jueves, 17 de mayo de 2012

Chaves Nogales: Periodismo y literatura

Chaves Nogales
Juan Bonilla y Juan Marqués (edits.)
La Isla de Siltolá
Sevilla, 2012


Manuel Chaves Nogales es un autor que está de moda. Varias editoriales se disputan la reedición de unos títulos que, hasta hace bien poco, solo podían encontrarse en las librerías de viejo, y a un precio no demasiado elevado. La excepción era su biografía de Juan Belmonte, que nunca dejó de ser leída, editada y admirada.
            Pero esta generalizada reivindicación se basa en un equívoco, y el bien intencionado volumen monográfico que Juan Bonilla y Juan Marqués le dedican contribuye a acentuarlo. Con buen criterio señalan que la boga actual de Chaves Nogales tiene su origen menos en la edición de su obra completa por parte de María Isabel Cintas que en las fervorosas páginas que Andrés Trapiello le dedicó en Las armas y las letras. Pocos escritores como Trapiello tan capaces de suscitar entusiasmo por autores olvidados. Al igual que Azorín ha jugado a reescribir la historia de la literatura española, y más de una vez lo ha conseguido.
            En el caso de Chaves Nogales esa reivindicación parte de un error, de una confusión entre la verdad del periodismo y la verdad, de muy distinta índole, de la literatura. El valor literario de Chaves Nogales es, para Trapiello, ante todo un valor moral. Lo que afirmó en 1994 en la primera edición de Las armas y las letras lo ha seguido afirmando, contra toda evidencia, en las siguientes ediciones y lo reitera en el prólogo a este volumen. A Chaves Nogales se le habría silenciado porque fue uno de los pocos que se atrevió a decir la verdad sobre la guerra civil: que en ella se enfrentaron dos bandos igualmente criminales, el totalitarismo fascista de un lado y el comunista de otro. Él formaría parte de la tercera España, de la España mejor, la que no estaba ni con la República ni con Franco. Los representantes de las otras dos Españas “no dejaron de ser el poder durante cuarenta años, unos en el interior y otros en el exilio”. Y aún hace una afirmación más peregrina: en 1936 “pactaron de manera tácita silenciar a todos y cada uno de los representantes de la tercera España”.
            Para Andrés Trapiello no es cierto que la represión de los rebeldes haya sido “sistemática, masiva y organizada” mientras que los crímenes de la Revolución hayan sido “ajenos al gobierno de la República y desobedeciendo sus órdenes”: eso no es más que una pacotilla que le venden “Paul Preston o, en su versión lorquiana, Ian Gibson a los guiris como suvenir rutilante”.
            Una afirmación semejante puede ser literatura, buena o mala, pero nada tiene que ver con la historia ni siquiera con el periodismo medianamente informado. En 1937, José Moreno Villa llega a Estados Unidos, financiado por el gobierno de la Republica, para defender su causa. Una de las conferencias que pronuncia se titula “Lo visto” y es un estremecedor relatos de los crímenes de los que fue testigo en el Madrid republicano durante los primeros años de la guerra. Cuando le trasladan a Valencia, ha de hacer noche en Tarancón, un pueblo “ya famoso por sus brutalidades”. El miliciano que custodia el caserón en que va a alojarse le cuenta que era de una condesa que vivía en Bilbao y que estaba allí cuando la revolución. “¿Y ahora dónde está?”. “Tranquila”, “¿Pues?”, “La matemos”. A Moreno Villa ese “la matemos”, esa conjugación popular del verbo “matar” le parece reflejar mejor que nada toda la barbarie del momento. La conferencia termina con las siguientes palabras: “Pocos Gobiernos del mundo creo que habrán tenido sobre sí al mismo tiempo una revolución, una guerra y una invasión extranjera. Pocos como este de la España llamada arteramente roja por los enemigos merece la asistencia total y efusiva de los españoles”.
            Los crímenes cometidos en el Madrid de los primeros meses de la guerra civil tanto como a Chaves Nogales conmovieron y espantaron al gobierno de la República, que había perdido el control de la situación y solo poco a poco, y nunca del todo, logró recuperarlo. No había únicamente comunistas en el lado republicano, también había anarquistas y socialistas y liberales republicanos. Y es bien sabido que no se llevaban nada bien entre sí.
            La reivindicación que Trapiello hace de Chaves Nogales es menos literaria que moral. Y muy poco consecuente. Lo que en él es valentía y lucidez y rechazo de las dos bárbaras Españas enfrentadas es en Alejandro Casona cobardía. Estas son las burlonas líneas que le dedica en Las armas y las letras: “Le sorprendió la sublevación en Oviedo, donde tenía en cartel su comedia dizque revolucionario Nuestra Natacha. El ruido de las bombas y el silbido de las balas, sin embargo, le asustaron de tal manera, que metido en los baúles de la compañía teatral de Manuel Collado y Pepita Díaz tomó el primer barco que pudo, en febrero de 1937, camino de Villadiego, en América del Sur. No pueden con el miedo, escribirá Juan Antonio Cabezas, que lo sacó junto a Ovidio Gondi”. Dejando de lado los errores puntuales (si Casona estuviera en Oviedo durante la sublevación, su destino habría sido el de Lorca o el del rector Leopoldo Alas), resulta cuando menos curioso que se pretenda ridiculizar a una persona por su miedo a las bombas y a las balas.
“O se hace periodismo o se hace literatura” es una vieja máxima no tan obsoleta como a algunos les pudiera parecer. En los periódicos puede publicarse literatura, pero el lector ha de se capaz de distinguirla de los textos estrictamente periodísticos con tanta claridad como a los insertos publicitarios. Cierto que hay escritores que juegan a borrar las fronteras, y en ello está buena parte de su gracia, pero ante la duda de si lo que se nos cuenta es la verdad contrastada del buen periodista o la mentira de la literatura (que a veces es otra verdad más honda) el lector debe inclinarse siempre por lo segundo.
            A propósito de La defensa de Madrid, el libro de Chaves Nogales recientemente rescatado de las hemerotecas, declara María Isabel Cintas: “Su relato tiene tanta fuerza, tanta verdad y un planteamiento de independencia tan absoluto, que es lo mismo que estuviera en Madrid o no presenciando los acontecimientos que narra”. Da lo mismo, añade, que sea una crónica o no, que pretenda hacer historia veraz o novelizar los hechos que narra. Pero no da lo mismo. La defensa de Madrid no es una crónica escrita por un testigo presencial, sino una reconstrucción a posteriori con una intención claramente partidista: la exaltación de Miaja y la denostación del gobierno de Largo Caballero que abandonó Madrid, ante la inminencia de su caída, para trasladarse a Valencia. Tomarlo como riguroso documento histórico –según hace Juan Bonilla– no pasa de una ingenuidad.
            Hay algo de tramposo en la reivindicación actual de Chaves Nogales. Fue un gran periodista que cuando hizo literatura quiso disfrazarla de reportaje periodístico. Estaba en su derecho. No lo están quienes toman sus ficciones basadas en hechos reales como documentos incontrovertibles, como el más lúcido reflejo de la España de su tiempo y, especialmente, de la guerra civil. En lo que escribió sobre la guerra civil se equivocó tanto o más que cualquier otro. 

miércoles, 9 de mayo de 2012

Contagiosa pasión intransferible

Un balón envenenado. Poesía y fútbol
Luis García Montero / Jesús García Sánchez
Visor. Madrid, 2012.


