Juan Carlos Mateos
Manuel Chaves Nogales, la
construcción de un mito
Espuela de plata. Sevilla, 2026.
La
recuperación de Manuel Chaves Nogales en los últimos años es un caso insólito
en la literatura española, y quizá en cualquier literatura. Fue uno de los más
conocidos periodistas antes de la guerra civil y el que con más acierto supo
recoger en libros la labor dispersa, o más bien anticipada, en diarios y
semanarios. A la crónica y a la biografía de personajes famosos, como el torero
Juan Belmonte, le añadió los recursos de la ficción y consiguió así obras que
todavía se siguen leyendo con el mismo interés que cuando fueron publicadas.
Tras su temprana muerte, en 1944, pareció desaparecer por el escotillón del
olvido, como le ocurre a la mayor parte de los periodistas un tiempo famosos.
Contribuyó a ello el que los dos libros que publicó después de 1936 aparecieron
en América y apenas tuvieron repercusión. Conviene señalar, sin embargo, que
ese olvido nunca fue total: su Juan Belmonte, matador de toros se siguió
reeditando en edición de bolsillo y nunca dejó de tener admiradores.
A diferencia de otros casos, como el
de Max Aub o Ramón J. Sender, el rescate de Chaves Nogales no fue una moda
pasajera. Mientras que Aub, Sender o tantos exiliados son ya figuras de la
historia literaria más que de la actualidad, Chaves Nogales sigue siendo un
éxito seguro para cualquier editorial y quienes se dedican a investigar su vida
y recuperar su obra dispersa protagonizan a menudo ásperas polémicas.
El éxito actual de Chaves Nogales
comenzó con el descubrimiento de un libro, A sangre y fuego, publicado
en 1937, por parte del editor y librero de viejo, además de poeta, Abelardo
Linares. Siguió con una errónea lectura del prólogo a ese libro, llevada a
cabo, con el apasionamiento que le caracteriza, por Andrés Trapiello, que encontró
en él los mejores argumentos para justificar su deriva revisionista sobre la
república y la guerra civil. Los impactantes relatos de A sangre y fuego no
eran crónicas periodísticas, sino ficción basada en hechos reales. De la misma
manera, el prólogo tenía mucho de autoficción. Pero la errónea lectura que de
él hizo Trapiello fue seguida prácticamente por todos los que desde entonces se
ocuparon de Chaves Nogales, no solo por los intelectuales que como él renegaban
del progresismo de su juventud (Azúa, Savater, Juaristi): También para
destacadas figuras de la izquierda, Chaves Nogales quedó entronizado como el
héroe y mártir de la tercera España, de la que en la guerra civil estuvo contra
los dos bandos porque nunca quiso ser comunista ni fascista, porque no
utilizaba la barbarie de los unos para justificar las de los otros.
Juan Carlos Mateos, tras rescatar en
el libro Junto al pueblo en armas, los editoriales de Chaves Nogales en
el diario Ahora cuando estuvo bajo su dirección, nos ofrece en La
construcción de un mito muy precisas evidencias documentales que pueden
volver del revés la imagen hoy generalizada del escritor, aunque no parece que
vayan a conseguirlo, tanto por insuficiencias metodológicas como porque los
mitos, una vez asentados, son capaces de resistir cualquier argumentación racional
que los ponga en duda.
Los aportes documentales de Juan
Carlos Mateos, fundamentalmente las actas del Consejo Obrero a cargo del
periódico tras ser incautado a su propietario, Luis Montiel, van acompañados de
continuas salidas de tono, más propias del panfleto, y de confusas o
prescindibles minucias sobre el periodismo y los periodistas de la época que
dificultan la lectura y distraen de lo esencial.
El erudito que parece atragantarse
con su mucha información (dedicó su tesis doctoral, de 1996, a la prensa diaria
en Madrid durante la guerra en Madrid y ha seguido fatigando archivos), se deja
llevar demasiado a menudo por los malos modos del peor periodismo. Andrés
Trapiello, en una cita de la que por cierto no se indica la procedencia, “da
rienda suelta a su acrisolada verborrea”. Claro que peor parada sale María
Isabel Cintas Guillén, la primera editora y biógrafa de Chaves Nogales, sobre
la que ironiza: “Comprendo que, para una catedrática de lengua y literatura,
analizar morfológicamente una frase con sujeto, verbo y predicado, es una tarea
irresoluble”.
Sorprende, por otra parte, que un
estudioso que hace gala de contraponer el dato preciso al bulo interesado no
deje de hacerse eco de un supuesto documento en el que el espionaje republicano
advertía en noviembre de 1937 al presidente del Consejo, Juan Negrín, de que
tres individuos habían partido de Salamanca a París “con orden de asesinar a
Chaves Nogales”. ¿Abandona el escritor la España republicana de no muy gallarda
manera y los franquistas quieren premiar ese hecho con su asesinato? Y por si
eso no fuera poco los espías republicanos avisan a Negrín, que por aquellas
fechas debía estar muy preocupado por los riesgos que corría el periodista
desertor.
Algo de deserción tuvo el abandono
del periódico del que era director en noviembre de 1936, cuando el gobierno
republicano, ante la anunciada inminente caída de la capital, se trasladó a
Valencia. Pero él no se quedó en esa ciudad a seguir defendiendo la República,
sino que de inmediato se trasladó a un lugar más confortable para seguir
desarrollando su exitosa labor periodística, París. Sus fuentes de información
sobre la guerra civil, a partir de esa fecha, fueron de segunda mano. El famoso
prólogo a los impactantes relatos de A sangre y fuego no es más que un
intento de justificación, ante los demás y ante sí mismo, de un comportamiento,
si no censurable, no precisamente heroico ni ejemplar. En un artículo de agosto
de 1936 criticaba a “los espíritus más simplistas y elementales” que decían que
la guerra en España era un enfrentamiento entre el comunismo y el fascismo. Él
lo explicaba de otra manera. La lucha era entre una República democrática y
unos militares sublevados, una republica “sostenida por el proletariado
organizado que, naturalmente, seguirá luchando por sus ideales socialistas,
pero dentro ya de una legalidad y un posibilismo que no serán perturbados más
que por la utopía de los núcleos anarquista que hay que ir reduciendo, y por
los residuos criminales que las revoluciones y las guerras civiles ponen a
flote”.
¿Mentía en ese momento o cuando
explicaba las razones de su marcha en el mitificado prólogo de A sangre y
fuego? Más bien parece que en el segundo caso. Chaves Nogales era un
notable periodista y un magnífico escritor, pero en cuanto a las exigencias de
veracidad en lo que contaba se tomaba libertades más propias del novelista que
del periodista. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, se puso al servicio
del Ministerio de Exteriores francés para difundir en el extranjero la versión
oficial del conflicto. Esas crónicas, que el autor sin duda preferiría olvidar,
rescatadas recientemente por Yolanda Morató, fueron rebatidas punto por punto
en La agonía de Francia, un libro publicado en 1941 cuando ya trabajaba,
de manera oficiosa, para los servicios de prensa del gobierno inglés.
¿Un héroe Chaves Nogales? ¿Una
figura ejemplar, un santo laico, un periodista independiente que solo buscaba
la verdad y que por eso fue perseguido y marginado por los unos y los otros,
los fascistas y los republicanos, esto es, “los comunistas”? Nadie que se
acerque a él sin prejuicios puede estar de acuerdo con esa afirmación, Era
únicamente un buen profesional que tomó, en cada momento, y nadie puede
reprochárselo, las decisiones que creyó más convenientes para sí mismo y para
su familia.

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