jueves, 26 de septiembre de 2013

Julio Camba, un okupa de lujo

Maneras de ser periodista
Julio Camba
Edición y prólogo de Francisco Fuster García
Libros del K. O. Madrid, 2013.

Mariano José de Larra fue el primer escritor español que ocupa un lugar en la historia de la literatura española casi exclusivamente por su obra periodística; Julio Camba, el segundo y quizá el último. En su caso, se puede prescindir del “casi”: no publicó ningún libro que no fuera una recopilación de artículos previamente aparecidos en la prensa.
            Tras su muerte en 1962, sufrió, como la mayor parte de los escritores, un largo eclipse: sus libros dejaron de reeditarse y las ediciones de la colección Austral se amontonaban a muy bajo precio en cualquier librería de viejo.
            En los últimos años, como en el caso de otro periodista de su tiempo, Chaves Nogales, vuelven a editarse sus títulos más famosos y se recopilan las innumerables colaboraciones que quedaron dispersas por las hemerotecas.
            Francisco Fuster, que ya recopiló Caricaturas y retratos: semblanzas de escritores y pensadores (Fórcola Ediciones), selecciona ahora otra antología temática, Maneras de ser periodista, también formada por artículos en su mayor parte inéditos.
            ¿Qué nos dice del periodismo uno de los tradicionalmente considerados maestros del periodismo? Paradójicamente, poca cosa.
            Julio Camba fue un periodista y un personaje peculiar. Había nacido en Villanueva de Arosa en 1884. A los catorce años se embarcó como polizón hacia Argentina; a los dieciséis fue devuelto a España, expulsado por su relación con el anarquismo, relación que duró, ya en nuestro país, hasta más o menos 1907. Tras el atentado de Matero Morral, al que conocía, fue interrogado, y Pío Baroja se inspiró en él para uno de los personajes del tercer tomo de La lucha por la vida.
            Siguiendo los pasos de otro militante del anarquismo, José Martínez Ruiz, quien en 1905 cambia de rumbo ideológico y de nombre, metamorfoseándose en el conservador Azorín, Julio Camba, a partir de 1907, abandona la prensa republicana, que pagaba poco o nada, que condenaba a sus colaboradores al miserabilismo y a la bohemia, y se convierte en el periodista favorito de la burguesía ilustrada gracias a un estilo que huye de la ampulosidad y a un humorismo que gusta de la paradoja y de darle la vuelta al tópico.
            Pronto comienzan sus estancias en el extranjero, como corresponsal de diversos periódicos. El Mundo, La Correspondencia de España y, desde 1913, el Abc, lo que supone su consagración. De esos viajes surgieron sus libros más famosos. En 1916 aparecieron los tres primeros, Alemania, Londres y Playas, ciudades y montañas; en 1933, el que puede considerarse el mejor de todos ellos, La ciudad automática, que recopila crónicas de un viaje a Estados Unidos realizado entre 1929 y 1931.
            La llegada de la República supuso para Julio Camba, como para tantos otros liberales, un primer momento de ilusión. En su caso la desilusión llegó muy pronto, al parecer más por razones personales que políticas: esperaba alguna jugosa canonjía del nuevo régimen, a ser posible un cargo diplomático, y le dejaron de lado. No lo perdonó nunca.
            Haciendo de República, su libro de 1934, abandona el irónico escepticismo habitual para bordear el libelo antirrepublicano. Julio Camba todavía es Camba, pero pronto dejará de serlo. Tras la guerra, que pasó como mejor pudo, bajo el generoso cobijo de Sainz Rodríguez, se convirtió en una sombra de lo que había sido, en una especie de reliquia de tiempos mejores. Siguió escribiendo, pero sus artículos nuevos sonaban a viejos o eran directamente viejos artículos levemente remozados, no por él, por algún oscuro redactor del Abc, e ilustrados llamativa, pero no muy adecuadamente, por un famoso dibujante de entonces, Lorenzo Goñi.
            El caso de Julio Camba tiene algún paralelismo con el de Ramón Pérez de Ayala, cuya obra terminó más o menos con la llegada de la República, aunque siguiera escribiendo treinta años más. A Pérez de Ayala sí le dieron la esperada embajada, y nada menos que en Londres, adonde también soñaba ir Camba, pero eso no le impidió desengañarse de la República y ofrecer sus servicios a Franco, que le trató desdeñosamente.
            En Maneras de ser periodista solo raramente encontramos al mejor Camba. Incluye artículos publicados a lo largo de casi toda su trayectoria, entre 1912 y 1959. Uno de los fechados en ese último año se titula “Lajeunesse” y comienza así: “Ernesto Lajeunesse, el famoso crítico literario de Le Journal, pontificaba todas las noches, de diez a doce, en un bar de los grandes bulevares adonde me llevó una vez Rubén Darío”. Pero para entonces Ernst Lajeunesse llevaba casi tantos años muertos como Darío y hacía décadas que había dejado de ser famoso, incluso en Francia.
            El mejor Camba está en los libros que él mismo preparó, o que se prepararon bajo su supervisión, entre 1916 y 1933, antes de que se convirtiera en un desengañado superviviente. Rescatar obra suya inédita, sobre todo si se refiere al periodo posterior a la guerra civil, apenas si tiene otro interés que el meramente erudito.
            El Camba anarquista de principios del siglo XX, el que aparece en la autobiográfica novela corta El destierro, una de sus escasas incursiones en la narrativa, parece estar muy lejos del colaborador del monárquico Abc que pasó los últimos años de su vida alojado en el madrileño hotel Palace. Algo tenían en común, sin embargo: de su vida bohemia, a Julio Camba le quedó siempre la costumbre de dejarse invitar, de dar sablazos, de escribir solo cuando no encontraba otra forma de conseguir algún dinero. Se duda quién le pagaba la habitación del hotel; lo que parece claro es que él no lo hacía: era un okupa de lujo.

            Y fue un lujo en la literatura española de la Edad de Plata, del primer tercio del siglo XX. Y lo sigue siendo, aunque a su desdeñosa y desganada manera de ser periodista no le beneficien los acríticos rescates de las hemerotecas.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Vicente Sabido: Amor y más

Amor (Antología poética)
Vicente Sabido
Renacimiento. Sevilla, 2013.

