jueves, 30 de abril de 2026

La superstición de la novela

 

Miguel Pardeza
Los últimos días de Alejandro Reig
Renacimiento. Sevilla, 2026.

Miguel Pardeza, antes que investigador literario y escritor, fue futbolista profesional al que todavía recuerdan los buenos aficionados. Ahora es uno de los máximos especialistas en la obra de César González-Ruano, destacado ensayista que sabe aunar la erudición y el rigor estilístico, y autor de dos modélicas narraciones autobiográficas, Torneo (2016) y Angelópolis (2020). Tras tantear otros géneros, como el aforístico, tan devaluado hoy día al convertirse en una moda, se enfrenta por primera vez a lo que para muchos, entre los que no me cuento, es el género estrella de la literatura: la novela.

            Resulta curioso lo que ha ocurrido, en el último medio siglo, con la novela, que de ser un pasatiempo y poco más que un subgénero literario, ha pasado a ser la representación máxima de la creación literaria, lugar que en otro tiempo ocuparon el poema épico, ya mera arqueología, y el teatro, que parece haber dejado de ser obra literaria para convertirse en guion, a veces simple guía, del espectáculo escénico.

            No deja de ser cierto que el prestigio literario puede alcanzarse con la poesía o con el cuento, o incluso con el ensayo (ahí está el caso de Fernando Savater), pero que la profesionalización solo puede conseguirse publicando novelas. Una condición, en todo caso, quizá necesaria, pero no suficiente.

            Los últimos días de Alejandro Reig, la primera incursión de Miguel Pardeza en el género, es una obra metaliteraria. El narrador ha escrito su primera novela y, dudoso de su mérito, les pide opinión a varios amigos y también a un escritor que admira y al que considera su maestro, Alejandro Reig. El juego metaliterario no se lleva hasta un sorprendente final: la novela que ha escrito el narrador y la que nosotros leemos podrían acabar siendo la misma, los protagonistas de ambas se llaman de igual modo, Samuel, y ambas tienen relación con la pasada pandemia.

            Hay abundantes precedentes de un relato basado en la relación entre un maestro y su discípulo. Henry James ha escrito admirables relatos al respecto y una poco leída novela de Azorín, El escritor, trata precisamente del velado enfrentamiento entre un autor célebre que inicia su decadencia (trasunto del propio autor) y otro joven que se inicia en la literatura lleno de brío (quizá de Dionisio Ridruejo, al que se dedica la obra).

            El problema de esta novela de Pardeza es que no parece demostrar un gran conocimiento de la vida literaria. El narrador es tan ingenuo que se ilusiona porque el padre de una amiga suya conoce a un ejecutivo de Planeta y le va a pedir que publique su novela en cualquiera de las editoriales del grupo. Y nada de lo que se nos dice de Alejandro Reig nos permite suponer un especial talento, entrever la genialidad que su discípulo le supone. Ha abandonado la escritura, y estas son las razones que da para ello:   “Qué importancia puede tener un trabajo que ocupa a unos cuantos y disfrutan unos pocos?”, A eso añadía “su inflexible opinión de que todos estaban abocados al olvido, incluso los que hasta el momento habían sorteado la devastación de los siglos”. Esta opinión, que Borges expresó de mejor manera (recordemos su “A un poeta menor”: “La meta es el olvido. / Yo he llegado antes”) al joven protagonista “le sacaba de quicio”.

            El narrador se esfuerza en presentarnos a su maestro como un sabio desengañado de la literatura, pero nosotros le vemos solo como un viejo y malhumorado borrachín. Lo peor de los escritores –le repetía más de una vez-- no es su vanidad, sino el creer que se dedican “al mejor de los oficios, el más noble, sin el cual el mundo ardería como una tea o no sería capaz de avanzar en dirección correcta”. Y luego denunciaba las corrupciones del mundo literario, al menos tal y como él las había visto en su natal Zaragoza: “el caso abominable de ese escritorzuelo que se había vendido para que le dieran un premio, o el de aquel que se rebajaba por una columna de periódico, o el de aquel otro que se ensuciaba las manos sobando celebridades”.