Han pasado los tiempos en que el fútbol era una afición despreciada por los intelectuales. Ahora estamos en el extremo contrario. Lo demuestra Un balón envenenado, la antología con la que Luis García Montero y Jesús García Sánchez conmemoran el número 800 de la colección Visor. Solo dos poetas, de los muchos convocados, se atreven a confesar que no les gusta el fútbol. Uno, Enrique Badosa, es un hombre de otra época, de cuando se creía que el fútbol era el opio del pueblo y adopta una actitud casi moralista. Luis Muñoz es más preciso: “No me gusta el fútbol, no me gusta su omnipresencia, el test de normalidad que implica que te guste, sus goooles radiados o televisados, con los que suele doler la cabeza, el gregarismo de muchos de los aficionados, la baraja de lugares comunes de los comentaristas tras los partidos, la metáfora evidente de confrontación bélica…”
Tiene razón Luis Muñoz: el fútbol se ha convertido en un pintoresco test de normalidad. Lo confirma el prólogo donde se afirma que no tener interés por esa más o menos deportiva pandemia “no puede ser un rasgo natural del carácter”, sino una toma de postura, una opción deliberada, equivalente a “retirarse del mundo, desentenderse de la sociedad”. Algún día las personas que aún no se han contagiado de la afición futbolística resultarán tan escasas que deberán ser declaradas especie protegida.
            Muchos de los textos seleccionados son inéditos, escritos expresamente para la ocasión. Algunos juegan a la deliberada hipérbole provocadora, como el “Iniesta y diez más”, de Benjamín Prado: “Por lo visto, Di Stéfano y Pelé fueron Shakespeare. / Pero Iniesta es Cervantes y en España es lo más: / el Quijote y su gol contra Holanda en Sudáfrica / son las mejores obras que ha dado este país”.
La ocurrencia de Benjamín Prado (equiparar futbolistas y escritores: Cristiano Ronaldo es “Pessoa entre los lobos”, Rosario “Anna Ajmátova conquistando Moscú”) la tuvo también, pero más farragosamente reiterada, Francisco J. Uriz: “Carlos Lapetra no fue menos importante / que Ramón Sender. Luis Regueiro / no menos que Antonio Machado”. Qué cosas.
            Pero hay al menos dos de los poemas escritos para la ocasión que salvan el volumen. Uno de ellos es un soneto alejandrino de Carlos Marzal, “Mételes, virgo, goles”, que recrea con ingenio y en “sermo vulgaris” alguno de los más conocidos tópicos poéticos: “A toda leche fúgit el tempus. Bajo tierra / se pudren, con Manrique, infantes de Aragón, / reyes, poetas, papas. Aprende la lección: / quien se atraca de vida es el que nunca yerra”. El otro es “All Iron”, de Jon Juaristi, un retrato del artista adolescente que puede ponerse a la altura de sus mejores poemas: hay en él humor, reflexión y autoparodia. Y en la entradilla inicial una muestra de su habitual relación de amor-odio con Euskadi: el descenso del Athletic a segunda le causaría “un dolor más profundo que la extinción del eusquera (que, pese a lo que pregonan de mí los nacionalistas vascos, también me entristecería)”.
            Abundan las pintorescas curiosidades, escasean los poemas en esta antología temática. Parece que el fútbol gusta más a los poetas que a la poesía. Algunas de las poetisas seleccionadas se atreven a confesar que lo que más le interesa del fútbol son los futbolistas: es el caso de Gioconda Belli, con unas improvisadas líneas olvidables, o de Raquel Lanseros que se declara “consciente de la importancia del fútbol desde la adolescencia, cuando admiraba en secreto la apostura de un joven futbolista realquilado en casa de la vecina de enfrente”.
            Los entusiasmos futboleros quizá sean contagiosos en el estadio o ante el televisor (como todas las histerias colectivas), pero con dificultad se transmiten a través del verso. Nos hace sonreír la retórica garcilasista de la “Oda a Ricardo Quincoces”, de Federico Muelas: “Canten otros la suerte de la rosa, / la trayectoria débil del suspiro. / Yo lo haré de tu vida impetuosa. / Eternizada en el recuerdo, miro / –clavada por la aguja de un instante / en el aire– tu entrada impresionante”. Pero no tanto como la trasnochada retórica decimonónica con que Julio Barrenechea entona en 1962 su “Homenaje al mundial”: “Selección de la Patria, adelante / hasta el arco contrario abatir; / todo Chile es un pecho anhelante / ¡gol chileno! queremos oír. / Es la raza parada en el césped / es el cobre, el salitre, el carbón; / es el mar con el Dios de los peces, / son los bosques del sur, es el sol”. Ya será menos es lo único que se le ocurre decir al lector antes estos fervores futbolísticos patrioteros (tan ridículos cuando son ajenos: resulta más fácil ver la paja nacionalista en el ojo ajeno que la viga del nacionalismo en el propio).
            Ninguno de los dos antólogos firma el prólogo y de los dos se habla en él en tercera persona, pero no resulta difícil descubrir en esas amenas divagaciones el estilo brillante y la a ratos algo tramposa seducción de Luis García Montero. Un ejemplo: “Da gusto aplaudir al yo que se niega a disolverse en un todo, pero que necesita dialogar y definir su libertad en la convivencia. Este es el personaje que ponen sobre la mesa o sobre el césped las verdaderas democracias, las ilusiones colectivas civilizadas y los buenos equipos de fútbol. Y el fútbol añade, además, un grado de inocencia y de credulidad que lo defiende de las consecuencias graves de un error político o religioso”. ¿El fútbol ejemplo del yo que se niega a disolverse en un todo, de verdadera democracia, de ilusión colectiva civilizada? Un poco rebuscado me parece.
            Cuando el fútbol es un pretexto para hablar de otra cosa (del paso del tiempo, por ejemplo, o de las ilusiones perdidas), podemos encontrar un poema, y acá y allá alguna muestra hay en esta antología. Pero si el aficionado ocupa el lugar del poeta, el resultado es una banalidad más o menos pretenciosa, una privada afición intransferible, aunque fuera del verso resulte tan contagiosa como una mala gripe y congregue a millones de persona.  

martes, 1 de mayo de 2012

Andrés Trapiello: Pensar, sentir, decir

Andrés Trapiello
Segunda oscuridad
Pre-Textos. Valencia, 2012


No es Andrés Trapiello uno de esos autores que buscan sorprender y deslumbrar al lector con cosas nunca vistas en cada nueva obra. Todo lo contrario: hace alarde de escribir siempre “el mismo libro” (para decirlo con un título suyo), de seguir fielmente las tradiciones (otro de sus títulos). Y sin embargo cada nueva publicación suya, aunque lo leamos desde hace más de treinta años, nos produce un renovado asombro.
            ¿Cómo es posible escribir hoy de los lirios y las rosas, de las golondrinas y de las estrellas, de las cosas del campo, de los amores domésticos y no sonar a trasnochado, manoseado neorromanticismo? Desdeñar la originalidad puede ser, y en este caso lo es, una de las más seguras maneras de conseguir la originalidad.
            Segunda oscuridad toma su título de una cita de Antonio de Solís: “Íbase acercando la noche, que en tierra no conocida trae sobre los soldados segunda oscuridad”. La noche que se va acercando ahora al poeta es la de la muerte, definitiva oscuridad, a la que sin embargo se invita a formar parte de la vida. Aparece en el primer poema, “Mesa”, y en el último, “Niños en la calleja”, y ambos representan bien los dos contrapuestos modos de entender el poema que se entrecruzan en el libro.
El primero describe un objeto cotidiano, la mesa de trabajo, a la que se desaloja de los objetos habituales que la ocupan y se la llena de otros nuevos y sorprendentes (“vino también la muerte, celosa de tal orden, / y me sirvió de vaso: puse en ella una rosa”) para convertirla en símbolo del poema. 
“Niños en la calleja” es un poema narrativo y realista, casi costumbrista. Unos adultos que leen, al anochecer, en el jardín de su casa oyen la charla ingenua de unos niños y cómo disimulan el miedo ante una callejuela oscura. Los últimos versos, sin levantar la voz, nos hablan de otro miedo y otra senda oscura: “A la primera estrella fugaz que vea esta noche / le pediré eso mismo: alguien que al lado, / cuando llegue el momento de partir, / me asegure fingiendo que el camino / no puede darme miedo, y yo lo crea”.
            Quevedianamente la muerte camina de la mano del poeta en el segundo poema del libro, mientras que en el tercero –una borgiana y a la vez nada borgiana enumeración caótica– el poeta se convierte en traductor “de los cantos rodados del camino, / de los pájaros grises y sin nombre”, de toda la ignoraba belleza del mundo.
            Contra lo que pudiera parecer, Andrés Trapiello es poeta de pensamiento tanto como de sensaciones y emociones. Pero su filosofía gusta más de la imagen precisa que de la abstracción. “Madreselva” utiliza el perfume de unas flores recién cortadas y puestas en un vaso para hablarnos de la cueva platónica y de la metafísica flecha que no llega nunca a su destino y del amor, “que mueve el cielo y las estrellas”, otro de los grandes temas del libro.
Pocos poemas de amor podrán superar en intensidad y originalidad (es frecuente que este poeta tan aparentemente poco original haga lo que nadie más que él es capaz de hacer) a “El despertar”, que comienza con la prosaica descripción de una escena trivial y poco a poco va elevando el tono sin levantar la voz y al final nos explica la razón de sacar ese privado trozo de dicha “a plaza pública”. No menos ejemplar resulta “Los amantes”, con su lograda superposición temporal.
            No gusta de vaguedades ni de grandes palabras vacías Andrés Trapiello. Prefiere situar su meditación en lugares concretos, encarnar sus preocupaciones. Buena parte de la historia del siglo XX, y de sus calamidades, se resume en un grupo de ancianas, llegadas quién sabe de dónde, que toman el sol en el Retiro (“Las tres Gracias”) o en una oropéndola que con su “valsar extraño” señala el lugar en que descansan todavía ignorados muertos de la guerra civil (“Selgas”).
            Hay alacridad e ingenio en Segunda oscuridad (“Gorriones del Rastro”, los juegos metapoéticos) y ciertos ejercicios de tono menor (“Labores del campo”, entre neopopularista y juanramoniano, “Agropecuaria”, tan Antonio Machado), pero son más los poemas que llevan a la perfección una personal manera de entender la poesía. Es el caso de “Rama de cerezo en flor”, de “Una carretera”, de “Cielo estrellado”, de tantos otros. En ellos Andrés Trapiello no remeda a sus  maestros: se convierte en uno de ellos.
            Pocos escritores tan ambiciosos como este incansable diarista, articulista, novelista, ensayista y, antes que nada, como Unamuno, poeta. Hace años que se empeña por ocupar la primera fila en cualquier género literario. Su lema parece ser “más y mejor”. En poesía no parece que le tema a nadie, ni siquiera a Homero (“Aquiles en el pago de San Clemente”), ya que sus homenajes son algo más que homenajes: una buscada comparación. A veces sonreíamos ante algún romance de tan reconocible eco (“No sé qué son estos lirios / con su crepúsculo a cuestas”), pero más a menudo tenemos que volver a leer el poema (y lo seguiremos releyendo) porque no acabamos de creernos que alguien haya dicho con tanta precisión, verdad y belleza lo que hemos sentido borrosamente alguna vez y no hemos sido capaces de decir. Ni de sentir en su plenitud hasta ahora.  