Conviene, al juzgar un libro, no incurrir en la falacia patética, no confundir la emoción que provocan el tema o las circunstancias biográficas de su autor con la emoción estética. Pero resulta inevitable, al comentar la antología de Vicente Sabido titulada escuetamente Amor, aludir a la circunstancia de que su llegada a las librerías coincide con el fallecimiento del poeta en los primeros días de septiembre.
            Vicente Sabido había nacido el año 1953 en Mérida. Comenzó sus estudios en Pamplona –donde tuvo como profesor a Miguel d’Ors, lo que resultaría determinante en su obra– y los terminó en Granada, en cuya universidad sería posteriormente profesor.
            Su trayectoria literaria comenzó muy pronto, en 1975, con un libro, Aria, muy acorde con la estética rupturista del momento. Un poema disonaba del conjunto, “Canto solar”, escrito en prosa bajo la influencia de Whitman y Saint-John Perse y con referencias al paisaje extremeño; será el único que se salve en la antología final. Poco después, con Décadas y mitos, de 1977, cambia el tono, que se vuelve en apariencia, solo en apariencia, más conservador, en coincidencia con las primeras obras, que aparecen por entonces, de poetas como Eloy Sánchez Rosillo, Fernando Ortiz o Víctor Botas. Es el momento estético antologado en Las voces y los ecos, de 1980. Miguel d’Ors –en la solapa de Amor– lo define como aquel en que “el verso y la vida vuelven a anudarse, el yo, lo autobiográfico y lo confesional recuperan su papel, se retorna a la tradición como punto de apoyo para el desarrollo del mundo personal, se busca un equilibrio entre cuidado del lenguaje y contenidos humanos”.
            Vino luego un libro fundamental, Sylva, de 1981, y, tras un largo periodo de silencio, solo roto por el breve cuaderno Adagio para una diosa muerta, la obra con la que cierra su labor creativa, Aunque es de noche, de 1994. Acababa el poeta de cumplir cuarenta años; viviría aún otros veinte, pero ya no volvería a publicar más poemas, ni parece que tampoco a escribirlos. Ni en Los cuarenta principales (1999), antología preparada por él mismo, ni en Amor no se incluye ningún inédito.
            El silencio de Vicente Sabido se asemeja al de Jaime Gil de Biedma, pero ha llamado menos la atención y no parece que nadie se haya preocupado por él. Vicente Sabido fue un poeta discreto, invisible más allá del círculo de los más atentos y avisados. Su cercanía a Miguel d’Ors –mentor y amigo, autor de las más lúcidas páginas sobre él– le benefició tanto como le perjudicó. Le benefició al ayudarle a librarse de las vaguedades de su primer libro y al subrayar la importancia de la cuestiones técnicas, de las minucias formales, tan desdeñadas por algunos vates inspirados, sin las cuales no hay verdadero poeta. Le perjudicó al opacarle un tanto con el brillo de su propia obra. Para el lector desatento y apresurado, Vicente Sabido no era más que un aplicado discípulo, un poeta grato y menor, de algún modo prescindible. Sus largos años de silencio –frente al continuo, y con frecuencia polémico, desarrollo de la obra del “maestro”– parecían abonar esa opinión.
            Amor, antología seleccionada y prologada por José Julio Cabanillas, prescinde del orden cronológico. Los poemas se agrupan en tres apartados. El primero, “Versos de amor”, se inicia con el poema “Sylva”, el más extenso de los escritos por el autor y uno de sus logros mayores. Su estructura musical de tema con variaciones recuerda a “Sepulcro en Tarquinia”, de Antonio Colinas, que quizá le sirvió como modelo, aunque el resultado sea muy distinto, más irracional y culturalista en un caso; más intimista y meditativo, en el otro.
            La sección segunda, “Versos de la niñez”, se inicia con el poema “Datos para una biografía”, dedicado a Víctor Botas. Esa dedicatoria ha sido añadida a esta edición, como ocurre con la mayoría. Todos los poemas de Amor están dedicados y esa es la única intervención que parece haber tenido el autor, que no ha vuelto –al contrario de lo que suele ser común–  sobre los viejos textos para juanramonianamente revisarlos y no siempre mejorarlos. Vicente Sabido parecía adivinar que ya no le sería posible enviar con dedicatoria autógrafa su libro y por eso ha querido que en él figure una muestra casi completa de sus afectos y admiraciones. Algunos de sus mejores poemas están en esta sección, como “Del tiempo viejo” o los machadianos “Recuerdo infantil” y “La escuela”.
            No es Vicente Sabido un poeta que guste de levantar la voz, de subrayar sus aciertos, que a menudo solo se descubren en una segunda o tercera lectura. Una excepción representan el poema “Sylva”, ya aludido, y también el que cierra la antología, “Adagio para una diosa muerta”, canto en alejandrinos a la ciudad de Mérida que tiene todo el empaque –y la majestuosa musicalidad– del mejor modernismo.
            Los poemas de la tercera sección, “Versos del tiempo adentro”, rescatan momentos de la historia general y personal; de la historia, o de la intrahistoria (así se titula uno de los mejores poemas). Vicente Sabido gusta, y en eso coincide con Miguel d’Ors (al que dedica el poema más dorsiano del conjunto “Cabina telefónica”) de pequeños detalles exactos que den sensación de verdad al poema. Disuena uno de esos detalles, el que en “España Siglo XX (Fragmento)” se atribuye a Indalecio Prieto, que no parece que en 1908, a sus veinticinco años, anduviera “viendo crecer las mazorcas en un vallín de Mieres”.
            En el 2006 reunió Vicente Sabido lo más significativo de su obra en prosa, dejando a un lado los trabajos estrictamente académicos y curriculares, en el breve volumen La lluvia de Cartago, uno de cuyos capítulos “Et in Arcadia”, recuerdo infantil cercano al poema en prosa, ha pasado a Amor. En ese libro, comentado el póstumo Las rosas de Babilonia, de Víctor Botas, escribe: “Creo que Botas, como algunos excelentes poemas, ha escrito media docena de buenos poemas y un par de docenas de excelentes versos. Y eso es mucho”. Hablaba Vicente Sabido también –y sobre todo– de sí mismo.
            Cuando la emoción del momento desaparezca, seguiremos encontrando en Amor un puñado de poemas emocionantes y minuciosamente ejemplares.

            

jueves, 12 de septiembre de 2013

¿Qué fue de Roger Wolfe?

Gran esperanza un tiempo
Roger Wolfe
Renacimiento. Sevilla, 2013.

