martes, 30 de junio de 2026

Una historia coral

 

Fernando Hernández Sánchez
Pistolero, ministro, espía, hereje.
Las muchas vidas de Jesús Hernández (1907-1971)
Hoja de Lata. Gijón, 2026.
 

Tras la guerra civil, entre los comunistas españoles hubo muchos militantes heroicamente ejemplares, pero ningún dirigente que no resultara ser un fiel lacayo de Moscú, que era quien financiaba sus privilegios, dentro o fuera de la Unión Soviética.

Jesús Hernández, ministro de Instrucción Pública durante el gobierno de Largo Caballero, borrado luego de la memoria colectiva, no constituye una excepción. Fue uno de los encargados de organizar el exilio republicano a una Rusia que muchos fieles consideraban el paraíso de los trabajadores, pero que para la mayoría pronto se convirtió en todo lo contrario. Tras la muerte de José Díaz, aspiró a ocupar la jefatura del partido comunista. La jugada le salió mal, aunque no del todo, ya que fue enviado a México, supuestamente a arreglar los problemas de organización del partido en aquel país, pero en realidad para ayudar, como agente del NKVD, los servicios secretos soviéticos, a la liberación del asesino de Trosky, cuyo verdadero nombre, Ramón Mercader, todavía se mantenía en secreto.

            Los informes de Hernández a Moscú pusieron de relieve múltiples deficiencias en la delegación mexicana, dirigida por Antonio Mije y Vicente Uribe, especialmente las referidas a las cuestiones de seguridad. En una de sus comunicaciones, informó de lo siguiente: “No es aventurado asegurar que la policía mexicana y norteamericana conocen todos los hilos de nuestro aparato ilegal. En los domicilios de Mije y Uribe se establecen todos los contactos. Diariamente despachan con ellos todos los enlaces del aparato ilegal. Muestra de la irresponsabilidad con que trabaja nuestro aparato la da el siguiente hecho: en la calle de Amsterdam, número 124, cuando se pregunta a la portera por el señor Ponce, la portera responde: El señor Ponce ha marchado esta semana para España enviado por el Partido Comunista en misión secreta”.

            Pero la jugada le salió mal, como ya dije, y acabaría expulsado de la organización. Se le acusó “de organizar una plataforma fraccional cegado por la ambición, de dirigir una campaña de desprestigio contra Dolores Ibarruri y de atacar a la URSS por denunciar la supuesta situación de miseria de los refugiados españoles”. Tuvo que pasar por las acostumbradas sesiones de autocrítica y, como era habitual en los procesos inquisitoriales semejantes, acabó dando la razón a sus acusadores: reconoció las críticas como “totalmente justas” y movidas solo “por el decidido propósito de ayudarme a corregir mis graves errores, para que pueda, mediante el trabajo y corrección de mi conducta, situarme a la altura de un verdadero militante comunista”.

            De nada le valieron sus golpes de pecho: fue expulsado, aunque no ejecutado como podría haber ocurrido de seguir en la Unión Soviética. Siguió, sin embargo, siendo comunista, no se convirtió en feroz anticomunista de toda la vida como tantos comunistas de toda la vida cuando dejaron de serlo.

            Comunista primero sin partido, luego creó su propio partido para acabar cobijado, como antes bajo el de Stalin, bajo el paraguas de Tito. Pero cometió el error de dejar que se confundiera su libro de denuncia de los crímenes comunistas, Yo fui ministro de Stalin, con los de Castro Delgado y Valentín González, tan jaleados por la CIA y la dictadura franquista.

            Jesús Hernández había nacido en Murcia en 1907. Sus padres emigraron a Bilbao cuando él tenía tres años. Comenzó a trabajar a los seis, solo fue a la escuela unos meses, militó en organizaciones obreras casi desde la infancia, su activismo político no rechazaba la violencia, la dictadura de Primo de Rivera le llevó a la cárcel, de la que salió a los veinte años, fue uno de los fundadores del partido comunista, muy minoritario antes de la guerra civil y que tras la sublevación militar se convirtió en el más firme sostén de la república.

Que un niño que no había podido ir a la escuela se convirtiera, a los treinta años, en ministro de Instrucción Pública, y no fuera un mal ministro, tiene tanto de paradoja como de un acto de justicia histórica. Luego él mismo contribuiría a devaluar su actuación al declarar, desde el mismo título de su libro de converso que no fue ministro de Largo Caballero, sino de Stalin, contribuyendo así a la propaganda antirrepublicana.