miércoles, 25 de abril de 2012

Muchas minucias, algún poema

Las cosas se han roto. Antología de la poesía ultraísta
Juan Manuel Bonet
Fundación José Manuel Lara
Sevilla, 2012


“La moda es lo que pasa de moda”, decía Jean Cocteau. La moda del ultraísmo duró unos pocos años, pero en ese escaso tiempo –entre 1919 y 1925–  fue muy llamativa y contagiosa: junto a algunos poetas verdaderos, apenas hubo principiante o aficionado que no tratara de jugar con la tipografía, borronear caligramas o enhebraetáforas más o menos gregueristas e ingeniosas.
            “El ultraísmo gozó, durante décadas, de mala fama”, escribe Juan Manuel Bonet en el prólogo a este nutrido centón. Explica luego el motivo de esa mala fama: “El digamos club del 27 lo redujo a un episodio llamativo, pero menor, e hizo circular la especie de que apenas había dado frutos poéticos”.
            No parece que la lectura de Las cosas están rotas, con su minucioso prólogo y sus 355 textos de 60 autores vaya a hacer variar mucho dicha opinión.
            Juan Manuel Bonet no distingue, a la hora de hacer su antología, entre ultraísmo y creacionismo. Nada le habría disgustado más a Vicente Huidobro que verse incluido en una muestra de poesía ultraísta, después de sus disputas por la primogenitura en las novedades vanguardistas y de sus ásperas polémicas y descalificaciones: “Yo no podré nunca tomarme en serio el ultraísmo pues nada detesto más que los elementos esenciales que lo constituyen: lo pintoresco, la fantasía y el dinamismo de maquinaria”.
            Para Bonet el ultraísmo es un cóctel de diversas tendencias: “creacionismo huidobriano, poesía cubista en todas sus variantes (Apollinaire, Cendrars, Max Jacob, Reverdy como referencias principales por ese lado), futurismo y palabras en libertad marinettianas, expresionismo alemán, Dadá y por supuesto ramonismo…”
            Pero no fue el “club del 27” quien redujo el ultraísmo a un episodio menor, sino sus propios participantes, que pronto, en casi todos los casos, lo consideraron una aventura juvenil y, si continuaron escribiendo, siguieron muy distintos caminos. La mayor parte de los poetas ultraístas que han pasado a la historia de la literatura lo hicieron por su obra posterior, al margen de esa corriente. Borges es el caso más significativo.
            Aunque no falten los personales juicios de valor a lo largo del prólogo, da la impresión de que a Juan Manuel Bonet lo que más le interesa de las publicaciones ultraístas es su rareza bibliográfica, no su interés literario. No deja de indicarnos que tal libro “lo maneja en ejemplar dedicado a Luis Álvarez Piñer” y que “antes había podido fotocopiar el dedicado a Federico García Lorca, de manos del cual pasó a las de Rafael Alberti”; otro lo tiene “en ejemplar dedicado a Adriano del Valle” y uno de los números de una rara revista, Irradiador, solo lo ha podido tocar en la biblioteca de Gerardo Diego. En las notas biobibliográficas de los autores seleccionados se nos ofrecen datos más propios de un coleccionista obsesivo que de un estudioso de la literatura. A propósito de César M. Arconada escribe: “Sed se había dado por no-publicado por los especialistas en el autor –y por mí mismo, seguidista de ellos, en mi Diccionario de las vanguardias en España–, por lo cual es fácil imaginar el bote que di cuando, en 2003, en lo alto de una escalera, en la que fuera biblioteca de Francisco Vighi, me topé con un ejemplar, que pronto engrosó la exposición en torno del poeta, que comisarié con Javier Villán, testigo de aquel descubrimiento”. Juan Manuel Bonet no nos ahorra datos que estarían mejor en otro lugar: la ficha dedicada a Ruth de Velázquez (poeta y pintora, como poeta muy justamente olvidada a juzgar por la selección que se nos ofrece) indica que un librero de Buenos Aires ofrece el ejemplar de uno de sus catálogos dedicado a Guillermo de Torre.
            A la hora de anotar los poemas el criterio de Bonet resulta igualmente peculiar. Huidobro dedica el poema “Ecuatorial” a Pablo Picasso y en nota se nos informa: “Pablo Ruiz Picasso (Málaga, 1881- Mougins, 1973), gran pintor español con el cual comienza el siglo XX”. El poema menciona luego al Capitán Cook y el antólogo anota: “Ahorramos al lector notas evidentes sobre el Capitán Cook”.
            No ha querido hacer Juan Manuel Bonet, según indica, una antología histórica, sino poética, “de poemas perdurables y, en algunos casos, memorables”. A lo largo del prólogo no deja de subrayar las piezas que considera más destacadas de su colección. Tal poema de Garfias termina “con un verso maravilloso” (Mi corazón temblando bajo el ala del Sur). A renglón seguido nos informa que ese poema, corregido, lo incluirá en un libro “maravillosamente titulado: El ala del Sur”. “El vuelo de los poetas”, de Guilermo y Francisco Rello, es otro poema “maravilloso”. Demasiada maravilla parece. Luces de bengala, de Miguel Pérez Ferrero, es “un libro muy bonito”. Y no resulta muy riguroso comenzar un juicio crítico con “de siempre me ha gustado mucho la poesía de Antonio Espina”.
            Como excepcional estudioso y crítico de arte, no deja Bonet de referirse a las relaciones entre poetas y pintores. El aspecto gráfico de los libros que tiene entre sus manos le interesa tanto o más que su contenido: “Hélices lleva retrato del autor por Daniel Vázquez Díaz, viñeta y exlibris por Norah Borges y sobre todo espectacular cubierta en negro y rojo ladrillo por Barradas”. Cumplidamente se nos informa de las cubiertas en que se utiliza la técnica del “pochoir”.
            Centón, más que antología, este libro, que incluye a sesenta autores y en el que con dificultad se pueden encontrar una docena de poetas (no escasean, sin embargo, los que, como Vicente Risco, son destacados autores en otros campos). El estudioso de la época puede espigar en él infinidad de datos curiosos, muchos de ellos inéditos; bastante menos interés presenta para el borgiano lector hedónico, y no parece que vaya a desmentir –todo lo contrario– la opinión que Bonet atribuye al “club del 27” sobre la fugaz y benemérita aventura ultraísta.  

martes, 17 de abril de 2012

Tano Ramos: El crimen y la infamia de Casas Viejas

Tano Ramos
El caso Casas Viejas. Crónica de una insidia (1933-1936)
Tusquets. Barcelona, 2012


