jueves, 25 de diciembre de 2025

El vino del verano


Ángeles Carbajal
Nostalgia del cielo
Difácil. Valladolid, 2025.
 

Cita a muchos autores Ángeles Carvajal en Nostalgia del cielo, de Francisco Umbral a Marguerite Yourcenar, de José Hierro a Tennessee Williams, pero la referencia fundamental es uno de los clásicos de la ciencia ficción, el autor de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, Ray Bradbury. Solo a quien no haya leído su Dandelion Wine , que en español se tradujo como El vino del estío le puede sorprender esa afirmación.

            La infancia es ese país mágico donde todo sucede de manera distinta y los veranos de la infancia suelen quedar como símbolo de la felicidad. Ray Bradbury compendió todos los veranos de su infancia en un único verano lleno de asombro y maravilla. Algo similar hace Ángeles Carbajal en este libro sabio y prodigioso.

            Comenzamos a leer con poco entusiasmo: a partir de cierta edad, evocar el niño o la niña que fuimos, la figura de los padres, de los abuelos, parece demasiado consabido. Y si el primer poema emplea la palabra “ternura” en el título y comienza con una cita poco afortunada de Umbral (“Una vez metí una flor en un libro y esto le gustó mucho a la niña. De pronto había comprendido para qué servían los libros”), pues nos tememos lo peor.

            Pero en seguida nos damos cuenta de que estamos en muy otro mundo que el del sentimentalismo primario, tan habitual en los autores que confunden la emoción del tema con la emoción del poema. Ángeles Carbajal tiene el don de la palabra precisa, de la imagen exacta y sugerente: “Las bicicletas volaban con nosotros / y cortábamos el viento. / Lejos era un lugar maravilloso / del que siempre se regresó. / Desde más lejos que nadie, / cada mañana regresaba a casa el sol; / mi padre le abría la puerta y él entraba”.

            La reescritura de un tema borgiano, aunque el tema no sea nada borgiano, nos encontramos en “Las cosas”. “Durarán más allá de nuestro olvido. / No sabrán nunca que nos hemos ido”, concluye el soneto de Borges. Ángeles Carbajal prefiere darle, con humor, una vuelta de tuerca a Heidegger: “Guardo y me guardo en los enseres; / la casa del ser está llena de trastos”.

            La poesía de Ángeles Carbajal prefiere las cosas concretas a las vaguedades sentimentales: “La enredadera de la estación”, que “estallaba en verano con un rojo abrasador”; el blanco mármol de la mesa de la cocina; una pequeña librería llamada Sweet; la Albizia julibrissin, también llamada árbol de la seda o acacia de Constantinopla, nacida en Prócida y que no acaba de aclimatarse en su jardín; la buganvilla que cada verano cubre la blanca pared “de profundo verdor y flores fucsia”; el despoblado caserón en que vive: “Cuando vuelvo tarde a casa / me doy el gusto de ir encendiendo luces de habitación en habitación / y en mitad del cielo nocturno las dejo todas encendidas”.

            Los poemas de amor ocupan la segunda sección del libro. Como en la primera parte, la elegía no resulta protagonista. Nostalgia del cielo es una obra escrita desde la aceptación y la celebración. Bordeando el tópico, algo inevitable cuando se habla de amor, Ángeles Carbajal acierta siempre a evitarlo con una imagen sorprendente: “Y me apartabas el pelo de la frente / como quien ayuda a pasar / las nubes por el cielo”.

            “Hago recuento de mi vida” podría titularse la parte tercera. El poema titulado precisamente “Mi vida” comienza con un autorretrato aforístico: “No fumé. No bebí. Solo cometí riesgos de alto riesgo”. Otro poema, “Esta es mi vida”, la resume en “la clara, incorruptible infancia” y “la hambrienta, misteriosa juventud”; el resto es el “tornasol del tiempo”, un transeúnte que aparece por la calle tan mojado “como si acabara de llover la vida entera”.

