José Emilio Pacheco
Antología poética
Selección e introducción de Andrés
Catalán
Alianza Editorial. Madrid, 2026.
No se
acercan de la misma manera a un poeta el estudioso, el historiador de la
literatura, el profesor, el lector. José Emilio Pacheco (1939-2014), uno de los
nombres fundamentales de la literatura mexicana contemporánea, cultivó todos
los géneros literarios y destacó también en la crítica, en la crónica y en la
traducción. Se le considera, sin embargo, ante todo poeta, no por el habitual
reduccionismo, sino porque es un puñado de poemas suyos la parte de su obra que
mejor resiste el paso del tiempo, una de sus obsesiones. Junto a Octavio Paz, se
trata del poeta mexicano más conocido y editado en España, y sigue seduciendo
sin necesidad de intermediarios críticos.
Se
publica ahora una nueva antología suya a cargo de Andrés Catalán, quien ha
utilizado para prepararla un doble criterio. El primero está pensado para el
lector común y no puede ser más acertado: “he elegido los poemas que desde el
momento presente me ha parecido que aguantaban más el paso del tiempo, aquellos
en los que el tema resonaba con la actualidad (en algunos casos, haciendo que
uno, al leerlos, no pueda evitar un arrebato de pesimismo ante el devenir del
mundo) o aquellos en los que la nota de humor seguía sonando tan fresca como
hace cincuenta años”.
El
segundo criterio se contradice con el primero: “he tratado de presentar la
diversidad de formas, temas y registros que el autor abordó” y por ello incluye
“los ciclos de poemas extensos en lugar de escoger fragmentos significativos de
los mismos”.
La inserción de un autor en la
historia de la literatura, las etapas de su obra, los antecedentes, las
influencias, el análisis métrico y los recursos literarios le importan poco al borgiano
lector hedónico, que es aquel para quien se escriben en primer lugar los
poemas. No es probable que ese lector se detenga en los poemas más extensos: el
temáticamente conmovedor “Las ruinas de México”, sobre el terremoto de 1985, o
el alegórico “Jardín de niños”, pero seguro que se le queda para siempre en la
memoria, si es que aún no lo conoce, “Antiguos compañeros se reúnen”, que circula
casi como un proverbio: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los
veinte años”. Y es difícil que no recuerde ciertos debates actuales ante la
impactante evocación de “Becerrillo”, un olvidado héroe de la conquista: “Y
Cristóbal Colón también lanzó / contra los indios de Santo Domingo / disparos
de metralla, una jauría / de perros antropófagos. Entre sus fauces, / murieron
centenares. Ya la historia / olvidó el episodio, Pocos saben / que la avanzada
civilizadores / tuvo su héroe, un dogo: Becerrillo. / Colón le dio la paga de
dos soldados”.
En la fábula y la sátira, dos
géneros muy dieciochescos, sobresale José Emilio Pacheco. Sus fábulas tienen
moraleja, pero, como en el caso de Ángel González –un poeta con el que tiene
bastante en común--, una moraleja bastante menos edulcorada y moralizante que
las de la tradición escolar.
En
“Los mares del sur” nos describe un idílico lugar anterior a la invasión
turística, “aún sin Hilton ni Sheraton”, en el que contempla “cómo salen / del
cascarón las tortuguitas”. Es el paraíso natural, pero un paraíso que solo dura
un instante: “Llegan las aves, bajan en picada / y hacen vuelos rasantes y se
elevan / con la presa en el pico: las tortugas / recién nacidas. Ya no son
gaviotas. / es la Lufwaffe sobre Varsovia. / Con qué angustia se arrastran
hacia la orilla, / víctimas sin más culpa que haber nacido. / Diez entre mil
alcanzarán la orilla, / Las demás serán devoradas”.
Y a continuación la moraleja: “Que
otros llamen a esto selección natural, / equilibrio de las especies. / Para mí
es el horror del mundo”.
Las arañas, los grillos, las
babosas, los cerdos son protagonistas de muchos de los poemas de José Emilio
Pacheco. Su mirada es la contraria de lo habitual. Elogia al cerdo o a la
babosa, no al ser humano, y le da la vuelta al símbolo del búho, que deja de
representar a la sabiduría: “El ojo inmóvil, / pez de tierra firme, / encendido
de noche en su fijeza. / Las garras que se adentran en la carne, / el pico
curvo para el desgarramiento… / ¿De cuál sabiduría puede ser símbolo / sino de
la rapiña, el crimen, el desprecio: / todo lo que ha hecho tu venerada gloria,
/ Occidente”.
Poeta realista, poeta social José
Emilio Pacheco (“Tenemos una sola que describir: / este mundo”), no le teme al
prosaísmo, quizá excesivo para algunos lectores. En “A quien pueda interesar”
defiende esa poética: “Otros hagan aún el gran poema, / los libros unitarios,
las rotundas / obras que sean espejo de armonía. / A mí solo me importa el
testimonio / del momento inasible, las palabras / que dicta en su fluir el
tiempo en vuelo. / La poesía anhelada es como un diario / en donde no hay
proyecto ni medida”.
Pero el testimonio de un tiempo
sombrío (leamos su “Manuscrito de Tlatelolco”, tantas invectivas contra el
siglo XX) no caracteriza a toda su obra. Hay también un gusto por la greguería
(“La ceniza es el humo que se deja tocar”), por la metáfora sorprendente que
nos permite mirar el mundo con otros ojos, incluso por el brillo estilístico
que no desdeña la herencia modernista. Y hay un continuo ejercicio de
inteligencia, de darle la vuelta al tópico, de no considerar ningún tema menor
o demasiado prosaico. Nadie como él ha sabido reflejar en sus versos “el
tremendismo de la realidad, / su incurable tendencia / al melodrama y al
absurdo”, como nos dice en un poema titulado precisamente "Literatura y realidad".
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