            Si muchos reparos le pusieron sus amigos a la primera novela del ficticio Samuel, no menos le podrían poner a esta segunda, una minuciosa crónica del tiempo que pasó en Islantilla durante el último mes de la vida de Alejandro Reig, que parece irse redactando en el momento que ocurren los hechos, pero que al final nos enteramos de que está escrita años después. El principal: que no cite ni una sola vez el diario y las notas que Reig iba escribiendo durante el tiempo de su retiro, a pesar de que nos informe de que pasaron a su poder, y que podrían darle algo más de complejidad al personaje.

            Si vale poco como novela de escritores Los últimos días de Alejandro Reig, se salva en cambio como novela psicológica: las relaciones entre el viejo maestro y sus dos últimos amores, Tess y Frida, y de esta última con el narrador, están vistas con inteligente sutileza. También resulta un acierto la descripción de Islantilla y otros lugares de la costa onubenses fuera de la temporada turística, o el personaje del pescador que se mueve en una ambigua zona gris en sus relaciones con los narcotraficantes.

            Destacado ensayista e investigador literario, Miguel Pardeza tiene innegables habilidades de narrador. Pero si le bastaron para escribir dos compactos y matizados relatos autobiográficos, no resultan suficientes cuando se aventura en terrenos en los que parece no demasiado ducho, como la industria editorial y los entresijos de la sociedad literaria contemporánea. La superstición de la novela le ha jugado una mala pasada.




martes, 21 de abril de 2026

La verdad sobre Chaves Nogales

Juan Carlos Mateos
Manuel Chaves Nogales, la construcción de un mito
Espuela de plata. Sevilla, 2026.

La recuperación de Manuel Chaves Nogales en los últimos años es un caso insólito en la literatura española, y quizá en cualquier literatura. Fue uno de los más conocidos periodistas antes de la guerra civil y el que con más acierto supo recoger en libros la labor dispersa, o más bien anticipada, en diarios y semanarios. A la crónica y a la biografía de personajes famosos, como el torero Juan Belmonte, le añadió los recursos de la ficción y consiguió así obras que todavía se siguen leyendo con el mismo interés que cuando fueron publicadas. Tras su temprana muerte, en 1944, pareció desaparecer por el escotillón del olvido, como le ocurre a la mayor parte de los periodistas un tiempo famosos. Contribuyó a ello el que los dos libros que publicó después de 1936 aparecieron en América y apenas tuvieron repercusión. Conviene señalar, sin embargo, que ese olvido nunca fue total: su Juan Belmonte, matador de toros se siguió reeditando en edición de bolsillo y nunca dejó de tener admiradores.

            A diferencia de otros casos, como el de Max Aub o Ramón J. Sender, el rescate de Chaves Nogales no fue una moda pasajera. Mientras que Aub, Sender o tantos exiliados son ya figuras de la historia literaria más que de la actualidad, Chaves Nogales sigue siendo un éxito seguro para cualquier editorial y quienes se dedican a investigar su vida y recuperar su obra dispersa protagonizan a menudo ásperas polémicas.

            El éxito actual de Chaves Nogales comenzó con el descubrimiento de un libro, A sangre y fuego, publicado en 1937, por parte del editor y librero de viejo, además de poeta, Abelardo Linares. Siguió con una errónea lectura del prólogo a ese libro, llevada a cabo, con el apasionamiento que le caracteriza, por Andrés Trapiello, que encontró en él los mejores argumentos para justificar su deriva revisionista sobre la república y la guerra civil. Los impactantes relatos de A sangre y fuego no eran crónicas periodísticas, sino ficción basada en hechos reales. De la misma manera, el prólogo tenía mucho de autoficción. Pero la errónea lectura que de él hizo Trapiello fue seguida prácticamente por todos los que desde entonces se ocuparon de Chaves Nogales, no solo por los intelectuales que como él renegaban del progresismo de su juventud (Azúa, Savater, Juaristi): También para destacadas figuras de la izquierda, Chaves Nogales quedó entronizado como el héroe y mártir de la tercera España, de la que en la guerra civil estuvo contra los dos bandos porque nunca quiso ser comunista ni fascista, porque no utilizaba la barbarie de los unos para justificar las de los otros.