El destino de la Segunda República española se decidió mucho antes del comienzo de la Guerra Civil. Aún no se habían cumplido dos años de su jubilosa proclamación cuando, el 12 de enero de 1933, un capitán de los Guardias de Asalto llamado Manuel Rojas, tras aplastar la sublevación anarquista en un pequeño pueblo de la provincia de Cádiz, decidió dar un escarmiento. La noche antes habían arrasado una de las chozas del pueblo en la que se habían refugiado los últimos resistentes. El pueblo estaba en calma, las órdenes habían sido cumplidas. Tras el desayuno, antes de emprender el regreso, Manuel Rojas ordenó que se fuera casa por casa deteniendo a todos los varones. Luego los llevó hasta la casa incendiada de Seisdedos, presunto cabecilla de la revuelta, y en el pequeño corral que había ante ella dio orden de ejecutarlos a todos. El médico que los acompañaba certificó que habían muerto en combate. El delegado del gobierno felicitó a Manuel Rojas quien, antes de abandonar Casas Viejas, un nombre que pocos habían oído antes y que pronto sería famoso, reunió a la tropa para dar un “Viva a la República”.
            Fue el comienzo del fin para el gobierno de Manuel Azaña y también para la República. Lo que pasó después es bien sabido. Periodistas próximos al anarquismo, como Eduardo de Guzmán o Ramón J. Sender, se acercaron al pueblo y difundieron noticias de lo que allí había ocurrido. Las derechas no dejaron pasar la ocasión y en el parlamento interpelaron a Azaña. En ausencia del ministro de Gobernación, Casares Quiroga, Azaña pidió información al subsecretario, Carlos Esplá, antes de responder. Y ateniéndose a las noticias recibidas, que no hablaban de fusilamientos, sino de muertos mientras se sofocaba la rebelión armada, dijo algo que, a partir de entonces, siempre se le echaría en cara: “En Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir”. Y se negó a crear una comisión de investigación.
            Muy pronto comenzaría a sospechar que, a pesar de lo que decían los informes oficiales, allí había ocurrido algo más de “lo que tenía que ocurrir”. Y mandó a un magistrado del Supremo a informarse y a ayudar en la investigación. Y logró que, en 1934, se juzgara, en la Audiencia Provincial de Cádiz, al responsable de aquella barbarie.
            Pero a quien se juzgó de verdad, gracias al apoyo de la prensa de la derecha y de la izquierda radical, fue a Manuel Azaña, estigmatizado como un gobernante cruel que no dudaba en ordenar que se disparan “tiros a la barriga” contra los pobres campesinos que no hacían otra cosa que pedir pan y trabajo.
            A poca gente le interesó saber lo que de verdad pasó en Casas Viejas. Quedó la leyenda, la historia pareció perderse para siempre. Algo se aclaró cuando, en 1996, aparecieron los diarios robados de Azaña; entonces supimos de su grave desinformación inicial y de sus nobles actitudes posteriores. Pero solo hasta que, muy recientemente, se descubrieron los sumarios de los dos juicios (el juicio de 1934 fue anulado y tuvo que repetirse al año siguiente) no se ha podido tener certeza de lo que verdaderamente pasó.
            Lo cuenta Tano Ramos en El caso Casas Viejas, ejemplar crónica de una insidia –así se subtitula–  que cambió la historia de España. Tano Ramos es periodista, no historiador, y eso no deja de notarse en su trabajo para bien y para mal. Con discutible criterio prescinde por completo de las comillas por lo que no siempre queda claro cuando cita textualmente palabras ajenas y cuando se limita a parafrasearlas.
            Pero quedan claras muchas cosas. El origen de la frase “tiros a la barriga”, por ejemplo, el gran reproche que la derecha y buena parte de la izquierda utilizó contra Azaña.
            Esa frase la pronunció por primera vez Bartolomé Barba Hernández, del Servicio de Estado Mayor del Ministerio de la Guerra. Llamado a declarar como testigo de la defensa del capitán Rojas, que quería demostrar que este se había limitado a cumplir órdenes, dijo que, en enero de 1933, Azaña le llamó para darle instrucciones ante los posibles ataques a los cuarteles de Madrid y lo que le ordenó fue que “nada de detenidos, tiros a la barriga”. Importó poco que, a preguntas del abogado de la acusación, esa declaración fuera pronto deshinchándose: la presunta orden fue meramente verbal, nadie la escuchó más que Barba Hernández, quien la atenuó al transmitirla (antes de asistir al juicio a nadie había referido lo de los “tiros a la barriga”), se refería en cualquier caso solo a los previstos altercados de Madrid y no tenía nada que ver con los sucesos de Casas Viejas, de existir no se cumplió (hubo prisioneros y heridos que se atendieron en el Hospital de Carabanchel), etc. Pero nada de eso tuvo importancia: la llamativa y barriobajera y absurda frase (en Casas Viejas no hubo tiros a la barriga, sino cobardes ejecuciones por la espalda y tiros de gracia en la sien, algunos efectuados por el propio médico que acompañaba a los Guardias de Asalto) fue lo único que subrayaron determinados diarios, especialmente el Abc, y a partir de entonces quedó como un hecho irrefutable.
            El libro de Tano Ramos no es solo la aclaración de un crimen que, como tal, pronto dejó de interesar a unos y otros para convertirse en un certero proyectil contra el político que mejor encarnaba a la República. Es también un exhaustivo análisis del poder de la prensa, de como la manipulación periodista puede convertir lo blanco en negro.
            Azaña, a quien se quiso convertir en verdugo, fue una víctima más de Casas Viejas, la que importaba políticamente, pero no la víctima principal. Las verdaderas víctimas –los asesinados y sus familias–  apenas interesaron a nadie, eran solo un pretexto. El libro de Tano Ramos tiene el mérito de sacarlas, en lo posible, del anonimato.
            A pesar de todas las artimañas de su defensa, y de que la derecha española lo convirtiera en héroe, el asesino de Casas Viejas fue condenado a 21 años en el primer juicio y vuelto a condenar a idéntica pena en el segundo. A comienzos de 1936 (pero de eso ya apenas informó la prensa), el Supremo redujo esa condena a tres años y poco después Manuel Rojas salió a la calle y se reincorporó al ejército. En julio de 1936 estaba en Granada practicando su deporte favorito: el asesinato de inocentes. Pero ahora ya nadie le llevaría a juicio. Moriría tranquilamente en su cama muchos años después.
            La lectura de El caso Casas Viejas nos deja una sensación de impotencia y tristeza. Y también la constatación de que, durante la República, a pesar de todo, la justicia funcionaba y el sanguinario capitán fue condenado. Pocos años después, a quienes hacían lo mismo, no se los condenaba, se los condecoraba.

jueves, 12 de abril de 2012

Leonard Woolf: El viaje, no la meta

Leonard Wolf
La muerte de Virginia
Lumen. Barcelona, 2012

Al último tomo de las memorias de Leonard Woolf, el único traducido al español, los editores le han titulado de La muerte de Virginia, aunque esa muerte ocupe pocas páginas. Son sin embargo las que le dan tensión y emoción. Es posible que el marido de la escritora fuera, como afirma la contraportada, “una de las personalidades más notables de su tiempo”. Pero Virginia Woolf lo fue de su tiempo y de cualquier tiempo. Y son sus propias palabras, ampliamente citadas de los diarios entonces inéditos, lo que más destaca en estos recuerdos.
            A Leonard Woolf le leemos como quien escucha a un agradable, y a ratos tedioso, conversador. Le gusta irse por las ramas. Algún crítico, comentando los tomos anteriores de sus memorias, lo achacó “a la facundia que acompaña a veces a la senilidad”. Él acepta ese reproche e intenta justificarse: “Si uno quiere reproducir fielmente su vida debe tratar de incluir algo de la desordenada discontinuidad que la hace tan absurda, impredecible y soportable”.
            Comienza el libro comparando 1939 con 1914, los preliminares y los comienzos de una guerra mundial con los de la otra. En 1914 nadie fue capaz de imaginar la barbarie que se avecinaba, por eso la marcha hacia el matadero se inició cantando y en traje de gala. En 1939, Francia e Inglaterra sabían de sobra lo que se les venía encima e hicieron todo lo posible por escurrir el bulto, envalentonando así al adversario.
            Tras el suicidio de Virginia, a Leonard Woolf le salvó  “el anestésico más eficaz para el dolor”, el amor al trabajo, que atribuye a su condición judía. De niño le valió burlas: para sus compañeros era “un sucio empollón”. Incluso los profesores le despreciaban: “Un caballero se tomaba en serio el criquet o el rugby, pero no el trabajo”.
            Importa el viaje, no la meta es el título original de estás páginas. Leonard Woolf tiene mucho que contar, pero está de vuelta de todo y no distingue el pormenor trivial y minucioso (la lista de los libros publicados por Hogarth Press) de los pequeños detalles cargados de emoción, como ese bastón de Virginia Woolf que se encuentra cerca del río tres semanas antes de que aparezca su cadáver.