Aunque había publicado un primer libro en 1986 –Diecisiete poemas, de muy correcta factura–, la importancia de Roger Wolfe en la poesía española comienza en 1992 con la aparición de Días perdidos en los transportes públicos. Ese libro supuso de algún modo un antes y un después. Roger Wolfe iba más allá en el uso del lenguaje coloquial de lo que estábamos habituados y además trataba temas, si no inéditos (recordemos el malditismo y la bohemia modernistas), sí con un toque nuevo de audacia y contemporaneidad. Un fenómeno semejante se produjo por entonces en la narrativa con Historias del Kronen, de José Ángel Mañas.
            Fueron legión los poetas que, tras el ejemplo de Roger Wolfe, incurrieron en la corriente que los críticos denominaron (con la impropiedad habitual en este tipo de etiquetas) “realismo sucio”. Incluso algunos nombres de generaciones anteriores, como Luis Antonio de Villena o Luis Alberto de Cuenca, se sintieron atraídos por el mundo y la dicción de Roger Wolfe, un poeta nacido en Inglaterra, formado en Alicante y Asturias, que, lo mismo que hizo Rubén Darío con simbolistas y parnasianos franceses, incorporó a la poesía española ciertas tradiciones de la poesía de lengua inglesa, especialmente norteamericana.
            En los años siguientes, Roger Wolfe se convirtió en un hombre de moda. Cultiva todos los géneros literarios, aunque destaca especialmente en el dietario contundente y en la poesía. Luego sus obras se fueron espaciando, apareciendo en editoriales cada vez más desconocidas.
            El título de su más reciente libro de poemas, Gran esperanza un tiempo, parece aludir a ello. Pero Roger Wolfe no fue solo la moda de un momento, como quizá José Ángel Mañas. Al contrario que tantos seguidores suyos, que encontraron un camino fácil en la narración de anécdotas etílicas con un lenguaje bronco y descuidado, es un buen lector, un escritor que conoce la tradición literaria en varias lenguas, un poeta verdadero.
            Los mejores poemas de Gran esperanza un tiempo (como los del breve cuaderno anterior Afuera canta un mirlo) parecen hechos de nada, como si fueran anotaciones en el lenguaje de todos los días. La suma maestría es la que no necesita exhibirse.
            Claro que también, de vez en cuando, como si no quisiera defraudar a sus antiguos seguidores, aparece el Roger Wolfe más tópico y contundente. Un ejemplo muy característico lo encontramos en “El humo del infierno”, su agresiva reacción a la ley de “medidas sanitarias frente al tabaquismo”, aludida en el subtítulo. Aunque no llega a la irracional embestida de otros fumadores, que incluso llegaron a comparar esa ley con los nazis y el Holocausto, Roger Wolfe tampoco se queda corto. Se trata “del más grave atentado / que quinientos años de historia han conocido”; España, que “agonizaba ya”, con esa ley “acabó de morder el polvo”; la responsable es una ministra “flaca y seca como un pedazo de mojama”, cuyo nombre calla para no manchar el papel en que escribe.
            No destaca precisamente Roger Wolfe por ser un lúcido analista de la sociedad contemporánea. Sus observaciones apocalípticas dicen poco de la realidad actual, porque no habla de ella, sino de sí mismo. Se ha repetido muchas veces la frase de Hölderlin que afirma que el poeta es un Dios cuando sueña y un mendigo cuanto reflexiona. Las reflexiones de Roger Wolfe no resisten el menor análisis. “Cuidado con los que tienen coche / y siempre están censados y acuden a las urnas, / y se abstienen del tabaco y llevan vida sana. / Cuidado con la gente y su energía incombustible. / Cuidado con la masa. Cuidado / con la malvada muchedumbre. / Indefectiblemente, son los que te linchan”. Solo le faltó añadir que cuidado con los vegetarianos porque Hítler era vegetariano.
            Afortunadamente estos poemas presuntamente críticos son los menos, como es una excepción un poema como “Dulce pájaro de juventud”, donde se narra una batallita de su juventud en unos míticos años ochenta en que los policías “fumaban porros sin disimularlo / y estaban muy versados en el arte / de hacer la vista gorda”.
            Sabia, desengañada, escueta poesía de las postrimerías la que, dejando a un lado contadas excepciones, nos ofrece Roger Wolfe en Gran esperanza un tiempo, desde el primer poema, “Deseo de ser perro”, hasta el último, “Tómate tu tiempo”, en el que vuelve a cantar el mirlo que daba título a su libro anterior.
            “Sucede que me canso de ser hombre” escribió Pablo Neruda, y a Roger Wolfe parece que en ocasiones le ocurre lo mismo: “Ser perro. / Tener un dueño bueno. / Ir en coche y asomar / la cabeza por la ventanilla, / y olisquear el mundo. / Correr entre los árboles / en busca de piedras y de palos. / Enroscarse junto al fuego / en lentas tarde de invierno / soñando con praderas / bañadas por el sol / y batidas por el viento”.
            En otro poema afirma que, puesto que no puede ir de momento al otro barrio, le gustaría envejecer “más deprisa, más deprisa”. Esta es su idea de un posible paraíso en la tierra: hacerse viejo “y estar sentado en una silla / al sol del mediodía” con un poco de mar y un poco de cielo, “medio lelo, / pero tranquilo y solo”.
            De mínimas felicidades, con las menos palabras posibles, nos hablan los mejores poemas de este libro. El poeta de Días perdidos en los transportes públicos (“Suena el teléfono. Manolo. Me comunica / que le han dejado el ojo como un plato”, comenzaba el primer poema) ha atenuado su algo grafómana exasperación y ha ganado sabiduría con los años. Casi todos sus defectos se los ha dejado a los imitadores.
            Estaremos a dos pasos del Apocalipsis (por culpa de los espacios libres de humo y de los progresistas y su “corrección política”: el lector no puede por menos de sonreír ante tan toscos tópicos), pero siempre habrá un árbol, un mirlo, una ventana, “mágicos momentos en que por instantes / todavía se puede ser feliz”.  

jueves, 5 de septiembre de 2013

Borges y Fanny. Una historia paraguaya


El otro Borges & Fani, su ama de llaves
Armando Almada Roche
UniNorte. Asunción, 2012.

