miércoles, 30 de octubre de 2019

Crimen, novela y moraleja


Tiempos recios
Mario Vargas Llosa
Alfaguara. Madrid, 2019.

De la nueva novela de Mario Vargas Llosa, sobra todo lo que tiene de novela. También la lección final, tan simplista. El resto es apasionante.
            El resto: la crónica de los intentos reformistas de Jacobo Árbenz Guzmán, presidente de Guatemala entre 1951 y 1954; las intrigas para derrocarlo, mediante la creación del llamado ejercito liberacionista, apoyado por Estados Unidos; el triunfo de los sublevados que lleva a la presidencia a Carlos Castillo Armas; el asesinato de este en 1957; la figura enigmática de Marta Borrero Parra, conocida como Miss Guatemala.
            . El novelista Vargas Llosa, al menos en este su último libro, resulta inferior al cronista y al periodista. Desatento de los pequeños detalles, apenas si consigue hacer creíble aquello que inventa, olvidando que, al contrario que la realidad, la ficción sí tiene que ser verosímil.
            El capítulo XI nos cuenta cómo Marta Borrero se convierte en amante del Carlos Castillo Armas. Comienza como un folletín (“Salió a escondidas, sin que la sintieran los sirvientes, envuelta en una manta que la cubría dándole una apariencia deforme”) y con la inverosimilitud del folletín continúa: casada por obligación con un marido que al que detesta, decide abandonarlo; al ser rechazada por su familia, va a ver al presidente, a quien no conoce; consigue que le hagan pasar ante él, le cuenta su historia y, sin más ni más, se convierte en su amante.
            Aunque el presidente sea  “muy celoso y hecho a la antigua” (“No le gusta que reciba a hombres, ni siquiera acompañados por sus mujeres ni siquiera cuando él no está”), es visitada frecuentemente por el agregado militar de la República Dominicana, Johnny Abbes García, y por un norteamericano que se hace llamar Mike. Van siempre juntos a verlo, de acuerdo con los deseos de Marta y un día en que se quedan solos el dominicano y ella, porque Mike ha ido al baño, le pregunta: “Este gringo es de la CIA, ¿no es cierto? Trata de sonsacarme cosas como si yo fuera tonta”. Al salir de la casa, Johnny Abbes le refiere a su amigo las sospechas de Marta y este responde: “Claro que se ha dado cuenta de para quién trabajo. Y me ha pedido dinero por las informaciones que me da. Ella y yo hemos hecho un pacto”. ¿Y cuándo lo hicieron –si pregunta el lector– si nunca se quedaron a solas?
            Punto central en Tiempos recios lo constituye el asesinato del presidente Carlos Castillo Armas, todavía no aclarado. Hubo, sigue habiendo, muchas hipótesis. Vargas Llosa se atiene a la formulada por Tony Raful en La rapsodia del crimen. Trujillo versus Castillo Armas (Santo Domingo, Grijalbo, 2017). Cita la obra expresamente en el epílogo y declara tomar de ella una de sus anécdotas. Toma bastantes cosas más. La principal, que Trujillo ordenó asesinar a Castillo Armas porque estaba resentido con él por no haberle concedido una condecoración, la Orden del Quetzal,  y no por no haber querido que los dos celebraran juntos la victoria en un gran acto celebrado en el Estadio Nacional de Guatemala. Quizá Tony Raful fundamente esas hipótesis en su libro con buenas razones; Vargas Llosa no lo hace. Cierto que un novelista no necesita documentación, que la imaginación es libre, pero eso no implica –y menos si se trata de una novela histórica– que no deba preocuparse del encaje con los hechos probados.
            El magnicidio se nos cuenta en los capítulos pares –del II al XIV–, según la rutinaria costumbre de Vargas Llosa de ir alternando momentos cronológicos distintos cuando narra una historia. El Director General de Seguridad, Enrique Trinidad Oliva, y el agregado militar dominicano, Johnny Abbes García, esperan juntos en un burdel a que llegue la hora de cometer el crimen (sus conversaciones ocupan varios capítulos), luego entran tranquilamente en el palacio presidencial, del que han retirado la guardia, salvo a un soldado; el propio director general mata a ese soldado con su pistola con silenciador, le quita el fusil y, cuando el presidente y su mujer atraviesan un pequeño patio para ir a cenar (algo extrañados de no encontrar a ningún sirviente) le disparan dos tiros. La versión oficial es que el soldado mató al presidente y luego se suicidó. Esa es la explicación que se dio en la realidad y también la que se nos da en la novela, sin aludir en ella a cómo fue posible que el soldado se suicidara con una pistola que no era suya, en lugar de hacerlo con su fusil, como resultaría lógico. Por otra parte, Castillo Armas afirma repetidas veces que no se fía de su director de seguridad, que está seguro de que le traiciona, y a pesar de ello le mantiene en el cargo y ni siquiera sospecha nada cuando se queda solo, con su mujer y un soldado, en palacio.