            Juan Carlos Mateos, tras rescatar en el libro Junto al pueblo en armas, los editoriales de Chaves Nogales en el diario Ahora cuando estuvo bajo su dirección, nos ofrece en La construcción de un mito muy precisas evidencias documentales que pueden volver del revés la imagen hoy generalizada del escritor, aunque no parece que vayan a conseguirlo, tanto por insuficiencias metodológicas como porque los mitos, una vez asentados, son capaces de resistir cualquier argumentación racional que los ponga en duda.

            Los aportes documentales de Juan Carlos Mateos, fundamentalmente las actas del Consejo Obrero a cargo del periódico tras ser incautado a su propietario, Luis Montiel, van acompañados de continuas salidas de tono, más propias del panfleto, y de confusas o prescindibles minucias sobre el periodismo y los periodistas de la época que dificultan la lectura y distraen de lo esencial.

            El erudito que parece atragantarse con su mucha información (dedicó su tesis doctoral, de 1996, a la prensa diaria en Madrid durante la guerra en Madrid y ha seguido fatigando archivos), se deja llevar demasiado a menudo por los malos modos del peor periodismo. Andrés Trapiello, en una cita de la que por cierto no se indica la procedencia, “da rienda suelta a su acrisolada verborrea”. Claro que peor parada sale María Isabel Cintas Guillén, la primera editora y biógrafa de Chaves Nogales, sobre la que ironiza: “Comprendo que, para una catedrática de lengua y literatura, analizar morfológicamente una frase con sujeto, verbo y predicado, es una tarea irresoluble”.

            Sorprende, por otra parte, que un estudioso que hace gala de contraponer el dato preciso al bulo interesado no deje de hacerse eco de un supuesto documento en el que el espionaje republicano advertía en noviembre de 1937 al presidente del Consejo, Juan Negrín, de que tres individuos habían partido de Salamanca a París “con orden de asesinar a Chaves Nogales”. ¿Abandona el escritor la España republicana de no muy gallarda manera y los franquistas quieren premiar ese hecho con su asesinato? Y por si eso no fuera poco los espías republicanos avisan a Negrín, que por aquellas fechas debía estar muy preocupado por los riesgos que corría el periodista desertor.

            Algo de deserción tuvo el abandono del periódico del que era director en noviembre de 1936, cuando el gobierno republicano, ante la anunciada inminente caída de la capital, se trasladó a Valencia. Pero él no se quedó en esa ciudad a seguir defendiendo la República, sino que de inmediato se trasladó a un lugar más confortable para seguir desarrollando su exitosa labor periodística, París. Sus fuentes de información sobre la guerra civil, a partir de esa fecha, fueron de segunda mano. El famoso prólogo a los impactantes relatos de A sangre y fuego no es más que un intento de justificación, ante los demás y ante sí mismo, de un comportamiento, si no censurable, no precisamente heroico ni ejemplar. En un artículo de agosto de 1936 criticaba a “los espíritus más simplistas y elementales” que decían que la guerra en España era un enfrentamiento entre el comunismo y el fascismo. Él lo explicaba de otra manera. La lucha era entre una República democrática y unos militares sublevados, una republica “sostenida por el proletariado organizado que, naturalmente, seguirá luchando por sus ideales socialistas, pero dentro ya de una legalidad y un posibilismo que no serán perturbados más que por la utopía de los núcleos anarquista que hay que ir reduciendo, y por los residuos criminales que las revoluciones y las guerras civiles ponen a flote”.

            ¿Mentía en ese momento o cuando explicaba las razones de su marcha en el mitificado prólogo de A sangre y fuego? Más bien parece que en el segundo caso. Chaves Nogales era un notable periodista y un magnífico escritor, pero en cuanto a las exigencias de veracidad en lo que contaba se tomaba libertades más propias del novelista que del periodista. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, se puso al servicio del Ministerio de Exteriores francés para difundir en el extranjero la versión oficial del conflicto. Esas crónicas, que el autor sin duda preferiría olvidar, rescatadas recientemente por Yolanda Morató, fueron rebatidas punto por punto en La agonía de Francia, un libro publicado en 1941 cuando ya trabajaba, de manera oficiosa, para los servicios de prensa del gobierno inglés.