En “El otro”, uno de los más conocidos relatos de El libro de arena, el adolescente Borges ginebrino se encuentra con el anciano en que se convertiría (o al revés). El Borges de 1969 le da noticias sobre el mundo actual: “Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní”.
            La lengua guaraní, tan despectivamente aludida, Borges tenía ocasión de escucharla en su propia casa. Lo sabemos por un libro desigual y fascinante. El segundo dedicado a recoger conversaciones con Epifanía Uveda de Robledo, familiarmente conocida como Fanny, la mujer que, durante casi cuarenta años, residió como empleada doméstica, junto al escritor y su madre, en el pequeño apartamento de Maipú 994. Después de su madre, fue la persona que durante más tiempo compartió la intimidad del escritor. Fanny –como tantas empleadas del servicio doméstico, entonces y ahora– era paraguaya.
            Ya en El señor Borges (2005), al cuidado de Ricardo Vaccaro, Fanny nos había contado el día a día en casa de los Borges y su enfrentamiento final, que acabó en los tribunales, con María Kodama. Las nuevas confidencias han sido recogidas por Armando Almada Roche, un escritor argentino-paraguayo. La amistad entre ambos se estableció desde el día en que visitó la casa de Borges para hacerle una primera entrevista. El guaraní, idioma que ambos hablaban, contribuyó a la sintonía mutua. Fanny, en el prólogo, evoca aquellos encuentros: “Recuerdo que él solía venir a menudo casi con cualquier pretexto, en distintos meses y años, y le sacaba fotos y le grababa horas y horas al señor Borges, que nunca se negaba. A veces, el señor me llamaba y nos hacía hablar en guaraní y él se reía y gozaba. No sé por qué le gustaba tanto este idioma”. ¿Le gustaba? Le divertía, quizá, pero lo despreciaba como propio de gente inculta, según era norma entonces, incluso entre los propios paraguayos.
            A Armando Almada Roche no solo le interesan los detalles de la relación de Fanny con Borges, sino la propia Fanny y es ella, no el escritor, quien se convierte en la verdadera protagonista del volumen. Las líneas iniciales constituyen un espléndido autorretrato hablado: “Yo soy una mujer tímida (¡no cobarde!), callada, me gusta el silencio, la soledad; me enloquecen las plantas y las flores, la paz y el trabajo. Mi sueño es tener una casa con jardín. A pesar de mis setenta y seis años, todavía disfruto mucho haciendo las labores de la casa: limpiar, lavar, planchar, hacer la comida. Cosas muy simples, pero que también necesitan de magia para que la rutina no se convierta en un suplicio. Gracias a Dios, a mis manos y a mis piernas y a mi hija Stella Maris, aun puedo cumplir con mis obligaciones de ama de casa”.
            En los doce primeros capítulos nos cuenta Fanny su vida, desde su nacimiento en Colonia Romero, un pueblecito en las afueras de General Paz, provincia de Corrientes, hasta su llegada a Buenos Aires. Son páginas llenas de pequeños detalles exactos en las que hasta los recuerdos más dolorosos resultan hermoseados por la melancolía.
            Todo el libro está puesto en boca de Fanny y se nos ofrece como el resultado de las conversaciones mantenidas con ella a lo largo de más de un año, entre febrero de 1998 y abril de 1999, cuando se cumplía el centenario del escritor, pero en algunos pasajes sus palabras resultan un tanto inverosímiles: “Su entusiasmo –nos dice presuntamente Fanny hablando de Borges–  no solo se alimentaba en las cosas grandes: las campanadas de las iglesias, la estrofa de un poema, una milonga, un tango, todo podía hacerle feliz. Y como dije antes, quería y veía especialmente lo positivo, lo productivo, la vida le resultaba, la mayoría de las veces, de una riqueza sin término, y todo lo encontraba hermoso en su plenitud. Solo tenía miedo a las peleas domésticas, al escándalo. Soportaba muchas cosas con tal de no hacer barullo. Amaba no solo a su patria, los últimos arrabales, sino a Suiza, a Inglaterra y al mundo; amaba más el porvenir que el pasado, me parece, porque aquel traía nuevas posibilidades insospechadas de la alegría y el entusiasmo; y, sin tenerle miedo a la muerte, amaba infinitamente la vida, porque se le daba todos los días llena de bellas promesas”. Aquí no escuchamos a Fanny, sino vaguedades periodísticas.
            Balzac en zapatillas, de Leon Gozlan, fue el título que inició la serie, que tanta morbosa curiosidad despierta en los lectores, de biografías de grandes hombres vistos por su ayuda de cámara. Epifanía Uveda de Robledo nos muestra a Borges, no solo en zapatillas, sino también en camisón y hasta sin ropa ninguna. Cuenta cosas, como los episodios de incontinencia urinaria, que sin duda habría sido más elegante callar.
            Pero era una mujer herida, resentida con el trato que le habían dado, y de ese resentimiento se aprovecharon algunos para arremeter contra María Kodama. Con alguna razón, pero no con toda la razón. Porque pocas dudas caben de que fue el gran amor de Borges (en la página 304, tras sembrar muchas dudas sobre el verdadero carácter de la relación entre ambos, se cuenta una anécdota muy significativa al respecto) y de que ha cuidado ejemplarmente su legado y la difusión de su obra. Con Fanny, sin embargo, se comportó de la más mezquina manera. Y no por el asunto de la herencia, sino porque, después de casi cuarenta años de relación laboral (los últimos sin sueldo como en los viejos tiempos: lo comido por lo servido), la puso en la calle de un día para otro sin indemnización ninguna. El que eso fuera posible dice muy poco de la legislación laboral de Argentina en 1986.
            El hombre Borges, racista y clasista, con mucho de irresponsable niño mimado, no parece que estuviera a la altura de su prosa y de sus versos. Humanamente no valía más que su criada, incluso es posible que valiera menos. Pero la historia de Fanny, que es la de tantos humillados y ofendidos, la de tantas mujeres paraguayas de ayer y de hoy, la conocemos gracias a su cercanía al gran escritor. De otra manera habría resultado invisible.
Este libro, tan descuidadamente escrito, tan descuidadamente impreso, nos ayuda a conocer mejor a Borges (incluso en aspectos que preferiríamos no conocer) y nos descubre, de cuerpo entero, a una mujer admirable, a una de esas mujeres que hacen posible la historia y a las que la historia nunca tiene en cuenta.         

viernes, 30 de agosto de 2013

Giacomo Casanova, Los mercados financieros, Claudio Rodríguez y José Manuel Díez: Una conversación.


