Francisco Fuster
Insobornable. Vida de Gaziel
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026.
Dos de
los más destacados periodistas de las décadas anteriores a la guerra civil,
Chaves Nogales y Gaziel, pseudónimo de Agustí Calvet, tuvieron un destino
semejante. Un olvido durante largos años y una tardía recuperación. Pero la
recuperación del primero ha resultado más duradera y exitosa que la del
segundo. De Chaves Nogales se reeditan todas sus obras y hasta se rescatan las
mínimas colaboraciones periodísticas; a Gaziel se le elogia, pero se le lee
bastante menos y todavía queda buena parte de su obra periodística, escrita
mayoritariamente en castellano, sin recoger en libro.
El ostracismo político que sufrió
Chaves Nogales por estar, como Unamuno, contra la barbarie de los “hunos” y los
otros, se ha vuelto finalmente a su favor, al considerársele representante
máximo –el apasionamiento de Andrés Trapiello ha tenido mucho que ver con ello--
de una mitificada “tercera España”; el de Gaziel por querer hacer de puente
entre Cataluña y el resto de España sigue colocándole en una tierra de nadie:
demasiado catalán para los españolistas, demasiado español para los
catalanistas.
Francisco Fuster, que ha escrito
sintéticas biografías de Julio Camba y de Azorín, publica ahora una “Vida de
Gaziel” con el título de Insobornable. ¿Fue “insobornable” –una cualidad
moral-- el periodista Gaziel, el ciudadano Agustí Calvet? En una nota de su
dietario Meditaciones en el desierto, que abarca de 1946 a 1953 y fue publicado
póstumamente, censura ásperamente “el mutismo miedoso y absoluto de la
intelectualidad española que vive dentro de España”. Francisco Fuster, con
razón, apostilla que se olvida decir que su mutismo de entonces no fue menos
miedoso ni menos absoluto. Y además, como Pérez de Ayala, como tantos otros
intelectuales que al principio simpatizaron con la República, intentó
aproximarse al franquismo y, si no logró ser parte del nuevo régimen, fue
porque Franco, como Roma, “no pagaba traidores” y despreciaba a los liberales,
por conservadores que fueran, o se hubieran vuelto, tanto como odiaba a masones
y comunistas.
Gaziel marchó de Barcelona, donde
era director del periódico más importante, La Vanguardia, muy poco
después de iniciarse la sublevación militar y comenzar, en la zona republicana,
otra sublevación contra las autoridades “burguesas”. Durante la guerra, en el
exilio francés, firmó un manifiesto de apoyo a Franco y colaboró en las
actividades de espionaje a favor de los sublevados que organizaba y financiaba
Francesc Cambó. En Bruselas, trabajó varios meses como agregado de prensa y
cultura en la Casa de España, “un nido de falangistas”, según comenta por carta
a su hijo, y cuyo director era Eduardo Aunós, que había sido ministro con Primo
de Rivera y lo volvería a ser posteriormente con Franco.
Eduardo
Aunós, aparte de destacado jurista, presumía de ser un intelectual y publicó
abundantes libros sobre los más variados temas –incluso compuso una ópera Don
Juan en Venecia, que llegó a estrenarse--, pero siempre contó para ello con
manos ajenas (Eugenio d’Ors decía que, si hubiese leído todo lo que había
publicado, sería el hombre más culto del mundo). Gaziel fue uno de los “escritores
fantasma”, para decirlo a la manera inglesa, de su Itinerario histórico de
la España contemporánea, aparecido en 1940.
De poco le valieron a Gaziel estos
intentos de congraciarse con el nuevo régimen. A poco de volver a España, se le
abre un proceso “por responsabilidades políticas”, esto es, por su labor al
frente de La Vanguardia, por entonces expropiada y convertida en La
Vanguardia Española. La denuncia procedía, curiosamente, del propietario
del periódico, Carlos Godó, y acabaría volviéndose contra él: el contrato de
Gaziel como director especificaba que la orientación del mismo debería contar
siempre con la aprobación de la empresa.
Agustí Calvet, nacido en 1887, iba
para profesor universitario cuando una guerra le convirtió en periodista. Su
padre, con quien siempre tuvo una relación conflictiva, quería que estudiara
Derecho y opositara a notarías; a él interesaba más la literatura. En el verano
de 1914, se encontraba en París haciendo vida de estudiante. Ya colaboraba por
entonces en La Veu de Catalunya y era una de las jóvenes promesas del resurgir
catalanista que encabezaba Prat de la Riba. Pero las notas que había escrito en
París al comienzo de la guerra fueron a parar a manos de Miquel del Sants
Oliver, codirector de La Vanguardia, y este le convenció para que las
reelaborara como artículos y las publicara en su diario, que se publicaba en
castellano, pero pagaba mejor que los escritos en lengua catalana. Tuvieron un
éxito inmediato y Gaziel se convirtió en uno de los más leídos y aplaudidos
cronistas de la Gran Guerra. La promesa del catalanismo se convirtió así en un
renegado de la lengua catalana, como poco después haría Eugenio d’Ors, algo que
en ciertos medios nunca se les perdonaría del todo.
En la última década de su vida, el
gran periodista en lengua española, el que alternaba en El Sol o en Ahora
con Ortega, Baroja y los más destacados nombres de la Edad de Plata, vuelve
a ser el escritor catalán que había sido en sus comienzos. Publica entonces
varios libros memorables, entre ellos su autobiografía y una trilogía viajera
sobre la que el considera una península inacabada, la que forman España y
Portugal. En “Entendimiento de la Península Ibérica”, prólogo a la versión
española del primer título de esa trilogía, Castilla adentro, condensa
su personal visión de la historia de España.
Como analista político (a sus
colaboraciones durante los años de la República les dedica Fuster un minucioso
capítulo), no parece que Gaziel resista bien el paso del tiempo. Hoy nos
interesan más sus Pláticas literarias, rescatadas recientemente por el
propio Fuster, sus crónicas de la Primera Guerra Mundial, sus notas viajeras y
sus proustianas evocaciones del mundo de ayer.

No hay comentarios:
Publicar un comentario