miércoles, 25 de marzo de 2026

Azar y destino

 

Francisco Fuster
Insobornable. Vida de Gaziel
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026.

Dos de los más destacados periodistas de las décadas anteriores a la guerra civil, Chaves Nogales y Gaziel, pseudónimo de Agustí Calvet, tuvieron un destino semejante. Un olvido durante largos años y una tardía recuperación. Pero la recuperación del primero ha resultado más duradera y exitosa que la del segundo. De Chaves Nogales se reeditan todas sus obras y hasta se rescatan las mínimas colaboraciones periodísticas; a Gaziel se le elogia, pero se le lee bastante menos y todavía queda buena parte de su obra periodística, escrita mayoritariamente en castellano, sin recoger en libro.

            El ostracismo político que sufrió Chaves Nogales por estar, como Unamuno, contra la barbarie de los “hunos” y los otros, se ha vuelto finalmente a su favor, al considerársele representante máximo –el apasionamiento de Andrés Trapiello ha tenido mucho que ver con ello-- de una mitificada “tercera España”; el de Gaziel por querer hacer de puente entre Cataluña y el resto de España sigue colocándole en una tierra de nadie: demasiado catalán para los españolistas, demasiado español para los catalanistas.

            Francisco Fuster, que ha escrito sintéticas biografías de Julio Camba y de Azorín, publica ahora una “Vida de Gaziel” con el título de Insobornable. ¿Fue “insobornable” –una cualidad moral-- el periodista Gaziel, el ciudadano Agustí Calvet? En una nota de su dietario Meditaciones en el desierto, que abarca de 1946 a 1953 y fue publicado póstumamente, censura ásperamente “el mutismo miedoso y absoluto de la intelectualidad española que vive dentro de España”. Francisco Fuster, con razón, apostilla que se olvida decir que su mutismo de entonces no fue menos miedoso ni menos absoluto. Y además, como Pérez de Ayala, como tantos otros intelectuales que al principio simpatizaron con la República, intentó aproximarse al franquismo y, si no logró ser parte del nuevo régimen, fue porque Franco, como Roma, “no pagaba traidores” y despreciaba a los liberales, por conservadores que fueran, o se hubieran vuelto, tanto como odiaba a masones y comunistas.

            Gaziel marchó de Barcelona, donde era director del periódico más importante, La Vanguardia, muy poco después de iniciarse la sublevación militar y comenzar, en la zona republicana, otra sublevación contra las autoridades “burguesas”. Durante la guerra, en el exilio francés, firmó un manifiesto de apoyo a Franco y colaboró en las actividades de espionaje a favor de los sublevados que organizaba y financiaba Francesc Cambó. En Bruselas, trabajó varios meses como agregado de prensa y cultura en la Casa de España, “un nido de falangistas”, según comenta por carta a su hijo, y cuyo director era Eduardo Aunós, que había sido ministro con Primo de Rivera y lo volvería a ser posteriormente con Franco.

Eduardo Aunós, aparte de destacado jurista, presumía de ser un intelectual y publicó abundantes libros sobre los más variados temas –incluso compuso una ópera Don Juan en Venecia, que llegó a estrenarse--, pero siempre contó para ello con manos ajenas (Eugenio d’Ors decía que, si hubiese leído todo lo que había publicado, sería el hombre más culto del mundo). Gaziel fue uno de los “escritores fantasma”, para decirlo a la manera inglesa, de su Itinerario histórico de la España contemporánea, aparecido en 1940.

            De poco le valieron a Gaziel estos intentos de congraciarse con el nuevo régimen. A poco de volver a España, se le abre un proceso “por responsabilidades políticas”, esto es, por su labor al frente de La Vanguardia, por entonces expropiada y convertida en La Vanguardia Española. La denuncia procedía, curiosamente, del propietario del periódico, Carlos Godó, y acabaría volviéndose contra él: el contrato de Gaziel como director especificaba que la orientación del mismo debería contar siempre con la aprobación de la empresa.

            Agustí Calvet, nacido en 1887, iba para profesor universitario cuando una guerra le convirtió en periodista. Su padre, con quien siempre tuvo una relación conflictiva, quería que estudiara Derecho y opositara a notarías; a él interesaba más la literatura. En el verano de 1914, se encontraba en París haciendo vida de estudiante. Ya colaboraba por entonces en La Veu de Catalunya y era una de las jóvenes promesas del resurgir catalanista que encabezaba Prat de la Riba. Pero las notas que había escrito en París al comienzo de la guerra fueron a parar a manos de Miquel del Sants Oliver, codirector de La Vanguardia, y este le convenció para que las reelaborara como artículos y las publicara en su diario, que se publicaba en castellano, pero pagaba mejor que los escritos en lengua catalana. Tuvieron un éxito inmediato y Gaziel se convirtió en uno de los más leídos y aplaudidos cronistas de la Gran Guerra. La promesa del catalanismo se convirtió así en un renegado de la lengua catalana, como poco después haría Eugenio d’Ors, algo que en ciertos medios nunca se les perdonaría del todo.

            En la última década de su vida, el gran periodista en lengua española, el que alternaba en El Sol o en Ahora con Ortega, Baroja y los más destacados nombres de la Edad de Plata, vuelve a ser el escritor catalán que había sido en sus comienzos. Publica entonces varios libros memorables, entre ellos su autobiografía y una trilogía viajera sobre la que el considera una península inacabada, la que forman España y Portugal. En “Entendimiento de la Península Ibérica”, prólogo a la versión española del primer título de esa trilogía, Castilla adentro, condensa su personal visión de la historia de España.

            Como analista político (a sus colaboraciones durante los años de la República les dedica Fuster un minucioso capítulo), no parece que Gaziel resista bien el paso del tiempo. Hoy nos interesan más sus Pláticas literarias, rescatadas recientemente por el propio Fuster, sus crónicas de la Primera Guerra Mundial, sus notas viajeras y sus proustianas evocaciones del mundo de ayer.

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