–-¿Qué criterio sigues en tus lecturas? ¿Cómo escoges los libros del día, o de la semana?
–-Ninguno. El azar y el capricho. Creo que nunca he leído por obligación, ni siquiera cuando era estudiante. Por lo general, las lecturas obligatorias de las distintas asignaturas ya las había leído cuando no eran obligatorias.
––Vamos a ver lo que tienes sobre la mesa. Cartas a un mayordomo, de Giacomo Casanova. ¿Escribió algo más Casanova que la famosa historia de su vida?
––Mucho. Muchísimo. Era un grafómano. Pero lo único que tiene interés son sus escritos autobiográficos. A estas Lettres au Sieur Faulkircher par son meilleur ami Jacques Casanova de Seingalt, que ese es el irónico título original, le sigue una obra de teatro, El polemoscopio, una nadería. Como es bien sabido, los últimos años de su vida los pasa Casanova en Dux, como bibliotecario del conde de Waldestein, aunque con numerosas idas y venidas a distintos lugares. No fueron años apacibles. Los criados del conde, cuando este se ausentaba, procuraban hacerle la vida imposible a ese otro criado –así lo consideraban ellos– con pretensiones de señor. El príncipe de Ligne, que era tío del conde y trató a Casanova en esa época, nos ha dejado un divertido retrato del quisquilloso personaje: “No ha habido día en la casa sin una pelea por su café, su leche, su plato de macarrones, que exigía. Que si el cocinero le había hecho mal la polenta, que si el caballerizo le había dado un mal cochero para venir a verme, que si los perros habían ladrado toda la noche, que si más invitados de los que se esperaban le habían obligado a comer en una pequeña mesa. O que un cuerno de caza le había desgarrado el oído con su sonido cortante o desafinado”. La anécdota central de las Cartas a un mayordomo (el robo de un retrato suyo y la aparición en el retrete)  también la refiere Ligne en su “Fragmento sobre Casanova”, donde fundamentalmente resume las memorias, que él leyó antes que nadie, cuando parecían destinadas a permanecer para siempre inéditas.
––No sé que tal estarán esas Cartas a un mayordomo, pero yo creo que el capítulo final de las memorias de Casanova lo escribió Arthur Schnitzler.
––Completamente de acuerdo. Su El regreso de Casanova es una obra maestra desde la primera frase: “A sus cincuenta y tres años, cuando hacía ya tiempo que Casanova no era acosado a través del mundo por el placer de aventuras de su juventud, sino por el desasosiego de una vejez próxima, sintió crecer en su alma tan impetuosamente la nostalgia de Venecia, su ciudad natal, que como un ave que desde las alturas del aire desciende poco a poco para morir comenzó a dar vueltas en torno a ella en círculos cada vez más estrechos”. Las Cartas a un mayordomo, traducidas y anotadas por Jaime Rosal, son una curiosidad para casanovistas, un complemento de sus inagotables memorias, por fin completas en español gracias a la editorial Atalanta. Yo lo leí entero mientras tomaba un café y me imaginaba lo que debía ser la vida de un noble y de su servidumbre a finales del siglo XVIII cuando la revolución francesa había dado ya el tiro de gracia a toda una época.
–-¿Y no te parece un salto demasiado grande pasar del siglo XVIII y de tu admirado Casanova a Los mercados financieros, de Vicente Varó?
––Siempre me han interesado mucho los libros de divulgación. Como soy un ignorante en física, en matemáticas, en economía, en casi todo, me paso la vida leyendo sobre física, sobre matemáticas, sobre economía, para tratar de entender algo. Del libro de Varó he aprendido muchas cosas. La primera, a dejar a un lado el pensamiento mítico, tan generalizado ahora con la crisis: que si la culpa la tienen los banqueros o los especuladores o Angela Merkel o la desregulación del mercado o la globalización. El mundo de la economía es más complejo y a la vez más simple de lo que piensan algunos. Los grandes fondos de inversión, esos que al parecer pueden hundir un país con sus movimientos especulativos de capital, no funcionan de otra manera que como el buen padre de familia que ha ahorrado unos miles de euros: quieren cobrar el máximo interés por su dinero con el mínimo riesgo. Pero a mayor interés mayor riesgo. Nos quejamos de los Hedge Founds, esos agresivos fondos de inversión domiciliados a menudo en paraísos fiscales, sin saber que el dinero que manejan a veces es también en parte nuestro: en ellos participa la Compañía de seguros que tenemos contratada o nuestro fondo de pensiones.
––No te entiendo.
––Pues lee el libro. Te aclarará estas y otras cuestiones. En economía todo lo que beneficia por un lado perjudica por el otro. Por eso lo peor son los simplismos radicales. Yo he descubierto leyendo a Varó que soy un pésimo gestor de mi propio dinero.Pero para gestionarlo mejor debería dedicar más tiempo a mis pocos ahorros y prefiero perder algo de dinero a perder el tiempo.
––Se conoce que no tienes hijos. Pero hablemos de literatura. Aquí veo un volumen que parece dedicado a Claudio Rodríguez, que aparece muy joven y elegante recortado sobre la portada blanca.
––Se trata de la cuarta entrega de Aventura, el anuario del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, de Zamora. En el 2012 celebraron un congreso y organizaron una magnífica exposición. Aquí se recogen las actas y el catálogo. Claudio Rodríguez fue un poeta con suerte. Desde los dieciocho años, cuando publicó su primer libro, se le consideró uno de los poetas fundamentales de su generación, si no el fundamental, y así se le ha seguido considerando después de su muerte, sin esa etapa de purgatorio de la que no suele librarse nadie.
––Y no ha tenido problemas de herencias y viudas, como suele ser habitual. Ha tenido más suerte que Ángel González.
––Mejor no hablemos de eso. Susana Rivera, su viuda, ya ha conseguido lo que quería: deshacer todo lo que él dejó dispuesto. Ahora hay que pasar página.
––Qué curioso que la fortuna póstuma de un escritor dependa en buena medida de sus herederos.
––Por eso yo he decidido no tener herederos. Toda mi obra es, desde el mismo instante en que se publica, del dominio público. Como la de Garcilaso o la de Cervantes. Nadie puede poner caprichosas trabas a su difusión.
––Ya. Pero no todas las obras de dominio público son como las de Garcilaso o Cervantes. La inmensa mayoría se pudren en el más inmisericorde olvido, no interesan a nadie.
––Pero, si interesan, que no dependan del capricho de los herederos. ¿Te imaginas un sobrino homófobo que impida la reedición de La realidad y el deseo? Legalmente, podría.
––¿Algún estudio que no haya que perderse en este tomo sobre Claudio Rodríguez? ¿Alguna aportación novedosa o todo es reiteración y eso que tú llamas “basura curricular”?
