martes, 16 de junio de 2026

Una lección de vida


Xuan Bello
El llibru futuru
Edición de Martín López-Vega
Impronta. Gijón, 2026.

La literatura escrita en asturiano cuenta casi con tantos siglos de existencia como la escrita en otras lenguas románicas y, sin embargo, no mentiríamos si decimos que nació hace medio siglo, que es contemporánea de la democracia y del Estado de las autonomías. Los textos anteriores eran ejercicios aislados de escritores que escribían fundamentalmente en castellano o muestras de un costumbrismo que cantaba, y a menudo caricaturizaba, la vida rural, esa “aldea perdida” de la novela de Palacio Valdés.

            A mediados de los ochenta, tras una primera etapa de textos reivindicativos, un grupo de jóvenes poetas se empeñó en demostrar que en asturiano –un término que comenzó por entonces a sustituir al más generalizado de “bable”-- se podía “decir todo de todas las maneras”, como afirmó Pessoa de su heterónimo Álvaro de Campos.

Entre esos autores nuevos, destacó desde muy pronto Xuan Bello, el primero que consiguió saltar las fronteras de la región para incorporarse a la nómina mayor de la literatura española con su Historia universal de Paniceiros, un mosaico cuyas piezas se había publicado antes en asturiano, pero cuyo conjunto –el todo que es más que la suma de las partes-- apareció primero en español y en esa lengua se leyó y se sigue leyendo mayoritariamente.

            Xuan Bello pertenece a la estirpe de Álvaro Cunqueiro, grande igualmente en gallego y en español, como la propia Rosalía, yendo un poco más lejos. La prosa de Xuan Bello en los últimos veinte años está escrita casi por entero en castellano y solo en parte recogida en libro; en la poesía se mantuvo siempre fiel al asturiano.

En vida, tuvo abundantes detractores, en especial dentro del asturianismo, pero su muerte le ha convertido en un “santo súbito”, que no deja de recibir continuos homenajes. No parece aventurado afirmar que ese prestigio no hará más que crecer: no se basa solo en el carisma de la persona, tiene sólidos cimientos en la calidad de la obra, aún no bien conocida. Para la literatura en asturiano será el clásico que le faltaba y su primer embajador entre los lectores del resto de la península y del ancho mundo.

            Los libros de Xuan Bello no fueron, salvo raras excepciones, concebidos como tales. Fue un escritor en los periódicos, como tantos otros, de Clarín a Azorín, de Josep Pla a César González Ruano. Y siempre le gustó contar con la colaboración de algunos amigos para la recopilación de su obra. Uno de esos amigos en los que confiaba es Martín López-Vega, que ya colaboró en la mítica Historia universal de Paniceiros y ahora se ha encargado de organizar su primera obra póstuma, El llibru futuru.

            En la nota final, nos indica cuál ha sido su intervención: juntar y ordenar el material poético disperso, poner título al conjunto, en la línea de otros libros del autor (El llibru de les cenices, El llibru vieyu, El llibru nuevo), y titular un par de poemas. “Nada, por otra parte, que no hubiera hecho antes”, añade. Pero los cambios anteriores no necesitaban indicarse porque los hacía suyos el autor. Tras su muerte, cualquier intervención externa, siempre reducida a lo imprescindible, debería ser anotada. Aplicando el principio de la “lectio difficilior”, existen pocas dudas de que los títulos que parecen más desajustados son de Xuan Bello, en especial “Asturies”, un poema satírico a medio camino entre la “coña marinera” de Víctor Botas y los “poemas-chiste” de Ángel González. Ni de que, bien aconsejado, no habría dejado para el último lugar una ocurrencia como “La última pregunta del Minotauru”.

            En El llibru futuru, donde sus últimos poemas se entremezclan con otros rechazados en anteriores compilaciones o que simplemente había olvidado, está todo el Xuan Bello poeta en verso (también lo fue en la prosa de muchos de sus artículos), el mayor y el menor, el que busca su inspiración en las historias familiares y el que reescribe a su aire la historia de la literatura.

            Uno de los poemas, el más extenso, se titula “Respuestes a una entrevista” y tiene como modelo uno de los textos más conocidos de José Emilio Pacherco, “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”, cuyo punto de partida es el cuestionario que le envió un hispanista norteamericano: “En vez de responderle o dejarlo en silencio / se me ocurrieron estos versos. No es un poema, / no aspira al privilegio de la poesía / (no es voluntaria). / Y voy a usar, así lo hacían los antiguos, / el verso como instrumento de todo aquello / (relato, carta, drama, historia, manual agrícola), / que hoy decimos en prosa”.

            En esas “respuestes” está el más preciso retrato de Xuan Bello como lector y escritor. Hay una curiosa errata que resultó premonitoria. Habla del poema “A un olmo seco”, de Machado, que leyó por primera vez a los dieciséis años, y que ha seguido leyendo, y leyéndose cada vez de distinta manera en él, “a los dieciocho, a los venti, / a los trenta y cinco, a los sesenta, a los cincuenta y cuatro”. A los sesenta, recién cumplidos, lo leería por última vez, mientras esperaba “otro milagro de la primavera” que no tuvo lugar.

            En El llibru futuru está, en apretado compendio, todo Xuan Bello. Hay poemas del ciclo de Paniceiros, alguno de ellos, como “La solombra”, recrea anécdotas contadas ya en su prosa; abundantes referencias a los clásicos y una conmovedora recreación de “Animula, vagula, glandula”, el poema de Adriano; un homenaje a Eugénio de Andrade a la manera de Andrade: “Ábrense les roses del día / pa que m’abrase l’abrazu / de la melancolía”. También están las rosas de Yeats y de Ausonio. Y la sombra del padre, como en Hamlet y en Kafka, que aparece en “Borrés” y en algún otro texto: “Volver porque mi pai adusto me dixo nun soño / que tiña desatendidas as viñas que herdara do seu pai”. El poema termina con una frase que parece un desesperanzado epitafio: “Hijo mío, siempre supe que no tenías remedio”.

            Hay inolvidables poemas de amor y desamparo, una evocación de la que sería su última navidad, cuyo verso final habla “de las manos heladas de la noche inmensa”, y un regreso a Coímbra, el mítico y estudioso paraíso juvenil, para hacer de guía a su hija aún por nacer. Pero mi poema favorito es “Una llección de vida”, un poema gozosamente enumerativo, a manera de rosa de los vientos, de todos los lugares en los que fue feliz: desde la Via Margutta y su espejo oscuro hasta el París en que la nieve caía “para que tuviéramos en las manos un símbolo de la soledad”, pasando por el Central Park y el Parque Lezama, Siracusa y Lisboa, Braga y Casablanca. Para Xuan Bello, como para su admirado Miguel Torga, lo universal es lo local sin barreras.

           

           

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