jueves, 22 de septiembre de 2022

Retórica y ayer

 

Epigramas, diatribas y reparos
Francisco Castaño
Hiperión. Madrid, 2022.

Los poetas son muy dados —y en esto se parecen al resto de los seres humanos— a sostenella y no enmendalla. Francisco Castaño —poeta de la generación de Luis Alberto de Cuenca o Jon Juaristi—  ha llevado su reacción contra la poesía moderna, llamémosla así, más lejos que ninguno: no solo reacciona contra la informal vanguardia, sino contra el abandono del corsé de rima consonántica que propició el Juan Ramón Jiménez de Diario de un poeta recién casado.

            Hasta hace poco más de un siglo, la rima se consideraba algo consustancial con la poesía. Campoamor podía acercarla más y más a la prosa, al lenguaje de todos los días, pero nunca se atrevió a prescindir de la rima, siendo capaz por mantenerla de incurrir en cualquier ripio: “Me dijo, al verme triste, una chilena: / siempre habrá una mujer junto a una pena”. En Manuel Machado y en los poetas modernistas sigue muy presente, aunque el repiqueteo de los consonantes —“Yo, poeta decadente, / español del siglo XX…”— tienda a ser sustituido por las más ligeras asonancias que vienen de Bécquer y la poesía popular.

            Francisco Castaño, en Epigramas, diatribas y reparos, nos muestra su voluntad de arcaísmo desde la ortografía: comienza cada verso con mayúscula, como los poetas de otro tiempo y los más desidiosos poetas de hoy, incapaces de corregir las imposiciones de un programa de texto, que interpreta cada salto de línea como cambio de párrafo. ¿Una cuestión menor? Es posible, pero la ortotipografía habitual en cada época puede tener mucho de arbitrariedad sin por eso tener nada de capricho. Su función es facilitar la lectura y para ello busca volverse invisible. La mayúscula tras el punto —y solo en ese caso, salvo en los nombres propios— facilita ver cada frase en su conjunto y de ese modo darle la entonación adecuada, algo imprescindible para entenderla, incluso en la lectura mental. Utilizar la mayúscula al comienzo de cada verso viene a ser como querer parecer más elegante utilizando pajarita en lugar de corbata.

            “Tras darle muchas vueltas al magín, / aventuro mi víspera del fin” comienza su libro Francisco Castaño. Ese pareado de rima en aguda ya nos pone en guardia sobre lo que nos vamos a encontrar. El pareado, por su valor nemotécnico, saltó de la poesía a la publicidad: “A mí plin, / yo duermo con Pikolín”. No ha sido desterrado por completo —Borges lo utiliza al final de muchos de sus sonetos—, pero hoy tiene a menudo un cierto componente paródico y humorístico. “¿Quién dirá los enredos de la rima”, se quejaba Verlaine. Y Francisco Castaño da buena muestra de ello en muchos de los poemas de su  libro. La décima “Neumática aplicada” puede servir de ejemplo: “El espíritu, si sopla, / lo hace donde quiere. / Y puede / que se quede con la copla / según y cómo se quede / tras la expiración. / Y dónde. / Porque unas veces se esconde / y otras se queda a la vista. / Pero hace falta un oído/ que de cauce a ese soplido / para que en verdad exista”. La primera frase y la última nos dicen todo lo que nos quiere decir el poema: que el espíritu sopla donde quiere, pero que hace falta un oído “que de cauce a ese soplido”. Todo lo demás, y muy especialmente esa copla puesta ahí para rimar con sopla, no es más que prescindible relleno. Como relleno es todo lo que precede a los dos versos finales —“Una cosa es ser justo / y otra cosa es ser juez”— en “Douceur de l’énigme”.

            Entre tantos ejercicios retóricos y juegos de ingenio —“Siete respuestas prontas ingeniosas” se titula una de las secciones del libro—, sorprende algún poema como “De la herencia de Abraham”, ajuste de cuentas familiar, enésima variación sobre la carta al padre de Kafka: “Sé que sobre él he hablado con dureza / —se diría que soy una excepción, / quizá otros hijos otros padres tengan / igual que el mío y callan por pudor—. / ¿Quién puede reprocharme que lo hiciera? / Por lo que él sabe, él, desde luego, no”.

            Ajuste de cuentas con el padre; evocación de los tiempos de la dictadura y de la actividad política de entonces, cuando “nos equivocamos de aliados, / pero no de enemigos”; machadianos “proverbios y cantares”, algo machacones a veces —como la serie que comienza “Mala cosa llevarse mal consigo” y que se completa con “que no remedia ni el mejor amigo”, “y tener a quien ama de testigo”, “y estar pendiente solo de su ombligo”— y donde no escasea la moraleja de final de fábula: “Ni la miel en su dulzor / puede absolver a la abeja / que nos clava su aguijón”.

            Contra el versolibrismo, el surrealismo, el hermetismo y otros ismos escribe Francisco Castaño, empeñado en demostrarnos que la métrica tradicional —-la de fray Luis y Unamuno— sigue siendo válida para expresar las inquietudes y desengaños de hoy. Lo consigue a veces, pero demasiado a menudo nos hace recordar unos versos de Verlaine que él —buen conocedor y traductor de la poesía francesa— se sabe sin duda de memoria: “¿Quién dirá los enredos de la rima? / ¿Qué niño sordo o qué negro loco / nos forjó este adorno que suena / a hueco y falso bajo la lima?”. Pero que también —todo hay que decirlo— propicia inesperados, inéditos, memorables hallazgos.

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