––Mucho bla bla bla bien intencionado, mucha acrítica hagiografía, pero también textos de interés. A mí me ha divertido una anécdota que cuenta Ángel Rupérez en la intervención inicial. “Por ser un hombre esencialmente libre y fundamentalmente honesto y ético, Claudio no participó en las oscuras maniobras tan frecuentes en el mundo literario y poético, sobre las que –forzado por circunstancias que me afectaban directamente a mí–  me reveló algunas anécdotas que me ayudaron a comprender el alcance de esas maniobras, de las que, hasta entonces, yo apenas tenía noticia”. Cuenta a continuación, tirando la piedra y escondiendo la mano, como suele ser habitual, en qué consistieron esas oscuras maniobras que le afectaron directamente: “Yo por entonces –1989– había presentado un libro a un premio de poesía casi recién establecido y ocurrió que casi se lo arrebata al designado desde el comienzo con una cruz para ganarlo, según el relato de Claudio, en el que la ciudad de Viena tuvo algo que ver. Octavio Paz habló inmejorablemente bien de ese libro en los periódicos, ya fallado el premio, y con lástima por la mala suerte que tuvieron esos poemas al no poder recibir siquiera la compensación de la pedrea, que caía sobre los menores de 30 años (yo por entonces ya tenía 36). Así las cosas, en plena resaca de estos hechos, Claudio, mientras paseábamos por la calle Lagasca con la primavera pisándonos los talones, sin duda con la intención de ayudarme pero sin que pareciera que lo estaba haciendo, dijo, con su característica entonación, quizás un tanto involuntariamente zumbona: ¿Sabías que a mí quisieron arrinconarme tales y cuales poetas, con medios influyentes…?”
––Y ahora tú pondrás los puntos sobre las íes, nombres y apellidos en ese anecdotario. Te conozco.
––Me conoces demasiado bien. Ese premio recién establecido era el Loewe, que en 1989 ganó Jaime Siles, durante un tiempo, quizá por esas fechas, director de la Casa de España en Viena. Del jurado formaban parte Octavio Paz, Carlos Bousoño, Francisco Brines, Antonio Colinas, Pere Gimferrer, Juan Luis Panero y Luis Antonio de Villena. No Claudio Rodríguez, por lo que, si le contó que “casi se lo arrebata al designado desde el comienzo con una cruz para ganarlo”, estaba hablando de oídas, transmitiendo un chisme de difícil confirmación. ¿Y quién había designado desde el comienzo al libro de Siles, Semáforos, semáforos, como ganador? ¿Enrique Loewe, el mecenas de los premios? Si es así, cosa improbable, habría razones para protestar. Pero si fue la mayoría de los miembros del jurado, se equivocaran o no, nada hay que decir. Son las reglas del juego. Un premio literario lo gana el libro que cuenta con la mayoría de los votos del jurado, sea o no el mejor (resulta obvio que para el resto de los participantes, como ocurrió en el caso de Ángel Rupérez, el mejor es el suyo).  ¿Demuestra esa anécdota que Claudio Rodríguez era “un hombre esencialmente libre y fundamentalmente honesto y ético”? En absoluto, me parece a mí. Demuestra más bien el resentimiento de Ángel Rupérez por no haber ganado un determinado premio literario, un resentimiento tan grande, tan inolvidable, que no tiene inconveniente en sacarlo a relucir, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y el Duero por Zamora, en la conferencia inaugural de un congreso dedicado a la poesía de Claudio Rodríguez, no a los traumas de su comentarista.
––Menos mal que Ángel Rupérez, un excelente traductor de poesía inglesa, no nos está escuchando. No le gustaría nada oír eso que dices. ¡Y quién me iba a decir a mí que te iba a oír defender la limpieza del premio Loewe, donde pincha y corta tu denostado Villena!
––No es corrupción todo lo que reluce, amigo Piquero. Si se respetan las bases (plazo de presentación, anonimato) y la decisión del jurado, no hay manipulación, solo error de apreciación, si se premia a un libro que a juicio de otros no es el mejor de los presentados.
–-¿Y acertó o no, en tu opinión, el premio de poesía Hiperión al concederse a ese último libro que tienes ahí, Baile de máscaras, de José Manuel Díez?
––Déjame que te lea antes otro breve fragmento de Aventura. Fermín Herrero, Ada Salas y Alberto Santamaría participan en un coloquio sobre la poesía de Claudio Rodríguez. Ada Salas cuenta así cómo le conoció: “Yo daba clases en los cursos para extranjeros de Santander, era verano, y en una fiesta con estudiantes llegó un señor que me agarró y me sacó a bailar. Casi toda la noche. Y resulta que era Claudio Rodríguez. Pasaron cosas con el maestro, claro, yo bailaba con él y él me recitaba sus poemas. Fue un momento extraño, hipnótico, fantástico y fantasmagórico, como sus poemas”.
––“Me agarró y me sacó a bailar”, “pasaron cosas”, “me tuvo toda la noche”… Como sueles decir tú, citando a Rubén Darío, “toda exégesis en este caso eludo”. Mejor pasemos al libro de José Manuel Díez. Me han hablado muy bien de él.
––Es un libro agradable, bien escrito, con algunos buenos poemas, pero en gran medida más un ejercicio literario que otra cosa. Un ejercicio literario que toma como modelo la poesía culturalista de los años setenta (prescindiendo de los coqueteos vanguardistas de los novísimos) y especialmente la del más encorsetado José María Álvarez. Los títulos son largos y explicativos, más propios de las páginas de cultura de un periódico que de un poema: “El novelista Stefan Sweig comparte con su segunda esposa, Charlotte Altmann, su decepción por la ocupación nazi en Europa, antes de suicidarse juntos (Bairro de Duas Pontes, Petrópolis, 1942)” , “Klaus Mann planea su suicidio como símbolo de rebelión intelectual (Maison Villa Madrid, Cannes, 1949)”. Y el poema no siempre se corresponde con lo que los títulos anuncian. El dedicado a Góngora, por ejemplo. Ese poeta que se encuentra con una gitanilla que le dice la buenaventura lo mismo podía ser Góngora que Pablo García Baena que cualquier otro. El poema adopta a menudo la forma de un monólogo dramático (está puesto en boca de un personaje concreto en una determinada situación), pero rara vez resiste una lectura atenta. Un ejemplo puede ser “El soldado Paul Smith aprieta los dientes con el mar del Norte por la cintura (Sector Fox Red. Litoral de Normandía, 1944)”, donde el protagonista se define como “cristiano protestante” (pero los protestantes no se llaman a sí mismos de esa manera), dice que en su fusil custodia “la sombra de una bala para Hitler” (¿y por qué la sombra de una bala y no simplemente una bala?, ¿para mantener la cadencia del endecasílabo?), desea “que las olas respeten nuestro bote” (¿pero no estaba con el agua hasta la cintura?), sabe que no pisará “nuevamente la arena” (¿pero ha pisado ya la arena de la playa a la que se dirige?), se refiere, a lo largo de todo el poema, a su “postrer pensamiento” porque “ha silbado un obús a sus espaldas” (¿pero no debería venir de tierra, o se había dado la vuelta y trataba de volver al barco?).
––¿Y si se trataba de fuego amigo? No sigas, no sigas. A mí me parece que la poesía no hay que leerla así, como si fuera una tesis doctoral. He hojeado Baile de máscaras mientras tú hablabas y está lleno de versos memorables: “Porque el dolor existe, nos amamos”. Lo que a ti te parece un defecto a mí parece un mérito: el de ser un libro muy elaborado, muy construido, no una colección de poemas sueltos. Basta hojearlo para darse cuenta de que es obra de un autor que ha leído bastante, que tiene muy variadas inquietudes intelectuales, preocupaciones éticas y estéticas, y que conoce bien su oficio, cosa rara en tantos poetas jóvenes.
––Puedo estar equivocado, no diré que no.