            A la sección penúltima, de poemas breves se la denomina “Poéticas”, aunque no lo sean en sentido estricto: “Una muchacha / corre alegre / por una calle de París, / se dirige a alguien / que no soy yo / y llega a mí”. El epílogo, “Galería de espejos”, está formado por una serie de citas que la autora considera “autorretratos”. La más inesperada la firma San Tarsicio: “Llevo en el pecho, a buen recaudo, / la llama encomendada”.

            Ángeles Carbajal, nacida en 1959, ha publicado libros en asturiano y en castellano. A partir de Nostalgia del cielo se la puede considerar como uno de los nombres imprescindibles de la poesía española contemporánea. Pocos libros con más belleza y verdad, con más sabiduría verbal y vital.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Para qué sirve la literatura

 

José Luis de Vilallonga
El Rey. Conversaciones con Juan Carlos I de España
Traducción de Manuel de Lope
La Esfera de los Libros. Madrid, 2025.

La literatura, el arte en general, sirva para desvelar los enigmas de la mente humana, misterios del mundo y para todo lo contrario, enmascararlo. El arte colina con la ciencia, con la religión y con la publicidad. Sirve para revelarse contra las ideologías del “poder” –esa manida palabra-- dominante y para imponer sus trampantojos. Y en cualquiera de los dos casos, aunque nos cueste creerlo, puede ser gran arte.

            Se reedita ahora, para aprovechar el impacto comercial de las nuevas memorias del rey Juan Carlos, editadas primero en francés y luego en español, las que les precedieron hace más de tres décadas, allá por 1992, el año triunfal de la nueva democracia española.

El título, El Rey. Conversaciones con Juan Carlos I de España, resulta engañoso. No se trata de un libro de entrevistas con el entonces jefe del Estado español, sino de una novela de no ficción, aunque con mucha ficción, en la que resulta mitificado protagonista. El autor, y también personaje principal, es José Luis de Vilallonga, un controvertido figurón, pero un notable cronista y memorialista, tanto en francés como en español.

            Se nos cuenta la reciente historia de España como un cuento en el que hay un héroe, Juan Carlos de Borbón, que se sacrificó muchas veces por su país, pero dos principalmente: una en 1948, cuando, niño de diez años, dejó atrás a su familia para educarse con espartana sobriedad junto al general Franco, y otra en 1981, cuando se enfrentó a los militares y salvó al país de volver a otra dictadura o a otra guerra civil.

El héroe, como en los cuentos de hadas que estudió Vladimir Propp, tuvo dos semihéroes a su lado: Felipe González y Santiago Carrillo.

Es un héroe triste, con un pasado doloroso (se calla un terrible incidente fraternal) y con una mirada seductora de profunda melancolía: “Es quizás esa melancolía que es incapaz de disimular lo que le da un encanto tan cautivador y hace que, incluso si no es monárquico de la institución, uno no puede evitar ser monárquico de ese rey”. Fue educado “a las duras”, la única manera “de hacer hombres responsables capaces de soportar algún día el peso del Estado”.

            Ser un “hombre providencial”, el hombre providencial de la historia de España, no le evita ser entrañablemente familiar: pasa todo el tiempo que puede, todo el que le dejan libre sus deberes oficiales, con su mujer y sus hijos. A veces, charlando con Vilallonga, recibe una llamada: “Es Sofia, que me avisa de la hora de la cena”.

Con Sofía, su mujer, una gran profesional, acostumbran a frecuentar de incógnito restaurantes que a los dos les gustan especialmente. Pero todo eso, cenar en la ciudad con la reina como un feliz matrimonio más, tomar con los amigos algo en un bar y no aceptar que le invitan, “nunca da la impresión de ser hecho para asombrar a la gente”, se admira Vilallonga. Y el rey, mirándole a los ojos, como hace siempre con su interlocutor, murmura: “¿Sabes por qué? Porque todo lo que hago me sale de dentro”.