Fernando Hernández Sánchez comenzó a estudiar al personaje hace veinte años y parece saberlo todo sobre la historia del partido comunista español, pero no nos deja un perfil claro del “pistolero, ministro, espía, hereje”, un retrato moral. ¿Era un idealista, un creyente en la capacidad del marxismo para transformar la sociedad o solo un oportunista? A Antonio Mije le acusó de vivir espléndidamente “en un país como México, en el que la miseria atenaza a la masa general del pueblo, y en la que los emigrados españoles se ganan la vida en los trabajos más duros”, pero algo muy similar dijo de él Ignacio Gallego: “La casa de Jesús Hernández ha sido durante un largo período de tiempo un cafetín rico donde la gente encontraba de todo: café, coñac, cigarrillos ingleses, precisamente en una situación en una situación en la que toda la emigración y el pueblo soviético sufría las dificultades de la guerra”.

Más que las polémicas, presuntamente políticas, pero que a menudo dejan entrever otros intereses, interesan las mil y una anécdotas noveleras, la mayoría de ellas solo apuntadas por el autor, como esa incursión en territorio español de Valentín González, el Campesino, para rodar un documental biográfico, incursión en la que, “al parecer, resultaron muertos dos guardias civiles” según indica Fernando Hernández Sánchez con una imprecisión que no parece propia de tan minucioso historiador.


 

martes, 23 de junio de 2026

Las sombras recobradas

 

Enrique Andrés Ruiz
Mister Ángel del Río
Periférica. Cáceres, 2026.

Enrique Andrés Ruiz, poeta, ensayista y narrador con prosa de poeta, nos cuenta en Mister Ángel del Río la historia de un profesor de la Universidad de Columbia, figura central en el hispanismo norteamericano durante la primera mitad del siglo XX, Ángel del Río, hoy un tanto olvidado. Paradójicamente a su mujer, la portorriqueña Amelia Agostini, se la recuerda con más frecuencia. “A veces me llaman con mucho interés por ella y sus libros –recuerda Carmen de Piniés--. A su lado mi abuelo, el profesor ilustre, el gran estudioso, ¡se ha convertido en nada!”

Para sacarle de esa nada, escribe Andrés Ruiz, Pero a pesar de que en la cubierta aparezca junto a Federico García Lorca –fue uno de sus anfitriones durante el viaje a Nueva York--, no parece en principio que el personaje merezca demasiada atención. El subtítulo, “Novela de los nombres”, nos indica que el autor no pretende hacer un trabajo académico ni limitarse a novelar la vida de un aplicado estudioso de la literatura española. La erudición y el trabajo académico caducan antes, bastante antes, que la creación literaria.

            Muchos otros nombres, unos todavía famosos --incluso hace un cameo Marylin Monroe—, otros que lo fueron y han dejado de serlo o que nunca lo han sido, acompañan al de Ángel del Río en este libro fascinante, bien documentado y escrito con “calidad de página”, como se decía en tiempos de Ortega.

Sorprende que falte uno: el de Luis Cernuda. Coincidieron en Middlebury durante el verano del 48, el único en que Cernuda fue invitado a esa prestigiosa escuela de verano por la que pasó la plana mayor del exilio intelectual republicano a la que Pedro Salinas comparó con la Universidad Internacional de Santander. Ese mismo año, Ángel del Río publica una Historia de la literatura española que llega hasta la generación del 27 y en la que dedica unas líneas a Cernuda que avivaron la herida que al poeta le había causado la desatención hacia su primer libro al insistir en su dependencia con Jorge Guillén (a Cernuda, por cierto, le invitaron ese año porque Guillén no pudo asistir en el último momento). La irritación le llevó a escribir “El crítico, el amigo y el poeta”, un “diálogo ejemplar” –así lo denomina-- incluido en su libro Poesía y literatura. En él cuenta la visita de “A. del Arroyo” a un amigo de Cernuda para pedirle información sobre el primer libro del poeta. Después de las minuciosas aclaraciones sobre por qué Perfil del aire no pudo estar influido por Guillén, lo que A. del Río o del Arroyo escribe en su manual es que se trata de “un cantor intelectual, grandemente influido por Guillén”, y la conclusión de Cernuda: “no hay peor analfabeto que el analfabeto letrado”. Por esa resentida caricatura se le recordará quizá más a Ángel del Rio que por sus muchos méritos intelectuales.

