jueves, 18 de noviembre de 2010

José García-Vela: Un hilo blanco de melancolía


José García-Vela
Hogares humildes (Obra poética)
Renacimiento, Sevilla, 2010
Edición y prólogo de Manuel Neila


El poeta asturiano José García-Vela era, hasta la fecha, poco más que un nombre en el índice de algunas antologías, una minúscula nota a pie de página en la historia del modernismo. Había publicado un único libro en 1909; el reconocimiento comienza a llegarle cuando la revista Mundial Magazine, que dirigía Rubén Darío en París premia un relato suyo, pero él no pudo conocer la noticia porque había muerto unos días antes, el 9 de junio de 1913. Tenía veintisiete años.
Solo ahora, gracias a la labor ejemplar de Manuel Neila, podemos conocer su poesía completa: Hogares humildes, aquel inencontrable libro de 1909, y Las huellas de los muertos, una obra inédita de la que se tenía noticia, pero que hasta el momento nadie –salvo quizá José María Martínez Cachero, que más de una vez se refirió a ella— había tenido ocasión de leer.
Manuel Neila resume en el prólogo las escasas noticias biográficas que de José García-Vela (hermano de Fernando Vela, el secretario de la Revista de Occidente) podemos disponer; sitúa su obra en el tiempo (reacción contra el exotismo y el decorativismo modernistas); compendia sus características, y nos ofrece limpiamente los poemas, sin notas a pie de páginas, sin pretender una edición crítica, que a menudo es la peor de las ediciones: la que continuamente nos interrumpe la lectura del texto para señalarnos antiguas erratas y torpes borradores.
Cumplido su trabajo, el editor se retira y nos deja ante los versos de García-Vela, elegantemente dispuestos en la página. La primera impresión –conviene reconocerlo para no engañar a los lectores— es que no han envejecido bien, que valen para el estudioso de la literatura pero no para el borgiano lector hedónico. Las flores del bien tituló José María Pemán uno de sus libros y podía titularse la obra completa de García-Vela. Pero las flores del bien suelen funcionar peor que baudelaireanas flores del mal.
El mismo año que García-Vela publica sus Hogares humildes aparece la primera edición de El mal poema, de Manuel Machado. En ambos casos hay una incursión en el prosaísmo, un volver la espalda a las princesas y los cisnes del primer Darío. Pero la reacción es totalmente distinta: Machado habla de prostitutas y de madrugadas etílicas, de bohemia y marginalidad; García-Vela comienza su libro con estos versos: “Esposa, dulce esposa, amante y buena, / Dios te bendiga como te bendigo: / eres casera y santa como el trigo, / como el casero aroma de la cena”.
En una primera impresión podríamos pensar que a García-Vela, como poeta, le sobró humildad (el adjetivo “humilde” lo repite hasta la saciedad: “en la blancura de la humilde mesa”, “como la sombra de la humilde estancia”) y le faltó audacia imaginativa y expresiva. Simpatizamos de inmediato con el personaje, pero los versos resultan en exceso bien intencionados y grises.
Ciertamente, la bondad no es un fácil condimento literario. Una buena persona, honesta y trabajadora, puede ser un excelente vecino, pero un aburrido protagonista de novela.
Pero si seguimos leyendo, si no nos echan atrás los adjetivos gastados, el constante recurso al patetismo, pronto nos ganará el encanto de estos versos que nos hablan de la felicidad del hogar, del regreso a la casa de la infancia tras la aventura americana (García-Vela emigró a Chile, donde había nacido su madre, en 1905), de su ciudad provinciana (a la que llama Vetusta, como homenaje a Clarín): “Surgió la luna en el azul del cielo. / Hubo luces de lago y de cristal. / Un ave negra dirigió su vuelo / hacia la torre de la Catedral. / Era el misterio en la ciudad. Caía / desde la blanca luna, gota a gota, / un hilo blanco de melancolía…”
José García-Vela era un poeta de verdad, no un versificador epigonal, ciertamente, pero no tuvo tiempo de ser un gran poeta. Incluso el precoz Juan Ramón Jiménez no pasaría de figura secundaria del modernismo si hubiera muerto a su edad (y Pedro Salinas o Jorge Guillén ni siquiera habrían publicado libro).
¿Significa eso que ha sido un trabajo benemérito e inútil rescatarlo del olvido? En absoluto. No solo las figuras mayores hacen una literatura; son necesarios además los buenos secundarios, que le den fondo y consistencia.
Abundan los versos de heridora melancolía en la obra de García-Vela: “¿No habéis sentido nunca la tristeza infinita / de estas humildes casas donde no suena un ruido?”. Uno de los poemas suyos que yo prefiero se titula “Azul”, como el libro de Darío, y nos habla de un viaje y de un puerto desconocido: “Amanece un azul, un extranjero día. / Acaba de llegar el barco a esta bahía / dormida, y silenciosa, y muda, que parece / un lago muerto, un lago ignorado. Amanece”. Entre gastados ecos neorrománticos, se atisba el poeta distinto y nuevo que pudo llegar a ser: “Estoy sintiendo un alma que no es mía”. Pero no pudo ser.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Curzio Malaparte: En el vientre de la bestia


Curzio Malaparte
Kaputt
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010
Traducción de David Paradela López


A Curzio Malaparte tendemos a asociarlo con Giovanni Papini, con Somerset Maugham, con otros escritores de éxito en la España de los años cuarenta y que hoy pueblan las librerías de viejo. Pero releemos Kaputt, en una nueva y excelente traducción (discutible, sin embargo, la decisión de no traducir a pie de página los abundantes diálogos en francés), y comprobamos que es algo más que un escandaloso escritor de otro tiempo.
No ha perdido nada de su capacidad de espanto y seducción esta obra que apareció por primera vez en el Nápoles bombardeado de 1944. La primera edición española es de 1947 y estuvo a cargo de José Janés. “La historia de este libro –se nos dice en la solapa— bastaría para formar el argumento de una novela de aventuras o de un film truculento. Esparcidas sus cuartillas por toda Europa a medida que los acontecimientos las iban convirtiendo en materia peligrosa, fue menester una enorme paciencia para reunirlas de nuevo una vez pasada la tempestad bajo cuyo fragor fueron escritas. Porque mientras Europa estuvo dominada por el Eje, tener cuartillas de Kaputt equivalía a tener un cartucho de dinamita, a ocultar un arma secreta con la que echar abajo la fachada de embustes con que se revestía el edificio del llamado Orden Nuevo”.
Pero la “Historia de un manuscrito” que encontramos al comienzo de la nueva versión española ha perdido muchos de los elementos novelescos presentes en la primera. “Retomé la redacción de Kaputt durante mi estancia en Polonia y en el frente de Smolensk, en 1942. Terminé el libro, a excepción del último capítulo, durante los dos años que pasé en Finlandia. Antes de volver a Italia dividí el manuscrito en tres partes…”, leemos ahora. Antes se daban más detalles: “Cuando abandoné Polonia para trasladarme a Finlandia, llevé conmigo, escondidos bajo el forro de mi capote de piel de cabra, las páginas del manuscrito. Terminé el libro, a excepción del último capítulo, durante los dos años transcurridos en Finlandia. En el otoño de 1942 volvía a Italia con licencia de convaleciente, tras soportar una grave dolencia contraída en el frente de Petsamo (Laponia). Por cierto que en el campo de aviación de Tempelhof, próximo a Berlín, todos los pasajeros del avión fuimos registrados por la Gestapo. Por fortuna, no llevaba encima ni una sola página de Kaputt, pues antes de abandonar Finlandia dividí el manuscrito en tres partes…”
Pero el valor de este libro no se debe a las difíciles condiciones de su escritura ni a su temprana denuncia –y desde dentro— de la barbarie nazi. Hoy, cuando conocemos esa barbarie más de lo que se podía siquiera sospechar, nos sigue conmoviendo y admirando porque, antes que nada, es literatura, espléndida literatura.
El primer acierto de Curzio Malaparte es no tratar de escribir una novela con sus experiencias como corresponsal de guerra en el Frente del Este; tampoco reúne los artículos –visados por la censura— que fue publicando en un periódico italiano. Hace literatura con lo que vio y vivió en aquellos años. No inventa, pero selecciona, dispone y contrapone, recrea atmósferas (con proustiana minuciosidad, con precisión de poeta), huye de cualquier registro notarial.
Sabe que acumular barbarie tras barbarie lleva a la insensibilidad del lector, por eso enmarca cada una de las secciones del libro en un ambiente lujoso, de aristócratas, jerarcas y diplomáticos. Porque durante la guerra no a todos les fue mal, a algunos les fue muy bien. A Agustín de Foxá, por ejemplo, embajador en Finlandia durante los dos años que allí vivió Malaparte. El 15 de abril de 1942, escribe a su familia desde Helsinki: “Vengo de hacer un viaje fabulosamente interesante, que leeréis literariamente contado en mis crónicas del Abc. Con Curzio Malaparte, el genial escritor italiano, autor de La técnica del golpe de Estado, me he ido a pasar la Pascua a los frentes del Ladoga y de Leningrado”. Más de una vez lo que Foxá cuenta en unas pocas líneas, lo desarrollará luego Malaparte: “Os hablaba en mi anterior carta de mi viaje al frente del Ladoga. De allí, en coches militares, nos trasladamos al frente de Leningrado. El general que manda esta región nos recibió en una casa con muebles rusos, ofreciéndonos una espléndida comida. En ella descorchamos las botellas de champagne que llevé. El general nos contó anécdotas terribles; el caso de esos paracaidistas soviéticos que, perdidos en el bosque, se atacan obsesionados por el hambre. Uno devoró al otro; me enseñan las fotografías del cadáver comido. También el caso del prisionero de Turku, que pidió un pope para instruirse en la Fe. El pope salió con los ojos arrasados de lágrimas al ver su piedad. Dos días después los centinelas oyeron un gran ruido en la celda del prisionero. Entraron, el pope agonizaba ensangrentado en el suelo. El prisionero, con salvaje alegría, exhibía el puñal que le había clavado mientras fingía abrazarle”. Ilustrativo resulta comparar esas apresuradas líneas con el desarrollo que de la historia del prisionero de Turku hace Malaparte en las páginas 294-295.
Agustín de Foxá, con su epicureísmo y su ingenio, es uno de los personajes más destacados de Kaputt. Con él tienen que ver buena parte de las diferencias que encontramos entre esta nueva traducción y la anterior. “Que fuera el representante de la España de Franco en Finlandia (Hubert Guérin, ministro de la Francia de Pétain, llamaba a Foxá ‘el ministro de la España de Vichy’) no le impedía reírse con desprecio de Franco y su revolución”, escribe Malaparte, y el traductor español de 1947 tiene buen cuidado de eliminar esas líneas. Pero Foxá, que contribuyó a salvar el manuscrito de Kaputt no le pidió a su autor que las suprimiera, y eso dice mucho de su valentía y de su doble moral (“Traigamos el fascismo a España y vayámonos a vivir al extranjero”, es una de las frases que se le atribuyen).
Tienen una intensidad onírica muchas de las páginas de Kaputt, como el que nos habla del espectáculo “horrendo y maravilloso” de los caballos que quedan apresados en un lago que se hiela súbitamente (“un inmensa plancha de mármol blanco sobre la cual había colocados cientos y cientos de cabezas de caballos”), o la visita al gueto de Varsovia acompañado de un joven de “rostro bellísimo y una frente alta y pura sobre la que el casco de acero arrojaba una sombra secreta”, un miembro de la Guardia Negra que “caminaba entre los judíos como un ángel del dios de Israel”. Hay también humor negro: el encuentro en el ascensor con un desconocido que resulta ser Himmler o la visita a la sauna, donde el jefe de la Gestapo disfruta siendo azotado por sus subordinados.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Philipp Blom: Tiempos de confusión



Philipp Blom
Años de vértigo.

Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914
Anagrama, Barcelona, 2010



La nostalgia mitifica y falsifica. Tras la catástrofe de la Gran Guerra, de la Primera Guerra Mundial que aún no se sabía que era la primera, los años iniciales del siglo XX fueron vistos como una época feliz, como una continua danza al borde del abismo. Pere Gimferrer, en uno de los poemas de Arde el mar, expresó hermosamente esa idea generalizada: “Eran sin duda tiempos / —belle époque— más festivos, con la vivacidad burbujeante / de quien se sabe efímero”.
En Años de vértigo, fascinante máquina de viajar en el tiempo, Philipp Blom nos presenta un mundo bien distinto, más parecido al nuestro –a pesar del siglo que nos separa— que a las caricaturas que tenemos de él: “Entonces como ahora, en las conversaciones y en los artículos periodísticos se hablaba sobre todo del veloz avance de la técnica, de globalización, de los progresos en el ámbito de la comunicación y de los cambios que afectaban al entramado social; entonces como ahora, dejaba su sello la cultura del consumo de masas; entonces como ahora, la sensación de vivir en un mundo en imparable aceleración, de estar lanzándose a lo desconocido, era arrolladora”.
El pasado, antes de ser pasado, fue presente, esto es, confusión y cambio, desconocimiento de lo que había de venir. Para analizar los años que transcurren entre la inauguración de la Exposición Universal de París, en 1900, y el verano de 1914, Philipp Blom prescinde de todo lo que ocurriría después, trata de contárnoslo como lo vivieron quienes no podían ni imaginarse la locura asesina que muy pronto arrasaría las naciones más civilizadas de Europa.
En la fastuosa exposición con la que Francia quiso asombrar al mundo entramos de la mano de un profesor alemán que dejó constancia de la visita en el anuario de su instituto. Es la Francia que se enorgullece de su imperio colonial y que todavía vive las tensiones nacionalistas y antisemitas del affaire Dreyfus. Tras las fachadas historicistas, con sus cariátides y sus alegorías paganas, se esconden, como avergonzados de su fealdad, los nuevos dioses: máquinas poderosas, dínamos de doce metros de altura.
El recorrido, año a año, termina con el capítulo “1914: Un asesinato político”. Pero el asesinato político que llenó los periódicos, que apasionó a todo el mundo, no fue el del archiduque Francisco Fernando en la remota Sarajevo, sino otro ocurrido en París el mismo año: Henriette Caillaux, la mujer de Joseph Caillaux, ministro de Finanzas, entró en la redacción de Le Figaro y solicitó ver al director. Como no estaba, le esperó cerca de una hora. Cuando llegó, intercambió unas pocas palabras con él, luego sacó un revólver que llevaba oculto en su manguito de piel y le disparó cuatro tiros. Unos meses después, en julio, se celebró el juicio. Aquel asesinato tenía todos los ingredientes para que los periódicos aumentaran su tirada y la gente no hablara de otra cosa: adulterio, escándalos políticos, una posible traición a la patria. ¿Quién se iba a preocupar demasiado por el desgraciado asunto de la muerte del archiduque a manos de un exaltado nacionalista serbio?
Años de vértigo es un libro de historia que está lleno de historias, que nos lleva de la revuelta rusa de 1905 al adormecido, y sin embargo en ebullición, imperio austro-húngaro. Por sus páginas cruza Leopoldo II, el rey belga que aspira, con muchas posibilidades, al puesto de mayor genocida de la historia, y quienes desvelaron el siniestro engranaje del Estado Libre del Congo, especialmente Roger Casement (que acabaría ahorcado) y Edward Morel. El emperador de Alemania, el káiser Guillermo II, protagoniza muchas páginas. Ilustrativa resulta su relación con Philipp Eulenburg, abogado y diplomático de carrera, a quien nombró príncipe. Lo había conocido en una cacería y muy pronto su casa de campo en Liebenberg acabaría convirtiéndose en el lugar de retiro favorito del emperador, “encantado de tener compañía sencilla, largas conversaciones y noches con amigos apiñados alrededor del piano mientras el anfitrión tocaba sus propias composiciones y él pasaba con entusiasmo las páginas de las partituras”. Guillermo II consideraba a Eulenburg su “único amigo del alma” y este calificó esa amistad como “un resplandor en mi vida”. Serguéi Witte, ex primer ministro ruso, tras visitar al emperador en la casa de campo de Rominten escribió: “Me sorprendió especialmente la actitud del emperador para con Eulenburg. Se sentó en el brazo del sillón del príncipe, con la mano derecha apoyada en su hombro, como si lo abrazara”. El final de aquella hermosa amistad resultaría tan trágico como involuntariamente cómico.
PhilippBlom se ocupa lo mismo de la gran historia que de la pequeña historia, y no deja de lado la historia de la cultura: domina el arte de la síntesis sin incurrir en la simplificación. Hace también psicoanálisis de la época: “Cuando las mujeres se volvieron más enérgicas y parecieron asumir nuevos papeles, los hombres se pusieron inmediatamente a la defensiva”. Y de ahí el culto a la virilidad y a la fuerza: “Entre 1900 y 1914 hubo más duelos y más uniformes en las calles que en los treinta años anteriores; los bigotes eran más grandes; los culturistas tenían más músculos, y los acorazados, cañones impotentes. Había coches de carrera y se batían récords de velocidad; nacieron los héroes de los deportes y se publicaba un sin fin de anuncios de cinturones eléctricos y otros remedios para la pérdida de ‘vigor masculino’”.
Un culto a la virilidad que a veces da la vuelta de forma esperpéntica, como cuando los enemigos políticos de Eulenburg (celosos de su influencia sobre el emperador) filtran a la prensa lo que era un secreto a voces. Y el aguerrido y militarista Guillermo II se entera entonces de que el lugar donde se encontraba más a gusto era un círculo de homosexuales.
Tras leer a Philipp Blom comprendemos que cualquier época pasada, antes de su simplificación en la memoria y en los manuales, fue tan compleja y tan contradictoria y tan indescifrable como el presente, “ese extraño país / donde todo sucede de manera distinta”.

jueves, 28 de octubre de 2010

Berta Piñán: Historias de familia


Berta Piñán
La mancadura (El daño)
Trea, Gijón, 2010
Edición bilingüe


En la poesía norteamericana y canadiense, y en especial en la poesía escrita por mujeres (Margaret Randall, Adrienne Rich, Anne Sexton), aprendió Berta Piñán, según nos dice en la nota final a su último libro, “que la biografía más común puede convertirse en materia poética”.
La biografía más común: sus poemas nos hablan de abuelos que estuvieron en la guerra, de padres emigrantes, de viejos rencores y reconciliaciones, de recuerdos de infancia, de amores y desamores. Y lo hace con una palabra clara, en el lenguaje de la conversación, pero sin desdeñar, de vez en cuando, la imagen deslumbrante, el toque memorable.
No tiene inconveniente en homenajear expresamente a sus maestros: “A la manera de Zsymborska” se titula un poema; “Variaciones en un poema de Eugénio de Andrade”, otro. De Wislawa Szymborska aprendió a expresar la metafísica de lo cotidiano, a decir las cosas más trascendentales en voz baja y con el mismo tono educado que si hablara del tiempo; de Eugénio de Andrade, el despojamiento, el arte de la elipsis, el convertir el poema en un puñado de imágenes verdaderas.
Cada manera de entender la poesía tiene sus riesgos, y los de Berta Piñán son evidentes: la falacia patética, la banalidad sentimental (incluso cierta incursión en el costumbrismo). Acierta a evitarlos casi siempre, aunque a veces los bordea peligrosamente. No es un acierto comenzar el libro con “Idiomes”, un poema sobre la emigración que no acaba de convencer en su simplista oposición entre padres que hablan en asturiano e hijos que hablan en alemán. El final de “Saqueo” carece de fuerza, especialmente en la versión castellana: “Arrampleste con too: / inclusive aquello que nunca / fuéramos tener” (Te lo has llevado todo: / incluso lo que nunca / hubiésemos tenido).
Pero son excepciones en un libro en el que abundan los poemas a los que volveremos una y otra vez, que se nos quedan para siempre en la memoria. El primero de ellos, “Nel balcón”, un poema que parece hecho de nada: en el balcón de enfrente una mujer, ya no joven, mordisquea una manzana, saborea el instante, aplaza el momento de adentrarse para siempre en la oscuridad. No menos memorable resulta “Aire de familia”, una versión personal de “Contra Gil de Biedma”, un homenaje también a tantos poemas de Francisco Brines en los que el poeta adulto se enfrenta al niño o al joven que fue.
De entre los muchos poemas de amor que hay en el libro, yo destacaría “Llámame”: “Llámame, anque seya tarde / y faiga fríu, / anque los brotos del xardín yá podrecieren / y el ríu medrara na to ausencia, / como miedren les hores / na cama d’un enfermu” (Llámame, aunque ya sea tarde / y haga frío, / aunque los brotes del jardín se hayan secado / y el río haya crecido en tu ausencia / como crecen las horas / en la cama de un enfermo). Y también “1956. Cantar d’aniversariu”, aparentemente solo un recuento de los sucesos de un año, aquel en que nació la persona amada.
El riesgo de la falacia patética está a un paso, ya lo dije, el confundir la emoción de lo que se nos cuenta con la emoción del poema. Por eso destaca especialmente “Pequeña Esha”, que al principio parece solo una postal turística: “En Katmandú, a estes hores, / les solombres tomen, a modo, / les cayes y les places, / los puestos del mercáu, / y hai como una galbana azul de páxaros / en ciulu” (En Katmandú, a estas horas, / las sombras inundan poco a poco, / las calles y las plazas, / los puestos del mercado, / y hay como una pereza azul de pájaros / rondando por el cielo”. Ningún desbordamiento sentimental (todo lo contrario: una aparente frialdad) en unos versos que hablan de una madre que aguarda la entrega de su hija adoptiva (cada una en un extremo del mundo).
En “Genealogía” se refiere la autora, que tantos versos ha dedicado a contar historias de familia, a su genealogía literaria, a las escritoras que la han ayudado a ser lo que es. Casi todas son poetas de ahora, mujeres del siglo XX. Hay una excepción al comienzo: “La rosa que cortó George Sand, / el so arume furtivu / nesta tarde tovía de seronda” (La rosa que cortó George Sand / su perfume furtivo / en esta tarde última de otoño). De George Sand, más que su literatura, se admira su ejemplo personal: no se resignó al papel que en su tiempo se asignaba a las mujeres.
La mancadura (El daño) no es un libro que resulte explícitamente reivindicativo. Pero es un libro que no podría haberse escrito hace unas décadas (aun suponiéndole a la autora idénticas experiencias). Detrás de estos versos de tanta naturalidad, tan aparentemente directos, se encuentra el esfuerzo de docenas de poetas, estudiosas y activistas por eliminar la costra de siglos de prejuicios sobre el hombre y contra la mujer. Hicieron falta muchas reivindicaciones para que, en poesía al menos, ya no sea necesario reivindicar nada.
La poesía de Berta Piñán, como ocurre siempre con la gran poesía, nos habla a todos y habla de todos, hombres y mujeres, pero lo hace con un matiz, con una emoción inédita o poco frecuente en la tradición literaria. Y eso le añade un valor y un sabor distintos.