            De descosidos así está llena la novela, que claramente no ha pasado por las manos de ningún buen editor (en el sentido anglosajón del término). En un capítulo, el XVI,  se nos dice que Mike habló con Marta por teléfono para avisarla de que estuviera preparada para huir, y en otro –el XIX– se nos cuenta que para ello fue a visitarla.
            Todas las conversaciones que Vargas Llosa se inventa suenan falsas. En el capítulo XXIII, Trujillo reconvine a Héctor Trujillo Molina, presidente títere de la república, con estas palabras: “Tú no existes. Eres una invención mía. Y así como te inventé, te puedo desinventar en cualquier momento”. De sobra sabía el Negro Trujillo –como se conocía al hermano del dictador– cuál era su papel.
            Hay en esta novela, que falla en lo que tiene de novela, capítulos espléndidos. Los que nos cuentan el final de los dos presuntos asesinos del presidente, Enrique Trinidad Oliva y Johnny Abbes García, por ejemplo.
            Previsible resulta el juego con los tiempos, tan previsible en Vargas Llosa como la actualización o el cambio de época en la puesta en escena hoy en día de cualquier ópera. ¿Cumple una función estética o solo dificulta que el lector entre en la trama?
            En uno de los capítulos del libro –el VII– se alternan dos encuentros de Trujillo, separados por algunos años: en el primero, con Carlos Castillo Armas, le ofrece su ayuda; en el segundo, muestra su frustración –ya se sabe: no le concedió al parecer la condecoración deseada– y encarga su asesinato. Al comienzo, aparece otra de esas frases poco afortunadas del narrador: “El Generalísimo Trujillo miró su reloj: cuatro minutos para las seis de la mañana. Johnny Abbes García comparecería a las seis en punto, hora en que lo había citado. Probablemente llevaba un buen rato sentado en la antesala. ¿Lo haría pasar de inmediato? No, mejor esperar a que fueran las seis en punto. El Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo no solo era un maniático de la puntualidad, también de la simetría: las seis eran las seis, no las seis menos cuatro minutos”. ¿Y dónde está ahí la simetría?, nos preguntamos.
            La moraleja aparece en las líneas finales, en el capítulo epilogal en que se nos cuenta una visita al único de los personajes de esta “verdadera historia” que aún continúa vivo, Marta Borrero Parra.
            En opinión de Vargas Llosa, si Estados Unidos hubiera permitido que el experimento democratizador de Jacobo Árbens Guzmán –que no era comunista, como la interesada propaganda hizo creer, aunque su principal asesor, José Manuel Fortuny, sí lo era-- hubiera seguido adelante, la historia de América Latina habría sido otra: no habría habido guerrillas, no habría existido la Cuba castrista, la democracia habría llegado a esos países medio siglo antes. Una conclusión indemostrable, por supuesto. Y que no se sostiene por ningún lado. El fracaso del experimento de Árbenz no impidió otros experimentos similares, como el de Salvador Allende.
            Igual de simplista es la historia que se nos cuenta en el capítulo inicial –el encuentro del fundador de la United Fruit Company y el creador de las relaciones públicas modernas–, un encuentro que según Vargas Llosa cambiaría la política para siempre y sustituiría la verdad por la propaganda.
            El simplismo doctrinal y la ficción novelesca lastran lo que podría haber sido –y de alguna manera lo es– una magistral crónica de unos tiempos convulsos que no han perdido –que no perderán nunca: nos hablan de los abismos de la condición humana– su capacidad de repulsión y fascinación.




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