Xuan Bello
El llibru futuru
Edición de Martín López-Vega
Impronta. Gijón, 2026.
La
literatura escrita en asturiano cuenta casi con tantos siglos de existencia
como la escrita en otras lenguas románicas y, sin embargo, no mentiríamos si
decimos que nació hace medio siglo, que es contemporánea de la democracia y del
Estado de las autonomías. Los textos anteriores eran ejercicios aislados de
escritores que escribían fundamentalmente en castellano o muestras de un costumbrismo
que cantaba, y a menudo caricaturizaba, la vida rural, esa “aldea perdida” de
la novela de Palacio Valdés.
A mediados de los ochenta, tras una
primera etapa de textos reivindicativos, un grupo de jóvenes poetas se empeñó
en demostrar que en asturiano –un término que comenzó por entonces a sustituir
al más generalizado de “bable”-- se podía “decir todo de todas las maneras”,
como afirmó Pessoa de su heterónimo Álvaro de Campos.
Entre
esos autores nuevos, destacó desde muy pronto Xuan Bello, el primero que
consiguió saltar las fronteras de la región para incorporarse a la nómina mayor
de la literatura española con su Historia universal de Paniceiros, un
mosaico cuyas piezas se había publicado antes en asturiano, pero cuyo conjunto
–el todo que es más que la suma de las partes-- apareció primero en español y
en esa lengua se leyó y se sigue leyendo mayoritariamente.
Xuan Bello pertenece a la estirpe de
Álvaro Cunqueiro, grande igualmente en gallego y en español, como la propia
Rosalía, yendo un poco más lejos. La prosa de Xuan Bello en los últimos veinte
años está escrita casi por entero en castellano y solo en parte recogida en
libro; en la poesía se mantuvo siempre fiel al asturiano.
En
vida, tuvo abundantes detractores, en especial dentro del asturianismo, pero su
muerte le ha convertido en un “santo súbito”, que no deja de recibir continuos homenajes.
No parece aventurado afirmar que ese prestigio no hará más que crecer: no se
basa solo en el carisma de la persona, tiene sólidos cimientos en la calidad de
la obra, aún no bien conocida. Para la literatura en asturiano será el clásico
que le faltaba y su primer embajador entre los lectores del resto de la
península y del ancho mundo.
Los libros de Xuan Bello no fueron,
salvo raras excepciones, concebidos como tales. Fue un escritor en los
periódicos, como tantos otros, de Clarín a Azorín, de Josep Pla a César
González Ruano. Y siempre le gustó contar con la colaboración de algunos amigos
para la recopilación de su obra. Uno de esos amigos en los que confiaba es
Martín López-Vega, que ya colaboró en la mítica Historia universal de
Paniceiros y ahora se ha encargado de organizar su primera obra póstuma, El
llibru futuru.
En la nota final, nos indica cuál ha
sido su intervención: juntar y ordenar el material poético disperso, poner
título al conjunto, en la línea de otros libros del autor (El llibru de les
cenices, El llibru vieyu, El llibru nuevo), y titular un par de poemas.
“Nada, por otra parte, que no hubiera hecho antes”, añade. Pero los cambios
anteriores no necesitaban indicarse porque los hacía suyos el autor. Tras su
muerte, cualquier intervención externa, siempre reducida a lo imprescindible,
debería ser anotada. Aplicando el principio de la “lectio difficilior”, existen
pocas dudas de que los títulos que parecen más desajustados son de Xuan Bello,
en especial “Asturies”, un poema satírico a medio camino entre la “coña
marinera” de Víctor Botas y los “poemas-chiste” de Ángel González. Ni de que,
bien aconsejado, no habría dejado para el último lugar una ocurrencia como “La
última pregunta del Minotauru”.
En El llibru futuru, donde
sus últimos poemas se entremezclan con otros rechazados en anteriores compilaciones
o que simplemente había olvidado, está todo el Xuan Bello poeta en verso
(también lo fue en la prosa de muchos de sus artículos), el mayor y el menor,
el que busca su inspiración en las historias familiares y el que reescribe a su
aire la historia de la literatura.
Uno de los poemas, el más extenso,
se titula “Respuestes a una entrevista” y tiene como modelo uno de los textos
más conocidos de José Emilio Pacherco, “Carta a George B. Moore en defensa del
anonimato”, cuyo punto de partida es el cuestionario que le envió un hispanista
norteamericano: “En vez de responderle o dejarlo en silencio / se me ocurrieron
estos versos. No es un poema, / no aspira al privilegio de la poesía / (no es
voluntaria). / Y voy a usar, así lo hacían los antiguos, / el verso como
instrumento de todo aquello / (relato, carta, drama, historia, manual
agrícola), / que hoy decimos en prosa”.
En esas “respuestes” está el más
preciso retrato de Xuan Bello como lector y escritor. Hay una curiosa errata
que resultó premonitoria. Habla del poema “A un olmo seco”, de Machado, que
leyó por primera vez a los dieciséis años, y que ha seguido leyendo, y
leyéndose cada vez de distinta manera en él, “a los dieciocho, a los venti, / a
los trenta y cinco, a los sesenta, a los cincuenta y cuatro”. A los sesenta,
recién cumplidos, lo leería por última vez, mientras esperaba “otro milagro de
la primavera” que no tuvo lugar.
En El llibru futuru está, en
apretado compendio, todo Xuan Bello. Hay poemas del ciclo de Paniceiros, alguno
de ellos, como “La solombra”, recrea anécdotas contadas ya en su prosa;
abundantes referencias a los clásicos y una conmovedora recreación de “Animula,
vagula, glandula”, el poema de Adriano; un homenaje a Eugénio de Andrade a la
manera de Andrade: “Ábrense les roses del día / pa que m’abrase l’abrazu / de
la melancolía”. También están las rosas de Yeats y de Ausonio. Y la sombra del
padre, como en Hamlet y en Kafka, que aparece en “Borrés” y en algún
otro texto: “Volver porque mi pai adusto me dixo nun soño / que tiña
desatendidas as viñas que herdara do seu pai”. El poema termina con una frase
que parece un desesperanzado epitafio: “Hijo mío, siempre supe que no tenías
remedio”.
Hay inolvidables poemas de amor y
desamparo, una evocación de la que sería su última navidad, cuyo verso final
habla “de las manos heladas de la noche inmensa”, y un regreso a Coímbra, el
mítico y estudioso paraíso juvenil, para hacer de guía a su hija aún por nacer.
Pero mi poema favorito es “Una llección de vida”, un poema gozosamente
enumerativo, a manera de rosa de los vientos, de todos los lugares en los que
fue feliz: desde la Via Margutta y su espejo oscuro hasta el París en que la
nieve caía “para que tuviéramos en las manos un símbolo de la soledad”, pasando
por el Central Park y el Parque Lezama, Siracusa y Lisboa, Braga y Casablanca.
Para Xuan Bello, como para su admirado Miguel Torga, lo universal es lo local
sin barreras.

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