jueves, 21 de octubre de 2010

José-Carlos Mainer: Un novísimo en la cátedra

José-Carlos Mainer
Galería de retratos
La Veleta, Granada, 2010


No es muy partidario José-Carlos Mainer del método generacional (siempre que puede muestra su aversión a los “estereotipos generacionales”), pero no deja de resultar ilustrativo encuadrarle dentro de los novísimos, como a sus coetáneos Carnero y Gimferrer. En 1970, poco antes de que apareciera la famosa antología, en la sede de Seix Barral, Gimferrer le presentó a Francisco Ayala y le dio ocasión de publicar su primer libro: una edición, brillantemente prologada, de las prosas vanguardistas del escritor granadino (Cazador en el alba y otras imaginaciones). Ese libro –al igual que las antologías de la poesía prerromántica y modernista que prepararon Carnero y Gimferrer— era también un manifiesto generacional, un ataque contra el adocenamiento de la literatura de posguerra.
El encuentro con Gimferrer se recuerda al comienzo de la semblanza dedicada a Ayala. No es el único apunte autobiográfico de estas páginas (el más emotivo está al final del capítulo sobre Historia del corazón), que son fruto de encargos ocasionales (un centenario, un congreso), pero que nunca se limitan a hacer acopio de erudición más o menos consabida para salir del trámite. A fin de cuentas, “un buen encargo es el que te pone en marcha hacia un lugar al que querías llegar”, como ha declarado –y Mainer lo cita— el pintor Antonio López.
De sus rupturistas comienzos generacionales, ha conservado Mainer un cierto gusto por el epíteto descalificador que, en su disonancia del habitual tono académico, suele añadir un tono de verdad y pasión a unos textos que nunca quieren ser asépticamente distantes. Claro que a veces parece pasarse un poco. Sonreímos cuando le oímos llamar “rufián pretencioso” a El Caballero Audaz, de verdadero nombre José María Carretero Novillo, “dos apellidos que definían mejor la grosería espiritual y la acometividad del autor que el refitolero seudónimo que le hizo famoso”. Pero no podemos dejar de sentir extrañeza cuando califica a Dámaso Alonso de “poetastro franquista”. Claro que quizá se trate solo de un pequeño lapsus erudito. Tras aludir al poema de Cernuda “Otra vez, con sentimiento”, añade que está “enderezado contra el poetastro franquista que llamó ‘mi príncipe’ a Lorca”. Pero fue Dámaso Alonso (y no López Anglada o algún otro oscuro poeta de la época) quien le llamó así en un famoso artículo sobre la generación del 27. Y es a él a quien alude el ofensivo verso final: “¿Príncipe tú de un sapo?”.
Con una muy ilustrativa introducción sobre “las vidas de los artistas y el género del retrato” comienza un libro que nos lleva desde Emilio Castelar hasta Juan Marsé. Aunque en el título se habla de retratos, se suele analizar más la obra que la estricta biografía. Hay autores poco conocidos, como el noventayochista Rodrigo Soriano, primero amigo y luego rival de Blasco Ibáñez en las filas del republicanismo, y otros de los que se ha escrito mucho, quizá demasiado, como Baroja o Cernuda. De los primeros se nos ofrece abundante información de primera mano; de los segundos, se acierta siempre a buscar un sesgo inédito. Ejemplar resulta el comienzo de las páginas dedicadas a Cernuda. Se alude a un artículo de 1932 en que el poeta describe su cuarto ideal de trabajo. En él hay “un significativo bodegón de libros desordenados”. Tras referirse a esos libros, añade Mainer: “Las ‘bibliotecas imaginarias’ como artificio para describir la intimidad intelectual de un personaje son un modo de écfrasis que algún día habrá que estudiar con detalle. O quizá baste con ofrecer una antología de ellas; hay mucho donde elegir”.
De tales ideas fértiles, desarrolladas o apenas apuntadas, están llenas todas las páginas de José-Carlos Mainer, un estudioso con imaginación creadora que sabe convertir la erudición en una fiesta de la inteligencia.
Como no podía ser de otra manera, no todos estos veinte retratos (que no son tales en la mayoría de los casos, como ya he apuntado) están a la misma altura. El gusto poético de Mainer no parece tan firme como el que muestra en otros géneros literarios, especialmente la narrativa y el ensayo. En su opinión, lo mejor que escribió Alberti tras su retorno a España “fue a parar a Versos sueltos de cada día”. Es opinión que no comparto y para refutarle me bastan los mismos ejemplos que él cita, especialmente el “inquietante y logradísimo bodegón de un desayuno” con que cierra las páginas que le dedica al poeta: “Tazas, yogurt y cáscaras de huevos. / Viento. Fuera los árboles. / Se ha quedado vacío el comedor”. Ni la inquietud ni el logro se ven por ninguna parte.
Más acierto muestra cuando rescata un breve poema de Joaquín Bartrina (el olvidado autor de unos versos famosos: “Si quieres ser feliz, como me dices, / no analices, muchacho, no analices”): “Lo sublime es sencillo. A la infinita / combinación de líneas que en el lienzo / deja el pincel que un fuego sacro agita; / a las notas sin fin en que se agota / la inspiración del músico más pura, / la música prefiero y la pintura / del mar, que es una línea y una nota”.
Los estudios sobre literatura rara vez son literatura. José-Carlos Mainer ha sabido convertir la investigación académica (que a menudo no pasa de “basura curricular”) en un género literario más. Cuando se mencionen los nombres principales de la generación novísima, cuando se hable del cambio estético que se produjo a finales de los sesenta, no se le debe dejar al margen. Su erudición es otra forma de creación.

jueves, 14 de octubre de 2010

Enrique Baltanás: Ocurrente volatería


Enrique Baltanás
Minoría absoluta
La Veleta, Granada, 2010



Hay tres géneros –o subgéneros— literarios en que parece borrarse la diferencia entre el profesional y el aficionado, o mejor dicho, en que una buena selección de textos escritos por aficionados puede competir con el más afamado autor. Se trata del haiku, el microrrelato y la greguería.
No todo el mundo estará de acuerdo, ciertamente, y en especial los cultivadores de alguno de esos géneros. Pero resulta fácil hacer el experimento. Para ello no tenemos más que entremezclar haikus de Basho y de cualquier taller literario, greguerías de Ramón y otras escritas por escolares de diez años, microrrelatos de alguna afamada antología y otros de gentes anónimas que participan en un concurso periodístico. La confusión no es posible si se trata de sonetos, ensayos o relatos de cierta extensión.
En los textos breves, el autor importa menos que el afortunado azar, una buena selección y un lector cómplice. El burro de la fábula, que toca la flauta por casualidad, puede escribir “cuando se despertó, el dinosaurio todavía seguía allí”, e incluso cosas mejores, pero no Pedro Páramo ni “El jardín de los senderos que se bifurcan”.
En Minoría absoluta Enrique Baltanás ha reunido, con vaga organización temática, un conjunto de ocurrencias, de muy desigual valor, a las que parece denominar “volaterías” (y quizá ese debería ser el título, o el subtítulo, del libro, ya que a él se refiere la cita inicial y aluden muchas de las frases: “Con el frío, la volatería también se encoge”).
Abundan las greguerías (“El tiempo, en el reloj de sol, se detiene cortés un momento para dejar pasar una nube”, “La naturaleza, cuando siente ganas de viajar, se coloca un gabán de viento”), en algunos casos muy ingenuamente ramonianas: “La tinta china debería ser amarilla”, “La a tiene siempre la cara redonda y gordezuela del que ha comido bien y es feliz”).
No escasean los sobreentendidos, que limitan el interés a unos pocos iniciados. Para encontrarle sentido, aunque no gracia, a “El aire de la calle Aire trae olores de primeras ediciones del 27” hace falta saber que Cernuda nació en esa calle. “Duda sevillana: ¿Conget o con jota?” no pasa de chiste privado que no debería haber pasado de ocurrencia de sobremesa (José María Conget es un admirado escritor aragonés residente en Sevilla). “Yo habría cambiado levemente la nota de Primo de Rivera: eximio ciudadano y extravagante escritor”: no habría estado mal mencionar a Valle-Inclán.
Afortunadamente no abundan las anotaciones que transparentan la ideología del autor sobre polémicas recientes. Un ejemplo: “Republicano: alguien que cree que el Rey es el culpable de todo. En España: persona de escasa memoria, pero que suele presumir de lo contrario”. Dan ganas de tachar y escribir: “Republicano: alguien que cree que, en una democracia, los cargos públicos deben ser todos electivos”. De esa y de otras afirmaciones de dudoso humor cavernícola (“Las feministas son unas señoras a las que el sexo se les ha subido a la cabeza”) se justifica el autor con un apunte autobiográfico: “Me he pasado media vida siendo un izquierdista serio y aburrido. Creo tener, pues, ganado el derecho a pasarme la otra media siendo un divertido y gamberro reaccionario”.
Y como todos los reaccionarios no se priva, entre muchas anotaciones inteligentes sobre su oficio de profesor (“Enseñar es mi manera de aprender”), de arremeter contra presuntos nuevos métodos pedagógicos: “Era natural que los pedagogos modernos desterraran el dictado de las aulas. Era inevitable que estos linces confundieran el dictado con la dictadura”. Me gustaría encontrar a uno de esos linces. Qué fácil resulta arremeter contra espantajos que uno inventa.
Podemos encontrar muchos más tropiezos en esta Minoría absoluta (apenas hay página sin alguno), pero eso no disminuye el interés del volumen. No se ha solido subrayar esa característica de las colecciones de haikus, aforismos, microrrelatos: nunca son enteramente prescindibles, siempre encierran alguna sorpresa. Si el autor (o el antólogo) no ha sido exigente, al lector le queda la grata labor de picotear acá y allá hasta dar con el hallazgo. O de reescribir, para dejar a su gusto, borrosas intuiciones. Lo primero, y algo de lo segundo, es lo que hago yo a continuación.

“El egoísmo es como el viento: solo lo percibimos cuando choca con algo”.

“No es arte si no consigues enterarte”.

“Si no consigues enterarte, no siempre es culpa del arte”.

“El ingenio es una trampa en la que caen los tontos y los que se pasan de listos”.

“Cuando soplo en el espejo siento cierto alivio: aún logro empañarlo”.

“La elipsis es la goma de borrar de la Retórica”.

“Los poetas le ponen letra a la melodía inaudible de nuestra vida”.

“Para practicar el amor libre hay que comenzar por librarse del amor”

“A la mano del pirómano la llama la llama”

“Con las metáforas cosemos y zurcimos el traje del mundo”.

“La ideología nos ayuda a no enterarnos más que de lo que nos conviene”.

“El presente de la felicidad está siempre en el pasado”.

“Ir contra la tradición es una tradición y una contradicción”.