            Es difícil no admirar al protagonista de esta novela. Durante la noche aciaga del 23F, le bastó escuchar unas palabras de Alfonso Armada para darse cuenta de que estaba compinchado con los golpistas. Las cosas sucedieron así, si no en la realidad en esta otra realidad que crea la novela de no ficción (donde, por cierto, en la página 229, aparece ya la idea germinal de Anatomía de un instante, el aplaudido libro de Cercas). En cuanto se enteró de lo que pasaba en las Cortes, cogió el teléfono y llamó al jefe del Estado Mayor de Tierra: “Precisamente estamos informándonos, señor. Pero si vuestra majestad quiere hablar con el general Armada, está aquí, a mi lado”. “Alfonso, ¿qué es toda esa historia?”. “Armada respondió tranquilamente: Recojo unos papeles en mi despacho y subo a la Zarzuela a informaros personalmente, señor”.

Todo parecía completamente normal, “pero, de pronto, el rey tuvo la evidencia de un peligro relacionado con la presencia de Alfonso Armada en la Zarzuela”. Luego todo el mérito se le quiso atribuir a Sabino Fernández Campos, con su famoso “ni está ni se le espera”.

            La intuición política de este hombre providencial no es solo intuición, se debe también a su gran cultura. En el prólogo, con sorpresa, de Nicolás Dadeshkeliani, que fue quien transcribió las conversaciones con don Juan Carlos que sirvieron para armar la novela , le pregunta a Vilallonga: “¿Es culto el rey?”

Y a este no se le ocurre otra respuesta que compararle con “el emperador Adriano, nacido en Itálica en el 76, impulsado por la firma determinación de ser útil”. No extraña por ello que sus discursos los redacte él personalmente. “No hay en España un speech writer como en los Estados Unidos o como en Inglaterra”, afirma. Acertar es una cuestión de lógica y de buen sentido, añade: “Pero no creas, a menudo me paso una hora antes de redactar una frase tal como yo la quiero. Es muy difícil escribir bien, José Luis”.

José Luis de Vilallonga sabe de sobra lo difícil y lo importante que es escribir bien. Y él lo hace como nadie, a no ser otro brillante cronista de la transición, Manuel Vicent, quien en sus Retratos de la transición y en sus Daguerrotipos nos dejó obras magistrales, con retratos hagiográficos de don Juan Carlos. Tan magistrales que casi todos se creyeron que era realidad la inverosímil ficción. Milagros de la literatura. Leemos hoy El Rey y no hay página a la que no se le haya caído el maquillaje, en la que no tropecemos con una falsedad.

Y ahora el regalo inesperado del prologuista, en el que no sé si repararán muchos lectores. En el verano de 2012, Plácido Arango, “impulsor de los Premios Príncipe y Princesa de Asturias”, le confirmó lo que muchos la sabían: “que tras la proclamación del rey Juan Carlos I, los entonces líderes políticos de los distintos partidos se pusieron de acuerdo para que el monarca pudiera constituir un capital privado propio de la Casa Real con las comisiones de contratos externos que aportaría a España”. La razón es que así la Corona podría mantenerse ajena a cualquier conflicto, político o no. Pensaron en un fondo privado “para día y noche poder, por ejemplo, proteger la intimidad de su vida familiar sin poder depender del Estado en gastos extraordinarios”. Continúa supuestamente el bueno de Arango: “Sé, contrariamente a los rumores y bulos, que su patrimonio se construyó con profesionales de la gestión de calibre internacional que supieron hacerlo crecer de forma completamente legal…”

En fin, que con amigos así, que afirman --lo que por otra parte es de dominio público--, que se trata de un comisionista con importante fortuna escondida en el extranjero, de un Ábalos (que en el gusto por las mujeres parecía un Borbón) con mejores apoyos y menos UCO, el protagonista de la sugerente novela El Rey en la vida real no necesita enemigos.

 

           

jueves, 11 de diciembre de 2025

Los poetas regalan su trabajo

 

Yolanda Castaño
Economía y poesía: rimas internas
Traducción de Ana Varela Miño
Páginas de Espuma. Madrid, 2025.

Yolanda Castaño, una de las pocas poetas que viven de su trabajo poético, ha escrito un libro, que algo tiene de manifiesto (“Poetas del mundo, uníos”), para que otros poetas dejen de regalar su esfuerzo creativo y moneticen sus versos. El libro ha sido escrito en varias residencias para escritores: la Residencia Saari, en Mynämäki, al suroeste de Finlandia; la Residencia Uxío Novoneyra y el Pazo Tor; la Colonia Dorland Mountain Arts, en el valle de Temecula, California, la Residencia Göl Yazievi, en Nilüfer, Turquía.

