lunes, 16 de febrero de 2026

Un mal ejemplo

 

Ricardo García Cárcel
Juan Pablo Fusi
Vidas españolas.
Razón biográfica de España (siglos XVI-XX)
Taurus. Barcelona, 2026.

¿Ha leído Javier Gomá Lanzón, teórico de la ejemplaridad en la vida pública, el libro Vidas españolas, publicado en la colección de biografías que él dirige bajo el patrocinio de la Fundación Juan March y de la Fundación Ramón Areces? ¿Lo han leído quienes figuran como sus autores, los catedráticos Ricardo García Cárcel y Juan Pablo Fusi? Lo que podemos afirmar con certeza es que no ha tenido otra revisión que la del corrector automático y por eso una cincuentena de los cuadros de Velázquez se conservan “en el Pardo” y Antonio Machado publicó un libro que se titula Páginas escondidas.

            Se trata, sin duda, de llamativas erratas, pero resulta difícil considerar errata el que esas Páginas escondidas. o sea, sus Páginas escogidas, se incluyan entre los libros que publicó en los años veinte (son de 1917). Tampoco es una errata que se afirme que “el marco cronológico de Galdós, tanto en las ‘novelas contemporáneas’ como en los Episodios Nacionales” fueran los años 1868-1974. Podemos admitir que Juan Pablo Fusi no haya leído novelas como El doctor Centeno o La de Bringas, pero que ni siquiera tenga noticias de que la primera serie de los Episodios trata de la Guerra de la Independencia resulta inverosímil.

Vidas españolas. Razón biográfica de España sale casi a error por página. “Las obras de Fray Luis de León quedaron manuscritas hasta 1631”, leemos: las “obras” no, solo sus poemas. “Lope se hizo sacerdote tras sufrir una crisis existencial a los setenta y dos años”, pero eso “no le eximió de su vida sexual habitual” (como murió a esa edad, suponemos que sería una vida sexual póstuma). Jovellanos escribió su comedia El delincuente honrado en 1773, pero la estrenó en Madrid en 1767. Y murió en Puerto de Vega, no en Navia, aunque pertenezca al concejo de Navia, como Gijón pertenecía a la provincia de Oviedo lo que no impide que resulte un disparate la siguiente frase: “En 1790, al caer su amigo Francisco Cabarrús, él tuvo que marchar a Oviedo. Allí acabó su Informe sobre espectáculos”. Seguir enumerando errores sería el cuento de nunca acabar: Feijoo no escribió su Teatro crítico universal en 1720;  Dolores Armijo, la amante de Larra, no era “esposa del editor Manuel María Cambronero”; Emilia Pardo Bazán no financió la revista Nuevo Espíritu Crítico ni José Lázaro Galdiano (a quien se le llama Lázaro-Galdeano) fue el editor de La Revista Moderna, sino de la revista La España Moderna. Gregorio Marañón no “presidió” la reunión entre Alcalá Zamora y Romanones que supuso el fin del reinado de Alfonso XIII.

            El curioso lector ya habrá averiguado cuál es la razón de todos estos desaguisados (hay más, casi uno por página, como dije antes, y el libro tiene cerca de quinientas) y, si es profesor y ha tenido que corregir trabajos escolares, ya está familiarizado con el ellos: son la señala de haber recurrido a la ayuda (y a algo más que la simple ayuda) de la Inteligencia Artificial.

Hay errores que proceden directamente de la Wikipedia, una de las fuentes de la IA, pero las biografías que se pueden leer libremente en esa enciclopedia son por lo general bastante más completas y bien informadas que las que encontramos en este libro.

            La concepción general del volumen es otro mayúsculo disparate. Según el prefacio, “los dos prestigiosos y admirados historiadores que asesoran la colección “han pintado más de cincuenta retratos de actores sobresalientes de la España moderna y contemporánea”. Pero un capítulo se titula “Retrato de grupo: El 98 esencial” y es un revoltillo, como un mal trabajo escolar, de referencias a los autores que suelen agruparse en esa generación. Lleno de errores para no variar, por cierto: Azorín no recibió la República con escepticismo, sino con entusiasmo y Unamuno no pasó sus últimos años “envejecido, enfermo, automarginado de la vida social y política”.