“Las cosas verdaderamente grandes solo las hacen quienes no saben lo que hacen”.

jueves, 7 de octubre de 2010

Blanco White y Goytisolo: Lo que va de ayer a hoy


Juan Goytisolo
El Español y la independencia de Hispanoamérica
Taurus, Madrid, 2010



En la historia de la literatura española, pocos personajes tan enigmáticos como José María Blanco White. Denostado, marginado, olvidado durante siglo y medio, en 1972 Juan Goytisolo llamó la atención sobre él con un extenso y apasionado estudio que comenzaba de rotunda manera: “La historia de la literatura española está por hacer: la actualmente al uso lleva la impronta inconfundible de nuestra sempiterna derecha”. El prólogo de Goytisolo a la Obra inglesa de Blanco White es algo más que la reivindicación de un escritor olvidado: forma parte de la lucha antifranquista (la censura impidió que se publicara en España) y es también un nada velado intento de autorretrato. En las líneas finales leemos: “Acabo ya y solo ahora advierto que al hablar de Blanco White no he cesado de hablar de mí mismo”. El lector más desatento ya se había dado cuenta de ello bastante antes.
Casi cuarenta años después vuelve Goytisolo a prologar una selección de escritos de Blanco White (la portada del libro es engañosa: el autor del volumen que comentamos es Blanco White, no Goytisolo). Se trata de artículos aparecidos en el periódico El Español, que dirigió en Londres entre 1810 y 1814. La consideración de la obra de Blanco White es actualmente muy distinta, casi opuesta, de la que tenía en 1972. Como ha escrito su biógrafo, Fernando Durán López, “quejarse hoy de que se posterga a Blanco White sería repetir un tópico por pura pereza mental, puesto que […] es ya uno de los literatos que mejor se conoce y acaso el más editado de su generación”.
Las ideas de Goytisolo no han variado, hasta el punto de que, al resumir el contenido de los artículos de El Español que antologa (los referidos a la independencia de América), no duda en reproducir lo que de ellos decía en el libro “publicado en Buenos Aires hace casi 40 años”, puesto que “sintetizan de modo cabal” su “actual visión de la perspectiva histórica del autor”. No solo la visión “actual” es exactamente la misma en ese aspecto. También ahora, como entonces, se cuida Goytisolo de subrayar sus paralelismos con Blanco White, “quien, como algunos escritores excepcionales, manifestaría su pertenencia al país nativo en forma de rechazo y desposesión”. Ni de establecer una y otra vez extemporáneos parangones con el franquismo: “Como el lector apreciará, el lenguaje de la censura, cualquiera que sea su orientación política, es atemporal e inmutable. El franquismo que conocí en mi juventud no inventó nada”.
No aprovecha Goytisolo este nuevo acercamiento para darnos una visión de Blanco White más ajustada, menos deformada por la insuficiente información que se tenía en los años setenta y por los prejuicios propios.
El Español era una revista puesta al servicio de los intereses del gobierno británico y parcialmente financiada con fondos del Foreign Office, más o menos secretos. Blanco White propugnaba la subordinación de las tropas españolas (que consideraba particularmente ineficaces) a las británicas, incluso alguna vez insinuó la posibilidad de que un general inglés sustituyera a la Regencia gaditana, formándose así una especie de dictadura británica en España. El radicalismo liberal de sus primeros momentos (los del Semanario patriótico) estaba ya muy atemperado, y sus críticas a las cortes gaditanas coincidían, en muchos puntos, con las de las más conservadores. Hasta tal punto es así que, cuando Fernando VII recupera el poder absoluto, los absolutistas se ponen en contacto con él para que defienda la nueva situación desde las páginas de El Español. El ministro de Estado pidió al embajador en Londres que tratara de conseguir que BlancoWhite espiara a los emigrados liberales y escribiera a favor del nuevo régimen. A cambio de ello, “sería remunerado como quisiere por la Corte”. Blanco White rechazó la oferta, pero no se sintió ofendido por ella, afirmó que renunciaba al periodismo, pero que si volvía a él sería para combatir “los disparates que ve extendidos por el público contra España”. Contra la España del recién regresado Fernando VII, se entiende.
La poliédrica, cambiante, contradictoria figura de Blanco White no se puede ajustar a ningún esquema previo. Goytisolo, simplificando hasta la caricatura, considera que es “la fuente y raíz del creciente movimiento de rechazo al actual semiconfesionalismo encubierto y a los privilegios otorgados a la Iglesia católica por los Acuerdos de 1979 entre España y el Vaticano”.
La historia de la literatura no la escriben solo los historiadores de la literatura. También los creadores tienen su papel. Azorín, a principios de siglo; Goytisolo en los años sesenta y setenta; Andrés Trapiello, ahora mismo, cumplen la función de destacar autores y obras olvidados, o ensombrecidos, por la grisura académica. No importa que no sean demasiado eruditos, que confundan algún dato, si son buenos lectores. Lo malo es cuando pretenden sustituir a la crítica académica y se esfuerzan en sostenella y no enmendalla. Es lo que hace Juan Goytisolo en esta desvaída nueva aproximación a un escritor singular, al que cada vez se conoce más, pero que sigue siendo un enigma. Sacerdote católico, abjuró del catolicismo; español, puso todo su empeño en dejar de serlo (y ayudó a los presuntos españoles de América a que se convirtieran en mexicanos, argentinos, chileno…); traidor a unos y a otros por no querer ser nunca ser infiel a su conciencia.
Este desvaído aporte nuevo de Juan Goytisolo a la figura de Blanco White nos hace añorar las vibrantes (no importa si a veces equivocadas) páginas de 1972, que son ya parte de nuestra historia intelectual. No será enteramente inútil si llama la atención de algunos lectores sobre un autor contradictorio y magistral, huidizo y deslumbrante, cuya capacidad de fascinación dista mucho de haberse agotado.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Luis Alberto de Cuenca: Frivolidad y desolación

Luis Alberto de Cuenca
El reino blanco
Visor, Madrid, 2010
El Cuervo y otros poemas góticos
Reino de Cordelia, Madrid, 2010



Hay muchas maneras de entender la poesía, y cada una de ellas tiene sus riesgos. Para Luis Alberto de Cuenca “la poesía no ha de ser un tedioso / festín esencialista e incomprensible para / los miembros de una secta”, sino “una fiesta alegre / y comunicativa en que quepamos todos / los hombres y mujeres del planeta”, según nos dice en uno de los homenajes de El reino blanco a Agustín de Foxá.
No todos sus poemas pueden considerarse como “una fiesta alegre”, pero no hay ninguno que no sea “comunicativo”, que no busque la claridad expresiva. El riesgo de esa manera de entender la poesía es la banalidad y el prosaísmo. A veces parece olvidarse de que está escribiendo un poema y lo confunde con un artículo que no desdeña el tópico ni la frase hecha. “La más alta poesía que surgió de su pluma / figura en esas páginas” nos dice a propósito de El almendro y la espada, de Agustín de Foxá. Y en el poema siguiente: “Foxá, que lleva muerto tantos años, / seguirá vivo en Cui-Ping-Sing, su obra / maestra, que escribió en el 38 / y dio a la luz un par de años después”.
Nada perdería El reino blanco si tacháramos medio centenar de los textos que incluye. O quizá sí: ganaría en concentración expresiva, pero perdería parte de su encanto. Porque lo que caracteriza a Luis Alberto de Cuenca es tocar todos los registros, no desdeñar ningún tema, por frívolo o melodramático que pueda parecer.
Comienza el libro con un conjunto de “Sueños”, de relatos oníricos que cuentan historias confusas de la más clara manera; muchos de los poemas de Luis Alberto de Cuenca, no solo los que se incluyen en esta sección, tienen una estructura semejante. Destacan el “Sueño de mi padre” y “La maleta perdida”; “Sueño turco” incurre en el humor absurdo.
“Hojas de otoño” incluye algún retórico soneto, un buen poema, “La muerta enamorada”, en la línea que se antologa en El Cuervo y otros poemas góticos, y “La maltratada”, una muestra de que al autor ningún tema le es ajeno; en este caso uno que es noticia casi diaria: la violencia de género.
“Puertas y paisajes” termina con un “Elogio del sujetador”: “Sujetadores negros, rojos, verdes / (como en Irma la Douce), sujetadores / que realzan el busto, maravillas / de encaje, seda, blonda, tul o raso, / máscaras que, al caer, dejan las pomas / del pecho temblorosas e indefensas, / no habéis dejado de inspirarme nunca”. La poesía rococó del siglo XVIII ha encontrado en el Luis Alberto de Cuenca juguetón, decorativo y fetichista su mejor heredero.
“Fetichista” es el adjetivo que aplica a las cinco seguidillas que, junto unos cuantos haikus asonantados, integran la sección siguiente. No dejan de tener gracia: “¿De qué armario de diosa / mesopotámica / sale tu lencería / de seda grana? / —De un millonario / que es quien ha renovado / mi vestuario”. Otro poeta dudaría en incluir esas chistosas ocurrencias junto a sus poemas mayores. Y no dudaría en tachar algún haiku: “El dinosaurio / de tus sueños se ha vuelto / vegetariano”.
“Caprichos” y “Homenajes” se titulan las dos secciones siguientes; caprichos y homenajes son buena parte de los poemas de Luis Alberto de Cuenca. En la primera abundan las historias disparatadas, las mujeres perversas, las fábulas sin moraleja; uno de esos poemas, “Las cuatro heridas”, parece propio –como tantos otros suyos— de un Campoamor postmoderno, de un Campoamor guionista de Almodóvar. Los “Homenajes” hablan del placer de la lectura, del gozo de la biblioteca (a Luis Alberto de Cuenca le gusta llenar sus poemas con minucias de bibliófilo sobre princeps e incunables), pero también de muchas otras cosas. “La chica de la moto” es uno de los más conseguidos homenajes al goethiano “eterno femenino” de un poeta que ha hecho de la fascinación por la mujer uno de sus principales temas; “En la tumba de Joker” y “En la tumba de Soseki”, dos emocionados epitafios a su perro y al gato de Sánchez Dragó. “La casita de chocolate” recrea, a la manera de Amalia Bautista, el mundo de los cuentos infantiles; “Verano eterno” nos muestra al Luis Alberto de Cuenca más despojado: “Mientras el cuerpo aguante / cantaremos canciones para olvidar el frío. / En las canciones es verano siempre”.
“El cuervo” es un extenso poema publicado, además de en El reino Blanco, en la antología de poemas góticos a la que da título (muy bien ilustrada por Miguel Ángel Martín). Luis Alberto de Cuenca ha llevado a la poesía el mundo de la serie negra, de los tebeos, de los cuentos de terror, de las películas populares. Los alejandrinos y el detallismo de “El Cuervo” suenan a prosa. El poeta lee “The Raven” en “una edición / vulgar, sin interés, de esas que abundan / en los expositores de los Vips. (Recordé / haber leído también la traducción francesa, / hecha por Mallarmé, del poema de Poe, / y fui en su busca. Nada. Ni rastro de ese libro: / lo había extraviado para siempre jamás.)”.
“Recuerdos” se titula la sección siguiente, y aquí están algunos de los más conmovedores poemas del libro, los que vuelven la mirada a la infancia desde los umbrales de la tercera edad. Subrayo dos de ellos, la “Carta a los Reyes Magos” y “La bruja”.
A la sección final, “Paseo vespertino”, le da título un poema de amor que podría servir también como dedicatoria del libro. Aunque la imaginería no pueda ser más tópica (“Tú y yo, amor, a caballo, por las suaves / laderas de un crepúsculo dorado”), como de videoclips o anuncio televisivo, la magia del autor consigue que olvidemos lo consabido y nos llegue intacta la emoción.
Desolado y frívolo, obsesivo y abierto a cualquier incitación temática, minuciosamente virtuoso y descuidado improvisador, sin la menor concesión a la autocrítica, Luis Alberto de Cuenca es uno de los poetas más divertidos y memorables del último medio siglo. Qué importan las prescindibles páginas de El reino blanco si no escasean las que son una alegría –una heridora alegría, a menudo— para siempre.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Francisco J. Uriz: Do, re, mi, fa, gol