            Ángel del Río nació en Soria, en 1901, y con una evocación de la Soria de entonces, a la que en 1907 llegó Antonio Machado, comienza este libro. Hay otras ciudades bellamente evocadas, pero la que ocupa más páginas es Nueva York, una Nueva York en la que en los años veinte lo español se puso de moda, gracias en buena parte a Federico de Onís, el catedrático que abrió las puertas de la Universidad de Columbia a Ángel del Río.

            Que no fue, por cierto, un personaje de una pieza. A partir de un artículo de la profesora Sandra Pujals, “El popucchik español: un episodio secreto en la vida de Ángel del Río”, nos cuenta su activismo juvenil revolucionario (fue uno de los fundadores del Partido Comunista en Puerto Rico), del que luego supo borrar con habilidad cualquier rastro. Al contrario que otros de sus amigos, como Gustavo Durán, ni siquiera fue molestado por el Comité de Actividades Norteamericanas en los tiempos del macartismo. Bien es cierto que para entonces era uno de los más activos participantes en las actividades del Congreso para la Libertad de la Cultura, financiado por la CIA.

            Entre las muchas historias memorables que se nos cuentan en este libro, la más novelera es quizá la del pintor Luis Quintanilla y la más conmovedora la del poeta Bernabé Herrero. Pero hay más, muchas más: se nos vuelven a contar, a ratos con desmitificadora ironía, las andanzas de Lorca en Nueva York, y con emoción y verdad las de Machado en Soria, en cuyo cementerio del Espino, donde está enterrada Leonor y varios familiares de Ángel del Río e incluso del propio autor del libro, también soriano, comienza este intento de hacer volver a la vida a quienes ya solo son un nombre en una lápida o en una página.

            En Mister Ángel de Río, no se conforma su autor con convertir la historia y la intrahistoria de buena parte del siglo XX en literatura, en excelente literatura, sino que quiere también hacer metaliteratura. Por eso, además de los habituales capítulos en el género o subgénero de la “quest”, en los que habla de sus encuentros con algún informante, encontramos otros en los que dialoga con un amigo sobre el propio texto que está escribiendo y sobre más o menos sibilinas cuestiones metafísicas. Preferible el Enrique Andrés Ruiz que hace recuento de vidas o el que, con unas pocas pinceladas impresionistas, recrea las tierras de Castilla, las soledades de Nueva York, el bullicioso San Juan o el laberinto de callejas de Dax, a orillas del Adour, que cruza la sombra doliente de un poeta provinciano.

           

martes, 16 de junio de 2026

Una lección de vida


Xuan Bello
El llibru futuru
Edición de Martín López-Vega
Impronta. Gijón, 2026.

La literatura escrita en asturiano cuenta casi con tantos siglos de existencia como la escrita en otras lenguas románicas y, sin embargo, no mentiríamos si decimos que nació hace medio siglo, que es contemporánea de la democracia y del Estado de las autonomías. Los textos anteriores eran ejercicios aislados de escritores que escribían fundamentalmente en castellano o muestras de un costumbrismo que cantaba, y a menudo caricaturizaba, la vida rural, esa “aldea perdida” de la novela de Palacio Valdés.

            A mediados de los ochenta, tras una primera etapa de textos reivindicativos, un grupo de jóvenes poetas se empeñó en demostrar que en asturiano –un término que comenzó por entonces a sustituir al más generalizado de “bable”-- se podía “decir todo de todas las maneras”, como afirmó Pessoa de su heterónimo Álvaro de Campos.

Entre esos autores nuevos, destacó desde muy pronto Xuan Bello, el primero que consiguió saltar las fronteras de la región para incorporarse a la nómina mayor de la literatura española con su Historia universal de Paniceiros, un mosaico cuyas piezas se había publicado antes en asturiano, pero cuyo conjunto –el todo que es más que la suma de las partes-- apareció primero en español y en esa lengua se leyó y se sigue leyendo mayoritariamente.

            Xuan Bello pertenece a la estirpe de Álvaro Cunqueiro, grande igualmente en gallego y en español, como la propia Rosalía, yendo un poco más lejos. La prosa de Xuan Bello en los últimos veinte años está escrita casi por entero en castellano y solo en parte recogida en libro; en la poesía se mantuvo siempre fiel al asturiano.

