sábado, 14 de septiembre de 2019

Oda en la ceniza



Un sí menor
José Mateos
Pre-Textos. Valencia, 2019.

Como la pintura de Ramón Gaya, también hay una poesía moderna que es antimoderna. La del último y mejor Bergamín, por ejemplo, tan cercana a Bécquer y a la poesía popular: “¡Qué poco me va quedando / de lo poco que tenía! / Todo se me va acabando / menos la melancolía.”
            José Mateos es un poeta de esa clase. Lo primero que sorprende en Un sí menor es un cierto aire vintage, una aparente vuelta a la poesía neopopularista de los años veinte. “El balcón abierto”, desde el título, homenajea a Lorca (“Si muero, / dejad el balcón abierto”) mientras que “Primeras lluvias” recrea uno de los más conocidos poemas de Juan Ramón Jiménez (“Y yo me iré / y se quedarán los pájaros cantando”).
            Pero no tardamos en encontrar un tono distinto, absolutamente personal. Cotidianidad y misterio son las dos palabras que lo definen. Como Blake, José Mateos sabe ver el universo en un grano de arena o en la gota de rocío “que refleja / los colores del alba.”
            Busca el despojamiento, huye –según nos dice en los versos iniciales– del “dogal riguroso / de los poemas bien hechos”, quiere escribir poemas que casi no lo sean, “sino el silencio / de donde nace el poema”.
            Lo consigue a menudo. Solo disuena algún verso ingenioso, como de greguería, algún final sentencioso, y a veces, no siempre, cierta concesión a la anécdota (“Retrato de Antonio el loco”).
            Detrás de buena parte de los poemas de Un sí menor hay un episodio biográfico que podría haber propiciado el desbordamiento sentimental. Pero incluso cuando más directo se muestra (“Navidad con alzheimer”), José Mateos acierta a evitarlo.
            Oda en la ceniza tituló Carlos Bousoño uno de sus libros. El sentido es el mismo que el de este “sí menor” que José Mateos ha querido que resuma el sentido de sus canciones en las que entremezcla, sin levantar la voz, la elegía y la oda, el lamento por la fugacidad y el cántico a la belleza que es verdad, a la verdad que es belleza: “Todo termina así: / unos destellos / de memoria que caen hacia lo hondo / y el cuerpo como un traje envejecido / que casi da vergüenza. / No insistas, corazón, / inútilmente: / nunca / maldeciré la vida”.
            Los mejores poemas del libro contraponen a la desolación del vivir el inesperado regalo de una flor, de un olor, de uno de esos milagros cotidianos y casi imperceptibles. “Agosto” puede servir de ejemplo: “Olor a cañas secas / y a campos demacrados. / Chicharras. Una moto / caída en un barranco. / Calor. Y muerte. Y polvo. / Y este cauce agrietado… / Pero de pronto, higuera, / tú me sales al paso: / tu sombra perfumada / hace bueno el verano”.
            Arte deliberadamente menor, rima asonante, romances y romancillos, también unas “Soleares para una casa en venta” (“El silencio de esta casa / es un castigo que duele / como un castigo de infancia”), un tipo de poesía que no abunda en la poesía contemporánea y que en ocasiones muestra un aire casi infantil: “También, como tú, / a veces quisiera / ser solo en el aire / un trozo de tela, / un trapo que el viento / sacude y eleva. / Y seguir atado, / como tú, cometa, / solo por un hilo / muy fino a la tierra”.
            José Mateos es un poeta a la contra. Sus libros en prosa (Soliloquios y divinanzas, La razón y otros dudas) nos lo muestran igualmente como un pensador en lucha contra la falta de espiritualidad de la sociedad contemporánea. Pero no es necesario compartir sus ideas para asentir a la verdad de sus mejores poemas: “La claridad se hace niebla / de tan clara y tan difícil. / Y todo se desvanece.  / Y no sé cómo es posible, / un signo sin referencia, / un origen sin origen, / un Dios que sustenta y es, / y, sin embargo, no existe”.


             

No hay comentarios:

Publicar un comentario