Francisco J. Uriz
El gol nuestro de cada día
Poemas sobre fútbol

Vaso Roto Ediciones
Madrid/ México, 2010


Hubo un tiempo, según recuerda Miguel Pardeza en el prólogo a esta antología, en que abundaba “un tipo de intelectual, hinchado de prepotencia ideológica y prejuicios políticos, que denostó el fútbol y todo lo que significaba”. Eran evidentemente otros tiempos. Hoy, si a alguien no le interesa el fútbol (o si lo considera más o menos como el parchís y otros pasatiempos), no se permite ningún alarde prepotente, más bien calla avergonzado.
Francisco J. Uriz, aplicado traductor de las literaturas nórdicas, ha compilado una antología de poemas sobre fútbol que tiene más de centón que de antología. El criterio de selección ha sido temático: cualquier poema que tuviera que ver con el fútbol le valía, no importa lo insignificante que fuera o que ni siquiera fuera un poema. Nos encontramos así con el himno oficial del Boca Juniors: “Boca Juniors, Boja Juniors, / gran campeón del balompié, / que despierta en nuestro pecho / entusiasmo, amor y fe. / Tu bandera azul y oro / en Europa tremoló / como enseña vencedora / donde quiera que luchó”. Se incluyen también abundantes letras de tango, en algún caso “pura poesía experimental”, según señala el antólogo, como en el sinsentido basado en nombres de olvidados jugadores argentinos: “Largue, Chiessa a esa Mujica / por Souza y por Roncorini / y Parto Coty Spiantoni / porque Passini calor”. Otro “poema” –de un ignoto Luis Fernández Sevilla— termina de esta memorable manera: “Y mil pechos entonaban / la bellísima canción. / Alabi, alaba, alabim bom ba, ra, ra, ran. / Alirón, alirón, / Maravilla campeón, / alirón, alirón, / Maravilla campeón, / campeón, campeón, campeón, / campeón”.
No sé yo si esas curiosidades interesarán a los aficionados al fútbol. Todo es posible, aunque tengo mis dudas. Los lectores habituales de poesía tienen otras cosas en que entretenerse. Por ejemplo, la “Oda a Pep Guardiola”, escrita por un excelente poeta catalán, Narcís Comadira, al que el entusiasmo –como a tantos aficionados— parece hacerle perder la cabeza. “¡Salve, hermano de los potros / de pezuña de trueno!”, comienza. Y luego sigue: “Tú te alzas y relinchas / y con ojos penetrantes escrutas / el estentóreo horizonte”. Pero no son esos versos los más sorprendentes del poema, que a ratos parece una parodia gay: “¡Tú que cubres la gloria / que has dado al compañero, / con un beso en la mejilla! / Dices: aquí. Y es aquí. / Y entre los pelos de la cara / nace una rosa macho”.
Claro que también hay algunos buenos poemas en estas páginas. No falta el brillante ejercicio de Miguel d’Ors titulado “Tempus fugit”: “Lo dijeron Horacio y el Barroco: / cada hora nos va acercando un poco / más al negro cuchillo de la Parca. / ¿Qué es la vida sino un breve sueño? / Hoy lo repite, a su manera, el Marca: / en junio se retira Butragueño”. Juan Bonilla firma otra humorada semejante, “La caída del imperio británico”.
Merece destacarse igualmente el poema de Luis Alberto de Cuenca, donde el fútbol sirve de pretexto para la evocación de los días de infancia, como en los versos de Seamus Heaney. Y contundentemente antibélico se muestra Harold Pinter. Tampoco resulta desdeñable, y sí muy adecuado tras recientes delirios patrioteros, uno de los epigramas de Enrique Badosa: “Ya está en orden el caos de este pueblo. / De nuevo somos grandes y triunfales. / Con entusiasmo todos entonamos / el himno patrio: Do, re, mi, fa, gol”.
En el prólogo escribe Miguel Pardeza –exfubolista y doctor en Literatura con una tesis sobre César González Ruano— que el fútbol “puede tomarse como tema poético con iguales derechos que la fortuna o la desdicha”. No me parece que sean temas equiparables (la fortuna o la desdicha se ejemplifican con el fútbol o con cualquier otro asunto), pero de lo que no hay duda es de que los poetas pueden escribirle una oda lo mismo a la rosa que a la cebolla, ensalzar a los héroes de las Termópilas o, como Píndaro hacía, a los vencedores de las Olimpiadas. Lo que no conviene que hagan –con el pretexto del fútbol o con cualquier otro pretexto— es el ridículo, como Narcís Comadira (insuperable), Elena Medel y algún otro cultivador del humor involuntario que alegra estas páginas.
Francisco J. Uriz no parece haber entendido cuál es la labor del antólogo: seleccionar los mejores poemas de un autor, de una época, o sobre un tema. Él prefiere considerarse un coleccionista de rarezas, y por eso prescinde de Rafael Alberti o Miguel Hernández (la “Oda a Platko” y la “Elegía del guardameta” quedan fuera por ser “muy accesibles”). No prescinde, sin embargo, de abundantes poemas suyos. No en vano, según se nos indica en la solapa, es autor de un libro de poemas de tema exclusivamente futbolístico, Un rectángulo en la hierba.
También a los poetas, como a cualquier hijo de vecino (las excepciones deberíamos ser especie a proteger), les apasiona el fútbol, pero a juzgar por esta antología les motiva más bien poco. Salvo que sean malos poetas, o no simplemente no sean poetas.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Exiliados románticos rusos: La novela de la historia


E. H. Carr
Los exiliados románticos
Anagrama, Barcelona, 2010.
Traducción de Buenaventura Vallespinosa



¿Quién recuerda hoy a Aleksandr Herzen? Fue uno de aquellos aristócratas rusos liberales que, en la primera mitad del siglo XIX, se atrevieron a combatir el despotismo de los zares. Pronto el marxismo daría otra dimensión a esa lucha y aquellos políticos y pensadores que creían en una evolución gradual hacia una democracia parlamentaria quedarían arrumbados en el desván de la historia.
E. H. Carr no es un novelista, sino un historiador, el mayor experto en la historia de Rusia, pero Los exiliados románticos, aparecido inicialmente en 1933, no desmerece junto a las grandes novelas de cualquier tiempo. Gracias a este libro –ha señalado Pere Gimferrer con inteligente paradoja— Herzen, Ogarev y otros personajes menores de la historia política rusa “son tan reales como los seres de ficción”. Al igual que el Rastignac de Balzac, el Julien Sorel de Stendhal o el Raskolnikov de Dostoyevski, no necesitan de ninguna confirmación exterior, de ningún documento para ser memorablemente verdaderos.
Novela sin ficción, Los exiliados románticos es, sin embargo, una obra llena de literatura, pero esa literatura no la pone el autor, sino los propios personajes, que buscaban su modelo en los escritores admirados, especialmente en las apasionadas fantasías de George Sand.
Aleksandr Herzen, el gran protagonista de esta historia, escribió una novela con abundantes elementos autobiográficos, ¿Quién es culpable?, en la que narra un adulterio. Casi todo lo que refieren sus páginas ocurrió en la vida de Herzen, pero no antes de que la escribiera, sino unos años después. Eran tiempos en que parecía que la vida no era vida verdadera si no seguía un previo guión literario.
De las muchas historias que se cuentan en este libro, destacaría dos. La que narra el capítulo final, “La última tragedia”, ocurrió tras la muerte de Herzen. Su hija menor, que desde niña había dado muestras de una excepcional inteligencia, recién cumplidos los diecisiete años, se enamora de Charles Letourneau, de cuarenta y cuatro, casado y con dos hijos, lector en la universidad de Florencia y autor de un libro titulado La physiologie des passions. Se conservan las cartas intercambiadas entre ambos. La lúcida pasión de ella contrasta con el obtuso paternalismo de él, que no deja de sentirse halagado por tan ciega devoción: “En lo que concierne a frialdad, intento con todas mis fuerzas conseguirla. No siempre es fácil, sin embargo; tu sentimiento para conmigo, tan sin reservas, tan completo, tan entregado, siempre me conmueve y a veces debilita mi determinación”. La nota final que dejó Liza (la encontraron en la cama con un pañuelo de cloroformo sobre la cara) es la más extraña que haya dejado un suicida: “Ya veis, amigos míos, que he intentado hacer la travesía más pronto de lo necesario. Quizá no tenga éxito. En tal caso tanto mejor. Podréis beber champaña en honor a mi resurrección. No lo lamentaré; todo lo contrario”. Quiere matarse, pero se alegraría de no conseguirlo. Y añade, con macabro humor: “Si se me ha de enterrar, comprobad cuidadosamente que estoy muerta, pues despertar dentro del ataúd sería muy desagradable”. Humor y literatura hasta en el último momento: la vida ya entonces, antes de Oscar Wilde, imitaba al arte.
“Un volteriano entre románticos” nos cuenta la historia de un exiliado político, el príncipe Piotr Dolgorukov, cuya vida fugazmente se cruza con la de Herzen. Qué personaje. Merecía él solo un libro de muchas páginas. Nacido en 1816, parecía destinado a una brillante carrera militar, como su padre, su abuelo y sus tíos. Entró en el Cuerpo de Pajes Imperiales, pero una falta cometida a los quince años causó su degradación y expulsión. La naturaleza de esa falta quedó en secreto, pero resulta fácil adivinarla a la luz de los acontecimientos posteriores. Toda su vida resultaría condicionada por ese hecho. Con ironía escribe Carr: “Su presencia resultaba desagradable y cojeaba ligeramente. Intentó compensar estas desventajas con el diestro uso de una lengua cáustica, pero su maestría con esta arma mermó aún más su popularidad”.
En 1836, cuando aún no había cumplido veinte años, le mandó un anónimo a Puskhin: “Los Grandes Cruces, Comendadores y Caballeros de la Serenísima Orden de los Cornudos, reunidos en Gran Capítulo […] han nombrado por unanimidad al señor Aleksandr Pushkin coadjutor del Gran Maestre de la Orden de los Cornudos e Historiógrafo de la Orden”. Natalia, la mujer de Pushkin, mantenía amistad con un guapo joven francés, Georges Dantès, que había sido adoptado por el embajador de Holanda, el barón Hecckeren, a cuyo círculo pertenecía Dolgorukov. La razón de la carta fueron al parecer los celos: temían que Dantés se enamorara de Natalia. Lo que vino después es conocido: Pushkin, para salvar su honor, retó al presunto amante de su mujer y murió en el duelo. Dolgorukov negó siempre ser el autor de la nota, pero un peritaje caligráfico efectuado en 1927 demostró indudablemente que era obra suya. No sería el único anónimo que escribió este príncipe despechado que desde su expulsión del Cuerpo de Pajes Imperiales no tendría otro objetivo que vengar aquella ofensa. Se hizo experto en genealogías y no hubo secreto de la nobleza rusa que él no conociera y no aprovechara para el chantaje.
Anagrama publicó por primera vez Los exiliados románticos en 1969. Ahora lo rescata en una colección, “Otra vuelta de tuerca”, que pretende proponer a los nuevos lectores aquellos “tesoros escondidos” que fueron celebrados en su momento, pero que ya llevan tiempo ausentes de las librerías. Será una feliz sorpresa para muchos encontrarse con esta casi secreta obra maestra.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Fernando Vela: Aventuras de la inteligencia

Fernando Vela
Ensayos
Fundación Banco Santander, Madrid, 2010
Edición de Eduardo Creus Visires