En vida, tuvo abundantes detractores, en especial dentro del asturianismo, pero su muerte le ha convertido en un “santo súbito”, que no deja de recibir continuos homenajes. No parece aventurado afirmar que ese prestigio no hará más que crecer: no se basa solo en el carisma de la persona, tiene sólidos cimientos en la calidad de la obra, aún no bien conocida. Para la literatura en asturiano será el clásico que le faltaba y su primer embajador entre los lectores del resto de la península y del ancho mundo.

            Los libros de Xuan Bello no fueron, salvo raras excepciones, concebidos como tales. Fue un escritor en los periódicos, como tantos otros, de Clarín a Azorín, de Josep Pla a César González Ruano. Y siempre le gustó contar con la colaboración de algunos amigos para la recopilación de su obra. Uno de esos amigos en los que confiaba es Martín López-Vega, que ya colaboró en la mítica Historia universal de Paniceiros y ahora se ha encargado de organizar su primera obra póstuma, El llibru futuru.

            En la nota final, nos indica cuál ha sido su intervención: juntar y ordenar el material poético disperso, poner título al conjunto, en la línea de otros libros del autor (El llibru de les cenices, El llibru vieyu, El llibru nuevo), y titular un par de poemas. “Nada, por otra parte, que no hubiera hecho antes”, añade. Pero los cambios anteriores no necesitaban indicarse porque los hacía suyos el autor. Tras su muerte, cualquier intervención externa, siempre reducida a lo imprescindible, debería ser anotada. Aplicando el principio de la “lectio difficilior”, existen pocas dudas de que los títulos que parecen más desajustados son de Xuan Bello, en especial “Asturies”, un poema satírico a medio camino entre la “coña marinera” de Víctor Botas y los “poemas-chiste” de Ángel González. Ni de que, bien aconsejado, no habría dejado para el último lugar una ocurrencia como “La última pregunta del Minotauru”.

            En El llibru futuru, donde sus últimos poemas se entremezclan con otros rechazados en anteriores compilaciones o que simplemente había olvidado, está todo el Xuan Bello poeta en verso (también lo fue en la prosa de muchos de sus artículos), el mayor y el menor, el que busca su inspiración en las historias familiares y el que reescribe a su aire la historia de la literatura.

            Uno de los poemas, el más extenso, se titula “Respuestes a una entrevista” y tiene como modelo uno de los textos más conocidos de José Emilio Pacherco, “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”, cuyo punto de partida es el cuestionario que le envió un hispanista norteamericano: “En vez de responderle o dejarlo en silencio / se me ocurrieron estos versos. No es un poema, / no aspira al privilegio de la poesía / (no es voluntaria). / Y voy a usar, así lo hacían los antiguos, / el verso como instrumento de todo aquello / (relato, carta, drama, historia, manual agrícola), / que hoy decimos en prosa”.

            En esas “respuestes” está el más preciso retrato de Xuan Bello como lector y escritor. Hay una curiosa errata que resultó premonitoria. Habla del poema “A un olmo seco”, de Machado, que leyó por primera vez a los dieciséis años, y que ha seguido leyendo, y leyéndose cada vez de distinta manera en él, “a los dieciocho, a los venti, / a los trenta y cinco, a los sesenta, a los cincuenta y cuatro”. A los sesenta, recién cumplidos, lo leería por última vez, mientras esperaba “otro milagro de la primavera” que no tuvo lugar.

            En El llibru futuru está, en apretado compendio, todo Xuan Bello. Hay poemas del ciclo de Paniceiros, alguno de ellos, como “La solombra”, recrea anécdotas contadas ya en su prosa; abundantes referencias a los clásicos y una conmovedora recreación de “Animula, vagula, blandula”, el poema de Adriano; un homenaje a Eugénio de Andrade a la manera de Andrade: “Ábrense les roses del día / pa que m’abrase l’abrazu / de la melancolía”. También están las rosas de Yeats y de Ausonio. Y la sombra del padre, como en Hamlet y en Kafka, que aparece en “Borrés” y en algún otro texto: “Volver porque mi pai adusto me dixo nun soño / que tiña desatendidas as viñas que herdara do seu pai”. El poema termina con una frase que parece un desesperanzado epitafio: “Hijo mío, siempre supe que no tenías remedio”.