A Unamuno, por cierto, además de en el retrato de grupo, lo volvemos encontrar en un capitulo aparte,  “Unamuno: Idea de Bilbao”, que no tiene ningún  sentido en un libro en el que, según el ingenuo y confiado autor del prefacio, ha exigido a sus autores “el despliegue de una maestría narrativa que solo está al alcance de quienes, habiéndose dedicado por entero al estudio de una época de la historia, son capaces de condensar la amplitud y riqueza de sus investigaciones en una síntesis biográfica en la que su protagonista se hace vitalmente inteligible”.

            Baste un ejemplo de esa maestría narrativa. Así se nos cuenta el final de Jovellanos: “Volvió finalmente a Asturias en julio de 1811. En noviembre de este año murió en Navia. Se le enterró en Gijón, aunque allí ha pasado por diversas tumbas (1811, 1842, 1936 y 1940)”. Ni un escolar de la ESO redacta tan pedestremente (¡ese “aunque”, esa sucesión de fechas!) . En realidad, no redacta, resume un párrafo de la Wikipedia, que a su lado parece un ejemplo de rigor y primor estilístico. El lector puede comprobarlo.

            Otro ejemplo del mal uso de la Wikipedia lo encontramos en el capítulo dedicado a María de Zayas, que amontona nombres, como es habitual, pero que a la biografía de la escritora dedica exactamente seis líneas. Y luego añade el siguiente párrafo: “En 2019, Rosa Navarro publicó un estudio en el que sostenía que María de Zayas en realidad no existió y que la autora era solo un heterónimo de Alonso Castillo Solórzano. Esta hipótesis ha sido rechazada de plano por historiadores como José Manuel Fradejas”.

En este caso, voy a permitirme copiar entero el original para ver cómo el plagiador (sea el catedrático o la IA) lo empeora, como suele hacer con todo lo que toca: “En 2019 se publicó un estudio firmado por Rosa Navarro Durán, donde afirma que la autora es solo un heterónimo de Alonso Castillo Solórzano. Esta hipótesis, sin embargo, ha sido rechazada por otros investigadores, como José Manuel Fradejas, a través de un análisis estilométrico concluyente de la obra de la autora en comparación con textos de Castillo Solórzano”. Y en nota –cosa que no hacen o el prestigioso catedrático o la IA, que tampoco incluye a José Manuel Fradejas en la bibliografía-- nos remite a la fuente: una entrada de X (entonces Twitter) en la que Fradejas, lingüista y experto en cetrería, nos dice que María de Zayas “no parece que sea un heterónimo” tras “analizarlo con varios parámetros (MFW) y mediadas (Delta Clasic)”. Todo muy sibilino: hace falta algo más para descartar la hipótesis –aventurada, pero bien razonada-- de Rosa Navarrro Durán.

No entraremos en la caprichosa selección de estas Vidas españolas, que terminan con Ángel Herrera Oria y Salvador de Madariaga y no incluyen a Azaña ni a Lorca, ni en el hecho de que muchos capítulos sean colectivos, lo que impide el adecuado tratamiento de las biografías, o se dediquen a comparar trayectorias, como ocurre con Lope y Calderón. Estas decisiones (como la de incluir muchas menciones femeninas) son sin duda de los autores, no de la IA, al contrario que el resto del libro.

Comenzábamos por preguntarnos si Javier Gomá Lanzón, autor del elogioso prefacio, responsable de su publicación, habría leído Vidas españolas. Ninguna de las dos respuestas posibles lo deja en muy buen lugar. Yo me inclino porque no lo ha leído y me imagina su sorpresa cuando lo haga. Lamento ocasionarle ese disgusto, pero no se puede predicar ejemplaridad y no dar trigo.

           

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