martes, 3 de abril de 2012

José-Carlos Mainer: Barojianas paradojas


José-Carlos Mainer
Pío Baroja
Taurus. Madrid, 2012


Pocos escritores han concitado, casi desde sus inicios, el aprecio constante de los críticos más exigentes y de los lectores de toda clase y condición, un aprecio que se ha mantenido a lo largo del tiempo y que llega hasta los nuestros, como Pío Baroja. Pero pocos también han tenido tan fiel cohorte de apasionados detractores. Pedro Salinas consideraba que su libro de poemas Canciones del suburbio era el peor que se había escrito nunca, un ultraje a la lengua española. Y en Mis conversaciones con Pío Baroja (1945), del apócrifo D. Benaudalla, prologadas y anotadas por otro apócrifo, Francisco de Vélez, se caricaturiza su biografía a la vez que se hace recuento de todos sus verdaderos o presuntos dislates sintácticos (detrás del libelo se encuentra Luis Ruiz Contreras, que también le denostó con su propio nombre). Más reciente es la “biografía no autorizada” Baroja o el miedo del nada apócrifo Eduardo Gil Bera, tan virulenta y sarcástica que parece producto de una ofensa personal. Incluso el dolor del escritor, un “hombre de más de sesenta años”, por la muerte de su madre le parece “algo repelente”. Como nos parecen a nosotros, entre otras muchas, sus burlas por la operación de próstata a que fue sometido Baroja.
            A José-Carlos Mainer, siempre ponderado y bien informado, no se le ocultan las limitaciones de Baroja, acentuadas con la edad, y no se ocupa de disimularlas, pero no le importan demasiado, como no nos importan a nosotros, porque hay una cualidad que el escritor nunca pierde, ni siquiera en la más inhóspita vejez: el encanto.
            La biografía de Baroja se ha contado muchas veces, por él mismo y por otros, y a su obra se han dedicado ya estudios fundamentales. ¿Qué nos puede decir de nuevo Mainer? El lector apresurado puede pensar que se trata de un encargo realizado con solvencia, pero sin mayor interés. Y ciertamente las primeras líneas del prólogo no animan demasiado a seguir leyendo: “La presente biografía de Baroja se atiene a la pauta fundamental de la colección en que ve la luz: pretende explicar, a través del curso de una vida fecunda, las razones por las que su protagonista alcanzó el atributo de la eminencia”. El título de la colección, “Españoles eminentes” (copiado de los Victorianos eminentes, de Lytton Strachey, pero sin su ironía) parece remitirnos a otra época, los años cuarenta, de mayor fervor ejemplarizante y nacionalista. La verdad es que nos importa poco la razón por la que Baroja merece el calificativo de “eminencia”, y utilizar más de cuatrocientas páginas para averiguarlo resulta excesivo. Y no acabamos de encontrar justificado que, por el hecho de que Baroja naciera durante una guerra civil (la segunda o la tercera guerra carlista) el biógrafo se embarque en un recuento de todas las guerras civiles ocurridas en el mundo durante el siglo XIX.
            Mainer tarda algo en encontrar el tono y no ofrece nuevos y sorprendentes datos biográficos; a él lo que de verdad le importa de la vida de Baroja es la relación con su literatura, y de ambas con una época conflictiva y apasionante: el final de un siglo, el XIX, y la primera mitad del siguiente.
            José-Carlos Mainer no es solo un estudioso que combina minuciosa erudición con apuntes sociológicos y atrevidas síntesis de historia de la cultura; es también uno de los prosistas más notables de nuestro tiempo, un ensayista que –como Ortega ayer o Savater hoy (aunque no por sus novelas)– forma parte de la historia de la literatura.
            Minuciosa, asombrosa erudición la de Mainer, que parece haberlo leído todo y es capaz de compendiar cada trabajo con unas pocas palabras (por esos sus bibliografías están hechas para leerse y no solo para consultarse). Y ningún mérito resta a su trabajo que –acá o allá–  el lector puntilloso pueda detectar un error de fecha o un fácilmente corregible lapsus.
            Entre los críticos del Baroja inicial destaca Mainer (y resulta un acierto por su parte) la figura del catalán-argentino Juan Mas y Pi; subraya la importancia de las páginas que dedica al novelista en Letras españolas y añade que, tras ese volumen, “saludó con entusiasmo el futurismo, compiló otro importante volumen olvidado –Ideaciones, Letras de América: Ideas de Europa (1913) y murió trágicamente cuando, de regreso a Europa, su barco  –el Príncipe de Asturias–  embarrancó en la costa de Brasil en 1916”. Pero Ideaciones es de 1908; uno de los capítulos se dedica a “Las poesías de Miguel de Unamuno”, aparecidas el año anterior, y otro, el más emocionante, “Un libro viejo”, a un escritor que le había fascinado en la juventud y ya era para entonces un olvidado: Leopoldo Alas Clarín. Son páginas que merecían reeditarse.
            En 1923 la Revista de Occidente se abrió, tras la declaración de intenciones del director, con unas páginas de Baroja, “La feria de Marsella”, “anticipo –escribe Mainer– de su novela La feria de los discretos, que, como sabemos, salió a finales de año”. Pero la novela cordobesa de Baroja había aparecido bastantes años antes; la novela anticipada es El laberinto de las sirenas, como ha indicado en líneas previas.
           De Pío Baroja, reducido a tres o cuatro novelas siempre reeditadas y a un puñado de anécdotas y tópicos, creíamos saberlo todo; Mainer nos descubre cuánta complejidad esconde su aparente sencillez. Y lo hace con tan ameno rigor, con tan ponderada sabiduría, que el escepticismo con que comenzamos este retrato de un “español eminente” pronto se cambia en apasionada lectura que no desearíamos llegara a terminarse. Y que no termina: cerramos la biografía del escritor, escrita con la pasión que da el conocimiento, y volvemos a los tomos de sus obras completas: abiertos por cualquier página, juntan al placer de lo consabido el de la inagotable novedad.  

lunes, 26 de marzo de 2012

El buen hacer y las malas mañas de Francisco Rico

“Lázaro de Tormes”
Lazarillo de Tormes
Edición, estudio y notas de Francisco Rico.
Real Academia Española / Galaxia Gutemberg. Barcelona, 2011


Los méritos de Francisco Rico como estudioso y editor de los clásicos no necesitan ser subrayados. Desde hace medio siglo ha aplicado su mucho saber, su no menor sentido común (y su instinto comercial, podríamos añadir) a un campo en que toda arbitrariedad tenía su asiento. El texto, para el habitual editor de los clásicos (y de los contemporáneos que alcanzan esa consideración), no era más que un pretexto que le permitía lucir, viniera o no a cuento, su erudición. Francisco Rico, en sus ediciones y en las que ha dirigido, ha tratado de poner coto a esa mala costumbre. Notas, solo las imprescindibles, y en dos niveles: a pie de página, y lo más sucintamente redactadas, las de tipo léxico, las que permiten entender un texto de otra época; al final del volumen –y solo para estudiosos–, las variantes textuales y otras informaciones complementarias.
            Los méritos de Francisco Rico, decía, no necesitan ser subrayados. No cabe decir lo mismo de sus arbitrariedades, genialidades y –por qué no darles el nombre preciso– malas mañas intelectuales, que solo se comentan en voz baja.
            Su nueva edición del Lazarillo de Tormes culmina una labor iniciada en 1967. Aprovecha Rico la ocasión para poner en su sitio a quienes, como Rosa Navarro Durán, han hecho en estos últimos años aportaciones que se pretenden renovadoras y que no siguen enteramente la senda trazada por él. A Rosa Navarro Durán la llama en nota “antigua alumna y siempre amiga”, pero la hace quedar como una alumna poco aventajada cuando no enteramente estulta: atribuye el Lazarillo a Alfonso de Valdés, que murió en 1532, y ni siquiera se ocupa de rebatir las razones que sitúan la redacción de la obra en 1530.
            Pero las razones que da Rico para suponer que la novela se escribió poco antes de su primera impresión (en 1552 o1553) no son ni más ni menos concluyentes que las de Rosa Navarro para situarla a finales de los años veinte.  Veamos uno de los argumentos de Rico. “Y como la antiquísima arca –leemos en el Lazarillo–, por ser de tantos años, la hallase sin fuerza y corazón, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió y consintió en su costado, por mi remedio, un buen agujero”. En esas líneas encuentra una “diáfana adaptación” de Garcilaso: “Se rindió la señora / y al siervo consintió que gobernase / y usase de la ley del vencimiento”. Es posible que a algunos lectores no les parezca tan “diáfana”, pero aunque lo pareciera resulta difícil de aceptar el razonamiento que sigue: “Una evocación de ese tipo no puede proceder del conocimiento casual de la Canción cuarta a través de un manuscrito: nace de una familiaridad con la poesía del toledano que solo se explica tras la princeps de 1543 y sus posteriores reimpresiones; y cuanto más años después de 1543, tanto más claramente”. ¿Quiere decir Rico que solo podía conocer bien, y aludir a ellos en su prosa, unos versos de Garcilaso si los había leído impresos y no en manuscrito? ¿Y que estaría más familiarizados con ellos si dispusiera de varias ediciones y no de una sola? De ser así, no podría haber habido admiradores ni imitadores de Góngora durante su vida, ya que sus grandes poemas se editaron póstumamente.
            A los datos ciertos, Rico les añade abundantes suposiciones, unas más verosímiles que otras, pero no es este el lugar para referirse a ellas. Me limitaré a señalar lo que me parece un perfecto ejemplo de las “malas mañas” intelectuales a las que aludía antes. Tiene que ver con su “antigua alumna y siempre amiga”. Al comienzo de la novela hay un pasaje problemático: “De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar”. Ese “brincaba” y ese “calentar” han traído de cabeza a los sucesivos editores. Con dificultad pasaban el “brincar”, pero de todas todas se les atragantaba el “calentar” (ya José Caso, en los años sesenta, propuso “acallaba”). Pero Rico no encuentra nada raro en el texto y explica “calentaba” según Covarrubias: “Calentar en la cama… arroparse”. O sea que Lázaro hacía dar saltos a su hermanito y luego lo metía en la cama y lo arropaba bien; con pocos niños pequeños ha tratado quien no ve extraña esa secuencia.
Rosa Navarro ha propuesto una lectura del pasaje que parece bastante más atinada que la habitual. Llegó a ella gracias a un pasaje de la Tragicomedia de Lisandro y Rosalía, publicada en Salamanca en 1542. Dice así: “Cuando era niña yo la brizaba, y con el trebejo la acallaba, y con otras cosas de niñez con que los niños en aquella edad se suelen regocijar”. “Brincaba”, escrito “brincava” sería una errata por “briçava”, que significa, “mecía”, “acunaba” y eso es lo que hacía Lázaro con su hermanito para “acallarle” cuando lloraba.
            La interpretación puede ser discutible. Lo que no parece discutible es que, publicada por primera vez en la revista Edad de Oro (2009) y repetida en otros lugares, Francisco Rico ha de conocerla. Pero entre las muchas publicaciones de Rosa Navarro que incluye en su bibliografía no se encuentra ese artículo, y en el aparato crítico considera “inadmisible” una propuesta de A. Ruffinatto, pero ni menciona la bastante más admisible de su antigua alumna. Y trae en apoyo de su tesis una cita de un Tratado de patología que nos deja perplejos: al niño “debenlo calentar con trebejuelos y con bonos sones y cantares sabrosos que l’alegren”. Como los editores que tanto critica, Francisco Rico pretende explicar un pasaje confuso con una cita que necesita una todavía mayor explicación.
            Pero dejemos a un lado tiquis miquis eruditos (apasionantes, por otra parte) y vayamos a la más curiosa novedad de esta edición. Al contrario que en las más antiguas conocidas, de 1554, el texto no aparece como anónimo, sino que lleva nombre de autor: “Lázaro de Tormes”. Y es que –sensacional descubrimiento–  el Lazarillo no es una obra anónima, sino apócrifa, esto es, atribuida a un autor supuesto, como los Cantos de Ossian. Los primeros lectores del Lazarillo lo leían como una obra auténtica, como la carta de un pregonero, al menos al principio, aunque luego poco a poco pudieran ir entrando en sospechas de su carácter ficticio, y así quería que lo leyeran el desconocido autor, que calló su nombre, no por miedo a la Inquisición (que prohibió el texto, no se sabe por qué, ya que, según Rico, las críticas anticlericales de la obra las compartían “obispos y sacerdotes, franciscanos, dominicos y agustinos, conservadores y erasmistas y, desde luego, el pueblo menudo”), sino para dar mayor verosimilitud a una obra con la que inauguraba un nuevo género literario: la novela moderna.