            Hay inolvidables poemas de amor y desamparo, una evocación de la que sería su última navidad, cuyo verso final habla “de las manos heladas de la noche inmensa”, y un regreso a Coímbra, el mítico y estudioso paraíso juvenil, para hacer de guía a su hija aún por nacer. Pero mi poema favorito es “Una llección de vida”, un poema gozosamente enumerativo, a manera de rosa de los vientos, de todos los lugares en los que fue feliz: desde la Via Margutta y su espejo oscuro hasta el París en que la nieve caía “para que tuviéramos en las manos un símbolo de la soledad”, pasando por el Central Park y el Parque Lezama, Siracusa y Lisboa, Braga y Casablanca. Para Xuan Bello, como para su admirado Miguel Torga, lo universal es lo local sin barreras.



           

           

martes, 9 de junio de 2026

Una vida llena de vidas


Benjamín Prado
Qué estoy haciendo aquí
Alfaguara. Barcelona, 2026.

No basta con haber tenido una vida profesionalmente exitosa, que nos ha puesto en continuo contacto con infinidad de nombres famosos, para que una autobiografía resulte interesante. Puede quedarse en un cansino reportaje promocional. Hace falta además saber contarla, y ese es un arte que Benjamín Prado domina como nadie. Es un maestro en el arte de captar el interés de los lectores, o el de los oyentes, incluso es posible que el narrador oral supere al escritor.

            Qué estoy haciendo aquí comienza “in media re”, como una buena película, con el escritor haciendo de actor en una serie televisiva; en el capítulo final, aparte de otras muchas cosas, se nos cuenta su participación, como guionista y como protagonista, en varios anuncios televisivos de una marca de cerveza, cuyo lema, “para una inmensa minoría”, coincide con el de Juan Ramón Jiménez.

            La estructura del libro, que avanza en círculos, en estudiado desorden cronológico, es el primer acierto del autor. El índice –si los editores hubieran condescendido a incluirlo-- ayudaría a visualizarla (el índice, lo primero que lee el lector experto, es el mapa del territorio), pero han considerado que bastaría con el índice onomástico, como si lo importante fuera solo lo que se dice sobre este o aquel famoso o famosillo, desdeñosos de la sutileza compositiva fractal y en espiral o ciegos a ella.

            No se sentirá defraudado con este volumen quien busque chismes o anécdotas sabrosas, de las que se quedan en la memoria y luego se repiten en las tertulias. Benjamín Prado parece haber conocido a todo el que fue alguien en el mundo de la literatura o de la música en los últimos cuarenta años.

            Son anécdotas bienhumoradas, escritas con bienhumorada cordialidad, salvo algunas excepciones. Aparte de las viudas habituales (la de Alberti y la de Ángel González), sobre las que se pasa sin recargar demasiado las tintas, solo algún jefecillo periodístico de su primera época o Antonio Gamoneda están tratados con cierta malevolencia.

            Las anécdotas, de las que en muchos casos fue protagonista, gozan de presunción de veracidad, aunque sin duda estén mejoradas por los inevitables retoques de la memoria. Algún lapsus, sin embargo, nos pone en guardia. Es Sabina –el segundo ángel guardián del autor, el primero fue Alberti-- quien le recordó “la anécdota de cuando Verlaine y Rimbaud, que se habían querido y odiado, agredido, puesto denuncias y hasta tiroteado en plena calle y el primero le confesó al segundo que se había casado y era feliz, a lo que el autor de Una temporada en el infierno replicó: ¡Cómo has podido caer tan bajo!”. Pero resulta que cuando Verlaine conoció a Rimbaud y le alojó en su casa, ya estaba casado con Mathilde Mauté y los tormentosos amores tuvieron lugar tras el abandono de la mujer y del hijo recién nacido.

            Con encomiable elegancia, no entra Benjamín Prado en excesivos detalles sobre su vida sentimental o la de sus famosos amigos. No puede evitar, sin embargo, contarnos cómo se inició una de las historias de amor más publicitadas y aireadas de la literatura española contemporánea: la de Almudena Grandes y García Montero. Su primera noche juntos habría tenido lugar durante un encuentro literario en Sitges y en 1994 (él fue testigo porque le dieron con la puerta del ascensor en las narices cuando pretendía seguir la charla con ellos en la habitación); pero otros testimonios sitúan ese trascendental acontecimiento en los encuentros de Verines. A estos extremos llega la historia de la literatura cuando se confunde con la prensa del corazón.