            ¿Un héroe Chaves Nogales? ¿Una figura ejemplar, un santo laico, un periodista independiente que solo buscaba la verdad y que por eso fue perseguido y marginado por los unos y los otros, los fascistas y los republicanos, esto es, “los comunistas”? Nadie que se acerque a él sin prejuicios puede estar de acuerdo con esa afirmación, Era únicamente un buen profesional que tomó, en cada momento, y nadie puede reprochárselo, las decisiones que creyó más convenientes para sí mismo y para su familia.


miércoles, 15 de abril de 2026

Pequeña y gran historia

 

 

Carlos Alberdi
Ortega y Gasset ante Lista
Abada Editores. Madrid, 2026.
 

Recorrer una calle de principio a fin es algo más que recorrer una calle. Si lo hacemos sin prisa, fijándonos en todo lo que nos llama la atención, y en buena compañía, es también un paseo por la historia y la sociología de un país.

Ningún acompañante mejor que Carlos Alberdi, siempre bien informado pero que habla lo justo, que se fija en lo grande y lo pequeño, y que en Ortega y Gasset antes Lista nos propone un paseo por una de las calles del barrio de Salamanca y por dos siglos de historia de Madrid, desde el reinado de Isabel II hasta el reino de taifas que ahora preside otra Isabel, la presidenta de la Comunidad.

            No se mete en política Carlos Alberdi, salvo en la defensa del liberalismo, esa palabra que él toma, no en el sentido actual, sino en el originario, el de las cortes de Cádiz. A fin de cuentas, dos ilustres liberales fueron los que dieron nombre a la calle: el filósofo Ortega y Gasset, desde 1955, y antes, desde 1871, Alberto Lista, al que hoy apenas si se recuerda porque fue el maestro de Espronceda y de la mejor juventud de su tiempo.

            Ortega trajo la República, pero pronto se arrepintió; anduvo brevemente por el exilio antes de volver cabizbajo a la España de Franco, que le perdonó a medias y que quiso honrarle dando su nombre a una de las calles principales de la capital. Se lo dio, pero no del todo: la parada del metro siguió llamándose Lista y ese nombre se mantuvo en parte del barrio. Alberto Lista había sido masón y afrancesado, como recordó poco antes una biografía escrita por un hispanista alemán, y fue en tiempos del rey Amadeo cuando se dio su nombre a una calle. Mejor apropiarse del filósofo ilustre que acababa de fallecer –pensaron las autoridades de entonces-- que seguir honrando a un afrancesado.

            Al comienzo de la calle, hay unos grandes almacenes que ocupan el lugar de un palacio: el palacio de Anglada. Como había sido construido en el siglo XIX, no hubo inconveniente, en la iconoclastia de los años sesenta, en dar permiso para echarlo abajo. A partir de los años ochenta, ya se actuaría de un modo más respetuoso, o más hipócrita, y unos edificios de pisos de alquiler, con la fachada principal hacia la Castellana, en los que vivieron Pedro de Répide o Zenobia Camprubí (“una de las mujeres más modernas del Madrid de los años veinte que se casó con el chico más brillante y difícil de la ciudad”, como nos informa el guía), fueron vaciados por entero para la instalación del Banco de Santander, pero conservaron la fachada.

            Carlos Alberdi nos informa de la novelería, como de novela decimonónica que acompaña al Corte Inglés, con ese hijo que se casa a escondidas de su autoritaria madre y adopta en secreto a las hijas de su mujer, o de cómo la familia fundadora del Santander, los Botín, aunque siga al frente, es solo propietaria de poco más del uno por ciento de las acciones.

            El tramo de la calle Ortega y Gasset entre Serrano y Claudio Coello, está ocupado por tiendas de lujo, comenzando por la neoyorquina y peliculera Tiffany. El autor aprovecha para recordarnos la teoría del economista Thorstein Veblem sobre el gasto ostentoso, que habla de que “buena parte de las decisiones económicas se toman para demostrar poder o por otras equivocadas razones”.

No están muy claras las razones por las que el reloj de pulsera masculino, el reloj tradicional, no el que nos cuenta los pasos o nos mide las pulsaciones, se ha convertido en uno de los objetos de lujo más deseados. Quizá porque, como afirma cierta publicidad, “el reloj sea la única joya que puede lucir sin desdoro un caballero”.

            La arquitectura del siglo XX dejó muestras destacadas en esta calle y Carlos Alberdi nos las va señalando y explicando sus pormenores una a una, también va contando los árboles que hay en una y otra acera. En total, son setecientos cincuenta, lo que no es poco.