            ¡Curioso concepto de verosimilitud el de Francisco Rico! Un pregonero analfabeto –Rico no está seguro de que sea analfabeto–, al que han pedido información sobre un “caso” que le atañe dicta una carta a un escribano y la comienza de la siguiente manera: “Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca vistas y oídas vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto les deleite. Y a este propósito dice Plinio que ‘no hay libro por malo que sea que no contenga algo bueno’”. Esas líneas no forman parte de una carta, sino que son el prólogo de un libro (por mucho que Rico, al quitar los epígrafes de las primeras ediciones, pretenda ignorarlo). Lázaro de Tormes no es el autor apócrifo de La vida de Lazarillo de Tormes; y de sus fortunas y adversidades, sino solo el narrador y protagonista, como Pascual Duarte no es el autor apócrifo de La familia de Pascual Duarte.
            Critica Rico las atribuciones modernas del Lazarillo basadas en “semejanzas tomadas a ojo de buen cubero” o en “corazonadas”. ¿Qué habría que decir de la suya, que parece una ingeniosa ocurrencia de café que se viene abajo en cuanto se vuelve a leer la obra? Mejor no decir nada y limitarse a citar la sabia reflexión del niño Lázaro cuando ve a su hermanito asustarse de su padre, tan negro como él: “¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”.

jueves, 22 de marzo de 2012

Máximo José Kahn: Alemán, español, judío

Mario Martín Gijón
La patria imaginada de Máximo José Kahn. Vida y obra de un escritor de tres exilios
Valencia. Pre-Textos, 2012

Junto a los grandes nombres de la edad de plata de la cultura española, la que abarca el primer tercio del siglo XX, hubo otros menores, pero en absoluto desdeñables, que contribuyeron a su esplendor. Uno de ellos fue Máximo José Kahn, colaborador del diario El Sol, de La Gaceta Literaria, de la Revista de Occidente, amigo en el exilio americano de Rosa Chacel y de Juan Gil-Albert, convertido hoy en poco más que un nombre en un índice. Mario Martín Gijón, uno de los más rigurosos e inteligentes investigadores jóvenes, lo rescata ahora de la sombra en un volumen bien documentado y minucioso quizá hasta el exceso.
            De Máximo José Kahn interesa tanto el personaje como la obra. Había nacido en Alemania, en 1897, y su verdadero nombre era Maximilian Josef Kahn. De familia judía, pero alejada de la ortodoxia y muy integrada en la cultura alemana, estudió en Berlín. Le afectó profundamente la derrota de Alemania en la Gran Guerra, aunque no tanto como a su hermano, que no pudo soportarla y acabó suicidándose. En 1921, para huir de las consecuencias de la catástrofe, se trasladó a España. Fue en España donde se inventó una nueva identidad judía. Su familia era asquenazí (Kahn es la germanización de Cohen), pero él se identificó con la cultura sefardita hasta el punto de inventarse otros orígenes. Contaba, según refiere Juan Gil-Albert, que su apellido no era otro que el Cano español y sus ascendientes procedían de Asturias. Acabó fijando su residencia en Toledo y convirtiéndose en el mayor valedor de la rama sefardí de los judíos, a los que considera parte esencial de la cultura española. Llega a afirmar que “ibero” y “hebreo” tienen el mismo origen, que el cante hondo procede de los cantos religiosos judíos, que “la guasa sefardita” es idéntica a la andaluza (la contrapone “al chiste asquenasita”).
            Pero más importante que esa peculiar recreación de su identidad judía (“también la verdad se inventa”, diría Machado), fue la labor realizada por Kahn, durante los años veinte y primeros treinta, como intermediario entre la literatura alemana y española. Escritor perfectamente bilingüe dio puntual noticia a los lectores de cada uno de esos países de las novedades que se estaban produciendo en el otro. La llegada del nazismo interrumpiría esa labor.
            Durante la guerra civil, cumpliría uno de sus sueños: fue nombrado cónsul de la República en Salónica, quizá la ciudad donde la cultura sefardita había alcanzado su mayor desarrollo, aunque desde la incorporación a Grecia, en 1910, había comenzado a decaer. Menos de una década después de su llegada, los judíos de Salónica serían casi íntegramente exterminados.
            Tras la derrota, vinieron los campos de concentración, el exilio a México y luego a Argentina. Poco a poco, Kahn se iría sintiendo menos español y más judío. En Argentina casi dejó de relacionarse con los exiliados republicanos para integrarse en la comunidad judía, tan pujante en aquel país.
            Cuando tuvo conocimiento cabal de la barbarie del Holocausto, se convirtió en otra persona; dejó de lado sus inventadas veleidades sefarditas, dejó de considerarse alemán y español y quiso ser solo judío, un judío ortodoxo, sin contagios reformistas ni asimilacionistas: “Fue el judaísmo el que dio a los hombres su mejor libro, su mejor ley, su mejor poesía, su mejor amor, su mejor ritmo vital y su mejor dios: Dios”.
En contundentes aforismos fue expresando Kahn su nueva concepción del judaísmo, tan diferente de la que había defendido en su etapa española: “Ni el socialismo ni el anarquismo ni ninguna otra tendencia política pueden hacer al judío más justiciero, socialmente, que la justicia decalogal”, “Cada uno de nosotros puede tener que morir mañana por judío. ¿No sería grotesco que tuviera que sufrir como mártir de una causa que no defendió?”, “En este mundo sufrimos porque somos judíos. En el otro mundo sufriremos porque no fuimos judíos”. El escritor deja de hablar a todos para dirigirse solo a los miembros de su credo.
            El radicalismo cada vez mayor de Kahn acabó distanciándole de la propia comunidad judía argentina. De hecho, su último libro, Arte y torá, que dejó listo para su publicación en 1953, el mismo año de su muerte, todavía permanece inédito y durante un tiempo estuvo perdido.
            Mario Martín Gijón se ocupa detalladamente no solo de las dos novelas, los dos libros de ensayo y la traducción de Jehudá Haleví, en colaboración con Gil-Albert, que Kahn llegó a publicar, también lo hace de sus artículos dispersos y de su obra inédita. Resulta fatigosa, y quizá inútil, tanta demorada atención a unos textos que el lector difícilmente tendrá ocasión de conocer.
            Quizá la investigación aniversaria, al ocuparse de autores contemporáneos, equivoca sus objetivos. No se trata de fatigar archivos y hemerotecas para acumular cuantos más datos mejor sobre un escritor olvidado; antes habría que preocuparse de poner al alcance de los lectores lo que se considera válido de su obra. Si es que hay en ella algo válido porque el tiempo inmisericorde hace que la mayoría de los escritores olvidados estén muy justamente olvidados.
¿Merece una reedición la novela, de peculiar erotismo, Año de noches? ¿Es Efraín de Atenas algo más que un costumbrista y proustiano compendio de vida judía? Tras leer a Mario Martín Gijón, minuciosamente imparcial, implacablemente exhaustivo, no acabamos de saber si Máximo José Kahn merece ser rescatado del olvido como un escritor de obra todavía viva o solo como un personaje menor de una época mayor de la literatura española.