            Podría haber sido escrito tranquilamente en su casa, pero eso es otra cuestión. Las anécdotas que nos cuenta son muy locales y nimias: que si la invitan a leer sus versos en una localidad gallega y no le pagan el viaje, que si la proponen colaborar en un libro colectivo y luego es el editor quien se queda con los beneficios, que si tiene que encargarse ella misma de los tediosos trámites que requieren una subvención para la traducción de su poesía…

            El rigor teórico de Yolanda Castaño, en este libro que debería titularse más bien Subvención y poesía, resulta escaso. El capítulo “¿Es escribir poesía trabajar?” comienza con la siguiente frase: “Como muchos hijos de padres nacidos en dictadura, mi hermano y yo crecimos en una casa familiar toda tapizada con la tintineante ideología del trabajo”. ¿La ideología del trabajo caracteriza a los nacidos en una dictadura? Nos gustaría que Yolanda Castaño desarrollara esa idea, pero por supuesto no lo hace. Es una poeta que escribe en una lengua minoritaria y parece que, afortunadamente  jamás tiene que pensar en el mercado, aunque a veces lo mencione, sino en las instituciones públicas que han de proteger una lengua en riesgo de desaparecer.

            En la industria literaria, afirma, todo el mundo gana dinero y puede vivir de su trabajo, los editores, los distribuidores, los libreros, salvo los poetas: "Sé de las quejas de libreras, distribuidores y editoras, y en ningún momento las desacredito, pero también sé cuánta gente vive al fin de vender libros, distribuirlos o editarlos, y cantidad de escribirlos. Cuando se lamentan en alto deben asegurarse de que ninguna de nosotras alrededor escucha"

Pero ganan dinero si publican, distribuyen, venden libros que interesan al público; en caso contrario, quiebran como cualquier otro comerciante. Olvida Yolanda Castaño que las obras que sostienen el mercado editorial no siempre son literarias y, si lo son, casi siempre se trata de novelas o de clásicos de dominio público.

          Si los poetas viven de su poesía, mejorará la calidad de su obra, afirma. Podrán dedicarse a ella por completo en cómodas residencias, asistirán a festivales internacionales en los que trabajarán contactos que mejorarán su difusión, etc., etc.

Asombra la ingenuidad de esta hábil gestora de dinero público y experta en conseguir subvenciones. Quiere que en España se aplique el modelo finlandés: cuando un autor joven envía un manuscrito a un autor veterano para que le dé su opinión, una entidad pública financia esa actividad; también se estudia el pago a los escritores que acuden a las televisiones en calidad de expertos. O el modelo irlandés: “el Consejo del Libro sostiene una suerte de programa de mentoría por el que escritores emergentes y en formación se pueden beneficiar del acompañamiento y asesoría por parte de otros más experimentados: les muestran sus composiciones, reciben consejos capaces de mejorarlas a varios niveles, obtienen una guía para encontrar su voz poética, ensayan maneras de preparar intervenciones en proyectos y gozan de una atención periódica por parte de esas plumas veteranas a las que paga la citada entidad pública”.

            Lástima que Yolanda Castaño no se haya informado de cómo funcionaban las asociaciones de escritores en la Unión Soviética y otros países comunistas. Es el modelo que el que ella parece soñar. Hasta tenían dachas para pasar sus vacaciones.

            Puede haber subvenciones a la edición y a la creación, como las hay en otros sectores, pero no se puede pretender vivir solo de ellas. Entre otras cosas, porque es una vida muy precaria: en cuando cambia el color político de una institución pública cambia la dirección de las ayudas.

