jueves, 30 de abril de 2026

La superstición de la novela

 

Miguel Pardeza
Los últimos días de Alejandro Reig
Renacimiento. Sevilla, 2026.

Miguel Pardeza, antes que investigador literario y escritor, fue futbolista profesional al que todavía recuerdan los buenos aficionados. Ahora es uno de los máximos especialistas en la obra de César González-Ruano, destacado ensayista que sabe aunar la erudición y el rigor estilístico, y autor de dos modélicas narraciones autobiográficas, Torneo (2016) y Angelópolis (2020). Tras tantear otros géneros, como el aforístico, tan devaluado hoy día al convertirse en una moda, se enfrenta por primera vez a lo que para muchos, entre los que no me cuento, es el género estrella de la literatura: la novela.

            Resulta curioso lo que ha ocurrido, en el último medio siglo, con la novela, que de ser un pasatiempo y poco más que un subgénero literario, ha pasado a ser la representación máxima de la creación literaria, lugar que en otro tiempo ocuparon el poema épico, ya mera arqueología, y el teatro, que parece haber dejado de ser obra literaria para convertirse en guion, a veces simple guía, del espectáculo escénico.

            No deja de ser cierto que el prestigio literario puede alcanzarse con la poesía o con el cuento, o incluso con el ensayo (ahí está el caso de Fernando Savater), pero que la profesionalización solo puede conseguirse publicando novelas. Una condición, en todo caso, quizá necesaria, pero no suficiente.

            Los últimos días de Alejandro Reig, la primera incursión de Miguel Pardeza en el género, es una obra metaliteraria. El narrador ha escrito su primera novela y, dudoso de su mérito, les pide opinión a varios amigos y también a un escritor que admira y al que considera su maestro, Alejandro Reig. El juego metaliterario no se lleva hasta un sorprendente final: la novela que ha escrito el narrador y la que nosotros leemos podrían acabar siendo la misma, los protagonistas de ambas se llaman de igual modo, Samuel, y ambas tienen relación con la pasada pandemia.

            Hay abundantes precedentes de un relato basado en la relación entre un maestro y su discípulo. Henry James ha escrito admirables relatos al respecto y una poco leída novela de Azorín, El escritor, trata precisamente del velado enfrentamiento entre un autor célebre que inicia su decadencia (trasunto del propio autor) y otro joven que se inicia en la literatura lleno de brío (quizá de Dionisio Ridruejo, al que se dedica la obra).

            El problema de esta novela de Pardeza es que no parece demostrar un gran conocimiento de la vida literaria. El narrador es tan ingenuo que se ilusiona porque el padre de una amiga suya conoce a un ejecutivo de Planeta y le va a pedir que publique su novela en cualquiera de las editoriales del grupo. Y nada de lo que se nos dice de Alejandro Reig nos permite suponer un especial talento, entrever la genialidad que su discípulo le supone. Ha abandonado la escritura, y estas son las razones que da para ello:   “Qué importancia puede tener un trabajo que ocupa a unos cuantos y disfrutan unos pocos?”, A eso añadía “su inflexible opinión de que todos estaban abocados al olvido, incluso los que hasta el momento habían sorteado la devastación de los siglos”. Esta opinión, que Borges expresó de mejor manera (recordemos su “A un poeta menor”: “La meta es el olvido. / Yo he llegado antes”) al joven protagonista “le sacaba de quicio”.

            El narrador se esfuerza en presentarnos a su maestro como un sabio desengañado de la literatura, pero nosotros le vemos solo como un viejo y malhumorado borrachín. Lo peor de los escritores –le repetía más de una vez-- no es su vanidad, sino el creer que se dedican “al mejor de los oficios, el más noble, sin el cual el mundo ardería como una tea o no sería capaz de avanzar en dirección correcta”. Y luego denunciaba las corrupciones del mundo literario, al menos tal y como él las había visto en su natal Zaragoza: “el caso abominable de ese escritorzuelo que se había vendido para que le dieran un premio, o el de aquel que se rebajaba por una columna de periódico, o el de aquel otro que se ensuciaba las manos sobando celebridades”.

            Si muchos reparos le pusieron sus amigos a la primera novela del ficticio Samuel, no menos le podrían poner a esta segunda, una minuciosa crónica del tiempo que pasó en Islantilla durante el último mes de la vida de Alejandro Reig, que parece irse redactando en el momento que ocurren los hechos, pero que al final nos enteramos de que está escrita años después. El principal: que no cite ni una sola vez el diario y las notas que Reig iba escribiendo durante el tiempo de su retiro, a pesar de que nos informe de que pasaron a su poder, y que podrían darle algo más de complejidad al personaje.

            Si vale poco como novela de escritores Los últimos días de Alejandro Reig, se salva en cambio como novela psicológica: las relaciones entre el viejo maestro y sus dos últimos amores, Tess y Frida, y de esta última con el narrador, están vistas con inteligente sutileza. También resulta un acierto la descripción de Islantilla y otros lugares de la costa onubenses fuera de la temporada turística, o el personaje del pescador que se mueve en una ambigua zona gris en sus relaciones con los narcotraficantes.

            Destacado ensayista e investigador literario, Miguel Pardeza tiene innegables habilidades de narrador. Pero si le bastaron para escribir dos compactos y matizados relatos autobiográficos, no resultan suficientes cuando se aventura en terrenos en los que parece no demasiado ducho, como la industria editorial y los entresijos de la sociedad literaria contemporánea. La superstición de la novela le ha jugado una mala pasada.




1 comentario:

  1. No parece que el personaje esté descarriado en el dibujo que hace del mundillo literario, por lo menos de su parte menos recomendable, porque también hay escritores que se creen injustamente rechazados y no saben que lo son merecidamente. No pongas ejemplos.

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