            Benjamín Prado, si hemos de hacer caso a sus palabras, siempre acertó a estar en el lugar adecuado y en el momento justo. Fue, desde el primer momento, un hombre con suerte. Supo escoger a sus maestros y amigos, supo siempre promocionarse de la mejor manera. Algunos maliciosos le aplicarían los versos de José Emilio Pacheco: “El poeta dejó de ser la voz de la tribu, / aquel que habla por quienes no hablan. / Se ha vuelto nada más otro entertainer. / Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica, / sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo, / tienen asegurado el amplio público / a quien ya no hace falta leer poemas”.

            Admira la laboriosidad de Benjamín Padro, su capacidad para aceptar todo tipo de encargos y salir bien librado ellos, la multiplicidad de sus talentos y su resistencia a las fatigas de los continuos viajes y festejos promocionales. Pero, como para calmar a los envidiosos, en el catálogo de éxitos que es Qué hago yo aquí van de vez en cuando sonando sonidos negros que se explicitan en el capítulo último y que parecen ejemplificar el dictum de Pessoa: “Los dioses venden cuanto dan, / se compra la gloria con desgracia”.

            Una vida llena de vidas la de Benjamín Prado, un hombre orquesta en el mundo de la literatura y alrededores, acostumbrado a caer siempre de pie. También un hombre de otro tiempo, el remoto siglo XX, al que todavía le hacen gracias las anécdotas etílicas cómo aquella disputa entre Gil de Biedma y Barral sobre quién tenía mayor resistencia al alcohol, en la que ganaría el autor de Poemas póstumos, “el primero resistió la ingesta de güiski y tabaco, apuntalado muy recto contra la pared a su espalda; el segundo acabó dormido de brazos cruzados sobre la mesa”. Quizá le convendría leer lo que Yvonne Hortet, la viuda de Barral, le cuenta en La mujer en la sombra a Begoña Aranguren: el paraíso de las infinitas copas con amigos –tan glosado por los poetas del cincuenta y sus palmeros-- escondía un infierno doméstico y personal. Él mismo nos habla del triste final de Bryce Echenique, pero prefiere atribuir el calvario de los últimos años al “injusto” trato que le dio el mundo literario. Más atinado resultó Antonio Muñoz Molina en su certera necrológica.

            Pero Benjamín Prado no es un moralista, por mucho que a veces parezca ir de ello, ni tampoco siempre un perspicaz crítico literario (atribuye a Elvira Sastre y Loreto Sesma el que la poesía se haya puesto de moda y “llene salsas y grandes teatros”, al contrario que ocurría en tiempos de José Hierro), aunque tampoco sea solo un encantador de serpientes, un entertainer, un artista de variedades.

            Quizá le interese más la vida de los escritores que su obra, pero sabe hacer con la peripecia biográfica de los escritores y escritoras que admira –y son legión-- excelente literatura, como ha sabido hacerlo con su propia vida.



           

martes, 2 de junio de 2026

Literatura y realidad

 

José Emilio Pacheco
Antología poética
Selección e introducción de Andrés Catalán
Alianza Editorial. Madrid, 2026.

No se acercan de la misma manera a un poeta el estudioso, el historiador de la literatura, el profesor, el lector. José Emilio Pacheco (1939-2014), uno de los nombres fundamentales de la literatura mexicana contemporánea, cultivó todos los géneros literarios y destacó también en la crítica, en la crónica y en la traducción. Se le considera, sin embargo, ante todo poeta, no por el habitual reduccionismo, sino porque es un puñado de poemas suyos la parte de su obra que mejor resiste el paso del tiempo, una de sus obsesiones. Junto a Octavio Paz, se trata del poeta mexicano más conocido y editado en España, y sigue seduciendo sin necesidad de intermediarios críticos.

Se publica ahora una nueva antología suya a cargo de Andrés Catalán, quien ha utilizado para prepararla un doble criterio. El primero está pensado para el lector común y no puede ser más acertado: “he elegido los poemas que desde el momento presente me ha parecido que aguantaban más el paso del tiempo, aquellos en los que el tema resonaba con la actualidad (en algunos casos, haciendo que uno, al leerlos, no pueda evitar un arrebato de pesimismo ante el devenir del mundo) o aquellos en los que la nota de humor seguía sonando tan fresca como hace cincuenta años”.

