Vicente Gallego
Canción del agua a solas (Poesía
reunida)
Visor. Madrid, 2026.
Juan
Ramón Jiménez fantaseó con reescribir toda su obra al final de su vida; Vicente
Gallego quiere excluir de ella, “definitivamente”, su primera etapa, reunida y
revisada en el volumen El sueño verdadero (Poesía 1988-2002).
Pero
un libro publicado, leído y comentado ya no es solo del autor, sino de todos
aquellos que lo han hecho suyo. Vicente Gallego está considerado, y no sin
razón, como uno de los más significativos poetas españoles del final del siglo
XX, y lo seguirá siendo, aunque no se identifique ya con quien era entonces.
Entre
una y otra etapa ha habido algo más que una evolución estética: una conversión
religiosa, una caída del caballo como la de San Pablo camino de Tarsos. En tres
libros en prosa nos ha dejado minuciosa constancia de su nueva fe: Contra
toda creencia (2012), Vivir el cuerpo de la realidad (Diálogos en torno
a la palabra de Nisargadatta Maharaj) (2014) y Vivir el cuerpo de la
realidad (Sabiduría perenne) (2015).
Su
nueva poesía, sin embargo, necesita tan poco de esos apoyos como la de San Juan
de la Cruz de sus no menos tediosos tratados de teología. Una nueva poesía, la
escrita a partir de Cantar de ciegos, la reunida en Canción del agua
a solas, que convierte a un poeta notable en un poeta excepcional.
Vista “desde esta ladera”, como
Dámaso Alonso analizó la poesía de San Juan de la Cruz, la obra del hombre
nuevo en que se ha convertido Vicente Gallego viene de la poesía de Claudio
Rodríguez, del cancionero tradicional castellano, del Neruda de las Odas
elementales y de la prosa de Santa Teresa y las liras de San Juan. Viene de
ahí, o se alimenta de esos antecedentes, pero no es consecuencia de ellos,
tiene algo de inexplicable milagro, como toda la gran poesía.
Canción del agua a solas pretende
ser, en palabras prologales del autor, algo distinto de lo que es: una
recopilación de los varios títulos de poesía que el autor ha ido publicando al
azar de los premios con posterioridad a su conversión. Pretende ser su poesía
completa, borrando de un plumazo todo lo demás.
Se equivoca en eso tanto como
acierta en prescindir de fechas y notas sobre los cambios entre las primeras
ediciones y esta que tenemos entre manos, que elimina poema y añade más de un
centenar y medio de otros nuevos, y no al final, como es costumbre, sino
añadidos a los diversos libros. Canción del agua a solas debe ser leída
por eso como una obra enteramente nueva. Se acerca así al sueño de Juan Ramón
de reescribir todos sus versos a la luz de su sabiduría última.
Menos acertado ha estado Vicente
Gallego al no prescindir de las innumerables dedicatorias, varias de ellas
repetidas, marca de la casa, que emborronan la mayor parte de las páginas.
Salvo una pocas que tienen que ver con el poema, la mayoría no pasan de un
gesto privado que entorpece la lectura.
Canción del agua a solas,
como todo libro de poesía, y en eso se diferencia de la novela y otros géneros
literarios, no necesita comenzar a leerse por el principio. Puede abrirse por
cualquier página, pero yo aconsejaría empezar por el título más reciente, A
pájaros y migas, donde lleva al extremo ese “cantar con casi nada” que es
su máxima aspiración.
Si Dios andaba también entre los
pucheros para Teresa de Jesús, muchos de los poemas de Vicente Gallego tienen
sorprendente que ver con la cocina. Bastante de ellos pueden aproximarse al
género pictórico del bodegón: limones sobre una mesa, “el sol de los veranos, /
y en el blanco mantel la luz rezuma”. A veces nos recuerdan a Ramón Gaya
(homenajeado en algún poema): “Sobre el mantel de encaje / --el que fue de la
abuela--, / la porcelana fina, / un búcaro, una rosa”. No le teme Vicente
Gallego a lo convencionalmente poético ni a los sentimientos comunes. No
necesita buscar temas originales, aunque abunden en su poesía, para ser
original.
Uno
de los poemas se titula “Profesando en
la cocina”: “Ligan aceite y ajo en un mortero, / emulsionan las salsas / y gira
la muñeca que las bate / entrando en armonía con el giro / de todos los
planetas, / cómo no sospechar a qué se debe / el círculo perfecto que ahora
trazo”.
En
otro poema, “con romero, con brezo, con tomillo” prepara una infusión. En
“Biografía (Báscula del vertedero La Matrona)”, leemos: “La cena que recrea me
procuro, / en enjuagar tomates soy perito. / me pelo unas patatas y las pongo /
en trato de favor / con el aceite hirviendo y unos ajos”.
Vicente Gallego en todo encuentra
asombro y maravilla. No solo en el amanecer y en el ocaso, en la fuente que
brota en medio del bosque o en el río “con sus mil cañas finas de luz rota”,
como reflejan tantos poemas de El junco y la libélula, escritos cuando
trabajaba en plena naturaleza. “Domingo”
es capaz de ver la belleza de un desierto polígono industrial: “Un templo se
alza aquí, / donde se han congregado / los áridos, las sacas / de yeso y de
cemento, / donde oficia / misa mayor la mantis / entre las malas hierbas”. En
la misma línea se encuentran poemas como “Extrarradio” o “Intemperie”. Para él son
igualmente criaturas sagradas el alacrán y el gorrión, la golondrina y el
saltamontes, la basura y el polvo de estrellas, la rosa y las malas hierbas, a
las que llama “hermosísimas mías”.
Maestro también Vicente Gallego en
el difícil arte, tan propicio a la falacia patética, de despedir a los seres
queridos: la abuela en “La bona mort”, el padre en “Elegía”, una sobrina en
“Ojos de Aroa”, el poeta César Simón en “En Villar del Arzobispo”: “Aquí tu
mecedora sigue en vilo, / y se ponen las cumbres de puntillas / para escuchar
tu canto, el de tus últimas / endechas a la noche, qué delgada / tu voz y cómo
tiembla / la vela que encendiste entre luceros”.
Con una luz que derrama amor sobre
todas las cosas, ve el mundo Vicente Gallego en esta segunda y principal etapa
de su vida y de su obra. Y ha encontrado la palabra precisa para expresar lo
que podía haberse quedado en un catálogo de buenas intenciones o en palabrero
misticismo. su franciscano canto de amor a todas las criaturas.
