Javier Castro Flórez
Mundo libresco
Ediciones Newcastle. Murcia, 2025.
El curioso lector que todavía hojea la mesa de las novedades y selecciona los libros por su cuenta, sin hacer demasiado caso a la compulsiva promoción editorial, ¿cuánto tiempo tardaría en dejar de lado un libro como Mundo libresco de Javier Castro Flórez? Si no ha oído hablar del autor, admirado por una minoría que dista de ser inmensa, como la de Juan Ramón y cierta marca cervecera, le bastará con el medio minuto necesario para revisar el índice, la maquetación (que aún no ha aprendido a evitar las líneas “huérfanas” y “viudas”) y las presentaciones de la primera parte, que ni siquiera prescinden de las frases protocolarias o de los coloquialismos circunstanciales. “Os dejo ya con Pepe Melero”, concluye la primera de ellas (sin que, por supuesto, a continuación aparecerá el tal Pepe Melero).
Tendría aparentemente toda la razón del mundo para desdeñar este pequeño volumen, ajeno a los circuitos de distribución habituales, pero se perdería uno de los títulos más personales y fascinantes del panorama editorial, una inverosímil obra maestra, todo lo camuflada y desgreñada que se quiera, pero una obra maestra, algo así como un unicornio disfrazado de ornitorrinco.
¿En dónde radica el secreto de Javier Castro Flórez, nacido en Plasencia en 1966, residente en una pedanía de Murcia, para darle la vuelta a los escritos más ocasionales y prescindibles y convertirlos en excelente literatura? Podríamos hablar de una mezcla de lirismo y humor, de autobiografía y costumbrismo, aunque eso no le singulariza demasiado: de inmediato nos vendría a la mente el nombre de Umbral, a quien Javier Castro Flórez se parece poco.
Mundo libresco habla de una obsesión por el libro y la lectura que algo tiene de morbosa: el autor no sale jamás de casa sin un libro, compra libros todos los días, lee incluso caminando. Se nos presenta como un superviviente de otra época al que le definen tanto los libros que lee como los que deja de leer: “Me gusta ver en las librerías libros terribles porque compruebo que estos lugares que tanto amo no son templos ni quirófanos aislados de la vida”. Pero no desprecia esos libros que no le interesan. Incluso se atreve a hacer un inteligente elogio del más denostado de los premios literarios: "He leído bastantes opiniones sobre el premio Planeta y por eso me animo a añadir la mía. Yo soy un entusiasta del Planeta –aunque nunca he comprado ni leído ninguno de los libros ganadores de este maravilloso certamen-- porque con el dinero que la editorial gana con ese tinglado ha podido editar otros libros con los que he sido muy feliz y que posiblemente solo pudieron publicarse gracias a los que compraron el Planeta para regalárselo a su suegro”.
Pero no son estas muy sensatas afirmaciones las que convierten este libro en una rara avis , sino la capacidad del autor para convertirse en personaje, en un mindundi que está orgulloso de serlo y que con frecuencia se considera el hombre más afortunado del mundo.
Unas cuantas presentaciones, ya lo hemos dicho, constituyen la primera parte de esta miscelánea. Pueden comenzar de la manera más convencional, pero lo que Castro Flórez dice de un libro solo puede ocurrirle a él. Es como un mago que, ante cualquier tema, siempre se saca un punto de vista inédito de la chistera.
“De todo un poco” --el título, a lo Julio Camba, no puede resultar más adecuado—constituye la parte central y más extensa. En ese genial batiburrillo nos encontramos con un peculiar Sancho Panza que dialoga con el quijotesco autor: su gata Mishia, ya famosa. No lo hemos dicho antes, pero otro motivo que el lector común tendría para rechazar este libro es que está formado por piezas publicadas antes en las redes sociales, especialmente en el denostado Facebook y casi siempre acompañados de fotografías. Mishia se ha convertido así en un personaje popular.
Hubo un tiempo en que el pim pam pum de los articulistas sin ideas y de ciertos intelectuales era la televisión, la llamada “caja tonta”. No sabían distinguir entre el continente y el contenido. Su lugar en la picota ha sido sustituido por las redes sociales, que no son más que un reflejo de la variopinta diversidad de sus usuarios y lo mismo pueden contener necesidades que maravillas. Como antes el periodismo, las redes sociales han propiciado el auge de cierta literatura fragmentaria. Sin ellas, no habrían existido autores como Castro Flórez. Solo por eso merecerían nuestro parabién.
Mundo libresco se publica en la editorial del propio autor, especializada en autores o en obras que no encuentran su sitio en las editoriales convencionales. En ella ha publicado Antonio Moreno, por citar un ejemplo, títulos tan memorables como El viaje de las bibliotecas o En torno al sol , que bastarían para justificarla. Debo reconocer que no soy del todo imparcial: yo también he publicado en ella.
Javier Castro Flórez, que cultiva con gracia cierto aire chaplinesco, que juega a quitarse importancia, con solo dos libros hechos de retazos, Mundo libresco y Lo que lee un editor , de 2020, tiene ya un sitio cierto en la memoria agradecida de una cada vez más amplia secta de lectores. Avisados quedan quienes no le conocen. No les defraudarán.

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