martes, 12 de mayo de 2026

Castillo de naipes

 

Manuel Chaves Nogales
Guerra total. Episodios de la guerra civil española
Prólogo de Ignacio Martínez de Pisón
Edición de Abelardo Linares
Sevilla. Renacimiento, 2026.

Fue el editor y poeta Abelardo Linares quien descubrió, en los años noventa del pasado siglo, un libro de Manuel Chaves Nogales del que no se tenía noticia, A sangre y fuego, impactantes relatos de los primeros meses de la guerra civil, en la zona de los sublevados y en el caótico Madrid en el que había triunfado la revolución y el poder estaba en manos de las distintas organizaciones políticas que se habían opuesto al golpe militar. A ese libro se debe en buena parte, o más bien a su prólogo, glosado con poco matizada vehemencia por Andrés Trapiello, la ola de chavesmanía, llamémosla así, que tras varias décadas no lleva trazas de amenguar.

            Parece un acto de justicia histórica que sea Abelardo Linares, avezado y obsesivo investigador de la prensa histórica, el feliz descubridor de una nueva obra inédita de Chaves Nogales, nada menos que la continuación de A sangre y fuego. No resulta por ello extraño que Guerra total haya sido celebrado por las páginas culturales de los periódicos como un acontecimiento incluso antes siquiera de que llegue a las librerías.

            ¿Pero es Guerra total una obra de Chaves Nogales? El minucioso epilogo y los apéndices que acompañan a la edición, casi tan extensos como el conjunto de relatos, nos ofrecen toda clase de pruebas para demostrarlo, incluso el recurso a la Inteligencia Artificial y a un experto en lingüística forense.

            Y sin embargo… Pero no adelantemos acontecimientos. A Abelardo Linares, tan sagaz investigador como discutible historiador, se debe el hallazgo del semanario Madrid, publicado en París entre 1937 y 1938, del que no se tenía noticia, y en cada uno de cuyos once números se publica un relato. Tres son de la autoría de Chaves Nogales, uno de los cuales firma con su propio nombre y los otros dos con el pseudónimo de Juan Martín. Ninguno de esos relatos es inédito: dos había aparecido en A sangre y fuego y el tercero en la revista Bohemia. Los otros ocho relatos están firmados por diversos autores, con su propio nombre o con pseudónimo. Todos –salvo, curiosamente, el que firma Chaves Nogales-- llevan como subtítulo la frase “episodios de la guerra civil española”, o una variante de la misma. El antetítulo “Guerra total”, que Linares aplica al conjunto, no figura en ninguno de ellos, salvo en el de Chaves Nogales.

            La atribución del conjunto al periodista sevillano carece de cualquier sostén documental, se basan únicamente en el olfato del descubridor, capaz –si hemos de creer lo que afirma reiteradamente-- de detectar el estilo de Chaves Nogales en el más breve suelto periodístico, en un anuncio publicitario o incluso en un texto firmado por otro autor.

            Veamos cómo funciona la intuición del editor. En Madrid se publica una sección “La sexta columna”, dedicada a combatir oportunistas disfrazados de republicanos. Uno de sus artículos, firmado por Zoilo, ataca a Baroja por haber decidido volver a la zona nacional. Abelardo Linares lo atribuye a Chaves Nogales porque utiliza la palabra “fusilable”, que “nadie sino él utilizó en toda la Guerra Civil para referirse a alguien fácilmente susceptible de ser fusilado”. Como en otras partes del epílogo afirma que la mayor parte de la prensa de la época no está digitalizada y queda mucho por descubrir, nos vemos obligados a tomar esa afirmación como mera retórica carente del más mínimo rigor.

            Aunque haya buscado autorizado apoyo en firmas como la del prologuista, Ignacio Martínez de Pisón, o en la veintena larga de nombres que cita en la nota previa, no parece probable que Guerra total hubiera pasado una revisión inter pares en una edición académica. Todo lo que en principio se plantea como una hipótesis, más o menos plausible, unas líneas más adelante ya se trata como una incuestionable certeza.

            No son los colaboradores de Madrid los únicos cuyos nombres reales utilizaría Chaves Nogales para firmar sus escritos. También utilizó, entre otros, el de su secretaría, Frances L. Kaye, y Abelardo Linares lo sabe “por razones que ahora sería en extremo prolijo detallar”. Será prolijo detallar las razones que llevan a cambiar la autoría de un testo, pero resulta imprescindible.

            Guerra total es el título dado por el editor a la totalidad de los relatos publicados en la revista Madrid, con la exclusión de dos de Chaves Nogales, que ya habían aparecido en A sangre y fuego, y el añadido de uno, “Hospital de sangre”, publicado en otra revista, Bohemia, poco antes. Los restantes relatos son de cinco autores, que a veces firman con pseudónimo: Eduardo Borrás, Fernando de la Milla, Ruiz Vilaplana, Rafael Delgado y Rafael D. Almagro.

            Para quitarles su autoría hace falta algo más que la interesada cabezonería del editor. Un párrafo ejemplifica su poco ejemplar manera de razonar. Tras afirmar que Eduardo Borrás publica en Madrid tres relatos que “nunca pudo haber escrito” continúa: “Y si nos atrevemos a preguntarnos ¿por qué?, nos encontraremos en la tesitura de tener que contestarnos: porque, con toda seguridad, los escribió el propio Chaves Nogales, porque tuvo que ser él, necesariamente, quien los escribiera”.

            Pero, los escribiera quien los escribiera, ¿son obras maestras los diez relatos reunidos en Guerra total? Curiosamente, lo que más han envejecido son los de Chaves Nogales, el melodramático “El refugio” (la emoción está en el tema, más que en cómo se nos cuenta) y el efectista (todo lo fía a la sorpresa final) “Hospital de sangre”. El último, “Lo de Badajoz”, en un algo panfletario reportaje por el estilo de los que, en uno y otro lado, se escribieron contando las barbaridades del contrario. Varios de los relatos son ciertamente excelentes y justifican el rescate.

            No es la primera vez que a Chaves Nogales se le atribuyen escritos que no son suyos. En algunas ediciones de su Obra periodística figuran las crónicas a la sublevación de Sanjurjo en 1932 debidas a su pariente Manuel G. Nogales. También se dijo entonces que, dada su maestría, solo podía haberlas escrito Chaves Nogales. Muy certeramente apunta Juan Carlos Mateos: “Lo que consiguen esos desmanes es hacernos dudar de la excepcionalidad de Chaves, cuando puede ser confundido con cualquier otro periodista que no ha sido elevado a los altares”.

            No resta peregrinos al camino de Santiago el saber a ciencia cierta que allí no está enterrado el apóstol. También la literatura puede ser cuestión de fe. Y la fe es ciega Beatificado Chaves Nogales, cualquier reliquia suya es digna de veneración. Y como en la Edad Media pueden inventarse falsas reliquias. O tomarse por tales, con la mejor voluntad, las que no lo son.

            “Quien quiera negar que Chaves Nogales es el autor de estos relatos deberá aportar datos concretos y argumentos”, afirma Abelardo Linares en su entretenido y algo prolijo epílogo, invirtiendo la carga de la prueba. Es a él a quien le corresponde aportar datos concretos de que Chaves Nogales es autor de más de dos cuentos de esta Guerra total. Pone todo su esfuerzo en ello, pero no lo consigue.

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