            Claro que en lo que ella entiende por vivir de la poesía no solo cuentan “los textos producidos, los libros publicados”, sino “los valores y actitudes que vierte quien firma más allá de la mera ideología de quien la estampa”. Vivir de la poesía significa para ella “ofrecer charlas de acercamiento al género poético, recitales a pura voz o enriquecidos con otros elementos (música en directo o pregrabada, proyecciones visuales, etc,), conferencias divulgativas sobre poesía reciente, labores de jurado en certámenes literarios, talleres creativos, lecturas en verso orientadas a un público infantil, traducciones de poesía, conducción de eventos culturales a los que se quiere dar un matiz más literario, ediciones comentadas, colaboraciones en verso para multitud de proyectos, etc.)”.        

            Y no deja de proclamar orgullosa que ha podido dedicarse enteramente a la poesía “sin tener que dar clases”. Un lector malicioso podría preguntarse (aunque no se ocurrirá escribirlo, por si las moscas) si lo habría conseguido si, en lugar de ser mujer, fuera hombre, y en lugar de haber nacido en Galicia lo hubiera hecho en Albacete. Tampoco habría podido vivir de la poesía, aunque tuviera tanto talento poético, no ya como Yolanda Castaño, sino como Machado, Guillén o Cernuda, pero ningún talento histriónico o para la caza de subvenciones

Yolanda Castaño está orgullosa, y hace bien, de su trayectoria en el campo de la poesía, pero que nos engañe tratando de hacernos creer que es generalizable. Afortunadamente, no lo es.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Gimnasio y biblioteca

 

Juan Antonio González Iglesias
Entre las criaturas y las cosas
Poesía reunida (1984-2024)
Visor. Madrid, 2025.

La unión de contrarios caracteriza a la poesía de Juan Antonio González Iglesias desde su primer libro, La hermosura del héroe, de 1994, hasta el último, Nuevo en la ciudad nueva, de 2024, pero no incluido en Entre las criaturas y las cosas, recopilación de su poesía completa que acaba de aparecer. Las razones de esa exclusión no parecen literarias y quizás tienen que ver con que ambas publicaciones han sido subvencionadas por la misma entidad.

Hay un llamativo contraste entre la persona pública y el personaje poético de González Iglesias. El protagonista de sus versos se nos presenta como un moralista, un defensor del humanismo que se siente al margen de la sociedad contemporánea. “Soy un hombre en creciente desacuerdo / con su época”, comienza uno de los poemas. Pero el autor que los escribe tiene mucho de poeta oficial: recibe encargos institucionales para algunos de sus libros, como Universales , y becas para escribir otros con tranquilidad en hermosos entornos, como la villa de Marguerite Yourcenar; libros, por otra parte, que suelen aparecer con algún premio más o menos institucional. “Financiado por la Unión Europea” se lee en Nuevo en la ciudad nueva. Los antiguos humanistas viajaban de corte en corte, bajo la protección de algún rey o de algún noble; ahora los mecenas son políticos que manejan dinero público.

            González Iglesias es catedrático de Filología Latina, traductor de los clásicos, y defensor de la tradición griega y romana, a la que alude continuamente en sus versos, pero le gusta acompañar esas referencias con otras que tienen que ver con la modernidad tecnológica: “Leo a Thomas de Aquino en el smartphone”, “Un podcast sobre Dante a medianoche / me trae serenidad”, comienzan dos de los poemas. En otros se mencionan “Google Maps”, “Ya.com”, “el contrato 10 de Amena”, Leroy Merlin, McDonald's o Telepizza. No siempre esa mezcla, que algo tiene de manierismo, resulta afortunada: léase “Veta de oro en medio de la tierra” donde los deslumbrantes semidioses acaban siendo una “cuadrilla / de sordomudos en el Mercadona / de Benidorm”

            La hermosura del héroe comienza con una brillante paráfrasis de Píndaro “Olímpica primera. Nadador”, dedicada a Martín López-Zubero, campeón olímpico de natación. Quizás González Iglesias sea el poeta que desde Píndaro con más brillantez ha cantado el mundo del deporte. En Decatletas, de 2011, reunió todos los poemas de ese tema que había escrito hasta la fecha; ha seguido siendo uno de sus temas centrales. “Corren sobre la arena”, de Jardín Gulbenkian puede servir de ejemplo: “Corren sobre la arena y sobre el mes de marzo. / El sol los acompaña intermitentemente. / Sobre los golpes secos de sus largas zancadas / y sus respiraciones prevalece el silencio. / Hay un joven barbudo con camiseta roja. / Ahora van a las duchas. Su sobriedad atlética / nos devuelve a las copas de cerámica ática”.