            La calle va perdiendo su glamour según avanza y se hace más menestral, aunque nunca demasiado, y más tradicionalmente madrileña. En ella queda el recuerdo de los edificios que se convirtieron en cárceles durante los años de la guerra civil y de la posguerra. Por una de ellas, la de Torrijos, pasó Miguel Hernández.

            Un empresario no menos exitoso ni más escrupuloso que el marqués de Salamanca, fundador del barrio, Juan March, tuvo su residencia, desde los años veinte, en un palacete parte de cuyo jardín da a esta calle. Hoy es sede de la Fundación March, meritoria institución que ha cumplido con creces su papel de santificar una fortuna de origen más bien dudoso.

            La larga calle, que fue creciendo a lo largo de los años, termina en un parque dedicado a Eva Perón, recuerdo agradecido a aquella singular mujer que trajo un poco de alegría a la famélica España de los años cuarenta.

            La historia y la unamuniana intrahistoria se entrecruzan en estas páginas que se leen relajadamente y sin fatiga, como quien da un agradable paseo.

No hay calle –en la gran ciudad o en el más apartado rincón-- que no sea, además de un escenario de la vida actual, un yacimiento arqueológico, un testimonio del tiempo que pasa y que parece esforzarse en ir borrando rápidamente sus huellas, aunque quizás nunca lo consiga del todo.

 

 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

El misterio de la calavera

 

Miguel Barrero
La cabeza de Goya
Xordica. Zaragoza, 2026.

Cuando se exhumaron los restos de Goya, en el cementerio bordelés de La Charteuse, allá por 1888, se descubrió que a su esqueleto le faltaba el cráneo. Tantos años después sigue sin saberse quién lo hizo desaparecer y dónde se conserva, si es que se conserva.

            Con esa historia que podía dar lugar a una narración efectista y truculenta, a la manera de las que escribió Pedro Antonio de Alarcón y que, con el añadido de zombis y vampiros, tanto tirón popular siguen teniendo hoy, Miguel Barrero, que no olvida sus orígenes periodísticos, ha escrito un bien informado reportaje que se lee como una novela de misterio.

            El prólogo, una variante del recurso al manuscrito encontrado (en este caso, un manuscrito olvidado), podía hacernos pensar que Miguel Barrero va a incurrir en el género de la autoficción, popularizado por Javier Cercas y tan mal entendido por Almodóvar en su Amarga navidad, pero el autor tiene la delicadeza de ocupar pocas veces el primer plano. El libro, según nos cuenta, surgió tras una estancia en Burdeos acompañado de Sofía, pero nada más sabemos de esa estancia ni de quién es Sofía. Y cuando nos narra su visita al lugar en que nació y vivió Montaigne lo hace en una discreta tercera persona. aludiéndose a sí mismo como “el viajero”.

            La referencia a Montaigne no solo tiene que ver con el asunto de la calavera, también es una manera de indicarnos el género al que se adscribe el texto, el libérrimo ensayo, que no excluye la erudición, sino a menudo todo lo contrario (pensemos en las citas en latín del propio Montaigne), pero que la pone al servicio de otra cosa muy distinta.

            En La cabeza de Goya, la desaparecida calavera del pintor da a veces la impresión de funcionar como un McGuffin, un poco a la manera del halcón maltés en la novela de Dashiell Hammett y en la película de John Huston. Es solo un pretexto para hablarnos de otros asuntos y de otras vidas que no son la de Goya.

            Pero a Goya se le retrata de minuciosa manera en sus años de exiliado voluntario en Burdeos, acompañado de otros españoles que, o bien habían servido al rey José o estaban relacionados con el trienio liberal. Entre ellos, Moratín, cuya correspondencia con Juan Antonio Melón nos ofrece precisos apuntes de cómo transcurrían los días, no demasiado tranquilos, del anciano Goya en la ciudad francesa.

            Pero hay otras muchas otras vidas que se van entrecruzando, de manera real o figurada, con la del protagonista. La primera es la de Joaquín Pereyra, el cónsul español en Burdeos, que, paseando por La Charteuse, descubrió casualmente el olvidado lugar en que estaba enterrado el pintor. Aparece en el capítulo inicial del libro, el de más empaque literario.