viernes, 23 de agosto de 2013

José María Álvarez, genio y figura


Ningún mejor interlocutor podía haber encontrado José María Álvarez que el poeta Alfredo Rodríguez, cuyo primer libro se titula precisamente Salvar la vida con Álvarez. No abundan los entrevistadores tan gustosos de servir de peana, de acrítica peana, para que el genio brille en toda su gloria. “Usted no se equivoca nunca”, llega a afirmar.
            José María Álvarez se dio a conocer en la antología Nueve novísimos, siempre más citada y discutida que leída, y es el único de los seleccionados por Castellet que ha seguido fiel a los postulados de entonces, especialmente al culturalismo y al cosmopolitismo, aunque en un primer momento quisiera marcar distancia.
            Las entrevistas que constituyen la base de Exiliado en el arte. Conversaciones en París con José María Álvarez (Sevilla, Renacimiento, 2013) tuvieron lugar a comienzos de 2009. Se complementan con fragmentos de otra entrevista, también a cargo de Alfredo Rodríguez, llevada a cabo en Pamplona en 2006, y con amicales semblanzas firmadas, entre otros, por Felipe Benítez Reyes o Antonio Colinas. También se incluyen, al hilo de la conversación, los poemas citados, con lo que el volumen puede considerarse además como una breve antología de José María Álvarez.
            Conviene tener en cuenta las fechas de las conversaciones. Las diatribas contra el gobierno de España –especialmente ridiculizantes y feroces las dedicadas a su predidente– deben entenderse como dirigidas al anterior gobierno, no al actual, más acorde con las ideas del poeta: mercado libre, ningún intervencionismo, abolición de la enseñanza y de la sanidad públicas.
            José María Álvarez, desde sus inicios como escritor, ha querido ser algo más que un escritor, un personaje aureolado por la leyenda. Coincide en ello con otro poeta de su generación con el que tiene no pocos puntos en común, Luis Antonio de Villena. Ambos poetizan el deseo sexual, más que la experiencia amorosa, desdeñan el vulgo “municipal y espeso”, gustan del exhibicionismo culturalista y se muestran disconformes con la moral convencional.
            La automitificación comenzó en José María Álvarez muy pronto, con el presunto nacimiento en Casablanca señalado en la antología Nueve novísismos y con la extensa entrevista que precede a 87 poemas, si no su primer libro, el primero que considera válido. En esa entrevista, a cargo de un Jesús Munárriz algo menos fascinado que Alfredo Rodríguez, se leen cosas estupendas, como que, en su época de poeta social, llegó a dar recitales a los que asistieron cuatro mil mineros. ¡Cuatro mil mineros juntos, en plena época franquista, para escuchar poesía revolucionaria! Presume luego de que come “con cubertería de plata” y bebe “en vasos de cristal finísimo”, de que su casa es una obra de arte y él una especie de Príncipe de Lampedusa, “una de las personas que más he querido”. Y es que José María Álvarez siempre –si hemos de creerle– ha estado cerca de los grandes hombres de su tiempo y a cada paso los saca a relucir en la conversación. La entrevista con Jesús Munárriz termina, por ejemplo, con estas palabras: “Me acuerdo que alguna vez hemos hablado de esto con Gabriel García Márquez, en alguna de esas hermosísimas noches presididas por la casa White horse, y siempre hemos acabado igual. ¿Por qué somos así? Y entonces se abre otra botella y se brinda a la salud del coronel Aurelio Buendía”.
            En cuando a su opinión sobre la antología que le dio a conocer, la de los novísimos, ha ido cambiando a lo largo del tiempo. En 1971, esos poetas le parecían “literariamente muy pobres y políticamente reaccionarios”. En 1996, cuando publica sus memorias, Al sur de Macao, y ya se ha producido la consolidación académica de la generación,  se siente identificado con esos compañeros antes despreciados: “teníamos una decidida y significativa voluntad de ruptura, no solamente con el verso anterior sino con el mundo cultural reinante hasta aquel momento”. En 2006, en la fecha de las conversaciones en Pamplona reproducidas por Alfredo Rodríguez, la interpretación es otra: en cuanto comenzó a alejarse de la izquierda, a finales de los sesenta, se le borró de la fotografía, de la misma manera que lo hacía la KGB: “Desaparecí. Y todos mis compañeros de generación (los Martínez Sarrión, etc.), todos estos, me borraron absolutamente de cualquier sitio. Yo he estado casi veinte años tachado hasta de las listas de la Dirección General del Libro. No se me podía invitar a un congreso”. Sus “políticamente reaccionarios” compañeros de generación parece que estaban todos a las órdenes del partido comunista.
            El seductor personaje que José María Álvarez se ha creado –y que efectivamente deslumbró en su momento a los políticos de la autonomía murciana y a hispanistas como el húngaro Csaba Csuday y que sigue deslumbrando a poetas como Alfredo Rodríguez–, el amigo de príncipes venecianos y de todos los grandes escritores del mundo, no resiste una mirada atenta. Todo en él son contradicciones. “No tengo ya siquiera interés en publicar”, declara en 1971. “Si alguna editorial me pide un libro, y tengo seguridad de que guardará un absoluto respeto al texto, disposiciones, etc, entonces doy permiso. De otra forma tampoco”. Pero en 1974 –tras varios intentos frustrados–  apareció una primera edición de Museo de cera en la que –según se informa en la edición siguiente– “se suprimieron poemas completos, otros en parte, varios fueron ‘disfrazados’ e incluso la estructura del libro sufrió notables alteraciones”. O esa que sí tenía interés en publicar y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de lograrlo.
            Pero no ofrece demasiado interés seguir “reconstruyendo” al personaje. A fin de cuentas, lo que importa son los poemas. Y su obra es notable, aunque cuenta con la dificultad de que el autor, tan activo para promocionarse y promocionarla, es un pésimo editor de sí mismo.