El ensayismo suele ser considerado un género menor. El ensayista que no se aventura en otros géneros está condenado a ser una nota a pie de página, o ni siquiera eso, en las historias de la literatura. Y más si apenas publica libros, si deja desparramada su obra por las páginas de los periódicos.
Fernando Vela tuvo la suerte de estar ligado a una de las más prodigiosas aventuras intelectuales del siglo XX, la Revista de Occidente, que sin él no habría sido lo que fue. Su nombre quedó así unido para siempre al de Ortega, al que consideraba, más que una figura individual, más que un filósofo, un acontecimiento: “Solo un acontecimiento puede influir con tal intensidad en los aspectos más heterogéneos de un país: en el pensamiento, en la literatura, la política, la enseñanza, las maneras y los estilos. A un hombre solo no se puede reconocer este fortísimo poder de trastocación y reforma que actúa en lo profundo, en la misma matriz de un pueblo”.
Pero Fernando Vela fue algo más que la sombra de Ortega y Gasset. La lectura de sus Ensayos, ejemplarmente seleccionados y prologados por Eduardo Creus, nos confirma que tenía un estilo propio, una curiosidad universal, una inteligencia siempre alerta. Y también que su prosa –menos brillante, pero también menos afectada— no ha envejecido como la de su maestro. La mayor parte de estas páginas se leen hoy con el mismo gusto y provecho que cuando fueron escritas.
En la trayectoria intelectual de Fernando Vela hay tres etapas. La primera está ligada a Asturias (nació en Oviedo, en 1888); la segunda, al Madrid de la Revista de Occidente; la tercera, al Tánger de su semiexilio.
Fernando Vela conoció a Clarín. Durante sus últimos años le veía casi diariamente: por la mañana, salir de la Universidad rodeado de discípulos (“como si la clase de hora y media les hubiera parecido corta”); por la tarde, en su casa (“un piso tercero de la calle de Campomanes y, en los últimos años, un bajo con jardín en la Puerta Nueva”). Uno de los hijos de Clarín, Adolfo, era compañero suyo de bachillerato y solían estudiar juntos. El gusto por la filosofía y por el periodismo lo aprendió Fernando Vela de Clarín, no tuvo que esperar a la llegada de Ortega.
Afiliado al partido de Melquíades Álvarez en 1913, impulsor de las actividades del Ateneo Obrero de Gijón (que convirtió en núcleo de una red de centros de cultura popular por la que pasaron todos los grandes nombres de la época), colaborador habitual del diario El Noroeste (en esta antología se ofrece una breve muestra de esa colaboración), la época asturiana de Fernando Vela resulta fundamental en su formación. Cuando en 1920 llega a Madrid ya está intelectualmente formado, dispuesto para ser el gran impulsor y divulgador de la vanguardia intelectual del momento.
Como no podía ser de otra manera, gran parte de los más memorables ensayos de Fernando Vela se publicaron entre 1923 y 1936 en las páginas de la Revista de Occidente. Algunas de esas colaboraciones las rescató él mismo en El arte al cubo (1927) y El grano de pimienta (1950), pero otras muchas quedaron allí olvidadas y ahora se reproducen por primera vez. De entre todas ellas, yo destacaría la reseña de El laberinto de las sirenas, de Pío Baroja, que es bastante más que una reseña. Comienza, muy autobiográficamente, con una evocación de “las húmedas piedras de Liquerica, el viejo muelle gijonés” y luego se entretiene en digresiones varias que acaban con una muy precisa silueta del novelista, “trapero de lo pintoresco”. Nada más adecuado para apreciar el arte literario de Fernando Vela que comprobar lo que es capaz de hacer con algo tan perecedero y ancilar como una reseña.
Fernando Vela fue uno de tantos españoles a los que los radicalismos de la guerra civil dejaron fuera de sitio. En el descabezado Madrid de los primeros meses de la guerra, fue denunciado por un presunto filósofo al que había rechazado un artículo; huido a la zona de los sublevados, allí su liberalismo no le servía precisamente de salvaguardia. En 1938, aceptó un puesto en el periódico España que el Alto Comisario de España en Marruecos quiso fundar en la ciudad internacional de Tánger para defender los intereses franquistas. Fernando Vela residió en Marruecos entre 1938 y 1943, pero siguió colaborando en el diario tangerino tras regresar a la Península. España, gracias a la colaboración de antiguos republicanos, no fue nunca un mero boletín propagandístico ni un periódico provinciano. En los años cuarenta, emulaba el rigor intelectual de El Sol y otros diarios anteriores a la guerra. Varias de las colaboraciones de Fernando Vela en España pasaron, sin necesidad de ser retocadas ni ampliadas, a las páginas de la segunda etapa de la Revista de Occidente.
Uno de sus últimos escritos, “Después de una lectura de Dostoyewski”, publicado en 1966, el mismo año de su muerte, comienza con una confesión: “Siempre he sido un mal lector de novelas y, más que malo, pésimo de las actuales”. Ya al comienzo de su vida literaria, en “La chimenea de leña” (es el primer texto que reproduce esta antología), nos habla de su pérdida de interés por el relato breve. Maupassant y Clarín, sus dos antiguas devociones, han dejado de serlo: el primero se le “cae de las manos”; los cuentos del segundo le emocionan aún, pero por lo que no es cuento, sino “confesiones íntimas del autor”.
No fue novelista ni autor de cuentos Fernando Vela, pero fue un prodigioso narrador de las aventuras de la inteligencia. Nunca quiso ocupar el primer plano, pero era el mejor actor de reparto en una época en que las estrellas se llamaban Unamuno y Ortega, Valle y Machado, y abundaban las figuras que luego se quedaron en figurones.
Hoy le leemos con el mismo gusto y el mismo tranquilo asombro con que en su momento le leyeron en El Noroeste, en la Revista de Occidente o en aquel periódico de Tánger donde la mejor España asomaba la nariz para no asfixiarse del todo. El tiempo no se ha puesto amarillo sobre estas viejas colaboraciones y su prosa se ha mantenido tersa, sin una arruga.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Rito y poesía


La poesía sigue siendo tan útil hoy como hace un siglo o hace mil años. Anterior al libro, anterior a la escritura, seguirá existiendo cuando desaparezca el libro (no hay riesgo inminente), y también si una catástrofe cósmica hace que la humanidad olvide lectura y escritura.
Una poesía útil, necesaria “como el aire que respiramos trece veces por minuto”, pedía Celaya en tiempos de la poesía social. Cuando hay medios más eficaces para la protesta, ¿deja de ser necesaria la poesía? ¿Se convierte en una antigualla que solo interesa a los poetas y a algunos pocos escogidos?
La poesía es palabra en el tiempo, decía Antonio Machado y se ha repetido hasta la saciedad. Y tenía razón. Pero junto al tiempo lineal de la historia existe el tiempo circular del rito y del mito.
También en las sociedades democráticas, incluso en la imposible democracia perfecta, tiene sitio la poesía social, una poesía que no se limite a ser tediosa materia académica ni culto casi secreto de unos pocos arcaicos aficionados.
Bodas, nacimientos, muertes (y también jubilación, mayoría de edad), la vida humana está punteada por momentos que no pueden reducirse a un trámite administrativo. Las diversas religiones les han dado la solemnidad adecuada, han inventado los ritos que nos permiten aceptar el misterio. Pero lo fundamental es la ceremonia, no la cobertura religiosa, que ha ido cambiando a lo largo de los siglos.
Hay poesía, gran poesía, en las celebraciones religiosas. Y nada mejor que la gran poesía para dar la solemnidad adecuada a cualquier acontecimiento. “Versos para ceremonias laicas” se subtitula El árbol rojo (Demipage), una novedosa antología. Tan hermosos como el texto de San Pablo, que se lee en las bodas católicas, son los poemas de Salinas o Cernuda que propone Andrés Rubio. “Todo dice que sí”, de La voz a ti debida, repite casi una docena de veces la palabra “sí” y peca quizá de una cierta blandura –muy saliniana—; otra fuerza tienen los versos de Cernuda: “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”. Menos conocido es el poema de tres versos de Alejandra Pizarnik: “Recibe este rostro mío, mudo, mendigo. / Recibe este amor que te pido. / Recibe lo que hay en mí que eres tú”.
Una película hizo famoso el “Blues del funeral”, de Auden: “Detened los relojes, descolgad el teléfono, / haced callar al perro con un hueso jugoso…”, pero no menos adecuados resultan los despojados versos de Alberto Caerio –el maestro de los heterónimos pessoanos— que Andrés Rubio selecciona: “Cuando llegue la primavera, / si ya me he muerto, / las flores florecerán de la misma manera / y los árboles no serán menos verdes que la primavera pasada. / La realidad no precisa de mí. / Siento una alegría enorme / al pensar que mi muerte no tiene importancia ninguna”.
En la mayoría de los casos, resulta fácil encontrar la equivalencia laica de la ceremonia religiosa, y así el bautizo se convierte en una “bienvenida a la comunidad”; pero otras veces –primeras comuniones, por ejemplo— habría que buscarle un nombre adecuado para ese “rito de paso”. Los poemas que propone el antólogo resultan más adecuados para la llegada a la adolescencia. Las Hojas de hierba, de Walt Whitman, ofrecen abundantes ejemplos para esta sección como para cualquier otra del libro: “Siéntate un poco, hijo mío, / aquí tienes pan para comer y leche para beber, / mas tan pronto como hayas dormido y te hayas puesto ropa fresca, / te daré un beso de despedida y abriré las puertas para que salgas”.

jueves, 26 de agosto de 2010

Jaime Gil de Biedma: Humano, demasiado humano


Jaime Gil de Biedma
El argumento de la obra. Correspondencia
Edición de Andreu Jaume
Lumen, Barcelona, 2010