            También aparece en estas páginas un pintor, Dionisio Fierros, nacido en Ballota, muy cerca de Cudillero, en 1827. Miguel Barrero considera que su arte, muy apreciado en su tiempo, carece hoy de interés, pero varios de sus cuadros, como “Un palco en el Teatro de la Ópera”, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Asturias, conservan intacta su capacidad de fascinación. Otra obra de Dionisio Fierros le lleva a formar parte de esa historia. Fue descubierta en 1928 y en su parte posterior aparece la inscripción “Cráneo de Goya pintado por Fierros”.

            Un nieto del pintor, Dionisio Gamallo Fierros, que fue quien rescató buena parte de las páginas olvidadas de Bécquer y sacó a la luz muchos de sus secretos biográficos, publicó en El Español, el semanario fundado por Juan Aparicio, un artículo titulado “¿Robó mi abuelo la calavera de Goya?”. Nos quedamos con ganas de saber más de Gamallo Fierros, a quien Dámaso Alonso, retrató en el prólogo a uno de sus libros: “Valiente Dionisio, con tu carterón tan preñado, que pesa tanto que se te va quedando rezagado siempre, como un niño gordo que llevaras de la mano y se te cansara de andar, dejándote atrás, casi perdido”.

            Otro capítulo, que nos sabe a poco, se dedica a la frenología y a Mariano Cubí y Soler, su máximo divulgador en España. La desaparición del cráneo de Goya quizá tuvo que ver con esos estudios que pretendían descubrir los rasgos del genio y de la locura en la forma de la cabeza.

            El que el segundo cuadro que Fierros dedicó a una calavera –esta vez vista por atrás-- se encuentre depositado en el museo de la Casa Natal de Jovellanos le sirve a Barrero para hablarnos de este ilustrado y de los dos retratos suyos firmados por Goya, cada uno representativo de un momento de su trayectoria vital. A Jovellanos, “según una tradición nunca confirmada”, se le atribuye, en su lecho de muerte, la frase con la que Miguel Barrero quiere trascender la historia de la calavera perdida: “¡Nación sin cabeza!”

            Hay algún lapsus disculpable y fácilmente subsanable en tantos detalles precisos: el Gran Teatro de Burdeos, que tanto le gustaba frecuentar a Moratín, no pudo inaugurarse en 1890 (fue en 1780), y a los exiliados españoles no los vigilaba la policía francesa por antimonárquicos (pronto defenderían a la reina regente y a su hija, la futura Isabel II), sino por liberales, por partidarios de una monarquía constitucional.

            Pero se trata de reparos menores, muy menores, a un libro que podría ser una novela, pero que, afortunadamente, no es una novela, ese género cuya importancia comercial, como parte de la industria del entretenimiento, suele confundirse con su importancia cultural.


jueves, 2 de abril de 2026

No hay creación sin crítica

 

Javier Salvago
La vejez del poeta
Renacimiento. Sevilla, 2026.

Un libro puede ser ilustrativo tanto por sus errores como por sus aciertos. Javier Salvago destacó entre los poetas de los ochenta por su recuperación de la métrica clásica unida a un tono conversacional en el que no faltaba el recurso al humor (La destrucción o el humor se tituló precisamente la obra que le dio a conocer) junto a los homenajes a otros autores.

En La vejez del poeta predominan las estrofas clásicas, especialmente las de arte menor, y ocupan un lugar muy destacado, como en sus primeras obras y en otros poetas de los ochenta (pensemos en Carlos Marzal), las referencias a Manuel Machado.

“Variaciones sobre un poema de Manuel Machado” se titulaba un poema incluido en su libro En la perfecta edad, de 1982. Escrito en los característicos pareados alejandrinos de los autorretratos de Machado comenzaba citando uno de ellos, “Prólogo. Epílogo” de El mal poema: “El médico me manda no escribir más. Renuncio, / pues, a ser un Verlaine, un Musset, un D’Annunzio”.

            “Cuarenta años más tarde” reescribe el poema propio que ya reescribía un poema ajeno: “El médico me manda –de nuevo, como antaño-- / no escribir más. O, al menos, que entierre el desengaño”.