            Antes de hablar de esa cuestión quiero referirme a otra que tiene que ver con el personaje “políticamente incorrecto” que José María Álvarez gusta de representar. En una entrevista con Tomás Hernández, de 1984, se refiere a su admiración por el mundo sudista: “Aquel mundo de caballeros, de duelos, de código de honor, de jóvenes de Virginia, de esclavitud, ¿por qué no? De la esclavitud de los negros de América habría que hablar mucho. Pero no tengo ganas de escándalo”.
            Afortunadamente ha contenido sus ganas de hacer un elogio de la esclavitud. No de otros temas que hoy nos hacen poca gracia, como no nos hace ninguna, aunque resulta inventada, esta anécdota que cuenta en “Viajar con José María Álvarez” su gran amigo Eduardo Chamorro: “En otra ocasión intentamos secuestrar a una menor en Londres, pero la desgraciada se comportó como la hembra robustísima que era y no hubo forma. José María sugirió que utilizáramos una soga que llevábamos en la maleta, con la que en Nairobi habíamos hecho el número de la cuerda floja, pero cuando quisimos echar mano de la herramienta, la menor había huido gritando ‘¡By Jove! ¡You must be joking! Aquella noche nos consolamos con un par de jamaicanas con tal pinta de zorronas que nos tuvimos que pasar cuatro días sumergidos en zotal”.
Si estas cosas se publicaban en la España de 1984 sin que nadie se escandalizara, algo hemos avanzado desde entonces en sensibilidad ética y estética, diga lo que diga José María Álvarez.
            Podríamos seguir señalando otras llamativas contradicciones como  su rechazo radical de las subvenciones y su dedicación durante un tiempo a organizar congresos –el homenaje a Ezra Pound en Venecia, los Ardentissima de Murcia–  a cargo de las administraciones públicas.
            Muchas páginas de Exiliado en el arte se dedican a cuestiones políticas. Las afirmaciones de José María Álvarez son tan pintorescas (aunque ahora parece hablar en serio, no con el simple afán de provocar) que hasta el absolutamente entregado entrevistador se siente obligado a ponerle algunas objeciones. Todos los cargos políticos –desde el de presidente del gobierno al de concejal– deberían ser por dos años y nadie debería después poder dedicarse a la política, lo mismo si lo hubieran hecho bien que si hubieran sido un desastre. Pero lo fundamental de su propuesta es la existencia de un Tribunal Supremo, por supuesto vitalicio, con poderes absolutos, “que pudiera desalojar a cualquier miembro del Gobierno, o del Parlamento, a quien fuese, que se hubiera pervertido en el ejercicio de sus funciones”. De inmediato y sin posibilidad de apelación. Lo difícil es establecer el primer tribunal, añade. Luego no habría problemas: “iría funcionando por sí mismo, eligiendo sus miembros de entre la Judicatura y por el mismo Tribunal”. Sin comentarios.
            Pero dejamos esos tentadores asuntos. Cuando un poeta se convierte en protagonista y se coloca por delante de su obra, el riesgo es que hablemos antes de sus opiniones y de su anecdotario que de sus versos.
            José María Álvarez quiere y no quiere ser autor de un único libro, Museo de cera. En 1971 ya lo daba por terminado y en la antología 87 poemas incluyó una muestra del libro siguiente, Lectura de la consumación. Ese libro desaparece cuando en 1978 se publica la primera edición “completa y definitiva”. No resulta serlo, como no lo sería la siguientes, ni quizá lo sea la hasta el momento última, la de Renacimiento, aparecida en 2002. Cada una de ellas va “fagocitando” los libros, en principio considerados independientes que José María Álvarez publica entre una y otra, algunos de tanta calidad como El botín del mundo, de 1994, y otros galardonados con algún sustancioso premio, como La lágrima de Ahab (premio Loewe), pero no lo hace conservando la unidad del volumen y situándolo en su adecuado lugar cronológico, sino dispersando sus poemas acá y allá.
            Museo de cera primero fue un libro unitario y luego se ha convertido en el título de unas confusas y farragosas poesías completas. José María Álvarez necesita a su lado un crítico serio que le ayude a editar adecuadamente su obra, a dejar fuera toda la broza y a ordenarla de mejor manera, para que resalten sus líneas de fuerza y se haga inteligible en su evolución.
            Pero él prefiere fidelísimos admiradores, como Alfredo Rodríguez, quien, al igual que Csaba Csudey, el borroso autor de otro libro de artificiosas entrevistas, parece un personaje inventado, el rendido discípulo que todo escritor quisiera tener.
Y no deja de resultar entretenido para la mayoría de los lectores un entrevistador así. Exiliado en el arte se lee siempre con asombro y a menudo con una sonrisa.
La categoría poética de José María Álvarez o sus cualidades como analista político o como crítico de la decadencia contemporánea, podrán ser discutidas. Pero de lo que no hay duda es de que se trata de un excelente anfitrión y de un gran conversador. Disfrutamos acompañándole por París o Venecia, escuchándole hablar sobre Shakespeare o Cervantes, sobre las traducciones de Dante o las versiones de esta o aquella ópera de Mozart, sobre sus amigos los príncipes que le permiten ir, como Rilke, de un palacio a otro… Cuando se ocupa de política, a Alfredo Rodríguez le apetecería cambiar de tema. Pero no se atreve. Nosotros, más afortunados que él, podemos pasar apresuradamente esas páginas y seguir disfrutando con la guía de restaurantes, de lugares donde tomarse una copa o de tiendas de anticuario como la que tiene un conocido suyo “junto al Mercado de St. Honoré”; allí veremos muchas cosas, “todas espléndidas, no solo cajas, sino cerámica de todas las partes de Túnez, y alfombras, y platos con esos colores que admiraba Klee”.
            José María Álvarez, de quien alguna vez se escribirá una biografía no autorizada, se ha esforzado porque lo viéramos como una especie de “príncipe de Aquitania en su torre abolidada”, como el último representante de un mundo –el de la Gran Cultura– a punto de desaparecer. Buen empresario de sí mismo, a punto ha estado de conseguirlo, y para muchos –como para Alfredo Rodríguez– lo ha conseguido. Pero a punto ha estado también de convertirse en otro Justo Jorge Padrón, en alguien cuyas innegables capacidades poéticas quedan sepultadas por la megalomanía y el pintoresquismo del personaje.