“Usted trabaja casi siempre sobre emociones de una sola veta, con un sentido y una dirección bien definidos, y yo suelo inclinarme más bien por las emociones entreveradas y un tanto contradictorias”, escribe Gil de Biedma a Francisco Bejarano a acusarle recibo de su primer libro. “Entreverada y contradictoria” fue, sin duda, su propia vida y en toda su complejidad aparece en este epistolario, ejemplarmente prologado por Andreu Jaume. Quienes conozcan a Gil de Biedma por la biografía de Miguel Dalmau o por la reciente película, El cónsul de Sodoma, se sentirán sorprendidos por la última larga carta que escribió, una de las pocas de los últimos años que no es mera muestra de cortesía literaria. Dionisio Cañas preparaba una selección poética para la editorial Cátedra y, en el prólogo, según le comenta, pensaba insertarla en la tradición homoerótica. Nada más conocer esa intención le manda un telegrama: “Recibida ayer tu carta del día 1 que me ha dejado muy preocupado. Te escribo hoy mismo. Un abrazo”. A Gil de Biedma, gravemente enfermo, le obsesiona que pueda desvelarse el secreto de su doble vida: “Para quien solo me conoce de la sociedad literaria y de sus mundos afines, donde mi homosexualidad es un hecho universalmente conocido y respetado, le resulta difícil comprender que en los medios familiares y de trabajo en que vivo y he vivido siempre, mi situación es completamente otra, muy peculiar. Muchos, o casi todos, saben a qué atenerse pero jamás se han dado por enterados. Gracias a ello he podido llevar una vida privada de casi absoluta libertad con toda discreción. Pero si algún hecho ‘público’ –una mención en letra impresa— les forzara a darse por enterados, sé que su reacción sería inmediata y feroz, con tal de no pasar por cómplices de una inmoralidad ‘pública’, que pensarían que redunda también en desdoro suyo”. El final de la carta todavía hace daño a quienes le admiramos. A finales de los años ochenta, enfermo de sida (una enfermedad que entonces se asociaba casi exclusivamente a los homosexuales), a pocos meses de su muerte, le aterra pensar en la reacción de sus familiares y compañeros de trabajo cuando no tengan más remedio que enterarse de su orientación sexual: “En fin, por la prontitud con que te respondo y por la desmesurada extensión de mi respuesta te harás cargo de la hondísima preocupación que me causa tu proyecto. Encarecidamente te ruego, como amigo, que te abstengas de crearme posibles complicaciones en mi vida personal, que bastante desgraciada y complicada la tengo ya. Por favor te lo pido”.
El argumento de la obra reúne lo fundamental de la correspondencia del poeta. Quedan fuera, sin embargo, algunas cartas, como la siguiente a Gabriel Celaya (fechada el 3 de julio de 1964 y todavía, según creo, inédita): “Querido Gabriel, anoche terminé de leer tu Exploración de la poesía. Enhorabuena. Es un libro verdaderamente interesante, de una vivacidad intelectual rara en nuestra crítica de poesía. Y ambicioso en un sentido también poco frecuente: los tres momentos de la creación poética explorados por ti dicen mucho sobre la naturaleza de la poesía y le ponen a uno –a uno que es poeta— a pensar en el inquietante animal del que es jinete, menos doméstico de lo que nos hace creer la familiaridad con que recurrimos a sus servicios. Es posible que la cualidad que dé a tu libro su peso y su sabor más propios sea una profunda experiencia de la poesía, a un nivel que los poetas y los críticos españoles difícilmente alcanzamos, porque tendemos a fijarnos exclusivamente en la poesía –y en algunos casos, peores, porque tendemos a sustituir la poesía por otra cosa”.
Este epistolario no es un añadido menor y prescindible, una curiosidad para eruditos, como suele ser lo habitual. Es una sincopada autobiografía, el mejor acercamiento posible a las diversas facetas de un personaje irritante a ratos y siempre seductor. Un acierto que no sea siempre el escritor quien nos hable: así tenemos algunas muestras de sus otras facetas, del perspicaz abogado, del diligente ejecutivo.
Al principio –cartas de los años cincuenta— se nota su voluntad de hacer literatura, de lucir su cultura y su inteligencia. Asistimos fascinados a sus esgrimas verbales con Carlos Barral, en cada línea un alarde de su ironía y de su cultura cosmopolita (paradójicamente, cuando pretendió entrar en la Escuela Diplomática le suspendieron en el examen de cultura general y redacción), y luego las cartas intercambiadas con Joan Ferraté nos permiten asomarnos al taller en que se escriben sus poemas (Gil de Biedma es, sin duda, uno de los poetas más lúcidos que haya existido nunca: podía dar razón incluso de cada una de las comas de sus versos). De distinto orden resultan las cartas intercambiadas con Gustavo Durán, que fue músico, musa de algunos artistas del 27, afamado general republicano, alto funcionario de las Naciones Unidas y sin duda el modelo al que le habría gustado parecerse. En el verano de 1966 pasó una temporada en Atenas, invitado por él. Siempre la recordaría como una de sus últimas estancias en el paraíso. Algo de aquella felicidad queda en su poema “La calle Pandrossou”: “Era un lunes de agosto / después de un año atroz, recién llegado. / Me acuerdo que de pronto amé la vida, / porque la calle olía / a cocina y a cuero de zapatos”.
Las anotaciones de Andreu Jaume son breves y atinadas; aclaran, para el lector común, buena parte de las referencias. No todas. En enero de 1975, responde a las disculpas que le ha enviado Francisco Brines: “Tu carta se anticipó a todo: no conozco ese poema tuyo y el rumor no había llegado a mis oídos, cosa nada extraña puesto que apenas hago vida social de literato”. Habría sido conveniente indicar que el rumor aludía a que “Poeta póstumo”, uno de los epigramas del entonces último libro de Brines, Aún no, tenía como destinatario a Gil de Biedma: “Sorprende la noticia, pues me dicen / que escribes versos muy desvergonzados / (versos de tu experiencia cotidiana, / presumo con certeza), y que esperas / que se publiquen póstumos…”
La excusa no pedida confirma, más que desmiente, que él era el destinatario del epigrama (ya corrían rumores sobre las posible obscenidades de su diario inédito), pero no le da ninguna importancia; las bromas quedaban en el terreno de la literatura, no tocaban al individuo “cotidiano y tributable” que había detrás de los versos: “No te preocupes: la cosa no merece la pena y en ningún caso hubiera sospechado de ti una intención malévola, que por otra parte tampoco sería nada grave sino algo humano y literariamente legítimo: los dos tenemos ya la suficiente experiencia como para saber distinguir entre la obra, el personaje o mascarón literario y el patético y respetable ser humano que está oculto tras de una y otro, sea en el propio caso o en el de un compañero amigo”.
En estas cartas, tras el personaje, a ratos insoportablemente inteligente, asoma el ser humano que se encubría y descubría tras él: entreverado, contradictorio y, al final, caídas todas las defensas, conmovedoramente patético.

jueves, 19 de agosto de 2010

Ariadna Efron: Novela familiar


Ariadna Efron
Marina Tsvetáieva. Mi madre
Circe, Barcelona, 2009

De Marina Tsvietáieva no nos interesan únicamente sus versos fulgurantes y su prosa prodigiosa; de igual manera nos fascina la historia de su vida, iniciada en el Moscú de 1892, dentro de la alta burguesía intelectual, y concluida, por propia mano, en 1940.
Marina Tsvietáieva tuvo tres hijos. La mayor, Ariadna Efron, heredó su precoz genialidad. En los años setenta, poco antes de su muerte, escribió los recuerdos de quien ya se había convertido en uno de los poetas fundamentales del siglo XX. Esos recuerdos son los que ahora se traducen al español, no del ruso, sino de la versión francesa (de ahí que la transcripción del apellido de la escritora no sea la habitual). Cuenta en ellos que su madre la enseñó a leer “de corrido y con bastante inteligencia” a los cuatro años, a escribir a los cinco y a llevar un diario íntimo al año siguiente. Fragmentos del diario se intercalan en estos recuerdos. La autora insiste en que no han sido corregidos, pero nosotros no acabamos de creérnoslo. En diciembre de 1918 (había nacido en 1912) fecha una anotación en que retrata a la escritora: “Mi madre es muy extraña. Mi madre no se parece en nada a una madre. Las madres siempre admiran a sus hijos y a los niños en general, pero a Marina no le gustan los niños pequeños”. Tras aludir luego a sus ojos verdes, su nariz aguileña, sus labios de color rosado, añade: “Mi madre es triste, rápida; le gustan la Poesía y la Música. Escribe versos. Es paciente siempre lo soporta todo. Se enfada y ama. Siempre tiene que ir corriendo a algún lado. Tiene un gran corazón, una voz que acaricia y andares rápidos. Marina siempre lleva sortijas. Marina lee por la noche. Casi siempre hay una chispa de malicia en sus ojos”. Y concluye con una frase tan inverosímil para una niña de seis años como todo lo anterior: “A veces anda como si estuviera perdida, y de pronto parece como si despertara: se pone a hablar, y luego otra vez como si se marchara a alguna parte”.
Quienes han leído los escritos autobiográficos y las cartas de Marina Tsvietáieva, magistralmente recopilados por Tzvetan Todorov en Confesiones. Vivir en el fuego, saben de las difíciles relaciones que la escritora tuvo con su hija. Hasta los diez años, la consideró su mejor poema; luego dejó de interesarle porque le pareció que se había convertido en una niña como las demás, y todos sus afanes se centraron en Gueorgui Efron, su último hijo, que nació en 1925. “Hay que mimar a los hijos varones –escribió—, puede que tengan que ir a la guerra”. En la guerra, a los diecinueve años, moriría ese niño al que ella había mimado tanto.
Los días duros de la Revolución y del exilio en Checoslovaquia fueron para Ariadna días felices, un periodo —el único de su vida, precisa—, “de espacio y de libertad”: “El recuerdo de los años de infancia conserva el lado bueno de las cosas, los ojos de los niños no retienen más que lo hermoso de cuanto les rodea, sus oídos solo son sensibles a las cosas interesantes, divertidas y graciosas”. Por eso, contra lo que pudiera esperarse, no hay amargura ninguna en estas páginas, a la vez edulcoradas y llenas de detalles exactos.
No fue fácil la vida de Ariadna Efron. La niña precoz y genial que pronto desilusionó a su madre (quizá no fue culpa suya: Marina amaba y admirada tan apasionadamente que era difícil que no terminara desilusionándose), se convirtió en una adolescente rebelde que gozaba atormentándola. En su exilio francés, idealizaba cada vez más a la Unión Soviética, a donde regresó en 1937. Allí estaba ya su padre, Serguei Efron, de errática trayectoria personal y política (tras haber luchado contra los soviéticos se había puesto secretamente a su servicio y había participado en el asesinato de un refugiado político). Entre los dos, y con la entusiasta colaboración del pequeño Mur, obligaron a una Marina consciente de lo que la esperaba a regresar a su país. El mismo año en que ella llega a Rusia detienen a su marido y a su hija, los entusiastas del nuevo régimen que la habían embarcado en la aventura. El primero es ejecutado poco después; la segunda no será liberada hasta 1955.
Recobrada la libertad, Ariadna Efron pasó los veinte años que le quedaban de vida en reunir los dispersos manuscritos de su madre y en darlos a conocer. Sin ella, todo –o casi todo— se habría perdido y Marina Tsvietáieva no sería hoy más que un nombre en un índice, un olvidado poeta menor, un borroso ejemplo más de la represión soviética.
Los hermosos y fragmentarios recuerdos reunidos en Marina Tsvietáieva, mi madre constituyen un acto de expiación. A hacer más dura y más difícil la vida de la escritora contribuyeron con aplicación sus seres queridos: el marido, los hijos. Y quizá más que ninguno, aquel en que volcaría finalmente todo su amor, el pequeño Mur, que se convirtió en un adolescente “monstruosamente egoísta, sin miramiento alguno por los sentimientos de nadie”, como escribe Dmitri Sezeman, que fue su amigo y que trata de disculparle: “había sido educado en la creencia de que era el centro del universo”. Fue él quien consiguió finalmente lo que ni su marido ni su hija habían conseguido: que Marina dejara el exilio de París para regresar a la URSS. Y allí la atormentó hasta el último momento. Los vecinos de la escritora, tras su ahorcamiento, declararon haber escuchado, en los últimos días, violentas discusiones entre la madre y el hijo y “cómo él le demandaba constantemente unos lujos que ella no podía darle”.
Ariadna Efron tenía talento de escritora, y estas páginas lo demuestran sobradamente, pero prefirió sacrificarlo para dedicarse a la obra de su madre. Vivía de hacer traducciones, muy precariamente pagadas, y todo el tiempo libre lo dedicaba a preparar los poemas y las prosas de Marina Tsvietáieva y a luchar contra la censura para lograr que se publicaran. Inexplicablemente –pero cuántas cosas inexplicables hay en esta historia, en cualquier historia— nunca renunció a sus ideales comunistas.

