularizó el género-- y tropezamos ya con el primer aforismo : “Aquello que consideramos habitualmente como virtudes no son más que un conjunto de actos e intereses diversos que aciertan a ordenar nuestra industria o nuestra fortuna”. Pero más sorprendente resulta el que le sigue: “En consecuencia, no siempre son el valor y la castidad lo que hace valientes a los hombres ni castas a las mujeres”.

Un aforismo que comienza con una expresión, “en consecuencia”, que presupone un texto anterior, es lo más contrario a un aforismo (como “texto sin contexto” ha sido definido alguna vez).

Buscamos otra edición de las Máximas, como la de José Antonio Millán Alba, y leemos lo siguiente: “Lo que tomamos por virtudes no es con frecuencia sino un conjunto de actos distintos e intereses diversos que la fortuna o nuestra industria saben ajustar, y no siempre por valor y castidad los hombres son valientes y las mujeres castas”.

Aparte de que dividir en dos un dos un único aforismo sea tal vez una errata y no una decisión del compilador, o de que la traducción empeore versiones previas, la selección de esta máxima parece contraria los principios del antólogo, a no ser que considere “una lección de filosofía perenne” que los hombres han de ser valientes y las mujeres castas.

            No es el único caso en que José Luis Trullo incurre en el error de considerar como verdades eternas los prejuicios tradicionales. Uno de los aforismos incluidos de La Bruyère dice así: “Las mujeres son seres extremos: o mejores o peores que los hombres”.

            Cuando seleccionamos textos de otras épocas (incluso de autores mucho más recientes, como Ortega y Gasset), lo primero que tenemos que dejar de lado, porque hoy resulta ofensivo o risible, son sus afirmaciones sobre la mujer.

            Discutible también, pero menos censurable, resulta la inclusión entre los moralistas franceses de un autor como Chateaubriand, quien, aunque conoció en su primera juventud el ancien régime, fue incuestionablemente romántico. Para darse cuenta de la diferencia, basta con observar la portada del libro en la que aparece la efigie de los diez autores seleccionados: todos llevan peluca, menos Chateaubriand, despeinado por las turbulencias de su tiempo, que nada tuvo que ver con el apacible siglo XVIII. Pero se agradece esta inclusión: “Los placeres de nuestra juventud, reproducidos por la memoria, parecen ruinas a la luz de las antorchas”.

            Acierto, sin embargo, es empezar con Madeleine de Souvré, poco conocida, pero que puede considerarse la maestra de La Rochefoucauld; a su vez, siguió el ejemplo de Gracián,  cuyo Oráculo manual y arte de prudencia dejaría huella en la mayor parte de estos autores. Otro acierto es la amplia representación que se concede a Joseph Joubert, que pasó oculto en su tiempo, pero que hoy nos parece el más cercano a nuestra sensibilidad contemporánea. De él escribió Cristóbal Serra: “En Joubert se advierte una continua vocación poética que, si no cuaja en poema, es por una suerte de íntimo pudor que la contiene”. Los otros moralistas carecerían de ese fulgor poético que los acerca a nuestra sensibilidad: “A su lado La Rochefoucauld se nos antoja relamido, Chamfort avinagrado y Vauvenargues tenue y empañado”.

            Pascal, a quien se deben algunas de los más célebres aforismos (“El hombre es una caña que piensa”), fue un autor de textos breves y fragmentarios a su pesar. Su intención era escribir un tratado apologético a la manera tradicional, pero como no llegó a concluirlo se publicaron sus borradores. Eso son sus célebres Pensamientos, apuntes incompletos y sin sentido en muchos casos, pero con intuiciones que todavía nos deslumbran. El fragmento del que procede el título de esta selección dice así: “Si se ensalza, yo le humillo. Si se humilla, yo le ensalzo. Y le contradigo siempre. Hasta que comprenda que es un monstruo incomprensible”. Un monstruo incomprensible es una buena definición del ser humano.

            A comprenderlo nos ayudan todavía los moralistas franceses, que vivieron en una sociedad muy distinta de la nuestra, y por eso parte de su obra tiene solo valor como documento de época, pero que supieron ver lo inmutable del corazón humano y formular esa “filosofía perenne”, las verdades de siempre, que José Luis Trullo ha tratado de recoger en este libro.

           

           

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