            El propio poeta, que a menudo se canta a sí mismo a la manera de Walt Whitman, se nos presenta como deportista. “Entrenado en gimnasio y con la bicicleta”, afirma en uno de los versos de “Horacio, Epístola 1, 20”, uno de sus varios autorretratos.

            Pero el gimnasio de González Iglesias no parece solo un lugar para el ejercicio físico, también es un lugar propicio para el encuentro con esa belleza masculina que fascina al poeta como fascinaba a los antiguos griegos y para practicar la camaradería viril. El poema “Colega” dice así: “Lleva toalla y ropa / interior del ejército de tierra. / Si coinciden, entrenamos juntos. / Desconozco su vida, y él, la mía. / Desconozco su nombre. / Nos bastan unos cuantos monosílabos. / Ni anillos, ni pendientes, ni tatuajes / no piercing en su piel. / Está desnudo cuando está desnudo. / Es mi colega en el gimnasio. Juntos / honramos de la única manera / a los antiguos posibles espartanos”.

            Los poemas a “À une passante”, para decirlo con el título de Baudelaire, a la belleza que pasa fugazmente a nuestro lado, son un tópico si se trata de una belleza femenina (“Mujeres que pasáis por la Quinta Avenida / tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida”, escribió José Juan Tablada); más resultan escasos, al menos hasta tiempos recientes, los que tienen un destinatario masculino. González Iglesias nos ofrece una buena muestra de ellos. El extenso “Un centauro” es quizás el más sorprendente y conseguido de todos. Los poemas más explícitamente eróticos interesan menos y alguno, tras la deliberada vulgaridad del título (“Estamos en gayumbos delante del espejo”) incurren en perífrasis poco afortunadas: “Tardamos mucho rato en exhibir las bolsas / de fina piel que guardan nuestra virilidad”.

            Afortunadamente hay otro González Iglesias en González Iglesias. El que canta los placeres sencillos como beber un vaso de agua fría (en el poema así titulado, de leve anécdota que, sin embargo, puede leerse también como una parábola política, o en “Primera noche del verano”) o pasear en bicicleta (“Canción para pedir más carril bici”). Acierta también en los poemas que nos hablan de la cotidianidad en diversas ciudades: “Mañana de París”, “Mañana de Madrid”, “Málaga” o el que yo prefiero, que tiene un título muy suyo, “Un poema es mejor que Google Maps”, un recorrido por Venecia en busca de la casa en que vivió Ezra Pound. Tras la preciosista descripción del itinerario, desde el embarcadero en Ca d'Oro (con su “frágil / tracería de ojivas y trilóbulos”) el contraste con la “sencilla casa” que fue del poeta: “Del buzón / sobresale un polícromo folleto / con las ofertas de un hipermercado”.

            La poesía, nos dice González Iglesias en un poema de su primer libro, con esa cierta pedantería que también es otro de sus rasgos, “no es género de exégesis, pero sí es género para la écfrasis”. Sobran quizás de su poesía los simples apuntes de filólogo, los poemas que parecen notas a pie de página (“Alcibíades”), las naderías corteses (“Otros dicen buen finde ”) o las simplistas críticas al mundo contemporáneo: “Libérame del reino de la cantidad. / No permitas que sea valorado / por el número de amigos o de seguidores”.

Pero no importa lo que sobra. Importan los poemas –numerosos-- en los que la habilidad del retórico que conoce bien su oficio se convierte en magia. Pondré solo unos pocos ejemplos: “Homo matinalis”, sobre la experiencia del buceo convertida en una experiencia mística, o “Parkour”, sobre un deporte que no conocieron los griegos; “Frick Collection, Retrato de Tomás Moro”, un retrato que tiene mucho de autorretrato, y “Pablo”, homenaje a un poeta admirado también humanamente (“Me gusta imaginar a Dios parecido a ti”).