jueves, 15 de marzo de 2012

Jon Juaristi: Suma de varia intención

Jon Juaristi
Renta antigua
Visor. Madrid, 2012

Desde su primer libro, de 1985, Jon Juaristi, tan cambiante por otra parte en sus adscripciones ideológicas, se ha mantenido fiel a una manera de concebir la poesía que enlaza con la de los poetas de su generación, pero que a la vez resulta inconfundiblemente personal.
            Aquel primer libro, ya desde el título, Diario de un poeta recién cansado, jugaba a la parodia, al humor, al chiste más o menos fácil. La nueva versión de la lorquiana casada infiel decía así: “Yo me la llevé a la playa / la noche de Aberri Eguna, / pero tenía marido / y era de Herri Batasuna”. Muy citada resulta también otra nimiedad: “Con Barthes / ni te cases / ni te embarques”.
            En Renta antigua, después de tantos años, se sigue manteniendo fiel al gusto por la parodia más o menos ocurrente. El final de “Restaurante chino” repite los versos de una canción de Alberto Cortez, sin otro cambio que la desaparición de una “m”: “Cuando tú te hayas ido / me envolverán las sobras”. La enumeración caótica de “Ligero de equipaje” termina jugando con los versos últimos, tan citados, del “Retrato” machadiano: “y así que parta el ave que nunca ha de tornar / me encontraréis a bordo después de facturar”.
            ¿Un poeta menor, ocurrente, ingenioso, a la manera de cierto Ángel González? Ciertamente eso es Jon Juaristi, pero no solo eso. Y también un poeta que gusta de la rima fácil, del ripio. El pareado con el que comienza “Dos de Mayo”, uno de los poemas más extensos del libro, no habría desdeñado firmarlo Campoamor: “Me llevó un fervoroso sentimiento / al pie del venerable monumento”.
            Jon Juaristi es un poeta paradójico. Todos sus libros, muy breves, en torno a los veinte poemas, podían llevar el título del segundo de ellos: Suma de varia intención. El poeta amante del ripio y del decir conversacional no duda en cambiar de registro y mostrarse como un virtuoso de la versificación, un prodigioso artífice de la nueva y la vieja retórica. El soneto no tiene secretos en sus manos –como no las tenía en las de su maestro Blas de Otero– y sabe darle la vuelta, parodiarlo, hacerle sonar como no había sonado hasta ahora.
            Todos los tonos, todas las intenciones caben en la poesía de Jon Juaristi. “And old master” constituye un homenaje a uno de sus maestros, “al doctor Mainer”, y una reflexión en dodecasílabos sobre la Literatura y la Historia, a la manera de Auden, otro de sus maestros.
            Juaristi, el ingenioso Juaristi, gusta de pensar en verso. Sus poemas son canto y cuento y también metafísica que no se atreve, o sí, a decir su nombre. El extenso “Canto de frontera”, que cierra el libro, toma su título de Abel Martín: “Brinda, poeta, un canto de frontera / a la muerte, al silencio y al olvido”. Es quizá el más ambicioso de sus textos. Un poema filosófico, a la manera de los que Antonio Machado atribuía a sus complementarios, escrito con sorna, con mucha sorna, pero sin que se quede en mero juego con las grandes palabras, las esperanzas escatológicas y los conceptos trascendentales. Las coplas de pie quebrado remiten a Jorge Manrique: “Entrarás en el Olvido / sin Rencor & sin Tristeza, / pues no en vano / habrás antes conocido / la firme Naturaleza / de lo Humano”. Las caprichosas mayúsculas le dan un tono intemporal, acentúan su artificiosidad. A la memoria nos vienen los versos en que Antonio Machado se refería a la filosofía neoplatónica de su tiempo: “Dicen que el ave divina / trocada en pobre gallina / por obra de las tijeras / de aquel sabio esquilador / (fue Kant un esquilador / de las aves altaneras, / toda su filosofía / un sport de cetrería), / dicen que quiere saltar / las bardas del corralón / y volar / otra vez hacia Platón. / Hurra, sea, / feliz será quien lo vea”.
            Un tono semejante emplea Juaristi (añadiéndole sus desautomatizadoras mayúsculas): “Pero mejor un Chantaje / a la Manera Kantiana / que le amargue la Mañana / al Cobrador del Peaje: / ‘Obra de Modo que sea / tu Aniquilación Probable / un Proceder Reprobable / & una injusticia muy Fea, / ea’. / Si este Kant no era Judío / –es decir del Pueblo Mío–, / que venga Dios & lo vea, / y como Kant prescribía / donde no alcanza la Fe, / ponga la Filosofía / su Granito de Café”.
            El Dios de Juaristi, como el de Machado, es “el ser que hizo la nada”, el Dios de cierta mística judía. Juaristi, un converso al judaísmo, se ha referido –en estudios que algo deben a la fantasiosa elucubración– a los ecos que de la teología hebrea hay en Antonio Machado, cuyos antepasados eran al parecer cristianos nuevos.
Como buen converso, Juaristi a veces se excede. “Se escribió el Cohelet para estas ocasiones”, dice el verso final de un poema, aludiendo al libro de la Biblia que en español se conoce tradicionalmente como Eclesiastés.
            Muy distinto es el otro poema extenso incluido en Renta antigua. “Dos de Mayo” parodia las odas heroicas del XIX, los versos de la tradición liberal y nacionalista que pudiera encarnar Quintana. El gusto por la humorística digresión le viene del Espronceda de El diablo mundo (quien a su vez la aprendió en Byron, lo mismo que el ya mencionado Auden), pero el modelo inmediato parece proceder de un poeta menor, Antonio Casero, mencionado en el texto. Se lee con gusto esta puesta en solfa de ciertos mitos patrioteros, aunque la intención final no resulte clara y todo quede en un divertimento.
            En los otros poemas de Renta antigua alternan ironía y lirismo, bromas y veras, ejercicios de estilo y algún que otro desahogo. De los ejercicios, quizá el menos logrado es “Coral de los talmudistas de Oswicim”, un forzadísimo calambur en el que un mismo verso (“Nos esperaba el camión en la plaza del pueblo”) se repite catorce veces cambiando el sentido sin cambiar los sonidos.
            No faltan las referencias a Euskadi (“A un gudari de 1968” se refiere a los orígenes de Eta, en los que participó, de manera muy ajena al simplismo habitual), ni los brindis amicales ni los poemas familiares. A su hijo Íñigo (“el ancla poderosa / que me mantiene fijo en esta orilla” decía en un poema de su libro anterior, Viento sobre las lóbregas colinas) le dedica “Amor y pedagogía”, y un olvidado ministro de la Segunda República, Tomás Bilbao, protagoniza otro de los poemas.
            Sentimental e intelectual, desmañado y preciosista, coloquial y rebuscado, Jon Juaristi parece un poeta incapaz de ser sublime sin interrupción. Sus lectores nunca se lo agradeceremos bastante.

jueves, 8 de marzo de 2012

La mujer y el pelele

Anne Sebba
Esa mujer. La vida íntima de Wallis Simpson
Editorial Lumen. Barcelona, 2012

En la crónica rosa del siglo XX todavía sigue conmoviendo la historia de un rey, Eduardo VIII, que renunció a su trono por amor a una mujer divorciada, Wallis Simpson, con la que las convenciones sociales le impedían casarse. Pero la verdadera historia poco tiene que ver con la edulcorada leyenda.
            La verdadera historia, tal como nos la cuenta Anne Sebba, con una rigurosa y en muchos casos novedosa documentación (y algún ligero lapsus, como escribir que el conde Ciano fue fusilado por los antifascistas), constituye, sin pretenderlo, una eficaz diatriba contra esa antigualla que, incomprensiblemente, continúa gozando de buena salud: la monarquía.
            El príncipe de Gales, el heredero de la corona de Inglaterra y del imperio británico, nunca superó el nivel intelectual de los catorce años. Sus amantes le llamaban Peter Pan y “el hombrecillo”. Mientras fue príncipe sus únicas ocupaciones eran viajar de un país a otro e ir de fiesta en fiesta. En las revistas populares su imagen resultaba tan habitual como la de cualquier estrella de cine.
            Wallis Simpson era una mujer ambiciosa y voluntariosa, y quizá no enteramente una mujer: parece que había nacido genéticamente varón, aunque con apariencia femenina. Anne Sebba no se muestra concluyente al respecto, aunque ciertas operaciones no bien explicadas y la incapacidad de tener hijos apuntan en esa dirección.
            Tras un primer matrimonio poco afortunado, residió algún tiempo en China, primero en Shanghai y luego en Pekín. La leyenda sobre sus especiales habilidades sexuales que la harían irresistible viene de aquella época. En los años veinte, Shanghai tenía más prostitutas que ninguna otra ciudad del mundo, “con una jerarquía bien definida que figuraba en las guías”. Anne Sebba las enumera: “En lo alto de la jerarquía estaban los cantantes de ópera varones, que eran los más caros; después venían las cortesanas de primera clase, seguidas de las cortesanas corrientes, las prostitutas de las casas de té, las prostitutas callejeras, las que estaban en los fumaderos de opio, las de las casas de manicura que ofrecían sexo de pie y las prostitutas de los muelles, a veces llamadas ‘hermanas del agua salada’, que trabajaban con marineros y estaban en el peldaño más bajo de la escala”.
            Anne Sebba se esfuerza en liberar a Wallis Simpson de los prejuicios antifeministas propios de la época. Lo cierto es que, en aquellos años, cuando todavía la capacitación profesional no estaba extendida entre las mujeres, el único medio que tenían para ascender en la escala social era el matrimonio, y el más eficaz medio de enriquecerse una discreta y adecuada selección de amantes. No era guapa, pero sí de personalidad fuerte y manejaba con destreza todas las artes del halago.
            Cuando Wallis conoció al príncipe de Gales estaba casada con Ernest Simpson y había ascendido mucho en la escala social. Tenía casa en Londres y sus fiestas frecuentes estaban consideradas entre las más elegantes y divertidas. Wallis era amiga de la entonces amante del príncipe y, junto a su marido, comenzó a ser invitada a su residencia para amenizar las veladas. No tardó en hacerse dueña de la situación. La amante oficial tuvo que ausentarse unos días y cuando volvió no tardó en darse cuenta de que sobraba. El príncipe de Gales encontró en Wallis la mujer que necesitaba: le peinaba, le reñía a menudo, se burlaba de él en público y en privado, mientras seguía oficialmente casada –y quizá enamorada– de su marido. “El hombrecillo”, como le llamaba, no era más que un buen negocio, el mejor con el que se había encontrado nunca: en cuanto la veía enfadada le regalaba una suntuosa joya, especialmente diseñada para ella por Cartier o por algún otro afamado joyero.
            Ser príncipe de Gales perpetuo habría sido el ideal de aquel tarambana que gustaba de ser castigado como un niño travieso. Pero murió su padre y de pronto se convirtió en el rey Eduardo VIII, con todas las obligaciones y responsabilidades que el cargo traía consigo. No pudo soportarlo. Su empeño en casarse con Wallis Simpson, que ya estaba casada, parece motivado por el deseo de escapar de aquel embrollo. Escapó antes de las solemnes ceremonias de la coronación, previstas para comienzos de 1937.
            Las leyes del divorcio eran especialmente complicadas y absurdas en Inglaterra. El divorcio solo se concedía a solicitud de uno de los cónyuges, si se demostraba que el otro había cometido adulterio. El marido de la adúltera Wallis tenía que fingir un adulterio para que ella quedara libre y pudiera casarse con el rey.
            Una absurda historia aquella historia que pone de relieve la hipocresía social de la época, pero sobre todo el absurdo de una institución, la monarquía, capaz de entregar la jefatura del Estado a quien el ciego azar decida, sin importar que tenga las mínimas condiciones para el cargo o no.
            De haberse llevado a cabo los deseos del rey, en los años duros de la Guerra Mundial, Wallis Simpson, gran admiradora de Hítler, habría sido, no la reina consorte de Inglaterra, sino la verdadera reina: el rey no tomaba un vaso de agua sin mirarla antes para pedirle su aprobación.  Inglaterra no habría entrado entonces en guerra con Alemania, Estados Unidos tampoco, la Unión Soviética habría sido derrotada, en Francia, en Italia, en España tendríamos regimenes totalitarios, Alemania sería la locomotora de Europa… No habría judíos en el mundo.
            La dependencia y la sumisión que Wallis Simpson despertó en el rey de Inglaterra le jugó una mala pasada. Ella habría sido feliz toda la vida siendo la amante del rey, coleccionando joyas, y conservando a su marido, con el que nunca rompió del todo. Pero el rey se obsesionó con convertirla en reina, aunque para ello hubiera que forzar las leyes del divorcio.
            Esa obsesión cambió, para bien, la historia de Europa. El epílogo, tras la abdicación, duró casi cuarenta años. El duque de Windsor vivió obsesionado con conseguir para su mujer el título de Alteza Real y ella con acumular joyas y fortuna. Sus intervenciones políticas durante la Segunda Guerra Mundial siempre favorecieron, directa o indirectamente a Alemania y perjudicaron a su país.
            Curioso sistema político la monarquía, un sistema que permite que pueda ocupar la más alta jefatura del Estado un pelele infantiloide. Claro que los ingleses no le veían así: la censura y la autocensura de los medios de comunicación hacía que lo tuvieran por un simpático estadista. Es otro de los rasgos de ese curioso sistema político. Que, sin embargo, y a pesar de los Eduardos y las Wallis, parece que incomprensiblemente todavía funciona.