jueves, 12 de agosto de 2010

Oscar Wilde: El rey mendigo


Herbert Lottman
Oscar Wilde en París
Tusquets, Barcelona, 2009



Hay escritores que no pierden su capacidad de seducción. Uno de ellos es Oscar Wilde. Nunca nos cansamos de recordar sus dichos ingeniosos, como nunca nos cansamos de escuchar la historia de su desventura.
¿Puso la genialidad en su vida y solo el talento en sus obras, como le dijo a André Gide? No parece que sea enteramente cierto. El tiempo, que ha convertido en arqueología a tantos escritores de su época, apenas si ha añadido alguna arruga al encanto de su prosa.
Importa poco que la biografía de Oscar Wilde haya sido contada infinitas veces. Siempre se pueden añadir algunas precisiones, arrojar nueva luz sobre enigmas que parecen indescifrables, como su destructiva relación con Lord Alfred Douglas o su incapacidad final para la escritura.
El interés de Herbert Lottman por las estancias de Oscar Wilde en París está relacionado con su propia biografía: “Si el autor de estas líneas puede permitirse un apunte personal, recuerdo que a mi llegada a París, hace ya medio siglo, disponía de un apartamento que me habían conseguido unos amigos y que se hallaba al lado del hotel d’Alsace; pues bien, en la mayoría de las fotografías de la fachada del hotel puede verse una de las ventanas de mi habitación, situada en la primera planta, como la de Wilde. Mi apartamento daba también a un patio, y de haber vivido Wilde entonces, habríamos mirado los mismos árboles, y tal vez habríamos podido conversar por encima de la pared de separación”.
En París vivió Oscar Wilde los días de su triunfo, en 1891, cuando era el escritor de moda y todo el mundo se esforzaba en adularle; en París vivió los años finales, viendo cómo le volvían la espalda quienes antes se vanagloriaban de ser amigos suyos. Incluso André Gide se avergonzaba de sentarse públicamente a su lado. En el homenaje que le dedicó tras su muerte, llegó a afirmar que “Wilde no es un gran escritor”. No era el único que pensaba lo mismo. Jules Renard quiso hacer en su diario una gracia que resultó cruelmente profética: “Consiento en firmar la petición a favor de Oscar Wilde, siempre que dé su palabra de no volver a… escribir”.
Herbert Lottman conoce bien las fuentes inglesas y francesas, pero ignora por completo las de habla española (estudiadas por Sergio Constán en Wilde en España). Uno de los grandes amigos de Oscar Wilde en los años de París fue un escritor guatemalteco, Enrique Gómez Carrillo, que le dedicó abundantes páginas en uno de los tomos de sus memorias, En plena bohemia, publicado en 1919. Podríamos pensar que esos recuerdos están fantaseados, como tantos otros que cita Lottman con alguna reserva. Hay que tener en cuenta que Oscar Wilde, a los pocos años de su fallecimiento, se convirtió casi en un género literario y todo el mundo que había tenido algún trato con él, por superficial que fuera, se dedicó a inventar anécdotas y apólogos que supuestamente le habían escuchado.
Pero lo fundamental de su relación con Oscar Wilde lo contó Gómez Carrillo ya en su primer libro, Esquisses, aparecido en 1892. Su valor historiográfico resulta así indudable. Carrillo no solo fue amigo de Wilde en sus años de gloria, también le trató en los años finales. Baroja cuenta en sus memorias cómo, allá por 1899, estando un día sentado en un café cercano al Moulin Rouge con él y con Manuel y Antonio Machado, pasó por allí Oscar Wilde y Carrillo se levantó en seguida a saludarle. Baroja ofrece un retrato del escritor en aquellos años finales: “Oscar Wilde era alto, demasiado alto, con un cuerpo de hombre grande y un tanto destartalado. Iba vestido de gris; llevaba un sombrero blando, una indumentaria vulgar. Tenía la cara larga, pálida, y un poco caballuna; las manos enormes, así como fláccidas y muertas, y los pies, por el estilo. Sabiendo quién era, daba la impresión de un fantasma. No sabiéndolo, parecía un hombre vulgar. No tenía nada de ese aire trágico y dramático que tienen a veces las ruinas humanas”.
Todos los escritores españoles o hispanoamericanos que en los años del modernismo pasaban por París tenían como guía a Gómez Carrillo. A muchos de ellos les presentó a Oscar Wilde, quien por esas fechas frecuentaba un bar del Boulevard des Italiens, el Kalisaya. Allí solía reunirse en torno a las cinco con amigos como Jean Moréas o Ernest La Jeunesse. Una tarde se encontraba Gómez Carrillo en ese lugar acompañando a Galdós. Cuando llegó Oscar Wilde, no fue necesario que se lo presentara, porque el propio escritor, que había oído el nombre de Galdós, “se aproximó a nuestra mesa –cuenta Carrillo— y me dijo, quitándose el sombrero e inclinándose con su exquisita distinción de gran señor de Londres: ¿Me hace usted el favor de presentarme al ilustre autor de Marianela?”. Galdós se puso de pie y estrechó la mano de su admirador. No intercambiaron ninguna palabra más. Marianela, con el subtítulo de “A Story of Spanish Love”, se había traducido al inglés en 1892.
Aunque se centre en las estancias en París, no se limita Lottman a hablar de ellas. La entera biografía del escritor está compendiada en estas breves páginas, escritas con agilidad periodística. Los admiradores de Oscar Wilde, junto a algunas informaciones consabidas, encontrarán en ellas bastantes datos nuevos, minucias quizá que no cambian nuestra imagen del autor de La importancia de llamarse Ernesto, pero que nos lo vuelven más conmovedoramente cercano, aunque no menos grande ni menos enigmático.

jueves, 5 de agosto de 2010

John Julius Norwich: El paraíso de las ciudades


John Julius Norwich
Venecia en el siglo XIX
Editorial Almed, Granada, 2010
Traducción de Andrés Arenas y Enrique Girón



¿Qué se puede decir de nuevo sobre Venecia?, se preguntaba Goethe en el siglo XVIII y se pregunta John Julius Norwich al comienzo de éste su último libro (por el momento) sobre la ciudad.
Cuando se cree haberlo dicho todo sobre Venecia, siempre queda lo más importante por decir. Norwich nos ofrece una serie de retratos de viajeros ilustres y una síntesis de dos momentos históricos, la desaparición casi por deserción de la milenaria República en 1797 y su fugaz resurrección en 1848.
El primer visitante del que se ocupa es Napoleón, que solo pasa diez días en la ciudad, a finales de 1807, pero que dejó en ella una huella perdurable, para bien y para mal. Eliminó iglesias, añadió jardines, completó la Piazza de San Marcos, saqueó cuanto pudo.
Poco después de la caída de Napoleón, llega Lord Byron, el más famoso de los viajeros venecianos, que a Norwich no le simpatiza demasiado. El escritor se rindió de inmediato al encanto de la ciudad: “Venecia me agrada tanto como me esperaba, y esperaba mucho. Es uno de esos lugares que uno tiene la sensación de conocer antes de haberlo visto siquiera, y uno de los que más me ha cautivado después de Oriente. Me encanta el melancólico colorido de sus góndolas y el silencio de sus canales. Ni siquiera me disgusta la visible decadencia de la ciudad, y aunque me entristece lo extraño de su desvaído lujo… conserva a pesar de todo mucho de su antiguo esplendor”.
En Venecia, Lord Byron sedujo a incontables mujeres (su media era una por la mañana, una o dos por la noche), realizó diversas proezas natatorias (como llegar nadando desde el Lido hasta la Salute y luego continuar por el Gran Canal), trató de aprender armenio, escribió un sin fin de divertidas y escabrosas cartas y algunos de sus mejores versos.
Otro inglés excéntrico que contribuyó como pocos a la fama de Venecia fue John Ruskin, el esteta minuciosamente erudito. Según se viene repitiendo desde el siglo XVIII (y quizá desde antes), creyó que la ciudad estaba a punto de desparecer y por eso quiso, en Las piedras de Venecia, su obra más famosa, dejar constancia de todos los pormenores de aquel lugar único. Contrató escaleras y andamios para no dejar moldura ni escultura sin estudiar ni dibujar. Su mujer Effie (que un día se atrevió a preguntar, algo extrañada, a su madre si era normal que, después de varios años de matrimonio, continuara siendo virgen) escribió en una carta: “John causa un enorme asombro en todos cuantos le observan en Venecia y me parece que no saben bien si se trata de un perturbado profundo o de alguien muy sabio. Nada consigue distraerle y, tanto si la plaza está atestada de gente o vacía, lo vemos haciendo daguerrotipos con un paño negro cubriéndole la cabeza o bien trepando por los capiteles repletos de polvo, o incluso con telarañas como si acabara de regresar de un viaje con una bruja en su escoba. Después cuando baja al suelo se queda de pie, inmóvil, para que Domenico le cepille cuidadosamente ante el asombro de los espectadores que le rodean”.
La Venecia del siglo XIX, para los viajeros ingleses, no solo fue lugar de erudición, reposadas charlas y poéticas melancolías. Algunos buscaban en ella una manera de escapar del puritanismo victoriano. John Addington Symonds cuenta en sus memorias cómo se sintió deslumbrado por un joven que encontró en una taberna del Lido y al que citó para el día siguiente en las Zattere, muy cerca de su casa: “Apareció a la hora convenida caminando con aire brioso y militar… Me había pasado todo el día pensando cómo era posible que un hombre de este tipo pudiera aceptar tan fácilmente la invitación de un extraño… Me inclino a pensar que la respuesta se explica de forma simple. Este joven era por naturaleza despreocupado, sin mucho dinero y además dispuesto a lograrlo como fuera. Aparte de esto –lo sé porque él mismo me lo ha contado— los gondoleros venecianos están tan acostumbrados a este tipo de invitaciones que no se lo piensan a la hora de complacer el capricho de los amantes ocasionales”. Copia a continuación Symonds el soneto que escribió sobre ese primer encuentro, cavafiano antes de Cavafis, aunque no se publicaría hasta muchos años después: “No es un sueño. Seguro que estuvo aquí / y se sentó a mi lado en el duro y bajo lecho; / teníamos el vino a nuestro alcance, y yo le dije: / Toma el oro, aumentará nuestro gozo”. Quizá no es un gran poema, pero está escrito con una naturalidad entonces impensable: “Sí, estuvo aquí. Nuestras manos, entre risas, crearon / un pequeño lío con su cinturón, camisa, pantalones y zapatos”.
Las síntesis biográficas que Norwich nos ofrece de los visitantes más o menos conocidos de la Venecia del siglo XIX tienen la dosis justa de erudición; cada capítulo se lee como un relato independiente, obra de un excelente narrador.
Por estas páginas cruzan Wagner, escuchando de incógnito su propia música, interpretada por las bandas militares austríacas, y extrañándose de que al final nadie aplauda (los venecianos considerarían un acto de traición aplaudir a los invasores); Henry James tratando de hundir en la laguna las ropas de una vieja amiga, de cuyo suicidio se siente culpable; el barón Corvo, con sus eróticas y heréticas extravagancias, y poetas como Browning o pintores como Whistler y Sargent.
La atención de John Julius Norwich se centra en el mundo anglosajón. Los traductores han querido completar el libro con un repaso a la presencia española en Venecia, a veces especialmente destacada, como ocurre con Mariano Fortuny y Madrazo, quien en 1899 alquiló una buhardilla en el palacio Pesaro degli Orfeo y acabó convirtiendo ese palacio –hoy museo a él dedicado— en su residencia y en el taller de su plural y fascinante obra. El prólogo de los traductores constituye el germen de otro libro.
“El que está en Venecia, cree estar en Venecia. Solo el que sueña con Venecia está verdaderamente en Venecia”, podríamos decir parafraseando a Ramón Gómez de la Serna. Quizá eso explique el inmarchitable atractivo de la ciudad.