martes, 21 de abril de 2026

La verdad sobre Chaves Nogales

Juan Carlos Mateos
Manuel Chaves Nogales, la construcción de un mito
Espuela de plata. Sevilla, 2026.

La recuperación de Manuel Chaves Nogales en los últimos años es un caso insólito en la literatura española, y quizá en cualquier literatura. Fue uno de los más conocidos periodistas antes de la guerra civil y el que con más acierto supo recoger en libros la labor dispersa, o más bien anticipada, en diarios y semanarios. A la crónica y a la biografía de personajes famosos, como el torero Juan Belmonte, le añadió los recursos de la ficción y consiguió así obras que todavía se siguen leyendo con el mismo interés que cuando fueron publicadas. Tras su temprana muerte, en 1944, pareció desaparecer por el escotillón del olvido, como le ocurre a la mayor parte de los periodistas un tiempo famosos. Contribuyó a ello el que los dos libros que publicó después de 1936 aparecieron en América y apenas tuvieron repercusión. Conviene señalar, sin embargo, que ese olvido nunca fue total: su Juan Belmonte, matador de toros se siguió reeditando en edición de bolsillo y nunca dejó de tener admiradores.

            A diferencia de otros casos, como el de Max Aub o Ramón J. Sender, el rescate de Chaves Nogales no fue una moda pasajera. Mientras que Aub, Sender o tantos exiliados son ya figuras de la historia literaria más que de la actualidad, Chaves Nogales sigue siendo un éxito seguro para cualquier editorial y quienes se dedican a investigar su vida y recuperar su obra dispersa protagonizan a menudo ásperas polémicas.

            El éxito actual de Chaves Nogales comenzó con el descubrimiento de un libro, A sangre y fuego, publicado en 1937, por parte del editor y librero de viejo, además de poeta, Abelardo Linares. Siguió con una errónea lectura del prólogo a ese libro, llevada a cabo, con el apasionamiento que le caracteriza, por Andrés Trapiello, que encontró en él los mejores argumentos para justificar su deriva revisionista sobre la república y la guerra civil. Los impactantes relatos de A sangre y fuego no eran crónicas periodísticas, sino ficción basada en hechos reales. De la misma manera, el prólogo tenía mucho de autoficción. Pero la errónea lectura que de él hizo Trapiello fue seguida prácticamente por todos los que desde entonces se ocuparon de Chaves Nogales, no solo por los intelectuales que como él renegaban del progresismo de su juventud (Azúa, Savater, Juaristi): También para destacadas figuras de la izquierda, Chaves Nogales quedó entronizado como el héroe y mártir de la tercera España, de la que en la guerra civil estuvo contra los dos bandos porque nunca quiso ser comunista ni fascista, porque no utilizaba la barbarie de los unos para justificar las de los otros.

            Juan Carlos Mateos, tras rescatar en el libro Junto al pueblo en armas, los editoriales de Chaves Nogales en el diario Ahora cuando estuvo bajo su dirección, nos ofrece en La construcción de un mito muy precisas evidencias documentales que pueden volver del revés la imagen hoy generalizada del escritor, aunque no parece que vayan a conseguirlo, tanto por insuficiencias metodológicas como porque los mitos, una vez asentados, son capaces de resistir cualquier argumentación racional que los ponga en duda.

            Los aportes documentales de Juan Carlos Mateos, fundamentalmente las actas del Consejo Obrero a cargo del periódico tras ser incautado a su propietario, Luis Montiel, van acompañados de continuas salidas de tono, más propias del panfleto, y de confusas o prescindibles minucias sobre el periodismo y los periodistas de la época que dificultan la lectura y distraen de lo esencial.

            El erudito que parece atragantarse con su mucha información (dedicó su tesis doctoral, de 1996, a la prensa diaria en Madrid durante la guerra en Madrid y ha seguido fatigando archivos), se deja llevar demasiado a menudo por los malos modos del peor periodismo. Andrés Trapiello, en una cita de la que por cierto no se indica la procedencia, “da rienda suelta a su acrisolada verborrea”. Claro que peor parada sale María Isabel Cintas Guillén, la primera editora y biógrafa de Chaves Nogales, sobre la que ironiza: “Comprendo que, para una catedrática de lengua y literatura, analizar morfológicamente una frase con sujeto, verbo y predicado, es una tarea irresoluble”.

            Sorprende, por otra parte, que un estudioso que hace gala de contraponer el dato preciso al bulo interesado no deje de hacerse eco de un supuesto documento en el que el espionaje republicano advertía en noviembre de 1937 al presidente del Consejo, Juan Negrín, de que tres individuos habían partido de Salamanca a París “con orden de asesinar a Chaves Nogales”. ¿Abandona el escritor la España republicana de no muy gallarda manera y los franquistas quieren premiar ese hecho con su asesinato? Y por si eso no fuera poco los espías republicanos avisan a Negrín, que por aquellas fechas debía estar muy preocupado por los riesgos que corría el periodista desertor.

            Algo de deserción tuvo el abandono del periódico del que era director en noviembre de 1936, cuando el gobierno republicano, ante la anunciada inminente caída de la capital, se trasladó a Valencia. Pero él no se quedó en esa ciudad a seguir defendiendo la República, sino que de inmediato se trasladó a un lugar más confortable para seguir desarrollando su exitosa labor periodística, París. Sus fuentes de información sobre la guerra civil, a partir de esa fecha, fueron de segunda mano. El famoso prólogo a los impactantes relatos de A sangre y fuego no es más que un intento de justificación, ante los demás y ante sí mismo, de un comportamiento, si no censurable, no precisamente heroico ni ejemplar. En un artículo de agosto de 1936 criticaba a “los espíritus más simplistas y elementales” que decían que la guerra en España era un enfrentamiento entre el comunismo y el fascismo. Él lo explicaba de otra manera. La lucha era entre una República democrática y unos militares sublevados, una republica “sostenida por el proletariado organizado que, naturalmente, seguirá luchando por sus ideales socialistas, pero dentro ya de una legalidad y un posibilismo que no serán perturbados más que por la utopía de los núcleos anarquista que hay que ir reduciendo, y por los residuos criminales que las revoluciones y las guerras civiles ponen a flote”.

            ¿Mentía en ese momento o cuando explicaba las razones de su marcha en el mitificado prólogo de A sangre y fuego? Más bien parece que en el segundo caso. Chaves Nogales era un notable periodista y un magnífico escritor, pero en cuanto a las exigencias de veracidad en lo que contaba se tomaba libertades más propias del novelista que del periodista. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, se puso al servicio del Ministerio de Exteriores francés para difundir en el extranjero la versión oficial del conflicto. Esas crónicas, que el autor sin duda preferiría olvidar, rescatadas recientemente por Yolanda Morató, fueron rebatidas punto por punto en La agonía de Francia, un libro publicado en 1941 cuando ya trabajaba, de manera oficiosa, para los servicios de prensa del gobierno inglés.

            ¿Un héroe Chaves Nogales? ¿Una figura ejemplar, un santo laico, un periodista independiente que solo buscaba la verdad y que por eso fue perseguido y marginado por los unos y los otros, los fascistas y los republicanos, esto es, “los comunistas”? Nadie que se acerque a él sin prejuicios puede estar de acuerdo con esa afirmación, Era únicamente un buen profesional que tomó, en cada momento, y nadie puede reprochárselo, las decisiones que creyó más convenientes para sí mismo y para su familia.

             

No hay comentarios:

Publicar un comentario