jueves, 1 de marzo de 2012

Ingenuo preceptista, sabio lector

Veinte sonetos de Quevedo con comentarios
Esteban Torre
Espuela de Plata. Sevilla, 2012

¿A quién va dirigida esta edición de veinte sonetos de Quevedo, seleccionados, parafraseados y comentados por Esteban Torre? En especial, se nos dice en el prólogo, “a los estudiosos de la literatura española en las facultades de letras, filología y humanidades”. Pero algunas de sus observaciones parecen indicarnos que están destinadas, no ya a los “estudiosos”, sino ni siquiera a los estudiantes de letras, sino a los alumnos de primaria: “La rima es siempre consonante perfecta. No piense el lector que, si encontramos ‘debo’ y ‘cebo’, por ejemplo, rimando –en el soneto ‘Salmo I’—  con ‘nuevo’ y ‘llevo’, existe imperfección en la rima. Es esto algo que atañe meramente a la grafía y no a los sonidos”.
Tampoco existe “imperfección”, añade más adelante, en rimar “desiertos” con “muertos”. Pero quien ignora esas cosas elementales seguramente ignora también qué es un soneto y quién es Quevedo: Esteban Torre, si quiere ser coherente, debería explicarlo. No lo hace. Aunque no deja de incurrir en otras ingenuidades: “Es de destacar el hecho de que, en estos veinte sonetos, son prácticamente inexistentes las asonancias entre cuartetos y tercetos, cosa por lo demás frecuente en poetas de la talla de Garcilaso de la Vega. Las rimas consonantes de los cuartetos, por un lado, y la de los tercetos, por otro, pueden formar entre sí rimas asonantes, lo cual produce un efecto indeseable. Las preceptivas actuales así lo señalan”.  ¿Las preceptivas actuales? ¿Y en relación con el soneto? Luego resulta que, entre los textos seleccionados, también los hay en que aparecen esas asonancias y Torre las disculpa con que son “poco perceptibles”. No necesitan disculpas, por supuesto.
            El prólogo desanima al lector. Parece más obra de un benemérito aficionado que de un catedrático emérito de Teoría de la Literatura (Esteban Torre lo es de la Universidad de Sevilla). Pero, si tenemos la paciencia de seguir leyendo, en seguida cambia nuestra opinión.
En primer lugar están los sonetos de Quevedo, bien conocidos muchos de ellos, pero que siempre apetece releer. Esteban Torre los imprime limpiamente, sin afearlos con notas, invitándonos a una primera lectura exenta de interferencias. Luego parafrasea, estrofa a estrofa, cada uno de ellos. Hace lo mismo que Dámaso Alonso con las Soledades gongorinas: una traducción en prosa. ¿Trabajo inútil? No. La teoría de algunos estudiosos y poetas de que la poesía está al margen de la literatura y de la inteligibilidad es muy reciente: aún no ha cumplido un siglo. Hasta entonces la poesía, incluso la más difícil, podía y debía ser comprendida: solo si era bien comprendida resultaba posible disfrutarla plenamente.
Al final de uno de sus sonetos escribe Quevedo: “Breve suspiro, y último, y amargo, / es la muerte, forzosa y heredada: / mas si es ley, y no pena, ¿qué me aflijo?”. En este caso la “traducción” resulta fácil. La que nos ofrece Esteban Torre dice así: “La muerte es un breve suspiro, y el último, y en verdad amargo; además de ser inexcusable, y heredada de nuestros primeros padres, que nos legaron la pérdida de la vida eterna en el paraíso. Pero si es una ley universal, y no un castigo universal, ¿por qué me entristezco?”
            No siempre resulta tan fácil la paráfrasis, dada la concisión verbal quevediana y las continuas referencias culturales que pueden resultar ajenas al lector de hoy. Esteban Torre nos invita a releer después el soneto. Y ciertamente sentimos que se ha iluminado sin perder nada de su magia ni de su misterio.
            A continuación vienen los comentarios, que nos ofrecen informaciones útiles de muy diversos tipos, subrayan la especial expresividad de algunos versos (“que contra el tiempo su dureza atreve”) y dejan traslucir de ven en cuando al preceptista de otros tiempos (tratando de disculpar, por ejemplo, alguna de esas asonancias que parecen obsesionarle).
            No señala Esteban Torre algunos de los evidentes ecos de Quevedo en la poesía posterior (su consideración de la muerte como “ley” y no como “pena” se encuentra en el final de uno de los más conocidos sonetos de Guillén: “Muerte a lo lejos”), pero sí enumera sus antecedentes. A ciertos lectores es posible que les sorprenda comprobar lo mucho que estos sonetos, tan personales y tan inconfundibles, deben a la tradición, y como algunos de los más famosos son traducciones o recreaciones de textos ajenos. Es el caso del dedicado a Roma (“Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!”) que procede de un poeta francés, Joaquim du Bellay (“Nouveau venu, qui cherches Rome en Rome”), quien a su vez parece que lo tomó de un poeta neolatino, Janus Vitales (“Qui Roman in media quaeris novas advena Roma”). Otros poetas fueron también seducidos por esos versos, como el inglés Edmund Spenser, y el español, coetáneo de Quevedo, Luis Martín de la Plaza: “Peregrino que, en medio della, a tiento / buscas a Roma, y de la ya señora / del orbe no hallas rastro: mira y llora / de sus muros por tierra el fundamento”. La comparación con unos y con otros en nada hace desmerecer los versos de Quevedo, como tampoco que uno de sus más memorables sonetos, el que define al amor, sea versión, literal en algún verso, de Camoens (“es herida que duele y no se siente” escribe Quevedo; “é ferida que dói e nao se sente”, Camoens).
            Tras las paráfrasis, tras los comentarios de Esteban Torre, volvemos a leer los sonetos de Quevedo y son los mismos y son distintos y nos vuelven a deslumbrar como recién escritos.
            A Esteban Torre, traductor ejemplar de Pessoa y de los simbolistas franceses, no tardamos en perdonarle sus ingenuidades de preceptista. Al contrario que tanta académica erudición, sus comentarios no emborronan los poemas. Todo lo contrario: les quitan oscuridad y telarañas, nos ayudan a verlos como la primera vez.