El segundo criterio se contradice con el primero: “he tratado de presentar la diversidad de formas, temas y registros que el autor abordó” y por ello incluye “los ciclos de poemas extensos en lugar de escoger fragmentos significativos de los mismos”.

            La inserción de un autor en la historia de la literatura, las etapas de su obra, los antecedentes, las influencias, el análisis métrico y los recursos literarios le importan poco al borgiano lector hedónico, que es aquel para quien se escriben en primer lugar los poemas. No es probable que ese lector se detenga en los poemas más extensos: el temáticamente conmovedor “Las ruinas de México”, sobre el terremoto de 1985, o el alegórico “Jardín de niños”, pero seguro que se le queda para siempre en la memoria, si es que aún no lo conoce, “Antiguos compañeros se reúnen”, que circula casi como un proverbio: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”. Y es difícil que no recuerde ciertos debates actuales ante la impactante evocación de “Becerrillo”, un olvidado héroe de la conquista: “Y Cristóbal Colón también lanzó / contra los indios de Santo Domingo / disparos de metralla, una jauría / de perros antropófagos. Entre sus fauces, / murieron centenares. Ya la historia / olvidó el episodio, Pocos saben / que la avanzada civilizadora / tuvo su héroe, un dogo: Becerrillo. / Colón le dio la paga de dos soldados”.

            En la fábula y la sátira, dos géneros muy dieciochescos, sobresale José Emilio Pacheco. Sus fábulas tienen moraleja, pero, como en el caso de Ángel González –un poeta con el que tiene bastante en común--, una moraleja bastante menos edulcorada y moralizante que las de la tradición escolar.

En “Los mares del sur” nos describe un idílico lugar anterior a la invasión turística, “aún sin Hilton ni Sheraton”, en el que contempla “cómo salen / del cascarón las tortuguitas”. Es el paraíso natural, pero un paraíso que solo dura un instante: “Llegan las aves, bajan en picada / y hacen vuelos rasantes y se elevan / con la presa en el pico: las tortugas / recién nacidas. Ya no son gaviotas, / es la Lufwaffe sobre Varsovia. / Con qué angustia se arrastran hacia la orilla, / víctimas sin más culpa que haber nacido. / Diez entre mil alcanzarán la orilla. / Las demás serán devoradas”.

            Y a continuación la moraleja: “Que otros llamen a esto selección natural, / equilibrio de las especies. / Para mí es el horror del mundo”.

            Las arañas, los grillos, las babosas, los cerdos son protagonistas de muchos de los poemas de José Emilio Pacheco. Su mirada es la contraria de lo habitual. Elogia al cerdo o a la babosa, no al ser humano, y le da la vuelta al símbolo del búho, que deja de representar a la sabiduría: “El ojo inmóvil, / pez de tierra firme, / encendido de noche en su fijeza. / Las garras que se adentran en la carne, / el pico curvo para el desgarramiento… / ¿De cuál sabiduría puede ser símbolo / sino de la rapiña, el crimen, el desprecio: / todo lo que ha hecho tu venerada gloria, / Occidente”.

            Poeta realista, poeta social José Emilio Pacheco (“Tenemos una sola que describir: / este mundo”), no le teme al prosaísmo, quizá excesivo para algunos lectores. En “A quien pueda interesar” defiende esa poética: “Otros hagan aún el gran poema, / los libros unitarios, las rotundas / obras que sean espejo de armonía. / A mí solo me importa el testimonio / del momento inasible, las palabras / que dicta en su fluir el tiempo en vuelo. / La poesía anhelada es como un diario / en donde no hay proyecto ni medida”.

            Pero el testimonio de un tiempo sombrío (leamos su “Manuscrito de Tlatelolco”, tantas invectivas contra el siglo XX) no caracteriza a toda su obra. Hay también un gusto por la greguería (“La ceniza es el humo que se deja tocar”), por la metáfora sorprendente que nos permite mirar el mundo con otros ojos, incluso por el brillo estilístico que no desdeña la herencia modernista. Y hay un continuo ejercicio de inteligencia, de darle la vuelta al tópico, de no considerar ningún tema menor o demasiado prosaico. Nadie como él ha sabido reflejar en sus versos “el tremendismo de la realidad, / su incurable tendencia / al melodrama y al absurdo”, como nos dice en un poema titulado precisamente "Literatura y realidad".