            Otro poema lleva un título de Gil de Biedma, “Canción para ese día”, y un subtítulo explicativo: “Variaciones sobre unos hai-kais de Manuel Machado”. También se parafrasea a Bécquer y se cita, sin citarlo, a Francisco Brines: “a debida distancia/ cualquier vida / es de pena”. Pero todo da la impresión de hacerse mecánicamente, gratuitamente, sin aparente necesidad.

            La Inteligencia Artificial, a la hora de redactar poemas, no parece alejarse mucho de la Inteligencia Natural de ciertos poetas: encadena y entremezcla referencias de textos anteriores, se deja llevar por la rima. Comete errores (los versos no suelen llevar los acentos en el lugar adecuado), pero no ciertos errores, como los que encontramos en “Consejos para ti mismo”. Se trata de un romance en versos heptasílabos al que de pronto le falla una de las rimas: “Que no sea un adorno / vano la poesía, / sino respiración, / naturaleza viva. / Escucharte a ti mismo / mucho más que a las musas. / Conversar con el hombre / que dentro de ti habita”. La Inteligencia Artificial no escribiría “musas”, sino acaso “misas” y entonces el usuario corregiría por “prisas” y así quizá mejoraría el poema: “Escucharte a ti mismo, / mucho más que a las prisas”.

            El consejo más importante que se da a sí mismo Javier Salvago en ese poema es “no escribir tonterías”. Yo lo completaría: y, si se escriben, al menos no publicarlas o hacerlo solo en alguna red social sin recopilarlas en libro.

            La vejez del poeta echa la vista atrás “desde la última vuelta del camino”, para decirlo con el título que Baroja dio a sus memorias. La décima inicial comienza: “No digo yo que esté mal hecho / el mundo ni que la vida / no merezca ser vivida”, pero conduce “a la muerte, / a la nada y al olvido”. Esa visión negativa de la muerte se contradice en otros textos: “¿Vivir eternamente? / La vida se soporta / porque existe la muerte”.

            Uno de los pocos poemas que justifican el libro es el soneto “Al final del túnel”, que utiliza la técnica del engaño-desengaño formulada por Bousoño, y que acaba identificando “La luz. La trascendencia. La belleza” con “la nada”. Con un tono muy distinto, otro de los poemas que se salvan es “Zombi, mi gato negro”, en el que parece haber seguido el consejo que le da “el médico” (el psicólogo, más bien) en “Cuarenta años más tarde”: “Que haga como hacen tantos admirables colegas / que hasta lo más humilde y simple lo celebran”.

            En el poema que da título al conjunto, se lamenta de “acabar viejo y cansado” tras dejar “una obra / gratis, a costa de tu tiempo, / de tu dinero y tu energía”. El lector sonríe ante tanta ingenuidad: si la poesía no produce, por lo general, dinero no es porque los poetas generosamente la regalen, sino porque sus libros se venden poco y nadie paga por acudir a sus recitales.

            Un libro de poemas es algo más que una recopilación de poemas mejor o peor redactados, de ejercicios más o menos ingeniosos. El ingenio no lo ha perdido del todo Salvago ni la habilidad retórica, como demuestran sus sonetillos trisílabos, “La poesía” y “La vida” (tan manuelmachadianos, una vez más). Pero qué sentido tiene, salvo para practicar ortografía, un poemita como el titulado (con eco de Aleixandre) “Sombras del paraíso”: “Cuánto / dolor / hay / ahí. / Ay, / infancia”. Y tantos otros, meros desahogos o compendio de obviedades , como el “Rap de la guerra”.

            Escribir versos dejándose llevar por el metro, apuntar ocurrencias, aprovechar (sin pagar derechos, como se reprocha a la Inteligencia Artificial) textos ajenos es solo la fase previa, muy previa, de un libro de poemas. El trabajo, el verdadero trabajo literario, empieza después.

Un desganado Javier Salvago parece haber renunciado a hacer ese trabajo. Y no ha habido ningún editor (en el sentido inglés del término) que le haya ayudado en esa imprescindible labor que, cuando el poeta es joven, suele cumplir un amigo, poeta o no, pero excelente y atento lector (en su caso, fue Fernando Ortiz). Sin crítica y autocrítica no hay creación, salvo “por casualidad”, como en la fabulilla de Iriarte.